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Editorial LA QUEJA La cuestión no es: quejarse o no quejarse. De ser así parecería, una vez más, que estamos obligados a escoger entre dos opciones. Lo cual, ya lo hemos expuesto en varias ocasiones, no deja de ser un planteamiento sesgado y, en última instancia, una falta de respecto y por tanto una manipulación. Algo de mal gusto, eso de ir por la vida con la presunción de que permanentemente hay que decantarse por una entre varias alternativas, normalmente un par. Opciones, por otra parte, ideológicamente impuestas para que, al seleccionar con una cruz nuestra preferencia frente a una preguntita con a y b, tomemos partido del juego de Otros. En definitiva, formas de proceder que denotan mala educación, es decir, una forma de enseñanza inadecuada. ¿Quién dice que para progresar adecuadamente hay que restar? Está más que argumentado y demostrado que normalmente es mejor sumar. Sí: añadir. Si bien es cierto que para eso hay que saber compaginar, o sea, tolerar: llevarse mínimamente bien con dos o más posibilidades, con las diferencias, y también soportar manejar varios asuntos entre manos. Porque quienes necesitan, sí o sí, acabar de leer un libro para poder empezar con otra lectura, ilustran esta posición vital dicotómica: una rigidez de pensamiento y tal estrechez mental que asusta, por lo que oculta. En la conjunción: esto y lo otro hay más riqueza, mucho más mundo que en la manera de relacionarse siempre excluyente de las disyuntivas, especialmente de las capciosamente ingenuas, que, como el que no quiere la cosa, suelen terminar en posiciones radicales y fundamentalistas. Para que todo el mundo lo entienda: ya es simplón pensar que uno es del Madrid o del Barça o viceversa, por poner el ejemplito del alimento preferido de masas, el pan y circo contemporáneo, pero dejar que, por “identificarme” con tal o cual entelequia, eso implique ser anti lo otro (no mío)… Es la historia del mundo: se empieza por ceder en lo intransferible de la subjetividad: la responsabilidad, y se acaba donde se acaba. Continuemos. Antes de analizar el otro lado de tanta queja, primero tratemos de definirla: expresión de dolor, pena o sentimiento; desazón, resentimiento, reclamación o acusación. Hasta ahí. Coloquialmente se tacha de quejica a quien se queja con frecuencia y/o de manera exagerada. Relativamente recién se habla de “queja patológica” para referirse a los ¿adultos? que aumentan sus males con el fin de captar nuestro interés, como haría una criaturita buscando reconocimiento y protección; algo que también hace el niño para que nos “fijemos” en él, y que los educadores infantiles denominan demanda de atención. En términos clínicos, el profesor Freud se refirió a esta “ventaja” de satisfacción más o menos directa obtenida con el malestar como beneficio secundario de la enfermedad. Sin embargo hoy en día, y puesto que ya se ha hecho saber popular, no hace falta ser un especialista de la profundidad del alma humana para conocer que habitualmente, y de manera muy consciente, no queremos todo lo que decimos que queremos. Pero la cuestión, volviendo al principio, no es cuestionar

el derecho, por otra parte muy humano, a quejarse, sino cómo nos situarnos frente a la misma. Me explico, con una mini batería de preguntas: ¿y una vez que me quejo, qué? Es decir, ¿voy en serio?, ¿en serio, de veras?, ¿o solo es un desahogo inmediatamente pasajero: una faena de los nervios?, ¿seguro que me solidarizo con el contenido de la reivindicación que hago salir por mi boca?, ¿(realmente) sé donde me estoy metiendo?, y en tal caso: ¿estoy (verdaderamente) preparado y dispuesto para ponerme a la altura de las circunstancias tras conseguir lo que demandaba? Que sí: que pedimos por pedir; que por pedir, no quede. No hace falta dar números, pero la mayoría no desean que se tomen al pie de la letra sus quejas. A veces, y ahí ya suelen entrar los procesos inconscientes, incluso se enferma de éxito; es decir, el triunfo puede llegar a convertirse en un fracaso, en una debacle psíquica. De nuevo el viejo Freud y sus descubrimientos sobre el funcionamiento de la mente humana: “Los que fracasan al triunfar”. En resumen, como me hicieron ver mis profesores: en ciertas personas, en muchas personas, la queja es una acción para que nada cambie. El ser humano no está “programado” para el cambio, por tanto se resiste a él. Es bueno saberlo; saber contra qué y contra quién “luchamos”. Es paradójico, pero hay un conservadurismo que nos lleva a la autodestrucción. Así que a penas sepamos que hay que dar ese paso, mejor darlo. Y ese paso, siempre es personal, es decir, individual; nadie puede darlo por mí. Entonces, conviene prepararse, estar lo suficientemente trabajado para que cuando cambie la realidad que deseaba que cambiase, a base de tanto protestar, no solo cambie también mi pensamiento, modernizándolo, sino sobre todo el modus vivendi que llevaba con esa manera, quejosa, de pensar. Eso, y solo eso, es el cambio. Para finalizar: este proyecto escritural acaba de cumplir su primer año. Así que aprovecho para agradeceros y felicitaros a todos los que os habéis implicado para hacerlo posible. Dedicación especial a los miembros del equipo de Enki, por vuestro compromiso y ejemplar capacidad de trabajo. ¡Feliz Año!


Editorial ENKI Nº6. LA QUEJA