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¿POR QUÉ CUESTA ( a veces tanto) CAMBIAR ? Igual que no se puede progresar de cualquier manera en el conocimiento, tampoco de cualquier manera se produce el cambio. ¿Qué cuando se cambia?, cuando se cambia. Así de simple. Una vez que he cambiado, puedo leer que cambié. Porque lo difícil no es cambiar el pensamiento que “tenía” sino la vida que llevaba con ese modo de pensar. Cambiar los pensamientos es relativamente simple pero dejar de llevar la vida que llevaba, porque la concepción de la vida ha cambiado, eso ya es harina de otro costado. El psicoanálisis te lleva hasta ahí: a que se vea que para que algo cambie en nuestra vida, algo tiene que cambiar en nosotros. A evitar el error de perder más tiempo y energías esperado a que sea el otro el que cambie; o peor aún, que sea el resto del mundo el que lo haga. Y para ello hay que enfrentarse a los fantasmas, poder mirar de frente las fantasías inconscientes que determinan la vida a nuestras espaldas. El psicoanálisis te coloca delante de ese puñado de frases, de esos clichés mentales “heredados”, para que dejen de gobernar la existencia. El psicoanálisis, a través de su praxis, permite transformar aquellos mecanismos psíquicos que condujeron a una persona a su situación actual, ya sea enfermedad, impedimento, fracaso, insatisfacción, etc. Modifica las distorsiones que producen esas estructuras mentales para subsanar los reveses en los que el sujeto ha incurrido, rompiendo esa circularidad para evitar nuevos descalabros.

Si bien, como hemos ido comentando a lo largo del texto, para psicoanalizarse no es necesario estar enfermo, sí requiere alcanzar cierto grado de compromiso. Tener la “voluntad” de querer trabajar para cambiar esos aspectos indeseables de la propia vida; o para mejorar o desarrollar determinado cariz de su existencia, cuya solución pasa por conocerse mejor. Algo, en cualquier caso, que nadie puede hacer por sí mismo, por el hecho de estar presente esa parcela inconsciente. "Wo es war soll ich werden”, traducido como “donde Ello era, yo debo advenir”; en eso consiste la tarea analítica. En hacer consciente lo que para cada cual es saber inconsciente. Y esa decisión es responsabilidad de cada sujeto. Porque como decía Lacan: “lo no-sabido se ordena como el ecuador del saber”.


Para llegar al diván, de alguna manera, uno debe haber adquirido un mínimo de libertad: la libertad de comprometerse con algo. Acudir a psicoanalizarse implica haber tomado la decisión de querer hacerse cargo de la vida como propia. Lo cual presupone haber alcanzado un grado de salud. La salud suficiente de haber superado ciertas mezquindades, trascendido la ruindad de taparse la poca, permitiéndose llevar por las palabras. Venciendo, al menos un poco, el egoísmo de algo tan sintomático como es ceder frente al poderoso influjo del síntoma: llegando a “amarlo más que a sí mismo”. Porque esto, aun por chocante que pueda parecer, es la verdad de la mentira en la que muchos se esconden (...) Si el psicoanálisis interesa a todos es porque es una cuestión a cerca de la verdad; no de cualquier verdad sino de la propia verdad. Verdad que beneficiará al sujeto porque le permitirá crecer. Y crecer es desarrollar lo mejor que hay en uno. Recordemos que todos estamos hechos de lo mismo, por tanto se trata de potenciar lo valioso, lo virtuoso que anida en cada cual. Eso es lo que hay que abonar y mimar con esmero: los valores, las virtudes. Labor educacional que requiere disciplina y creatividad, resultando el propio sujeto su principal favorecido. Aunque también le hará bien al resto de los miembros de ese conjunto al que todos pertenecemos llamado humanidad. Puesto que como sujeto social que somos, nuestro desarrollo contribuirá a su desarrollo. De ahí la expresión de que el psicoanálisis es algo exquisitamente comunitario. Freud supo escuchar a las mujeres. Ese fue el comienzo: el amor a la verdad. El deseo de escuchar, de verdad, la verdad. La verdad saliendo a trompicones. Aprovechando el descuido, el desliz de la mirada médica para escapar de su cautiverio, y así reivindicar, como Segismundo, el trono de lo genuinamente psíquico que se le había arrebatado históricamente. La verdad del mundo anímico en su expresión más excelsa: el deseo. Deseo de reconocimiento y reconocimiento del deseo encontrando por fin el canal de salida conveniente: la boca. Esa boquita que costaba abrir después de permanecer tanto tiempo sellada. Desembocadura decidida hacia deseo, a través de su cauce natural: el lenguaje. La verdad de unos deseos empezando a mostrándose al amparo de los variopintos y a veces impúdicos disfraces del dolor. Deseo de reconocimiento aun al precio del dolor. El dolor de no poder ser reconocidas sin el paso previo del reconocimiento de esos deseos. Deseos “inferiores”, edípicos, que necesitan salir para marcharse. Mostrarse para tener la oportunidad de poner orden en casa. Para que, una vez que esa naturaleza humana primitiva perdiera fuelle, se evaporase dejándolas a en paz. Dejando listo y a punto al ser humano para otras empresas no infantiles e insalubres. Con la suficiente tranquilidad de conciencia para concienciarse. Y tomar conciencia de sí implica ir adquiriendo más libertad. Por eso que no se puede avanzar de cualquier manera; que no de cualquier manera se produce la “curación”. No cualquier camino lleva a Roma. Curar la histeria, a esas mujeres doloridas y perdidas en su dolor, era todo un salto cualitativo en la historia del Conocimiento. Un recorrido no transitado hasta entonces. Otro de esos empujones para que continúe avanzando la historia del ser humano, para Ser.(....) Extracto del Epílogo del libro “Hay otra manera de vivir” / José García (2009)

¿POR QUÉ CUESTA ( a veces tanto) CAMBIAR ?  

Extracto del Epílogo del libro “Hay otra manera de vivir” / José García (2009)