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AMOR ERÓTICO: DESPRENDIMIENTO ÓNTICO, NECESIDAD Y PULSIÓN ONTOLÓGICA Fragmentos de la existencia hurtados al tiempo. Esto era lo que vueltos a la vida tres o cuatro veces en mi interior acababa de saborear. Porque la meditación aun sobre la eternidad, es siempre fugitiva. Sin embargo, estaba vagamente convencido de que el placer que esa meditación me había dado a raros intervalos de mi vida era el único, genuino y fructífero placer que había conocido. Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann.

Busco que las palabras puedan expresar la esencia de un lenguaje carnal y metafísico, sobre el cual se juega con deseos, imágenes, sentimientos, significados y sentidos. Por Gabriela Macedo Osorio El hombre es un animal simbólico afirmará Cassirer en la Filosofía de las formas simbólicas en donde su característica sobresaliente y distintiva no es su naturaleza metafísica o física sino su obra […] la cual define y determina el círculo de la humanidad1; pues este hombre no solamente habita un universo físico sino uno simbólico, esto es, un universo creado y construido con el objetivo de descifrar la realidad física y natural. Esta realidad alterna, prefabricada con la cual se identifica logra plasmar el vínculo existente entre espíritu y materia, entre naturaleza e historia; las pasiones humanas, los problemas sociales, el asombro y la admiración frente a una realidad que se recrea y se guarda, que se desdibuja en el tiempo para renovarse y devolverse con las raíces hundidas en el propósito original: significar y dar sentido a una realidad dialéctica y en constante devenir. Al mismo tiempo el hombre al ser dotado de razón, es vida consiente de sí misma, de sus semejantes, de su tiempo, de su espacio; y es esta misma conciencia lo que lo hace captar la brevedad de su vida, de su estar solo en el mundo. Esta conciencia de su separatividad es la produce en él la necesidad 1


de unión y por consiguiente la de identificación y complementación con el otro; necesita del amor y por ende del sexo con amor, gracias a éste supera su separatividad con él, con la tierra y con los propios hombres, haciendo menos dura y solitaria su estancia en la vida. Con el amor, llena ese vacío que embargaba no sólo a su cuerpo sino también a su alma, el hombre y la mujer se son recíprocamente espejos en que se descubre su condición. (...) cada uno de ellos dará razón del otro, pues uno no es sin el otro2; y es en el mismo acto de fusión donde te conozco, me conozco a mí mismo, conozco a todos - y no

<conozco> nada.3 Por lo que el amor erótico es quizás el modo de comunicación más intima que se pueda tener con el ser amado, es el anhelo de la fusión completa4, del sentirnos nuevamente como describe Platón en El Banquete: seres unidos conformados en una misma estructura, pero que por castigo de los dioses han sido separados, convirtiendo al hombre andrógino en dos cuerpos divididos, dejando los pliegues sobre el vientre y el ombligo, como único recuerdo del antiguo castigo. Por lo que: Hecha esta división, cada mitad hacia esfuerzos para encontrar la otra mitad de la que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad, con un ardor tal, que abrazadas perecían de hambre e inacción, no queriendo hacer nada la una sin la otra.5

Podemos decir así, que existe una necesidad ontológica de vincularnos afectiva y corporalmente con el otro, explicándonos así como puede ser el amor un fenómeno tan primario como el sexo. (Pues) El sexo se justifica, incluso se santifica, en cuanto que es un vínculo del amor, pero sólo mientras éste exista.6 El amor es así un sentimiento metafísico porque justifica nuestra existencia dándole sentido a nuestro ser, hacer y pensar, es el principio constitutivo y distintivo en todo hombre.

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Castilla y Cortazar, Blanca, “Persona y modalización sexual.” en Metafísica de la familia, Universidad de Navarra, España, 1995, p.100. 3 Fromm, Erich, El arte de amar, Paidós, México, 2001, p. 38. 4 Ibid, p. 58. 5 Platón, “El banquete” en Diálogos, Porrúa, México, 2001, p. 509. 6 Frank, Víctor E., El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona, 1989, p. 110.


Por lo que este sentimiento trasciende al ser humano, pues su encarnación no agota su existencia, ya que va mas allá de lo corpóreo, de las palabras, de las miradas, se entiende en lo absoluto y más profundo del espíritu, ya que ésta es su manifestación más clara y precisa. Es aquí donde existe esa fusión, en donde los cuerpos, materia corruptible y finita, se convierten en principio y fundamento de la acción y el sentimiento; en donde los sentidos nos permiten conocer y tocar lo inmaterial y lo eterno, pues es el sentimiento mezclado con el deseo, es Eros y Psique, es lo tangible y contingente vuelto metafísico y necesario. Pues esta unión involucra la transmisión del espíritu: En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre 7; en donde hombre y mujer complementan almas y cuerpos, crean mundos y fantasías, donde cada uno dentro de su individualidad vuelve a nacer en y junto al otro. Y es que gracias a las metáforas las cuales como diría Marcel Proust “son las únicas que pueden dar al estilo una especie de identidad”, podemos imaginar y recordar, no sólo racional sino sensiblemente, aquel instante inmortalizado y hurtado al tiempo que ha logrado capturar la esencia dialéctica del amor y del deseo, logrado interpretar las sensaciones dadas como signos de leyes e ideas, convirtiéndolas en quimeras que perfuman la piel, que se paladean en cada trago de saliva y que pueden traspasar miradas.

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Fromm, Op. cit, p. 38-39.


Amor erótico: desprendimiento óntico, necesidad y pulsión ontológica.