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I cannot imagine the future, but I care about it. I know I am a part of a story that starts long before I can remember and continues long beyond when anyone will remember me. I sense that I am alive at a time of important change, and I feel a responsibility to make sure that the change comes out well. I plant my acorns knowing that I will never live to harvest the oaks. David Hills, diseñador del Reloj de los 10 000 años

Aproximaciones sobre la velocidad. ¿Nos acercamos al fin del mundo? Por: Gabriela Macedo Osorio

Son las 23:54 horas antes de la medianoche, sólo faltan 6 minutos para que el mundo termine ya sea por la amenaza de una guerra nuclear o alguna otra arma de destrucción masiva, el Reloj del Juicio Final (Doomsday clock) creado en 1947 por un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago que trabajaban en el Proyecto Manhattan y diseñado por la artista Martyl Langdorf como parte de la portada del Boletín de Científicos Atómicos (Bulletin of the Atomic Scientists), es símbolo de la amenaza constante en la que vivimos, los escasos minutos que faltan antes de que llegue el dramático desenlace producto de los conflictos bélicos, el daño ambiental y con ello la falta de responsabilidad de los científicos frente a sus creaciones. En su constante avanzar y retroceder de manecillas, nos muestra la fragilidad del ser humano frente a lo que él mismo crea, manteniendo como constante el temor a que llegue el tan esperado y anunciado “Fin del Mundo. Ya sea por una profecía religiosa, por un castigo divino, un desastre natural o uno provocado por el hombre, el conjunto de catástrofes que abarcan desde guerras nucleares, calentamiento global, colisiones de meteoritos, el Armagedón bíblico, los ciclos mayas, pandemias globales, hasta la rebelión de las máquinas y las invasiones extraterrestres, parecieran mostrar no sólo que nuestra existencia en la Tierra es tan contingente como la de cualquier otro ser vivo sino que ésta termina mediante una catástrofe violenta y horrible.


En cualquier caso esto nos permite pensar que el hablar sobre el fin del mundo responde a una necesidad humana que no sólo considera la eliminación de su existencia sino que en ello percibe la posibilidad de resignificar la misma, porque aún en la desaparición de la especie, éste se sigue considerando en un estado presente, con frases como: "cuando estemos muertos o cuando ya no estemos aquí", utilizando el verbo "ser- estar" a pesar de que su existencia se ha nulificado y con ello ya no puede “estar” ni “ser”. Quizás esto se deba a que el punto de referencia del mundo, no sólo del edificado por los humanos sino también del natural cobra existencia sólo en referencia a la percepción que construimos a partir de nuestro habitar y experimentar en él, con ello las grandes edificaciones, las obras de arte, maquinarias y herramientas que permanezcan después de nuestra desaparición se convierten en representaciones humanas que pervivirán a través de los años. Tal es el caso de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, la cual ubicada dentro de una montaña en el Ártico, resguarda a 4000 pies de profundidad más de 100 millones de semillas provenientes de todo el mundo, como medida de precaución para conservar la mayor parte de las especies y con ello combatir la hambruna si es que después del tan mencionado “Día final” quedan algunos sobrevivientes. O como el Reloj de los 10 000 años (The Clock of the Long Now) ideado por Daniel Hillis en 1986, cuyo prototipo está en el Museo de Ciencias de Londres mientras que el real ha comenzado su construcción en Nevada, el cual fue activado en 1999 para dar la bienvenida al segundo milenio, y cuyo objetivo es permanecer como unas de las grandes construcciones que pervivan a través del tiempo, marcando milenios en vez de horas, siglos a modo de minutos y años como segundos. La velocidad con que esto ocurra es incierta, constantemente se piensa en un futuro catastrófico sin reparar que es el presente bajo su imagen dialéctica lo que nos acerca a él, de esta forma habitamos en el ahora el derrumbe, el límite, la incertidumbre, los muertos, caen ante nuestros ojos los imperios y es arrasada la naturaleza física

al mismo tiempo que la esperanza y el ideal de progreso nos


guiña el ojo, prometiendo mayores beneficios y soluciones a los problemas intrínsecos que devienen de él con la misma rapidez. Mostrando cómo aunque no podamos imaginar el futuro, el constante esfuerzo por permanecer en él nos lleva a construir y destruir dialécticamente nuestro entorno a través de historias y edificaciones que nos recuerden lo efímera que es nuestra existencia y lo productiva que es nuestra imaginación y percepción para establecer realidades que nos hagan habitar no sólo en “el mejor de los mundos posibles” como diría el famoso filósofo y matemático alemán G. W. F. von Leibniz, sino también crear el mejor de los instrumentos para afrontar “la más inimaginable catástrofe apocalíptica”.


Aproximaciones sobre la velocidad. ¿Nos acercamos al fin del mundo?”