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Descubrir la muerte del amor es tomar conciencia de la finitud de la existencia manera. Al formarnos en la consciencia que vamos a morir, las relaciones con las cosas y con las personas serían diferentes. Comprenderíamos desde niños que el poseer carece de sentido y que el “para siempre” es una invención de los temerosos. Estaríamos más en sintonía con la naturaleza y su ritmo. Si de jóvenes aceptáramos que somos mortales, viviríamos aquello que se fuera presentando como una oportunidad y no como un inconveniente. La palabra futuro perdería su protagonismo y centraríamos el presente como la única posesión segura. Entenderíamos que el tiempo tampoco es infinito y dejaríamos de malgastarlo. Viviríamos el instante más conscientes, daríamos menos importancia a cuestiones banales y evidenciaríamos que se necesitan muy pocas cosas para vivir. La serena aceptación de la muerte nos aportaría una gran sabiduría para la vida. Descubrir la muerte del amor es tomar conciencia de la finitud de la existencia, al menos de una parte de nosotros. Nos desborda tomar contacto con ese hecho existencial y nos hace vulnerables porque sacude la omnipotencia con la que caminamos por la vida. En esta época de caprichoso endiosamiento en el que retamos a la naturaleza y retrasamos el envejecimiento, nos deshacemos de la fealdad y buscamos mil fórmulas para controlar la naturaleza…, aceptar que un sentimiento tan íntimo como el desamor puede llegar a cuestionar la veracidad del camino que nos hemos trazado y poner en duda la capacidad real del control de nuestras vidas. El desamor es una evidencia de que somos dioses con pies de barro y que la naturaleza y el fluir de la vida nos modifica aún sin que nosotros lo deseemos. Si aceptáramos el desamor no solamente cuando llega, sino antes de que el enamoramiento inunde nuestro corazón, podríamos llegar al amor de una manera más saludable como personas y como sociedad, y se podrían prevenir algunos males que hoy nos aquejan. Extracto de su libro La bondad de los malos sentimientos (2012) Ediciones B

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SER ADOLESCENTE HOY: desafio y oportunidad

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a adolescencia es una etapa única e irrepetible en la vida. Es el momento de las grandes convulsiones interiores y de los grandes cambios en el cual los cimientos de la existencia que conforman la propia identidad se tambalean de manera abrupta. Todo el universo predictible y estable de la infancia se desvanece como un castillo de naipes. Es la infancia un mundo en el que los padres y los adultos son los grandes dioses y los titanes que conceden la base de seguridad emocional del niño. Un mundo en el que todo permanece de manera inalterada y en esa necesidad psicológica de estabilidad en la que el orden del niño debe ser una y otra vez el mismo, pues su repetición y su volver a ser cada día igual, obedece a leyes de la regularidad. Como la noria de la vida que gira y gira incesante sobre sí misma, conformando la confianza que el niño necesita para hacer un desarrollo adecuado.

La infancia constituye una fase privilegiada para experimentar, explorar y descubrir los nuevos territorios que conforman el mundo físico, con el consecuente sentimiento de dominio sobre éste, inherente a la capacidad de manipulación del mismo. El niño experimenta el placer por el juego, la inmensa curiosidad que nunca parece agotarse, el amor y pasión por los animales, el deseo de participar en esta aventura lúdica con sus pares, etc. También es el tiempo de la identificación con los roles, modelos e iconos de vitalidad, aventura, acción e heroicidad en los niños, y

Serafín Carballo Doctor en Psicología. Especialista en Clínica. Supervisor docente en terapia de familia y pareja por la FEAP. Jefe de la Sección de Infancia y Familia del Servicio de Protección al Menor y Atención a la Familia. IMAS. Consell de Mallorca.

de cuidado y afecto en las niñas. Siguiendo así la división social de roles de género que nuestra sociedad ha establecido para unos y para otros, como un entrenamiento o ensayo previo a lo que les espera en el gran teatro de la vida en el que se convierte el mundo adulto. Ese período de la infancia, gobernado por las leyes de la permanencia y de estabilidad, es, al final del mismo, atravesado bruscamente por la irrupción del tsunami de la adolescencia provocando un giro radical en la trayectoria vital.

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Un grupo particular de este colectivo lo constituyen los adolescentes adoptados que, con la llegada a la adolescencia, entran en crisis generalizadas con un sentimiento de rencor contra sus familias y la sociedad en general. Están perdidos, desorientados y llenos de miedo a la vida y a su futuro. Entran en rabia contra el sistema porque se sienten defraudados, estafados y son incapaces de encajar el tránsito entre la infancia y la adolescencia y de aceptar la frustración de la decepción que el desvelamiento de las sombras del mundo adulto les provoca. Esta ruptura interna les lleva a experimentar y transitar por lo “prohibido” y acercarse y saborear el agridulce sabor del abismo y de las conductas de riesgo, con el inicio del consumo de tóxicos, la entrada en una sexualidad promiscua sin la necesaria protección, a protagonizar las primeras fugas e incorporar la pasión por la aventura y atrevimiento en su cotidianeidad. Estas son algunas de las expresiones más comunes que encontramos en esta alocada carrera por el desafío a todo lo que representa autoridad, y el goce que, este quebranto de las normas les produce. En este grupo, por otra parte, encontramos actitudes parentales consentidoras, erráticas y una falta de consistencia y conexión con sus hijos, como consecuencia de una vivencia inconsciente de culpa, por haberlos “robado” de sus padres biológicos. De esta manera, desarrollan, inconscientemente, una parentalidad compensatoria y “reparadora”.

El o la adolescente cambia su manera de expresar el sentirse diferente, su inconformismo con el ambiente que le rodea, su rechazo a todo lo que sea falsedad e hipocresía y su necesidad radical de verdad y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. La gran decepción que le produce el descubrimiento de la mentira sobre la que se cimenta el mundo adulto, le hará buscar refugio, apoyo y vínculos en sus amigos y compañeros, quienes pasaran a ser su nueva familia. Esta necesidad de sinceridad, de libertad y de autenticidad es uno de los rasgos más claros de este periodo evolutivo. Estamos viendo, por otra parte, que el paso de la infancia a la adolescencia se acelera cada vez más y se desboca por múltiples razones. Es éste un fenómeno complejo y multidimensional. Hay quienes dan gran importancia al consumo masivo de determinados aditivos alimentarios, presentes en la confección de comidas precocinadas, rápidas y envasadas, como aceleradores fisiológicos de la llegada de la primera menarquía en las niñas, sus caracteres sexuales y el chute hormonal en los adolescentes. Mas allá de esto, lo que sí es cierto, es el libre acceso que tienen a la información total, sin velos ni ocultamientos, a través de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías. Un acceso universal, sin límites ni restricciones pese su evidente incapacidad para digerir y procesar todo lo que se le ofrece, quedando frecuentemente seducidos y atrapados en los modelos sociales y de éxito que el sistema proclama y defiende. Estos modelos promueven determinados valores sociales y excluyen otros. Entre

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aquellos que promueve valores están la supremacía del tener al ser, el todo vale para conseguir tu propósito en la vida, la idolatrización de la belleza física exterior, ignorando o despreciando la belleza interior y la armonía del ser. La incitación exasperante al consumo, el sometimiento del individuo a la ley del disfrute instantáneo, los modelos machistas y de depredación en las relaciones, etc. Todos ellos, ofrecen una imagen de la vida como una sucesión continua de instantes en los que se vive a tope, a costa de otros valores más consonantes con nuestra condición humana y nuestra dignidad como personas. El Sistema intenta “comprar” el alma del adolescente y prepara su futuro destino como consumidor, como ser conformista y adormecido en el cual no queda espacio para la conciencia, ni el despertar. Esta nueva realidad se está evidenciando, de manera preocupante, desde los servicios que trabajan con población adolescente, la cual desafía a su contexto más próximo como la familia, la escuela y, en general, al entorno comunitario. Estos se sienten cada vez más desbordados para dar respuesta a todos estos cambios y desafios. Concretamente, en los servicios especializados de intervención familiar como es el Servicio de Infancia y Familia del Institut Mallorquí d´Afers Socials (IMAS), tenemos un colectivo significativo de adolescentes en tratamiento psicoterapéutico, que entran en una escalada de retos y provocaciones continuas a padres y a profesores, los cuales se ven con grandes dificultades para contener estas conductas que alteran la convivencia cotidiana con su no aceptación de límite y norma alguna.

Esta crisis generalizada, que se produce en el sistema familiar y su entorno así como en los educadores que tienen a su cargo a estos adolescentes, trae un gran sufrimiento para todos los implicados en este drama. Incluido el mismo adolescente, actor que se desangra emocionalmente en esta lucha sin cuartel, en la que no se puede dar significación a lo que acontece, como si de un reparto en el teatro del absurdo se tratara. Este padecimiento va a requerir una mirada externa, proporcionada por el terapeuta, que ayude a dar sentido a ese malestar, como tra-

ductor de idiomas incomprensibles entre adolescentes y adultos, sean padres, educadores o familiares. Una labor que contribuya, en definitiva, a aproximar dos mundos alejados sideralmente unos de otro y a tender puentes de mediación y esperanza. Mas allá de estos casos extremos, lo que late en una gran parte de los adolescentes es el sentimiento de encontrarse en medio de un mundo en el que no se sienten entendidos, en el que nadie se da cuenta de ese terremoto interior que ha llegado a sus vidas y que no comprenden y sintiendo gran extrañeza por el cambio de todos sus referentes y sus coordenadas vitales. Los adultos; padres, familiares y profesores, pretenden que se ajusten a un programa que no desean y se sienten mal por ello. Son más perceptivos a las contradicciones que encuentran entre el discurso y la vida real de los padres: una vida dedicada a trabajar para llegar a casa agotados, frecuentemente de mal humor y crispados y con pocos deseos y disponibilidad para disfrutar de las relaciones y de la intimidad de la familia. Observaran la facilidad de los adultos para desconectarse con la TV o con el ordenador, cada uno por su lado sin posibilidad de deleitarse con una velada juntos, comentando las vicisitudes de la jornada, etc. Los padres habitualmente manifiestan desconcierto y desorientación en el acompañamiento de todo este proceso de la adolescencia en el propio hijo. Frecuentemente, muestran fantasías catastrofistas sobre los peligros que les acechan, a medida que van perdiendo control sobre los movimientos y la vida del mismo. Mostraran su enfado con el hijo o la hija porque no alcanzan nunca el nivel del modelo que quisieran para ellos. Los ven caprichosos, volubles, inconsistentes e irresponsables. El hijo les devolverá una y otra vez una imagen de incompetencia e incapacidad para entenderle y relacionarse con él. Dos mundos muy alejados en los que los conflictos se exacerban y la sensación es, por ambas partes, de fracaso y sordera del otro.

Los padres tienen que encontrar la forma de no desesperar y de convivir con sus hijos, a pesar del miedo y la angustia que sientan ante el riesgo de que cometan errores con consecuencias para el resto de sus vidas y de no poder protegerlos de los peligros que les acechan La crisis del sistema familiar adolescente Si tenemos en cuenta la temporalidad de la adolescencia, ésta dura oficialmente siete años, de los 13 a los 19, o lo que es lo mismo 364 semanas o 2557 días. Son muchos años, semanas y días para estar al borde de la locura. Los padres tienen que encontrar la forma de no desesperar y de convivir con sus hijos, a pesar del miedo y la angustia que sientan ante el riesgo de que cometan errores con consecuencias para el resto de sus vidas y de no poder protegerlos de los peligros que les acechan. ¿Cómo es posible que se haya llegado a un extremo en el que los adolescentes lleguen a ver como enemigos a sus

padres? ¿Cómo se ha llegado a este abismo entre generaciones? ¿Por qué padres e hijos adolescentes parecen estar sumidos en un estado de guerra entre sí? Estas son algunas de las muchas preguntas que surgen ante este fenómeno de desencuentro que parece haberse agravado con el paso del tiempo. La adolescencia es el periodo de la vida en el cual el ser humano tiene una mayor conciencia de crisis y de cambio. Encaja aquí, como en ningún otro lugar, la acepción china de crisis con sus dos significados esenciales: “peligro” y “oportunidad”. La crisis seria, pues, una oportunidad con sus riesgos y peligros pero también la posibilidad de los cambios. Pese a lo anterior, se considera que entre un 20

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y un 30% de la población adolescente experimenta dificultades substanciales en este ciclo de la vida. Prueba de este desajuste es el breve repaso por los indicadores de desadaptación que en esta etapa son sorprendentemente altos. En el 43% de los hogares españoles con adolescentes, los padres reconocen, según datos de La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (2002), no saber cómo manejarlos, lo que contrasta con el hecho, por otra parte, de que la familia para los jóvenes sigue siendo lo más importante (según el estudio de la Fundación Santa Maria 2002). Otro dato reciente que habla de esta crisis, es la deserción de la enseñanza secundaria llegando, en el caso de algu-

conciencia de su situación, del mundo en el que viven y del sinsentido de lo que el sistema les ofrece, para buscar su propio camino. Para poder empezar de nuevo sobre otras bases y valores, tomar las riendas de su vida, hacer frente y crecer ante las adversidades, hacerse más fuertes y despertar de quién verdaderamente son. Es la posibilidad de vivir de una manera menos enloquecida que sus padres, en la cual la apariencia deja paso al ser y a la autenticidad para que pueda manifestarse plenamente su singularidad. Y así, dejar de lado todos los espejismos que el sistema crea permamentemente para esclavizarnos bajo el yugo de la dictadura consumista. Es hora de trasmitir esperanza, pese a la adversidad, a esta generacion que cada vez se le da por más perdida y reconocerles su derecho a ser jovenes de manera diferente.

La adolescencia es el periodo de la vida en el cual el ser humano tiene una mayor conciencia de crisis y de cambio. Encaja aquí, como en ningún otro lugar, la acepción china de crisis con sus dos significados esenciales: “peligro” y “oportunidad”

Para acabar quiero, desde aquí, señalar que tenemos una responsabilidad como adultos, como padres y como generación al mando, ante este colectivo de adolescentes y jóvenes en riesgo de fracaso vital. Hacer todos los esfuerzos posibles como familias, administraciones, instituciones y sociedad en general, por tratar de evitar este itinerario inexorable hacia el fracaso en este grupo de chicos y chicas. La escuela y el sistema educativo debe adaptar sus necesidades a los mecanismos y soluciones integradoras, en lugar de las actuales que son excluyentes y desintegradoras. En realidad, tratamos de que sean como nosotros pensamos y transmitimos el mensaje implícito de que ellos no tienen cabida en la escuela y que son mercancía defectuosa. Es evidente que muchos de estos jóvenes tienen cualidades y capacidades más que interesantes que la escuela no reconoce ni da valor. El problema estriba en las facultades que algunas escuelas buscan y tratan de desarrollar en sus alumnos y que otras ignoran o consideran irrelevantes. Queda mucho por hacer para conseguir una verdadera educación inclusiva para estos alumnos.

Mas allá de la escuela, es necesario proporcionar ayuda terapéutica y de mediación a las familias que atraviesan por crisis severas, con riesgo de dilución de los vínculos familiares con la expulsión de los hijos del seno de la familia y su condena como culpables y responsables de este fracaso. Si no media ninguna respuesta, acabaran en la puerta de los sistemas de protección y reforma y cuando no, en los circuitos psiquiátricos. La actual situación de falta de iniciativas que proporcionen ayuda especializada en estos casos, es una irresponsabilidad porque ahorraría gastos económicos astronómicos posteriores y sobre todo mucho sufrimiento a los que lo padecen.

Por tanto aprovechemos como mundo adulto el desafio y el reto que la adolescencia produce en nosotros incrementando nuestra flexibilidad, creatividad y autenticidad en las relaciones con ellos, y por otra parte reuniendo el valor y coraje como adultos para transformar aquello que el desafio adolecente ponen en solfa como la escuela, las relaciones familiares, nuestra concepción de la vida, etc.

nas comunidades autónomas como las Islas Baleares, a un cincuenta por ciento al final de esta etapa escolar. La escuela no tiene un significado vital relevante para muchos de estos jóvenes. Para ellos representa el mundo y los valores con los que están confrontados y, por tanto, pierden todo interés por aquello que les ofrece. La institución escolar va muy por detrás de los procesos de cambio en los jóvenes. Carece de la necesaria flexibilidad y creatividad para aceptar ese desafío a costa de sacrificar, en ocasiones, los curriculums escolares por una ciega fidelidad a estos, más que a tratar de recuperar este colectivo de outsiders. No tiene, en el fondo, mucho que ofrecer que sea verdaderamente de interés y motivante para estos muchachos. Ante esta sangría de chicos y chicas que quedan fuera del sistema escolar, la escuela parece no saber reaccionar ni por dónde tirar, permaneciendo en un gran desconcierto y parálisis. Mientras tanto, son generaciones de jóvenes que saben que el mundo que les espera va a ser verdaderamente complicado. Un lugar donde no tienen posibilidad de trabajo, de vivienda, ni de un horizonte de emancipación, provocando un clima de desesperación y la tentación de anestesiarse y olvidarse de todo por la vía del hedonismo radical, el vivir ávidamente el instante, la búsqueda del placer por los medios que sean, dar la espalda a los problemas y vegetar más que vivir. Ser joven hoy en día es tarea difícil. Es entrar en una sala de espera surrealista de la que no sabe cuándo saldrá, qué puerta es la que se abrirá y a dónde conducirá, percibiendo que muchas de esas puertas, sólo conducen a nuevas salas de espera. Pese a ello, todo esto ofrece, a su vez, una preciosa oportunidad a los jóvenes para tomar

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La adolescencia es una etapa única e irrepetible en la vida.

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