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época ubicado en el ámbito intelectual de Buenos Aires, del segundo decenio del siglo XIX2: “El púlpito anticlerical. Ilustración, deísmo y blasfemia en el teatro porteño postrevolucionario”. Un sector de la elite porteña miraba a Francia e imitaba sus procedimientos. Así, en los primeros años de la evolución, la prensa y el teatro eran considerados por la intelectualidad ilustrada como herramientas privilegiadas para la transformación ideológica En 1815, los diarios de Buenos Aires (El Independiente, el Censor, La Gaceta y La prensa Argentina) instaban a no descuidar “la primera escuela donde puede formar el gobierno con las mejores proporciones las costumbres públicas de la Nación, y dirigir la opinión general a los intereses primarios de ella”. De tal manera entendían, como dice Di Stefano, que los rioplatenses podrían ser purificados de las tan nefastas influencias que les había inculcado la dominación española. En este breve texto de comienzos de 1815, puede observarse cómo se pretendían revertir los valores vigentes en la sociedad. Las que hasta cinco años atrás eran consideradas “las buenas costumbres”, ahora pasaban a llamarse “las nefastas costumbres que le había inculcado la dominación despótica”. También hay que observar que, según los ilustrados, “el gobierno” debía emplear los medios (el teatro y la prensa) como la mejor escuela para formar las “costumbres públicas”, para educar a los ciudadanos de acuerdo con “los intereses primarios de la nación”. Aquí hay otra palabra clave: “intereses”. El afán radicaba, evidentemente, en cumplir una consigna ideológica: cambiar, desde el gobierno y los medios, los valores internalizados en la sociedad para transformarla de acuerdo con el nuevo sistema político. Pero, qué lugar se asignaba a los padres

de familia, a los maestros, a las escuelas existentes? La cuestión era cambiar todo y rápido; el actor principal para la transformación cultural debía ser el gobierno a través de los medios. De esta manera, se asociaban las costumbres llamadas liberales, con los beneficios de la libertad para el bien común, que era uno de los objetivos primarios del sistema político en construcción. Estoy pensando, pero no puedo detenerme en ello, cuan diferente era el liberalismo de la Ilustración española y el que se imprimió en la Constitución de Cádiz, con pleno respeto por la religión y las costumbres tradicionales. No es de extrañar, entonces que, sobre todo, al público desprevenido lo sorprendiera y hasta le resultara atractivo conocer estas novedades. Es posible pensar que los diarios se leían y que la sala teatral obtenía éxitos de taquilla. Así es como, aunque no en todas partes en la misma forma, el ambiente cultural iba cambiando y, en Buenos Aires, las actividades teatrales y literarias abrirían paso a nuevas orientaciones que provocarían la airada reacción del Padre Castañeda. Se había publicado una Tragedia, con el título de “triunfo de la naturaleza”, que el Traductor (¿Bernardo de Monteagudo?) consideraba una “pieza moderna de la mayor importancia” aconsejable para la lectura de “señoritas jóvenes”. “en la primera escuela de costumbres de un Pueblo civilizado”. Estos “espíritus ilustrados” de la época, dice el Padre Castañeda, son portadores de una ciencia que se opone a “aquella pacífica, que desciende del Padre de las luces, y cuyo principio es el temor de Dios, los Theatros no son sino las escuelas del Demonio, donde se irritan las pasiones, donde se enseñan los vicios, y donde se corrompe la sana moral del Evangelio”

Se queja, el fraile, de los ataques a la Iglesia y el Evangelio, de la tergiversación de las expresiones de Fray Bartolomé de Las Casas, haciéndole “hablar (…) para santificar el error y propagarlo a la sombra de su crédito y autoridad (…) burlándose de la castidad”. El P. Castañeda se sorprende porque no se levantan voces para descalificar el atropello de “unos presumidos de ilustrados” Y así continúa con una suma de argumentos que manifiestan su airada desaprobación a la exposición pública de esas ideas. Estas breves pinceladas sobre los extremos –tanto de los impulsos transformadores como de la defensa de los criterios tradicionales- bastan para advertir cómo había penetrado la diferencia. Ahora circulaban, públicamente, manifestaciones de una concepción del hombre, del mundo y de la vida que no coincidía con la fe heredada, ni los usos tradicionales; y ello se daba sin que el gobierno, ni la sociedad, tuvieran una reacción de censura. Es que la expresión “censura” empezará a alejarse del nuevo vocabulario; en contraposición, cada vez más notoria, se afirmarían los principios de la libertad de imprenta y la libertad de conciencia como criterios centrales de los derechos individuales. Sin embargo, como dice Monseñor Duran, los gobiernos supieron practicar la virtud de la prudencia; en general, ellos avanzaron en la modernidad pero se mostraron muy respetuosos con la Iglesia. La sociedad, por su parte, fue reconociendo los signos de los tiempos, sin resignar de sus valores y principios. Reflexionando sobre estas querellas de la época podríamos preguntarnos quienes asistían al teatro y quiénes leían los periódicos en 1815. La respuesta es: la minoría burguesa de las sociedades urbanas. En este caso, para la época, la única sociedad con mentalidad urbana era la de Buenos Aires. Pues bien, el

2 Cf- Rpbertp Di Stefano: “El púlpito anticlerical. Ilustración, deísmo y blasfemia en el teatro porteño postrevolucionario (1814-1824)”. Programa Buenos Aires de Historia Política del siglo XX, historiapolitica.com. Publicado en Itinerarios. Anuariio del Centro de Estudios “, Espacio, memoria e identidad”. (CEEMI) Universidad Nacional de Rosario, Año ¡ Nª “, 2007, pag. 183-227.

Comunicar T; Belgrano en Tucuman  
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