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Caravana


I

Situación incómoda en un domingo que es atípico por culpa de la vieja, que justo se tuvo que morir el mismo día del cumpleaños de mi hermano menor. La vieja es mi abuela, la que me agarraba a cintazos si no hacía la tarea cuando iba a merendar a su casa (mis padres tenían mejores métodos, como leche chocolatada con galletitas de coco si cumplía con los deberes y té con pan del día anterior si no lo hacía, pero no tenían tiempo para cuidarnos al enano y yo cuando salíamos de la escuela, así que íbamos a parar a la casa de la vieja). Le dio un paro cardíaco y palmó mientras veía tele basura en la mesa de la cocina, así que la encontraron con la cabeza metida en el plato de sopa de cabellos de ángel, lo cual me hubiera causado un poco de gracia si no hubiese sido la madre de mi madre o si el enano no le tuviera todo el cariño que yo le perdí con los años. Ahora el panorama era más desolador que la mañana en la que murió, con mi vieja hundida en el pecho de mi buen padre, un tipo que no demuestra debilidad ante nada, de quien debería haber aprendido muchas cosas, pero justo tuve que heredar su carácter pétreo, junto con cierta imposibilidad de llorar, traducida en estallidos de ira que preferiría fuesen los llantos que emite mi madre desconsoladamente manchando la camisa rosada y parte de la corbata gris que porta mi progenitor en ese áspero momento. Recién cerraban el ataúd y ese es el peor momento del velorio, no me vengan con chotadas como que todo es igual de feo, porque lo jodido es saber que cuando terminen de cerrar la tapa, la soldarán y no le verás la cara a tu difunto nunca más en 3D. Así que ahí estaba mi madre, casi ahogada en sus lamentos, y al lado estaba el tipo de la

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funeraria, haciendo su laburo con la maquinita de sellar defunciones. El enano también lloraba y la verdad es que me daban más cosa sus lágrimas y sus mini brazos aferrados a los hombros de mis viejos, que la tristeza adulta y todo el momento de mierda. - Boluda, ¿no iban a cremarla a tu abuela?- Me pregunta Saúl en un susurro. Estamos sentados en unas sillas incómodas desde hace una hora, frente al ataúd de la vieja, pero tampoco son tan incómodas como para que el pibe se acomode como lo ha estado haciendo; supongo que los velatorios lo ponen nervioso o algo por el estilo. Alcanzo a responderle negando con la cabeza, quitándole la mirada al enano por un segundo para mirar su culo con extrañeza, como pidiéndole una explicación por sus insoportablemente continuos movimientos.- Estas sillas son una cagada. Estos lugares me joden un poco, tienen un olor muy raro y está todo el mundo haciendo sociales cuando hay un tipo o una mina sin pulso a menos de dos metros de ellos.- Se justifica él, quedándose finalmente quieto para darme el gusto o para que deje de mirarlo con impaciencia. Tiene la mandíbula apretada y una ceja arqueada, así que debe estar realmente molesto. - Así son estas cosas.- Sentencio yo en un tono suspirado, sin gastarme en bajar la voz. Mis viejos me miran como si les hubiera cortado un polvo y el enano aprovecha para secarse las lágrimas en la blusa de mi querida madre. Hago caso omiso de los adultos y miro a Saúl otra vez.- Vamos a fumar un pucho.


II

Salimos a tomar aire sin rastros de asepsia y a inhalar el humo más barato que venden en el kiosco porque tenemos cosas mejores que comprar con el dinero de fin de mes. Afuera hace calor a pesar de la reciente caída del Sol y el tránsito es nulo en esa zona, por lo que el imbécil de Saúl se pone a bailar como Gene Kelly en el medio de la calle. Adoro a ese pendejo desubicado. Quiere tomar lo que sea que tenga gas y sabor a naranja y comerse un sándwich de milanesa, ya que, según su desafinado canto, los muertos le despiertan gula. Termina su desastrosa pero alegre coreografía y se sienta a mi lado a terminarse el cigarrillo que yo empecé, un poco agitado y otro poco relajado. Sus ojos ahora se entornan y miran hacia algún vacío, donde seguramente hay un kiosco abierto que pueda saciar sus innecesidades básicas, cosa que no hay alrededor de este espacio concreto y tangible. Cuando sólo queda el filtro, que el pibe se ha empezado a fumar por colgado que es y yo no me avivé de avisarle porque estaba pensando en mi recientemente difunta abuela, nos incorporamos, decididos a encontrar aunque sea una pedorra estación de servicio, de esas que se ven todas iguales y te venden todo al triple de lo que vale en cualquier otro lado porque son los únicos fundamentalistas del consumo que abren las veinticuatro horas en un pueblo como este. No sabemos cuántas cuadras tendremos que caminar hasta llegar a ese preciado sándwich con gaseosa de naranja (cuando a Saúl se le planta la idea en la cabeza, mejor no arrancársela porque sus ideas son como mandrágoras), pero la noche está buena para caminar rengueando un poco por pura paja y pegarle a los carteles bajos en saltitos breves de apocalíptico poser.

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Paseamos arrastrando un poco los pies hasta que el sonido nos impacienta y, después de exagerarlo a propósito, dejamos de hacerlo (siempre que hacemos un chiste sobre algo, eso se anula o finiquita al instante, como los déjà vu cuando te das cuenta que lo son y pensás en esas dos palabras). Hay olor a tostadas en algunas casas desubicadas, en otras sale por las ventanas el aroma de unas hamburguesas que van a desesperar al pibe fanático de Gene Kelly (OK, no es para tanto, pero para ridiculizar a alguien, eligió a Gene y lo elige siempre); otras humildes moradas comienzan a exhibir las luces de sus porches en focos de bajo consumo fríos y cálidos. Me pregunto cuánta gente preferirá cada uno, más allá de la diferencia de precios…estoy pensando mucho en guita últimamente, se nota que me anda faltando. Me fijo en las puntas de las rejas y podría, en ese mismo recorrido, armar un catálogo con al menos veinte formas distintas, cosa que le comento a Saúl, quien esboza un pequeño puchero de indiferencia y me retruca diciendo que él podría armar un catálogo con las cosas que la gente pone en sus ventanas. Finalmente, después de cinco cuadras más hacia el oeste, encontramos la dichosa estación de la estafa, digo, de servicio. El muchachote delgaducho y rosáceo hace el trámite rápido y nos largamos de ahí después de pagarle a una mina que tenía el mismísimo ojete en la cara por laburar un domingo pero descargó la bronca con nosotros por sacarla de la conversación súuuper interesante sobre exes y suegras que estaba manteniendo con el tipo que te carga la nafta. Si no hubiese sido linda, la mandaba a cagar en el preciso instante en el que habló con esa voz de pito caído y ese tono de “voy a asesinarte si no te desaparecés de mi vista en los próximos cinco segundos”. - Estaba rica la mina, ¿viste?- Dice Saúl con la mitad de la vaca escapándosele de la boca, tratando de controlarla con el dedo índice de la mano con la que sostiene la


gaseosa. Asiento con la cabeza y tomo un sorbo de tónica después de hincarle el diente al alfajor. Eso era lo que decía yo que teníamos que hacer que era mejor que fumar cigarrillos caros: comer.- ¿Y si le entramos?- Pregunta a modo de propuesta el adorable imbécil que camina a mi lado con pasos largos a los cuales les tengo que seguir el ritmo. Mi rostro no alcanza a pronunciar una respuesta, ya que está muy entretenido con el papel embadurnado de chocolate, que ya el pibe se está atajando al pedo.- Bah, no sé, capaz que no te pinta, si igual no es que te gusten las minas así, posta. - ¿Vos sos boludo? Me pinta lo que sea que me pueda dar un orgasmo, pero esa idiota no creo que pueda hacerme ese favor, a menos que sea un día de semana, porque parece que los domingos le caen mal.- Respondo finalmente, habiendo dejado impecable el papel y volviendo a morder otro pedazo de alfajor.- Igual la entiendo, yo también estaría jetona si tuviera que laburar en ese opio de lugar un día como hoy, pero después de la gira que hicimos para conseguir algo, no me simpatiza que me traten como si fuera un mosquito.- Continúo, poniéndome en el lugar de la mina por un segundo, para salirme de inmediato. Eran simpáticas sus pecas, su palidez y sus mechas violáceas, podría haber apretado sus pronunciadas curvas mientras el huevón de mi amigo le comía el coño o algo por el estilo, o me hacía el orto, pero no era un buen día para fantasear con la mina de la estación de servicio ni pensar en la poronga del devorador de milanesas.

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III

Era momento de entrar otra vez en la funeraria, después de hacer un buche para que no quedara ningún resto de alfajor en mis dientes. Era momento de enfrentarme a mis viejos y al enano, que recibían los abrazos de los rezagados recién llegados. Mis pocos tíos y primos se notaban más cansados que como debía verse mi abuela adentro del cajón, y ya casi no quedaban amigos de mis antecesores en primer grado. - Cosme, vení.- Lo llamo al enano, que parece haberse olvidado de dónde está y por qué está ahí. Bonitos, qué suerte tienen de olvidarse tan rápido de las cosas y que no se acabe el mundo por eso. Ya se le han deshinchado los ojos y está sentado en una silla al lado de mi tío Edgardo, que está profundamente dormido sobre la pared, con la boca abierta de par en par y los brazos cruzados prolijamente sobre su panza cervecera. No se le ha corrido ni un hilito de baba sobre su tupida (o estúpida) barba ZZ topera, cosa extraña para un robusto ejemplar como él, que escupía a todo el mundo cuando hablaba. Volviendo a mi hermano menor, que ligó el mejor nombre que un niño del Siglo XXI puede tener, está al lado del grandote bonachón hamacando sus pies mientras intenta resolver un juego de ingenio bastante difícil para un pequeño como él. Cuando lo llamo, levanta la mirada, me busca y me sonríe al encontrarme, para después caminar hacia mí dando saltitos.- Te compré esto, pero no se lo muestres al papá ni a la mamá, que se ponen re jodidos con las golosinas.- Le digo, entregándole una cajita de confites tricolor, que se apresura a esconder en su camisa escocesa. Como bien le digo a Cosme, nuestros padres detestaban que comiéramos golosinas desde tan chicos (caries, exceso de azúcar y otros viajes más hippies, más troskos, más intergalácticos), así que le


confiscarían esas pequeñas dosis de felicidad si las descubrían. De cualquier manera, el enano sabía muy bien que si se quedaba sin sus azucaradas excusas de hiperactividad, podía buscar el arsenal que había debajo de mi cama. - ¿Ya nos vamos?- Me pregunta él con obvia ansiedad y embole, tirando su cuerpo hacia abajo y estirando la cabeza hacia arriba, agarrándome las manos a modo de pedido de “sacame de acá yyya”. Adopto una cara de pato con ataque de incertidumbre, frunciendo el mentón y pronunciando los labios hacia delante, y el enano exhala aires de resignación en un suspiro que podría barrer con el universo de esa gente grande a la que no entiende.- Decile al papá y a la mamá que nos vayamos.- Me pide, ahora tironeándome las manos y balanceándolas hacia los costados. A Saúl le suena el celular, afortunadamente, justo para desviar la atención del infante hacia otro lado que no sea un pedido que no voy a poder cumplir. Lamentablemente el pibe sale de la funeraria para hablar bien y Cosme vuelve a fijar sus almendrados ojos en mí, que hasta hacía una década tenía esa misma expresión adorable en la cara, pero que se extinguió a cintazo limpio.- ¿Les vas a decir?- Insiste mi hermanito, casi puchereando, casi ganándome el alma. Digo casi, porque de hecho no lo hace y sólo recibe un “no me van a dar bola” a cambio, para luego, soltándome las manos, completa y apasionadamente ofendido (no hay pasiones como las de la infancia), sentarse otra vez al lado del tío Edgardo, que ahora está despierto y confundido. No importa lo que hagas de niño, justamente por eso todo lo que hagas va a ser tierno, inclusive expresar un odio fugaz hacia tu hermana por algo que escapa indefectiblemente a su control, sentado de brazos cruzados, muy cruzados, al lado del grandote bonachón.

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IV

Saúl entra al gran hall de la funeraria otra vez con cierta excitación en la cara y me comunica que se tiene que ir ya mismo a juntarse con su manada, esa que no tenemos en común y que está compuesta por gente a la que le gusta romperse hasta los huesos por la adrenalina de una pelea festivalera. Quizás ahora mismo se está desarrollando una de esas peleas callejeras en las que los rudos muchachos -que no aparentan pesar más de treinta kilos pero que te pegan con la fuerza de una patada de caballo- se ganan objetos o dinero del grupo contrario. Curioso ritual, no tengo nada que agregar. El flacuchento tampoco parece querer dejarme espacio para decir nada más que una breve despedida, dejando bien claro que no estoy invitada a la conmemoración de la estupidez viril. Los minutos que pasan a continuación serán eternos para mis progenitores, terminando los trámites de la funeraria para el entierro del día siguiente, pero para Cosme y para mí no serán gran cosa. El enano ha descubierto la cocina de ese tétrico lugar y se está preparando orgullosamente él solo su primer café puro y amargo…no, no será amargo, ya le echó cuatro cucharadas de azúcar al vasito de plástico, será el café puro más almibarado que probará en su vida, por lo menos hasta que se suba a un colectivo de larga distancia en invierno. Revuelve el recipiente de telgopor con una cucharita de plástico que inclusive en su mano se ve pequeña, acercándose el café a la cara para inhalar el aroma y llenarse los poros de vapor, y me mira de reojo con una sonrisa cautelosa, que rápidamente se desvanece al ver que no le digo nada y cambia por un pico estirado que sopla cuidadosamente la infusión. Me pregunto de qué la van esos personajes de la pandilla de Saúl. Él no me ha


hablado mucho de ellos, ni siquiera me ha dicho cómo me caerían o yo a ellos. Supongo que no quiere que me acerque de ninguna manera, lo cual está bien por mí, pero sigue intrigándome un poco qué les pasará por la mente para que todos los meses se disputen sus “masculinidades” a piñas. Espero que Cosme siga siendo el chico ñoño que prefiere coleccionar lombrices en una maceta y que, en un par de años, intente descubrir la cura para el cáncer en su laboratorio de juguete, a uno de esos grandullones imbéciles que le tiran el cuaderno al charco a sus compañeros (y que tanto les gustan a sus compañeras/futuras madres prematuras). Espero que no se queme con el café, como parece estar a punto de hacer mientras me inmiscuyo en mis propios pensamientos, como tarada chusma. ¿Por qué de repente me importa quiénes son esos pibes que pelean con el adorable desubicado? Que se partan la crisma como buenos anónimos, no quiero saber a quién se refiere Saúl cuando me habla de sus rituales. Esto de acercarme a la gente no me sale muy bien. - Me quemé.- Confiesa tímidamente Cosme, sin alejarse demasiado el vaso de la cara y sin dejar de sonreír levemente. Le atacaría los cachetes con mis dedos en pinza, pero suficientes sensaciones debe estar sintiendo gracias a su primer café puro, como para recargarlo con la obligación de sobarse las mejillas después de los pellizcones. Soy una hermana babosa, lo sé.- Es feo así, le falta leche.- Sigue el enano. Nunca te conviertas en lo que soy yo, Cosme, por favor te lo pido. A mí me falta leche.- Y chocolate.- Concluye él, con el tono que un conferencista usaría para darle solidez a sus últimas palabras frente a un auditorio multitudinario. - Cosme, Ilsa, nos vamos.- Nos llama nuestro padre, abatido por el domingo del ojete. Sus ojeras han superado el nivel cotidiano de una jornada laboral agitada y la mismísima nada invade su mirada. Sigue estando prolijamente de luto, pero parece un linyera por su desgarbado y exhausto cuerpo. No demoramos ni un segundo en seguirlo

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por el gran hall de la funeraria, donde no queda ya ni el tío Edgardo, hasta el auto, que está estacionado en la cochera, justo adelante del coche fúnebre, pero luce más triste y menos elegante porque adentro está mi madre, con la cabeza abatida sobre el cabezal del asiento, los ojos cerrados levemente y una mueca de disgusto que pocas veces le he visto con Cosme y muchas veces conmigo. Los minutos siguientes van a ser extraños porque mis viejos son bastante viajados para ser el matrimonio de familia tipo. Situaciones como la que seguimos viviendo aun afuera de las paredes de la empresa tétrica, suelen generar reacciones o diálogos poco comunes, y esta no es la excepción. Ni mi desgarbado padre ni mi apesadumbrada madre parecen darse cuenta de lo mucho de sus conversaciones que puede llegar a captar el enano, o quizás hablan de todo lo que hablan justamente para que el pequeño se vaya familiarizando con ciertos temas. Obviamente el tema de conversación del recorrido a casa, en ese tono que pretende ser coloquial pero con la voz de mi progenitor suena intelectualoide, es la muerte. La voz grave y el modo articulado de quien empieza el diálogo sin demasiado tacto hacen que las palabras parezcan triviales. - Creo que prefiero morir así, como tu mamá, de golpe, casi sin enterarme.Pronuncia Estanislao (mi viejo, ligó nombre lindo y fuera de su generación, también)Imaginate lo horrible que sería morir ahogado o quemado. Aparte no lo hacés laburar mucho al de la funeraria, no te tienen que maquillar ni velar a cajón cerrado. Siempre pienso que a los que velan así es porque se colgaron y les quedó la cara morada.- Sigue mi viejo a un ritmo curioso, como si estuviera nervioso, como si tuviera la imperiosa necesidad de rellenar el silencio. Cosme ríe por la última frase, supongo que se está imaginando una cara morada sin asociarla a eso que todavía no entiende y que ve desde tan lejos. Mi vieja suelta un suspiro airado, como si estuviese de acuerdo pero no tuviese energía para pronunciar palabra.


- Yo si veo que me estoy volviendo gagá me tomo un montón de pastillas y me voy a dormir.- Acoto yo, con toda la seguridad que se puede tener en un momento muy limitado de la vida.- O le pido a alguien que me inyecte aire…o me pegue un tiro…No, las pastillas, mejor, duele menos.- No sé por qué estoy tan segura de lo que estoy diciendo, pero mi viejo me mira por el espejo retrovisor y asiente con la cabeza, serio, aprobando mi intervención. Gracias, gracias por hacerme sentir escuchada de vez en cuando, sólo cuando te sigo el hilo, papá.

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V

Quince minutos de mirar todo lo que pasa a la velocidad de un borrón y ya estamos en casa, mirando la tele todos juntos. Raro, muy raro, pero no voy a decir nada al respecto porque todo es justificable cuando alguien se muere. Cosme elige la programación, así que nos tenemos que comer dibujitos cuya gracia no entendemos porque llegamos tarde al humor actual para niños y agradezco eso a todos los chanchos alados. Nadie pronuncia palabra ni pregunta por la comida, salvo el enano, que de a ratitos me echa una mirada cómplice de “avisame cuándo me puedo comer las golosinas que me compraste”. Agacho la cabeza y entiende que no es un buen momento para eso. No sé para qué es un buen momento. Qué día de mierda. Saúl, salvame. ¿En serio mis viejos se olvidaron por completo del cumpleaños de mi hermano? No, se van a hacer los boludos por hoy y mañana le arman toda la fiesta. Suficientes emociones por un día para alguien que todavía se come los mocos (sólo literalmente, afortunadamente), y la verdad es que lo peor que te puede pasar en un día de emociones fuertes, es tener la casa llena de infantes. No hubieran venido mal los sanguchitos y los vasos de jugo concentrado, igual, pero pueden esperar menos de veinticuatro horas. Lo que no puede esperar es mi escape de la escena familiar inerte y no voy a depender del adorable mamotreto, así que voy a mi habitación y de la montaña de ropa saco una campera que quizás me sirva para la madrugada. ¿Mañana es lunes? No importa, en mi familia es feriado, bien merecido por los años de soportar a la vieja, así que comeré porquerías infantiles en vez de vivir el día que todos los demás estarán viviendo. La elegida es la más arrugada de todas, la chaqueta a cuadros diminutos, amarilla y


negra, que abriga menos que un guardapolvo pero que es justamente lo que necesito para la noche de nada. Atrás queda la pila de otras arrugas, toallones, cinturones y demás cosas que no recuerdo (suelo olvidar las cosas más importantes). También atrás quedan ahora mis antecesores inmediatos y Cosme, ya un poco más despiertos de tripas y expectantes de alguna improvisación a domicilio. A mí déjenme la chatarra con los pendejos del descajete o, para mayores sutilezas, el grupo de gente que frecuento más.

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VI

Frente a mi casa vive Tatiana, aunque ya nadie le dice por su nombre entero, sino “Tatú”, “Tati”, “Tato” y -nuestro favorito- “Tate”, como si estuviésemos pronunciando mal el apellido de Sharon Tate o como un “tate quieto”. Cualquier portón con un chiste muy ofensivo pero que de todas maneras causa gracia, es obra suya, producto de su menudo cuerpo pero rápidos brazos, de su cerebro fanático de las maquetas que promete llenarle de las mismas la pieza a Cosme cuando tenga edad suficiente para disfrutarlas plenamente. Esta noche está más jetona que nunca y me explica que es porque no le entra nada más en la pieza, que va a tener que hacer algo con todas sus miniconstrucciones. - ¿No tenés algo para vender vos, Still?- Me dice la piba con su voz ronca, enroscándose la quinta vuelta de pelo en el dedo índice.- Porque pensaba armar como una feria de jardín, una mierda así, para por lo menos sacarle unos pesos a todas las cosas que tengo en la pieza, ¿viste? Me da como cosa, pero algo tengo que hacer y no pienso regalárselas a gente que no les va a dar bola.- Explica en un tono que no me permite distinguir si está rota de huevos o simplemente cansada. Pienso unos segundos intentando recordar si tengo algo para ayudarle con la feria o cosa que pretende armar… nada viene a mi mente. Me encojo de hombros y repito la cara de pato con un ataque de incertidumbre que le dediqué al enano más temprano.- Bueno, no importa, algo se nos va a ocurrir, de última te ponés a hacer morfi. Ahora vienen los sátrapas para armar alguna.- Habla Tate, un poco más animada ante las perspectivas de la noche.- ¿Tenés un pucho?


- Sí. No. Ay, qué boluda, me los dejé en mi casa. Me cruzo y los busco. - Dale. Estás como boluda hoy. ¿Es por lo de tu abuela?- Me pregunta ella, llevándose una mano a la boca para sacarse los padrastros que no sé cómo hace para tener crecidos y apetitosos todos los días. Ahora asiento con la cabeza; ciertamente el día me ha dejado bastante pelotudita. Cruzo corriendo para ver si se me pasa ese estado cerebral lamentable y sólo surte algo de efecto el cigarrillo que disfruto segundos después. Tate no habla mientras sigo pensando qué puedo aportar a la feria o venta de garage o…eso. No tengo tanta ropa, la montaña es todo lo que uso y nunca me interesó demasiado acumular tela; no pienso desprenderme de los juguetes y porquerías de la infancia, no por nostálgica monumental, sino porque seguramente Cosme la disfrute incluso más que yo; no fabrico nada, no saco fotos ni dibujo…bah, no para venderle esas cosas a alguien, sino sólo para mí. Mambo mío, no lo quiero compartir. Tendré que ponerme a hacer panes rellenos, bizcochuelos y esas chucherías, no queda otra, todo sea para ayudar a Tate a deshacerse honrosamente de algunas de sus maquetas y otros objetos que ella sí sabe fabricar. - ¡Trolassss!- Se escucha el grito de Fabián, cuyo nombre ya denota una sexualidad totalmente fluida y desbordante, pero no, no es peluquero por más que la mayoría de los Fabianes del mundo lo sean. La fabulosa marica es hacker y ha aprendido a ganarse la vida de eso sin que lo atrapen. No sé cómo lo hace.- Extrañé el olorcito de sus coños.Habla él, sabiendo que se hubiera ganado una piña si hubiera pronunciado esas mismas palabras siendo heterosexual, sobre todo porque siempre se las ingenia para tocarnos el orto. El sentido que predomina en él es el tacto y también se le nota a la legua.¿Todavía no llega tu novio?- Me pregunta con cierta picardía y claras intenciones de molestarme. No le quiero dar el gusto, pero se lo doy igual intentando molestarlo más con el retruque.

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- No es mi novio, salame. Que me lo haya garchado un par de veces no lo hace mi novio. Garché con tu hermana también y no es mi novia.- Corono la frase, hundiéndole la mirada para analizar si lo jodió o no. Aparentemente no, claro que no, si le vendría muy bien a él y a su hermana que yo cediera ante esos rótulos.- Todavía no llega, no sabía que venía. Se iba a juntar con los descerebrados de las peleítas. - Esas peleítas te dieron la guita que necesitabas cuando te fuiste a la playita, Still.Me responde Fabián con mucha razón y los gestos de negra del Bronx. Sabe que no hay necesidad de eso, pero también sabe que me encanta cuando agita su dedo índice en el aire con la otra mano en la cadera y a él también se le escapa darme los gustos. Ciertamente esas peleas habían traído prosperidad en algunos momentos como para escaparnos a alguna porción de arena y agua o comprarnos algunas cosas a las cuales no accederíamos tan rápidamente con un laburo burocrático.- En fin, tu novio me dijo que venía con unos pibes, que quería presentárnoslos.- Concluye la marica, recibiendo de mi parte una reverenda cara de culo por su insistencia con el chiste. Después se arma un cigarrillo y lo goza mientras Tate le cuenta sobre la feria de jardín.- Yo tengo ropa que mi vieja quiere sacarse de encima y un montón de aparatitos que están boludeados pero que andan, te los traigo para la feria directamente, no te vas a poner a seleccionar nada.Aporta Fabián, estirando su mano hacia mí para convidarme unas pitadas de ese delicioso tabaco.- ¡Estás linda, trola!- Me dice de repente, cuando le devuelvo los últimos centímetros de cigarrillo. La cara del día ya pasó a ser la del pato con ataque de incertidumbre, es lo que mejor me sale hacer en un día extraño y aplastado. Tate acota que debería dejar de peinarme más seguido y a ella le dedico una buena dosis de apatía, como diciéndole “pero si nunca me peino, boluda”. No prospera demasiado la banalidad de conversación sobre mi actual aspecto porque girando la esquina se encuentra Saúl con dos pibes y una mina. Los tres tienen un aspecto que está a mitad de camino entre


varias cosas. No son comunes ni freakies, ni paquis ni fluidos, no tienen todas las pilas del mundo pero tampoco se los ve como unos pajeros monumentales. Extranjeros, eso sí que parecen, con sus rostros blancos y sus bermudas llenas de bolsillos (la mina no, sino ya le hubiera sacado la ficha sexual, ella eligió una falda a cuadros diminutos… amarillos y negros, foh, malditas sean las casualidades). El pibe más alto tiene unos lentes ovalados como los que se usaban en los primeros años del tercer milenio, de patillas oscuras y frente dorado. Lleva la cabeza rapada hasta la mitad y la parte superior está llena de pinchitos de pelo formados gracias a una cantidad excesiva de gel efecto húmedo y supongo que jabón. Sus bermudas son negras con costuras rojas gruesas y tiene una remera de red roja con un absurdo estampado que no logra entenderse del todo porque la tela, justamente, es de red, y sus agujeros complican la definición de lo que sea. Debe calzar como cuarenta y cinco dentro de esos botines de básquet, aunque quizás sea el calzado el que hace que sus pies parezcan botes. Mi abuela le hubiera pegado un reglazo para que se acercara a la olla. Al lado del larguirucho camina un personaje singular de estatura media y complexión ni muy muy ni tan tan; “normal”, como diría la mayoría de la gente. No usa más accesorios que un reloj de muñeca de los que traen calculadora y son de buena marca, y lo que parece ser un Tamagochi que veré si sigue vivo cuando su dueño esté más cerca. Viajado. Viajero. Del tiempo. Sus bermudas son de color azul marino, al igual que su remera, que tiene una imagen muy gastada de un delfín y una ola en el centro. No logra distinguirse de dónde la trajo, pero seguramente diga algo así como “Mar del Tuyú” o por lo menos me gustaría que dijera eso y no “Miami”. Unas alpargatas beige arruinan toda imagen de turista extranjero que le había asignado (no he visto a un solo extranjero usando alpargatas). Cuando los tres rostros nuevos llegan con Saúl, saludan tímidamente y no llegan a sentarse porque Fabián les dice a los chicos que

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lo acompañen a comprar una cerveza y allá se van. Apenas si logro apreciar que los dos varones se parecen entre sí por sus ojos saltones y celestes pero tienen distintas las cejas y la forma de la nariz. La chica no tiene nada parecido a ellos, ni la boca angulosa, ni el mentón rectangular ni los ojos claros. Los tres tienen el pelo oscuro, pero la chica lo tiene largo de un lado y carré del otro, con un flequillo también irregular. Dudo, pero voy a dejar que la conversación haga caer las fichas mientras la marica vuelve con las dos pijas nuevas. Saúl se apresura a presentar con lujo de detalles a la triada de novedades. Joaquín es el personaje mediano, de pelo corto pero no tan corto, de andar inseguro y remera de fauna marina. Solía vivir en Mar de las Pampas pero se cansó de los turistas y de una vida de temporada alta y otra de temporada baja. No sabe cuántos años tiene porque a Saúl le incomodan mucho esas preguntas de “primera conversación por chat”, pero sí sabe que le gustan las baladas del metal y el hip hop hispanoamericano. Ya después descubrirá más características de Joaquín, que resulta ser el primo hermano de Wilson, el alto, que vivió en Tucumán con su padre y su nueva familia, tuvo una larga historia incestuosa con la hija del segundo matrimonio del padre, aunque él está seguro (y yo también) de que la chica no comparte ni una gota de sangre con él, sino con el jefe de la madre de la muchacha, quien mira a Saúl con una cara extraña, supongo que esperando a escuchar qué tiene para decir de ella el mamotreto. Matilde es la medio hermana que no parece ser ni un cuartito de hermana de Wilson, con quien tuvo esa larga historia de pseudo incesto y después de varias vueltas acordaron que sólo compartirían sus vidas pero no sus camas. No sé cómo sabe esto el mamotreto pero no le sabe las edades ni los estudios o laburos a toda esta gente. En fin, Matilde creció en España y vive por estas latitudes desde hace diez años, así que ya no habla sensualmente y si no te dice dónde vivió toda su infancia, no te das cuenta ni por


puta. Bueno, una extranjera había, tan mal no estaba en mis suposiciones. Tate le pregunta a la piba por qué se mudó y así comienza una larga conversación sobre la gente que migra. Mi cerebro no puede pensar en nada más que en ese porrón frío y en la duda de por qué Saúl vino con esta gente un día como hoy a la juntada dominguera, y por qué no está todo amoratado por las peleas. Después me preguntaré qué estarán haciendo Fabián, Wilson y Joaquín que se demoran tanto y mi mente empezará a fantasear guarangadas, que serán interrumpidas por un súbito beso en el cuello de parte del primero al mismo tiempo que me apoya la cerveza en la espalda de la campera. - ¡Hiiiiijo!- Le grito yo, que ya no digo “hijo de puta”, sino que asumo su inmediato entendimiento.- Destapá eso y limpiate la baba, que no me vas a comer por más que quieras.- Le indico con gracia. Los “extranjeros” sonríen y destapan las otras dos birras. Ahora parece que yo soy el centro de atención.- Bueno, salud por un domingo de mierda.- Propongo el brindis cuando Fabián me pasa el porrón abierto, sonriendo porque está a punto de acabar ese extraño día y se aproxima el festejo de Cosme. Después de eso Joaquín preguntará por qué fue un mal día y le contaré toda la secuencia del velorio. - ¿Y al final la van a cremar a tu abuela?- Me pregunta Saúl, otra vez con esa ansiedad que había mostrado en el velorio. Me encojo de hombros y tomo otro trago de bebida casi helada con los ojos cerrados. El sentido que predomina en mí es el gusto, pero no se me nota a la legua.- ¿Así que vos preferís suicidarte con pastillas?- Inquiere el adorable salamín, recordando otro de los segmentos de mi monólogo sobre un domingo del ojete, justamente la parte del auto, de regreso a casa, cuando él ya no estaba para escuchar por primera vez la viajada conversación con mis padres. Ahora asiento con la cabeza y siento vergüenza de las pocas ganas que me quedan de ser cortés

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y responder preguntas con palabras.- Yo preferiría que me matara un grupo de caníbales y me morfaran cuando estuviera bien muerto.- Dice él, ante lo cual todos reímos, aunque sabemos que por lo menos así le serviríamos a alguien incluso después de muertos. Mejor que ser abono…o cenizas. - Está buena esa, pero no conozco ningún grupo de caníbales que te ayude con eso.Añade sarcásticamente Tate, sonriendo y pasándole torpemente el porrón a Matilde, que ya tiene uno.- Estaría bueno conocer a un tipo o una tipa así, ¿no? Bah, me daría un poco de miedo ir a su casa porque ahí si me puede matar y comer de toque, antes de ponerme dura o pudrirme.- No puede evitar reírse al imaginarse la situación y todos hacemos lo mismo para después volver a beber.- De última encontrarse en el centro, suponete, con mucha gente alrededor e ir con un amigo, o con Wilson, je. - A mí me parece súper romántica la idea de comer carne humana.- Dice Wilson entre las risas, seriamente pero no lo suficiente como para estropear el clima relajado.¡Suerte que no soy tan romántico!- Ríe él, acomodándose en el pasto del jardín delantero de Tate. Cuando ya todos estamos en silencio otra vez, vuelve a hablar.- Es medio loco y da un poco de miedo imaginarse que uno no sabe realmente qué come cuando come afuera o cuando compra comida procesada. - ¿Vos decís que ya hemos comido carne humana?- Le pregunto yo, un poco asqueada al imaginarme una escena de hamburguesas humanas y papas fritas con sanguinoliento ketchup. Wilson se encoje de hombros y levanta las cejas, dejando librada a la imaginación la respuesta o la hipótesis del canibalismo inconsciente.- Yo creo que si no le viera la pinta de humanidad, me la comería…Es cuestión de disociar, ¿no? - Sí, bueno, pero si es carne de alguien que ya se murió, no de alguien que mataron para completar el menú.- Acota Matilde cortésmente.- Se podría hacer una tremenda


matufia si se consumiera conscientemente la carne humana. Bueno, es una buena forma de control poblacional.- Termina su comentario con humor. Todos soltamos una risa pero nos quedamos viajando por esa hipótesis del negocio del canibalismo.- Che, ¿me acompañás a comprar?- Me pide la verdaderamente extranjera, ante lo que accedo, sin estar segura de qué es lo que quiere comprar. Algo me dice que no es faso y no son cigarrillos porque le hubiera pedido a cualquiera de los presentes. Dejaré que los hechos me muestren qué se le antojaba a la gallega sin tonada un domingo tan cerca de la medianoche.

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VII

Damos la vuelta a la esquina, como volviendo sobre sus pasos, y caminamos varias cuadras de puras viviendas. Ese sector del barrio no tiene ni un puto kiosco. Matilde (tengo que buscarle un apodo corto o un diminutivo pronto) me pregunta si es la única que se imaginó un futuro en el que ya no comamos animales sino que nos comamos a nosotros mismos a cierta edad, como una forma de eliminar a los ancianos. No sé si será la única, pero yo no me lo imaginaba así, sino más bien como una forma de eliminar a los pobres. Hija de troskos o ex troskos, mejor dicho, perdón. Le cuento ese viaje y se queda pensativa para concluir en que las dos hipótesis son válidas. Nos reímos por más que no hayamos dicho nada gracioso, pero esos diálogos estrambóticos suelen sacar una sonrisa de falta de costumbre. - ¿Qué vas a comprar, Matilde? - Si me decís Tilde no me enojo, Wil y Jaco me dicen así por tildada, je. - Bueno, Tilde. ¿Qué vas a comprar? - No sé.- Me responde la gallega, un poco ruborizada.- No quería seguir tomando porrón y me canso muy rápido de los grupos grandes. Aparte iba a querer seguir hablando de esto del canibalismo y no sé por qué pensé que a vos no te iba a secar la mente, capaz que porque te vi igual de tildada que yo.- Me explica ante mi cara de extrañeza. No me esperaba una respuesta que no fuera “golosinas” o “papitas”. - Está bueno pensar en esas cosas que escandalizan a las viejas.- Me río yo con prontitud para que se le pase la incomodidad del momento.- Pero igual compremos unas papas o unas gomitas.


- ¡Gomitas!- Exclama ella a modo de votación, feliz por la existencia de la opción dulce. Le digo que podríamos ir a mi casa porque tengo un arsenal de golosinas debajo de mi cama (ahora la ruborizada soy yo).- ¡Noooo, qué bueno! ¡Vamos! Bah, no sé, tampoco te voy a comer todas tus golosinas…- Sigue Tilde, toda anticipadamente alterada por el azúcar. Yo le aseguro que no hay problema y nos vamos a mi casa. Los pibes están todavía en la casa de Tate, pero ya entraron, seguramente a ver alguna película Clase B o reality shows con nombres muy largos. Mis viejos ya duermen, Cosme también y mi pieza es un asco, pero no importa. Tampoco importa toda la historia que le conté de por qué tengo un depósito de golosinas debajo de mi cama porque no las vamos a comer ahora. Ahora vamos a empujar la montaña de porquerías que hay en mi cama para tener espacio para coger. Ella me lo deja claro cuando se sienta en la cama sin mirar abajo, sino mirándome a mí como diciendo “¿qué esperás?”. Nada. No espero. Cogemos como si la habitación fuera un refugio nuclear y afuera estuviera ocurriendo el fin del mundo. Después, en pelotas, comemos gomitas. - Bueno, medio caníbales somos, aunque no nos saquemos los pedazos.- Digo yo de repente, sin dejar de masticar una triangular de eucalipto. Tilde se ríe ya con el sueño en la garganta y me pone una gomita en la teta izquierda (imagen redundante).- Claro, sí, pero ahí no me vas a comer a mí, vas a usarme de bandeja.- La piba me hace callar por un rato a fuerza de besos torpemente mordisqueados que me dejan los labios palpitando y después parece tomar aire para hablar, pero el sueño la vence y cierra los ojos sin pronunciar palabra. Es raro que el azúcar no la mantenga despierta, pero vaya uno a saber qué clase de día tuvo ella. El mío fue suficiente como para seguir dando vueltas en la cama, así que me doy vuelta para darle la espalda a Tilde, que elige cucharearme antes de quedarse definitivamente dormida.

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VIII

Una patada de importante calibre me despierta en medio de la madrugada. La piba está agitada, seguramente soñando que se pelea con alguien porque todo su menudo cuerpo se sacude con violencia pero con bastante sentido si pienso en una escena pendenciera. Me paro, me visto y enciendo la luz para ver si así logro despertarla sin demasiados sobresaltos. No reacciona, la puta madre que la parió, voy a tener que arriesgarme a ligar una piña o algo, aunque podría simplemente acercarme lo suficiente como para que al decir su nombre en voz alta abra los ojos. El panorama empieza a asustarme un poco, pero parece funcionar mi voz porque se calma al escuchar su nombre. Poco a poco abre los ojos y me mira extrañada, como si hubiera olvidado quién soy y dónde está acostada. Hasta ese momento no había notado todos los moretones y tatuajes que tenía en el cuerpo. “Morir es un acto solitario”, dice su antebrazo izquierdo, cerca de ahí se observa una aureola violeta con los bordes verdosos, como si se acabara de golpear ahí, un poco más arriba hay una imagen demasiado bella de San La Muerte coronada por un cartel que dice “La Imagen es Mentira” y en el hombro, también tapado más temprano por una fina camisa de seda negra, otra frase que reza “Tome Distancia” escrita en un sentido que se hace más legible si uno está a espaldas de la piba. - Dejá de examinarme, Ilsa.- Me dice Matilde con una voz ronca de recién despierta y un obvio malhumor post pesadilla.- Tengo muchos moretones y varios arrepentimientos de tatuajes, pero después te contaré la historia de todo eso. ¿Por qué me despertaste?- Me pregunta, acomodándose el pelo hacia un costado y rascándose el hombro del tatuaje.


- Me pateaste por tu pesadilla.- Respondo, señalándole mi pierna, que imitará a las suyas en coloración por sectores. Todavía no estoy rota de huevos, pero en el tono de voz se me nota que estoy a punto de plantar cara de culo y llamarle un taxi o algo por el estilo.- Contame qué te pasaba en el sueño.- Le pido con curiosidad, esperando que tenga pilas para de paso explicarme la historia de sus tatuajes y moretones. Ella me señala con la mirada el lugar vacío en la cama y volvemos a coger. Dormimos bien esta vez, hasta el mediodía del maldito lunes, bah, no tan maldito, es feriado en mi casa.Matilde, café con leche, buen día, es lunes al mediodía.- Disparo yo con dos tazas de café con leche en las manos, parada al lado de la cama con las ojeras por el piso y el remerón/camisón dado vuelta. La gallega se despereza con toda la panchitud del mundo, frunciendo los ojos y torciendo la boca hacia un costado mientras intenta abrazar la atmósfera entera con los brazos. Se ve linda en pelotas tan hecha pelota (valga la redundancia), pero ya se tiene que ir, antes de que comience la vida de esta pequeña familia y tenga que hacer presentaciones innecesarias. Desayunamos en silencio después de que ella asegurara no recordar la pesadilla pero confesándome que las tiene frecuentemente y no sabe por qué. No voy a formular hipótesis sobre eso, menos cuando todavía no termino de despertarme. Luego me dice que tengo que salir alguna vez con ellos (los pseudo extranjeros y ella) para saber la historia de los moretones y, upa, ¡qué tajos! Parecen hechos por accidentes varios, pero lo descubriré una de estas noches. Los tatuajes también quedarán para una próxima ocasión, más que nada los dibujos que le cubren la espalda y los pocos que se distribuyen entre brazos y piernas (las frases y palabras hablan por sí solos y las franjas negras que tapan arrepentimientos también). - Si viniera una pastilla para no soñar…No, qué viajada insoportable que soy.Empieza a decir Tilde en la vereda de mi casa, ya vestida con su camisa, su falda y sus

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aparentemente cómodos zapatos. Se interrumpe y aprovecho para vengarme de sus mordiscones, así de paso la aliento a que siga con lo que estaba diciendo.- ¿Te la tomarías? Sabiendo que eso tendría consecuencias en tu inconsciente, más vale.Termina de formular ella, sonriendo con timidez por mi antojo de besos violentos. - Preferiría tomarme una para tener sueños lúcidos o una para acordarme de todo lo que soñé.- Le respondo con toda seguridad y ninguna reacción que la piba esperaba. Cierra los ojos y asiente con la cabeza, a modo de aprobación, sin dejar de lado la sonrisa, pero sintiéndose un poco más cómoda, imagino. Nos despedimos hasta la próxima, sin besos. Veo cómo se aleja caminando con mínimos saltitos de típica caminata de mina y entro a la casa a seguir durmiendo hasta que mi madre me asesine los tímpanos gritándome desde la puerta de mi habitación para almorzar.


IX

Mis viejos ya están sentados y a punto de entrarle a las milanesas a la napolitana cuando finalmente hago mi aparición en el comedor. Cosme está precioso con su camisita a cuadros de distintos tonos de azul y su pelo prolijamente peinado (cosa que durará muy poco); es el único que está listo para su festejo. Ni siquiera mi voz está preparada para su cumpleaños, pero lo saludo igual, con tono de ultratumba pero una sonrisa cálida y unos tirones suaves de oreja. El puré de mi madre es lo mejor que le puede pasar a mi estómago y los granitos de choclo dispersos en la masanganga blancuzca son la máxima diversión del enano, que los separa minuciosamente para después comérselos en dos bocados. El tema de conversación del almuerzo es, por supuesto, la fiesta infantil de la tarde. Habrá un mago que además parece ser un genio de la globología (nombre sofisticado para la maña de armar figuras con globos, ¿no?), una piñata más grande que los niños que vendrán a mi casa, jugos, gaseosa, porquería salada y dulce para todos los gustos y bolsitas de regalo. Un cumpleaños infantil de puta madre, con voces chillonas por doquier y piernas cortas correteando por el patio trasero, algún reglamentario accidentado y una sobredosis de música estúpida. Mi vieja se olvidará por unas cuantas horas de su difunta madre para estar atenta a los pequeños: a su mugre, a sus caídas y a sus gritos. Mi viejo también tendrá puestos los ojos en que no falte nada ni se rompa algo, así que yo seré una niña más consumiendo papitas, malvaviscos y gaseosa de segunda marca. Tate vendrá por unos minutos a llenarse la boca de tutucas en una absurda competencia de “a ver a quién le

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entran más” (a veces cuesta creer que haya superado los veinte años) y a dejarle al enano una maqueta de regalo, una especie de circuito para canicas. También me forzará a fuerza de preguntas insistentes a contarle con lujo de detalles lo sucedido la noche anterior, para después relatarme la película pete que vio con los pibes. - Así que estos japoneses tienen la cabeza bien pero bien cagada, pero me gustan porque son tan fanáticos como yo de las maquetas y de Godzilla.- Concluye ella entre risas unas cuantas horas más tarde, mientras el sol se va ocultando entre los álamos del barrio, después de decirme que durante dos horas se cagó de risa de la bizarreada de película que se cargó anoche, que parecía un capítulo largo de los Power Rangers sin trajes de colores. Le da una calada al cigarrillo y luego se termina su mini vaso de jugo de naranja. Yo ya le he contado la experiencia con Matilde y no ha proferido opinión, simplemente se ha limitado a levantar las cejas y felicitarme por la rapidez con la que me levantó una mina.- Escuchame, boluda, tenemos que juntarnos otra vez con estos pibes, son unos descajetados totales. Van a un grupo de esos para adictos… - De terapia, Tate.- Le ayudo a especificar los términos, masticando ruidosamente una súper papa frita.- ¿Pero son adictos a algo o van a boludear? - No sé, ellos dicen que van a conocer gente interesante, que hay tremendas historias ahí, pero capaz que de paso…- Me responde ella con marcado desinterés por la verdadera razón de los nuevos rostros para hacer lo que hacen y dejando librada a la imaginación la posibilidad de que ciertamente vayan a hacer terapia.- Van pasado mañana a una reunión y nos invitaron. ¿Vamos?- Propone la fan de Godzilla con creciente entusiasmo, sin poder disimular una sonrisa casi ñoña. Accedo a su idea imaginándome una situación patética de presentación personal.- Yo ya decidí que voy a ser adicta al trabajo.- Comenta, totalmente segura y casi orgullosa de su elección. No puedo evitar soltar una carcajada brutal. Tate trabajando, una locura.


- ¿Y en qué laburás ahora vos?- Logro preguntarle después de tomar aire mientras ella me sigue mirando con desconcierto. - No sé todavía, tengo varias opciones…algo que tenga que ver con papeleo, pero que entienda… - Nah, malísimo, es muy fácil eso. Mejor sos telemarketer, que deben estar todos del ojete.- Le sugiero de modo bastante imperativo, divirtiéndome por anticipado al imaginarla con el auricular y el micrófono, hablando con muchísimas personas por día. En la vida real, la piba podría tranquilamente morir muy joven por un colapso mental ante esa perspectiva, pero afortunadamente será todo una ficción para entrar en el grupito de adictos. Después de unos segundos de cuelgue pensando en ese mundo paralelo, la conversación se desvía hacia mí y empezamos a barajar mis opciones de adicción, aunque es bastante sencillo porque tener un arsenal de golosinas debajo de la cama podría calificarse como una.- Aunque sería más interesante la cara de todos si dijera que soy adicta al sexo, los chabones me tratarían de comer a la salida.- Me río y Tate emite una risita boba pero sincera. Ya ha pasado bastante tiempo y los infantes empiezan a ser buscados por sus padres, al tiempo que mi vecina se despide y se va sin que la acompañe a la puerta porque ahora me toca a mí intervenir en el cumpleaños para entregar las bolsas de pequeños regalos a todos los que se van. Ella también liga una, con la que parece estar muy contenta (y sí, tiene un par de porquerías dulces y juguetes en miniatura, no hay mejores cosas para ella que las diminutas). El enano se ve exhausto, su pelo carga una polvareda atroz y su camisa tiene un filtro siena impuesto por una tarde de juegos en el arenero. Irá directo a la ducha y de ahí a la cama, mientras mis viejos y yo limpiamos y ordenamos todo el patio, que parece un campo de guerra de comida. Papitas, manchas de jugos varios, pegotes de torta (maldición, por estar concentrada en los adictos me perdí el cantito y la repartija), vasos

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descartables en diferentes estados de destrucción, platos que usaron como flippers, silbatos y cotillón de toda forma, color y tamaño, todo desparramado en el pasto, en el arenero y en la pequeña porción de piso. Ah, también sobre la larga mesa que parece haber servido de trinchera. Yo también necesitaré una ducha y una posición horizontal con urgencia, pero todavía no se va el último pendejo y ya estoy odiando a sus padres, que están posponiendo la saciedad de mis necesidades de aseo y descanso. Mañana vuelve a ser feriado para nuestra familia, así que después de un buen cachetazo de agua caliente y jabón, me esperan largas horas de sueño. Mis tíos se habrán encargado del entierro de la vieja y todo lo demás en el día que está terminando, pero ya suficiente tuvimos con el velorio y no podíamos posponer más el festejo del pequeño, así que mañana veré al resto de la familia en un improvisado asado o algo por el estilo y me enteraré de cosas que realmente no me interesa saber. Disfruto de cada gota que llega a mi piel por cada segundo que pasé limpiando y ordenando el patio, mientras pienso estúpidamente en si lo mío es realmente una adicción o simplemente una venganza encubierta contra el purismo dietético de mis viejos, que sólo para mi cumpleaños me dejaban comer porquería. ¿Qué se habrán inventado los extranjeros? ¿Y si no es ficticio lo suyo? Mis ojos se salvan del shampoo esta vez, de pedo, mientras masajeo mi cabeza intentando retomar mis pensamientos cotidianos. Mi vieja me apura cuando empiezo a cantar porque sabe que hasta que no termine la canción no salgo del baño y parece urgirle el inodoro. Salgo envuelta en su bata blanca, secándome el pelo a sacudones, y me encuentro con su cara de culo por dos segundos. Suerte que ya nos vamos a dormir y los martes no son días de emociones fuertes, a menos que algún tío se pifie un poco con todo el tema de mi abuela. Llego a mi habitación, me quito la bata y me desplomo en la cama, lista para tener una noche apacible, sin patadas de pesadillas ajenas ni sueños propios.


X

La noche pasa sin sobresaltos y el martes me encuentra con energías renovadas. Vuelvo a comenzar el día gracias a los gritos de mi vieja, que anuncia los fideos con champiñones que me esperan en el comedor, justo entre Cosme y Estanislao, que parecen haber dormido bien también. Esta vez la conversación gira también en torno a un futuro inmediato, pero esta vez versa sobre la reunión de adultos familiares y no los infantes amigos de mi hermano. Todos vendrán al atardecer, así que me quedan varias horas intermedias para hacer algo que no sé exactamente qué será, pero sé que será en solitario porque Saúl, Tate y Fab estarán en sus actividades cotidianas. Lavo los platos y me visto con ropa “que no sea la de ayer”. Me conecto para ver mis opciones para un martes cualquiera a la siesta y a la tarde. Aprovecharé las pilas para andar en la bici de paseo y veré qué me depara la inmediatez, ya que en Internet no figura nada que llame mi atención. La marica está conectada, como siempre, y me tira un grupo reducido de ideas que incluyen ir a visitarlo y cebarle mates mientras gana plata haciendo lo que mejor hace (prohibido pensar guarradas, parece que es mejor hacker que polvo). Los “extranjeros” me han agregado y están Joaquín y Matilde en línea, pero ya los veré mañana, así que no inicio ninguna conversación. “HOLA, TETITAS DE PORCELANA”, reza la ventana que se acaba de abrir gracias a Matilde. Me río, como debe estar haciendo ella ahora mismo, porque pone el típico “jajaja” de todo chat casual. “perdon, no saque las mayusculas, como va?”, dice ahora, olvidándose por completo de acentos y signos de puntuación del idioma castellano. No te pongas jodida, Ilsa, nadie escribe bien por chat.

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“Hoal, Tilde”, “Hola, quise decir. Todo bien. ¿Vos?”. Soy jodida, no hay vuelta que darle. Le respondo con rapidez, sobándome posteriormente el estómago, que se queja por la velocidad de la luz a la que como. Esos fideos van a hacerse sentir mientras converso con Tilde sobre mi lunes infantilmente intenso, después de que ella me cuente sobre su día en la fábrica de vidrio. Simpático trabajo en cualquier época del año menos esta, en que el calor de los hornos de fundición es de lo más nocivo que se encuentra en el mercado laboral local. Igual la piba está contenta con su labor, lo que me hace pensar que quizás tenga una chispita de piromaniaca o algún caramelo extraviado. Como individuo que prefiere temperaturas frescas en verano, rechazo su invitación a la fábrica y le digo que si el próximo invierno no nos odiamos, se la acepto entonces. “eso dependera de si sigo en el laburo…o si sigo aca”, acota ella, todavía sin acentos ni mayúsculas. Esperemos que el “si sigo acá” sea en el sentido menos trágico, totalmente geográfico. Las palabras escritas me rompen bastante las guindas, así que mientras espero las próximas reviso otras cosas y veo imágenes idiotas. Hoy hace más calor que ayer y mi trasero me lo hace saber, no voy a durar mucho en la computadora ni al sol del exterior. “vamos a tomar un helado? tengo un rato libre antes del laburo y no voy a sobrevivir sin uno”, aparece en la ventanita de diálogo de Matilde. Es una muy buena idea, si no viniera de la mina que me comí antenoche. Me digo a mí misma otra vez que no sea tan jodida ni enroscada y que es sólo un estúpido helado y le respondo. Nos encontramos media hora después en la placita que está frente a la heladería y atamos nuestras bicis a un poste cercano. La suya es una playera roja “femenina” a la que le ha puesto un timbre, una luz y dos espejitos retrovisores redondos en los extremos del manubrio. Combina con sus cachetes que se han puesto colorados por la agitación y con sus zapatillas de lona, pero no con su musculosa azul eléctrico y su short de un extraño tono azul verdoso, cuya tela tampoco logro definir más allá de saber que


es de esas aterciopeladas. Lleva el pelo recogido y lleno de invisibles y unos lentes redondos espejados. Curioso panorama arma con todo eso junto, la mirada de la gente que está en la placita así lo denota, pero más curioso será cuando intercambiemos lentes, cuando se ponga los míos que parecen antiparras de soldador, cosa que le llamará soberanamente la atención a la chica de la heladería, o por lo menos así lo hará notar con sus cejas arqueadas y su pequeña demora para interpelarnos.

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XI

La heladería está repleta de pendejos que han salido del colegio y se han quedado boludeando hasta la siesta y de señoras que los odian por hacerlas esperar por su gustito del día. Nosotras también nos impacientamos ante la cantidad de indecisos, así que tenemos tiempo para decirle claramente a la chica de cejas arqueadas (perdón, no las había arqueado ante el panorama de los lentes, sino que esa era su expresión natural, qué maldición). Después de su pequeño cuelgue, este sí por nuestro aspecto, nos pregunta qué vamos a comer, en un tono cansado y forzosamente amable, tanto que empalaga al nivel de los Testigos de Jehová. Matilde elige chocolate con almendras y crema de cielo, recordándome a mí misma a los seis años, mientras yo opto por quinotos al whisky y menta granizada, menudos masacotes redondos y verdosos en un lindo pero insípido cucurucho. La flaquísima piba que nos atiende parece estar a punto de devorarse ambos helados hasta el momento en el que nos los entrega, debe estar ahí desde la mañana sin probar mordisco, esa heladería es de un reverendo hijo de puta que no te deja ni mear durante el turno, lo sé porque el verano pasado casi se me revienta la vejiga en repetidas ocasiones. Volvemos a la placita, lugar elegido por cuanto púber deambula por ahí a esta precisa hora, nos ayudamos a desatar las bicis y vamos a alguna otra plaza cercana, ya entrándole torpemente a los enemigos íntimos de las encías sensibles. ¿Pero qué le pasa a todo el mundo que están todos los lugares atestados de gente batida por el calor? ¿Por qué no están en sus casas con un ventilador en la cara o abajo del aire acondicionado? En fin, no podemos seguir comiendo y caminando con las bicicletas a cuestas, así que


nos tiramos en un pasto, lo más lejos posible de los grupos estudiantiles o hippies guitarreros. - ¿Y Wilson y Joaquín?- Le pregunto a Tilde, extrañada de que no haya optado por refrescarse con ellos. No sé por qué cuando conozco a un grupo de personas tiendo a pensar que hacen todo juntas. - Laburan de corrido. Administración pública.- Responde ella entre lengüetazos al chocolate. Siempre te ponen ese sabor arriba y cualquier otro abajo, aunque todos sabemos que sería mejor mordisquear el cucurucho con restos de choco y no de crema de cielo.- Y los vi anoche. Wil se puso medio raro, supongo que porque estábamos medio locos, pero igual, como que le tuve que volver a dejar las cosas claras.- Sigue Tilde, restándole importancia a cada una de sus palabras. Está concentrada en que no le chorree el helado sobre la mano y forma una imagen curiosa y descuidadamente caliente. Mierda, me encuentra mirándola con ganas y se ríe con timidez, no debería haberme quedado como estúpida pensando qué hacer con respecto a su lengua.- ¿Querés un poco de chocolate? Perdón que no te ofrecí antes, la verdad es que no te quiero convidar, pero si me mirás así sí.- Continúa, entre risas, olvidándose de mantener los hilos de helado derretido dentro del cucurucho, hilos que van a parar a su mano, mano a la cual va a parar mi lengua. ¿Qué mierda me pasa con estos impulsos? Matilde me estampa su helado en la boca con leve brusquedad y me lo quita con su lengua. Ay, qué linda manera de matarme, pendeja.- Suficiente, me tengo que ir a laburar, otra vez será.Se atropella a decir Matilde, dejándome con la sensación de que si tuviera pija, ahora sería el obelisco, más o menos. No le digo nada y me termino la menta granizada a las apuradas, mientras la calientachuchas hace lo mismo con la crema de cielo. - Vas a faltar hoy.- Digo con decisión cuando está a punto de irse. Es mi obelisco imaginario el que está hablando, no yo, señor juez.- Vamos a algún lado.- Con “algún

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lado” me refiero a un telo, señor juez. Tilde se ríe otra vez con la timidez de hace unos minutos y me dice que en serio no puede faltar, que ya lo hizo la semana pasada por ir a “algún lado” con un pibe y está al borde del despido. Hoy tiene que hacer buena letra y llegar temprano, así que sí, otra vez será, quizás después de la reunión de los adictos, quién sabe. Chau, Matilde, hola, aburrimiento de la tarde de feriado familiar. Me quedan unas horas para recorrer veredas, ver vidrieras con cosas que no me gustan o que no puedo comprar, ser encarada por un par de tipos estando sentada en un cantero leyendo una revista de cine recién comprada, escupirles figurativamente la cara (hay pocas cosas que me irritan más que la interrupción de una buena lectura, tenga pija o concha lo que sea que me la interrumpa), tomarme una lata de gaseosa y charlar de cosas realmente muy banales con el kiosquero, a quien me volvería a comer vivo. El calor me despierta un ser tan pero tan básico… Ya tuve la dosis social adecuada, es hora de volver a casa, cosa que no haré ya mismo porque me acaba de llegar un mensaje de Saúl, que está viéndome a una cuadra de distancia. Porrón será. También habrá una charla sobre el día de hoy, las cargadas esperables por haberme juntado con Matilde después de habérmela cogido, la inútil sugerencia de un trío, otro porrón cortesía del adorable desubicado, la bronca hacia nuestra falta de dinero para tener todas las porquerías que queremos tener, la fantasía de un saqueo masivo, un tercer porrón y una atención oral especial en el baño del bar, también cortesía de Saúl, a quien le devuelvo el gesto con una paja monumental. - A mí el calor también me altera el obelisco.- Me comenta Saúl cuando volvemos a sentarnos en la mesa.- Bueno, ya sé que siempre lo tengo bastante alterado, pero en verano es como que no puedo esperar a hacer las cosas que quiero hacer, y no sólo en cuanto a garches.- Aclara ante mi cara de “siempre estás boludo por la pija”. Después


hablamos sobre cómo el clima nos altera tanto los ánimos y las ganas de vivir, para luego ir a su casa a terminar lo que empezamos en el baño. Ahora sí me tengo que ir a mi casa, toda la parentela debe ya estar en lo de no sé qué tíos y debo averiguarlo pronto para no recibir un fusilamiento de caras de culo y los últimos pedazos secotes de asado.

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XII

Pedaleo con todas las pilas que mi cuerpo ha podido cargar después del polvo y llego con los pulmones en la mano a una casa ya vacía, a un cartelito en la heladera que dice que debo ir a la casa del tío Mauricio (mis tíos no ligaron buenos nombres) y a no poder ni bañarme porque tengo que buscar la guita para el bondi y rajar ya mismo. Por suerte no queda muy lejos y en quince minutos puedo estar ahí, sentada entre Cosme y mi viejo (no importa dónde estemos, siempre adoptamos la misma configuración en la mesa), en el amplio jardín trasero iluminado por antorchas y reflectores que no asesinan la mirada de quien accidentalmente pasa sus ojos por las paredes. Alrededor de la larga mesa rectangular se encuentran los hermanos y sobrinos de mi vieja, que suman un total de doce (sus dos hermanos con sus respectivos cónyuges tuvieron cuatro hijos, no sé por qué la gente se reproduce de esa manera). Si no supiera que son primos, pensaría que son hermanos, porque todos heredaron los genes predominantes de mis tíos y tías, que se parecen bastante entre sí, para mi desgracia, ya que salieron todos a la vieja. ¿Habrán ligado ellos también cintazos y reglazos por “mala conducta”? Quizás, y a pesar de todo eso hacían igual ese asado para conmemorar la memoria de quien los parió, o simplemente lo usaban de excusa para juntarse antes de Navidad, fiesta que siempre era un despelote por cuestiones concernientes a los suegros. Dilemas de primer mundo, como decimos con Tate. Mis primos, estratégicamente, están sentados separados por sus padres, que ya saben cómo manejar a una manada de indiecitos que no pasan los diez años de edad, excepto por Félix y Rafaela, que tienen más o menos mi edad (entre tanta gente, no puedo


recordar la edad de todos) y son hijos de mi tío Ariel, que está muy pendiente del dibujo de Enriqueta mientras su esposa le ata los cordones a Josefina, dos saludables niñas de rizos de color castaño claro y pecas por doquier. A nosotros nos tocó el lacio de mi abuelo, pero las facciones de la vieja están en todos, con su naricita de muñeca y sus orejas puntudas, sus cejas separadas y sus ojos notoriamente asimétricos. Anastasia, Gretel, Simón y Violeta acaban de levantarse de la mesa para ir a jugar con los dos pastores irlandeses que corretean para que los pequeños los atrapen, no sé si porque no quieren ser agarrados por mini demonios o porque de verdad se entretienen con ellos haciéndose perseguir. Sus padres, tía Fátima y su marido, charlan con mis viejos sobre el último discurso presidencial, pero no se acalorará ese debate porque no hay opiniones encontradas, por lo menos no en los puntos fuertes. Me saludan con un beso muy breve cuando paso uno por uno a ser cordialmente impuntual y vuelven a enfrascarse en la conversación algo así como política. Mi lugar en ese gran rectángulo se encuentra entre Cosme, que está muy concentrado en un muñeco de madera que se puede manipular para formar distintas figuras, y mi primo Félix, que se está manoseando los rulos cobrizos sólo por aburrimiento, como si se estuviera masajeando sin tener idea de cómo hacerlo. A su lado su hermana Rafaela se arma un vaso de fernet y le dirige una mirada de desprecio a la conchuda cuando emite una opinión que no logro escuchar porque el enano me está pidiendo que lo ayude a destrabar la figura que acaba de formar con el muñeco. Mis primos y yo encontramos cómo entretenernos en dos segundos, apenas empiezo a decir que lo único bueno de la vieja es que se haya muerto así nos juntamos todos sin los quilombos navideños de administración de matrimonios por casas de suegros. No soy la única que odió a la madre de mi madre, y tenemos mucho material para despotricar contra la difunta. Que sus hijos le rindan homenaje, o los nietos con los que

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se portó como nona y no como yegua, nosotros brindaremos por los metros de tierra que cubren su ataúd, o por sus cenizas…sus cenizas, sí, luego me lo confirmaría Rafaela. Sólo desvío la atención hacia “los adultos” cuando empiezan a hablar sobre qué hacer con las cenizas doña hija de puta. Parece que mis tíos habían hecho una especie de ceremonia antes del crematorio y no sé qué habían hecho con el ataúd. En el medio de la conversación, casi se arma un despelote con mi vieja porque ella era de la idea de enterrarla y por eso había hecho el velorio con sus respectivos costos, que igualmente se habían repartido entre los hermanos, pero le parecía un trámite innecesario cremarla después de todo eso. Como los otros dos hermanos habían acordado en cremarla por una cuestión un poco viajada de que de esa manera ocupaba menos espacio, no pasaba por el asqueroso proceso de putrefacción y podían tener la urna en una de sus casas para no tener que ir hasta un cementerio a visitarla, pues eso mismo se había hecho, pero nadie tenía idea de a qué casa iba a ir a parar. Tanto en la de Ariel como en la de Fátima había pequeños demonios que podían acabar con lo que quedaba de la vieja (en el momento que mencionaron esa posibilidad, me imaginé a los dos pastores irlandeses meando una montañita miserable de cenizas y me reí sola, llamando la mirada de todos hacia mí). - Ay, perdón, es que me acordé de un chiste negro, no importa.- Digo yo, para excusarme torpemente. No me caracterizo por tener tacto al hablar, menos aun cuando quiero zafar de una situación incómoda como esa, pero todos lo saben, así que hicieron caso omiso a mi comentario y siguieron deliberando sobre el destino de la difunta. Antes de morir debo escribir una voluntad donde se especifique qué quiero que se haga con mi cuerpo, no quiero que un montón de vivos discutan sobre qué hacer con mi inútil bulto. ¿Qué escribiría? “Donen mi cuerpo a la ciencia”. No, muy ñoña. “Donen mi cuerpo a una tribu de caníbales”. Sí, la opción de Saúl no me sonaba tan delirante ahora. - Yo me imaginé que se les caía la urna en la alfombra del comedor y tenían que


limpiarla con la aspiradora.- Me susurra Félix, conteniendo su risa. La discusión se ve interrumpida por la primera tanda de carne y, como siempre, cuando empezamos a comer no podemos hablar de otra cosa que no sea comida. Aprovecho la ocasión y, dándole muy poca importancia a la posible susceptibilidad estomacal de mis primos, les comento la conversación sobre canibalismo que había tenido hace poco con los descajetados y los “extranjeros”.- Se acabarían muy rápido los pobres si fuera así el sistema de canibalismo, como lo planteaste vos, y los viejos, como dijo la otra mina, así que se terminaría creando un negocio y su correspondiente contrabando de personas como alimento. Creo que se producirían humanos o se buscaría la forma de clonarlos, se buscaría aumentar la reproducción de la especie para abastecer a los ricos. Es que siempre se trata de abastecer a los ricos, sin importar el precio.- Suelta Félix a modo de discurso totalmente articulado. Ese chabón es una luz, no entiendo cómo no vive de otra cosa que no sea arreglar electrodomésticos, aunque sí entiendo cómo puede llevar al día ingeniería electrónica. Rafaela y yo asentimos ante su exposición y seguimos devorando las verduras asadas. El resto del asado pasa sin pena ni gloria, sin niños accidentados, con los perros escondidos en sus cuchas, muchas panzas que piden desprender pantalones y gargantas secas de tanto ponerse al día. La madrugada se acerca a pasos agigantados y el café en pocillos nos permite mantenernos un poco despiertos como para volver a casa, al último día feriado de la familia. Ya casi acaba el luto, ya casi volvemos a nuestras vidas cotidianas, pero por suerte queda el miércoles de adictos, que ya veré qué me depara.

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XIII

Último día de la semana, o por los menos de los “días hábiles” (una definición bastante caprichosa de los días que no son parte del fin de semana, pero es tan relativo como todo lo demás), que me permite despertarme con pinchudas lagañas al mediodía. Las horas se pasan más rápido y los días son mucho más cortos cuando no usás la mañana. El cuerpo también se siente distinto, como atolondrado, cuando lo activás después de las doce del mediodía, como si estuviera reprochándote a su manera el haber roto la rutina de las siete de la mañana (entrar a trabajar a las 9 en un lugar que no queda cerca de tu casa, es un laburo extra). El sol me sorprende las pupilas cuando dejo mi penumbrosa habitación para desayunar el almuerzo parada frente a la mesada de la cocina. Tengo que improvisar algo porque no hay un alma despierta o todas se fueron a algún lugar. Se siente agradable no empezar la jornada con los tímpanos rotos por la potente voz de mi madre. No quiero pensar en que mañana tendré que volver a las ocupaciones cotidianas, con la misma rutina casera, los mismos colectivos y el mismo instinto asesino ante multitudes totalmente prescindibles; sin embargo mi mente escapa de la solución a mis tripas quejumbrosas por ese lado. Mente de mierda, qué bien me va a venir la noche para tenerla entretenida entre los descajetes ajenos. Tomate, palta, cebolla, pan casero y jugo de naranja. Cereales de fruta (en teoría) y yogurt de durazno. Arroz con choclo, arvejas y champiñones y un gran tazón de café. Problemas de pobre niña rica. ¿Será también un buen miércoles para darme asco a mí misma? Mi cuerpo pide un desayuno, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de


comer palta, así que me preparo una mantequilla de palta dulce, le meto cereales y me tomo un gran vaso de jugo de naranja. Por alguna razón, inclusive masticando el mejunje, sigo atolondrada y creo que esta sensación me durará todo el día, a menos que suceda algo que me cachetee un poco el cerebro, que parece haberse quedado en modo feriado. Definitivamente mis señores padres se han ido con el enano a aprovechar esta última jornada de luto a algún shopping o porquería por el estilo, porque en las próximas tres horas no sabré de ellos. Sólo sabré que tengo el estado mental ideal para ver tres horas de series cuya dinámica no capto muy bien pero que repiten fórmulas de historias que sí he visto mil veces antes, en alguna cena familiar nuclear. La maratón de ficciones predecibles no se acaba con la llegada de mis congéneres, pero los sumo a la nulidad cerebral de la tarde, mientras mi vieja me cuenta su expedición a la capital del consumo, con cierto rechazo por todo lo que no sea el patio de comidas. Mi viejo mete bocaditos de comentarios para criticar a la gente que se gasta fortunas en algo que se puede conseguir más barato en otros lugares y se viaja hablando de la autogestión, pero ya le he perdido bastante el hilo y sólo capto algunas palabras de su discurso medio hippie. El enano está maravillado por la comida chatarra y los juegos de ese gran edificio lleno de pretenciosidad, así que sólo puede decir cosas buenas y simples sobre su salida matutina/siestera, sin quitarle la vista al televisor, que ahora nos vomita un documental sobre escarabajos come caca. Cada vez que estamos los cuatro viviendo una experiencia en común me siento la niña rubia de una publicidad sesentosa cuyo protagonista es la familia tipo, sobre todo si los cuatro estamos hipnotizados por un bicho pequeñito que está amasando excremento para meter a su vivienda subterránea, que debe ser más interesante que lo que sucede en la superficie. ¿No somos encantadores? Ahora sí necesito almorzar, me pongo

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especialmente conchuda si tengo hambre y no quiero arruinar el momento familiar con algún comentario anti-hippie o demasiado…”avanzado” para Cosme. Mi vieja me soluciona la vida sugiriéndome que llame a alguno de los números que hay en la puerta de la heladera y venga el chico del delivery a recordarme las películas porno más cliché, trayéndome una porción grande, muy grande, de papas y un súper chori delicioso, muy delicioso y caliente, para mis rugientes tripas y mi aún más feroz idiotez. Nah, mejor alguna comida extranjera hecha por manos criollas, es decir, mejor la versión local de cualquier masanganga de otro lado que en un par de décadas pensaremos que es de acá. Costumbre y apropiación, así funciona la cosa. Unos cuantos minutos después está en mi casa el pibe del delivery con un chop suey (salteado de verduras con arroz, no me jodan, ahí funcionó al revés la cosa) y una gran gaseosa de lima-limón de quincuagésima marca. Excelente, voy a poder calmar mis ánimos a fuerza de ahogarlos en burbujitas multicolor, mientras el resto de la familia comienza a prepararse para un próximo día laboral o juega a ser el amo y señor de la ciudad de dakis. Después me alarmaré por no saber nada de los pseudo extranjeros que son quienes me deben guiar a esa reunión de adictos (no creo que Saúl o Tate me sepan orientar mucho en eso), pero una llamada telefónica de Matilde me tranquilizará un poco. Eso no importa demasiado ahora, que ya el reloj marca las seis de la tarde y unos nubarrones repentinos empiezan a descargarse con bronca en mi barrio, despertándome unas ganas enormes de oler la lluvia y recibir unos gotones sobre mi cabeza por todo el rato que dure esa lluvia estival. Cosme no se quiere perder el inhabitual panorama y se sienta en la pequeña reposera a rayas verdes, azules y amarillas que está al lado de la mía, reservada exclusivamente para él. Se queda callado, contemplando la tormenta, sin asustarse por los fuertes truenos, invadido por alguna emoción que no puedo descifrar, pero imagino que es


fascinación ante las burbujitas que se forman en los charcos y que han atrapado su mirada. Empatizo un poco con él al recordarme así de absorta en el paisaje de un fuego crepitante, pero el agua rara vez me ha llamado la atención como lo hace en el enano. Hay momentos en los que la gente viajada con esos temas de los elementos y todo el chamuyo de los horóscopos no me cae tan mal, pero en esos momentos me caigo bastante mal a mí misma justamente por eso. El espectáculo no dura más de veinte minutos, pero es suficiente para dejar todo empantanado. Mi hermano es un niño muy poco común: no aprovecha los grandes charcos del patio para llenarse de barro, sino que simplemente, cuando todo ha acabado, vuelve a su habitación a seguir su rudimentaria construcción de dakis. Yo, por otra parte, entro a la casa a ducharme con toda la calma del mundo, preparándome para monólogos desequilibrados del anochecer de miércoles.

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XIV

Cuando falta media hora para las ocho, abandono la comodidad de Ghost World echada en mi cama para ponerme un short negro, una musculosa de Tank Girl y unas zapatillas altas con puntera de goma. Cómoda, fresca y medio putona, para ver si se creen el cuentito de que soy adicta al sexo. Va a ser divertido si alguien tiene alguna propuesta después de mi falsa confesión, apostaría que algún tipo me va a invitar a su casa o a algún lado a tomar algo cuando termine la reunión. Tate me pasa a buscar cinco minutos después y está hecha toda una señorita ejecutiva desfachatada. Será la perfecta adicta al trabajo, con su camisa blanca a medio desprender y mal arremangada, su falda de tubo gris y sus zapatos negros bien lustrados. El maletín le calza perfecto y aparenta sin errores haber salido hace instantes de la oficina. Ejecutiva en ventas, dice ser cuando le pregunto a qué laburo es yonki, ejecutiva en ventas de telefonía celular. No dará más datos que ese “por seguridad”, detalla al instante. Luego de halagar mi vestuario y apostar una botella de vino rico a que va a ser una mina la que me haga la propuesta (por la musculosa, no sé qué percibe en ella que la lleva a la conclusión que eso atrae más minas que chabones), salimos hacia la dirección que me pasó por teléfono Matilde más temprano. Quince minutos después, bajamos del bondi en la esquina de un edificio de pocos pisos, de muros cubiertos por grandes placas de travertino, con varios cartelitos de diversos materiales donde están escritos los nombres de los profesionales que trabajan ahí, desde abogados hasta dentistas, pasando por quiroprácticos, diseñadores gráficos y contadores, por supuesto. El lugar está ubicado en pleno centro y la vereda, por ende,


está atestada de gente que ya regresa a su hogar después de una agitada tarde de compras. Nos abrimos paso entre las viejas llenas de bolsas que esperan los colectivos en la parada donde nos bajamos y entramos bastante jetonas al edificio. Un ascensor de metro cuadrado y espejos infinitos nos lleva al tercer piso, cuyos pasillos se asemejan a los de algún hotel de película (angosto, luminoso, amarillento y pulcro). Los departamentos y oficinas tienen un orden extraño, como podemos apreciar en el plano que se halla frente al ascensor. Tenemos que encarar hacia la izquierda y hacer una curva a la derecha para encontrar la sala de reunión, que vendría a ser el comedor si fuera un departamento el que lo contiene, pero que es simplemente una sala de espera muy amplia del consultorio de un psicólogo y una psiquiatra (hermosísimo matrimonio, ¿no?). Cuando llegamos a la puerta decidimos que a esa gente no le importa en lo más mínimo la estética del resto del piso o del edificio, ya que su puerta es metálica y el departamento es blanco y negro en su totalidad, como si uno entrara en la dimensión daltónica de la vida. Las paredes tienen circunferencias negras de diferentes tamaños, algunas unidas y otras muy separadas sobre un fondo blanco; el mobiliario es negro y los adornos totalmente blancos, al igual que los portarretratos que exhibe el escritorio situado a la derecha de la puerta. Nos atiende una chica que aparenta tener nuestra edad, aunque no creo que una pibita como nosotras se banque ser la recepcionista de semejante consultorio, así que debe tener unos años más. Tiene unos lentes gatunos rojos, unas pestañas largas prolijamente enruladas, oscuras como su pelo, que sigue la curva de las pestañas en la parte suelta de la cola (el resto está tenso y lleno de invisibles, forzado a alisarse), una camisa blanca con bordados muy “hippie chic”, un flamante pantalón ajustado azul marino y unas sandalias blancas de finas tiras múltiples, que atraen la atención hacia sus pies, cuyas uñas están pintadas de rojo vivo. Lleva un reloj de pulsera plateado tan fino

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como su cintura y en la otra muñeca una cantidad considerable de pulseras que resuenan cuando mueve la mano para acomodarse los pelitos que se atreven a salirse de la cola. Obsesiva total o simple esclava de la manía de sus jefes, da igual. - Buenas noches.- Nos saluda la secretaria/recepcionista del consultorio con una voz promedio pero pulcra. Tato toma la palabra y dice que venimos a la reunión, cosa que parece extrañarle a la muchacha. Somos unas idiotas. ¿Por qué no llegamos por separado? Deberíamos haber caído con una diferencia de diez minutos o algo así, espero que esta pelotudez no nos delate…- Bien, si quieren pueden tomar asiento, aunque por lo general recomendamos que las parejas vengan como acompañantes en reuniones posteriores, nunca en la primera.- Nos dice la muchacha de rizos perfectos, asumiendo una situación que nos salva las papas y que deberemos actuar para no delatarnos. Tato me mira, como consultándome si debe quedarse ella o yo. Bajo la mirada, no sé qué responderle; las dos estamos igualmente interesadas en toda la tramoya adictiva, pero ninguna se anima a cagarle la gracia a la otra. - Bueno, mi amor, te dejo, entonces, nos vemos después en mi casa, ¿sí?- Encara mi pareja ficticia. Guacha, después me va a pedir que le cuente todo con pelos y señales, con la memoria del orto que cargo. Encima va a ir a las reuniones más interesantes, seguro, más adelante, cuando “se me permita ser acompañada por mi pareja”. ¿Desde cuándo las secretarias asumen cosas tan viajadas? Mirá que Tato podría ser el himno a la heterosexualidad, hoy por hoy, pero justamente en el momento en que me planta el pico de despedida no puedo afirmar lo mismo. Es creíble la culiadita, pero sólo si no la conocés bien. Me quedo sola en ese living-comedor-sala de espera-sala de reuniones de adictos mientras la secretaria atiende el teléfono para concertar sesiones y pedir comida a domicilio (¿?). Supongo que disfrutaré una muzzarela mientras descargo mis


intimidades de falsa adicta al sexo, al igual que los demás. Me pregunto, también, cuánto tardarán en llegar los demás, pero Matilde aparece en la puerta antes de poder formular una hipótesis de impuntualidad atroz. Luce como siempre, salvo por el detalle de parecer destruida por una jornada laboral ardua. No pasan diez minutos y aparece Wilson, seguido unos segundos después por un tipo de aproximadamente cuarenta años que tiene casi la misma pinta que él. Los dos tienen pantalones de vestir negros, camisa blanca y corbata negra, pero el cuarentón tiene unas entradas importantes y un saco en el brazo donde lleva el maletín también negro. Con la otra mano sostiene un celular ultra fino de esos que tenés que vender el alma para comprar, con el que se comunica vaya a saber uno con quién, pero parece no ser una charla muy grata. Wilson viene con unas llaves en la mano y lo demás supongo que estará en los bolsillos del pantalón. Parece haberse batido a duelo con alguien de puño firme, porque su cara presenta algunos magullones en las mejillas y el labio inferior partido. - ¿Qué te pasó, Martín?- Le pregunta la secretaria con una preocupación sumamente medida. Entorna sus ojos claros para ver la lastimadura del labio de Wilson pero no se acerca para observar con detenimiento. El pibe sólo responde levantando una ceja y se sienta frente a mí, a dos sillas de Matilde, que no sé qué nombre tendrá en este círculo. - Buenas noches.- Dice Wilson severamente, mientras se mete las llaves a un bolsillo y se queda con las manos en los bolsillos, mirándome con interés. Va ser muy divertido actuar como si no nos conociéramos.- Vos sos nueva. ¿Cómo te llamás? - Te apuesto diez pesos a que se llama Florencia.- Interrumpe Matilde con actuada mala intención y entiendo que la adicción de “Martín” es la ludopatía. - Chicos, ya dijimos que esos chistes acá no.- Sentencia la secretaria sin dejar de ser amable. Cuando sepa el nombre voy a dejar de referirme a ella como “la secretaria”, lo

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juro. - Me llamo Greta.- Les digo a los dos ya conocidos, sonriendo por el interés ficticio de ambos.- Pero me parece que después me tengo que presentar, así que habrá que esperar que lleguen los demás. Los demás no tardan ni cinco minutos en ocupar las sillas que restan. Los docs aparecen juntos, después de una mina co dependiente, otro ludópata, una adicta al trabajo que imagino será auténtica y un adicto a la comida chatarra que debe tener además un severo caso de bulimia, porque está en sus huesos. El psicólogo tiene toda la pinta de padre yanqui nerd: camisa de mangas cortas a cuadros marrones y blancos, corbata azul casi del mismo tono que el jean, mocasines marrones, anteojos rectangulares de marco fino dorado y el pelo del padre de Mc. Fly en Volver al Futuro pero con la raya al costado, no al medio. De esos tipos pintones que si los vistiera un puto estaría para comerse vivos, pero que parecen aun vestidos por sus madres. ¿Suficientemente cruel? No, más cruel sería que lo vistiera su mujer, la psiquiatra, que tiene un vestido corto de cuello recto, rojo, con flores negras pequeñitas, zapatos negros puntiagudos parecidos a los tangueros y un maquillaje que te hace dudar si va a salir a algún boliche después de la reunión. Vieja regia, pero un poco intimidante. Los dos rubios, muy rubios, lo cual pinta aún más extraño el panorama de ese par de pájaros sentados uno al lado del otro, entre el adicto a la comida chatarra y la realmente adicta al trabajo, que tiene un lookete muy parecido al que había adoptado Tato. Por supuesto que por ser la nueva, soy la que se tiene que presentar antes de que todo empiece, así que hago lo que debo, sintiéndome en una película de colectivo, y todos me saludan como autómatas. Protocolo de adictos. Apesta, pero me permite ver quién muestra algo de interés en mi adicción al sexo y si realmente se creen el cuento, cosa que parece ser así.


XV

Una hora después, salimos con los oídos llenos de historias ajenas y jugosas. En una hora te enterás de por qué a la gente le pasa lo que le pasa y cómo vive de acuerdo a sus dependencias. Sea el juego, la mentira, el trabajo o la comida, todo nos lleva a ser una mierda que no se puede valer por sí misma. Volvemos al útero, hechos una bolita de posibilidades que no se concretan porque nunca sentiremos que somos más importantes que esa habichuela que alguna vez fuimos, y nos ahogamos en hamburguesas, en pijas, papeleo, apuestas o palabras, todo con tal de no asumirnos a nosotros mismos. Una hora de catarsis, cuya definición médica encaja perfecto: cagar, cagarnos a nosotros mismos, sea verdaderamente como todos esos adictos, sea ficticiamente como Wilson, Matilde y yo. ¿Pero quién estará mintiendo y quién no? Tilde dijo ser mitómana en esa hora de reunión, que después del receso para comer las pizzas seguirá por algún otro rumbo. ¿Qué tal si esa es su única verdad? ¿Y si el adicto a la comida chatarra sólo fue a curiosear? No me deja de divertir la buena fe de la gente, pero de repente no quiero cenar con esa gente y sólo quiero ir a mi casa a preguntarle a Cosme qué es lo que más le gusta en el mundo y esperar que no se haga dependiente de eso que tanto le fascina. - ¿Por dónde andás, Grrreta?- Me pregunta Matilde, que es la única que se acerca a mí cuando comienza el receso. Los demás hablan entre sí y Wilson se entretiene intercambiando palabras con los docs.- Estás muy metida adentro tuyo. - Nah, pienso que me quiero ir, me secó un poco la mente conocer tanta gente complicada de golpe. ¿Te fumás un pucho conmigo afuera y ahí decido si me voy o me quedo?

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Tilde me acompaña a la terraza, que está llena de jaulas vacías para colgar la ropa. En una esquina está el asador con todos sus implementos y un gran tacho de basura con una bolsa de consorcio casi vacía. Al parecer los vecinos del edificio no usan mucho la terraza. Interesante. Enciendo el cigarrillo con tranquilidad y me apoyo con los codos sobre el borde de la terraza, mirando las luces y los árboles de las cuadras circundantes. La mayoría de las ventanas de los edificios están encendidas todavía, sería más interesante el panorama si sólo algunas lo estuvieran, pero es mucho pedirle a la noche, que refresca gracias a una brisa fría que asoma por el sur. - ¿Qué te va a inclinar a que te quedes o te vayas?- Me pregunta Tilde, sacando un pucho de un bolsillo de su chaqueta gris. - No sé, es que me agarró miedo.- Apenas le respondo, sé que debería haberme callado, porque no le quiero decir nada más, cosa que será muy difícil después del comienzo de la oración. Ella igualmente sólo se limita a mirarme con curiosidad, como esperando a que continúe.- No importa, no viene al caso. Mañana vuelvo a la vida cotidiana y quiero estar un ratito en mi casa en paz antes del bardo de mañana.- Corto el clima de intriga con sequedad, enderezándome y caminando hacia una de las jaulas que está abierta. - ¿A qué volvés? - A un laburo de mierda y las horas de cursado de una carrera que debería estar terminando. Bah, el laburo no es una mierda, pero mi jefe sí. No sé qué tienen los viejos más fachos del mundo con ponerse un anticuario. - Son conservadores, Ilsa, les encantan las cosas como eran antes y para ellos no habría mejor mundo que uno lleno de antigüedades. Es su aporte a su mundito ideal.Acota la piba de la chaqueta gris y el short de terciopelo negro.- ¿Y qué cursás,


Historia?- Se ríe, sería el colmo de estar rodeada de todo tipo de fascistas. - No, no me interesa la docencia ni la investigación de la historia, no podría dejar de lado mi subjetividad atroz.- Le digo entre risas mientras ella se apoya en la pared de la jaula que está al lado de donde estoy yo, quedando de frente a mí.- Estoy cerca de una licenciatura en astronomía.- Esta es otra de esas veces que debería haberme quedado callada. Astronomía. ¡Astronomía! La mina va a pensar cualquier huevada. Me la soba. No reacciona de ninguna manera esperada, simplemente abre mucho los ojos después de un brevísimo momento de evaluar mi sinceridad. Al ver que realmente estudio ese viaje, su cara es de completa sorpresa. - Es lindo mirar las estrellas, pero ni en pedo me pongo a medirlas.- Habla la piba, para después darle una calada profunda al cigarrillo sin borrar la sonrisa. Aleluya, una persona que no confunde mi carrera con el vuelo intergaláctico medio hippie de la astrología.- ¿Y qué te falta para ser licenciada, que decís que estás cerca? - Un par de materias y la tesis. Me voy.- Hablo decididamente. Matilde arquea las cejas a modo de sorpresa por la brusquedad de mi decisión y no deseo aclararle nada. Necesito irme de ahí antes de seguir abriendo la boca ante extraños. La piba se pasa a mi jaula y me bloquea la salida, sumamente seria.- Tilde, quiero llegar a mi casa. - No sé si te crean mucho que sos adicta al sexo si en la primera reunión no te comés a alguno de los demás. - Pueden creer que cogimos mientras me fumaba el pucho y que ahora me voy a coger con alguien más. La gente tiene un poder enorme de inventarse situaciones que no suceden, deberías saberlo como mitómana que sos, Matilde.- Le digo a la piba, acercándome hasta su cara con indiferencia. Me tira el humo en la cara y se corre hacia un costado para dejarme pasar, colocándose tentadoramente contra una de las paredes de la jaula, mirando hacia abajo, a punto de llevarse otra vez el pucho a la boca. Ya no

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tengo ganas de salir de ahĂ­ ni de ir a mi casa, asĂ­ que apunto a su cuello y ataco. Ella me empuja para que me estampe contra la otra pared de la jaula y me dice que vayamos a su casa. Tate acaba de ganar una apuesta que igualmente no era tan difĂ­cil de ganar.


XVI

Nos tomamos un taxi que la muchacha del short de terciopelo paga y llegamos a unos monoblocks laberínticos. Nunca recordaré cómo llegar hasta ahí ni qué edificio es el suyo, así que no me servirá saber que su departamento es el 32 y que está en el tercer piso, al lado del ascensor. Recordaré este pasillo verde agua con luces de bajo consumo frías y cálidas intercaladas, el piso de granito y las ralladuras de manubrios de bicicleta en las paredes. Me acordaré del olor a desodorante ambiental de lavanda mezclado con lejía y de un teléfono de clínica sonando como si la puerta de donde proviniese estuviera abierta. No tendré tiempo de percibir nada más del edificio, pero sí del departamento que Matilde parece compartir con otra gente porque hay tres platos sobre la mesa y dos voces femeninas que salen de la cocina. - Vamos ya a la pieza antes de que nos agarren Sara Uno y Sara Dos.- Me dice imperativamente Matilde agarrándome la mano y arrastrándome a toda velocidad hacia su habitación, refiriéndose a sus compañeras de vivienda, que están por salir de la cocina.- Si nos enganchan en su conversación cagamos, hasta que no les das letra para que discutan entre ellas, no paran de hablarte, y creeme que después se pone peor. Paso poco tiempo acá cuando están ellas, y suelo encerrarme en la pieza la mayoría del tiempo en que sí estoy.- Aclara la chica, una vez adentro de su habitación, que está abarrotada de luces de arbolito navideño en la parte superior de las paredes y en el techo.- Vos quedate acá mientras me baño, ¿sí? Matilde se va a bañar sin descalzarse, después de agarrar un toallón que está colgado de la silla que está frente al escritorio, el cual está lleno de libros y papeles varios, al

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punto de ser imposible la escritura de cualquier cosa sobre su superficie. Frente a él está la cama de una plaza y media con un plumón negro que tiene líneas rojas con forma de trébol de cuatro hojas. En una de las paredes, la que está frente a la puerta, hay una estantería con discos, muchos discos, originales y no tanto, de bandas que en mi puta vida escuché y otras que sí y que podría volver a hacerlo infinidad de veces. La otra, que está al lado de la cama, está cubierta de postales y fotos de la chabona con mucha gente que jamás conoceré. Me apropio del espacio y en el equipito de música que yace en el piso junto a la cama, pongo un disco de Primus y me acuesto en la cama, descalza. Matilde no tarda en salir de la ducha, completamente empapada, con el pelo revuelto chorreando agua, sosteniéndose el toallón con una mano y la ropa sucia con la otra, ropa que termina en un canasto que está adelante del ropero. El toallón termina en el piso y Tilde encima de mí, goteando su calentura en la mía. - Cogeme.- Me dice, agitada, agarrándome la cara con las dos manos.- Cogeme vestida.- Suena su putísimo teléfono, pero ya la agarré de la cintura y no creo que quiera moverse demasiado para atender la llamada. Sigue sonando cuando la toco para ver si está mojada y sí, lo está, pero va a atender su putísimo teléfono.- ¿Qué querés? Dale, tarado, me estás cortando un polvo. No es chistoso. Dale, nene, decime.- Habla ella, saliendo de encima de mí y acomodándose contra la pared, casi tan irritada como yo. Escucha y me mira el cuerpo con hambre, pero rehúye mi mirada.- Bueno, pero mañana laburamos todos, boludo, tendría que ser el fin de semana. No, ahora no, desubicado, que te digo que mañana laburamos todos. Bue…bueno, dale, pero volvemos temprano, ¿no? Ya le digo a los pibes que conocimos el domingo a ver si se prenden. Ah, bueno, entonces le digo a Ilsa nomás ¡Mierda con las cosas que se te ocurren a vos! Chau, nene, nos vemos al rato.- Termina de hablar Matilde, con el semblante mucho más relajado y


el tono ameno cotidiano. Ahora sí encuentra mi mirada, después de boludear con una de mis manos mientras hablaba por teléfono. No me está gustando nada ese jueguito, así que menos mal que corta y me suelta la mano.- ¿Vamos por ahí? Joaquín consiguió un auto y anda con Tatiana y Saúl, tienen ganas de ir a la montaña un par de horas. Me dijo que en veinte está acá.- Propone e informa ella, mirándome con fuego en toda la cara, desafiándome a hacerla acabar en el menor tiempo posible. La acomodo debajo de mí y la devoro entera. Acaba en mi boca en menos de cinco minutos, haciéndose escuchar por encima de Primus, retorciéndose entera. Si no me vuelve a agarrar la mano, puedo volver a coger con ella, pero ahora debe vestirse y debemos salir al encuentro de los deschavetados y sus impulsos de irse a la mierda.

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XVII

Veinte minutos después, aparece en la puerta del edificio una estanciera amarilla levemente descascarada pero de motor sonoramente potente y sano. En el asiento delantero, al lado de Joaquín, está Wilson, todavía vestido como en la reunión de los adictos. Atrás suyo está Saúl, con un corte en el labio y otro pequeño tajo en la mejilla izquierda. Hoy sí fue día de pelea y parece que le fue bien, sino tendría los ojos en compota. Al lado del adorable salamín está Tate, enfundada en una remera enorme que usa como pijama y un pantalón de bambula que realmente no sé por qué todavía no quema. - Pibes, mañana a las 7 de la matina tengo que estar despierta, o me prestan ropa como para laburar en el anticuario y me acercan a las 9 ahí, digna.- Les advierto antes de subirme al vehículo. Me hubiera hecho más gracia tener toda la noche para comerme a Matilde que ir a la montaña por un par de horas con todo el grupete. - Still, no jodás, mañana es feriado provincial porque se murió esta tarde el gobernador. ACV fulminante, baby, y tu querido jefe era chancho amigo del tipo, así que te digo que no va a abrir.- Me dice Tate relajadamente. Una llamada inmediatamente después de eso, de parte de mi madre, ratifica lo dicho: mi jefe, don Adolfo, no abrirá las puertas del anticuario. Las facultades, extraña y turbiamente, tampoco lo harán, así que este jueves alargará mi fin de semana a un día más. Gracias, muerte, por el largo respiro, y por llegarle a gente tan nefasta.- Compramos cositas, están todas atrás, pero no se las coman ni tomen todas ustedes, que van ahí. Genial, tenemos la parte de atrás, bah, la mitad de la parte de atrás de la estanciera,


para seguir morfándonos crudas con Matilde, cosa que no dudamos en hacer, porque no nos sacamos ni un cuarto de calentura en su habitación. Cuando nos aburrimos un poco de tanto toqueteo y besuqueo, escuchamos lo que cuenta Wilson del grupo de adictos. Todavía va por la parte en la que estábamos Tilde y yo, así que volvemos a cogernos con la ropa puesta, hasta que escuchamos “y después del receso”, y paramos la oreja. - Todos asumieron que “Greta” y Til se habían ido a coger…- Empieza a decir Wilson. - Cosa que era cierta…- Lo interrumpe Saúl, riendo. - Sí, así que no creo que tengan ninguna duda de que Ilsa es una adicta al sexo.Cierra Joaquín, para que después todos suelten la carcajada y hagan que Matilde se tire hacia atrás y se tape la cara con la frazada que nos estaba amortiguando el orto.- ¿Y de qué hablaron hoy? - Siguen contando anécdotas de cómo le afectan las adicciones a la gente que los rodea. Son unos pesados y los boludos que coordinan todo casi no hablan. Hoy no estuvo tan bueno como otras veces, encima no se me ocurría ningún chamuyo.Continúa Wil, un poco aburrido.- También nos dijeron que la semana que viene vayamos con la persona que más afectada está por nuestra adicción, así que me tengo que buscar una “novia”. Claro que en ningún momento dicen “adicción”, pero eso me parece de lo menos profesional. - ¿Qué dicen? ¿Problema? A veces la gente con tal de tener tacto termina usando palabras más horribles que las que originalmente quería usar, y encima da un mensaje confuso, aunque en este caso es bastante claro.- Opina Joaquín, que ahora sólo mira la calle. Estamos yendo, claramente, hacia la casa de Fabián, que se ubicará entre los dos pseudo extranjeros. Ni lento ni perezoso el puto.

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Llegamos y en menos de cinco minutos Fabián destaca por su monólogo sobre lo poco que se puede confiar en un psicólogo y menos que menos en un psiquiatra. Wil ha pasado un brazo por sobre el asiento de adelante y mira con atención a la marica verborrágica. - Vos fijate: esa gente se gana la vida por tus quilombos. Si dejás de tener quilombos, ya está, te vas, no los necesitás más, no les das más guita. No te van a solucionar un pedo ni te van a ayudar a que resuelvas tus bardos, de última te lo cambiarán muy sutilmente a otro, porque no van a querer perder un paciente. Es como el caso de los dentistas. ¿Viste que no hay uno que labure bien bien? Eso es porque si te dejan medio arreglada y medio hecha bosta la boca, te la pueden seguir laburando. Y como uno no entiende mucho de odontología ni de psicología, bah, o no tanto como ellos, ellos pueden mandarse la que quieran y quedar como unos reyes.- Afirma Fabián regiamente. - ¡Sí, boludo, y posta que peor los psiquiatras, que te pueden pichicatear para dejarte peor de lo que estabas sin que te des cuenta!- Le sigue la onda Wil, también muy entusiasmado por la teoría conspiranoica de psicólogos, psiquiatras y ahora también dentistas malévolos. Ya sé para quién es esta carpa que tengo a mis espaldas. La pequeñita será para Matilde y yo, y la grande para el resto, no me jodan. - ¡Mierda que te pusiste paranoico, loco! Y eso que no hablamos de los plomeros y los mecánicos, que te arreglan una cosa y te cagan diez…-Empieza a decir Saúl, que se ve interrumpido por Joaquín. - Bueno, pero una cosa es que te jodan el auto o la cañería del baño, y otra muy distinta es que te jodan la cabeza.- Dice el pseudo extranjero severamente, mientras intenta cambiar la canción del estéreo que no encaja del todo con el aspecto de la antigua estanciera. Pone The Stone Roses y nadie se da cuenta porque está todo el


mundo muy metido con la boludez de las profesiones que más se prestan para la estafa. - Yo te quiero ver a vos totalmente cuerdo con la cañería del baño tapada, a ver si es más áspero que te jodan la cabeza o la cañería del baño.- Dice Tate, desafiante en broma. La risa es generalizada, salvo por Matilde, que está muy concentrada en su teléfono, repentinamente. Le pregunto qué le pasa que está tan seria y me responde con una sola sacudida de cabeza para que no me importe lo que sucede. El resto del viaje transcurre tranquilo, jugando a ese juego de memoria que tenés que contar una historia, sumando una palabra cada persona y repitiendo todas las dichas anteriormente. Til sigue enfrascada con el teléfono y no participa. La curiosidad me está haciendo cosquillas en lugares incómodos, así que debo insistir y sacarme la duda de qué la tiene tan aislada del viaje. - Las Saras me están jodiendo con pelotudeces de convivencia.- Me responde por fin, con ira contenida.- Una de nosotras se tiene que ir, ya no funciona la dinámica. Hace falta un nivel de confianza que se gastó. ¿Me entendés? - Bueno, pero es que viven con una mitómana.- Le digo yo sarcásticamente, aunque con mis pequeñas dudas, que también me quiero sacar en ese mismo momento para filtrar gente de mi vida.- Hablando de eso. ¿Te llamás Matilde vos? Digo, no se sabe si será verdad todo lo que decís o no. - Nunca se sabe nada de nadie, Ilsa. No sabés cuándo te miente la gente, pero si sabés que todo el mundo miente. Y no, no me llamo Matilde, según mi documento, pero desde chiquita me hice llamar así, así que todo el mundo me conoce por ese nombre, salvo la gente del laburo.- Vomita ella, sincerándose de sopetón en tono de darle poca importancia a todo lo que está diciendo.- Lo bueno de decir en esas reuniones que sos mitómana, es que podés decir todas las verdades que quieras sin consecuencias para los demás, porque no te van a creen pero igual vos te desahogás.- Completa, sonriendo

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orgullosamente por haber llegado a esa conclusión y por la liberación semanal camuflada de falacias. - Es irónico.- Colaboro yo, torciendo una sonrisa.- Lo único que la gente te cree es que mentís, o sea, la única verdad es que mentís.- Termino, ante lo cual ella levanta las manos como diciendo “no hay nada que yo pueda hacer al respecto”. - ¡Llegamos, perras!- Grita la marica del asiento de adelante, nuestro querido Fabián. Joaquín estaciona la estanciera cerca del quincho más cercano al lago y festejamos el arribo con grititos ahuevonados de diferentes tonalidades. Bajamos las provisiones (que vendrían a ser: mucho alcohol, comida en lata y chatarra congelada) y nos disponemos a armar las carpas. Me aseguro, por supuesto, de apoderarme de la carpa para dos y un par de sacos de dormir en buen estado, y mi polvo de esa noche me ayuda a armar nuestro nidito de orgasmos limpiando el terreno para clavarnos la menor cantidad posible de piedras. Los demás se están devanando los sesos para encontrarle la explicación a la carpa para seis mientras Tate empieza a armar las combinaciones letales que nos tendrán delirando hasta la madrugada. Unos minutos después Joaquín está peinando líneas sobre su notebook en la mesa del quincho y nos apura para que nos las metamos así puede poner música. - Poné desde el auto, tarado.- Le dice Matilde, sumamente encariñada con un enorme vaso de fernet, con un humor ameno. El pibe se limita a mirarla, señal de que no le hará caso. Tate inaugura la sesión de tiritos y, como siempre, todos me critican por cortarme sola con simplemente alcohol, todos menos la muchacha que acaba de hablar y que va a acompañar su fernet con unas ricas flores. A eso sí me apunto.- ¿Y vos te llamás Ilsa? Ese nombre suena más inventado que el mío.- Me agita ella, pasándome el faso. Parece que nos hubiéramos sumergido en una burbuja por un momento mientras los demás discuten sobre qué música poner y liberan la tapa de la notebook de Joaquín.


Es una burbuja agradable, tiene gusto a vodka con pomelo, cogollo y manteca cacao de cereza que Tilde se acaba de poner, muy pero muy al pedo. - Eh, ustedes, tortolitas.- Nos interrumpe Wilson un beso que se estaba poniendo especialmente cachondo.- Ya que no se meten esto en la nariz. ¿Qué se han metido?Las dos lo miramos con la cara de “merecés una muerte lenta y dolorosa” pero respondemos que de hecho eso sí nos lo hemos metido. - Mis compañeros de secundaria se metían tiza.- Cuento yo, cosa que desencadena en una carcajada colectiva.- Sí, muy pelotudos, esa mierda arde, obvio que arde. - Naaah, hay gente que se mete condimentos. Imaginate colarte un poquito de pimienta. ¡Ay!- Dice Saúl, que habla por experiencia propia, siendo yo su testigo.- ¡O nuez moscada, lo que sea! - ¿Nunca se colaron la colilla del pucho?- Pregunta Tate, medio en chiste, mirando justamente la colilla del pucho que se está por terminar. Todos nos reímos, pero nadie responde.- O la ceniza del asado… - No, boluda, todavía no, pero sí probé harina y azúcar impalpable.- Aporta Saúl, siendo yo, otra vez, su testigo.- Un asco, no lo hagan, te deja gusto a mierda y no te hace nada. - Podrían probar de esnifarse a mi abuela.- Me río yo.- Debe dejarte gusto a mierda, pero seguro te hace algo. - ¡Aaaah, eeeeeeeeeso!- Grita repentinamente Tate, acordándose de algo seguramente muy importante porque de lo contrario no hubiera levantado tanto la voz (la música no está tan fuerte y ella no está tan ebria todavía).- Tenemos que festejar. ¡Voy a empezar a laburar en el horno crematorio!- Sigue vociferando mi vecina/amiga, muy feliz por la bizarreada de laburo que encontró. Todos aplaudimos y brindamos por eso, y seguimos brindando por ocurrencias como “vivan los novios”, “vivan los últimos

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colectivos de la noche”, “vivan los malvaviscos” (sí, ese brindis lo propongo yo) y “viva la Pepa”, por supuesto, como broche final. - ¿Vamos a la carpa?- Me susurra Matilde, habiendo terminado su quinto súper vaso de fernet y el segundo faso entre las dos. No rechazo la propuesta y, sin aviso previo ni despedida, nos metemos a la carpa a que no nos importe nada más, ni siquiera que los sacos de dormir estén cerrados todavía. Los sonidos del exterior, que durarán hasta la mañana siguiente, tampoco nos molestarán, así que imagino que funcionará de la misma manera de adentro hacia afuera de la carpa. Til está amotinada, más amotinada que nunca, y me lo demuestra arrancándome la ropa con brusquedad. La carpa parece bañada en alcohol, entre su aliento y el mío, que está cargado de medio litro de vodka y un poco más de ron. No da muchas vueltas y me devora el coño mejor que nunca, no sé si porque su lengua funciona mejor estando ebria o porque a mí me funciona mejor el clítoris en este estado. Acabo y creo que todo el camping se da cuenta, aunque igualmente creo que somos los únicos que estamos ahí, o por lo menos los únicos en varios metros a la redonda. Til se acuesta a mi lado y no me deja hacer nada, porque se da vuelta para darme la espalda, me agarra una mano y me pide, con ese simple gesto, que me duerma con ella, cuchareando sin más.


XVIII

El mediodía del jueves nos fermenta adentro de esa carpa y me despierto empapada, contra la pared, despatarrada y con una resaca del siete. La mina que cuchareé anoche está contra la otra pared, de brazos y piernas abiertas, sudada pero profundamente dormida. Si no hiciera tanto calor la despertaría para volver a coger, porque le queda muy rica la humedad, pero me estoy muriendo ahí dentro, así que me visto y salgo a que mis pupilas sean asesinadas por el sol de ese camping alejado de todo pero al lado del lago. Nadie más está levantado, así que tengo que encontrar por mis propios medios algo para desayunar/almorzar. Espero encontrar cualquier cosa antes de que mi estómago vuelva a rugir y quiera devolver lo que tomé anoche. En una conservadora están las chatarras congeladas, pero no comería una hamburguesa ni por puta con esta inestabilidad gástrica. ¿Dónde coños metieron las galletas y el té? - Hola.- Me saluda una minita que acaba de aparecer frente a mí, que no sé de dónde salió pero me sobresaltó para la mierda.- ¿Tendrás puchos para convidarme?- Pregunta con toda la practicidad del mundo y una voz que agradezco no tener. No pasa los veinte años, o quizás sí, pero sus brackets no permiten apreciar su edad real. Sí tengo cigarrillos, eso me aseguré de traer en demasía, pero antes de convidarle uno le pido un saquito de té, sintiéndome la persona más miserable del mundo por pedir justamente algo que tengo pero no puedo encontrar porque me gana la paja y el calor.- ¿Vas a tomar té con este calor? Tengo yogurt de frutilla. - René.- Pronuncia con voz de ultratumba Matilde, aun lagañosa, con una musculosa

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eternamente larga como única vestimenta además de la parte de abajo de una bikini a lunares blanca y negra. Qué pequeño el mundo es, conch de su mad.- ¿Qué hacés por acá? Pensé que te habías ido al sur. - Sí, pero no duré mucho, soy más de los climas cálidos.- Responde la mina que, definitivamente, no tiene menos de veinte años. Le paso un cigarrillo y se va al quincho habitado más cercano, que no está muy lejos del nuestro. Vuelve después de buscar en una gran conservadora el yogurt que había mencionado segundos antes. René y Matilde se miran como lo hace la gente que ha tenido una historia feliz con un final menos feliz y yo quiero ser devorada por la tierra un ratito para ahorrarme el papel de mediadora social. Con un gesto la piba me pide fuego y Tilde observa atentamente toda la secuencia sin cambiar la cara de ojete.- ¿Seguís en la movida de tu novio, vos?Pregunta René haciendo caso omiso a lo poco bienvenida que es en nuestro quincho y soltando la primera bocanada de humo desprolijamente. - Wilson ya no es mi novio pero seguimos haciendo cosas juntos, sí.- Contesta la gallega sin tonada, en un tono un poco más neutral que su rostro.- ¿Vos seguís en la misma caravana?- No sé por qué la gallega le pregunta cosas a la recién llegada si con su cuerpo expresa tanto rechazo hacia ella, es evidente que no quiere generar una conversación pero no sabe cómo echarla. Yo no sé qué hacer más que abrir el yogurt intentando con toda mi alma no hacer la chanchada que hago siempre con los lácteos y que no se ve para nada bien en la ropa, y comer callada, viendo todo como un partido de tenis. - Sí, es que me va bien con eso. La clave es la frecuencia, cuando vos estabas en la caravana estábamos aprendiendo, pero ya nos re manejamos con los que quedamos.Responde René, esta vez después de tomarse el tiempo de expulsar el humo en círculos. Parece que sí, tenían una historia, aunque quizás no tan feliz. Eso no importa, lo único


que sé es que quiero desayunar en paz antes de que se agarren de las mechas, cosa que aparentemente no está muy lejos si la gallega no afloja con la miradita de odio.- Bueno, gracias por el pucho…- Empieza a despedirse ella, hablándome a mí que sonrío con una cucharada de yogurt en proceso de ser engullida. - Ilsa.- Dice Matilde ante mi imposibilidad de hablar. No puede tener peor tono. René le levanta una ceja y sonríe con sorna. - Ilsa, gracias por el pucho, nos vemos después.- Termina ella, todavía con la mitad del cigarrillo sin fumar y el pelo un poco menos desordenado que el mío, el cual va a ir arreglándose a medida que se aleja de nuestro quincho, sin despedirse de la piba que la sigue con la mirada ya vacía y me va a hacer acordar a las novelas venezolanas donde tanta bronca exagerada hay. Me pregunto qué habrá pasado ahí, me da tanta curiosidad como las historias de terror en noches de campamento. Noche de terror, día de chusmerío, es una buena dinámica para un lapso de total estupidez. Finiquito el lácteo rosáceo en silencio, esperando a que la gallega me explique mínimamente la situación o su actitud novelera, pero no sucede. Ella permanece también muda, buscando minuciosamente algo para desayunar. Parece tener éxito después de meterse a la carpa a revolver su mochila, porque sale con un paquete de galletas de salvado y un buen pote de dulce de membrillo con su correspondiente cuchillo de untar. ¿En qué momento preparó eso? Saúl sale con cara de muerto vivo de la carpa grande y lo sigue Tate totalmente poseída por la labor de quitarse las lagañas. Gruñen para saludarnos y se aposentan en los asientos del quincho sin pronunciar nada más por unos segundos. La escena le causa gracia a Matilde, que les pregunta a los recién levantados cómo durmieron, asumiendo lo mismo que yo había pensado en el viaje de ida: Fabián+Joaquín+Wilson=un solo polvorón. Sin embargo Tate toma la palabra para decir que durmieron muy bien gracias

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a que los otros tres no habían entrado a la carpa en ningún momento. Cierto: Joaquín tiene vehículo para ir a garchar a un lugar más amplio y cómodo. Suertudos. Ahora le toca a la otra piba responder qué tal estuvo nuestra noche, ante lo cual me mira, todavía sonriendo, esta vez con una dosis de complicidad y una pizca de vergüenza inocente, y sólo dice que estuvo bien, que pudimos dormir tranquilas. Las caras de Saúl y de Tate forman un trío con la de mi polvo campestre y seguramente mi sonrisa completa la escena para un lindo cuarteto de ahuevonados que se ríen de chupones y esas cosas, como si fuéramos cristianos pecaminosos. - Lindo la deben haber pasado tus amigos, ¿no, Matilde?- Cambia la conversación Saúl, sin cambiar de tema. La piba se encoge de hombros e imita a la perfección mi pato de la incertidumbre.- ¡Qué ganas de tener un auto! El otro día pasé por al lado de una camioneta que estaba prendida pero el dueño no se veía cerca, me dieron muchas ganas de afanármela. ¿No les pasa? - Deberías ir a las reuniones de los adictos como cleptómano, vos.- Lo corta Tate, atinando a buscar su propio desayuno/almuerzo. - Oh, pero si fuera por eso todos tendríamos que ir a esas reuniones. A todos alguna vez nos agarra algo maniáticamente, adictivamente.- Replica Saúl, sin entender el humor de nuestra amiga.- O a todos nos obsesiona algo por etapas. Me acuerdo que yo tuve una época en que era casi un fanático de las distintas clases de caracoles. Llegué a tener una colección… - Yo conozco a un chabón que colecciona cepillos de dientes, pero no sé si los coleccionistas caen en la categoría de adictos a sarasa. Le tendría que preguntar a los docs.- Lo interrumpe Matilde, entusiasmada por el mini viaje de Saúl.- Uno de los pibes con los que caravaneaba antes, del grupo de René, es tremendo personaje.- Me aclara; en su tono percibo cierta añoranza por esas épocas, o por lo menos por ese individuo.


- A ver, mami, una adicción no te deja llevar una vida más o menos normal, común, corriente, esperable y en paz. Los coleccionistas, que yo sepa, pueden vivir tranquilamente sus vidas, no es como que la cosa los controla, siguen teniendo ellos el control sobre la cosa.- Habla Tate con plena soberbia. Cuando tiene hambre hace eso, hasta levanta el mentón para hacerlo y revolea la mano derecha como si estuviera dando cátedra de lo que dice, por más básico que eso sea. Espero que pronto encuentre algo para beber y comer, porque le voy a revolear el pote de yogurt si me viene con su soberbia por cualquier boludez.- Aunque eso no elimina la posibilidad de que sea coleccionista y adicto a algo. - Tatiana, no jodas, llevar una vida común y corriente no significa gastar cinco lucas en una estampilla o un soldadito de plomo del mil ochocientos.- Le discute Saúl, burlándose levemente de nuestra amiga al llamarla por el nombre entero. - ¿Pero a qué le llaman una vida común y corriente? ¿Tener un marido, un hijo y una hija, una casa con techo a dos aguas y un labrador?- Pregunta Matilde medio en serio y medio en chiste. Ya empezó otra vez con sus viajes interestelares de filosofía… económica. Saúl y Tate se ríen pero se quedan pensativos. Las tripas de ambos no los dejan decir mucho, así que Saúl termina la tarea que había empezado la mina y encuentra en un bolso, bien al fondo, unas galletas y una lata de picadillo. No hay rastros de té, pero el salamín saca de la conservadora una botella de gaseosa de naranja a medio tomar. Desgasificada y tibia como debe estar, cumplirá las funciones de té de naranja.- ¿Y qué onda con esa condena social por no llevar una vida común y corriente? Yo me cago de odio con lo común y/o corriente.- Sigue enroscándose Tilde, ahora completamente en serio, acomodándose sobre la mesa del quincho. - La rebeldía es una utopía, Matilde.- Le digo adoptando el mismo tono sobrador de Tate. Después me paro y me voy a la orilla del lago, dejando el pote de yogurt en un

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tacho que queda en el camino. No quiero largas conversaciones hoy, sólo quiero que el sol me pique cuando se seque el agua en la que voy a zambullirme en pocos segundos. Quizás después la piba me quiera seguir la conversación, pero no hay mucho más que decir. Todo el mundo tiene sus etapas rebeldes hasta que se da cuenta que lo que realmente garpa es hacerse el antisistema mientras lo lubricás y ves por dónde podés cagarlo siendo parte de él. “Tenés que acabarle adentro”, diría Saúl. No es cuestión de malinterpretar los movimientos sociales y pensar que sos re punkito por estar tirado con un tetra en la mano puteando a la burocracia y al Estado, Matilde, pero no te voy a decir eso, sólo lo voy a pensar mientras chapuceo en las frías aguas del lago.


XIX

En el lago ya hay mucha gente haciendo exactamente lo mismo que yo: la planchita. Unos niñitos juegan con una pelota enorme que más se mueve por el viento que por cualquier golpe, mientras su madre (asumo) los mira desde la orilla, sentada en una de las sillas de esas mesas plegables que siempre quise tener. Frente a la mujer hay un tipo gordo y bigotudo que parece más su padre que su marido, pero por su expresión corporal hacia ella es definitivamente su cónyuge. Cerca de ellos hay otras parejas de distintas edades, tumbadas tomando sol, devorándose, hablando mientras miran a todos los demás…Vidas comunes y corrientes. Eso es la vida común y corriente: lo que se ve a simple vista y a cierta distancia; mientras más te acercás, más se distorsionan ambos conceptos. A algunos metros nadan varios pibes que no parecen superar los veinte, pero mi vista ya me ha engañado una vez y puede hacerlo cuantas veces quiera. La voluntad de mis partes no tiene nada que ver con la de la totalidad de mi persona. Unas minas flotan cerca del “sector nadadores”, en círculo, hablando aceleradamente y pisándose, por lo que no logro entender nada de lo que dicen. Parece que el feriado improvisado por luto nos vino bien a muchos. Parece que la muerte me sigue beneficiando, aunque tanto tiempo con la cabeza libre no es tan bueno, sobre todo para alguien que si no tiene nada de qué ocuparse, se ocupa de llenarse de azúcar o de enojarse fácilmente con quien ocupa su espacio personal, como alguien que acaba de chocar mi cabeza con su colchoneta inflable. Ahí arriba, espléndida cual chica de revista de moda, está tendido el conflicto de

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novela venezolana, con unos lentes de sol enormes y una bikini magenta y naranja en degradé. Parece un licuado. Me pide perdón sinceramente incómoda por el accidente y rema con los brazos para alejarse a una distancia prudente (ridícula expresión, pero útil al fin). La perdono y me sumerjo un segundo porque el sol ya me está picando hasta los sesos. Cuando emerjo, René está tumbada boca abajo en la colchoneta, atenta a mi salida. - ¿Vos estás en la caravana de Matilde, Ilsa?- Me pregunta ella, sonriendo con curiosidad. Frunzo el ceño sin entender a qué se refiere y le transmito mi desconcierto.Ah, no, no importa. Era de curiosa, nomás, que preguntaba. ¿Y cómo la conociste, entonces? - Por un amigo, me la presentó a ella, a Wilson y a Joaquín el mismo día, pero no sé cómo los conoció él, no le pregunté.- Le quito la inquietud a la muchacha, que se acomoda las gafas que le tapan la mitad de la cara. Su aspecto es digno de un video de reggaetón, si no abre la boca para evitar mostrar los brackets. Baja la cabeza y se queda callada un segundo, demostrando que esa no era la respuesta específica que esperaba.¿Vos cómo los conocés?- Le pregunto, dándole el gusto de empezar una conversación sin sentido. - Caravaneábamos juntos, pero después dejamos de coincidir en muchas cosas, hubieron viajes en el camino, quilombos, y dejé de verlos. Hice la mía. Los conozco de hace mucho, desde que Til y su hermano estaban chongueando. Eso suena tan raro.Dice René, para luego reír por la última frase.- Bah, a Wilson lo conocí antes. Seguro te preguntás por qué Til me miraba tan feo, ¿no? Bueno, resulta que hubo tremendo puterío con Wilson. Muy de novela la cosa, primero estuve con él, después ella estuvo con él, después ella se puso toda rara conmigo, rara en el sentido de “confusa” y esas cosas que te pasan cuando descubrís que te pinta tu amiga, pasaron un par de cosas pero


me dio culpa y le conté a Wil, bla, bla, bla…- Suelta René casi sin respirar, muy entretenida por el puterío superado (por ella nomás, al parecer). - Sí, me imaginaba que venía por ese lado de novela venezolana. Es gracioso, la gente se pone muy básica en cuanto te metés con los mismos genitales que se mete ella.Comento, otra vez adoptando ese ácido tono de superación de Tate. Qué la parió, se me pegan de toque los gestos de la pendeja, es tan contagiosa.- Explicame una cosa. ¿A qué le llamás caravanear? ¿Es algo genital también o va por otro lado la cosa?- Aprovecho para sacarme la duda, haciéndome un poco la boluda, sabiendo que no tiene nada que ver con eso. René se acomoda boca arriba otra vez, parece que el sol y mi pregunta le empiezan a picar. Deja pasar un par de segundos de silencio y finalmente suelta unas palabras que no van a resolver nada - Preguntale a Matilde eso, ella te puede explicar mejor. - No jodas con el misterio, ya te pregunté a vos.- La apuro en un tono no tan pesado, más a modo de pedido. Ciertamente me molestaría sobremanera tener que averiguar eso por el lado de Til, lo más probable sería que me mirara con cara de tutuca y no dijera palabra al respecto. René se vuelve de costado, dibujándose en su rostro justamente esa mueca desagradable de “no me rompás las pelotas”, pero finalmente accede a contar algo. - Mirá, piba, caravanear es andar en algún asunto con alguien, nada genital, sino más bien como un laburo o algo por el estilo. Andar en la misma movida, digamos. Ahora, si querés saber más de en qué movida anduvimos, preguntale a la gallega.Pronuncia ella, notablemente molesta. Levanto las manos en señal de paz y le agradezco por el yogurt de más temprano. No cruzamos más palabras porque unos chabones que están en la orilla, a unos cuantos metros de nosotras, la llaman y ella responde de inmediato, despidiéndose de mí y remando hasta cerca de la orilla. Tendré que averiguar

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más con Til, esta novelita me ha despertado una absurda y veraniega curiosidad, del estilo de placer culposo que nos dan los reality shows o la música más espantosa de los años setenta. Eso será después de unas braceadas en el agua, cuya temperatura se pone más amistosa con mi organismo paulatinamente, o viceversa. El estéreo de un auto lejano empieza a vomitar cumbia y algún vecino más cercano pone rock nacional, haciéndome saber que hay más gente levantada. El olor a leña encendida completa el panorama de almuerzos tardíos en todo el camping. Unos segundos más expuesta a ese aroma harán que me salga del agua en busca de esas hamburguesas y quiera devorarlas instantáneamente, así que ruego a quien corresponda para que la comida esté hecha para cuando llegue ese momento. Como predigo, el olor a comidas en proceso me precipita a volver al quincho, empapada, a buscar algo masticable. No demoro ni dos minutos en llegar y en sorprenderme al ver a todos ya ubicados alrededor de la mesa, jugando a las cartas (no entiendo bien a qué, nunca vi así tirados los naipes sobre la mesa) mientras Joaquín se encarga de dar vuelta las hamburguesas en la parrilla y controla las verduras envueltas en papel aluminio y los panes. ¡Menudo almuerzo! De fondo, gracias a la estanciera estacionada muy cerca del quincho, suena Silversun Pickups y agradezco la selección musical a Tatiana, que me mira con cara de complicidad después de encontrar mi vista puesta en la estanciera con una sonrisa en mi boca. Wilson está contando anécdotas del verdadero adicto al juego de las reuniones y se ve interrumpido por Joaquín, que anuncia que la comida está lista y que tengo suerte de haber vuelto justo a tiempo porque cinco minutos después no iba a quedar nada, cosa que de hecho se concreta pero no en un tiempo tan ajustado, sino en veinte minutos, después de los cuales estamos todos pipones y no queremos hacer nada más que tirarnos en la sombra más cercana a hablar sobre los trabajos de los que nos salvamos por hoy


gracias a la muerte del gobernador (mañana debemos volver, maldición). Tate es quien tiene la historia más interesante de todas gracias a lo curioso de su nuevo trabajo. No todos los días se encuentra trabajo de administrativa de un horno crematorio, especialmente de justo ese, en el que van a cremar al gobernador después del funeral que, según ella, se está desarrollando ahora mismo. - ¡Nos colemos la ceniza del gobernador, boludo!- Se caga de risa Saúl.- ¿No decías vos que nos coláramos a tu abuela? Mejor el gobernador, te transmite manso poder.Sigue boludeando. Todos nos reímos, pero dudo que el tipo transmita más poder que la vieja chota que era madre de mi madre; creo que el único que no le tenía cierto nivel de miedo y/o asco era el enano, aunque no sé si decir afortunada o desgraciadamente.¿Cuál te dejará más gusto a mierda?- Pregunta entre risas el salamín adorable. Me encojo de hombros ante la duda de quién habrá sido peor en vida como para ser peor en muerte. - Boludo, no sabés lo de la antropofagia en pueblos del Amazonas.- Suelta Wilson cuando se le pasa la carcajada. Todos lo escuchamos atentos, sabiendo que tenemos entrañas morbosas a la hora de prestarle atención a lo que sea.- Bah, dicen que son varias culturas que tenían la costumbre de matar y comerse a sus enemigos, algunos por puro morbo, otros porque decían que así les transmitían su fuerza y destreza…o algo así. En una peli que vi decían que no sé qué tribu yanqui se comía los ojos de los adversarios para ver como ellos. Un viaje, igual, pero está interesante, ¿no?- Concluye la brevísima historia. Todos asentimos con la cabeza y Saúl vuelve a tomar la palabra. - Bueno, pero no es lo mismo morfar que esnifar, y no creo que el forro del gobernador nos pase mucha destreza o la abuela de Ilsa mucha fuerza.- Dice él, volviendo a la broma. Divino hablar de cadáveres cuando tenemos uno en las tripas, di vi no, sobre todo del de la vieja.- ¿Y por qué no podés estar en el momento en que lo

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creman al tipo?- Pregunta Saúl a Tate, ahora con verdadera curiosidad. Ella nos explica que los del horno no quieren que su primer día sea el más complicado para ellos, que ya van a estar suficientemente estresados de tener a toda la comitiva familiar y gubernamental en el local, vigilando todo el proceso. Después nos cuenta que a ella igualmente le toca la aburrida tarea de ordenar y llenar papeles, nada de ver fiambres en plena combustión. - A ver, maricas, para ir practicando podemos esnifar la ceniza que quedó del fuego de las hamburguesas y vemos si nos bancamos eso en el naso y en etcétera. ¿Quién se prende?- Propone Fabián, desafiante y plumífero. - A vos te sobra práctica en hablar huevadas, Fab.- Lo reprime Tate, medio en broma, medio harta de esos retos por parte de la marica. Nos reímos con ganas y nos quejamos de haber comido tan bestialmente. Eso desencadena en una larga conversación sobre comidas, cosa que es inevitable en cualquier situación próxima a una digestión, sea a priori o posteriori. No sé a los demás, pero a mí, distraída con la charla y todo, me ha quedado la pica de cómo se sentirá esnifar ceniza y me quedará hasta que el más atolondrado del grupo (Saúl, por supuesto) se pare media hora más tarde, vaya hasta el asador, levante con su tarjeta del bondi un poco de ceniza y la lleve a la mesa, disponiéndose a peinar una línea y esnifarla ante la mirada atenta de todos los demás. Lo hace de un solo saque, se mete algo así como cuatro o cinco centímetros del polvillo que ha dejado el fuego de las hamburguesas, que seguramente tiene también tierra y mugres que han quedado de asados anteriores. Se queda con la cabeza hacia arriba, como si temiese que se le fuera a caer todo lo que acaba de llevarse hasta lo más profundo de sí en un golpe seco de aire hacia adentro. La música que Tate eligió es el único sonido que acompaña el momento de pura expectativa.


- ¡Aaaaah, la puta madre!- Suelta por fin Saúl, después de inclinarse bruscamente hacia delante apretándose la nariz a la altura del tabique con los dedos índice y pulgar.¡Esta cagada sabe a eso, a cagada, y duele como la mierda!- Grita el pibe, que parece no haberse asegurado que el polvo fuese enteramente polvo y ahora sufre las consecuencias de alguna partícula mayor. Se ha puesto colorado y no deja de tocarse la nariz, si sigue así le va a sangrar. Le digo que se deje de boludear el naso o que se suene y se deje de joder, pero no me hace caso; quiere esperar algún efecto más allá de la consecuencia nefasta al gusto y al tacto. Mientras tanto, algunos emitimos opiniones y otros las omiten. - Serás boludo, Saúl. Obvio que sabe a mierda y obvio que duele, por algo la gente no se mete eso.- Dice Tate, a punto de soltar una carcajada ante el panorama del pibe sentado con lágrimas en los ojos. No sé si lo que le duele es la cabeza o la nariz, aunque quizás sean las dos cosas. - Ahora vas a tener la fuerza y la destreza de una vaca.- Lo jodo yo, permitiendo que todos suelten la risa que estaban reteniendo, como cuando se cae alguien a quien no conocés y no sabés si reírte o ayudarlo a levantarse. Se me va la curiosidad por el efecto de la cuestión cuando veo que Saúl sigue molesto toda la siguiente hora. El dolor de nariz se le ha pasado pero ahora lo jode la cabeza y no para de moquear. Ha dejado de dar gracia para dar un poco de lástima y sobrevive al ataque de mocos gracias al rollo de papel higiénico que ya está a mitad de camino hacia la extinción. Ya nos ha dejado bien claro que no se ha pegado ningún viaje y nos lo ha dicho tirado en el largo asiento del quincho, sin abrir los ojos y balbuceando de pedo esas palabras, como cualquier persona con una jaqueca atroz. Supongo que no hay nada fascinante en colarte cosas que nadie más se cuela, más allá de tildar en tu lista de las mismas una sustancia más.

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XX

No son más de las cuatro de la tarde y el clima empieza a desmejorar a pasos agigantados. Los nubarrones que se veían lejos ahora están encima de nosotros y los truenos nos prometen una tarde tormentosa. Para acompañar la escena, el viento corre más fuerte y más frío, haciendo que guardemos todo en la estanciera a la velocidad de la luz y nos metamos ahí a esperar que pase la tormenta. Unas gotas finas pero en cantidades industriales caen segundos después, llenando el parabrisas de agua y deformando las imágenes de gente que se refugia bajo los quinchos y dentro de las carpas. No tiene pinta de durar poco y no tenemos todo el tiempo del mundo para seguir ahí, así que el capitán del barco de cuatro ruedas, Joaquín, decide partir con una buena dosis de Suede a un volumen que permite conversar sin levantar la voz, aunque sabemos que en realidad es para poder escuchar la lluvia que repiquetea en el techo cada vez más violentamente. Joaquín maneja despacio y está absorto en el camino, al igual que casi todos nosotros. Saúl ha logrado dormirse sobre el hombro de Tate, que a su vez reposa con la cabeza hacia atrás. En un momento que no sé bien cuál es, Fabián empieza a hablar sobre el clima como si fuese meteorólogo y los dos pseudo extranjeros lo corrigen y le siguen la conversación con cierto entusiasmo. ¿Será este un buen momento para sacarme más dudas con Matilde? - Estuve hablando con René en el agua un toque.- La encaro a la piba, que está mirando despreocupadamente la tormenta por la ventanilla derecha de la parte trasera del vehículo. Cuando me escucha, desvía su atención hacia mí con cierta extrañeza pero


no pronuncia palabra, sólo se limita a fruncir el ceño y esperar a que continúe mi relato.Me preguntó si caravaneaba con vos. Le dije que no, después ella me explicó que eso es como laburar juntas o algo por el estilo, pero no me quiso decir mucho más.Continúo, observando cómo va reaccionando la piba, viendo cómo se va tensando de a poco, incorporándose y girando para quedar frente a mí.- ¿En qué caravana estaban ustedes?- Le pregunto finalmente. Su cara se ensombrece y en los ojos asoma la duda, que dura muy poco. - Estábamos en una movida de mucha guita pero medio complicada, ella siguió con eso y nosotros nos abrimos de todo el quilombo.- Me explica escuetamente Matilde. Mi mirada fija en ella la intimida y decide volver la suya al exterior. Supongo que no me dirá más que eso, pero mi curiosidad es cada vez mayor y le insisto sutilmente para que siga contándome sobre ese pasado.- Choreábamos, Ilsa. - Bueno, tampoco es para hacerse tanto la rica, Til, si vos sabés que Fab es hacker, por ejemplo, que también podría ir en cana en cualquier momento. No tenías por qué darle tantas vueltas… - Sí, ya sé, qué sé yo. Me incomoda hablar de esas cosas. Hay cosas que no está bueno traer al presente, ¿viste?- Me dice Tilde, melancólica, mirándome con las cejas de perrito mojado. Con eso da fin a toda conversación al respecto; supongo que con más tiempo se sentirá cómoda como para contarme más sobre esa caravana. El resto del viaje no sé cómo transcurre, sólo sé que ya se han bajado Saúl y Fabián, que se quedó a cuidar al primero por las dudas que se sintiera peor, y que Tate, Wilson y Matilde siguen profundamente dormidos. Será la regresión a las épocas en que nuestros padres nos paseaban para hacernos dormir, será por otra cosa, pero ese viaje breve en auto nos ha dejado de cama a todos por más que hayamos dormido bastante la noche anterior y la mañana de ese día.

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Tate y yo somos las últimas en abandonar la estanciera, después de agradecer el flete. Ella me despide con un abrazo y la veo entrar a su casa, las dos con el cerebro medio atrofiado por la tormenta, que ya ha pasado para dejar todo con olor a ozono y barro. Un segundo después de que ella cierra la puerta de entrada a su casa, caigo en la cuenta de que debo cruzar para llegar a la mía y lo hago. Golpeo la puerta porque no me avivo que de hecho tengo la llave en un bolsillo del buzo que me calcé a las apuradas en el camping y el enano pregunta quién es antes de abrir y recibirme con un abrazo mínimo y fiacoso. La vida con humedad en estas latitudes parece ponerse en pausa. Mis viejos no están en casa, en cambio mis primos Félix y Rafaela sí, viendo una película doblada al castellano (no sé cómo pueden soportarlas) mientras –en teoríacuidan a Cosme, que apenas deja de abrazarme corre a seguir armando una ciudad muy extraña con juguetes que no tienen nada que ver unos con otros pero parecen convivir muy bien en ese espacio. El desgano también ha ganado a la otra porción pendeja de la familia y se nota en su saludo hacia mí. Me preguntan qué hice para aprovechar el feriado y les cuento toda la “aventura campestre”, incluyendo la idiotez de Saúl. Lo que sí hacen con ganas es reírse de esa anécdota y sentenciar que no hay campamento en el que alguien no se haga pija. Unos truenos fuertes interrumpen la conversación por momentos y nos extrañamos que esté lloviendo tanto y tan seguido. Félix hace el chiste obviamente apocalíptico y Rafaela le dice que no nos vamos a morir todos así, sino quemados, y vamos a ser el festín de Saúl. Reímos un rato más sobre cosas que hemos hecho nosotros sólo para demostrar que podemos superarnos en nuestra imbecilidad y mis primos se van a su casa cuando se acerca la hora de la cena, hora a la que llegan mis viejos, a quienes les cuento una versión mucho más resumida de los hechos, excluyendo los detalles engorrosos del maravilloso pete de Matilde, la novela con René y el episodio de la


ceniza y el salamín. Ayudo al enano a guardar la ciudad en distintas cajas de plástico transparente lamentándolo más que él, que parece entretenerse en armar cosas pero no en desarrollar historias con ellas, mientras mi vieja se enrosca en preparar los rellenos de los futuros tacos que estarán en nuestras futuras barrigas piponas. Cuando ese momento llega, vemos una película de esas en que todo está muy podrido y después se pone de maravillas, de las que tienen una moraleja empalagosa y –según mis padresextremadamente postfordista. Suficiente día ha pasado y ya todos tiramos la toalla. Es hora de adoptar la posición horizontal y cerrar los ojos hasta que el despertador nos resucite el deseo de tener una maza para destruirlo. Dos días de trabajo me esperan antes de otro valle de vagancia en el que piense cómo haré para soportar las horas de convivencia con el anticuario facho y el horario de estudio.

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XXI

Así sucede, así quiero romper todo cuando suena ese monótono y agudo aparatejo que no me deja seguir soñando cosas absurdas cuya conexión no recuerdo bien y que van a seguir diluyéndose en mi memoria a medida que el viernes transcurra. Así desayuno un tazón de café con leche con tortitas, todavía en pijama, me lavo los dientes, la cara, me pongo un short a rayas negras y blancas, una camisa negra sin mangas y un pin que sólo dice “Still Ill” (sí, sí, como la canción de The Smiths, qué depre modernosa la pibita). En letras negras y finitas sobre un fondo blanco. ¿Se lo tomará como ropa de luto mi jefe? No lo había pensado así, simplemente me puse algo “presentable”, limpio y planchado de toda la ropa que tenía apilada en la silla, pero seguro él sí va íntegramente vestido de negro, por “respeto” a su íntimo amigo difunto y hecho polvo. Acierto en mi predicción y el tipo se va de negro de pies a cabeza. Inclusive, a pesar del calor que no amainó a pesar del ventarrón y el agua del jueves, tiene puesto un saco. Claro que, facho retrógrado y todo, no es Amish, así que tiene un lindo aire acondicionado que nos hace más pasajera la mañana. Las horas pasan más lento entre todo ese pasado. Ya no queda ni un gramo de polvo en los estantes y muebles, todo está impecable gracias a mi aburrimiento que se torna en una obsesión por la pulcritud (no tengo nada mejor que hacer, el viejo se está encargando de atender a los clientes). Después, no queda nada “nuevo” por anotar en el inventario, ya agregué a los folios correspondientes las fichas de los objetos que el viejo trajo a primera hora: un reloj cucú verdaderamente cucú (ese se va a vender mañana, seguro, nadie se puede resistir a un pajarito que sale de su interior), unas estatuillas de


geishas de porcelana, dos imágenes religiosas íntegramente realizadas en hueso y una especie de recipiente de bronce de los que se puede imaginar sobre un enorme escritorio de caoba perfectamente pulido, almacenando típicas cosas de estudio jurídico o por el estilo. Nada emocionante para ser viernes, nada agitado más tarde, nada llamativo ni siquiera a la noche. No hay llamados telefónicos ni conversaciones cautivadoras en Internet. Por supuesto la televisión por cable tampoco va a deleitar mis ojos un fin de semana, así que me dedicaré a estudiar toda la tarde (no pienso ir a cursar esas materias que me quedan), cenar y dormir, al igual que el día que sigue, en el cual tampoco tengo noticias de nadie. Así pasa el sábado: trabajo escuchando tangos toda la mañana, atendiendo clientes, embalando y despachando el reloj cucú, atendiendo el teléfono, comprando la media mañana para el viejo y para mí y leyendo los titulares una vez que el tipo ha terminado de pispear todo el diario. Ignoro cómo he soportado sin emitir opinión todos los comentarios chotos de mi jefe, aunque en algunas cosas tiene razón o por lo menos concuerdo, cosa que me desagrada más que sus expresiones más asquerosamente medievales. Una noticia me llama la atención y me causa gracia. “Aparición en el cementerio de la Capital”, reza el titular. Aparentemente alguien se metió al cementerio y asustó a los vigilantes por andar disfrazada de novia y, lo que es mejor, no es la primera broma (aunque el diario se afana en asegurar que no es ninguna broma, sino que se trata de fantasmas reales) que se ha realizado este año. Hace seis meses vieron a un hombre vestido de traje deambular entre los mausoleos y antes de que pudieran atraparlo, el “fantasma” ya había desaparecido. ¡El diario se ha vuelto más bizarro que los programas de chimentos y los clasificados de chamanes, señores! Mi jefe parece estar de acuerdo, pero igual no quiere meter mucho las narices, él dice que es mejor mantenerse al

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margen de todas esas habladurías. Es de esos tipos que pronuncia “que las hay, las hay” ante cualquier cosa de la cual no está seguro. Chau diario, hola aburrimiento, chau laburo, hola televisión de sábado a la siesta. Películas ochentosas a la carta y una opción tentadora: “La chica de rosa”. Dos horas de jopos voluminosos y ropa que todos en algún momento de nuestras vidas hemos deseado portar. El resto de la civilización de mi casa duerme hasta que termina la peli y me voy a andar en bici aprovechando que hay una brisa que aplaca el calor.


XXII

Tate no está en casa, así que pedaleo sola hasta la casa de Fabián, que está en cualquier lado menos en su morada. Un mensaje de texto me confirma que está con Wilson y Joaquín, mientras que Tatú está en el centro comprando ropa para su nuevo trabajo, que requiere ciertas formalidades a las cuales no estaba acostumbrada. Saúl está en sus peleas otra vez, que este fin de semana son el sábado y no el domingo. Matilde me llama pero no la atiendo, no quiero verla tan seguido si sólo quiero que sea un buen polvo, pero vuelve a llamar y mi carne es débil, sobre todo si me invita a comer golosinas en el parque. El atardecer tiñe todo de rosa y la piba polvo combina con el paisaje. Llega a la loma cinco minutos después que yo en su envidiable bici, vestida con un pantalón de tiro alto azul marino y una camisa rosa con lunares blancos. No entiendo cómo no se está deshidratando de calor. Deja la bicicleta tirada a un costado y me saluda tirándose al pasto con todo el peso de su cuerpo, cosa de la que después del golpe se arrepiente de hacer con tanto ímpetu. De su mochila saca una gran bolsa de malvaviscos, una de gomitas de eucalipto y una de bananitas rosadas. ¡Adivinen, damas y caballeros, qué color titula la tarde! Ha sido precavida y, finalmente, extrae dos litros de agua embotellada bien fría. - ¿A qué se debe la invitación?- Le pregunto con un obviamente fingido protocolo, sirviéndome un manojo de bananitas. - No sabía qué hacer, no quería bancarme a las Saras escuchando la música horrible que escuchan con los chongos que llevaron al depto, nadie más estaba disponible y tenía

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ganas de llenarme de azúcar.- Contesta ella abriendo con cierto esfuerzo la botella de agua. Unas gotitas de sudor decoran sus sienes, que se ven repentinamente iluminadas por las farolas del parque.- ¿Le parece suficiente razón, señorita?- Sigue en broma, imitando la falsa formalidad. Retoma el aliento y mira a su alrededor.- ¿A qué le huye la gente cuando sale a correr? - No sé, capaz que están entrenando para algo. Alguno de esos será el fantasma que se apareció en el cementerio. ¿Te enteraste de eso?- Logro pronunciar a pesar de las bananitas. Tilde se acomoda, sin perder la cara de curiosidad que tenía mientras miraba a los “atletas”, y sigue en silencio, esperando que continúe. Le cuento lo que leí en el diario y se ríe con ganas. - Adiviná quién es esa “novia”.- Me dice inflando el pecho como señal de orgullo. Ahora río yo también y la felicito por el chiste.- Y Jaco era el tipo de traje que apareció hace seis meses. Wil no puede aparecerse así como así porque lo reconocerían, es demasiado armatoste. Es divertido asustar a los guardias, están muy sugestionados ya. - Y sí, boluda, laburar en un cementerio de noche no debe ser para nada bonito. Igual deben estar acostumbrados a que se les meta gente, los estudiantes de medicina viven colándose para sacar cuerpos para practicar.- Comento yo, haciéndole caso a los rumores/leyendas urbanas/chusmeríos que han demostrado ser ciertos en esta ciudad. La piba que tengo enfrente se vuelve a acomodar y se ríe vagamente. Eligió un mal lugar para sentarse o por algo está incómoda. - Bueno, ya no se tienen que arriesgar a ser agarrados por hacer eso.- Dice Tilde a modo de confesión. Si todavía tuviera comida en la boca y quisiera hacer de este momento uno bien dramático, me atragantaría. En cambio, sólo abro al máximo mis ojos y me quedo pasmada, lo cual parece resultarle chistoso a la ¿profanadora de tumbas?- Sí, bueno, vos muzzarella con esto, obviamente, pero con Wil y Jaco venimos


haciéndonos unos pesos extra con este laburo que les hacemos a los futuros médicos. Con los laburos legales ni en pedo nos podemos pagar una vida propia, así que…- Me explica ella, logrando que me quede más ahuevonada todavía. ¡Miralos vos a los pibes, qué trabajito morboso pegaron! - Así que ustedes profanan las tumbas, les venden los fiambres a los proyectos de doctores y listo, a la pija la familia de los cuerpos, ¿no? - Son cuerpos, ya no son sus familiares.- Me replica ella. - Matilde, es el cuerpo de sus familiares, a vos te jodería ir a dejarle flores a un nicho vacío. - No te tendría que haber contado nada, de saber que eras tan moralista.- Dice la mina, enojada por mi planteo, que seguramente ya se hizo y decidió omitirlo o realmente no le importó demasiado. - No es de moralista, chabona, allá vos con lo de afanar cuerpos. Está bien, están muertos, para lo único que sirven es para llorarlos y para desarmarlos en nombre de la ciencia, pero igual, hay gente que todavía los quiere llorar, ¿me entendés? ¿Cómo reaccionarías vos si alguien se afana el cuerpo de algún familiar tuyo? Qué sé yo, imaginate que un día vas a llevarle flores a tu vieja o a quien puta sea y está todo roto y tu vieja no está. - Mi vieja, si estuviera muerta, igual no estaría ahí y todos sabemos que por más que sea su cara, esa persona ya no está en esa cara. Es un envase vacío. Le hacemos un favor al cementerio, a los futuros médicos y a la familia del difunto. - ¿Qué favor le hacés a la familia?- Le pregunto, alterándome más de lo que esperaba, imaginándome en la situación del familiar del fiambre. - Ya no van a tener que ir a dejarle flores a nadie y van a poder recordar en la tranquilidad de sus hogares, cómodos, sin olor a putrefacción, a quien sí era su familiar,

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no al envase de esa persona. ¿O me vas a decir que en el velorio de tu abuela viste a tu abuela en ese cuerpo que estaba adentro del cajón? - No, pará, eso es un caso especial porque yo a mi abuela la odiaba… - No me estás respondiendo la pregunta, Ilsa… - Bueno, pará…- Digo yo, esforzándome por recordar el momento en que vi por última vez el cuerpo sin vida de la vieja. Ciertamente no era ella, era sólo su cuerpo, tranquilo, silencioso y frío. ¿Qué habrá visto mi mamá en ese mismo “envase”? Lo mismo que seguirá viendo cuando vea la urna de cenizas o cada vez que solloce al recordarla cuando vea los álbumes de su pasado o cuando ni siquiera esté viendo una foto de la vieja. Es prolongado mi silencio y Tilde lo respeta, sabiendo que estoy por darle la razón.- Lo de mi abuela no cuenta, a mí no me jode, pero si la hubieran enterrado y mi vieja quisiera visitarla, le dolería mucho ver que han roto el cajón y todo.- Termino diciéndole. Me sorprende mi interés por empatizar con conocidos y desconocidos. Matilde suspira, molesta, y decide tomar más agua antes de volver a hablarme. - ¿Has visto últimamente noticias en el diario sobre tumbas profanadas?- Me pregunta, entusiasmada porque sabe por dónde seguir la conversación para llevarse una satisfacción al dejarme callada. Hago memoria y ciertamente no he visto ni oído ninguna novedad al respecto.- ¿Ves? Nadie lo nota, así que a nadie le duele. La cosa es así: sabemos cuándo son los entierros, los días en que la tierra está fresca, en que no se notaría si alguien la remueve.- Empieza a relatar ella, confiando extrañamente en mí para contar algo que yo nunca en mi puta vida le contaría a nadie.- No vamos a ser tan boludos de querer romper un nicho, no hay forma…bah, sí la hay, pero entre el esfuerzo, las herramientas necesarias y el ruido, no conviene, así que sólo afanamos de las fosas. ¿Me entendés?


Un puñado de malvaviscos se deshace en mi boca mientras escucho a la mina contarme todo el proceso de profanación. Una vocecita muy suave me repite sus palabras en la reunión de adictos: “soy mitómana”, me dice imitando el tono de la mina. Me debato entre creerle o reventar y ella sigue su relato entusiastamente. Después de remover la tierra que está fresca- me cuenta Matilde también con un puñado pero de gomitas en la boca- roban el cajón y se lo llevan en la estanciera (claro que antes le han quitado el asiento trasero y han adelantado al máximo el delantero); lo rompe Wilson lejos de todo, saca el cuerpo y quema el cajón, mientras Jaco y ella rellenan el agujero que ha quedado en lo que solía ser la tumba. - Tienen que agradecer la incompetencia de todo el personal de los cementerios y de seguridad.- Le digo yo. - Y que hay cementerios que tienen la parte de N.N. a la que no le dan ni un poquito de bola y que ni necesitamos “emparchar”.- Completa ella, haciendo referencia al paso de rellenar el agujero.- No sabés la cantidad de cruces que no tienen nombre, ni una puta laminita de N.N. les ponen, son sólo un par de tablas de madera cruzadas para formar la cruz. Dejamos el hueco y lo rellenan con algún otro muerto, ni se gastan en hacer noticias amarillistas con eso. Ya toda la gente de los cementerios sabe que funciona así la cosa, que siempre va a haber alguien afanándose cuerpos y mejor que sean esos que no conoce nadie… - O que nadie pudo pagar por un entierro mejor.- La interrumpo. Un escalofrío me recorre la espalda. Debo dejar de empatizar con extraños, sobre todo con extraños ya fallecidos.- O que lo odiaban tanto que no quisieron ni ponerle el nombre. - Son cajones más fáciles de romper. Hasta ahora sólo hemos roto uno complicado, todos los demás eran N. N., y esos tienen un ataúd que parece una caja de frutas sin espacios en blanco. Si no sabían quién eras, menos van a saber cómo te enterraron, y

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eso si tenés suerte de que te metan en una caja, si no te afanaron o vendieron directamente de la morgue, que es otra cosa que pasa.- Detalla la piba, finalmente tragando las golosinas, para luego mirar alrededor tranquilamente, como si me hubiese contado una historia muy sencilla de digerir. - ¿Y por qué hicieron las bromas del tipo de traje y la novia? Van a llamar la atención de la gente y no van a poder afanar nada más.- Pregunto con verdadera curiosidad. La cantidad de gente en el parque va mermando, sólo quedan unos cuantos tipos y minas corriendo y andando en bicicletas muy feas, los vendedores de comestibles y los policías, que se han hecho peste en las plazas y parques de la ciudad. - Eso fue porque nos estábamos aburriendo de entrar sólo para chorear y porque queríamos ver cuánta bola le daba la gente a pelotudeces como esa. La gente acá se sugestiona muy fácil, parece.- Responde Matilde, ofreciéndome agua con un gesto de la mano. Acepto y bebo, pensando que igualmente fue muy estúpido de su parte llamar la atención así.- Por ahí fue un moco, sí, pero igual veremos qué pasa con la seguridad de los cementerios. Wil apostó a que no va a cambiar nada, que solamente van a aumentar las visitas nocturnas para los curiosos, pero no van a poner ni un guardia más, ni una cámara ni nada. Acá se gasta muy poco en “proteger” a los vivos, menos que menos van a gastar en los muertos.- Matilde tiene razón en eso, aunque las medidas estatales en esta ciudad a veces asombran al superar su nivel de absurdo y Wil, debido a eso, podría perder esa apuesta y contar su fracaso sutilmente en la próxima reunión de adictos. Debo dejar de enroscarme en posibilidades y esperar a ver qué sucede, pero ahora mismo debo terminar estas grandes dosis de azúcar y cerrar una tarde… abrumadoramente interesante a pesar de mi leve incredulidad. - Quiero ir con ustedes la próxima.- Le digo firmemente a Matilde.- Hasta que no lo vea, no lo voy a creer. Quiero verlos laburar.


La mina accede al tiempo que empieza a cerrar la bolsa de gomitas a modo de despedida. Yo hago lo mismo con la de malvaviscos, me paro y espero a que ella cierre su mochila para despedirme, pero ella me esquiva la cara y me dice que esta misma noche van a salir a buscar un cuerpo a un cementerio alejado porque les ha salido ese laburo y en las cercanías de la ciudad no ha habido un entierro reciente. Así que se metió toda esa cantidad de azúcar para poder estar bien despierta esta noche y me invitó a compartir esa cuasi merienda porque pensaba invitarme al afano…bien.

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XXIII

Nos subimos a nuestras bicis y vamos a su casa a prepararnos. Mi vieja sabrá que no llegaré hoy a casa gracias a su llamado y agradeceré mentalmente que mis padres tengan el capital suficiente como para darnos a todos un buen ataúd, aunque no me desagrada del todo la idea de que alguien haga uso de mi cadáver con fines científicos. Las Saras siguen con sus chongos pero se ha sumado más gente a esa especie de “previa” y la mesa está rebosante de botellas. La música es definitivamente horrible pero todos ahí están a gusto, hablando a los gritos de vaya uno a saber qué (paso muy rápido, saludo con un gesto de la mano y me encierro en la pieza de Matilde en menos de un minuto). La anfitriona me pasa una remera y un short negro, mira mis pies y parece resignarse ante mis zapatillas blancas al ver que calzamos números muy distintos. Luego se cambia y me apura para que yo también lo haga. Ella se pone una musculosa negra, una calza gris oscura y unas zapatillas horrorosas pero espectacularmente cómodas también grises. Listas para el crimen, sólo en el sentido literal. - Jaco y Wil vienen a las dos de la matina, así que podés volver a ponerte tu ropa y cambiarte más cerca de la hora.- Me informa la mina, sacándose la ropa. Qué al pedo se la puso, o no sé si tanto, porque sacándosela sabe que me tienta. Yo hago lo mismo y la miro para que me ataque, pero no lo hará.- Ahora no, después del laburo va a ser mucho mejor.- Dice ella, aunque su rostro delata cómo se está conteniendo. - ¿Y qué hacemos hasta esa hora, entonces? - Escuchar música digna y terminarnos las golosinas. Estaba pensando que sería


mejor que nos cambiáramos en otro lado, va a ser medio raro salir ya listas y pasar por toda la gente que está en el comedor…- Empieza a decir Til, pero se ve interrumpida por la elevación de las voces y el apagón de música. Nos quedamos calladas, escuchando cómo el grupo de gente que estaba en el comedor se va del departamento. No sé qué hora es, pero imagino que es hora de cenar y después seguir tomando en algún otro lado, o por lo menos eso es por lo que han optado los muchachotes y las muchachitas del primer ambiente.- Podemos tirarnos a ver algo en la computadora, también.- Corta finalmente el silencio Matilde. Vemos una película de zombies, como para seguir en la línea de la conversación, terminamos las golosinas, nos llenamos de agua, la eliminamos cuando suena la bocina de la estanciera y salimos después de vestirnos a las apuradas. Ya está todo listo, ahora debo ver cómo desato el nudo que se me acaba de armar en el estómago. - ¿Y vos qué pija hacés acá?- Suena la voz de Saúl cuando me dispongo a subir a la estanciera. Yo me pregunto lo mismo con exactamente las mismas palabras y se lo hago saber.- Yo he ayudado a los pibes un par de veces, ahora vos decime qué hacés. - Vengo a creer o reventar, Saúl.- Le respondo con cara de ojete. No es una grata sorpresa encontrarme al mequetrefe metido en esto, no tengo fe en que salga limpio de un bardo como este.- Tilde me contó la movida y le dije que quería venir para verlo porque si no, no le iba a creer nada. - Basta de cháchara, diría mi abuela.- Nos interrumpe Joaquín soltando una risa leve y arrancando el vehículo.- Nos vamos ya, nos espera un viajecito de una hora y media, más o menos. - ¿No podíamos ir a un cementerio que no quedara tan en la loma del orto?Pregunta Til.- Mirá que hay unos re tirados no tan lejos de la ciudad. - No, mientras más lejos mejor, Tilde.- Le responde Wilson decididamente.-

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Tenemos que asegurarnos de que casi no haya vigilancia, así que los cementerios de campo son nuestras opciones, y el más cercano queda a una hora y media de acá. Si querés, podés dormir en el camino, pero no te conviene porque vas a estar muy atolondrada cuando te despertés. Divina la noche del sábado, ¿no? Un viaje de hora y media hasta el medio de la mismísima nada sólo para corroborar que la piba estaba diciendo la verdad, o para que me jueguen una broma pesada muy larga. Por suerte ella elige la música y suena una buena colección de grunge durante la travesía. Todos escuchamos esas voces rasposas en silencio, mirando la cerrada noche por la ventanilla, pensando vaya uno a saber qué. Sólo sé que yo me imagino una situación bastante tétrica en la cual sólo encontramos huesos vestidos de andrajos y volvemos a casa con la certeza de no hacer eso nunca más. El pavimento se ha terminado hace media hora y todavía faltan quince minutos para llegar a destino. Respiramos tierra a pesar de tener todas las ventanillas cerradas y tenemos que subirle el volumen a la música para que los desniveles y piedras del camino no tapen el sonido de Stone Temple Pilots. Cuando empieza a sonar no recuerdo qué canción de Alice in Chains, llegamos y Joaquín se apura a apagar todo. A unos pocos kilómetros se ven las luces del pueblo. Se oye apenas el sonido del bajo de una melodía que no podemos distinguir por la distancia. Parece que el pueblo está de fiesta, así que estarán todos distraídos con eso, inclusive el sereno de la necrópolis, si es que hay uno. Genial. Jaco indica que tenemos que empujar la estanciera por el camino de tierra que pasa por el costado del lugar a afanar, así no hacemos mucho ruido cerca de la caseta del cuidador, que –según logra chequear Til- está profundamente dormido con la radio de música tropical encendida. Una vez que logramos colocar el vehículo en una posición


conveniente, sudando la gota gorda por el esfuerzo de mover semejante cosa por semejante camino, atravesamos el precario alambrado que nos separa del objeto a profanar y caminamos entre las tumbas malolientes de la loma del orto, buscando las famosas fosas anónimas. Muchas cruces decoran desprolijamente el terreno irregular del camposanto, todas humildes pero atendidas con flores frescas y nombres inscriptos con mayor o menor dedicación. Gente pobre que venera a sus muertos, no sé cómo sentirme al respecto. Los demás no se detienen mucho a ver los nombres de las cruces, sólo ven si hay algo escrito en ellas o no y siguen avanzando. - No nos podemos demorar, Ilsa.- Me susurra Matilde haciendo que pegue un salto espantoso del cual me avergüenzo instantánea e intensamente. La sigo de cerca mientras veo que Jaco, Wil y Saúl se han detenido frente a un montículo de tierra a pocos metros de nosotras. Han encontrado la fosa anónima o se han cansado de buscar. El olor a putrefacción con el calor se hace insoportable, así que me alivia verlos sacar de sus bolsos las palas.- Yo voy a estar vigilando la caseta del cuidador, vos quedate con los pibes y ayudalos a emparchar.- Me indica la mina, sacando de su mochila un bollo de tela negra. Aguanto la risa mientras me la imagino poniéndose una especie de túnica para asustar al cuidador mientras terminamos de emparchar. La tierra está fresca y suelta, así que la labor de cavar se hace breve. Se me hace un nudo distinto esta vez cuando veo el cajón que Matilde había mencionado. No hay inscripciones de ninguna clase, sólo muchas tablas largas de madera amarillenta imitando la forma de un ataúd. Ahora me pregunto si podré aguantar la imagen del cuerpo entre las tablas rotas, o si podré soportar viajar con un fiambre en la estanciera durante una hora y media. Joaquín y Saúl llevan la carga al vehículo mientras Wilson y yo emparchamos en

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silencio, escuchando solamente el ruido de los grillos y de la tierra cayendo al pozo. Miramos por momentos hacia la caseta y Matilde sigue ahí, atenta a cualquier posible movimiento del guardia, que aparentemente sigue profundamente dormido. - Los pibes van a hacer el trámite del cajón, vos no vas a tener que ver nada.- Me tranquiliza un poco Wil en secreto. Se seca la transpiración de la frente con la manga de la remera y sigue la labor. De su bolso saca una bolsa de tierra y la tira al ya no tan pozo, pero falta bastante para formar el montículo que había antes de que cavaran. Busca en los bolsos que dejaron Jaco y Saúl y logra tirar más tierra para formar un leve relieve.- Voy a buscar más tierra.- Decide con toda la preocupación del mundo en el rostro. Se incorpora un poco, como para que su altura no resalte demasiado, y ahora su cara no muestra nada agradable. Miro hacia donde está mirando y Matilde, enfundada en esa ridícula túnica, se mueve hacia nosotros rápidamente. El guardia ha despertado y está cambiando de estación. ¿Cómo hace para no ver a la silueta oscura moviéndose? ¿Cómo no escucha los pasos acelerados de Til? Corremos hasta la estanciera con los bolsos y las palas en las manos, embarrados y cagados en las patas, rogando que el guardia siga enfrascado en su caseta, pero no, no lo está, está mirando hacia donde acabamos de estar. ¡Puta madre, está alumbrando con una linterna y veo cómo el haz de luz le da en la nuca a Til! - ¡Al piso, al piso!- Digo yo en un grito reprimido. ¿Qué mierda me pasa? No tenemos trajes camuflados, si nos tiramos al piso el tipo igual nos va a ver, pelotuda. Nadie me hace caso, afortunadamente, y por fin llegamos a nuestra vía de escape que ya está arrancada. Lo primero que hago mientras nos alejamos del cementerio es ver por la ventanilla hacia atrás, hacia la caseta del cuidador, que camina lenta y desgarbadamente por el terreno que acabamos de abandonar. No me avivo que hay un cajón a medio abrir justo al lado mío y cuando lo descubro pego otro salto del cual me avergonzaré en


contados segundos. - ¿Al piso? ¡¿Al piso, culiada?!- Pregunta a los gritos y cagándose de risa Matilde. Todos soltamos la carcajada, olvidando lo que acabamos de hacer y de lo que, quizás, nos acabamos de salvar. Wilson le sostiene la mano amablemente a Saúl para que no siga la tarea de abrir el cajón, mirándome con una sonrisa cálida. El atolondrado entiende el gesto y guarda las herramientas en su bolso.- ¿Qué irá a decir el cuidador? - No sé, no creo que llegue a saberse esto, por más que el tipo nos haya visto. Siempre están re chapa los cuidadores, no les hacen mucho caso, aparte de acá a que algo de un pueblo así llegue a la ciudad…nos podemos quedar tranquilos.- Concluye Jaco, mirando atentamente el camino pedregoso. Cada salto que da el vehículo hace que el difunto salte en su cajón y haga un ruido muy común pero que me da escalofríos.Vení, Ilsa, sentate adelante y elegí la música.- Me dice Joaquín afortunadamente, mirándome por un segundo a través del retrovisor. Detiene la estanciera fúnebre y me siento a su lado. Del otro lado, ya sin la ridícula túnica, está Tilde, todavía riéndose breve y de a ratitos. Ella abre la guantera y me ofrece una pequeña carpeta que sirve de porta CD’s. Escojo Belle & Sebastian y dejo caer mi cabeza sobre el respaldar, aunque antes de llegar a él, aterriza en el brazo de Til. El momento de mierda se condensa y me lleva a ceder a su abrazo, que encuentro sumamente reconfortante y acogedor. Joaquín detiene el coche en el medio de la nada y se bajan todos menos Til, que sigue abrazándome firme y calurosamente. Sólo escucho cómo bajan el cajón, lo abren, pasan el cuerpo a un largo bolso, lo cargan en la parte trasera y dejan la madera quemándose para luego subir todos nuevamente y seguir el viaje de vuelta a casa. Lo único que quiero y puedo ver es el tablero del vehículo y puedo escuchar la música suave mientras Tilde me soba el brazo izquierdo con su brazo derecho y me apoya el mentón en la coronilla. ¿Por qué mierda me siento tan blanda?

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- ¿Querés venir a mi casa, Ilsa?- Me pregunta la mina con delicadeza en un leve susurro, para que sólo yo la escuche. Asiento con la cabeza y me siento diminuta. De repente me afecta más la muerte de un N. N. que la de mi abuela. Preferible la indiferencia de un extraño a la violencia de un conocido, supongo. Preferible no conocer demasiado a la gente, o no acercarse tanto, imagino.


XXIV

Una hora y media después llegamos al departamento de la piba y está amaneciendo. Los muchachotes del grupo van a encargarse de efectivizar el trámite laboral ilegal, aunque la gallega tiene que llamar al futuro doc que les encargó el trabajo, cosa que hace mientras me prepara un jarro de café con leche. - Mirá, mañana pasamos por tu casa y te dejamos el bolso. Vos dale la guita a quien te entregue el bolso, no es mucho más complicado que eso…- Dice ella seriamente.No, no podemos hacerlo en otro lado porque no da andar con semejante bulto por ahí, tiene que ser en tu casa…Sí, ese es el precio que acordamos por todo menos el bolso, que son quinientos extra… ¿Cuánto pensás que sale un bolso así? Y no es fácil conseguirlo, encima, mucho menos justificarlo.- La piba se hace respetar con el tono que va adoptando a medida que avanza la conversación o discusión. Me entrega el jarro y sonrío con sorna por la situación. Ella pone los ojos en blanco por lo mismo.- Bueno, dale esa guita al pibe que te va a pasar el bolso y listo…No, no podemos hacer un bulto más chico, ese es tu laburo, nosotros no desarmamos las cosas. Hasta mañana, Edilberto. - Son pesados esos futuros médicos, ¿no?- Le digo yo, soltando una corta risa.¿Cómo hacés con los nombres y las caras? ¿No tenés miedo de que los denuncien? - No tienen suficientes pruebas ni nombres para denunciarnos y nosotros tenemos más fácil la tarea de averiguar sus nombres y conseguir pruebas de que ellos están metidos en el “tráfico de cuerpos”.- Me responde calmadamente Matilde, sirviéndose agua en una taza con un saquito de té de rosa mosqueta.- Nos tendríamos que bañar…

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- Y dormir.- Completo yo, soplando el café con leche para poder tomarlo más rápido. La madrugada de terror me ha abierto el apetito repentinamente, así que la anfitriona interpreta correctamente los rugidos de mis tripas y desayunamos unas tostadas con dulce de frambuesa para después meternos juntas a la ducha y de ahí derecho, más que planchadas, a la cama. Otro domingo de mierda me espera, pero no voy a pensar en eso hasta que mi vieja me llame para saber si llego a comer y a acompañarla al putísimo cementerio a visitar la putísima urna de mi abuela. Claro, ya ha pasado una semana, hay que ir a dejarle flores y a que mi vieja la llore un rato más. Por ahora voy a seguir dando vueltas en la cama de Matilde, que dejó de lado la ñoñada de la estanciera apenas nos metimos a la ducha para hacer ese trámite rápido y poder dormir unos cuantos minutos más. Menos mal, ya me estaba alarmando. Puedo volver a alarmarme, la piba se acomoda de modo que quedo cuchareándola y no me resisto porque siento que le debo una por portarse tan bien conmigo anoche. Carajos, espero que no se quiera acercar más a mí, odiaría verle las grietas a esa personalidad y a lo rica que está, odiaría perderle el respeto. Unas horas más tarde despertamos hechas una sopa, despatarradas como podemos, con el cuerpo duro. Jodidos nervios pasamos anoche. La mina ha vuelto a perder la ñoñada y me ofrece un desayuno tardío con voz de ultratumba, cosa que rechazo para despedirme luego y partir a mi casa. Matilde me ayuda a sacar la bicicleta del depósito y me dice que me va a avisar sobre la próxima salida, si quiero. Voy a pensarlo.


XXV

Llego al almuerzo familiar, aún más sopa, y antes de sentarme a la mesa me ducho a la velocidad de la luz. Mis viejos le están explicando a Cosme por qué vamos a ir al cementerio y el enano no entiende de ninguna manera. - Pero la abuela ya no está acá, ustedes me dijeron que se fue a otro mundo.- Replica el enano. ¿Le habrán dicho mis viejos que se fue al cielo y toda esa chorrada? No creo, deben haberle contado algún otro concepto de trascendencia.- No la vamos a ver ahí. - No vamos a verla, pero es ahí adonde se le deja flores y se va a hablar con la gente que ya no está en este mundo.- Insiste pacientemente mi señora madre. No hace falta tener muchos dedos de frente para darse cuenta de que lo que acaba de decir es una reverenda pelotudez. - ¿Por qué no se las dejamos en su casa o al lado de una foto? Así capaz que las ve, ¿no? Y si la gente ya no está acá no va a poder escuchar lo que le decimos, ma.- Razona la pequeñez de mi hermano en toda su grandeza. Es por frases como esa que se me infla el pecho de orgullo y me dan ganas de llenarlo de cosquillas. Mis viejos se miran, incómodos, y mi viejo decide tomar la palabra. - También puede ser, pero hoy vamos a ir al cementerio por las dudas que tu abuela ande cerca de ahí.- Dice él, también con esa paciencia infinita. - Pero ese lugar es re feo para andar cerca.- Afirma Cosme con una cara que se debate entre el asco y la duda. Perfecto, ya tiene edad mental suficiente como para empezar a regalarle cosas más avanzadas, como la lista de libros que tengo por algún lado y más maquetas de Tatú.

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- Bueno, Cosme, si querés te quedás con Ilsa acá y vamos tu papá y yo.- Cierra la discusión mi vieja, perdiendo un poco la paciencia pero sin alterar demasiado su tono. El enano me mira sonriente y acuerda con mi vieja para pasar la tarde conmigo.- Tatiana tiene una venta de garage esta tarde, Ilsa, podrías llevarle las cajas que dejé en tu pieza para que las venda; después fijate si querés algo de ahí.- Me dice mi madre, sin darle mucha importancia a las palabras. Cierto que mi vecina amiga iba a vender todo lo que le sobraba, haciendo sin querer un buen plan para mi tarde, afortunadamente lejos de la necrópolis. Lavo los platos después de esos tallarines con el mejor tuco de muchas generaciones y despido a mis viejos en la puerta. Tate está sacando al jardín delantero los muebles con ayuda de su padre, muebles que no sé de dónde habrá sacado, porque definitivamente no son de su casa. Eso me hace avivarme de revisar las cajas que mi mamá ha dejado en mi habitación, que seguramente son todas cosas de mi abuela. Efectivamente, luego de dejar a Cosme entretenido con un libro sobre cómo funcionan las cosas, abro las tres enormes cajas que ha dejado nuestra progenitora y encuentro ropa, ropa y más ropa en dos de ellas. En la tercera hay cosas para una casa que mi vieja asume será la mía. Ni por puta. No pienso conservar nada de la vieja chota que la parió a ella; voy a venderlo todo y con la plata haré algo mucho más agradable que ponerme sus prendas o usar su vajilla. El enano me ve arrastrando a duras penas las cajas y me ofrece una mano. Bonito. Apenas saco la primera a la calle, Tate cruza hasta mi casa y me ayuda a llevarla a la suya, haciendo un chiste que no termino de escuchar pero que tiene que ver con cómo me sigue beneficiando la muerte. Ni tanto, Tatiana, ni tanto. Al terminar la labor de traslado, tomamos una buena cantidad de agua y hablamos del contenido de la carga para ver cómo lo dispondremos en el jardín. Afortunadamente,


dentro de la misma venta de garage, hay un gran ropero con unas perchas baratas como para colgar la ropa de mi abuela (las personas se mueren, los vínculos con los que seguimos vivos no, memoria y la puta que te parió). Para la vajilla Tate saca una mesa plegable, que es la única que sobra en su casa, y dispone todo prolijamente sobre ella, rodeando la mesa de paños con más ropa y accesorios en el suelo. Ahora sólo queda pensarle un precio a todo, escribirlo en un cartoncito y ponérselo a cada cosa. A las seis de la tarde, cuando se aplaca el calor, empieza a llegar la gente que se llevará las maquetas de Tate, mucha ropa de mi abuela, unas viejas chuchis que comprarán la vajilla completa (eso es un milagro, no me vengan con cuestiones más metafísicas, que milagroso es que una vieja chuchi llegue a una venta de garage y encima compre todo de lo que yo quería deshacerme). El ropero se va de la mano de un tipo tan robusto como el mueble, que quiere también la mesa plegable, pero se quedará con las ganas. Algunos electrodomésticos terminan en manos de parejas jóvenes y de aspecto monótono, algunos accesorios son llevados por chicas lindas y modernitas, de esas niñas bien que se drogan a la vista del mundo para que se deje de pensar que son niñas bien pero cuyos vicios son financiados por sus indiferentes padres, que a su vez son niñas bien. Cuando se hacen las diez de la noche y sólo quedan algunos juguetes, unas pocas prendas de ropa y una caja de ropa de la vieja, Tatú da por finalizada la venta y tanto su padre como yo la ayudamos a guardar todo. ¡Y pensar que a esta misma hora pero ayer estaba haciendo tiempo para ir a profanar una tumba! Fin de semana bipolar, sí señor. Contamos dos veces la plata, la repartimos entre el padre de Tate, ella y yo; ordeno la ropa de la vieja que sobró en una caja, junto con algunos accesorios y calzado; desarmo las otras dos cajas para cedérselas a algún cartonero y finalmente le cuento a Tatú sobre lo sucedido la noche anterior.

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- ¡Culiada, qué peligrositos se pusieron!- Exclama ella más que sorprendida, entre risas.- Van a tener que esperar para el próximo “laburo”, porque la gente se va a empezar a paranoiquear y va a estar muy atenta a esos lugares.- Sigue hablando, ahora seria. No era la reacción que esperaba, aunque, de hecho, no esperaba ninguna reacción en especial.- ¿Vas a volver a salir con los pibes a chorear fiambres? - No sé, boluda, me dio una sensación horrible todo eso. No pude ni ver al muerto, me dio un poco de asco, un poco de miedo. Qué sé yo, me re inquietó toda la movida esa, nunca pensé que iba a estar metida por una noche en la leyenda urbana de la profanación de tumbas. Todavía como que no termino de caer.- Digo yo, enfrascándome en mis pensamientos por un segundo. Ciertamente nunca me había sacudido para tantos lados distintos una sola experiencia. - Seguro que cuando empezaron, los pibes se sentían igual.- Opina Tate, llevándose un cigarrillo a la boca.- Mansa adrenalina, ¿ah? Te debés sentir más vivo que nunca entre tantos muertos y en una situación jodida como la posibilidad de ser descubiertos afanándose uno. - Es afanarse la corporalidad de los recuerdos de los que quedan vivos, Tate, es jodido el concepto, cuando no se roban a un N. N. - Sí, bueno, pero seguro siempre intentan robarse el cuerpo que menos daño haga, no creo que los pibes tengan tantísimo morbo de hacer pija a la gente que queda viva.Replica mi amiga convencidamente, para luego encender el pucho. Asiento, pensativa y me cuelgo en un debate interno sobre ir o no ir a la próxima salida. Cosme interrumpe mis pensamientos diciéndome que ya se aburrió. Pobrecito, una venta de garage, por más que tenga un libro y juguetes para entretenerse, debe ser un suplicio a su edad. Será hora de volver a casa.


XXVI

Cruzamos la calle con Tate, que me ayuda a cargar la caja, y después de despedirla, entramos a un escenario muy áspero: mi vieja está llorando desconsoladamente y parece haberlo estado haciendo desde la tarde, aunque no parece un llanto sólo de dolor, sino más cargado de bronca. Mi viejo habla por teléfono terriblemente idiota con mi tío Mauricio, por lo que le digo al enano que me espere en su pieza, que enseguida voy a contarle un cuento para que se duerma. Quiero saber a qué se debe todo eso y no demoro mucho en enterarme: después del largo debate que había habido sobre qué hacer con las cenizas de la vieja conchuda, se había decidido llevarla al cementerio, pero ninguno de mis tíos se sentía cómodo con esa resolución, así que habían ido ayer a pedir la urna. Ahora sí se pone jodida la cosa: el mausoleo de la familia de mi madre, así como otros mausoleos, habían sido robados. ¿Por qué los culiados de mis tíos no les habían contado esto antes a mis viejos? Porque ellos también acababan de enterarse hoy a la tarde y estaban bastante ocupados haciendo las correspondientes denuncias al cementerio por la falta de seguridad. Es inútil que me quede a consolar a mi vieja porque ya todos mis tíos están viniendo a mi casa para hablar mejor sobre todo este quilombo y ver qué medidas tomar, así que voy a buscar mi bici y voy a pedalear a más no poder para cagar a trompadas a Matilde y todo su grupito de ladronzuelos del ojete. Antes de salir me aseguro de dejar tranquilo a Cosme diciéndole que ha habido un lío de adultos que ellos mismos tienen que resolver y que él puede ayudar durmiéndose mientras le leo el cuento de un conejo adoptado por un caballo y una vaca (los que escriben cuentos infantiles son los más

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drogados de todos). Hecho eso, voy a todo lo que mis piernas pueden pedalear hasta el departamento de la gallega y la llamo para que salga. No pasan más de dos minutos y la veo aparecer en la puerta de entrada al edificio. Sé que no voy a poder contener mi bronca. Se ha metido con la vieja chota, que realmente me chupa un huevo, pero metiéndose con ella ha jodido a mis viejos e inevitablemente va a joder al enano, y eso sí que me encabrona. Eso es lo que me lleva a borrarle a Matilde con mi rostro la sonrisa del suyo y a gritarle antes de que llegue hasta mí. - ¡Pedazo de culiada, se fueron a la mierda! ¡Vos y tu grupito del orto se fueron a la mierda, los voy a hacer cagar!- Le grito yendo hasta ella con paso decidido. No entro en mí misma de tanto odio. La empujo y ágilmente esquiva un puñetazo que le atino. - ¡Pará, Ilsa, paráaa!- Me frena la mina también a los gritos, intentando agarrarme para inmovilizarme.- ¡¿Pero qué mierda te pasa, chabona?! ¡Calmate un poco! - ¡Calmate las pelotas, conchuda, se afanaron las cenizas de mi abuela! ¡Andá cagá!No puedo ni siquiera hablar bien, estoy más concentrada en empujarla a la mina, que sigue intentando agarrarme y finalmente lo consigue, tirándome al piso e inmovilizándome con una llave que no sé dónde aprendió a hacer.- ¡Soltame, pelotuda, soltameeee! - ¡Cerrá la jeta, Ilsa, te estás mandando cualquiera! ¡Nosotros no nos afanamos eso!Exclama la gallega, haciendo un esfuerzo enorme por contenerme, porque no dejo de moverme para intentar zafarme. Cada movimiento me duele bocha, pero no quiero estar sometida a la mina, no esta vez, menos en estas circunstancias.- ¡Pará, Ilsa, te digo! ¡Te vas a lastimar así, boluda, paráaaa!- Me frena bajando un poco la voz. Decido quedarme quieta y esperar la explicación de la mina, pero no hay ninguna; ella está esperando a que yo le diga algo.


- Abrieron algunos mausoleos de la ciudad, uno es el de la familia de mi vieja. Se llevaron la urna de mi abuela, no sé qué más. Si no fueron ustedes, ¿quién puta va a ser?- Le pregunto, esperando a que me suelte, cosa que no hace todavía. Apenas termino de hacer la pregunta pienso que por algo existía la leyenda urbana antes de que los pibes empezaran a laburar, mucho antes. Ellos no son los únicos que afanan muertos. - No sé, Ilsa, es obvio que no somos los únicos que hacemos eso. Quien lo haya hecho nos acaba de cagar el laburo, boluda, ¿no entendés? Nos fuimos a la loma del orto para no llamar la atención y alguien nos acaba de cagar, vamos a tener que esperar un rato largo para poder hacer el próximo trabajo.- Habla Matilde, empezando a contagiarse de mi bronca. Cae en la cuenta de la gravedad del asunto y de cómo la afecta tanto a ella como a su grupo de profanadores. Qué palabra fea: profanadores.Vamos a tener que ver quién hizo eso, no podemos dejar que sigan cagándonos el laburo.- Dice decididamente la gallega, soltándome e incorporándose. Me tiende una mano para ayudarme a levantarme y no me dirige la mirada en ningún momento. Está devanándose los sesos para averiguar quién pudo haber robado los mausoleos.- Vos tendrías que volver a tu casa, con tu familia.- Se dirige a mí finalmente, mirándome con seriedad absoluta. Tendría, sí, pero prefiero no hacerlo; será mejor que aparezca cuando esté todo resuelto, así no me como las discusiones absurdas entre hermanos. Le comunico mi decisión de no volver a casa y me invita a pasar a la suya, donde una de las Saras duerme y la otra ve una película en su notebook, despatarrada en uno de los sillones del comedor. Después de saludar a la segunda Sara, Matilde y yo nos metemos a su pieza, donde suena Icarus Line a un volumen que no interrumpe los sueños de la primera Sara. Tilde cierra la puerta y me empuja con violencia sobre la cama. Es su venganza y la voy a disfrutar mucho, aunque no sé si más que ella.

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XXVII

El despertador suena unas pocas horas después de habernos dormido y tengo que rajar a casa a cambiarme porque el lunes que amanece me dice que debo ir al anticuario a cumplir ese dichoso horario de comercio. Ni siquiera me da tiempo para desayunar dignamente, así que cuando llego a mi casa me tomo un vaso de jugo de naranja que milagrosamente estaba ya servido en la heladera (el enano debe haberlo pedido y después debe haberse arrepentido de su decisión), me visto a los reverendísimos pedos, me baño en desodorante y perfume y parto más rápido que escupida de músico hacia el local del viejo facho, que también gracias a algún designio misterioso recién está llegando a su negocio. El tipo trae el diario enrollado bajo el brazo y la misma expresión severa de todos los días. A él también le afectan los lunes. Me saluda con pesadez, como si también hubiese tenido una noche agitada, y se mete por la puertita de la persiana que acaba de abrir. No tengo muchas palabras para él esta mañana, en lo único que puedo pensar es en el deseo de que la investigación de la gallega y los pseudo extranjeros sea veloz y efectiva. Movimientos rutinarios seguirán al ingreso: prender las luces, abrir la persiana, limpiar vidrios y vitrinas, etcétera. El viejo, a todo esto, empezará a leer en voz alta los titulares (costumbre que no puede dejar de lado, por más que sepa que no estoy verdaderamente interesada en las noticias de todos los días). El polvo irá desapareciendo de los vidrios y de los objetos a medida que puteo mentalmente, como todos los lunes, al clima y al par de días precedentes, que siempre implican una pasada


extra de trapo. Hoy no saldrá en el diario la noticia de los mausoleos asaltados, mañana sí. Quiero ver la reacción de mi jefe ante eso, sus comentarios de las noticias policiales –cuando los tomo con humor y no con bronca- hacen mis mañanas. Hoy sólo emitirá opiniones del tinte de “ojo por ojo, diente por diente”, como para mandar a matar, en su mundito ideal, a cuanta persona mate a otra. Sus mayores ídolos políticos estarían ya varios metros bajo tierra de ser así la cosa. Hoy pasará lentamente la mañana, con clientes extranjeros que piden especialmente embalados los objetos antiguos y algunos amigos del viejo que vienen a saludarlo y traerle cachivaches para vender. Finalmente, ya pasado el mediodía y comenzando la siesta, llego a mi casa totalmente agobiada, deseando una siesta y dos litros de agua en un solo trago. Mi señora madre es la encargada de alimentarme y omitir toda información relativa a lo que sucedió en la reunión familiar de la que me ausenté. En cambio, me pregunta dónde estuve y por qué no me quedé acá. Respondo exactamente eso y nada más, no es necesario dar información que no ha sido solicitada. Ella parece conforme con mis palabras pero de cualquier manera se queda callada, generando un momento innecesariamente incómodo. - Cosme está enfermo, vas a tener que cuidarlo esta tarde.- Corta finalmente el silencio mi vieja, seriamente. Con la boca llena de pasta de arvejas le respondo asintiendo con la cabeza y miro cómo ella se va a dormir una merecida siesta, cosa que yo también haré en contados instantes, cuando termine las milanesas de soja, esta pasta verdosa y la zanahoria rallada. He ahí la explicación del milagroso jugo de naranja servido en la heladera: el enano debe haber somatizado la discusión de los imbéciles adultos y ahora sufre las consecuencias en su pequeño cuerpo. A medida que crecemos, nos olvidamos de cómo vivíamos las cosas de chiquitos y pensamos que todos viven las

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cosas de la misma manera que nosotros. Adultez del orto. Mi señor padre es el encargado de despertarme cuando sale hacia su laburo. Su cónyuge ya se fue y tengo que poner este cuerpo en posición vertical para cuidar al enano, que tiene que tomar mucha agua y comer gelatina. No quiere salir de la cama, así que lo mañoseo llevándole la merienda a la pieza y contándole cuentos. También jugamos al juego de la oca y, cuando finalmente accede a levantarse, vemos dibujitos por un par de horas. Mi hermano, diminuto y considerado, me dice que ya no lo tengo que cuidar, que él se va a quedar dibujando en el comedor mientras yo estudio. Me lo quiero comer a besos, pero opto por regresar a los apuntes que tan abandonados he dejado últimamente. “Las malas juntas”, diría mi abuela, cuyas cenizas no sé dónde estarán. Espero que los pibes se apuren a encontrar a los culiados que robaron los mausoleos, necesito descargar esta bronca. Me hago el primer recreo de estudio para tomarme un extra dulce té helado y no puedo evitar colgarme pensando en la noche del asalto en el medio de la mismísima nada: el cúmulo de sensaciones confusas, la adrenalina, la cantidad de hipótesis sobre qué ocurriría a continuación, la incomparable aceleración mental y física que hacía demasiado tiempo no sentía. Ahora veía por qué los pseudo extranjeros y la gallega se dedicaban a eso y no a atender un local de comida rápida. Estar tan cerca de la muerte en un caso tan alejado del riesgo de vida, del suicidio o del asesinato, les despertaba una vida que no se podía conseguir fácilmente con otras actividades. Valía la pena el peligro de ser descubiertos y encarcelados, sobre todo si además de esa inyección vital recibían dinero a cambio de algo/alguien que no les importaba. Mejor vuelvo al estudio y le preparo una merienda insulsa pero sana al enano. La vista se me empieza a nublar una hora después y veo las letras dobles. Me he concentrado en exceso y necesito otros estímulos visuales. Ya pronto llegarán mis viejos


y cenaremos, asĂ­ que decido hacer tiempo hasta ese momento conectĂĄndome a Internet.

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XXVIII

Nada, nada, nada interesante, ninguna novedad que me deje los ojos como platos, ninguna persona con quien quiera chatear, sólo la intriga que me lleva a investigar la noticia de los mausoleos, que seguramente llega a la virtualidad antes que al papel. La búsqueda es sencilla y el resultado decepcionante: sólo dos medios han cubierto el suceso con pequeñísimas notas al respecto. Nadie sabe nada o nadie dice lo que sabe…o estoy buscando mal. “hey!”, dice la ventanita de chat que se abre en esa succionadora red social azul. Es la gallega. Creo que me estoy cansando de su nombre. “ya salio en internet algo sobre el robo”, sigue escribiendo ella, para después pegarme el enlace que me lleva a la noticia que no había encontrado unos segundos antes. El titular no puede ser otro: “Desaparecen los restos del Gobernador”. Linda la prensa amarillista, preciosa. Leo la noticia y sólo se menciona en el último párrafo (de un texto de seis) al cementerio donde estaba mi abuela. Al parecer el mismo día en que afanaron los mausoleos, se chorearon las cenizas del tipo que gobernaba esta provincia, que estaban en un cementerio privado. “Boluda, hay mucha gente metida en esto”, le escribo a Til. Ciertamente debe haber sido un equipo de hijos de puta los que actuaron en un solo día en más de un lugar. “O se dividieron las tareas entre pocos, o lo hicieron al mismo tiempo muchos”, agrego. “no se, en estas cosas no se suele laburar con tanta gente, para mí que fueron unos pocos que se movieron rapido y bien”. Me exaspera su falta de acentos, pero he decidido que voy a dejar de darle importancia a esas nimiedades. “mañana me junto con jaco y wil para investigar bien la cuestion, los diarios no ayudan mucho con esa


informacion”. Es lo último que leo antes de desconectarme para ayudar a mi viejo a cocinar (está antojado de lasaña y no hay mejor lasaña que la suya cuando me encarga el tuco a mí, modestia aparte). Me prometo a mí misma no pensar más que en lo que venía pensando antes de conocer a estos necroladrones y disfruto la cena durante la cual todos evitamos hablar de asuntos relacionados a la muerte. Mis viejos, como de costumbre, se quejan de los estragos del capitalismo en sus condiciones laborales y en la motivación de sus colegas, poniéndose cada vez más apocalípticos y/o anarquistas. Me sonrío, sé que no llevarán a hechos lo que fantasean en palabras, no con el enano y yo en sus vidas. Los hijos somos una tara especialmente gigantesca para la realización personal de nuestros progenitores, a mí no me jodan. El enano escucha todo con atención, entendiendo a su modo las cosas, aunque más pendiente de su sopa, que se termina a regañadientes. Finalmente me toca contar cómo ha estado la tarde de niñera de mi hermano y cómo viene el laburo y el estudio. Me siento la persona más chata y monótona que conozco: del trabajo al estudio, del estudio a la cama, con las comidas intermedias pertinentes. Lo único “aventurado” o fuera de la rutina es lo único que no les puedo contar, aunque eso me tiene sin cuidado. Lo que me pesa es no tener nada más que contar, más allá de lo perfectamente predecible en la vida de una mina de mi edad y de mi condición social. También me pesan los párpados, así que apenas termine esta cena voy a ceder a la fuerza gravitatoria del colchón. No debería dormir boca arriba, siempre me atacan las peores pesadillas en esa posición. En esta ocasión les toca a los muertos vivos perseguirme por un cementerio empantanado, lleno de pozos invisibles que me atrapan las piernas, dificultándome el escape. Golpeo a varios con una pala con toda la fuerza de mis brazos, pero en esa dimensión onírica siempre somos tan débiles que nada hacen los movimientos bruscos ni los máximos esfuerzos. Los vivos que conozco van muriendo uno por uno en manos

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de los cadáveres que los arrastran a sus tumbas y hay una especialmente profunda reservada para mí, pero nadie tiene que empujarme ahí porque caigo solita, como buena estúpida protagonista de ese episodio fúnebre. Me despierto de un salto antes de caer de lleno a la fosa. Espero no haber gritado en el mundo de los vivos durmientes. He sudado, un poco por el calor y otro poco por la agitación. Necesito agua, agua y una vida más entretenida para caer todas las noches como una piedra a la cama y no tener esos sueños de porquería. El cansancio mental que me supone el trabajo y el estudio no es suficiente, sobre todo si como “hobby” ando robándome difuntos. Camino pesadamente hasta la cocina para buscar unos benditos tragos de agua helada y me siento en la mesada a bajarme la botella mientras escarbo en mis pensamientos para ver si encuentro por algún rincón una mejor actividad que me planche y que no involucre nada ilegal. Lamentablemente la buena guita siempre es la más turbia. “La ley sólo le sirve al capital”, diría Tate después de darle una profunda calada al cigarrillo, en algún atardecer púber. Las tareas que pueden entretenerme están muy lejos de mi alcance, las que están cerca son la pura explotación y el puro embole, y las que son entretenidas y pagan bien me podrían llevar a la cárcel si –paradójicamentelas hago mal. ¿Cuánta gente conoceré que en realidad vive de su laburo clandestino y no del que le conozco? Me duele la garganta después de tantos tragos fríos y ya me cayó la fiaca necesaria como para dormir como un tronco (en el universo paralelo en que los troncos duermen).


XXIX

El martes va a pasar sin pena ni gloria a ser simplemente un día más de la semana, menos odioso que el lunes, más odioso que el fin de semana. Trabajo, estudio, sacio mis necesidades básicas y me aíslo del mundo para ver televisión nocturna. Mis amigos y mi familia no harán de mi día una colección de horas entretenidas porque estarán ausentes, con la excepción de mis viejos, que aparecerán ante mi vista en los horarios de las comidas y no encenderán la tele para evitar malos tragos. No habrá novedades de ninguna clase, simplemente habrá inercia pura que reafirmará mi condición de prescindible y acrecentará mi ansiedad por hacer algo de mi vida que me engañe un rato haciéndome pensar que soy una persona un poco más interesante y dinámica de lo que realmente soy. Así, decidiré unirme a la caravana de los pseudo extranjeros y la gallega, por lo menos hasta que encuentre algo con lo que pueda lucrar y sea menos conflictivo en todo sentido. Ya más animada, recibo al miércoles con un extraño entusiasmo por la reunión de adictos. Esta noche podré hablar con Wilson y Matilde para ver si soy bienvenida o no a su trabajo clandestino. Gracias a esa intriga, la rutina diaria se me pasa volando cual jet que deja sordo a cualquiera y la noche me encuentra ojerosa pero no jetona. Cuando quiero acordar, ya estoy de vuelta en esa sala de espera monocromática, sentada entre el adicto a la comida chatarra y el supuesto novio de Matilde. Soy una boluda, se suponía que tenía que venir con mi ficticia pareja y me he colgado. - Es que nos hemos separado.- Logro esbozar como excusa cuando la secretaria me pregunta por qué no he venido con “la chica de la semana pasada”.- Ya no lo aguantaba

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más ella. Yo no lo aguantaría, tampoco.- Continúo. Merezco un premio por la actuación que la piba se cree. En su rostro hay una leve expresión de compasión, reprimida obviamente por su ética laboral. Seguramente los docs le han indicado que no debe acercarse a los pacientes. Como soy la única que va sin pareja, soy la que habla primero para contar la historia de la separación. Otro premio debería estar en mis manos ahora mismo por mi capacidad de improvisación. Matilde y Wilson me miran riéndose por dentro y yo me pregunto qué les habrán dicho a sus respectivas “parejas” para convencerlos de acompañarlos a la farsa. Espero que eso no me impida hablar con ellos en paz. Hoy no hay recreos. El café se sirve mientras escuchamos a “los otros” (las compañías de los adictos). No voy a poder fumarme ese cigarrillo relajante, en cambio voy a tener que escuchar a la “novia” de Wilson mentir a la perfección. La mayoría de la gente se gana la vida mintiendo, quizás Wil le pagó a una actriz para este acto y ciertamente la aplaudiría de pie. - Tuve que esconder la plata que traía a la casa en los lugares que Martín no se podía imaginar, porque llegó un punto en que buscaba en todos lados.- Dice la mina en un tono angustiado. Si la situación le sucediera en la vida real, dudo que siguiera con un ludópata.- El mes pasado estuve a punto de dejarlo, pero llegó a la casa todo magullado. Lo habían apurado por una deuda. Me dio pena y decidí quedarme un tiempo más a cuidarlo. No sé si a ustedes les pasa…- Continúa ella, dirigiéndose luego a las demás “parejas”.- Pero uno a veces se siente casi madre cuidando así a su pareja, en los momentos de mayor debilidad.- Concluye, con la voz quebrada, aferrando fuertemente la mano de Wilson. Cumple perfectamente con el rol de cristiana extremadamente sumisa a su marido, virgen de la boca para afuera antes del matrimonio, embarazada muy a gusto cada dos años. Afortunadamente, es sólo una actuación. Lo que no


comprenderé jamás es por qué el resto de las parejas, las de verdad, siguen con sus respectivos adictos. - Milagros.- Pronuncia el doc el no tan afortunado nombre de la “novia” de Wil.- Es normal sentirse así, ya lo hemos visto en otras parejas. Por lo general las personas tendemos a sostenernos de otras cuando no podemos hacerlo de nosotras mismas, y justamente nos aferramos a la fuerza que vemos en las personas más cercanas. Lo que haremos en los siguientes encuentros y venimos haciendo desde el primero, es afianzar a cada una de sus parejas para que no generen esa dependencia, ya que justamente su problema mayor radica en altos grados de dependencia a objetos y/o sujetos ajenos a ellos.- Habla el psicólogo, paciente pero firmemente, de un modo que no exaspera.- Lo que ustedes no deben hacer es intentar resolver el problema de sus parejas, ya que eso incrementaría la dependencia; lo que sí deben hacer es acompañar el proceso de superación sin pensar que tienen un lazo más allá de la relación de pareja que tienen, porque eso puede llegar a generar cierto grado de dependencia de su parte.- Sigue el tipo, diciendo básicamente que las parejas de los adictos pueden volverse adictas a los adictos, valga la redundancia y la graciosa interpretación. Es su esposa, la psiquiatra, la que cierra la sesión con algunas palabras de poca importancia y nos deja libres para ir de vuelta a nuestras casas o a tomar algo con ellos a un bar cercano, a lo que accede la mayoría de los adictos, incluidos Wilson y Matilde con sus respectivas parejas ficticias. Otro día hablaré con ellos, hoy está linda la noche para caminar sola de regreso a la cama y al arsenal de golosinas que me espera debajo de ella.

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XXX

No llego a salir del microcentro de la ciudad cuando me cruzo con una cara conocida. De frente, aproximándose adonde estoy yo intentando encender mi cigarrillo con un encendedor que ya murió, viene caminando altivamente la piba del camping, René. Parece recién salida de una pileta con esas ojotas, ese short a cuadros diminutos blancos y negros y esa remera de Joy Division. Ha adquirido un bronceado artificial a pesar del sol genuino que debe haber ligado aquel día en el lago, pero parece estar orgullosa del anaranjado de su piel. Espero que llegue hasta mí y le pido fuego después de saludarla. Cae en la cuenta de que soy yo y me pregunta qué ando haciendo por ahí, le respondo una verdad muy trucha contándole que vengo de una reunión de adictos, ante lo cual abre mucho los ojos y vuelve a cuestionarme para saber a qué soy adicta. Otra truchada sale de mi boca y termino explicándole que voy a esas reuniones para conocer las historias de los demás, no por tener algún quilombo propio. La piba me analiza por un segundo, tiempo suficiente para que la invite a tomar una cerveza e intente averiguar si sabe algo sobre los robos, ya que –como me habían contado ella misma y Matilde- estaba en esa caravana. Elegimos un bar horrible pero cercano y barato, saco un porrón de la heladera, lo pago y lo llevo a la única mesa libre que queda afuera, donde me espera René boludeando con su celular. Alrededor hay púberes, tipos y minas de mentones en alto que se creen muy copados por ir a un lugar barato y aun así lucir bellos, y una pareja que parece estar todavía en su primer año de noviazgo (a juzgar por lo empalagosos que están).


- Así que andabas por el centro al pedo.- Empiezo diciendo yo, sirviendo los vasos. - Sí, a esta hora uno no está muy ocupado un martes. - A menos que seas puta o sereno.- Digo. René se ríe y abandona el celular metiéndoselo al bolsillo del short. - No te creas que los serenos están muy ocupados.- Replica ella, levantando su vaso a modo de brindis. Brindamos y mando la sutileza a la mierda. - Vos sabrás.- Le digo sonriendo con picardía. La mina se da cuenta que ya sé sobre su caravana y esboza una leve expresión de extrañeza. - Así que Matilde ya te metió a su caravana, ¿ah?- Me responde ella en el mismo tono y con una sonrisa torcida. Toma unos tragos de cerveza mientras espera mi pronta respuesta. - No, sólo me dio un tour gratuito.- Hablo yo, devanándome los sesos para enganchar mis palabras con lo que realmente quiero saber.- Está interesante lo que hace, pero estoy considerando otras opciones también. Mi vida es una verga embolante y necesito ganarme unos mangos con algo mejor que la atención al público.- Continúo relajadamente. Ahora bebo yo y espero que René hable mientras me refresco. Como no lo hace, vuelvo a hablar.- ¿En qué caravana andás vos? - ¿Quién te dijo que te podés meter a la mía?- Retruca ella un poco a la defensiva. Mierda, ahora sí que no sé por dónde sacarle información. La mina se ríe y me alivia.No seas tonta, Ilsa, vos no tenés por qué meterte en ningún quilombo. ¿O estás muy desesperada por la guita?- René, con esas últimas palabras, me da pie para actuar y espero hacerlo tan meritoriamente con la “novia” de Wilson. - Yyy…medio jodida estoy. Ya tengo un laburo pero no me alcanza para irme a la mierda. Ya no aguanto vivir acá, boluda, todo es un asco, no me banco la situación en mi casa…- Empiezo a decir, emergiendo de mí una mitómana temporal que espero sea

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creíble. René toma más cerveza y piensa por un segundo, observándome con esa mirada analítica. Finalmente acerca su silla a la mía y se pone muy pegada a mí. - Mirá, me encantaría ayudarte, pero el grupo con el que laburo ya está completo y no puedo meterte a vos, que sos tan pichona, que de pedo sabés lo que es una caravana, a hacer el laburo que hacemos.- Me dice muy amablemente en un murmullo. - ¿Y para qué te acercás tanto si no me vas a decir en qué andás?- Inquiero yo, realmente intrigada por la proxémica de la mina, que en dos patadas me va a sacar la duda sin problema. - Para decirte que lo mío es afanar guita muy jodida de afanar, no esa boludez de hacerle favorcitos a los estudiantes de medicina.- Dice ella seriamente, también en voz apenas audible para mí. - No será tan boludez porque alguien más lo está haciendo y se ha afanado las cenizas del gobernador.- Replico yo en un tono desafiante. No debería reaccionar así, no le voy a sacar nada útil a la mina actuando como una amotinada. René se ríe. ¿Qué carajos? - ¡Ay, sí, me enteré! ¡Qué geniales esos tipos! Imaginate el titular de los próximos días: “recompensa por los restos del gobernador”. ¡Buenísimo!- Exclama la piba de la piel anaranjada, para después seguir riéndose un poco más. - A mí no me parece muy gracioso, se afanaron las cenizas de mi abuela también y mi vieja está destruida. No podés joder así con los muertos de la gente. - Oh, bueno, Ilsa, perdón, si no estuvieras directamente afectada seguro te cagarías de risa conmigo. Igual no podés decirme que no la hicieron re bien esos tipos, la policía no tiene ni puta idea de nada, los guardias seguro que son más cómplices que las arañas…- Expresa René, con un alto grado de razón. De hecho, si mi vieja no estuviera destruida, me estaría cagando de risa hasta de las cenizas de mi abuela por vieja hija de


una gran camionada de putas, pero no, con mi vieja llorándole a los cuatro vientos lo único que me causa todo eso es bronca.- La hicieron tan bien que ni siquiera nosotros, todos los que estamos en alguna, sabemos quién puta lo hizo. O es alguien de otro lado, o es alguien que empezó re bien, pero que de algún lado le sabe las mañas a la cosa.Formula la mina, alejando un poco su silla de la mía.- ¡Qué te parió, ahora me dejás a mí con la intriga! Nos terminamos la cerveza, me cuenta de su laburo clandestino y de su laburo oficial (hace y reparte viandas a domicilio), yo le cuento sobre mi único laburo y tomo nota mental de los pro y los contra de la clandestinidad a la hora de decidir participar o no de ella. Bajamos otro porrón hablando de la seguridad mediocre que hay en esta ciudad y la absurda necesidad de un sistema que nos proteja de nosotros mismos. No tengo más guita pero René se para muy decidida a dejar los envases vacíos y trae otro lleno a la mesa. Esto va a terminar mal, o bien, dependiendo de por dónde se lo mire. Las dos llamadas que no atiendo de Saúl no van a interrumpir el chamuyo de la noche y de hecho no lo hacen; camino al depto de René apago el teléfono y no lo encenderé hasta volver a mi vivienda. El departamento de la mina está a unas pocas cuadras del barsucho, en una parte bastante fea de la ciudad pero cómoda de día al tener todo cerca. En el octavo piso del Edificio Cristal (que de cristalino no tiene nada y de cemento tiene casi todo), atravesando un pasillo angosto de paredes que solían ser blancas y ahora les vendría muy bien una nueva mano de pintura, está el departamento J, donde viven Luisa (que duerme con la puerta de su habitación prudente y afortunadamente cerrada) y René. El living-comedor es pequeño y tiene pocos muebles. En una pared hay una biblioteca ancha llena de libros, discos y películas y en la opuesta está el escritorio con una computadora que tiene un monitor de puta madre (enorme, plano, súper

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tecnológico). La pared que está enfrentada a la puerta tiene una ventana muy amplia con una igualmente amplia persiana americana. Todos los muros son de un tono de celeste muy acogedor, que con el parquet se ve aún mejor. En el centro del living-comedor hay una mesa redonda con una panera llena de paquetes de galletas en el centro y un mantel a cuadros rojos y blancos cubriéndola. La habitación de René me hace acordar a ese mantel al tener uno de sus muros empapelado así, mientras que otro está cubierto por estanterías con adornos de todo tipo, la otra es la de la ventana y la contigua a la puerta es lisa y llanamente blanca. La cama de René tiene un acolchado azul eléctrico que no tardamos en sacar para básicamente hacernos pelota por un par de horas, después de las cuales deberé retornar a mi hogar para conseguir unas horas de sueño antes de volver al anticuario. Sin querer ha sido un día largo y un tanto decepcionante, así que lo mejor que puedo hacer es pensar en nada para prepararme para uno mejor.


XXXI

Este jueves se siente raro, como si el tiempo se hubiese estirado y acortado en diferentes momentos. No puedo definir si viene siendo una semana larga o corta y me siento totalmente desorientada. Cuando uno no sabe qué hacer de su vida, o no puede resolver un solo asunto que repercute en todos los demás, tiende a perder las nociones de lo que sí tenía claro. En esas circunstancias es que envidio al enano, jugando con la pista de bolitas que le regaló Tate, pensando en eso pero magnificado, como si esa pista fuese todo el universo, que de hecho lo es para él. Miro a mi hermano jugar por un buen rato sin que se dé cuenta, después de una aburridísima matina laboral y un almuerzo delicioso (cortesía de mi viejo). Cosme está concentrado en el recorrido de esa lecherita y la velocidad que adquiere en las bajadas. Ahora veo, a escala, lo que ha pasado con mi tiempo, andando por todas esas curvas, en este caso imaginarias. No puedo recordar cómo se me pasaba el tiempo cuando era chica porque, justamente, a esa edad uno no le presta atención a eso. Parece que es la cercanía a la muerte la que nos hace despabilarnos con respecto al reloj y la cuenta regresiva que –para no volvernos tan locos- hacemos al revés. Qué pelotudez enseñarnos de tan chicos una mentira como que la muerte es el antónimo de la vida, cuando es solamente el cachetazo que me está diciendo ahora mismo que le ponga pilas y haga algo mejor con esa colección de días. - Cosme.- Lo llamo finalmente, sacándolo de su universo de bolitas. El enano levanta la vista y sonríe. Me invita a jugar y accedo, sentándome luego al lado suyo en el piso de su habitación para soltar un acerito y ver cómo se desliza por una rampa para

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entrar a un rulo que se asemeja al de las montañas rusas.- Quiero hacer algo más interesante que lo que ya hago.- Le digo al enano. Sé que no es la persona más sabia para consultarle algo tan grande, pero es la que me dará una respuesta totalmente sincera, sin filtros ni dudas.- ¿Vos qué decís que haga? - ¿Más interesante que jugar conmigo? - No, eso es muy interesante, pero digo algo que me dé plata y sea interesante. - Tenés que hacer algo que te guste.- Determina mi hermano girando la perillita que permite un “cambio de riel” en el camino de su canica.- ¿Qué te gusta hacer además de jugar conmigo? - No sé, ese es el problema. Quiero algo que me haga sentir viva. - ¿Te sentís muerta?- Pregunta Cosme con el mejor tono y la mejor cara de extrañeza que he visto en mi vida. Me río con ganas por esa inocencia encantadora y niego con la cabeza.- No entiendo. - Me aburro muy fácil, las cosas que hago no me hacen sentir muchas cosas.- Le aclaro. Él me sigue mirando con expresión confusa y no sé qué más decirle.- Quiero sentirme tan bien como te sentís vos cuando jugás y ganar plata haciendo eso que me haga sentir así de bien. ¿Me entendés?- Ahora sí parece comprenderme y asiente con la cabeza. - ¿Y por qué no fabricás juegos que podás jugar vos? Ganás plata si tenés una fábrica, el papá de Laura tiene una fábrica de fideos y ravioles y lasaña y un montón de esas cosas y tiene mucha plata, tiene una camioneta re grande.- Dice el enano, muy entusiasmado por su solución cuya imposibilidad no ve. No tiene por qué ver algo que es tan ajeno a él y tan lejano a mí. Cualquier otra persona hablaría sobre estas cosas con sus amigos, padres o terapeutas, pero a mí me incomoda exponerme así ante ellos; el enano es la mejor opción no sólo por su espontaneidad, sino también por una memoria


que no retendrá esto que me avergüenza por más tiempo que los próximos cinco o diez minutos (todo depende de cuánto se demora en volver a concentrarse de lleno en su mundo repleto de juegos que no puedo jugar, no como él). - No es tan fácil tener una fábrica y no quiero ser la jefa de nadie, Cosme.- Le explico escuetamente a mi hermano. Parece un poco decepcionado por mi negativa, quizás ya se imaginaba a su hermana mayor siendo la dueña de una fábrica de juguetes. Es el segundo sueño del pibe (el primero sería la fábrica propia, obviamente).- Me voy, che.- Me despido del pequeño. Él me mira como diciendo “¡pero dejaste el juego sin terminar!” y agacha la cabeza para que le dé un beso en la coronilla antes de salir de su habitación. Llamo a Tate para juntarme con ella y contarle lo feliz que ha hecho a un niño con una simple maqueta pero todavía está en la oficina del horno crematorio. Debería preguntarle por las novedades que recorren los pasillos de ese lugar tétrico, quizás por laburar ahí tiene información que un simple mortal no maneja. Ya hablaré con ella a la noche, cuando se desocupe y sólo deba cruzar la calle para tomarnos una cerveza y hacer comentarios ácidos sobre las mil y un cosas del día a día, un día a día cada vez más insoportable. Saúl no me atiende el teléfono (algún día le tocaba a él estar demasiado ocupado con la cabeza entre las piernas de alguien que no fuera yo, imagino), Fabián responde un mensaje diciéndome que está en pleno proceso de aclarar tantos con un pibe que fue a su casa a llorarle una reconciliación y no tengo muchas ganas de ver a los pseudo extranjeros ni a la gallega, a menos que tenga información relevante. Sin embargo, como siempre que uno no quiere hacer algo, eso mismo llega hasta uno inevitablemente y accedo a juntarme con Matilde en un bar más lindo que el de anoche. Cuando llego hasta ahí, ella ya está sentada en una de las mesas de afuera,

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fumándose un cigarrillo y mirando a la gente que pasa por la vereda. ¿Por qué está tan arreglada un jueves al atardecer? Quizás de acá se va a otro lado y pasa de largo hasta una salida nocturna, quizás en menos de cinco minutos me sacará la duda y me llenará de nervios, justo después de saludarnos, justo después de que llegue el primer porrón a la mesa, preguntándome si quiero salir esta noche con ella a una fiesta, sólo ella y yo, haciendo que me cueste un poco tragar ese sorbo en especial. - ¿Por qué querés salir con alguien que te quiso cagar a piñas hace tan poco tiempo? - ¿Eso es un no? - No, o sea… No, no es un no, pero me extraña.- Le digo a la mina, que esta tan putamente rica que me hace difícil el no. - Ah, sos una boluda importante, entonces.- Expresa ella sonriendo ampliamente.Me gustás, Ilsa, por eso quiero salir con vos. Aparte no me podés cagar a piñas, ya vimos que no.- Me delira ella, riéndose brevemente después de hablar. Ahora me doy vergüenza.- Mirá, Il, me siento cómoda con vos sabiendo de mis cosas más turbias y todo, y creo que sería un desperdicio si no salimos una noche las dos tranquilas, sin nuestros amigos como satélites. No te digo que salgamos juntas, nos regalemos cosas, nos digamos el montón de ñoñadas y todo eso. Digo que quiero salir a bailar con vos por ahí y quiero volver con vos a mi casa, medio quemada por la salida, medio llena de pilas para coger por la calentura del baile. ¿Te va?- Pregunta Tilde después de descargar toda esa necesaria y aliviante aclaración. Hago una pausa para pensar la respuesta y viene a mí un episodio que estoy casi segura que incomodará a la piba. - Sí, me va, pero me parece que antes de que eso pase creo que deberías saber algo.Le advierto, levantando un poco las cejas para evaluar la reacción de mi interlocutora. Ella me mira expectante en silencio y se acomoda en la silla. Mierda, qué rica está.Anoche me encontré con René caminando por el centro, tomamos algo porque le quería


preguntar de los afanos de los mausoleos y terminamos cogiendo.- Suelto de golpe y sin anestesia. Ahora ella es la que tiene problemas para tragar la cerveza. Deja de tener el rostro relajado para fruncirse en una expresión de rechazo pero no dice nada por unos segundos. - ¿Y qué te dijo? ¿Sabe algo?- Pronuncia finalmente Matilde, seria, dándole después una última y profunda pitada al cigarrillo. Niego con la cabeza y le cuento lo que me ha dicho su ex conflicto.- ¿Y le creés? - No me queda otra, Matilde, a mí me pareció auténtica su reacción y algo de razón tiene. Si ustedes no saben quién fue, ella puede tampoco saberlo. Ahora tienen competencia jodida ustedes.- Le digo, convencida de que René me ha dicho la verdad en cuanto a su ignorancia por el asunto.- Pará. Hablando de eso, quería preguntarte algo.Me avivo de decirle, recordando la propuesta laboral clandestina que quiero hacerle (hay cosas que es mejor decidirlas rápido, antes de arrepentirse, y justamente estas tan jodidas son de esas cosas). Tomo un sorbo de cerveza y la encaro.- ¿Puedo volver a salir con ustedes en el próximo laburo? - ¿Vos querés trabajar con nosotros o lo harías de curiosa? - Laburar. - Lo tengo que hablar con los pibes.- Me responde Matilde. Luego se queda pensativa y yo sigo bebiendo.- Igual por estos pelotudos de los mausoleos vamos a tener que esperar un tiempo que no sé qué tan largo será y vamos a tener que viajar a laburar en otro lado mientras tanto. ¿Vos estás dispuesta a viajar por un par de meses a otro lado?- Me pregunta ella, afortunadamente menos airada por mi polvo de anoche, poniéndose casi profesional. No había considerado el factor viaje, menos aún viaje por más de un fin de semana. Me quedo callada, reflexionando mis posibilidades y lo que me conviene. O muero lentamente de aburrimiento con el laburo seguro y legal del

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anticuario sin mudarme a ningún lugar, o le pongo a mi vida las pilas que necesita renunciando a todo por un par de meses.- Mirá, Ilsa, nos iríamos en verano, igual; tenemos que seguir con nuestros laburos oficiales hasta que termine el año, así que tenés tiempo para pensarlo. Por lo pronto podés seguir con tu vida común y corriente, dentro de la ley y toda la bola. Ahora lo que tenés que pensar es en si vas a salir conmigo esta noche. - Tengo que cambiarme.- Sonrío yo, más tranquila por tener un tiempo para considerar mis opciones. Estoy hecha un escracho, debería bañarme y ponerme mínimamente digna como para que Matilde no sea el único factor de calentura de este dúo efímero. Terminamos la cerveza y la mina me acompaña a mi casa para que me cambie y saque dinero como para cenar algo por ahí. Espera en mi cama a que me duche y me vista (no me voy a romper mucho la cabeza y ella parece notarlo, así que me ahorra el trabajo de pensar qué ponerme y me deja la ropa sobre la cama) para demorar la salida desvistiéndome y devorándome deliciosamente. Luego, satisfechas, nos vamos a una chatarrería a desafiar a nuestros hígados con comida de porquería. Es una buena noche. Bailamos en una maricoteca los temas que nos causan gracia y tomamos y nos comemos durante las canciones que odiamos. Hablamos estupideces en cantidades industriales, nos ponemos serias para hablar de sexualidades, nos cagamos de risa de absolutamente todo lo que acabamos de decir y seguimos bailando hasta que no soportamos más mirarnos con tantas ganas y terminamos en la casa de Tilde, felizmente deshechas. No debo dejar que el amanecer me encuentre todavía en su cama, así que antes de quedarme profundamente dormida me despabilo y me voy ahorrándome una despedida casi cariñosa, aunque creo que la piba también quiere salvarse de cualquier babosería, afortunadamente. Me visto como puedo, camino como puedo hasta el taxi que me ha


llamado ella cortésmente y duermo un par de horas también como puedo hasta tener que desayunar a las apuradas para ir al anticuario (debo dejar de dormir en casas ajenas durante la semana, debo repetirme esto como un mantra). Esta mañana me da la sensación que trae consigo algo que no esperaba saber, pero –como todo conocimientoa veces soy bastante reticente a darle la bienvenida, aunque después me alegre de haberlo hecho.

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XXXII

Mi jefe está particularmente pajero hoy, así que se pasa la mañana sentado en el sillón de su despacho, al fondo del local, leyendo algún libro autobiográfico de un personaje nefasto, seguramente. Por suerte para mí, las ventas hoy no están en su pico de actividad, no hay entradas nuevas para inventariar ni trámites que hacer. Es esa época del mes en que reina un poco de paz mezclada con otro tanto de sopor y la medida justa de la espera de la tormenta a continuación. Justamente es eso mismo lo que entra por la puerta del local a media mañana, cuando estoy a punto de ir a comprarle algo para comer al viejo, y viene con cara conocida. - ¡Mequetrefe!- Lo saludo, entre sorprendida y disgustada.- Sabés que no me podés visitar acá porque me sacan cagando si traigo visitas.- Continúo, bajando un poco la voz. Agradezco que tengo que salir para poder hablar un poco con Saúl, que porta una cara de felicidad culposa del tamaño de Taj Mahal.- Acompañame a comprar la media mañana y ahí hablamos.- Le digo, sin dejarlo hablar. Él no cambia la expresión y se limita a asentir con la cabeza y a acompañarme al café de la vuelta. - Tengo algo muy importante que proponerte.- Me dice Saúl.- Pero primero te tengo que confesar algo que por ahí no te guste mucho.- Prosigue. Sólo puedo pensar una cosa y sé que tengo razón en pensarla. Sólo puedo hacer una cosa y eso es empezar a golpearlo en el brazo con todas mis fuerzas y putearlo en el proceso. - ¡Sos un hijo de puta, Saúl! ¡Sos tremendo culiado! ¿Sabés cómo está mi vieja? ¡Está hecha pija! ¿Por qué mierda tuviste que afanar justo las cenizas de mi abuela, cabrón? ¡Te hubieras afanado otras, pero las de mi abuela no, pelotudo, las de mi abuela


no! - ¡Pará, nena, pará! ¡Yo no fui! - ¿Y quién fue, tarado? ¿Quién más iba a mandarse una así? - Dejame que te explique, Ilsa, pará un poco.- Me frena finalmente Saúl. Se ha bancado como un rey una variedad inusitada de golpes en sus brazos y en su torso, y ahora me sostiene las manos sin esfuerzo. Para él mis puñetazos deben ser zumbidos de mosca.- No hice la movida solo, la hice con un par de pibes de las peleas y Tate nos ayudó a localizar las cenizas del gobernador.- Me cuenta seria y cautelosamente, haciéndome sentir afuera del mundo por un ratito, como una boluda que no se entera de las cosas a menos que se las cuenten mil años después. Tate no me había dicho nada, Saúl tampoco. Una mierda todo, una mierda todos.- Tate no sabe lo de tu abuela y yo me enteré después, porque con los pibes nos dividimos en el cementerio. El primo de uno de ellos es sereno y nos hizo el aguante, pero para que nos rindiera el tiempo tuvimos que separarnos. No sé cuál de ellos se afanó las cenizas de tu abuela, pero yo las tengo. - Las vas a devolver, culiado. - No puedo, Ilsa. ¿Cómo querés que las devuelva? Ya nos colamos algunas y a las otras las metimos a todas en una sola bolsa. Los pibes querían vender las urnas pero yo me rescaté la de tu abuela. - ¡Ah, pero si son bien chotos!- Grito yo antes de entrar al café. Algunos de los clientes me miran extrañados y decido bajar la voz después de pedir la media mañana del viejo.- ¿Por qué no te rescataste la urna de mi abuela antes de mezclar las cenizas con las otras, pelotudito? - Porque ya estábamos en el medio del viaje cuando lo hicimos, pero igual no fui yo el que metió todo a la bolsa. Me avivé tarde, Ilsa, perdón. Igual se puede arreglar…

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- ¿Cómo? ¿Metiendo todas las cenizas en la urna de mi abuela y dejándola de vuelta en el mausoleo? ¿A vos te pagan por ser boludo? - No, tarada, y posta te digo que bajés un cambio porque no me está pintando que me hablés así por tanto tiempo. Callate y escuchame. Lo que vamos a hacer con los pibes es rellenar algunas de las urnas, no todas porque a algunas las quieren vender, y devolverlas. La yuta se va a volver loca.- Termina la frase con un súmmum de entusiasmo, ya sin reprimirse por la culpa.- Los vamos a dejar muy en ridículo. - ¿Y qué van a meter? ¿Ceniza de asado?- Pregunto burlonamente. Recibo la media mañana del viejo facho, pago y salimos mientras Saúl me explica que ya tienen acumulada suficiente ceniza de varias cosas para reemplazar a los muertos.- Claro, si total no importa el contenido.- Le digo en un tono soez. - ¡Y no, boluda!- Responde el salame como si fuera la mayor obviedad del mundo. En eso tiene razón, y sabe que la policía no le va a hacer ningún estudio a los restos para averiguar si realmente son de humanos o de qué sorchos, así como tampoco las familias de los difuntos van a requerir esa información por simplemente estar aliviadas de tener otra vez en sus mausoleos a quienes vivieron entre ellos antes de caber en esas urnas. - ¿Y las urnas que no devuelvan? - ¿A vos te importa eso realmente? - No, la verdad que no, pero igual van a haber hecho mierda a mucha gente por un jueguito choto con la policía. - Tomalo como una crítica a un sistema de seguridad que es excesivamente ineficiente y a la turbiedad de absolutamente todo. No es un jueguito choto. A mucha gente le hace falta un cachetazo así para darse cuenta de las cosas.- Se justifica Saúl, completa e excepcionalmente serio. - ¿Pero vos que querés? ¿Qué refuercen la seguridad? ¿Qué haya policías hasta en


los cementerios? Porque eso van a lograr con esta “crítica” - Eso no va a pasar, Ilsa, y si pasa no va a durar. Si en el único lugar donde ponen más policías es en los barrios chetos, en los cajeros automáticos y en las canchas cuando hay algún partido. Los cómplices van a seguir en la misma, la yuta también, pero la gente común y corriente va a estar un poquito m��s despierta, ¿no te parece? - No.- Contesto de manera rotunda y cortante.- La gente es bastante boluda. Van a haber hecho todo al pedo. Capaz que hacés pensar a un par de tontos, pero no les va a durar mucho el mensaje. - ¡Bueno, entonces para eso no devolvemos una mierda y listo, Il! - Sí, a la de mi abuela la devuelven, carajo. - Claro, y toda tu familia se come el garrón de un montón de interrogatorios de por qué apareció solamente esa urna y no las otras. ¿No es a vos que te pagan por ser boluda?- Habla Saúl. Parece que las cenizas le han dado un poco de lucidez, o siempre se hizo el tarado y nunca lo fue. No dice nada más que una despedida breve y se va cuando tengo que entrar al anticuario, dejándome pensativa. El salamín iba a arreglar las cosas lo mejor posible pero sin renunciar a su nuevo vicio. ¡Pará pará pará! ¿Será un nuevo vicio? El pibe estaba muy interesado en las cenizas del asado en aquel minicampamento y me había preguntado un par de veces si a mi abuela la iban a cremar. ¿Se debía a eso su curiosidad? Tengo el resto de la mañana para enroscarme con eso y en cómo Tate escondió tan bien su complicidad con Saúl, sintiéndome un poquito, poquiiiiito, traicionada. A veces me dan ganas de cremarle la pija, y ahora a Tate las tetas. No sé desde cuándo Saúl se había querido meter cenizas en la nariz, ni por qué ni para qué. No sé cómo será el viaje, si será como él se lo imaginaba o no, si dolerá tanto, más o menos que las cenizas del campamento, si las de muerto dejarán gusto a mierda.

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Sólo sé que tengo que volver a hablar con el mequetrefe para que me aclare esas dudas y me diga cuál era esa propuesta tan importante que tenía para hacerme.


XXXIII

Termina el horario laboral y les aviso a mis viejos que no almorzaré en casa hoy. No quiero esperar ni una hora más para sacarme de encima tantos signos de pregunta, así que llamo a Saúl y nos juntamos en una chatarrería del centro a llenarnos la panza justamente de eso, comida chatarra, y a seguir con el tema de la mañana. Desde que hizo una lista, hace aproximadamente un año, que había querido probar todo tipo de cenizas. Lo había hecho, pero quería llevarlo más allá, al extremo de la ilegalidad y el morbo, a un estado mental incierto y atemorizante. Quería saber si podía de alguna forma pegarse un viaje casi existencial por estar colándose los restos de alguien, no de algo. Saúl me cuenta que no se arrepiente de haber experimentado ese viaje hace tan poco tiempo, aunque desearía haberlo hecho antes. La idea le terminó de cerrar gracias a caravanear un par de veces con los pseudo extranjeros y la gallega, cuando le perdió el miedo a la clandestinidad y a los cementerios, cuando sintió el riesgo inminente y la muerte tan cercana pero tan ajena a la vez. El salame dice que sabe horrible pero eso no es problema porque después de colarse las cenizas come o toma algo y listo. Duele como la mierda, pero no puede definir si es la misma intensidad de las del campamento, mayor o menor, sólo sabe que cuando el malestar pasa, la sensación posterior es la más increíble de todas, como volver a nacer o como haberse salvado de la muerte. - ¿Querés probar? No dura tanto el malestar si te metés poquita, y tenés la sensación posterior igual de intensa, pero también cortita. Es directamente proporcional.- Me dice Saúl, más que entusiasmado con toda su explicación y por todo mi interés. Sobre la

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mesa ha puesto una bolsita que simula contener bijouterie. Dudo. Luego. Primero la propuesta.- Bueno, te explico la propuesta entonces. Tate nos va a proporcionar la información de dónde estarán las urnas que se despachan desde el horno crematorio, pero no siempre voy a poder contar con la ayuda de los pibes de las peleas. Es más, por ahora no quieren saber nada de meterse otra vez a los cementerios, así que voy a necesitar tu ayuda para arreglar el quilombito… - Ni en pedo. Vos la cagaste, vos la arreglás.- Lo interrumpo yo decididamente, jugueteando con la bolsita. Saúl se encoge de hombros, resignado. - OK. Igual, de ahora en adelante la idea es sólo sacar las cenizas, reemplazarlas por otras y dejar todo como estaba, si se puede.- Sigue explicando el pibe, llevándose a la boca una papa frita que tiene el largo de su cara. Lo miro como diciendo “me estás cargando” y vuelve a atajarse.- La idea es afanar urnas que sean fáciles de afanar. Las que están en mausoleos, suponete, porque yo ya aprendí a hacer ganzúas para abrir las puertas, y si no tenemos al primo del chabón de las peleas, que a cambio de una buena dosis nos deja las llaves o nos deja hacer todo tranquilos. A ese tipo ya lo tenemos re enganchado. - Pará, Saúl, que igual no se gana nada con esto… - Vale la pena el esfuerzo por ese viaje, nena, vos no sabés lo que es. Aparte con un afano tenés para rato. Andá al baño con la gaseosa, probá y dejate de joder. - No puedo ahora, boludo, tengo que atinar en mi casa. ¿Por qué no me dijeron nada ni vos ni Tate?- Me niego y le pregunto, un poco indignada ante la última duda que me quedaba. Su rostro vuelve a adoptar el semblante culposo y vuelve a hablar cuando termina de masticar. - Perdón, Il. No sabíamos cómo ibas a reaccionar y no nos animamos a encararte hasta ahora, que ya no nos aguantamos más…


- Y que necesitan mi ayuda.- Lo corto yo severamente. - No, no es por eso, es porque queremos que estés en esta caravana con nosotros. Tate lo va a invitar a Fab mañana. No sé, Ilsa, a mí me parece copado que los cuatro estemos juntos en esta. Como que ya me cansé de hacer siempre lo mismo y está bueno que le sumemos más viajes al grupo. No sé qué pensás vos. - Mirá, Saúl, capaz que está buenísimo el viaje y toda la bola, pero yo lo que necesito, además de buenos viajes, es guita. Matilde me dijo que puedo unirme a su caravana… - Sí, pero no ganarías un pedo.- Me interrumpe el pibe soberbiamente.- Ya sé cómo es la volada con eso. Los pibes se van a ir a otro lado como por uno o dos meses, se van a gastar los ahorros en mantenerse en otro lado y van a juntar la misma guita que juntarías si te quedaras laburando en el anticuario, y eso si es que tienen ahorros y no tienen que buscarse de urgencia un laburo donde sea que vayan como para tener dónde quedarse…A menos que tengan un lugar, cosa que Matilde te hubiera dicho, ¿no? Es como irse de vacaciones a afanar muertos. - Ustedes tampoco me van a dar plata y no creo que puedan vender esas urnas tus amigos.- Le advierto, ya empezando a evaluar a qué caravana unirme, dejando completamente de lado la opción de no arriesgar el culo y quedarme tranquila laburando para el facho, disfrutando un mes de vacaciones en la tranquilidad/embole de mi casa, mientras la poca gente con la que me llevo bien se dedica a irse por ahí a lidiar con fiambres para beneficio personal de distinta índole.- Dejame que piense un poco, porque por más que esté buenísimo el viaje, voy a necesitar ver si me conviene pegármelo o pagarme unas vacaciones que voy a tomar más como entrenamiento para después laburar bien el choreo, ya sea de polvitos mágicos del más allá, ya sea de cuerpitos putrefactos. Por ahora necesito tener el estómago para digerir el almuerzo y la cabeza

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despejada a la tarde, así que me llevo la bolsita a mi casa y esta noche la pruebo. ¿Te parece? - Me parece.- Afirma Saúl, dejándome en paz por el resto del tiempo que pasamos ahí, que no son más de cinco minutos. Comemos y miramos a la gente que pasa por la vereda. Pienso en toda esa materia prima y deliro sobre un futuro en que se ha “popularizado” esnifarse a los difuntos, generando un negocio clandestino millonario. Saúl sería el capo de todos los necronarcos, qué espanto, mejor dejo de pensar boludeces. Finiquitamos la comida, guardo la bolsita en mi mochila y vuelvo a mi casa, un tanto extrañada porque el salame no me ha invitado a coger, cosa que hace siempre que nos juntamos solamente los dos. Debe haberle pegado fuerte el viajecito del más allá para no enfocarse en otra cosa que no sea eso, o debe estar hasta las manos con algo, que bien podría ser eso también. Tendrá que devanarse los sesos un poco para ver cómo devolver las urnas sin ser pillado.


XXXIV

La siesta está infernal y decido dormir una hora en el sillón más fresco de toda la casa, justo adonde apunta el aire acondicionado. El problema es que mi familia entera parece conspirar contra mi sueño con el televisor vomitando noticias a un volumen desagradable, el enano está monologando no sé qué delirio de alguno de sus personajes hechos de ladrillitos y algún hijo de puta no se cansa de marcar mal un número, comunicándose con mi madre, que ya bastante idiota está por su vida como para que venga un nabo a repetirle cinco veces en una hora: “¿Está Norma?”. Hay gente que merece morir y otra que ni siquiera eso merece. Más tarde decido hacer acto de presencia en la facultad para inscribirme a rendir libre un par de materias que he estado pispeando por momentos, estudiando por otros. El clima no me acompaña, pero no lo hará hasta que llegue el otoño y no puedo esperar todo ese tiempo para sacarme de encima esos yunques de conocimiento, así que me pongo fresca y cómoda, y emprendo el viaje en colectivo hacia ese centro de la chantada masiva (debería decir “centro de estudios”, pero ya sabemos que así no funciona). Los auriculares hacen de la travesía un momento llevadero a pesar del hacinamiento de los pasajeros, los olores veraniegos y las ventanillas que sólo permiten ingresar aire caliente al interior del vehículo. Escucho Tales from Topographic Oceans de Yes (sólo alcanzo a disfrutar los veinte minutos del primer tema) como para no pensar en nada, pero pronto llego al edificio de la inminente juventud adulta de formación universitaria y debo prestarle atención a la gente, ya que por no sé qué congreso que no me compete se ha llenado de ñoños que parecen moscas atontadas por el calor y realmente odiaría

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chocarlos. Subo las escaleras, que están pobladas de pibes que han sobrevivido a su primer año de algo que quizás los lleve a la tumba en tercero, doblo a la derecha y entro al departamento de alumnos, que está pacíficamente vacío (es el mejor horario para no encontrarme con nadie conocido, la gente suele aparecer por ahí a la mañana, cuando se puede respirar). Un solo tipo está echado sobre su extremadamente cómoda silla de administración pública, leyendo una revista de divulgación científica (sólo por eso me cae bien), el resto del personal parece haberse ido a tomar un helado o a disfrutar del aire acondicionado del buffet. No demoro mucho en inscribirme y opto por seguir el ejemplo del resto de los del departamento: helado en el buffet. No suena mal, pero quizás no es una buena idea considerando que ya ha empezado el cursillo de ingreso y el lugar está lleno de pibes recién salidos de la secundaria, algunos viajados que recién ahora se metieron a estudiar una carrera pesada y unos cuantos que no veré nunca más en este edificio. Afortunadamente no hay mucha gente comprando (todos ya tienen su gaseosa de litro en su mesa, con infinita variedad de alimentos para acompañarla). Pobres, no entiendo por qué no hacen el cursillo a la mañana. No dije nada, a la mañana vendrían puras lagañas, no personas. - ¡Hey!- Me dice alguien desde atrás sumamente sorprendida, mientras recibo el vuelto de mi helado. Me doy vuelta y está la gallega. ¿Pero qué carajos? - ¿Qué hacés acá?- Le pregunto, estupefacta. - Voy a estudiar biología.- Me informa ella muy contenta. Muy. - ¿Vos me estás siguiendo a mí?- Ante esta última pregunta casi chiste, Matilde sólo se ríe y se acomoda para comprar algo. Elige dos botellitas de soda y un paquete de galletas rellenas de frutilla. Asumo que la segunda botella es para mí y acierto, ya que la


mina me invita por gestos a sentarme con ella en las escaleras de afuera del buffet. No hay suficiente espacio para disfrutar del aire acondicionado con tanto protoadulto deambulando allá adentro, según ella. - Los estudiantes de biología son nuestro nuevo target.- Me explica ella, entusiasmada, mientras abre el paquete de galletas prolijamente con la cinta roja.- Los de medicina van a seguir encargándonos laburos, pero dicen que los de biología, por lo menos acá, también necesitan cuerpos o partes de cuerpos. Tengo que confirmar eso, no le creo mucho a René.- Ante esta última frase, mis ojos quedan como platos.- Sí, me llamó y nos juntamos, estuvimos hablando. Sí, hablamos de vos, pero con respecto a las caravanas, no te sintás tan importante. Hablando de eso. ¿Qué vas a hacer?- Mierda, Matilde me acaba de hacer la pregunta del millón. Yo no sé qué decirle, así que me encojo de hombros y dejo que siga hablando.- Mirá, Ilsa, en Enero nos vamos todo el mes a otro lado porque tenemos que dejar descansar a este lugar y también nosotros tenemos que darnos un respiro de esta geografía. Tenemos algunos laburos ya resueltos, pero son pocos por la época del año, así que no es mucha guita… - Sería como irme de vacaciones a afanar muertos.- Repito las palabras que había dicho Saúl más temprano.- No sé si me pinta ir a gastar más plata de la que voy a ganar. - Yo no lo pensaría así.- Me dice Matilde sin perder la alegría.- Yo que vos pensaría lo siguiente: me voy a un lugar un poco más fresco que este, donde no conozco a nadie, con un par de conocidos y la mina que es adicta a mi coño, descanso del laburo de mierda, de la facultad y adquiero experiencia en un laburo que es un viaje.- Habla ella, tentándome un poco con su adicción.- Los gastos estarían repartidos entre cuatro, así que no sería tanta guita la que se te va, y con la plata que ganemos con el par de laburos que ya tenemos pendientes, se amortiza todavía más la cuestión. ¿Qué tal? - Es una buena opción.

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- ¡Es una excelente opción! ¿Cuál es tu otro plan? ¿Te vas con tus viejos al mar o algo así? - Sí, puede que sí, todavía no me han dicho nada, pero es una posibilidad.- Le respondo. No había tenido en cuenta esa idea, aunque la caravana de Saúl o la de Matilde me sonaban mejor que la pachorra playera familiar.- O podría encontrarme un laburo de temporada y seguir juntando guita para irme a la mierda. En pocos meses me recibo y debería ir viendo dónde deposito mi culito adulto.- Expreso, dubitativa, para después chupar el helado que me chorrea por la mano. Matilde parece decepcionada por mi cagazo o por mi estatismo; quizás se ilusionó con mi participación en sus cuasi vacaciones. Toma soda y mira a la gente que transita por la escalera, silenciosa, esperando a que diga algo más o dándome tiempo para pensar mejor las cosas.- ¿A qué hora entrás a cursar otra vez?- Le pregunto. Ella adivina mis intenciones y me dice que ya nomás, que la espere en su casa, y me da las llaves. Exceso de confianza y yo que soy una boluda que sigue posponiendo la experiencia nasal de la ceniza, pero por lo menos ahora es por una buena razón.


XXXV

Una hora después nos desarmamos en la cama y le devuelvo el gesto de excesiva confianza ofreciéndole compartir el viaje de la bolsita que me ha dado Saúl. No reacciona muy bien ante eso y su rostro va empeorando a medida que le cuento lo que me contó el mequetrefe. Concuerda en que es un pelotudo y un cabrón por lo de mi abuela, pero igualmente le da curiosidad el viajecito y parece sorprendida por la lucidez del pibe para realizar la maniobra de las urnas. - Es que es al pedo. Para que te salgan las cosas no tenés que ser la gran cosa, tenés que tener los contactos adecuados.- Dice ella, evaluando el contenido de la bolsita, que acaba de peinar sobre su mesita de luz. Saúl tenía razón: no era mucho, pero era una muestra, y -como toda muestra- debía ser breve. - ¿Vas vos primera?- Le pregunto, un poco nerviosa por saber que ese poquito de muerto me va a patear el cuerpo para volver a nacer. Qué versión más patética de Ave Fénix seremos. Matilde me responde colándose su línea y la reacción es inmediata e idéntica a la del salame cuando se metió la ceniza del campamento: ojos llorosos, nariz sostenida con ambas manos, chorreando levemente ese líquido molesto cual mañana “inviernal”, puteadas a los cuatro vientos por el dolor punzante y el sabor a mierda. Ahora me toca a mí, la anti-fanática de meterse cosas por la nariz. Al carajo, tengo que probarlo si quiero saber qué voy a hacer con mi vida en los próximos meses. Ahí voy, todo de un solo saque, como corresponde, en un solo sonido seco y corto, en un recorrido fugaz por el vidrio de la mesita de luz. Lo primero es el dolor, agudo y puntual en el tabique, que después se expande como si fuera una plaga sobre el cerebro. La

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cabeza pide pichicata urgente, cualquier cosa que haga cesar esa sensación que se debate entre dolor y molestia pastosa. Esto no tiene nada que ver con nada que me haya metido ni que me pueda meter, esto es grueso y sabe peor que el olor de un muerto. Matilde está pálida y corre al baño a vomitar, yo la sigo, pero el gusto a mierda sólo se convierte en gusto a vómito y el panorama no mejora. Me lloran los ojos y la nariz y sólo pienso en acostarme y dormir para despertar sin dolor y con gusto a nada. Debería haber recordado lo que me dijo Saúl y haber reservado algún alimento para después del saque. Ya el dolor y esa densa molestia se han esparcido hacia la nuca, hacia ese punto preciso en que querés morirte, que sentís que no hay otra solución posible a la presión que cala hondo entre las vértebras cervicales. Sería lo mejor morir ahora, que no puedo prestarle atención a nada, ni siquiera a que acabo de meterme a la ducha y de abrir el agua fría para ver si mi cuerpo reacciona ante algún estímulo externo, si se distrae con el frío líquido para dejar de tener incrustada en la mente la pulsión de muerte. Matilde me arrastra hasta la cama, empapada y helada, y nos quedamos hechas un ovillo por unos minutos, que cuando queremos acordar son menos de quince y ya empezamos a sentir la calidez del día. Se pasan los dolores, el cuerpo se siente limpio, limpio de absolutamente todo, como si nunca me hubiera pasado nada malo y como si no pudiera pasarme jamás en la vida. Saúl tenía razón: nunca sentí tanta vitalidad contenida en mí, fulgurando desde adentro y saliendo de mí en forma de sonrisa de oreja a oreja. Hay olor a lavandina mezclado con plastilina y galletitas dulces, como el aroma de jardín de infantes; hay olor a golosinas que ya no existen, a tostadas al atardecer, al perfume de la maestra de cuarto grado; hay olor a cigarrillo con perfume de mina cheta, trago dulce, campo amanecido y oxígeno, todo junto. Los colores son hermosos, tan putamente como nunca me fijé que eran. El acolchado y Matilde son lo más suave que he tocado en mi corta


existencia y me refriego gustosa contra su cuerpo, como remoloneando esos cinco minutos extra de la rutina, como cuando pongo el despertador un domingo y caigo en la cuenta que no debo levantarme, que puedo dormir hasta el mediodía sin culpa. Matilde se acomoda quedando cara a cara conmigo, con los ojos muy abiertos y la misma expresión de felicidad que debo tener yo ahora mismo. No puede o no quiere hablar, pero se nota que le están pasando mil cosas por la cabeza. A mí también, pero no sé qué cosas son, se arremolinan demasiado rápido y se siente bien no enfocarse en ninguna, se siente bien saber que tengo todo el tiempo del mundo para disfrutar de ordenar todos esos pensamientos que pasan como por una autopista y quedan repentinamente flotando, esperando ser distribuidos en mi cabeza paulatinamente por categorías y por prioridades. Quizás este sea el momento de decidir qué haré, ahora que tengo la mente tan llena pero también tan despejada. Tilde seguramente pensó que este era el mejor momento para coger o simplemente para besarme, porque lo hace y me llena de escalofríos con su tacto, con cada detalle de su boca, con su lengua amoldándose a la mía, sus manos agarrándome la cintura con una firme delicadeza, sus labios acoplándose a los míos. Qué beso, hija de puta, qué pedazo de beso. - ¿Vas a venir conmigo?- Me pregunta, separándose finalmente de mí, dejándome con ganas de más. Por su tono de voz puedo intuir que se trata más bien de un pedido que de una duda o una invitación. Su vulnerabilidad no me gusta, pero estoy en la misma. Guardo silencio y ella lo comprende.- Tenés tiempo para pensarlo, igual, pero la verdad es que me gustaría mucho que vinieras.- Dicho eso, se para y sale de la habitación para volver con dos vasos de jugo de manzana bien frío. Si va a ser así de encantadora y tenemos suficiente ceniza para viajarnos de esa manera, voy adonde sea con ella, pero primero debo tramitar el tema de la materia prima. Nos contamos nuestro viaje particular y ha sido bastante similar, sólo que las

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sensaciones posteriores han sido distintas; ella no ha olido lo que yo he olido, pero sí ha tenido percepciones agradables que la han hecho sentir más viva que nunca y le han recordado a las cosas que más le gustan (cosas que no me contará ahora, sino más adelante, si viajo con ella; linda manera de sobornar tiene). Después vuelvo a mi casa, ya quiero sentir mi propia cama y mirar el techo al tiempo que me lleno de golosinas y recuerdo placenteramente ese anti-bajón de Ave Fénix. Si empezase a venderse clandestinamente como droga, ese sería un buen nombre para los cadáveres cremados.


XXXVI

Camino a casa me llama Tate. Quiere verme, pedirme disculpas y charlar un rato con unos buenos porrones de por medio. Mi cuerpo necesita un poco de casa familiar, pero me detengo en la suya un rato, su tono de voz blando me ha llegado, quizás porque sigo hipersensible a todo por ese bajón no tan bajón. Aceptadas las disculpas y notificada de que Fabián no se prende ni por puta en la caravana cenicienta, bajada ya la primera birra, esperamos a que llegue Saúl para que nos cuente su gran plan para devolver las urnas, pero el salame no aparece y yo ya me quiero acostar en mi cama a enfocarme en esa decisión que repentinamente me parece estúpida. Es sólo un mes de mi vida, sólo las vacaciones, después –haga lo que hagadebo volver para recibirme y seguir laburando. ¿Por qué me importa si me meto cenizas todo el mes o si afano cadáveres por unos mangos en algún lugar que no es justamente donde vivo? Soy una imbécil, no tengo por qué elegir. Bien puedo irme al carajo un mes con Wilson, Joaquín y Matilde, para después volver a colarme ese lindo viaje a la vuelta, entre días de laburo y estudio o simplemente los fines de semana. Igualmente, antes de irme a cualquier lugar, voy a ayudarle al salame y a Tate a devolver las urnas, quiero asegurarme de que realmente lo hacen y no lo dicen sólo para dejarme tranquila. Me despido de Tate después de terminarme el cigarrillo y llego a mi casa a hundirme en mi cama. No sé en qué momento me quedo dormida, pero nada interrumpe un sueño profundo hasta la madrugada, en que suena mi teléfono por una llamada de Saúl. El mequetrefe tiene todo ya armado para accionar y ya ha hecho la mitad del trabajo, sólo le faltan un par de urnas, entre ellas la de mi abuela, que es la que dejará que yo meta en

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el mausoleo familiar. Mierda, qué momento. No necesito vestirme, salgo con lo puesto, el teléfono en un bolsillo, las llaves de mi casa en el otro. Extrañamente, frente a mi casa, en la de Tate, está ella sentada en el asiento trasero de la estanciera. Allí, obviamente, también están Wilson, Joaquín y Matilde, esperándome. ¿En qué momento se prendieron a la caravana del adorable idiota? Seguramente la gallega les contó a los otros dos sobre el viaje y quisieron probar. - Los vamos a ayudar con los trámites de las cenizas si nos convidan un poco.Ratifica mis hipótesis Joaquín, con una amplia sonrisa en el rostro. - ¿Se van a prender a la caravana cenicienta?- Le pregunto altivamente. - No, eso no, ya suficiente tenemos con la nuestra, pero si nos gusta lo que nos dan, capaz que les podemos comprar un poco.- Me responde él, dejándome tranquila no sé por qué. Esta vez maneja Wilson y el otro pibe está sentado a su lado, dado vuelta en el asiento para hablarme de frente. Una vez que termina de hablar y al ver que no le digo nada más, se da vuelta y mira el camino al cementerio de la ciudad, actualmente circundado por una patrulla que pasa muy despacio por su fachada. Wilson da unas vueltas por el barrio aledaño y finalmente estaciona en una casa que está en alquiler, sobre cuya vereda está sentado Saúl con una mochila a su lado. Se me revuelve la panza de sólo pensar que eso que me hizo sentir tan mal y luego tan bien fueron los restos de la vieja culiada que solía ser mi abuela y que adentro de esa mochila está la urna con cenizas de asado que debo retornar al mausoleo familiar. Qué mal nos hacen sentir los muertos…y qué vivos también. Nos bajamos todos menos Wilson. Joaquín se acomoda un bolso en el hombro y sale del vehículo después de Tate, Matilde y yo. Abre el cierre y le entrega un bate de béisbol a Tilde, una macana a Tate (vaya uno a saber cómo consiguió eso) y una picana a mí,


mientras él le saca el seguro a la pistola. ¿De dónde mierda sacó todo eso y para qué tanta preparación? Miedo, miedo y frío en la noche calurosa. Saúl me saluda escuetamente y me entrega la mochila, que me pongo con cierto cuidado. Él me acompañará hasta el mausoleo y los demás harán guardia en los alrededores para que no nos agarren. Matilde ha sacado del bolso de Joaquín una llave extrañísima. Debe ser una llave maestra para candados. Después que pase todo esto debo preguntarle a esta gente de dónde saca tantas huevadas. Ciertamente con la misma llave abre el candado de la enorme cadena y el del portón del costado del cementerio, ahí por donde se entra al sector judío. ¿Todas las necrópolis tienen este sector aparte? Una estrella de David que cubre todo el alto del paredón nos indica que estamos ahí, en “la parte aparte” a la cual poco sentido le encuentro. Nos viene bien para no ser oídos ni vistos por los guardias, que deben estar en las oficinas, bien adelante, viendo televisión muy entretenidos, cenando. De noche este lugar tan tétrico da tanta paz que mete miedo, y los nervios que me cargo en la espalda y en el resto del cuerpo no colaboran en agilizar el trabajo. Saúl me tiene que indicar dónde está el mausoleo de la familia de mi propia madre y caminamos sigilosos, mirando hacia los costados, mientras el resto del grupo se dispersa, acercándose a las oficinas. Una vez ahí, frente a esas paredes de mármol negro a las cuales les faltan algunas placas y frente al espacio vacío donde debería haber una grande y hermosa placa de bronce con el apellido familiar, el mequetrefe saca la llave que abrirá la puerta del eterno descanso de todos esos parientes difuntos y casi desconocidos para que pueda meter la urna de mi abuela justo sobre ese plinto también marmolado que está al fondo. Camino temblorosa hasta ahí, dejo la mochila en el suelo, la abro, saco la urna y

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siento una tristeza que me supera. No es por la vieja chota ni por los muertos que tengo a los costados, en ataúdes perfectamente sellados pero que igualmente manan un tufo atroz, sino porque ese lugar, que se suponía bello para los vivos que lo estaban pagando para que así fuera (aunque no le encuentro sentido a eso ni belleza al mármol negro con placas de bronce), estaba totalmente arruinado, abandonado y estafado. Los tipos a quienes mi vieja les pagaba para cuidarlo eran los mismos que arrancaban los decorados metálicos. A eso ya lo sabía, es algo de público conocimiento, pero ser testigo de lo que uno sabe de antemano puede ser tan duro como si fuera una sorpresa. - Ilsa, nos tenemos que ir.- Me dice Saúl en un susurro nervioso. Me pongo la mochila, me limpio las lágrimas silenciosas, despidiéndome sin querer con cierto afecto de todos esos difuntos casi ajenos, y salgo de ahí con pasos largos para que el salamín alcance a cerrar con llave. No llega a hacerlo cuando escuchamos las corridas. El pibe se apura a dejar todo en orden y me agarra la mano para que salgamos volando de ahí. Frente a nosotros pasa Matilde seguida por los dos guardias de la necrópolis y un mierdoso impulso me lleva a correr atrás de los tipos, haciendo que Saúl me siga. Matilde dobla fugazmente por una esquina de nichos y los guardias la alcanzan. Nosotros también los alcanzamos antes de que empiecen a golpearla. Nunca he usado una picana pero dejo tieso a uno de los tipos mientras el mequetrefe se descarga a puño limpio con el otro. Las peleítas sí que le han servido. ¿Dónde puta está Tate? - ¡Boludo, vámonos YA!- Le ordeno a Saúl para que deje de aporrear al uniformado, después de asegurarme que el otro no se va a mover por un buen rato. Saúl se para y corremos hacia el portón mientras llamo a Tate, que no atiende su celular hasta la tercera llamada, al tiempo que escuchamos la sirena del patrullero acercándose a toda velocidad. - ¡Ilsa, estoy en el auto con Wilson, vayan al parque ya!- Alcanza a decirme la mina,


cagada en las patas y agitada a más no poder. Obedecemos la orden y agradecemos que la policía sea tan pero tan pelotuda de entrar por los portones principales y ni fijarse en el del costado hasta que ya hemos casi llegado a doblar la esquina, que es cuando escuchamos las corridas de los ratis muy atrás nuestro. Gritan algo pero no llego a entender, salvo cuando escucho el disparo y veo caer a Joaquín adelante mío. Los hijos de puta le han dado en la pantorrilla haciéndolo gritar de dolor. El pseudo extranjero no pierde el tiempo y se da vuelta para devolverles el tiro. Dispara un par de veces con el tremendo ojete de darle a uno de los canas en las costillas o eso alcanzo a ver cuando me doy vuelta. Se cae al piso y su compañero se queda ahí, paralizado, llamando por móvil a la comisaría. Nosotros corremos como si nos persiguiera el diablo, como si tuviéramos las piernas más cortas del mundo y estuviéramos en una pesadilla donde todo se mueve más rápido que nosotros. Llegamos al parque sin aire y nos tiramos entre los arbustos que rodean el lago. No le prestamos la más mínima atención a las parejitas que cogen por ahí ni a los vagabundos con sus jaurías, sólo rogamos que la estanciera llegue ya mismo a buscarnos para meternos en la villa que está por ahí cerca de tomar unas cervezas con los guachis que conoce Wilson por hacerles varios favores de administración pública. Estaremos a salvo esa noche e iremos perdiendo los nervios y el miedo con la risa y el festejo de los pibes que se alegran de haberle disparado a un policía. Wilson nos dejará ahí a todos para llevar a Joaquín a un médico amigo para que le saque la bala y le cure la pierna, y dudaré seriamente sobre la decisión tomada sobre mis vacaciones mientras fumamos un venenoso y tomamos vino. Mi ubicación en el círculo de gente no me facilita las cosas. A mi derecha está Saúl, empinando el cartón, y a mi izquierda Matilde, soltando el humo con mucha paciencia, aromatizando el ambiente con ese olor a cannabis y vaya uno a saber qué más. Dos tipos

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de viaje, ninguno gratuito, ninguno tranquilo, pero es justamente esa falta de paz lo que ando necesitando. Lo que no necesito son tiroteos con la policía, pero veo difícil que eso no suceda, sea el viaje que sea. ¿La travesía cenicienta con mis amigos de siempre o una nueva caravana con gente nueva? He criado cierto afecto hacia Tate y Saúl, somos compinches y el mequetrefe me satisface bastante bien, Tate me saca buenas carcajadas y le da esa dosis fundamental de acidez a los días. Pero es justamente de la costumbre, de lo conocido, de lo que quiero escapar. Matilde también me satisface regiamente y todavía no conozco bien a Wilson y a Joaquín, pero me simpatizan lo suficiente como para ser compañeros de caravana. Mierda, voy a caer en el refrán “mejor malo conocido que bueno por conocer”. Tirar una moneda nunca es la mejor opción, sobre todo cuando la decisión no es inminente, pero si esta semana pasa sin pena ni gloria ni una idea clara, deberé dejar que el aire haga de las suyas con la cara y la seca y mi verano ilegal.


XXXVII

El sábado no merece ni una línea de descripción. Sólo sé que en cuanto puedo me aíslo del mundo para estudiar toda la tarde hasta la noche, que veo una película espantosa de terror japonés que me deja medio cagada en las patas pero no me impide dormir todo lo que no pude la noche anterior, y que así sin más llega un nuevo domingo a mi vida, con buenas noticias para mi vieja y muchas intrigas también. Todos los medios se hacen eco de la “broma de los cementerios” que perpetró Saúl con sus amigotes de las peleas y con nosotros después. La inutilidad policial nos salva el culo por ahora y espero que por siempre. No se han reconocido rostros ni edades, solamente si son “femeninos o masculinos” (ese lenguaje policial siempre será un buen motivo de risa) que “han logrado escapar después de atentar contra la vida de los agentes”. Hijos de puta, qué lindos cómplices son los medios y la cana. A lo único a lo que le prestaré atención en estas próximas semanas será a los apuntes y a esa mesa de examen que enfrentaré exitosamente para liberarme de un materión y seguir la cuenta regresiva hacia ese maldito título. Apagaré mi celular después de avisarle a la gente que necesito ser una isla de pura ñoñada académica y que después, ya cerca de las fiestas, volveré a existir. Así lo hago y me resulta. Mi cerebro agradece no haberlo hecho tomar ninguna decisión en estos largos días de estudio pero me putea por haberme enfocado tanto en la famosa tesis, pensando sobre qué la haré. Mi familia parece contenta de tenerme en casa toda la tarde y lo festeja con exceso de comidas y películas de fin de año. También se celebra mi exitoso examen con una linda cena a la canasta con mis tíos y primos, a

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modo de pre-Navidad (una tradición familiar bastante estúpida pero simpática al fin, ya que en Nochebuena cada núcleo familiar se va para lados muy distintos). Ya ha pasado la gran comilona familiar y suena mi teléfono. Es Matilde. Necesita que le comunique mi decisión porque viajarán en Navidad, después de un último trabajo durante la Nochebuena. Aprovecharán el bullicio y la máxima distracción de la ciudad para llevarle un cuerpo a un cliente rarísimo y de paso buscarán una urna para consumir durante el verano. ¿Y yo qué hago? No sé, no sé, Tilde, te respondo otro día. Otro día no puede ser, Nochebuena es este fin de semana y no se necesitan novedades de último momento. Nos juntemos. Nos juntamos. Esta vez en mi casa porque todos han salido de compras y yo no he querido acompañarlos para no asfixiarme en la muchedumbre febril del comercio de fin de año. Matilde está expectante y más rica imposible. El calor le sienta bien y parece que ha tenido tiempo para broncearse, no como yo, que parezco una tiza de tanto estudiar en mi habitación. - No sé qué hacer.- Le confieso. Le cuento mis opciones y los factores que influyen en una conclusión definitiva. Jugueteo con una moneda mientras hablo y el gesto parece molestarle a la gallega, que la mira mientras termino de hablarle. - Mirá, Ilsa, sería solamente un mes y no creo que la tengamos muy jodida con la policía. Sería un poco de aire fresco, de olvidarte de todo por un rato y sentir mucha adrenalina, que parece ser lo que te hace falta… - La caravana de Saúl también me promete adrenalina… - Nosotros también podemos conseguir cenizas.- Me interrumpe ella como si lo que acabara de decir fuera la obviedad más grande del mundo. De hecho, lo es.- No queríamos meternos en ese bardo porque ya suficiente tarea es rescatarse un muerto como para encima andar cargando una urna, pero sería sólo una…o dos, tampoco es


tanto, sobre todo si contamos con dos manos extra. Tendrías todo tipo de viaje, pero por ahí tanta cosa te da un poco de cagazo y lo entiendo. Por ahí te sentís más cómoda y segura con la gente que conocés bien, pero por lo que me decís, estás un poco cansada de eso y necesitás algo nuevo… - También necesito terminar la carrera que me ha tenido de esclava cinco años y vivir sola.- Le digo severamente.- Ojalá supiera cuál es la gota que rebalsa el vaso que me hace decidir qué mierda hacer de mi vida.- Continúo, ya más blanda, un poco harta y un poco bajoneada por la incertidumbre. Matilde se me acerca y me abraza. Estamos en la cama, ese movimiento puede llevarnos a estar más en la cama. - Relajate, Il, tampoco es una cuestión de vida o muerte si te quedás o te vas con nosotros o con Saúl o con quien concha sea. Quedan un par de días antes de Nochebuena, pensalo bien y me avisás, ¿sí?- Habla la gallega, sobándome los brazos y mirándome con una dulzura que no le dura mucho. Obviamente me besa y me prendo. Obviamente estamos a punto de romper la cama. Obviamente se va antes de que lleguen mis viejos, pero después de darnos los mejores orgasmos del mes y quizás del año.

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XXXVIII

Mis progenitores aparecen cargados de bolsas y me olvido por un segundo de lo contradictoria que es esa imagen con todo lo que pregonan en contra del capitalismo salvaje. Nadie se salva de Papá Noel. Cosme viene más que contento, jugando con un robot que tiene cincuenta frases diferentes y camina hacia delante y hacia atrás (cuando todos los juguetes venían sin mecanismos, eran mucho más sofisticados, ¡he dicho!). Yo me pongo casi tan sonriente como él al descubrir que algunos de esos paquetes contienen comida chatarra y la sonrisa se me borra bastante rápido cuando en la mano de mi viejo aparecen los cuatro pasajes al mar. - ¡Vamos a pasar las fiestas en el mar!- Celebra él, que no cabe en sí mismo de felicidad. Tiene una sonrisa contagiosa, pero mis ojos no acompañan a mi boca y mi viejo lo nota.- ¿Qué pasa, Il? ¿Tenías otros planes? Porque si tenías otra idea nos tendrías que haber avisado con tiempo, vos sabés que todos los años una semana antes de las fiestas ya tenemos una idea de lo que vamos a hacer.- Me dice él, enseriándose de golpe. Hay cierta compasión ante mi rostro de falta de convicción. - No, no tengo un plan definido. Unos amigos me invitaron a irme con ellos, pero puedo ir después, porque ellos se van por un mes.- Respondo. Dentro de ese mes, no iba a saber adónde exactamente estarían los pseudo extranjeros ni Saúl y Tate, así que no era excusa válida. - ¡Bueno, entonces te venís con nosotros y después te juntás con tus amigos!Resuelve mi vieja, devolviéndole la felicidad al rostro de su marido y al de Cosme, que se me había quedado mirando con un rostro que se debatía entre la duda y la tristeza. Si


me miraba así un segundo más, me tenía festejando irme con ellos al mar. He ahí mi verano: legal de prepo, familiar, tranquilo, con las patas en el mar, con regalos y comida digna de padres que me quieren convencer de no abandonar el nido, con mi cabeza en los polvos con Saúl y con Matilde, en la ceniza y su contra-bajón, en la tesis y la independencia; con Cosme más bonito y feliz que nunca compartiendo sus juegos conmigo, construyendo castillitos de arena con puentes y túneles (me doy maña para esas cosas), pistas para los autos y una casa sin techo para su robot. En mi verano no habrá novedades de los pseudo extranjeros y la gallega más que unos mensajes de parte de esta última para juntarnos a disfrutar algunas tardes de playa lejos de la clandestinidad, para después volver a su caravana y perderse de vista en todo sentido. Habrá noticias tristes de Tate, que me dirá que en la última excursión cenicienta ella se salvó de la policía pero Saúl no y le esperan largos meses de prisión. Habrá un regreso a los apuntes y la tesis, a lo cierto y lo calmo, por tiempo indefinido, por un putísimo tiempo indefinido que me hará extrañar el corazón en la boca, el Ave Fénix en la nariz y una buena lengua en mi concha.

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Caravana