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–Poesía reunida–

Miguel Méndez Camacho Ediciones Exilio

Foto de Indira Restrepo

Miguel Méndez Camacho Tristura

Tristura Miguel Méndez Camacho (Cúcuta, Colombia, 1942). Doctor en Derecho de la Universidad Externado de Colombia (1962), poeta, narrador, cronista, profesor y escritor. De 1991 a 2009, Decano de la Facultad de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad Externado de Colombia, y desde 2009, actual Decano Cultural, donde dirige la colección de poesía “Un libro por centavos”, el mayor proyecto editorial de poesía de Hispanoamérica. Fue Subdirector del Instituto Colombiano de Cultura, Ministro Consejero de la Embajada de Colombia en Argentina y Gerente de Procultura, donde dirigió la colección Clásicos de la Literatura Colombiana. Libros de poemas: Los Golpes Ciegos (1968), Poemas de entrecasa (1971), Instrucciones para la Nostalgia (1984) y Memoria de tu cuerpo (2003). Antologías: Selecciones de versos (Viernes de poesía, Universidad Nacional, 2003), Desencantos y Cantos (Editorial Externado, 2003) y La primera cosecha que dio pájaros (Instituto Caro y Cuervo, 2004); Los libros que reúnen sus crónicas, reportajes y columnas periodísticas son: Papeles (1978) y La Alegría de Escribir (Editorial Externado, 2003). Ensayos: Perfil y Palote (1983). Publicó también la novela Malena (Editorial Alfaguara, 2003). Y Pelé, “De la fabela a la gloria (Ed. Panamericana, 2004). Fue fundador de los concursos nacionales Jorge Gaitán Durán de Poesía, y Eduardo Cote Lamus de Cuento, que actualmente convoca la Secretaría de Cultura del Norte de Santander, y fundador de los concursos universitarios nacionales de la Universidad Externado de Colombia, actualmente vigentes.


TRISTURA


Tristura –Poesía reunida–

Miguel Méndez Camacho


Tristura © Miguel Méndez Camacho ISBN: 978-958-59592-1-7 Primera edición: Agosto de 2016 Tiraje: 1.000 ejemplares Editor: Hernán Vargascarreño fundacionexilio@gmail.com Ediciones Exilio Portada: Fotografía tomada en Sintra, Portugal por HV Impresión: Editorial Gente Nueva Bogotá, D.C. Impreso en Colombia / Printed in Colombia


Instrucciones para querer y releer a Miguel Méndez Camacho Asomarse a la poesía de Miguel Méndez Camacho es abrir un amplio ventanal a una vocación creadora que nos ha dejado a los lectores una de las aventuras más originales y generosas de la poesía colombiana, porque si habría que definir a Miguel en una palabra, precisamente sería generosidad en todas sus acepciones. Y no solo por sus esfuerzos por divulgar la poesía de muchas generaciones, escuelas y movimientos en la ya célebre colección Un libro por centavos sino por la generosidad que entraña su misma obra donde nos entrega en pequeñas dádivas lo que su agudo ojo ve en las más sencillas situaciones humanas, en los escenarios más comunes a todos y en las palabras que todos usamos en la vida diaria. El mismo Miguel sustenta esto con una afirmación suya en una entrevista hace muchos años que sirve como preámbulo a su arte poética: “La poesía es un espejo que sirve de ventana: nos permite mirar mientras nos vemos”. Por eso recuerdo el asombro que tuve la primera vez que lo leí. En la biblioteca de la casa estaban los primeros libros de los autores de la llamada Generación sin nombre, aquel grupo que tuvo su efervescencia posterior al momento nadaísta y que a finales de los años 60 se convirtieron en unos genuinos animadores de la escena literaria TRISTURA 5


nacional. A esos nombres que aparecieron en la foto inicial -tomada en casa de Juan Gustavo Cobo Borda- como Darío Jaramillo Agudelo, Álvaro Miranda, Henry Luque Muñoz, José Luis Díaz Granados, David Bonells Rovira, Augusto Pinilla y el dueño de casa, se sumarían posteriormente los nombres de Giovanni Quessep, Elkin Restrepo, María Mercedes Carranza, Jaime García Maffla, y por supuesto, Miguel Méndez Camacho, cuyo primer libro Los golpes ciegos, recién aparecido en 1968 en la editorial Minerva de Cúcuta, era recibido con el aplauso y la admiración de sus contemporáneos. Cuando leí por primera vez poemas como Kampeones, Escrito en la espalda de un árbol, La formal, Recuérdame, desnuda y esa joya luminosa sobre la lejanía de la patria que es Un aroma de almendro en las almohadas, supe que estaba frente a una voz auténtica, personal, despojada de grandilocuencias y que sin ningún artificio entregaba en clave de poesía nuestro mundo y nuestras preocupaciones de siempre. La primera vez que leí Kampeones pude anticiparme a las nostalgias y ser consciente -cuando jugaba con mi equipo de fútbol del barrio o del colegio- que en esos instantes seríamos “brevemente inmortales”. De igual forma, el estremecimiento ante la sencillez expresiva en el poema Lucrecia, donde la madre aparece en su poesía “limpiando como si fuera oficio de la casa”. 6

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Es del hombre de donde zarpa la poesía de Miguel Méndez Camacho y llega al mismo hombre, a su corazón y sus recuerdos por caminos, a veces, insospechados. Nos otorga la posibilidad de conocer el asombro a través del alma humana, de ese hombre que se sabe fugaz, en contravía del tiempo. Consciente de que la vida es apenas una breve parada en las estaciones de la muerte. Ha construido una obra honesta, rigurosa y personal. No le hace concesiones a los lugares comunes o a las figuras literarias gratuitas. En sus otros libros Poemas de entrecasa, Instrucciones para la nostalgia y la antología Desencantos y cantos, el lector también descubrirá el itinerario de una vocación verdadera y transparente que encuentra en el territorio de la poesía las múltiples miradas para la belleza y también para el hastío. Hay en esta poesía unos frescos generacionales que dan cuenta de una época y unos símbolos que la identifican: el Che Guevara, Natalie Wood, Hopalong Cassidy, el cine de barrio, la música, las lecturas, las revoluciones. Y por supuesto el amor, el erotismo y el tiempo que nos evidencia tan fugaces y frágiles. “El erotismo es el aprendizaje de la muerte” y “el orgasmo es la única agonía memorable porque es repetible”, han sido dos sentencias que Miguel ha recordado en sus talleres y conferencias. Poemas al padre, la madre, sus hijas, a sus maestros Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus nos llevan a una intimidad TRISTURA 7


llena de sucesos donde todos nos identificamos. Pero igual tienen la luz de la muerte iluminando los zaguanes de su corazón, como lo testimonia en Los ausentes y sus dos bellos poemas de tono elegíaco al padre: Mi padre y Miguel. Y es que son muchas voces las que habitan la voz poética de Miguel Méndez Camacho: la del niño atónito, perplejo ante el mundo, la de cronista de su generación, la de amante, la del poeta que reflexiona sobre el oficio y las palabras. De esa obsesión por la palabra y por reflexionar sobre la poesía vienen versos como los que cito a continuación: En la trivial conversación de los obreros que recorren su calle en los largos bostezos del alba, en el monólogo del ebrio que repite su historia como un disco rayado, o en los signos escritos sobre el muro por la mano inestable del amargo habitante de hospedajes, encuentras, de pronto, la palabra precisa que buscabas. La única. La indispensable en el poema tantas veces fallido. A lo que él mismo responde años después en el célebre poema Don Pablo dedicado al Santo Patrono de Islanegra: 8

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Yo en cambio soy tan torpe en el oficio que no puedo hilvanar más de tres versos para decirle a la mujer que vivo esas cosas hermosas que usted malgasta en congrios, alcachofas, perros muertos, insectos y cebollas Maldito Ud. Don Pablo, que utiliza palabras y las deja inservibles. La poesía de Miguel Méndez Camacho se lee en el siglo XXI como si hubiera sido escrita hace poco tiempo. Su vigor y frescura revela a los nuevos lectores muchas posibilidades para la emoción. Ramón Cote Baraibar recuerda en el prólogo a la reedición de Instrucciones para la nostalgia que “Esa es una de las razones por las cuales su poesía ha sabido mantenerse fresca, con su espontánea aparición, intacta, como si estos poemas hubieran sido escritos ayer mismo, y los cuales ya han pasado la prueba definitiva del paso de los años. Nada de descripciones adicionales, nada de ambiciones trascendentalistas, nada de versos resonantes pero inocuos, nada que no fuera sino tocar esa médula del instante, nada sino hacer y revivir el deseo, nada sino celebrar el cuerpo y cantar sus consecuencias”. Estamos de acuerdo con Cote en que esta obra ya ha pasado la prueba definitiva del tiempo y del escrutinio de los exigentes lectores y ha salido invicta y limpia para permanecer. TRISTURA 9


Esos registros que nos entrega Miguel vienen de las más entrañables conversaciones de entrecasa, de los bares, de la calle. La poesía coloquial latinoamericana alcanzó su mayoría de edad en la segunda mitad del siglo XX y Miguel supo tomar de ellos los mejores elementos de su poética. También supo dejarnos unas lecciones de discreción y sencillez y sobre todo de rigurosidad y oficio a la hora de escribir un poema. El poeta Hernán Vargascarreño, fiel a esa premisa de que cada generación debe traducir o reeditar a sus clásicos, ha querido rendir un homenaje a este poeta en su colección Exilio. En Tristura el lector encontrará su poesía reunida donde encontrará esos signos y claves de un mundo que se reinventa en la belleza y la palabra. Es un libro de reconocimiento y gratitudes con una obra que merece ser releída y compartida. Las generaciones que vienen merecen la lectura de esta poesía que pertenecerá siempre al porvenir y que será siempre contemporánea en todos los tiempos. Federico Díaz-Granados

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Los golpes ciegos (1968)


La formal Ponte el pudor: está allí debajo del lecho junto a las ropas caídas. Recógelo y dilúyelo sobre tus mejillas como si fuese un maquillaje. Alisa tu piel y ese tablero de ajedrez borracho de tu falda de cuadros. Abróchate la blusa y adopta otra vez esa actitud ingenua de muchacha formal. Ordena tus cabellos y tus prejuicios. Camina con esa dignidad desvencijada que usas los domingos para asistir a misa. Tan pronto atravieses el umbral serás nuevamente tú la pequeña burguesa incomprendida con tus veinte años de lugares comunes y tu boca repleta de palabras usadas. Serás la rutinaria la formal la limitada. Creerás otra vez en dios así como antes creías en tu cuerpo TRISTURA 13


y estarás llena de moral así como antes estabas llena de mí. Volverás a la iglesia con tu andar milimétrico y estarás de rodillas observando el rostro masoquista de Cristo como si fuese el aviso de un circo. Leerás con cansancio una novela idiota -presintiendo el finalpero irremediablemente tendrás húmedos los ojos en la última página. Aquí en mi habitación quedó tu lujuria hipócrita y tu doble moral. Mañana volverás y entonces te diré las palabras de siempre: ponte tu cuerpo quítate el pudor y las ropas y ven así, desnuda a engañarnos pensando que no hemos empezado a envejecer.

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La soledad Si miramos el rostro de la amada y cerramos los ojos para palparlo luego en la memoria el fantasma del miedo nos traiciona. Por eso los amantes no se dan nunca nada el uno al otro y las manos que recorren los cuerpos no persiguen la piel sino el olvido de la futura soledad. Y las caricias se prodigan no a los cuerpos sino al vacío de la ausencia al temor de quedar sin compaùía.

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Diurno número uno Tu cuerpo es tan pequeño como un pueblo donde las calles se aprenden de memoria y uno las puede recorrer en sueños. Yo conozco tu pueblo, lo conocen mis manos que te escalan por senderos abiertos. No hay rincón de tu piel que no tenga cicatrices de besos. Es el único sitio del mundo sin lugares secretos. Yo que conozco todos los caminos que recorren tu cuerpo sé que es breve tu piel para mi tacto y el deseo es muy denso. Sucede que ya el sexo no te cabe en el cuerpo.

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Noche de viajero Sudas, maldices en voz baja, cierras los ojos y persigues un sueño grato que tuviste en la última temporada de vacaciones. Maldices otra vez para apagar la luz implorando que acabe la vigilia. Entretanto, la noche se diluye en ruidos vanos: El quejido del tren que sirve de cuchillo para punzar la oscuridad, el ajetreo de pasajeros y equipajes, los minutos marcados por el reloj de agua de un grifo que gotea. Sudas copiosamente y alargas la mano en la penumbra para buscar -con ademán de ciegoel frasco de los tranquilizantes, y te encierras en esa duermevela de viajero que teme no estar a tiempo en la estación. Así te sorprende el camarero que parlotea en un idioma extraño. TRISTURA 17


El camarero que pregunta -en palabras ajenascuál es tu viaje y hacia dónde, cuál la ruta a seguir y los motivos que te obligan a huir. Sería igual si hablara tu lenguaje pues no hay idioma conocido para intentar, siquiera, una respuesta.

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La palabra En la trivial conversación de los obreros que recorren su calle en los largos bostezos del alba, en el monólogo del ebrio que repite su historia como un disco rayado, o en los signos escritos sobre el muro por la mano inestable del amargo habitante de hospedajes, encuentras, de pronto, la palabra precisa que buscabas. La única. La indispensable en el poema tantas veces fallido. Pero si logras escribirla o la repites innumerables veces -para evitar que escape a la memoriadespués -cuando la leas o la digasdescubrirás también que devora el poema. Lo destruye. Como río que se bebe su sed y borra el cauce, o árbol que se pisa la sombra y se aniquila.

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Los ausentes Me he estado preguntando quiénes ocuparán ahora nuestro pequeño albergue transitorio y qué rostro distinto colgará en el espejo en el mismo lugar donde quedabas doblemente desnuda. Me pregunto también si los mensajes de los muros tendrán significado para otros habitantes. Si todavía se ignoran los vecinos -nadie sabe de nadie del otro lado del tabiquey utilizan fantasmas como criados. Si es necesario, por ejemplo, anunciar la salida con tres golpes de aldaba para evitar encuentros sospechosos. De seguro, los ocupantes de la pieza contigua siguen oyendo ruidos similares -respiraciones fatigadas monosílabos ropas y persianas caídas risas nerviosas hacia el amanecery siguen ignorando nuestra ausencia. 20

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Sin embargo, yo sigo preguntando si fue cierto que un dĂ­a nos tomamos los cuerpos por asalto y ocupamos la casa. Si no es, por el contrario, una mentira fĂĄcil que inventamos para tapar la mutua soledad.

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Los antiguos asuntos Dices: es un asunto concluido y para refrendar la decisión rompes sus cartas largo tiempo guardadas, los retratos que muestran su alegría de la primera noche juntos. Pero el miedo socava la negativa que lanzaste y te obliga a eludir los amigos que les fueron comunes, a evitar los rincones que ocuparon juntos. Los hoteles donde se desnudaba para que comenzara a oscurecer, y donde hicieron sus antiguos asuntos. Pero descubres que es inútil negarla porque a veces basta un ademán, un gesto vibrando en el rostro de la reciente compañera, la risa de otra mujer, para que regreses a la habitación y la encuentres idéntica con el vacío de lecho indispensable y el sitio en el espejo para colgar su desnudez. Algo muy trivial es suficiente para sumirte en el pasado, 22

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a pesar de que sigas repitiendo hasta el Ăşltimo dĂ­a de tu tristeza inmemorial: es un asunto concluido, es un asunto concluido, es un asunto concluido.

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Corozopando Si la palabra soledad tuviera dimensiones sería el llano. La tierra carcomida por la luz en la estación de la sequía, la misma tierra que el invierno arrastra a latigazos de agua en la otra estación: la de las lluvias. No se siente el silencio pero pesa encima de la piel sobre los actos. El silencio se ve como se ven los días en la cara de un muerto, como se ve el amor en las muchachas recién acariciadas. Y digo que este llano es una ruina de algo que no existió. De algo caído desde abajo sin llegar hasta el fondo.

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Diurno número tres No te será difícil regresar a tus asuntos memorables si reencuentras su rastro. El eco de una trivial conversación, el gorgoteo de una carcajada incontenible, el hallazgo de unos senos maduros en la penumbra de tu primera casa de alquiler, la tristeza de una mujer recién inaugurada, los acordes de una canción que no recuerdas haber aprendido, la misma desnudez ante un espejo de un almacén de amor, la calle 22 y el tercer piso de una ciudad desconocida, el ademán oculto en la sonrisa de tu compañera, la fecha y el lugar y los detalles de una decisión irrevocable.

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Diurno número nueve Podría repetir las palabras que dije recostado en tu pecho en la primera temporada de vacaciones. Podría, incluso, repetir el ademán de acariciarte con la morosidad de quien descubre una piel largo tiempo buscada en otros cuerpos, de quien encuentra unos senos de la misma estatura de su tacto y se aferra a ellos como palo de náufrago. Pero de nada serviría obligar la memoria a ocupar un sitio que no le corresponde. Las palabras perdieron su sentido así como tu cuerpo perdió sabor a mar desde el mismo día del regreso.

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Los sueños En la mitad del sueño una risa profunda, densa, desmedida, una carcajada persistente, vastísima, y un parloteo indescifrable de palabras usadas en la infancia, de nombres de mujeres hace mucho olvidadas, de ciudades que nunca visité. Luego un espeso silencio mientras el sueño cae por el rostro y sume la memoria en la más absoluta oscuridad. Tal vez la risa de una antigua alegría. El afán de sucesos lejanos escarbando en el sueño. Indicios quizá de una muerte que se anuncia en el recuerdo de unos días felices. De una muerte que reencuentra el camino por las huellas que ha venido dejando.

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Nosotros: Los amantes Alguien dejó caer una pregunta con la misma violencia de un guijarro sobre el lomo del río. Alguien utilizó la luz como cuchillo para romper la soledad, y poco a poco -socavando sombrasen el vacío de los cuerpos juntos fue levantando muros. Alguien trajo el olvido necesario y edificó la ausencia. Alguien -no sé quiéntal vez nosotros mismos, contaminó el silencio con el tacto y a zarpazos despobló los rostros de la falsa sonrisa de la máscara.

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Elegía en azul I Cómo has crecido, Eduardo, desde el último agosto, desde aquella mañana que fuimos a Pamplona con tu muerte recién inaugurada. Presentimos entonces que tenías la estatura de tu muerte y sin embargo, te hemos visto crecer. Ir más allá del mármol y los cinco sentidos, ser más Eduardo Cote en el silencio. Más alto, más espeso, más definido que la espada que tenías en la barba y te cruzaba el cuerpo.

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II Me dicen que venías a bordo de algún sueño ensayando la muerte y te caíste de bruces contra un árbol. Fue en la Garita y en el mes de agosto, pero nada supiste del destino que te estaba acechando.

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III Ahora sabemos que no perdiste nada fuera de la memoria, y con rabia decimos -como si fuera una consignano es necesario estar de pie con las palabras puestas si el odio continĂşa acaudillando los antiguos fracasos. No hace falta la voz si el eco sigue tomando decisiones.

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Elegía en rojo y gris A Jorge Gaitán Durán

I De seguro tu muerte fue el infarto de un ave migratoria y tu cuerpo fue cayendo al abismo como caen los amantes al amor. Solo sabemos que entre lluvia y relámpagos resbalaste al vacío que pisaste en falso sobre la oscuridad de Guadalupe y no tuviste nada a qué aferrarte.

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II De seguro traías en tu equipaje fotografías obscenas de muchachas de Ibiza con su boca nocturna clavada en las axilas y pupilas en lugar de pezones, libros oscuros hediendo a metafísica, que era tu droga favorita, y apuntes con el nombre de tu amada con quien hiciste los poemas que no escribías.

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III Lo que importa es saber que todo fue una simple escaramuza porque antes de dar el paso en falso ya habías caído desde los abuelos, y tu erotismo solo perseguía dejar que diera tumbos tu vocación de muerto prematuro. Como toro de casta.

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Poemas de entrecasa (1971)


El mundo es verde y sin embargo no hay ninguna esperanza Si es cierto que el criminal regresa al lugar de sus culpas tú deberías haber regresado al parque infantil donde hacíamos el amor los domingos hacia el atardecer, y frecuentar también el bar de nuestras citas con sus rincones de oscuridad indispensable, y ese cine de barrio que visitaba Gary Cooper de donde siempre salías con los ojos lluviosos por la tristeza cursi del final o la torpeza de mis manos en la tibieza de tus muslos. Si es cierto aquello no habré perdido la fe de encontrarte en los mismos lugares donde hicimos del amor un crimen perfecto.

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La Babel habitada Debes sospechar de esa historia amorosa que recuerdas fielmente incluso en sus detalles más triviales. Debes desconfiar de tu memoria sobornable de la confusión de tus sentidos de la Babel de tu pasado. Sucede que la historia comenzó al mencionar esa mujer inexistente a alguien que te contaba confidencias que deseaban ser correspondidas, e insinuaste, sin mayor convicción, una extraña y misteriosa intimidad, una amistad indescifrable. Y la mentira te fue comprometiendo con la curiosidad de los amigos para que ella surgiera -llena de circunstanciascon el color de ojos y de piel que siempre descubrías en las mujeres deseadas. Y sin querer lograste una hazaña amorosa, conmovedora hasta las lágrimas, con una mujer inconfundible de risa y ademanes estrictamente suyos y unos senos pequeños que decías acariciar 38

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en los asuntos que gastaban su ternura de grill precediendo su entrega -con lujuria de hotelal final de una cita imaginaria. Concluida tu relación de intimidades a la historia solo le faltaba que tú la creyeras, para que fuera más hermosa. Y en eso estás, ahora escribiendo el poema que ella habrá de leer en el sitio del mundo donde espera que tú la rescates para amarla como solo ella sabe que tú puedes hacerlo.

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La buenasuerte La gitana toma tu mano izquierda la abre con ansiedad -casi con temorcomo si fuera un cofre de secretos. La mira con lentitud y minuciosamente la recorre con sus dedos expertos y empieza a decirte el presente – pasado – futuro que ella jura estar viendo flotar en la superficie de tu mano: la línea de la vida que se trunca, que no quiere llegar hasta la línea del amor que se bifurca en aventuras, el monte de venus con la inicial de una mujer que no conoces, pero conocerás al regreso de un viaje que soñaste y harás, por fin, al final de un año que es bisiesto, y el monte de júpiter, la línea de los sueños, la maraña de rasgos donde ella ve (lo jura) tu número mágico el infalible para suerte y azar y etcétera etcétera. La gitana sonríe profetizando tus amables asuntos venideros, pero tú que sabías 40

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que solo lo pasado es predecible te sorprendes tristísimo porque en algún momento de su largo monólogo ella sin darse cuenta ha esculcado en otros días mejores y ha tropezado con un recuerdo grato que creías olvidado para siempre. Porque fue suficiente que rozara tu piel y pronunciara la palabra propicia para que regresaras a un lugar conocido y la sintieras a tu lado respirando muy fuerte después del amor, una tarde cualquiera que te fue memorable. A ella, la inolvidable-olvidada que regresa a vivir el tiempo justo que gasta la gitana en recitar tu buenasuerte.

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Escuchando la voz de Alicia Francis El movimiento de la mano que coloca la aguja sobre el disco se convierte de golpe en un pase de magia que logra este milagro cotidiano de tu voz saliendo del parlante como si allí estuvieras escondida. La música destruye los objetos y los muebles no son, desaparecen lámparas y cuadros, la alfombra cambia hilos por arena, crecen palmeras sobre las paredes y el mar difícilmente azul se empieza a desbordar por las ventanas. Si tu cuerpo abandona el escondite en compañía de la orquesta de negros, el milagro ya queda consumado. Cierro entonces los ojos y sentado en la arena de la isla bebo un vaso de whisky mientras cantas una vieja canción al ritmo del muchacho que toca la trompeta (y una mano negrísima golpea, melancólicamente, 42

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la pobre cuerda que une la tina con el palo de la escoba queriendo remedar un contrabajo). Hace sol en la playa y las palmeras en trance de postal mecen un mar que lame pieles ávidas, mientras sigo soñando en la desconocida que religiosamente deseé, todos los días, cuando se desnudaba para entregarse al mar.

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Largometraje Creías que los grandes amores son los que “cambian el curso de la Historia” como esas superproducciones, a todo color, del señor y la sierva o del alto militar norteamericano con la enfermera japonesa, donde el amor se reduce a largas escenas de desfallecimientos, entre suspiros y lágrimas de música de fondo. Y todo es del tamaño de la pantalla gigante incluso las escenas de alcoba transformadas en un bosque propicio donde la cámara elude los cuerpos cuando las caricias se prolongan, para mostrar un mar rabioso contra las rocas y regresar, por el camino de las ropas caídas, a ese primer plano de los rostros fatigados -con la ternura inevitableque parece pedirle excusas al público. Ahora te ríes de esta ingenua tristeza de tus días de niña, porque ya descubriste que no hay grandes ni pequeños amores sino una costumbre de cuerpos que justifica el alma.

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Una serie de pactos y convicciones secretas -siempre, casi siempre en la oscuridadde citas y caricias en el mismo lugar, de claves no convenidas, de ceremonias cotidianas. Y que si la cámara se ocupara de nosotros sería en el tono sepia de la ciudad cuando es habitable y en los monótonos escenarios donde hablamos por horas y horas antes de hacernos el amor en algún motelito de autopista donde la ciudad es más fría y más sola y más cómplice. Y no habría música distinta a la canción que escogimos de amuleto. Ni tema alguno interesante -excepto para nosotrospara quienes es importante incluso lo que nunca nos sucede, como esto de saber que todas las secuencias amorosas también sirven de escena final a esta costumbre de cuerpos que lo único que puede cambiar es el curso de nuestras pobres historias.

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El tiempo como una canción Hubo días distintos hechos a la medida de nuestro deseo de estar juntos. Tan generosamente breves como una canción que no recordamos haber aprendido. Y hubo noches también: irrepetibles iniciadas antes de toda oscuridad y concluidas mucho después del alba. Era que bastaba una caricia para que el tiempo ya no fuera esta mentira que nos vive.

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Escrito en la espalda de un árbol No recuerdo si el árbol daba frutos o sombra, solo sé que dio pájaros. Que era el centro del patio y de la infancia. Que en la madera fácil tallé tu nombre encima de un corazón flechado. Y no recuerdo más: tanto subió tu nombre con el árbol que pudiste escaparte en la primera cosecha que dio pájaros.

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Para alcanzar el paraíso Podemos inventar un paraíso artificial en los lugares más insospechados; solo se necesita una mujer que ha sido deseada, un poco de oscuridad, una lujuria más fuerte que el pudor y la certeza de dar un poco más de lo que se recibe.

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Para leer en voz baja Compartimos los cuerpos, que era lo único nuestro que teníamos, y eso fue suficiente para que todo aquello que soñamos y que nunca tuvimos, también nos fuera dado.

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Poema que te hace más frágil La falda se desliza y cae a tus pies con ronroneos de animal doméstico acostumbrado a espiarte en esta ceremonia de tus actos rituales para desnudarte: Primero tu mano que suelta los cabellos para oscurecer la habitación y el movimiento de tus dedos -con precisión de cirujanoque desatan la prenda para que los senos se liberen y muestren el lugar más hermoso de tu piel. Y un aleteo de pájaros puestos en libertad anuncia el momento en que tus muslos se iluminan precediendo ese último ademán que te descubre toda como un deslumbramiento con ese abandono de tu cuerpo desnudo que te hace más frágil y más indescifrable.

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Ceremonia para la oscuridad Mira quĂŠ simple es: cierro los ojos pronunciando tu nombre y basta entonces a l a r g a r la mano para tocar tu cuerpo.

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Hicimos el poema que no pude escribirte En últimas resulta que los buenos poemas, los mejores, nunca fueron escritos. Y no podía ser de otra manera: hay que reconocer, humildemente, que bastó con vivirlos. Lo demás es caer en tentaciones de buscar el ahogado aguas arriba de la pobre memoria.

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Lucrecia Mi madre nunca tiene en mis poemas un lugar muy exacto; siempre está dando vueltas huyendo y regresando, aquí y allá, de la vigilia al alba limpiando y remendando mis palabras como si fuera oficio de la casa.

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Jesús Mi abuelo no sabrá que lo hice descender de su caballo para montarlo aquí, sobre palabras que nunca le gustaron. Le gustaba la hacienda, los ganados, la violencia en historias de combates a los que nunca fue porque no tuvo el miedo suficiente para amar un fusil. Le gustaba el tabaco, el tinto fuerte, la gente dura, las mujeres frágiles y el amor en razón de compañía. Mi abuelo no sabrá que le quité su pedestal de potros y le falté al respeto a su bravura. Mejor así: mi abuelo no admitía que utilizara la memoria en vano.

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Paula El mundo de Paula es redondo y brillante como su globo de colores. Tiene muy pocas cosas, en verdad, y sin embargo, no es un mundo pequeño: cuatro o cinco muñecas, un gato de madera, media docena de pezones de caucho y aro blanco de plástico, un disco ya rayado de la vaca lechera y unas treinta palabras sin sentido. Si Paula tuviera un río de juguete y un caballo distinto al abuelo, no pediría nada más.

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Miguel Treinta años de amistad y mucha vida que nos hemos dado. Él, su nariz, su nombre, un ademán prestado de su infancia, un gesto que copié de su tristeza y su vejez que me estará esperando. Yo, la risa que falta a su antigua alegría, los mismos sueños que no pudo soñar, las aventuras que quizá no tuvo. Esto para decir que bien se puede entenderse con él y hablar conmigo, o al revés si prefieren: juzgarlo por los versos que yo escribo. Sucede que de tanta amistad ya no sabemos si mi padre soy yo, porque ignoramos quién tiene más edad y menos muerte encima.

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Rosana Con Rosana no hemos podido hablar. No dice nada. Y ha vivido tanto como nosotros o quizá más porque un día en la vida es suficiente para tener historias por contar. Lo digo yo que cuento sueños o mejor que vivo menos de lo que quisiera. Sin embargo, Rosana nunca nos dice nada o no entendemos su lenguaje cifrado de silencios y gestos, como si se negara a compartir su mundo con nosotros, que somos tan distintos que no tendríamos nada qué contarle si ella supiera hablar.

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Rosaema Bastaría su nombre con mayúsculas en la mitad de un verso o de una página para que el poema se lograra. Aunque en letra menuda -estoy seguroel efecto es igual. Incluso sin nombrarla: con su letra inicial y la palabra amor al borde de la página. Más simplemente aún: el libro entero con las páginas blancas.

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Kampeones En la revista del colegio una fotografía de treinta años atrás donde estamos posando sudorosos después de la victoria. Todos tenemos un aire de grandeza que hemos ido gastando: El gallego Tomás, el pecoso Pedroza el maracucho Antonio que hizo un gol memorable y ahora tiene una casa de citas en Valencia. El tatareto Vega que era puntero izquierdo y ahora juega a político por el ala derecha. Siboney el negrito centro-medio y Juan Ramón “Pocillo” -porque tenía una oreja, solamente-. Al respaldo con mi letra de entonces una larga leyenda que comienza: Campeones (con K) el nombre y los apodos del equipo los goles y su hazaña -con fecha y horade esa tarde de marzo cuando fuimos brevemente inmortales. TRISTURA 59


“Prudencia” La sonrisa ensayada ante el espejo imitando el estilo de Rita Hayworth. Una discreta flor en el cabello. Un aire distraído en la mirada que no logra ocultar la expectativa de tu perfil en trance de retrato. Por el revés tu letra que decía: “Cuando esta foto te hable, no te quiero”. Y un corazón goteando tinta roja con puñal en el centro. Luego tu nombre lleno de arabescos y una fecha cualquiera de aquel tímido amor de colegiales que por ser tan oculto ni por nosotros era descubierto.

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Los juegos El camino más corto de regreso a la infancia son los primeros juegos. La cacería de pájaros y la vuelta a casa con las piezas cobradas en altas varas de bambú para que nadie ignorara la hazaña ni pudiera eludir nuestra alegría. Luego las citas en el río y el baño interminable con las conversaciones que imitaban el diálogo de adultos, las primeras bromas obscenas y las confesiones sin penitencias ni remordimientos. En agosto el desafío de cometas -a quién vuele más alto, a quién llegue más lejosLos combates a golpe de puño -historia de nuestras primeras cobardíasy en las noches propicias el hallazgo de unos tímidos senos bajo la blusa de una colegiala en la esquina del barrio donde fuimos aprendices de dioses. TRISTURA

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Ernesto “Che” Guevara, viejo amigo I No sé si alguna vez estuvimos en el mismo lugar si ocupamos una misma mujer si intercambiamos signos de saludo en oscuros corredores de hotel. Pero ahora descubro que tuvimos una larga amistad, que siempre fuiste la cara conocida de rasgo inconfundible, el compañero de aventuras con su nombre olvidado en la punta de la lengua y sus lentas hazañas escondidas en algún callejón de la memoria.

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II ¿Acaso no eras (antes de usar la barba y los combates) el Hoppalong Cassidy de mi barrio? ¿El cowboy invencible? ¿El que golpea más duro y dispara más rápido, el vencedor empedernido? ¿Acaso no eras el vaquero triunfante de la primera cinta de bandidos donde todos soñamos el papel principal con una muerte aparatosa?

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III Esto lo digo porque tú no sabías de esta larga amistad. Porque eras nuestro Hoppalong Cassidy, nuestro Joe Paloka, nuestro Zorro Veloz, y ya no queda nadie que repita el ademán de darse entero, sino en aquellas películas donde tuve la sensación de haberte visto, antes de que usaras la muerte en una escena que no estaba incluida en el libreto.

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Eduardo De pronto la costumbre de no contar contigo para nada. De no saber si vas si llegas tarde y en compañía de quién. Ni cuándo y dónde la fiesta concertada el compromiso inevitable. De olvidar el abrazo y la pregunta de ¿Cómo estás Eduardo, y cómo están tus versos, tus asuntos? De salir a la calle con la sonrisa al viento sin tropezar contigo en las esquinas. De hablar con los amigos y esculcar la memoria -sorprendidosde no saber de ti desde que habitas tres metros debajo de un ciprés en el cementerio de Pamplona.

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Elías Te hubiera gustado regresar de un combate -vencedor o vencidosatisfecho de haber participado. Te hubiera gustado un mostacho estilo novecientos, una daga oriental, una casaca de color definido, una trinchera con posibilidades de heroísmo en la guerra civil. Tu nombre precedido de un cierto rango militar un tintineo de medallas sobre cicatrices un recuerdo de hazañas -te hubiera gustadoSe acabaron las guerras y no tuviste a tiempo, una causa perdida y un poco de miedo, un cierto aburrimiento, un desapego de ataduras. Tienes que hacer tu guerra solo y hacia dentro: de un lado tú y al otro lado el resto.

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Sietemachos Jacinto Hernández Contreras: Sietemachos Mago de feria fúnebre Animador de pobres novenarios. Brujo aprendiz de sacerdote a cuotas. Agente autorizado de indulgencias plenarias. Plañidor porque sí, porque le da la gana, porque le sobran lágrimas. Domingos y feriados con tarifa especial y traje oscuro. Servicio a domicilio. Novenarios en latín familiar y condolencias en tres modalidades. Tarifas financiadas por sistema de clubes y descuento especial en catástrofes cívicas, epidemias o accidentes de muerte colectiva. Siete rosarios por el precio de tres e indulgencias gratuitas. Oficina: cementerio central. Jacinto Hernández Contreras: Sietemachos. Especialista en derecho mortuorio y misas negras. Animador del circo TRISTURA

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de las benditas ánimas del purgatorio. Ruega por nosotros los pecadores sin remordimientos en la gozosa hora de nuestra muerte, amén.

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Ernesto Che: no me culpes a mí por incumplir la cita de los montes. Juro que quise ir pero no tuve el valor suficiente. Me dio pavor la selva la puntería del hambre los mosquitos y los boinas verdes. Me dio miedo cambiar tecla por gatillo máquina por fusil sueños por revolución. Che: no me culpes a mí, soy un cobarde juro que quise ir.

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Don Pablo Señor, doctor, don, excelentísimo Máster, míster, monsieur, su señoría Don Neftalí, don Pablo, don Neruda. Conste que no me burlo: es el respeto disfrazado de risa pero no lo soporto, no le permito tamaña humillación tan grave ofensa como escribirle un verso a la cebolla y hacerlo bien. Yo en cambio soy tan torpe en el oficio que no puedo hilvanar más de tres versos para decirle a la mujer que amo esas cosas hermosas que usted malgasta en congrios, alcachofas, perros muertos, insectos y cebollas. Maldito usted, don Pablo, que utiliza palabras y las deja inservibles.

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Instrucciones para la nostalgia (1984)


Los amantes ¿Quién puede condenar a los amantes por construir sus castillo en el aire de los hoteles clandestinos ? ¿Quién puede prohibirles que se engañen fabulando pasiones que no sufran esa misma fatiga de sus cuerpos ? ¿Quién puede censurarles que ambicionen una memoria no tan infiel como ellos deben serlo ? No podrán repudiarlos por torturarse mientras se disfrutan y destruirse cuando se confunden. Hay que dejar a los amantes libres de tantas ataduras. Dejar que hagan del mundo lo que les venga en gana y compartan dichosos el infierno si no pueden buscar el paraíso. Hay que dejar que los amantes sean esclavos de sí mismos, y cumplan su destino de amargarles la vida a quienes los censuran los repudian TRISTURA 73


los niegan los proscriben y los envidian.

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Para asumir la soledad En los aeropuertos donde nadie te espera ni despide ondea tu sonrisa y responde a las manos que saludan. Y al subir o bajar la escalerilla el rito del brazo levantado hacia la bandería de los pañuelos que se agitan. No olvides la variante de las pequeñas tiendas de turismo: pregunta por el perfume de la muchacha que te hubiera esperado, si tuvieras alguna. O el licor favorito de tu amigo que no puede beber porque la muerte no se lo permite. Duty free significa simplemente libre de explicaciones para asumir la soledad. Y cuando los altoparlantes anuncien que el viaje continúa vuelve y levanta el brazo hacia la muchedumbre, que es posible que quienes te saludan sean también solitarios que no tienen ni visitas ni ausencias. TRISTURA 75


Letanía Señor, dale una oportunidad a los virtuosos y déjalos caer en tentación para que no condenen a quienes descubrimos que el abismo es solo otra variante del camino. Señor, no prohíbas la gula de los míseros ni la violencia de los débiles ni la avaricia de los desposeídos. Señor, otórgale soberbia a los humildes para que no rediman a sus amos permitiéndoles ser caritativos. Refresca, Señor, la desmemoria moralista y diluye las sombras que confunden la castidad del indeciso. Permítenos, Señor, desear la mujer y no la ruina de nuestros deudores y deja que sea el prójimo quien tenga que poner la otra mejilla. Señor, si este reino no es tuyo -como dicenquita la viga de mis ojos y cámbiala por la paja de los de mi vecino y déjanos el goce de caer y recaer en el viacrucis de culpas inconclusas para el juicio final de los remordimientos, 76

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Canto I En esa tempestad que desatamos fuiste lo irrescatable del naufragio el norte de mi brújula caótica el faro que se hundía señalándome la ruta de mi playa salvadora.

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Para dos solitarios habitantes Qué vasto nuestro imperio de tres por cuatro metros al final de una cómplice escalera, que a veces sube a hacernos la visita. Qué inexpugnable fortaleza de cielos alquilados con puertas de frontera y cortinas de puentes levadizos. Qué poderoso nuestro reino de reyes, siervas, amos, esclavos y princesas para dos solitarios habitantes.

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A veces potro, a veces amazona Rozo apenas tu piel y el erizo que ocultas te traiciona alertando tu cuerpo que el deseo pone tenso como cuerda que esconde alguna música si mi mano es el arco que la toca. La caricia es culpable que te vuelvas gacela y amazona pantera en celo potro rebelde paloma quejumbrosa. Los más bellos y crueles habitantes del bosque se recrean contigo y te derrotan. Lloras gimes te ríes te desbocas por la blanca llanura de las sábanas, a veces potro a veces amazona.

TRISTURA

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La indulgente, la piadosa nostalgia La indulgente nostalgia nos permite mirar atrás para vernos amándonos. Nunca supimos si los labios seguían la partitura de las manos, si la sedosa sombra de tus muslos maduraba mi barba, quién anudaba a quién en esa danza de enemigos o aliados, si el temblor digital eran tus senos o mi galope fueron tus espaldas. Admitamos que nunca lo sabremos; la piadosa nostalgia nos permite retroceder imágenes -cada vez más borrosas y lejanaspara vernos amándonos.

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La celestina El vino y una memoria apresurada arman estas tristezas desmedidas donde el eco es mejor que la canciĂłn si cambiamos el ritmo de la mĂşsica. La nostalgia es infiel y si se embriaga regresa dando tumbos a cumplir su labor de celestina: retocando retratos zurciendo decorados y barriendo debajo de la alfombra la miseria de todos los olvidos.

TRISTURA

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Preguntas ¿Qué alegría colegial pide desquite en el llanto de atrás de tu mirada? ¿A cuántos abandonos equivale el azar de un encuentro inevitable? ¿A qué muerte cercana le debemos esta tonta tristeza inmotivada?

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Visto de cerca Visto de cerca el puerto no es tan bello ni el cielo tan azul y el paisaje no estĂĄ policromado. La postal hace trampas retocando arreboles en lugar de las nubes desteĂąidas. No hay relucientes barcos: son pesqueros con un dudoso aroma de mariscos. Los marinos que ves no estĂĄn cantando mientras recogen un velamen viejo, blasfeman repitiendo palabrotas fatigados de hacer el mismo oficio.

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Un aroma de almendro en las almohadas Es pequeña la patria desde lejos como si la mermara la distancia, menos controvertida más amable, como si la puliera la nostalgia. La viajera memoria la reduce a tres o cuatro rostros una calle el ebrio tarareo de la canción que nunca recordamos, el gol de la derrota y el coraje de la tarde perdida en un estadio. Una broma de amigos, una brisa llevando serenatas, el temblor de unos senos, un aroma de almendro en las almohadas, los muertos de entrecasa transpirando su siesta en los zaguanes, un aguardiente hiriendo la garganta, la textura, el sabor y la fragancia de una fruta, una piel o de una lástima.

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Para Natalie Wood Nunca supiste que tuvimos amores hacia finales del cincuenta y siete. Eras entonces una actriz de reparto y yo simplemente un extra en el rodaje de mi rumboso sexto de bachillerato. Por eso tu recuerdo, en la falsa neblina de los fumadores aprendices, era tan pegajoso como los chicles Adam’s, tan enervante como el coctel de ron con cocacola y más contagioso que los boleros de los Panchos. Tengo viva la rabia por tus incumplimientos a mis fiestas de rumbas y nostalgia, donde estuve esperándote. Y no acepto todavía tu tonta excusa de filmar en Hong Kong o viajar la Metro Goldwen Mayer a recibir el Robert Wargner que te habías mandado hacer sobre medidas. Te fui entonces infiel con una colegiala, que impedida de copiarte los senos, te plagiaba el peinado, y prometí incumplir las descaradas citas que me dabas en el neón tristón de los teatros. Sin embargo, seguimos tropezando en las penumbras de mi cine continuo de los sábados, y era evidente que algunas de tus miradas más picantes tenían la dirección de mi butaca. Pero tu TRISTURA 93


escandalosa vida de farándula me obligó a desistir de ofrecerte el papel estelar en la película de mi historieta provinciana. Ahora, un poco más antiguo pero igual despistado, me entero de tu muerte, ahogada en un lago de uisqui, y el colegial que ocultan mis solapas me ordena enlutecido que te escriba esta carta.

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Memoria de tu cuerpo (2003)

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Recuérdame, desnuda ¿En qué bar estarás donde tu risa suene más que la música? ¿Donde tu pelo sea el rincón más oscuro de la fiesta y tu escote la ventana mejor iluminada? Alguien sabrá que eres impredecible de la cintura para abajo, hacia arriba te salva la sonrisa y esa mirada ausente como si no quisieras compañía. ¿A quién decidiste seducir? ¿Algo tiene de mí tu próxima aventura? Recuérdame, desnuda y no olvides que nadie sabe más de tu cuerpo que mis manos.

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Un ángel por la calle Un fulgor de miradas te persigue cuando vas por la calle como si flotaras en la brisa celeste de la tarde. Humilde de cintura y altanera de pechos no usas ni maquillaje ni perfume, nada llevas debajo de la blusa y te sientes liviana porque bajo la falda solo llevas el pubis. Una fiesta comienza en tus caderas y tu risa es la música. ¿Cómo haces para danzar cuando caminas? -se preguntan algunos. ¿Por qué parece que tuvieras siempre todos los labios húmedos? Son distintos los ojos que te siguen, los delatan la codicia o la envidia: el opaco rencor de las mujeres y en los hombres el lujurioso brillo. Pero tú los ignoras porque sabes que es mi oficio nocturno desnudarte de miradas ajenas, para que flotes como un ángel en el aire impoluto de las sábanas.

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Penélope Espérame impaciente como si no supieras que llegaré tardío -tejedora de fábulasque te viene de estirpe engañarte nocturna devolviendo los hilos de la urdimbre que tejiste de día. Heredaste la gracia de simular esperas: tu abuela tejía redes junto a un río que dejó de pasar y ella siguió esperándolo. Y tu madre -tejedora de músicashilvanaba canciones para sordos amantes sin dejar de cantar. Tú aprendiste el oficio de entretejer palabras sintiéndote Penélope, para que otros te amen sin sentirte culpable, mientras llego incumplido a competir para que no me olvides.

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El amuleto de tu nombre De discreto rumor se convirtió en escándalo la algarabía de tu nombre en boca de los amantes que visitan el hotel donde me llevas a enseñarme a cantar agonizando encima de tu cuerpo. Se descubrió el secreto para alcanzar las cumbres del deseo jadeando en un coro de voces, en un salmo de plegarias eróticas que invocan los presurosos habitantes acariciando a gritos el amuleto de tu nombre.

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Dedicatoria Ando perdido pero jubiloso. Confieso que no sé a dónde voy, pero la alegría me delata: todos saben que vengo de tu cuerpo.

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Felina Ronroneas impúdica como si reposaras o durmieras cuando estás al acecho para entreabrir la trampa de tus muslos, en la jaula-aposento donde esperas que asome mi deseo.

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El extranjero de tu cuerpo Necesito que sepas que soy el que te habita y no te reconoce, el que te invade y huye deseándote. El viajero del tren que ya partió, el polizonte del barco que no vino. El que te sabe de memoria pero se pierde acariciándote, el que muerde tu lengua y no traduce tus algarabías, el que lame tu piel pero sigue sediento. El extranjero de tu cuerpo que no sabrá jamás si no ha podido entrar o no lo dejas ir, porque te extraña incluso cuando está contigo.

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Cartagena de Indias ¿Para qué gritar el mar invitándome a entrar si en silencio tu cuerpo me ha cerrado las puertas? ¿Para qué este paisaje donde sobran colores pero falta tu risa? ¿Y esta playa vacía donde no cabe nadie porque tú no la ocupas? Si estuvieras conmigo sería el paraíso que perdimos.

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A la deriva, siempre Los recuerdos golpean mucho más que las olas -eso dicen los náufragosporque más traicionera es la memoria. A la deriva, siempre te busco olvidadiza en la mitad del mar como un faro de lástimas. No puedes rescatarme -sirena rencorosatienes manos de adioses y perdiste la brújula de tu bella canción.

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A veces, en las noches Con la alegría de los sobrevivientes los mutilados vuelven a desfilar dichosos con las medallas de sus cicatrices, saludando sin manos y marchando sobre la pierna que perdieron, como si nada les faltara. A veces, en las noches mutilado de ti, me despierto abrazado al perfume de tu piel, en la trinchera que dejaste vacía. A veces, en las noches respiro por la herida de la memoria de tu cuerpo, crucificado sobre la huella de tus brazos, como esperando la resurrección.

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Mi padre Para Julia Elena

Mi padre me enseñó que la música es mágica porque nos lleva a donde nunca iremos y nos regresa a donde fuimos y no lo recordamos. Los instrumentos simples le encantaban y los tocaba mal. Su dulzaina era triste desentonaba en la guitarra y era un inofensivo bandolero porque no disparaba la bandola. Siempre creyó que el arpa era mejor que el piano: se tocaba de pie como a una potra, y se dejaba cabalgar. La música, toda la música, lo ponía nostalgioso -un adjetivo que aprendió en el Surdonde hicimos academia de tangos. Le gustaba el coñac pero no se embriagaba. Y no aprendió a fumar. Como tenía la voz espesa se permitió el pudor de no cantar. Pero fue un excelente bailarín, TRISTURA

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inmejorable indicio de ser un buen amante. El ajedrez fue una pasión tardía que nunca supo dominar: no aprendió a replegarse para combatir. El ajedrez, decía, lo inventó una mujer porque la reina es libre y el rey manumitido. Y un homenaje a los humildes al permitirle a los peones alcanzar el poder. Respetaba las torres por atacar de frente, no como los alfiles, traicioneros, es decir, obispales; ni como los caballos, impredecibles por lo solapados. En la vida es igual, reflexionaba; un paso en falso, un torpe movimiento, y la derrota nos persigue. A mi padre le encantaba vivir y se reía para que lo supieran. Mirándolo de lejos y despacio, reconozco apenado que no pude heredarle su alegría.

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Habitación 513 Brindas con el espejo presintiendo que el viento estará lamentándose cuando empiece a llover. Miras hacia el abismo viendo pasar un río perezoso y triste y al descubrir que estás sin compañía corres a la ventana para escuchar las voces que te llaman de abajo, suplicantes. Te sorprendes al ver que el río fluye como si cantara y ese viento es la música anunciando la fiesta a la que olvidaron invitarte. Solo llueve por dentro, esa llovizna es tuya, tan mentirosa como tu nostalgia. Sollozas otra vez ante el espejo empañado de lágrimas que no te reconoce y se niega a brindar. Decides embriagarte y evitar tentaciones cerrando con tus ojos la ventana, como si fuera tu memoria, para que mañana no recuerdes que te faltó el coraje de saltar. TRISTURA

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Tristura Las primeras seĂąales del olvido no son ritual de puertos o viajeros, las ausencias no requieren de adioses. Los abandonos no necesitan ceremonias. Uno se va sin trenes sin aviones, uno se va sin barcos. Uno se va.

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Contenido Instrucciones para querer y releer a Miguel Méndez Camacho

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Los golpes ciegos (1968) La formal 13 La soledad 15 Diurno número uno 16 Noche de viajero 17 La palabra 19 Los ausentes 20 Los antiguos asuntos 22 Corozopando 24 Diurno número tres 25 Diurno número nueve 26 Los sueños 27 Nosotros: Los amantes 28 Elegía en azul 29 Elegía en rojo y gris 32 Poemas de entrecasa (1971) El mundo es verde y sin embargo no hay ninguna esperanza 37 La Babel habitada 38 La buenasuerte 40 Escuchando la voz de Alicia Francis 42 Largometraje 44 El tiempo como una canción 46 Escrito en la espalda de un árbol 47 TRISTURA 111


Para alcanzar el paraíso 48 Para leer en voz baja 49 Poema que te hace más frágil 50 Ceremonia para la oscuridad 51 Hicimos el poema que no pude escribirte 52 Lucrecia 53 Jesús 54 Paula 55 Miguel 56 Rosana 57 Rosaema 58 Kampeones 59 “Prudencia” 60 Los juegos 61 Ernesto “Che” Guevara, viejo amigo 62 Eduardo 65 Elías 66 Sietemachos 67 Ernesto 69 Don Pablo 70 Instrucciones para la nostalgia (1984) Los amantes Para asumir la soledad Letanía Viajera La otra Villa Cariño Postal número tres Historia 112

73 75 76 78 80 81 82 83 MIGUEL MÉNDEZ CAMACHO


Esa niña Canto I Para dos solitarios habitantes A veces potro, a veces amazona La indulgente, la piadosa nostalgia La celestina Preguntas Visto de cerca Un aroma de almendro en las almohadas Para Natalie Wood

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Memoria de tu cuerpo (2003) Recuérdame, desnuda Un ángel por la calle Penélope El amuleto de tu nombre Dedicatoria Felina El extranjero de tu cuerpo Cartagena de Indias A la deriva, siempre A veces, en las noches Mi padre Habitación 513 Tristura

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Tristura

9 789585 959217

Místicos grabados Simón José Ortiz Las cinco letras del Deseo Antología latinoamericana de poesía homoafectiva del siglo XX Montuno Hernán Vargascarreño Todo el silencio – Revista Exilio # 26 Jader Rivera Monje Antínoo – Revista Exilio # 25 Fernando Pessoa – Edición bilingüe Ulises, hombre solo – Revista Exilio # 24 José Manuel Crespo Teoremas de amor – Revista Exilio # 23 Luis Rogelio Nogueras - Antología Fantasmas de relojes y de tigres Mauricio Cappelli Ecos y destinos Camilo Marroquín Díaz Tempus Hernán Vargascarreño Difícil hablar con las sombras Clemencia Tariffa El viaje – Antología Hernán Vargascarreño ¿Quién mora en estas oscuridades? Emily Dickinson – Edición bilingüe Músicas lejanas – Revista Exilio # 22 Ela Cuavas El odiado – Revista Exilio # 21 Harold Alvarado Tenorio Relación del perdido Roberto Núñez Pérez Juanantonio Nana Rodríguez Romero Mientras el tiempo sea nuestro Winston Morales Chavarro, Nelson Romero Guzmán, Lilia Gutiérrez Riveros, Andres Berger-Kiss y Hernán Vargascarreño Almenas del tiempo Edgar Lee Masters – Edición bilingüe Antología – Revista Exilio # 20 Luis Haroldo Turizo Jiménez Las formas del silencio Mauricio Cappelli De carne y sueños Fernando Núñez En el lenguaje de las burbujas Gustavo Arrieta

Miguel Méndez Camacho

Otros títulos de Ediciones Exilio

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Tristura. Miguel Méndez Camacho. Ediciones Exilio  

TRISTURA. Poesía reunida Miguel Méndez Camacho Ediciones Exilio. Agosto. 2016. Edición impresa. Abril 20, 2017: Esta NTC … edición digital...

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