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La noche estaba obscura y los copos descendían lentamente, como si cada uno utilizara en su descenso un invisible paracaídas; luego se posaban sobre la plaza o sobre los añosos álamos con una lenidad de caricia y alguno, más alborotador, volvía a levantar su vuelo, arrastrado por el viento, para tornar a posarse unos metros más allá. La plazuela estaba desierta, blanca y silenciosa”.

Miguel Delibes La sombra del ciprés es alargada

Lucía Gómez Serra

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El viaje del agua  
El viaje del agua  
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