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EQUISALUD MAGAZINE

Recomendaciones neficiosa o amigable; esta última está constituida principalmente por bifidobacterias, lactobacterias, propionibacterias y algunas subespecies de E. coli, peptostreptococci y enterococci (2). Los bebés nacen con el intestino estéril, y es durante los primeros veinte días de vida cuando la superficie de su intestino virgen queda poblada por una mezcla de microbios que constituirán su flora intestinal, la cual tendrá un impacto muy importante en la salud del niño durante el resto de su vida. ¿De dónde proviene esta flora intestinal? Principalmente de la madre, al comienzo de la vida a través del parto. Dado que ciertas especies de bacterias deben predominar para mantenernos física y mentalmente saludables, y a la vista de su compleja organización, podemos decir que su papel en nuestra salud es esencial (3). La lactancia también se revela como un factor crucial, puesto que la flora de los lactantes alimentados con leche materna es diferente a la de los bebés alimentados con fórmula. Otros factores como la dieta y el abuso de antibióticos comprometen la calidad de la flora intestinal, lo que puede ocasionar que 500 especies de patógenos y microbios diferentes aumenten. Cuando la bacteria beneficiosa se destruye, los oportunistas crecen en grandes colonias ocupando gran parte del tracto digestivo (4). De acuerdo con lo evidenciado clínicamente en pacientes con disbiosis intestinal (flora intestinal anormal), sus progenitores también la padecían en un alto porcentaje. Los problemas más comunes que presentan son disfunciones digestivas, alergias, autoinmunidad, fatiga crónica, síndrome premenstrual, dolores de cabeza y afecciones cutáneas (5, 6). De entre las funciones que la flora intestinal lleva a cabo ―tan vitales para nosotros que si un día esta quedase estéril probablemente no sobreviviríamos―, la primera y más importante es la digestión absorción de los alimentos (7). Si un bebé no adquiere una flora intestinal apropiada, no podrá digerir y absorber los alimentos adecuadamente, pudiendo desarrollar deficiencias nutricionales, lo que posteriormente repercutirá en dificultades de aprendizaje, problemas psiquiátricos y alergias, como se ha observado en niños y adultos con problemas de malnutrición. Y aun en el caso de que estos niños crezcan sin complicaciones, como en ocasiones sucede, un análisis básico revelará deficiencias en minerales importantes, vitaminas, ácidos grasos esenciales, aminoácidos y otros nutrientes. Las carencias más comunes son de magnesio, zinc, selenio, cobre, calcio, manganeso azufre, fósforo, hierro, potasio, vanadio, boro, vitaminas A, B1, B2, B3, B6, B12, C, D, ácido fólico, ácido pantoténico, ácidos grasos omega 3-6-9, taurina, ácido alfa-cetoglutárico, glutatión y muchos otros aminoácidos. Esta lista habitual de deficiencias nutricionales incluye muchos de los nutrientes esenciales para el desarrollo normal y el funcionamiento del cerebro, del sistema inmune y del resto de mecanismos del cuerpo (8). Además de la absorción y digestión de los alimentos, la flora intestinal sintetiza varios nutrientes: la vitamina K, el ácido pantoténico, el ácido fólico, la tiamina (vitamina B1), la riboflavina (vitamina B2),

la niacina (vitamina B3), la piridoxina (vitamina B6), la cianocobalamina (vitamina B12), así como varios aminoácidos y proteínas. Las pruebas efectuadas a pacientes que sufren de disbiosis intestinal siempre arrojan deficiencias en estos nutrientes, cuyo tratamiento ideal, como la experiencia clínica ha demostrado, es la restauración de la flora intestinal (9). Así pues, no es casualidad que la mayoría de los niños y adultos con disbiosis severa muestren diversas etapas de anemia y alteraciones del crecimiento por malnutrición (10). Para tener una sangre saludable, el cuerpo demanda cierta cantidad de nutrientes tales como las vitaminas (A, B1, B2, B3, B6, B12, K, D, etc.), minerales (Fe, Ca, Mg, Zn, Co, B, etc.) y aminoácidos esenciales y grasos. Los citados pacientes no solamente no absorben los nutrientes de los alimentos, sino que la propia producción de muchos de estos nutrientes en el cuerpo se encuentra deteriorada. Y no solo eso: una flora intestinal dañada generalmente hace proliferar en los intestinos grupos particulares de bacterias patogénicas que, además, tienen predilección por el hierro (Actinomyces spp., Mycobacterium spp., especies patógenas de E. coli, Corynebacterium spp. y muchas otras) y que por tanto consumen el contenido en los

Una flora intestinal dañada generalmente hace proliferar en los intestinos grupos particulares de bacterias patogénicas alimentos, provocando una deficiencia de este elemento esencial. Desafortunada pero lógicamente, ingerir suplementos de hierro logra que la bacteria se fortalezca aún más sin remediar la anemia, cuyo tratamiento solo será efectivo con la participación de los nutrientes anteriormente mencionados, muchos de los cuales son producidos en una flora intestinal sana (11). Ésta halla su razón de ser en las bacterias beneficiosas que viven en el epitelio intestinal, las cuales digieren los alimentos y los convierten en sustancias nutritivas para el revestimiento intestinal. De hecho, se estima que el epitelio intestinal obtiene entre un 60 y un 70% de su energía a través de la actividad bacteriana. La mucosa intestinal, que constituye la barrera más grande que nos separa del mundo exterior, controla y previene la afluencia de la mayor cantidad de bacterias y otros posibles invasores. La habilidad para controlar la invasión de material patógeno se denomina «función de la barrera mucosa»; un inadecuado funcionamiento de dicha barrera puede ser reparado por subespecies de bacterias como Lactococcus lactis W19 (12). Por otra parte, la alteración de la mucosa intestinal con aparición de heridas y deterioro de la flora Nº 1

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