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Editorial

Manos a la obra Si comienzo diciendo que hoy nace Enki, todos entendemos que bajo el nombre de este antiguo dios Sumerio del Saber, entre otros títulos, se ha producido un acontecimiento social: un nuevo alumbramiento. Es decir, que como resultado de un recorrido anterior se ha dado a luz, puesto que, convengamos, el parto viene a ser el producto efecto de un trabajo previo. Y es que toda creación, por muy novedosa que sea, siempre precisa de una materia prima para gestarse: de un recorrido anterior, de unos antecedentes, ya que la “generación espontánea” -se trate de lo que se trate-, hoy en día en una teoría completamente refutada; vamos, que el acto creativo (bien sea un postulado científico, una pieza de arte o un poema) no se fragua por obra y gracia de la inspiración -por más encantadoras que sean las musas- sino con la realización, en la realidad, de un proyecto. En este sentido, ¿no acostumbramos a utilizar la expresión “nada hay nuevo bajo el sol”? Lo cual no significa que haya que quedarse de brazos cruzados en una especie de vida contemplativa, por temor a la falta de “originalidad” sustentada en una actitud vital poco humilde. La historia del hombre consiste en un ir haciendo historia sobre la historia ya acaecida. Por tanto, no es lo mismo pensar que voy a hacer algo a conseguir materializarlo. No es igual pasar del diseño mental, de lo pre-concebido, a la ejecución del mismo: al acto creativo. Dicho pasaje a la acción es precisamente una diferencia fundamental entre el fantasear -“construir castillos en el aire”- y el ponerse manos a la obra. Planteado de otra forma: no es lo mismo estar en el mundo que en mi mundo. No; la civilización no avanza con el entretenimiento y las aparentes sensaciones de bien-estar que despiertan en nuestro país de las maravillas los sueños diurnos. Pero tampoco progresa adecuadamente cuando creemos, ingenua o capciosamente, que el mal-estar -interno o externo- viene de “afuera”; que la crisis la provocan los otros. Buscar lo que no encaja, en nuestros pre-juicios,

en los supuestos fallos del prójimo o en “el sistema”, sistemáticamente, es una actitud irresponsable que nos aleja de cualquier posicionamiento ético. Y como consecuencia de tal desatino perdemos el rumbo en una estúpida caza y captura de la victima de turno, buscando alocadamente un “enemigo” al que echarle las culpas de lo que nos sucede o no. Claro está, volviendo a la creación, que el ser humano además de la reproducción biológica tiene otras formas de producción, por ejemplo, la revista que ustedes tienen en sus manos. Quiero decir, que desde la liberación de la mujer (lamentablemente aún no puesta completamente de moda), la maternidad y la paternidad no consisten únicamente en “tener” hijos -las comillas para dejar claro que en todo caso se echan al mundo para enseñarlos a volar-. Entonces, si decimos que la Salud es un trabajo, estamos en el mismo discurso. Exponiendo que no de cualquier forma vamos a sentirnos bien. Que también la salud es un resultado: una construcción. Y en este sentido ni a la enfermedad, como tampoco a un paro tan vergonzoso, se llega así como así. La enfermedad, al igual que la llamada crisis económica, necesitaron de un tiempo de incubación. Pero cuidado con confundir los efectos con las causas: el síntoma no es sinónimo de enfermedad. Quizás con el asunto del amor se entiende mejor… ¿Verdad que no conviene jugársela a vivir de rentas con la persona amada? Concluyendo: en la salud, como en el arte, la ciencia o el amor, opera el mismo principio: el bendito trabajo. El trabajo es el medio de transformación por excelencia del hombre. Sin trabajo no habría cambios. Sin cambios no existe posibilidad de evolución. Si no maduramos, ahuyentamos la esperanza en un futuro mejor para todos. Cuidemos ese don humano… ¡Salud!

Editorial Enkimallorca  

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