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Poesía para leer en voz alta

Calih Rodríguez, el ecuatoriano más joven invitado a la XVI Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2013, habló con FUCSIA sobre su obra poética.

Foto: ©Santiago Calero/13.

Por José Vaca

Y

o estudiaba Publicidad; Calih, Música. Nos conocimos en la clase de poesía de la universidad, yo era buen alumno, él era buen poeta. Siempre admiré su estilo franco, íntimo y crudo. Hace unos días, lo reconocí en una noticia del periódico y me acordé que también es un tipo intrépido, por lo que podía tratarse de cualquier suceso. Me apresuré a leer y me enteré que, a sus 24 años, publicó su primera obra de poesía, escogida para la Feria Internacional del Libro celebrada en República Dominicana, del 22 de abril al 5 de mayo, en

la que Ecuador fue el país invitado de honor. Esa misma tarde lo cité para una entrevista. Calih es el mismo de siempre, gafas estilo Lennon, botas y melena, solo que ahora tiene un tatuaje del poeta francés Arthur Rimbaud en el brazo, bajo el cual carga su libro Mi patria es el infierno. Empezamos a hablar y cuenta que siempre sintió fascinación por las palabras. Cuando era pequeño le gustaban sus formas, y con el tiempo las emociones que estas provocan. Al igual que Rimbaud, empezó a escribir desde muy joven.

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Al principio quería hacer música y compuso canciones, pero no podía cantarlas por su voz de “perro aullador”, como la ha apodado, por lo que mejor decidió hacer música con palabras. Su ópera prima, Mi patria es el infierno, es una recopilación de sus mejores poemas, los cuales terminó de escribir en el lapso de un año. Dice que no cree en el talento, pero sí en la vocación; por eso dedica varias horas al día a leer y escribir, y cuando no lo hace tiene una vorágine de pensamientos que terminan siendo versos. Si le preguntan qué significa la poesía, dice que no tiene una definición, pero sí sabe lo que no es. No es un texto romántico y rimado, de hecho su obra es algo oscura y bastante erótica, y no se rige por las normas de la academia; que no importa el sentido lógico de las palabras, sino su cadencia y musicalidad; que la poesía no es una “lectura de domingo”, sino una creación hecha con apasionada furia. Cuenta que ha recitado afuera de las iglesias: “empieza la ceremonia de los vestidos caros, de los mártires de zapatos bien lustrados, […] de los pecadores de sudor y de las monjas y las putas que no escondieron bien su pasado, […] las señoras con sus copetes de arrepentimiento y sus collares de lujuria […]. Porque la poesía tampoco es un adorno de porcelana”, sino algo que tiene que ser compartido. Acepta encantado recitar sus últimos poemas, toma un sorbo de agua para aclarar la voz, pero le sale más ronca. Cuando termina le viene como una epifanía: “la poesía es un fenómeno, un encuentro con uno mismo, es despojarse de cobardías, es desnudarse frente al espejo, es la gloria del sinsentido, es volverse Dios, es juventud, es una orgía de los sentidos, es recorrer el camino que uno olvida y vivirlo como la primera vez, es mi vida”. Finalmente no tenía una definición de la poesía, pero sí mucho que decir. ¿Planes hacia el futuro? Una respuesta frontal: “no tengo idea qué hacer con mi vida, siempre estoy en la duda absoluta”. La gente que no sabe qué hacer con su vida resulta siempre ser la más interesante, pienso, y me quedo leyendo, en voz alta, la dedicatoria que escribió en mi libro: “la palabra es una niña amargada, lo mejor consiste en alzarle la falda”. =

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Poesía para leer en voz alta  

Por: José Vaca