Page 1


©FUNDACIÓN ACUORUM Gabinete Literario Plaza de Cairasco, 1 35002 Las Palmas de Gran Canaria www.acuorum.com Impreso en España en abril de 2017

Diseño y maquetación Beople / Social Media Consulting S.L. Impresión Gráficas Sabater Depósito Legal GC 171-2016 ISSN 2445-1363


I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

ÍNDICE

5

1. I Concurso Literario Internacional 6 'Relatos de Agua' 2. Ganador en castellano 8 El maestro ha muerto. Francisco León 3. Finalista en castellano 18 Orografía de la vejez. Manuel Iván Pérez 4. Ganador en gallego 24 Babuxa, a pinga. Sara Castro López 5. Finalista en gallego 34 Que non chova nin a gusto de todos. Adolfo Caamaño 6. Ganador en portugués 42 Águas livres. Teresa Moure 7. Finalista en portugués 50 Um rapaz chamado Moisés. Nuno Garcia Lopes 8. Ganador en catalán 52 Dos dits de vida. Daniel Borrull 8. Finalista en catalán 56 La set. Elies Campmany 10. Ganador en euskera 60 Itsasaldia. Judit Ruiz de Munain 11. Finalista en euskera 68 Urak Zekarrena. Nagore Uribe 12. Traducciones al castellano 72 13. Agradecimiento 105


I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

El 5 de julio del pasado año, los escritores canarios Andrés Sánchez Robayna y Fernando G. Delgado presentaron en Tenerife el I Concurso Internacional Literario Relatos de Agua, organizado por la Fundación Acuorum. Según se estableció, podían concurrir al certamen relatos cortos escritos en castellano, catalán, euskera, gallego y portugués, algo ciertamente insólito en el panorama de los concursos literarios de nuestro país.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

La misma convocatoria fijaba un premio de 3.000 euros para los relatos ganadores en cada uno de los cinco idiomas a concurso. El tema, como no podía ser de otra manera, era el agua: un elemento y un concepto tan flexible como universal, emparentado ya sea de manera directa o simbólica con innumerables realidades de la vida. En total, la Fundación Acuorum recibió 302 trabajos. Coincidiendo con las zonas de especial interés para la organización, los textos procedían fundamentalmente de España —muchos de ellos de Canarias—, aunque numerosos relatos también llegaron desde países como Brasil, Argentina, Cuba, Uruguay, Ecuador o El Salvador, acercando de esta forma nuestro país a Iberoamérica, con el archipiélago canario como nexo de unión.

7

El presente número de la revista Acuamag está dedicado por entero a la publicación de los cinco relatos que resultaron vencedores en el concurso, así como de los cinco finalistas. Conocido ya el fallo del jurado, es un verdadero honor para la Fundación Acuorum poder dar prueba, en las páginas que siguen, de la indiscutible calidad literaria de los autores premiados. Solo lamentamos no poder incluir también muchos otros de los relatos a concurso, que mostraban un indudable nivel y también invitaban a una muy provechosa lectura.

UN JURADO DE LUJO El I Concurso Internacional Literario Relatos de Agua, tuvo la suerte de poder contar con una comisión calificadora de altísimo nivel. Dicha comisión ha estado presidida por los mismos dos patronos que se encargaron de presentar públicamente el concurso el verano pasado, Andrés Sánchez Robayna y Fernando G. Delgado, encargados de seleccionar al ganador y al finalista de entre las obras presentadas en castellano. Para las lenguas restantes, la Fundación también contó con escritores de reconocido prestigio en cada una de las respectivas literaturas. Carme Riera. Catalán María del Carmen Riera Guilera (Barcelona, 1948) es licenciada en Filosofía y Letras y doctora en Filología con Premio Extraordinario por la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde 1995 es catedrática de Literatura Española de la Universidad Autónoma de Barcelona y directora de la Cátedra José Agustín Goytisolo de la misma universidad desde el 2002, dedicación que compagina con su faceta de escritora, iniciada en 1975. Es miembro de número de la Real Academia Española, donde ocupa la silla «n». También es miembro de número de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona. Ha recibido numerosos galardones, entre los que destaca, el Premio Nacional de Literatura de la Generalidad de Cataluña 2001, el Premio Sant Jordi de novela 2003 y el Premio Nacional de las Letras Españolas 2015.

Pedro Feijoo. Gallego y Portugués Nació en Vigo en 1975. Es licenciado en Filología Gallega por la Universidad de Santiago de Compostela. Como novelista, ha publicado las obras Los hijos del mar, La memoria de la lluvia y Morena, peligrosa y románica. Ha recibido prestigiosos premios literarios como el Arzobispo Juan de San Clemente, Sarmiento, o el Xerais de Novela en condición de finalista. Bernardo Atxaga. Euskera Su obra abarca cuento, novela, poesía y ensayo, es el escritor en euskera más leído y traducido. Se licenció en Ciencias Económicas por la Universidad de Bilbao y en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. Miembro de pleno derecho de la Real Academia de la Lengua Vasca desde 2006, en noviembre de 2010 también fue nombrado miembro de Jakiunde, Academia de las Ciencias, de las Artes y de las Letras. Fue Premio Nacional de Narrativa (1989), del que ha sido finalista en dos ocasiones más (1993, 2003). Ha recibido, además, el Premio Euskadi de Literatura (1989, 1991, 1996, 1997), el Premio de la Crítica (1979, 1985, 1988, 1993), entre otros.


El maestro ha muerto Francisco Leรณn


ACUAMAG. Fundacion Acuorum 9

Ganador Castellano EL MAESTRO HA MUERTO Francisco León

Solo en el final de su vida acudieron al lecho de muerte las visiones. Tal vez acudir sea expresión poco incisiva, o demasiado vaga, si tenemos en cuenta lo que realmente sucedió. Como se demostraría más tarde, aquellas alucinaciones tenían un poder salvífico, aunque como en todo fenómeno de elevación hacia lo espiritual siempre se abandona en los niveles del humus, desde los que partimos hacia la transparencia, una fracción importante del ser por el cual somos reconocidos y amados. No otra cosa sucedió con el maestro: las visiones, al elevarlo hacia aquella actividad espiritual de sus últimos días, lo preservaron en otro estadio de la vida, si bien, al mismo tiempo, eclipsaron lo poco que quedaba de su potens humana. Debo reconocer que al menos disolvían gran parte de su aflicción, lo cual era de agradecer, y de paso, por el espanto que causaban, atenuaron sin duda la influencia de Petter, cuya sensibilidad resultaba demasiado grosera para penetrar el sentido de aquella nueva realidad terminal en que el gran artista se había sumergido. Un poco antes de las visiones, tuvieron lugar los sueños. Tres águilas se precipitaban sobre la roca para devorarle los

ojos. Una de las águilas era su madre, que vociferaba el idioma antiguo de los bosques natales mientras lo picoteaba sin piedad, aferrando su cabeza de guiñapo con las enormes garras. Otra tomaba la forma de su camarada Heyerdahl, recubierto de abundante barba y vestido con harapos de náufrago, como recién retornado del Mar de los Muertos al que siempre habían soñado viajar cuando eran niños. La última águila no tenía nombre fijo. Podía ser yo mismo. A veces el propio maestro. Otras, sobre el hocico de la alimaña, como si fuera una máscara de cera informe, cambiante como un éter denso, aparecía la efigie de su hijo. Y sin embargo, puedo dar fe de que jamás el maestro fue propenso a delirios ni fantasías. Todo lo contrario. Sabido es que, a lo largo de sus exploraciones por Indonesia, Gunnarstrom llegó a participar de modo tangencial, y siempre dentro del marco de sus estudios antropológicos, en rituales chamánicos y prácticas opiáceas. Y de todo ello no obstante salió con bien, y victorioso, si juzgamos el prestigio que alcanzaría en nuestro país Los días de Java (1964). Debo detenerme un instante en esta obra inclasificable (estudio, novela, diario, me-


10

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— El maestro ha muerto —

ditaciones…), cuyos pasajes conozco de memoria, pues contienen algunas de las más conmovedoras fotografías que yo haya alcanzado a ver en otros libros de viaje. La mayoría de esas fotos se deben a la mano de Eve, que seguía con devoción a su marido a donde quiera que viajara: islas perdidas, selvas sombrías, bahías solitarias, tribus afables y montañas inhóspitas. En cambio, un conjunto de ocho imágenes está dedicado únicamente a la fotógrafa, como la que representa a Eve una noche, casi desnuda, sentada frente a una mesita, con un quinqué colgando de unos palos y corrigiendo, bajo la escasa iluminación de la choza, lo que a todas luces son los complejos manuscritos de Los días de Java. El alto contenido emocional de estas estampas representa, a mi modo de ver, la ternura perseverante que Gunnarstrom sintió por su esposa. «Eso —dijo Petter señalando la primera edición abierta sobre mi mesa de trabajo—, eso es lo más cerca que ha estado mi padre de la locura»; después aplastó el cigarrillo y se marchó del cuarto. A mediados de febrero, los especialistas que lo habían tratado dieron su caso por perdido y recomendaron a la familia que, en caso de poseer un lugar donde morir convenientemente, lo llevaran allí para que se despidieran de él como era debido. El fin estaba cerca y Petter nos convocó en una salita del hospital adornada con parquedad aséptica. Me fijé en que solo en una de las paredes había un grabado, «Teide (1887)». Al contrario que en la atmósfera interior de aquella lámina, afuera la borrasca agitaba los jardines. Llovía sin piedad y bajas y tenebrosas nubes se arremolinaban de un lado para otro del cielo. Nadie en Oslo habría supuesto que en el paraíso de Gunnarstrom las condiciones climáticas pudieran llegar a ser tan adversas. Anna y Petter entraron discutiendo en la sala. Un minuto más tarde se presentaron Eve y el abogado de la familia, el señor Mattison, recién llegado de Oslo con órdenes precisas. Tomaron asiento alrededor de la mesita de vidrio y conversaron. «El fin para mi padre está próximo», dijo Petter. «¿Qué debemos hacer?»

Se barajó la idea de subirlo al primer avión y devolverlo lo antes posible a Noruega, donde hallaría consuelo en la virginidad de su origen. Incluso pensaron llevarlo a la casa natal de Røros, en el condado de Sør-Trøndelag. Anna gimió, simulando un desconsuelo que con el paso de los días se volvería más real: «Tal vez sea lo mejor», dijo en ese momento. Pero Eve se opuso con toda rotundidad. El maestro —«Papá», dijo ella— había tenido una existencia rica, había visto mundo. En el círculo de Oslo se afirmaba que había viajado más que ningún noruego de la historia. Y sin embargo, de los ochenta y siete años con que contaba cuando cerró los ojos por última vez, más de la mitad los había vivido en su caserón de Las Cabezas. No por casualidad lejos del Reino, apartado de Oslo, lejos de Sør-Trøndelag, solía advertir Gunnarstrom con el dedo en alto. Algo debía significar.Y aunque la querida casa insular se desmoronaba, continuó Eve, y de hecho en los últimos tiempos habían sido clausuradas habitaciones y tapiadas varias despensas por temor a que las vigas cedieran y todo se desfondara bajo el peso de las deudas, el polvo y los cachivaches, lo más propio, lo más humano, lo que Gunnarstrom deseaba en el fondo de su alma, era que juntos aguardaran allí el desenlace que el destino había deparado al artista. Vi que Mattison se volvió contrariado hacia la ventana. Se frotaba la barbilla y permitió que su vista flotara hasta perderse Dios sabría en qué pensamientos. Su plan parecía resquebrajarse. Mientras tanto el temporal de lluvia había girado y arponeaba la ventana como una obertura majestuosa con stacatto de violines. ¿Y qué opinaba el leal Arne? Todos se quedaron observándome. Agaché la cabeza. Un grupo de expedicionarios esbozados con gran detallismo por el buril anónimo se arremolinaba en torno a unas mulas importunadas con abultados fardos. También aquellos personajes emprendían ahora una aventura. También fueron reales y existieron. Uno de ellos, en particular, cubierto con un capote y un sombrero con escarapela, pese a la mañana despejada y frondosa que los acogía,

Y aunque la querida casa insular se desmoronaba, continuó Eve, y de hecho en los últimos tiempos habían sido clausuradas habitaciones y tapiadas varias despensas por temor a que las vigas cedieran y todo se desfondara bajo el peso de las deudas, el polvo y los cachivaches, lo más propio, lo más humano, lo que Gunnarstrom deseaba en el fondo de su alma, era que juntos aguardaran allí el desenlace que el destino había deparado al artista.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

11

— Francisco León —

guardaba cierto parecido con el maestro. Tal vez la misma barba blanca, tal vez sus mismos ojos. Con gesto orgulloso, como anunciando al resto de hombres de la cuadrilla el alcance no sólo científico sino espiritual de la empresa que acometían ahora, apuntaba con el brazo en alto hacia el gran volcán nevado, cuyo pico emergía provisorio entre las brumas. «Creo que el maestro se enfrenta a su mayor aventura, una aventura que nosotros no comprendemos del todo. En mi opinión, quedarse parece lo más coherente», respondí sin poder apartar la vista del explorador y sus compañeros, que lo miraban llenos de angustia. Por otra parte, debo confesar, si he de ser sincero, que valoré un momento la posibilidad de volverme hacia ellos, hacia Petter y Mattison, y gritarles por qué razón no le preguntaban al maestro y se dejaban de falsedades. Días después, mientras escuchaba una de sus piezas favoritas en el viejo tocadiscos, la Sonata para flauta, viola y arpa de Debussy, Gunnarstrom me llamó a su lado para que le explicara el contenido de aquella reunión. «Mi corazón fue tomado por el pensamiento simbólico —le dije—, y hablé por boca de la figura del explorador fabuloso de la lámina. Eso fue todo.» La melodía aleteaba animosa por todos los rincones del edificio y sumía la sombra de la ruina bajo un manto de suaves reflejos. Los pisos superiores y los espejos de argento vivo que allí fueron acumulados, la incontable biblioteca repartida por toda la casa, las anchas escaleras de maderos crujientes y todos los jarrones chinos, el claustro adornado con viejos y valiosos souvenirs, los almacenes y su contenido, la bodega cargada de vinos añejos, la colección fotográfica de Eve, los pasadizos entre habitaciones, donde era posible hallar cartas marinas y mapas de inestimable valor empaquetados en telarañas, el gran jardín del patio, con sus colecciones abandonadas de filicopsidas y orquídeas, el centenar largo de pinturas, propias y ajenas, que cubrían las paredes, el taller y sus obras in nuce. Las camas, los armarios, las cómodas, los antiguos sillones, los biombos. Todo, hasta el último de los detalles que informaban uno a uno los grandes días de Eve y Gunnarstrom había sido ya enajenado o se encontraba en proceso de serlo con destino a la subasta. Mattison era el encargado de llevar a cabo las órdenes de Petter y ahora pesaba sobre todos la prohibición de comunicar aquella monstruosidad al maestro. Durante un momento, mientras le hablaba, sentí que ambos habíamos quedado relegados a la condición de recuerdos, a vanas fantasmagorías. O mejor dicho: nos habíamos convertido en los personajes de una obra que se desarrollaba en el micropaisaje de un mundo inferior y silencioso, y que, por tanto, expulsados de ella, donde vivían los seres

reales, nada de la superficie podía ya interesarnos. Terminé de explicarle y dijo: «Nadie cuenta con la opinión de los muertos.» A los pocos días cayó en una de las repentinas fases melancólicas que hacen presa en los viajeros fatalmente enfermos. Qué desalentador resultaba verlo de aquel modo. Un sentimiento de culpabilidad se apoderó de mí. Le había hablado al maestro en unos términos que acaso únicamente tenían sentido en mi cabeza. Tal vez proyectaba sobre el hombre la imagen ideal del artista que yo había formado después de tantos años a su servicio. Me había tomado demasiadas libertades. Como notas de piano perdidas en la nada, su vista se disolvía sobre los ramajes que inundaban la ventana derecha del salón. «No hay nada más triste que esos aguacateros, ¿no le parece?», comentó sin quitar la mirada de la claridad verdosa filtrada desde más allá de las copas. Estoy seguro de que a partir de esa jornada la expresión del alma del maestro cambió por completo. O así lo sentí yo, al menos. Los días del gran artista expedicionario que se bañaba rebosante de vitalidad entre escualos índicos o en los fiordos helados habían tocado a su fin de manera definitiva. No solo se quedaba sordo por momentos, condición de todo lo desahuciado: por otra parte su gran voz, altiva en tiempos, como yo no había oído en otro hombre, surgía ahora quebradiza y aniñada de su cabeza encogida. Su amada, consumida por la pena, vestida con tules y trajes vaporosos, también se había vuelto un espectro de otras épocas. Su negativa tajante en la salita del hospital había sido su acto finale. A partir de esa actuación comenzó a parecerse a una especie de polilla débil y ausente que se desgastaba y desgastaba poco a poco. Le servía el té y ponía los discos. Sobre todo Debussy y Saint-Saens. La música era lo único que lograba arrancar al maestro del estado de abatimiento y huída en que se precipitaba a menudo. A veces, arreglada con trajes que fueron hermosos hacía treinta años, bajaba a la oficina para tomarme de la mano y guiarme escaleras arriba hasta el salón. «Tome el té con él, amigo Arne.» Ya seguiría con los inventarios otro día cualquiera, había mucho tiempo para todo aquello. El asunto de las águilas era de mi máximo interés. «Con que águilas, eh». Tres bestias imperiales, sí. Gunnarstrom soñaba continuamente con ellas y, por lo visto, a causa de ese tipo de transfiguraciones inexplicables que solo acontecen en los sueños, las tres aves eran una y otra vez la encarnación de su madre, de su camarada y de esa tercera persona cuya identidad permanecía siempre en las sombras del subconsciente. ¿Qué diablos significaría? «Bueno, Arne, hasta en las tradiciones más simples toda narración se reduce a tres polos: el bien, el mal y el héroe», y sonreía


12

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— El maestro ha muerto —

luego con tanta levedad que sus ojos, de un azul tristísimo casi siempre, lucían por un instante más alegres que su boca lívida. De nuevo volvíamos al té. Hacía un par de noches que un golpe de viento había forzado la falleba y abierto de par en par la ventana. El dormitorio quedó inundado por una brisa de alta montaña. Gunnarstrom se desveló. Supuso que Eve se despertaría en medio de la madrugada, aterrorizada como una niña, pero no fue así. Dormía a su lado, apacible, cubierta por un velo que de alguna manera —como en los relatos mitológicos— la aislaba de la escena. Las cortinas se agitaban, o más bien las empujaba una presencia visitadora, hasta que un perceptible olor a abeto y nieve, a osera y musgo, embalsamó el cuarto. Desde luego aquello no tenía nada que ver con una racha de aire tropical, no era el olor meloso que exhalan las plataneras durante la noche del valle. Era Noruega, o eso creyó. Era, para hablar con propiedad, el olor del agua de Noruega. Cuando abrió los ojos, el artista encontró a su madre sentada frente a él en la mecedora de Eve. Se le había aparecido otra vez, con plumas doradas y otros colores deslumbrantes, pertrechada con unas alas que, extendidas, apenas cabían en la habitación. Desde la mecedora, la gigantesca rapaz lo miró como si de un momento a otro fuera a abalanzarse y devorarlo una vez más. Luego extendió hacia la cama una de sus alas desafiantes y le ofreció un vaso. Gunnarstrom temió por sus ojos, pero en lugar de atacar, del pico brotó un graznido espantoso: «Bebe agua del Glomma, hijo mío». ¡Agua del Glomma! Muerto de miedo como un niño, dijo, porque su madre adoleció siempre de un carácter de perros, no tuvo más remedio que llevarse el vaso a la boca, repleto de un agua casi fosforescente, y beber sin rechistar. El contenido le recordó, por su sabor, o tal vez por el color, terroso y brillante, al agua de la fuente del patio. «Nunca he bebido agua de esa pila, que además tiene peces y ranas y estará llena de dafnias y diatomeas», dijo el maestro. En fin, así eran los sueños. Dudó mucho durante los días siguientes, porque su esposa había sido siempre una mujer muy impresionable y no deseaba por nada del mundo que creyera que su marido estaba perdiendo el juicio a causa del Tramadol, pero al final le habló en la intimidad y le contó el sueño. El plumaje resplandeciente y metálico como si fuera el de una deidad vikinga de las grandes óperas, las zarpas curvas que arañaban de manera involuntaria la madera del suelo, los ojos como brasas. Quienes han leído sus libros saben que Gunnarstrom fue siempre un narrador eficaz, así que no era raro que Eve quedara sobrecogida por el detallismo del relato. En especial por la imagen impresionante de un águila que apenas si cabía en el

dormitorio más grande de la casona. La esposa permaneció el resto del día como una sonámbula sonriente, vagando por las habitaciones, entre cortinas, plantas, cuadros y objetos que —ella y su artista preferían ignorarlo— estaban pasando ya de las manos de Matisson y Petter a las de sombríos usureros y negociantes de Oslo. Al atardecer, con el té y algunas piezas de Ravel para piano, el maestro oyó, por fin, lo que esperaba. En opinión de Eve, su madre había venido a recomendarle desde el Valhalla que, para curarse definitivamente y regresar a sus viajes por todo el mundo, era necesario beber el agua del gran río. El maestro trataba de sacar a flote sus pensamientos: se maravillaba del modo en que viven los significados en las cosas. Para él, la estatuilla de terracota de grandes colmillos y ojos saltones que descansaba al pie de la escalera poseía un sentido, estaba impregnada de energía, tenía un simbolismo preciso. Se la había regalado un santón de la selva, en Sumatra. Todavía recordaba su mirada, el tono aquietado de su voz, las arrugas de sus manos. Para Matisson, en cambio, la misma estatuilla no significaba nada en absoluto. A lo sumo unas cuantas coronas. Sentados poco después en el salón, Gunnarstrom expuso que la interpretación de su esposa, en lo tocante a la aparición de su madre, le parecía de una ternura adorable. Hablaba con fluidez, rejuvenecido por un instante. Apoyó la frente en la palma de la mano y comenzó a reírse en voz muy baja, como si lo atosigara un ataque de asma, aunque en realidad trataba de que la risa no rebasara las paredes de la habitación. Hasta que se le rayaron los ojos y regresó a su melancolía habitual. En verdad, el sentido de aquel sueño se remontaba a su infancia. Desde niño, el maestro había detestado la leche caliente, pero su madre lo obligaba a beber todas las noches un gran vaso que ella misma, acechante como una sibila, decía, le llevaba a la cama puntualmente. «La leche era de la vaca de mi abuelo, créalo.» Por lo visto la tortura solo concluyó el día en que el médico de la familia detectó en el futuro artista una completa intolerancia a la lactosa. Y de ahí el té. Los señores llevan bebiendo té toda la vida. Otro asunto bien diferente era que su madre hubiera adquirido la figura de una águila y que llamara «agua del Glomma» a lo que con toda claridad se trataba del símbolo de la odiosa leche infantil, hecho que ocultaba significados profundos que aún no había logrado descifrar. Al día siguiente Gunnarstrom se levantó temprano, se lavó, se afeitó la barba rala —tan solo por costumbre— y bajó al taller. Como un huracán, sentía que la energía de la mocedad había vuelto a él. «Esta mañana he trabajado en una vieja plancha, una plancha de 1966.» Se trataba de La jarra de agua. Cubierto con


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

13

— Francisco León —

una manta, estuvo sentado a la mesa unas pocas horas. El punzón se movía ágil en su mano, accionada por un automatismo febril que le recordaba a los viejos tiempos. A continuación entintó, colocó un papel amarilloso y pretendió girar la manivela del tórculo con la agilidad y la firmeza de las que gozaba a sus cuarenta años. Un segundo antes se le cruzó por la cabeza que tal vez se estuviera curando, que tal vez se le ofrecía una última oportunidad. Pero un segundo después, cuando quiso darse cuenta, se vio fatigado y sin aliento, con el bastón en la mano, temblando, sentado en el gran sillón castellano de cuero y madera que había adquirido junto con la casa un lejano día de un verano no menos remoto. Casi no le quedaban fuerzas ni para respirar. La amargura, como un tentáculo casi eléctrico, lo arrebató. ¿Qué hacía allí?, se preguntaba ahora lleno de un odio que, lejos de dirigirse contra algo en concreto, se proyectaba sobre todo. A esas alturas, dos semanas luego de abandonar el hospital, a Gunnarstrom ya le costaba distinguir los sueños de la vigilia. A veces subía las escaleras hasta la salita pequeña de la tercera planta para echar un vistazo a su colección de brújulas, catalejos y sextantes. Lo reconfortaban todos aquellos cachivaches que, de algún modo, aún lo unían a la vida, no a los recuerdos ni exactamente a la existencia que había llevado, sino en concreto a la vida orgánica de la casa de la que ellos mismos eran parte. La existencia celularia, pensaba, no tiene otra función que incluirse a toda costa en el organismo inconsciente de la vida. Y eso era vivir, algo tan simple, como la música que escuchaba ahora y que, en cuanto sonaba, ya era puro aleteo, pura física, sin fijación a la muerte de la mansión. En pie frente a los visos metálicos del latón, recordaba aún cómo había adquirido la mayoría de aquellos objetos. En esos días lejanos, sin la consciencia de que era un cuerpo que poco a poco, pero irremisiblemente, se separaba de su voz, vio ante sí las grandes hojas carnosas, como orejas de elefantes perladas de humedad, que cubrían una aldea marina de pescadores. Un viejo marinero con apenas dientes le hizo entrega de los prismáticos que ahora cuelgan bajo un retrato de su padre. O la tiendita donde compró la brújula engastada en la cajita de madera de caoba. O quién le entregó ese catalejo abollado. No podía imaginarme, me decía, la plácida frescura que impregnaba su alma cuando los recuerdos, transfigurados en visiones, lugares y tiempos, imantados por la presencia de los objetos, se abrían en la mente, coloreados, llenos de pequeños detalles, de olores y tonos de voz humana inconfundibles. Vivir se le volvía un fenómeno salvaje, prodigioso. Morir, en cambio, un proceso de máxima racionalidad. Un abu-

rrimiento, una tristeza. Pero de pronto, frente a los brillos fabulosos de los metales, con su poder evocador, y que ahora parecían desvanecerse y desvanecerlo todo, notaba que un calor anormal volvía para desgarrar las visiones y sus pequeños paraísos, hasta que recobraba el sentido y, sin saber cómo, se veía otra vez recostado en el sofá del salón, de donde en realidad no había salido en toda la tarde, hundido en la música de Satie, jadeante, apresado por la fiebre alta, delirando. Se lamentaba el maestro de que la existencia consciente, dentro de la cual se había guiado toda su vida haciendo uso de la razón, se hubiera vuelto una fantasía laberíntica y vaporosa de la que se le hacía imposible asegurar si se hallaba dentro o fuera. Y así, los instantes de desánimo se juntaban unos con otros hasta que otra vez regresaba el ensueño, las figuraciones, la pesadilla, que lo terminaban envolviendo en otro delirio espeso, viscoso como una sopa, y que a su vez acababa con un sobresalto agotador, como ahora. «¿De nuevo me he dormido?», y daba un respingo en el sillón. Había que secar el sudor de su frente, refrescar su nuca. Eve o yo nos inclinábamos sobre su cuerpo exhausto. Le causaba pavor llegar a comprender —comprenderlo y no poder contarlo jamás— que la muerte no fuera más que eso: caer en una pesadilla de la que fuera imposible escapar. Pero en esa ocasión Gunnarstrom sonrió ocultando su disgusto. Alargó la mano y trató de hacerse con su tacita de té, que ya estaba demasiado frío. Como el brazo le temblaba, debilitado, tuvo que ayudarse con la otra mano. Bebió con torpeza, como sorben los iniciados un mejunje, y de inmediato cerró los párpados para evitar que mi mirada lo avergonzara. Justo en ese momento comenzó a llover. Primero muy fuerte, hasta el punto de que los goterones aporreaban los pámpanos de las ñameras del patio como si fuera a caer el diluvio, pero de repente el aguacero se calmó y quedó transformado en una lluvia fina parecida a un vapor revoloteante. «¿En qué mes estamos?», preguntó Gunnarstrom. «Marzo», respondí. «Siento que vamos en un barco, que nos internamos en un mar sereno y lluvioso y que no regresaremos.» Nos servimos el té recién hecho y pusimos en el pick-up el Cuarteto para cuerdas en Mi menor de Fauré. En el oleaje delicado de los violines, arrancado de la superficie y llevado hacia la profundidad, se preguntó por qué motivo lo habían traído a aquella isla, a aquel pueblo solitario en el que siempre llovía y cuyo paisanos apenas se comunicaban, y por qué motivo inexplicable vivía aún bajo el mismo techo con aquella mujer anciana y casi desconocida. «¿Qué?», pregunté. Los viajes y el agua. El mar y los ríos. Navegar corriente arriba con su barco, como en tantas ocasiones, con sus camaradas. Un hilo


14

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— El maestro ha muerto —

El agua bajaba fresca de los acantilados, se retorcía y entraba en las fincas. Volvía a salir y daba saltos por los bancales. Se sumergía en la tierra para brotar un poco más allá. Al final el canal lo condujo ladera arriba hasta la casona.

de agua lo había llevado a la casona. Hacía cuarenta años, la isla no revestía gran interés para él. Conocía al dedillo los papeles de Humboldt, claro, y también los de la pléyade de viajeros menores que habían visitado el Archipiélago, pero su idea inicial se reducía a descansar unas semanas y regresar a Oslo para su nueva exposición. Así que en absoluto sospechaba, cuando desembarcó con Eve y con el pequeño Petter, que fijaría allí su residencia. Se alojaron en el Puerto de la Cruz, en un hotelito medio vacío y fresco, adornado con geranios y rodeado de fincas de plátanos. Alguien le había hablado de ese hotelito, pero ¿quién? Por las tardes, Gunnarstrom prefería quedarse solo. Salía a caminar por las calzadas fumando en su pipa, tocado con un sombrerete de paja. Dibujaba todo cuanto le gustaba, si bien más por afán científico que por necesidad creativa. Lagartos, insectos, una manilla de plátanos. En cierta ocasión decidió remontar un canal de agua que pasaba por la trasera del hotel. El agua bajaba fresca de los acantilados, se retorcía y entraba en las fincas. Volvía a salir y daba saltos por los bancales. Se sumergía en la tierra para brotar un poco más allá. Al final el canal lo condujo ladera arriba hasta la casona. Ahora pasaba una carretera asfaltada por el frente, pero en esa época la casona estaba hundida literalmente bajo una selva de aguacateros, palmeras y plataneras, y apenas era visible desde las lomas aledañas. De ese modo la encontró, siguiendo el canal de agua hasta su origen, de bruces al apartar las hojas gigantescas de un bosquecillo de colocasias. Otro día recibimos la visita inesperada de Petter y Anne. Los acompañaba un galerista interesado en comprar obra de su padre. «Los despojos», dijo Petter con desprecio refiriéndose a las últimas piezas del maestro. El galerista también me desagradaba. En mi cabeza tenía el aspecto de un saqueador de tumbas que acudía a la rapiña incitado por el olor nauseabundo de la muerte y el declive. Petter no se había comportado de mejor manera. Tal vez en la isla, Gunnarstrom podía ser tratado como un pintor declinante, pero en nuestro el país el maestro merecía todos los res-

petos. Anne se adelantó, lo besó en las mejillas y puso en sus manos un disco, Après un rève. El maestro se giró hacia mí y guiñó un ojo. Significaba otra velada más, otra charla, otro té. Serví una copa de licor y rosquillas. Gunnarstrom se sentía especialmente débil por la tarde, pero como el galerista había sido tan amable y derrochado tanto falso interés por su pintura, el viejo maestro tomó el bastón e hizo el esfuerzo titánico de bajar al taller. Sorteó el acantilado de la escalera como pudo. Petter lo ayudaba por un lado. Agarraba su hombro y cuidaba de que pusiera correctamente el pie en el peldaño. Yo iba por delante para evitar que, por un resbalón, el maestro rodara hasta el piso de piedra. Nos seguían en silencio Anne, que sollozaba en secreto, arrepentida, y el saqueador. No era ya la primera vez que, contra su costumbre, Gunnarstrom renunciaba a valerse por sí solo, no obstante esta vez parecía que aquello no tenía vuelta atrás. Hasta esa tarde había dado la impresión de ser un hombre indestructible, con mejorías inopinadas, hasta el punto de que a veces nos mirábamos con asombro al ver la resolución con que se incorporaba y se dirigía al baño o abría las pesadas persianas del salón para echar un vistazo al jardín o la carretera. Ahora sus manos temblaban, el cuerpo parecía formado por juncos quebradizos y la piel comenzaba, como el papel de arroz muy usado, a volverse translúcida y revelar los mecanismos grotescos de las articulaciones. El galerista fue revisando con ojo avizor pieza a pieza, sin pronunciar una sola palabra, concentrado en su exploración. A veces, con un gesto de resorte que me resultaba repugnante, acercaba la nariz a la tela como si tratara de olisquear un error minúsculo. Pidió más luz y descorrimos el gran dosel rojo de damasquino. Gunnarstrom alzó su bastón, apuntó y dijo: «Esa cortina lleva ahí casi doscientos años. Yo llevo aquí casi doscientos años.» Y sonrió penosamente. El taller quedó iluminado al completo por una luz acuosa y vimos al otro lado de los cristales enmohecidos con manchas verdosas la fuente del patio, hundida en la fragosidad de una selva de helechos, enredaderas, lianas y orquídeas


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

15

— Francisco León —

que subían y bajaban de la tierra a los tejados como en uno de esos jardines botánicos de las ciudades importantes. Del interior de la fuente se erguía una columna acabada en una gran bandeja de piedra en forma de concha de la que caía un goteo incesante. En una esquina del taller aparecieron varias telas pintadas hacía solo unas cuantas semanas. El galerista fue directo. Las levantó, las sopesó y, como si fuera un tratante de ganado, llamó la atención del maestro. «Esas son recientes y no están en venta», susurró Gunnarstrom. El maestro las quería para sí, las necesitaba de algún modo para mantenerse vivo, o quizá porque con esas pinturas se aferraba a la creencia de que aún se mantenía por encima de la fina capa de las cosas y no había sucumbido al magnetismo irrecusable de las profundidades, donde las cosas, decía a menudo, pierden sus estructuras permanentes y se deshacen como sueños. Las telas, de simple factura y colorido austero, representaban un vaso de agua en cuyo borde, tocado con un brillo sutil, se había posado un pájaro metamórfico, un extraño pájaro similar a un martín pescador o a un reptil con pico y piel de jade. La mirada de la pequeña ave —aunque a decir verdad nada en concreto lo sugería— no era la de una bestezuela común de los arroyuelos y los bosques, sino más bien la de un muchacho alegre en el trance de descubrir, si se dejara caer en el interior del vaso, el mayor enigma de su vida. Sería difícil averiguarlo ahora, dado que Gunnarstrom ya no está entre nosotros, pero aún me pregunto qué había sido antes, ¿las pinturas y los grabados, cuyos motivos solo atestiguan que el tema del vaso de agua y el pájaro era recurrente en el viejo maestro, solo que plasmado de cientos de maneras, o las visiones que acudían a él durante los momentos de alucinación? Mi opinión, si sirve de algo mi opinión profana, se inclina por la idea de que las visiones perfilaron en su forma definitiva lo que hasta meses antes de su muerte —pues el maestro no abandonó los pinceles hasta unas pocas horas antes de marcharse— no habían sido sino meras intuiciones. Recuerdo que, con cierto tono no carente de humor teatral, el maestro solía afirmar que un vaso de agua era una isla rodeada de tierra por todas partes, menos por una, que era precisamente su interior. Era la frase que siempre repetía un marino noruego al que había conocido en una travesía. «El vaso de agua siempre me ha parecido un asunto muy poético, demasiado poético. ¿No le parece, Arne?», me decía. ¿Por qué no un vaso de ginebra, o un vaso de buen vino? ¿Era posible imaginar un pájaro zambulléndose en un vaso de vodka? Y si fuera posible, ¿qué clase de maldito pájaro sería ese? Con la llegada de la tarde, Gunnarstrom empeoraba visiblemente. La fiebre

lo sitiaba, y a pesar de haber emprendido contra la dolencia una lucha agonizante y silenciosa que lo llevaba hasta el borde mismo de la inconsciencia, el maestro trataba de mantener firme la mano sobre el lienzo. Cada vez más claramente, el pájaro que, en el borde del vaso, se preparaba para lanzarse a los abismos de la transparencia, cobraba bajo el influjo del pincel el aspecto de un reptil, de un urodelo, de una culebra. Pero el pincel no se mantenía mucho tiempo en alto. El maestro jadeaba, se estremecían sus hombros, su brazo se enervaba de repente, caía y manchaba, con trazo equivocado, el motivo principal. Al final quedaba bañado en un sudor deplorable que parecía convertirlo en un guiñapo sin aliento. Eve no podía verlo de aquel modo y bajaba las escaleras para avisarme, llena de angustia. Había que hacer algo, había que hacer algo pronto. Le administrábamos sedantes, aumentábamos la dosis de morfina y aguardábamos abanicando con nerviosismo sobre el rostro desencajado del maestro. Nada más podía hacerse por él. Tan solo retirar el caballete y las pinturas que días antes me había pedido que subiéramos y tratar de estirarle los pies sobre una banqueta. Acompañarlo y que estuviera cómodo, eso era todo. Nada más. Aguardar. Las visiones lo habían salvado una vez más, por lo menos hasta el borde mismo en que ya todo intento de mantener fijas las correspondencias de los símbolos resulta tarea absurda e imposible. En poco tiempo, sin embargo, al menos los estertores se aliviaban y, como un globo que se desinfla y pierde su fuerza, pero también la tensión que está a punto de hacerlo perecer, Gunnarstrom volvía a un estado de sosiego lamentable. De pronto entreabrió un párpado y, con su ojo azulado a punto de volverse hacia atrás hasta quedar en blanco, susurró: «Arne, baje a la fuente del patio, por favor. Suba para mí un vaso de esa agua tan fresca. Tengo tanta sed.» Entré a manotazos en aquella selva, apartando las lianas que se enganchaban por mis hombros, y tuve la impresión fugaz de que la casa a mi alrededor había desaparecido y que todo era espesura y humedad. La fuente de la vida, me dije, la misma fuente que había estado allí desde el principio, que había acompañado al matrimonio, continuaba borboteando en el silencio, ajena al drama de Per Gunnarstrom, ajena a su dolor, a su agonía, a sus visiones, a sus pájaros reptilianos y sus vasos de agua, como si la frondosidad en que se ocultaba la conservara al margen del tiempo y del mundo, o en un tiempo y mundo que nunca serían los nuestros. Un tiempo detenido. Un mundo inalcanzable. Me pareció menos desatinado, sin embargo, colmar una jarra, y luego, una vez de vuelta en el salón, verter un poco de agua de la jarra en un vaso, evitando que se co-


16

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— El maestro ha muerto —

laran renacuajos y raicillas, para ponerlo por fin en las manos del maestro. La pobre Eve había encendido la lamparilla de la mesa camilla, apagado la araña del techo y echado todas las cortinas, tal como era la costumbre de su marido cuando deseaba descansar. Cuando en la oscuridad notó que su asistente había cumplido al pie de la letra su petición, es decir, ponerle entre las manos un vaso de agua de la fuente del patio, un vaso de agua fresca, Gunnarstrom se esforzó en abrir los ojos y decir algo. Acerqué mi oído a sus labios todo lo que pude y aguardé. Procuraba mantenerse despierto, hablar, aunque fuera con balbuceos, no perder el hilo de contacto con la vigilia, no deshacerse. Asistido por mí, sostenía el vaso a unos pocos centímetros de su rostro, como tratando de beber, pero al mismo tiempo ejerciendo cierta resistencia a ponerse el vaso en los labios. No creo que alcanzara a distinguir a su alrededor otra cosa que aquel plasma verdoso en que flotaban, como en un galimatías cósmico, toda clase de sustancias e infraseres microscópicos, resplandecientes. A sus ojos el agua del vaso despedía desde su interior, o mejor dicho, desde las moléculas y los organismos que la formaban, una fluorescencia maravillosa similar a la claridad que había visto cuarenta años antes, cuando, fumando con su cachimba, remontaba el curso del canal desde el hotel del Puerto de la Cruz hasta la casona colonial que sería su hogar bajo el colchón de hojas y luz. Un vaso de agua era una isla, repitió. En cuanto su mente atravesaba el cristal y se adentraba en aquella galaxia líquida, la presencia espantosa de las águilas, que comparecían en medio de la fiebre para cegarlo, perdía fuerza y se difuminaba poco a poco hasta que solo quedaba en su mente un aleteo ligero que enseguida se confundía con los movimientos inciertos de la emulsión luminosa del vaso. Todo en el recipiente iba hacia la calma, hacia una forma de sosiego, decía, que sobrepasaba todo método de conocimiento: el pájaro ha de volverse serpiente. Aquellas grandes corrientes giratorias que arrastraban en su interior con lentitud, como en un remolino, interminables cabelleras de algas y me-

dusas, desde la superficie hasta los abismos de cristal, causaban en Gunnarstrom la más maravillosa sedación, la fijación más extrema, similar a un viaje de opio. Su alma se apaciguaba por fin ante la visión exacta de lo que, sin éxito, había deseado pintar a lo largo de su vida. Sin retirar la mirada de aquellos oleajes fascinantes que lo absorbían, acertó a ver de pronto una figura, una masa, que poco a poco iba cobrando sustancia, forma, estatura, hasta que como un homúnculo de barro lograba ponerse en pie sobre un atadijo de troncos y ramas que flotaban en la marea circular. Liberó del vaso que aún sostenía frente a su cara una de sus manos y, moviendo un pincel imaginario, comenzó a perfilar en su mente aquella figura con algo parecido al óleo, pero menos untuoso. Las piernas como de arcilla, los brazos parecían encarnarse no desde fuera, sino que eran segregados por la materia misma que los rodeaba, la ropa similar a una coagulación inesperada de detritus insustanciales. Todo aquello —fuera lo que fuera— luchaba por mantenerse no solo erguido, pues una tormenta subacuática lo destruía todo para al instante volver a crearlo desde la nada, como en un amanecer cósmico espasmódico, sino para proseguir fusionado y poseer unidad y consciencia. De pronto Gunnarstrom comprendió que se trataba de una figura humana que luchaba, en medio del gran encrespamiento, por mantenerse en pie sobre una balsa. Una balsa cuya imagen le era familiar. Una balsa de juncos atados con resistentes cordajes. Y al fin dijo con un hilo de voz: «¡Es Heyerdahl!» Alrededor de su camarada, todo se arremolinaba veloz y huidizo. Bajo aquel éter sideral contemplaba lejanas explosiones eléctricas de ramificaciones que parecían infinitas. Había viajado con él o continuaba viajando todavía a su lado, eso era, qué alivio, estaban navegando y el cáncer de ayer no había sido más que una pesadilla. Un mal sueño. El océano del vaso de agua, que se bombeaba a sí mismo, se elevaba, sórdido, en colosales olas, y ambos amigos, aferrados como podían a cabrestantes y muras, como levantados por una fuerza aterradora, surgían desde las profundida-

El océano del vaso de agua, que se bombeaba a sí mismo, se elevaba, sórdido, en colosales olas, y ambos amigos, aferrados como podían a cabrestantes y muras, como levantados por una fuerza aterradora, surgían desde las profundidades a bordo de la balsa y se mantenían a flote sobre las crestas espumosas, casi a punto de tocar los astros nocturnos.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

17

— Francisco León —

des a bordo de la balsa y se mantenían a flote sobre las crestas espumosas, casi a punto de tocar los astros nocturnos. Gunnarstrom, al otro lado de la embarcación, le gritaba a su amigo, «¡Asegura esa maroma al mástil!», y lo repetía con fuerza mientras me apretaba la mano, pero rachas de viento y salpicaduras de agua soplaban a su alrededor contra ellos, de modo que las voces quedaban apagadas y derramadas sobre sus propias ropas de óleo y trementina. Naufragarían, sin duda naufragarían. Eve temblaba presintiendo el peligro en que se debatia su marido una vez más, una última vez. Pensar en sobrevivir bajo aquellas circunstancias, bajo la borrasca del fin del mundo, era de ilusos. La realidad más simple de todas era que no existía forma humana de conseguir que las cuadernas de aquel artilugio en el que navegaban soportaran los embates del temporal por mucho tiempo. Zozobrarían y morirían ahogados y sus cuerpos densos y arenosos sufrirían la atracción de las simas del vaso de agua donde, en la ceguera y la oscuridad, descansarían enormes y horribles helmintos y poliquetos abisales. Gunnarstrom trataba de amarrarse a todo lo que se mantuviera a flote, pero sus manos —¿o era acaso el maderamen casi podrido?— se deshacían como manchas de aceite gris y rosa. Fue entonces cuando distinguió en el horizonte, entre rachas de lluvia, olas y sombras tumultuosas, las luces de una casa emplazada en lo alto de un farallón de la costa, entre árboles retorcidos. ¿Dónde habían llegado, qué parte del mundo era aquella? Tan solo una llama, una parpadeante esperanza amarillosa que, como ellos, parecía sumergirse y de nuevo emerger una vez y otra más en la lejanía. Heyerdahl se acercó a su compañero y grito: «¡Es tu casa, Per!» Gunnarstrom asintió con la cabeza. En efecto, era su casa, la casona al final del canal de agua. Recordaba que en ese instante, ahora, Heyerdahl lo había obligado a abandonar la embarcación para que salvara su vida. «¡Es tu casa, es tu casa!» Debía lanzarse a aquel mar rugidor y nadar con toda su fuerza hacia la costa. No había otra salida. Era su única oportunidad, insistió Heyerdahl, su única oportunidad de regresar con Eve, de volver a la superficie donde aguardaban los suyos, donde todos lo amaban. Serían las dos y media de la madrugada. No llovía, no hacía viento, la noche parecía atravesada por una quietud fresca. Había gente que entraba en el piso de abajo, fumaban en el patio, miraban los peces de la fuente. Encendida todavía desde la tarde, la lamparilla derramaba su halo sobre el perfil del maestro. La noble nariz surgía de la penumbra y se perfilaba con una nitidez inaudita, como la de una máscara de oro sobre el tramado azul del cojín donde descansaba su cabeza. El médico lo había estado obser-

vando durante más de media hora, en total silencio. Luego le inyectó un líquido translúcido. Ahora el maestro dormía apaciblemente en la penumbra, con los dedos cruzados sobre el pecho, recostado en el sillón. Eve velaba su descanso a su lado, le acariciaba el cabello, le susurraba palabras al oído. Todos observábamos el mechón de pelo blanco que le resbalaba por la sien. Parecía el signo de que su magnífica juventud jamás lo abandonaría y que, por tanto, de algún modo, resultaba de todo punto ilógico que fuera a morir esa noche o cualquier noche. Petter me llevó del brazo hasta el balcón del claustro superior y, asomados sobre la fuente plateada por la luna, quiso saber por qué motivo exactamente había pedido su padre un vaso de agua de aquel estanque. Aquel estanque infecto. Me encogí de hombros. No solo era su padre, también era el mayor pintor de Noruega, y mi amigo. ¿Qué importancia tenía que pidiera un vaso de agua o una Biblia o una chequera? ¿Quién habría de negarle sus últimos deseos? Yo no, desde luego. Si se hubiera interesado alguna vez por la obra de su padre. «Tal vez sea agua del río Glomma», dije finalmente. En el silencio de arriba se oía el tic tac de los relojes, el chismorreo de las ranas, el canto lejano de los grillos. Cada vez entraba y salía más gente del piso de abajo. Algunos coches llegaban y aparcaban, otros se marchaban de nuevo. Eve y yo permanecimos junto al maestro todo el rato. Luego me pareció prudente dejarlos a solas y bajé con los demás. El maestro se había transformado por fin en serpiente. Había entrado en las profundidades del vaso de agua. Estaba en calma. Los familiares y amigos iban a la cocina, abrían la nevera y regresaban al zaguán. Todos alababan el agradable clima de la noche, la belleza de la mansión y las fincas, la colección magnífica de Gunnarstrom, las pinturas. Escuché la voz falsa del abogado Mattison charlando con un hombre desconocido. Anne, cuando no hundía entre sollozos la nariz en un pañuelo arrugado, entraba en la salita de estar y descolgaba el teléfono. Luego Petter se dirigió a Anne, visiblemente irritado. «El asistente de papá se ha vuelto tan loco como mi madre» y siguieron fumando y saludando con una sonrisa de hielo a los recién llegados. Unos minutos después Eve bajó al zaguán. Todos guardaron silencio, asombrados, al verla en pie, en el descansillo principal de la escalera, vestida con un tul pasado de moda, resplandeciente. Dio unos pasos más, aunque también parecía ya flotar, a punto de desvanecerse, como el resto de las cosas. Llevaba entre las manos el vaso de agua verdosa de la fuente, como una llama: «El maestro ha muerto», anunció.


Orografía de la vejez Manuel Iván Pérez


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

19

Finalista Castellano OROGRAFÍA DE LA VEJEZ Manuel Iván Pérez

«Porque las cumbres azuladas, añiles y marrones no pueden protegernos desde su aparente inexpugnabilidad, desde su majestad hierática, desde su señera arisquez. No pueden evitar que el miedo vuelva a rodearnos ahora, a envolvernos, a dominarnos, a posesionarse de nosotros». Los puercos de Circe, Luis Alemany

Estoy convencido de que la vejez se aloja en el cuello. En esos pliegues blandos que se forman cuando ya la piel se ha dado por vencida. Eso es hacerse viejo, todo lo demás es circunstancial. Un invento. Solo hace falta pasar la cuchilla por el cuello de un viejo para darte cuenta de su fragilidad. De su famélico tiempo. Da igual que le pongas toda esa espuma que apesta a hombre o un montón de toallas húmedas y calientes. Da igual. La sensación es siempre la misma, la posibilidad equilibrista de rebanarle el cuello en cada pasada. Cuando acabas de afeitarlos los cuellos de los viejos son campos de batalla sembrados de pequeños papeles rojinolentos y algunos pelos supervivientes a los que la orografía de la vejez hace imposible el acceso. Aquí hay muchos viejos. Vienen por el agua. Al parecer tiene alguna propiedad milagrosa o algo así. Eso dice el jefe repitiendo el lema gastado de nuestro centro: Ven y empápate de vida. Y siempre sonríe con sus dientes relucientes como si fuera parte esencial de la publicidad. Solo se le borra la sonrisa si le hablas de la tercera planta. Entonces todo cambia. Entonces la cara se le vuelve gris y hasta los dientes parecen impostores.

Los labios bien fruncidos, pálidos de apretarse uno contra el otro. Luego mira a todos lados en una especie de tic y susurra como si esos viejos con audífono nos espiaran para desenvolver nuestras intrigas. Quizá hacerse con los planos secretos de acceso a la tercera planta. No sé. Y es que aquí la vejez se mide en pisos y no en años. Los años no sirven para nada. Solo son un número sin importancia, una idea aproximada que la mayoría de las veces falla como una escopeta de feria. Aquí solo eres realmente viejo si te alojas en la tercera planta. Allí es donde está Ana. En la habitación flor de lirio. Las habitaciones llevan nombres de flores como si eso fuera a disimular el intenso olor a mierda que siempre anda presente. Fuera, a un lado del marco de la puerta, hay una foto de un lirio azul. A veces me quedo largos ratos mirándola. Observando cómo el intenso azul se desmembra en esos ribeteados tan hipnóticos y el amarillo prende en el centro azuzando la belleza. Luego miro a Ana que siempre sigue donde la dejé. Ana nunca mira la foto. Ana nunca mira nada, ni siquiera a mí. Es difícil saber qué observan con tanta dedicación esos ojos. Tan verdes como ausentes, vidriosos ya por la túnica ní-


20

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Orografía de la vejez —

Las montañas de Anaga están hechas de pellizcos áridos en la piel. Para nosotros son la celosía que nos guarda del mundo, incisivos afilados que se enseñan para que los intrusos respeten nuestra paz. vea de las cataratas. Pasa los días mirando a través de la ventana o quizá el mismo cristal de la ventana, quién lo sabe. A veces se la abro aunque esté prohibido para que pueda respirar el aire quieto del verano o el olor a moho y tierra húmeda del otoño. Ni siquiera parpadea, como si el olfato también hubiese huido a ese sitio donde anda en este silencio que día tras día me arrincona. A veces le acaricio las manos mientras le hago sus ejercicios. Unas manos jóvenes y de dedos finos, extrañas, como si al cerrarse la puerta se hubiesen quedado fuera. Porque Ana huele fuerte a cerrado y su pelo a cadenas. En la foto aparece tocando el violonchelo, el mechón de pelo apasionado, la concentración en los ojos. Quizá Bach columpiándose en el arco como si la tristeza pudiese alejarse hasta casi desaparecer y de pronto volver con más pena, con más dolor. La imagino ante el público, enternecido por el regalo, ella ensimismada, quizá en un estado de abstracción premonitorio al que vive ahora. Luego los aplausos, lejanos, ensombrecidos por el tamborileo del corazón. Los destellos de las cámaras. El telón abriéndose y cerrándose, abriéndose y cerrándose. Ligeros parpadeos de la fama. Hubiese pagado mucho dinero por haber visto esa foto en movimiento. Hubiese dado todo lo que tengo. Jugueteo entre sus cosas con la paciencia y dedicación de una primera cita, pero con la falta de pudor de una vida entera. Sus perfumes, su ropa, la hija. Sé que está mal que husmee entre sus cosas, pero no puedo evitarlo. Soy Alí Babá y soy los cuarenta ladrones. Ábrete Sésamo, ábrete para que pueda entrar. Hoy a hibisco le ha salido una pequeña úlcera en un talón. Así es como comienzan a marchitarse. Justo así. Jazmín ha necesitado de un enema para aligerar su vientre henchido y poder seguir comiendo esas papillas proteicas para culturistas. Gardenia de unas correas que la impidan tirarse de la cama en plena noche porque el sueño embustero siempre la deja junto a

las sirenas que avisan de los aviones y de las bombas y de todos esos llantos de después. A lavanda ha habido que sondarla dos veces porque ya no recuerda cómo se hacía para orinar. A girasol le hemos tenido que doblar la analgesia para que el dichoso quejido pudiese volver a dormirse. Los días de invernadero llegan a ser asfixiantes, dolorosos incluso, y uno acaba por preguntarse hasta cuándo hay que podar las plantas para que sigan viviendo y no lleguen a marchitarse. Si tuviera que decir una fecha señalaría sin dudarlo aquel seis de diciembre. Fue cuando me di cuenta de que la amaba. Su corazón decidió pararse, así, sin más. Y no pude soportarlo. La obligué a seguir adelante usando todos los trucos que me sabía. Algunos compañeros ponían su mano encima de mi hombro y me decían ya está, tranquilo, se ha ido, se ha ido, creo que podemos parar ya. Y yo los miraba mientras hundía su tórax de forma más que legítima, esperanzado, insuflando aire en su boca, confiado en que volvería. En que tenía que volver. Ella lo entendió y ya nunca ha vuelto a marcharse. El marcapasos es mi vigía por si se aleja, el salvaguardia de las cosas importantes. Las montañas de Anaga están hechas de pellizcos áridos en la piel. Para nosotros son la celosía que nos guarda del mundo, incisivos afilados que se enseñan para que los intrusos respeten nuestra paz. Le señalo cada uno de los picos a Ana a través de la ventana. Ahí he estado yo, le digo, y la invito a soñar con el verde que deja la bruma y con las pequeñas arterias que el agua de invierno esculpe sobre la roca. Ella parece disfrutar aunque su rostro nunca llegue a variar. ¿Puedes olerlo? Vamos respira fuerte, pero ella nunca hace por asentir. Es la cara norte de las cosas, la que siempre guarda las caricias más frías. Y la abrazo intentando darle calor. Desde la ventana vemos a todos esos viejos niños bañándose en las aguas termales. Algún viejo volcán dormido


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

21

— Manuel Iván Pérez —

Sobre la superficie del agua flota una neblina densa. Son las vaharadas del viejo volcán. Sigue vivo, pienso. Con cuidado le quito el abrigo a Ana y la dejo con un camisón que le da un cierto aire fantasmal. Aún así la menguante luz de luna le confiere una belleza pétrea y exótica. Así se lo hago saber susurrándoselo al oído. las alimenta con su calor, con su energía. Ven y empápate de vida. Desde la ventana se les ve tan afortunados y lo más probable es que ni siquiera lleguen a saberlo. Los viejos se meten allí durante horas y se hinchan como pasas. La piel tersa, a punto de resquebrajar. Desfilan por el vestíbulo con sus albornoces almidonados y sus cholas de hotel hasta que se les abre el apetito y acuden puntuales a cenar. Luego bailan con pulcritud, los cuellos elegantes, las manos apoyadas justo en la cintura, sin bajar. Guateques venidos a menos. ¿Te gustaría bañarte? Y ella ni siquiera parpadea. Sé que le gustaría. Sentir la ingravidez, el tacto suave y cálido. Será nuestro secreto. Esta noche, le digo, y continúo con mi ronda. La hija siempre me pregunta cómo está. Cómo estoy. Espera mi informe de las tardes sentada junto a su madre, sosteniéndole la mano. Tienen las mismas manos. ¿Usted también toca? No, no, me ríe. Lo intenté, pero no era lo mío. Mis padres se empeñaron durante años, pero supongo que entendieron que no iba a llegar a nada. Asiento. Es normal, le digo, los padres siempre guardan unas altas expectativas y los hijos siempre andamos desbaratándolas únicamente para llevarles la contraria. Ella se ríe. Es una mujer atractiva, algo ha heredado, pero el verdadero enigma está en su madre. Es raro que un día no pueda venir, pero si surge algún imprevisto llama y hace que la pasen conmigo. Se fía de mí. Supongo que ve el cuidado que invierto en su madre. Siempre aprovecho para conocer alguna historia, para que me cuente algo más de su madre. Así voy rellenado los huecos, los retazos de su vida. ¿Y su padre? Ella me mira emocionada. Le pido disculpas, no era mi intención. No, no, no se preocupe. Mi padre no quiere verla así, dice que no podría soportarlo. Entiendo, es comprensible. Ella asiente triste. Sé que soy una rata de alcantarilla, pero me alegro de que él no quiera venir.

Los cambios posturales los hacemos cada tres horas. Así que dispongo de unas dos horas hasta que algún auxiliar decida dejar de ver la tele y salir a hacer su trabajo. Abrigo a Ana hasta el cuello, fuera hace frío. La siento en una silla y la llevo al montacargas de detrás. Ya no queda nadie despierto. Eso es lo bueno de trabajar con viejos; el día siempre acaba pronto. El viento mueve las hojas convirtiéndolas en sonajeros. Al temblar dejan caer gotas en una llovizna fina y agradable. Todo es tan limpio. La luz de mi linterna se tambalea con los baches. Por fin llegamos. Sobre la superficie del agua flota una neblina densa. Son las vaharadas del viejo volcán. Sigue vivo, pienso. Con cuidado le quito el abrigo a Ana y la dejo con un camisón que le da un cierto aire fantasmal. Aún así la menguante luz de luna le confiere una belleza pétrea y exótica. Así se lo hago saber susurrándoselo al oído. Luego la sostengo entre mis brazos y entramos en el agua. Está caliente, quizá demasiado. Tras un rato la piel se acostumbra y ya no quieres salir. Ana flota con un poco de mi ayuda. Pese a su natural quietud la noto más tensa de lo normal. Quizá esté disfrutando. Es verdad que el tiempo pasa más deprisa si lo gastas en las cosas que te importan. Debemos irnos, le digo, y la envuelvo para que el frío le pase desapercibido. En la tercera planta las mañanas huelen a colonia de bebés. Los auxiliares la usan para todo; como domadora de cabellos salvajes, como crema para masajear la piel, como suavizante de las sábanas tiesas de la lavandería, algunos incluso como tentempié. Tras los baños las mujeres siempre acaban con la raya a un lado y los hombres con la raya al centro. Lucen frescos y limpios, los familiares es una de las cosas que más repiten en las encuestas de satisfacción. La imagen, siempre la imagen. Da igual que no quede ni rastro de la persona mientras tenga la raya donde corresponda y el culo le huela a colonia de bebé. Entro a la habitación de Ana, está oscuro. Nadie


22

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Orografía de la vejez —

ha venido todavía a abrirle la persiana. La dejo dormir un rato más, debe estar cansada. Paso mi dedo por las fotos. Por su ropa. Cojo el frasco de su perfume e inhalo. Es la única de todo este piso que no huele a colonia de bebé. De eso me encargo yo, de no hacerla parecer un bebé arrugado y demacrado. Me gusta su perfume. Mucho. ¿Qué haces ahí? Y del susto dejo caer el frasco que tarda una eternidad en llegar al suelo y romperse en mil pedazos. Ahora su olor está por todas partes y le da todavía más eco al hecho de que ella haya hablado después de cinco largos años de silencio. Buenos días, Ana. ¿Pero cómo? Nada de cómo, me dice, anda vete a traerme un buen desayuno que nunca había tenido tanta hambre y luego busca a tientas el interruptor de la luz de la mesita. Y trae un par de aspirinas porque tengo una jaqueca terrible. Parece la de la foto, con el mechón descarriado, con la intensidad en la mirada. No puede ser, me digo. Es increíble. Abro despacio la persiana y la luz se derrama alféizar abajo. Veo como trata de levantarse y le tengo que gritar que pare. Quédese en la cama, por favor. Por favor. Voy enseguida a por su desayuno, pero no se levante, no se levante. Qué gracia que me trates de usted, ¿hoy nuestra hija también nos va a llamar padre y madre, acaso señor o señora? Y se ríe divertida. Pobrecita, debe creer que soy su marido. Sé que es enfermizo, pero me seduce tanto la idea. Me río. Ella también lo hace. Es tan bella, tan bello todo; ver como la vida de pronto se abre paso por entre sus mejillas, ruborizándolas con la vergüenza, agrietándolas con las risas. No puedo dejar de mirarla. Hoy la flor de lirio está dentro y no fuera. Hoy creo en Dios, hoy ella ha resucitado. Mientras compruebo que en la bandeja de crisantemo haya como siempre tostadas integrales y zumo de naranja, pues es la única que todavía come algo sólido, pienso que solo ha podido ser el agua y el volcán y mi amor por ella. Abro la bandeja con mi mejor sonrisa. Tachán, le digo. Ella aplaude emocionada. Por favor, cariño, no te olvides de las aspirinas y se toca la frente agriando el rostro. Y le acaricio la cara tan despacio como puedo, tratando de grabar el instante en mi memoria para que nada sea fugaz. Claro, le digo, enseguida. Está ardiendo. Anoche debió coger frío. Le tapo un poco las piernas mientras ella hace grandes esfuerzos para tratar de untar de mermelada y mantequilla las tostadas. Déjame, le digo, quiero prepararte el desayuno. No sé qué me pasa, estoy muy torpe hoy, debe ser esta jaqueca. Claro, le digo. No te preocupes. Pronto estarás mejor. Parece que las dos aspirinas han conseguido bajarle un poco la fiebre. Por lo menos ya no se queja del dolor de cabeza. ¿Dónde está mi chelo? Me subo en una silla

y abro el enorme altillo del armario. Con cuidado bajo la funda. Está llena de polvo. Estornudo. A punto estoy de caerme en dos ocasiones. Ana sufre con cada tambaleo de mis piernas y la tengo que estar frenando para que no trate de venir a ayudarme. ¿Crees que debemos seguir con las clases de la niña? Y me mira. No lo sé, digo estrenándome como padre, quizá deberíamos preguntarle a ella qué es lo que quiere, ¿no? Ana se queda pensativa un rato y luego se le aguan los ojos. Tienes razón, cariño, quizá la presiono demasiado, no quiero que por mi culpa acabe odiando la música. No te preocupes, nunca odiará la música. Nunca odiará nada que venga de ti y Ana me acerca para darme un beso que me hace cerrar los ojos. Cierro la puerta con llave pues no quiero que alguien pueda robarme este momento. ¿Te estás poniendo juguetón?, me lo dice con la picardía en la voz y la sonrisa de medio lado. La niña no tardará mucho en despertarse así que ha de ser uno rápido y trata de recogerse el pelo en una coleta. Y viéndola me doy cuenta de que hace demasiado tiempo que no tengo deseos de hacer el amor, que casi se me han pasado por completo. ¿Es eso la vejez? ¿La indiferencia hacia la vida? Ella me apura, ven a la cama, anda, ven. Yo me acerco y le doy un beso pausado. Luego la abrazo y la freno. Quiero estar así, junto a ella un rato. ¿Es que no te apetece? me dice con cierto aire de tristeza. Claro, claro, pero quiero que primero desayunes para que cojas fuerzas. ¿Te atreverías luego a tocar un rato para mí? Espera, a ver si lo adivino, ¿Bach? ¿suite número uno? Me encantaría oírla, te daría todo lo que tengo a cambio. No hace falta, es un regalo. Apenas ha dado una mordida a las tostadas, dice que le duelen las encías y se excusa diciéndome que todo estaba buenísimo. La siento en el sillón de diario, de cara a la ventana. Al fondo Anaga devora el cielo con sus raídos dientes llenos de musgo. Trata de colocarse el chelo entre las piernas, de sostener el arco, de afinar su cuerpo. Cuánto me hubiese gustado verla así, de joven. Apretando con fruición los poderosos muslos, la mano dando cercenadas al aire poniendo de relieve el arte. Cuánto. Y solo de pensarlo, de ver su imagen, las ganas vuelven a tomar forma allá abajo cogiéndome por sorpresa. Luego, mientras oigo los lamentos del chelo, una tristeza implacable me inunda. La veo llorar porque nunca ha perdido el oído. Aplaudo con tanto fervor que ella acaba riendo, tonto, me dice, ha sido horrible, no me encuentro muy bien hoy. Pues yo te veo divina y la levanto entre mis brazos mientras bailo con ella hasta llegar a la cama. Vuelve a tener fiebre. ¿Crees que lo estamos haciendo bien? ¿El qué? Criar a nuestra hija, me dice. Claro que sí, cariño, y eso me sale con una naturalidad desconocida, me odio a


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

23

— Manuel Iván Pérez —

cada palabra que le digo a esa pobre mujer. Pero no soy capaz de parar, ya no. Estoy seguro de ello, Ana. ¿Sabes qué creo? No, me dice. Estoy seguro de que cuando ambos seamos unos viejecillos ella estará ahí para acariciarnos las manos. Y ella me sonríe, amaneciendo de nuevo. No te rías. Te aseguro que es una forma fiel de medir el cariño de los hijos. Al principio, cuando son pequeños no quieren separarse de ti, tienen miedo de andar solos, de ir abajo solos, de hacer pipí solos. Poco a poco comienzan a separarse, siempre agarrados del sedal, claro, pero día a día van soltando hasta que a uno mismo acaba por olvidársele el recoger carrete. Se habrá enganchado en algo, rompiéndose. En ese momento están lejos, pero siempre a la vista, nunca llegan a marcharse del todo y cuando empezamos a necesitarlos acaban volviendo para atarnos con su sedal y que no nos alejemos. Esa es mi teoría, la tengo comprobada. Créeme, ella vendrá a cogerte tu mano todos los días. Todos los días. Pero quizá se lo estoy dando todo a la música y nada en este mundo es gratis, ya sabes, siempre hay que quitarlo de otro lado. No te preocupes, tu hija te adora. Créeme. La música también. Y la beso en la frente mientras las lágrimas mojan la almohada. Ya han tocado varias veces en la puerta. Les he gritado que se fueran, que hicieran el favor de dejarnos en paz. Ana comienza a tiritar, pero sigue hablando de lo que haremos mañana, de quién se quedará con la niña por la tarde mientras ella va al conservatorio. Yo me quedaré con ella, iremos al cine o a pasear y le pongo otra manta por encima

porque soy un egoísta y no quiero que deje de hablar. Otra vez no. En brazos y envuelta en la manta me siento con ella en la silla que da a la ventana. A esta hora del día Anaga es un extenso prado lleno de las ascuas vivas del atardecer. Golpean la puerta una y otra vez, ahora con un martillo. Les grito que se callen de una vez, que Ana quiere dormir. Que tiene una jaqueca horrible y debe descansar. Los goznes se retuercen, dejando poco a poco de hacer la fuerza que nos mantiene a salvo. Y como ellos, Ana deja también de hacer fuerza, poco a poco de murmurar, poco a poco de respirar. La fiebre comienza a bajar. Juro que no la voy a dejar ir, que la quiero demasiado, que volveré a llevarla al agua mágica del volcán. Y me escurro silla abajo hasta quedarme de rodillas. Y lloro, qué otra cosa puedo hacer si tratan de llevarse lo que más amas. Y es cuando la puerta cede para que todos puedan entrar curiosos, a ver el dolor, a ver cómo Ana se vuelve a ir entre mis manos. Está su hija que llora con la mano en la boca disimulando los hipidos y que se acerca hasta su madre y la besa una, dos, tres veces. Mil. Por la ventana se cuela la eternidad en forma de un piche negro y denso. Hay que llevarla al agua, le insisto, hay que llevarla al agua, le lloro. Por favor, ayúdeme, ayúdennos. Todavía hay tiempo. Todavía podemos curarla. Y ella me abraza fuerte y me dice que todo ha pasado ya, déjala ir, papá, por favor, y me besa.

La fiebre comienza a bajar. Juro que no la voy a dejar ir, que la quiero demasiado, que volveré a llevarla al agua mágica del volcán. Y me escurro silla abajo hasta quedarme de rodillas. Y lloro, qué otra cosa puedo hacer si tratan de llevarse lo que más amas.


Babuxa, a pinga Sara Castro Lรณpez


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

25

Ganador Gallego BABUXA, A PINGA Sara Castro López

Babuxa é unha pequena e alegre pinguiña de auga que leva catiúscas rosas. É a máis intrépida, lista e valorosa das pingas, e quizais por iso sempre anda metida nalgunha lea. Ten unha chea de amigos, e ás veces… Oh!, perdoádeme. Pero que pouco tento o meu! Antes de nada, gustaríavos coñecela? Si? Entón, vide. Achegádevos un pouquiño máis. Para descubrir este miúdo e húmido mundo, hai que saber mirar moi pero que moi de preto...

A nosa alegre, azul e diminuta protagonista vive en Luscofusco, unha pequena comarca ao nordés do Parque. Exactamente no trevo número 7 da Avenida da Mexadeira, e xusto no trevo da beira está Zarzallo, o seu mellor e máis fiel amigo, outra pinga. En realidade chámase Antón, pero todo o mundo comezou a chamalo polo apelido, Zarzallo, dende que só era unha pequeniña nube de vapor na tremedeira. Ambas gotiñas son como bafo e cristal, inseparábeis! Son veciños dende que teñen lembranza, e non sei como, pero entre os dous acaban sempre encerellándose nas máis incríbeis aventuras, aínda que ás veces Zarzallo

pase un pouquitiño de medo... Non é que sexa un cagón porque si. Non. Zarzallo ten os seus motivos para non amigarse co perigo. Como el ben di sempre: «Que-quequeee… quen con ca… caaa... cauteeela va-va-va… vai, se-se-seee… sen ris-risco vo-voo… volve!». Si, fala raro. É que ás veces se lle traba un pouco a lingua, pero só cando se pon nervioso. Moi pretiño dos trevos das dúas pingas, Margarida pasa o tempo tentando decidir se é unha chor branca cun círculo amarelo, ou amarela cun círculo branco. É tan indecisa que sempre ten que arrincarse os pétalos todos para tomar calquera decisión. Pero é moi simpática,


26

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Babuixa, a pinga —

eh?, e non lle gusta nin chisco a violencia. Pasa de todas esas cousas agresivas. E un par de sebes máis aló, xunto ao regato, vive Luz, un simpático vagalume. Está completamente tola. Vistes algunha vez un vagalume trastornado? Non? Pois ides ver. Luz é supersupersticiosa; encántalle facer apócemas e rituais de todo tipo e, ademais, di que pode ver o futuro no seu cu luminoso. Si. Tolarías. Pero o certo é que, sexa como sexa, sempre acerta. Boh!, e tamén está Tito... Xa vexo que o tedes sentido xiringar polas noites! É un mosquito ruín e perverso, pero non quero falarvos moito del. Xamais tivo escrúpulo algún, e sempre tenta beberse a Zarzallo e a Babuxa construíndo unha infinidade de endemoñadas trampas. En serio, se podedes evitalo, mellor para vós. En fin. Todos en Luscofusco viven de noite. Babuxa espértase cando sae a Lúa e dórmese ao clarear, cos primeiros raios de Sol. A verdade é que é moi feliz no seu acolledor trevo de tres follas nos arredores da vila. Aínda que o que Babuxa non podía nin sequera imaxinar, era que aquela mesma noite, sen pretendelo sequera, perdería o seu corazón...

Cricrí, cricrí, cricrí... Os grilos soaron por primeira vez anunciando un novo solpor, pero Babuxa levaba esperta xa un bo anaco. —Veña, imos. Levanta, Zallo. —Mmmmmm... Pero que hora é? —preguntou Zarzallo mentres se estarricaba. —Case media noite, durmiñón! Imos! Hai que poñerse en marcha. Onte deixamos unha chea de cousas por facer. Non quererás que ninguén esvare no trollo pola nosa culpa, verdade? Zarzallo refungou polo baixo mentres buscaba as súas lentes de pasta verde na mesiña de noite. Puxo as súas zapatillas vermellas e deixou que Babuxa tirase por el talo abaixo ata saír á rúa. Unha nova noite en Luscofusco agardaba por elas. Aínda que non o creades, pola noite o barrio é un fervedoiro de actividade. Todos teñen a súa función. Están os grilos, os espertadores; co seu «cricrí, cricrí, cricrí", todo o mundo sabe que chegou a hora de abrir os ollos. Algúns vagalumes traballan no aeroporto dirixindo o tráfico aéreo de insectos voadores nocturnos, mentres que outros aluman os camiños e as prazas. As formigas

Aínda que non o creades, pola noite o barrio é un fervedoiro de actividade. Todos teñen a súa función. Están os grilos, os espertadores; co seu «cricrí, cricrí, cricrí», todo o mundo sabe que chegou a hora de abrir os ollos. Algúns vagalumes traballan no aeroporto dirixindo o tráfico aéreo de insectos voadores nocturnos, mentres que outros aluman os camiños e as prazas.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

27

— Sara Castro López —

constrúen pontes, casas e estradas. As arañas escriben coas súas oito patas oito artigos á vez para o Nightly Planet, o xornal de Luscofusco. As abellas fan doce de mel e pasteis para todo o mundo e os saltóns encárganse de manter a seguridade na zona. As gotas de auga coma Babuxa e Zarzallo, limpan e sacan brillo mentres que as flores fan que todo cheire sempre a fresco e recendente. As árbores son boas psicólogas e conselleiras, e o Bufo do salgueiro é o sabio do pobo, un filósofo. —Ácaros, Babu! Por alí vén Tito —advertiu Zarzallo á súa amiga, que ollaba ensimesmada o xornal daquela noite—. Este re-re-renarte sempre aproveita cal-calquera ocasión pra me-meeeterse connosco. —O que faltaba —fungou Babuxa levantando a vista do seu Nightly Planet—. A ver que chorros quere esta vez ese brután. O mosquito Tito achegábase zoando e dando aparatosos bandazos entre a herba máis alta. Zzzzshhhh zssshhh zzzzsssshhh... —Ei! Ben queridaz e pequenaz amigaz gotaz de auga! Como andadez? —saudou Tito co seu exasperante ton de voz, sempre burlón—. Facía moito tempo que non vozzzz vía. —Pois si —contestou Babuxa—. Levabamos unha tempada moi tranquilos sen ti... to. —A que viñeches, Tito? —preguntou sen máis rodeos Zarzallo—. Seica queres tentar beeebernos outra vez? Pois ho-hoxe teño gases, xa chooo digo agora. —Pero que voz paza, gotiñazzz? Non voz alegradez de ver óz velloz amigozzzzz? —Pois non a aqueles que sempre queren incluírnos no seu menú, a verdade —espetoulle Babuxa, que sempre desconfiaba das intencións do malvado insecto. —Ai, Babuxiña, pero como ez! —parolou o insecto—. Zzzzzempre penzando mal de min. —Xa, xa —contestou Babuxa—. Polo menos eu non vou por aí chuchando o sangue dos demais... —Pero que dizzzz, pinga parva? Eu xamaizzz bebo zangue! —Pois a nós ben que nos queres beber sempre que tes ocasión! —protestou Babuxa. —Poiz por izo! —replicou Tito, mostrando os seus amarelados e afiados dentiños de mosquito—. Ti ez unha zimple pinga de auga. Igual que o teu amigo Zurullo: eztáz completamente baleira! Non tez zangue. Zó ez auga, nada máiz. Unha zimple e minúzcula gotiña de auga... Nin zequera tez corazón! Babuxa vacilou, e por un instante non soubo que dicir. As palabras de Tito resoaron na súa cabeza coma se fosen ardentes raios de Sol. Que non tiña corazón? Xamais ninguén lle dixera cousa semellante!

Pero, e se o insecto tiña razón? E se ela non era máis que unha simple e baleira pinga de auga? Máis nada que auga? E se, en verdade, ela non tiña un corazón dentro? —No... no... non nos dela roncha, Tito! Lisca xa! —acertou a dicir Zarzallo—. Non queremos visitas cooomo a túa! Sorrindo con maldade, o mosquito afastouse. Tiña asuntos moi urxentes que atender. O perverso insecto estaba a construír un potente láser conxelador. Deseñárao coidadosamente e levaba noites enteiras traballando nel sen descanso, encerrado no seu aberrante laboratorio. Consistía nunha gran pistola que disparaba un raio láser que arrefriaba ao instante todo o que tocaba ata conxelalo por completo. En canto estivese listo, usaríao para conxelar a esas dúas pequenas e repelentes pingas que tanto desexaba atrapar. Pronto acabaría con elas. Converteríaas en cubiños de xeo e despois beberíaas aos poucos. A groliños! Talvez ata fixese un saboroso e refrescante xeado de gotas de auga con elas... —Ezaz pingaz babecaz non zaben ben o que llez ezpera —farfallou no alto—. Convertereinaz en cubiñozzz de xeo e heimas beber ben frezquiñazzzz! Ha, ha, ha, ha, ha! Pola súa banda, Babuxa quedara completamente seca co que lle acababa de dicir Tito. Na súa cabeza non flotaba outra cousa que non fose a idea de que ela era unha simple gota. Unha pinguiña de auga. Simplemente auga. Nada máis. Nada. Tito tiña razón. Ela non tiña nin pulmóns, nin riles, nin sangue... Só era auga. Non era máis que un pouco de auga toda xunta. Ela non tiña corazón! Como se podía vivir sen corazón? O corazón é o máis importante! Ante tal horripilante idea, Babuxa non puido máis que romper a chorar. Choraba desolada, a pobre. Choraba tanto, que empezou a encoller e a encoller, pois as súas bágoas tamén eran de auga. Auga que se escapaba dos seus ollos e espallábase polo chan. Auga que se perdía para sempre. —Oh, veña, non-non chores, Babiña... Non te preocupes, aaatoparemos unha solución, coma sempre facemos! —Zarzallo trataba desesperadamente de consolala. —Non, Zallo —dixo Babuxa entre saloucos—. Tito leva razón esta vez. Xamais terei un corazón! Isto non ten remedio —murmurou. A pequena pinga choraba e choraba sen parar. Aos seus pés, as bágoas que caían comezaban a formar un gran charco á vez que Babuxa ía minguando de tamaño.


28

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Babuixa, a pinga —

De súpeto, sen previo aviso, Babuxa empezou a flotar no aire. Perdera tanta auga, perdera tanto dela coas súas lágrimas, que o seu peso xa non era suficiente para mantela pegada ao chan. Así que comezou a afastarse rapidamente polo aire, tan lixeira que o vento levábaa presa. De súpeto, sen previo aviso, Babuxa empezou a flotar no aire. Perdera tanta auga, perdera tanto dela coas súas lágrimas, que o seu peso xa non era suficiente para mantela pegada ao chan. Así que comezou a afastarse rapidamente polo aire, tan lixeira que o vento levábaa presa. —Socorro! Socorroooooo! —Babu! Ba-Ba-Babuxaaaa! Vo-vooooolve! —gritou Zarzallo, aterrado. Pero pronto perdeuna de vista por completo. E así, flotando sen control, Babuxa voou sen rumbo ata que foi a parar onde estaba a súa amiga Margarida. A flor cantaruxaba tan alegre e despistada coma sempre, completamente allea a todos os problemas da auga e do resto do mundo. —Margaridaaaaa! Margarida! —chamou Babuxa. —Oh! Ola! Pacíficas noites, Babuxiña! Pero... Vaia! Que tes? Por que choras? —preguntoulle Margarida. —Non podo deixar de chorar porque non teño corazón. —Que non tes que? —Corazón. Non teño corazón, Margarida! —Pero, quen che dixo tal cousa? —Díxomo Tito, o mosquito —contestou Babuxa entre saloucos. —Oh! Tranquiiiiiiiila. Non lle fagas caso a ese mosquitiño farfallán —tratouna de consolar Margarida. —De verdade? —preguntoulle Babuxa—. Entón ti que cres, que teño corazón ou que non o teño, Margarida? —Que?! —A chor abriu moito os ollos e comezou a mexerse inqueda—. Isto... Istoooo... Buf! —fungou—. Que decisión tan difícil! A ver... a ver... Margarida agarrou fortemente un dos seus pétalos, o máis grande que atopou, arrincouno de vez, sen miramentos, e comezou a contar. —Tes corazón... —Agarrouse o segundo pétalo—.

Non tes corazón. —Tirou outro pétalo—. Tes corazón... —Zas, pétalo fóra—. Non o tes... Margarida seguiu arrincándose os pétalos un a un mentres trataba de decidir se a súa amiga, a pequena pinga de auga, tiña ou non tiña corazón no seu interior. Mentres, Babuxa agardaba flotando ao seu carón, impaciente polo resultado. —Tes corazón... —continuou Margarida—; e... —A flor arrincouse o seu último pétalo—. Vaia! Síntoo de veras, Babuxa. Non tes corazón. A gotiña sentiu que algo crebaba no seu interior e rompeu a chorar de novo con máis forza que antes, o que fixo que se volvese aínda máis pequeniña e saíse flotando aínda máis arriba. De alí a un intre, cando chegou ao alto dos xuncos, viu o fulgurante escintileo de Luz, a súa amiga vagalume. —Luuuuuz! Luciiiii! —gritou Babuxa cando estivo preto abondo. —Babuxa! Querida e azulada pinguiña saltarica... Pero, que feixes fas flotando ti por aquí? Saíronche superporedes voadores, ou? —preguntou Luz zarandeando os brazos da gota en busca de algo distinto neles—. E di, por que te cres que choras, nena? —Non podo parar de chorar porque non teño corazón, Luz. —Pero, como que non tes corazón? Quen che soltou semellante torballada? —Pois Tito, o mosquito, e Margarida, a flor —contestou Babuxa, moi triste. —A ver, achégache. Deixa que te cheire, anda... Luz axitou espasmodicamente unhas herbas secas e unha pata de pulga parda fronte a Babuxa, á vez que murmuraba un dos seus inintelixibles cánticos de feiticeira compasado con estraños movementos convulsos. Cando acabou de recitar, uliscou a Babuxa engurrando o nariz, coma se fose a cousa máis importante do mun-


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

29

— Sara Castro López —

do, e acto seguido apuntouna co seu traseiro luminoso para alumar ben o seu interior e poder ver onde estaba agochado o seu corazón perdido. Pero a verdade é que non puido ver... Nada. —Por todas as luces, Babuxa! Pois parece que non! —exclamou Luz, sorprendida ao comprobar que dentro da pinga de auga non había nada de nada—. Non hai nada aí dentro túa. Ti non tes corazón! Así que a nosa Babuxa rompeu a chorar de novo con moita máis forza que antes, o que fixo que se volvese aínda máis pequeniña e saíse flotando aínda máis alto. Pronto chegou á copa das enormes e frondosas árbores, e alí atopou ao sabio Bufo, no seu salgueiro. Oh! Seguro que o sabio Bufo, cos seus poderosos ollos que todo o poden ver, saberá dicirme onde está o meu corazón, pensou Babuxa. —Ehhhh! Sabio Bufo! —berrou Babuxa cun rastro de esperanza na voz. —Ola, pequena e húmida partícula —respondeu o sabio Bufo—. Que fas ti flotando por aquí? E por que é que estás a chorar? —Verá, non podo parar de chorar porque non teño corazón —confesou Babuxa, compunxida. —Como que non tes corazón? —O Bufo abriu moito os seus inmensísimos ollos—. Iso é ridículo, todo o mundo ten corazón, pinga. Quen che soltou tamaño disparate? —Pois Tito, o mosquito; Margarida, a flor; e Luz, o vagalume. —A ver, achégate para que te poida ver cos meus poderosos ollos que todo o ven. Seguro —afirmou o Bufo— que poderei ver tamén o teu corazón, por pequeno que este sexa. A diminutiva pinguiña impulsouse cos seus brazos polo aire para achegarse un pouco máis ao sabio. —Hummmm... Vaia! —exclamou o Bufo cando a houbo ver ben—. Só vexo auga dentro túa, pequena gota. Máis nada que auga. Efectivamente, ti non tes corazón algún. Babuxa non o podía crer. Se o Bufo non podía ver o seu corazón, ninguén no mundo podería. Rompeu a chorar de novo, con moitísima máis forza que antes, e seguiu flotando e subindo polo ceo, pois cada vez facíase máis e máis pequena e pesaba menos. Até que, de tan pequeniña, chegou ás nubes. Alí atopou unha chea de pingas de auga coma ela que permanecían moi xuntiñas unhas doutras, apiñadas coma pequenos grans de azucre sobre un esponxoso peperete. —Por que choras, pinga descoñecida? —preguntáronlle ao vela chegar.

—É que non teño corazón —respondeu Babuxa, xa moi triste e sen ganas de falar. —E quen che dixo tal? —Pois Tito, o mosquito; Margarida, a flor; Luz, o vagalume; e o sabio Bufo do salgueiro —respondeu a pequena e baleira pinga. —E... Que máis che ten? —dixeron todas aquelas gotas de auga ao unísono—. Nós tampouco temos corazón. Somos gotas de auga. Soamente auga. Máis nada que auga... Queda aquí connosco, e verás que ter un corazón non é imprescindíbel para ser feliz. Á pequena Babuxa non lle consolou nin chisca saber que todas aquelas pingas de auga tampouco tiñan corazón. É máis, púxoa máis triste se cadra. Seica ningunha pinga tivera endexamais un corazón? Pois parecía que non. A auga só era auga. Sen corazón. Ela perdera xa toda esperanza de atopar o seu, e observaba apesarada a todas aquelas pingas mentres o vento levábaa alto, á deriva, consumindo en bágoas a pouca auga que lle quedaba dentro. E así, abatida, Babuxa foi alcanzar a mesma Lúa. A inmensa e fermosa Lúa... —Oh, minúscula pinguiña, que che pasa? Por que choras tanto? —preguntoulle a Lúa, moi preocupada. —Verás, non podo parar de chorar porque non teño corazón, fermosa Lúa —explicou Babuxa, case sen voz. Xa non lle quedaban folgos. —Que non tes corazón? Pero, quen che dixo iso? —Pois Tito, o mosquito; Margarida, a flor; Luz, o vagalume; o sabio Bufo; e tamén as pingas das nubes. Todos din que non teño corazón. —Vaia! —exclamou a Lúa—. Hummmm... Déixame ver. A Lúa observou fixamente aquela diminuta pinga de auga, que apenas ocupaba xa un ínfimo puntiño sobre o horizonte. —Ah! Si! Xa vexo o problema... —Que? Non teño corazón, verdade? —preguntou Babuxa, perdida toda esperanza—. É iso, non é? Son só unha pinga de auga. Soamente auga. Máis nada que... Auga. —Pois si, así é —confirmou a Lúa—. Es unha pinga de auga. —Sabíao! —exclamou a pequena Babuxa, á vez que volvía escachar en bágoas—. Todos teñen razón: xamais terei pulmóns, nin riles, nin sangue... Nin corazón! Son só... Auga! —Pois si —afirmou a Lúa de novo—. Pero, seica non sabes de que están feitos os pulmóns, os riles e o sangue? Dime, acaso sabes de que está feito o corazón, pequena pinga? —preguntou.


30

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Babuixa, a pinga —

—Pois... pois... Non. —Babuxa non podía conter o seu pranto. —Atende ben, pequena. Todas esas cousas están feitas de... Auga! —dixo a Lúa—. De pingas de auga coma ti! Babuxa escoitaba pasmada as palabras da Lúa. —Todo o que ves ao teu arredor —continuou o astro—, todo aquilo que coñeces, e incluso as cousas que non coñeces aínda, son na súa maior parte auga, Babuxa, mesmo o corazón! Nada podería existir sen ti. Nada en absoluto! E... —a Lúa esbozou un doce e tenro sorriso—, sabes que quere dicir iso? —Que? Que quere dicir iso, Lúa? —preguntou Babuxa, cos ollos moi abertos. —Que non é que ti non teñas corazón, linda gotiña —rumoreou a Lúa—. O que pasa é que ti... Es toooooodo corazón! De inmediato, as bágoas de Babuxa deixaron de caer ao tempo que un amplo sorriso comezaba a debuxarse na súa faciana. —Todo corazón? —repetiu—. De veras? —Todiño! Dende o nariz ata as dedas —prometeulle a Lúa. Os ollos de Babuxa refulxiron de ledicia. Non só tiña xa un corazón, senón que ela era todo corazón! Non cabía en si de tan feliz que sentía! Había algo mellor que ser todo corazón? Estaba desexando regresar a casa e

contarllo todo a Zarzallo... Seguro que el tamén é todo corazón, pensaba. Así e todo, o que a pequena pinga non podía imaxinarse naquel feliz intre era que o perverso e vil mosquito, Tito, terminara de construír o seu terrorífico láser conxelador. Esquecerádelo? Pois non sabedes o peor: Tito seguira a Babuxa voando ata alí arriba! —Agora veráz o que é quedar xeada, gota eztúpida! O insecto, escondido dentro dunha pequena nube próxima, apuntaba coa súa perigosa arma á pobre Babuxa sen que ela o soubese, mentres esta cantaba e ría coa Lúa tan contenta. —Convertereiche nun pequeno e inútil cubiño de xeo! Caeráz coma pedra e farazte anaquiñoz cando te ezcacharrezzz contra o chan! E cando o desapiadado insecto tivo a tiro á pobre gotiña azul... Disparou! Phhhhiiiuuuuuuuuuuuunnnnsssskkkkkk! Oh, non! O raio láser alcanzou de cheo a Babuxa polas costas! Pero... Agardade un momento... Parece que a pinga non se conxelou! Vaia! Que fresquiño acaba de entrarme de súpeto, Lúa! —dixo Babuxa, aínda sorrindo e sen saber o que lle acababa de acontecer. Atopábase moi ben, pero de

—Todo o que ves ao teu arredor —continuou o astro—, todo aquilo que coñeces, e incluso as cousas que non coñeces aínda, son na súa maior parte auga, Babuxa, mesmo o corazón! Nada podería existir sen ti. Nada en absoluto! E... —A Lúa esbozou un doce e tenro sorriso—, sabes que quere dicir iso?


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

31

— Sara Castro López —

Babuxa estaba feliz. Sucaba o ceo e gozaba das mellores vistas que xamais contemplara. Pero que beleza de mundo! Que inmenso e preciosísimo era todo! Dende o alto, agora que as bágoas non causaban distorsión no seu ollar, podía ver con claridade todo o Parque. Parecía non ter fin... nin comezo.

pronto o seu corpo semellaba pesar máis no ar. O malo de Tito non entendía que demos fallara no seu plan. Por que a pinga non se conxelaba? Entón comprendeuno todo: a potencia do láser estaba ao mínimo! —Recoiroz fétidozzz!! —exclamou, absolutamente furioso. Ao instante, Babuxa comezou a descender rapidamente. Resulta que as gotas de auga do ceo, cando se arrefrían un pouquiño, descenden de novo ao chan, e casualmente o mal intencionado disparo de Tito arrefriáraa xusto o suficiente como para que a pequena Babuxa puidese volver a casa, pero sen chegar a conxelarse. Que sorte tivera! Non si? Así que a pequena pinga apresurouse a dicir adeus coa man á Lúa, deulle as grazas por descubrirlle o seu fermoso corazón e comezou a regresar por onde chegara. Estaba feliz, e o seu sorriso iluminaba completamente o seu pequeno e transparente rostro de pinga. —Ata logo, miña Lúa! —Ata logo, meu Corazón! Mentres, o revirado insecto conseguira poñer a potencia da súa pistola ao máximo e dispoñíase a disparar outra vez contra Babuxa. Pero antes de que puidese lanzarlle un novo e potentísimo raio conxelador á radiante gotiña, sen querer o seu láser disparóuselle enriba dun pé. Tito conxelouse enteiro no acto! E así, paralizado e sen poder voar, o mosquito comezou a caer coma un pedrolo torto. Estáballe ben merecido, non credes? Pola súa banda, a nosa querida Babuxa caía sucando o ceo como xamais imaxinara que faría, exactamente igual que esas fermosas gotas de choiva que tanto admiraban ela e mais Zarzallo. De alí a un ratiño, puido ver de lonxe a aquelas pingas todas das nubes que, momentos antes, aseguráranlle que ningunha delas posuía un corazón. —Ehhhhh! Eeeeeeeeoooooooo!! —gritoulles Babuxa, facendo espaventos cos brazos desde o aire e sen deixar de sorrir. —Mirade! É a pequena pinga do chan! —dixo unha

das pingas da nube aquela—. Sabiamos que volverías tarde ou cedo, amigota! Ves como o corazón non o é todo na vida? —Pero... por que ris agora tanto, gotiña azul? —preguntou, sorprendida, outra das pingas. —Non podo parar de rir porque son todo corazón!! —declarou Babuxa alegremente á vez que abría moito os brazos como para abarcar o ceo enteiro—. Atopeino á fin! As demais augas calaron todas á vez mentres miraban perplexas a aquela pinga tola que cría que atopara o seu corazón por algures. Pobre!, pensaron, Afectoulle a altura ao cerebro. Non sabe o que di. Pero Babuxa estaba tan contenta que non podía deixar de rir. Choraba da risa! Non lle importaba en absoluto o que pensaran aquelas pingas. De feito, elas tamén eran todo corazón... Aínda que non o soubesen aínda. Así que, continuando o seu rápido descenso cara o chan, a feliz pinga azul lanzoulles un biquiño polo ar a todas as demais gotiñas das nubes e dixo entre risadas: —Ata logo, amigas miñas! Non vos preocupedes, algún día descubriredes que, coma min, tamén vós sodes todo corazón —E sen máis, afastouse chovendo. As demais pingas quedaron mirando como Babuxa desaparecía, sen saber moi ben que dicir nin que pensar. —Ata logo, meu Corazón! —aventurouse a dicir unha daquelas miles de pingas. Babuxa estaba feliz. Sucaba o ceo e gozaba das mellores vistas que xamais contemplara. Pero que beleza de mundo! Que inmenso e preciosísimo era todo! Dende o alto, agora que as bágoas non causaban distorsión no seu ollar, podía ver con claridade todo o Parque. Parecía non ter fin... nin comezo. Ao pouco, atopouse de fronte co sabio Bufo, que seguía pousado placidamente sobre a rama do seu salgueiro. —Ehhhhh! Eeeeeeeeeoooooooo! —berroulle Babuxa sen poder deixar de rir—. Sabio! —Pequena gota, como estás? —respondeu o Bufo,


32

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Babuixa, a pinga —

abrindo só o dereito dos seus enormes ollos—. Vaia, como é que te ris tanto agora? Sabía que a auga mudaba de estado moi facilmente, pero coido que isto é demasiado ata para unha pinga coma ti. —Verá, non podo parar de rir porque... Son todo corazón!! —Oh! —exclamou o sabio—. Iso xa o sei. —Ai si? —Babuxa non se explicaba como o Bufo podía saber que ela tiña xa un corazón. Se o acababa de descubrir!—. E, como o sabe vostede? —preguntou. —Pois porque vin como cantabas coa Lúa desde aquí... Ai! A miña vella e fermosa amiga Lúa. Moitas noites cantamos tamén nós xuntos, sabes? —confesou o Bufo—. Sobre todo cando ela está chea, porque... Mentres o Bufo falaba, Babuxa seguía descendendo sen parar, así que apresurouse a dicir adeus ao sabio antes de perdelo de vista. —Teño que marchar, señor Bufo. Vémonos! —gritoulle xa de lonxe. —Pois claro, linda pinga. Eu véxoo todo! —respondeu o Bufo—. Ata logo, meu Corazón! Ríndose, feliz, Babuxa continuou baixando mais e mais. Pensaba no chea que se sentía. Chea de auga. Chea de vida. Chea de corazón... E pronto regresaría a casa. De súpeto, un intenso resplandor no horizonte afastouna dos seus alegres pensamentos: o inmenso cu da súa amiga Luz alumaba acendido toda a entrada de Luscofusco. —Ehhhhh! Eeeeeeeeeeoooooooooo! —saudou Babuxa ao vagalume. —Ei, Babuxa! Que passssa, tía! —contestou Luz—. Tiña moitas ganas de verte. Deixáchesme preocupada cando marchaches flotando por aí tan apanfungada. Pensei que quizais xamais volvería alumarte. Pero... —Luz decatouse de que a súa amiga gotiña non podía deixar de rir e rir sen parar—, por que te rebozas agora de risa? Non hai quen te entenda, querida. Cría que era eu a tarabela! —Ai, Luci! É que non podo parar de rir porque son todo corazón!! —respondeu Babuxa. —En serio? —O vagalume observaba curiosa a Babuxa a través das súas lentes escuras de montura encarnada. —Si, Luci! —apresurouse a explicar a pinga—. A fermosa Lúa contoumo todo. Díxome que todo está feito de pingas de auga coma min, incluso o corazón. Así que non é que eu non teña o meu propio corazón, o que pasa é que eu son todo corazón! —dixo—. Entendes? —Vaia! Fantástico! —alegrouse Luz—. Xa dicía eu que eras demasiado alta.

A gotiña sorriu, deixando rapidamente atrás á súa amiga luminosa. —Abur, Luci! —gritoulle antes de perdela de vista. —Ata o ovo, meu Corazón! Case no intre, Babuxa divisou un pequeno círculo de cor amarelo pito entre as matogueiras máis baixas, preto xa do chan. Era a súa amiga Margarida. —Ehhhhh! Eeeeeeeeoooooooooo! —gritoulle á esfollada flor mentres se achegaba. —Babuxa! Que alegría! Que alegría! —A Margarida, que quedara sen ningún pétalo tralo seu último encontro coa pinga de auga, estáballe a nacer xa un ben branco e bonito preto da orella dereita— Que tal estás?... Caramba carambiña! Pero, por que te ris tanto agora? Pareces tan indecisa coma min! —É que non o podo evitar! Non podo parar de rir porque son todo corazón, Margarida!! —Ai!, non me digas? —estrañouse a flor—. Estás... segura? —Pois claro! Díxomo a Lúa, e ben sabes que ela nunca minte. —Ai, non sei, non sei... Déixame ver... —a indecisa flor agarrou fortemente a súa recentemente nada folla branca, e arrincouna de raíz—. Hummmm... Tes corazón! —confirmou cun grandísimo sorriso ao comprobar que non tiña máis pétaos por arrincar. Babuxa, sen parar de rir, chocoulle os cinco a Margarida ao pasar polo seu carón. —Ata loguiño, meu Corazón! —despediuse Margarida, observando como a feliz pinguiña afastábase veloz e máis resplandecente que nunca. A emoción apoderábase cada vez máis da pequena pinga de auga. Xa case podía cheirar o seu lindo e verde trevo. O seu fogar! E alí estaba el... O seu mellor amigo! —Ehhhhh! Eeeeeeeoooooooooo! —voceou Babuxa co máis inmenso dos sorrisos. Zarzallo estaba sentado na entrada do trevo da súa amiga. Levaba esperándoa alí sen moverse dende que Babuxa saíra flotando polo aire, e case non o podía crer cando a viu chegar ao lonxe, achegándose dende o ceo. Estaba sa e salva! —Babu! Babuxiñaaaaa!!! —gritou poñéndose en pé dun brinco—. Ai, Babu! Pe-pensei que non te vo-vo-vovoolvía ver! O mellor amigo de Babuxa estaba tan emocionado polo regreso da súa querida veciña, que de inmediato escachou nun mar de lágrimas. Que angustia mais grande pasara! Un millón de bágoas de auga rodaron a gallarón polas súas fazulas transparentes. Tantas e tantas bágoas vertía o pobre, que Zarzallo empezou a encoller moi rapidamente, do


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

33

— Sara Castro López —

O mellor amigo de Babuxa estaba tan emocionado polo regreso da súa querida veciña, que de inmediato escachou nun mar de lágrimas. Que angustia mais grande pasara! Un millón de bágoas de auga rodaron a gallarón polas súas fazulas transparentes. Tantas e tantas bágoas vertía o pobre, que Zarzallo empezou a encoller moi rapidamente, do mesmo xeito que lle ocorrera antes á súa amiga. Ata que, de súpeto, comezou a elevarse no ar el tamén... mesmo xeito que lle ocorrera antes á súa amiga. Ata que, de súpeto, comezou a elevarse no ar el tamén... —Tranquiiilo, Zallo —acougouno Babuxa docemente—. Na miña viaxe polo ceo, aprendín algo incríbel —dixo—. Algo que fará que xamais volvas ter ganas de chorar. —O que, Ba... buxa? —sotelou Zarzallo. —Pois verás... —comezou a dicir Babuxa—. Ti e mais eu, cada un de nós, as pinguiñas todas de auga... —Si... —Non somos soamente auga... —E logo? —Zallo... Ti e mais eu... Somos o Corazón do mundo!!

A alegre pinga azul agarrou ao seu mellor amigo polas mans e ambos comezaron a bailar... Ao son do seu novo e gran Corazón. E así foi como Babuxa, unha pequena pinguiña de auga, comprendeu que ela é todo Corazón, e que todo Corazón é todo Amor. A AUGA É O AMOR DA TERRA.


Que non chova nin a gusto de todos Adolfo CaamaĂąo


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

35

Finalista Gallego QUE NON CHOVA NIN A GUSTO DE TODOS Adolfo Caamaño

—1— Un ano despois da desfeita, Paulino Enxoito, presidente e fundador de ARRIBAHOST (Asociación «Rías Baixas» de Hostalaría, sorneiramente coñecida na bisbarra como ARRIBAHOSTia porque todos a relacionan coas «movidas» do malfalado do Enxoito), comparecía ante o xuíz. Baixo os flashes da prensa (o del convertérase nun caso moi mediático) non pode esquecer a intermitencia das luces daquela noite de setembro, cando foi detido na xigantesca finca que, mercando ao barato tomadiñas aos veciños, fixera no Monte Castrove. Foi cando regresou de Londres. Daquela, ademais de hoteleiro quería ser terratenente e presumir do eucaliptal máis grande da comarca. —Que carallo! —berra con saña agropecuaria o coñecido hoteleiro local—, logo os eucaliptos non eran meus? —Pasa lista visual aos asistentes, sobre todo á nutrida presenza de socios de ARRIBAHOST(ia), buscando xestos de aprobación ás súas palabras acerca da omnipotencia que sobre o seu lle confire o sacrosanto dereito á propiedade, e, como non atopa apoios, comenta— Como anda o conto! Moito cagainas hai! Calades, hostia!, pero pensar pensades coma min! Detrás del chíscalles o ollo á muller e á filla, que lle corresponden cun sorriso amargo e un humillado baixar de cabezas. Alá, entre o xentío que veu ver como o xulgan, atopa os ollos do fillo a escrutalo. E parécelle mirada acusadora, como se o culpase do xuízo que o rapaz tamén sufriu por facer caso dun pai así. O delincuente que meteu o propio fillo nun lío coma ese. Debería considerar así os «traballiños» nocturnos que lle mandou facer a Christian? Paulino tamén foi rapaz. El tamén pasou polo mesmo. —2— Víñalle de familia? Pregúntase O Enxoito cando entra o xuíz. Non pode evitar lembrar cando de rapaz debía ir co pai pola noite ao monte a cambiar os marcos das tomadiñas da súa humilde familia para facelas tramposamente máis grandes, a costa de reducir as fincas limítrofes

dos veciños. Si, tamén el, Liniño, tivera líos por culpa do pai. E agora dóelle de novo da tunda que levou no monte, e a plena luz do día, cando o dono dunha tomada lindeira coa deles o pillara trucando os marcos. —Pero como se che ocorre ir só! E de día! —dixéralle o pai cando volveu á casa magoado das hostias. Reprendérao? Si. Pero só por non ser listo dabondo. Porque o pillaran. Non por ser trampón. Iso non era facer mal: «Unha trampiña de nada sempre vén ben para ver se a xente espabila». —Só quería axudar, papá, que vises que eu tamén podo —xustificouse Liniño, os nefres inchados, o sangue callado nos beizos, o sentido da trampa xa tatuado na alma. —3— Sobre un outeiriño, a estación meteorolóxica perfilábase nun cadrado mouro á escasa luz da lúa. Acolá, na baleira escuridade, a mancha silente do campanario da igrexa de Simes aparecía esculpida contra o ceo nocturno. Christian chegou no vello Patrol do pai e aparcou no mesmo sitio das anteriores veces, oculto nun antigo camiño de carros abandonado ao avance da touza. A esas horas, percorrera case en solitario a distancia ata o lugar, sen que o visen pasar no 4x4. Só atopou un Ibiza cheo de mozos que volvían de festa, trompas a xulgar pola música alta e os bucinazos que meteron ao adiantarlle a toda hostia. Coñece ben a tortuosa estrada entre valos, hórreos, casas, parras —de uvas a maioría, pero tamén algunha de kiwis— e leiras de millo alto, e aquí e alá croas de piñeiros e eucaliptos dun falso verdor sombrizo. Xa tivera que repetir esta viaxe nocturna moitas veces ese verán. Desde a primeira vez que o obrigou o pai a ir con el para faceren xuntos o que agora debía realizar el só: o mesmo que xa levaba feito esa mesma noite nas demais estacións meteorolóxicas da comarca do Salnés. E Christian xulgaba que o seu labor estivera á altura do que o pai, máis que pedir, lle esixiu. —Se é que algo aprendenches de enxeñería nas túas festas por Vigo, adiante —retárao o pai con sarcasmo—, agora é o momento de demostralo, rapaz!


36

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Que non chova nin a gusto de todos —

Sobre un outeiriño, a estación meteorolóxica perfilábase nun cadrado mouro á escasa luz da lúa. Acolá, na baleira escuridade, a mancha silente do campanario da igrexa de Simes aparecía esculpida contra o ceo nocturno. —4— Un rapaz. Aínda. Só vinte anos. Pero malia que para o vello tango vinte anos non fosen nada, ao vividor do fillo… «Dar déronlle para armala!»—dise Paulino con sarcasmo—. Cabreado pola morea de suspensos que colleitara na Universidade, e visto que o dispendio en libros e céntrico pisiño de estudante preto da Gran Vía non era nada comparado co que gastaba en pasear mozas no deportivo que o pai —«Un papán!»— cometeu o erro de comprarlle —ilusionado porque o fillo fixese carreira e se convertese nun home «De pro»—, e en andar cos amigos de troulas —detalladas polo detective que contratou para cachalo in fraganti—, deixou de pagarlle estudos e púxoo a traballar no Down Rías Hotel, o negocio da familia, o actual, que para ter este antes debeu meterse noutros. E non tan saneados. Por non dicir honrados. «Houbo que branquear» —admite el—. Pero despois de pasar tantos esforzos —«E perigos!»—, hoxe só vivían do Down, o soño de Paulino desde que regresou de Londres cun futuro aforrado para investir na Terra de seu, a «Costa do Sol» galega, en cuxo miolo, en Sanxenxo, devecía por construír a súa ambición de hotel. Se neses anos —inicios dos 80— había un sitio do país onde facer render os cartos, el cría que era aí. Unha inxente marea de turistas —a maioría madrileños— ía transformando a comarca nunha especie de Rivière. Pero atlántica, claro. Sen tanto sol nin tanta calor coma a Côte d’Azur —onde, buscando ideas, el viaxara tres veces nas vacacións do traballo en Inglaterra—, pero moito máis barata a súa ribeira galega cá francesa. En especial no gastronómico. Aquí comíase a Deus dar! Sen esas delicatessen galas, certo, pero bo produto. E a encher! E o suposto Saint Tropez local — en competencia con Baiona, máis ao sur e polo tanto máis soleada, pero tamén máis histórica e monumental, co Parador Nacional do Castelo de Monterreal e cun porto deportivo de nivel que espertaban a envexa de Paulino— era a vila de Sanxenxo? Podía dicirse que si. Malia que para moitos estaba mellor a vila do lado: Portonovo, que por entón aínda mantía sabores e re-

cendos mariñeiros ao redor da fervente actividade do peirao. Nel operaba unha potente flota de baixura, pero cos anos, polos caprichos das políticas pesqueiras e o atractivo das actividades turísticas que foron devorando os encantos da vila, a resistencia mariñeira sucumbiu. Foi daquela cando, entre unha e outra vila, por fin intentou construír o Down Rías. Con ambición. Quizais demasiada. —Pero iso é moito hotel, Liniño! —díxolle Raúl Paredes, un amigo construtor local ao que consultou para o proxecto. —Non quero un hoteliño calquera: será un Gran Hotel ou non será nada. —Ti que queres ter, ho! O Gran Hotel La Toja xa está feito! —Se non é tan luxoso, polo menos que sexa tan grande e bonito coma ese. —Pois vai preparando moito carto! E moitísimo máis que os seus aforros londinenses. Para satisfacer esa ambición de hotel sabía que debería tocar moitos paus —«E non só dunha única baralla»—, pero lidaría co que fose. Estaba disposto a todo. A pasarse incluso… «Ao outro lado», como facían outros. Se era preciso, el tamén. Non o amedaba que o seu multiplicador de riqueza viñese por mar. E de USA. «Ou con pinta de vir de alí». Diso presumía a etiqueta made in USA do produto. Pero quen sabe de onde viña! —5— Si sabía como chegaban os cargamentos: en lanchas planeadoras. E en paquetes. E que un bo paquete podía caerlle por traficar con eles, iso tamén o sabía. Pero debía probar sorte. Meterse no do Winston-batea foi doado. Só tivo que ver a regalía que era iso para un vello compañeiro da escola: O Xoubiña. Cando acudiu onda el, o home-peixe evolucionado a home-winston ao pasar da pesca da xouba e o xurelo e meterse á de tabaco americano —nesa época adaptación moi frecuente por alí— recibiuno no despacho do seu


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

37

— Adolfo Caamaño —

flamante novo pazo —en granito Porriño e ameado de ambicións fidalgas, o neo-pazo á moda entre os novos ricos da zona—, sentado nunha sela xiratoria ante o abraio de Paulino. O tipo lucía á moda. Pesada cadea de ouro e Cristo Dalí ao pescozo, traxe «La arruga es bella» de liño en branco roto, camiseta Amarras negra e náuticos albos con cordón negro. Moi Miami Vice. Todo un Sonny Crockett, pero ao revés: nada policiaco e si moi de capo. Colombiano. Non siciliano. —O choio do fume, Liniño! —exclama Xoubiña, chamándolle polo nome da escola a Paulino—. Iso si que me labrou un futuro e non o fedor do peixe —asegura o contrabandista. Así foi como empezou Paulino a aumentar o capital. Só había un problema: o tempo. Máis ben a lentitude. Pasaban os meses e vía que o carto non lle entraba ao mesmo ritmo a el que aos demais. Co sucederse de cargamentos, e case sen problemas —«Aduanas e policía andaban aínda a velas vir. Ou ás veces a velas chegar»—, decatándose de que polo seu investimento non saca os beneficios que esperaba, volveu onda Xoubiña. —A nosa «sociedade», Xouba, a min non me rende tanto como ti dixeches. —Para o teu gran hotel, claro —di comprensivo o contrabandista. Paulino asente e Xoubiña cálmao—: Home, tempo ao tempo! Nunca se fixo palleiro sen palla, pero palla a palla acábase facendo un palleiro ben grande. —Si, pero parece que ti levas o gran e eu só a palla —obxecta el—. E o palleiro que eu quero facer, como ti dis, é moi grande e… —…o puto hotel, si —córtao Xouba, farto do soño do amigo. —Vai moi amodo e teño présa. Eu non quero andar nisto moito tempo. —Iso ten arranxo, Liniño! Inviste máis por cargamento e verás como che rende. Mira —di cun ton conselleiro. A Paulino sóalle de Facenda, non de Turismo, o sector onde arela triunfar—, non é só ter máis cartos. A cousa está en nunca ter que preocuparse por eles. E para iso hai que gañalos a esgalla, meu! —A encher, eh! —di el. Xouba afirma coas palmas das mans abertas e dille: —Pero ollo! Hai que ter lavadora! —Paulino asente e o contrabandista deixa unha insinuación no aire—: E a túa idea de facer un gran hotel…, pois interesa. —Unha «gran» lavadora, xa! E mira ti por onde: eu sempre quixen pintalo de branco, Xouba, coma o Gran Hotel da Toxa, ha, ha! —bromea o futuro hoteleiro. —Pois falando de branco…, haiche cousas mellores que o tabaco, OK?

—«OK» —remeda con sorna Liniño ese toque americano do Xouba—. Xa sei no que andades agora. Pero o da coca é moi perigoso e eu non vexo que… —…Chiss! —interrompe o amigo «americanizado» co índice nos beizos—. As paredes oen, OK? —E Liniño cala—. Ti tranquilo, en canto vexas medrar os cartos perdes o medo, ha, ha! —E o choio do fume xa non dá logo? —Como ti dixeches, dá, pero non para tanto. Moita competencia xa. E para o que ti queres facer, así tan grande, e branco…, coa «perica» énchese rápido o peto. —Veremos, Xouba! —6— E vaia se viu! Pero non chegou con iso. Non como para materializar a visión de hotel que tiña. Fíxolle falta algo máis. Había que lavar, si, pero tamén gardar a roupa. Se o seu diñeiro se manchara, debía investilo en algo con pinta de limpo. E apareceu. Cristalinamente. Negociar recalificacións de terreos e, cunha promotora, construír chalés á beira da praia, foi o novo acelerador de riqueza. E novo porque antes de implicarse a fondo na deriva narco do contrabando de tabaco —só meteu cartos en tres descargas, pero moi exitosas—, deixou os negocios co Xoubiña. —Materia perigosa e malas compañías —dille—. Deixo o choio, Xouba, eses americanos son a hostia. —Pois sen América fódese o negocio. De onde viría o material, da Mongolia Exterior? —bromea o narco—. O mellor «café»? Colombiano, Liniño! Está de moda! Non ves o anuncio de Juan Valdez, ha, ha! —Eu non digo eses, falo dos «outros» americanos, os do norte. Cando andan detrás de alguén pode darse por fodido, e eu non che estou por esas. —Outro máis co carallo dos gringos! —Velaí a proba que precisaba Paulino de que estaba en perigo: Xoubiña dicindo «gringos»! —Non serán para tanto! —Non quero que anden a dicir que teño que ver cun cártel deses. Nin que fose eu o Pablo Escobar só porque ti es o meu amigo escolar. —Es todo un poeta, ho! —di con sorna pola rima que lle sae a Liniño—. Pero tranquilo, nós nada temos con ese. De aquí o único quen ten tratos con el é Pablito «Bicocas». Quen ía dicirlle ao pai que o apelido ía acaerlle tan ben ao fillo, ha, ha! —Déixate de caralladas! Os «gringos» van por eses tipos alá e presionan a policía de aquí para que nos fodan a nós por andar cos colombianos. E os ianquis non perdoan. Acabarán colléndoos. E a nós aquí tamén. Estou


38

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Que non chova nin a gusto de todos —

Debruzado sobre a varanda, mudo agora mentres desde a terraza da Suite Real do Down Rías ve as ondas a lamber a area, sente a praia tan súa como para poder cambiarlle o nome… farto. Os veciños xa nos teñen por tipos coma eses, pero eu non che son así, Xouba. —Ti es O Santo, ho! Un Simón Templar. Ta-ra-raTa-ra-ra. Tan-ta-rán-ta-rán! —bromea o narco, remedando a melodía da antiga serie televisiva. Anos despois, ao ver no xornal a foto do cadáver tiroteado de Escobar entre os policías, encheuse da razón que tivera cando deixou os negocios co Xoubiña. E tamén porque este seguía no cárcere desde o da Nécora. Nunca mellor fixo Paulino que arredar dese lío. Aí estivo fino. Salvou por pouco. Só un par de anos despois de deixalo, o Baltasar daquela Cabalgata de Reis ao revés —que trouxo a negra para «O choio da napia e da vea»—, o xuíz Garzón coa Operación Nécora acabou coa regalía que enchía o peto dos seus ex—socios. Paulino decidiu a tempo e dedicouse en exclusiva a cumprir o soño hoteleiro. Pero sen esquecer a póla política. «A subornable». Contar con influencias é bo. E máis para construír en terreo ilegal. O resultado de tanto negociar —e logrando zafar do cárcere— foi o Down Rías. Pero aínda así non lle resultou tan doado. Houbo que untar. E moito. —Es e técnico teu de urbanismo non sae barato, Cochón, todo hai que dicilo. —Pero sen dicir nada, carallo! —advírtelle o alcalde. —Eu nunca falo, nin de máis nin de menos —asegura Paulino cabreado. —Xa ho! Pero ti «arranxa» co técnico que do concello e do pleno me encargo eu. Levará un tempo, pero dá xa por recalificado o teu solar da praíña. Saíuche ben, eh!, como os donos non podían construír aí, vendéroncho barato. —Tal como está a cambiar o Mundo, «Alcaldísimo» —así lle chama Paulino en confianza, con nostalxia de líder local do Movimiento do que saíu Cochón—, pois que cambie a «miña» praia, iso é unha merdiña de nada. —Si, pero cambia grazas a xente…, de progreso, coma min. —Como ti non hai. Contigo dá gusto tratar. A ti «resbálache» o antigo, eh!

—Son de teflón, ha, ha! —Mira que dito tan bo che saíu para as eleccións: Cochón, un alcalde de teflón! E iso fai moita falta aquí, alcaldes aos que non lles esvare o progreso e si as maneiras que hai de progresar. —Es a hostia, hoteleiro! —afágao o Alcaldísimo—. Vas triunfar, véseche ben! Con todo, malia o lío político que armou a oposición, cando viu o Down Rías Hotel por fin construído, aí, a pé de praia, a Paulino pagoulle a pena a fortuna que gastou nel e os espiñentos, perigosos negocios nos que se meteu para logralo. Estaba safisfeito. Daquela si. Aínda. —7— Debruzado sobre a varanda, mudo agora mentres desde a terraza da Suite Real do Down Rías ve as ondas a lamber a area, sente a praia tan súa como para poder cambiarlle o nome… «Por Praia Enxoita?». Non, sería de broma ir bañarse a Praia Seca. Pero acaso si por un topónimo obvio: «Praia Down». Porque así é. Ten a praia aí, debaixo del, do seu poderío, tomada polo exército de hamacas do Down como unha conquista colonial que o fai sentirse coma un Colón ao revés, descubridor desta ribeira atlántica mentres mira como desde o Caribe acoden a renderse as ondas nese areal aos seus pés. Mais, pese ao gozo que lle produce esa imaxe de posesión, arestora amárgao que aquel soño florecente de antano estivese hogano esmorecendo, como unha flor sen a auga dos cartos. —A fodida crise, rapaz! Isto acaba con nós! —dille o hoteleiro ao fillo. Si, foi a visita impertinente da crise, pero dalgún xeito si esperada, quen fora convertendo o seu Edén hoteleiro nun simple deserto resistente. Quen viña agora hospedarse no Down? «Ghamballada!». Só iso. Todo é relear. E á baixa. Prezos afinados ante a crecente e feroz competencia. —É a chuvia, papá —cálmao Christian—, cando veña mellor tempo… —…Tamén! —admite Paulino e di cabreado—: Pero


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

39

— Adolfo Caamaño —

aquí abaixo, no sur, non é para tanto. A culpa téñena os da televisión, sempre co paraugas cravado enriba do mapa do noso tempo. Como se aquí fose Ferrol, carallo! Ben se ve a distancia entre isto e aquilo. Alí si que chove, non aquí! —Que queres, que non poñan paraugas aínda que chova! —Aquí chove unha merda, rapaz! Só aos poucos, carallo! —berra irado—. Isto case nin chuvia é —Estende a man pola ventá para que lla mollen as pingas—. Só un orballiño que outro. Nada! Pero como non paran de poñer os putos paraugas, á merda ás reservas do hotel. Me cago na nai que pariu os homes do tempo! —Algo de razón tes, papá, pero é o que hai. —Téñoa toda. Non hai que deixar de chamar aos programas do tempo para protestar: que isto de aquí nin é chover, hostia! E dille a túa irmá que se poña a amolalos tamén por internet. Os da Asociación de Hoteleiros xa están avisados de que non paren de presionar. Veremos quen gaña. A ver se con tanto encordio se decatan de que nos están a escarallar o negocio. —Non van cambiar, xa verás —asegura o fillo con fastío e chama a irmá—: Lucy! —De lonxe óese un «Que» histérico, esgazando a voz. Christian ordénalle—: Pasa para o ordenador, dixo papá. Á internet. Xa sabes a que. —Outra vez! —exclama aburrida a rapaza, dezaseis anos, rubia con mechas verdes, micro-piercing no nariz. —Anda, que para o que tes que facer! —bérralle o pai cabreado. Hoxe quen gasta máis son os que prefiren o sosego e as paisaxes ancestrais do turismo rural, non o balbordo das viliñas cheas de tendas de souvenires —«Só ghaiteiradas e orujadas!»—. E tamén os que gustan das gastronomías «De nivel». Non só do típico: as tapas a esgalla polas que antes piaban os turistas. Contribuíra el a facer de Portonovo un lugar así, unha vila pesqueira sen casiñas mariñeiras nin gamelas de pesca, sen lonxa onde ver o ambientado folclore das poxas de antano e case sen mariñeiros porque se pasaran ao turismo? Mellor sería non respostarse a esa ascua intestina. Ata o turismo urbano —coa tranquilidade das rúas peonalizadas— estaba volvéndose unha dura competencia para o que ofertaban Paulino e os da «súa» Asociación. Por se non abondase xa cun competidor clásico como Compostela, agora tamén atraía moitos turistas Pontevedra, capital das Rías Baixas, un destino que se convertera en nai devoradora das súas fillas turísticas provinciais, das que Sanxenxo era a filla avantaxada, e a predilecta para os pontevedreses. Menos mal que aínda segue aí a fábrica que lle furtou as praias á capital provincial —«Con elas sería como Samil para Vigo!»,

considera firmemente o emprendedor Paulino, todo un visionario ao revés— e que tamén lle dá ese mal cheiro á cidade, ademais de a factoría ser a gran compradora das masas de eucaliptos que proliferaran por toda Galicia desde que o Caudillo mandou instalar alí a fábrica. Por suposto que Paulino apoiaba a continuidade da celulosa na ría pontevedresa. Así, a capital seguiría fedendo e sen gozar de praias, e, en consecuencia, sería menos atractiva para o turismo. Pero é sobre todo con mal tempo cando Pontevedra compite máis e mellor co que Paulino ofrece: sol e praia, o seu soño benidormiano cada vez máis imposible, e non só por toda esta competencia. A estacionalidade do turismo de aquí era un atranco xa sabido cando decidiu ser hoteleiro. Mais non creu que sería para tanto. Fóra do xa reducido verán local, o Down resiste como pode coas viaxes do IMSERSO na tempada baixa. Vellos barateiros que non gastan un can no hotel, e só algo máis en andar de tapas e albariños polas tabernas da vila. Pero no Down unicamente o que traen pagado: a pensión completa. —8— Baixa do Patrol coa mochila na man e axexa se o están vendo. Ninguén. De todos xeitos non é para tanto o que vai facer. Ningún horrible crime ía cometer. Só unha especie de broma. Mínima. E esperaba que tamén imperceptible. Ou case. Ás escuras, axeónllase fronte ao cadro de instrumentos de medición. Antes de meter a lanterna na boca para iluminarse, respira profundamente. O aire do final da noite entra nel. Xa refresca. Pero non vén limpo. A brisa do leste sopra desde os cumes do Castrove cara ao mar e chega pragada do cheiro xa típico do verán: fume de monte queimado. «Fede a incendiario» —dise con certa tristura a mancharlle a saudade dun bosque limpo que só coñecía polos contos de lobos do avó—. Desde o outeiriño onde está, busca algo puro na paisaxe ao seu redor, mais só acha a moura e sinuosa mobilidade do océano ao lonxe. Contempla uns segundos as luces dos barcos a faenar nas augas escuras da ría. No tremelucir das naves lonxincuas recrea a sensacións de pureza que lle transmitían as ardoras do peixe. —Sonche como camiños vivos pintados no mar —lembra arestora como o avó explicaba esa luz a brillar no ventre de sal. De neno, cando o levaba con el na gamela a pescar, seu avó, O Enxoito, o fillo da Enxoita, ensináballe a buscalas—: Entre as veas albas das ondas, neno, aí tes que mirar —dicíalle o vello mariñeiro para que o neno atopase a ardentía.


40

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Que non chova nin a gusto de todos —

Saca por fin da mochila a gran xeringa de plástico, o desaparafusador e o acendedor e ponse ao traballo, con coidado para que ao rematar todo semelle intacto como antes de el manipulalo. Primeiro, coa chama do acendedor leva á incandescencia a agulla da xeringa para poder furar o plástico do pluviómetro. Logo crávaa neste e vai extraendo unha boa dose de chuvia —case coa precisión dun galeno do clima, así se sente, como se quitase sangue da vea dun paciente meteorolóxico— ata facer descender o líquido a niveis de estación seca. Despois, coa lapa do acendedor fai subir o termómetro ata datos razonablemente cálidos. Por último, xira o parafuso do barómetro, alterándoo para aumentar a presión atmosférica ata un valor anticiclónico. Pero, concentrado no labor, non ve que están a espreitalo na escuridade. De súpeto, detrás del unha potente luz sorpréndeo á vez que un berro marcial o deixa xeado. —Guardia Civil! Quieto! Ao volverse, cegado polo foco da lanterna que lle apunta, Christian frega os ollos para comprobar que a poderosa voz non mente: «Os picoletos!». Nos límites da luz ve outro tipo, unha sombra lanzal non uniformada que arestora o acusa—: Iso é sabotaxe, rapaz! Vaiche caer o pelo —Entón delátase como técnico dos aparellos que Christian acaba de alterar—. Eses instrumentos son nosos, de Meteo-Galicia, e valen moitos cartos. —Pero como che deu por facer iso? —interrógao un garda con galóns. — (…) Christian nada di, só esboza un xesto parvo á luz da lanterna—: Sabemos quen es, o fillo do Enxoito, o do Down Rías —dille o dos galóns: «O sarxento!», decátase Christian, e asente amedado—. Levamos días querendo cacharte coas mans na masa. Que pensabas? Que non te iamos coller? O que non me cabe na cabeza é como andas a facer ti parvadas coma esta. Pero pronto o saberemos, non? Non creo que sexas tan parvo como para… —Papá, que quere cambiar o clima —interrómpeo Christian nunha reflexión irónica e á vez confesional. —Iso non ten pés nin cabeza —dille o técnico meteorolóxico. —Pois quere cambialo, a collóns! —Sube ao coche —ordena o sarxento—, xa falaremos no cuartel. —E sabes que? —fala o home do tempo—. Hai pouco que tamén colleron a teu pai «facendo das súas». —Que o «colleron»? —estráñase o rapaz—. Onde? E facendo que? —Mellor que cho conte el mesmo no cuartel —sentencia o sarxento.

—9— Agora, Paulino Enxoito, aí, ante o xuíz, fustrigado polas pícaras lembranzas paternas, dubida do que el fixera co fillo. Encomendarlle os «traballiños» dese verán. Para Christian só…, quizais foi moito facer. E cagouna. Pero por unha boa causa: que cambiase dunha maldita vez o clima local. E se cos seus esforzos non puido logralo de verdade, fisicamente, polo menos mentres non detectaron a trampa si conseguiu cambiar os datos climáticos para que os partes do tempo favorecesen o turismo local durante eses meses tramposos con informacións equivocadas. —Mentireiramente, é certo, pero coma todo o demais que a prensa conta do país —cre Paulino, e así o declarou no anterior xuízo, cando Christian resultou condenado por sabotaxe, e el, o propio pai, por instigalo. Pero por que os partes meteorolóxicos non podía ser tamén así, unha trola interesada? Por iso ese ano, antes de Semana Santa, Paulino puxo a familia «A traballar polo clima», seica, ou así vai explicándollo ao fiscal e mais ao xuíz. —Se todo ten a súa lóxica —afirma o acusado—, o que eu fixen tamén. —Só como… «experimento psicolóxico», pode vostede explicala? —pregunta o fiscal con sorna—. Quere dicir que confesa que «esa lóxica súa» é a causa que o levou a queimar o seu eucaliptal e provocar un enorme incendio? —Claro! Total, van empapelarme! Pero polo menos quero que se entendan aquí as miñas razóns. —Explíqueas e veremos —anímao o fiscal. —Fíxeno polo clima. Para melloralo —di, e escóitase un acceso de risas no público que o xuíz corta en seco—. Ride, pero falo moi en serio. Quería mellorar o clima, o noso, o das Rías Baixas. A ver se pensan que eu son un deses tipiños que non paran de encordiar co do medio ambiente! —Xa! E por que quería «cambialo»? —insiste o fiscal, irónico, buscando a complicidade do público. —Polo contrario que os ecoloxistas eses. Tanto dicir que se cambia o clima, vai ser un desastre… Pero, digo eu, por que non vai cambiar! Se é para mellorar, canto antes mellor. Para min si. Se vai ser máis quente e aquí mellora o turismo, que é do que eu vivo, por que non vou axudar a que sexa así? O verán anterior ao que foi detido, resultáralle excelente. Non chovera nada. Ou nada que non chovese tamén en Mallorca ou Canarias, que nin tan sequera aí están libres dun corisco veranceiro, eh! Pero en Galicia


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

41

— Adolfo Caamaño —

O verán anterior ao que foi detido, resultáralle excelente. Non chovera nada. —Ou nada que non chovese tamén en Mallorca ou Canarias, que nin tan sequera aí están libres dun corisco veranceiro, eh! Pero en Galicia aquel verán chovera pouquísimo. aquel verán chovera pouquísimo. E só no norte, coma sempre, na Coruña, Ferrol, e na Mariña de Lugo. Ultimamente atraían moito turismo os areais do Cantábrico —«Fodida praia das Catedrais!»—, que ían converténdose en competidores das Rías Baixas. —Unhas pingas poden caer en calquera parte. E non é malo de todo. Mesmo ao contrario: dálles aos turistas a sensación de que están en Galicia. E para ir ver Santiago e a Catedral, un pouco de orballo é o ideal —afirma el sen decatarse do ton publicitario—. Pero se tén que chover, que chova no norte. Non aquí, no sur, digo eu, nas Rías Baixas. Pero se isto é «Galifornia», non señoría? —O xuíz case o admite cun xesto—. E postos a recoñecerlle algo bo á chuvia, que sexa regar os campos, para que se alegren os labregos coas súas reguiñas de merda. Pero que chova só un pouco, eh! Non lle desexo mal a ninguén, pero para pena, a miña! —Nunca chove a gusto de todos! —di o fiscal, apelando ao refraneiro. —Para min que non chova nin a gusto de todos! — Entón saca un carteliño cun debuxo, amósallo á sala «Mecánica do Afloramento nas Rías Baixas», di en letras grandes) e explícao—: Aquí no verán as augas do fondo do mar soben á superficie e co frías que están non se evaporan, non fan nubes e non chove. Seica a tempada seguinte tamén empezara ben —explica—, pero a finais de agosto veu a chuvia a amolalo todo. Até aí tivera o hotel cheo. —Non houbo case cancelacións e pronto cubrimos as baixas. Isto é como na guerra, señoría —O xuíz asente con xesto de frustrar un sorriso—. Pero empezou a chover polo norte e no mapa da tele veña a poñer paraugas enriba de aquí. Eu non lle estaba disposto ao desastre. Chamei ás televisións para protestar porque nas Rías Baixas non chovía case nada e eles dálle cos paraugas. Entón actuei. —Alterou os aparellos —sentencia o fiscal. —Se non quitaban os paraugas polas boas, faríano polas malas.

— 10 — Pasouse. Non porque asuma que incendiar o monte sexa malo. Paulino só admite o fallo de non prever o perigo que correu ao facelo, un erro que o levou a unha situación tremendamente arriscada. Esa tarde chovera un pouco. O monte estaría mollado, pero ía ventada. Bo para espallar o lume. Non habería quen o parase. E se Christian traballaba por un lado, el traballaría por outro. Cabreado pola mala marcha do Down co mal tempo, foi no coche ao enorme eucaliptal. A incendialo. Con ardor! A ver se coas chamas viña a seca dunha vez. Levara un bidón de gasolina, ciscouna nas matogueiras e plantoulles lume. Ardíalle a vista ao ver arder o seu. Sería pirómano? Gozaba? Si, mais debía fuxir axiña. Na pista forestal as lapas cercaron o coche. Alguén, talvez outro coma el, plantara tamén lume noutras partes do monte. —Señoría, se fixemos un país para queimar, que imos facer? O Inferno ante el. Ou el cercado polo Inferno. Estaba fodido. Tanto que, aínda a risco de delatarse como incendiario —«Ou pirómano?»—, chama polo móbil a emerxencias e métese no coche a resistir ata que viñese axuda. E chegou. De pronto, cun potente trono, o ceo regaloulle un diluvio. Sae do vehículo para mollarse e, vendo amainar o lume, dá grazas ao ceo salvador. Non a esa chuvia bíblica. Seguía mosqueado con ela. Non foi a do agrademento a iluminación que prendeu na súa alma. Era outra luz. Avanzaba cara a el intermitentemente. —Que luz? —interroga o xuíz, crendo que o reo apelaba ao sobrenatural. —A do coche dos bombeiros!


Ă guas livres Teresa Moure


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

43

Ganador Portugués ÁGUAS LIVRES Teresa Moure

—1— Para contar o assunto pelo início, devo fazer uma revelação fulcral, tão natural e cristalina como qualquer outra confidência: tempo atrás, os filósofos franceses erotizavam-me. Todos, sem exceções: Braudillard e Guattari, Ricoeur, Sartre e Camus, Deleuze, Althusser, Derrida, o pacato de Descartes e até Etienne de la Boetie. Todos. Não é que pretenda demonstrar os meus conhecimentos de nomes ou escolas; o catálogo é bastante amplo e ficam muitos nomes por citar. Enumero-os sem rubor porque não têm nada a ver com uma mania erudita. Ao contrário, estou a confessar que é simplesmente por razões íntimas que tenho dedicado excessivo tempo à filosofia francesa. Antes, qualquer ensaio redigido em francês sobre uma matéria abstrusa servia para excitarme. Quando comento isto com alguém, o pessoal sempre explode a rir às gargalhadas. Não vejo a graça do assunto, a verdade. Durante muito tempo pensei que todo o mundo experimentava a mesma reação, que essa resposta era universal na espécie humana. Julgava comummente admitido que a filosofia francesa de todos os tempos compunha um subgénero da literatura erótica; que os seus autores partilhavam alguma palavra de ordem que os obrigava a pensar em chave dupla. Semelhava filosofia mas era uma provocação, como a lençaria dos sex-shops, desenhada para alterar a química masculina, não apenas para cobrir o corpo à maneira da roupa interior. Essa reiteração de termos tenebrosos inventados para deslumbrar-nos, esses jogos de palavras tão próprios do flerte,

essa obscuridade nos conceitos que convida a os interpretar como eufemismos e, sobretudo, essa forma em que a língua francesa obriga a colocar os lábios, com os seus «ou» e os seus «u», deitados cá e lá, numa frequência tão alta... só podia dever-se a uma intenção calculada. E produzia em mim a resposta oportuna: tornar cascada que explode em águas livres. Imprevisíveis. Via num desses brilhantes textos um termo tachado e, perante a dúvida de o ler ou não, percebia como ia sobrando-me a blusa. A mera ideia de mudar numa palavra uma das vogais para criar um conceito novo atuava sobre mim como um fetiche: convidavame a imaginar o que poderia ser, mas não é; eis —não convém esquecer— a chave do desejo. Pronunciar desconstrução aumentava a minha temperatura corporal; com a não unidade do um hiperventilava e qualquer postulado pós-estruturalista tinha capacidade para me alterar o ritmo cardíaco. Contudo, não podia ser uma esquisitice minha: francamente, não acredito na existência duma só pessoa que tenha superado a terceira página dum desses tratados —assim que se fazem mais relativistas e confusos— completamente concentrada. E quando a mente começa a divagar, o lógico é que o corpo reclame protagonismo. Portanto, a hipótese de que abrir um livro dum filósofo francês implica perderse na volúpia deveria ser contemplada a sério. Atrevome mesmo a assegurar que a predisposição para a humidade da filosofia francesa deveria constituir-se em suposto científico: muitos outros que se contemplam nos laboratórios são bastante mais bizarros. Talvez eu


44

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Águas livres —

esteja pouco informada e alguma prestigiosa universidade tenha criado a cátedra correspondente: «Altos estudos orgásmicos» ou «Desejo e de-sexo», ainda que este último soa demasiado óbvio. Não deve seguir-se daí a ideia de não ser eu respeitosa com a filosofia, especialmente com a redigida em francês. Ao contrário, o meu caso deve interpretar-se, mais bem, como uma homenagem. Ou como uma pulsão com o saber totalmente fora das preferências habituais em matéria erótica, uma parafília. Talvez isso explique o meu pendor para os grandes conversadores: os seus conceitos duros também me erotizam. Sem eu poder exercer nenhum controlo. Isso predispunha-me a encontrar-me com ele. Na altura não sabia que assim romperia o meu relacionamento com a filosofia francesa. —2— Na última meia hora eu não dissera nem uma palavra. Apenas murmurava esses sons típicos que emitimos com a vontade anulada: aha, hmmm, bufff. Tinha o corpo estremecido da raiz do cabelo à ponta do pé, as faces coradas, a boca ligeiramente entreaberta e o olhar desafiante. Enfim, espero que o olhar fosse desafiante como o das modelos; seria dececionante estar lá com cara de mona absorta. Mas vá lá saber como estaria eu na realidade: é difícil em tais momentos sair do próprio corpo para observar-se e modelar cuidadosamente a aparência. Contudo, ele continuava, com esse ritmo de maré, e eu bebia-o, ansiosa. Intensamente. Cada vez que sorria, o seu rosto inteiro iluminava-se, descontraia a arruga profunda da frente, e o perfil, que adorei do primeiro encontro, perdia esse ar sombrio que adotava sumido nas suas reflexões. O seu porte de animal selvagem estava a atravessar-me enquanto se esmerava em procurar o ritmo idóneo para mim. Tudo ficava impregnado do fulgor do seu olhar, da beleza. Eu estava lá, palpitante, a receber a sua investida, tão bem percutida como toda a filosofia francesa e igualmente eficaz. Com a vantagem de ele não se perder em palavras tachadas, nem em

reviravoltas. Incapaz de falar, mantinha-me a sussurrar gemidos por resposta. Porém, é sabido que as aparências enganam. Porque não estávamos na cama. Nem na cama, nem na praia ou no carro em meio dum campo abandonado. Não estávamos em nenhum dos sítios onde habitualmente transcorre este tipo de cena que, na verdade, se desenvolvia apenas na minha cabeça. Não. Estávamos no terraço dum bar concorrido, à vista de todo o mundo e frente a frente, separados por uma mesa. Nem sequer estávamos despidos. Ao contrário, estávamos envolvidos em várias camadas de roupas, com os corpos, portanto, condenados ao mutismo e indecifráveis. Ainda mais: nunca nos tocáramos. Não com as mãos. Ele tocava-me com a voz, essa parte do corpo que acaricia sem mãos. Tocava-me também com a ternura morna de quem se está a revelar; com as mãos não. Alheio à minha análise, continuava a falar porque é um brilhante conversador: está certo do que diz e gosta de expor as suas reflexões com parcimónia; não como eu que, quando tento surpreendê-lo com um comentário inteligente, me atrapalho. Poderia deduzir-se do retrato que venho de fazer que eu nem atendia ao que me dizia. Não é verdade. Se não estivesse absolutamente interessada no que contava, não me veria tão penosamente entregue ao desejo. A superficialidade aborrece-me. Porém, nos momentos em que a conversa flui, com os seus meandros complexos, com a dificuldade de perceber o que se está a desvendar para mim, estou tão recetiva, tão cheia de energia, que me sobram neurónios para dedicar-me a outros temas; exatamente o que me sucedia quando lia filosofia francesa. Poderia continuar prendida nessa conversação horas e horas, mas no fundo de mim a ansiedade física combatia com a atração intelectual e o meu corpo era apenas o campo de batalha que essas duas forças ocupavam. Ansiava essas mãos que ele movia, não muito —os homens nunca gesticulam demasiado; a virilidade negocia-se na contenção— mas sim o suficiente para eu as imaginar a percorrer-me, a descer pelo decote detendo-se demora-

Estávamos no terraço dum bar concorrido, à vista de todo o mundo e frente a frente, separados por uma mesa. Nem sequer estávamos despidos.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

45

— Teresa Moure —

damente nesses recantos sensitivos que basta roçar para tirar de mim a fera. Os meus sussurros não eram queixas nem ofegos eróticos; não eram suspiros: só esse tipo de assentimentos que pretendem comunicar ao interlocutor que percebemos o que está a dizer. «Continua», assim estava a insinuar eu, bem que em linguagem de primata. Nos minutos seguintes torturei-me com a ideia de estar a cozinhar-me a sós, a lume vivo, mas sem nenhuma correspondência do outro lado. Se ele tivesse algum interesse, tomaria a iniciativa. O corpo nunca é mudo. Tinha que ter-se apercebido já da quantidade de vezes que molhei os lábios, num aceno com certeza involuntário mas que delataria a um observador atento como ele que estava a animá-lo perante a iminente subida da maré. Porém, ele permanecia entregue à conversação. Desenvolvia os seus argumentos com a mesma segurança que, na minha imaginação, poria em tirar de mim a roupa. Só poderia responder-lhe com eloquência mediante o corpo; da minha cabeça tinham desaparecido os conceitos densos que habitualmente uso em debates deste estilo. Apenas ficava a vontade de diluir-me. Nunca nos tocáramos, não com as mãos. Isso é revelador. Às vezes, enquanto falávamos, ele estendia a mão mais do que é a conta e roçava-me o braço. Rapidamente retirava-a, concentrando-se de novo nas suas argumentações e eu ficava uns segundos temendo que pedisse perdão como se faz para escusar um choque involuntário. Ainda bem que ele era mais natural do que eu, com uma mente menos distorcida pela filosofia francesa, e nunca tal fez: não teria resistido que se desculpasse por tocar-me porque tinha sede da sua pele e quando me roçava, assim por erro, as evocações de todas as vezes que me tinham acariciado circulavam pela minha mente num filme íntimo e pouco apto para todos os públicos. Um instante depois, ele introduzia um contra-argumento possível para aquilo que vinha de defender, e eu, a que tinha sede dele, pegava no meu copo. Nas noites de verão, quando vestimos pouca roupa que consideramos demasiada, os seres humanos habitamos ferozmente a tristeza. Qualquer filósofo francês teria construído sobre esta sensação líquida uma linda teoria. Nesses instantes impregnava-me da melancolia dos fetos, que nadam durante semanas, alheios à gravidade como astronautas. Dizem que bebem o líquido amniótico e a literatura médica, sempre tão limitada, insiste em que esse surpreendente comportamento serve ao único fim biológico de os abastecer de nutrientes. Que parvoíce! Na realidade, os fetos, de pura angústia por não serem tocados, dão-se à bebida e, não tendo outro

licor ao alcance, usam o líquido amniótico como absinto. Não é muito higiénico isso —visto que também fazem as suas necessidades lá—, mas fetos são demasiado jovens, demasiado ingénuos para saber cuidar-se. Enquanto ele desenvolvia as suas premissas, eu bebia à saúde de todos os fetos, que aguardam semanas na sua borbulha antes de percorrerem dolorosamente um canal estreito para sair com fome atrasada de contacto, momento em que choram, não pelo excesso de luz do mundo, mas pela angústia de mamíferos privados da felicidade do tato. Só quando a mãe os colocar ao peito, a pele faz por fim o seu trabalho. Reconforta. Também poderia ele reconfortar-me um bocado e deixar de criar hipóteses! —3— Ele falava sobre Tales de Mileto, o filósofo grego que afirmara «tudo é água», valorizando que fosse o primeiro em segurar-se à realidade física para explicar o começo da vida, sem recorrer a divindades ou magia. Tinha escutado isso centos de vezes mas nunca assim, expressado com tanta paixão e, aliás, numa língua estrangeira. Aproximar-se a uma língua convida a deixar-se mergulhar em sensações novas. As línguas resumem quem somos duma maneira trágica. Essencial. Há línguas ásperas, que desagradam do início da exploração, e línguas envolventes que avivam a ânsia de conhecer os seus mecanismos, de expor-se a elas por completo. Algumas introduzem-se em nós com uma avidez violenta que nos intimida; outras, no entanto, com excessivo recato, de maneira que demoramos anos em aprendê-las. Línguas são um mundo de sensações, o da linguística, esse saber que se apelida de ciência a modo de eufemismo com que ocultar que, quando falamos em línguas, a humidade nos envolve. A curiosidade por saber como se comportará a sua língua é básica e explica, embora ele não saiba, o bem que correm as nossas conversações. Fala e as suas palavras evaporam-se como pingas de água que, não conhecendo o caminho mais curto para o mar, decidissem puxar as outras até se fazerem nuvem. Na hipótese de a sua língua não se comportar de modo ótimo, até estaria com vontade de ensinar-lhe, capítulo a capítulo. Lentamente, para que cada tema ficasse corretamente assimilado. O desejo produz em mim essas inquietudes pedagógicas. Vejo-me a dizer-lhe: «Ainda que a água seja essencial para a vida, não acabo de entender como todos os demais elementos poderiam nascer daí», o que é tanto como dizer «não concordo, mas adoro a humidade que escapa da tua boca ao falares». Rio para mim enquanto ele se concentra na importância da recente descoberta


46

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Águas livres —

de que a água dos cometas não tem a mesma composição que se encontra no nosso planeta, de maneira que a água, tal e como a conhecemos, mal pôde vir de fora. «Teve de originar-se cá», o qual não me surpreende assim tanto como ele imagina. Como é que reagiria se eu levantasse o cabelo dum lado e, num gesto de vamp, lhe oferecesse o pescoço? Desejaria que me beijasse lá. Seria bastante com isso para eu também tornar carne de nuvem. Delicia-se a salientar os contributos da engenharia: tentando vencer a enchente do Nilo os egípcios desenvolveram o cálculo. Poderia esperar-se então que a construção do canal de Dubai, destinado a converter em jardins o deserto, produzisse conhecimentos impensáveis. Até qualificaria de profunda esta pequena palestra informal sobre a água, onde participo apenas com as minhas exclamações, se não tivesse recorrido ele ao francês. Agora já não poderei concentrar-me mais uma vez. Se volta dizer flou e colocar os lábios nessa posição, ver-me-ei obrigada a lançar-me por cima da mesa e comer-lhe diretamente a boca. Sem contemplações. Sem medida. Mas sou uma mulher autocontrolada. Talvez ele ache que não; pareço espontânea e mesmo divertida porque faço muitos comentários irónicos para aligeirar tanta teoria que se desliza entre nós nestes encontros informais onde um professor francês rejeita a sua tradição para convencer a discípula da transcendência dos clássicos. Não é que seja frívola; simplesmente aprendi nas suas aulas a amenizar discursos broncos com interrupções extemporâneas. Como ele adora os decálogos, aplico-me mentalmente a desenvolver a técnica: Primeiro ponto: não dizer tudo o que se passa pela minha cabeça. Segundo: preocupar-me de introduzir alguma pergunta para animá-lo a continuar. Terceiro: mudar as minhas parvas exclamações por algo mais consistente. Quarto: vigiar que o decote não se abra de mais para ele não perceber que me sobra a roupa... e que estou sem estar de tudo. Quinto: levar a conversação para o tema das línguas, onde me mexo com maior desenvoltura e posso intervir mesmo com este cérebro tão banhado em humidade. Sexto: não tocar o cabelo para não lhe revelar essa parte de mim no pescoço que espera, trémula, pelos seus lábios suavemente apoiados. Sétimo: procurar entre tantas leituras dispersas um tema que me permita aparentar alguém que tem algo a colocar na mesa e não simplesmente um saco de sangue

e vísceras apenas coberto com uma pele finíssima que deseja com ansiedade ser tocada. Oitavo: dominar esta vontade de atirar a mesa que nos separa, fazer desaparecer o resto do público, deitá-lo na erva, e combater contra os seus botões, o cinto e as calças. Nono: sussurrar-me a mim mesma que infelizmente não vai suceder isso, não esta noite ainda, e consolar-me com a ideia de que talvez a sua língua seja áspera, cheia de preposições inesperadas e pronomes desconhecidos e de que nunca poderá estar à altura de semelhantes expectativas. Décimo ponto: despedir-me recatada, beijando-o nas faces como é habitual nestas terras, mas com certa cautela para que, ao aproximar-nos, peito contra peito, não perceba como escapam de mim os mamilos tornados em mísseis. Prestes a disparar. A disparar-lhe. —4— Ele é um magnífico construtor de hipóteses. No bate-papo aniquila um par delas por minuto. Aniquila as hipóteses que não o estimulam, como é lógico, mas também aquelas de que mais gosta, como se isso mesmo as fizesse singularmente suspeitas. A sua é uma pesquisa espontânea, sem ensaios prévios, porque nos diálogos vemo-nos obrigados a improvisar, algo bem diferente dos discursos previamente calculados que se podem desenvolver na aula. Não é que seja um cínico desses que exterminam impenitentes todas as hipóteses; não. Quando acha uma convincente, acaricia-a um momento —acaricia a hipótese, não a mim— mas depois rejeita-a. «Vai lá longe, hipótese!», semelha pronunciar. Baleia as suas hipóteses, entre inconforme com elas e divertido, e eu divirto-me também com o seu tiroteio enquanto experimento sede da sua pele. Mas ele não percebe nada disso. Talvez seja por pura inquietude intelectual que desfruta dos tempos comigo. Dizem de mim que sou boa conversadora, ainda que com ele diante nunca nasçam fluídas as palavras. Ou talvez eu seja mais sóbria do que agora imagino e nem só um sinal dos meus pensamentos se tenha manifestado nesses bares ruidosos onde nos reunimos e que, à medida que as horas avançam, vão ficando vazios, até que nos botam fora e nos despedimos, muac, muac, com os meus mamilos a ameaçá-lo e ele despistado. Ou talvez o erro proceda de que, por culpa desta deplorável adição à filosofia francesa, eu esteja a misturar as categorias argumentais dum diálogo sobre a água com as posições na cama. Ainda que pareça mentira, poderia ser que ambos assuntos não guardassem nenhuma relação. Num tal


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

47

— Teresa Moure —

A quarta vez que combinamos —a quarta!!—, botou-se a chover e ficamos no carro à espera de que escampasse, o qual foi uma ingenuidade porque nesta cidade a chuva não sabe parar. Como eu. caso, eu deveria ir-me embora e, em minha casa preparar-me leite com bolachas para convocar com este líquido alternativo um sono reparador. Esquecer-me dele e molhar as ânsias no leite. Evidentemente, sei que poderia tomar eu a iniciativa. Não sou do tipo de mulher que aceita roles nem que se autolimita. Detesto normas por definição —até odeio os sinais de trânsito, embora a sua evidente utilidade— e vivo na época onde as portas se abrem para todas as formas da coragem feminina. Mas não sou capaz. Também não é temor a ser rejeitada. A mochila da experiência insufla em mim uma dose de segurança. Isso não sucederia, penso, embora possa tratar-se só duma vaidade sem sustento real. Porém, se fosse aceite, teríamos mais um episódio de sexo. E eu não desejo sexo, assim sem mais; desejo é, precisamente, desejar assim. Irromper abruptamente no seu mundo de frios conceitos e ser lá apenas a corrente potente, rápida e quente do golfo; um puro objeto de desejo. A quarta vez que combinamos—a quarta!!—, botouse a chover e ficamos no carro à espera de que escampasse, o qual foi uma ingenuidade porque nesta cidade a chuva não sabe parar. Como eu. Esse dia quase perco a minha contenção. Estava a pensar em como abordá-lo quando ele propus que fôssemos à sua casa, onde tinha um livro que eu devia ler. A minha alegria perante a magnífica oportunidade que se apresentava não se manifestou ao exterior. Repassei mentalmente o que tinha posto por baixo do vestido, um auto-checking imprescindível nessas circunstâncias que é uma autêntica redundância própria dum perfil inseguro porque sempre que

combinamos escolho, como por acaso, as peças mais sugestivas. Satisfeita com o resultado, conduzi até que me indicou que devia estacionar. —Aguarda. É só um momento. Não me convidou a entrar. Sai com ele, sob o pretexto de comprovar onde acabava o muro para fazer a manobra de regresso com o carro, mas esta peculiar súplica não foi atendida e perdeu-se lá dentro, no interior dum prédio de quatro andares. Regressou num par de minutos, com o livro na mão e um grande sorriso, deu-me os beijos rituais na face e sorriu: —A ver se gostas. Bom, falamos... Detesto, já disse, conversações superficiais e nesse momento detestei também esta maneira de despedir-se que se instalou ultimamente na fala. Em vez dum «até breve» ou um «andarei ocupado mas, quando tiver um momento, ligo para ti», algo assim, que indique um certo laço, embora suavíssimo, agora tudo se resolve numa forma de presente ahistórico e atemporal. Ou ahistórico e atemporal. Uma despedida dalguma maneira eterna. Como esta chuva. Fui para a casa a ralhar-me. Quem passar o dia a pensar, perde o pulo para agir, repreendia-me a falar entre dentes. Decidida a controlar este excesso de sensualidade que me acometia e a atender outros compromissos, no dia seguinte condensei a minha deceção em energia para fazer limpeza. Quando me ponho nervosa, não há atividade mais apropriada que consagrar-me diligentemente às aranhas dos cristais e a arrombar os armários. Tem um fundo metafórico, é claro. Na voragem doméstica, até pensei em desfazer-me da minha biblioteca. Era


48

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Águas livres —

momento de abandonar a filosofia francesa e os livros não ajudariam. Estava a esquecer que, se tudo flui, as águas que nos percorrem as veias nunca são as mesmas. Renovam-se. Basta identificar o instante. —5— O instante teve lugar num encontro público e no rio. No rio sempre acontecem os assuntos importantes. A nossa turma avançada de estudos filosóficos estava composta de oito ou dez pessoas; tínhamos diferentes professores mas ele exercia um inquestionável liderado sobre nós e era habitual que se reunisse connosco para o debate fora das aulas. Naquele dia, quase sem se aperceber, tão concentrado ia nos seus pensamentos, tinha feito a descida inteira. Bordejaria o caminho e chegaria ao claro onde costumávamos ler textos na erva. Ao ouvir as nossas vozes, desmontou da bicicleta e deixou-a na berma. Com as calças desportivas estava cómodo para pedalar mas agora, naquele passeio de rio, as silvas arranhavam-lhe a pele das pernas e ameaçavam com fazer-lhe perder a dignidade. Não parecia temer nada disso. Orientou-se com os risos que enchiam a tarde e com a música porque a N. estava a tocar violão. —Oi, vem! Cá estamos! —gritou o S. Os rapazes estavam todos dentro da água, embora já corresse setembro. Era bom debater a filosofia antiga assim, com tempos para o lazer. Finalmente, no essencial, continuamos a ser os antigos gregos. —As meninas não se atrevem. Para presumirem de ousados, os rapazes entraram na água com calças postas, salpicavam-se, riam, chegavamse a uma pequena cachoeira. As raparigas davam gritinhos na borda da água: embora o sol brilhasse, estava frio. Foi então que sucedeu. Comecei a despir a roupa, peça a peça, devagar, tranquila e sem deixar de falar. As outras fingiram escandalizar-se: —Vais despir-te? Cá? Diante deles? —Não penso ficar sem banho. Tirei a blusa, o cinto e as calças e estava a soltar os laços dos sapatos. As outras duas olharam-se com cara de surpresa: uma turma avançada em estudos de filosofia não sai da aula para se comportar como um grupo de adolescentes nas feiras de verão. Os rapazes gritavam e assentiam, divertidos. Eu, ainda com a roupa interior vestida, ajustei os broches enquanto explicava que com o cabelo comprido a fazer de cortina é difícil nadar. —O que é que andas a fazer? —disse ele. A sua voz soou autoritária, estranha, naquela paisagem idílica. Nesse momento, na tarde calorosa as águas

do rio ficaram em suspenso, como incapacitadas para continuar a discorrer, tal que acabassem de solidificar. Ante tão surpreendente comportamento da natureza, todos pensaram que eu não seria tão atrevida para continuar, que a censura dele teria por consequência uma desculpa e que já era hora de saírem da água para começar o estudo. Porém, eu, sem deixar de sorrir e aguentando-lhe o olhar, avancei e meti os pés na água. Não consegui reprimir uma queixa —que fria!—. Tendo em conta o sabido comportamento dos banhistas nestas situações, seria de esperar que da água chegasse um canto unânime, um «que não se atreve, que não se atreve!» cantado em coro, mas não foi assim, que, talvez por estar a água solidificada e o espanto pintado em todos os olhos, as vozes não conseguiam sair das bocas em que estavam contidas. Um por um libertei os botõezinhos da camisola e os peitos surgiram à vista, com os mamilos arrebitados por causa do frio. Nesse instante, ninguém sabia se devia atrever-se a olhar para mim, de maneira que todos procuraram um objetivo: olha, há uma truta, não é uma truta, vamos ver, vamos ver. Só ele, impassível, sério, continuou de olhos fitos, calmo, na mulher que se estava a revelar para ele. Alguns olhares são difíceis de suportar, de maneira que os covardes tendem a baixar os olhos quando a tensão é excessiva. Só os realmente valentes conseguem olhar para uma mulher que se despe sem retirarem os olhos. Só as realmente valentes conseguem olhar despidas para um homem vestido que não mexe nem um olho. Num movimento rápido, despi a última peça e a tarde foi pele branca a plena luz do dia. O grupo de pessoas parcial ou totalmente vestidas ao redor não teve muito tempo para regalar-se com contemplações porque dum salto me meti na água, toda inteira, da cabeça aos pés e, já dentro, a minha silhueta serpearia três ou quatro vezes até aparecer em metade do rio com a cabeça de fora. Saudei o grupo com a mão e continuei a nadar, ágil e segura. O meu corpo estava longe daqueles que um momento antes brincavam na beira e agora andavam ensimesmados a procurar qualquer tipo de bicho com que se distraírem do olhar austero de quem tantas vezes me tivera a sua mercê e só se ocupara em falar. Desconcertadas, duas companheiras em terra dialogavam com acenos mudos sobre a possibilidade de seguirem a valente ou de ficarem ao resguardo de qualquer possível crítica. Para fazer alguma coisa, uma delas tirou o vestido e entrou rapidamente na água com a roupa interior. No centro do rio, levantei a cabeça e gritei bem alto: —Um lindo banho! Não vou ficar sem água neste dia


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

49

— Teresa Moure —

de calor só porque todos se assustem de que por baixo da roupa tenhamos corpo... Não sabiam? O grupo preferiu não responder. Continuaram a atirarse água, a simularem que a tarde era divertida, ainda que um incomodo espesso se tivesse instalado no ambiente. Mas as cabeças não paravam porque, nesta época ninguém pode permitir-se que o sentimento morno do escândalo aninhe no seu interior. Escandalizar-se é doutro tempo, e nada próprio de filósofos. Entretanto, eu, a nadadora, avançava pelo rio à vontade, imprimindo à tarde o ritmo da minha braçada. O meu corpo, que não se via, estava nu. O meu corpo, que não deixava de ser um corpo regularmente constituído, sem duas cabeças ou três pernas, que era como qualquer outro corpo —enfim, esperava mesmo que ele achasse mais belo do que a média—, tinha passado a ser o corpo por definição: o que está, o que se atreve. Ele descalçou-se e meteu um pé na água. Embora recusasse com um aceno quando lhe pediram para se meter, com a gente toda, procurou apresentar um sorriso nos lábios. Não ia permitir que essa saída extemporânea duma estudante sempre discreta o colocasse sob suspeita de ser um professor que abusa das alunas, nem sequer na posição dum namorado ciumento. Eu estava já a ponto de chegar à outra margem. A O., que se tinha metido sem muita convicção, só para acompanhar-me, saiu do banho para apanhar a minha roupa e perambulou pela ponte de madeira, lá ao lado, para ma dar. Quando sai, todos dissimularam e nem um só dos olhos que estavam ainda dentro da água se dirigiu ao meu corpo despido que rapidamente, como fizera antes, voltava a cobrir-se com várias camadas de roupa. Depois, as duas regressámos falando tranquilas, rindo e gritando-lhes aos outros comentários sem importância do alto da ponte. Quando chegamos à sua altura, o grupo inteiro começou a sair da água, não sem dificuldades porque a roupa molhada embaraçava os movimentos. Aproveitando um momento em que se entretinham em provar as amoras duma silva, fui ao pé dele e disse: —Espero não ter-te incomodado. —Não! Foi mesmo engraçado que nos fizesses experimentar o pudor. É uma sensação antiga... —Queria é comprovar se, com efeito, tudo vem da água... —E qual é a conclusão? —A água sem movimento não é nada. A chave tem de estar no conflito: isso que movimenta a água. Tanto tem se põe em marcha os átomos como se dispara os nossos mecanismos de defesa... —Deverias saber que uma pesquisadora nunca arrisca revelando a sua hipótese sem cautelas. Terás de escrever isso... se não apanhares gripe!

—E tu deverias saber que todo o poder emana diretamente do corpo. O diálogo, que prometia revelar alguns dos pontos-chave do pensamento ocidental, ficou interrompido bruscamente. Após o colapso da natureza, as águas do rio recuperaram o seu lento fluir e os banhistas voltaram a ser o que sempre foram os banhistas nas tardes de verão. É por isso, porque a água fluía e a tarde era soalheira e feliz, que todos puxaram dele insistentemente e com força, até o meterem na água entre risos. O homem ocupado em revisar a nossa formação sobre a filosofia grega em pleno século xxi sacudiu a cabeça como um cão para afastar as gotas de água da sua vista... e riu à vontade. Celebrar a camaradagem provoca piadas com mais que questionável sentido do gosto. Contudo, a tarde era ainda morna e os adultos nas últimas tardes de cada verão voltam ter nostalgia das crianças que um dia foram, porque —por causa do conflito— os átomos andam mais rápidos que o habitual e causam esses efeitos sem que os pobres humanos possamos fazer nada para remediar, de forma que ele ainda deu duas braçadas e voltou à beira, onde todos escorriam as roupas e riam. Só eu, perfeitamente seca e vestida, gritei do alto: —Vamos! Temos que trabalhar... O grupo decidiu acomodar-se na erva lentamente. Aproveitando a circunstância de caminhar em parceria, ele procurou-me e, sério, declarou: —A tua filosofia francesa é barroca e repetitiva. Acabas de demonstrar que o importante estava tudo contido em Tales. A água é pura coragem. Olhei para ele e apercebi-me de que a água não precisa nada para ser poder. Nem tachados, nem reviravoltas. A água sacia e assusta. A água conecta povos afastados e rompe com a solidão. A água transporta todas as mensagens e traga os mais sólidos materiais. A água mole torneia a pedra dura. E finalmente, a água também tem estações: tem épocas de enchente e de seca. Por isso, nas circunstâncias oportunas, as águas demandam correr livres. Imprevisíveis.


Um rapaz chamado MoisĂŠs Nuno Garcia Lopes


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

51

Finalista Portugués UM RAPAZ CHAMADO MOISÉS Nuno Garcia Lopes

Atravessava o estuário no seu barco a remos. Eu convencida de que era impossível tal ousadia e ele a garantir-me ser verdade. Quando o conheci, na Biblioteca, viera pedir-me um livro sobre o mar, mas que contivesse nele todo o sal dos oceanos. Vestia calções, uma t-shirt de azul indefinível, tinha os cabelos naturalmente ondulados e uns olhos de esmeralda que me agarraram como um íman. Carregava um bocadinho nos erres, embora mais tarde descobrisse que só dizia «carrapau» para me arreliar. Era um rapazinho, queria pensar eu, embora na verdade pensasse que era um rapagão. Pedia-me um livro salpicado de sal e eu, recém-chegada do meu Portugal interior onde suspirava pelo mar e do curso de ciências documentais que me fechara em casa, para gerir uma biblioteca de onde se adivinhava o estuário, dei por mim de repente a rever vinte anos de leituras em que a palavra mar mais que alguma outra me cativara. Atravessava o Sado no seu barco a remos. Tinha motor, mas o que ele gostava era de se irmanar às correntes, fazer com que as pás fossem o prolongamento dos seus próprios braços e se enterrassem na água tão delicadas como o movimento de um golfinho. Mas eu ainda não o sabia marinheiro, e navegava pelas memórias dos Verões em S. Martinho ou em S. Pedro de Muel e pelos muitos livros. Nomes que vinham como ondas: Hemingway, Mishima, Salgari, Stevenson, mas também Sophia e Raul Brandão e Vitorino Nemésio… E ele que queria um livro salgado! Atravessava no seu barco a remos aquele rio que para mim já era mar. Um dia perguntei-lhe como se conhecia a fronteira entre as duas águas, atravessava-as eu então também. E ele explicou-me: amanhã saberás. E nesse outro dia, ainda o sol não despertara, fez-se ao mar, ao verdadeiro, num barco de pesca seu anseio e coragem. Quem teria escrito o mais salgado dos livros, perguntava-me eu, nesses instantes que duravam uma vida. E foi nessa doce angústia que me lembrei de lhe perguntar o que já tinha lido. Tudo, respondeu serenamente. Que lera tudo o que naquela casa lhe cheirara a mar, e agora me questionava

por eu ser nova ali, talvez conhecesse livros de que ele não sabia. Atravessava o estuário num barco a remos, foi a resposta que me deu quando lhe perguntei o que fazia. Já nem sei como, estava na minha hora de saída, e acabámos os dois a conversar sobre a razão da minha vida, os livros e o mar, e a razão da vida dele, o mar e os livros. Num bar chamado Cactus, que ironia, que deserto! Mas ficava ali bem próximo, e acabámos lá, durante quantas horas?, a ouvir o mar nas palavras um do outro, esquecidos de jantar, esquecidos do mundo. Ele queria um livro salgado, tinha a pele morena e percebi mais tarde, a meio do estuário, que era também salgada. Queria um livro que nunca lhe dei, embora dissesse que o ouvia dos meus lábios de cada vez que eu falava. E foi então que me convidou a atravessar o rio com ele num barco a remos. Eu acedi. Pensei depois que lhe respondera sim depressa demais, mas era isso que lhe queria responder, protelar o tempo seria um erro. Acedi sabendo que quem se faz às águas nunca regressa ou então regressa sempre para voltar. Eu lera todos os livros do mais salgado mar, sabia-o. Mas acedi. Atravessávamos o estuário num barco a remos. Saímos manhã cedo e quase tudo o que recordo é uma imensa neblina de sensações. Lembro-me apenas dos momentos mais intensos, aquele em que nos cruzámos com os roazes, aquele em que os seus lábios me beijaram os olhos e desceram pela face até à minha boca, aquele em que aproáramos a uma praia deserta, algures na península de Tróia, e em que eu soube que ele era o mar e em mim salgado se entornou. Foi no dia seguinte que percebi onde acabava o Sado e se propunha o Atlântico. Sozinha no cais mal vislumbrava o barco em que ele não remava mas cumpria a sua vocação. Atravessava o mar a bordo do seu sonho, atravessava a saudade no meu peito. Fez-se ao mar. Ao mar que queria e que o queria. E lá ficou.


Dos dits de vida Daniel Borrull


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

53

Ganador Catalán DOS DITS DE VIDA Daniel Borrull

És irònic, sempre ho ha estat, en totes les tragèdies del mar s’ha escrit: haver de morir de set envoltat de tantíssima aigua.

El mar és com un desert d’aigua; ho diu l’himne dels pirates. Un desert, un infern al que he estat abocat des de la borda d’un iot. El luxe, el menjar, la beguda, tot va desaparèixer en el blau. Ahir? Més dies? No ho recordo. Tinc gana, set. Ballo amb les ones sobre el petit bot de plàstic que va defugir el naufragi. Em pesa el cap, em crema la pell seca. Miro l’horitzó i em diu que més enllà no hi ha ningú que m’esperi viu. Aixeco el braç amb desgana i alço una ampolla d’aigua; només en queden dos dits. La mostro al mar. Li dic a l’oceà que miri la poca vida que em queda; aquest contesta que en ell em puc servir. Encara no, penso. No puc. Situo l’ampolla d’aigua davant de la cara, a l’alçada dels ulls. Compto quants glops hi queden. N’hi haurà suficient? Poso la mà dins l’aigua fent cassoleta i en trec una mica. A l’altra mà hi tinc l’ampolleta. Els ulls van d’un costat a l’altre. És irònic, sempre ho ha estat, en totes les tragèdies del mar s’ha escrit: haver de morir de set envoltat de tantíssima aigua. I a dalt del cel un sol de justícia, inclement; feliçment sorprès de veure’m sense gairebé aigua, quina llàstima.

Avui no hi ha núvols que em puguin protegir, no fa vent que pugui refrescar-me i evitar la suor que em deshidrata. Remeno la petita bossa que sempre va amb mi amb l’esperança de trobar alguna cosa que posar-me al cap; el barret el vaig perdre durant el naufragi. El petit maletí de supervivència que conforma l’únic equipament del petit bot està ple de coses utilíssimes amb les que no em puc protegir del sol ni foragitar la set que em punxa l’estómac. Dins de la bossa de lona hi trobo, tancat dins d’una petita bossa de plàstic, un llibre. Obro la bossa i trec el llibre. Vinga home, no pot ser. Ja ni me’n recordava. El vell i la mar. El vaig dur al iot per ambientar-me durant la lectura. Maleïda sigui aquella idea que m’ha ofert, ara, el millor dels escenaris per a poder comprendre el vell Santiago en la seva frustració. En la meva; de mi no arribarà a port ni l’espina. N’hauran fet pel·lícules, serà premiat, però sempre que l’he llegit se m’ha fet pesat. Quin conyàs, m’he dit sempre. Però fins ara no he entès quant ben descrits estan cadascun dels moments d’angoixa, tedi i desesperació d’aquell pobre vell. I em torno a mirar l’ampolleta i els dos dits d’aigua


54

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Dos dits de vida —

No puc suportar imaginar-me a la meva filla donant cops al meu cos intentant despertar-me d’un son que mai acabarà. que hi té a dins. La llengua em recorre l’obertura pastosa dels llavis d’esquerra a dreta. La boca se m’obre inconscientment responent a la crida natural de la necessitat, de la supervivència. Trec el tap, vull omplir-me amb la poca vida que queda dins l’ampolla per poder ballar amb les onades una estona més. Quant? Duraré gaire més? L’ampolla se m’apropa lentament, el meu braç és qui la mou, tot sol, jo no el moc. El meu cos, el meu cervell m’ordena que sobrevisqui, que em begui la poca aigua que em queda. Però de cop i volta m’aturo. Em desperto. Un sospir profund, la tranquil·litat de la innocència dormida es manifesta a través d’una profunda exhalació involuntària. La meva filla dorm a proa del petit bot de plàstic sota un mocador palestí que la protegeix d’aquest sol inclement que em clivella la cara, els braços, l’esperança. I torno a tapar l’ampolleta. Reservo l’aigua per a quan la nena es desperti i em pregunti cansada si encara dura l’aventura, que per què dura tant l’aventura. Tindrà set i podré donar-li aigua. I si jo no bec i em desmaio? I si em moro? No puc suportar imaginarme a la meva filla donant cops al meu cos intentant despertar-me d’un son que mai acabarà. Els ulls petits negats d’aigua regalimant galtes avall, la boca cridant a la solitud i la por; l’espera de la nit quan no se sap res de la foscor, què són els trons, l’udol del vent. Es desperta i té set. Li atanso l’ampolleta amb la poca aigua que queda i en fa un glop, un de petit. És molt petita però ho sap, que tinc set i que sense mi està perduda en mig d’aquest bosc d’onades. Em torna l’ampolleta que no ha buidat, comparteix l’aigua amb mi. Vull plorar però em resisteixo. No fa ni un moment he estat a punt de veure’m la poca vida que quedava dins l’ampolla, i ara ella la compartit amb mi, me n’ha donat. La meva vida no seria res sense ella. Sempre seré d’ella allà on caminem. O al fons del mar. I si hi ens hi veiem condemnats hi anirem plegats, de la mà, com quan passegem i em demana tot el que ofereixen els aparadors de les botigues que es succeeixen en el nostre carrer llarg, interminable

quan plou. Oh, pluja. No plouràs, recrimino al cel. La nena mira amunt i em mira a mi. Amb qui parles? Recordo aquell dia que plovia, aquell dia en que el carrer en el que vivim, o potser ja puc dir vivíem, es va fer inacabable. Aquell vespre fugíem de la pluja, de l’aigua. No volíem mullar-nos i ara m’agradaria amararme de cap a peus. La nena em pregunta per què porto un llibre damunt del cap i esclato a riure, ja no me’n recordava que el vell Santiago solcava els meus cabells. I torno a pensar en el llibre, en l’aventura d’aquell home vell a punt de rubricar la seva història i m’entristeix pensar que la meva filla gairebé no ha pogut començar a escriure la seva. Li explico a la nena que les lletres d’aquest llibre que no té dibuixos expliquen un conte d’un senyor que anava en una barqueta com la nostra. Aleshores, la boqueta resseca somriu. Què bonics són els contes! Explica’m, diu. I faig memòria d’un dia quan, de nen, jugava al riu a fer vaixells de paper i alliberar-los al corrent. Li ho explico. Per a fer un vaixell de paper cal doblegar-lo així i aixà, tornar a fer-ho per aquí i estirar per allà. I si li vols posar butxaques repeteixes el procés. Què bonic! Aquell trosset de paper, que fins aleshores havia fet de punt de llibre interrompent la pesca del vell Santiago, ara és una nau fantàstica i ufana sobre el palmell petit de la nena. Quan era un marrec alliberava els vaixells al corrent i, ara, fem el mateix. Però el millor de tot eren les històries que m’inventava sobre el vaixell i la gent que el tripulava, les vides que hi construïa a bord. Però ara som nosaltres a qui ens han deixat de la mà del destí sobre uns corrents que no conec, no sé on som, i les vides que potser algú ha inventat són les nostres. No obstant, li proposo a la nena el joc i l’accepta. Jugarem, i mentre juguem ens oblidarem que ja no tenim aigua, que l’ampolleta és buida. A bord del petit vaixell que navega sorprenentment bé imaginem una família: el pare mariner, la mare marinera, la germana marinera i el bebè mariner. Els quatre


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

55

— Daniel Borrull —

La meva filla m’abraça, té por. I jo també en tinc, molta. No d’ofegar-me, sinó de perdre-la a ella, de saber tot allò que no veurà, tot allò que no viurà. fan coses, parlen i juguen a mesura que s’allunyen cap a l’horitzó que continua negant la possibilitat d’assolir un nou dia. Però, de cop i volta, el vaixell s’enfonsa; què ha passat papa? La nena pregunta però ella mateixa continua el relat. Salva al pare i a la germana, però i els altres dos membres de la família? El moment és duríssim. Estan al iot, penso; dins del iot. En el moment que tot va passar dormien. Jo estava de guàrdia, la nena somiava arraulida al meu costat. No vaig veure amb què vàrem xocar. Les hores passen a foc lent, el plàstic del bot crema, el cap, la pell; la nena s’amaga sota el mocador. Al capvespre, la nostra tomba es torna bellíssima: una paleta de colors d’un horitzó a l’altre. A la dreta la nit, a l’esquerra el que queda de dia. El sol ataronjat i gros suca la panxa al mar i es desfà en reflexos per sobre de l’aigua fins esquitxar-nos els ulls. La nena seu entre les meves cames i els dos mirem com el taronja es torna vermell, blau, lila. La foscor ens envolta, ens preparem per al fred. Per sort, quan vam naufragar durant la guàrdia estàvem llestos per al vent de la nit, per a l’aigua; vestíem roba impermeable, les jaquetes gruixudes. De fred no morirem, no. D’això s’encarregarà la set. No obstant, l’espectacle és únic, literalment irrepetible. La bellesa dels instants que es succeeixen ens fan oblidar l’aigua que no tenim, que ja ens hem begut. Oh! Allà apareix la lluna; blanca, cisellada per una mà artesana, majestuosa, esmolada com una dalla i tan fina que gairebé no taca el mar. Poso la punta dels dits a l’aigua fosca. Penso en tota l’aigua dolça que vaig condemnar a la sal. Potser ara estic tocant aigua que vaig deixar córrer a la cuina, al bany, allà on semblava abundant, inacabable. I mentre recorro les canonades cap al mar noto com alguna cosa em frega els dits. Un calfred em recorre el cos. No sé on sóc, però en aquest desert d’aigua salda hi viu algú que em recorda que els qui som de terra endins no tenim futur. Abraço la nena, ella s’arrauleix entre els meus braços i senyala el cel. Mira papi, diu. Explica estirant el braç,

apuntant amb el dit, que allà dalt hi ha una estrella que li diuen Polar. Si tinguéssim vela i sabéssim llegir el cel. Allà està el carro i ja està, en la resta de punts no sé com dibuixar-hi un camí cap a casa. El ball pausat del bot incrementa el ritme. L’aigua, fins ara en calma i plana, pretén capbussar-nos, durnos a la foscor. Ens preparo; hi ha de tot però no hi ha aigua. El sol ens ha debilitat, la nena rosega una galeta que no se li desfà a la boca. Ens apugem les cremalleres fins a dalt, ens emboliquem amb les mantes tèrmiques. Comença a ploure, les ones agiten el bot vehements La meva filla m’abraça, té por. I jo també en tinc, molta. No d’ofegar-me, sinó de perdre-la a ella, de saber tot allò que no veurà, tot allò que no viurà. L’aigua que ara ens cau a sobre ens donaria la vida a terra, aquí ens matarà. No obstant, reposo el cap sobre el plàstic de la borda del bot i obro la boca; la nena m’imita recolzant-se sobre de mi. Els dos mirem els núvols que tapen les estrelles. Se’ns mulla la llengua, les dents; es desfan els trossos de galeta que ens atapeïen els queixals. Els llavis recuperen la textura i deixo de sentir-los com un cartró esquinçat. La pluja m’amara el rostre, em cau als ulls i sembla que plori; de fet ploro, i la nena també. Sense moure’m, busco amb la mà l’ampolleta que hem buidat al matí i la trobo al meu costat. Trec el tap i l’alço al cel per a que l’ompli. La nena m’agafa el braç, m’ajuda, vol contribuir a mantenir-nos vius un dia més. Que maca que és, penso; li acarono el serrell mullat. Quan l’ampolleta és plena la tapo, la guardo en una butxaca i torno a reposar el cap amb la boca oberta. Tenim sort; la pluja s’atura, el mar es calma. La nena pregunta pel color de les estrelles ja que es tornen a veure. Jo li dic que les veiem blanques però ella assegura que n’ha vist dues de color. No pot ser. Ella diu que sí, una de verda i un altra de vermella, i que es movien a l’hora sobre l’horitzó. Què? Ràpidament, agafo la pistola de bengales i en disparo una cap al cel estrellat.


La set Elies Campmany


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

57

Finalista Catalán LA SET Elies Campmany

El pare no ens deixa fer mai la mandra. Quan ve i diu que és hora d'aixecar-se, cal obeir-lo de seguida. De vegades, ens avisa més d'hora del compte i ens llevem que el sol encara no s'ha acabat de pondre, però ja no fa mal als ulls. Ens esperem que es faci fosc del tot i comencem a caminar en direcció contrària on s'ha amagat el sol. El pare diu que és més segur viatjar de nit. Sempre ho hem fet així, però mai ens ha explicat per què és més segur. Estem en perill? Ens persegueix algú? Fins a on m'arriba la memòria no ens hem trobat mai a ningú en tots aquests anys. Caminem sense rumb, ni direcció. No ens dirigim a cap lloc en concret. No ens esperen enlloc, ni tenim una casa a on tornar. Quan era petit, recordo que preguntava al pare o a l'avi cap a on anàvem. Em responien que ens dirigíem cap el mar, un lloc ple d'aigua, on les muntanyes també són d'aigua i es mouen i es diuen onades. Tot això m'ho va explicar l'avi que sap moltes coses. També em va dir que la Terra que trepitgem és rodona com el Sol i la Lluna. De vegades sospito que hem fet la volta vàries vegades al planeta i que no trobem el mar perquè ja s'ha assecat del tot i l'hem trepitjat sense adonar-nos-en. Caminem sense reposar tota la nit, sota un cel curull d'estels. Només ens aturem quan l'avi comença a respirar feixugament i el pare té por que li passi alguna cosa. Però

si els meus germans o jo ens queixem que estem cansats, el pare remuga malhumorat que ja descansarem quan es faci de dia. I no és pas que protestem perquè siguem mandrosos de mena. Caminem de valent tota la nit, carregant a l'esquena totes les rampoines que arrepleguem de terra: plàstics, cartrons, envasos... tot el que van abandonar els homes primitius. Dels homes primitius en sé ben poca cosa. Només els conec per les restes que ens han deixat. A l'avi no li agrada gens parlar d'ells, però les poques vegades que els anomena m'ha quedat clar que no els té gens d'estima. Jo no acabo d'entendre tanta rancúnia, sort en tenim de tot el que ens van deixar. Si mengem és gràcies a ells. I els plàstics i els cartrons també són molt útils. Quan s'endevinen les primeres clarors de l'alba a l'horitzó, parem de caminar i plantem el nostre campament. El pare comença a cavar un sot a terra i els meus germans i jo en cavem un altre, al costat. El pare té molta força i ell sol és capaç de fer un clot molt més profund que no pas el que fem els meus germans i jo. El sot de mon pare és el nostre refugi durant el dia. Ens hi entaforem tots a dins i tapem l'obertura amb cartrons perquè no ens molesti la llum del sol i no ens trobi ningú. Mentre a fora la llum ho tenyeix tot de daurat, a dins del forat dormim tots plegats respirant un aire aviciat i resclosit,


58

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— La set —

De vegades sospito que hem fet la volta vàries vegades al planeta i que no trobem el mar perquè ja s'ha assecat del tot i l'hem trepitjat sense adonar-nos-en. regirant-nos i cargolant-nos com escurçons enfellonits per la febre. L'altre clot és per fer aigua. Col·loquem un envàs buit al fons del forat i el cobrim amb un dels plàstics transparents que portem a sobre. Posem rocs a la vora del plàstic perquè el vent no se l'emporti i situem una pedra al mig del plàstic perquè faci panxa i quan li toqui el sol, les gotes d'aigua vagin lliscant fins a caure just a dins l'envàs. Tot això ens ho va ensenyar l'avi. I ell ho va aprendre del seu avi. Al vespre, quan ens llevem, ens bevem l'aigua que hem recollit, desmuntem el campament i tornem a caminar. I així cada dia. L'avi em va explicar que fa molts anys, abans que ell nasqués, no calia fer aigua. L'aigua queia del cel sense haver de fer res. Una aigua tan neta i cristal·lina com un plàstic transparent acabat de fabricar. I en queia tanta quantitat que els sots que ara cavem quedarien negats d'aigua i podríem capbussar-nos-hi. Capbussar-se en l'aigua! Molts dies, somio que arribem al mar. Miro a l'horitzó i fins a on allarga la vista, només hi ha aigua i prou. Somio que camino endavant, submergint-me dins l'oceà, fins que sento una veu llunyana que em crida. Llavors m'adono que és el pare que em desperta i em demana que m'aixequi per reprendre la marxa. Obro els ulls i veig aquesta terra de cendra grisa que no s'acaba mai.

Algunes nits, per fer més passadora la caminada, miro d'encetar una conversa amb l'avi. —I no pot ser que torni a ploure qualsevol nit d'aquestes? L'avi sempre respon que mentre a la nit es vegin tots els estels, no plourà pas. Aleshores durant una bona estona, camino mirant cap amunt, per veure si es comencen a apagar els estels i comença a caure l'aigua a dolls. Una matinada, quan recollíem pedres per travar el plàstic de fer aigua abans que comencés un altre dia sufocant, vaig trobar un roc amb una silueta dibuixada i el vaig ensenyar a l'avi. —Qui ha pintat el dibuix, avi? Els homes primitius? Ell va somriure. Em va explicar que el dibuix no l'havia fet ningú. Era un senyal que havia quedat marcat perquè durant molts anys, una fulla va quedar sepultada sota aquesta pedra. Quan li vaig demanar què era una fulla, l'avi va sospirar, com sempre fa quan li pregunto algun detall del passat. Amb desgana, em va explicar que fa molts anys, quan encara queia aigua del cel, hi havien arbres, unes estructures altes i primes com fanals però d'un material més suau. I a dalt de tot, tenien fulles, de color verd, amb la forma del dibuix de la pedra. Aquell matí, vaig fer servir un altre roc per fixar el plàstic de l'aigua, em vaig endur la pedra al nostre sot i


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

59

— Elies Campmany —

Aquella nit, quan ens vam aixecar i vam reprendre la marxa, vaig demanar a l'avi que m'expliqués més coses sobre els arbres. Em va dir que ell no n'havia vist mai cap.

em vaig adormir contemplant aquella silueta tan estranya i perfecta. L'avi sap moltes coses. La majoria de coses les hi va explicar el seu avi. I diu que jo, algun dia també les hauré d'explicar als meus néts. L'avi del meu avi era molt llest i fins i tot va aprendre de lletra tot sol. La lletra dels homes primitius. Molts cops, quan remenem les escombraries, trobem llibres i papers escrits. Alguna vegada, he provat d'entendre aquells signes i m'ha resultat impossible. Segons l'avi, tots els homes primitius sabien llegir i feien servir els llibres per aprendre coses. Per això l'avi de l'avi sabia tantes coses. Aquella nit, quan ens vam aixecar i vam reprendre la marxa, vaig demanar a l'avi que m'expliqués més coses sobre els arbres. Em va dir que ell no n'havia vist mai cap. I que el seu avi, tampoc. Van desaparèixer tots per culpa dels homes primitius. Cada cop van construir més cases, carreteres, gratacels i fàbriques. Van destruir boscos, van arrasar selves i van contaminar els rius. Quan van voler aturar-ho va ser massa tard. I llavors va venir la gran sequera. Vaig aprofitar que l'avi parlava dels homes primitius per preguntar-li per què els odiava tant. La seva resposta va ser rotunda: —Els homes primitius ens volien mal.

No sé d'on ha tret això, l'avi. Ell no va conviure mai amb els homes primitius. Ni tant sols l'avi de l'avi. Els homes primitius ja no hi són. Però els seus gratacels mig enderrocats i les seves fàbriques en runes encara són aquí. I els seus plàstics i cartrons. I el seu menjar. Molts aliments estan podrits i en descomposició. Però les menges enllaunades encara es conserven i serveixen per omplir-nos la panxa. Llàstima que es van acabar la poca aigua que encara quedava però fins i tot els hem d'agrair que ens van ensenyar a fabricar-ne de nova. Al matí, a l'hora d'anar a dormir, vaig esperar que tots tinguessin els ulls tancats per mirar un altre cop la pedra amb el dibuix de la fulla. L'havia amagat entre les andròmines que duia a l'esquena, sense que ningú se n'adonés. Em fascinava poder tocar una cosa tan antiga, fins i tot més antiga que les coses dels homes primitius perquè els arbres no els van fabricar pas ells. L'avi va obrir els ulls i em va enxampar mirant la pedra. —Es pot saber què fas? —Avi, què els va passar als homes primitius? Per què ja no hi són? L'avi va empassar saliva i em va mirar fixament als ulls. —Sí que hi són, fill. Som nosaltres. Som els últims que quedem ja.


Itsasaldia Judit Ruiz de Munain


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

61

Ganador Euskera ITSASALDIA Judit Ruiz de Munain

— 2032/03/30 — Zergaitik daukadan burua sentsorez josita, beno, kolakin pegatuak? Errez, erantzunak behar ditut. Ba bai, arazo bat da ni egoera honetan egoteko arrazoi bakarra. Ez pentsatu ikertzaile friki horietako bat naizela eta nire neuronen mapa koloretan ikusteko irrikitan nagoela, ez. Ni injenerua naiz eta nire motakoek arazoak konpontzen ditugu, ez unibertsoaren zergaitiak bilatu. Sekula santan ez nuen imajinatuko nik, hogeita hamar urte, medizina tradizionala, zientzia arrunta eta elizatik ezkontzearen sinestuna (ez dut jainkoan sinisten baina ezkontzak elizan ez dute parekorik), sistema esperimental erdi teknologikoa, erdi esoterikoa, probatuko nuela. Gainera, honakoak limite bat markatzen du. Energia ikustezinen munduan sartzea suposatzen du. Sentsoreak buruan pegatzeko han eta hemen ilea moztu didan betaurrekodun medikologo honek, beste guztiek ikusi ez dutena aurkitzea espero dut. Ezagutzen nauen edonork jakin badaki, ni hemen

egoteko, Bizkaiko baserri galdu batean, sasi-terapia alternatibo batean, egoera guztiz desesperatua izan behar duela. Hala da. Ez badut zeozer berria bilatzen, hilabete batzuen bueltan nireak egin du. Hasieratik kontatzen badut hobe. Nire eguneroko bizitzan eta lanean ezartzen dudan ordena, hemen ere. Nire zorigaitza orain dela sei hilabete hasi zen. 2031.ko uda bukatzear zegoen. Egun horretan, betiko moduan, goizeko zazpitan puntu puntuan esnatu nintzen. Ahoa, gau guztia zabalik eta haizagaluari apuntatzen eduki izan banu moduan sentitzen nuen, mingaina, aho sabaia, ezpainak eta hortzak ere lehorrak neuzkan. Horrez gain, begietan hareia nabaritzen nuen, baina hori normalagoa zen. Aurreko gauean TVOna ikusten hainbeste denbora eman eta gero. SuPorn kanala ikusten aritu nintzen 12ak arte gutxi gora behera, arima lasaitzeko orgasmo baten bila, baina ezin. Teleberrietara pasa nintzela gogoratzen nuen, poloak urtzearen eraginez itsasaldien maiztasunaren aldaketei buruz erreportaiak seko lo utzi ninduela uste dut, masturbatzea bezain eraginkorra, baina ez hain asegarria.


62

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Itsasaldia —

Mingaina, zapatila bat eginda eta begiak on-fire astebetez egon eta gero, medikura jo nuen. Ez ditut gustoko medikuak baina beharrezkoa zen. Goiz horretan, ispilutik begiratzen zidan ilegorriak, xx. mendeko maria-zale baten begirada gorrixta zeukan eta nire amonatik jasotako adats laranja hauek bizitasun berezia ematen zioten. Lanean, ordenagailuaren aurrean goiza ematea, begiak sutan neuzkala eta kriston buruko minakin, gogorra zen. Ezin nuen narrua jo nire mutilarekin. Nire alua Bardeak baino lehorrago eta latzagoa zegoelako eta ez zegoen horri buelta emango zion lubrifikatzaileri; gainera, hain handia zen ematen zidan mina ezin nuela ezta behar bezala itxurak egin. Mingaina, zapatila bat eginda eta begiak on-fire astebetez egon eta gero, medikura jo nuen. Ez ditut gustoko medikuak baina beharrezkoa zen. Medikua, berrogeita hamar inguruko gizon katxarroa, estresaren eragina izan zitekeela esan zuen. Gainera, gaitzak estresa gehitzen zuen, eta estresak berriz estresa. Nire estres mailari buruz galdetu zidanean, ba tira, ez, ez nengoela estresatuta ia lotsatuta esan nion. Bizitza lasaia neukan gorputzaren lehortea hasi aurretik: ez daukat seme—alabarik, lanpostu ona daukat, kontratu ona, lan lasaia multzo mekanikoak marrazten eta mekanizazio prozesuak hobetzen, eta mutilagunarekin primerako erlazio sanoa nuen. Orduan, estresa ezin zuen izan ezta? Ba bera hor tematua. Begientzat kolirioa, ahorentzat fotokopiadora izeneko Xerox deitzen den listuaren ordezko bat, eta bere kontsultatik galdera baino erantzun gehiagorekin atera nintzen. Bere diagnostikoa ematen ari zenean, pasadan, agian, Sjogren sindromea deitzen den gaitza autoinmune bat izan zitekeela bota zuen. Eskua errezetaz beteta, eta izen ahoskaezin horrekin buruan bueltaka etxera joan eta Interneten bilatzeari ekin nion. Bilatu eta topatu ere. Gau horretan, benetako beldurra zer den jakin nuen. Gauerdian esnatu nintzen antsietate atake batekin, meno-

pausikoa banengo moduan izerditan. Begiak betazalei pegatuta izan arren, orduak eman nituen sindrome horri buruz, eta Saharako basamortua baino lehorragoa egotearekin, zerikusia zeukan guztiari buruz irakurtzen. Orduan sentitu nuen benetako izua. Benetan diot, Interneten zorigaitzak bilatu ezkero hamaika bat topatuko dituzu, bata bestea baino izugarriagoa: artritisa, lupusa, etab. Momentuz ez neukanez diagnostikorik, mediku guapoak emandako errezetak erabili eta produktu hezegarri guztiak erosi nituen. Nire eguneroko bizitza apur bat arindu zuten botikek, baina horrela bizitzeak, eta etorkizun beltz baten mehatxuak, depresioan murgildu ninduten. Luis, nire mutilagunari buruz, gauza on asko esan daitezke, baina ez da batere ulerkorra. Nire gaitzak ez dituenez, itxurari dagokionez, aldaketarik sortzen, berak zihoen dena sikologikoa zela eta nerbioak jota nengoela. Listu artifiziala ura balitz erabiltzen hasi nintzenean, nire ustez, nazka hartu zidan. Likido lodi koipetsu bat eman eta gero musukatzeak, ekintza berari glamourra zapuzten dio. Bestalde, egoera zela medio, ez nengoen ni bero bero, ez nintzen ezta epelera heltzen. Laburbilduz, gure super maitasuna sufle baten moduan airea galdu zuen eta hilabete baino lehenago, ez zuela etorkizunik ikusten gure erlazioan esan zidan. Ez nintzen gehiegi kexatu, nahiko buruhauste neukan momentu horretan lupus-ari buruz irakurtzen nuena barneratzen, halako gizasemea nirekin jarraitzeko esfortzuak egiten hasteko. Agurainen bizi naiz. Barnealdeko herri bat da Arabako lautadan. Herri txikietan gertatzen den legez, laster denek zekiten Luisena, eta begi gorriak eta aurpegi zimela, penari atxikitu zioten tita batean. Gozokiak txupatzeari ekin nion ahoa heze mantendu nahiean, eta laster botoietara pasa nintzen, ez nituen ka-


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

63

— Judith Ruíz de Munain —

riesak gehitu nahi nire arazoetara. Gau batean, susto itzela izan nuen botoi gorri bat eztarrian trabatuta gelditu eta itxi egin zidalako, beraz botoiena egunetara eta jertseetara mugatu nuen. Oraineartekoa, txungoa, baina nahiko ohikoa da. Munduan horrelako gaitzekin «bizi» den jende pila dago. Orduan heldu zen: EGARRIA. Egun batzuetan gehiago eta besteetan gutxiago, sukarra balitz moduan, edozer gauza edateko beharra neukan. Mugarik gabeko egarria. Mota guztietako ur desberdinak edan nituen, edari energetikoak, garagardoak, kokakolak. Denetarik edan eta probatu nuen, baina nire gorputz traidoretik igarotzen ziren ezer busti gabe. Litro guzti horiek komunean txiza egiten, aurreko hogeita hamar urteetan baino denbora gehiago pasa arazi zidaten, baina ez zuten nire lehortea baretu. Badirudi makina hau martxan jarri dela. Medikopatak hamar minutuz geldik egoteko eskatzen dit. Analisiak nire burmuinaren bioelektrizitatea eta frekuentziak eta beste indar misteriotsu batzuk aztertzean datza. Puntu honetan ez dit axola zer neurtzen duen, erantzun bat behar dut. Gorputza gogor jartzen zait, oraindik bizi bait daukat TAC bat egin zidateneko oroitzapena. Mesedez ez dadin errepikatu! Mediku katxarroaren kontsultara bueltatu nintzen egarriaren asuntoarekin. Diabetesaren analisiak bukatu zituztenean, lore zimel baten itxura neukan jada. Analisien emaitzak negatiboak zirenez, medikuek TAC bat egin behar zidatela erabaki zuten, batez ere artikulazioak eta burmuina aztertzeko. Medikuetan nenbilen denbora tarte horretan sintoma berri bat agertu zen: uraren gourmetean bihurtu nintzen. Likidoek ez ninduten asetzen, baina dastatu bezain pronto, zertaz konposatua zeuden jakiteko gaitasuna neukan. Kloroa, mineralak eta eduki ditzakeen beste edozein elementu nabaritu nezakeen. Gehienen izenak ezezagunak zitzaizkidan, baina bere presentzia eta kopurua dasta nezakeen. Medikuari ez nion abilezi honen berri eman, ez bait nuen eroetxean behar baino lehenago ospitaleratuta izan nahi. Baina itzul gaitezen TAC-ara. Orduan ere, erizainak, geldik egoteko eskatu zidan. Hantxe nengoen, lasai asko, sentitzen hasia nintzen inurridura hazi, eta minara pasa zen arte. X izpiekin beharrean, ninja izarrekin irradiatuta izaten ari nintzela zirudien. Estarria urratu arte egin nuen garraxi, eta aparatu madarikatu horretatik negar malkoekin, dardarka eta diagno-

sikorik gabe atera ninduten. TAC-a ez da beraz aukera bat, eta nire ustez ezin du ona izan inorentzat. Lau minutu pasa dira. Egarria bueltatu da, eta denbora aurrera dijoa geldiezina. Konponbide bat ez badut topatzen, basamortuan banengo moduan hilko naiz, momia bihurtuta lurperatuko naute. Teknologia alternatibodun makina errusiar honen urruma entzuten dut. Medikologoak dioenez arazoak bilatzen ditu nire energia zentruetan,nire zirkuito bioelektrikoetan eta blablablablabla. Sentsazio atsegina da, urruma konzentratua entzuten dut eta aire epelak azala barrutik laztantzen didala dirudi. Ez dago minik, jainkori esker. Beste bost minutu pasa ondoren makina isildu da. Medikologoak pantailan irakurtzen du emaitza eta barrezka hasten da sasi-zientzialari madarikatua. Bere lana bukatu omen du. Paper bat luzatzen dit, egunero behar dudan guztietan hartzeko argibide bakar eta xumearekin. Papera hartu eta «Itsasoko ura» irakurtzen dut. Listua banu, aurpegian lagin bat edukiko luke jada, baina ez daukat. 160 euro joan zaizkit, eta diruarekin batera nire itxaropenak lapurtzen dizkidate. Bere aurpegi alaiari berriz ere begiratu gabe ordaindu eta handik etxera nijoa.

— 2032/1/5 — Goizeko ordubien kanpaiak entzuten ditut nire etxeko komunean. Begietan gel hezetzailea jartzen dut eta gero Xerox puska bat ahoan mingaina ahosabaiatik despegatzeko. Ez dut gogorik txirrian gertatzen zaidanari buruz hitzegiteko, baina hiru bider egunean, bote urdineko Nivea ematen dut ibiltzen jarraitu ahal izateko. Ezin ezer egin. Ixilik eta malkorik sortu ezin duten begi itxiekin negar egiten dut nire samina. Komuneko lurrean exerita, asperenen artean, armairutxoaren edukiari so nago. Rinhomer sudur esprai bat dago. Hartu eta ahoan txorrotada bat botatzen dut zuzenean. Zapore kimikoa dauka, baina laborategiko produktuen artean, gozo-gozoa den zeozer antzematen du nire ultra-dastamenak. Bigarren txorrotada ere eztarritik behera dijoa zapore izugarri txarra eta guztiz zoragarriarekin. Konturatzerako botilarenak egin du. Ahoa biziberritu zait. Sasimediko madarikatu hurak zuzen zegoen. ¡Itsasoko ura! hori da behar dudana. Rinhomer txutea eta gero, oheratu eta hamar ordu


64

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Itsasaldia ——

jarrraian egin ditut lo lehenengo aldiz sei hilabeteetan. Gaitzak ez zaizkit konpondu zast batean, baina agonia honetatik ateratzeko aukera bat daukadala jakiteak eman didan bake mentalak, miraria egin du eta antsietatea behintzat sendatu dit.

— 2032/7/8 — Ur gozoa guztiz utzi nuenetik bi hilabete igaro dira jada. Orain, itsasoko ura besterik ez dut edaten. Lehen uraren gourmeta banintzen, orain maila goreneko aditua naiz. «URA» hitzak, oso likido desberdinak biltzen ditu: txorrotako ur arrunta, iturburuetako ura, ur destilatua, ur estrukturatua, ur gazia, euri ura, etab. Multzo nahiko orokor hauei, beste mila sailkapen egin dakizkieke. Ardoaren munduaren modukoa da: lehenengo ardo zuria, gorria, beltza, etab. Gero jatorri-deitura eta azkenik marka desberdinak bere berezitasunekin. Niretzat ura, ardoa baino hobeagoa da. Nire dastamena doitasun-arma bihurtu da itsas ura edaten dudanetik. Itsas uraren ñabardurak, ura jaso den tokia, garaia eta itsasaldia transmititzen didate. Itsas korronteek ere badute bere eragina. Irailan, Kantauri itsasoan, itsasaldi bizi batean jasotako ura, garbia badago, beste munduko zapore bat dauka. Nire ura, nola ez, Internetetik lortzen nuen hasieran. Itsasoko ura botiletan saltzen da oso prezio moduzkoan. Dena den, botileko urak garratz kutsu bat usten dit, ur zombia da, bizi nahikoa edukiko ez balu bezala. Jendeak dioenez, inoiz baino hobeto nago. Begiak dir-dir, ilea leun eta distiratsu eta ahoa eta alu hezeak. Dena hezetasun maila egokian. Dena den, nire senak zeozer falta zaidala sentiarazten dit. Nire gorputzak, eta ni naizen guztiak, itsaso ondoan bizitzera joan nahi du. Erokeri puntu bat dauka honek. Elezaharretako itsaslamien abestiek nire arimari deika daude. Argi gera dadila oraingoz, nire ur maitea, gordeka edaten dudala. Nire amari, ura, txanpan frantsesa bailitzan edaten dudala esan behar diodala uste baduzute, pentsatu bi bider. Ea nola hartzen duen Kanarias-etan dagoen Oseantek enpresa batentzat lan egitera nijoala esaten diodanean. Atlantikotik energia ateratzen du Oseantek delakoak. Hori bertsio ofiziala da, baina ez nijoa horregatik, ezinbestekoa zaidalako baizik. Itsaso zabalera, ozeano bizia usaindu eta dastatu nahi dut. Aldaketak urduri nauka, baina nerbioak positiboak dira, ezkontzeko eguna hurbilduko balitz bezala.

— 2032/8/23 — El Hierro irla. Nire etxea Roque de Pilato herrixkan, itsasotik gertu gertu dagoen kale batean dago. Lanean azkar egokitu naiz. Nire lantaldea sorgailu nagusiaren diseinua hobetzen dihardu. Energia biltzeko eta sare elektrikora bidaltzeko erabiltzen ditugun mekanismoen ardura zuzena daukat ere. Gehienetan, ezer berria asmatu baino, ikertu eta jada merkatuan dauden teknologiak aplikatzen ditugu. Poloak urtzen ari dira orain lehen baino abiadura haundiagoan, eta isuri den ur extra honek ozeanoen korronteen zirkulazioan eragina dauka, horri esker Atlantikoko gune berezi honek zentral termonuklear zaharrek sortzen zuten haina energia sortzera heldu daiteke egunen batean. Lankideen artean lagunak baino, ezagun berriak egin ditut. Gainera, nahi dudan tokian bizi naiteke irabazten dudan soldatari esker. Beraz, itsasertzean dagoen etxetxo batean bizi naiz eta Kaliforniako surflari itxura hartu dut. Olatuen baserri honetan, haizea konstantea da eta zoratzen zaitu, baina era berean epe motzean azala zaildu egiten dizu nahiz eta esne kolorekoa izan. Hemen ere sekretuan mantentzen dut ur gaziari diodan zaletasuna. Ez dut jada diru gehiago gastatzen botilako uran, itsasotik bertatik edaten dut. Hemen itsasoa basatia eta garbia da, ederra. Dena den nire erlazioa urarekin «konplikatu» egin da. Orain, ura edatez aparte, bere deia nabaritzen dut nigan, nire maitalea balitz bezala bere falta botatzen dut eta bera ikusteko eta sentitzeko irrika daukat. Egunero, ahal bezain pronto hondartzara joaten naiz eta uretan murgiltzen naiz. Grina berri honek beldurra bihurtzen ari den ezinegon bat sortzen dit, zenbaterainoko menpekotasuna diot? Egunero denbora pixkat gehiago egon naiteke urpean, hamar minutu ingurura heldu naizelarik gaur bertan. Ostiralean lagun batzuekin snorkle egitera atera nintzen eta zodiakatik bota eta uretan sartzerakoan, itsas korronteak koloretan agertzen zitzaizkidan. Hain txundituta nengoen zeren arnasa behar nuenaren itxura egiteaz ahaztu, eta zortzi minutu pasa nituen ur azpian. Atera nintzenerako guardia kosterari deika ari ziren arrainentzat janaria nintzelakoan. Itsasaldiek ere eragiten didate orain, eta gertakarien bilakabide honek arduratuta nauka oso. Ezin dut inorekin hitzegin honi buruz, beraz, nire buruarekin aritzen naiz erotze punturaino. Itsasgora eta ilargi betea elkartzen direnean, sutan sentitzen dut azala, beste azal baten leuntasuna, su hori baretzeko modu bakarra delarik. Hondartzako tabernetara ateratzen naiz azal horren bila, eta topatu ere. Nire


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

65

— Judith Ruíz de Munain —

Hemen ere sekretuan mantentzen dut ur gaziari diodan zaletasuna. Ez dut jada diru gehiago gastatzen botilako uran, itsasotik bertatik edaten dut. Hemen itsasoa basatia eta garbia da, ederra. Dena den nire erlazioa urarekin «konplikatu» egin da. Orain, ura edatez aparte, bere deia nabaritzen dut nigan, nire maitalea balitz bezala bere falta botatzen dut eta bera ikusteko eta sentitzeko irrika daukat.

begi urdinek, ilegorriak eta haizeak emandako beltzaran ikutuak nire alde jokatzen dute eta ez dago gizon falta nire ohean. Beraiek nire berotasunaz gozatzen dute, eta nik sekula izandako sexu onenaz. Halere, nahiz eta gaua magikoa izan, goizean korrika joaten naiz hondartzara eta uretan murgiltzen naizen arte ez dira nire karrak guztiz amatatzen, orduan asebetetzen da nire sua. Arduratuta naukana zera da, nire egoera berezi hau areagotzen ari dela etengabe. Noraino helduko da urarekin sortzen ari den lotura hau? Oraingoz egunean bi aldiz bustitzearekin nahikoa daukat baina nire beharrak aldakorrak dira. Baten batek esango du: Ez al du begiratu Interneten bere moduko pertsona gehiago ote dauden? ba noski babo kirten hori! begiratu dut begiak kiskaldu arte baina topatu dudana oso jendilaje desberdina da, eta ez dut asmatzen nire moduko kasuak frikien tropeletik bereizteko modua. Bestalde, hizkuntza ere oztopo bat da; agian Japoneko herri bakoitzean nire egoeran dagoen Japoniar bat dago ur gazia sake balitz edaten, baina hori ezin dut jakin, eta Google-en itzultzailea ere ez da oso fina hizkuntz asiarrekin.

— 2032/9/20 — Telebista ikusten dut nire azkenengo bainua hartu eta gero. Gaur ez naiz luze egon, ura arraroa zegoen. Ez dakit oso ondo nola deskribatu, baina ez zen betiko ura. Ahoan zapore arrotzak dastatu ditut, itsasoko hondoa irabiatu eta jalkinak uretan igeri baleude bezala. Ozpindutako ardo baten zaporea zeukan, eta gainera azalean azkura ematen zidan. Edan dudan urak, bihotzerrea eta buruko mina eman dizkit. Ohean etzan eta, entretenitzeko, El semanal en nire gai gustokoenari buruz irakurtzen dut. Oraingoan zientzialari errusiar batzuen aurkikuntzei buruz da artikulua. Ruski demonio hauek!. Badirudi iragarpenak egia bihurtzen ari direla. Poloetako ur hotzak, Golkoko eta Juro Shiroko, itsas korronteekin nahasten dihardu. Korronte hauek hazi egin dira, eta bere artean bultzatu eta aldaketak eragiten dituzte. Ruskiek diotenez, aldaketa hauek gure planeta betirako aldatuko dute. Asian efektuak nabarmenak omen dira jada, eta etorkizunean itsasoaren maila zazpi metro inguru igoko dela iragartzen dute. Tsunami eta lurrikarak ere espero dira aktibitate


66

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Itsasaldia —

sismikoa daukaten itsasoko zoruetan. Interes handiko informazioa da nire lanerako, baina batez ere nire egoera berezirako. Buruko minarekin irakurtzea zail egiten zait, eta telebistara pasatzen naiz. Ez al dago beste gairik gaur? berriz ere aldaketa klimatikoari buruzko programa bat zientzialariz eta teoriaz josita. Nire usteak zuekin elkarbanatuko ditut: hoberena itxoitea da. Orain beranduegi da arduratzen hasteko, alea jacta est, naturak dauka azken hitza orain. Bestalde, niretzat, ur gehiago berri onak dira, eta ez dut medioak saltzen ari diren ikuspegi katastrofistiko honetan sinisten, izua zabaltzea eta alarma sortzea beraien lehentasunak izaten dira eta. Egia borobila dena zera da, hainbeste datu nire buruko mina areagotu egin dutela. Zorabioak eta bertigoak etzatera behartu naute. Oin bat lurrean utzi dut, mozkorrek egiten duten moduan, lurrera lotuta jarraitzeko. Nire oreka galduta dabil eta hotz eta bero, eta batez ere jitoan nago. Zerbait dator, eta zerbait horrek errusiar mendi super altu batera gerriko barik igotzen ari naizenaren sentsazioa hedatzen du nire nerbio sisteman. Izutua eta bizirik sentitzen naiz, eta burura etortzen zait nire familiarengandik banatzen nauen distantzia eta nire bakardadea. Nire barrura begira bizi naizela konturatu naiz sekretu eta aldaketa guzti hauek gordetzen saiatuz, beldurragatik agian. Baina zeri? ez dakit. Gau hau pasatzea lortzen badut, nire berezitasunak nire bizitzaren ardatza izateari utziko diotela eta beste gizasemeekin kontaktua izango dela nire lehentasun osoa zin dagit.

— 2032/10/8 — Oraindik ilun dago apartamentuaren dardar batek nire amets gaizto horietako batetik esnatzen nauenean. Betikoa, itsasoko ura gozoa bihurtu da, edota autobusa hartu nahi dut hondartzara eta ez daukat dirurik edo arroparik, edo motel motel nijoa egarriak jota eta ezin dut azkarrago mugitu, etab. Horietako amets txatxu eta itogarri bat. Agondu egiten naiz eta horrek soilik burmuinetik odola kentzen dit eta itsu geratzen naiz momentu batez. Zorabioa indar betean, ohera heltzen naiz eskuak mina eman arte, baina ez da nahikoa, oso txarto sentitzen naiz. Negargura ematen dit eta medikologoari deitu nahiko nioke urrutiko tratamendua egiteko. Larrialdietara deituko nuke baina nire komuneko baldosa batek, paretan zeukan lekutik, salto egiten du beste lurrikara baten ondorioz, eta larrialdiak kolapsatuak egongo dira jada. 45 minutu amaiezinez han geratzen naiz, nire oheari helduta, hankak lurrean jartzeko adorerik gabe. Burua biraoka dabilkit, tekila botila osoa limoi eta gatz barik nik bakarrik edan banu bezala. Bi bider egin dut botaka alfonbraren gainean eta angelu arraro batean dago dardarak pixkanaka tokiz aldatu dutelako. Gelako usaina higuingarria da eta baldosen eztandak kontatzen eman dut denbora, hamar izan dira oraingoz. Telefonoa ere nire eskuetatik urrun dago, eta nire larritasuna negar malkoez busti dut. Poliki, oso poliki, gaua aurrera dijoa, eta nire gorputzaren jabetasuna berreskuratzen dut pixkanaka. Badijoa

Oraindik ilun dago apartamentuaren dardar batek nire amets gaizto horietako batetik esnatzen nauenean. Betikoa, itsasoko ura gozoa bihurtu da, edota autobusa hartu nahi dut hondartzara eta ez daukat dirurik edo arroparik, edo motel motel nijoa egarriak jota eta ezin dut azkarrago mugitu, etab. Horietako amets txatxu eta itogarri bat.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

67

— Judith Ruíz de Munain —

zorabioa pausu motelekin. Burua arina daukadan arren ohetik jestera ausartzen naiz. Zer ikusiko ote dut leihotik begiratzerakoan? Ez dakit baina klaustrofobiak jota nago eta mugitzeko premia handia da. Katuka mugitzen naiz gelatik, paisaiari begirada bat emateko irrikitan. Leihotik burua ateratzen dut eta Atlantikoko haizeak aurpegia laztandu bezain laster behar dudana dakit. Nire bizitza osoan baino seguruago sentiarazten nauten milaka ur litroen presioa behar dut nire azalean. Ez dakit momentu honetan oso burutazio ona den, baina nire buru gaineko sabaiak ez dauka itxura hoberik, eta ez al dute esaten arrisku egoeratan senari jarraitu behar zaiola? ba nireak argi eta garbi hitzegin dit: Itsasora jo!. Beheko pisuan bizi naiz, hondartzatik gertu, baina gaur ez daukat pausu bat gehiago emateko beharrik. Portaletik ateratzerako ura txorkatiletaraino heltzen zait. Oinak ur azpian egotearekin soilik nire elementuan nago. Ur hau, nire nerbio asaldatuentzat botika da, eta estutasuna desagertarazten du, magikoa da. Urak kale osoa estaltzen du, itsasaldeko pasealekutik herriko farmazia dagoen tokiraino dagoen aldapa guztia ur azpian dago. Neurri gabeko itsasgora batek urez hartu du herria gaueko orduetan zehar. Egunsentia eta itsasgoraren gaina, nik nire oheburuari helduta nengoenean gertatu dela uste dut. Zur eta lur begiratzen diot urari eta ur azpian geratu diren gauzei. Atzamarra miazkatzen dut eta itsaso zabaleko ura dastatzen dut. Ur guzti honek itsaso urrunetatik etorria da, oso urrunetik. Zapore basati eta gazi—gazia dauka. Maite dut! Askorentzat inoiz gertatu den zorigaitz handiena da hau, baina lotsa lotsa eginda aitortu beharra daukat, unkituta nagoela, eta masailetatik erortzen diren negar malkoak nire irribarre zoroa bustitzen dute.

— 2033/2/4 — Itsasgora erraldoiak, itsasbehera arrunta izan zuen. Zientzialari errusiarrak, zuzen zeuden beraien iragarpenetan, baino guztiz oker timing—ean. Beraiek iragarri baino hogeita hamar urte lehenago gertatu delako, mundu mailan, mega—marea bezala ezagutzen den fenomenoa. Niri dagokidanez, galerarik handiena, hondartzak izan dira. Urpean daude. Gizateria hondartza artifizialak sortzeari ekin dio jada, baina ordezko deskafeinatu bat besterik ez dira. Ni hondartza galduetara igeri joaten naiz nire itsas-txango luzeetan. Itsasaldiaren okerrenean egindako botoa betetzen ari

naiz. Nire indarrak, bizitza sozial bat eraikitzera eta nire modukoak bilatzera bideratu ditut. Harrigarriena da topatu ditudala. Jende bereziak ezkutatzeari utzi dio. Nik neuk, penintsulara bueltatu eta medikologoari aholkua eskatzera joan nintzen. Bere irribarreen artean bizitzaren denborak ez diola inori itxaroten eta, pelikuletan asko esaten dutena egiteko esan zidan «ni neu izateko» momentu oro. Oso askatzailea izan da nirea lagun eta gurasoei esatea, baina pixkat anti-klimatikoa ere. Beraien erantzuna piercing bat jarri izan banu modukoa izan da: harridura aurpegia bi segundoz eta aspertu aurpegiak rollo guztia kontatzen nien bitartean. Egokitzapenak ez dira amaitu oraindik. Gaur goizean, zakatz bat topatu dut nire besapean. Ez nau gehiegi harritu, badirudi harridura sentitzeko gaitasuna falta zaidala azkenaldian. Zakatza eta guzti zoriontsu sentitzen naiz, eta nire irribarrea medikopatarenaren antza hartzen ari denaren susmoa daukat. Eta orain zer? bizimodu berri bat? pentsamolde berriak? Aldatu al naiz benetan? Gehienek ezetz uste dute, oraindik injenerutzan lanean merkatu energetikoan boom bat izan den enpresan, oraindik ere orrazkera berdinarekin.. ba oker daude. Nire burmuinak, lauki eta ordenatua, berriz pegatu diren, mila zatitan eztanda egin zuen. Bizitza orain ez da ikusten dudana soilik, edozer gerta daiteke. Mundua gaur nolakoa den dakigu, momentu honetan, instante honetan. Naturak, ura bailitzan, oztopoak saihestu eta bere bideak aurkitzen ditu. Egin dezagun berdina, be water my friend.

— 2033/3/20 — Bihar, Marruekos-era eramango nauen hegazkina hartuko dut. Afrikako iparraldeko kostara nijoa, Essauirara, Aquiles ezagutzera. Aquiles etorkin greziarren seme alemana da. Eraldaketa Marruekosen harrapatu zuen eta bertan bizi da orain. Ikusiko ditudan gauzei buruz hitzegin dit gure txat sesio luzeetan, eta bidali didan argazkiak arrain hegalariak sentiarazten dizkit tripetan. Lanean astebeteko baimena eman didate, baina ez dakit oraindik itzuliko naizen. Itsasoa eta ura ulertzen duen norbaitekin bizitzeko aukera bakarra izan daiteke honako hau, eta bizitza berriz ere aldatuko zaidala sentitzen dut. Irrikitan nago itsasaldi bakoitzaz gozatzeko, olatu bat, eta beste bat, eta hurrengoa.


URAK ZEKARRENA Nagore Uribe


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

69

Finalista Euskera URAK ZEKARRENA Nagore Uribe

Oroitzen naiz txikia nintzenean udarako beroaren konpainian parkean orduak eta orduak igarotzen nituenean, ur pistolekin jolasean eta urez beteriko puxikaz eginiko gerra amaigabe haietaz, sorpresaz ere etxerako bidean baten bat oraindik iristen zitzaidanean eta blai eginda etxeko sarreran arropak kentzen nituenean. Bertan elkartzen ginen auzoko haur guztiak, dibertsioa zen gure helburu bakarra, iturriko ura ez amaitzea eta sortzen genuen ilara luzean txanda tokatzea desio bakarra. Orduan ere, jolas artean bake gutxi izaten zen, haserreak eta borroka txikiak egunekotasuna bilakatzen ziren, negar artean barkamena eskatzen amaitzen genuen arren. Garai hartan, negarti hutsak baikinen, edozein ezusteko, desadostasun edo iseka txiki nahikoa

ziren begietatik malko faltsuak, edo ez hain faltsuak, botatzeko, espertoak ginen. Hala ere, negar horien arrazoia benetako mina bazen kontua konplikatu egiten zen eta ama gerturatzen zen larrialdietarako kitarekin zauri txiki hura sendatzeko erremediorik onenarekin; ur pixka bat, marrazkidun tirita eta oihartzun handiko musu potolo bat. Honela, heroia bezala berriz irri artean eta lagunen besarkadez lagunduta jolasa nagusitzen zen, negarraren arrastoak begietatik ezabatuz. Ene, etxe guztietako argazki albumean ezin falta honelako argazkia bat, ahaztezina eta historiara pasatzen den horietako baita. Anaia eta biok etxeko baineran biluzik, kapazitate guztia jostailuz beteta eta plisti-plasta noizbehinka ur hotza beroaz aldatuz gar-


70

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Urak Zekarrena —

Beti izan naiz berozalea, udaberri eta udararen maitale amorratua. Edonola ere, maite ditut neguko egun ilun eta tristeak, zirimiri amaigabeko egunak, aterki azpiko euri zaparradak, putzutik putzura saltoka egiteko bideak, kazkabarraren soinu beldurgarriak eta esnatzean teilatuetan elurra ikusten den ametsetako une hori bizitzea.

biketa jolas bilakatzen zenekoa. Garai politak ziren haiek, presak eta pazientziak garrantzirik ez zuenekoa, eta metro karratu batean elkarrekin itsas azpiko mundua deskubritzen genuen. Oraindik gordeta ditut plastikozko ahatetxo horiak, dozena bat izan nituen, baina jada galduta dut bainatu ziren uren kontua. Egun, ibaiaren ertzetik noanean haietaz gogoratzen naiz ahateren bat ikustean eta ogi puska bat botatzen diet familian nigana hurbiltzeko, hain maitagarriak iruditzen zaizkit nik ere haien parte izan nahiko nukeela ahatetxo itsusiaren antzera. Gerora, behin oinak lurrean edukita iritsi ziren igerilekuko saio amaigabeak; mangitoak, txanoa, flotagailua, uretako betaurrekoak, saltoak, largoak, tranpolina‌ munduaren amaiera zirudien ur ertzera gerturatzen nintzen bakoitzean. Ur litro dezente edaten nituen

ikastaroko saio bakoitzean baina inolaz ez zen igerilekua hustutzen, nire bizitza ordea behin baino gehiagotan arriskuan jarri nuen eztul eta eztul artean ito beharrean hasten nintzanean. Estualdi asko bizi izan nituen garai horretan uraren ondorioz, gorrotoa ere ez zebilen urruti, azkenean igeriketa klubean sartu nintzen eta hainbat domina irabazi nituen urari esker. Errebeldia garaia ere iritsi zen nigana, lasaia izan zen arren gertakizun gehienak ikastolan eman ziren, lagunen konpainian gaiztakeri txikiena handi izaten baita. Komunean hiruzpalau gelakide elkartzen ginen, konketako zuloan papera jarri eta ur txorrota irekitzen genuen uholdea hasi arte, gero desagertu egiten ginen eta iskanbila artean abentura hasten zenean sorpresa aurpegia jartzen nuen kontua nirekin ez zetorrela bat erakutsiz. Soinketako saioetan ere gaiztakeriaren bat eginikoa banaiz, du-


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

71

— Nagore Uribe —

txatzeko garaia iristen zenean bat—batean ur berorik ez zegoenean edo dutxatik ura cola—cao moduan irteten zeneko konplizeetako bat izaten bainintzen, sekulako prestaketak egiten genituen inork ez zezan gu izan ginela susmatu. Koadrilan harrotasunez oroitzen ditugun anekdota ospetsuenak izaten dira bi hauek, eta ezin dudarik egin, oraindik ere barreen artean malko gehiago jausiko zaizkigula hauei esker. Azkenean, parrandan ateratzeko adina iritsi zitzaidan, baina igandeetan konplitzea tokatzen zen beti. Beraz, igandetako amonaren etxeko bazkari familiarretan ezin falta ura mahai gainean, lehengusu gehienak aurreko gauean ikusi genuen ur bakarra esku artean edukitako tragoen izotzekoak izan baitziren, eta orduan ez genuen hainbeste desio iturritik dohainik tabernan eskura genezakeen ur tragoa, ze txarrak izaten diren aje egunak… Eskerrak gorputza hotz-bero edo egoera arraroan aurkitzen den egun horietan, amonak urrea bezala gordeta daukan eta bere semeak txikiak zirenean ere erabiltzen zuen urezko poltsa beroa eskaintzen dizun salbazio moduan. Ez dago munduan bera bezalakorik, burua mila gauzetan edukitzeko trebezia baitu eta ezin ahaztu egunero loreak ureztatzeko errituala, oporretara joaten denean horretarako bakarrik deitzen baitigu, etxekoak baino gehiago maite dituen susmoa daukat, baina ez naiz jeloskor jarriko ura besterik eskatzen duten lore polit batzuengatik. Gerora, umekeriak utzirik ikasketa saio gogorrak hasi ziren etxetik kanpo, ikasle pisu batean bizitzean ikasten baita benetako errealitatea zein den eta etxeko lanak unibertsitatekoak baino gogorragoak direla konturatzen zara. Guztia ohitzea izan zen arren, makarroien dietan oinarritu nintzen gehienbat eta kalkula ezina da zenbat ur irakin nuen lau urteetan, amaren tupperrak segituan amaitzen baitziren eta soluziorik errazena bilatu nuen bizirauteko. Hala ere, dena ez zen txarra izan, kontrolik gabe bizitzeak bere onurak izan zituen, askatasun infinitua eduki nuen nahi nuena egiteko eta klaseko ordu batzuk sofan igaro nituen amets artean nire listuaren urez sortutako putzuetan esnatuz. Maitasun komeri txikiak ere garai haietan izan ziren gogorren, kariñoaren behar eta egarri nintzen, buruhauste handiak eman zizkidan eta horrekin etorri ziren desamodioaren malko ikaragarrienak. Mendian 40º-tan, eguzki izpi jasanezinen azpian, beroz kiskaltzen zoazenean eta bide erdia baino gehiago falta zaizunean, iturritxo bat aurkitzea bezain zaila da munduan zure laranja erdia aurkitzea. Hori negar-uholdeak sortzen nituen bihotza hausten zidaten bakoitzean, Iguazuko ur-jauzia ematen zuten nire begi berdeek.

Beti izan naiz berozalea, udaberri eta udararen maitale amorratua. Edonola ere, maite ditut neguko egun ilun eta tristeak, zirimiri amaigabeko egunak, aterki azpiko euri zaparradak, putzutik putzura saltoka egiteko bideak, kazkabarraren soinu beldurgarriak eta esnatzean teilatuetan elurra ikusten den ametsetako une hori bizitzea. Urez betetako jostailu bola mugitzean elurra mara-mara hasten denean sortzen den magia bezalako da neguan etxeko goxotasunean leihotik begiratzean ur tantak kristalean egiten duten bidea ikustean sentitzen dudana. Magia hori ere udarako oporraldietan hondartzan sentitzen dudan lasaitasunarekin parekatu daiteke, urte guztia esperoan zauden astea iristen denean eta edozein kostaldera ihes egiten dudanean. Hondartzan, gora edo behera begira, etzanda tostada baten moduan orduak igarotzen ditut, olatuak haustean sortzen duten musika entzunez eta noizbehinka itsasoaren gazitasunean freskatzera ausartzen naiz, bizitzako plazer handieneko bat dela uste dut. Oporretan dena baita hobea eta leku ezezagun batean aurkitzen bazara are hobeagoa, turista izateak badu bere xarma, bereziki ur botila bat erostera joan eta irekitzean ura gasarekin dela ohartzen zarenean gelditzen zaizun aurpegiak ez duelako preziorik, hau amorrua, hiru euroko engainu konponezina. Zenbat bizipen, abentura, istorio, irakaspen… eman dizkidan urak urte guzti hauetan, hain preziatua den bizitzarako ezinbesteko elementua. Eta orain, zahartzaroan sarturik oroitzapenen artean, Ernioko tontorrean, zeru urdin-urdinaren estalpean, itsaso zabal-zabala ikusten dut, malkoa erortzen zait masailean behera, ur tanta tristeak kanporatzeko premia sentitzen dut paisai honetan aurkitzen naizen bakoitzean, Martin nire aita arrantzalea trumoizko egun ilun batean itsasoak eraman zuen egun beltz hura etortzen zait beti burura, ezin ahaztu eta ezin uka urak zekarrena urak daroala aita maitea.


72

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Rocío, la gota —

ROCÍO, LA GOTA Sara Castro López Ganador Gallego — Traducción Sara Castro López

Rocío es una pequeña y alegre gotita de agua que lleva katiuskas rosas. Es la más intrépida, lista y valiente de las gotas, y quizás por eso siempre anda metida en algún lío. Tiene un montón de amigos y a veces... ¡Oh!, perdonadme. ¡Pero qué poca delicadeza la mía! Antes de nada, ¿os gustaría conocerla? ¿Sí? Venid, pues. Acercaos un poquito más. Para descubrir este pequeño y húmedo mundo, hay que saber mirar muy pero que muy de cerca... Nuestra azul y diminuta protagonista vive en Dulcecillos, una pequeña comarca al nordeste del Parque. Exactamente en el trébol número 7 de la Avenida Chirimiri, y justo en el trébol de al lado está Bobo, su mejor y más fiel amigo, otra gota. En realidad se llama Antón Calabobos, pero todo el mundo empezó a llamarlo cariñosamente Bobo desde que solo era una nubecilla de vapor en el humedal. Ambas gotitas son como vaho y cristal, ¡inseparables! Son vecinos desde que tienen memoria y, no sé cómo, pero entre los dos siempre acaban embarcándose en las más increíbles aventuras, aunque a veces Bobo pase un poquitín de miedo... No es que sea un cagueta porque sí. No. Bobo tiene sus motivos para no amigarse con el peligro. Como bien dice él siempre: "¡Qui-qui-quiii... quien con ca... caaa... caaautela va, sin ries-ries-riesgo vuelvuel... vuelve!". Sí, habla raro. Es que a veces se le traba un poco la lengua, pero solo cuando se pone nervioso. Muy cerquita de los tréboles de las dos gotas, Margarita pasa el rato intentando decidir si es una flor blanca con un círculo amarillo, o amarilla con un círculo blanco. Es tan indecisa que siempre tiene que arrancarse todos los pétalos para tomar cualquier decisión. Pero es muy maja, ¿eh?, y no le gusta ni pizca la violencia. Pasa de todas esas cosas agresivas. Y un par de setos más allá, junto al riachuelo, vive Luz, una simpática luciérnaga. Está completamente chiflada. ¿Habéis visto alguna vez una luciérnaga trastornada? ¿No? Pues ya veréis. Luz es supersupersticiosa; le encanta hacer pócimas y rituales de todo tipo y, además, dice que puede ver el futuro en su culo luminoso. Sí.

Como una cabra. Pero lo cierto es que, sea como sea, siempre acierta. ¡Bah!, y también está Tito... ¡Ya veo que lo habéis sentido jorobar por las noches! Es un mosquito ruin y perverso, pero no quiero hablaros mucho de él. Jamás tuvo escrúpulo alguno, y siempre intenta beberse a Bobo y a Rocío construyendo un sinfín de malvadas trampas. En serio, si podéis evitarlo, mejor que mejor. En fin, todos en Dulcecillos viven de noche. Rocío se despierta cuando sale la Luna y se duerme al amanecer, con los primeros rayos de Sol. La verdad es que es muy feliz en su acogedor trébol de tres hojas a las afueras del pueblo. Aunque lo que Rocío no podía ni siquiera imaginar, era que aquella misma noche, sin pretenderlo siquiera, perdería su corazón... Cricrí, cricrí, cricrí... Los grillos sonaron por primera vez anunciando un nuevo anochecer, pero Rocío llevaba despierta ya un buen rato. —Venga, vamos. Levántate, Bobi. —Mmmmmm... Pero, ¿qué hora es? —preguntó Bobo mientras se desperezaba. —¡Casi media noche, dormilón! ¡Vamos! Hay que ponerse en marcha. Ayer dejamos un montón de cosas por hacer. No querrás que nadie resbale en el fango por nuestra culpa, ¿verdad? Bobo refunfuñó por lo bajo mientras buscaba sus gafas de pasta verde en la mesilla de noche. Se puso sus zapatillas rojas y dejó que Rocío tirase de él tallo abajo hasta salir a la calle. Una nueva noche en Dulcecillos aguardaba por ellas. Aunque no lo creáis, por la noche el barrio es un hervidero de actividad. Todos tienen su función. Están los grillos, los despertadores; con su "cricrí, cricrí, cricrí", todo el mundo sabe que ha llegado la hora de levantarse. Algunas luciérnagas trabajan en el aeropuerto dirigiendo el tráfico aéreo de insectos voladores nocturnos, mientras que otras alumbran los caminos y las plazas. Las hormigas construyen puentes, casas y carreteras. Las arañas escriben con sus ocho patas ocho artículos a la vez para el Nightly Planet, el periódico de Dulcecillos. Las abejas hacen dulce de miel y pasteles para todo el mundo y los saltamontes se encargan de mantener la seguridad en la zona. Las gotas de agua como Rocío y Bobo limpian y sacan brillo mientras que las flores hacen que todo huela


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

73

— Rocío, la gota —

siempre a fresco y perfumado. Los árboles son buenos psicólogos y consejeros, y el Búho del sauce es el sabio del pueblo, un filósofo. —¡Ácaros, Roci! Por allí viene Tito —le advirtió Bobo a su amiga, que miraba ensimismada el periódico de aquella noche—. Este gra-gra-granuja siempre aprovecha cual-cualquier ocasión para me-meeeterse con nosotros. —Lo que faltaba —rosmó Rocío levantando la vista de su Nightly Planet—. A ver qué chorros quiere esta vez ese canalla. El mosquito Tito se acercaba zumbando y dando aparatosos tumbos entre la hierba más alta. Zzzzshhhh zssshhh zzzzsssshhh... —¡Eh! ¡Miz queridaz y pequeñaz amigaz gotaz de agua! ¿Cómo ezzztáiz? —saludó Tito con su exasperante tonillo de voz, siempre burlón—. Hacía mucho tiempo que no ozzzz veía. —Pues sí —contestó Rocío—. Llevábamos una temporada muy tranquilos sin ti... to. —¿A qué has venido, Tito? —preguntó sin más rodeos Bobo—. ¿Acaso quieres intentar bebernos otra vez? Pues ho-hoy tengo gases, ya teee lo digo ahora. —¿Pero qué oz paza, gotillazzz? ¿No oz alegráiz de ver a loz viejoz amigozzzzz? —Pues no a aquellos que siempre quieren incluirnos en su menú, la verdad —le espetó Rocío, que siempre desconfiaba de las intenciones del malvado insecto. —¡Ay, Rociíto, pero cómo erez! —parloteó el insecto—. Zzzzziempre penzando mal de mí. —Ya, ya —contestó Rocío—. Por lo menos yo no voy por ahí chupando la sangre de los demás... —¿Pero qué dicezzzz, gota tonta? ¡Yo jamázzz bebo zangre! —¡Pues a nosotros bien que nos quieres beber siempre que tienes ocasión! —protestó Rocío. —¡Puez por ezo! —replicó Tito, mostrando sus amarillentos y afilados dientecillos de mosquito—. Tú erez una zimple gota de agua. Igual que tu amigo Carabobo: ¡eztáz completamente vacía! No tienez zangre. Zolo erez agua, nada máz. Una zimple y minúzcula gotita de agua... ¡Ni ziquiera tienez corazón! Rocío vaciló, y por un instante no supo qué decir. Las palabras de Tito resonaron en su cabeza como si fueran ardientes rayos de Sol. ¿Que no tenía corazón? ¡Jamás nadie le había dicho algo semejante!

Pero, ¿y si el insecto tenía razón? ¿Y si ella no era más que una simple y vacía gota de agua? ¿Nada más que agua? ¿Y si, en verdad, ella no tenía un corazón dentro? —¡No… no... no... no nos des la lata, Tito! ¡Márchate ya! —acertó a decir Bobo—. ¡No queremos visitas cooomo la tuya! Sonriendo con maldad, el mosquito se alejó. Tenía asuntos muy urgentes que atender. El perverso insecto estaba construyendo un potente láser congelador. Lo había diseñado cuidadosamente y llevaba noches enteras trabajando en él sin descanso, encerrado en su aberrante laboratorio. Consistía en una gran pistola que disparaba un rayo láser que enfriaba al instante todo lo que tocaba hasta congelarlo por completo. En cuanto estuviera listo, lo usaría para congelar a esas dos pequeñas y repelentes gotas que tanto deseaba atrapar. Pronto acabaría con ellas. Las convertiría en cubitos de hielo y después se las bebería poco a poco. ¡A sorbitos! Tal vez incluso hasta hiciese un sabroso y refrescante sorbete de gotas de agua con ellas... —Ezaz gotaz eztúpidaz no zaben bien lo que lez ezpera —farfulló en alto—. ¡Laz convertiré en cubitozzz de hielo y me laz beberé bien frezquitazzzz! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Por su parte, Rocío se había quedado completamente seca con lo que le acababa de decir Tito. En su cabeza no flotaba otra cosa que no fuese la idea de que ella era una simple gota. Una gotita de agua. Simplemente agua. Nada más. Nada. Tito tenía razón. Ella no tenía ni pulmones, ni riñones, ni sangre... Solo era agua. No era más que un poco de agua toda junta. ¡Ella no tenía corazón! ¿Cómo se podía vivir sin corazón? ¡El corazón es lo más importante! Ante tal desgarradora idea, Rocío no pudo más que romper a llorar. Lloraba desconsolada, la pobre. Lloraba tanto que empezó a encoger y a encoger, pues sus lágrimas también eran de agua. Agua que se escapaba de sus ojos y se desparramaba por el suelo. Agua que se perdía para siempre. —¡Oh, venga, no llores, Roci!... No te preocupes, encontraremos una solución, como siempre hacemos —Bobo trataba desesperadamente de consolarla. —No, Bobo —dijo Rocío entre sollozos—. Tito tiene razón esta vez. ¡Jamás tendré un corazón! Esto no tiene remedio —murmuró. La pequeña gota lloraba y lloraba sin parar. A sus


74

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Rocío, la gota —

pies, las lágrimas que caían comenzaban a formar un gran charco al tiempo que Rocío iba disminuyendo de tamaño. De pronto, sin previo aviso, Rocío empezó a flotar en el aire. Había perdido tanta agua, había perdido tanto de sí misma con sus lágrimas, que su peso ya no era suficiente para mantenerla pegada al suelo. Así que empezó a alejarse rápidamente por el aire, tan ligera que el viento se la llevaba presa. —¡Socorro! ¡Socorroooooo! —¡Roci! ¡Ro-Ro-Rocío! ¡Vu-vuelveeee! —gritó Bobo, aterrado. Pero enseguida la perdió de vista por completo. Y así, flotando sin control, Rocío voló sin rumbo hasta que fue a parar donde estaba su amiga Margarita. La flor canturreaba tan alegre y despistada como siempre, completamente ajena a todos los problemas de la pequeña agua y del resto del mundo. —¡Margaritaaaaa! ¡Margarita! —llamó Rocío. —¡Oh! ¡Hola! ¡Pacíficas noches, Rocío! Pero... Vaya, ¿qué te ha pasado? ¿Por qué lloras? —le preguntó Margarita. —No puedo dejar de llorar porque no tengo corazón. —¿Que no tienes qué? —Corazón. ¡No tengo corazón, Margarita! —Pero, ¿quién te ha dicho tal cosa? —Me lo ha dicho Tito, el mosquito —contestó Rocío entre sollozos. —¡Oh! Tranquiiiiiiiila. No le hagas caso a ese mosquitito fanfarrón —trató de consolarla Margarita. —¿De veras? —le preguntó Rocío—. Entonces tú qué crees, ¿que tengo corazón o que no lo tengo, Margarita? —¡¿Eh?!... ¡¿Qué?! —La flor abrió mucho los ojos y comenzó a revolverse inquieta—. Esto... Estoooo... Pues… ¡Uf! —resopló—. ¡Qué decisión tan difícil! A ver... a ver... Margarita agarró fuertemente uno de sus pétalos, el más grande que encontró; se lo arrancó de cuajo, sin miramientos, y empezó a contar: —Tienes corazón… —Se agarró el segundo pétalo—. No tienes corazón. —Arrancó otro pétalo—. Tienes corazón… —Zas, pétalo fuera—. No lo tienes... Margarita siguió arrancándose los pétalos uno a uno mientras trataba de decidir si su amiga, la pequeña gota de agua, tenía o no tenía corazón en su interior. Mientras, Rocío esperaba flotando a su lado, impaciente por el resultado.

—Tienes corazón... —continuó Margarita—; y... —La flor se arrancó su último pétalo—. ¡Vaya! ¡Cuánto lo siento, Rocío! No tienes corazón. La gotita sintió que algo se quebraba en su interior y rompió a llorar de nuevo con más fuerza que antes, lo que hizo que se volviera aún más pequeñita y saliera flotando aún más arriba. De ahí a un rato, cuando llegó a lo alto de los juncos, vio el fulgurante destello de Luz, su amiga la luciérnaga. —¡Luuuuuz! ¡Luciiiii! —gritó Rocío cuando estuvo lo bastante cerca. —¡Rocío! Querida y azulada gotilla saltarina... Pero, ¿qué tronchos haces flotando tú por aquí? ¿Te han salido superpoderes voladores, o qué? —preguntó Luz zarandeando los brazos de la gota en busca de algo distinto—. Y di, ¿por qué te crees que lloras? —No puedo parar de llorar porque no tengo corazón, Luz. —Pero, ¿cómo que no tienes corazón? ¿Quién te ha dicho semejante chortingada? —Pues Tito, el mosquito, y Margarita, la flor —contestó Rocío, muy triste. —A ver, acércate. Deja que te huela, anda... Luz agitó espasmódicamente unos hierbajos secos y una pata de pulga parda frente a Rocío, al tiempo que murmuraba uno de sus ininteligibles cánticos de hechicera acompasado con extraños movimientos convulsos. Cuando acabó de recitar, olfateó a Rocío arrugando la nariz dramáticamente, como si fuera la cosa más importante del mundo y, acto seguido, la apuntó con su luminoso trasero para alumbrar bien su interior y poder ver dónde estaba su corazón perdido. Pero la verdad es que no pudo ver... Nada. —¡Por todas las luces, Rocío! ¡Pues parece que no! —exclamó Luz, sorprendida al comprobar que dentro de la gota de agua no había nada de nada—. No hay nada ahí dentro tuya. ¡Tú no tienes corazón! Así que nuestra triste Rocío rompió a llorar de nuevo con mucha más fuerza que antes, lo que hizo que se volviera aún más pequeñita y saliera flotando aún más alto. Pronto llegó a la copa de los enormes y frondosos árboles, y allí encontró al sabio Búho, en su sauce. ¡Oh! Seguro que el sabio Búho, con sus poderosos ojos que todo lo pueden ver, sabrá decirme dónde está mi corazón, pensó Rocío. —¡Ehhhh! ¡Sabio Búho! —gritó Rocío con un hilillo de esperanza en la voz.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

75

— Rocío, la gota —

—Hola, pequeña y húmeda partícula —la saludó el sabio Búho—. ¿Qué haces tú flotando por aquí? ¿Y por qué es que estás llorando? —Verá, no puedo parar de llorar porque no tengo corazón —confesó Rocío, compungida. —¿Cómo que no tienes corazón? —El Búho abrió mucho sus inmensísimos ojos—. Eso es ridículo, todo el mundo tiene corazón, gota. ¿Quién te soltó tamaño disparate? —Pues Tito, el mosquito; Margarita, la flor; y Luz, la luciérnaga. —A ver, acércate para que te pueda ver con mis poderosos ojos que todo lo ven. Seguro —afirmó el Búho— que podré ver también tu corazón, por pequeño que este sea. La diminutiva gotilla se impulsó con sus brazos por el aire para acercarse un poco más al sabio. —Hummmm... ¡Vaya! —exclamó el Búho cuando la hubo visto bien—. Solo veo agua dentro de ti, pequeña gota. Nada más que agua. Efectivamente, tú no tienes corazón alguno. Rocío no se lo podía creer. Si el Búho no veía su corazón, nadie en el mundo podría verlo. Rompió a llorar de nuevo, con muchísima más fuerza que antes, y siguió flotando y subiendo por el cielo, pues cada vez se hacía más y más pequeña y pesaba menos. Hasta que, de tan pequeñita, llegó a las nubes. Allí encontró un montón de gotas de agua como ella que permanecían muy juntitas unas de otras, apiñadas como pequeños granos de azúcar sobre una esponjosa gominola. —¿Por qué lloras, gota desconocida? —le preguntaron al verla llegar. —Es que no tengo corazón —respondió Rocío, ya muy triste y sin ganas de hablar. —¿Y quién te lo ha dicho? —Pues Tito, el mosquito; Margarita, la flor; Luz, la luciérnaga; y el sabio Búho del sauce —respondió la pequeña y vacía gota. —Y... ¿Qué más te da? —dijeron todas aquellas gotas de agua al unísono—. Nosotras tampoco tenemos corazón. Somos gotas de agua. Solamente agua. Nada más que agua... Quédate aquí con nosotras, y verás que tener un corazón no es imprescindible para ser feliz. A la pequeña Rocío no la consoló ni un poco saber que todas aquellas gotas de agua tampoco tenían corazón. Es más, la puso más triste si cabe. ¿Acaso ninguna

gota había tenido jamás un corazón? Pues parecía que no. El agua solo era agua. Sin corazón. Ella había perdido ya toda esperanza de encontrar el suyo, y observaba apenada a todas aquellas gotas mientras el viento la llevaba alto, a la deriva, consumiendo en lágrimas la poca agua que le quedaba dentro. Y así, abatida, Rocío alcanzó la mismísima Luna. La inmensa y hermosa Luna... —Oh, minúscula gotita, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras tanto? —le preguntó la Luna, muy preocupada. —Verás, no puedo parar de llorar porque no tengo corazón, hermosa Luna —se explicó Rocío, casi sin voz. Ya no le quedaban fuerzas. —¿Que no tienes corazón? Pero, ¿quién te ha dicho eso? —Pues Tito, el mosquito; Margarita, la flor; Luz, la luciérnaga; el sabio Búho; y también las gotas de las nubes. Todos dicen que no tengo corazón. —¡Vaya! —exclamó la Luna—. Hummmm... Déjame ver. La Luna observó fijamente aquella diminuta gota de agua, que apenas ocupaba ya un ínfimo puntito sobre el horizonte. —¡Ajá! ¡Sí! Ya veo el problema... —¿Qué? No tengo corazón, ¿verdad? —preguntó Rocío, perdida la esperanza—. Es eso, ¿no? Soy solo una gota de agua. Solamente agua. Nada más que... Agua. —Pues sí, así es —le confirmó la Luna—. Eres una gota de agua. —¡Lo sabía! —exclamó la pequeña Rocío, al tiempo que volvía a estallar en lágrimas—. Todos tienen razón: jamás tendré pulmones, ni riñones, ni sangre... ¡Ni corazón! Soy solo... ¡Agua! —Pues sí —afirmó la Luna de nuevo—. Pero, ¿acaso sabes de qué están hechos los pulmones, los riñones y la sangre? Dime, ¿sabes de qué está hecho el corazón, pequeña gota? —preguntó. —Pues... pues... No. —Rocío era incapaz de contener su llanto. —Atiende bien, pequeña. Todas esas cosas están hechas de... ¡Agua! —dijo la Luna—. ¡De gotas de agua como tú! Rocío escuchaba pasmada las palabras de la Luna. —Todo lo que ves a tu alrededor —continuó el astro—, todo aquello que conoces, e incluso las cosas que no conoces todavía, son en su mayor parte agua, Rocío,


76

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Rocío, la gota —

¡incluso el corazón! Nada podría existir sin ti. ¡Nada en absoluto! Y… —la luna esbozó una dulce y tierna sonrisa—, ¿sabes qué quiere decir eso? —¿Qué? ¿Qué quiere decir eso, Luna? —preguntó Rocío, con los ojitos llorosos abiertos de par en par. —Que no es que tú no tengas corazón, gotita — murmuró la Luna—. Lo que pasa es que tú... ¡Eres toooooodo corazón! De inmediato, las lágrimas de Rocío dejaron de caer al tiempo que una amplia sonrisa comenzaba a dibujarse en su cara. —¿Todo corazón? —repitió—. ¿De verdad? —¡Todito! Desde la nariz hasta los dedos de los pies —le prometió la Luna. Los ojos de Rocío chispearon de alegría. No solo tenía ya un corazón, ¡sino que ella era todo corazón! ¡No cabía en sí de tan feliz que se sentía! ¿Había algo mejor que ser todo corazón? Estaba deseando regresar a casa y contárselo todo a Bobo... Seguro que él también es todo corazón, pensaba. Sin embargo, lo que la pequeña gota no podía imaginarse en aquel feliz momento era que el perverso y vil mosquito Tito había terminado de construir su terrorífico láser congelante. ¿Lo habíais olvidado? Pues no sabéis lo peor: ¡Tito había seguido a Rocío volando hasta allí arriba! —¡Ahora veráz lo que ez quedarce helada, gota eztúpida! El insecto, escondido dentro de una pequeña nube cercana, apuntaba con su peligrosa arma a la pobre Rocío sin que ella lo supiera, mientras esta cantaba y reía con la Luna tan contenta. —¡Te convertiré en un pequeño e inútil cubito de hielo! ¡Caeráz como una piedra y te haráz pedacitoz cuando te ezcacharrezzz contra el zuelo! Y cuando el despiadado insecto tuvo a tiro a la pobre gotita azul… ¡Disparó! ¡Phhhhiiiuuuuuuuuuuuunnnnsssskkkkkk! ¡Oh, no! ¡El rayo láser alcanzó de lleno a Rocío por la espalda! Pero... Esperad un momento... ¡Parece que la gota no se congeló! —¡Vaya! ¡Qué fresquito me acaba de entrar de repente, Luna! —dijo Rocío, sonriendo todavía y sin saber lo que acababa de pasar. Se encontraba muy bien, pero de

pronto su cuerpo parecía pesar más en el aire. El malo de Tito no entendía qué demonios había fallado en su plan. ¿Por qué la gota no se congelaba? Y entonces lo comprendió todo: ¡la potencia del láser estaba al mínimo! —¡¡Mecachizzz!! —exclamó, absolutamente furioso. Al instante, Rocío empezó a descender rápidamente. Resulta que las gotas de agua del cielo, cuando se enfrían un poquito, descienden de nuevo al suelo y, casualmente, el malintencionado disparo de Tito la había enfriado justo lo suficiente como para que la pequeña Rocío pudiese volver a casa, pero sin llegar a congelarse. ¡Qué suerte había tenido! ¿No? Así que la pequeña gota se apresuró a decir adiós con la mano a la Luna, le dio las gracias por descubrirle su hermoso corazón y comenzó a regresar por donde había llegado. Estaba feliz, y su sonrisa iluminaba completamente su pequeño y transparente rostro de gota. —¡Hasta luego, mi Luna! —¡Hasta luego, Corazón! Entretanto, el retorcido insecto había logrado poner la potencia de su pistola láser al máximo y se disponía a disparar otra vez contra Rocío. Pero antes de que pudiera lanzarle un nuevo y potentísimo rayo congelador a la radiante gotita, sin querer, su láser se le disparó encima de un pie. ¡Tito se congeló entero en el acto! Y así, paralizado y sin poder volar, el maltrecho mosquito empezó a caer como un carámbano amorfo. ¡Le estaba bien merecido! ¿No creéis? Por su parte, nuestra querida Rocío caía surcando el cielo como jamás había imaginado que haría, exactamente igual que esas hermosas gotas de lluvia que tanto admiraban ella y Bobo. Al cabo de un ratito, pudo ver de lejos a todas aquellas gotas de las nubes que, momentos antes, le habían asegurado que ninguna de ellas poseía un corazón. —¡Ehhhhh! ¡¡Eeeeeeeeoooooooo!! —les gritó Rocío, haciendo aspavientos con los brazos desde el aire y sin dejar de sonreír. —¡Mirad! ¡Es la pequeña gotita del suelo! —dijo una de las gotas de la nube aquella—. ¡Sabíamos que volverías tarde o temprano, amigota! ¿Ves cómo el corazón no lo es todo en la vida? —Pero... ¿por qué te ríes tanto ahora, gotita azul? —preguntó, sorprendida, otra de las gotas. —No puedo parar de reír porque ¡¡soy todo cora-


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

77

— Rocío, la gota —

zón!! —declaró Rocío alegremente al tiempo que abría mucho los brazos como para abarcar el cielo entero—. ¡Al fin lo encontré! Las demás aguas se callaron todas a la vez mientras miraban perplejas a aquella gota loca que creía que había encontrado su corazón por alguna parte. ¡Pobre!, pensaron, Le ha afectado la altura al cerebro. No sabe lo que dice. Pero Rocío estaba tan contenta que no podía parar de reír. ¡Lloraba de la risa! No le importaba en absoluto lo que pensaran aquellas gotas. De hecho, ellas también eran todo corazón... Aunque no lo supieran todavía. Así que, continuando su rápido descenso hacia el suelo, la feliz gota azul les lanzó un besito por el aire a todas las demás gotillas de las nubes y dijo entre risotadas: —¡Hasta luego, amigas mías! No os preocupéis, algún día descubriréis que, como yo, también vosotras sois todo corazón. —Y sin más, se alejó lloviendo. Las demás gotas se quedaron mirando cómo Rocío desaparecía, sin saber muy bien qué decir ni qué pensar. —¡Hasta luego, Corazón! —se aventuró a decir una de aquellas miles de gotas. Rocío estaba feliz. Surcaba el cielo y disfrutaba de las mejores vistas que jamás hubiera contemplado. ¡Pero qué belleza de mundo! ¡Qué inmenso y preciosísimo era todo! Desde lo alto, ahora que las lágrimas no distorsionaban su mirada, podía ver con claridad todo el Parque. Parecía no tener fin... ni comienzo. Al rato, se encontró de frente con el sabio Búho, que seguía posado apaciblemente sobre la rama de su sauce. —¡Ehhhhh! ¡Eeeeeeeeeoooooooo! —le gritó Rocío sin poder dejar de reír—. ¡Sabio! —Pequeña gota, ¿cómo estás? —le preguntó el Búho, abriendo solo el derecho de sus enormes ojos—. Vaya, ¿cómo es que te ríes tanto ahora? Sabía que el agua cambiaba de estado muy fácilmente, pero creo que esto es demasiado hasta para una gota como tú. —Verá, no puedo parar de reír porque... ¡¡Soy todo corazón!! —¡Oh! —exclamó el sabio—. Eso ya lo sé. —¿Ah, sí? —Rocío no se explicaba cómo el Búho podía saber que ella tenía ya un corazón. ¡Si lo acababa de descubrir!—. Y, ¿cómo lo sabe? —preguntó. —Pues porque te vi cantar con la Luna desde aquí... ¡Ay! Mi vieja y hermosa amiga Luna. También nosotros cantamos juntos muchas noches, ¿sabes? —confesó el Búho—. Sobre todo cuando está llena, porque...

Mientras el Búho hablaba, Rocío seguía descendiendo sin parar, así que se apresuró a decirle adiós al sabio antes de perderlo de vista. —Tengo que irme, señor Búho. ¡Nos vemos! —le gritó ya desde lejos. —Pues claro, linda gota. ¡Yo lo veo todo! —respondió el Búho—. ¡Hasta luego, Corazón! Riéndose, feliz, Rocío continuó bajando más y más. Pensaba en lo llena que se sentía. Llena de agua. Llena de vida. Llena de corazón... Y pronto regresaría a casa. De repente, un intenso resplandor en el horizonte la alejó de sus alegres pensamientos: el inmenso trasero de su amiga Luz alumbraba encendido toda la entrada de Dulcecillos. —¡Ehhhhh! ¡Eeeeeeeeeeoooooooooo! —saludó Rocío a la luciérnaga. —¡Eh, Rocío! ¡Qué passssa, tía! —contestó Luz—. ¡Tenía muchas ganas de verte! Me dejaste preocupada cuando te marchaste por ahí flotando tan pochoplofada. Pensé que quizá jamás volvería a alumbrarte. Pero... —Luz se percató de que su amiga gotita no podía dejar de reír y reír sin parar—, ¿por qué te rebozas ahora de risa? No hay quien te entienda, querida. ¡Creía que era yo la majareta! —¡Ay, Luci! ¡¡Es que no puedo parar de reírme porque soy todo corazón!! —respondió Rocío. —¿En serio? —La luciérnaga observaba curiosa a Rocío a través de sus gafas oscuras de montura encarnada. —¡Sí, Luci! —se apresuró a explicar la gota—. La hermosa Luna me lo ha contado todo. Me ha dicho que todo está hecho de gotas de agua como yo, incluso el corazón. Así que no es que yo no tenga mi propio corazón, lo que pasa es que ¡yo soy todo corazón! —dijo—. ¿Entiendes? —¡Caray! ¡Fantástico! —se alegró Luz—. Ya decía yo que eras demasiado alta. La gotita sonrió, dejando rápidamente atrás a su amiga luminosa. —¡Chao, Luci! —le gritó antes de perderla de vista. —¡Hasta el huevo, Corazón! Casi al momento, Rocío divisó un pequeño redondel de color amarillo chillón entre los matorrales más bajos, cerca ya del suelo. Era su amiga Margarita. —¡Ehhhhh! ¡Eeeeeeeeoooooooooo! —le gritó a la deshojada flor mientras se acercaba. —¡Rocío! ¡Qué alegría! ¡Qué alegría! —A Margarita,


78

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Rocío, la gota —

que se había quedado sin ningún pétalo tras su último encuentro con la gota de agua, le estaba naciendo ya uno bien blanco y bonito cerca de la oreja derecha—. ¿Qué tal estás?... ¡Caramba, carambita! Pero, ¿por qué te ríes tanto ahora? ¡Pareces tan indecisa como yo! —¡Es que no puedo evitarlo! No puedo parar de reír porque ¡¡soy todo corazón, Margarita!! —¡Anda!, ¿no me digas? —se extrañó la flor—. ¿Estás... segura? —¡Pues claro! Me lo ha dicho la Luna, y bien sabes que ella nunca miente. —Ay, no sé, no sé... Déjame ver... —la indecisa flor agarró fuertemente su recién nacido pétalo y se lo arrancó de un tirón—. Hummmm... ¡Tienes corazón! —confirmó con una grandísima sonrisa al comprobar que no le quedaban más pétalos para arrancarse. Rocío, sin parar de reír, le chocó los cinco a Margarita al pasar a su lado. —¡Hasta lueguito, Corazón! —se despidió Margarita, observando cómo la feliz gotita se alejaba veloz y más resplandeciente que nunca. La emoción se apoderaba cada vez más de la pequeña gota de agua. Ya casi podía oler su lindo y verde trébol. Su hogar. Y allí estaba él… ¡Su mejor amigo! —¡Ehhhhh! ¡Eeeeeeeoooooooooo! —voceó Rocío con la más inmensa de las sonrisas. Bobo estaba sentado en la entrada del trébol de su amiga. Llevaba esperándola allí sin moverse desde que Rocío había salido flotando por el aire, y casi no se lo podía creer cuando la vio llegar a lo lejos, acercándose desde el cielo. ¡Estaba sana y salva! —¡Roci! ¡¡¡Rociiiiiiiii!!! —gritó poniéndose en pie de un brinco—. ¡Ay, Roci! ¡Pe-pensé que no te vo-vo-vovooolvería a ver! El mejor amigo de Rocío estaba tan emocionado por el regreso de su querida vecina, que de inmediato estalló en un mar de lágrimas. ¡Qué angustia más grande había pasado! Un millón de lágrimas de agua rodaron a borbotones por sus mejillas transparentes. Tantas y tantas lágrimas vertía el pobre, que Bobo empezó a encoger muy rápidamente, al igual que le había ocurrido antes a su amiga. Hasta que, de pronto, comenzó a elevarse en el aire él también... —Tranquiiilo, Bobi —lo calmó Rocío dulcemente—. En mi viaje por el cielo aprendí algo increíble —dijo—. Algo que hará que jamás vuelvas a tener ganas de llorar.

—¿El qué, Ro… cío? —sollozó Bobo. —Pues verás —comenzó a decir Rocío—. Tú y yo, cada uno de nosotros, toooodas las gotitas de agua... —Sí... —No somos solamente agua... —¿Ah, no? —Bobo... Tú y yo... ¡¡Somos el Corazón del mundo!! La alegre gota azul cogió de la mano a su mejor amigo y ambos comenzaron a bailar... Al son de su nuevo y gran Corazón. Y así fue como Rocío, una pequeña gotita de agua, comprendió que ella es todo Corazón, y que todo Corazón es todo Amor. EL AGUA ES EL AMOR DE LA TIERRA.

QUE NO LLUEVA NI A GUSTO DE TODOS Adolfo Caamaño Finalista Gallego — Traducción María Dolores Torres París

—1— Un año después del desastre, Paulino Enxoito, presidente y fundador de ARRIBAHOST (Asociación Rías Baixas de Hostelería, socarronamente conocida en la comarca como ARRIBAHOSTia porque todos la relacionan con las «movidas» del lenguaraz Enxoito), comparecía ante el juez. Bajo los flashes de la prensa (el suyo se había convertido en un caso muy mediático) no puede olvidar la intermitencia de las luces de aquella noche de septiembre, cuando fue detenido en la gigantesca finca con la que, comprando a los vecinos sus parcelas a precio de saldo, se había hecho en el monte Castrove. Aquello había sido a su regreso de Londres. En aquel entonces, además de hotelero quería ser terrateniente y presumir del eucaliptal más grande de la comarca. —¡Qué carajo! —grita con saña agropecuaria el conocido hotelero local—, ¿acaso los eucaliptos no eran míos? —Pasa revista a los asistentes, sobre todo a la nutrida presencia de socios de ARRIBAHOST(ia), buscando gestos de aprobación a sus palabras acerca de la omnipotencia que sobre lo suyo le confiere el sacrosanto


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

79

— Que no llueva ni a gusto de todos —

derecho a la propiedad, y, como no encuentra apoyos, exclama—: ¡Estamos apañados! ¡Cuánto cagado hay! ¡Os calláis, joder!, ¡pero pensar, vaya si pensáis como yo! Guiña un ojo a su mujer y a su hija, detrás de él, que Ie corresponden con una sonrisa amarga y con la cabeza baja. Al fondo, entre el gentío que ha venido a ver cómo lo juzgan, encuentra los ojos del hijo escrutándolo. Y advierte una mirada acusadora, como si lo culpase del juicio que el chaval también sufrió por hacer caso de un padre así. El delincuente que metió a su propio hijo en un lío como ese. ¿Debería considerar así los «trabajitos» nocturnos que le mandó hacer a Christian? Paulino también fue joven. Él también pasó por lo mismo. —2— ¿Le venía de familia? Se pregunta el Enxoito cuando entra el juez. No puede evitar recordar cuando de rapaz su padre lo llevaba por la noche al monte a cambiar los marcos de las minúsculas parcelas de su humilde familia para agrandarlas ladinamente, a costa de reducir las fincas limítrofes de los vecinos. Sí, también él, Liniño, había tenido líos por culpa de su padre. Y ahora le duele de nuevo la paliza que se llevó en el monte, y a plena luz del día, cuando el dueño de una finca colindante con la de su familia lo había pillado cambiando los mojones. —¡Pero cómo se te ocurre ir solo! ¡Y de día! —lo había increpado su padre cuando volvió a casa magullado por la paliza. ¿Lo había reprendido? Sí. Pero sólo por no ser suficientemente listo. Porque lo habían pillado. No por ser tramposo. Eso no era hacer daño: «Una trampita de nada siempre viene bien para ver si la gente espabila». —Sólo quería ayudar, padre, que viera que yo también puedo —se justificó Liniño, con la nariz hinchada y la sangre coagulada en los labios, el sentido de la trampa ya tatuado en el alma. —3— Sobre un montículo, la estación meteorológica se perfilaba en un cuadrado oscuro a la escasa luz de la luna. Allá, en la vacía oscuridad, la mancha silenciosa del campanario de la iglesia de Simes aparecía esculpida contra el cielo nocturno. Christian llegó en el viejo Patrol del padre y aparcó en el mismo sitio que en ocasiones anteriores, oculto en un antiguo camino carril abandonado

al avance de la maleza. A esas horas, había recorrido casi en solitario la distancia hasta el lugar, sin que lo vieran pasar en el 4x4. Sólo se cruzó con un Ibiza lleno de jóvenes que volvían de fiesta, borrachos, a juzgar por la música a toda pastilla y los bocinazos que pegaron al adelantarle a toda hostia. Conoce bien la tortuosa carretera entre muros, hórreos, casas, parras —de uvas la mayoría, pero también alguna de kiwis— y maizales, y diseminados aquí y allá pinares y eucaliptales de un falso verdor sombrío. Cuántas veces había tenido que repetir el mismo viaje nocturno ese verano. Desde la primera vez que lo obligó su padre a ir con él para hacer juntos lo que ahora debía realizar él solo: lo mismo que ya había hecho esa misma noche en las demás estaciones meteorológicas de la comarca de O Salnés. Y Christian juzgaba que su labor había estado a la altura de lo que su padre, más que pedir, le exigió. —Si has aprendido algo de ingeniería en tus fiestas por Vigo, adelante —lo había retado el padre con sarcasmo—, ¡ahora es el momento de demostrarlo, chaval! —4— Un chaval. Todavía. Sólo veinte años. Pese a que el viejo tango proclame que veinte años no es nada, al vividor de su hijo... «¡le cundieron para montárselo de cojones!» —se dice Paulino con sarcasmo—. Enfadado por el montón de suspensos que había cosechado en la Universidad, y visto que el dispendio en libros y en el céntrico pisito de estudiante cerca de la Gran Vía no era nada comparado con lo que se pulía paseando chicas en el deportivo que el padre —«¡un pardillo!»— cometió el error de comprarle —ilusionado porque el hijo hiciese carrera y se convirtiese en un hombre «de pro»—, y en andar con los amigotes de fiesta en fiesta —detalladas por el detective que contrató para pillarlo in fraganti—, dejó de pagarle los estudios y lo puso a trabajar en el Down Rías Hotel, el negocio familiar, el actual, que, para tener este, antes tuvo que meterse en otros. Y no tan saneados. Por no decir honrados. «Hubo que blanquear» —admite—. Pero después de pasar tantos esfuerzos —«¡Y peligros!»—, hoy sólo vivían del Down, el sueño de Paulino desde que regresó de Londres con un futuro ahorrado para invertir en su tierra, la «Costa del Sol» gallega, en cuyo cogollo, Sanxenxo, anhelaba construir su ambición de hotel.


80

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Que no llueva ni a gusto de todos —

Si en aquellos años —inicios de los 80— había un sitio del país donde hacer rendir el dinero, él creía que era ahí. Una ingente marea de turistas —la mayoría madrileños— iba transformando la comarca en una especie de Rivière. Pero atlántica, claro. Sin tanto sol ni tanto calor como la Côte d'Azur —adonde, buscando ideas, él había viajado tres veces desde Inglaterra durante las vacaciones—, pero mucho más barata su ribera gallega que la francesa. En especial en lo gastronómico. ¡Aquí se comía como Dios manda! Sin esas delicatessen galas, de acuerdo, pero buen producto. ¡Y a reventar! ¿Y el supuesto Saint-Tropez local —en competencia con Bayona, más al sur y por lo tanto más soleada, pero también más histórica y monumental, con el Parador Nacional del Castillo de Monterreal y con un puerto deportivo de campanillas que despertaban la envidia de Paulino— era el pueblo de Sanxenxo? Podía decirse que sí. A pesar de que muchos opinaban que era mejor el pueblo de al lado, Portonovo, que por entonces aún mantenía sabores y aromas marineros en torno a la bulliciosa actividad del muelle. Allí operaba una potente flota de bajura, pero con los años, por los caprichos de las políticas pesqueras y el atractivo de las actividades turísticas que fueron devorando los encantos del pueblo, la resistencia marinera sucumbió. Fue por entonces cuando, entre uno y otro pueblo, por fin, intentó construir el Down Rías. Con ambición. Tal vez demasiada. —¡Pero eso es mucho hotel de Dios, Liniño! —le dijo Raúl Paredes, un amigo constructor local al que consultó para el proyecto. —No quiero un hotelucho cualquiera: será un Gran Hotel o no será nada. —¡Pero tú que quieres, hombre de Dios! ¡El Gran Hotel de La Toja ya está hecho! —Si no es tan lujoso, por lo menos que sea tan grande y bonito como ese. —¡Pues ve preparando mucho dinero! Y muchísimo más que sus ahorros londinenses. Para satisfacer esa ambición de hotel sabía que debería tocar muchos palos —«Y no sólo de una única baraja»—, pero lidiaría con lo que fuese. Estaba dispuesto a todo. A pasarse incluso... «al otro lado», como hacían otros. Si era necesario, él también. No le amedrentaba que su multiplicador de riqueza viniese por mar. Y de USA. «O con pinta de venir de allí». De eso presumía la etiqueta made in USA del producto. ¡Pero vaya usted a saber de dónde venía!

—5— Sí sabía cómo llegaban los cargamentos: en lanchas planeadoras. Y en paquetes. Y que un buen paquete podía caerle por traficar con ellos, eso también lo sabía. Pero debía probar suerte. Meterse en lo del Winstonbatea fue fácil. Sólo tuvo que ver el privilegio que era eso para un antiguo compañero de escuela: El Xoubiña. Cuando acudió a él, el hombre-pez evolucionado a hombre-Winston al pasar de la pesca de la xouba y del jurel y meterse en la del tabaco americano —en esa época adaptación harto frecuente por allí— lo recibió en el despacho de su flamante nuevo pazo —en granito de Porriño y almenado de aspiraciones hidalgas, el neo—pazo de moda entre los nuevos ricos de la zona—, sentado en una silla giratoria para asombro de Paulino. El tipo lucía a la moda: Pesada cadena de oro y Cristo Dalí al cuello, traje «La arruga es bella» de lino en blanco roto, camiseta Amarras negra y náuticos blancos con cordón negro. Muy Miami Vice. Todo un Sonny Crockett, pero al revés: nada policíaco y sí muy de capo. Colombiano. No siciliano. —¡El chollo del humo, Liniño! —exclama Xoubiña, dirigiéndose a Paulino con el hipocorístico escolar—. Eso sí que me labró un futuro y no el pestazo del pescado —asegura el contrabandista. Así fue cómo empezó Paulino a aumentar su capital. Sólo había un problema: el tiempo. Más bien la lentitud. Pasaban los meses y a él el dinero no le entraba al mismo ritmo que a los demás. Con el sucederse de cargamentos, y casi sin problemas —«Aduanas y policía estaban aún en Babia. O a veces en el ajo»—, advirtiendo que no saca los beneficios que esperaba de su inversión, volvió junto al Xoubiña. —Nuestra «sociedad», Xouba, a mí no me rinde tanto como decías. —Para tu gran hotel, claro —dice comprensivo el contrabandista. Paulino asiente y Xoubiña lo calma—: Hombre, ¡tiempo al tiempo! Grano a grano se hace el granero. Y ya se sabe que un grano no hace granero pero ayuda al compañero. —Sí, pero parece que la ayuda te la llevas tú toda —objeta el aspirante a hotelero—. Y el granero que yo quiero hacer, como tú dices, es muy grande y... —... el puto hotel, sí —lo corta Xouba, harto del sueño de su amigo.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

81

— Que no llueva ni a gusto de todos —

—Va muy lento y yo tengo prisa. No quiero andar en esto mucho tiempo. —¡Eso tiene arreglo, Liniño! Invierte más por cargamento y verás cómo te cunde. Mira —dice con un tono consejero. A Paulino le suena de Hacienda, no de Turismo, el sector donde anhela triunfar—, no sólo se trata de tener más dinero. La cosa está en no tener que preocuparse nunca por él. ¡Y para eso hay que ganarlo a paladas, amigo mío! —A paladas, ¿eh? —subraya él. Xouba afirma con las palmas de las manos abiertas y le advierte: —¡Pero ojo! ¡Hay que tener lavadora! —Paulino asiente y el contrabandista deja una insinuación en el aire—: ¡Y tu idea de hacer un gran hotel..., pues interesa! —Una «gran» lavadora, ¡ya! Y mira tú por dónde, yo siempre quise pintarlo de blanco, Xouba, como el Gran Hotel de la Toja, ¡ja, ja! —bromea el futuro hotelero. —Pues hablando de blanco..., hay cosas mucho mejores que el tabaco, ¿OK? —OK —remeda con ironía Liniño el toque americano del Xouba—. Ya sé en lo que andáis ahora. Pero lo de la coca es muy peligroso y yo no veo que... —¡...Chiss! —lo interrumpe el amigo americanizado con el índice en los labios—. Las paredes oyen, ¿OK? —Y Liniño calla—. Tú tranquilo, en cuanto veas crecer el dinero pierdes el miedo, ¡ja, ja! —¿Y el chollo del humo entonces ya no da? —Como tú dices, da, pero no para tanto. Mucha competencia ya. Y para lo que tú quieres hacer, así tan grande, y blanco... con la perica se llena rápido el bolsillo. —¡Veremos, Xouba! —6— ¡Y vaya si vio! Pero no fue suficiente con eso. No como para materializar la visión de hotel que tenía. Le hizo falta algo más. Había que lavar, sí, pero también guardar la ropa. Si su dinero se había manchado, debía invertirlo en algo con pinta de limpio. Y apareció. Cristalinamente. Negociar recalificaciones de terrenos y, con una promotora, construir chalés a pie de playa, fue el nuevo acelerador de riqueza. Y nuevo porque antes de implicarse a fondo en la deriva narco del contrabando de tabaco —sólo metió dinero en tres descargas, pero muy productivas—, dejó los negocios con el Xoubiña.

—Materia peligrosa y malas compañías —aduce—. Dejo el chollo, Xouba, esos americanos son la hostia. —Pues sin América se jode el negocio. De dónde iba a venir el material, ¿de la Mongolia Exterior? —bromea el narco—. ¿El mejor «café»? ¡Colombiano, Liniño! ¡Está de moda! ¿No ves el anuncio de Juan Valdez?, ¡ja, ja! —Yo no digo esos, hablo de los otros americanos, los del norte. Cuando andan detrás de alguien puede darse por jodido, y yo no estoy por esas. —¡Otro más con esa vaina de los gringos! —Era la prueba que necesitaba Paulino de que estaba en peligro: ¡el Xoubiña diciendo gringos!—. ¡No serán para tanto! —No quiero que digan que tengo que ver con un cártel de esos. Ni que yo fuera el Pablo Escobar ese, sólo porque tú eres mi amigo escolar. —¡Eres todo un poeta, macho! —dice con sorna por el ripio que le sale a Liniño—. Pero tranquilo, nosotros no tenemos nada con ese. El único de aquí que tiene tratos con él es Pablito Bicocas. Quién le iba a decir a su padre que el apellido le caería tan bien al hijo, ¡ja, ja! —¡Déjate de bromas! Los gringos van a por esos tipos allá y presionan a la policía de aquí para que nos jodan a nosotros por andar con los colombianos. Y los yanquis no perdonan. Acabarán cogiéndolos. Y a nosotros aquí también. Estoy harto. Los vecinos ya nos tienen por tipos como esos, pero yo no soy así, Xouba. —¡Ah, ya! ¡Tú eres El Santo! Un Simón Templar. ¡Ta-ra-ra-Ta-ra-ra! ¡Tan-ta-rán-ta-rán! —bromea el narco, tarareando la melodía de la antigua serie televisiva. Años después, al ver en el periódico la foto del cadáver tiroteado de Escobar entre los policías, se reafirmó en su acierto al dejar los negocios con el Xoubiña. Y también porque este seguía en la cárcel desde lo de la Nécora. Nunca fue más oportuno Paulino que al alejarse de aquel lío. Ahí estuvo fino. Se salvó por los pelos. Sólo un par de años después de haberlo dejado, el Baltasar de aquella Cabalgata de Reyes al revés —que trajo la negra para «El chollo de la nariz y la vena»—, el juez Garzón con la Operación Nécora acabó con la regalía que llenaba el bolsillo de sus exsocios. Paulino se decidió a tiempo y se dedicó en exclusiva a cumplir su sueño de hotelero. Pero sin olvidar la rama política. «La sobornable». Contar con influencias es bueno. Sobre todo para construir en terreno ilegal. El resultado de tanto negociar —y logrando librarse de la cárcel— fue el Down Rías. Pero aun así no le resultó tan fácil. Hubo que untar. Y mucho.


82

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Que no llueva ni a gusto de todos —

—Ese técnico tuyo de urbanismo no sale barato, Cochón, todo hay que decirlo. —¡Pero sin decir nada, joder! —le advierte el alcalde. —Oye, que yo no hablo nunca, ni de más ni de menos —asegura Paulino enfadado. —¡Ya, hombre! Pero tú «arregla» con el técnico que del ayuntamiento y del pleno me encargo yo. Llevará su tiempo, pero puedes dar por recalificado tu solar de la playa. Te salió redondo, ¡eh!, como los dueños no podían construir ahí, te lo vendieron barato. —Tal como está cambiando el mundo, alcaldísimo —así le llama Paulino en confianza, con nostalgia de líder local del Movimiento del que salió Cochón—, pues que cambie mi playa, eso es una mierda de nada. —Sí, pero cambia gracias a la gente... de progreso, como yo —Como tú no hay. Rompieron el molde. Contigo da gusto tratar. A ti te resbala lo antiguo, ¿eh? —¡Soy de teflón, ja, ja! —Mira que eslogan cojonudo te salió para las elecciones: ¡Cochón, un alcalde de teflón! Y eso hace mucha falta aquí, alcaldes a los que no les resbale el progreso y sí las maneras que hay de progresar. —¡Eres la hostia, hotelero! —lo adula el alcaldísimo—. Vas a triunfar, ¡eso hasta un ciego lo ve! Pese a todo, incluido el lío político que montó la oposición, cuando vio el Down Rías Hotel por fin construido, ahí, a pie de playa, a Paulino le valió la pena la fortuna que gastó en él, y los espinosos, peligrosos, negocios en los que se metió para lograrlo. Estaba satisfecho. En aquel entonces sí. Todavía. — 7— Reclinado sobre la barandilla, mudo ahora mientras desde la terraza de la Suite Real del Down Rías ve las olas lamiendo la arena, siente la playa tan suya como para poder cambiarle el nombre... «¿Por Playa Enxoita?». No, sería un cachondeo ir a bañarse a la Playa Seca. Pero tal vez sí por un topónimo obvio: Playa Down. Porque es así. Tiene la playa ahí, debajo de él, de su poderío, tomada por el ejército de hamacas del Down como una conquista colonial que lo hace sentirse un Colón al revés, descubridor de esta ribera atlántica mientras mira cómo desde el Caribe acuden a rendirse las olas en ese arenal

a sus pies. Pero, pese al gozo que le produce esa imagen de posesión, ahora lo aflige que aquel sueño floreciente de antaño estuviera hoy marchitándose, como una flor sin el agua del dinero. —¡La jodida crisis, chaval! ¡Esto acaba con nosotros! —le dice el hotelero a su hijo. Sí, fue la visita impertinente de la crisis, pero en cierto modo esperada, lo que había ido convirtiendo su Edén hotelero en un simple desierto resistente. ¿Quién venía ahora a hospedarse en el Down? "¡Gamballada!". Sólo eso. Todo es regateo. Y a la baja. Precios afinados ante la creciente y feroz competencia. —Es la lluvia, papá —lo tranquiliza Christian—, cuando mejore el tiempo... —... ¡También! —admite Paulino y añade enfadado—: Pero aquí abajo, en el sur, no es para tanto. La culpa la tienen los de la televisión, siempre con el paraguas clavado encima del mapa de nuestro tiempo. Como si esto fuese Ferrol, ¡joder! Bien se ve la distancia entre esto y aquello. ¡AlIí sí que llueve, no aquí! —Qué quieres, ¿que no pongan paraguas aunque llueva? —¡Aquí llueve una mierda, chaval! ¡Y a ratos, coño! —grita furioso— ¡Pero si casi no es lluvia! —Extiende la mano por la ventana para que se la mojen las gotas—. Calabobos. ¡Nada! Pero como no dejan de poner los putos paraguas, a la mierda las reservas del hotel. ¡Me cago en la madre que parió a los hombres del tiempo! —Algo de razón tienes, papá, pero es lo que hay. —La tengo toda. No hay que dejar de llamar a los programas del tiempo para protestar: ¡que esto de aquí ni es llover ni maldita de Dios la cosa! Y dile a tu hermana que se ponga a darles la murga también por Internet. Los de la Asociación de Hoteleros ya están avisados de que no paren de presionar. Veremos quién gana. A ver si con tanto incordio se enteran de que nos están jodiendo el negocio. —No van a cambiar, ya lo verás —asegura el hijo con fastidio y llama a su hermana—: ¡Lucy! —De lejos se oye un «¿qué?» histérico, de la chica desgañitándose. Christian le ordena—: Ponte al ordenador, dijo papá. A Internet. Ya sabes a qué. —¡Otra vez! —exclama aburrida la joven, dieciséis años, pelirroja con mechas verdes, micro-piercing en la nariz. —¡Anda, que para lo que tienes que hacer! —le grita el padre cabreado.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

83

— Que no llueva ni a gusto de todos —

Hoy quienes gastan más son los que prefieren el sosiego y los parajes ancestrales del turismo rural, no el barullo de los pueblos llenos de tiendas de suvenires —¡Solo gaiteiradas y orujadas!—. Y también los que gustan de la gastronomía «de nivel», no sólo de lo típico: las tapas a porrillo por las que antes se pirraban los turistas. ¿Había contribuido él a hacer de Portonovo un lugar así, un pueblo pesquero sin casitas marineras ni barcas de pesca, sin lonja donde asistir a las animadas subastas de antaño y casi sin marineros porque se habían pasado al turismo? Mejor sería no responderse a esa ascua intestina. Hasta el turismo urbano —con la tranquilidad de las calles peatonalizadas— estaba volviéndose una dura competencia para lo que ofertaban Paulino y los de «su» Asociación. Por si no bastase ya con un competidor clásico como Santiago de Compostela, ahora también atraía muchos turistas Pontevedra, capital de las Rías Baixas, un destino que se había convertido en madre devoradora de sus hijas turísticas provinciales, de las que Sanxenxo era hija aventajada, y la predilecta para los pontevedreses. Menos mal que aun sigue ahí la fábrica que le hurtó las playas a la capital provincial —«¡Con ellas sería como Samil para Vigo!», considera firmemente el emprendedor Paulino, todo un visionario al revés— y que también le da ese mal olor a la ciudad, además de la factoría ser la gran compradora de las masas de eucaliptos que habían proliferado por toda Galicia desde que el Caudillo mandó instalar allí la fábrica. Por supuesto que Paulino apoyaba la continuidad de la celulosa en la ría pontevedresa. Así, la capital seguiría apestando y sin gozar de playas, y, en consecuencia, sería menos atractiva para el turismo. Pero es sobre todo con mal tiempo cuando Pontevedra compite más y mejor con lo que Paulino ofrece: sol y playa, su sueño benidormense cada vez más imposible, y no solo por toda esta competencia. La estacionalidad del turismo de aquí era un obstáculo de sobras conocido cuando decidió ser hotelero. Pero no creyó que sería para tanto. Fuera del ya reducido verano local, el Down resiste como puede con los viajes del IMSERSO en temporada baja. Viejos agarrados que no gastan un euro en el hotel, y sólo algo más en ir de tapas y albariños por las tabernas del pueblo. Pero en el Down únicamente lo que traen pagado: la pensión completa.

—8— Baja del Patrol con la mochila en la mano y vigila que no lo vean. Nadie. De todas formas, lo que va a hacer tampoco es para tanto. No iba a cometer ningún crimen horrible. Sólo una especie de broma. Mínima. Y esperaba que también imperceptible. O casi. A oscuras, se arrodilla frente al cuadro de instrumentos de medición. Antes de meterse la linterna en la boca para iluminarse, respira profundamente. El aire de la madrugada entra en sus pulmones. Ya refresca. Pero no viene limpio. La brisa del este sopla desde las cumbres del Castrove hacia el mar y llega cargada del olor ya típico del verano: humo de monte quemado. «Apesta a incendiario» —se dice con cierta tristeza que mancha la añoranza de un bosque limpio que sólo conocía por los cuentos de lobos de su abuelo—. Desde el montículo donde está, busca algo puro en el paraje a su alrededor, pero sólo halla la sombría y sinuosa movilidad del océano en lontananza. Contempla unos segundos las luces de los barcos que faenan en las oscuras aguas de la ría. En el centelleo de las naves lejanas recrea las sensaciones de pureza que le transmitían las ardoras del pescado. Son como caminos vivos pintados en el mar —recuerda ahora cómo el abuelo explicaba esa luz brillando en el vientre de sal. De niño, cuando lo llevaba con él en la gamela a pescar, su abuelo el Enxoito, el hijo de la Enxoita, le enseñaba a buscarlas—: Entre las venas albas de las olas, rapaz, ahí tienes que mirar —le decía el viejo marinero para que el niño encontrase la ardentía. Saca por fin de la mochila la gran jeringa de plástico, el destornillador y el mechero y se pone a ello con cuidado para que, al terminar, todo parezca intacto como antes de manipularlo. Primero, con la llama del encendedor lleva a incandescencia la aguja de la jeringa para poder agujerear el plástico del pluviómetro. Luego la clava en el mismo y va extrayendo una buena dosis de lluvia —casi con la precisión de un galeno del clima, así se siente, como si extrajese sangre de la vena de un paciente meteorológico— hasta hacer descender el líquido a niveles de estación seca. Después, con la llama del encendedor hace subir el termómetro hasta datos razonablemente cálidos. Por último, gira el tornillo del barómetro, alterándolo para aumentar la presión atmosférica hasta un valor anticiclónico. Pero, concentrado en la faena, no ve que alguien lo acecha en la oscuridad. De


84

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Que no llueva ni a gusto de todos —

pronto, detrás de él una potente luz lo sorprende al mismo tiempo que un grito marcial lo deja helado. —¡Guardia Civil! ¡Quieto! Al volverse, cegado por el foco de la linterna que le apunta, Christian se frota los ojos para comprobar que la poderosa voz no miente: «¡Los picoletos!». En los Iímites de la luz ve a otro tipo, una sombra puntiaguda no uniformada que ahora lo acusa—: ¡Eso es sabotaje, chaval! Se te va a caer el pelo. —A continuación se delata como técnico de los aparatos que Christian acaba de alterar—: Esos instrumentos son nuestros, de Meteo-Galicia, y valen mucho dinero. —Pero ¿cómo te dio por hacer eso? —lo interroga un guardia con galones. —(... ) Christian no dice nada, sólo amaga un gesto tonto a la luz de la linterna—: Sabemos quién eres, el hijo del Enxoito, el del Down Rías —le dice el de los galones: «¡El sargento!», se da cuenta Christian, y asiente amedrentado—. Llevamos varios días queriendo pescarte con las manos en la masa. ¿Qué pensabas? ¿Que no te íbamos a pillar? Lo que no me cabe en la cabeza es cómo te dedicas a hacer chorradas como esta. Pero pronto lo sabremos, ¿verdad? No creo que seas tan tonto como para... —Papá, que quiere cambiar el clima —lo interrumpe Christian en una reflexión irónica y a la vez confesional. —Eso no tiene ni pies ni cabeza —le dice el técnico meteorológico. —Pues quiere cambiarlo, ¡por huevos! —Sube al coche —le ordena el sargento—, ya hablaremos en el cuartel. —¿Y sabes qué? —interviene el hombre del tiempo—. Hace un rato también pescaron a tu padre «haciendo de las suyas». —¿Que lo pescaron? —se extraña el chaval—. ¿Dónde? ¿Y haciendo qué? —Mejor que te lo cuente él mismo en el cuartel —sentencia el sargento. —9— Ahora, Paulino Enxoito, ahí, ante el juez, hostigado por los ladinos recuerdos paternos, duda de lo que él había hecho con su hijo. Encomendarle los «trabajitos» de ese verano. Para Christian solo..., quizás fuese demasiado. Y la cagó. Pero por una buena causa, que conste: que cambiase de una jodida vez el clima local. Y si con sus

esfuerzos no pudo lograrlo de verdad, físicamente, por lo menos mientras no detectaron la trampa sí consiguió cambiar los datos climáticos para que los partes del tiempo favoreciesen el turismo local durante esos meses tramposos con informaciones equivocadas. —Torticeramente, es cierto, pero como todo lo demás que la prensa cuenta del país —cree Paulino, y así lo declaró en el anterior juicio, cuando Christian resultó condenado por sabotaje, y él, su propio padre, por instigarlo. Pero ¿por qué los partes meteorológicos no podían ser también así, una trola interesada? Por eso ese año, antes de Semana Santa, Paulino puso a la familia «A trabajar por el clima», por lo visto, o así se lo va explicando al fiscal y al juez. —Si todo tiene su lógica —afirma el acusado—, lo que yo hice también. —Sólo como... «experimento psicológico», ¿puede usted explicarla? —pregunta el fiscal con ironía—. ¿Quiere decir que confiesa que «esa lógica suya» es la causa que lo llevó a quemar su eucaliptal y provocar un devastador incendio? —¡Claro! ¡Total, van a empapelarme! Pero por lo menos quiero que se entiendan aquí mis razones. — Explíquelas y veremos —lo anima el fiscal. —Lo hice por el clima. Para mejorarlo —dice, y se escucha un retozo de risa en el público que el juez corta en seco—. Reíd, reíd, pero hablo muy en serio. Quería mejorar el clima, el nuestro, el de las Rías Baixas. ¡A ver si se creen que yo soy uno de esos agoreros que no paran de incordiar con lo del medio ambiente! —¡Ya! ¿Y por qué quería cambiarlo? —insiste el fiscal, irónico, buscando la complicidad del público. —Por lo contrario que los ecologistas esos. Tanto decir que si cambia el clima, va a ser un desastre... Pero, digo yo, ¡por qué no va a cambiar! Si es para mejorar, cuanto antes mejor. Para mí, sí. Si va a ser más caliente y aquí mejora el turismo, que es de lo que yo vivo, ¿por qué no voy a ayudar a que sea así? El verano anterior al que fue detenido, le había ido de perlas. No había llovido nada. O nada que no lloviese también en Mallorca o Canarias, que ni siquiera ahí están libres de un chaparrón veraniego, ¡eh! Pero en Galicia aquel verano había llovido poquísimo. Y sólo en el norte, como siempre, en A Coruña, Ferrol, y en la Mariña de Lugo. Últimamente atraían mucho turismo los arenales del Cantábrico —«¡Jodida


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

85

— Aguas libres —

playa de las Catedrales!»—, que iban convirtiéndose en competidoras de las Rías Baixas. —Unas gotas pueden caer en cualquier parte.Y no es malo del todo. Incluso al contrario: les da a los turistas la sensación de que están en Galicia. Y para ir a ver Santiago y la Catedral, un poco de orvallo es lo ideal —afirma él sin percatarse del tono publicitario—. Pero si tiene que llover, que llueva en el norte. No aquí, en el sur, digo yo, en las Rías Baixas. Pero si esto es «Galifornia», ¿no, señoría? —El juez casi lo admite con un gesto—. Y puestos a reconocerle algo bueno a la lluvia, que sea regar los campos, para que se alegren los labradores con sus regaduras de mierda. Pero que llueva sólo un poco, ¡eh! ¡No le deseo mal a nadie, pero para pena, la mía! —¡Nunca llueve a gusto de todos! —dice el fiscal, apelando al refranero. —¡Por mí que no llueva ni a gusto de todos! —Entonces el Enxoito saca un cartelito con un dibujo, se lo muestra a la sala «Mecánica del Afloramiento en las Rías Baixas», dice en letras mayúsculas) y lo explica—: Aquí en verano las aguas profundas del mar suben a la superficie y con lo frías que están no se evaporan, no hacen nubes y no llueve. Por lo visto, la temporada siguiente también había empezado bien, siguió explicándose, pero a finales de agosto la lluvia había venido a fastidiarlo todo. Hasta ese momento había tenido el hotel lleno. —Casi no hubo cancelaciones y pronto cubrimos las bajas. Esto es como en la guerra, señoría —El juez asiente con gesto de reprimir una sonrisa—. Pero empezó a llover por el norte y en el mapa de la tele venga a poner paraguas aquí encima. Yo no estaba dispuesto al desastre. Llamé a las televisiones para protestar porque en las Rías Baixas no llovía casi nada y ellos dale que te pego con los paraguas. Entonces actué. —Alteró los aparatos —sentencia el fiscal. —Si no quitaban los paraguas por las buenas, los quitarían por las malas.

mojado, pero había viento racheado. Cojonudo para propagar el fuego. No habría quien lo parase. Y si Christian trabajaba por un lado, él trabajaría por el otro. Cabreado por la mala marcha del Down con el mal tiempo, se fue en coche al enorme eucaliptal. A incendiarlo. ¡Con ardor! A ver si con las llamas venía la sequía de una puta vez. Había llevado un bidón de gasolina, la vertió en los matorrales y les pegó fuego. Le ardía la vista al ver arder lo suyo. ¿Sería pirómano? ¿Disfrutaba? Sí, pero debía huir enseguida. En la pista forestal las llamas cercaron el coche. Alguien, tal vez otro como él, también había prendido fuego en otras zonas del monte. —Señoría, si hemos hecho un país para quemar, ¿qué le vamos a hacer? El Infierno ante él. O él cercado por el Infierno. Estaba jodido. Tanto que, aun a riesgo de delatarse como incendiario —«¿o pirómano?»—, llama con el móvil a emergencias y se mete en el coche a resistir hasta que viniese ayuda. Y llegó. De pronto, con un potente trueno, el cielo le regaló un diluvio. Sale del vehículo para mojarse y, viendo disminuir el fuego, da gracias al cielo salvador. No a esa lluvia bíblica. Seguía mosqueado con ella. No fue la del agradecimiento la iluminación que prendió en su alma. Era otra luz. Avanzaba hacia él intermitentemente. —¿Qué luz? —interroga el juez, creyendo que el reo apelaba a lo sobrenatural.

— 10 —

Para contar el caso por el principio, debo hacer una revelación esencial, tan natural y cristalina como cualquier otra confidencia: antes, los filósofos franceses me erotizaban. Todos, sin excepción: Baudrillard y Guattari, Ricoeur, Sartre y Camus, Deleuze, Althusser, Derrida, el timorato de Descartes y hasta Étienne de la Boetie. Todos.

Se pasó. No porque asuma que incendiar el monte sea malo. Paulino sólo admite el fallo de no prever el peligro que corrió al hacerlo, un error que lo llevó a una situación tremendamente arriesgada. Esa tarde había llovido un poco. El monte estaría

—¡La del coche de bomberos!

AGUAS LIBRES Teresa Moure Ganador Portugués Traducción María Dolores Torres París y Teresa Moure

—1—


86

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Aguas libres —

No es que pretenda alardear de mis conocimientos de autores o escuelas; el catálogo es bastante amplio y quedan muchos nombres por citar. Los enumero sin rubor porque el asunto no tiene nada que ver con una manía erudita. Al contrario, debo confesar que simplemente por razones íntimas he dedicado demasiado tiempo a la filosofía francesa. Antes, cualquier ensayo redactado en francés sobre una materia abstrusa servía para excitarme. Cuando comento esto con alguien, la gente siempre se ríe a carcajada limpia. No le veo la gracia al asunto, francamente. Durante mucho tiempo pensé que todo el mundo experimentaba la misma reacción, que esa respuesta era universal en la especie humana. Consideraba comúnmente aceptado que la filosofía francesa de todos los tiempos componía un subgénero de la literatura erótica; que sus autores compartían alguna consigna que los obligaba a expresarse en clave. Parecía filosofía, pero era una provocación, como la lencería de los sex-shops, diseñada para alterar la química masculina, no tanto para cubrir el cuerpo a modo de ropa interior. Esa reiteración de términos tenebrosos inventados para deslumbrarnos, esos juegos de palabras tan propios del flirteo, esa oscuridad en los conceptos que invita a interpretarlos como eufemismos y, sobre todo, esa forma en que la lengua francesa obliga a colocar los labios, con sus ou y sus u, dejados por aquí y por allá, en una frecuencia tan alta... sólo podía deberse a una intención calculada.Y producía en mí la respuesta oportuna: volverme cascada que rompe en aguas libres. Imprevisibles. Veía en uno de esos brillantes textos un término tachado y, ante la duda de leerlo o no, notaba cómo iba sobrándome la blusa. La mera idea de cambiar en una palabra una de las vocales para crear un concepto nuevo actuaba sobre mí como un fetiche: invitándome a imaginar lo que podría ser, pero no es; he ahí —no conviene olvidarlo— la clave del deseo. Pronunciar deconstrucción aumentaba mi temperatura corporal; con la no unidad del uno hiperventilaba y cualquier postulado post-estructuralista tenía capacidad para alterar mi ritmo cardíaco. Sin embargo, no podía ser una rareza mía: francamente, no tengo constancia de la existencia de una sola persona que haya superado la tercera página de uno de esos tratados —a medida que se hacen más relativistas y confusos— concentrada del todo. Y cuando la mente empieza a divagar, lo lógico es que el cuerpo reclame protagonismo. Por lo tanto, la hipótesis de que abrir un

libro de un filósofo francés implica perderse en la voluptuosidad debería ser tomada en serio. Me atrevo incluso a asegurar que la predisposición para la humedad de la filosofía francesa debería constituirse en supuesto científico: muchos otros que se contemplan en los laboratorios son bastante más peregrinos. Tal vez yo esté poco informada y alguna prestigiosa universidad haya creado la cátedra correspondiente: "Altos estudios orgásmicos" o "Deseo y de-sexo", aunque este último suena demasiado obvio. No debe inferirse de ahí la idea de que no soy respetuosa con la filosofía, especialmente con la redactada en francés. Al contrario, mi caso debe interpretarse, más bien, como un homenaje. O como una pulsión con el saber totalmente fuera de las preferencias habituales en materia erótica, una parafilia. Tal vez eso explique mi inclinación hacia los grandes conversadores: sus conceptos duros también me erotizan. Sin que pueda ejercer ningún control. Eso me predisponía a encontrarme con él. En ese momento no sabía que así rompería mi relación con la filosofía francesa. —2— En la última media hora yo no había dicho ni una palabra. Sólo murmuraba esos sonidos típicos que emitimos con la voluntad anulada: aha, hmmm, bufff. Tenía el cuerpo estremecido desde la raíz del cabello a la punta del pie, las mejillas coloradas, la boca ligeramente entreabierta y la mirada desafiante. En fin, espero que la mirada fuera desafiante como la de las modelos; sería decepcionante estar allí con cara de mona absorta. Pero cualquiera sabe cómo estaría yo en realidad: es difícil en tales momentos salir del propio cuerpo para observarse y modelar cuidadosamente la apariencia. Sin embargo, él continuaba, con ese ritmo de marea, y yo lo bebía, ansiosa. Intensamente. Cada vez que sonreía, todo su rostro se iluminaba, desaparecía la arruga profunda de la frente, y su perfil, que me encantó desde el primer encuentro, perdía ese aire sombrío que adoptaba sumido en sus reflexiones. Su porte de animal salvaje estaba atravesándome mientras se esmeraba en buscar el ritmo idóneo para mí. Todo quedaba impregnado del fulgor de su mirada, de la belleza. Yo estaba allí, palpitante, recibiendo su embestida, tan bien percutida como toda la filosofía francesa e igualmente eficaz. Con la ventaja de que él no se perdía en palabras tachadas, ni en giros


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

87

— Aguas libres —

inesperados. Incapaz de hablar, me limitaba a susurrar gemidos por respuesta. Sin embargo, como todo el mundo sabe, las apariencias engañan. Porque no estábamos en la cama. Ni en la cama, ni en la playa, ni en el coche en medio de un descampado. No estábamos en ninguno de esos sitios donde habitualmente transcurre este tipo de escena que, a decir verdad, se desarrollaba sólo en mi cabeza. No. Estábamos en la terraza de un bar concurrido, a la vista de todo el mundo y frente a frente, separados por una mesa. Ni siquiera estábamos desnudos. Al contrario, estábamos cubiertos por varias capas de ropa, con los cuerpos, por lo tanto, condenados al mutismo e indescifrables. Es más: nunca nos habíamos tocado. No con las manos. Él me tocaba con la voz, esa parte del cuerpo que acaricia sin manos. Me tocaba también con la ternura tibia de quien se está revelando; con las manos no. Ajeno a mi análisis, seguía hablando, porque es un brillante conversador: está seguro de lo que dice y le gusta exponer sus reflexiones con parsimonia; no es como yo que, cuando intento sorprenderlo con un comentario inteligente, me aturullo. Podría deducirse del cuadro que acabo de pintar que yo ni siquiera atendía a lo que me decía. No es verdad. Si no estuviera absolutamente interesada en lo que contaba, no me vería tan penosamente entregada al deseo. La superficialidad me aburre. Sin embargo, en los momentos en los que la conversación fluye, con sus complejos meandros, con la dificultad de percibir lo que se está desvelando para mí, estoy tan receptiva, tan llena de energía, que me sobran neuronas para dedicarme a otros temas; exactamente lo que me sucedía cuando leía filosofía francesa. Podría seguir enganchada a esa conversación horas y horas, pero en lo más profundo de mí la ansiedad física luchaba con la atracción intelectual y mi cuerpo era sólo el campo de batalla que esas dos fuerzas ocupaban. Ansiaba esas manos que él movía, no mucho —los hombres nunca gesticulan demasiado; la virilidad se negocia en la contención—, pero sí lo suficiente como para que yo las imaginase recorriéndome, bajando por el escote y deteniéndose morosamente en esos recovecos sensitivos que basta rozar para despertar en mí la fiera. Mis susurros no eran quejas ni jadeos eróticos; no eran suspiros: sólo ese tipo de asentimientos que pretenden comunicar al interlocutor que atendemos a lo que está diciendo. «Sigue», así estaba insinuando yo, aunque

en lenguaje de primate. En los minutos siguientes me torturé con la idea de que estaba cocinándome a solas, a fuego vivo, pero sin ninguna correspondencia del otro lado. Si él tuviera algún interés, tomaría la iniciativa. El cuerpo nunca es mudo. Tenía que haberse dado cuenta ya de la cantidad de veces que me mojé los labios, en un gesto con certeza involuntario pero que delataría a un observador atento como él que estaba animándolo ante la inminente subida de la marea. Sin embargo, él permanecía entregado a la conversación. Desarrollaba sus argumentos con la misma seguridad con que, en mi imaginación, pondría en quitarme la ropa. Sólo podría responderle con elocuencia mediante el cuerpo; de mi cabeza habían desaparecido los conceptos densos que habitualmente uso en debates de este estilo. Sólo quedaba el deseo de diluirme. Nunca nos habíamos tocado, no con las manos. Eso es revelador. A veces, mientras hablábamos, él extendía la mano más de la cuenta y me rozaba el brazo. Rápidamente la retiraba, concentrándose de nuevo en sus argumentos y yo me quedaba unos segundos temiendo que pidiese perdón como se hace para excusar un choque involuntario. Menos mal que él era más natural que yo, con una mente menos distorsionada por la filosofía francesa, y en ningún momento lo hizo: no habría resistido que se disculpase por tocarme porque tenía sed de su piel y cuando me rozaba, así como por error, la evocación de todas las veces que me habían acariciado circulaba por mi mente en una película íntima y no apta para todos los públicos. Un instante después, él introducía un contraargumento posible para aquello que acababa de defender, y yo, la que tenía sed de él, cogía mi vaso. En las noches de verano, cuando llevamos encima poca ropa que consideramos demasiada, los seres humanos habitamos ferozmente la tristeza. Cualquier filósofo francés habría construido sobre esta sensación líquida una bonita teoría. En esos instantes me impregnaba de la melancolía de los fetos, que nadan durante semanas ingrávidos como astronautas. Dicen que beben el líquido amniótico, y la literatura médica, siempre tan limitada, insiste en que ese sorprendente comportamiento sirve al único fin biológico de aprovisionarlos de nutrientes. ¡Qué tontería! En realidad, los fetos, por la angustia de no ser tocados, se dan a la bebida y, no teniendo otro licor a mano, usan el líquido amniótico como absenta. No es muy higiénico que digamos —teniendo en cuenta que también hacen sus necesidades allí—,


88

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Aguas libres —

pero los fetos son demasiado jóvenes, demasiado ingenuos para saber cuidarse. Mientras él desarrollaba sus premisas, yo bebía a la salud de todos los fetos, que aguardan semanas en su burbuja antes de recorrer dolorosamente un estrecho canal para salir con hambre atrasada de contacto, momento en que lloran, no por el exceso de luz del mundo, sino por su angustia de mamíferos privados de la felicidad del tacto. Sólo cuando la madre los coloca al pecho, la piel hace por fin su trabajo. Reconforta. ¡También podría él reconfortarme un poco y dejarse de elaborar hipótesis! —3— Él hablaba sobre Tales de Mileto, el filósofo griego que afirmó «todo es agua», valorando que hubiese sido el primero en acogerse a la realidad física para explicar el comienzo de la vida, sin recurrir a divinidades o a magias. Había escuchado eso cientos de veces, pero nunca expresado así, con tanta pasión y, además, en una lengua extranjera. Acercarse a una lengua invita a dejarse sumergir en sensaciones nuevas. Las lenguas resumen quiénes somos de una manera trágica. Esencial. Hay lenguas ásperas, que incomodan desde el inicio de la exploración, y lenguas envolventes que avivan el ansia de conocer sus mecanismos, de exponerse a ellas por completo. Algunas se introducen en nosotros con una avidez violenta que nos intimida; otras, sin embargo, con excesivo recato, de modo que tardamos años en aprenderlas. Las lenguas son un mundo de sensaciones, el de la lingüística, ese saber que se llama ciencia a modo de eufemismo con el que ocultar que, cuando hablamos de lenguas, la humedad nos envuelve. La curiosidad por saber cómo se comportará su lengua es básica y explica, aunque él no lo sepa, lo bien que discurren nuestras conversaciones. Habla y sus palabras se evaporan como gotas de agua que, ignorando el camino más corto hacia el mar, hubiesen decidido empujarse unas a otras hasta hacerse nube. En la hipótesis de que de su lengua no se comportase de modo óptimo, hasta tendría ganas de enseñarle, lección a lección. Lentamente, para que cada tema quedase correctamente asimiladlo. El deseo produce en mí esas inquietudes pedagógicas. Me veo diciéndole: «Aunque el agua sea esencial para la vida, no acabo de entender cómo los demás elementos podrían nacer de ella», lo que es tanto como decir «no estoy de acuerdo, pero adoro

la humedad que se escapa de tu boca al hablar». Me río para mis adentros mientras él se concentra en la importancia del reciente descubrimiento de que el agua de los cometas no tenga la misma composición que se encuentra en nuestro planeta, de modo que el agua, tal y como la conocemos, mal puede venir de fuera. «Tuvo que originarse aquí», lo cual no me sorprende tanto como él imagina. ¿Cómo reaccionaría si yo me apartase el cabello a un lado y en un gesto de vamp le ofreciese el cuello? Desearía que me besase allí. Bastaría con eso para que yo también me hiciese carne de nube. Se recrea subrayando las contribuciones de la ingeniería: en su afán por vencer las crecidas del Nilo los egipcios habían desarrollado el cálculo, podría esperarse entonces que la construcción del canal de Dubái, destinado a convertir en jardines el desierto, produjese conocimientos insospechables. Incluso calificaría de profunda esta pequeña charla informal sobre el agua, donde participo sólo con mis exclamaciones, si él no hubiese recurrido al francés. Ahora ya no podré concentrarme de nuevo. Si vuelve a decir flou y colocar los labios en esa posición, me veré obligada a lanzarme por encima de la mesa y comerle directamente la boca. Sin contemplaciones. Sin medida. Pero soy una mujer dueña de mí misma. Tal vez él crea que no; parezco espontánea e incluso divertida porque hago muchos comentarios irónicos para aligerar tanta teoría que se desliza entre nosotros en estas citas informales donde un profesor francés abandona la escuela en que es especialista para convencer a una discípula de la trascendencia de los clásicos. No es que sea frívola; simplemente aprendí en sus clases a amenizar discursos prolijos con interrupciones extemporáneas. Como él adora los decálogos, me aplico mentalmente a desarrollar la técnica: Primer punto: no decir todo lo que pasa por mi cabeza. Segundo: preocuparme de introducir alguna pregunta para animarlo a continuar. Tercero: cambiar mis exclamaciones tontas por algo más consistente. Cuarto: vigilar que el escote no se abra más de la cuenta para que él no perciba que me sobra la ropa... y que estoy sin estar del todo. Quinto: dirigir la conversación hacia el tema de las lenguas, donde me muevo con mayor desenvoltura y puedo intervenir aun con este cerebro tan bañado en humedad.


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

89

— Aguas libres —

Sexto: no tocarme el pelo para no revelarle esa parte de mí en el cuello que espera, trémula, por sus labios suavemente apoyados. Séptimo: buscar entre tantas lecturas dispersas un tema que me permita aparentar ser alguien que tiene algo que colocar en la mesa y no simplemente un saco de sangre y vísceras recubierto sólo de una piel finísima que desea con ansiedad ser tocada. Octavo: dominar estas ganas de tirar la mesa que nos separa, hacer desaparecer el resto del público, tumbarlo en la hierba, y luchar con sus botones, su cinturón y sus pantalones. Noveno: susurrarme a mí misma que desgraciadamente no va a suceder eso, esta noche todavía no, y consolarme con la idea de que tal vez su lengua sea áspera, llena de preposiciones inesperadas y pronombres desconocidos, y de que nunca podrá estar a la altura de semejantes expectativas. Décimo punto: despedirme recatada, besándolo en las mejillas como es habitual en estas tierras, pero con cierta cautela para que, al aproximarnos, pecho contra pecho, no perciba cómo se escapan de mí los pezones convertidos en misiles. Listos para disparar. Para dispararle. —4— Él es un magnífico constructor de hipótesis. En la charla aniquila un par de ellas por minuto. Aniquila las hipótesis que no lo estimulan, como es lógico, pero también aquellas que más le gustan, como si eso mismo las hiciese singularmente sospechosas. La suya es una investigación espontánea, sin ensayos previos, porque en los diálogos nos vemos obligados a improvisar, algo bien distinto de los discursos previamente calculados que se pueden desarrollar en un aula. No es que sea un cínico de esos que exterminan impenitentes todas las hipótesis; no. Cuando encuentra una convincente, la acaricia un momento —acaricia la hipótesis, no a mí— pero después la rechaza. «¡Lárgate, hipótesis!», parece decir. Acribilla sus hipótesis, entre disconforme con ellas y divertido, y yo me divierto también con su tiroteo mientras experimento sed de su piel. Pero él no percibe nada de eso. Tal vez sea por pura inquietud intelectual por lo que disfruta de estos ratos conmigo. Dicen de mí que soy buena conversadora, aunque con él delante las palabras nunca nazcan fluidas. O tal vez yo sea más sobria de lo que

ahora imagino y ni una sola señal de mis pensamientos se haya manifestado en esos bares ruidosos donde nos reunimos y que, a medida que las horas avanzan, van quedando vacíos, hasta que nos echan fuera y nos despedimos, muac, muac, con mis pezones amenazándolo y él despistado. O tal vez el error proceda de que, por culpa de esta deplorable adicción a la filosofía francesa, yo esté mezclando las categorías argumentales de un diálogo sobre el agua con las posturas de cama. Aunque parezca mentira, podría ser que ambos asuntos no guardasen ninguna relación. En tal caso, yo debería llegar a casa, después de dejarlo, y prepararme leche con galletas para convocar con este líquido alternativo un sueño reparador. Olvidarme de él y mojar las ansias en la leche. Evidentemente, sé que podría tomar yo la iniciativa. No soy del tipo de mujer que acepta roles ni se autolimita. Detesto las normas por definición —odio incluso las señales de tráfico, pese a su evidente utilidad— y vivo en la época donde las puertas se abren para todas las formas del coraje femenino. Pero no soy capaz. Tampoco es temor a ser rechazada. La mochila de la experiencia insufla en mí una dosis de seguridad. Eso no sucedería, creo, aunque pueda tratarse sólo de una vanidad sin sustento real. Sin embargo, si aceptase, tendríamos un simple episodio de sexo. Y yo no deseo sexo, así sin más; el deseo es, precisamente, desear así. Irrumpir abruptamente en su mundo de fríos conceptos y ser allí sólo la corriente cálida, potente y rápida del golfo; un puro objeto de deseo. La cuarta vez que quedamos —¡¡la cuarta!!—, se puso a llover y permanecimos en el coche a la espera de que escampase, lo cual fue una ingenuidad porque en esta ciudad la lluvia no sabe parar. Como yo. Ese día casi pierdo mi contención. Estaba pensando en cómo abordarlo cuando él propuso que fuésemos a su casa, donde tenía un libro que yo debía leer. Mi alegría ante la magnífica oportunidad que se presentaba no se manifestó exteriormente. Repasé mentalmente lo que llevaba puesto bajo el vestido, un auto-checking imprescindible en esas circunstancias que es una auténtica redundancia propia de un perfil inseguro porque siempre que quedamos escojo, como por casualidad, las prendas más sugerentes. Satisfecha con el resultado, conduje hasta que me indicó que debía aparcar. —Espera. Sólo es un momento. No me invitó a entrar. Salí también, con el pretexto


90

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Aguas libres —

de comprobar dónde acababa el muro para hacer la maniobra de regreso con el coche, pero esta peculiar súplica no fue atendida y él se perdió allí dentro, en el interior de un edificio de cuatro pisos. Regresó al cabo de un par de minutos, con el libro en la mano y una gran sonrisa, me dio los consabidos besos de cortesía en la mejilla y sonrió: —A ver si te gusta. Bueno, hablamos... Detesto, ya lo he dicho, las conversaciones superficiales y en ese momento detesté también esta manera de despedirse que se ha puesto últimamente de moda. En vez de un «hasta luego» o un «estaré ocupado, pero cuando tenga un momento te llamo», algo por el estilo, que indique un cierto lazo, aunque suavísimo, ahora todo se resuelve en una forma de presente ahistórico y atemporal. O ahistórico y atemporal. Una despedida de alguna manera eterna. Como esta lluvia. Me fui para casa enfadada conmigo misma. Quien se pasa el día pensando, pierde ímpetu para actuar, me reprendía hablando entre dientes. Decidida a controlar este exceso de sensualidad que me acometía y a atender otros compromisos, al día siguiente condensé mi decepción en energía para hacer limpieza. Cuando me pongo nerviosa, no hay actividad más apropiada que dedicarme diligentemente a las telarañas de los cristales y a ordenar armarios. Tiene un fondo metafórico, está claro. En la vorágine doméstica, hasta pensé en deshacerme de mi biblioteca. Había llegado la hora de abandonar la filosofía francesa y los libros no ayudarían. Estaba olvidando que, si todo fluye, las aguas que nos recorren las venas nunca son las mismas. Se renuevan. Basta identificar el instante. —5— El instante tuvo lugar en un encuentro público y en el río. Los asuntos importantes siempre ocurren en el río. Nuestro curso avanzado de estudios filosóficos estaba compuesto de ocho o diez personas; teníamos otros profesores, pero él ejercía un incuestionable liderazgo sobre nosotros y era habitual que se reuniese con nosotros para el debate fuera de clase. Aquel día había hecho en bicicleta el descenso completo sin darse cuenta, tan concentrado iba en sus pensamientos. Bordeó el camino y llegó al claro donde solíamos leer textos en la hierba. Al oír nuestras voces, desmontó de la bicicleta y la dejó en

el arcén. Con los pantalones cortos estaba cómodo para pedalear, pero ahora, en aquel paseo fluvial, las zarzas le arañaban la piel de las piernas y amenazaban con hacerle perder la dignidad. No parecía temer nada de eso. Se orientó con las risas que llenaban la tarde y con la música porque N. estaba tocando la guitarra. —¡Eh!, ¡ven! ¡Estamos aquí! —gritó S. Pese a lo avanzado del mes de septiembre, los chicos estaban todos dentro del agua. Era bueno debatir sobre filosofía antigua así, con tiempo para el ocio. Finalmente, en lo esencial, seguimos siendo los antiguos griegos. —¡Las chicas no se atreven! Dándoselas de osados, los chicos entraban en el agua con los pantalones puestos, se salpicaban, se reían, se acercaban a una pequeña cascada. Las chicas daban grititos en la orilla: aunque brillase el sol, hacía frío. Fue entonces cuando sucedió. Empecé a quitarme la ropa prenda a prenda, despacio, tranquila y sin dejar de hablar. Las demás fingieron escandalizarse: —¿Vas a desnudarte? ¿Aquí? ¿Delante de ellos? —No pienso quedarme sin baño. Me quité la camisa, el cinturón y los pantalones y estaba desatando los cordones de los zapatos. Las otras dos se miraron con cara de sorpresa: un grupo avanzado de estudios filosóficos no sale del aula para comportarse como un grupo de adolescentes en vacaciones de verano. Los chicos gritaban y asentían entre payasadas. Yo, vestida aún con la ropa interior, me ajusté los prendedores mientras explicaba que con el cabello suelto haciendo de cortina es difícil nadar. —¿Qué estás haciendo? —dijo él. Su voz sonó autoritaria, extraña, en aquel paisaje idílico. En ese momento, en la tarde calurosa las aguas del río quedaron en suspenso, como incapacitadas para continuar discurriendo, como si acabaran de solidificarse. Ante tan sorprendente comportamiento de la naturaleza, todos pensaron que yo no sería tan atrevida como para continuar, que su censura tendría como consecuencia una disculpa y que ya era hora de salir del agua para comenzar el estudio. Sin embargo, sin dejar de sonreír y sosteniéndole la mirada, avancé y metí los pies en el agua. No logré reprimir una queja —¡qué fría!—. Teniendo en cuenta el típico comportamiento de los bañistas en estas situaciones, sería de esperar que del agua llegase una cantinela unánime, «¡que no se atreve, que no se atreve!» cantada a coro, pero no fue así; tal vez por


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

91

— Aguas libres —

estar el agua solidificada y el espanto pintado en todos los ojos, las voces no conseguían salir de las bocas en que estaban contenidas. Uno a uno liberé los botoncitos de la camiseta y los pechos surgieron a la vista, con los pezones arrebolados a causa del frío. En ese instante, nadie sabía si debía atreverse a mirar para mí, de modo que todos buscaron un objetivo: ¡anda!, hay una trucha, no es una trucha, a ver, a ver. Sólo él, impasible, serio, continuó tranquilo, con los ojos fijos en la mujer que se estaba revelando para él. Algunas miradas son difíciles de soportar, de modo que los cobardes tienden a bajar los ojos cuando la tensión es excesiva. Sólo los realmente valientes consiguen mirar para una mujer que se desnuda sin apartar los ojos. Sólo las realmente valientes consiguen mirar desnudas a un hombre vestido que ni siquiera pestañea. En un movimiento rápido, me despojé de la última prenda y la tarde fue piel blanca a plena luz del día. El grupo de personas parcial o totalmente vestidas alrededor no tuvo mucho tiempo para regalarse en la contemplación porque de un salto me metí en el agua, entera, de la cabeza a los pies y, ya dentro, mi silueta serpentearía tres o cuatro veces hasta aparecer en medio del río con la cabeza fuera. Saludé al grupo con la mano y seguí nadando, ágil y segura. Mi cuerpo estaba lejos de aquellos que un momento antes jugueteaban en la orilla y ahora andaban ensimismados buscando cualquier tipo de bicho con el que distraerse de la mirada austera de quién tantas veces me había tenido a su merced y sólo se había ocupado de hablar. Desconcertadas, dos compañeras en tierra dialogaban con gestos mudos sobre la posibilidad de seguir a la valiente o de quedar a salvo de cualquier posible crítica. Por hacer algo, una de ellas se quitó el vestido y entró rápidamente en el agua con la ropa interior puesta. En el centro del río, levanté la cabeza y grité bien alto: —¡Un baño estupendo! No voy a quedarme sin agua un día como este de calor sólo porque todos se asusten de que debajo de la ropa tengamos cuerpo... ¿No os parece? El grupo prefirió no responder. Siguieron tirándose agua unos a otros, simulando que la tarde era divertida, aunque una incomodidad espesa se hubiese instalado en el ambiente. Las mentes no paraban de pensar, porque en estos tiempos nadie puede permitirse que el sentimiento tibio del escándalo anide en su interior. Escandalizarse es de otra época, e impropio de filósofos.

Entretanto, yo, la nadadora, avanzaba por el río a mis anchas, imprimiendo a la tarde el ritmo de mi brazada. Mi cuerpo, que no se veía, estaba desnudo. Mi cuerpo, que no dejaba de ser un cuerpo regularmente constituido, sin dos cabezas o tres piernas, que era como cualquier otro cuerpo —en fin, esperaba incluso que él lo hallase más bello que la media—, había pasado a ser el cuerpo por definición: el que está, el que se atreve. Él se descalzó y metió un pie en el agua. Aunque se negó con un gesto cuando le suplicaron que se metiese con todos los demás, procuró lucir una sonrisa en los labios. No iba a permitir que esa salida extemporánea de una estudiante siempre discreta lo colocase bajo sospecha de ser un profesor que abusa de las alumnas, ni siquiera en la posición de un novio celoso. Yo estaba ya a punto de llegar a la otra orilla. O., que se había metido sin mucha convicción, sólo para acompañarme, salió del agua para coger mi ropa y atravesó el puente de madera para dármela. Cuando salí, todos disimularon y ni uno sólo de los ojos que todavía estaban dentro del agua se dirigió a mi cuerpo desnudo que rápidamente, como había hecho antes, volvía a cubrirse con varias capas de ropa. Después, las dos regresamos hablando tranquilas, riendo y gritándoles a los demás comentarios sin importancia desde lo alto del puente. Cuando llegamos a su altura, todo el grupo empezó a salir del agua, no sin dificultades porque la ropa mojada dificultaba sus movimientos. Aprovechando un momento en que se entretenían en probar las moras de una zarza, fui junto a él y le dije: —Espero no haberte incomodado. —¡Qué va! Incluso fue divertido que nos hicieses experimentar el pudor. Es una sensación antigua... —Quería comprobar si, en efecto, todo viene del agua... —¿Y cuál es la conclusión? —El agua sin movimiento no es nada. La clave tiene que estar en el conflicto: eso que mueve el agua. Da igual que ponga en marcha los átomos o que dispare nuestros mecanismos de defensa... —Deberías saber que una investigadora nunca arriesga revelando su hipótesis sin cautelas. Tendrás que escribir eso... ¡si no pillas una gripe! —Y tú deberías saber que todo el poder emana directamente del cuerpo. El diálogo, que prometía revelar algunos de los pun-


92

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Aguas libres —

tos-clave del pensamiento occidental, quedó interrumpido bruscamente. Después del colapso de la naturaleza, las aguas del río habían recuperado su lento fluir y los bañistas volvieron a ser lo que siempre han sido los bañistas en las tardes de verano. Y por eso, porque el agua fluía y la tarde era soleada y feliz, todos tiraron de él insistentemente y con fuerza, hasta meterlo en el agua entre risas. El hombre dedicado a revisar nuestra formación sobre la filosofía griega en pleno siglo xxi sacudió la cabeza como un perro para alejar las gotas de agua de su vista... y se rio con ganas. Celebrar la camaradería provoca bromas de gusto más que dudoso. De todas formas, la tarde aún era tibia y los adultos en las últimas tardes de cada verano vuelven a tener nostalgia de los niños que un día fueron, porque —a causa del conflicto— los átomos andan más rápidos de lo habitual y causan esos efectos sin que los pobres humanos podamos hacer nada para remediarlo, de modo que él todavía dio dos brazadas y volvió a la orilla, donde todos escurrían sus ropas y reían. Sólo yo, perfectamente seca y vestida, grité desde lo alto: —¡Venga! Tenemos que trabajar... El grupo decidió acomodarse en la hierba lentamente. Aprovechando la circunstancia de que caminábamos en grupo, él me buscó y declaró serio: —Tu filosofía francesa es barroca y repetitiva. Acabas de demostrar que lo importante estaba todo contenido en Tales. El agua es puro coraje. Lo miré y me di cuenta de que el agua no necesita nada para ser poder. Ni tachaduras, ni giros inesperados. El agua sacia y asusta. El agua conecta pueblos alejados y rompe la soledad. El agua transporta todos los mensajes y engulle los materiales más sólidos. El agua blanda moldea la piedra dura. Y finalmente, el agua también tiene estaciones: tiene épocas de crecida y de sequía. Por eso, en las circunstancias oportunas, las aguas demandan correr libres. Imprevisibles.

UN CHICO LLAMADO MOISÉS Nuno Garcia Lopes Finalista. Portugués — Traducción Mª Dolores Torres París

Atravesaba el estuario en su barca de remos. Yo convencida de que era imposible tal osadía y él venga a asegurarme que era verdad. Cuando lo conocí, en la Biblioteca, había venido a pedirme un libro sobre el mar, pero que contuviese en él toda la sal de los océanos. Vestía bermudas, una camiseta de un azul indefinible, tenía los cabellos ondulados y unos ojos de esmeralda que me atrajeron como un imán. Cargaba un poquito en las erres, aunque más tarde descubrí que sólo decía «jurrel» para burlarse de mí. Era un chiquillo, quería pensar yo, aunque en realidad pensase que era un mocetón. Me pedía un libro salpicado de sal y yo, recién llegada de mi Portugal interior donde suspiraba por el mar, y del curso de ciencias documentales que me había encerrado en casa, para gestionar una biblioteca desde donde se adivinaba el estuario, me encontré de repente revisando veinte años de lecturas en que la palabra mar me había cautivado más que ninguna otra. Atravesaba el Sado en su barca de remos. Tenía motor, pero lo que le gustaba era hermanarse con las corrientes, hacer que los remos fuesen la prolongación de sus propios brazos y se hundiesen en el agua tan delicadamente como el movimiento de un delfín. Pero yo aún no lo sabía marinero, y navegaba por los recuerdos de los veranos en S. Martinho o en S. Pedro de Muel y por muchísimos libros. Nombres que venían como olas: Hemingway, Mishima, Salgari, Stevenson, pero también Sophia y Raul Brandão y Vitorino Nemésio... ¡Y él quería un libro salado! Atravesaba en su barca de remos aquel río que para mí ya era mar. Un día le pregunté cómo se reconocía la frontera entre las dos aguas, a mí también me gustaría atravesarlas. Y él me respondió: mañana lo sabrás. Y ese día, el sol no se había despertado aún, se hizo al mar, al de verdad, en un barco de pesca su coraje y su anhelo. Quién habría escrito el más salado de los libros, me


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

93

— Dos dedos de vida —

preguntaba yo, en esos instantes que duraban una vida. Y fue en esa dulce angustia cuando me acordé de preguntarle lo que ya había leído. Todo, respondió serenamente. Había leído todo lo que en aquella casa le olió a mar, y ahora me preguntaba por ser yo nueva allí, porque tal vez conociese libros de los que él no sabía nada. Atravesaba el estuario en una barca de remos, fue la respuesta que me dio cuando le pregunté lo que hacía. Ya ni sé cómo, era mi hora de salida, y acabamos los dos conversando sobre la razón de mi vida, los libros y el mar, y la razón de su vida, el mar y los libros. En un bar llamado Cactus, ¡qué ironía, qué desierto! Pero quedaba muy cerca, y acabamos allí, ¿durante cuántas horas?, oyendo el mar en las palabras uno del otro, olvidados de cenar, olvidados del mundo. Él quería un libro salado, tenía la piel morena y percibí más tarde, en medio del estuario, que también era salada. Quería un libro que nunca le di, aunque dijese que lo oía en mis labios cada vez que yo hablaba. Y fue entonces cuando me invitó a cruzar el río con él en una barca de remos. Accedí. Luego pensé que le había respondido que sí demasiado deprisa, pero eso era lo que le quería responder, postergarlo sería un error. Accedí sabiendo que quien se hace a las aguas nunca regresa o regresa siempre para volver. Yo había leído todos los libros del mar más salado, lo sabía. Pero accedí. Atravesábamos el estuario en una barca de remos. Salimos por la mañana temprano y casi todo lo que recuerdo es una inmensa neblina de sensaciones. Me acuerdo sólo de los momentos más intensos, aquel en el que nos cruzamos con los delfines, aquel en el que sus labios besaron mis ojos y descendieron por mi rostro hasta la boca, aquel en el que atracamos en una playa desierta, en algún lugar de la península de Tróia, y en el que yo supe que él era el mar y en mí salado se derramó. Fue al día siguiente cuando percibí dónde acababa el Sado y se insinuaba el Atlántico. Sola en el muelle apenas vislumbraba el barco en el que él no remaba, pero cumplía su vocación. Atravesaba el mar a bordo de su sueño, atravesaba la saudade en mi pecho. Se hizo al mar. Al mar que quería y que lo quería. Y allá se quedó.

DOS DEDOS DE VIDA Daniel Borrull Ganador Catalán — Traducción Daniel Borrull

El mar es como un desierto de agua; lo dice el himno de los piratas. Un desierto, un infierno al que he sido lanzado desde la borda de un yate. El lujo, la comida, la bebida, todo desapareció en el azul. ¿Ayer? ¿Más días? No lo recuerdo. Tengo hambre, sed. Bailo con las olas sobre el pequeño bote de plástico que rehuyó el naufragio. Me pesa la cabeza, me quema la piel seca. Miro el horizonte y me dice que más allá no hay nadie que me espere vivo. Levanto el brazo con desgana y alzo una botella de agua; solo quedan dos dedos. La muestro al mar. Le digo al océano que mire la poca vida que me queda; éste contesta que en él me puedo servir. Todavía no, pienso. No puedo. Sitúo la botella delante de la cara, a la altura de los ojos. Cuento cuantos tragos quedan. ¿Habrá suficiente? Introduzco la mano en el agua ahuecándola y cojo un poco de ésta. En la otra mano tengo la botellita. Los ojos van de un lado al otro. Es irónico, siempre lo ha sido, en todas las tragedias del mar se ha escrito: morir de sed rodeado de tantísima agua. Y arriba en el cielo un sol de justicia, inclemente; felizmente sorprendido de verme sin casi sin agua, qué lástima. Hoy no hay nubes que me puedan proteger, no hay viento que pueda refrescarme y evitar el sudor que me deshidrata. Busco en la pequeña bolsa que siempre va conmigo con la esperanza de encontrar algo que ponerme sobre la cabeza; el sombrero lo perdí durante el naufragio. El pequeño maletín de supervivencia que conforma el único equipamiento del bote está lleno de cosas utilísimas con las que no me puedo proteger del sol ni ahuyentar la sed que me pincha el estómago. Dentro de la bolsa de lona encuentro, cerrado dentro de una pequeña bolsa de plástico, un libro. La abro y saco el libro. Venga hombre, no puede ser. Ya ni me acordaba. El viejo y el mar. Lo llevé al yate para ambientarme durante la lectura. Maldita sea aquella ida que me ha ofrecido, ahora, el mejor de los escenarios para comprender al viejo Santiago en su frustración. En la mía; de mí no llegará a puerto ni la espina. Habrán hecho películas, será premiado, pero siempre que lo he


94

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Dos dedos de vida —

leído se me ha hecho pesado. Qué coñazo, me he dicho siempre. Pero hasta ahora no he entendido cuan bien descritos están todos y cada uno de los momentos de angustia, tedio y desesperación de aquel pobre viejo. Y vuelvo a mirar la botellita y los dos dedos de agua que hay en su interior. La lengua me recorre la abertura pastosa de los labios de izquierda a derecha. La boca se me abre inconscientemente respondiendo a la llamada natural de la necesidad, de la supervivencia. La destapo, quiero llenarme la boca con la poca vida que queda dentro de la botella para poder bailar con las olas un rato más. ¿Cuánto? ¿Duraré mucho más? La botella se me acerca lentamente, mi brazo es quien la mueve, él solo, yo no lo muevo. Mi cuerpo, mi cerebro me ordena que sobreviva, que me beba la poca agua que me queda. Pero me paro de golpe. Me despierto. Un suspiro profundo, la tranquilidad de la inocencia dormida se manifiesta a través de una profunda exhalación involuntaria. Mi hija duerme a proa del bote de plástico bajo un pañuelo palestino que la protege de este sol inclemente que me cuartea la cara, los brazos, la esperanza. Y vuelvo a tapar la botellita. Reservo el agua para cuando la niña se despierte y me pregunte cansada si aún dura la aventura, que por qué dura tanto la aventura. Tendrá sed y podré darle agua. ¿Y si yo no bebo y me desmayo? ¿Y si me muero? No puedo soportar imaginar a mi hija dando golpes a mi cuerpo intentando despertarme de un sueño que nunca acabará. Los ojos pequeños desbordando agua mejillas allá, la boca gritando a la soledad y al miedo; la espera de la noche cuando no se sabe nada de la oscuridad, qué son los truenos, el aullido del viento. Se despierta y tiene sed. Le acerco la botellita con la poca agua que queda y da un trago, uno pequeño. Es muy pequeña pero lo sabe, que tengo sed y que sin mí está perdida en este bosque de olas. Me devuelve la botellita que no ha vaciado, comparte el agua conmigo. Quiero llorar pero me resisto. No hace ni un momento he estado a punto de beberme la poca vida que quedaba en la botellita, y ahora ella la comparte, me la ha dado. Mi vida no sería nada sin ella. Siempre seré de ella allí donde caminemos. O en el fondo del mar. Y si nos vemos condenados pagaremos juntos, de la mano, como cuando paseamos y me pide todo lo que ofrecen los escaparates de las tiendas que se suceden en nuestra calle larga, interminable cuando llueve. Oh, lluvia. No

lloverás, recrimino al cielo. La niña mira hacia arriba y me mira a mí. ¿Con quién hablas? Recuerdo aquel día que llovía, aquel día en que la calle en la que vivimos, o puedo decir ya que vivíamos, se hizo inacabable. Esa tarde huíamos de la lluvia, del agua. No queríamos mojarnos y ahora que gustaría empaparme de los pies a la cabeza. La niña me pregunta que por qué llevo un libro sobre la cabeza y empiezo a reír, ya no recordaba que el viejo Santiago surcaba mis cabellos. Y vuelvo a pensar en el libro, en la aventura de aquel anciano a punto de rubricar su historia y me entristece pensar que mi hija no ha podido empezar siquiera a escribir la suya. Le digo a la niña que las letras de este libro que no tiene dibujos explican el cuento de un señor que iba en una barquita como la nuestra. Entonces, la boquita reseca sonríe. ¡Qué bonitos son los cuentos! Cuéntame, dice. Y recuerdo un día que, de niño, jugaba en el río a hacer barcos de papel y liberarlos a la corriente. Se lo cuento. Para hacer un barco de papel se tiene de que doblar así y asá, volver a hacerlo por aquí y tirar de allá. Y si le quieres poner bolsillos repites el proceso. ¡Qué bonito! Aquel trozo de papel, que hasta entonces había hecho de punto de libro interrumpiendo la pesca del viejo Santiago, ahora es una nave fantástica y ufana sobre la palma de la mano de la niña. Cuando era un chiquillo liberaba los barquitos a la corriente y, ahora, hacemos lo mismo. Pero lo mejor de todo eran las historias que me inventaba sobre el propio barquito y la gente que lo tripulaba, las vidas que construía a bordo. Pero ahora somos nosotros a quienes no has dejado de la mano del destino sobre unas corrientes que no conozco, no sé dónde estamos, y las vidas que alguien ha inventado son las nuestras. No obstante, le propongo a la niña el juego y lo acepta. Jugaremos, y mientras jugamos nos olvidaremos que ya no tenemos agua, que la botellita está vacía. A bordo del barquito que navega sorprendentemente bien imaginamos a una familia: el padre marinero, la madre marinera, la hermana marinera y el bebé marinero. Los cuatro hacen cosas, hablan y juegan a medida que se alejan hacia el horizonte que continua negando la posibilidad de ver un nuevo día. Pero, de repente, el barco se hunde. ¿Qué ha pasado, papá? La niña pregunta pero ella misma continúa el relato. Salva al padre y a la hermana, pero ¿y los otros miembros de la familia? El


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

95

— La sed —

momento es durísimo. Están en el yate, pinto; dentro del yate. En el momento en que todo pasó dormían. Yo estaba de guardia, la niña soñaba acurrucada a mi lado. No vi con qué chocamos. Las horas pasan a fuego lento, el plástico del bote quema, la cabeza, la piel; la niña se esconde bajo el pañuelo. Avanzada la tarde, nuestra tumba se torna bellísima: una paleta de colores de un horizonte al otro. A la derecha la noche, a la izquierda lo que queda de día. El sol anaranjado y grande moja la barriga en el mar y se deshace en reflejos sobre el agua hasta salpicarnos los ojos. La niña se sienta entre mis piernas y los dos miramos como el naranja se vuelve rojo, azul, lila. La oscuridad nos envuelve, nos preparamos para el frío. Por suerte, cuando naufragamos durante la guardia estábamos listos para el viento de la noche, para el agua; vestíamos ropa impermeable, las chaquetas gruesas. De frío no moriremos, no. De esto ya se encargará la sed. No obstante, el espectáculo es único, literalmente irrepetible. La belleza de los instantes que se suceden nos hacen olvidar el agua que no tenemos, que ya nos hemos bebido. ¡Oh! Allá aparece la luna; blanca, cincelada por una mano artesana, majestuosa, afilada como una guadaña y tan fina que no mancha el mar. Toco el agua oscura con la punta de los dedos. Pienso en toda el agua dulce que condené a la sal. Puede que ahora esté tocando agua que dejé correr en la cocina, el baño, allá donde parecía abundante, inacabable. Y mientras recorro las tuberías hacia el mar siento que algo me roza los dedos. Un escalofrío me recorre el cuerpo. No sé dónde estoy, pero en este desierto de agua salada vive alguien que me recuerda que los de tierra adentro no tenemos futuro. Abrazo a la niña, ella se encoje entre mis brazos y señala el cielo. Mira papi, dice. Explica estirando el brazo, apuntado con el dedo, que allá arriba hay una estrella a la que llaman Polar. Si tuviéramos vela y supiéramos leer el cielo. Allá está el carro, pero en el resto de puntos no sé cómo dibujar el camino de regreso a casa. El baile pausado del bote incrementa el ritmo. El agua, hasta ahora en calma y plana, pretende zambullirnos, llevarnos a la oscuridad. Nos preparo; hay de todo pero no hay agua. El sol nos ha debilitado, la niña roe una galleta que no se le deshace en la boca. Nos subimos las cremalleras hasta arriba, nos envolvemos con las

mantas térmicas. Empieza a llover, las olas agitan el bote vehementes. Mi hija me abraza, tiene miedo. Y yo también tengo miedo, mucho. No de ahogarme, sino de perderla a ella, de saber todo lo que no verá, todo aquello que no vivirá. El agua que ahora nos cae encima nos daría vida en tierra, aquí nos matará. No obstante, reposo la cabeza sobre el plástico de la borda del bote y abro la boca; la niña me imita apoyándose en mí. Los dos miramos las nubes que tapan las estrellas. Se nos moja la lengua, las dientes; se deshacen los trozos de galleta que nos rondan las muelas. Los labios recuperan la textura y dejo de sentirlos como cartón agrietado. La lluvia me empapa el rostro, me cae sobre los ojos y parece que llore; de hecho, lloro. Y la niña también. Sin moverme, busco con la mano la botellita que hemos vaciado por la mañana y la encuentro a mi lado. Saco el tapón y la alzo hacia el cielo para que la llene. La niña me coge el brazo, me ayuda, quiere contribuir a mantenernos vivos un día más. Qué bonita que es, pienso; le acaricio el flequillo mojado. Cuando la botellita está llena la tapo, la guardo en un bolsillo y vuelvo a reposar la cabeza con la boca abierta. Tenemos suerte, la lluvia cesa, el mar se calma. La niña pregunta por el color de las estrellas que ya se vuelven a ver. Yo le digo que las vemos blancas pero ella asegura que ha visto dos de distinto color. No puede ser. Ella dice que sí, una verde y otra roja, y que se movían a la vez sobre el horizonte. ¿Qué? Rápidamente, cojo la pistola de bengalas y disparo una hacia el cielo estrellado.

LA SED Elies Campmany Finalista Catalán — Traducción Elies Campmany

Mi padre nunca nos deja holgazanear. Cuando viene y dice que es hora de levantarse, hay que obedecerlo enseguida. A veces, nos avisa más temprano de la cuenta y nos levantamos cuando el sol todavía no se ha puesto, pero su luz ya no molesta a los ojos. Esperamos a que oscurezca del todo y empezamos a caminar en dirección contraria a donde se ha ocultado el sol. Mi padre dice que es más seguro viajar de noche. Siempre lo hemos he-


96

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— La sed —

cho así, pero nunca nos ha explicado por qué es más seguro. ¿Estamos en peligro? ¿Nos persigue alguien? Hasta donde llega mi memoria no nos hemos encontrado a nadie en todos estos años. Caminamos sin rumbo, ni dirección. No nos dirigimos a ningún lugar en concreto. No nos esperan en ninguna parte, ni tenemos una casa a donde regresar. Cuando era pequeño, recuerdo que les preguntaba a mi padre y a mi abuelo hacia dónde íbamos. Me respondían que nos dirigíamos hacia el mar, un lugar lleno de agua, donde las montañas también son de agua y se mueven y se llaman olas. Todo esto me lo contó el abuelo, que sabe muchas cosas. También me dijo que la Tierra que pisamos es redonda como el Sol y la Luna. A veces sospecho que hemos dado la vuelta varias veces al planeta y que no encontramos el mar porque ya se ha secado por completo y lo hemos pisado sin darnos cuenta. Caminamos sin descansar toda la noche, bajo un cielo repleto de estrellas. Sólo nos detenemos cuando mi abuelo empieza a respirar fatigosamente y a mi padre le da miedo de que le pase algo. Pero si mis hermanos o yo nos quejamos de que estamos cansados, nuestro padre refunfuña malhumorado que ya descansaremos cuando se haga de día. Y no es que protestemos porque seamos perezosos por naturaleza. Caminamos toda la noche, cargando en la espalda todos los trastos que recogemos del suelo: plásticos, cartones, envases ... todo lo que abandonaron los hombres primitivos. De los hombres primitivos sé muy poca cosa. Sólo los conozco por los restos que nos han dejado. A mi abuelo no le gusta nada hablar de ellos, pero las pocas veces que los menciona me ha quedado claro que no les tiene en mucha estima. Yo no acabo de entender tanto rencor, tenemos suerte de todo lo que nos dejaron. Si comemos es gracias a ellos. Y los plásticos y los cartones también son muy útiles. Cuando se adivinan las primeras luces del amanecer en el horizonte, dejamos de andar y plantamos nuestro campamento. Mi padre comienza a cavar un hoyo en el suelo y mis hermanos y yo cavamos otro, al lado. Mi padre tiene mucha fuerza y él ​​ solo es capaz de hacer un agujero mucho más profundo que el que hacemos mis hermanos y yo. El hoyo de mi padre es nuestro refugio durante el día. Nos metemos dentro y tapamos la apertura con cartones para que no nos moleste la luz del sol y nadie nos encuentre. Mientras afuera la luz lo tiñe todo

de dorado, dentro del agujero dormimos todos juntos respirando un aire viciado y rancio, revolviéndonos y retortijándonos como víboras encolerizados por la fiebre. El otro hoyo es para hacer agua. Colocamos un envase vacío en el fondo y cubrimos el agujero con uno de los plásticos transparentes que llevamos encima. Ponemos rocas al borde del plástico para que el viento no se lo lleve y situamos una piedra en medio del plástico para que se curve y, cuando le toque el sol, las gotas de agua se vayan deslizando hasta caer justo dentro del envase. Todo esto nos lo enseñó el abuelo. Y él lo aprendió de su abuelo. Por la noche, cuando nos levantamos, nos bebemos el agua que hemos recogido, desmontamos el campamento y volvemos a caminar. Y así cada día. El abuelo me contó que hace muchos años, antes de que él naciera, no era necesario hacer agua. El agua caía del cielo sin tener que hacer nada. Un agua tan limpia y cristalina como un plástico transparente acabado de fabricar. Y caía en tanta cantidad que los hoyos que ahora cavamos quedarían anegados de agua y podríamos zambullirnos en ella. ¡Zambullirse en el agua! Muchos días, sueño que llegamos al mar. Miro al horizonte y hasta donde me llega la vista, sólo hay agua. Sueño que camino hacia delante, sumergiéndome en el océano, hasta que oigo una voz lejana que me llama. Entonces me doy cuenta de que es mi padre que me despierta y me pide que me levante para reanudar la marcha. Abro los ojos y veo esta tierra de ceniza gris que no se acaba nunca. Algunas noches, para hacer más llevadera la caminata, trato de iniciar una conversación con el abuelo. —¿Y no puede ser que vuelva a llover cualquier noche de éstas? El abuelo siempre responde que mientras de noche se vean las estrellas, no lloverá. Entonces, durante un buen rato, ando mirando hacia arriba, para ver si empiezan a apagarse las estrellas y comienza a caer agua del cielo a chorros. Una madrugada, cuando recogíamos piedras para trabar el plástico para hacer agua antes de que comenzara otro día sofocante, encontré una roca con una silueta dibujada y se la enseñé al abuelo. —¿Quién ha pintado el dibujo, abuelo? ¿Los hombres primitivos? Él sonrió. Me explicó que el dibujo no lo había hecho nadie. Era una señal que había quedado marcada


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

97

— Marea —

porque durante muchos años, una hoja quedó sepultada bajo esa piedra. Cuando le pregunté qué era una hoja, el abuelo suspiró, como siempre hace cuando le pregunto algún detalle del pasado. Con desgana, me contó que hace muchos años, cuando aún caía agua del cielo, había árboles, unas estructuras altas y delgadas como farolas pero de un material más suave. Y, arriba del todo, tenían hojas, de color verde, con la forma del dibujo de la piedra. Aquella mañana, utilicé otra piedra para fijar el plástico del agua, me llevé la piedra a nuestro hoyo y me dormí contemplando esa silueta tan extraña y perfecta. El abuelo sabe muchas cosas. La mayoría de cosas se las explicó su abuelo. Y dice que yo algún día también se las tendré que contar a mis nietos. El abuelo de mi abuelo era muy listo e incluso aprendió a leer él solo. La letra de los hombres primitivos. Muchas veces, cuando removemos la basura, encontramos libros y papeles escritos. Alguna vez, he probado a entender aquellos signos y me ha resultado imposible. Según el abuelo, todos los hombres primitivos sabían leer y usaban los libros para aprender cosas. Por eso el abuelo del abuelo sabía tantas cosas. Aquella noche, cuando nos levantamos y retomamos la marcha, le pedí al abuelo que me contara más cosas sobre los árboles. Me dijo que él no había visto ninguno. Y que su abuelo, tampoco. Desaparecieron todos por culpa de los hombres primitivos. Cada vez construyeron más casas, carreteras, rascacielos y fábricas. Destruyeron bosques, arrasaron selvas y contaminaron los ríos. Cuando quisieron pararlo ya era demasiado tarde. Y entonces vino la gran sequía. Aproveché que el abuelo hablaba de los hombres primitivos para preguntarle por qué los odiaba tanto. Su respuesta fue rotunda: —Los hombres primitivos nos querían mal. No sé de dónde ha sacado eso el abuelo. Él no convivió nunca con los hombres primitivos. Ni siquiera el abuelo del abuelo. Los hombres primitivos ya no están. Pero sus rascacielos medio derribados y sus fábricas en ruinas todavía están aquí.Y sus plásticos y cartones.Y su comida. Muchos alimentos están podridos y en descomposición. Pero sus conservas enlatadas aún se mantienen intactas y sirven para llenarnos la barriga. Lástima que se acabaron la poca agua que aún quedaba, pero incluso les tenemos que agradecer que nos enseñaran a fabricarla de nuevo.

Esa mañana, a la hora de acostarnos, esperé a que todos tuvieran los ojos cerrados para mirar de nuevo la piedra con el dibujo de la hoja. La había escondido entre los trastos que llevaba a la espalda, sin que nadie se diera cuenta. Me fascinaba poder tocar algo tan antiguo, incluso más antiguo que las cosas de los hombres primitivos, porque los árboles no los fabricaron ellos. El abuelo abrió los ojos y me pilló mirando la piedra. —¿Se puede saber qué haces? —Abuelo, ¿qué les pasó a los hombres primitivos? ¿Por qué ya no están? El abuelo tragó saliva y me miró fijamente a los ojos. —Sí que están, hijo. Somos nosotros. Somos los últimos que quedamos ya.

MAREA Judit Ruiz de Munain Ganador Euskera — Traducción Judit Ruiz de Munain

— 30/3/2032 — ¿Por qué llevo una redecilla de vieja con sensores pegados con cola blanca en la cabeza? Muy sencillo, busco respuestas. Pues sí, tengo un problema, por eso estoy en esta, ejem, tesitura. No es que sea una investigadora friki deseosa de saber como funciona mi cerebro o algo así. Yo soy ingeniera, y los de mi clase buscamos soluciones a problemas concretos, no el porqué de las cosas. Nunca pensé que yo, a mis treinta años y creyente en la medicina tradicional, la ciencia convencional y las bodas por la Iglesia (no, en Dios no creo, pero las bodas por la Iglesia son otra cosa), fuera a estar probando un sistema experimental que utiliza tecnologías que están a caballo entre lo convencional y lo esotérico. Para mí este «sistema» es el paso entre el mundo médico convencional y el mundo de las energías invisibles, por lo que, con la redecilla bien pegada a las calvas que me ha afeitado el capullo del medicólogo este de las gafas, espero a ver si él encuentra lo que otros no han visto. Cualquiera que me conozca sabrá que el hecho de que yo esté en un perdido caserío en medio de las montañas de Bizkaia, realizando una terapia alternativa, indica que la situación tiene que ser desesperada, y lo es.


98

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Marea —

Creo que no me quedan muchos meses de vida. Voy a empezar por orden, el mismo orden que he puesto siempre en mi trabajo y en todo lo demás. Hace unos 6 meses ya, a finales del verano de 2031, me levanté como siempre a ls 7:00 de la mañana y noté que tenía la boca seca como si hubiera dormido toda la noche con la boca abierta y el aire acondicionado apuntando directamente a mis amígdalas. Además tenía los ojos como con arenilla, pero eso era más normal, porque estuve ayer mucho rato mirando la TvOn. Recuerdo haber visto el canal SuPorn hasta más o menos las 12 de la noche y haberme pasado a las noticias, dejando el intento de hacerme «una manualidad», porque no tenía muchas ganas y no conseguí el nivel mínimo para regalarme un poco de placer relajante.También recuerdo haber caído dormida viendo un reportaje sobre el posible cambio de frecuencia de las mareas debido al deshielo imparable de los polos, un tostón que me dejó frita. Aquella mañana me miré en el espejo, dos ojos que podrían ser de un porreta del siglo xxi, me miraban debajo de la mata de pelo naranja que heredé de mi abuela, extrañamente realzada por el contraste. Se me hacía duro estar sentada en el ordenador con los ojos tan mal, y además me dolía la cabeza. No podía tener sexo con mi novio porque mi vagina estaba tan seca que por mucho lubricante que utilizara la piel me dolía tanto que no conseguía ni fingir decentemente. Después de una semana con la lengua como una zapatilla y los ojos on-fire, fui al médico. No me gustan los médicos pero creo que había llegado el momento. El médico, que era un tío de mediana edad que estaba muy bien —estoy seca, no ciega— me dijo que podía ser del estrés y que era algo que se retroalimentaba, a ver si vivía estresada. No es por fardar, pero no, no vivo muy estresada. Mi vida antes de esta sequía era tranquila. No tengo hijos, tengo un trabajo fijo y sin mucha presión dibujando conjuntos mecánicos y procesos de mecanizado en una empresa grande, y mi novio y yo tenemos, en realidad teníamos — ya llegaré a eso— una buena relación. Entonces no podía ser el estrés, pero él insistía. Me recetó colirio y una especie de saliva con nombre de fotocopiadora, Xerox o algo así. Salí con más preguntas que respuestas. Según me diagnosticaba, dejó caer que, como era mujer, a lo mejor tenía otra cosa que se llama síndrome de Sjogren. Como siempre un placer el ser mujer. Llegué a casa con las manos llenas de recetas y sin poder pensar en otra cosa que

en ese maldito síndrome impronunciable. Me puse a buscar en Internet. Busqué y encontré. Aquella noche supe lo que es el miedo de verdad. Me desperté en mitad de la noche con un ataque de ansiedad que me hacía sudar como si estuviera menopáusica, y aunque tenía los ojos pegados a los párpados me dediqué a indagar sobre ese síndrome y sobre todo lo que tuviera que ver con estar más seca que la mojama. Lo que encontré me dio bastante miedo, que si enfermedades autoinmunes, que si Lupus y Artritis reumatoide, en fin, que en Internet si buscas desgracias las encuentras. De momento, y todavía sin un diagnóstico fiable, hice caso a mi médico y me hice con todo el arsenal de productos humectantes. Que, si bien mejoraron mi día a día, pensar en tener que usarlos de continuo me produjo una depresión horrible. De Luis, mi novio, se pueden decir muchas cosas, pero comprensivo no es muy comprensivo. Al ser una enfermedad, sea cual sea, que exteriormente no produce muchos síntomas, él llegó a la conclusión de que yo estaba de los nervios, que lo estaba, y lo estoy, eso es cierto. Cuando empezó a verme utilizar la saliva artificial como si fuera agua yo creo que empezó a cogerme asco. Los morreos con un líquido seboso y pegajoso de por medio perdieron pronto todo el glamour, y mi estrés por la situación no me tenía, por decirlo finamente, de un talante festivo. Resumiendo, nuestro super amor se vino abajo como un suflé y, en menos de un mes desde que empezara todo, me dijo que no se veía conmigo y que creía que teníamos que dejarlo. No le puse yo muchos impedimentos porque estaba más concentrada en un posible lupus que en tener contento a un tío que a la primera de cambio se daba el piro. Yo vivo en Agurain, un pueblo del interior no muy grande, y en el que pronto se supo por ahí que me habían dejado y todo eso. La gente se pensaba que tenía los ojos rojos por llorar a mi ex y yo tenía la cara cenicienta por lo poco que dormía. Empecé a comer caramelos a todas horas intentando mantener la boca con cierta humedad, pero ante el riesgo de caries, pronto me hice chupadora de botones al menos durante el día. Por la noche un botón como que no. Una noche casi me ahogo cuando un botón verde se me quedó atascado en la garganta. De ahí en adelante los botones quedaron para cuando estaba despierta y para las camisas. Hasta aquí todo malo y chungo pero dentro de la normalidad, porque hay mucha gente que vive, o malvive, con estos síndromes; pero entonces empezó: la SED. Como si fuera una fiebre, unos días más y otros días me-


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

99

— Marea —

nos, sentí la constante necesidad de beber, todo tipo de líquidos, sin límite. Pasaban a través de mí sin saciarme, sin hidratarme en absoluto. Bebí agua de todos tipos, el agua filtrada de las jarras esas, el agua de hierro de unas fuentes que conocía en el monte cerca de Arrasate, incluso compré un sistema de filtrado de agua de más de 3000€ para beber agua estructurada, la panacea contra todo lo maaalo. Por supuesto las bebidas tipo Aquarius, Gatorade, zumos, cervezas, etc.Tooodo lo bebí y todo lo probé, pero era como si pasaran por una manguera estanca que no absorbiera más que una pequeña parte de todos esos litros que pasaron por mi cuerpo y que me tuvieron en el baño meando más de lo que nunca había bebido en los anteriores treinta años. Parece que la máquina esta se pone en marcha. El medicópata me pide que esté quieta durante los diez minutos que dura el análisis que realiza utilizando unos métodos que tienen que ver con la bioelectricidad de nuestro cerebro, sus frecuencias y otros términos médicos que llegados a este punto poco me podrían importar, yo lo único que quiero son respuestas. Me tenso, porque recuerdo el día que me hicieron el TAC y rezo para que no vuelva a pasar algo parecido. Volví a ver al médico buenorro, y cuando acabó de hacerme análisis para la diabetes y otras enfermedades conocidas que pudieran causar sed, yo ya tenía aspecto macilento. Es como si fuera haciendo una travesía por el desierto pero durante más tiempo, y en vez de deshidratarme en tres días, lo estuviera haciendo durante un año o así. Decidieron que, como no veían nada, y por más líquido que me metían la cosa no funcionaba, me iban a hacer un TAC (taxonomía radial computerizada). Durante toda este peregrinaje de especialista en especialista aparecieron una serie de síntomas que al principio rechacé como tales. Uno es que me he vuelto una gourmet del agua. Bien es cierto que ninguna me satisface, pero en cuanto la paladeo puedo saber si tiene mucho cloro, qué composición tiene, etc. No es que sepa los nombres de los elementos que hay en ese agua pero los noto y los distingo. Esto no se lo dije al médico por miedo a que además del TAC para mirarme las articulaciones y el cerebro, llamaran al loquero. Los del TAC también me dijeron que tenía que estar quieta, y allí estaba yo tranquilísima cuando empezó primero el hormigueo y luego la sensación de que en vez de estar irradián-

dome con rayos X lo hicieran con estrellas ninja. Comencé a gritar porque el dolor era insoportable, y me sacaron de la máquina llorosa y temblorosa jurándome que era la primera vez que veían esa reacción. Por lo tanto el TAC no es ahora mismo una opción para mí. Sigo teniendo sed y noto cómo el reloj avanza inexorable. O encuentro una solución, o en unos meses seré una momia bajo tierra. La máquina, rusa y de tecnología alternativa, según mi medicólogo, ronronea mientras busca los problemas que hay por ahí en mis centros de energía, en mis circuitos bioeléctricos y blablablá blablablá. Al menos no siento nada desagradable, sólo escucho el ronroneo y siento como si aire templado recorriera mi piel por dentro. No está mal, no duele. Después de cinco minutos, la máquina se queda en silencio y el medicólogo se inclina sobre la pantalla para leer el diagnóstico. El muy capullo se echa a reír. Dice que hemos terminado y me dice, toma esto cada vez que tengas sed, y en un papel escrito con letra de médico, leo «Agua de mar». Le escupiría en la cara si tuviera saliva. Acabo de gastar 160€ en un diagnóstico que me roba dinero y esperanzas. Lo miro a los ojos sonrientes clavándole la mirada, le pago y me voy sin mirar atrás. — 31/5/2032— Son las dos de la mañana otra vez y estoy en el baño poniéndome un gel hidratante en los ojos, que se me han pegado a los párpados, y lo siguiente es ponerme un buen chorro de Xerox para que la lengua no se me pegue al paladar. No quiero ser desagradable, pero lo que me pasa en el chichi tampoco tiene nombre conocido. Ahí me unto un buen chorro de Nivea dos o tres veces al día para poder seguir caminando. La impotencia es total y lloro en silencio y sin lágrimas, mis ojos no las producen ya. Me siento en el suelo del baño y recorro el contenido del armario abierto. Dentro tengo un espray nasal de agua de mar, Rinhomer. Lo agarro y me echo un chorro directamente en la boca. Tiene un sabor químico, pero mi ultrapaladar detecta algo delicioso entre esos productos de laboratorio. Me echo otro chorro y me sabe fatal y fantásticamente bien, sigo hasta que no queda más en el bote. Mi boca revive con el líquido elemento y ¡tenía razón el


100

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Marea —

medicólogo! ¡Agua de mar! Eso es lo que necesito después de todo. Después de beberme el Rinhomer me he metido a la cama y he dormido del tirón diez horas por primera vez en seis meses. No es que de repente se haya hecho el milagro pero saber que tengo una posible solución a toda esta agonía me ha proporcionado tal paz que no he podido menos que dormirla.

se echa las manos a la cabeza y luego organiza un viaje para visitarme. Esta es la versión oficial, pero no me voy por eso. Me voy porque no puedo evitarlo, es mar abierto, océano, y poder vivir cerca de él, olerlo, saborearlo, todo eso me tiene muy nerviosa; pero son nervios buenos, como si fuera a casarme o a tener un hijo, supongo. — 23/8/2032 —

— 8/7/2032 — Hace un par de meses ya que deje el agua dulce. Ahora consumo exclusivamente agua de mar. Me he vuelto una experta en AGUA. He descubierto que el término agua agrupa a muy diferentes líquidos: agua dulce, agua corriente del grifo, agua de manantial, agua destilada, agua salada, etc. En cada una de estas clasificaciones generales se pueden hacer otras mil. Es como si habláramos de vino blanco, vino tinto, vino rosado, etc, y luego tuviéramos cada denominación de origen y cada marca de vino. Para mí, el agua es igual. Mi paladar se ha vuelto un instrumento de precisión desde que bebo agua del mar. El agua de mar puede ser muy diferente. depende del lugar del que provenga y del momento en el que se recoja. Una copa de Cantábrico de Marea viva en Septiembre es algo muy especial si se consigue recoger cuando el agua está limpia. Ese es mi mayor reto, conseguir agua de mar limpia. Cómo no, gracias a Internet puede uno comprar los litros que necesite a un precio asequible, pero el agua embotellada tiene un sabor a rancio, como si no tuviera toda la vida que debiera, es agua zombie. La gente me dice que estoy mejor que nunca. El pelo y los ojos me brillan, mi boca está bien y mi chichi vuelve a estar húmedo. Aún así sigo sintiendo que algo no está bien dentro de mí. El cuerpo me pide irme a vivir al mar. Suena a locura, pero así lo siento, es como si las sirenas de los cuentos me llamaran desde la costa, y eso que soy de secano de toda la vida. Que conste que de momento me bebo el agua en secreto. Si pensáis que voy a contarle a mi madre que bebo agua con sal porque me gusta más que el champagne francés, estáis locos. A ver cómo le sienta saber que me voy a vivir a las Canarias a trabajar en Oseantek, una empresa que saca energía del mar, del Mar Atlántico. Seguro que primero

Aquí estoy, en mi pequeño estudio de la costa de esta isla, de las últimas que se abren al mar Atlántico en el Roque del Pilato, en la isla de El Hierro. Me he integrado rápido en el trabajo. Formo parte del grupo que lleva el proyecto para diseñar y fabricar el primer generador y los mecanismos para el almacenamiento de la energía que se genera, y superviso su paso a la red eléctrica. No se trata tanto de inventar cosas nuevas como de investigar y aplicar tecnologías que ya existen. Parece ser que uno de los efectos de que los polos se estén derritiendo es el cambio de patrones de circulación de agua en los océanos, y que esta zona del Atlántico podría llegar a generar, gracias a los cambios previstos, tanta energía como una de las antiguas centrales termonucleares. He hecho nuevos amigos entre la gente del trabajo y mi sueldo es bastante decente, lo que me permite vivir donde quiero, es decir, en una casita cerca del mar. Tengo el pelo más largo y rubio porque aquí siempre hace sol y en la planta de la granja de olas el viento es una constante que al principio te vuelve loca y luego te engancha a la par que te curte la piel por muy imposible que sea con mi tez blancuzca. Parezco una rubia de California más que una ingeniera vasca. Aquí nadie sabe lo de que bebo agua salada. Ya no la compro, la bebo directamente del mar. Aquí el mar llega en toda su gloria, limpio y salvaje. Pero la cosa ha «empeorado». Además de beberla, ahora la añoro, como a una amante, como si fuera mi novio. En cuanto puedo me escapo a la playa y me sumerjo. Tengo miedo porque no tengo clara la dependencia que me ha creado esta nueva afición mía. Aguanto debajo del agua cada día un poco más, ya voy por los diez minutos. El otro día salí a hacer snorkel con unos amigos e hice otro descubrimiento inquietante. En cuanto me


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

101

— Marea —

tiré de la zodiac me sentí capaz de calcular más o menos la distancia al fondo y las corrientes marítimas que se dibujaban a mis ojos como en colorines. ¡Alucinante! Tanto que estuve ocho minutos bajo el agua sin respirar, y cuando salí mis colegas ya estaban llamando a la guardia costera pensando que me había pasado algo grave, vamos que ya estaba siendo comida para peces. Estoy preocupada con el curso de los acontecimientos, incluso las mareas me afectan. En este caso me ponen mogollón. Cuando se combinan la marea alta y la luna llena, tengo que salir a los bares cerca de la playa y buscar a alguien. Tener ojos azules y este moreno de mar me favorecen y no me faltan los ligues. Es el mejor sexo que he tenido en mi vida, las hombres aprecian realmente mi entusiasmo; pero incluso después de una noche increíble, por la mañana tengo que irme corriendo a la playa y es entonces, cuando me sumerjo, cuando realmente me siento satisfecha. Lo que me da miedo de toda esta situación es que la cosa parece ir a más. ¿Cuánto más necesitaré el agua? de momento con un baño o dos al día, es suficiente, pero todo es cambiante. Alguno dirá: ¿no ha mirado en Internet a ver si hay más gente así? ¡Pues claro so listo! Claro que lo he mirado, y he encontrado una fauna muy extraña de gente de todo tipo, pero no encuentro la manera de identificar a personas como yo entre semejante tropel de frikis. Y luego está el tema del idioma, que puede que haya 200 chinos igualitos a mí, poniéndose hasta las trancas de agua salada, y nunca lo sabría porque no tengo ni pajolera idea de chino, y el Google con los lenguajes asiáticos anda justito. — 20/9/2032 — Veo la tele después de llegar de mi último baño. Hoy no me he quedado mucho tiempo, el agua estaba rara, no sé cómo describirlo, pero no era como siempre. En la boca he notado sabores extraños como si se hubieran removido sedimentos antiguos del fondo. Sabía como un vino que se ha avinagrado y me picaba la piel. Además lo que he bebido, me ha provocado un dolor de cabeza y algo de ardor de estómago. Me tumbo en la cama y, para distraerme, leo en El semanal un artículo acerca de mi tema favorito. Parece ser que científicos rusos dicen que el agua fría de los polos

está integrándose en las corrientes del Golfo y en la de Kuro Shiro en Japón, y estas corrientes están creciendo, empujando a otras y cambiando, según estos ruskis, para siempre su curso y fuerza en el planeta. Los efectos ya se han hecho notar en Asia, y en un futuro se prevé una subida del nivel del mar de unos siete metros, pudiéndose generar tsunamis y terremotos en cualquier zona con cierta actividad sísmica, sobre todo si se encuentra en el suelo marino. Lo leo con interés por mi trabajo y por mi… condición especial. Finalmente desisto y enciendo la tele, que es más llevadera para el dolor de cabeza. Parece que hoy no hubiera otro tema y me encuentro con un programa acerca del cambio climático que está a tope de científicos y teorías. Os diré lo que pienso yo, creo que lo mejor es esperar, porque a estas alturas las cartas están echadas y la naturaleza es la que las sujeta en la mano. Por otro lado, más agua son buenas noticias para mí, y no me creo esta versión que nos están vendiendo los medios, siempre intentando tener en estado de alerta a su público. Lo que sí que creo es que tantos datos están potenciando mi jaqueca. Estoy empezando a sentirme mareada. He tenido que tenido que tumbarme en la cama y poner un pie en el suelo como si estuviera borracha e intentara amarrarme a tierra como pudiera. Algo le pasa a mi equilibrio y me siento caliente o fría y, sobre todo, a la deriva. Algo viene, algo que me hace sentir como si me estuviera subiendo a una montaña rusa sin cinturón. Aterrada y viva, pero sobre todo aterrada, porque en estos momentos soy consciente de lo sola que estoy últimamente, sin mi familia, sin pareja, viviendo aquí y guardando todos estos secretos y cambios en mi interior. ¿A qué tengo miedo? No lo sé, pero si paso de esta noche juro que voy a intentar no centrarme tanto en mis peculiaridades y rarezas e intentar buscar más contacto humano. — 8/10/2032— Es de noche y la tierra bajo mi apartamento sufre una sacudida que me saca de una de esas pesadillas típicas. Siempre la misma cosa, o voy a la playa y resulta que el agua se ha vuelto dulce, o intento llegar pero no cojo el autobús y me muero de sed caminando a cámara lenta mientras me falta un zapato, etc. Ese tipo de sueños estúpidos y agobiantes. Me incorporo, y ese simple hecho parece robarme la


102

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Marea —

sangre del cerebro y se me queda la visión en negro un ratito hasta que me recupero. El mareo es ahora muy fuerte. Me agarro a la cama pero no me vale, me encuentro fatal. Me entran ganas de llamar al medicólogo para que me diagnostique a distancia. Juro por Dios que me dijo que lo hacía, y yo le creo. También podría llamar a urgencias pero, cuando noto otro temblor en el suelo de mi piso y una baldosa salta limpiamente del lugar que ocupaba en la pared de mi baño, intuyo que los de emergencias no estarán esta noche para que yo les moleste con un mareo. Durante más de unos eternos 45 minutos permanezco allí, agarrada a mi cama, sin atreverme a ponerme de pie. La cabeza me da vueltas como si me hubiera bebido una botella de tequila yo solita, sin limones ni sal, a palo seco. He vomitado dos veces sobre la alfombra, que tiene un ángulo extraño porque los temblores la han ido desplazando poco a poco. El olor en el cuarto es nauseabundo, y he contado más de diez estallidos de baldosas. No puedo evitar llorar mi angustia porque ni siquiera tengo el teléfono cerca. Poco a poco, angustiosamente, pasa la noche, siento que soy más dueña de mi cuerpo y que el mareo está de retirada. Con la cabeza algo ligera todavía, me decido por fin a salir de la cama. No sé qué encontraré cuando salga de casa o mire por la ventana, pero me siento algo claustrofóbica y no me queda más remedio que moverme, o mejor dicho gatear para echar un ojo al mundo exterior. Me asomo a la ventana y, en cuanto me da el viento del Atlántico en la cara, me doy cuenta que lo que necesito es la seguridad de que, en este punto de mi vida, sólo me proporciona la presión de miles de litros de agua sobre mi piel. No sé si meterme al mar es buena idea, pero el techo sobre mi cabeza no parece mejor y creo que en ocasiones de peligro es mejor hacer caso al instinto. El mío me grita que vaya al mar. Vivo en un bajo muy cerca de la playa, pero la sorpresa es que hoy no es necesario ir hasta la playa. Cuando salgo del portal, el agua me llega ya por los tobillos. En cuanto me los cubre ya me siento en mi elemento. Este agua es un bálsamo para mis nervios y me siento calmada como por arte de magia. Miro a la calle y todo está sumergido, desde donde estaba el paseo marítimo hasta casi cubrir la cuesta que lleva hasta la farmacia del pueblo. Es como si una inmensa marea hubiera tomado el pue-

blo por la fuerza durante horas y horas. La madrugada, y el fin de la subida, se han debido de producir cuando estaba sujetándome a la cabecera de mi cama y observo anonadada el agua inundándolo todo, me chupo un dedo y noto el sabor de mar adentro. Ese agua no viene de la costa sino de muchas millas marítimas de distancia. Tiene un sabor salvaje y muy salado, me encanta. Para muchos sería la mayor tragedia conocida, pero aunque me dé vergüenza reconocerlo, me embarga la emoción, no puedo evitarlo y lágrimas de felicidad me recorren las mejillas y una gran sonrisa de lunática el rostro. — 4/2/2033— La mega-marea, que es como se conocería en adelante, no volvió a bajar más de lo que lo haría una marea convencional. Después de todo, los científicos rusos tenían razón, pero fallaron en la predicción del cuándo estrepitosamente, se equivocaron por unos treinta años. La mayor pérdida, a nivel personal, fueron las playas, que quedaron bajo el agua. Se están empezando a crear playas artificiales pero no es lo mismo. Yo visito aquellas playas buceando en mis largas excursiones marítimas. Tal y como prometí la noche de la gran marea, he dedicado grandes esfuerzos a tener una vida social y, sobre todo, a buscar más humanos como yo, y ¡surprise! los he encontrado. La gente ya no se oculta. Yo misma visité de nuevo a mi medicólogo para pedirle consejo y él me dijo lo mismo que me podría haber dicho cualquier otro colega, que la vida es demasiado corta para andarse con chiquitas, y que como dicen en las series «sea yo misma». Ha sido liberador pero un poco anticlimático contarles lo mío a mis padres y amigos, vamos que no les parece ni bien ni mal, como si me hubiera teñido de moreno y puesto un piercing. Las adaptaciones no han terminado aún, ayer me descubrí una agalla debajo del sobaco. No me sorprendió, pocas cosas lo hacen últimamente, aunque me resulta inquietante sentirme tan bien y sonreír tanto. ¿Y ahora qué? ¿Otra forma de vivir? ¿Otra forma de pensar? ¿Ha cambiado algo mi vida? La mayoría pensaría que no, porque sigo trabajando en el mismo sitio haciendo lo mismo en la empresa que ha resultado ser el boom del mercado energético, pero se equivocarían. Mi cuadrado cerebro de ingeniera mecánica se ha roto en


ACUAMAG. Fundacion Acuorum

103

— Lo que trajo el agua —

mil pedazos que se han vuelto a pegar. Ya no doy nada por hecho, no pienso que el mundo es así. Solo creo que el mundo es así hoy, y que hay que fluir. Los términos líquidos están en boga, be water my friend. — 20/3/2033 — Mañana cojo un avión que me llevará al Norte de África, a Essauira, en Marruecos, donde vive Aquiles, un alemán hijo de inmigrantes griegos, al que su cambio le pilló en Marruecos, donde ahora vive. Me cuenta cosas que puede que me esperen y me manda una foto que me provoca peces voladores en las tripas. He pedido permiso para una semana en el trabajo, pero no prometo volver, porque compartir el mar y el agua con alguien, cualquier persona, en igualdad de condiciones, va a ser alucinante. Nos hemos estado escribiendo y hemos hablado mucho. Espero ansiosa el momento de compartir la marea, ola tras ola tras ola.

LO QUE TRAJO EL AGUA Nagore Uribe Finalista Euskera — Traducción Koro Navarro

Recuerdo que cuando era pequeña pasaba horas y horas en el parque en compañía del calor del verano jugando con pistolas de agua; y recuerdo aquellas guerras interminables con globos llenos de agua, y mi sorpresa cuando alguno me alcanzaba ya de camino a casa, y, totalmente mojada, me quitaba las ropas en la entrada. Allí nos juntábamos todos los niños del barrio; nuestro único objetivo era la diversión, y nuestro único deseo que el agua no se terminara y nos llegara el turno en la larga fila que se formaba junto a la fuente. Tampoco entonces había mucha paz en los juegos. Los enfados y las pequeña peleas eran algo cotidiano, a pesar de que termináramos pidiendo perdón entre llantos. En aquella época, siendo como éramos unos llorones, era suficiente cualquier pequeña sorpresa, desacuerdo o burla para que derramáramos lágrimas falsas, o no tan falsas; éramos expertos en ello. Sin embargo,

cuando el motivo de los llantos era un dolor real, la cosa se complicaba, y nuestra madre se acercaba con el kit de emergencias, trayendo el mejor remedio para curar las heridas: un poco de agua, una tirita con dibujos y un sonoro beso de enorme eco. Así, tras regresar como un héroe, entre risas y abrazos de los amigos, el juego se adueñaba de nuevo de nosotros, y borraba de nuestros ojos los restos de las lágrimas. En ningún álbum familiar podía faltar una foto de aquellas, inolvidable, de las que pasan a la historia. Mi hermano y yo desnudos en la bañera de casa, toda ella llena de juguetes. En ella, entre chapoteos, cambiando de vez en cuando agua fría por agua caliente, la limpieza se convertía en juego. Eran tiempos bonitos, en los que la prisa y la paciencia carecían de importancia, y en un metro cuadrado descubríamos juntos el mundo submarino. Aún conservo aquellos patitos de plástico amarillo, tuve una docena de ellos, pero he perdido la cuenta del número de aguas en las que se bañaron. Hoy en día, cuando voy por la orilla del río y veo algún pato, me acuerdo de aquellos otros, y a estos les echo un trozo de pan para que se acerque la familia; tan encantadores me parecen, que me gustaría formar parte de ellos, como un patito feo. Después, cuando ya teníamos los pies en el suelo, llegaron interminables sesiones de piscina: manguitos, gorro, flotador, gafas de agua, saltos, largos, trampolín… cada vez que me acercaba al borde de la piscina, parecía que era el fin del mundo. Bebía bastantes litros de agua en cada sesión del cursillo, pero la piscina nunca se vaciaba; sin embargo, más de una vez puse mi vida en peligro cuando, entre grandes toses, estuve a punto de ahogarme. En aquella época pasé muchos apuros a causa del agua, tampoco el odio estaba muy lejos, y al final entré en el club de natación y gracias al agua gané varias medallas. También a mí me llegó la época de la rebeldía, y aunque fue tranquila, la mayor parte de los sucesos tuvieron lugar en el colegio, pues en compañía de amigos la trastada más pequeña suele ser grande. Nos juntábamos unos tres o cuatro amigos en el váter, poníamos papel en el hueco del lavabo y abríamos el grifo hasta que empezaba la inundación; luego desaparecíamos y cuando en medio de un gran escándalo empezaba la aventura, yo ponía cara de sorpresa, tratando de mostrar que el asunto no iba conmigo. También hice alguna travesura


104

I Concurso Literario Internacional Relatos de Agua

— Lo que trajo el agua —

en la clase de gimnasia: cuando al llegar el momento de la ducha de pronto no había agua caliente o el agua sabía como cola-cao, yo solía ser uno de los cómplices, y hacíamos grandes preparativos para que nadie sospechara que habíamos sido nosotros. Esas dos son las anécdotas más famosas que recordamos con orgullo en la cuadrilla, y no hay ninguna duda de que una vez más lloraremos de risa gracias a esas historias. Me llegó por fin la edad de salir de parranda, pero los domingos siempre tocaba cumplir. Por lo tanto, no podía faltar el agua en las comidas dominicales en casa de la abuela, pues la única agua que habíamos visto la mayor parte de los primos la noche anterior habían sido los cubitos de hielo de los tragos que teníamos entre manos, y entonces no deseábamos tanto el trago de agua que podíamos obtener gratis en los bares. Qué malos suelen ser los días de resaca… Menos mal que esos días en los que el cuerpo se encuentra en condiciones extrañas de estado y temperatura, la abuela te ofrece su bolsa de agua a modo de tabla de salvación, pues la tiene guardada como si fuera de oro, y también la utilizaba cuando sus hijos eran pequeños. No existe en el mundo otra persona como ella. Tiene la habilidad de tener la cabeza en mil cosas, pero nunca olvida el ritual de regar las flores; cuando va de vacaciones solo nos llama para eso, pero no me voy a poner celoso por unas bonitas flores que solo piden agua. Más tarde, dejando atrás las niñerías, empezaron duras sesiones de estudio fuera de casa. Es en un piso de estudiantes donde mejor se aprende cuál es la realidad, y allí te das cuenta de que las labores domésticas son más duras que las universitarias. Aunque todo consiste en habituarse, me basé principalmente en una dieta de macarrones. No se puede calcular cuánta agua herví en cuatro años, pues los tuppers de mi madre se terminaban enseguida y busqué la solución más fácil para sobrevivir. A pesar de ello, no todo fue malo, vivir sin control tenía sus ventajas, dispuse de una libertad infinita para hacer lo que quería; algunas horas de clase las pasé soñando en el sofá, donde me despertaba en pocitos formados por mi saliva. También fueron aquellos los tiempos más duros en los asuntos del amor; estaba necesitada, sedienta de cariño, ello me traía grandes problemas y así llegaron las lágrimas más dolorosas del desamor. Encontrar en el mundo a tu media naranja es tan difícil como encontrar

una fuente cuando estás en la montaña a 40 grados, bajo insoportables rayos de sol, vas medio muerto de calor y todavía te falta más de la mitad del camino. Qué cantidad de llanto surgía de mí cada vez que me rompían el corazón, mis ojos verdes parecían las cataratas de Iguazú. Siempre me ha gustado el calor, amo la primavera y amo el verano. Sin embargo, amo también los días oscuros y tristes del invierno, los días de llovizna interminable, las trombas de aguas bajo el paraguas, los trayectos que hay que hacer de un charco a otro, el ruido ensordecerdor del granizo, y vivir ese momento soñado en el que cuando te despiertas ves nieve en los tejados. La magia que surge cuando se mueve la bola de cristal y la nieve empieza a caer suavemente, es la misma que siento cuando en invierno miro por la ventana desde la calidez del hogar, y veo el camino que dibujan las gotas de agua en el cristal. Esa magia se puede comparar con la tranquilidad que siento en la playa en las vacaciones de verano, cuando llega la semana que he esperado durante todo el año y me escapo a cualquier costa. En la playa, tumbada boca arriba o boca abajo, paso horas como una tostada, escuchando la música que hacen las olas al romperse y de vez en cuando me atrevo a refrescarme en el agua salada del mar: creo que es uno de los mayores placeres de esta vida. Porque todo es mejor en vacaciones y aún mucho mejor si te encuentras en un sitio desconocido; ser turista tiene su encanto, especialmente cuando vas a comprar una botella de agua y al abrirla te encuentras con que es agua con gas: la cara que se te queda no tiene precio, qué rabia, un irreparable engaño de tres euros. Cuántas vivencias, aventuras, historias, lecciones me ha dado todos estos años el agua, ese elemento tan apreciado, imprescindible para la vida. Y ahora, ya en la vejez, rodeado de recuerdos, en la cumbre del Ernio, bajo la cubierta de un cielo absolutamente azul, veo el mar inmenso, y resbala una lágrima por mi mejilla, siento la necesidad de verter tristes gotas de agua cada vez que me encuentro en este paisaje, pues me viene a la cabeza aquel día aciago, día de tormenta, en que la mar se llevó a mi padre, pescador. No se puede olvidar ni se puede negar que lo trajo el agua el agua se lo lleva, querido padre.


Entre los objetivos de la Fundación Acuorum Iberoamericana Canaria de Agua está el de fomentar la cultura en cualquiera de sus formas de expresión, como lo es la escritura. Por ello, aunar palabra y agua nos ha resultado un reto apasionante. Gracias a todos los que han sido parte del I Concurso Literario Internacional "Relatos de Agua". Entre los objetivos de la Fundación Acuorum Iberoamericana Canaria de Agua está el de fomentar la cultura en cualquiera de sus formas de expresión. Y una de las principales y más importantes formas de expresión de la cultura es la literatura. Por ello, animar a más de trescientos autores a hablar del agua a través de la literatura ha resultado un proyecto apasionante. Agradecemos a cada uno de los autores —experimentados o noveles—que decidieron participar en nuestro primer concurso literario, que dedicaron parte de su tiempo a construir historias en las que el agua (presente o ausente) jugase un papel determinante. Les agradecemos también que depositaran en un sobre sus ilusiones en forma de palabra y que, muy a la antigua usanza, fuese el mismo cartero el que a diario llenase nuestra estantería de relatos de agua. ¿De qué lugar llegarán hoy las palabras? ¿En qué lengua se nos presentará el relato? Preguntas a las que íbamos dando respuesta día a día con la sorpresa del elevado

número de participantes que se iban acumulando conforme se acercaba el plazo de finalización del certamen. Argentina, Uruguay, Chile, El Salvador, Italia o Portugal y casi todos los rincones de España y Canarias. Desde todos esos lugares —y bastantes más— han respondido a la convocatoria que ha logrado unir, en torno a un tema narrativo común, múltiples puntos del planeta. De todos ellos, en esta publicación se recogen los mejores. Vienen avalados por la selección de una comisión calificadora de reconocido prestigio, liderada por nuestros patronos Andrés Sánchez Robayna y Fernando Delgado. También han formado parte de ella Carme Riera, Bernardo Atxaga y Pedro Feijoo. A todos ellos les estamos profundamente agradecidos por su cooperación y su tiempo. Son el sello de calidad de este concurso literario. A todos los que han sido parte del I Concurso Literario Internacional ‘Relatos de Agua’, gracias por hacerlo realidad.


©NASA

FUNDACIÓN ACUORUM Gabinete Literario Plaza de Cairasco, 1 35002 Las Palmas de Gran Canaria info@acuorum.com

www.acuorum.com www.facebook.com/acuorum @Acuorum


Los tipos de papel utilizados en esta publicación son: para el interior Natural de 120g y Natural de 300g para la cubierta, todos FSC®(Forest Stewardship Council®). Son papeles originados en bosques regenerados de forma responsable y con certificación para toda la cadena de producción.


AcuaMag 5  

I Concurso Literario Internacional 'Relatos de Agua'

Advertisement