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ARQUITECTURA DEL PROGRESO

1880 - 1930 Fernando Ras


ARQUITECTURA DEL PROGRESO

1880 - 1930

El espíritu del primer centenario a través de su arquitectura


ARQUITECTURA DEL PROGRESO

1880 - 1930

El espíritu del primer centenario a través de su arquitectura

Fotografías de Fernando Ras


tapa:

Teatro Colón de Buenos Aires Hall lateral del foyer de ingreso Calle Libertad entre Tucumán y Viamonte, Ciudad de Buenos Aires Obra a cargo sucesivamente de los arquitectos Francesco Tamburini, y a su muerte, continuada por su discípulo, Vittorio Meano. Conciliaron en su diseño estilos disímiles como el ático-griego que predomina en el exterior, con el renacimiento italiano, la buena distribución y solidez propias de la arquitectura alemana, y la variedad de ornamentación de la arquitectura francesa, todas influencias que conforman un producto homogéneo, destacado ejemplo del estilo ecléctico vigente en ese período de la arquitectura rioplatense. Inicialmente prevista su finalización el 12 de octubre de 1892, para conmemorar el 4to centenario del descubrimiento de América, el teatro fue finalmente inaugurado el 25 de mayo de 1908 con una función de la ópera Aída, de Giuseppe Verdi.


Para MaLaMaGiTi


ARQUITECTURA DEL PROGRESO 1880 - 1930

Coordinación general Ingeniero Jacobo Fiterman Fotografías Fernando Ras Curadora Micaela Patania Textos Teresa de Anchorena Juan Travnik

Asistencia fotográfica Estudio Bonta Laboratorio Belén Lozano Diseño gráfico Estudio Marius Riveiro Villar Corrección de textos María Olga Martedí Impresión Talleres Trama

Organización y producción Micaela Patania María Laura Beaufils

ISBN: 978-950-02-0534-4 Derechos exclusivos de edición en castellano para todo el mundo © 2010, Grupo ILHSA S.A. para su sello Editorial El Ateneo Patagones 2463 – (C1282ACA) Buenos Aires – Argentina Tel: (54 11) 4943 8200 – Fax: (54 11) 4308 4199 E-mail: editorial@elateneo.com Todos los derechos reservados Hecho el depósito que marca la ley 11.723 1ª edición: mayo de 2010 Impreso en Argentina

Ras, Fernando Arquitectura del progreso 1880-1930 / Fernando Ras; con colaboración de Micaela Patania; Teresa de Anchorena; Juan Travnik; coordinado por Jacobo Fiterman. - 1a ed. Buenos Aires : El Ateneo, 2010 108 p. ; 30 x 21 cm ISBN 978-950-02-0534-4 1. Arquitectura. I. Micaela Patania, colab. II. Teresa de Anchorena, colab. III. Juan Travnik, colab. IV. Jacobo Fiterman, coord. V. Título CDD 720


Índice

9 INTRODUCCIÓN Ingeniero Jacobo Fiterman

11 FOTOGRAFÍA, PATRIMONIO Y MEMORIA Teresa de Anchorena

15 ENTRE LA MEMORIA Y LA POESÍA, ARQUITECTURA DEL CENTENARIO Juan Travnik

18 COLUMNAS 30 ESCALERAS 42 BIBLIOTECAS 52 INTERIORES 84 ARQUITECTURA EN RIESGO 99 DIÁLOGO CON FERNANDO RAS Micaela Patania

105 DATOS BIOGRÁFICOS


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Me es grato presentar este libro de Fernando Ras, cuyas fotografías reflejan la mirada de quien observa con conocimiento y admiración la arquitectura de un particular momento de nuestra historia. Comparto con él, por mi formación profesional como ingeniero, el hábito de la mirada atenta a edificios. No me es ajeno pensar en obras, y menos aún en los esfuerzos que permiten su realización. Ha sido sin embargo a través de estas fotos, que he podido apreciar por primera vez en detalle y con detenimiento la calidad con la que han sido realizadas muchas de las más emblemáticas construcciones de Buenos Aires, todas reveladoras de la grandiosidad de sus proyectos, producto de la seguridad con la cual se enfrentaba el porvenir en los años de su construcción. Éste es un ensayo fotográfico, que con profunda sensibilidad, no sólo refleja su arquitectura, sino también una Argentina, como el autor ha decidido titular este libro, inserta en la convicción de las bondades del “progreso”. Se trata de un período de enorme crecimiento, que se reflejó no sólo en su arquitectura, sino también en el carácter de su población, en la expansión de la frontera agropecuaria, en el crecimiento de la industria, el comercio, el transporte y los medios de comunicación, en la educación y en la cultura. Tanto los edificios públicos de la época, como los hoy públicos que por aquel entonces eran privados, las bibliotecas, clubes, iglesias, espacios comerciales, de recreación y casas familiares son reflejo de ese optimismo. De carácter ecléctico y fuertemente sustentado en la multiplicidad de raíces europeas de grandes segmentos de la población, esta arquitectura es un testimonio elocuente —en acero, ladrillo y cemento— del espíritu de la época y de los hombres y mujeres de hace aproximadamente un siglo. Es en este contexto, que desde el segundo Centenario, la Fundación Alon para las Artes cree oportuna la presentación de este libro como aporte al conocimiento de nuestra historia, en el entendimiento de que una reflexión sobre el pasado mejora nuestra comprensión del presente y puede contribuir a sentar bases más sólidas para un futuro promisorio. Ingeniero Jacobo Fiterman Presidente de Fundación Alon para las Artes

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Edificio “La Inmobiliaria” Interior de la cúpula oeste Av. de Mayo entre Luis Sáenz Pena y San José, Ciudad de Buenos Aires Arquitecto Luis Broggi, uno de los exponentes más distinguidos de la arquitectura argentina del período. Pese a su nombre, “La Inmobiliaria” fue una empresa de seguros fundada en 1893. Instaló una de sus sedes en el extremo occidental de la Av. de Mayo, abierta al tránsito en 1894. El edificio fue inaugurado en 1910.

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FOTOGRAFÍA, PATRIMONIO Y MEMORIA Teresa de Anchorena

Las fotografías de Fernando Ras iluminan la interpretación del patrimonio cultural tangible de la Argentina, generando un doble valor. Consiguen una integración emocional ligada a vivencias fundacionales, y a la vez transmiten la fragilidad de una memoria colectiva que nos interpela: ¿Estamos viendo el paisaje completo de nuestra identidad histórica? “Arquitectura del Progreso — 1880-1930” propone, desde las imágenes sepia donde contrastan texturas, luces y sombras, profundizar la mirada sobre aquella sociedad joven que se reconocía transformadora y crecía llena de expectativas. Los espacios principales y los ámbitos que los conectan y relacionan reflejan una impronta centrada en la experiencia de honrar el sitio compartido. El patrimonio, así, es correlato de una excelencia que nos involucra pluralmente. Aparece entonces otra pregunta: ¿Somos conscientes de lo que alberga el testimonio edilicio vivo, presente en nuestro patrimonio? Ras activa un llamado de atención. Una apelación frente al desconocimiento, la indiferencia o la apatía en que puede quedar varada esta geografía construida, que trazaron los pioneros urbanistas, arquitectos, proyectistas de la Argentina, al conjugar identidad con cimientos materiales. Fernando Ras ha viajado mucho. Como fruto de su tarea diplomática y de su mirada cosmopolita, encauzó claramente su aprecio por el patrimonio argentino. Acaso su principal logro sea haber sabido comunicar el valor de lo nuestro, a través de tan bellas imágenes. Testimoniar en fotos la arquitectura que él eligió implica promover su conocimiento y en consecuencia, concientizar sobre los riesgos que la amenazan, dando un paso clave para vigorizar su puesta en valor y entender de cara al Bicentenario, la dimensión, la unicidad de nuestros edificios históricos y lo irreparable de su abandono, su maltrato, o peor aún, su destrucción.

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Palacio de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires Originalmente Concejo Deliberante de Buenos Aires Columnata de Atlantes que miran sobre el hall de distribución de la planta de honor. Av. Diagonal Julio A. Roca esquina Perú, Ciudad de Buenos Aires El Concejo Deliberante, actual Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, fue construido por el arquitecto Héctor Ayerza entre los años 1927 y 1931. Con un fuerte carácter de edificio comunal, reafirma el perfil de calificado servidor público de la institución que representa. Identificado dentro del estilo Luis XVI, en su exterior se destaca la torre de noventa y cinco metros de altura; el perfil de las columnas de la fachada, recortadas en su basamento por los enormes portales de acceso; el Carrillón, con treinta campanas, portadoras cada una de ellas de una nota musical; y la pérgola en su terraza, como remate de transición del interior con el exterior. En el interior sobresale la escalera de honor y la enfilada de salones sobre la Av. Julio A. Roca.

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La ciudad de Buenos Aires, que hacia 1910 ya mostraba una diversidad de casas de espacios amplios, altos, luminosos, es el objeto de análisis central en esta propuesta de Ras, cuya indagación visual muestra que la mayoría de las construcciones concretadas hace cien años eran lujosas en términos de calidad y de concepto. En los detalles, los ornamentos, las escaleras, los hierros, los vitrales, las columnas, los pisos, los revestimientos, todo habla de una belleza ligada a la cotidianeidad, al uso diario del espacio; en suma, a un tiempo en el cual la nobleza de los materiales y la belleza de las líneas y diseños no fue sólo un privilegio, sino un rasgo constante que aparece en las grandes ciudades argentinas. Algunas de las importantes joyas edilicias que sobrevivieron a los tifones urbanos, al desarrollo inmobiliario indiscriminado y sin criterio, nos recuerdan que el pasado tiene mucho para aportar a nuestro presente. Por la misma razón, la capacidad de reconocerlas y preservarlas ratifica que preservar no significa congelar, sino por el contrario, integrarlas al presente, a una manera contemporánea de vivirlas. No siempre resulta fácil reflejar esa condición vital del patrimonio; Fernando Ras lo consigue con elocuencia. Este abordaje recalca lo que aquellos edificios eran en sí mismos, apostando a la modernidad humanística, a la celebración de la luz, al ideario social de repúblicas jóvenes, que como la nuestra, se proyectaban hace un siglo desde la certeza de progreso. Libros como éste vigorizan una conciencia que hoy crece y que está en la agenda de las ciudades con historia. Así, además de un buen volumen de arte, “Arquitectura del Progreso — 1880-1930” constituye un recurso eficaz para llegar a quienes por acción u omisión, es decir por indiferencia, todavía no advierten nuestra formidable herencia cultural. En el mismo sentido, la pérdida de nuestras obras arquitectónicas, no por desastres climáticos, sino por causas evitables, viene generando una oposición creciente en la opinión pública. El carácter irreversible de la destrucción del patrimonio no sólo altera para siempre la morfología urbana, sino que es tan dramático como una lobotomía; borra los recuerdos comunes, y al hacerlo arrasa con la memoria compartida, amputa una dimensión plural. Esto es irreversible. Un edificio que cae, cae para siempre, con toda la memoria y la huella social que albergaba. Claramente, la preocupación por nuestra historia construida ha dejado de ser una cuestión académica, reservada a un grupo de expertos, para transformarse en un ítem más de las problemáticas a las que los ciudadanos prestan especial atención, organizándose en consecuencia. Existe una vocación creciente por proteger el patrimonio cultural tangible señalando su protagonismo en la galería de expresiones urbanas. Pero fundamentalmente, enfatizando su carácter identitario, cuya existencia nos refleja como ciudadanos, desde la diversidad, desde la riqueza de estilos y tendencias, desde la profusión multicultural que nos define. Éste es, en sentido real y metafórico, la casa de nuestro lenguaje sensorial. Todavía, los patrimonialistas pueden aparecer como las sufragistas de principios del siglo XX, realizando manifestaciones y levantando fervorosas pancartas que a veces hasta parecen

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inútiles ante la potencia de los intereses económicos a los que se enfrentan; pero la causa crece, y va a crecer mucho más. El fenómeno presenta casos regionales ejemplares como la puesta en valor del casco histórico de México o de La Habana. Con distintas estrategias, de acuerdo con las políticas y herramientas de cada contexto, la preservación está siempre ligada a la revitalización. La causa patrimonialista es activa, creativa, no abstencionista ni fundamentalista. La reflexión del Bicentenario convoca a la relectura de nuestra historia. Nos presenta la gran oportunidad de hacer un gesto de rescate de ese portador físico, cuerpo donde vive el alma cultural de las ciudades. Hoy es tiempo del gran gesto argentino por el patrimonio. Tiempo que nos convoca a emitir señales concretas y urgentes en su defensa, y a la vez de pertenencia ante lo mejor de nuestros sueños, nuestras proyecciones comunes, nuestras más legítimas expectativas históricas, conjugadas en el testimonio físico de nuestra urbanidad.

Teresa de Anchorena es Antropóloga y Master en Antropología, graduada en la Universidad de Ciencias de París. Fue diputada por la Ciudad de Buenos Aires entre 2005 y 2009, y es vocal de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos desde 2002 hasta 2016. Ha presidido la Comisión de Patrimonio Arquitectónico y Paisajístico de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires entre 2005 y 2009, y ha asesorado en temas culturales a la Comisión de Representantes Permanentes del MERCOSUR, de 2004 a 2005. Fue directora del Programa de Educación, Cultura y Trabajo para institutos de detención dependientes del Servicio Penitenciario Federal del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, de 2003 a 2004; también, directora nacional de Política Cultural y Cooperación Internacional, de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación entre 2002 y 2003, y representante especial para Asuntos Culturales Internacionales del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto de la República Argentina de 2000 a 2002. Actuó como consultora externa del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en 2000 y 2001, y fue secretaria de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en 1999, y subsecretaria de Desarrollo Cultural del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de 1998 a 1999. Fue subsecretaria de Acción Cultural del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de 1997 a 1999. Dirigió el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires de 1996 a 1999, así como la Dirección Nacional de Artes Visuales de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación entre 1985 y 1989. Asesoró a la Comisión de Cultura del Honorable Senado de la Nación Argentina y a la Secretaría de Cultura de la Nación de 1984 a 1985. Miembro fundador y presidenta de la Fundación Poder Ciudadano.

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Entre la memoria y la poesía, arquitectura del Centenario Juan Travnik

Con el ensayo “Arquitectura del Progreso — 1880-1930”, Fernando Ras ha desarrollado un extenso cuerpo de imágenes sobre un período particularmente dinámico de la historia argentina. Tomando uno de sus temas de trabajo preferidos, decidió explorar la arquitectura representativa de las décadas 1880 / 1930, un momento de grandes transformaciones y cambios en el país, que alentaron fuertes expectativas de progreso, apoyadas en un próspero desarrollo económico. Argentina ocupaba un lugar relevante en el contexto de las economías del mundo, y esas expectativas se extendían sobre el escenario local. Buenos Aires mutaba su aspecto de manera vertiginosa. Dejaba de ser la gran aldea y se convertía en una ciudad joven y moderna. El centro urbano cosmopolita y pujante era, también, el gran puerto que concentraba el comercio con el exterior y la puerta de entrada de grandes oleadas inmigratorias, con las que llegaban un fuerte espíritu de movilidad social y nuevos hábitos culturales. Un sostenido crecimiento llevó a la ciudad a tener, según el censo realizado en 1914, un millón seiscientos mil habitantes, entre los que había un elevado porcentaje de extranjeros establecidos en el país. Como producto de esta situación y del pensamiento dominante en grandes sectores de la cultura y del poder político y económico del momento, el estilo de los edificios públicos, de las grandes residencias y de las construcciones más relevantes de la época tenía una importante influencia europea y un notorio eclecticismo. Cien años más tarde, Fernando Ras dirigió su interés y su mirada sobre estas obras. Volvió a fotografiar los espacios, las fachadas y los interiores, que diferentes fotógrafos, profesionales y aficionados de aquel tiempo, habían registrado de manera sistemática y con un elevado nivel de calidad técnica a medida que se iban construyendo. En aquellos momentos existía

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Antiguo Hotel de Inmigrantes Actual Museo Nacional de la Inmigración Dormitorio Av. Antártida Argentina 1355, Puerto Nuevo, Ciudad de Buenos Aires Bajo el proyecto del arquitecto Juan Kronfuss, se comenzó a construir en 1906. Contaba con cuatro dormitorios por piso, con una capacidad para 250 personas cada uno y las correspondientes facilidades sanitarias y de aseo. El alojamiento gratuito era de cinco días por “Reglamento”, pero generalmente se extendía en caso de enfermedad o cuando el inmigrante no había aún conseguido un empleo. El hotel dejó de funcionar en 1953, y en 1995 fue declarado Monumento Histórico Nacional. En la actualidad, el predio pertenece a la Dirección Nacional de Migraciones, y el antiguo Hotel de Inmigrantes ha sido convertido en el Museo Nacional de la Inmigración.

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un notorio interés oficial en documentar, por medio de la fotografía, las construcciones relevantes y las grandes obras que modificaban el espacio público. Pero los objetivos que motivaron ahora este ensayo, son diferentes. Apuntan, sobre todo, a rescatar los valores estéticos de la arquitectura de un período, a encender una alarma sobre el cuidado del patrimonio, casi inexistente durante años y, en una lectura algo más profunda, a poner en consideración un espíritu de futuro con grandeza que proclaman, aún hoy, el aspecto magnífico y la grandiosidad de los edificios de aquella época. Las fotografías de Ras, que tienen una fuerte homogeneidad y rigor formal, se acercan notablemente a ese espíritu. Tienen una admirable belleza visual y la solidez característica de la arquitectura de ese momento. No son melancólicas ni quejosas, lo que podría haber ocurrido tratándose de un tema vinculado al patrimonio histórico y al paso del tiempo. Como utiliza puntos de vista próximos al nivel del ojo y encuadres que pasan inadvertidos al recortar la realidad sin efectismos, logra centrar toda la atención del espectador en los lugares, los interiores y los edificios fotografiados. La propuesta estética del ensayo se apoya en una técnica depurada que le permite construir una extensa gama tonal para conseguir los climas adecuados en cada caso y equilibrar los contrastes, aun con muy diversas situaciones de luz. Si en arquitectura los espacios se terminan de definir con la iluminación que reciben, la elección de utilizar la luz ambiente resulta muy acertada. Con esa elección, cada lugar es recreado con el clima y la luz que tienen originalmente. No hay, en este ensayo, más artificio que el que surge de reducir la realidad a una imagen de menor tamaño, en dos dimensiones y con una gran cantidad de modulaciones de gris, en este caso cuidadosamente virados al sepia, para conferirle a las imágenes un tono similar al de las fotografías de la época. El tamaño de las copias es más bien pequeño, el clásico treinta por cuarenta. Dimensiones muy “fotográficas”, ajenas a las modas y tendencias actuales, que promueven la realización de obras de gran tamaño, de manera casi excluyente. Este formato utilizado, más pequeño, invita a una contemplación íntima y cercana. Se revalorizan las dimensiones originarias de la fotografía, no tan grandes, y se induce al espectador a mirar de una manera en la que puede ver toda la imagen de una sola vez, sin necesidad de tener que recorrerla con la vista, como generalmente sucede delante de la realidad, o ante obras de gran porte. En el ensayo ocupan un lugar protagónico diferentes elementos arquitectónicos, como las grandes e imponentes columnas de los interiores del foyer del Teatro Colón o las más livianas y sutiles del edificio del Congreso o del Palacio de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires; las escaleras voluptuosas del edificio de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires o los espacios generosos con enormes entradas de luz del Palacio San Martín, donde se puede ver la monumentalidad del lugar por la comparación de tamaños que muestra la presencia, en la toma, de las mesas y los sillones del primer plano. Sin embargo, la inten-

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ción de Fernando Ras no es la de lograr sólo el registro de esos elementos arquitectónicos destacados. Él instala, con su manera de fotografiar, una sensación de quietud y de silencio que se extiende sobre todas las imágenes del ensayo. Con gran sensibilidad para el manejo de los volúmenes y de los diferentes claroscuros que produce la luz ambiente, y con un acercamiento al tema muy cuidadoso, Ras parece caminar por los espacios fotografiados de manera lenta y sigilosa, como quien no quiere importunar con su presencia algo que ocurre en el lugar. Aunque los escenarios estén vacíos, sin gente, sólo cargados de tiempo transcurrido y puedan verse como testigos mudos de cientos de historias, las fotografías muestran la profunda calidez de su mirada. Sin que aparezcan las personas que normalmente los habitan o los recorren, crea en el espectador una sensación extraña: nos ubica como observadores ante cada lugar con gran naturalidad, y con el vacío y esa ausencia permanente, logra aumentar y fortalecer la presencia del ser humano en el espacio mental que construimos a partir de cada imagen.

Juan Travnik nació en Buenos Aires en 1950. Se ha desempeñado como reportero gráfico y fotógrafo publicitario. Desarrolla una amplia labor docente y dictó talleres y conferencias en Argentina, México, Brasil, EEUU, Venezuela, Uruguay, Chile y Perú. Es director de la Foto Galería del Teatro San Martín y del Espacio Fotográfico del Teatro de la Ribera. Integra el comité organizador de los Encuentros Abiertos-Festival de la Luz. Es curador y ensayista. En 2006 obtuvo la Beca J. S. Guggenheim Foundation (EEUU), y el Premio a la trayectoria, de la Asociación Argentina de Críticos de Arte. Sus obras se encuentran en las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes y en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Argentina); en la Maison Européenne de la Photographie (Francia); en el Museum of Fine Arts, Houston (EEUU); en el Musée de la Photographie à Charleroi (Bélgica); en el Museet for Fotokunst, Odense (Dinamarca).

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Columnas

Teatro Col贸n de Buenos Aires Foyer de ingreso, escalinata principal de acceso a la sala Calle Libertad entre Tucum谩n y Viamonte, Ciudad de Buenos Aires

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Palacio San Martín, sede de la Cancillería Argentina Interior del edificio Calle Arenales entre Esmeralda y Basavilbaso, Ciudad de Buenos Aires Construido entre 1905 y 1909 por Alejandro Christophersen a pedido de Mercedes Castellanos de Anchorena, fue originariamente residencia de la familia Anchorena. Está inspirado en el proyecto con el cual Jean Louis Pascal, maestro de Alejandro Christophersen, ganó el Grand Prix de Rome —máximo galardón de la arquitectura de la época— en 1866. Sede de importantes reuniones sociales, como el baile del Centenario de la Independencia en 1916. En el año 1936 fue adquirido por el Estado nacional para ser sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, pasando a llamarse Palacio San Martín.

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Congreso de la Nación Escalera de acceso para Diputados Av. Callao entre Av. Rivadavia e Hipólito Irigoyen, Ciudad de Buenos Aires Arquitectos Víctor Meano y Jules Dormal. La estructura exterior se levantó entre 1898 y 1906. Las terminaciones interiores se extendieron hasta el año 1946. El edificio se distingue por su cúpula, que alcanza los 80 metros de altura, con cubierta de cobre, la que con el paso del tiempo y la humedad ha adquirido su color verdoso actual.

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Palacio San Miguel Originalmente sede de las Tiendas San Miguel Sala central Calle Suipacha esquina Bartolomé Mitre, Ciudad de Buenos Aires Fue construido en 1857 en estilo francés. Se destaca en su decoración el vitral del Arcángel San Miguel. En 1926, el arquitecto José Julián García Núñez lo rediseña agregando las columnas y el entrepiso. Originalmente conocido como Tiendas San Miguel, a partir de 2001 fue recuperado y adecuado a su nuevo uso.

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Catedral de Mar del Plata Interior de la Catedral, nave central Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires Construida en el terreno donado por Cecilia Peralta Ramos de Lestache, su diseño y construcción fueron realizados por el ingeniero y arquitecto Pedro Benoit. En 1957 fue elevada al honor de Iglesia Catedral por el Sumo Pontífice Pío XII.

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Capilla del Asilo Saturnino Unzué Interior de la capilla, altar mayor y escalera de acceso al púlpito Extremo norte del Boulevard Marítimo, calle Jujuy 77 Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires El edificio fue donado por María Unzué de Alvear y Concepción Unzué de Casares. Dirigió la obra el arquitecto Louis Faure Dujarric, de la escuela vienesa. La Capilla fue inaugurada el 5 de marzo de 1912 y es Monumento Histórico Nacional desde 1985. Sus interiores de estilo neo-bizantino están revestidos en mármol de Abisinia, Carrara y Proconeso.

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Escaleras

Teatro Col贸n de Buenos Aires Escalinata de acceso a los salones de la planta superior Calle Libertad entre Tucum谩n y Viamonte, Ciudad de Buenos Aires

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Bolsa de Comercio de Buenos Aires Escalera principal Calle 25 de Mayo esquina Sarmiento, Ciudad de Buenos Aires Edificio de estilo Luis XVl, proyecto del aĂąo 1913 a cargo del arquitecto Alejandro Christophersen. Fue inaugurado en 1916 y evidencia influencias del Beaux-Arts del perĂ­odo. Estos elementos debieron tensarse para dar respuesta a las condicionantes metropolitanas del proyecto. Lo exiguo de las dimensiones del lote impuso un ordenamiento vertical.

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Antiguo edifico del diario “La Prensa” Actualmente sede de la Subsecretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires Escalera del patio central Av. de Mayo entre Bolívar y Perú, Ciudad de Buenos Aires Levantado entre 1894 y 1897 e inaugurado en 1898, el edificio fue diseñado por Alberto Gainza y Carlos Agote. Está estructurado alrededor de un patio central, en torno al cual se ubican los recintos en los que se encontraban los talleres de impresión, distribución, oficinas técnicas, atención al público, administrativas, archivos, dirección, redacción, biblioteca, sala de conferencias y consultorios médicos.

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Edificio Barolo Escalera oeste Av. de Mayo 1370, Ciudad de Buenos Aires Luis Barolo, próspero productor agropecuario, contrató al arquitecto milanés Mario Palanti para el diseño de un edificio que honrara la Divina Comedia, de Dante Alighieri. Con cien metros y 24 plantas, fue el edifico más alto de Buenos Aires durante trece años, hasta que se terminó de construir el Kavanagh. Al igual que la Divina Comedia, consta de tres partes: infierno, purgatorio y cielo. Las ventanas del suelo de la galería de ingreso al edifico, iluminadas con luz roja, de noche aluden al infierno. Las nueve bóvedas del nivel de acceso representan los nueve pasos de la iniciación y las nueve jerarquías infernales; mientras que el faro que corona la cúpula evoca los coros angelicales. Su apertura en 1923 coincidió con la fecha aniversario del poeta.

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Club de Regatas La Marina Escalera de acceso a los antiguos vestuarios Tigre, Provincia de Buenos Aires Fundado en 1876, la sede del Tigre, sobre el Río Luján, fue inaugurada el 30 de octubre de 1927 por el presidente de la Nación, Marcelo T. de Alvear, y su esposa Regina Paccini de Alvear, siendo presidente del club Raúl Bergara.

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Pasaje cĂŠntrico Escalera de acceso al primer piso Ciudad de Rosario, Provincia de Santa Fe

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Bibliotecas

Biblioteca del Palacio de la Legislatura Sala de lectura Originalmente Concejo Deliberante de Buenos Aires Diagonal Julio A. Roca esquina PerĂş, Ciudad de Buenos Aires

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Antigua Biblioteca Nacional Actualmente escuela de danza Antigua sala de lectura ubicada bajo la cúpula principal Calle México casi esquina Perú, Ciudad de Buenos Aires Edificio construido en 1901 para sede de la Lotería Nacional. A pedido de Paul Groussac, antes de que se terminara la construcción, el edificio fue cedido a la Biblioteca Nacional. Obra sobria y monumental del arquitecto italiano Carlos Morra es representativa de la arquitectura del Beaux-Arts vigente en el período.

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Biblioteca Nacional de Maestros, con sede en el Palacio Sarmiento Sala de lectura Cortada Pizzurno frente a Plaza Sáenz Pena, Ciudad de Buenos Aires Construido a partir de 1886, los arquitectos de la mole fueron los hermanos Carlos y Hans Altgelt. La Biblioteca Nacional de Maestros funciona en el bloque central del edifico desde 1889. La construcción fue concebida como la primera escuela del país graduada para señoritas. Sin embargo, nunca llegó a cumplir esta función. Fue sucesivamente sede de los Tribunales de la Ciudad, Consejo Nacional de Educación, y desde 1978, Ministerio de Educación de la Nación. Bautizado formalmente en 1961 como Palacio Sarmiento, se lo conoce popularmente como Palacio Pizzurno, haciendo referencia al nombre de la calle de una cuadra que corre delante suyo, la que recuerda a los maestros: Pablo Antonio, Juan Tomás y Carlos Higinio Pizzurno.

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Biblioteca Nacional de Maestros, con sede en el Palacio Sarmiento Zona de consulta Cortada Pizzurno frente a Plaza SĂĄenz PeĂąa, Ciudad de Buenos Aires

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Biblioteca y Museo Popular “Juan N. Madero” Sala de lectura principal San Fernando, Provincia de Buenos Aires Fue fundada en 1873 por Juan Nepomuceno Madero y otros vecinos de la localidad de San Fernando. La biblioteca ocupó varias sedes, hasta que en 1910 se inició la construcción del edificio que ocupa en la actualidad, inaugurado en 1922. En 2010, cumplirá 137 años de trayectoria, y sigue su gestión de servicio a la comunidad merced a la dedicación y generosidad de los vecinos de la localidad que la rodea.

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Interiores

Teatro Col贸n Foyer principal de acceso Calle Libertad entre Tucum谩n y Viamonte, Ciudad de Buenos Aires

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Congreso de la Naci贸n Argentina Recinto de la C谩mara de Diputados Av. Callao entre Av. Rivadavia e Hip贸lito Irigoyen, Ciudad de Buenos Aires

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Palacio San Martín Actual sede de la Cancillería Argentina Hall de distribución de la planta superior de la Casa 2 Calle Arenales entre Esmeralda y Basavilbaso, Ciudad de Buenos Aires

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Palacio de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires Originalmente conocido como Concejo Deliberante de Buenos Aires GalerĂ­a de la planta superior Diagonal Julio A. Roca esquina PerĂş, Ciudad de Buenos Aires

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Antiguo edifico del diario “La Prensa” Actualmente sede de la Subsecretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires Hall de acceso por Av. de Mayo Av. de Mayo entre Bolívar y Perú, Ciudad de Buenos Aires

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Antiguo edifico del diario “La Prensa” Actualmente sede de la Subsecretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires Hall de acceso por Av. de Mayo Av. de Mayo entre Bolívar y Perú, Ciudad de Buenos Aires

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Edificio del Citibank Recinto para atención al público Calle San Martín y Bartolomé Mitre, Ciudad de Buenos Aires Inaugurado en 1929, fue diseñado por los arquitectos Luis Aberastain Oro y Lyman Dudley, para el National City Bank of New York (Buenos Aires) y el Club Americano. El proyecto original constaba de dos subsuelos, planta baja, dos entrepisos y el primer piso alto para el Banco, mientras que el Club ocupaba los tres pisos restantes.

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Palacio San Miguel Originalmente sede de las Tiendas San Miguel Sal贸n Principal Calle Suipacha esquina Bartolom茅 Mitre, Ciudad de Buenos Aires

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Local comercial contiguo al Museo Metropolitano Interior Calle Castex y San Martín de Tours, Ciudad de Buenos Aires Construido en el año 1929 por los arquitectos A. y C. Dumas. En 1937 fue comprado por Leonor Uriburu de Anchorena y funcionó como residencia de la familia durante casi cincuenta años. En 1986 fue cedido al Consejo de Buenos Aires, entidad civil sin fines de lucro, que se ocupa de su mantenimiento y de llevar a cabo diferentes actividades culturales y educativas.

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Edificio residencial de renta Corredor con silla Calle Esmeralda esquina Av. Santa Fe, Ciudad de Buenos Aires

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Edificio residencial de renta Ba単o Calle Esmeralda esquina Av. Santa Fe, Ciudad de Buenos Aires

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Edificio residencial de renta Comedor Calle Esmeralda esquina Av. Santa Fe, Ciudad de Buenos Aires

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Edificio residencial de renta Office Calle Esmeralda esquina Av. Santa Fe, Ciudad de Buenos Aires

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Antiguo Hotel de Inmigrantes Actual Museo Nacional de la Inmigraci贸n Sector de aseo Av. Ant谩rtida Argentina 1355, Puerto Nuevo, Ciudad de Buenos Aires

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Edificio residencial de renta Interior Calle Carlos Pellegrini entre Av. Santa Fe y Marcelo T. de Alvear, Ciudad de Buenos Aires

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Edificio residencial de renta Interior Calle Carlos Pellegrini entre Av. Santa Fe y Marcelo T. de Alvear, Ciudad de Buenos Aires

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Arquitectura en riesgo

Residencia particular en demolici贸n Acceso para autom贸viles Calle Juncal entre Esmeralda y Suipacha, Ciudad de Buenos Aires

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Residencia particular en demolici贸n Hall de distribuci贸n en la planta principal Calle Juncal entre Esmeralda y Suipacha, Ciudad de Buenos Aires

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Residencia particular en demolici贸n Escalera principal Calle Juncal entre Esmeralda y Suipacha, Ciudad de Buenos Aires

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Antiguo Hotel de Inmigrantes Actual Museo Nacional de la Inmigraci贸n Escalera interior Av. Ant谩rtida Argentina 1355, Puerto Nuevo, Ciudad de Buenos Aires

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Casa de inquilinato Escalera del primer piso Calle Uriburu entre Charcas y Santa Fe, Ciudad de Buenos Aires

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Club de Regatas La Marina Antiguas habitaciones para socios Tigre, Provincia de Buenos Aires

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Club de Regatas La Marina Ba単os para socios Tigre, Provincia de Buenos Aires

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Diálogo con Fernando Ras Micaela Patania, Buenos Aires, diciembre de 2009

MP: ¿Cuál es el comienzo de tu relación con la fotografía? El primer recuerdo que tengo de la fotografía es el de la cámara que recibí de mis padres. No habiendo entonces fotógrafos en la familia, el motivo por el que me regalaran una cámara fotográfica debe haber sido porque la pedí. Era un aparato muy primario, de plástico, color gris oscuro, del tipo que se regala a un niño que se ha encaprichado y de quien se sospecha que su interés durará poco. Guardo algunas fotos sacadas con esa cámara a una de mis hermanas en su traje de primera comunión y otras pocas tomadas en el jardín de la casa. MP: Por vocación has sido diplomático por más de treinta años, pero además hace más de una década que la fotografía ocupa un espacio creciente en tu vida. ¿Cómo se produjo esa incorporación? Como muchas otras cosas en mi vida, la fotografía fue un accidente, o mejor dicho, una sucesión de accidentes a lo largo del tiempo. Una cosa fue llevando a otra en forma gradual y desordenada, y cuando me quise dar cuenta, las fotos se habían convertido en algo que ocupaba mucho espacio. Si hubiera que fechar la sucesión de eventos, ahora, retrospectivamente, diría que en las fotos tomadas en viajes al Sahara en la segunda mitad de los ’80 comencé a comprender cómo funcionaba la luz en una fotografía. En los comienzos de la década de los ’90, cuando vivía en Madrid, tomé

contacto con la obra de los pictoralistas españoles, particularmente con José OrtizEchagüe y con el Conde de la Ventosa, y quedé deslumbrado. A la luz del Sahara, se sumó todo un mundo de claroscuros, toda una dimensión histórico-social. Comencé a investigar en forma esporádica y tropecé con la obra del estadounidense Fred Holland Day, en cuyas fotos, toda la luz del desierto y los claroscuros de España se hicieron penumbra. Revolviendo en una librería de libros usados di con el alemán Heinrich Kühn. Pero fue recién viviendo en Japón a fines de los ’90, cuando me estrellé contra la obra del francés Eugene Atget, y se produjo una suerte de epifanía. Hipnotizado por sus fotos, me pasé meses observándolas una y otra vez. Me fui dando cuenta del deseo —quizás la necesidad— de que mis fotos fueran más que una documentación de la realidad. No entendía muy bien entonces qué debían reflejar, pero había algo que empecé a buscar a tientas en la oscuridad del cuarto oscuro y en la observación de la obra de otros fotógrafos. El clasicismo de Robert Mapplethorpe y Jock Sturgess fueron revelaciones; Nan Goldin y Diane Arbus me asustaron por su franqueza; y pocas imágenes me han impresionado tanto como las tomadas por Sally Mann a sus hijos. Tuve el privilegio de tratar al Maestro Eikoh Hosoe, y su interés por mis primeros intentos fotográficos y generosidad con su tiempo resultaron en comentarios críticos y palabras de aliento que todavía son motivo de reflexión.

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MP: ¿Cuál fue tu experiencia de aprendizaje a lo largo de estos años? Fue una suerte que mi interés por la fotografía se produjera en un medio como Japón, donde la fotografía permea a toda la vida social de una manera difícil de explicar. Comencé a tomar clases en el taller que dirige Tim Porter, un canadiense radicado en Tokio desde hace más de 30 años. Su conducción y el ámbito creativo de un taller, entonces frecuentado por fotógrafos de variadas nacionalidades, antecedentes, motivaciones, capacidades y experiencias profesionales, fueron el medio en el que durante casi cinco años aprendí el oficio y exploré las posibilidades expresivas de la fotografía. La diversidad —en rotación perpetua— de los compañeros de estudio, bajo la tutela disciplinada y experimentada de Tim, hizo posible explorar una variedad enorme de temáticas, equipos y técnicas fotográficas, en diferentes condiciones de trabajo. Desde Polaroids, una Lindhof panorámica, varias Hasselblads, y una Wist de formato grande, hasta pinhole photography y modestas Holgas, sin olvidar una cacofonía de Canons, Mamiyas y Nikkons. Fotografía en estudio y en exteriores, luz natural y equipos de iluminación complejos, desde exquisitos jardines japoneses hasta el frenesí de la vida nocturna de Tokio, reportajes para revistas internacionales y experimentación con modalidades de fotografía digital simuladoras de movimiento en sitios electrónicos para acelerar la velocidad de downloading. Fueron años muy ricos en aprendizajes y experiencias. Pero de todo lo que viví hay un

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episodio que me queda como el momento emblemático de ese período. Una tarde, Tim nos llevó a los cuatro o cinco fotógrafos que participábamos del taller ese día hasta un pequeño templo budista cercano al estudio, trazó una línea sobre la grava delante del templo y nos indicó que nos alineáramos allí y tomáramos fotos del templo. Esa noche, cuando pusimos lado a lado los resultados de la toma de la tarde, no encontramos dos fotos que expresaran lo mismo. El mismo templo, tomado a la misma hora, por equipos fotográficos de muy similares características técnicas, y revelados casi simultáneamente en el mismo cuarto oscuro, con los mismos productos químicos. Sin embargo, cada fotógrafo había conseguido imprimir en sus imágenes un rasgo distintivo, una expresión, un estado de ánimo, que las diferenciaba de las demás imágenes tomadas en el mismo momento y circunstancias. Ésa es la magia de la fotografía, consideraciones técnicas y objeto de la toma son accesorios, la capacidad de expresión está en el fotógrafo. MP: La arquitectura es un tema recurrente en tu obra fotográfica. Si bien he visto y has exhibido tus retratos y desnudos en Japón, no los has mostrado aún en Buenos Aires, ni aparecen en tu sitio electrónico (www.fernandoras.com.ar). ¿Por qué este particular interés por la arquitectura en tus fotografías? Desde muy pequeño la arquitectura me ha atraído. En algún momento inclusive pensé ser arquitecto, hasta me preparé para hacer el examen de ingreso a la Facultad de


Arquitectura. Pero en ese tiempo, no tenía una idea clara de qué me resultaba tan atrayente de la arquitectura y opté por otra salida profesional. Años después me di cuenta. Fue observando las fotos de Atget cuando vi por primera vez que era posible retratar la habitación y su entorno como habitáculo completo que el hombre, a imagen y semejanza de sí mismo y de su tiempo, se construye para albergar a su familia y a sí mismo, para venerar a sus dioses, para desarrollar su trabajo o para pasar su tiempo de esparcimiento. O sea, cada una de las fotos de Atget se me presentaba como una pieza de un rompecabezas que, además de un pedazo del retrato documental de una época, aportaba algún elemento que contribuía a entrever el espíritu que definió a su tiempo. Por mi parte, cuando tomo fotos de edificios, más aún cuando son edificios con historias largas, no busco la recreación del pasado, sería absurdo y las imágenes probablemente resultarían ficticias. Busco en cambio, seguir el hilo conductor de la arquitectura hasta dar con una interpretación de lo que querían decir con sus edificios los hombres y mujeres que los mandaron a construir, los que los diseñaron, y los que efectivamente los levantaron. Captar ese espíritu en una imagen es lo que busco cada vez que apunto la cámara. Es una forma de acercar ese tiempo pasado a nuestro tiempo y hacer más fácil su conocimiento. Eso es lo que he buscado en las

varias series de arquitectura en las que he trabajado: la arquitectura del período Meiji japonés, la de arquitectura Khmer en la Cambodia y Tailandia actuales, los prados cubiertos de stupas y templos en Bagan en el actual Myanmar, las construcciones religiosas barrocas de Quito, la arquitectura colonial de La Habana, la India del Raj a través del palacio de Mysore, entre otras. MP: ¿Cómo se aplica esa agenda creativa a esta serie “Arquitectura del Progreso — 1880-1930”? Abordar la arquitectura argentina del período 1880-1930 tiene inevitablemente una carga mucho más pesada e intensa que las series anteriores. Esto es así porque lo que retrato es parte de la historia de mi país y por lo tanto un pedazo de mi propia historia, a la que conozco en muchas de sus glorias y bajezas más íntimamente que las de Bagan o Ankor Vat. Las series anteriores fueron imágenes de secciones transversales (edificios religiosos en Quito, el palacio de un Marajá en la India) o los restos que quedan después de varios siglos de erosión y abandono, por lo tanto resultan ser retratos pálidos de lo que alguna vez fueron. El tema de esta serie me toca más de cerca y pienso que eso se refleja en las imágenes. Creo que siempre seguiré agregando imágenes a esta serie. Cada vez que se ofrezca la oportunidad de fotografiar un edificio del período aceptaré el desafío. Pienso también que esas nuevas imágenes irán agregando piezas al rompecabezas de la época

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al incluir las fábricas, la educación, los templos religiosos y también los del comercio y la banca, los establecimientos rurales, por solo nombrar algunos temas que quedan por desarrollar. MP: ¿Cuál es a tu entender el rol del artista, en este caso del fotógrafo, en la sociedad contemporánea? ¿Qué rol le cabe al artista en una sociedad como la nuestra? Los que crecimos y nos formamos en la Argentina de los ’70 fuimos marcados por la impronta de esos años y sentimos el llamado a ser activos partícipes en el desarrollo social que se iba produciendo en nuestro país. Quizás sea por la relevancia que la ideología de moda en aquellos años le otorgaba al rol del artista en la sociedad, pero lo cierto es que siento con mayor imperativo este mandato a medida que le dedico más tiempo y esfuerzo a la fotografía. En este sentido, la serie “Arquitectura del Progreso — 1880-1930” es un intento por interpretar, recuperar y quizás contribuir a abrir los ojos de nuestro tiempo a los ánimos y aspiraciones, según quedaron reflejados en la arquitectura de esos tiempos. El pasado es pasado y por lo tanto irrepetible, pero la forma en cómo se interpreta ese pasado, cómo se lo recupera y se lo hace participar de nuestro presente y futuro es una de las tantas características que distingue a las sociedades mejor capacitadas para enfrentar los problemas del presente y encontrar soluciones para los desafíos del futuro. Como fotógrafo inserto en nuestro tiempo,

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espero que las imágenes de “Arquitectura del Progreso — 1880-1930” contribuyan a una revalorización positiva no sólo de la arquitectura, sino del espíritu de esos años. MP: ¿A qué atribuís la creciente valoración y todavía incipiente interés en la conservación del patrimonio arquitectónico? ¿De qué manera creés que la fotografía puede contribuir a ese proceso? La fotografía, en la medida en la que atrae la atención de las generaciones presentes sobre la arquitectura del pasado, o sea en cuanto contribuye a un mejor entendimiento de ese pasado, sus valores, aspiraciones, prioridades, logros y desaciertos, facilita su comprensión y revalorización. En cuanto se logran estas condiciones, la fotografía constituye sin duda una herramienta significativa en el proceso de revisar la forma con la que miramos y valoramos nuestro pasado. MP: ¿Por qué te interesó exponer esta serie “Arquitectura del Progreso — 1880-1930” en 2010, para el Bicentenario? Quizás sería más acertado empezar por el comienzo, y en el comienzo mi motivación para esta serie no tuvo nada que ver con una exhibición y poco que ver con la celebración del Bicentenario. Más estuvo vinculada al hecho de que en 2004 volvía a la Argentina después de casi 8 años de vivir en el exterior, años muy traumáticos para el país, y sentía la urgencia de tomar contacto con mis raíces de una manera que fuera más allá


de la habitual letanía de quejas y rezongos que nos caracteriza. Para este proceso de “volver a casa”, sin mucho titubear, primero, no dudé en acudir a mi baqueteada y confiable Canon. Segundo, elegí la arquitectura, temática a la que vuelvo una y otra vez. Quedaba entonces por definir en qué aspecto de un tema tan amplio como la arquitectura iba a focalizarme. Di muchas vueltas, porque hay mucha arquitectura buena para fotografiar en Argentina, pero finalmente decidí empezar por el período de extraordinario progreso que se vivió entre 1880 y 1930, que constituyó una verdadera refundación del tejido humano del país y tendió nuevos cimientos para su fábrica social, económica e institucional. En 50 años, dos generaciones, la ciudad de Buenos Aires pasó de ser una aldea polvorienta a convertirse en una ciudad cosmopolita. La Plata, Rosario y Mar del Plata surgieron de las pampas desiertas. La arquitectura no puede sino reflejar la energía y el vigor de ese período, la sensación de seguridad respecto del presente y la exultante confianza en el porvenir. A medida que fui retratando uno y otro edificio, y ese clima de desbordante optimismo se fue apoderando de mí, me pareció que no estaría fuera de lugar buscar la forma de compartir las imágenes y contribuir a que otros también se dejaran contagiar por la misma sensación. De ahí, las muestras que se celebrarán durante 2010 y la edición de este libro “Arquitectura del Progreso — 1880-1930”.

MP: En lo que hace a aspectos técnicos de las fotografías, hay dos temas que me llaman la atención. Por un lado, el hecho de que hayas elegido el color sepia para tus imágenes, lo que de alguna manera sitúa a estas obras en el pasado. ¿Por qué esa elección? Por otro, ¿Por qué en la era digital has elegido un método análogo y tradicional? ¿Creés que la fotografía es víctima de la tecnología? ¿Cuál es el plus o los pro de esta elección? Empecemos por lo más importante. No creo que la fotografía sea víctima de nada, menos que menos de la tecnología. Todo lo contrario, pienso más bien que la fotografía es hoy en día, y lo ha sido a lo largo de toda su historia, beneficiaria de los cambios tecnológicos que se han producido desde que existe. Si en 1816 Niepce no hubiera encontrado la forma de fijar químicamente las imágenes producidas por una cámara oscura, la fotografía nunca hubiera existido. O sea, sin ese adelanto tecnológico, la fotografía no existiría. Las nuevas técnicas digitales, todas las técnicas fotográficas que vinieron antes y todas las que vendrán en el futuro, sólo contribuyen a aumentar la gama de modos alternativos de los que dispone el fotógrafo para expresar su visión. En cuanto al color sepia, la respuesta es que lo elegí para esta serie por varios motivos: Primero, y quizás más importante, porque me gusta mucho. Observando mi obra verás que lo uso con mucha frecuencia, incluso en proyectos de arquitectura contemporánea. Segundo, porque como bien señalás, en el caso

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de esta serie, la elección del color contribuye a situar la imagen en el tiempo. Finalmente, por una cuestión técnica muy conocida por aquellos duchos en prácticas de cuarto oscuro: porque el sepia ayuda a extraer el detalle en las zonas más densas de las fotos, y en esta serie, la riqueza del detalle es una característica que he buscado preservar. En lo que se refiere al uso de una técnica análoga para estas fotos, es por el mismo motivo que para otras series uso técnicas digitales, mixtas, u otras. A mi entender, la técnica que se usa para una foto u otra debe estar al servicio del mensaje que el fotógrafo quiere trasmitir con la imagen que está creando. Pienso que el fotógrafo no debe ser esclavo de la técnica más en boga en un momento determinado. En este caso entendí que el uso de una técnica analógica contribuía al proyecto, el uso de técnicas digitales posiblemente hubiera hecho más fácil mi tarea, pero no creo que hubiera hecho ninguna contribución al logro del resultado final. MP: Algunos elementos arquitectónicos se reiteran en tus fotos —columnas y escaleras por mencionar algunos. ¿Son potentes imágenes para vos por algún motivo?

En realidad, la paleta de elementos con que cuenta el arquitecto para darle vida a sus creaciones es bastante limitada: paredes, ventanas, puertas, columnas, vigas, escaleras y no muchos elementos más. Lo que sí es casi infinito es la forma en la que diferentes arquitectos combinan estos elementos entre sí y los dispares tratamientos que les otorgan. Por eso, mis fotos tienden a poner énfasis precisamente en esa reiteración de pocos elementos y diversidad de tratamientos. No es lo mismo una de las columnas monumentales del Teatro Colón, gruesa, sólida, recubierta en mármol, que la liviana columna del Palacio San Miguel, la que apenas disimula la viga de acero que corre por su interior, o que la alta y esbelta columna de la Catedral de Mar del Plata, que una arquitectura lejana. Todas son columnas, pero cada una habla de cosas diferentes y se expresa en distinto idioma. Sin embargo, todas mantienen un “no sé qué” que permite identificar de inmediato su tiempo y la sociedad que la construyó. Es la búsqueda de “dónde” y “por qué” se encuentra ese equilibrio entre la diversidad y el carácter unificador, donde me resulta atrayente reiterar el tratamiento de los mismos elementos arquitectónicos.

Micaela Patania es profesora nacional de Arte; master en Comunicaciones Institucionales, UCES y en Estudios en Museos NYU. Becaria Fulbright-Fondo Nacional de las Artes. Fue asistente de curaduría en el New Museum, New York, y de Jorge López Anaya para los Premios Banco de la Nación Argentina 20002001. Curadora de las exposiciones Resonancias, Otras Cartografías y Adaptaciones Urbanas para Sala 10 de Fundación ArteBA, y de las muestras de Marcelo Bonevardi , Manuel Mujica Lainez y Pobre Mariposa, para la Fundación Alon para las Artes. Profesora en la Universidad del Salvador, de la cátedra de Gestión de Museos y Galerías de Arte.

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Datos biográficos

Fernando Ras nació en Buenos Aires, Argentina, en 1953. Fue educado en su ciudad natal y en Estados Unidos. Estudió Literatura inglesa, Historia, Historia del arte, y Arquitectura, antes de dedicarse a la Política económica, especialidad en la que se graduó en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad del Salvador en el año 1978. Es diplomático de carrera y por ello vivió en África, en Europa y en Asia. Estudió fotografía en Tokio con el artista canadiense Tim Porter, entre 1999 y 2004.

Exhibiciones individuales 2008 Arquitectura Meiji Centro Cultural San Martín, Buenos Aires Exhibición incluida en el Festival de la Luz XV Encuentros Abiertos de Fotografía 2007 Arquitectura Meiji Shaddai Gallery, Tokyo Polytechnic University Exhibición con motivo de la incorporación de la serie en la colección permanente de la Shaddai Gallery 2003 Arquitectura Meiji Tokyo Photographic Culture Centre Primera exhibición completa de la serie en Japón Arquitectura Meiji Casa de Asia, La Habana Vieja, Cuba Muestra de la serie completa de 52 fotos Organizada con el apoyo del gobierno de Cuba a través de la Oficina del Historiador de la Ciudad

Arquitectura Meiji Galería Genkan, Tokyo-American Club, Tokio. Muestra de 24 fotos de la serie

Exhibiciones Colectivas 2004 Zooming in 3 Edificio Prudential, Akasaka, Tokio 2003 Arquitectura Meiji Naked Tokyo - Part 2 Gallereyes, Shibuya, Tokio   2002 Retratos de la vida nocturna de Tokio Exhibition Faces of Japan K. Mikimoto, Ginza, Tokio. 5ta edición de “Japan through Diplomat’s Eyes” Retratos tomados en Harajuku Exhibición Naked Tokyo Galería Le Deco, Shibuya, Tokio

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2001 Fotos de la serie “Arquitectura Meiji” Exhibición Unnoticed Japan Gran Tienda Printemps, Ginza, Tokio. 4ta edición de “Japan through Diplomat’s Eyes” Fotos de la serie “Bagan” Exhibition A Dog’s Breakfast The Pink Cow, Harajuku, Tokio Fotos de la serie “La Recoleta” Exhibición Addendum Galería PAX, Shibuya, Tokio

Fotos de la serie “La Recoleta” Exhibición Assembly Galería Le Deco, Shibuya, Tokio 2000 Retratos de la serie “Las Chicas de Harajuku” Exposición Young Japan Gran Tienda Printemps, Ginza, Tokio 3ra edición de “Japan through Diplomat’s Eyes”


Se agradece el apoyo de:


Se termin贸 de imprimir en Talleres Trama, Garro 3160, Buenos Aires en el mes de mayo de 2010.


Arquitectura del progreso 1880-1930  

Libro con fotografías de Fernando Ras seleccionadas por Micaela Patania con textos de Teresa Anchorena y Juan Travnik

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