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Dexter y el ladr贸n de zanahorias

Por:

Gens325

La misma Fulanita de Tal de siempre.

2011


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DEXTER Y EL LADRÓN DE ZANAHORIAS

― ¡¿QUIÉN SE LLEVÓ MIS ZANAHORIAS?!... ¡CUANDO LO ATRAPE SE VA A ARREPENTIR!... Esa mañana fueron los gritos de Don Carlos, el dueño de la granja y no el canto de los gallos los que despertaron a todos los animales que vivían allí. Alguien aprovechó la noche, se metió a su huerta y se llevó casi todas las zanahorias que estaba a punto de cosechar. El único que no se movió de su cama fue el conejo Dani. Mientras tanto, los demás animales se reunieron frente al establo y le dieron rienda suelta al chisme: ―Seguro fueron los topos. Todos sabemos que hace meses merodean por la huerta ―afirmó una de las gallinas. ―Pues hace días les dije a varios de ustedes que una tarde vi un puerco espín dentro de la granja y no me

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creyeron… a lo mejor ese es el ladrón ―dijo la coneja Luna, pero ninguno de los otros animales le prestó atención, es que en esa zona nadie ha visto nunca un puerco espín. ― ¿Qué tal haya sido alguna de las cabras o de las ovejas? Hasta de los cerdos podemos sospechar… ¡Con lo golosos que son! ―les dijo a las vacas Dexter, el perro labrador negro, mientras las cabras, las ovejas y los cerdos se miraban entre sí como buscando un culpable. ―Según eso hasta los caballos o nosotras podemos ser sospechosos ―le replicó la vaca Felicia a Dexter. ―No he dicho nada sobre ustedes porque sé que no pueden entrar a la huerta sin derribar las cercas, Felicia. En vez de quedarme aquí de chismoso o discutiendo contigo, mejor me voy a investigar.

¡Con

permiso! ―dijo Dexter y salió corriendo hacia la huerta

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a buscar pistas sobre la desaparición de las zanahorias de su dueño. Una vez allí, Dexter, que era muy observador, como todo buen detective, se fijó en los montoncitos de tierra que había en los lugares donde estaban sembradas las zanahorias e hizo su primera deducción: ―Si los topos se las hubieran llevado las habrían jalado hacia dentro, así que no fueron ellos. Estos montones indican que el ladrón las arrancó ―dijo con mucha seguridad. Luego caminó y olfateó por la huerta en busca de nuevas pistas. Notó que la tierra de los surcos no estaba igual: las huellas que él y Don Carlos dejaron la tarde anterior, cuando fueron a hacer su acostumbrada revisión, desaparecieron. ―Solo la lluvia o un viento muy fuerte pudieron borrarlas en el transcurso de la noche… Pero anoche no llovió y no es época de vientos ―razonó mirando hacia

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el cielo―. La tierra se ve movida hacia los lados, esto quiere

decir que

el

ladrón usó algo

para borrar

cualquier rastro ―dedujo luego de observar el suelo. Rato después, mientras revisaba por segunda vez los montones de tierra, encontró una mota de pelo entre uno de ellos. Aunque era muy pequeña, era una gran pista. La olfateó y observó detenidamente. ―El olor, el color y la textura suave me indican que el ladrón fue un conejo blanco. Tal vez uno de los ocho que vive en esta granja (todos eran blancos). “Creo que esta investigación continúa en las casas de mis peludos y dientones amigos” ―pensó Dexter mientras se dirigía a la salida de la huerta. Sin correr. Necesitaba fijarse en todo a su alrededor si quería hallar más pistas. Justo antes de salir vio enredado en uno de los alambres de la cerca un pedazo muy pequeño de cuerda azul. Se detuvo y lo observó con atención―. Esto no estaba ayer aquí. Es otra pista ―dijo y siguió su camino.

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Antes de ir hacia las conejeras pasó frente al establo para ver si los demás animales seguían chismorreando o ya habían empezado sus actividades diarias. Ninguno estaba por ahí. ―Seguro

están

desayunando―

momento sintió que

pensó

y

en

ese

en su estómago tenía un león

rugiendo. Recordó que no había comido nada. Entonces corrió hacia su casa que estaba junto a la de su dueño. Cuando terminó de comer sus croquetas rellenas de carne retomó la investigación. Dexter sabía que todos los conejos, excepto Dani, que se

levantaba

tarde,

pasaban

la

mañana

en

los

pastizales, así que corrió hacia las ocho conejeras para revisarlas antes de que sus dueños regresaran o despertaran. No encontró nada en las cinco primeras. Pero cuando entró en la sexta, que era la de Dani, vio huellas de conejo hechas con tierra negra. Las siguió hasta el cuarto, que estaba oscuro porque las cortinas

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todavía estaban corridas. Percibió un olor dulce que se hacía más intenso cuanto más se acercaba a la cama. Debajo

de

ella

encontró

una

canasta

llena

de

zanahorias. Todo señalaba que había descubierto quién era el ladrón. Cuando alzó la cabeza, Dexter vio un par de orejas largas sobre la almohada y un bulto tapado por las cobijas. Era Dani que aún dormía plácidamente. ―Para ser un ladrón se ve muy tranquilo ―pensó Dexter,

dudando

dormilón―.

de

la

culpabilidad

del

pequeño

Dani, Dani, ¡Despierta, conejo perezoso!

―Lo llamaba al tiempo que lo empujaba con el hocico para que saliera de su sueño profundo. ― ¿Queeeé pasaaa? ―preguntó Dani mientras sacaba la cabeza de las cobijas y daba un largo bostezo. ― ¿Cómo que qué pasa, Dani? Ya mismo me explicas que hacen las zanahorias de Don Carlos debajo de tu cama ―contestó Dexter antes de ir a descorrer las cortinas para que entrara la luz.

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― ¡¿QUÉ?! ¿Cuáles zanahorias? ―gritó el conejo. El susto le quitó el sueño. Rápidamente se asomó bajo su cama y vio la canasta llena―. ¡¿Cómo llegaron estas zanahorias

aquí?!

―Preguntó

entre

sorprendido

y

angustiado―. ¡Alguien quiere echarme la culpa, Dexter! ¡Tú me conoces desde pequeño y sabes que nunca he tenido problemas con nadie! ―Eso es cierto. Además eres muy perezoso como para tomarte el trabajo de ir a la huerta de noche y sacar casi todas las zanahorias ―dijo Dexter con tono irónico. ―Bueno, bueno, no es el momento de sacar a relucir esa faceta de mi personalidad. Tenemos que encontrar al culpable antes que los demás lleguen y me acusen. Si Don Carlos se entera de que sus zanahorias están aquí dentro de la canasta que me regaló su hija… ¡en la noche

seré

conejo

al

horno!

―exclamó

Dani

con

preocupación.

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―Está bien. Para encontrarlo debemos hallar nuevas pistas. Veamos… ¿el olor de las zanahorias bajo tu cama no te hizo despertar con hambre? ―preguntó Dexter mientras recorría con la mirada todo el lugar. ―No. Desde hace dos días tengo gripa y no siento los olores de las cosas. ―Contestó Dani―. Y estas noches he dormido mucho más que de costumbre. Apenas me he medio despertado dos o tres veces para sonarme. Además, no he tenido mucho apetito y no es que me gusten mucho las zanahorias… Me da mucha pereza roer, roer y roer… ¡Son taaan duras! Cuando me las como es porque me toca. No me gusta despreciar nada de lo que me sirven Don Carlos, su esposa o su hija. Dexter supo que era verdad lo de la gripa cuando vio sobre la mesa de noche un frasco de jarabe de eucalipto y miel, el que siempre les recetaba a todos los animales el veterinario de la granja, y unos pañuelos desechables arrugados y tiesos, que le parecieron muy

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desagradables, pero no hizo ningún comentario sobre ellos. ― ¡Ajá! Quien quiere echarte la culpa sabe que estás enfermo… y que ese jarabe produce mucho sueño…, y sabe lo que todos sabemos en la granja: que tú tienes el sueño muy profundo y que duermes más de lo normal…, pero no sabe que NO te gustan las zanahorias ―dedujo Dexter. ―Todos en esta granja saben que tengo un sueño muuuy profundo y nunca le he dicho a nadie que no me gustan

las

zanahorias

porque

me

parece

algo

vergonzoso siendo yo conejo, así que pudo haber sido cualquiera… pero no tengo idea de quien sabe y quien no sabe que tengo gripa… espera… ¡Todos los conejos lo saben! ¡Todos han venido a visitarme ya!― exclamó Dani mientras miraba las huellas. ―Bueno. Yo estoy seguro de que un conejo es el culpable. En la huerta encontré una mota de pelo de

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conejo,

por

eso

vine

hasta

aquí

―afirmó

Dexter

caminando alrededor de las huellas― Un momento… en la huerta noté que el ladrón trató de ocultar su rastro y aquí en cambio dejó huellas bien marcadas… ―se detuvo y empezó a observar y olfatear dos pares

de

ellas―. Sí… es tierra de la huerta, lo sé por el olor del abono que usa Don Carlos… y están marcadas con mucha fuerza, como hechas con intención para que nadie en esta granja dude de tu culpabilidad… Ven Dani, Párate aquí ―le dijo señalándole uno de los pares de huellas―. No coinciden… Ahora pon tus patas delanteras… tampoco coinciden… son más pequeñas que las tuyas. Veamos… ―Dexter miraba hacia el techo mientras contaba cuántas conejeras había revisado― aparte de esta ya revisé otras cinco, solo me faltan las de Pacho y Luna.

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― ¡Pues vamos a revisarlas ya mismo! ―Exclamó Dani angustiado dirigiéndose muy rápido a la puerta, sin pensar en su enfermedad. Dexter lo siguió.

En

la

conejera

de

Pacho

no

encontraron

nada

sospechoso, pero en la de Luna encontraron una escoba, un trapero y un frasco de cera a un lado de la puerta y notaron que el piso se veía muy limpio. ―Esto es bastante raro, Dani. Todos sabemos que los conejos de esta granja no son muy fanáticos del aseo y limpian sus casas una vez cada semana, siempre por la tarde, cuando vuelven de los pastizales. ―La última vez que vi a Luna limpiando fue hace como cuatro días ―recordó Dani. ―Ven… revisemos la caneca de la basura… ―dijo Dexter y empezó a escarbar, sacar cosas y ubicarlas en orden en el piso.

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― ¡Ajá!... Una rama llena de tierra… y un pedazo de cuerda azul de poco más de un metro de longitud lleno de nuditos… veamos que contiene esta bolsita de plástico…

tierra

negra…

de

la

huerta

―confirmó

después de olfatearla. Todo indicaba que la coneja había sido la culpable. Dexter unió en su mente las pistas: el piso de la casa de Luna impecable, la tierra de la huerta en la bolsa y en las huellas dejadas en la casa de Dani, la cuerda azul que coincidía con el pedacito que vio enredado en uno de los alambres de la cerca, la rama que probablemente usó para borrar su rastro y por último recordó a Luna mencionando que había visto un puerco espín dentro de la granja, esa era su coartada. Todo encajaba como las piezas de un rompecabezas. ―Pero… ¿porqué quería Luna hacerte daño, Dani? ―preguntó Dexter. ―No sé… déjame pensar…

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― ¡Porque estoy HAR-TA de que seas el conejo MI-MADO de la hija del dueño! ―gritó Luna, mientras entraba en la casa―. Te acaricia, juega contigo, te da helados, dulces y regalos… la canasta bonita, por ejemplo, y a mí ni me voltea a mirar… creo que apenas sabe que existo. No mereces ese trato Dani, eres el animal más perezoso de esta granja… por eso quise darte una lección y aproveché tu enfermedad para entrar anoche a tu casa sin que te dieras cuenta. Dani la miraba sorprendido y enojado al mismo tiempo, y no se sentía capaz de decirle algo, no pasaba lo mismo con Dexter, que empezó a interrogarla mientras daba vueltas a su alrededor: ― ¿Creíste que todos culparíamos a Dani cuando encontráramos las zanahorias bajo su cama? ¿No pensaste que te descubriríamos tan fácilm…

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―Sí, reconozco que subestimé tus capacidades de investigador ―lo interrumpió Luna sin demostrar temor alguno. ―Y desde hace días inventaste lo del puerco espín para que nadie sospechara de ti… ¿Cierto?... ¡Qué mala idea!… ¡Todos sabemos que no hay puerco espines por aquí!

―Afirmó Dexter acercándose a la coneja y

gruñéndole. ―Sí. No niego que lo inventé ―le dijo Luna sin que le temblara la voz y mirándolo fijamente. Al ver que sus palabras y su actitud estaban haciéndole perder la paciencia al perro decidió empezar a contar detalles de su fechoría: ― ¿Ven ese pedazo de cuerda azul? Pues lo usé para atar las zanahorias y sacar varias al mismo tiempo de la huerta. Por eso está lleno de nudos. Con él ahorré mucho tiempo y esfuerzo porque también me facilitó arrastrar todas esas zanahorias hasta acá.

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Dexter se sentía más molesto cada segundo que pasaba. La tranquilidad con la que Luna hablaba le parecía inaceptable y le resultaba imposible dejar de gruñir. Dani estaba paralizado, miraba a Luna con la boca abierta, pero sin emitir sonido alguno. Ella no paraba de hablar: ―Cuando creí que tenía zanahorias suficientes entré a la casa de Dani, saqué la canasta, las puse todas ahí y la empujé hasta dejarla bajo su cama. Luego volví a la huerta con esa bolsa, saqué un poco de tierra y con ella me aseguré de dejar la casa del „Mimado Perezoso‟ llena de huellas, untándome la tierra en las patas antes de cada salto para que se notaran desde la entrada hasta el cuarto ―dijo mirando a Dani sin asomo de vergüenza. ―Pero no tuviste en cuenta que tus patas son más pequeñas que las de Dani ―afirmó Dexter, tratando de

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hacerla sentir bruta, porque no soportaba la suficiencia de la coneja. Ella lo ignoró y continuó su relato para ver si lograba sacarlo de quicio: ―Después salí de la casa del „Bello Durmiente‟ (Dani empezaba a sentirse ofendido por los sobrenombres que usaba Luna para referirse a él),

arranqué una

rama de un arbusto y me tomé el trabajo de borrar mi rastro

en

la

huerta.

¿Quieres

saber

por

qué

no

encontraste ni una huella mía ni una marca de las zanahorias fuera de ahí? Simple. Cada vez que iba y venía lo hacía por un camino diferente. Siempre andaba sobre el pasto. Como hace días no llueve está un poco seco y no quedan señales al pisarlo con cuidado. ― ¡Pues que astuta! ¿Estás esperando una felicitación o un aplauso? ―exclamó el perro con fiereza y al tiempo notaba

que

había

dejado

un

cabo

suelto

en

su

investigación: no tuvo en cuenta que en el camino entre

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la huerta y las conejeras no encontró rastro alguno del ladrón―. “Si quiero ser un buen detective no puedo descuidar ningún aspecto” ―pensó por un instante sin dejar de mirar a Luna con desprecio―. Pero la astucia se te agotó muy rápido…, porque dejar tantas pruebas en tu caneca de la basura fue muy… estúpido ―dijo con la clara intención de molestar a la cínica coneja. Ella no se inmutó y continuó su confesión: ―Cuando regresé de la huerta ya era muy tarde y me sentía muy cansada, así que sólo entré a casa del „Rey de la P… ―

¡Ya

deja

de

referirte

a

con

apodos…

„Robazanahorias‟! ―le reclamó Dani irritado (sentía las orejas muy calientes y el corazón le latía muy, muy rápido), pero ella no le prestó atención y siguió hablando: ―del „Rey de la Pereza‟ para sacar la bolsa con tierra y el pedazo de cuerda y me vine para mi casa. No sé por

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qué en vez de botar la rama en cualquier lugar la traje hasta acá.

Puse las tres cosas en la caneca con la

intención de deshacerme de ellas hoy. Luego me fui a dormir y me desperté muy temprano esta mañana para limpiar y quitar cualquier rastro del piso. Alcancé a barrer, trapear y estaba terminando de encerar cuando oí los gritos de Don Carlos y vi a los demás conejos salir corriendo de sus casas, así que hice lo mismo y fui a parar con todos frente al establo. Rato después, cuando estaba en los pastizales recordé que me faltaba sacar las cosas de la caneca y poner en su lugar los útiles de aseo, así que vine para acá. En la entrada los escuché hablando y cuando me di cuenta de que habían descubierto todo decidí enfrentarlos, y bueno… acá estamos… ― ¡Cuando Don Carlos sepa que tú fuiste la ladrona te convertirá en su cena de esta noche! ―la amenazó

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Dexter, que la miraba como si por los ojos fuera a disparar rayos y sentía que iba a explotar de la ira. ― ¡Ay, no! Estoy disgustado con Luna, pero no quiero que le pase eso ―intervino Dani, parándose en medio del labrador y la coneja. ―Entonces

¿qué

quieres

que

hagamos

con

ella?

―preguntó Dexter enojado―. Yo quiero acusarla. Puedo tomarla con mis dientes del cuello, llevársela a Don Carlos, y de algún modo hacerle saber que ella se robó sus zanahorias y la castigará, mejor dicho, la asará ―dijo, mientras le gruñía y le ladraba a Luna por encima de la cabeza de Dani. ― ¡No, Dexter! ¡No le hagas nada!, prefiero que hablemos

con

los

demás

conejos

y

entre

todos

decidamos un castigo para Luna ―le dijo Dani tratando de calmarlo. ―Y le exigirás una disculpa, espero ―le contestó Dexter sin quitarle los ojos de encima a la orgullosa coneja.

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― ¿Saben qué? Prefiero convertirme en coneja asada al horno o a la brasa a tener que disculparme como si me sintiera

arrepentida

―les

dijo

Luna

mirándolos

fijamente para demostrar que no sentía miedo. ― ¿Cómo? ¡Nooo! ¡No puedo soportarla más! ¡Ya mismo voy a buscar a los otros conejos para contarles todo! ―Exclamó

Dexter

indignado―.

¡Vigílala

mientras

regreso! —le dijo a Dani mientras salía corriendo hacia los pastizales―. Unos minutos después volvió acompañado por los seis conejos, que estaban muy enojados por lo que Luna había hecho, principalmente porque todos aceptaban y querían a Dani tal como era. Nunca les pareció una ofensa que se levantara un poco tarde. Nunca les causó envidia que fuera el favorito de la hija de Don Carlos. Dani se sintió aliviado al verlos, ese tiempo le pareció eterno porque Luna se dedicó a mirarlo como si de sus ojos rojos fuera a salir fuego, sin decir una sola

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palabra, y él no fue capaz de hacerle otro reclamo. En cuanto entraron, Pacho, que era el mayor de todos le ordenó a Luna ir a su cuarto para que no pudiera oír lo que iban a hablar, ella aceptó de mala gana. Luego se reunieron

en

un

rincón,

empezaron a sugerir

formaron

un

círculo

y

posibles castigos. Uno propuso

expulsar a Luna de la granja, otro dijo que no era mala idea que Don Carlos la asara y se la comiera. Después de un rato de discutir el asunto acordaron que el castigo sería limpiar las casas de todos durante un año (empezando por la de Dani, por supuesto) cada tres días en vez de cada semana y encargarse de los oficios diarios, con la posibilidad de reducir un poco ese tiempo si Luna se disculpaba. Claro,

la conocían muy

bien y sabían que su orgullo no le permitiría hacerlo. Aunque en un principio Dexter consideró que no era un castigo muy severo, cuando recordó la desagradable impresión que le provocaron los pañuelos desechables

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sucios sobre la mesa de noche de Dani, pensó que no quisiera tener que cumplir un castigo como ese nunca, pero también que una insolente y ladina como Luna se lo tenía bien merecido. Cuando Pacho le comunicó la decisión, la coneja (que había pasado todo ese rato con las orejas pegadas a la puerta tratando de escuchar lo que los otros hablaban, sin lograrlo) dejó de lado la actitud cínica que mantuvo cuando se enfrentó a Dexter y Dani y gritó: “¡¡Ahora en vez de un conejo perezoso van a ser siete!! ¡¡Qué castigo tan conveniente… para ustedes… Sinvergüenzas!!” Luego los echó de su casa con un furibundo: “¡¡LARGO DE AQUIIÍ!!” ―Supongo que hoy mismo irás a limpiar el desastre que dejaste en casa de Dani ―le dijo Dexter antes cruzar la puerta, sin ladrar ni gruñir, ver a Luna iracunda le mejoró

el

humor―.

“Unos

pañuelitos

mocosos

te

esperan ansiosamente, je je je” pensó y rió por dentro.

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Cuando todos salieron, Luna tiró la puerta con mucha fuerza, como si quisiera romperla, para que notaran que estaba colérica. ―Y pensar que hace un rato parecía que nada le importaba…

―dijo

Dexter

y

luego

suspiró

como

expresando satisfacción. ―Ya se le pasará la rabia y tendrá que aceptar su castigo si quiere seguir viviendo con nosotros ―dijo Pacho con tranquilidad―. Dexter, en nombre de todos te pido que nos ayudes a devolver las zanahorias. No vaya a ser que a Don Carlos le dé por revisar las conejeras y nos metamos en un problema tremendo. Los demás se mostraron de acuerdo con la petición de Pacho asintiendo y mirando al perro tiernamente. Él no dudó en aceptar. Lo habría hecho sin que lo miraran así.

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Dexter elaboró un plan mientras cumplía con los deberes que descuidó algo más de medio día por estar ocupado con el caso de las zanahorias. Para ponerlo en marcha espero hasta después de las diez de la noche, y cuando se aseguró de que el resto de los habitantes de la granja, humanos y animales, estaban durmiendo, reunió a los conejos en la casa de Dani y les dijo que sacaran con mucho cuidado las zanahorias de la canasta para contarlas. Cuando las vio notó que ya se les estaban marchitando los tallos y las hojas y se sintió un poco culpable por no encargarle a Dani que las rociara para mantenerlas frescas. Había 56. Como eran siete conejos, incluyendo a Dani (que aseguró sentirse mucho mejor de su enfermedad) y excluyendo a Luna (que aceptó quedarse limpiando la casa de Dani, solo porque Pacho se lo pidió), las dividieron en siete grupos de ocho zanahorias, las amarraron con cuerda, tal como lo hizo la coneja la noche anterior para

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sacarlas

de

la

huerta,

pero

en

vez

de

llevarlas

arrastrando a Dexter le pareció mejor que las llevaran sobre sus lomos. Cuando estuvieron listos salieron sigilosamente de la casa de Dani y siguiendo a Dexter se dirigieron a la casa de Don Carlos sin pasar cerca de las de los otros animales, para no correr el riesgo de ser descubiertos. Era una noche con el cielo despejado y la luna muy iluminada, así que no tuvieron inconvenientes para orientarse. Dieron una larga vuelta por el otro lado de la granja, atravesaron los maizales, pasaron por el viejo granero y junto a la huerta. Cuando llegaron a la puerta de la casa, cada uno soltó las zanahorias que traía en el lomo, Dexter tomó un trapo que había dejado escondido debajo del tapete de entrada y las limpió para quitarles los pelos de conejo. Sobre ese tapete las dejó. Luego le entregó el trapo a Dani para

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que se lo llevara. Éste no dudo en usarlo para sonarse. Hizo un sonido parecido al de una trompeta desafinada. ― ¡Shhhh!, no hagas ruido ―le pidió Dexter. ―Lo siento, es que el clima nocturno me aflojó los mocos de nuevo ―contestó Dani y los demás no pudieron aguantar las ganas de reír, olvidando por completo que no debían hacer ruido. ―Pues espero que tomes otra dosis de jarabe antes de acostarte ―le recomendó el perro. Enseguida se devolvieron por el mismo camino. Dexter se quedó atrás para ir borrando las huellas con la cola. Cuando dejó a los conejos en sus casas se fue por el camino corto a la suya. Llegó muy cansado. Esa noche durmió como un lirón.

A la mañana siguiente Don Carlos vio sus zanahorias cuando abrió la puerta, entre alegre y extrañado, las recogió, las entró y notó que estaban muy limpias pero

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los tallos y las hojas ya estaban marchitos. Nunca supo quien se las había robado ni quien se las había devuelto (tampoco los demás animales que olvidaron el tema en cuanto hubo un nuevo chisme) y nunca se preocupó por averiguarlo. En vez de eso fue a la huerta y cosechó las pocas zanahorias que quedaban, las llevó hasta su casa, las puso encima de las otras y les pidió a su esposa y a su hija que usaran las más grandes para preparar ensaladas y tortas y las demás para alimentar a los animales. Diana, la hija de don Carlos, había notado que a su conejo preferido no le gustaba mucho la zanahoria, porque demoraba horas y horas royendo y royendo con desgano, así que decidió hacer una torta especialmente para él y cuando estuvo lista se la llevó. Dani (que desde el lío con las zanahorias se propuso levantarse cinco minutos más temprano cada día para tratar de quitarse la imagen de perezoso) compartió la torta con Dexter y con los otros conejos, con quienes

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estaba muy agradecido. Incluso a Luna le llevó una tajada, aunque prefería no hablar con ella después de lo que le había hecho. Todos se deleitaron con la dulce, suave y esponjosa torta. Luna lavó y secó los platos sin quejarse ni hacer pataletas. Todo indicaba que se había resignado a cumplir

su castigo, pero Dexter no

confiaba en ella y vigilarla se convirtió en uno más de sus deberes diarios.

Fin…Bueno, hasta que aparezca un nuevo caso que Dexter deba resolver…

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Dexter y el ladrón de zanahorias