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¿Cuántas veces hasta ahora (y de cuántas formas) nuestra especie ha hecho a la Tierra temblar? Llevamos toda la historia buscando trascender la muerte, pero ¿qué es lo que hacemos con la vida? Diego Álvarez Robledo

2 Alebrije Luis Flores

37 Los anversos satánicos Romeo Tello

Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas

La fábula de la cabra que quería pastar en los campos y de cómo encontró un pesebre Itzel Lara

4 Mito y destino de Axolotl Diego Álvarez Robledo

43

13 María Luisa Anaïs Abreu

53 Música para hombres Alfredo Loera

15 Álbum de negativos sección “Negativos” Luis Enrique Aguirre

56 Los ebrios Ibán de León

17 Desértica Mario Conde

pliego

58 Fundación para las Letras Mexicanas Actividades 2010–2011

Número 13, 2011

1 Editorial

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Índice Número 13 2011

Ama al prójimo desmerecido y chancletas. Ama al prójimo maloliente, vestido de miseria y jaspeado de mugre. (…) Y ama a la prójima que de pronto se transforma a tu lado, y con piyama de vaca se pone a rumiar interminablemente los bolos pastosos de la rutina doméstica. Juan José Arreola

bestiario

23 Revisión Emiliano Álvarez 24 Memento mori Juan Carlos López Morales

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¿Cuántas veces hasta ahora (y de cuántas formas) nuestra especie ha hecho a la Tierra temblar? Llevamos toda la historia buscando trascender la muerte, pero ¿qué es lo que hacemos con la vida? Diego Álvarez Robledo

2 Alebrije Luis Flores

37 Los anversos satánicos Romeo Tello

Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas

La fábula de la cabra que quería pastar en los campos y de cómo encontró un pesebre Itzel Lara

4 Mito y destino de Axolotl Diego Álvarez Robledo

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13 María Luisa Anaïs Abreu

53 Música para hombres Alfredo Loera

15 Álbum de negativos sección “Negativos” Luis Enrique Aguirre

56 Los ebrios Ibán de León

17 Desértica Mario Conde

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58 Fundación para las Letras Mexicanas Actividades 2010–2011

Número 13, 2011

1 Editorial

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Índice Número 13 2011

Ama al prójimo desmerecido y chancletas. Ama al prójimo maloliente, vestido de miseria y jaspeado de mugre. (…) Y ama a la prójima que de pronto se transforma a tu lado, y con piyama de vaca se pone a rumiar interminablemente los bolos pastosos de la rutina doméstica. Juan José Arreola

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23 Revisión Emiliano Álvarez 24 Memento mori Juan Carlos López Morales

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Editorial

Mi madre es salamandra. Mi padre, mariposa verde. Mi hermana, cactácea en flor, y mis hermanos, un trío de alebrijes. Tengo amigos diablos y corderos, bailarines y borrachos. Los unos se comen a los otros y sus cuerpos se conjugan. Una de mis abuelas es cabra; la otra, ajolote. Ambas se casaron con pájaros heridos y de la mezcla se desató un zoológico que sigue procreándose. ¶ Yo soy hombre, pero tengo alma de reptil astuto. ¶ Un día me ordenaron que pusiera nombre a los animales y me enseñoreara de ellos. Luego, que construyera un arca para meter en ella a mi gente. En sus límites se ordenó mi fauna. La sangre que me une con las bestias afloró y en cada una de ellas me reconocí: en su barbarie, mi entraña animal; en sus formas exóticas, los giros de la imaginación; en su irracionalidad, mi propio abismo. ¶ Con el bestiario abracé mi prole en sus especies carnales y fantásticas. Dentro del arca de papel, al escuchar su bullicio y mirar las gracias de su figura, mis instintos despertaron. ¶ Acaricia mis bestias. Pasea por la junta de fieras que traigo dentro. Tú también perteneces a la estirpe. Bestiario: sala de espejos en una feria.g

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Alebrije

Luis Flores

Me mira el alebrije, el alebrije sueño de colores con su cola pez o papagayo en pleno vuelo, su nariz también un pez azul y vertical. El alebrije, mezcla de dragón y de rebozo, me mira con lo negro, con lo duro, con lo sapo de sus ojos y se mueve por mi sueño, baila, va de un lado a otro. Me mira el alebrije y otra vez se acerca, se ríe, se columpia, lagarto patas de paloma; rústica entelequia con alas elegantes pero inútiles y brazos de tridente inofensivo; taurino y sigiloso se desliza de mi sueño, camina por mi almohada, salta de mis sábanas al mundo, se esconde en la madera de copal y la madera la talla un artesano, la pule, la ilumina, la transforma en alebrije y en la plaza de los miércoles lo vende. Yo también lo miro, lo descubro como tigre pavo real, irrealidad brillosa, panzón y más festivo que un borracho. Lo miro misterioso, colorido y feliz como una feria, juguete saurio y esperpento con su magia de caballo; con su cuerpo lleno de POESÍA

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lunares rojos, blancos, lilas, semicírculos y flores; con su lengua pétalo de lumbre, sus orejas en zigzag, farol su cuello, su cabeza graciosa, tensa, casi humana, y cuatro cuernos encendidos su corona. Yo también lo miro, miro cómo se sale de mi sueño, se me escapa de pronto y yo no quiero despertar hasta encontrarlo; después comprendo que se ha ido. Me despierto suspenso y resignado, sin saber lo que me espera. Salgo a comprar dulces porque es miércoles y hay plaza.

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Flores

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Mito y destino de Axólotl Diego Álvarez Robledo

Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axólotl piensa como hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Julio Cortázar

I Agua. La violencia del agua. El diluvio. Gotas que estallan contra la tierra: la explosión seminal del agua que origina la vida y luego nada. El agua quieta, profunda. El agua estancada, fría en el fondo y negra en la superficie. El agua constante de un río que susurra. El agua que muta, que se adapta a la forma de su contenedor, el agua que baila con la luna. Y luego otra vez tormenta. Hubo una lluvia tan fuerte que quedó escrita en la memoria de nuestra especie, por la mano de los mismos dioses que la provocaron. No hace falta nombrar a todos los dioses ni a quiénes escogieron para sobrevivir, dónde se establecieron esos elegidos ni qué distintas son las religiones que predicaron. Pero habría que mencionar una particularidad: de todos los mitos del diluvio que florecieron alrededor del mundo, sólo en el imaginario mexica hubo una extinción total. Después del Cuarto Sol llovió tanto que todos los hombres se convirtieron en peces y fueron devorados por bestias marinas. Contra la voluntad de los demás dioses, Quetzalcóatl decidió darle una última oportunidad a la humanidad y bajó al Mictlán a pedirle los restos del hombre al Señor de los Muertos. Descendió por el cráter de un volcán, donde rápidamente la penumbra se tragó su luz hasta que se encontró completamente perdido. Ciego en esa oscuridad, escuchó una voz. Por un momento pensó que era su propia sombra ENSAYO

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quien hablaba, y no estaba del todo equivocado: un instante después, supo que estaba frente a frente con su gemelo oscuro. Acerca del dios que recuperó nuestros restos y nos dio vida con su sangre se sabe realmente poco: se llamaba Xólotl, fue recluido por ser el segundo gemelo, vivía en las sombras, tenía el poder de transformarse igual que el agua, de mutar y adaptarse a distintos contenedores. Gracias a este poder, los gemelos pudieron escapar de la ira de Mictlantecuhtli con los huesos del hombre bajo el brazo. Para revivir el sol por quinta vez, se requería el sacrificio de un dios en la hoguera y la muerte de todos los otros dioses. Xólotl, quien había dado toda su sangre para revivir a la humanidad y —por su vida de reclusión en las sombras— era vulnerable a la luz del sol, quiso huir. Mientras escapaba convaleciente, se transformó en xoloscuintle, en maguey, en maíz de doble penca, y finalmente entró en el agua, donde se convirtió en el animal que juntaba todas sus características divinas: Axólotl. Lo asesinaron en el fondo del lago, donde luego reposaron sus descendientes ajolotes. Por su cobardía, fue condenado a guiar al Sol todas las noches a través del reino de los muertos, hacia el nuevo amanecer. El mito de la creación de la humanidad, según los mexicas, comienza con extinción y termina con la muerte de los dioses en un sentido casi nietzscheano. A partir de la sangre de Axólotl, en el Quinto Sol, el mundo y su destino quedan en manos del hombre.

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II Tenemos sólo una vaga noción de lo que fue Tenochtitlán cuando Cortés cruzó por primera vez la Calzada de Ixtapalapa hacia el Templo Mayor. Tres puentes conectaban la isla con el continente: largos caminos de tierra por encima de una masa acuífera de mil seiscientos kilómetros cuadrados de superficie, la unión de tres lagos: Chalco, Xochimilco y Texcoco. Del agua sobresalían varios islotes, algunos naturales, algunos hechos por medio de chinampas donde la gente cultivaba y vivía. Así como el ajolote, los mexicas de Tenochtitlán eran seres acuáticos que nadaban en el ombligo de Coatlicue. Álvarez robledo

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Cuando Humboldt llegó a la Ciudad de México, el lago era apenas una cuarta parte de lo que fue en la época de la conquista. Durante la Colonia, el agua fue depositaria de todos los desechos humanos y, debido a la peste y las enfermedades que producía, fue drenada poco a poco. Axólotl había sido olvidado por la historia europea; sus características sólo se mencionaban en los textos de Francisco Hernández, quien lo llamó Gyrinus edulis o atolocatl. Junto con otras descripciones del Nuevo Mundo, hablaba de su carne, de sabor similar al de la anguila: un animal que guardaba el secreto de la inmortalidad debajo de la piel. De cortarle una pierna, podía crecerle nuevamente, y semejante poder también era adquirido por aquel que lo devorara. La enciclopedia de Hernández —compuesta por veintidós volúmenes escritos en latín, castellano y náhuatl— desapareció casi en su totalidad después de un incendio. Los escritos que sobrevivieron hablaban lo mismo de Axólotl que de espíritus del Nuevo Mundo, yerbas mágicas y sirenas de río: parecía el trabajo de un loco, un autor hechizado por la fascinación de una tierra donde el hombre y las leyendas se condensaban en un mismo universo. Cuando Humboldt leyó sobre el ajolote por primera vez, asumió que semejante animal debía ser el mito de una era de credulidad que había muerto, sepultada por el temblor de la pólvora de los invasores. Es imposible saber de cierto si mientras los aztecas desfallecían de hambre, sed y viruela, sitiados en Tenochtitlán, creían que era la mano vengativa de un dios la que los estaba aplastando: el verdugo tenía que ser una fuerza desconocida, un mal sin nombre que acarreaba bestias, demonios que escupían fuego e incineraban los cuerpos desde dentro. Los mexicas incurrieron en prácticas caníbales, no sólo entre amigos y familiares: como último acto de desesperación, tragaban sus propias manos y piernas, cruzando las últimas fronteras del dolor en un intento desesperado por superarlo. Lo cierto es que ni siquiera entonces los mexicas se comieron a los ajolotes. Los españoles, desde barcos que navegaban las aguas del lago como enormes bestias al acecho, miraban cómo la ciudad de encantamiento se hundía profundo en el lodo, con todo y sus templos y sus ídolos, de la mano de sus propios dioses.

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En Tenochtitlán, los ajolotes eran atrapados en chalupas bendecidas por sacerdotes. Su carne sólo podía ser comida por aquellos que tuvieran un ápice de divinidad en la sangre. Al ser ingerido, Axólotl no moría sino que formaba parte del cuerpo que lo había consumido. En el mercado se vendían como talismanes para la suerte de la gente común y corriente, cuyo uso consistía en liberarlos en el lago, a la orilla más próxima del hogar. Algunos incluso alimentaban al ajolote con su propia sangre antes de mirar cómo se alejaba nadando. Pero después de las llamas que incendiaron la ciudad y sus códices, el fuego que devoró la enciclopedia de Francisco Hernández, Axólotl se escondió en la penumbra del fondo del lago y fue olvidado por la historia. Cuando Humboldt recolectaba especies de plantas y animales en México, llegó al mercado de Tlatelolco, y encontró un animal que de inmediato relacionó con aquel descrito por Hernández en algunos de los pocos párrafos que sobrevivieron al incendio. Protegido por la vacuna del idealismo racionalista, había descartado los escritos del español por carecer de rigor científico. Sin embargo, en sus diarios, se puede notar cómo, a lo largo de sus viajes por América, una fiebre de credulidad lo fue contagiando, tumbando un paradigma tras otro, demoliendo los edificios de la razón que limitaban su conocimiento a aquello que la ciencia del Viejo Mundo escasamente podía explicar. Con Axólotl en mano, Von Humboldt padeció las enfermedades más peligrosas de su época: la incertidumbre y la fe. Al principio, el naturalista alemán asumió que el ajolote formaba parte de la especie de los batracios y de la familia de los Sirenidae: anfibios que, a diferencia de otras ranas o salamandras, nunca atraviesan la metamorfosis, y por lo tanto no desarrollan pulmones; se reproducen, viven y mueren en el agua. Su primera hipótesis no indagaba en las características que separan a los ajolotes de todos los otros animales existentes, pero algo en sus ojos, remansos negros y profundos, lo cautivó. Cuando volvió a Europa, le entregó algunos Axólotl a su colega, el Barón Cuvier, quien de inmediato, y antes de realizar cualquier estudio, fue hechizado por esa mirada de ajolote. Entonces la ciencia cambió.

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Álvarez robledo

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III Una célula madre pluripotente tiene la cualidad de la autorrenovación al dividirse por medio de la mitosis, o bien de adoptar las características de cualquier otra célula y reproducirse para crear tejidos maduros y completamente funcionales; nuestras células, en cambio, son imperfectas, predeterminadas. Nuestro proceso de cicatrización funciona para cerrar heridas, para detener el sangrado, pero no para recuperar el tejido que se pierde. Es por eso que el diagnóstico de enfermedades que destruyen los órganos es casi siempre fatal. En la época en que Lamarck realizó su teoría de la evolución, el descubrimiento de Axólotl fue decisivo para Cuvier. Opositor férreo a dicha teoría, fue él quien descubrió que la permanencia del ajolote en su estado acuático no era su determinación absoluta, sino que se trataba de una característica de neotenia, o la conservación de elementos de su etapa larvaria en un cuerpo adulto. Igual que un Sirenidae, Axólotl podía reproducirse en su estado acuático, pero a diferencia de éste, bajo ciertas condiciones, podía transformarse como el resto de los anfibios y, efectivamente, pasar por el proceso de metamorfosis hasta convertirse en salamandra. O lo que es lo mismo, dentro de la naturaleza del animal está la capacidad de no crecer; envejecer muy lentamente y mantener una apariencia juvenil hasta el momento de su muerte. De acuerdo con las circunstancias, puede pasar toda su vida en el agua o salir a la tierra. La coexistencia de branquias y pulmones en un mismo ser, a la vez terrestre y acuático, hicieron que Cuvier no tuviera otra opción más que aceptar en cierta medida la posibilidad de la evolución, cuando consideró al ajolote el resultado final y definitivo de millones de años de progreso: el ser perfecto. Pero quizás lo más sorprendente de Axólotl, que ni Humboldt ni Cuvier tenían forma de saber, es que cada célula suya funciona como célula madre pluripotente. Por eso puede regenerar cualquier órgano, o aceptar tejidos simples y complejos de un semejante en cuestión de días. En sus experimentos, Cuvier mutiló sanguinariamente a sus ajolotes, transplantó extremidades y órganos de unos en otros, creó monstruos de muchas patas y varios colores; era in-

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capaz de aceptar que era posible la existencia de un ser así. En ese estado de crisis, descubrió que el animal no sólo regeneraría constantemente cualquier miembro amputado, sino que haría lo mismo con sus órganos vitales, incluso con algunas partes del cerebro. A pesar de que no era inmortal, sin importar cuánto fuera mutilado (siempre y cuando quedara con vida), Axólotl podría recuperarse y nadar normalmente pocas semanas después. Mientras la cara del Barón se arrugaba, su espalda se hacía de piedra y su cuerpo comenzaba a apestar de vejez, el ajolote lo miraba fijamente con la misma quietud, con los ojos juveniles de siempre. En su lecho de muerte, Cuvier seguía escribiendo desesperadamente nuevas hipótesis sobre la naturaleza del animal, como esperando que la pluma y la tinta por sí mismas lograran encontrar una respuesta que se acatara a los parámetros de su ciencia. Al no encontrarla, asesinó a todos los ajolotes que quedaban en el acuario del Jardin des Plantes, antes de su propia muerte.

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IV Agua. El diluvio que extinguió a una humanidad y nos dio vida. El agua que bebemos, el agua que circula en nuestra sangre y la sangre que no era nuestra, pero nos revivió. El agua estancada y oscura donde nadaron los ajolotes. Las aguas salinas del lago de Texcoco, y las aguas dulces de Chalco y Xochimilco; donde chocaban las corrientes, se formaba un remolino: la puerta hacia el Mictlán por donde Xólotl y Quetzalcóatl, convertidos en ajolotes por la magia del primero, salieron a la superficie luego de robar los huesos de la cuarta humanidad. El remolino, donde miles y miles de chalupas se hundieron, estaba marcado por dos banderas y fue conocido como Pantitlán. Mi abuela me contó que su madre remaba desde Chalco hasta la Merced. En el camino a veces veía ajolotes. En un periódico de su infancia —hace más de cien años—, hay una foto: Porfirio Díaz celebra el centenario de la Independencia en un barco de vapor; el atardecer destella contra el lago. El hermano de mi abuela se ahogó en un canal cerca de la Viga (donde hoy hay polvo y asfalto), durante un juego de niños, cazando ajolotes. En esa época, Lázaro CárdeÁlvarez robledo

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nas decidió drenar Chalco para prevenir inundaciones. Mi madre todavía fue a remar a Texcoco y vio muchos peces muertos flotando en la superficie. Vivió las Olimpiadas de 1968. Meses antes de la masacre de octubre, se invirtieron millones de pesos para desviar agua de los canales de Xochimilco y hacer una pista de remo, que se convirtió en el último refugio del ajolote. Yo supe de él por un programa de televisión: Las criaturas de Nick Baker; un capítulo transmitido mundialmente por Animal Planet hace varios años. Axólotl ya estaba lejos de nuestra realidad. Después de muchos días al frente de un equipo de pescadores nativos, Baker encuentra un ajolote en la pista de remo, el enorme agujero artificial, alejado kilómetros de su hábitat natural. Ésa fue la última vez que se encontró uno vivo en Xochimilco. Muchos biólogos lo asumen extinto en su lugar de origen. Yo nunca supe de lagos en esta ciudad, excepto por las veces que el entubado de Chalco falló y varias poblaciones y colonias del Oriente se inundaron, pero sé que la mancha urbana sigue creciendo. Si consideramos, por un lado el mito de Xólotl y la creación de la quinta humanidad, y por otro lado la realidad histórica de un paraíso acuático lleno de vida en el mismo lugar que hoy es uno de los más contaminados del mundo, ¿qué es lo más inverosímil? Hubo una vez una ciudad que construyeron sobre un lago y que cada año se hundía un poco más. Hubo una vez un lago donde la ciudad fue depositando muerte y desperdicio. Hubo agua entubada debajo de la ciudad, y algunos charcos y canales oscuros donde ni siquiera especies parasitarias de plantas y peces pueden sobrevivir. Antes de eso, hubo un animal casi inmortal que fue dios en nuestras leyendas, nos miró desde la sombra a lo largo de nuestra historia y ya no existe su hábitat.

V Si se indaga lo suficiente, aún podemos encontrar testimonios de gente que se ha curado “milagrosamente” gracias al ajolote o a sustancias hechas a partir del ajolote. Hoy sabemos que tiene que ver con sus células de función pluripotente, cuya naturaleza todavía es un misterio para la medicina. De poder entender y controlar esas ENSAYO

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características, las enfermedades de la modernidad como la diabetes o el cáncer podrían ser superadas; casi quinientos años después del choque entre el mundo náhuatl y Europa, la ciencia comienza a encontrar un esbozo de teoría, una explicación “lógica” a la mitología náhuatl que hablaba de la divinidad de Axólotl. Algunos científicos con el síndrome de Cuvier han partido a la mitad embriones de ajolotes distintos para crear una especie bicolor: esa afición tan humana de retorcer la naturaleza hasta adaptarla a nuestros parámetros de belleza. Hoy Texcoco es un lago de sustancias tóxicas, Chalco está entubado y Xochimilco es una red de canales donde no hay agua sino un fango de pesticidas. El corazón de Axólotl ya no puede latir debajo de la piedra. Hace más de siete años que se busca un ajolote vivo en Xochimilco. Si la especie sobrevive es únicamente en calidad de rata de laboratorio, como sujeto de la experimentación con que buscamos trascender nuestra mortalidad. Hace apenas cien años (antes de nosotros, las especies tardaban millones en extinguirse), todavía nadaban en el lago donde hoy hay una línea de metro: piedra, estrés y una infinita pobreza; cada estación tiene un símbolo que evoca la época en que la ciudad era agua y vida. Los últimos años, en una proporción tan atroz como si se tratara de otro mito, hemos sido testigos de cómo la naturaleza se muere ante nuestro desarrollo. Así como hablan del diluvio, muchas religiones —ya sea en su tradición oral o en sus libros sagrados— predicen nuestra extinción total. Según la leyenda, el Quinto Sol morirá por un temblor de tierra que el humano mismo va a provocar. Después de la muerte de los dioses, nadie más puede señalarse como culpable de la destrucción. Entre el mito, donde Xólotl vacía toda la sangre de su cuerpo para darnos vida, y el presente, cuando nuestra voracidad está extinguiendo al ajolote y torciendo las leyes de la naturaleza, hay muchas preguntas-fisura, huecos sin responder: ¿Cuántas veces hasta ahora (y de cuántas formas) nuestra especie ha hecho a la Tierra temblar? Llevamos toda la historia buscando trascender la muerte, pero ¿qué es lo que hacemos con la vida? Si Axólotl nos salvara otra vez, ¿cuántos años nos tomaría hacerle al

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resto del mundo lo que le hicimos a la Ciudad de México (por nombrar sólo una ciudad)? ¿Por qué estas preguntas suelen pasar por nuestra mente, y luego se diluyen en la cotidianidad en la que —a veces menos, a veces más, activa o pasivamente— nos volvemos artífices de nuestra propia extinción?

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María Luisa (Fragmento)

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Anaïs Abreu

XXXVII Ese invierno fue demasiado frío. Los flamboyanes se vaciaron hasta quedar como viejos esqueletos. En el suelo, el rojo opaco de las flores ya marchitas y pisoteadas daba la impresión de sangre seca. Yo podía sentir la humedad entrando por los poros de mi cuerpo y doler adentro como si me creciera un cangrejo helado. Entonces pensé que lo mejor era ir a ver a María Luisa. Al llegar al asilo, una enfermera me dijo que María Luisa se encontraba en el jardín, que de un tiempo para acá le había dado por alimentar a los pájaros; también me contó que a veces los encontraban muertos de frío en el jardín y que los tiraban a la basura inmediatamente para que María Luisa no los viera. Al parecer se encariñaba mucho con ellos. Me di cuenta de que hacía un mes que no la había ido a visitar. Desde la puerta del jardín, María Luisa parecía una mujer tranquila; incluso se veía más pequeña que de costumbre. A su alrededor había una docena, quizá, de palomas comiendo migajas que ella les había echado al suelo. Tenía en el rostro una sonrisa especial que la hacía parecer en paz. Me acerqué despacio tratando de no asustar a las palomas, pero María Luisa me vio y ella misma las ahuyentó con las manos y empezó a hablarme: Míralos, estos pájaros son como las ratas. Mi padre decía que uno debía comportarse en la mesa, que los buenos modales eran la prueba principal de que uno pertenecía a la aristocracia. Eso me decía y yo a escondidas me Fragmento

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tragaba el pan dulce que mi nana me daba, me metía bocados enormes con las manos sucias y me reía a carcajadas escupiendo migajas. Estos pájaros son como yo cuando era niña: ingenuas ratas que dan asco. Me senté junto a ella y noté que tenía un pájaro herido en las piernas, al que acariciaba con una mano casi por inercia. Nos quedamos un rato en silencio. Yo no me atrevía a contarle que había entrado a su casa. Sin embargo, por la inquietud que sentía le pregunté qué opinaba sobre el incesto. Lo dices por los pájaros, me dijo, pero ellos no saben si tienen algún parentesco, no seas estúpida. Copulan para sobrevivir y no por cochinos. No son como tú, que te coges al padre sin importarles a ninguno de los dos que los padres tengan voto de castidad. Por eso no has venido durante un mes, crees que soy tonta y no me doy cuenta de nada. Quise explicarle que Eduardo no era un cura, pero preferí aceptar mi error en lugar de defraudarla. Ya había comprendido que María Luisa necesitaba esas historias para vivir. —¿Y qué vas a hacer con ese pájaro?— pregunté mientras trataba de tocarlo, pero el asco me lo impidió. —No quiere comer. No es el primero —lo guardó en la bolsa del vestido y comenzó a caminar hacia su habitación—. Ven para que te enseñe. Llegamos a su cuarto, se sentó en el escritorio y me dijo que jalara una silla. Sacó el pájaro de su bolsa y lo puso sobre la mesa. Te va a gustar, apúrate. Hice lo que me indicó y, cuando me senté a su lado, abrió el cajón que estaba frente a mí y puso dentro de él la cabeza del ave. En seguida cerró el cajón con toda su fuerza aplastándola. No se escuchó ningún ruido de dolor, sólo algo que supongo similar al crujir de la tierra cuando busca acomodarse. Y después silencio.

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Álbum de negativos* sección “Negativos”

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Luis Enrique Aguirre

VII Nací sin alas y a cambio tuve el don de lastimarlo. Después la venganza será sencilla: clavar la conciencia en la cruz de la casa y mirar a mi padre limpiar la sangre.

X Mi padre tenía un traje azul que me gustaba; de niño me lo ponía para jugar a ser él. Sin embargo nunca me enseñó a usarlo, nunca me mostró cómo hacer un nudo en la corbata. Un nudo en la garganta, me dijo, y fue lo único que aprendí sobre sujetar lazos.

* Este libro será editado por el Fondo Editorial de Querétaro, en 2011.

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XI El traje que sé usar es distinto: piel y grasa adheridos a la sal, huesos y músculos cosidos con sangre.

XXII Aprendí a arrastrarme debajo de la cama a jugar con arañas y polvo de zapatos viejos. Fui un temido reptil que gobernó esta habitación, colgué del techo insectos heridos para verlos morir cada vez que mi padre me llamaba a comer.

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Desértica

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Mario Conde

Aula de clases indefinida. Una pizarra detrás. Entra el Estudiante, con bata blanca y fichas de trabajo con varias anotaciones. Estudiante: (Carraspea.) Buen día, compañeros… Maestro… Soy el que mejor maneja el tema y más experiencia tiene sobre esto, les voy a exponer el tema de las plantas. (Sonríe seguro de sí. Habla con desenvoltura.) Bueno, empiezo. (Mientras habla, dibuja una planta en la pizarra. No tiene que ser un diagrama, puede ser, de hecho, una caricatura.) Las plantas son organismos vivos autosuficientes que pertenecen al mundo vegetal y que pueden habitar en la tierra o en el agua. ¿Perdón? (Señala a alguien en el público y finge escuchar.) Ah, ¿autosuficientes? Bueno, pues significa que pueden mantenerse a sí mismas. O al menos eso es lo que creen. En lo personal, no me parece tan clara esta definición, porque son muy raros los casos de plantas hermosas y solitarias. La soledad las marchita, por más fuertes que se quieran hacer; necesitan de la comunidad, de la compañía, de la plática. Una plática inteligente. Bueno, no; no tanto inteligente, basta con que sea interesante. Se necesitan unas a otras, así que no creo que sean totalmente autosuficientes. Sigo. Dije que eran autosuficientes porque teatro

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son capaces de producir su propio alimento mediante un proceso llamado fotosíntesis. La fotosíntesis consiste básicamente en la elaboración de azúcar a partir del dióxido de carbono, minerales y agua; esto lo hacen con la ayuda de la luz solar. (Pausa breve.) Es decir, que las plantas son capaces de tomar lo dañino del ambiente y convertirlo en algo dulce. Sin embargo, para lograrlo necesitan de (Carraspea y hace un gesto que significa “dinero”.) minerales, y lo más brillante e inalcanzable que se les pueda ocurrir: el sol. Y no olvidemos que el agua es vida, así que si nos piden agua… Ya saben. ¡Nunca les den menos agua (o vida) de la que necesitan! De hecho, tampoco les den más, se ahogan. Denles sólo la que necesitan. ¿Perdón? (Oye de nuevo a alguien del público.) Ah, no sé. Nadie sabe cuánto necesitan. Por más lindo que sería que nos dijesen sus necesidades, hay que recordar que en estado natural no hablan. O mejor dicho, prefieren que les leamos la mente. (Pausa breve.) Ya me perdí. (Lee sus fichas.) Ah, sí. Las plantas presentan formas muy diversas: árboles, hierbas, arbustos, flores y lianas. No son denominaciones exactamente científicas, pero sí es una clasificación que se puede usar de acuerdo a las características f ísicas que vemos en ellas. Las que llamamos árboles son fuertes, resistentes y sus raíces son tan firmes que a más de uno le mueven el piso; el problema es que son poco flexibles, dif íciles de penetrar y suelen mirarnos de arriba hacia abajo. Las hierbas, por el contrario, son más accesibles, más tiernas y más abundantes, además de fáciles de recoger… Algunas, demasiado fáciles de recoger. Hay que añadir que también hay hierbas malas, que no sólo no se dejan recoger, sino que afean el paisaje. Los arbustos son un caso muy curioso, pues son la flor de ornamento por excelencia en jardines y campos abiertos. En es-

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tado salvaje se esponjan y crecen a sus anchas, pero siempre pasan desapercibidas por la belleza de las flores que las rodean. Cuando son cuidadas por alguien, la mayor parte del tiempo el jardinero se encarga de podarlas y darles la forma que él quiera, y las plantas arbusto, con tal de sentirse queridas, se dejan moldear a la imagen que el jardinero desee. Las flores son las más queridas, buscadas y apreciadas de las plantas. Agradables en forma, color y aroma, la naturaleza ha dotado de una belleza natural a las flores para ser atractivas al mundo, y las flores ciertamente aceptan su papel con regocijo. Pareciera que a las flores les encanta ser el centro de atención. En tiempos antiguos se podían pagar cantidades exorbitantes por una flor de especial belleza… Eso sólo demuestra lo estúpido que uno puede llegar a ser tan sólo por admirar una flor. (Piensa un segundo.) Pues sí, ¿no? Si vemos un jardín lo veremos lleno de flores; todas las plantas anteriores producen flores a la larga, por lo tanto, es tonto creer que una flor es inigualable pues resulta que la flor es la más común de las plantas, la menos especial de las plantas, la más cualquiera de las plantas, la más… (Se ha enojado, pero se detiene, respira y se calma.) Disculpen… ¿Dónde estaba? (Escucha a alguien del público.) ¿Las flores? Bueno, creo que lo mejor será no hablar más de ellas… de cualquier modo, si quieren aprender algo las encuentran en cualquier lado. En cualquiera. Y si buscan una flor que ya habían tomado lo más probable es que la encuentren marchita… Y no son tan dif íciles de agarrar, ¿eh? Unas dicen que tienen espinas, ¿pero eso qué? Esas flores se conf ían creyendo que sus espinas son maravillosas, pero ni hacen nada. Uno no se muere por pincharse con la espina de una rosa, ¿verdad?... Duele mucho, horrible… Pero uno no se muere… ¿verdad? (Pausa.) Otra vez me perdí.

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(Ve sus fichas, sonríe.) Ah, ya. La última categoría son las lianas. Las lianas… (Se detiene, se le borra la sonrisa. Tartamudea, traga saliva, respira. Hablar le duele, pero lo oculta.) Las, las lianas… Son plantas muy, muy curiosas. Cuando uno las ve brotar, parecen simpáticas por su pequeño y delicado tallo. Uno creería que son inofensivas, pero apenas crecen un poco y ya hay que cambiarlas de maceta, se sienten oprimidas con facilidad y una de dos: o se marchitan o buscarán medios desagradables para romper la opresión del jardinero. (Pausa breve.) En fin, las cambiamos de ambiente porque suelen crecer mucho. (Revisa las notas, hace otros dibujos en la pizarra.) Las curvas que describen resultan atractivas para más de uno, y a lo largo de su tallo nos invitan a su contemplación con unas hojas pequeñitas que usan para atrapar el agua de rocío. Y pueden generar cientos de hojitas. Sí, son algo codiciosas. Ahora, es necesario hablar de lo más curioso y letal de ellas: todas las lianas y enredaderas buscan ser huéspedes de otra planta más grande, más fuerte y con mejor posición económica. Muy ramosas, las lianas. Se enredan dondequiera, menos donde uno quiere… menos donde uno quiere… (Ve sus tarjetas, pero no las lee. Piensa. Alguien del público lo saca de concentración.) ¿Perdón? ¿Riesgosas? Ah, sí, mucho. Para evitar esos riesgos pues… Pues si quieres mi opinión, la mejor manera de evitar los riesgos de las lianas es… Evitando a las lianas mismas. ¿Perdón? (Enojado.) ¡Y yo qué sé cómo se evitan! ¿Tú qué crees, que no sé identificar…? (Se calma.) Perdón. Eh… no lo sé. No planten lianas en sus espacios vitales. Puede servir. Mejor sigo. (Lee, para reponerse.) El descubrimiento de la agricultura, o cultivo de las plantas, se dio hace más de 9 000 años en los valles del Éufrates y el Tigris, lo que sería la zona que ocupan hoy los países de Irak,

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Siria o el sur de Turquía. Posteriormente, unos 7 000 años a. C., se desarrolló ampliamente en el valle del Nilo. El descubrimiento de la agricultura supuso un paso gigantesco para la humanidad. Los hombres consiguieron librarse del esfuerzo de salir a cazar bestias salvajes. Bueno, otras bestias salvajes… Hasta ese momento los hombres eran nómadas, es decir, no vivían en un sitio fijo… No tenían que vivir en un sitio fijo, no debían establecerse, eran libres, podían pasar las tardes con los amigos sin dar excusas y nadie, nadie les pedía explicaciones. La agricultura permitió que el hombre se volviera sedentario, es decir, vivir en un solo sitio. La maravillosa agricultura. (Sonríe, visiblemente enojado.) Gracias. ¿Quién fue el genio, eh? (Sigue leyendo.) La agricultura permitió producir y almacenar alimentos, lo que facilitó la distribución de trabajo. (Deja de leer.) Mientras unos trabajaban la tierra, otros podían dedicarse a otras tareas. Y eso de que la tierra es de quien la trabaja tampoco es tan cierto, ¿eh? Porque uno puede dedicar tiempo, esfuerzo y cariño a la tierra, y de repente uno se descuida, y ya alguien arrancó un fruto por aquí, otro por allá. ¿Y creen que la planta piensa en uno? No. Mientras más recojan, más frutos da para que sigan recogiendo, ¿y saben algo?, después uno ya no hace nada y sigue floreciendo… Y sigue floreciendo… En fin, todo ello permitió el nacimiento de la Cultura y la Civilización… (Se sienta. Se talla los ojos. Pausa. Gruñe en tono de interrogación. Se vuelve al público.) No, no es tan dif ícil la agricultura, pero exige dedicación. Es más, tener una planta nos hace bien a todos. A mayor cantidad de plantas, menor cantidad de gases tóxicos en el ambiente, a menor toxicidad en el ambiente, menor calentamiento global. Mientras más plantas haya, el planeta está menos caliente… Bueno, yo no lo creo, pero…

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OSCURO

¿Perdón? Dígame, maestro. Sí, yo tengo plantas. (Escucha.) Pues… Cactus en su mayoría. (Se anima de repente.) Las plantas desérticas son, en mi opinión, las mejores plantas que podemos tener. Aprecian los detalles, pero no les son totalmente necesarios. Regarlas es más fácil, pues no tiene que ser tan constante, y si olvidan regarlas, siempre pueden esperar un día o dos más y no les reclamarán el olvido. No como cuando la riega con las otras… Además ocupan poco espacio y muchas variedades de plantas desérticas producen unas florecitas preciosas, coloridas. Eso sí, tocarlas… Bueno, no puede tocarlas tanto… Tienen un mecanismo de defensa que las hace inaccesibles, no puede conocer su interior… Pero, ¿para qué quiere conocer su interior? Si usted no conoce el interior de su planta, no tiene por qué mostrarle el suyo, y así no le da armas para lastimarlo, no se deja conocer, no se deja querer… y ella, bueno, de cualquier modo estará ahí. Intocable pero ahí estará… Es mejor no tocar… O tocar y espinarse para recordarle (Brevísimo silencio, se empieza a entristecer.), recordarle que siempre el contacto hace daño, y por eso lo mejor es evitar todo contacto. Y es entonces cuando uno desearía tener el cuerpo lleno de espinas. ¿Saben por qué tienen espinas? Porque las usan para proteger el agua en su interior, acuérdense que el agua es vida. Si yo tuviera espinas podría proteger la vida dentro de mí, y sólo se la entregaría a quien fuera tan insistente como para espinarse la mano. Así sabría que no es egoísta. ¡Pero son ellas las que tienen espinas! ¡Son ellas! (Pausa larga. Se levanta.) ¿Alguien quiere una planta? Estoy pensando en regalar… Sí, ya. (Con un nudo en la garganta.) ¿Alguna duda? ¿Sí? Yo también. (Sale.)

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Revisión

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Emiliano Álvarez

Ana Buenfil me recibe con una sonrisa irónica. “Su padre y el doctor Miguel lo esperan”. ¿Mi padre? Pura mierda, pienso de nuevo al cruzar el panfleto. En el consultorio, Krassoievich me da la espalda; en un inmenso pizarrón de gises dibuja un árbol genealógico con el título Orden Lepidóptera en la base. En su ramaje se confunden nombres en latín. Señala con gis rojo las especies que le faltan en su pared alfilereada. Me ve a los ojos y ríe. Con gis azul tiende una línea: Suborden: Glossata, Infraorden: Heteroneura, División: Ditrysia, Familia: Saturniidae. Se detiene en un fruto del árbol, lo circula con gis verde: Michaellus atlas. Abre una caja grande; se oye un batir de alas y de la caja sale una mariposa, torpe e inmensa, verde, que es mi padre. Lo sé, es mi padre, no hay de otra, y lo veo fosforescer en la tenue oscuridad, maravillado. Un reloj de tensas campanas de cobre hace vibrar el aire. Entra Ana Buenfil con una lata de aerosol y empieza a perseguir a la inmensa mariposa que es mi padre. Quise correr, loco de muerte, entre los ácidos espasmos de brumoso insecticida de ese miércoles, pero no podía moverme, y yo pensaba, ahora sí, no hay tu tía, la orfandad viene hacia a ti Poema

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con sus manos de pólvora y de miedo, pero algo podrás hacer, niño, pero qué, si no puedes moverte, si es un alfiler monstruoso lo que te cruza el cuerpo y te adhiere a la pared. Y era yo un ridículo insecto inmóvil llorando por su padre, gritando: que no lo maten, no, que no lo maten; yo no quiero que mi padre muera, no me importa si tuve razón para enojarme, yo no quiero perderme su dedo señalando la cumbre prodigiosa de Uxmal, sus versos de Eliot en “Burnt Norton”, su voz resonando en un salón de clases, sus apasionadas convicciones, su incondicional mano callada, su pasión sietemesina, su códice Fejérváry-Mayer sangrando color en su explicación intensa, su paso tenue en los museos, su consejo al desayuno, su paseo en bicicleta de las doce. Mi padre muerto. Krassoievich me descuelga de la pared, y caigo al suelo, me da agua con azúcar, corre las persianas, dice: “Su padre no está muerto, no sea estúpido. Perdone las molestias, pero eran necesarias. Son quinientos pesos.”

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Memento mori (Juan Carlos López Morales, 2008–2009)

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Fig. 13 Ovis caeca (Juan Carlos López Morales, 2008–2009, prótesis)

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Fig. 57 Lingua rara (Juan Carlos López Morales, 2008–2009, prótesis)

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Fig. 29 Equus rarus (Juan Carlos López Morales, 2008–2009, prótesis)

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Fig. 5 Cuniculus tres pedibus (Juan Carlos López Morales, 2008–2009, prótesis)

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Osario-No identificado (Juan Carlos López Morales, 2008–2009, osario)

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Osario-No identificado (Juan Carlos López Morales, 2008–2009, osario)

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Cabeza de cocodrilo (Juan Carlos López Morales, 2008–2009, osario)

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Osario-Tiburón (Juan Carlos López Morales, 2008–2009, osario)

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Fin (colección de aves) I (Juan Carlos López Morales, 2008–2009)

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Fin (colección de aves) N (Juan Carlos López Morales, 2008–2009)

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Sin título (Juan Carlos López Morales, 2008–2009)

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Los anversos satánicos

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Romeo Tello

Ninguna mitología religiosa, aun la más exclusivamente libresca y snob, puede prescindir de ídolos, de héroes y antihéroes trágicos. Y aunque mi religiosidad es más vaga y anímica que propiamente eclesiástica también tiene su Olimpo privado, y en ese peñasco metafórico Cristo y Satán ocupan un lugar destacado. No es extraño que alguien que tuvo que conformarse con matar a Dios por mera incapacidad de cumplir con el parricidio freudiano sienta próximas las figuras de Cristo y Lucifer: en el primer caso, se identifica con el Hijo ideal, aquel que de tan obediente se mimetiza con el Padre y se sacrifica para cumplir con Sus designios; en el otro, envidia secretamente la autonomía del ángel rebelado, aquel que prefirió ser Príncipe de la Errancia1 a un cortesano más en el Reino de los Cielos, aquel que —podemos decir en clave de superación personal— “eligió su propio camino” aun cuando la ruta que éste marcaba era la caída libre. Pero con Cristo la proximidad se traduce en resentida compasión, en resignada empatía; con Satanás es atracción y admiración: confusa pero insoslayable simpatía. Aviso importante: Como bien dice Michel Onfray, “la oposición a una estupidez punto por punto corre fuertemente el riesgo de ser también una estupidez”. Entonces, si no creo en la existencia de Dios (ni en su vertiente moral ni en su vertiente metaf ísica), tampoco puedo aceptar la existencia del Diablo como un ser f ísico o espiritual, como dios del Mal o como fuente del pecado.

1. Satán, por su etimología hebrea, significa “el acusador” y “el adversario”, pero también, de acuerdo con una interpretación basada en el Libro de Job, “el que deambula”, “el que vaga”: “Y dijo Jehová a Satanás: ¿De dónde vienes? Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: De rodear la tierra y andar por ella.” (Job 1:7).

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Repito: estamos hablando aquí de literatura —aunque la literatura nunca haya cabido enteramente en las páginas de los libros—, y cualquier apología luciferina que pueda resonar en estas páginas es eso, exclusivamente literaria. Nada tiene que ver con el satanismo teísta, ni con el satanismo ateísta de LeVeyan, ni mucho menos con el satanismo del black metal escandinavo. Tanto la decapitación a dentelladas de un murciélago como el ósculo anal me parecen desarreglos tan infinitos, o incluso más infinitos, que la genuflexión expresidencial y el correspondiente beso en el anillo papal. La maldad siempre será estúpida, la estupidez siempre será mala y la crueldad siempre será execrable. Hecha esta aclaración, prosigo. ¿Por qué Satán nos atrae más que Jesús (si bien cuando digo “nos” no sé exactamente a qué me refiero)? Aunque la pregunta se antoja fundamental, o cuando menos bastante fértil, quizá la respuesta no sea tan oscura. Satán nos encanta porque debe hacerlo, ésa es su razón y su función. Ha de ser la encarnación de la tentación y el deseo. Si Cristo quiere que lo imitemos en su completitud, es decir, en su no-deseo, Satán quiere que lo imitemos en su capacidad y voluntad de imitarlo todo, es decir, de desearlo todo. Satán es multiforme, heterogéneo, indeterminado e incompleto; es una esponja camaleónica. Tiene aristas, pliegues, hendiduras y hoscas protuberancias: asideros para la imaginación y los sentidos —pues, como bien sabemos, el deseo necesita agarraderas—. Es asible porque es áspero. En cambio, Cristo-Dios es esféricamente perfecto. ¿Y qué es una esfera? Es el cuerpo que tiene el menor número de detalles. Satán cae, Cristo se levanta. Satán se nos parece bastante, Cristo no tanto. Desde el nombre, el Diablo ofrece mayor interés que Jesús. Los nombres satánicos son diversos y están cargados de savia poética (aunque quizás esto nos parezca así por mera deformación romántica): el acusador, el adversario, el separador, el engañador, el tentador, el difamador, el calumniador, the wanderer, el que lleva la luz (Lucifer), el que odia la luz/el que ama la luz (los dos, posibles signi-

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ficados etimológicos de Mefistófeles), Señor de las Moscas (Belcebú), el Dragón, la Vieja Serpiente, Príncipe de las Tinieblas, Rex Mundi (Príncipe de este mundo), Príncipe de la Ambigüedad, maestro de la metamorfosis. Si bien Jesús también posee su cuota de alias, éstos no son tan numerosos y tienen un cierto regusto prosaico, como doméstico o bucólico: Cordero de Dios, Hijo de Dios, Salvador, Mesías, Pastor, Monte, Camino, Esposo e, incluso, Pimpollo.2 De los nombres de Cristo sólo uno me ha parecido atractivo siempre: el Hijo del Hombre. Su encanto es el de las cosas raras y un poco absurdas. Me habla de un Cristo hijo de José y de María (y no del ectoplasma divino) y me remite a ciertas versiones entrañables que de Cristo ha dado la literatura: el Cristo proto-nietzscheano de Nerval, el Cristo de la tentación humana de Kazantzakis, y el Cristo trágico y carnal de Saramago. Las tres versiones resaltan la condición de víctima sacrificada de Cristo (sacrificado por la mano del Padre); las tres lo presentan prometéico y adverso a Dios; las tres son, por tanto, netamente satánicas. *

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Si la modernidad, a partir del romanticismo, vio en Satán un estandarte no fue tanto por su estatuto de rebelde y maldito como por su naturaleza plural, híbrida e inconstante. Por su capacidad para —mejor dicho: su condición de— ser siempre diferente de sí mismo. Dice Octavio Paz que “la modernidad se inicia cuando la conciencia de la oposición entre Dios y Ser, razón y revelación, se muestra como realmente insoluble”. Pero antes de aceptar esta sentencia tenemos que preguntarnos: ¿qué nociones de Ser y Dios son las que se vuelven irreconciliables en el nacimiento de la modernidad? La pregunta es pertinente ya que durante siglos estos términos habían sido sinónimos casi perfectos; a uno y otro correspondían los mismos atributos: ser uno e indivisible, ingénito e imperecedero, completo e inmutable. El Dios de Santo Tomás era el Ser de Parménides. Y, de cierta forma, el Dios del Doctor Angelicus también era el Dios del Antiguo Testamento, dado que este documento ya había consignado la tautología absoluta que entraña la esencia divina:

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2. Es éste el primer nombre que Fray Luis de León menciona y explica en De los nombres de Cristo. Y dice: “el texto latino de la Sagrada Escritura unas veces lo traslada diciendo Germen, y otras diciendo Oriens”.

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Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros (Éxodo 3:13–14). La misma Biblia, libros y siglos más adelante, refuerza esta idea: si Dios es uno e idéntico a sí mismo, Su adversario debe poseer las cualidades contrarias. Por ello, el demonio contesta al Hijo de Dios, cuando éste le pregunta por su nombre: “Legión me llamo; porque somos muchos” (Marcos 5:9). ¿Qué tuvo que pasar, entonces, para que la equivalencia DiosSer se convirtiera en «oposición insoluble»? Simplemente, que uno de los dos términos cambiara de signo. Y el elemento mutante fue el Ser. Su anatema fue encontrar respaldo, garantía a su existencia, en un aval bastante comprometido: la razón. El célebre cogito ergo sum pronto condujo al Ser a un callejón sin salida, o, más bien, a un callejón con infinitas salidas a ninguna parte. Al identificarse con la razón, el Ser terminó identificándose con el cambio. Pues la razón, desde su capacidad para autoexaminarse, se revela como crítica y problemática, diversa y heterogénea: capaz de ser distinta a sí misma. En la modernidad, advierte Paz siguiendo a Marx, “nada es permanente: la razón se identifica con la sucesión y con la alteridad”. El ser moderno no encuentra refugio ni sustento en los principios de identidad y no contradicción; es múltiple y diverso: también él es una imprecisa legión. Los poetas románticos entendieron que la mutabilidad satánica era una condición esencialmente poética y que, principalmente, ésta no se limitaba a un superficial camaleonismo. Si Satán puede adoptar numerosas formas es por carencia de una identidad propia; debe sus títulos de Príncipe de la Ambigüedad y Maestro de la Metamorfosis no a la versatilidad sino a la vacuidad: a una cierta indigencia ontológica. Dos citas establecen con deslumbrante claridad el parentesco de Satán y el poeta romántico (y partir de entonces: del poeta sin adjetivos) como entes indeterminados, seres sin ser.

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Las inserto de esta forma tan poco elegante y ortodoxa porque me interesa resaltar su puntual parecido: • Dice René Girard en Veo a Satán caer como el relámpago: “La «condición propia» del Diablo, aquella de la que extrae sus mentiras, es el mimetismo violento, algo que no tiene nada de sustancial. En efecto, el Diablo no tiene una naturaleza estable, carece absolutamente de ser. Para darse una apariencia de ser necesita parasitar a las criaturas de Dios. Es todo él mimético, lo que es tanto como decir inexistente.” • John Keats, en una carta de 1818 dirigida a Richard Woodhouse, escribe: “Un poeta es lo menos poético de todo cuanto existe; como no tiene identidad, continuamente tiende a encarnarse en otros cuerpos… El poeta no posee ningún atributo invariable; ciertamente es la menos poética de todas las criaturas de Dios.”

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La semejanza de estas dos definiciones no es casual ni accesoria. Por un lado, la caracterización de Satán como un ser «que no tiene nada de sustancial» responde a la necesidad de la Iglesia de presentarlo como absolutamente opuesto y, a la vez, inferior a Dios. Si el Diablo es sólo un vacío imitador, no puede alcanzar el peso ontológico que lo convertiría en un dios del mal. Por el otro lado, la vacuidad del poeta es la condición necesaria de la propia poesía. El poeta no canta porque quiera o pueda hacerlo, canta porque en ello le va el ser. El poema le da la oportunidad de participar de esencias y entidades ajenas que lo nutren y lo sustentan. Es precisamente su «ubicuidad disolvente», dice Cortázar, la que “abre al poeta los accesos del ser y le permite retornar con el poema a modo de diario de viaje”. Además, el recurso fundamental de la poesía —la analogía— opera sobre la base del principio de no-identidad. Precisamente porque esto no es aquello es posible tender un puente entre ambas cosas y así el puente cristaliza en la imagen poética: irresolubilidad dináminca, permanente indeterminación que deriva siempre en exactitud absoluta. La poesía, canto a y de la alteridad, ha sido siempre una colección de versos satánicos. *

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No tengamos demasiada prisa por glorificar incondicionalmente la indeterminación luciferina. Es cierto, la consigna del «muchos soy» significó un acto de justicia con la naturaleza humana, una reivindicación tan importante como cualquiera de las asentadas en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre: reconoció el derecho de cada hombre y mujer a no ser de una sola pieza, a poder ser otro a cada paso. Sin embargo, la ambigüedad satánica tiene un lado oscuro que todos conocemos: la indecisión ante nuestro propio deseo y la incertidumbre ante la voluntad del otro. Pues pocos tormentos hay tan terribles como el de no saber si somos amados o no y, peor aún, si amamos o no o simplemente estamos aburridos. Están además los terrores del alma, está la esquizofrenia y está la más sutil pero no menos sádica despersonalización, ese desarreglo que nos permite experimentar la conciencia propia con la dolorosa extrañeza de quien desconoce su voz al escucharla en una contestadora telefónica. La ambigüedad satánica también nos sugiere la infinita y a la vez imposible imagen que anidaría entre dos espejos reflejándose mutuamente, sin testigos ni intermediarios. Nos sugiere la imagen de la Nada que puede anidar en nuestra cabeza. Todo hombre tiene el derecho, y quizás la necesidad, de pronunciar una vez cada día la tajante tautología del Dios del Éxodo: yo soy el que soy. Aunque sólo sea para terminar la jornada susurrándole a la almohada, repitiendo al Iago de Othello: I am not what I am.

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La fábula de la cabra que quería pastar en los campos y de cómo encontró un pesebre

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Itzel Lara

En la sala, las siamesas. Dos cabezas. Un cuerpo. Llevan un vestido rosa con holanes. Calcetas blancas, zapatos negros. Las siamesas tienen 40 años. 1: Cuando niñas, mamá nos contaba la historia de la cabra que nació con dos cabezas; era una cabra bonita, decía, era una cabra grande, inteligente. Tan inteligente que tuvo dos cabezas porque su cerebro no le cabía en un sólo cráneo. 2: Necesitaba dos, y Dios le hizo caso. Esta cabra, decía, era la envidia del pueblo; todo mundo quería verla y formaban filas y filas enormes. La cabra, inteligente como pocas, mostraba su dentadura: así. Y comía un pasto verde y jugoso. La gente pagaba por ello. Y la querían. 1: Pero un día, la cabra enfermó de anhelo. Mamá no supo explicarnos cómo pasó, pero pasó. Quería salir a pastar a los campos, correr, balar. Y no podía. Encerrada en su cerebro, una inteligencia partida en dos. Pegadas las cabezas, torpes las patas. Inmóvil. 2: Dejó de comer y de mostrar sus dientes: así. La sacrificaron. Una cabra sonriente es adorable; una cabra ambiciosa es un estorbo. Teatro

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1: Por supuesto, mamá nunca contó esa parte de la historia, para ella terminaba así: y era tanto su anhelo que el dueño la dejó en libertad. La cabra tardó muchos días en aprender a correr porque no es fácil correr con dos cabezas pegadas a un solo cuerpo. 2: Nada fácil. 1: Una cabeza quería ir hacia el pasto del norte, la otra —menos ambiciosa— quería ir al pasto del patio trasero. Hicieron un acuerdo y terminaron en el pastizal de la vecina. 2: A diez metros de distancia. 1: Y la vecina cuidó a la cabra hasta que su enfermedad se curó. Cuando se cansó de la libertad, pasó sus días feliz, entre los pueblerinos que cada Navidad le llevaban regalos, cual Niño Dios. 2: Con dos cabezas y un pesebre. 1: Mamá murió un martes. No llovía, no hacía sol. Era un día más bien gris. Yo fui la primera en notarlo. 2: Siempre dice que fue la primera en notarlo. La primera en nacer, la primera en besar a alguien, la primera en dejar el biberón. Silencio. La cabeza 1 mira desafiante a la cabeza 2, que, apenada, se agacha.

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1: Lo noté no sólo porque ya no respiraba. Mamá a veces dejaba de respirar, lo hacía cuando “se cansaba de todo, hasta de vivir”; pero al minuto regresaba, con más ganas que nunca, un poco tonta también. Pero ese martes, mamá tenía la mirada hacia dentro. Los muertos jalan sus ojos al fondo, como si se los succionara una bomba. Las mejillas desaparecen, los pómulos se afilan, la boca se entreabre: así. Y el olor aparece. 2: Mamá apestaba, yo me quería ir, pero ella no paraba de llorar y de vomitar. 1: Uno no debería ver a los suyos sin vida. Las historias deberían de acabar con pueblerinos llevando regalos “y vivieron felices por siempre. Entre pesebres”. Enterramos a mamá en el patio. 2: Es caro eso de los ataúdes. Abrimos un hoyo y le hicimos un pesebre de tierra. Yo tenía migraña. 1: No dormimos en toda la noche porque no queríamos que nadie se enterara.

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2: Y somos lentas para eso de “movernos”. 1: Al otro día, la señora Mirna tocó dos veces. No pensábamos abrir. 2: Mamá nunca nos dejaba abrir. Ni asomarnos por la ventana, ni contestar el teléfono, ni saludar al cartero o a ese niño que nos aventaba piedras y reía. 1: Pero tocó diez veces y luego empezó a gritar que saliera, que temía por su vida. 2: La de mamá, por supuesto. 1: Apenas nos vio, la señora Mirna salió corriendo. 2: Ahora sí por su vida. 1: A la media hora llegaron unos policías. El del tick en el ojo vomitó al vernos. Se nos quedó el olor a muerto, pensé. Y traté de meterme a bañar. 2: Pero yo no quería, desperdiciar tanta agua con dos baños diarios es algo que nunca me verán hacer. El fin del mundo me atormenta. 1: Fue la última vez que vimos la casa. 2: Y a mamá, por supuesto. 1: Intentaron internarnos en un manicomio. 2: Pero nuestra inteligencia es tan grande que no cupo en un cráneo. 1: Quisimos regresar al hoyo donde dejamos a mamá para quedarnos con ella y que no se sintiera tan sola, pero la gente de la colonia no nos dejó pasar. Nos esperaban con palos y cuchillos. 2: Temían por sus hijos, por los abuelos, por los perros y por ese gato chinguiñoso. 1: Caminamos horas, días, meses. 2: O no. A unas cuadras, un señor, viejo, con lentes enormes, nos llamó. 1: Teníamos hambre y frío. Nos queríamos bañar también. El señor no tenía piedras en la mano, nos acercamos. Su suéter olía a suavitel y un poco de naftalina. 2: Se pueden quedar aquí, si quieren. Dijo. 1: Con la condición de no salir. La ropa se lava los sábados en la mañana. 2: Con suavitel extra fuerte.

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1: Se tiende en el patio trasero y se recoge el domingo. Pasa directo a la plancha. Camisas con doble raya, pantalones de nailon sin almidón, sacos con vapor, calcetines, una pasada. La comida fresca, hay que cocinar diario. 2: Tres veces al día. Con comida traída por él, del mercado. 1: Sin sal… 2: Le preocupa el colesterol. 1: Sin condimentos, excepto por la pimienta. 2: Le encanta la pimienta. 1: El pan término medio, el bolillo extra dorado, las tortillas infladas, el café tibio y con tres cucharadas de azúcar, los huevos revueltos con una rebanada de jamón de pavo. 2: Odia el cerdo. 1: Salsa verde, frijoles negros, sopa de lenteja, nada empanizado o frito. Leche deslactosada. Y chilaquiles rojos. Las uñas de los pies se cortan los jueves. 2: Antes se deben remojar. Media hora exacta. Tenemos un cronómetro específicamente para medir los treinta minutos. 1: Se empieza por la grande, la del dedo chico debe esperar. El cabello es largo y así debe seguir, la barba también. Las uñas de las manos son tarea suya. 2: Es su pasatiempo. 1: No hay que molestarlo nunca. Puede pasar horas en eso. Cuando acaba, está tan feliz que no se nos acerca. 2: Y podemos pensar. 1: Pensamos mucho, porque tenemos un cerebro tan grande que no cabe en una cabeza. Pensamos en mamá. 2: En que se pudre. 1: En la manera en la que nos abraza en las noches y colocaba un beso en cada frente. En que nadie le lleva flores o le cuenta la telenovela de las once. 2: También pensamos en la cabra. En su pesebre. En el fin del mundo. Silencio. La cabeza 1 mira desafiante a la cabeza 2, que, apenada, se agacha.

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1: El resto de los días, en los que no se corta las uñas, no pensamos en nada. No tenemos tiempo. 2: No pensar en nada hace que nos dé migraña.

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Silencio. La cabeza 1 mira desafiante a la cabeza 2, que, apenada, se agacha. 2: 1: 2: 1: 2: 1: 2: 1:

2: 1:

Me dé migraña. De unos meses para acá, algo sucede. Estamos enfermas de anhelo. O del estómago. No tenemos hambre y lo poco que comemos lo vomitamos. “Él” dice que pasará, que tomemos la medicina, pero a “Él” no le creemos nada. Nunca. El anhelo no se quita con pepto bismol. Queremos salir. Nada aparatoso, ni grandes viajes, ni conocer el mar. No, queremos salir para ir a la tienda de cosméticos que está enfrente. Es nueva. La vemos todas las mañanas por entre las cortinas de la ventana. Las paredes están pintadas de rosa con una franja blanca. Al frente cuelga un letrerito de madera con la leyenda: “La belleza, aunque interna, también se pinta”. Y nosotras somos bellas. “Él” no nos deja salir, dice que la gente nos va a pegar si lo hacemos, pero tampoco nos quiere comprar un labial, uno de color de uva. Dice que para qué, si nadie nos ve nunca.

Las siamesas se miran fijamente. 2: Pero nosotras nos miramos diario. 1: Y queremos labios color de uva. Sabor chocolate, con una pizca de brillos. Hace dos días, el jueves, recordamos que ya era diciembre. 2: Y recordamos a la cabra del pesebre. Silencio. La cabeza 1 mira desafiante a la cabeza 2, que, apenada, se agacha.

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Lara

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1: Mamá contaba que cuando una pide un deseo muy grande, y lo pide con todas sus fuerzas, el deseo deja de ser deseo y se transforma en realidad. Y nosotras estamos deseando un lápiz labial color de uva, lo deseamos con todas nuestras fuerzas. 2: Con la fuerza de dos, que es más que una. 1: Nunca hemos querido nada, ahora queremos esto. Sólo esto. 2: Porque estamos enfermas de anhelo. Las siamesas se levantan, empiezan a poner la mesa. 1: Preparamos la cena, es parte de nuestro plan para obtener lo que queremos. Hicimos pollo estilo pavo. 2: “Él” es tacaño. 1: Ensalada de manzana, espagueti y sidra. 2: Nos bañamos temprano, nos pusimos este vestido. 1: Limpiamos los cubiertos con un trapo hasta que quedaron brillantes. Hermosos. 2: Como nosotras. 1: Lavamos el mantel, éste, con suavitel extra suave, aroma a flores del campo. Ahora ponemos los platos nuevos. 2: Los que compró de oferta en el mercado. Las siamesas se acercan a la ventana. 1: Y esperamos. Silencio prolongado. 1: 2: 1: 2: 1:

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Vamos a esperar el tiempo que sea suficiente. El exacto. Cuando “Él” llegue y vea lo que preparamos… Una rica cena navideña. Estará tan sorprendido, tan entusiasmado con lo que fuimos capaces de hacer… 2: Con tan poco dinero… 1: Que nos preguntará de qué manera puede pagarnos. Nosotras, claro, nos sonrojaremos y enseguida diremos algo como…

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2: No es nada, viejo tacaño.

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Silencio. La cabeza 1 mira desafiante a la cabeza 2, que, apenada, se agacha. 1: Nos sonrojaremos y diremos algo como: Nuestro deseo más grande es un labial color de uva. 2: Si usted fuera tan amable de comprarlo… 1: “Él”, lleno de ternura por nuestra petición, dirá inmediatamente que sí, que con mucho gusto. Limpiará los bigotes de comida alrededor de su boca con una servilleta y preguntará dónde lo encuentra. Entonces, todavía apenadas, señalaremos enfrente y “Él” se asomará. 2: Y lo verá cerrado. 1: Le explicaremos que abre en las tardes. Y los tres, ansiosos, lo esperaremos. Las siamesas se acercan ansiosas a la ventana. 1: Entonces el muchacho abrirá la tienda, sacará la mesa con ofertas. Mirará para la izquierda, luego para la derecha. Suspirará. 2: Nadie compra nunca y tememos que cierre. 1: Una tarde, una niña, la de la cuadra siguiente, se acercó a ver. Abrió su monedero y pagó un rímel de mamey. 2: Nuestra vista es implacable. 1: El muchacho guardó el dinero y sonriente barrió la calle. 2: No lo ha vuelto a hacer desde entonces. 1: Pero hoy volverá a tener la escoba entre sus manos porque nosotras estamos enfermas de anhelo. 2: Y nunca hemos anhelado nada, pero ahora queremos esto. 1: Un labial color de uva nos hará ver “presentables”, bonitas. “Él” saldrá sin pensarlo dos veces, cruzará la banqueta, mirará en la mesa de ofertas, sacará de la bolsa de su pantalón los cuarenta y cinco pesos con setenta centavos que cuesta la felicidad. No le darán cambio. Todo, todo lo vamos a mirar desde aquí. 2: Sonreiremos. Lara

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1: Y mamá será feliz por nosotras, por nuestra felicidad. La primera felicidad que tendremos en años. 2: En cuarenta. 1: Y ya no importará que se esté pudriendo en el hoyo de la casa. 2: En el pesebre. 1: Porque si nos ve contentas, ella estará contenta. 2: Y un muerto contento es un muerto saludable. Las siamesas salen. El reloj avanza. Regresan con una charola. La dejan en la mesa. La abren, sale humo. Tosen un poco, la cierran. 1: Se nos quemó el pollo. 2: Pequeño inconveniente. 1: Esto es un problema serio. Si “Él” se da cuenta nos golpeará y ya no habrá regalo para nosotras. 2: Ni felicidad. Sólo tristeza. 1: No sé qué hacer. Silencio. La cabeza 2 mira a la 1. 2: Debemos tirarlo. 1: Imposible. Dijo: quiero pollo de cena, y si el pollo no está, notará su ausencia. Lo abren de nuevo. Lo examinan. Lo tapan. 1: Podemos decir que estaba podrido, que olía mal. 2: Como mamá. Si vomitas, le darás realismo a la mentira. Silencio. La cabeza 1 mira desafiante a la cabeza 2, que, apenada, se agacha. 1: Podemos mezclarlo con la basura y luego regresarlo a la charola. El olor de unos se confundirá con otros y todo el pollo apestará.

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2: Seremos inocentes. 1: Se enojará un poco, pero evitaremos los golpes. El entusiasmo será mesurado… 2: O inexistente. 1: Dirá: se ve rico, lástima. Y el asunto estará cerrado.

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Las cabezas se miran y asienten. Toman entre sus manos la charola. Salen. Se escuchan ruidos de platos y movimiento de cocina. Regresan con la charola, la dejan en la mesa, la abren. Huelen. Cabeza 1 casi vomita. 2: El crimen perfecto. Cierran la charola, luego se sientan frente a ella. 1: Las probabilidades se han reducido, esa es una verdad. Cuando “Él” llegue, dirá: se ve rico. Pero no podrá corroborarlo. Y si no lo corrobora, no tendrá el impulso para animar su generosidad. 2: Nuestra ilusión aniquilada por un horno de cocina. 1: El plan redondo, indestructible, llega a su fin. 2: Como la alegría que nunca tuvimos. Silencio. Cabeza 2 levanta la tapa, agarra un pedazo de pollo; cuando está a punto de meterlo en su boca, cabeza 1 le golpea la mano. 2: 1: 2: 1:

Tengo hambre. Yo no. Puedo hacer lo que quiera, para eso tengo mi propia cabeza. Dos cabezas, un solo cuerpo, un solo estómago. Tengo ascos. No comas.

Silencio. La cabeza 1 suspira, recarga su quijada en la mano derecha. Cabeza 2 mira al frente, seria. 2: Mamá no supo explicarnos cómo fue que la cabra enfermó. Quería salir a pastar a los campos, correr, balar. Y no podía. EnLara

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cerrada en su cerebro, una inteligencia partida en dos. Pegadas las cabezas, torpes las patas. Inmรณvil. Cabeza 1 se voltea. Estรก llorando. Cabeza 2 la mira, seca sus lรกgrimas. Mira de nuevo al frente. 2: Hoy es Navidad. OSCURO

โ€ข

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Música para hombres

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Alfredo Loera

Tony observa los cuerpos que se tensan en la pista del bar. Mira a la pareja que sonríe y se mueve al ritmo de la Salsa. Muestran sus grandes dientes blancos que contrastan con la tez morena. Los alientos se aceleran bajo los pechos semidesnudos. El que dirige el baile viste como pachuco, toma al otro por la cintura y alza la mano libre para seguir el paso. El compañero de danza es de mayor estatura y es más atlético; viste una playera sin mangas y unos jeans ajustados que le realzan los glúteos. Tony no deja de verlos. El pachuco es dinámico y domina; tiene un mostacho prominente y lleva el cabello largo. Cuando rota sobre su eje, el cabello continúa los movimientos dándole un matiz arrogante. El otro no es delicado; sin embargo, sus ademanes son ágiles, casi felinos. La combinación es cautivadora. Se deslizan por la pista oscurecida. Controlan, elevan la fuerza centrífuga generada por sus cuerpos; reducen la velocidad, la aceleran; se sueltan de las manos para atraparse en el último instante como trapecistas a punto de caer al vacío. Tony sigue observándolos. La pareja no lo sabe. Hay más personas bailando; tal vez veinte. Tony sólo se ocupa de ellos. “Es lo único maravilloso”, piensa, “lo único que realmente vale la pena”. Lleva alrededor de dos horas diciéndose lo mismo. Sigue bebiendo sin quitarles el ojo de encima. Y lo que más admira es que no se han detenido a descansar en toda la noche. Nada puede oírse más que la melodía de la rocola. Cuento

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Ven, devórame otra vez, Ven, devórame otra vez…

¿Y por qué Tony se siente inconcluso? Los hombres, a la distancia, entrelazan sus brazos, giran alrededor de un solo cuerpo invisible entre ellos, uno aun más perfecto que los dos juntos que se realiza sólo en el baile, que Tony desea. Casi puede ver ese rostro que lo mira y lo llama, que siente perdido sin concebir dónde. A Tony le da por marcar el ritmo sobre su muslo regordete. Está excitado, el alcohol le ayuda. Los hombres ahora comienzan a reír, se ven felices: están pasándola bien. Tony también ríe. El pachuco ahora se hinca y desde el suelo continúa dirigiendo la danza. En cuclillas se mueve con la misma destreza y rapidez. El otro se entrega a la voluntad de los giros que le hace dar tomándolo de la parte posterior de las rodillas. Ven, devórame otra vez, Ven, devórame otra vez… Su fisonomía atlética resalta en la tenue penumbra. La música ya alcanza su clímax y los bailarines no desaprovechan ninguna oportunidad para llevar la experiencia hasta sus últimas consecuencias. Desde su lugar, en uno de los rincones, sumergido en el alcoholismo y la monotonía de un hombre como él, Tony no puede dejar de sentir la comunión de esos dos seres; cómo se miran y se reconocen, cómo crean un mundo aparte del ordinario. Y después de descubrirlo, Tony tiene el impulso de ponerse de pie. De pronto, desea ser uno de ellos. Desea ser ágil y fuerte, sensual; desea poder deslizarse con ese vigor porque la imagen del baile perfecto se le presenta ejecutada por dos hombres. Dos hombres inconclusos que se completan mutuamente sólo en la virilidad y el sexo. Con sus mandíbulas prominentes, sus espaldas anchas, sus manos bruscas. No hay delicadeza en sus evoluciones y, sin embargo, hay una esencia de lo bello, del primer hombre, del que Tony empieza a desear como si hubiera sido separado de él, mucho tiemCuento

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po atrás, quizá desde la infancia. “Una mujer jamás se movería así”, piensa. Le vienen a la mente miles de imágenes de la pareja tradicional representando la danza y ninguna llega a tener la potencia de lo que está enfrente. “Ninguna con la divinidad de dos hombres”. Nada le interesa en la vida más que seguir observándolos. “Jamás seré como ellos”, se dice. Jamás tendrá aquella posibilidad de vivir. No tiene la fuerza ni el deseo. El mundo siempre se le ha presentado así, como una sucesión de imágenes ajenas y anónimas hasta cierto punto incomprensibles: fantasías que no se pueden cumplir. Ya la música termina. Los hombres se detienen, se abrazan. Tony se empina la botella y pide que le traigan otra.

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Loera

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Los ebrios Ibán de León

Tienen una excesiva necesidad del mundo, por eso lo abandonan y buscan los días que se alargan a través de las copas. En los ojos les brilla, como moneda gastada, una piedad incorruptible que les permite amar el más pequeño contacto: la palmada en el hombro, el roce de una pierna, un saludo furtivo. Prefieren un burdel a la quietud de un parque, rodearse de ladrones en lugar de sus hijos, y el amor lo suplen con caricias que a veces cuestan más de lo que pueden dar. Olvidan fácilmente fechas importantes, pero siempre recuerdan a gente que han visto, en la mesa de un bar, una vez en su vida, el “no llores, mira, te invito otra cerveza”. Zigzaguean en las banquetas, buscando en las esquinas un descanso que no llega, porque a ellos les han sido negadas las camas y las sábanas limpias del hogar. Con el amanecer les viene una lucidez de niños que recuerdan los juguetes perdidos Poema

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inexplicablemente y que extrañan hasta las lágrimas porque saben, en el fondo, que no volverán a verlos. El pasado es su tiempo más preciso, en él han depositado aquello que los protege de la muerte: un cuaderno de escuela, una fotograf ía de juventud, un puñado de canicas. Volver a casa los tortura, pues ahí la realidad se exhibe como el futuro del que se reconocen extranjeros. Están hechos de astillas, de calcáreas escamas, y ante nosotros pueden disolverse —escapistas maltrechos— y borrarse del mapa. Pero aman al prójimo, y el más pequeño contacto suscita el asombro en sus rostros ajados, entonces regresan, no se sabe a dónde ni de dónde, con la piedad brillando en el cristal de sus ojos como una moneda que ha perdido el valor pero conserva intacto el peso del metal.

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de León

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Fundación para las Letras Mexicanas Actividades 2010–2011

alfredo lèal La especie que nos une, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011 La especie que nos une es un libro conformado por ocho cuentos, cuya preocupación principal es la literatura misma, de manera especial el proceso creativo. Con una prosa no exenta de formas ensayísticas la narrativa de lèal también invita a la reflexión. Alfredo Loera Fuegos fatuos, Universidad Autónoma de Coahuila, 2010 En la lectura de los Fuegos fatuos de Alfredo Loera, con el dolor de los personajes escarbamos un túnel hacia el bar, la cama sórdida, el cuarto solitario, el table-dance y otros infiernos. Poética del fracaso, la narración de estas historias no es sublime en su caída. Los precipicios son también precipicios miserables, que no se dignifican al caer. Poética del fracaso que frustra. Pues no hay en los personajes la grandeza del héroe trágico, sino apenas la tragedia cotidiana, que por pobre y cotidiana termina por ser más trágica que la sublime. A partir de este libro seguramente el arte del fuego fatuo será pronto exhalación de tragafuego. Antonio Ramos El cantante de muertos, Almadía, 2011 El cantante de muertos es una novela que retrata la relación entre un padre y su hijo y el oficio familiar: cantarle a los muertos. Más que un homenaje a los muertos, es una novela que intenta darle sentido a la lucha de todo hombre por saber cuál es su lugar en el

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mundo y cómo se lidia con eso a partir del punto de partida más complicado, que es la familia de donde vienes. De equívoco en equívoco, Pablo Rodas, el protagonista de la novela, aprende a ser un individuo mientras indaga por qué su padre le canta a los muertos, por qué su abuelo le cantó a los difuntos y finalmente qué decisión tomará él cuando crezca y deba de enfretarse ante la muerte. Es una novela que también discurre en el desierto y en el norte de México, en ciudades casi fantasmas, escrita como si fuera una canción, con capítulos que funcionan como estrofas y un coro. El cantante de muertos es un poco una road novel, novela de iniciación y algo emparentada a lo rulfiano en lo rural y lo fantástico y que le deja al lector una pregunta: ¿Qué canción querrás que se cante en tu funeral?

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Christian Peña Janto, Fondo Editorial Tierra Adentro, Colección 412, 2010 “A partir de varias lecturas simultáneas, Christian Peña desciende al mundo de las conversaciones interiores para recrear, a veces con humor y otras con melancolía, las vidas de personajes literarios y mitológicos.” (Contraportada) A pesar de ello, en Janto hallamos una voz auténtica, cuyo lenguaje nos deja ver por su claridad y belleza inquietudes profundamente humanas. Daniela Bojórquez Modelo vivo, Instituto Mexiquense de Cultura, 2010 “Con profundo entusiasmo, los personajes de Modelo vivo experimentan realidades que se sobreponen a lo cotidiano, engarzan de manera sutil las situaciones de la vida con el enigmático mundo individual que los hace poseedores de modelos de arte pero vívidos, briosos.” (Contraportada) Los doce cuentos reunidos en este segundo libro de la autora nos permiten ver una variada forma de trabajo sobre el lenguaje que vuelve a las anécdotas, a pesar de su aparente cotidianidad, verdaderas experiencias memorables. Geney Beltrán Félix Habla de lo que sabes, Instituto Sinaloense de Cultura / JUS, 2009 “Estas historias escarban de forma perturbadora en los conflictos de la paternidad, la vejez, las frustraciones de la juventud, la crea-

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ción artística y el desamor, en el marco de una ciudad que insiste en revelarse como un agresivo espejismo.” (Contraportada) La prosa de Geney Beltrán logra de una forma sutil y a la vez contundente que surja en la vida de los personajes esa grieta que los confronta consigo mismos. Geney Beltrán Félix Cartas ajenas, Ediciones B, 2011 “La existencia monótona de un empleado de correos se ve alterada cuando adquiere el vicio de abrir cartas ajenas. El contenido de éstas lo llevará, no sólo a involucrarse con los remitentes, sino a planear el estallido de una Nueva Revolución. Con una prosa veloz y expresiva, esta historia aborda el desasosiego y el imposible afán de rebeldía en una época extrema: la actual.” (Contraportada) Nadia Villafuerte Por el lado salvaje, Ediciones B, 2011 “Frente al mar, Lía descubre las primeras manifestaciones de la violencia y el sexo. Muy pronto decide huir, primero a Honduras y después a Tijuana, en donde debe entregar un paquete. La ciudad fronteriza, sin embargo, le muestra a la adolescente su verdadero rostro. Escrita con riqueza estilística, agilidad y contundencia, esta novela cuenta una historia llena de brutalidad. Lía, una virtuosa del rencor, hará uso de su única arma para sobrevivir en un mundo hostil y repleto de cinismo: su cuerpo.” (Contraportada) Óscar de Pablo El baile de las condiciones, Conaculta, Colección Práctica Mortal, 2011 “El baile de las condiciones es un volumen que gira en torno a las obsesiones temáticas de Óscar de Pablo: la crítica social, el humor y la historia. Sin embargo, su apuesta poética se ha radicalizado cualitativamente...” (Contraportada). El baile de las condiciones contiene poemas desnudos de valor de culto, de mística y de aura; canciones que no buscan arrullarnos, sino tirarnos de la hamaca. La presentación gráfica de los poemas, entendida como partitura, signa una voluntad de reducir al mínimo el espacio solemne de los cambios de verso. La apuesta de este libro está en jugarse la viabilidad misma de sus letras a la revolución de nuestras condiciones.

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Óscar de Pablo El hábito de la noche, Ediciones B, Colección Ficción Zeta, 2011 “Ambientada en la Francia del siglo XVIII, El hábito de la noche combina la ficción gótica con el comentario histórico en una metáfora de varios planos en torno a la luz y la oscuridad. Novela policiaca en el sentido heterodoxo, su misterio de fondo estriba en la búsqueda de los límites de la razón humana en un mundo lleno de necesidades materiales...” (Contraportada). Quien se interne en sus pasadizos tendrá el placer de encontrarse con una verdadera rara avis de la actual narrativa mexicana.

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Paulette Jonguitud Acosta Moho, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011 “El día de la boda de su hija Agustina, Constanza descubre un pequeño lunar verde en su pierna —un moho—, que terminará por adueñarse de ella. Esta metamorfosis es también una metáfora de su lucha contra la vejez, el desengaño que ha encontrado en el amor y la decepción en su relación con la otra Constanza, su sobrina.” (Contraportada) Con rasgos de dos tradiciones aparentemente disímiles, como las de Inés Arredondo y Mario Bellatin, Paulette Jonguitud Acosta da forma a un mundo casi onírico por su tono, pero también perverso por la indagación en la condición dolorosa y extravagante de un cuerpo que sólo tiene una salida fatal para reconciliarse consigo mismo. Valeria Luiselli Los ingrávidos, Sexto Piso, 2011 Novela narrada a dos voces, una mujer del México contemporáneo y Gilberto Owen, al borde de la muerte, que explora temas como el encuentro amoroso y la pérdida. Verónica Bujeiro Nada es para siempre, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010 Reunión de dos obras que enfrentan a los personajes con sus propias mezquindades y sus miedos. Dentro de un ambiente fársico, "Nada es para siempre" desarrolla la tensión de las familias ante una realidad que grita y amenaza, a la que no pueden contener. "Me falta el aire", por su parte, consume a sus personajes en la búsqueda de

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un pasado glorioso, ahora reducido a cenizas, de donde sólo podrán rescatar la ilusión del poder antiguo. PUESTAS EN ESCENA Gibrán Portela Alaska Premio nacional de dramaturgia joven Gerardo Mancebo del Castillo 2008 Teatro La Capilla Verónica Bujeiro Nada es para siempre. Una alegoría del país en el que te tocó votar Editada en 2010 por el Fondo Editorial Tierra Adentro Teatro El Milagro Alejandro Román Fuera de límites Premio nacional de dramaturgia Manuel Herrera 2010 IX Muestra de dramaturgia joven (Querétaro) Itzel Lara Anatomía de la gastritis Finalista del Premio nacional de dramaturgia joven Gerardo Mancebo del Castillo 2009 IX Muestra de dramaturgia joven (Querétaro) Lucía Leonor Enríquez Lizzie Borden Foro La Gruta, Centro Cultural Helénico Hugo Alfredo Hinojosa Calypso Premio nacional de dramaturgia joven Gerardo Mancebo del Castillo 2007 Ciclo Teatro en Voz del Autor Teatro El Milagro Noé Morales Muñoz Hitler en el corazón Teatro El Galeón, Centro Cultural del Bosque

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Gibrán Portela Lejos, volar Sala Xavier Villaurrutia, Centro Cultural del Bosque

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PREMIOS Alejandro Román Bahena Premio nacional de dramaturgia Manuel Herrera. Christian Peña Premio nacional de poesía Clemencia Isaura. Mijail Lamas accésit del Premio de poesía ciudad de Zaragoza. Aura Penélope Córdova Luna Segundo lugar en la categoría de cuento en el Certamen de literatura Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz Diego Álvarez Robledo, Premio nacional de dramaturgia joven Gerardo Mancebo del Castillo. A RENGLÓN SONIDO: ESCRITURA A PARTIR DE UNA ONDA SONORA. Desde el primero de agosto de 2011, de lunes a viernes, Radio UNAM transmite a lo largo del día la serie de cápsulas titulada A renglón sonido, coordinada y producida por Nuria Gómez Benet. Pasos, campanas, trinos, sirena, lluvia y hoguera son las imágenes acústicas que dan lugar a la composición de textos breves, adaptados al formato radiofónico por Jéssica Trejo y Juan Pablo Méndez Barhau. A renglón sonido contiene piezas de los dramaturgos María Azucena Godínez y Diego Álvarez Robledo; de los ensayistas Ramón Castillo y Rodrigo García Bonilla; de los narradores Anaïs Abreu y Demian Marín; y de los poetas Diana del Ángel, Emiliano Álvarez, José Luis Rico y Luis Flores Romero.

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Patronato Bernardo Quintana (presidente) Manuel Arango Antonio Ariza (†) Emilio Azcárraga Jean Alberto Baillères Isaac Chertorivsky Carlos González Zabalegui Germán Larrea Alfonso Romo Fernando Senderos Carlos Slim Directiva Miguel Limón Rojas (presidente) Eduardo Langagne (director general) Emilio Pradal Roa (administrador) Consejo Consultivo Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Germán Dehesa (†), Ángeles Mastretta, Federico Reyes Heroles Tutores David Olguín (dramaturgia) Vicente Quirarte (ensayo) Bernardo Ruiz (narrativa) Antonio Deltoro (poesía)

Fundación para las Letras Mexicanas, ac Liverpool 16, colonia Juárez Delegación Cuauhtémoc CP 06600, México DF 5703 0223 www.flm.mx www.flm-pliego16.net www.flm-librosdelacomunidad.info pliego16 Número 13, 2011 Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas pliego16@flm.org.mx Editores Jesús Francisco Conde Diana del Ángel José Emilio García Rodrigo García Bonilla Demian Marín Ingrid Solana Web Pablo Molinet Diseño Gabriela Varela + David Kimura Asistente de formación Priscila Miranda

Warnock Pro es la familia tipográfica usada para la composición de los textos y cabezas de Pliego6. Diseñada por Robert Slimbach, fue seleccionada para esta publicación por sus proporciones clásicas con algunos rasgos contemporáneos, además de que está compuesta por un extenso juego de caracteres romanos, cirílicos y griegos, en diversos pesos y versiones ópticas, lo que la hace una excelente opción para la formación de una revista literaria. El nombre de esta familia tipográfica rinde homenaje a John Warnock, co-fundador de Adobe Systems y creador entre otras cosas del lenguaje Postscript, utilizado por la mayoría de los dispositivos electrónicos con los que hoy en día funcionan las artes gráficas en todo el mundo.

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¿Cuántas veces hasta ahora (y de cuántas formas) nuestra especie ha hecho a la Tierra temblar? Llevamos toda la historia buscando trascender la muerte, pero ¿qué es lo que hacemos con la vida? Diego Álvarez Robledo

2 Alebrije Luis Flores

37 Los anversos satánicos Romeo Tello

Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas

La fábula de la cabra que quería pastar en los campos y de cómo encontró un pesebre Itzel Lara

4 Mito y destino de Axolotl Diego Álvarez Robledo

43

13 María Luisa Anaïs Abreu

53 Música para hombres Alfredo Loera

15 Álbum de negativos sección “Negativos” Luis Enrique Aguirre

56 Los ebrios Ibán de León

17 Desértica Mario Conde

pliego

58 Fundación para las Letras Mexicanas Actividades 2010–2011

Número 13, 2011

1 Editorial

• pliego6 •

Índice Número 13 2011

Ama al prójimo desmerecido y chancletas. Ama al prójimo maloliente, vestido de miseria y jaspeado de mugre. (…) Y ama a la prójima que de pronto se transforma a tu lado, y con piyama de vaca se pone a rumiar interminablemente los bolos pastosos de la rutina doméstica. Juan José Arreola

bestiario

23 Revisión Emiliano Álvarez 24 Memento mori Juan Carlos López Morales

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¿Cuántas veces hasta ahora (y de cuántas formas) nuestra especie ha hecho a la Tierra temblar? Llevamos toda la historia buscando trascender la muerte, pero ¿qué es lo que hacemos con la vida? Diego Álvarez Robledo

2 Alebrije Luis Flores

37 Los anversos satánicos Romeo Tello

Publicación del programa de becas y formación para jóvenes escritores de la Fundación para las Letras Mexicanas

La fábula de la cabra que quería pastar en los campos y de cómo encontró un pesebre Itzel Lara

4 Mito y destino de Axolotl Diego Álvarez Robledo

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13 María Luisa Anaïs Abreu

53 Música para hombres Alfredo Loera

15 Álbum de negativos sección “Negativos” Luis Enrique Aguirre

56 Los ebrios Ibán de León

17 Desértica Mario Conde

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58 Fundación para las Letras Mexicanas Actividades 2010–2011

Número 13, 2011

1 Editorial

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Índice Número 13 2011

Ama al prójimo desmerecido y chancletas. Ama al prójimo maloliente, vestido de miseria y jaspeado de mugre. (…) Y ama a la prójima que de pronto se transforma a tu lado, y con piyama de vaca se pone a rumiar interminablemente los bolos pastosos de la rutina doméstica. Juan José Arreola

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23 Revisión Emiliano Álvarez 24 Memento mori Juan Carlos López Morales

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pliego16, número 13: Bestiario  

Cuentos, piezas teatrales, fragmentos de novela, ensayos y poemas