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te las piezas encajaron solas, era imposible, era muy real para ser solo un sueño; no había ninguna explicación lógica para decir que me encontraba en la víspera de la batalla de Tucumán. La batalla no solo se había apoderado de mi vida mientras estaba despierto, sino que ahora también había invadido mis sueños. Lo importante, aunque este soñando, era saber donde estaba parado y hacia donde querían que vayamos. «A partir de este momento me veo obligado a avisarle al lector que la asociación entre lugares del pasado y del presente es una aproximación». Me convencí de quedarme un rato y observar, obtener la mayor cantidad de información posible y desaparecer antes que empiece la batalla. Solamente una persona que conoce la ciudad en la actualidad y se ve transportado de golpe al mapa de 1812 puede apreciar los cambios que se han producido en 200 años. Calculo que buena parte del descampado donde estaba parado sería en la actualidad la Plaza Urquiza, no estaba la Avenida Sarmiento, ni la nueva Legislatura. Lo sorprendente era el silencio que reinaba. Me sentía fuera de lugar, no encajaba con las caras nerviosas y tensionadas de los soldados, debe ser porque dentro de mí sabía lo que iba a pasar; la batalla la iban a ganar. Pero lo más importante es que esto era solo un sueño «¿O no?» De pronto hicieron formar a los soldados, yo los miraba desde un costado con un poco de pena y curiosidad ¿Quiénes de ellos estarían entre los 65 muertos? ¿O entre los 187 heridos? Un soldado se acercó a donde estaba y empezó a gritarme órdenes para que me una a la fila de soldados. Intenté explicarle que yo iba a cubrir la batalla como lo haría un periodista, pero el me acusaba de traidor a la Patria. En un último intento desesperado para aclarar el malentendido me tiré de la remera y se la puse frente a sus ojos. Por un instante se me detuvo el corazón, estaba vestido como un soldado, no podía ser posible, me sentía de nuevo como en uno de esos ac-

Esquina de Av. Sarmiento y calle 25 de Mayo (Plaza Urquiza)

tos en los que nos disfrazamos de soldados y jugamos a la guerra; pero esta ropa poco tenía de aquel disfraz que venía en las revistas para chicos. Me costaba respirar, si esto es un sueño empieza a perder lo gracioso y pintoresco. El soldado me miraba, ya no tan enojado sino preocupado, como si yo estuviese loco, parecía que iba a preguntarme algo pero finalmente agarró el fusil que estaba tirado en el piso, ahí donde había estado durmiendo yo hace un rato, y me lo acercó al pecho. El nudo que se me formó en el estomago no me permitió decir palabra alguna, solo me limité a asentir y ubicarme al final de una fila de soldados. Sorprendentemente en mi cabeza había un solo pensamiento ¿Estaré yo entre los 65 muertos? ¿O entre los 187 heridos?, al recordar que no tenía la más mínima idea de cómo usar el fusil que llevaba al hombro me di cuenta que mis probabilidades de entrar en alguno de estos dos grupos se incrementaban drásticamente. No se en que momento, pero ya habíamos emprendido la marcha, salvo por un pequeño grupo se había quedado en el descampado por las dudas. Nuestro camino comenzaba por una calle de tierra muy angosta que nos obligaba a marchar hombro con hombro prácticamente «en el mapa actual seria la calle 25 de Mayo». Si alguien nos estuviese mirando desde arriba creería que la magnitud de nuestras fuerzas era increíble pero solo era la ilusión que provocaba el tamaño de la

calle. Llamaba la atención no ver edificios, ni autos estacionados, las veredas sin baldosas. Continuamos nuestra marcha y pronto me di cuenta lo extraña que era esa calle sin los colegios Sagrado Corazón y Gymnasium. Mientras marchabamos el corazón me latía con violencia, no era miedo sino adrenalina mezclada con instinto de supervivencia que se había activado en lo más profundo de mí ser. Intenté convencerme que esto era un sueño, que iba a estar bien; pero una parte mía se preguntaba “¿Realmente estoy soñando? ¿Y si me equivoco?” De a poco la larga fila fue doblando, cuando llegué al punto donde debía desviarme, mire a mi izquierda y vi la plaza totalmente fosada; escuché a unos soldados decir que la plaza iba a ser el último punto de retirada, el último lugar donde reagruparnos en caso de que las cosas no salieran bien. «Me di cuenta que era la Plaza Independencia y que estábamos doblando por la calle Mendoza» Me enojé conmigo mismo cuando me encontré ensimismado en mis pensamientos sobre qué pasaría si perdíamos la batalla, cuantos íbamos a terminar defendiendo la plaza si algo salía mal; “Tarado, me dije a mi mismo, sabés como termina la batalla y sabés que no van a terminar defendiendo la plaza”. Los pensamientos sobre cómo me las iba a ingeniar para sobrevivir seguían agazapados, esperando a ver que haría, y estoy seguro que si hubieran podido se burla-

Comunicar T; Belgrano en Tucuman  
Comunicar T; Belgrano en Tucuman  

Revista de la Licenciatura en Comunicacion Social de la UNSTA. Conmemorativa del Bicentenario de la Batalla de Tucuman y de la acción de Bel...

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