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_____________ EL MIEDO Daniela Ross a veintiocho de agosto del dosmil diez

¿Es el miedo condición necesaria para la libertad dentro del Estado? Porque todos somos iguales, pero unos más iguales que otros.

No podemos afirmar que el hombre haya sido creado en igualdad de condiciones, dotado de un espíritu y cuerpo, capaz de ejercerse a través de su razón: homogéneo entre sus congéneres porque, en un marco darwinista, este acto contradice al fin, es decir,

el de la propia conservación del hombre como un ser natural. No hay

transformación sin desigualdad. Como acto evolutivo, el miedo es una condición necesaria para la supervivencia, un estado de alerta que se adecúa según capacidades y necesidades propias del entorno individual del hombre. El miedo es la emoción más intensa, es original e intrínseca en el hombre. Como experiencia de transferencia comunicativa es empática de hombre a hombre porque el miedo se encaja en lo primitivo, en la raíz más profunda. Responde a un lenguaje conocido. El miedo como experiencia se entiende por sí misma, es condición ineludible para la conservación y es motor en movimiento. No será menester dirimir entre la posición que ocupa el miedo y la libertad en el hombre, ni cuál tiene más peso. Sólo no concertaré el uno sin el otro. La libertad genera miedo a perderla y el miedo acciona al hombre a obtenerla de nuevo. Y aunque por antonomasia el hombre se cree libre, tengo mis dudas sobre ello.


El lenguaje, así como el miedo, es condición intrínseca en el hombre individual y en el continuo vaivén de la expresión se construye el hombre social en busca de libertad. Un hombre social es un conglomerado de elementos históricos, genéticos, culturales, sociales y demás que lo configuran como tal, sumado también su miedo colectivo que lo erige como un ser propio de su tiempo y su circunstancia general y que en la articulación de su lenguaje se consolida. Todos tenemos miedo. Miedo a morir, miedo a que muera alguien querido, miedo al ridículo, a la soledad, a la crisis, a los payasos, a los grillos gigantes que podrían aparecer detrás de la puerta, a ser ponente en la clase de DF, a ser tiranizados. Miedo, miedo, miedo. Miedo a la pérdida de lo ganado y miedo al otro que pone en riesgo la libertad de uno mismo. Esta emoción es irracional, inexplicable en un sentido subjetivo, pero siempre responde al acto de superviviencia. Una pulsión de muerte que genera la necesidad de vivir, o por lo menos de no morir. Una continua confirmación de vida que procede del miedo al no ser, al no tener. Un thánatos necesario para regresar al eros, léase libertad en este caso. El miedo individual es principio del miedo social, sobre todo si observamos al hombre social inmerso en la circunstancia de su época de la cual no lo podemos deslindar y en la que el lenguaje está siempre presente como vaso comunicante entre hombre y hombre, siempre y cuando una experiencia colectiva esté presente. Lo estático, lo inmutable como totalidad no es un panorama real en la práctica de lo cotidiano, es el movimiento lo que genera la existencia y la consecuencia del movimiento es inevitablemente la inestabilidad, ésta genera desconfianza y la desconfianza a su vez inseguridad. Lo familiar, lo cómodo, lo conocido, deja de serlo y nos encontramos en un escenario medio desconocido, no del todo familiar. Este “no del todo” es un principio básico en el entender del mecanismo de la conservación del individuo. La sensación de caos, de desorden, empata con más facilidad al hombre. Lo empata, no en un sentido fraternal, sino en una sensación general de inestabilidad.


A pesar de que el miedo es una emoción siempre posible, acompañante seguro, para el hombre sería imposible vivir en un eterno estado de angustia, de crisis predominante, de histeria colectiva en un sentido social; es por eso que transita siempre en un ir y venir entre la seguridad y lo incierto. Lo real es la inestabilidad, lo ideal la tranquilidad. Es el “no del todo” lo que genera la posibilidad de un estar bien, de acceder a la libertad. Con la propiedad privada, se produce históricamente la posibilidad de despojar de sus bienes a un individuo e incluso de ver afectada la libertad a la que cada hombre tiene derecho. Una naturaleza doble en el hombre por el cual, por un lado, desea los bienes del prójimo al mismo tiempo que teme ser destituido de los propios por un tercero. Como una vuelta a la necesidad de poseer quitando lo ajeno se instituye un estado de tranquilidad del no perder lo propio, el hombre social crea al Estado como un actor coercitivo que asegure el bien y la propiedad entre hombres en un consenso colectivo de aceptación. El Estado como un constructo social por el cual el hombre se confirma como una pluralidad, un ser social que no se lastime a sí mismo y que neutralice, mediante estatutos, el deseo de quitar y el de poseer. La promesa de seguridad que ofrece el Estado es la garantía del individuo que justifica su organización en sociedad, ya que lo protege como ser individual al mismo tiempo que él mismo protege este orden social para asegurarse a sí mismo, como un organismo simbiótico. No considero que los sistemas sociales respondan propiamente a los sistemas naturales pero creo que la idea de simbiosis nos representa una buena imagen para la comprensión de la idea; ni que el Estado sea un ser con vida propia sino un mero constructo abstracto del hombre. El individuo dentro del Estado se representa a sí mismo como igual entre iguales en un sentido teórico, concediéndole la libertad como consecuencia de la tranquilidad de conducirse sin peligros. Sin embargo la homogeneidad social tiende a la utopía, ya que un Estado social se conforma con jerarquías bien definidas para su funcionamiento recomendable. La promesa de igualdad es lo que sostiene la idea de tranquilidad en lo ideal, pero en lo real la jerarquización social tiende al desequilibrio creando un sistema cíclico de orden-desorden para asegurar la presencia del Estado. La pérdida y la recuperación de la libertad, activa en el hombre la marcha necesaria para conceder este


mecanismo de recuperación del Estado como bien común ante la pérdida de libertad que, aunque sea lograda, será perdida nuevamente y así sucesivamente.

La idea de tranquilidad no detiene el miedo. El caos está latente en la mente del individuo. El orden y el bien común son ejercicio de Estado y mediante la obediencia de los individuos es como el estado opera.

El miedo, así como garantiza la organización social, es operante también de la obediencia hacia el Estado en forma de temor de ser castigado por éste mismo. Sin embargo la obediencia es un pago menor superado por la acción positiva del Estado hacia el propio individuo. En el consenso de poder otorgado por el individuo social hacia el Estado para otorgarle el poder máximo, el individuo se castiga en la vuelta del ejercicio del poder. La obtención de la libertad y la seguridad de no perder propiedad privada es la justificación de la creación del Estado sin la cual no habría necesidad de inventar la propiedad y por lo tanto la existencia del Estado no tiene sentido por sí mismo. La libertad de tener, es la libertad de conceder al individuo el derecho de ser propietario de bienes siendo protegido por el Estado. No existe Estado sin propiedad, no hay propiedad donde no hay libertad, no existe libertad sin miedo y sin miedo no existe el Estado. La ausencia de bienes implica en el individuo la pérdida del temor hacia la ley, ya que sin propiedad no hay castigo. El hombre que adolece pierde el miedo. El miedo es un principio, pero no es un fin. No es la mano invisible que mece la cuna y tampoco es el único elemento que activa el mecanismo social, pero sí uno de los más importantes. Al final, el miedo de lo posible se dispara hacia cualquier lado. Para el individuo que vive bajo la sombra del Estado, es mejor temerle al sistema que al hombre individual. El concebir un órgano paternalista lo ubica en una situación más familiar y se obliga a aceptar la consecuencia sin tener en cuenta que el sistema se conforma particularmente de individuos.

La pregunta que yo no voy a responder: ¿tranquilidad y esclavitud o libertad y miedo?


El miedo