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«Que nos derriben. Estaremos bailando».

Antología Cuatro Islas

F R A G O R

Portada:

Nim Forėst

Nimforest.com @sonrisasvirales FB: Nim Forėst

Líder

de Fragor:

amte

funambulistadecometas.blogspot.com @dapetiteri

Idea

de la antología:

While

wguail.blogspot.com @wguail

·········································································································· Todos los relatos han luchado con estas pautas: Están inmersos en un fragor.

.

Incluyen estela, o rayo, o polvo. Incluyen "A veces ocurre". .

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ÍNDICE . (Đamte) ..................................................................................................................... 3

IARIO.

(Phoenixetwolf) ................................................................................................ 4

ASHIRA.

(Isabel Verguizas (如月雪)) .......................................................................... 9

LTIMA VISIÓN EN FRAGOR.

LAS DE HOJALATA.

NVIERNO.

(Víctor Grau Martínez) ................................................... 10

(Majo López) ............................................................................... 12

(Neykea) ....................................................................................................... 14

L HOGAR ES LA BATALLA.

(Meren Plath) ................................................................... 16

MANECE, QUE NO ES GERUNDIO.

(Annudine) .............................................................. 18

OS OJOS DE MARINA.

(Marta R.)................................................................................. 20

ATALLAS PERDIDAS.

(Mir.) ......................................................................................... 23

UIDO DE FONDO.

(María Amelia Puentes Gallego) ................................................... 25

A MAGIA DE LOS LOBOS.

(Lana Neble) ....................................................................... 28

GRADECIMIENTOS. ....................................................................................................... 28

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. Đamte || /funambulistadecometas.blogspot.com Rudo. Como dicen que es el sexo. Áspero. Como la corteza del árbol. Nunca nadie se preguntó qué sentía dentro. Como la corteza del árbol. Tenía nombre. Como si alguien quisiera llamarle con todas sus pequeñas, pocas y raras letras. Como si alguien recordase que el guardián de bestias hacía algo más que estar ahí parado, fuera de la ciudad, observando las bestias. Como la corteza del árbol. Como si alguien supiera la cantidad de hechizos que sus párpados tenían que abrigar cada noche, tantos que le pinchaban hasta hacerle despertar para consolarlos. Con poder para destruir la ciudad, desesperados. Hasta que alguien se dio cuenta. A veces ocurre. Vveta se inclinó sobre Ixe. Iba a besarle, pensaba, mientras una hoja que iba a morir al suelo le besaba la espalda. Iba a besarle según pensaba vagamente porque no quería pensarlo, quería pegarse a él y moverse y acariciarse. —¿Y si te hiciesen dormir? —Estaríamos muertos —respondió con naturalidad. —A veces ocurre. Ixe cerró los ojos y entonces empezó a oírse. Sus hechizos cantando bajo sus párpados. Con la fuerza del fragor de una batalla. —¿Y si morimos? —Polvo. Ixe abrió los ojos, llenos de pinchazos. —Y los árboles seguirán cantando igual en el fondo del bosque.

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IARIO. Phoenixetwolf || / theyarebirdsofafeather.blogspot.com Han parado. O eso quiero creer. Aún no me atrevo a salir de debajo de la cama. Todavía se escuchan los restos de los truenos convocados para rasgar la tierra, el llanto del océano al levantarse contra nosotros, los gritos del viento llevando nuestra sangre cada vez más lejos. Y con él, el eco de nuestros gritos. Creo que todo se ha ido. Quiero creerlo, al menos. Que los restos de la batalla que ha tenido lugar son sólo eso, restos. También quiero creer que cuando me arrastre fuera de la cama, encontraré a mis padres esperando fuera para abrazarme. Pero no soy tan ilusa. Fuera no habrá nadie esperándome. Nadie. Estoy sola.

He vuelto a escuchar un grito. Quería salir para ver quién era. Quería ayudarle. He llorado y rogado a mis piernas que se pusieran en pie, pero sólo temblaban. Supongo que yo también temblaba. No me he atrevido. Y de nuevo, estoy sola. El grito se ha perdido. Se lo ha llevado el viento y vuelvo a estar en silencio. No quiero estar en silencio. Ahora añoro los truenos y los rayos que golpeaban mi ventana.

No queda nada. Todos se han ido y me han dejado sola. He salido de debajo de la cama. He paseado por las habitaciones vacías. No sólo están vacías, están desnudas. Despojadas de toda la vida que una vez tuvieron. Las fotos sólo me devuelven la mirada de un rostro vacío, algo que quizá no existió nunca fuera de mi cabeza. Cuanto más las miro, menos sentido tienen. ¿Estuvieron aquí alguna vez? Ahora no queda nadie. Ni aquí, ni fuera. No he salido fuera. Tengo miedo. Tengo miedo de que el mundo esté desnudo y sólo quede yo, temblando en un rincón, para hacerme fuerte, para hacerles ver que todavía queda algo. No sé si quiero que quede algo. No me gustan las habitaciones desnudas.

He oído la tormenta. El mar ya no llora, ahora grita. Puedo sentir su furia. Está rabioso, y yo sé por qué. Anoche me atreví a mirar a través del cristal de la ventana de mi cuarto. Pensé que estaba imaginando cosas, que era uno de esos cuentos que papá me

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contaba para asustarme. Y me ha asustado. Solo que esta vez, no era un cuento. El océano chilla. Lo he oído, y ahora tengo más miedo que nunca. Ya no tengo miedo a las tormentas, al ruido de los truenos, al resplandor de los rayos. No tengo miedo de cómo combaron la tierra y dejaron salir de sus entrañas el fuego que arrasó con todo. Tengo miedo del océano, que palpita de rabia. Tengo miedo del océano rojo que ha jurado venganza.

Hace días que se calló el viento. Su eco atronador se paró de pronto, y no quedó más que un soplo. Ahora ya no queda nada. Abrí la ventana un momento. Y el viento estaba mudo. Nunca lo había visto tan callado. Volví debajo de la cama. Allí el viento también está callado, pero allí oigo los gritos. Resuenan en mis oídos y me hacen temblar. Al principio lo detestaba, pero ahora me calma. Si escucho los gritos, de alguna manera no estoy sola. Ahora, yo soy el viento. Yo llevo el eco de los gritos a todas partes. Nunca me dejan sola.

Me ha llamado la tierra. La oí llorar en silencio, como lloran las grandes cosas. Salí de debajo de la cama. Dejé los gritos atrás. A veces aún oigo sus ecos. Bajé despacio. Tenía miedo de la tierra. Abrí la puerta. Y la tierra también era roja. No podía apartar los ojos de la tierra, que lloraba. Y lloraba porque no sabía por qué lloraba. A veces ocurre. La tierra no tenía la culpa, pero no lo sabía. La tierra solo sufría. Y lloraba. En silencio, como las cosas grandes. Y yo me agaché al lado de la tierra, y me sentí pequeña. La tierra se sentía desnuda y yo era la única cosa vestida para decirle que era mentira. Pero no lo hice. La tierra tenía miedo. Yo también lo tenía. Lloré con la tierra. Pero yo no lloraba en silencio.

Volvieron los truenos y los rayos. Esta vez volvieron solos. Seguían furiosos. Golpearon mi ventana de nuevo. No me escondí debajo de la cama. No estoy sola. Los gritos siguen conmigo, incluso fuera. Tengo miedo, pero no estoy sola. Golpearon la tierra, y esta soltó un gemido. El viento empezó a aullar, porque él también estaba asustado. Todos tienen miedo de los truenos y los rayos. Menos el mar. El mar que nunca

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se ha callado. Sigue gritando. Los truenos también le temen, y se callan bajo el romper de sus olas. Los rayos no se atreven a tocarlo siquiera. O así debía ser. Pero estaban furiosos. Los truenos gritaron más alto que el mar. Los rayos lo golpearon con rabia. Y se volvieron rojos. Los truenos gritaron más alto, los rayos se desvanecieron en el rojo del agua y se fundieron con ella. Ahora todo está rojo. Me da miedo mirar el cielo. La tierra se calló, porque no se atrevía a llorar. El viento lloró por ella. Nunca había oído llorar al viento. Quizá el más atronador de todas las cosas grandes.

Anoche escuché de nuevo al viento. Al principio pensé que los gritos de mi cabeza se habían puesto a jugar de nuevo. A veces juegan. Les da por cambiar. Por sonar diferente, por cantar cosas diferentes. A veces no me gustan las cosas que cantan, pero ellos no se callan. No puedo hacerles callar porque entonces estaría sola en la casa desnuda. Pero hoy no eran ellos. Era otra vez el viento. El viento aullaba y traía ecos lejanos. Pero no me gustaron esos ecos. No me gustaron las cosas que cantaron. Y le chillé al viento que se callara. Y lo hizo. El viento volvió a callarse, y yo me quedé sola. Tampoco tenía los gritos. El viento se los había llevado. Había sido cruel conmigo. Él no quería. El viento era inconsciente. Me había quitado esos gritos porque esos gritos eran viejos, no los necesitaba. Y yo lloré, pero el viento ya no estaba para consolarme. Tampoco lo habría hecho de haber estado. El viento creía que yo estaría contenta. El viento se había llevado mis gritos, pero me había prometido que vendrían más.

Me he paseado por la casa desnuda, en silencio. He mirado las miradas vacías y los rostros sin vida. He mirado, pero no he visto. No se puede ver lo que ya no hay. He mirado sonrisas. He mirado juegos. He mirado felicidad. No me gusta la casa desnuda. He salido fuera. El viento no estaba. La tierra ha gemido. El mar ha gritado. No he visto los truenos y los rayos. Pero no me he atrevido a moverme. Solo he puesto un pie fuera de la casa desnuda. Mi pie estaba rojo. Mi pie estaba rojo de nuevo. He mirado mis manos. Me he acordado de que una vez estuvieron rojas. Cuando todos gritaron. Como si sólo fueran uno, como el viento. Y yo corrí debajo de la cama. Ahora ya no quería correr. Miré mi pie. Rojo. De nuevo. Volví a entrar en la casa desnuda.

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Mi pie era la única cosa vestida que dejaba una estela roja en la casa desnuda.

Ya no estoy sola. Los gritos han vuelto. Les he pedido que no me dejen sola otra vez. Los gritos han cantado cosas feas. Pero no me importa. Ya no estoy sola, y eso es lo que importa. He salido de debajo de la cama con una sonrisa. Los gritos no venían de mi cabeza, y no querían jugar. Los gritos los traía el viento. Había vuelto y me los había traído. El viento cumple sus promesas. Yo le he dado las gracias. Los gritos son muy fuertes. A veces dejo de escucharlos y me asusto, pero enseguida vuelven conmigo. Cantan cosas feas. Muy feas. Pero no me importa. No estoy sola. He empezado a cantar con ellos.

Los gritos ya no se van. No se van a ir. Me lo han prometido. Se los llevó el viento, pero se han quedado conmigo. Porque yo canto con ellos. Y ellos cantan conmigo. He vuelto a salir fuera. Esta vez he llegado más lejos. He salido, aunque la tierra lloraba. He andado lejos, muy lejos. He huido de la casa desnuda, y los gritos han venido conmigo. Y cantaban, y yo cantaba con ellos. No sé dónde he acabado. No me importa. Me he dado cuenta de que la tierra es como la casa. Desnuda. Sólo yo estoy vestida. Sólo yo estoy vestida y estoy cantando. Los gritos cantan conmigo. Alto, cada vez más alto. Y no me importa. Ya no me asusta que la tierra llore. En silencio. Yo lloro más alto. Yo lloro, y canto, y sonrío. Y voy dejando huellas. Rojas.

El mar está conmigo. Hemos gritado. Hemos gritado hasta quedarnos sin voz. Después he llorado. El mar ha llorado conmigo. Y las voces se han puesto nerviosas. Ellas también querían cantar. Y cantaron. Pero no en mi cabeza. Cantaron fuera. Y volvió a no gustarme lo que oí. Volvieron a cambiar las canciones. Dejaron de hablar de tierras desnudas, y empezaron a hablar de vestirlas.

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Pero la tierra ya estaba vestida. Estaba vestida de rojo. Y yo lo estaba con ella. Y el mar, y los rayos. Todos éramos rojos. Y ya no podíamos ser otra cosa. Me uní al fragor del mar. Me uní a su grito. Dejé de ser yo. Y mientas lo hacía, no podía dejar de escuchar sus canciones. Por un momento, me gustaron. Hablaban de vestir la tierra. Hablaban de no rendirse. Hablaban de seguir luchando. Eran bonitas canciones. Canciones de gente vestida. Gente vestida, y brillante. Y el mar se calló conmigo.

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ASHIRA. Isabel Verguizas (如月雪) || /escarchasobrelapiel.blogspot.com Las lágrimas que brotaban de mis ojos corrían por mis mejillas compitiendo por ver quien llegaba primera al final de mi rostro. El cielo teñido de negro azabache, con la primera luna nueva del año, dejaba a la vista millones de estrellas, colocadas en perfecta posición sobre el infinito firmamento que se abría ante mis ojos aguados. Yo solo veía puntos blancos en aquella oscuridad, la misma que me abrazaba y me consumía por dentro, la misma que me devoraba el alma. Pero a veces ocurre que cuando estás tan hundido que no puedes bajar más, cuando has tocado el final del abismo, solo queda saltar sobre el suelo e impulsarte hacia arriba. Como cuando saltas a una piscina profunda y te dejas caer hasta llegar al fondo, luego te impulsas con fuerza y sales a la superficie. La vida es igual. Todo es cuestión de coger fuerzas hasta salir y volver a respirar. Mientras el fragor de la música que retumbaba en mis oídos me alejaba de la realidad, alcé mi mirada al cielo y allí la ví. Una estrella fugaz surcaba el camino de la Vía Láctea dejando tras de sí una estela brillante de infinitos colores. Dicen que para que una estrella fugaz no muera, en vez de pedir un deseo, has de intercambiar tu nombre con el de ella. Sin dudarlo un instante y aún con los auriculares puestos, me levanté del frío suelo y comencé a correr tras aquel pequeño astro que cada vez brillaba menos. Le grité. Le grité sin miedo y con decisión. — ¡¿Cómo te llamas?! —dije sin aliento mientras seguía corriendo, sin parar, sin mirar atrás. Alejándome de todo el mal que me rodeaba. Saliendo a la superficie a respirar de nuevo. Algo dentro de mi comenzó a vibrar. Sentí el calor de aquella estrella inundar mi cuerpo. Un sentimiento de fuerza se materializó ante mí brillando y una voz cálida resonó con eco en mi interior. «Nashira» Ella me dio su nombre, yo le di de nuevo la vida. Ahora estamos unidas por un pacto inmortal. Que nos derriben, estaremos bailando, ya nadie podrá con nosotras, ni siquiera la oscuridad más profunda.

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LTIMA VISIÓN EN FRAGOR. Víctor Grau Martínez (...) Huge moons there wax and wane. Again, again, again. Every moment of the night. Forever changing places. And they put out the star—light With the breath from their pale faces.(...) Edgar Allan Poe

Pero ¿cómo íbamos a dejar de morir al cruzar la cortina, el telón y observar ese río que es la vida que se marcha para no volver y llegar tan profundo hasta el mar que se enfrenta a la luna que le mira y se aposenta entre sus hombros y su voz? Lástima del tiempo que ha traído hasta aquí todo el sonido del amor, que hasta las aves quedan roncas escuchando cómo truena al despertar de otra mañana. ¡Vivan las voces y esas plantas que aparecen matutinas al sabor de la combustión! Trae la luz, la sombra, Sol: recoge la mies que es altamente rica y marcha hacia la yurta a respirar candor de sueños. Observamos la escena eterna, una muerte y un nacer…

Mirad cómo tiembla la tierra se esconden las flores y cae la tormenta. Salen al viento las aves que observan la danza, la lluvia y el sol en su fiesta. Camino de nuevo, resuelvo mis pasos, me acerco al rumor. Crecen las voces, se acercan al cielo mi mano recorre las ramas y un claro se abre en el centro y observo también yo las danzas, me quedo sin voz. ¡Ay! Tiembla, tierra, tiembla. Acecha en la playa una vida devuelta, una espuma que enlaza a su ritmo el fragor. Son las horas ocultas, un retal de figuras se ciernen;

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catástrofe en la flauta de Pan, corales que salen del agua atestiguan: «No es, nunca fue aquel “ser o no ser”». Cabezas plateadas devuelven al sol la mirada. ¡Evohé!

Ocurre que aveces los llantos retumban en el corazón; o como en la vela nocturna unos versos se acoplan sellados al pecho o un rayo que cruza lejano en el cielo revela dos manos en lazos de amor; así se presenta este rostro en el rostro ─¡lucero!─ de aquellos que espían la danza en Fragor. Luz. Noche. Flores. Lluvia. Lino. Algodón.

Descalzos los sueños se mojan y crece la vida interior. Un polvo secreto de tierra secreta que acoge los pasos, los vuelos, Fragor. Mirad como danzan y tiembla la noche, y brillan las plumas y brilla éste mar. Llega la muerte a la orilla, la vida en su lecho, resuena el citar. Y sonará la trompeta y la forma entrará en armonía. Y los muertos seguirán caminando y la lluvia caerá de ambrosía. Pero la danza no cesa la muerte no espera el abismo se muestra «¡Miradnos bailar!»

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LAS DE HOJALATA. Majo López

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—Y ahora, proveniente de los confines de la Leyenda, al borde del Mito, ante nosotros… ¡la gran Laerta! La arena temblaba. Laerta se acercó al centro del coliseo y alzó hacia un sol que no sabía de clemencia una espada oxidada que era más intención que daño, más palabrería que estocada, como su dueña. Pero aún me quedan dientes, mi tristeza aún tiene garras, pensó la mujer mientras enseñaba con una mueca su maltrecha dentadura a la multitud que rugía pidiendo sangre, anhelando huesos. El polvo se acumulaba a sus pies y estaba hecho de gritos y otros tiempos. Unos tiempos en los que la arena era un lecho hermoso y los ángeles no pedían muertes para salvarse del mundo, no cazaban humanos como sacrificios en ofrenda a un dios demente que creó el verbo pero olvidó el perdón. Cuando tenían plumas en vez de prótesis de metal porque habían perdido las alas pero querían seguir siendo ángeles. — ¿Qué pides, humana: creer o morir? Para responder, Laerta se peleó con aquel idioma que se le atropellaba en la lengua, un lenguaje que soñaba con castillos de piedra y reyes hechos de gloria, creando palabras que ardían como hogueras. Un idioma que aún lloraba de fe. Pensó en todo lo que había perdido a manos de esos seres tan terriblemente hermosos, tan condenadamente rotos: la familia que ya no volvería, el beso que Marduk jamás le devolvería. —Pido muerte. Porque de los sueños de un dios loco nacieron monstruos que decidieron llamarse ángeles. Lo vio en la mirada del verdugo antes incluso de que se lo gritara a la multitud inquieta que aguardaba en las gradas, y lo entendió. Un mundo hecho de temblores, un miedo que lo mordía todo, el mismo miedo que les había roído las alas. Por un segundo vio tristeza en los ojos vacíos de aquellos ángeles de hojalata que habían llenado océanos de tiempo con sangre porque ya no sabían morir. —Muerte, entonces. El acero mordió la carne como una promesa, casi como un beso.

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Laerta de los confines de la Leyenda, al borde del Mito… donde la esperaban los fantasmas de sus hijos. En un fogonazo de dolor le pareció ver a Marduk, que le sonreía como cuando eran jóvenes y seguían vivos. Se atragantó con su propia sangre mientras reía con una risa hecha de un dolor nervudo que por un momento iluminó el mundo, lo hizo un poco más sucio, lo rompió un poco más: — ¡Queréis destruir el mundo pero sabemos destruirnos solos! A veces ocurría, el amor rompía sus huesos y ella se reía. Su corazón bailaba.

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NVIERNO. Neykea

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La noche no era negra, las estrellas se ocultaban tras unas nubes desgarradas y Gabriela tarareaba la misma canción desde hacía horas. Puede que fuera el frío de la noche, el vino, las ganas tan desteñidas como su pintalabios; pero había algo que la hacía girar, con los brazos extendidos como si fuera a echar a bailar en cualquier momento. Destellos azules de neón se reflejaban en aceras y mejillas aún húmedas. Cinco días antes un portazo había puesto punto y final a los últimos tres años, aquellos que había vivido en la ciudad del ruido, la gente y un caos que había acabado filtrándose en ella. El portazo había resonado tan fuerte en sus oídos que pensó que se había quedado sorda. Después sólo tuvo que aceptar que acababa de romperse. Es un sonido estremecedor el que produce un alma al resquebrajarse. Un aullido inconfundible que desgarró su garganta mientras un oleaje de miedos y recuerdos azotaba en sus ojos. Después, silencio. Estaba sola y sin más abrazo que el de un diciembre frío y lluvioso. Siempre prefirió el verano. Extrañaba levantarse con el olor a café recién hecho, una mirada comprensiva que la escondiera del mundo, las caricias, las conversaciones de madrugada y, a veces, también los hoyuelos de su sonrisa. Cristina se había ido sin que hubiera podido detenerla. Aquella noche esperó en silencio, encogida sobre sí misma, a una llamada que nunca llegó. La ciudad le quedaba grande, se había olvidado de los sueños que escribió en aquella hoja de papel cuando tenía seis años, de todo lo que una vez le dio esperanza. Por la noche soñaba con los labios y las manos de Cristina, de la chica de ojos azules que la había abandonado, de aquella chica que una vez conoció. Sólo tenía un libro en su habitación. Entre sus páginas habitaba una capa de polvo, pero aún recordaba la última frase como mantra y se la repetía, cuando cerraba los ojos, esperando que fuera cierta. Las olas volvían a lo largo del día, rompían en su pecho y la sal se le salía entre los párpados. —No te ahogues, la tormenta pasará.— Le había dicho Diego antes de despedirse, con una mirada de ojos oscuros pero transparentes. —Tal vez ya no sepa nadar, o no tenga fuerzas, o esta ciudad sea demasiado profunda para mí.— Respondió ella, con suficiente alcohol en su cabeza para confesar lo que llevaba tanto tiempo callando.

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Los brazos del único amigo que conservaba la rodearon y dejó de contener las lágrimas. Su cuerpo tembló hasta que sus ojos enrojecidos volvieron a abrirse, inspiró, espiró. Fue la primera vez que lloró sin taparse la cara y, al contrario de lo que esperaba, se sintió valiente. Un rayo, tenue, lejano, aún había luz. Gabriela hizo un intento de sonrisa mientras Diego se despedía a las puertas del bus con un suave beso en la mejilla. Aquella noche ella optó por volver a pie. Un cosquilleo le recorría la garganta, tenía los ojos cansados pero su mente parecía acabar de despertar de su letargo. El silencio se hacía con la ciudad, permitiendo un descanso a su estridente rutina. Los rizos negros se escurrían empapados. Sintió que dentro de ella no todo estaba roto, que Cristina nunca volvería y aquello, estaba bien; que ella podía seguir adelante. Las cinco de la mañana y la ciudad estaba inundada, charcos de una lluvia que había durado horas y botellas rotas de alcohol barato que se habían derramado en tan poco tiempo. Las risas ebrias eran eco, pasaba desapercibida, como un ser de otro mundo, entre aquellas calles desfiguradas bajo luces psicodélicas. Gabriela se permitió caminar por el centro de la calzada. Se sintió libre como nunca antes. Cantaba. Le temblaba el corazón. Gabriela ahora bailaba, aunque no hubiera música o pista de baile. Aunque sus únicos pasos fueran calle abajo, ligeros, implacables. Bailaba como quien entiende que de eso se trata todo, que la vida hay que dejarla continuar y que uno siempre debe seguirle el ritmo. Las seis de la mañana y la noche parecía menos oscura, aún podían verse tres tenues puntos de luz en el cielo. Cristina una vez le nombró aquella constelación. Se detuvo para coger aire y mirar a su alrededor. Cantaba una despedida, una oda al porvenir desconocido. Era la tormenta y su risa, cada relámpago que iluminaba la noche. Gabriela era el sonido de la lluvia en las calles vacías, aquel rumor incontenible. A veces ocurre que las personas dejan estelas tras de sí, a veces ocurre que nos dejamos guiar por ellas. Hasta que se apaga la luz y, en medio de la oscuridad, tenemos que aprender a brillar.

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L HOGAR ES LA BATALLA. Meren Plath

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¿Lo sientes? Es el mar golpeándonos, son las olas levantando nuestros ánimos. Un rugido que nos eleve hasta más allá del cielo, haciéndonos inmortales. ¿Lo sientes? Es el sonido de los tambores de las sirenas llamándonos a las armas. Poseidón nos ha jurado protección siempre y cuando permanezcamos en una simbiosis casi perfecta, como la de la arena y la sal. Le pediremos a los acólitos de la tormenta que nos ayuden. Les pediremos a todos que miren cómo terminamos siendo vencedores. ¿Lo sientes? Es el cielo partiéndose. Es el destino llamándonos. Es el polvo de mil millones de estrellas tejiéndonos una capa con la que infundirnos el valor que a veces quiere abandonarnos. Son las voces de todos aquellos que dijeron que jamás lo conseguiríamos y sin embargo aquí estamos, en pie, aparentando fuerza aunque temblemos de miedo. ¿Lo ves? Son las aves que hacen que los deseos vuelen. Son las mismas que nos trajeron a este punto. Las que se encargaron de sacar nuestros sueños y cuerpos ya casi muertos del barro de todo lo absurdamente cotidiano. Nos quitaron las anclas y los grilletes y hoy predican nuestro mensaje por todos los rincones de una tierra sumida en la negrura, y más allá de la infinitud del océano. ¿Me sientes? Estoy aquí, a tu lado. Cogiéndote de la mano, abrazándote con cada poro, con cada imprudencia y deseo que puebla este pequeño cuerpo. Mis manos sujetan como pueden el arma asignada para esta guerra, y no quiero soltarte. No quiero arriesgarme a perderme, y perderte en el fragor de una batalla de la que no sé si saldremos vivos. ¿Nos sientes? Vibramos con el naranja y el rojo que llama al nacimiento de un nuevo día. Me sonríes y sabes que será otro día más, y que puede ser el último. Pero estás y no importa.

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La vida y la muerte se han vuelto a dar cita en un prado teñido de granate brillante, de verdes apagados, de restos de flechas y ropajes. Nos miran con envidia, sabiendo que será difícil separarnos, que será difícil vencernos. A veces ocurre que dos individuos consiguen una unión casi perfecta, casi divina. Los dioses nos envidian porque ni siquiera ellos han podido lograrlo. La sencillez de los mortales abruma a los seres infinitos. Es entonces cuando podríamos aspirar a ser como ellos. Porque trascendemos, y trascenderemos. Hablarán de nosotros como ente, no de nuestras proezas individuales. Aspiraremos a ser el caos y el orden en la misma persona. Te siento. Nos esperan temblores, sufrimiento, dolor. Nos espera una oscuridad de la que no se sale. No sé si más allá existe algo, no sé si el mundo de verdad se termina aquí. Si Hades querrá acogernos o si estaremos condenados a vagar por un purgatorio sin final. Es posible que Dante nos aguarde allá abajo. Pero mientras vienen, que se preparen. Enfrentaremos al miedo con nuestras mejores máscaras. Que la Vida y la Muerte nos encuentren bailando.

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MANECE, QUE NO ES GERUNDIO. Annudine

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Todo empieza con un susurro muy leve, apenas audible, como el de una televisión que, sin señal, no hace más que reproducir una y otra vez ese hormigueo de franjas blancas y negras que tanto desconcierta. El susurro, que va en aumento, es igual de desconcertante que sentarte enfrente de esa televisión con la luz apagada mientras recuerdas aquella última película de miedo que viste. Aumenta. Es más molesto, más aterrador que antes. Ya no es un susurro, se escucha a la perfección, puedes notar cómo te acecha detrás de la oreja, pero, cuando te das la vuelta, no hay nada. En eso se ha convertido el susurro, que empieza a tomar forma y a parecerse más a un grito ahogado. *¡broom!* Abres los ojos. Las formas empiezan a distinguirse en torno al ruido. Es de noche. No sabes dónde estás. Estás sola. Completamente sola. Y crece. Ya no parece una voz, ha dejado de tener sentido como tal. Es algo mayor, retumba más, duele más. Algo se está derrumbando y empieza a caer, como un árbol precipitándose en mitad de un bosque. Nada tiene sentido, ¿de dónde viene ese sonido? *¡broom!* Te pones en pie lentamente. Está lloviendo, pareces estar en mitad de un bosque, muchos árboles te rodean, pero está tan oscuro… Las nubes negras tapan la luna e impiden que la única fuente de luz en la que podías guardar algo de esperanza se apague.

*¡broom!* Giras la cabeza, veloz. Un trueno. El fragor de un trueno. No has tenido de tiempo de localizar el rayo, pero mantienes la cabeza en la misma posición hasta que unos segundos más tarde, consigues verlo, y aunque haya desaparecido, tus retinas guardan la estela de luz que deja en el cielo. De pronto tienes miedo. ¡Qué coño! Estás perdida en mitad de un bosque en plena tormenta. No recuerdas cómo has acabado ahí ni por qué. Ni siquiera sabes qué estabas haciendo antes de abrir los ojos y encontrarte ahí. Andas, corres. Sin dirección, sin rumbo. Te caes, te levantas. Lloras, gritas. Te vuelves a caer. Te quedas sentada. Intentas hacer memoria y darle algo de sentido a lo que está pasando, pero no lo tiene. Chocan dentro de ti tantos sentimientos que te desorientas aún más. Frustración, miedo, rabia —otro trueno—, inseguridad, desconcierto. Y no sabes cuánto tiempo estás sentada en la tierra húmeda y llena de musgo, pero después del lamento viene la calma. Quieres vivir, quieres salir de ahí y volver a vez luz. El fin de la tormenta, el principio de la paz, no te va a pillar sentada. Has decidido que el sol te encuentre bailando, y no vas a ser menos. A la vez que te levantas la tormenta se encrudece y parece que el fin del mundo está a la vuelta del siguiente abeto. Solo lo parece, no te amedrentas. Y aunque vagues sin dirección, cada vez sientes que el sol está más cerca. No sabes cuántas horas pasan, cuántas ramas has saltado ni cuántas lágrimas has derramado, pero ha parado de llover y

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algo entre las nubes parece darle al cielo un tono diferente al del negro carbĂłn al que te habĂ­as acostumbrado. Sale el sol. Vuelves a abrir los ojos. EstĂĄs en tu cama, has vuelto a despertar. Y es que a veces ocurre que las peores luchas tienen lugar dentro de tu mente y no fuera, sin apenas darte cuenta. Para variar. (Aunque nadie dice que no puedas ganar).

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OS OJOS DE MARINA. Marta R.

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El tiempo medio que somos capaces de mantener la mirada de un extraño es de un segundo, dos si no tenemos vergüenza. Pero a veces, ocurre que el otro par de ojos se transforma en araña y nos enreda en su tela. Lo cierto es que cuando conocí a Marina en aquella parada del metro, calada por la lluvia de marzo y con ojeras de enferma, no fue más que una estela que, quizás, iluminó un poco aquella franja de quince minutos en la que estuvimos esperando a que se abrieran las puertas que de nuevo volverían a alejarnos. Meses después, en junio, volví a encontrarla trabajando en un bar al que solía ir cuando tenía dieciséis. Entré y pedí un ruso blanco aunque ni siquiera había cenado — ¿me apetecía romper las normas del alcohol aquel día? —; lo último que recuerdo fue su lengua enredándose con mis dientes. A Marina le gustaban los chicles de limón, los gatos grises y las pistolas, por aquella de cita de Godard acerca de las mujeres y el cine. También le gustaba fingir que no se importaba y leer en la bañera consumiendo sus días en forma de cigarrillos. ¿Qué era Marina? Marina era una tarde de octubre, la lluvia de noviembre, un beso helado — con lengua — en diciembre. Una niña con cuerpo de mujer; un metro cincuenta y ocho de pura misantropía que no paraba de repetirse a sí misma “¡soy feliz!”, aunque sólo fuese un mantra cínico con el que mantenerse a salvo de la realidad. Era la nota discordante de aquel blues que suena en la suite 202 de un motel de carretera que ya nadie visita. ¿Quién era Marina? Aquella cuestión tan aparentemente simple se presentaba, sin embargo, de una complejidad abrumadora al tratarse de ella. Durante los convulsos días y aún más convulsas noches que duró nuestra ¿relación?, pude ir desmontándola pieza a pieza, girando en el laberinto a la izquierda sin perderme, despejando la incógnita que suponía. Y, sin embargo, fue al final de aquello cuando me di cuenta de que me creía conocedora de un todo que no representaba ni una ínfima parte de su ser. Le gustaba el café solo. Decía que el granate era su color preferido porque su cuerpo le rendía pleitesía cada veintiocho días. Odiaba los ojos claros y, si unías las pecas de su espalda, el firmamento se moría de vergüenza y rabia porque esas constelaciones no eran suyas. Andaba sobre los sueños de los demás en un intento de deshacerse de los suyos propios. Los viernes se quedaba en casa, pero los lunes a las dos de la tarde aparecía borracha; follábamos a las cuatro y despertábamos a todos los vecinos. Robábamos botellas de champán y lencería cara. También odiaba a Neruda, pero el placer más sincero que experimenté con ella fue el de verla leer los sus versos como si pretendiese desflorarlos, ensañándose con ellos al igual que el poeta hacía con los cerezos. Fingió ser un ángel. Y cada vez que le preguntaba, temerosa, cuál iba a ser nuestro futuro; me respondía: que nos encuentren bailando.

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El día que Marina estalló, un sol radiante invadía la terraza llena de geranios, posándose en su piel ya tostada. Siempre la había visto tan huracán, que nunca llegué a plantearme que aquella pudiera ser la calma que precede a la tormenta. Nadie en su sano juicio la hubiera aceptado a su lado; quizás ese fue mi único pecado. Comenzó el monólogo como si no fuese más que una nimiedad, palabras superfluas que jugaban a deslizarse por el reloj para que las agujas las asfixiasen. “Al conocerme, preguntaron: ¿cómo puede una muerta sentir? Yo ni siquiera sabía que estaba muerta. Jodido, ¿eh? Qué irónico es enterarte de tu propia muerte a través de terceros. Pero ya sabes, siempre me gustó la ironía. Después te conocí, y me presenté como la Marina a la que nadie quiere porque es demasiado planeta para todos vosotros, tan satélites. Y pretendía alejarte de mí, no creas. No quería que tuvieses que encontrarte con esta muerta. Pero tú insistías. Insistías más de lo que nadie había hecho jamás, y a mí se me acababan los recursos para disuadirte. Así que me abrí a ti. ¿Qué más podía hacer? No tenía alternativas; eras como un camino sin bifurcaciones y yo ya estaba demasiado perdida… ¡en una línea recta! Ahora me pregunto: ¿cómo puede alguien perderse en una maldita línea recta?” — paró unos segundos para encenderse un cigarrillo, y después continuar con aquel acto de sinceridad que, por lo que advertí, se relacionaba más con ella misma que conmigo —. Hagamos suposiciones, como a ti te gusta. Yo estaba tan torcida que casi tocaba el suelo y tú, apareciste para enderezarme. Me dejé hacer. Confiaba en ti. ¡Y mírame! Sigo tan jodidamente torcida como al principio de esta historia. Que ni siquiera es historia, porque no tenemos un principio y yo soy más nudo de lo que tú jamás podrás desenlazar. Miro al espejo y quiero ayudar a la chica que me devuelve la mirada, con unos ojos cansados y enrojecidos, hasta que reparo en que esa chica soy yo y nadie va a ayudarme. Nadie quiere hacerlo. Supongo que llevo todo este tiempo intentando hacerme creer que soy lo suficientemente valiente como para sacarme adelante. Y mírame, si es que al final soy la línea más torcida de todas. He sabido ser tan fuerte que nadie ha podido derrotarme, excepto yo misma”. Solía hablar sobre camas de hospitales vacías, sobre cómo había mantenido sexo con extraños y sobre el olor de la calle a las seis de la mañana, cuando todos se encontraban aún en el refugio de sus sueños y ella ya había tocado fondo en la tercera botella. De retales del pasado cuando buscaba mis miembros desmadejados en la cama. De las mujeres y los hombres de su vida. De los que ya no estaban en ella. Pero nunca, nunca la había oído pronunciar aquellas palabras. Con la fuerza de un guerrero. Con el fragor de mil batallas. No supe qué contestarle. Esa respuesta a su discurso que — supongo — esperaba, nunca estuvo. Permanecí allí, callada, con los labios a medio entornar por la confusión de un golpe imprevisto. Y me juró que era feliz.

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Feliz. Cómo puede una persona mentir tan alto sin que se la oiga.

Ella ya no es ella. Todo lo que pugna por escapar de su boca, no es suyo. Su vida no le pertenece. Solo repara en sí como persona delante del espejo, cuando siente esos ojos nublados por un vaho de añoranza, pesados sobre la ligereza de un día a día sin preocupaciones. Nunca cambian; su mirada nunca cambia, su pasado nunca cambia. Unas veces se refleja en el cristal con el pelo algo más largo, tal vez rizado. Otras lo hace acompañada de alguien desconocido en busca del calor que sus sábanas ya no saben proporcionarle. Las manos se agrietan, la ropa queda obsoleta, las heridas se abren y se cierra. Pero los ojos siempre mantienen una expresión de reproche y ya no se siente identificada con ellos. Marina había perdido los pendientes. Y la mente.

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ATALLAS PERDIDAS. Mir.

|| / studiumlitterarum@gmail.com

A veces ocurre que optas por luchar batallas perdidas. Te unes a las filas y el saber que no saldrás de allí con vida como que te infunde más valor, fiereza. De repente hasta la más ínfima parte de un segundo adquiere valor. No buscas convertirte en un héroe de guerra aunque, para que fingir, es una bonita posibilidad a tener en cuenta. Sin embargo, lo único verdaderamente importante es sentirse vivo en el presente. Boqueas por esa jodida sensación de pertenencia a un lugar y sonríes cuando, a la fuerza, la soledad tiene que desalojar. Sabes que si miras hacia la derecha encontrarás un par de ojos alentadores y al mismo tiempo compasivos que responden a la tenacidad de los tuyos. Camarada dicen. Aunque en esta guerra en particular sería más adecuado el término loco. Y quieres conocer a ese compañero, saberlo todo y en especial que motivo le ha arrastrado a ser tan temerario y cometer esa imprudencia. Por lo pronto le ofreces un trago de tu botella de agua y esperas que no se arrepienta. Igual que esperas no hacerlo tú. En realidad no te paraste a pensar bien en las consecuencias. Curiosa casualidad esa de que las decisiones importantes nunca se meditan lo suficiente. A pesar de todo no contemplas la opción de una retirada. Y eso que dicen que una tiempo, vale más que múltiples victorias sufriendo... Ahora la cantimplora vuelve a estar entre tus manos. El loco, una vez se asegura que la tienes cogida, se limpia de la boca cualquier rastro de humedad con el antebrazo. Acto seguido se vuelve hacia ti y te sonríe. Es una sonrisa rara. No de agradecido sino más bien de defensa. Y solo hay un motivo por el que pudieras tener que atacarle... —Chiflado ¿piensas desertar? — sueltas de repente, confundida por lo que despierta en ti ese ambiguo gesto. — ¿¡Chiflado!? — repite y luego rompe a carcajadas — Hacia siglos que no escuchaba esa palabra. La verdad es que esperaba un mote algo más digno. Ya sabes… para la posteridad. — Incluso se aventura a bromear. Esa risa suya te suena tan familiar que acalla todas tus dudas. Sigue siendo un completo desconocido y sin embargo… Le echas por si acaso un segundo vistazo. De los intensos.

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De los de arriba abajo; y concluyes que definitivamente no le habías visto nunca. Eso solo puede significar que si sus carcajadas te han resultado tan familiares no es por un pasado común sino por un futuro en el que las escucharás mucho. No, no va a desertar. Y efectivamente bailarás en el campo de batalla a su son. Se convertirán en tu grito de guerra. Lo que te hará a querer llevarte contigo a cuantos puedas y pelear también el máximo número de días posibles. Porque en medio de la cruenta guerra, todo pasará a un segundo plano cuando estéis juntos. Esa risa suya ahogará hasta el mismísimo fragor de los cañonazos. Dentro de lo posible, de todos los guerrilleros, vosotros os jugabais un poco de más la vida. Como quien hace un All-in por orgullo, aún teniendo una pésima mano. Sabiendo que perderá su apuesta seguro (porque sus adversarios le conocen y es un mentiroso nefasto) pero anhelado igualmente marcarse un buen farol. No hubo farol en esta historia, claro. Ni un fuisteis felices y comisteis perdices. Tan sólo hubo últimos alientos y amor a destiempo.

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UIDO DE FONDO. María Amelia Puentes Gallego || / instagram.com/islabuhosaurio Huele a sal. Todos estamos aquí hoy. Esta noche será la noche de nuestros veinte años. Que estamos vivos es una buena excusa para festejar, después de un año sin aliento, lleno de trabajos insatisfactorios y de un país que está abocado a no levantarse. Estoy discutiendo por teléfono, la arena me toca los pies, estos pies que tanto han andado por mí, los hundo y los encojo y formo charcos en la orilla. Es cálida, acogedora, suave. Siempre me reconforta, pero por ahora no funciona, nada funciona. Mi mente da vueltas, no quiero hablar más sobre esto, quiero disfrutar de lo que estoy viviendo. Por un momento odio absolutamente haber nacido en esta época. Me sobra el teléfono, la distancia y la tristeza. Quiero volver a encontrarme en algún momento de esta conversación, me he perdido hace minutos, lo he perdido también a él. Estoy discutiendo viendo el mar y el mar, por primera vez, me pone triste. Creo que está triste conmigo. Las olas son altas, luchan en el fondo con las piedras. He descubierto con la edad que me identifico con las rocas, siempre fuerte parece nuestro lema. Pero igual que las rocas se sedimentan con el paso de los años y se van haciendo pequeñitas, yo me voy quedando sin fuerzas mientras animo a los demás. Buena pregunta esa que se hace mi madre a veces. ¿Y a mí quién me ayuda? —dice siempre al final de nuestras conversaciones. El mar me da aliento, puedo respirar. Me acuerdo por un segundo de ella y sonrío, ella es mi pilar. Respira profundo. —me digo. Por fin termino de hablar. Suelto en cualquier lado el aparato que vuelve idiota al mundo, no me interesa. Sólo quiero alcanzar el agua. Corro, corro como si se me fuera la vida en llegar. El agua me toca, me sumerjo en ella y, como un pez fuera del agua al entrar en el mar otra vez, respiro de nuevo. Me siento en casa, aquí es de donde partí y aquí es donde quiero morir. ¡Qué bonito sitio al que venir a perecer! —pienso.

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‘El azul es un color cálido’ leí en algún sitio, cuánta razón en tan pocas palabras. Salgo de aquel al que llamo hogar y vuelvo a tocar el polvo. La arena me hace a veces demasiado pesada. Tan pesada. Decido unirme a la gente, voy a beber algo. Acepto con gratitud que mi cuerpo se deje llevar, que mi mente le dé una pausa a mi cuerpo por una noche, después de la pelea sólo quiero divertirme. Fumo, bebo y rio hasta no poder más. La necesidad más grande suele ser la más sencilla de suplir. Cómo nos gustan las complicaciones. Somos animales adictos al dolor. Nunca he sido persona de excesos, pero permitirse alguno en momentos duros supongo que es de humanos. Es nuestra también la debilidad y la autodestrucción, por eso supongo que existen las drogas. Mientras la música suena, me abstraigo de mí, pienso en cómo nos vemos todos bailando. Hipnotizados por el fragor, por la danza, por el arte que hacen nuestros cuerpos al unísono. Por lo que un día perdimos en el transcurso de lo que llamamos vida. Y pienso: “A pesar de todo, ojalá siempre nos encuentren bailando.” Nunca he comprendido lo de la distancia hasta que me ha dado de bruces en la cara. Creo que lo que peor llevo de esto es la ausencia del tacto, no poder tocarlo. Se me clava en las costillas cada kilómetro que estamos separados. Y la falta de calor pasa factura a la larga, lo sé, ahora lo entiendo. Me da miedo la soledad, me cuesta reconocerlo, probablemente incluso más que la muerte y eso es raro. El mar siempre ha sido mi refugio desde pequeña porque me deja estar sola, pero no me abandona. No sé explicarlo. En el momento en que mi cuerpo flota, el mundo desaparece, no queda nada, sólo yo dentro de esa gran masa; pero dejo de tener miedo. Vuelvo a recobrar la conciencia sobre el paso de los minutos. Estoy en la fiesta que tanto tiempo me ha llevado organizar, por un lado, eufórica y por otro, triste. Tengo la cabeza confusa y el corazón desbordado. Voy al agua otra vez, ya son las tres de la mañana, pero el balanceo de las olas me atrae convirtiéndose en imán. Meto un pie y el mar me baña el otro, está calentita, como siempre cuando es de noche. El calor que siento por el alcohol se apacigua. Me desnudo. Bañarse desnuda en pleno mar siempre será de mis sensaciones favoritas del mundo. Soy libre en ese instante, soy yo, mi cuerpo es recibido tal como es y el mar lo acepta de buen agrado. Me acaricia sin temor, me mima sin reparos. Me dejo.

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De repente me vienen unas ganas inmensas de llorar, pero no puedo. Me cuesta un océano entero que mis ojos suelten la congoja que tanto me abruma a veces, puede que gastase mis lágrimas hace tiempo como mi hermano se quedaba sin besos a los seis años. Meto la cabeza debajo del agua y buceo. Todo está negro, pero la belleza que desprende ese momento me hace estar menos triste. Salgo, vuelvo a pisar tierra firme y tiemblo. Me paro de sopetón en el camino intermedio entre la orilla y mis amigos. Observo a esa gente a la que tanto quiero, me siento afortunada, es curioso como la vida te pone en el camino de otras vidas ajenas. —No hay tiempo para estar triste.— me digo en voz alta. Lo siguiente que recuerdo es bailar, bailar, bailar hasta no poder más. Puede que las tristezas del alma sanen mejor cansando al cuerpo. “Baila, baila, baila a pesar de los cristales en el suelo. A pesar de que tu corazón se esté resquebrajando.” —me digo. A veces ocurre en la vida que hay que dejarse llevar, que todo pase, que todo sane. De esa noche al final sólo quedó el clamor del mar y la indecible sensación de haber vivido.

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A MAGIA DE LOS LOBOS. Lana Neble || / twitter.com/lananeble — ¡Vamos, baja! — Exclamó Colette mientras miraba a Samuel, el cual estaba situado en lo alto del árbol. Ella, algo desesperada, comenzó a señalar a su amigo con la lanza que llevaba en la mano. — ¡Baja o te las verás conmigo! — Gruñó. Él, en cambio, rodó los ojos. — No quiero seguir jugando a esto. — Le dijo con desgana, por lo que Colette dejó caer el arma al suelo y se cruzó de brazos. Era un juego divertido, al menos para ella: consistía en situarse cada uno en un bando y pelear hasta que uno acabase venciendo. Colette, por una parte, siempre decidía ser la líder de algún clan de lobos, por eso siempre se disfrazaba de uno y llenaba su cara de pinturas para jugar. Su hipotética misión, consistía en defender a su manada. A veces llegaba a creer fielmente que había sido criada por un gran lobo de pelaje oscuro y ahora era su misión proteger aquel bosque. Por otra parte, Samuel se alzaba como un mago capaz de convertirse en un dragón. — ¿Y por qué no? — Inquirió Colette mientras se subía al árbol para acompañar a su amigo, aún con el ceño fruncido. Este le miró y, ante la morisqueta que ella presentaba, no pudo evitar reír. — Estoy cansado de que la Princesa Lobo y el Mago sigan peleando. Llevan así años. ¿No están hartos ya? Siempre acaba ganando uno, pero momentáneamente. Luego todo vuelve a comenzar y.. ¿sabes? Quizás el Mago ya no quiera hacer daño a la Princesa Lobo. — Dijo Samuel. Colette frunció más el ceño. — Pero.. así es el juego. Ellos pelean porque así nosotros nos divertimos. Si no peleasen.. ¿qué haríamos? — Volvió a gruñir Colette. Samuel se encogió de hombros ligeramente y un rayo de ternura apareció en sus gestos. — Quizás el Mago le pueda contar historias, ¿no? Y quizás ella pueda hablarle acerca de los secretos que esconde el bosque o de su miedo a ir al «mundo de los humanos» — Su voz era un arrullo que pronto desentonó con el comienzo de la lluvia. Las gotas caían sobre las hojas, moviéndolas de forma delicada. Por un momento, ambos desviaron su vista del otro para posarla en la tormenta que se ceñía allí. Ambos, protegidos bajo el cobijo de gruesas ramas y abundantes hojas, observaban el fulgor de los rayos, sin ningún tipo de miedo, casi meciéndose por el fragor de aquel acontecimiento. Tras ese instante en el que Colette recapacitaba ante las palabras de él, volvió a mirarle. — Quizás la Princesa Lobo quiera aprender a bailar pero no sabe lo que es la música porque nunca ha escuchado una canción. — Dijo, volviendo a creer que ella, era una extensión del bosque, que pertenecía a él desde su nacimiento. Samuel sonrió. — Y quizás el Mago pudiese mostrarle su canción favorita. Podría mostrársela como si de un gran secreto se tratase. — Colette ladeó levemente la cabeza. — Pero.. ¿Y si los lobos y

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el resto de magos ven como dos bandos bailan juntos? — Preguntó ella algo preocupada. — ¿Y qué, Colette? Que los pillen, que ellos estarán bailando. Una sonrisa se posó sobre los labios de Samuel. Había veces que ambos dejaban de ser completamente él y completamente ella para ser un mago con la capacidad de convertirse en un dragón y una Princesa Lobo. Y, como si de ellos mismos se tratasen, comenzaron a bailar al ritmo de los truenos y el viento.

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AGRACEDIMIENTOS Un proyecto como este (una guerra, cuatro islas, nada menos) no puede llevarse a cabo sin un montón, montón de gente. El agradecimiento más grande es para W., While, mi alter ego y la ideadora de todo el proyecto. Le debo una muy grande por haber contado conmigo para crear con ella. Nim Forėst tiene mi más profunda gratitud por partido doble, porque haber hecho una portada con tanta fuerza, y por haberla hecho con mis vaguísimas indicaciones. Otro gracias igual de grande para Elito y Verónica Laeddis, de Raíces e Instante respectivamente. Siempre es un placer gigante tratar con ellas. Por último, gracias a todos los que habéis escrito para cualquiera de las islas, a los que habéis difundido, a los que os habéis interesado y sobre todo a los que habéis leído. Estar rodeada de artistas, hacer lo que te gusta con ellos y que más de los nuestros te lean es algo muy grande.

amte

«Que nos derriben. Estaremos bailando»

«Dios nos hizo efímeros porque sabía que destruiríamos el mundo».

Lema de Fragor

Lema de Hecatombe

«Seremos el peso de la balanza».

«Habita aquí la vida como el susurro del mar, inexorable, en cada uno de nuestros latidos».

Lema de Raíces

Lema de Instante

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Fragor - Cuatro Islas  

Fragor, de la Antología 'Cuatro Islas', en todo su esplendor. Gracias por toda la guerra que hemos dado.

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