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http://confidenciasdeungerente.blogspot.com

Efrén Martín, gerente de

y profesor de la Universidad de Deusto www.fvmartin.net

“Una ostra que no ha sido herida no puede producir perlas. Las perlas son producto del dolor, resultado de la entrada de una sustancia extraña e indeseable en el interior de la ostra, como un parásito o un grano de arena. Cuando penetra en la ostra un grano de arena, ésta segrega su nácar cubriendo el grano de arena con capas y más capas de esta sustancia para proteger su débil cuerpo. Como resultado, se va formando una hermosa perla. Una ostra que no fue herida de algún modo no puede producir perlas, porque las perlas son heridas cicatrizadas...”

Foto: Baharri

(Autor desconocido)

Las personas actuamos de forma similar a las ostras. Cuando nos acontece una adversidad o una pérdida (de salud, riqueza, afecto, etc.), nuestra debilidad se manifiesta con un sufrimiento de mayor o menor intensidad. Para protegernos del dolor recurrimos a nuestro nácar mental, que consiste en darle muchas vueltas al asunto, de forma que amplificamos el trauma o lo reconducimos.

A diferencia de las ostras, unas veces logramos una solución elegante y otras no; ya que en una misma dirección hay dos sentidos contrarios: Son muchas las personas que usan el nácar de la justificación y la queja, proclamándose inocentes y buscando culpables. Esta actitud, tranquilizante y aparentemente eficaz, no les permitirá descubrir cómo evitar nuevas catástrofes. Se convertirán en cultivadores de perlas de amargura, que terminarán por ahogarles. Otros, en cambio, usan el nácar de la reflexión logrando construir al final una perla de sabiduría, que incluirá en su interior un error o un horror, pero que les capacitará para evitar -o afrontar con más habilidad- futuros infortunios. Sócrates, Platón y Aristóteles dudaban de que un ser humano pudiese llegar a la sabiduría en la juventud, por la evidente falta de experiencia, sin haber tenido tiempo de vivir ni reflexionar sobre un gran número de acontecimientos. El segundo de los tres llegó incluso a aventurar una cifra de madurez: ¡nadie puede ser sabio antes de los 50 años! Condición necesaria pero no suficiente. Está en nuestra naturaleza buscar el placer y evitar el dolor, disfrutar el éxito y lamentar el fracaso. Cuando aparecen por sorpresa, conviene detenerse a cuestionar y meditar sobre los mecanismos que uno y otro encierran, para repetirlos y evitarlos, respectivamente. No es lo mismo utilizar un nácar mental de soberbia, cinismo y rencor, que otro de modestia, sensatez y amor. No esperes aprender a cultivar perlas de sabiduría en una escuela. Hay que aprenderlo en la academia de la vida.

Publicado en: Observatorio de Recursos Humanos y Relaciones Laborales, Nº 15, julio-agosto 2007


15-PERLAS DE SABIDURÍA.julio-agosto2007