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E N T R E V I S T A En ocasión de un encuentro con los responsables del Movimiento de Comunión y Liberación de América Latina, celebrado en Asunción en julio de 1988, su fundador, monseñor Luigi Giussani concedió una entrevista a un grupo de periodistas. La misma fue publicada íntegramente en el primer número de la revista Huellas de Paraguay en enero de 1989. Partiendo desde el signiicado mismo de las palabras “Comunión y Liberación”, Don Giussani realiza un interesante recorrido en el que se revelan una ainidad y cercanía con el Papa Juan Pablo II además de una aguda mirada sobre los problemas que aquejan al hombre de hoy que parten de una pasión por la Gloria Humana de Cristo.

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M O N S E Ñ O R

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G I U S S A N I

OBSERVADORSEMANAL

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F U N D A D O R

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C O M U N I Ó N

“Amar a Cristo signiica intentar transformar de un modo más humano y adecuado la realidad”

Usted ha usado a menudo la palabra “identidad”. Algunos dicen que ustedes se atienen mucho a su propia identidad, al hecho de ser de Comunión y Liberación. ¿Qué puede comentar al respecto?

En setiembre pasado, cuando el Papa volvía de Estados Unidos, en el Aeropuerto de Roma, dos muchachos le dirigen estas palabras: “Somos de Comunión y Liberación”. El Papa se detuvo y les dijo a ellos: “Decidlo con gozo”. Para nosotros, subrayar nuestra identidad signiica agradecer al Señor por habernos tomado para Él según un camino, para nosotros persuasivo, pedagógico y tan vivazmente operativo. Si vivir la experiencia de un movimiento, reconocido como eclesial, es un modo de vivir la Iglesia, subrayar nuestra identidad es subrayar nuestra pertenencia a la Iglesia. El Sínodo ha airmado la doctrina de la unidad dentro de la pluriformidad. El gran teólogo muerto hace poco, Von Balthazar, dijo que “la ver-

dad es sinfónica”. Así, a nuestro parecer, cada movimiento suscitado por el Espíritu, y que, por lo tanto, acepta el Magisterio de la Iglesia y la obediencia, inclusive sacriicada a la institución, es una riqueza para todos, lleva vida dentro de la institución. Por lo tanto, subrayarlo y querer su isonomía, es subrayar y querer dar una contribución auténtica para que la institución crezca. ¿Usted cree que esto se comprende así en la Iglesia de hoy, o que hay una incomprensión a esa identidad propia, una cierta búsqueda de uniformidad? Estoy de acuerdo que también hay una búsqueda de uniformidad, para asegurar una autodefensa de parte de la realidad institucional. Pero esta uniformidad, no produce efectos buenos, porque vacía la vivacidad de la institución misma. La vida en la institución puede brotar de la inspiración del Espíritu, decimos de un carisma, que es un don del Espíritu, como el Papa ha explicado en una carta. Este carisma ha nacido en una determinada circunstancia, en un tiempo determinado, a través de determinadas características.

Vivir estos carismas, indudablemente, perturba a quienes quieren una más fácil uniformidad, perturba incluso la tranquilidad. ¿No se asemeja un poco esto a lo que ha ocurrido en la historia de la Iglesia con la aparición de las grandes órdenes religiosas? Es una analogía que sentimos con humildad. Es una analogía que nos gusta y nos parece exacta, porque por cuanto mezquinos y pequeños seamos, queremos vivir como una vida la parroquia, la diócesis, la iglesia local. Y la vida es una respuesta a los problemas, y a los problemas como se presentan a personas, y a los grupos, en la sociedad de hoy, en el tiempo de hoy. Nuestra gran fórmula es que la mayor novedad consiste en renovar la tradición, vivir lo antiguo según la capacidad de investirlo con lo nuevo, valorizándolo y corrigiéndolo. En este lugar donde estamos, hay un enorme cartel que dice: “lo más precioso que tenemos en el cristianismo es Cristo mismo”. Cuando usted nombra a Cristo, se advierte una gran

conmoción por su forma de hablar y expresarse. ¿Cuándo y cómo ha empezado usted a conocerlo? ¿Cuándo se ha dado cuenta por primera vez de este hecho, de que está vivo entre nosotros, de que es lo más precioso que tenemos en el cristianismo? Además del gran inlujo de mis padres, a quienes recuerdo con profunda gratitud cada día más, quiero recordar como decisivo el encuentro con algunos profesores de mi seminario. Especialmente con aquel profesor que me hizo aprender y explicar la literatura italiana como tentativa de respuesta a las grandes exigencias humanas, que siempre han dado inspiración al arte y me demostró que encontraba en Cristo, verbo encarnado, belleza encarnada, justicia encarnada, bondad encarnada, aquella respuesta que ellos buscaban en vano. Pero esta introducción a una lectura distinta de la producción literaria italiana, me hizo en aquel entonces, comprender por siempre cómo, por una parte la fe en Cristo queda cercana y apasionada con los problemas del hombre, y por otra parte, también como la más grande genialidad humana no

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fue nunca un objetivo de nuestro programa. Diría más bien que en estos últimos años esto se volvió una cuestión de obediencia al Papa que, en nuestro 30° Aniversario nos dijo: “Id por todo el mundo a llevar la belleza, la paz y la verdad que se encuentran en Cristo salvador”. Nuestra intención era sólo la voluntad de comunicar a los hermanos, a los hombres, que encontremos en cualquier parte, esta belleza, este gozo y esta verdad. Por lo tanto, no calculamos nada, no medimos nada, no dependemos de los éxitos: ¡Que Dios nos conserve así!

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ecientemente el Papa, durante su último viaje a América Latina, en Oruro, ha hablado de la Iglesia como “Sacramento de Comunión y Liberación integral”. ¿Esto expresa esa forma similar de sentir y afrontar los problemas más humanos a los que usted se reiere en relación al Papa? Este llamado ha sido sorprendente para nosotros, que nos deine, despierta en nosotros un mayor deseo de ser integrales en la aplicación de nuestros proyectos y programas.

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puede encontrar quietud y paz, no puede vivir una profecía de plenitud, de respuesta adecuada, sino poniéndose sobre las huellas de Cristo. Si entiendo bien, esa forma de comprensión de la literatura, de los literatos y artistas italianos a través del arte, venía a ser una búsqueda de lo absoluto que no podía ser respondido por el arte sino que era algo que lo superaba, que llevaba algo más. ¿Es esa la percepción a que usted alude? Sí, porque también percibía en esta última adolescencia o primera juventud, que pienso que fue un tiempo afortunadísimo, que cuanto más el arte expresa genialmente la voz de las nece-

“La más grande genialidad humana no puede encontrar quietud y paz, no puede vivir una plenitud de respuesta adecuada, sino poniéndose sobre las huellas de Cristo” Frase de Mons. Giussani

sidades humanas, de las exigencias humanas, tanto más en puja hacia horizontes más amplios. La respuesta que el hombre busca a las propias exigencias, es más genial cuando dilata las exigencias, no las resuelve. Y aquí el paso es bastante intuible, que la respuesta está más allá de todos los horizontes, o sea, la respuesta o es ininita o no existe. Comunión y Liberación surgió en Italia. Hoy, ahora mismo, vemos que se está viviendo esta experiencia en América Latina, que está encarnándose en otra cultura. ¿Cómo ve usted esta expansión de Comunión y Liberación en América Latina? Para nosotros la expansión no

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¿Qué piensa usted de la última encíclica del Papa, sobre la “Solicitudo Rei Socialis”; qué encuentra de nuevo en ella del magisterio de Juan Pablo II? Creo que la Solicitudo Rei Socialis, constituye una respuesta al tipo de preguntas que me hizo usted antes. Es una conirmación grandiosa del hecho de que la fe cristiana inviste la totalidad de las dimensiones de la vida, del hombre, y como se interesa por la salvación eterna de los hombres, no puede no interesarse por un mejor, más justo, más humano camino hacia el destino. La Edad Media deinía al hombre como “homo viator”. Amaba deinirlo así, que el camino sea lo más adecuado posible a las exigencias del corazón humano, a las necesidades de la vida humana entera. ¿Y las reacciones que esta encíclica ha suscitado, sobre todo esa condena que ha hecho el Papa a los grandes sistemas económicos y políticos? Creo que el propósito del Papa no ha sido tanto condenar lo uno o lo otro, sino indicar cuál es la vía equilibrada y justa, la que representa un equilibrio querido que, aún siendo fatigoso, debe tener presente todos los factores que entran en juego. Una posición que busque las soluciones de un problema o de unos problemas, con la preocupación de tener presente la totalidad de

VERDADERAMENTE HIZO ÉPOCA Me pasó como un relámpago al conocer la noticia. Era una frase de las últimas páginas del libro Jesús de Nazaret de Joseph Ratzinger, aquella en que habla de esa »venida intermedia« del Señor (entre Belén y la Gloria definitiva) que adopta múltiples modalidades. Pero hay algunas, advierte el Papa, »que hacen época«. Se refiere al impacto de algunas grandes figuras a través de las cuales Cristo entra de nuevo en la historia »haciendo valer de nuevo su palabra y su amor«. La noticia era la petición presentada al Arzobispo de Milán por el Presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, Don Julián Carrón, para que se abra la causa de canonización de Monseñor Luigi Giussani. Hacía exactamente siete años de su fallecimiento, que providencialmente coincidió con la fiesta de la Cátedra de San Pedro, que él consideraba como lugar de la última paz para todo fiel cristiano. También para él, cuya aventura no le ahorró travesías agitadas en los mares de la Iglesia de su tiempo. Creo estar seguro de que no es pasión de hijo. Fue Benedicto XVI en el inolvidable encuentro con cincuenta mil miembros de CL en la Plaza de San Pedro quien sintetizó de este modo la obra de Don Giussani: »El Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia, a través de él, un Movimiento, el vuestro, que testimoniara la belleza de ser cristianos en una época en la que iba difundiéndose la opinión de que vivir el cristianismo era algo arduo y agobiante... trabajó entonces por volver a despertar en los jóvenes el amor a Cristo, »camino, verdad y vida«, repitiendo que sólo Él es el camino hacia la realización de los deseos más profundos del corazón del hombre, y que Cristo no nos salva prescindiendo de nuestra humanidad, sino a través de ella«. Es el mismo Papa que acaba de hablarnos del cansancio de la fe como una plaga en occidente, una plaga que pocos veían en los lejanos años cincuenta cuando un joven sacerdote lombardo decidió abandonar su carrera teológica para dedicarse a educar a aquellos jóvenes que habían perdido ya, en gran medida, las razones de su fe cristiana. Era la misma generación que una década después se entregó a la persuasión del 68 haciendo que la ideología expropiara al cristianismo la categoría de la esperanza, alzándose con sus promesas de cambio tan pronto fracasadas (…). (…) Ahora la madre Iglesia, en cuyo regazo creció, gozó y amó, escrutará cada renglón y cada recodo de su peripecia humana, como debe ser. Nosotros, sus hijos, esperamos tranquilos, contagiados de esa fiebre de vida, de ese torrente de caridad que él quería que transmitiéramos a la gente-gente, a los que pueblan con su corazón confuso y sediento, nuestras calles y plazas. Su palabra y su vida pertenecen ya por entero a la gran historia de la Iglesia, y riegan sus terrones mucho más allá del límite visible del movimiento que fundó. José Luis Restan

los factores, nosotros decimos que es una posición religiosa, porque para nosotros, como decía el Papa Montini (Pablo VI) cuando era cardenal de Milán, en una carta de Cuaresma: “el sentido religioso es la síntesis del Espíritu”. La religiosidad es para nosotros el punto de vista global sobre el hombre. Por lo tanto, en cada afrontar concreto de la necesidad humana, se debe tener como preocupación el no eclipsar ninguno de los factores humanos que entran en juego y esto es la religiosidad. Por lo tanto, al airmar este punto de vis-

ta de la religiosidad, la encíclica del Papa no condena nada, pero está implícita la autoexclusión de aquellas posiciones parciales o unilaterales.


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R E F L E X I O N E S

El peor prejuicio intelectual: creer que la ciencia lo es todo Mario Ramos-Reyes* El prejuicio es feo y sobre todo, cansa. Cansa oírlo, escucharlo con atención para ver si algo tiene de verdadero pero, a la larga, agota pues airma cosas imaginarias. Pretende que las cosas son como se las pretende, pero que, en realidad, no lo son. Así el prejuicio es un juicio anticipado, como un salto al vacío de las cosas sin experimentarlas, un jugueteo con la realidad y, peor aún, con el sentido común de las personas. Pero, debo confesar, mientras el prejuicio resulta grotesco pues habla de la realidad antes de acercársela a ella, el prejuicioso, cuando habla de ciencia o ilosofía, no deja de ser interesante y hasta, me atrevería a decir, meritorio, corajudo. ¿Cómo no alabar a alguien que, aún cuando pudiere tener ideas preconcebidas sobre las cosas, por lo menos las tiene? Es que seamos sinceros, cuántas personas existen por ahí que, a fuer de no pasar por prejuiciosas, apenas si tienen ideas, siendo mero eco de los demás. Como le ocurre a la mayoría, no se preocupan en tenerlas, viviendo en una suerte de limbo aburguesado. Una forma de vida de la que no estamos exentos, dicho sea de paso, los cristianos y menos aun, los católicos. ¿Pero cuál es el prejuicio al que me reiero? Es el juicio preconcebido que podemos tener o que, muy a menudo, se posee. Y que la ciencia lo es todo. De que

si algo no es cientíico, entonces no es verdadero. No existe. Como que debe haber una suerte de lógica pública que normaría, y regularía “cientíicamente” –perdóneseme la repetición– la vida ciudadana. De ahí que el verdadero humanismo sería el materialista y al mismo se arribaría con la aprehensión de un pensamiento crítico que exigiría un análisis detallado de la rea-

La fundación de la ciencia de los“hechos”solo es posible gracias a que los investigadores comprendieron que no hay, en el fondo,“meros hechos”. Heidegger, Ser y Tiempo, 362 lidad. La ciencia así la agotaría, reduciendo todo a lo que se ve y toca, a lo fenoménico, lo material, deviniendo así en la única vía de acceso para conocer el mundo, a nosotros mismos, a nuestro destino, de una manera certera. El resto de los conocimientos sería puro mito, cuento, creencias legendarias como la de nuestro Jasy Jatere. O peor aún, sería una forma degenerada de ciencia, una seudociencia, donde la astrología o el sicoaná-

lisis, la religión, o la fe, y ni qué decir el cristianismo o incluso la ilosofía competirían de manera frenética en una demostración de irracionalidad acientíica digna de mejor suerte. El prejuicioso tiene razón en airmar que la ciencia, la empírica, es parte del comportamiento humano y que las proposiciones de la ciencia son correctas o válidas si las mismas se veriican en la contrastación con las cosas. No hay duda. La ciencia enfrenta datos, hechos dados. Pero se le debe advertir que esa realidad dada también permite otros comportamientos. La ciencia no es el único ni mucho menos es un comportamiento necesario. Muchos seres humanos han podido vivir, y viven muy bien, sin hacer ciencia. Artistas o poetas o, simplemente, religiosos, y no digamos ilósofos o campesinos pueden saber más del sentido de las cosas que connotados cientíicos. Pero hay algo aún más grave que el prejuicioso cientíico no tiene en cuenta. Y es lo siguiente: el que la realidad empírica en la que el cientíico reposa sus razonamientos y conclusiones es un algo, una realidad que está ahí, de antemano ante sus ojos, y ello hace que la validez de sus proposiciones cientíicas se ainquen en una realidad previa. La aceptación de esa realidad previa es lo que hace legítimo al mismo proyecto cientíico. Y esta airmación ya deja de ser “cientíica” y deviene, siguiendo al ilosofo Heidegger y al sentido común, en una proposición

ilosóica. En suma, el toparse con la experiencia humana, esa realidad previa y presupuesta, como amasijo de cosas que no es “conjeturada” o meramente “imaginada” por el cientíico, es lo que despierta el estupor y el deseo de hacer ciencia. De ahí el peor pecado del cientíico: el negar la evidencia de esa experiencia de la realidad, y el suponer, como lo hacen muchos positivistas o empiristas, que la verdad de sus proposiciones nacen de “cero”. Y de que, o bien la realidad es medible y mensurable, o bien, estamos en la seudo-ciencia, cayendo en un maniqueísmo que raya en lo narcisista. Es que, lo que son hechos, son tales en tanto en cuanto son parte de un proyecto vital. Y es desde esa experiencia o proyecto vital, precisamente, donde arranca la ilosofía y su racionalidad. Y la fe y su razonabilidad. Porque lo propio de la ilosofía y de la experiencia religiosa es connatural al ser humano: es formular las preguntas que pertenecen a su condición,

parte intima de su naturaleza. La ciencia, como vimos, no lo es. Explica el como, esta ajena al porqué. Da razón del mecanismo, no del sentido de las cosas. Nadie es necesariamente cientíico pero la ilosofía o metafísica y el sentido religioso es algo que nos pertenece. Es lo que, de nuevo, Heidegger, alguien poco sospechoso de tener fe, aseguraba: la metafísica, el hacerse devoto del preguntar sobre el sentido, pertenece a la naturaleza del ser humano. La verdad de las cosas o de la sociedad, no puede medirse única y exclusivamente con la vara de la ciencia. No darse cuenta de esto es permanecer en sombras y, peor, en continuar habitando dentro del peor prejuicio intelectual de nuestro tiempo: creer que la ciencia lo es todo. Y ello es feo, y como apuntamos, cansa.

*Mario Ramos-Reyes, Profesor y Filósofo; Director del Centro de Educación, Ética. mramos-reyes@kc.rr.com


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Ratzinger y el ecumenismo: un análisis profundo y brillante en pos de la unidad (in)

En esta entrega terminamos de exponer las lúcidas explicaciones sobre ecumenismo que el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, diera en el año 2000 al periódico alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, luego de las fuertes polémicas surgidas con ocasión de la publicación de la Declaración Dominus Iesus. Imposición de la ceniza al Santo Padre

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o que irrita al protestante no es el concepto de Iglesia sino la interpretación bíblica de “Dominus Iesus”, en la que se airma que “es necesario oponerse a la tendencia a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia” y a “presupuestos que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada”. Dice Jüngel: “La

revaloración inoportuna de la autoridad del Magisterio eclesial corresponde a una igualmente inoportuna devaluación de la Autoridad de las Sagradas Escrituras”. Gracias a quinientos años de experiencia, la exégesis moderna ha reconocido claramente, junto a la moderna literatura y ilosofía del lenguaje, que la simple autointerpretación de las Escrituras y la clari-

“Precisamente la relación con las profesiones de fe, por lo tanto, con la tradición viva de la Iglesia, garantiza la interpretación literal de las Sagradas Escrituras, protegiéndolas del subjetivismo y conservando su originalidad y autenticidad.”

“La simple autointerpretación de las Escrituras y la claridad que se derivaría de ella sencillamente no existen… Se ha visto que incluso la Iglesia evangélica no puede prescindir de una suerte de Magisterio.”

dad que se derivaría de ella sencillamente no existen. En 1928, Adolf von Harnack, en su correspondencia con Eric Peterson, declaró con su típica crudeza: “El así llamado «principio formal» del viejo luteranismo es una imposibilidad crítica y, por el contrario, el católico es el mejor”. Ernst Käsernann demostró que el canon de las Sagradas Escrituras en cuanto tal no funda la unidad de la Iglesia sino la multiplicidad de las confesiones. Recientemente, uno de los exegetas evangélicos más importantes, Ulrico Luz, ha mostrado que la “sola Escritura” da lugar a todas las posibles interpretaciones. Finalmente, también en la primera generación de la Reforma se debió buscar “el centro de la Escritura” para obtener una clave de interpretación que no se lograba extrapolar del texto en cuanto tal. Un ejemplo práctico más: en el choque con Gerd Lüdemann, un profesor que negaba la resurrección de Cristo, su divinidad, etc., se ha visto que incluso la Iglesia evangélica no puede prescindir de una suerte de Magisterio. En el desvanecimiento de los contornos de la fe en un coro de esfuerzos exegéticos an-

titéticos (exégesis materialista, feminista, liberacionista, etc.) parece evidente que precisamente la relación con las profesiones de fe, por lo tanto, con la tradición viva de la Iglesia, garantiza la interpretación literal de las Sagradas Escrituras, protegiéndolas del subjetivismo y conservando su originalidad y autenticidad. Por eso, el Magisterio no disminuye la autoridad de las Sagradas Escrituras sino que las protege, poniéndose en una posición inferior respecto a ellas y dejando emerger la fe que de ellas deriva. Como criterio decisivo para la deinición de “Iglesia hermana” de la Iglesia católica romana, la Declaración de su Congregación indica la aceptación de la “sucesión apostólica”. Un protestante como Jüngel rechaza este principio considerándolo no bíblico. Para él, sucesor de los apóstoles no es el Obispo sino el Canon bíblico. Según él, quien vive según las Escrituras es sucesor de los apóstoles. La airmación de que el Canon sería el sucesor de los apóstoles es una exageración y mezcla cosas dema-

siado diversas entre ellas. El canon de la escritura ha sido encontrado por la Iglesia en un proceso que habría durado hasta el siglo V. El canon, por lo tanto, no existe sin el ministerio de los sucesores de los apóstoles y, al mismo tiempo, establece el criterio de su servicio. La palabra escrita no sustituye a los testigos vivos del mismo modo en que estos últimos no pueden sustituir a la palabra escrita. Testigos vivos y palabra escrita remiten el uno al otro. Compartimos la estructura episcopal de la Iglesia como modo de estar en comunión con los Apóstoles, con toda la Iglesia antigua y con las Iglesias ortodoxas, y esto debería hacer relexionar. Cuando se airma que quien vive según las Escrituras es sucesor de los Apóstoles, no se responde a la siguiente pregunta: ¿quién decide qué signiica vivir según las Escrituras y quién juzga si se vive efectivamente según las Escrituras? La tesis según la cual el sucesor de los apóstoles no es el obispo sino el canon bíblico es un claro rechazo del concepto de Iglesia católica. Al mismo tiempo, sin embargo, se pretende que nosotros apliquemos este mismo concepto para deinir a las Iglesias de la reforma. Francamente, es una lógica que no entiendo. Preparado por CCL


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P O E S í A

L A AVE NT URA HUMANA DE LOS S ANTOS

San Juan de Dios

La noche oscura En una noche oscura, con ansias, en amores inlamada, ¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada.

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A oscuras y segura, por la secreta escala, disfrazada, ¡oh dichosa ventura!, a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada. En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía. Aquésta me guiaba más cierto que la luz de mediodía, adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía. ¡Oh noche que guiaste! ¡oh noche amable más que el alborada! ¡oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada! En mi pecho lorido, que entero para él solo se guardaba, allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba.

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El aire de la almena, cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena en mi cuello hería y todos mis sentidos suspendía. Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado. (San Juan de la Cruz, poeta y religioso español)

L I T E R A T U R A

Sobre los refranes de “El Quijote” (V) Olga Tarnovska

En el presente artículo se destacan varios puntos de interés sobre el refranero de El Quijote, en particular su actualidad, su importancia y su carácter representativo para la lengua española de hoy, datos que tienen sin duda una importante aplicación al ámbito de la enseñanza.

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unque también se encuentran algunos refranes con muchísimas citas: el record pertenece a No es oro todo lo que reluce con 8.480 citas registradas, también Del dicho al hecho hay gran trecho muestra 7.070 referencias encontradas: estos refranes, sin duda alguna, pertenecen al grupo de los más conocidos de la lengua española tanto en la península como en el continente americano El análisis de sus apariciones en la red nos demuestra que de tanto uso estos refra-

nes se convencionalizan y se “exprimen” más lingüísticamente que hace siglos. Aparte de ser insertados en un texto o discurso oral, obtienen muchas otras funciones: desde dar nombre a las páginas web que contienen refranes hasta servir de título para artículos o secciones en numerosos periódicos e, incluso, se pueden encontrar como nombres de muchos proyectos, conferencias, eventos sociales, etc. Así los refranes que hoy día, al igual que hace cinco siglos gozan de una gran circulación entre los hablantes son, entre otros: A Dios rogando y con el mazo dando; A buen entendedor, pocas palabras; Ande yo caliente, ríase la gente; Cada oveja con su pareja; De noche todos los gatos son pardos; Donde menos se piensa salta la liebre; El que ve la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo; En todas casas cuecen habas y en la mía a calderadas; La codicia (avaricia) rompe el saco; Hoy por ti y mañana por mí;

La ocasión la pintan calva; Más vale pájaro en mano que cientos volando; Tanto vales cuanto tienes; Una golondrina no hace verano; y muchos otros. Indudablemente, la obra de Miguel de Cervantes ha contribuido en gran medida a que estas paremias perduren en el tiempo y a su popularización.

onforme a la parábola evangélica, hay obreros a los que Dios llama en la primera etapa de la vida, otros al mediodía y otros al atardecer. Lo esencial es que el llamado se dedique con amor, entusiasmo y dedicación al trabajo por la construcción del Reino de Dios. Constatamos esto en la vida de los santos: unos fueron predestinados desde la primera infancia a la santidad y consagra¬ción a Dios, otros al final de la juventud, otros aun en la edad madura. Entre estos últimos se cuenta al santo del día de hoy, San Juan de Dios. Hasta los 40 años de edad la vida de este hombre estuvo marcada por el espíritu de aventura que los descubrimientos marítimos infundieron en tantos de sus contemporáneos en el siglo XVI. Juan nació en Evora, Portugal, en 1495. A los 8 años huyó de su casa y se dirigió a España, que iba a ser el principal escenario de sus aventuras y obras. Se puso al servicio de un criador de ovejas, cuidó de los rebaños, recibió las primeras letras y se convirtió en administrador de la propiedad del benefactor. Se alistó enseguida como soldado en las tropas del emperador Carlos V y combatió contra los franceses y turcos, pero fue expulsado bajo la acusación de complicidad con ladrones de botines de guerra. Después de varias peripecias se estableció en Granada, donde abrió un pequeño negocio de libros y allí fue que sintió el llamado de Dios con impetuosidad repentina. Mientras escuchaba las predicaciones de San Juan de Ávila, se sintió profundamente tocado por la gracia de Dios. Inmediatamente regresó a la tienda, quemó todos los libros inmorales y repartió el resto entre los curiosos. Tal conducta, más otros actos de generosidad heroica al distribuir sus bienes a los pobres, hizo que lo internaran en un hospital de locos. Esta reclusión fue providencial, pues allí descubrió su vocación. Observando el trato inhumano, la falta de higiene y de terapia, además de la desidia casi total en que los enfermos mentales eran abandonados, Juan percibió que Dios lo llamaba a cuidar de los enfermos, especialmente de los locos y de los incurables. A ellos dedicó el resto de su vida. Con una pequeña herencia que le dejó un sacerdote benefactor, alquiló una casa para acoger a los indigentes y enfermos. De ahí en adelante sus andanzas sólo tenían por objeto conseguir los medios materiales para cubrir las necesidades de su apostolado. Escribía años más tarde: “En esta casa (hospital fundado y mantenido por él) se reciben generalmente todas las enfermedades y toda clase de gente, de manera que aquí hay paralíticos, mancos, viejos, etc. Son tantos los pobres y enfermos que aquí llegan, que yo mismo muchas veces estoy asombrado de ver cómo se los puede alimentar, pero Jesucristo provee todo y les da de comer”. Era una escena curiosa en la ciudad de Granada ver a este hombre vestido con hábito de fraile dirigirse a los transeúntes con estas palabras: “Hagan el bien, hermanos”. Era eso una invitación al comportamiento cristiano y un pedido de ayuda para las obras de su hospital. Todo el mundo lo conocía y lo veía siempre en actividad. Juan no tenía tiempo para reposar o dormir, alegan¬do que ¡ya había perdido bastante tiempo en los cuarenta años vividos antes de su conversión! Tanto heroísmo tuvo imitadores. Ya en vida, varias personas se le unieron en el cuidado de los enfermos, pero sobre todo después de su muerte su obra creció rápidamente. Juan murió en 1550 y en 1572 los “Hermanos de los enfermos”, llamados popularmente “Hagan el bien, hermanos”, recibieron el hábito y una regla del Papa San Pío V. Un siglo después, sólo en España, la Orden contaba con ochenta hospitales. Hoy se encuentra diseminada en todo el mundo. Juan de Dios fue canonizado en 1690 y declarado patrono de los hospitales. M.I.

Observador Semanal del 08/03/2012  

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