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Pequeño Manhattan Y me decían que no me subiera a los andamios. Ya recuerdo. Ah, los años veinte. Los coches, las grandes fábricas, los humos, las luces. El ruido. El bullicio en el que uno se sumergía durante horas. Las multitudes ruidosas recorriendo cada esquina de mi ciudad –mía, del único hombre que no temía escalar hasta las nubes para poder atisbarla de un solo vistazo–. La luz irrumpiendo en el reino de la noche, prorrogando el día toda la eternidad. Los cláxones componiendo el himno del nuevo siglo. Los ricos en sus mansiones, los pobres en sus barrios bajos. Eso fue lo que nunca me gustó de ti, mi pequeño Manhattan. Esa afición de los que se sentaban en lo más alto de ti por separar a unos hermanos en ricos y proletariado, privilegiados y pobres, aristócratas y trabajadores. Millares de nombres dieron a cada parte del abismo en el que te sesgaron, ese profundo barranco que separaba cada mitad mientras yo te veía romperte en dos partes desde mi fino rascacielos personal. Pero ¿a quién queremos engañar, Manhattan? Las cataratas, la artrosis, la jubilación. Si te prometí en un beso que la muerte no me separaría de ti, ¿qué lo hizo, entonces? Ella. Siempre

ELLA.

Sus zapatos planos, sus pantalones de hombre en su cuerpo tan femenino, su pelo, rojo como la sangre que sus ojos juraban haber visto. Su gorro français, la sonrisa de superioridad y el cuerpo pequeño que me recorrí tantas veces mientras tarareaba alguna canción con sabor vintage. Siempre fue siempre fue

ELLA ELLA

lo que me separaba de los días apostados observándote, Manhattan, lo que nos envenenó a ambos, ¿verdad?

Llegó con la calma de la tormenta y pronto fue el huracán que nos removió todos los cimientos hasta derruirnos, como pequeños castillos de papel quebrados bajo los pies del titán. Nos envenenó bien hondo, Manhattan, nos rompió en pedacitos que sólo ella recordaba cómo unir. Y claro, cuando se marchó, cuando trató de volar desde los andamios y salió de Manhattan con los pies por delante, nos quedamos totalmente en blanco y negro, esperando a ver si algún día regresa, con su risa ligera, el cigarro en los labios y el pincel para repintar nuestros corazones rotos entre los dedos, pequeño Manhattan.


(Pequeño Manhattan)