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Efrén Martín, gerente de

y profesor de la Universidad de Deusto www.fvmartin.net

Foto: Baharri

La caravana de yaks, cargados de sal, avanzaba en fila sobre el escarpado “camino de los demonios” al borde del lago. El jefe de la expedición había elegido este peligroso atajo ante la inminente llegada de las nieves. Pero hallaron el camino cortado, por el deterioro de unos apoyos de madera. Lograron arreglarlo y pasar todos, menos el último yak que cayó con su carga al vacío y pereció en el lago. El líder calmó a todos por la pérdida con estas palabras: “No pasa nada. Es el precio a pagar al demonio”. Esto bastó para zanjar el tema y llegar a destino, sin pesar. (Himalaya, de Eric Valli).

Son muchas y muy diversas las experiencias de ambivalencia entre ganancia y pérdida: • Ganar un pleito es un regalo en la “lotería de la justicia” (expresión de un excelente abogado), pero incluso recuperando las costas los disgustos no se evitan. • Mantener el equilibrio en las relaciones personales y laborales no está exento de pago, en forma de frustraciones. • Soñamos con disfrutar íntegramente el dinero ganado mediante trabajo, herencia, jubilación o lotería, pero no es posible. No sólo no podemos llevárnoslo al más allá, sino que está sujeto a las tasas del más acá.

Generaciones previas tenían bajos ingresos, tributos y prestaciones sociales. Hoy, los mayores ingresos y protecciones vienen acompañados de infinidad de impuestos, cargas, contribuciones, cánones, arbitrios y aranceles. Pero pagar nuestros crecidos diezmos, cuando no vemos ningún beneficio en ello, requiere una estrategia mental adicional que los haga tragaderos: una percepción cauterizante, para que la obligada donación deje de parecer sangrante. Porque la satisfacción no es posible sin una visión satisfactoria de las pérdidas materiales. Nuestro cerebro requiere explicaciones ante el quebranto de nuestros bienes y lo peor es que no sepamos encontrarlas. Todo duele menos si duele menos tiempo y tiene un significado. Pero la razón pura no suele ser suficiente, ni el pensar en benéficas y solidarias obras sociales, mientras se evidencia que el dinero de los contribuyentes se dilapida en partidas absurdas. La Vida es generosa pero pone límites a nuestros objetivos, incluso en las más nobles empresas. Hasta el mayor altruismo puede terminar en amargura: Un surfista logró salvar a tres bañistas arrastrados por la marea, pero no al cuarto, que murió ahogado. Desconsolado, lloró en la playa. No le aliviaba el placentero regalo de las tres vidas ganadas a la muerte; de la dolorosa muerte impuesta a la vida. Si la lógica no te alivia, el disgusto te obsesiona y no encuentras razón a la que apelar, relájate y cambia de perspectiva, imaginando la pérdida como el inevitable peaje a quien ni locos osaríamos reclamar. “N No pasa nada. Es el precio a pagar al demonio”.

Publicado en: Observatorio de Recursos Humanos y Relaciones Laborales, Nº 45, abril 2010

45-IRPFs.abril 2010  

Publicado en: Observatorio de Recursos Humanos y Relaciones Laborales, Nº 45, abril 2010 Efrén Martín, gerente de y profesor de la Universid...

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