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Cambio democrรกtico de estructuras


Cambio democrático de estructuras ISBN: 968-6302-98-0 D.R. 2012 Partido Acción Nacional Av. Coyoacán 1546, colonia del Valle C.P. 03100, México, D.F. T. 52004000 http://www.pan.org.mx @AccionNacional Fundación Rafael Preciado Hernández, A.C. Ángel Urraza 812, colonia del Valle C.P. 03100, México, D.F. T. 56360670 http://www.frph.mx @FRPH


Contenido

Presentación .................................................................. .................................................. 5 Estudio introductorio ...................................................................................................... 9 Rebasando por la izquierda ........................................................................................... 17 Cambio democrático de estructuras ............................................................................. 29 Solidarismo ..................................................................................................................... 57 Significado de Acción Nacional .................................................................................... 7 1 El partido político Unanimidad cordial Insatisfacción y crítica Opción nítida Doctrina esencial Situaciones concretas Testimonio y práctica Valores interiores Economía y sociedad Repugnante condensación Fuentes propias La Doctrina de Acción Nacional ................................................................................... 83 Efraín González Morfín ................................................................................................. 97


Presentaciรณn


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ocos textos producen tantos cambios como el que aquí presentamos. Efraín González Morfín, en la antesala de la campaña presidencial de 1970, ofreció un valioso ejemplo de lo que, con el paso de los años, se ha convertido en una invaluable guía del quehacer panista, logrando incluso que se acuñe el término “ala izquierda” del PAN. Pero Cambio democrático de estructuras no es sólo la expresión de un momento, sino toda una propuesta que marca un rumbo cierto. Para la Fundación Rafael Preciado Hernández es un verdadero honor reeditar esta obra. Se ofrecen textos nuevos y otros que ayudan a dar más contexto a la obra: un Estudio Introductorio de la pluma de Javier Brown César, unas líneas sobre los 40 años de Cambio democrático de estructuras de Rafael Estrada Michel, tituladas Rebasando por la izquierda, así como tres ponencias del propio Efraín González Morfín que abordan aspectos complementarios sobre la obra que nos honramos en ofrecer a nuestros lectores: Solidarismo, Significado de Acción Nacional y La Doctrina de Acción Nacional. Estamos ciertos que esta obra incidirá positivamente en momentos en que el Partido necesita reorientar sus esfuerzos y su actividad, en tiempos en que la política –y los propios institutos políticos– enfrentan un bien ganado descrédito de la ciudadanía. Cambio democrático de estructuras, en este año que se cumplen 84 del nacimiento del autor, es aún una propuesta válida para encauzar los esfuerzos de los militantes panistas que buscan certidumbres. Esperamos que el lector aquilate en su justa dimensión el presente contenido y le sirva de guía en su quehacer político.

Juan F. Molinar Horcasitas Director General de la Fundación Rafael Preciado Hernández 7


Estudio introductorio Javier Brown César


Cambio democrático de estructuras es uno de esos documentos que a pesar del paso de los años, sigue teniendo plena vigencia y validez como un acertado diagnóstico de los males que nos aquejan y como un certero programa para realizar las transformaciones que se requieren. El documento, aprobado por la XX Convención Nacional el 9 de febrero de 1969, fue en su tiempo una respuesta ante los graves acontecimientos que sacudieron a nuestro país a finales de 1968. Si bien las condiciones que se dieron en ese entonces y la realidad actual son diferentes en muchos aspectos, un factor común vincula a ese pasado para algunos remoto con este presente siempre vivo: la “urgente necesidad de cambio de estructuras en todos los aspectos de la vida”que en ese entonces se puso en evidencia con el movimiento estudiantil que a pesar de sus múltiples causas tuvo como su aspecto más valioso “la concientización de los jóvenes, respecto de un mundo y de una sociedad que no responde a las exigencias de la dignidad humana”. El problema de fondo, más allá de las coyunturas nacionales, es el de un estado de cosas que atañe a la comunidad mundial y en particular en que los esfuerzos de muchas naciones por lograr el “desarrollo integral casi se consumen en la precaria subsistencia de las mayorías populares; en que las inversiones propias, las externas y el ahorro interior no alcanzan a despejar el horizonte que habrá de vivir la nueva generación; en que en el mundo se siente el peso de la necesidad y la justicia, que reclaman que los pueblos pobres no queden rezagados respecto al desarrollo y a los avances a que han llegado las naciones más adelantadas”. Ante este panorama es hoy necesario, como lo fue en 1969, “aunar el esfuerzo de todos los mexicanos, para examinar las estructuras políticas, económicas y sociales de nuestra República y conjugar esfuerzos que permitan actuar con eficacia para alcanzar las metas que demanda imperiosamente el bien de la comunidad”. 11


Estudio introductorio

Para hacer frente a la inconformidad ante el desequilibrio político y la ostentosa y desigual distribución de los bienes se requiere un cambio revolucionario pero pacífico de estructuras. Este cambio debe basarse en la promoción de mejoras de abajo hacia arriba con el impulso de grupos humanos que se deciden a mejorar su propia vida para lograr la “reforma de las estructuras políticas, económica y sociales, hacia modelos más justos y humanos”. Cambio revolucionario significa, ante todo, que se debe dar un cambio profundo y substancial que modifique las estructuras que son causa del desorden y los desajustes sociales y que están arraigados en la propia sociedad. Este cambio se da para construir “con justicia y libertad” las “bases para una vida más humana” de todos los miembros de la comunidad. La transformación debe ser revolucionaria pero sin violencia, ya que la violencia “está en el seno mismo de las estructuras injustas: en el abuso del poder, en la explotación del hombre por el hombre, en las excesivas desigualdades entre los grupos sociales y en el injusto trato entre las naciones”. Esta transformación revolucionaria debe promover, con audacia y justicia, renovaciones reales y efectivas. Para tal efecto, se debe partir de un diagnóstico de la realdad y en primer lugar, del “examen a fondo de las instituciones que establece el orden jurídico”. La conducta debe adecuarse a las normas para así lograr que prevalezca el respeto a las estructuras que establece el orden jurídico, sin que esto signifique que no haya que luchar “en forma constante, por su reforma y adaptación, para que satisfagan las exigencias actuales de los mexicanos y los desafíos de la historia en marcha”. Pero no basta con la adecuación entre conducta y norma; es necesario, además, un cambio personal de fondo: “Las tensiones provocadas por el aumento de la población, la escasez de ocupaciones bien remuneradas y la inequitativa distribución del ingreso y de las oportunidades, exigen no sólo un cambio de estructuras, sino de actitudes y conductas personales”. Para lograr los cambios substanciales acordes con las exigencias de la dignidad humana la única vía es la participación de las personas en las decisiones colectivas que afectan el destino de los mexicanos. Esto exige de la solidaridad, que se traduce en actos de cooperación humana. La vía para lograr los cambios es el solidarismo, entendido como la “participación responsable y solidaria de la Persona en la convivencia, y organización de la autoridad y las instituciones para promover y garantizar el orden, el progreso y la paz a la Persona, a la familia y a los grupos sociales”. Para el cambio en las estructuras es necesario una reforma política que acabe con la degeneración de gobiernos que se han convertido“en gigantescos 12


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grupos de presión que buscan resultados políticos a través de instituciones y medios extraños y aun contrarios a la organización constitucional”. La reforma de las estructuras políticas es inseparable de la renovación de las estructuras socioeconómicas. La base de estas estructuras es el control político “de los sindicatos obreros, de las comunidades agrarias, de los burócratas y de los trabajadores no asalariados”, a quienes se les usa como masa de maniobra. Además de ello, es necesario salir de la indefinición para lograr un “conocimiento objetivo de los problemas” aunado a “la honradez y la técnica para resolverlos”. Parte fundamental de esta reforma es la plena vigencia de los derechos de los trabajadores y su incorporación en los procesos económicos, aprovechando su fuerza potencial al margen de tutelas y controles, “para cooperar a la reforma y renovación de las estructuras que los afectan”. En el campo, el ideal es el de un campesinado más técnico, productivo, con mejores niveles de vida y oportunidades de suficiencia económica, contra lo cual operan “los sistemas que lo utilizan como una masa de maniobra para conservar el poder”. Además, para resolver el problema del sector se requiere “la elevación humana del campesino, un régimen justo y seguro de tenencia de la tierra, el impulso de su productividad económica y la integración complementaria –positiva y necesaria– del sector agropecuario con el resto de la economía nacional e internacional, preferentemente en los procesos de industrialización”. Adicionalmente se requieren en el campo las formas asociativas libres de la actividad rural, la aplicación de soluciones adecuadas a los cultivos y las regiones, estructuras jurídicas que promuevan el desarrollo rural, el fácil acceso a los recursos técnicos y económicos, estímulos que arraiguen a los campesinos, así como el acceso real a los bienes de la cultura, la salud, la seguridad y el descanso, y su participación en decisiones políticas y en la orientación económica de la comunidad como signo de respeto. Un requisito para la realización de los cambios estructurales es la noción clara de los principios que deben regir la organización de la propiedad. El destino universal de los bienes es el principio fundamental a observar, lo que implica que éstos tienen una función social y que a la vez se debe satisfacer la demanda de que la persona cuente con las bases necesarias para la responsabilidad productiva y la autonomía espiritual. Los bienes materiales no deben ser controlados por el Estado, y la previsión estatal y la seguridad social no pueden sustituir“la función social y personal de la propiedad privada, ejercida dentro de la solidaridad humana, las exigencias del Bien Común y las circunstancias concretas de la economía”. Contra la educación libre, la armonía de la vida nacional y las posibilidades 13


Estudio introductorio

de cooperación está el mantenimiento del monopolio educativo, el cual “fomenta la insinceridad y el oportunismo, al establecer oficialmente actitudes y convicciones que gozan de la preferencia y de los privilegios del poder”. La educación es “promoción de convicciones morales y jurídicas necesarias para que las actividades económicas, políticas y sociales no olviden sus finalidades humanas”; es el “medio que debe estar al alcance de todos los hombres, para adquirir los conocimientos y los valores que dan sentido y consistencia a la vida personal y social. La educación debe impulsarse y estimularse, no sólo como una inversión en capital humano para fines de bienestar económico, sino como una actividad creadora que ayudará a anticipar en el tiempo las transformaciones sociales”. En la tarea educativa, los medios de difusión tienen una gran responsabilidad y el deber de cooperar, por lo que atentan contra la educación “cuando por falta de valor o por sobra de ambición, se subordinan a los intereses parciales de los monopolios políticos, económicos o facciosos”. El rango espiritual y social de la actividad docente exige que los maestros no sean rebajados a la calidad de difusores a sueldo de ideologías o propagandas, por lo que su libertad de conciencia debe se respetada, además de que se les debe dar un trato económico que les permita vivir con suficiencia y decoro. “Atentan gravemente contra la dignidad del magisterio, quienes no respetan la libertad de conciencia de los maestros y les imponen tesis obligatorias, les impiden las posibilidades de progreso pedagógico y los quieren reducir a instrumentos intelectuales del monopolio político y de la simulación en México”. En la tarea educativa, la familia tiene una función de primera importancia, ya que es el ámbito en el que se reciben “los valores y principios fundamentales para orientar positivamente la vida de las personas”. La educación familiar no puede ser sustituida y por ello se debe crear “un ambiente público favorable, para el cumplimiento de sus funciones educativas”, además de fomentar “en las familias la conciencia de la obligación que tienen de promover las convicciones y las responsabilidades que harán de cada individuo un ciudadano solidario, dispuesto a la cooperación política y social”. Para garantizar el derecho y la obligación de cada persona de participar en la marcha de la sociedad, se requiere de un cambio radical para que los medios de información proporcionen “elementos razonablemente exactos para el juicio y la decisión responsables. Además de evitar la falsificación de la realidad y las mentiras pagadas”. La democracia difícilmente puede desarrollarse en un ambiente de mentira sistemática. La servidumbre política de los medios de difusión tiene como límite que se respete la natural exigencia humana de informar y ser informado. El cambio democrático de estructuras debe darse con el respeto al pluralismo 14


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de la sociedad, cuya expresión es la diversidad de instituciones encaminadas hacia fines propios. El cambio “no debe ser tarea exclusiva del gobierno o de los partidos políticos” sino de todas las instituciones, lo que exige la renovación de cada una y el cumplimiento de sus funciones irrenunciables. Para el cambio de estructuras no basta con líderes políticos aptos y honrados, se requiere la acción independiente de dirigentes laborales y el funcionamiento adecuado de los sindicatos para “gestionar políticas sindicales, empresariales y gubernamentales, que acaben con la proletarización de los desposeídos”. Las instituciones políticas deben cumplir con su vocación de “enseñar y educar, fomentar la cultura y crear los cimientos morales de las convicciones y de la actividad política”, y las organizaciones intermedias deben cumplir deberes irrenunciables y asumir la responsabilidad de mantener y defender sus convicciones, contrarrestando “los comportamientos de indiferencia y abstencionismo, la mentalidad de falso decoro egoísta y socialmente irresponsable”. En el análisis de las inquietudes de los jóvenes y ante los falsos diagnósticos de la realidad, se debe reconocer la importancia de la crisis de convicciones y valores, así como la falta de medios de expresión y de participación de este sector en las sociedades intermedias y en la actividad política. La insatisfacción de los jóvenes y las protestas que tengan como causas el vacío y la crisis intelectual, moral y religiosa no pueden tener soluciones políticas, pero sí se debe “crear el marco jurídico y social adecuado para que, con respeto a la libertad de las conciencias, se desarrollen las actividades y las instituciones capaces de iluminar tinieblas, llenar vacíos y señalar rumbos de esperanza, en el mundo interior de los seres humanos”. “La protesta debe impulsar a participar en la solución de los problemas contra los que se protesta”, y con base en la dignidad y la solidaridad humanas,“quienes protestan deben aceptar la responsabilidad de colaborar para el mejoramiento de la sociedad humana” sin traducir las frustraciones y resentimientos en tesis de violencia u odio. Resulta un“contrasentido utilizar medios antidemocráticos en la lucha por la democracia, como también despersonalizarse en la masa y cobijarse bajo el anonimato, cuando se ataca la despersonalización y la irresponsabilidad de la sociedad moderna”. Por ello la protesta debe“encaminar a la juventud hacia la participación y la responsabilidad para reformar y humanizar las instituciones y los hábitos de mentalidad o de conducta en la sociedad”. La necesidad de un cambio de estructuras en todos los aspectos de la vida es una necesidad urgente, los movimientos de los jóvenes tienen como uno de sus aspectos más valiosos el de su concientización “respecto de un mundo y de una sociedad que no responde a las exigencias de la dignidad humana”. 15


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Es urgente encauzar la protesta juvenil hacia fines positivos y“hacer participar a los interesados en las tareas de renovación de estructuras escolares, políticas y socioeconómicas, y escuchar sus planteamientos sobre los problemas que afectan su futuro inmediato”. Sin la participación responsable de los jóvenes, los cambios que puedan producirse se reducirían a un simple relevo de equipos y a modificaciones temporales y secundarias.“Sólo la verdadera democracia, intensamente vivida en los ámbitos político, económico y social, puede dar respuesta adecuada a los anhelos de los jóvenes que deseen participación personal responsable, solidaridad social y justicia en las relaciones humanas. En esta participación de los jóvenes, deben respetarse sus libertades y convicciones personales”. Con Cambio democrático de estructuras Acción Nacional dejó en 1969 un testimonio siempre vivo de su pensamiento y de las líneas de acción que al día de hoy siguen siendo necesarias para que México se transforme pacíficamente, y para responder a la demanda de dar plena vigencia a los derechos políticos y sociales y a las exigencias humanas que demanda el momento presente.

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Rebasando por la izquierda Cuarenta aĂąos de Cambio democrĂĄtico de estructuras Rafael Estrada Michel


Tres años después de la Proyección de los principios de doctrina de Acción Nacional –realizada al alimón con Adolfo Christlieb Ibarrola–, habiéndose recibido ya en América Latina las conclusiones del Concilio Vaticano II, y habiendo transcurrido tan sólo unos meses desde la represión al movimiento estudiantil de 1968, Efraín González Morfín dará a conocer un profundo –“denso”, en el mejor de los sentidos del concepto, es la palabra adecuada– y renovador documento que la XX Convención Extraordinaria del partido en cuestión haría suyo. Me refiero a Cambio democrático de estructuras que, cumplidos ya los cuarenta años, ha llegado a una etapa de joven madurez que lo hace particularmente atractivo en la actual circunstancia de la República. Cambio democrático es, más allá de geometrías y hagiografías políticas, un severo grito contrario a la falsificación de la vida pública mexicana, esa que venía saliendo del onírico “milagro” al que nos habían arrojado lustros de supuesto desarrollo estabilizador y que estaba a punto de mostrarse en toda su atroz realidad . Injusticia, desigualdad, “sacrificio de la libertad en aras de la seguridad”, constituían variables que imponían la actualización de los principios doctrinarios, la mutación de las reglas de acción en un momento en que las circunstancias habían variado, por más que el autoritarismo del partido oficial hubiese anunciado con prístina claridad tal variación décadas atrás. Los Principios de 1939, como que son tales, no se modificaban. La forma en que se los dotaba de aplicabilidad treinta años después resultaba, en cambio, radicalmente diversa. Se ha dicho por ello que Cambio constituyó un viraje del PAN hacia la izquierda del espectro político. Sea, siempre que se reconozca que el combate a la mentira –y a la imposición de una verdad que se pretende única– se halla presente desde la fundación del partido. Cambio democrático expresa perfectamente el pensamiento de los fundadores –aunque las cuadraturas y las metáforas sean distintas– cuando afirma que“para los beneficiarios del régimen, la izquierda no pasa de ser una actitud sentimental de 19


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insatisfacción proletaria con el presente, desde el mirador de la propia satisfacción… si como sostiene el PRI la izquierda es insatisfacción con el presente, el satisfecho PRI resulta de derecha medular irreversible” . La situación que dejaban tras de sí los sexenios de Ruiz Cortines, López Mateos y Díaz Ordaz provocaba que González Morfín se pronunciara por un cambio democrático de las estructuras políticas, sociales, económicas y culturales del país. El concepto de“estructuras”ponía en guardia a la derecha, a“los de arriba”, a los “cómodamente instalados” en sus privilegios y en su miopía cortoplacista, que percibían en él un cierto tufo marxista. Con todo, si se observa la cuestión con detenimiento, resulta evidente que el joven ideólogo panista no acepta, ni puede aceptar, que la económica sea la única estructura del conglomerado social, según han pretendido marxismos de signo diverso. La escandalosa –por injusta y ostentosa– distribución de los medios de producción y de los instrumentos de riqueza, merecía en sí misma una mutación urgente. Pero otro tanto podía decirse de la incultura constitucional en que el sistema porfiriano-priista, con sus elecciones de opereta, sus comunicadores cómplices, su Historia oficial y sus afiliaciones corporativas, había sumido al país. Y tal mistificación constituía en forma autónoma un mal estructural que resultaba de impostergable transformación. Si en el pensamiento marxista, sobre todo en sus facetas leninistas, stalinianas y troskistas, la mentira se justifica como instrumento de elevación de la vanguardia proletaria al poder, Cambio se pronuncia por dotar de sentido a la democracia formal, a la democracia sin adjetivos, para hacer de ella algo más que un principio de actuación política. La democracia es vista como un instrumento ordenado al cambio de las estructuras injustas: una herramienta de la que, sin embargo de su carácter instrumental, resulta indeseable prescindir. La Proyección de 1965 había confirmado la vía de la democracia liberal, maderista, como la única aceptable para Acción Nacional, principio presente entre los conservadores mexicanos desde 1939 en algo que la historiografía nacional ha soslayado extrañamente y que no es en forma alguna la regla ni en Occidente ni en los países de nuestro entorno. Si González Luna, padre del autor de Cambio, y Gómez Morin habían percibido los peligros del fascismo, Christlieb y González Morfín conocían perfectamente la necesidad de escapar a todo integrismo y de que el partido se pronunciase por un pluralismo que reconozca en la búsqueda de los “fragmentos de verdad” (la expresión es del historiador socialdemócrata Tomás y Valiente) la ruta exclusiva para la desmitificación de la res publica mexicana. La Proyección será, en palabras de Lujambio, el texto en el que “por primera vez en la historia de la doctrina de los partidos políticos en México aparecen los conceptos de Pluralismo y de 20


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Diversidad” . Al nacionalismo revolucionario, sectario y faccioso, no habría de oponérsele un nacionalismo católico igualmente pernicioso y falsario. Cambio democrático de estructuras rechaza la violencia porque ve en ella una conducta excluyente y destructiva, portadora integrista de una verdad única e inmatizable. Pero huye también del “cambio evolutivo al ritmo lento que muchos quisieran imponer” , pronunciándose abiertamente por mutaciones de carácter revolucionario que alivien en forma inmediata los apremios en los que se ven a diario las mayorías desposeídas de los beneficios materiales, pero también de aquellos que traen consigo “la justicia y la cultura”. Juan Villoro ha escrito recientemente, a propósito de los festejos del Centenario y del Bicentenario, que considera impropio de un partido “criollista” como Acción Nacional, en el que raramente (según su dicho) han ocupado puestos directivos personas de piel morena, el celebrar movimientos populares tales como la Independencia y la Revolución. Más allá de que interpretación racista semejante de la Historia patria es de difícil sostenimiento, lo cierto es que el PAN de González Morfín luce propenso a los cambios revolucionarios de signo popular. Y es que en él no cabe diferenciación alguna –como la que aún hoy sostienen nuestras izquierdas oficiales– entre lo que es “popular” y lo que es “democrático”, distinción que va en contra de la etimología misma de los conceptos. Por lo demás, las fechas que conmemoramos en 2010 obligaron a gobiernos y sociedades de signo democrático a replantear, con seriedad, la oficialidad en la fijación de los criterios históricos y en la enseñanza elemental de la Historia, con miras a reconciliar de una buena vez, y pasando por encima de reduccionismos y caricaturas, a una ciudadanía urgida de verdades. El “Solidarismo” que propone González Morfín en Cambio dista de ser mera conjunción de elementos disímbolos. Busca más bien, como ha destacado Lujambio, coordinar el decidido signo demócrata-liberal de la Proyección con el“pensamiento y la acción para el bien común”: un giro hacia el espectro de centro-izquierda que conducirá a un extraordinario resultado electoral en 1970, con el propio Efraín –opuesto, en principio, a la participación en los falsarios comicios– como abanderado presidencial de Acción Nacional. “Pensamiento y acción”, doctrina y política, como escribió en el lejano 1939 nada menos que José Vasconcelos a los “señores directores de Acción Nacional” , en discutible razón carlyleana de que “la doctrina la improvisa cualquier leguleyo recopiando textos, y en política lo que interesa es la calidad de los hombres que representan la acción pública, presente o futura”. Para que el Orden, marcadamente el Orden jurídico, sea tal, requiere hacer de la teoría y de la práctica ejes complementarios en perpetua y desmitificadora tensión. Así lo expresa Cambio democrático de estructuras cuando denuncia los perniciosos efectos que tiene la “divergencia entre normas y conducta”. Su apuesta se 21


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da por una cultura de la legalidad que parta de una base sólida, simple pero no sencilla: para gozar de autoridad, las leyes deben decir la verdad. González Morfín conecta en esto su pensamiento con el de Jacques Maritain, tan cercano a su padre. El iusfilósofo francés afirmaba que la autoridad es el derecho a mandar y a ser obedecido. Leyes que falsean la realidad no merecen ser cumplidas. Mucho menos son acreedores de respeto los funcionarios que se empeñan en violentar con empirismo audaz y cínico el ordo iuris. ¿Revolución? ¿Mutación estructural? En todo caso, no estamos ante un texto escrito desde comodidades estatalistas, autoritarias o conservadoras. El cumplimiento de las leyes que merezcan ese nombre, y el respeto a las instituciones por parte de quienes, como los funcionarios, se hallan en posición de garantes es, como en Aristóteles, bueno en sí mismo. Pero lo es también porque las actitudes contrarias generan un penoso ejemplo que“acaba por crear en los gobernados actitudes habituales de arbitrariedad y crea factores reales de poder que pretenden actuar al margen de toda norma de convivencia”. González Morfín está haciendo notar, con notable clarividencia, la que andando el tiempo será una de las grandes trabas de la transición. Si no bautizó a estos poderes de“fácticos”, sí que descubrió el nudo de su conducta. Una conducta a la que hay que oponer una acción auténticamente nacional, una ciceroniana preocupación desinteresada por la cosa pública. Quizá fue por esto que nuestro autor se constituyó con los años en el principal crítico de la reforma política de 1977. Supo ver en ella, como nadie vio entonces y nadie se ha atrevido a ver después, esa obsesión divergente entre el espíritu y la letra de la norma: el gatopardismo que reprodujo elecciones trucadas, que provocó el estallido de 1988, que generó instituciones híbridas y “de contentillo” (el disfuncional Congreso de la Unión no es mal ejemplo) y que hoy nos tiene en la encrucijada de estructuras antidemocráticas, facciosas, que gozan de potestades factuales y que impiden sistemáticamente el desarrollo político y la convivencia saludable. En 1969 González Morfín lo tenía claro: el cambio estructural no debía constreñirse a relevar a la oligarquía priista por la empresarial. Por medios “legales y pacíficos” los mexicanos teníamos que luchar “para que sea erradicada de nuestra vida política la institución totalitaria del partido oficial” . Esta, la primera de las reformas de la estructura política, se traduciría en origen de la cascada de mutaciones democráticas que, entre otras medidas sanas, sujetarían al orden jurídico a los poderes que hoy llamamos, con Ferrajoli, “bárbaros”, y transformarían las “injustas”, “escandalosas” y “discriminatorias” estructuras socioeconómicas. Cuarenta años después haríamos bien en preguntarnos si en verdad se ha transformado la cultura constitucional del mexicano o si seguimos considerando que las inaceptables desigualdades y 22


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la estatalidad de cierto instituto político son males que forman parte de un insuperable sino que no merece la pena arrostrar. El estamentalismo sindical y cupular que aún hoy nos agobia es motivo de honda preocupación para el autor de Cambio. La “sumisión claudicante” que transita “por las agradables veredas de las relaciones públicas” termina por “anular la actividad de organismos laborales y profesionales, obligados por su propia naturaleza a participar activamente en el desarrollo económico y en el avance de la justicia”. González Morfín asume el liberal combate al corporativismo propio de los Principios de 1939 y de la Proyección de 1965, pero no desconoce la enorme utilidad que organizaciones intermedias bien estructuradas y conscientes de su trascendente función deben llegar a tener. El cambio antiestamental de las estructuras socioeconómicas tiene en él una función eminentemente política, de ciudadanización de la servidumbre, de socialización del poder. El caso del campesinado habla por sí mismo. La crisis del campo se explica, ante todo, por la utilización sistemática del campesino como “masa de maniobra para conservar el poder” por parte de los sucesivos gobiernos pseudo-revolucionarios. Así, son las estructuras las que deben cambiar; los principios, no. Cuando el autor analiza la función social de la propiedad se mueve en los márgenes del eje 39-65, y cabe cuestionar seriamente si las consideraciones de González Morfín podrían ser compatibles con un ideario reaccionario como el que se ha atribuido a Acción Nacional. Cambio democrático desarrolla los principios del partido: no los niega ni los ralentiza. Se mueve dentro del orden doctrinario, si se nos permite el símil constitucional. Ocurre así con “el principio fundamental del destino universal de los bienes materiales, que por su naturaleza están destinados a satisfacer, en la mayor medida posible, las exigencias legítimas de todos los hombres”, sin que sea necesario resolver el falso dilema suscitado entre la egoísta propiedad individualista y la totalitaria propiedad estatal. Otro tanto puede decirse de la estructura educativa, en la que el principio de libertad debe quedar firmemente asegurado para los padres de familia (un tema eje en 1939), pero también para los educadores y los educandos (como lo demostró, con sangre, 1968). Garantizada, formal y materialmente, la libertad de pensamiento, será necesario dar un paso adicional en la mutación de estructuras puesto que “el desarrollo de las conciencias y la necesidad urgente de unidad nacional señalan como único camino el reconocimiento legal expreso de los derechos educativos, anteriores y superiores a cualquier ley positiva” . Nótese que la “unidad nacional” no se da por sentada, ni se apela a ella en sentido integrista, como un dato anterior a la construcción de instituciones. La necesaria “reestructuración” del sistema educativo es condición edificante de un sentido nacional, que es sentido de igualdad y sentimiento 23


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de objetiva igualación en el acceso a las oportunidades. Sólo estas emociones son capaces de generar Nación, más allá del discurso demagógico y oficializante. Y para suscitarlas, es imprescindible reformar las estructuras en una dirección principialista. Así, la labor educativa no puede reducirse a simple capacitación “para producir, obtener ingresos, consumir y ahorrar”, sino que debe estar al alcance de todos precisamente porque es un medio “para adquirir los conocimientos y los valores que dan sentido y consistencia a la vida personal y social”. De nueva cuenta encontramos en la obra de González Morfín una resolución admirable de la inevitable tensión que se suscita entre principios y práctica transformadora. Resolución admirable que hallará consistencia en la vida profesional del autor más allá de Acción Nacional. No sólo en la cátedra universitaria, desempeñada por décadas y aún hoy disfrutada por jóvenes en el occidente del país, sino en el Ministerio educativo –el más estructural de todos, qué duda cabe– del gobierno del estado de Jalisco entre 1995 y 1998. En el equilibrio entre técnica y valores, tan repetidamente señalado como indispensable por Manuel Gómez Morin, halló González Morfín su forma de contribuir al cambio de estructuras que pergeñó. Los medios de difusión, los profesores (que no deben ser rebajados a la calidad de meros difusores “a sueldo, de ideologías o propagandas, ni encargarse de preparar las conciencias de los niños y de los jóvenes para su futura sumisión política o social, como adultos irresponsables” ) y la familia guardan una gravísima responsabilidad en la creación de una estructura educativa libre, democrática y creativa. Los monopolios –políticos y económicos– sólo pueden generar un México de súbditos o, en el mejor de los casos, de sujetos coaccionados“por tener o rechazar determinadas convicciones”. Hay que destacar de nueva cuenta que Cambio no busca la mutación democrática de estructuras por empecinamiento, voluntarismo despótico o vanidad. La busca para que los principios cobren, de una buena vez, positiva vigencia entre nosotros. Destaca en este sentido la promoción de un “cambio radical de las estructuras informativas”, con esos medios masivos tan descarada y unánimemente cómplices del régimen que Acción Nacional había padecido por treinta años y a cuyo deplorable espectáculo acudía pasmada la clase media universitaria desde mediados del 68. Y es que el derecho a la información posee una contraprestación obligatoria a cargo del ciudadano, a quien se informa adecuadamente para que pueda cumplir con la “función vital” de “participar en la marcha de la sociedad”. Las estructuras masivas de información tienen, así, un trascendental e ineludible papel que cumplir. Como podrá apreciarse en este como en otros aspectos, convendría comprender, inclusive hoy, a la transición 24


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democrática como un auténtico y efectivo cambio de estructuras.“En la práctica, la sospechosa uniformidad de los medios de comunicación en materia política equivale a la ausencia de información, ya que no merece tal nombre la dosificación de mentiras torales y verdades a medias que se distribuye a los mexicanos”, escribía González Morfín en 1969. Urgía –urge– un cambio estructural en sentido ciudadano: medios de comunicación masiva que formen mexicanas y mexicanos libres y responsables. Medios de comunicación que sean reales, que informen con base en su leal apreciación de los hechos, así como sindicatos que realmente protejan los derechos de sus agremiados. Lo estructural y lo axiológico en este caso es que las organizaciones de defensa del trabajador no se constituyan para generar enormes riquezas a sus dirigentes a través del embuste sistemático a los agremiados. Resultaba urgente que los sindicatos dejaren de hallarse falsificados y que dejaran de ser estamentos establecidos para la defensa irrestricta del régimen a cambio del mantenimiento de indebidas prebendas. Efraín González Morfín, al referirse a las estructuras, está resumiendo el ideario de la infinidad de estudiantes que en el año 68 no se hallaban ideologizados sino que más bien intuían las mutaciones que en sentido constitucional, esto es, en sentido de igualdades y libertades, requería la República. El PAN no llega tarde al año iniciático, sino que sabe leerlo pocos meses después: “el cambio de estructuras, en sentido democrático, no se puede realizar sin respeto al pluralismo en la sociedad” ni debe ser “tarea exclusiva del gobierno o de los partidos políticos”. Sociedad, agrupaciones intermedias, sindicatos de trabajadores o de empresarios, colegios de profesionistas, universidades… Todos debían participar en la mutación, sin pretender imponer su visión de las cosas públicas. Sin integrismos quedaría asegurada la integridad. La ciudadanía pasaría, de una vez por todas, a identificarse con la política, como quieren los respectivos significados etimológicos. En uno de los pasajes más bellos de Cambio, en que se refiere a las “posibilidades de la juventud”, González Morfín hace profesión de tolerante fe: “presentar la lucha por los cambios sociales con características absolutas –metafísicas o religiosas– es una falsa posición que explota las crisis intelectuales, morales y religiosas de nuestra época, y una de las técnicas demagógicas más temibles”. La lucha por la democracia no constituía, ni entonces ni hoy, guerra santa, sino batalla civil y civilizada. No estamos ante un relativismo nihilista –los principios, insisto, permanecen, y expresamente se señala a la dignidad y a la solidaridad como tales–, sino frente al reconocimiento de que las batallas por el bienestar de la polis no son capaces de colmar la compleja plenitud de todos los ámbitos humanos:“cometerían un error trágico el gobierno o el partido político que se considerara dotado de los recursos espirituales necesarios 25


Rebasando por la izquierda

para dar sentido a las vidas humanas presas del absurdo o del vacío”. A lo más que se puede aspirar es a generar las estructuras jurídicas y sociales adecuadas para crear un ambiente propicio ordenado a “señalar rumbos de esperanza en el mundo interior de los seres humanos” . Como había quedado claro en el segundo Concilio Vaticano, ni la religión ni la Iglesia católicas se hallan autorizadas para imponer un sistema políticoeconómico determinado, y mucho menos para considerarlo el adecuado en orden a la salvación del destino espiritual de la persona humana. Tanto menos deberían hacerlo los institutos de carácter público. Cambio democrático es la piedra final de toque en el proceso dialogante y secularizante iniciado con la Proyección, con la cual Acción Nacional abandonó definitivamente“la religión como eje de la acción política” . Pluralismo, tolerancia, solidaridad y respeto a la dignidad humana son principios que no pueden ceder frente a circunstancia histórica alguna. Lo demás puede discutirse. Tal es el sentido del “ámbito público de las libertades republicanas” al que se ha referido felizmente Peter Häberle, y que González Morfín está sabiendo interpretar poco después del 2 de octubre. Es precisamente el movimiento estudiantil el acontecimiento que “ha evidenciado con perfiles democráticos” la “urgente necesidad de cambio de estructuras en todos los aspectos de la vida”, para dar paso a un estado de cosas que responda al principio inalienable y universal de dignidad humana. Pero así como en la Proyección de 1965 no están los documentos finales de Vaticano II (el documento panista es anterior por pocos meses), las ideas de Cambio democrático de estructuras son previas a la eclosión de 1968, como lo prueba la propia Proyección. Lógico, puesto que son principalistas, no circunstanciales. Lógico, también, porque González Morfin, como en su momento Christlieb, sabe leer el signo de los tiempos. La participación estudiantil debía ser, como la del partido ciudadano, responsable y honrada, buscando “la reforma a las instituciones educativas… y la defensa de la autonomía y las libertades de los centros de estudio” pero también “el restablecimiento de la autoridad escolar”. Todo ello en razón de la “única finalidad coherente de la nueva conciencia política”: aplicar “al cambio de estructuras políticas, económicas y sociales” un criterio “y una conducta realmente democráticas”. Democráticas, se entiende, en un sentido liberal, con elecciones creíbles, auténticas, con autoridades imparciales, con una participación juvenil que no se dejara llevar por el espejismo del autoritarismo ideologizado. No se trataba simplemente de introducir “variaciones accidentales en el burocratismo” ni “modificaciones temporales y secundarias dentro de un marco de autocracia permanente”, sino de accionar los principios en beneficio de las mutaciones de fondo, estructurales y, en la medida de los 26


Cuarenta años de Cambio democrático de estructuras

posible, definitivas. El resto, por desgracia, es Historia: “Echeverría o el fascismo” diría poco después Carlos Fuentes. El régimen no perdonará su rebeldía a las clases medias ilustradas del país y procurará minimizar su sentido individual y naturalmente antiestamental robusteciendo estructuras corporativas, facciosas y ajenas al sentido republicano del bien común. La sindical no es mal ejemplo, pero tampoco lo es la de los cuerpos partidarios, con sus desmedidos subsidios. En este entorno, que es el de los sexenios que corren entre 1970 y 1982, se manifestará con renovados bríos la caricaturización que hace de Acción Nacional un partido comprometido con las estructuras del poder político, económico, sociocultural y hasta imperial. Nada más lejano, como ha podido verse, al espíritu de Cambio democrático, inigualable ensayo para la liberación del país y, acaso, el mejor documento partidario que vio el siglo XX mexicano.

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Cambio democrรกtico de estructuras


Cambio democrático de estructuras Documento aprobado por la XX Convención Nacional del Partido Acción Nacional. Ciudad de México, 9 de febrero de 1969

En Acción Nacional participamos de todas las inquietudes y preocupaciones que viven los mexicanos. En todo el mundo, y México no es una excepción, se están planteando nuevas situaciones y agudizándose viejos problemas, cuyo enfrentamiento y solución exige la presencia constante y el esfuerzo solidario de todos los miembros de cada comunidad. Los avances de la técnica, el mayor acceso a la educación, el aumento de población, la información inmediata de lo que acontece en todos los rincones de la tierra y fuera de ella; la conciencia que los hombres tienen cada día más clara –especialmente los jóvenes– de su derecho a participar en forma suficiente de los bienes que integran el patrimonio de la humanidad, para vivir sin angustias; la conciencia que el hombre ha alcanzado de su derecho no sólo a ser oído, sino a colaborar en las soluciones y a participar de manera efectiva en las decisiones que afectan directa e ineludiblemente a la Persona en materias tan apremiantes como la alimentación y el vestido, la vivienda, la educación, el trabajo, el gobierno de la ciudad y del país, son signos ciertos de que se inicia una nueva etapa de la historia, en la que están comprometidos todos los países de la tierra. El hombre que al luchar por mejores niveles de vida y exigirlos, tiene conciencia de que su derecho sólo podrá ser realizado si aumentan su esfuerzo y responsabilidad personales, cada día tiene una presencia más viva en la convivencia de los mexicanos. Para marchar al paso acelerado que la historia contemporánea marca a todos los pueblos –en especial a los que como México se encuentran en una etapa en que los esfuerzos para el desarrollo integral casi se consumen en la precaria subsistencia de las mayorías populares; en que las inversiones propias, las externas y el ahorro interior no alcanzan a despejar el horizonte que habrá de vivir la nueva generación; en que en el mundo se siente el peso de la necesidad y la justicia, que reclaman que los pueblos pobres no queden 31


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rezagados respecto al desarrollo y a los avances a que han llegado las naciones más adelantadas–, es necesario aunar el esfuerzo de todos los mexicanos, para examinar las estructuras políticas, económicas y sociales de nuestra República y conjugar esfuerzos que permitan actuar con eficacia para alcanzar las metas que demanda imperiosamente el bien de la comunidad. En estos tiempos, un pueblo como México, aquejado de graves carencias, no puede conformarse –si quiere avanzar y aun evitar el retroceso– con ser parte de una humanidad en retirada. La felicidad estatizada y dosificada, bajo el disfraz de una estabilidad política y económica mantenida en equilibrio inestable sobre un desarrollo desigual e injusto de los grupos sociales, a costa de las mayorías, y el sacrificio de la libertad en aras de la seguridad, son actitudes que hacen vivir a un pueblo apenas a la defensiva, porque, frente a los avances necesarios, en realidad equivalen a una retirada. En Acción Nacional tenemos conciencia de que para encauzar positivamente los sentimientos de inconformidad que en México se exteriorizan cada día con mayor vehemencia, frente al escandaloso desequilibrio político y a la ostentosa y desigual distribución de los bienes, son necesarias medidas revolucionarias, para que operen o se transformen las estructuras políticas, económicas y sociales del país. Frente a la disyuntiva entre evolución y revolución, para fines de ajuste y cambio de las estructuras, claramente nos inclinamos por un cambio revolucionario de las mismas. No entendemos por cambio revolucionario de estructuras –quede bien claro– el que proviene de la insurrección armada, de la subversión, o de cualquier otro tipo de violencia. La disyuntiva evolución-revolución no es simplista. La historia demuestra que se identifican la evolución y la conservación del poder por los de arriba. Por eso, no creemos que las clases poderosas puedan ser agentes principales de la transformación social. Cuando menos, entre nosotros nunca lo han sido. La reforma de las estructuras políticas, económicas y sociales hacia modelos más justos y humanos, siempre se ha promovido de abajo hacia arriba, por el impulso incontenible de los grupos humanos postergados, cuando se deciden a mejorar su propia vida. Quienes están cómodamente instalados en las estructuras creadas por ellos para beneficio de los menos, no se preocuparán por cambiarlas. Porque rechazamos la violencia pensamos en cambios revolucionarios No hay actualmente en México, quien niegue tener conciencia de la necesidad de cambios políticos, económicos y sociales por razones de justicia. Sin embargo, para no aparecer al margen de la historia, quienes gozan de una 32


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buena situación se definen en favor de una evolución a la medida de sus propias conveniencias, que pretenden identificar con las posibilidades reales del país. La transformación de los pueblos en proceso de desarrollo hacia la civilización urbana e industrial a la cual México tendrá que encaminarse, no acepta el cambio evolutivo al ritmo lento que muchos quisieran imponer. No estamos por una revolución sólo equivalente a una evolución rápida. La evolución –cambio a la medida que los intereses creados son capaces de soportar–, siempre será más lenta que los apremios de las mayorías desprovistas de los beneficios que representan los bienes materiales, la justicia y la cultura. Al apoyar un cambio revolucionario de las estructuras, simplemente queremos significar que el desorden y los desajustes sociales, se encuentran tan arraigados en la sociedad actual, que no es posible, sin un cambio profundo y substancial, modificar las estructuras con el fin de construir, con justicia y libertad, bases para una vida más humana de los miembros todos de la comunidad nacional. Porque rechazamos la violencia, pensamos en cambios revolucionarios de estructuras. La violencia está en el seno mismo de las estructuras injustas: en el abuso del poder, en la explotación del hombre por el hombre, en las excesivas desigualdades entre los grupos sociales y en el injusto trato entre las naciones. Porque es indispensable acabar con esa violencia, también lo es, insistimos, ajustar o modificar estructuras pacíficamente, pero al paso de revolución que hoy exigen la satisfacción de las necesidades, la justicia y la libertad. Una actitud siempre abierta a los cambios justificados Frente a las minorías que controlan el poder político, económico y social, y que encuentran subversiva toda acción encaminada a cambiar los sistemas que mantienen sus privilegios, una vez más reiteramos nuestra fe en la acción política y en el derecho. Frente a la violencia institucionalizada de las estructuras actuales, que violentan el ejercicio de los derechos humanos; frente a quienes proclaman la acción violenta, Acción Nacional se pronuncia en favor de una transformación revolucionaria, que con audacia y justicia promueva renovaciones reales y efectivas. Frente a quienes identifican a Acción Nacional con las estructuras políticas, económicas y sociales cuyo cambio exigimos, reiteramos los principios que desde su fundación ha sostenido el partido; tales estructuras deben ser medios eficaces para el cumplimiento de los fines –individuales y sociales– de la Persona. Estos principios nos han permitido siempre mantener una actitud abierta a los cambios justificados y sin oportunismos circunstanciales. 33


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Orden jurídico: teoría y práctica En México, no todas las instituciones establecidas por el orden jurídico están vigentes, ni todas las instituciones que operan en la realidad, se apegan al orden jurídico. La reiteración oportunista de referencias a las instituciones establecidas por la Constitución, sirve a menudo para encubrir el incumplimiento habitual del orden jurídico. En México, el cambio de estructuras debe iniciarse con un examen a fondo de las instituciones que establece el orden jurídico, para dar vigencia real a aquellas que respondan a los requerimientos de promoción humana y a las exigencias actuales de participación personal, y para modificar o suprimir aquéllas incapaces de cumplir tales fines. No atacamos como inoperantes o inútiles en sí mismas, instituciones fundamentales que no respetan ni el gobierno ni muchos mexicanos indiferentes a todo lo que no sea el propio bienestar. A pesar de las estructuras constitucionales, México no vive como una República democrática federal. El Congreso de la Unión y los congresos locales carecen de la independencia, la responsabilidad y la dignidad que les atribuye la Constitución. Los poderes judiciales de la Federación y de los estados, se encuentran subordinados en su integración básica y presupuestalmente, a los otros poderes. Los estados no son entidades autónomas de una Federación, sino ínsulas cuyos gobiernos distribuye un centralismo partidista. Los municipios no constituyen en realidad la base de la organización política y administrativa de México. Los sindicatos y las comunidades agrarias, de organismo para la defensa y promoción de los intereses legítimos de sus miembros, se han reducido a mecanismos de control político, que violan impunemente los derechos de los mexicanos, ejerciendo presiones sobre los agremiados, con menoscabo de su derecho al trabajo y a la tierra. Muchas asociaciones ocupacionales se han convertido en canales de influyentismo personal y en resonadores de la política del régimen, con abandono de su autonomía y de sus funciones propias. Los medios de difusión están presionados para que callen o desfiguren la verdad y la realidad sobre los acontecimientos del país, impidiéndose así el desarrollo de una opinión pública responsable e informada. La política económica y social para elevar los niveles de vida de los grupos económicamente débiles, se utiliza no para promover la libertad mediante la eliminación de las carencias opresivas, sino como instrumento de sumisión al poder. 34


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Todos estos hechos y otros más, contrarios al orden constitucional, impiden el desarrollo de México, la formación de las conciencias, el funcionamiento real de las estructuras convenientes y los cambios que exige la dignidad humana. Graves efectos tiene la divergencia entre normas y conducta Aunque los gobiernos, desde hace muchos años, no intenten aplicar muchas de las instituciones teóricamente establecidas, hay esfuerzos populares para darles vigencia real, que demuestran con hechos el resultado positivo de estructuras fundamentales, cuando actúan mexicanos decididos a superar la simulación y la deformación de las instituciones. En México, el cambio de estructuras debe empezar por impedir la falsificación de nuestras instituciones básicas y por acabar con la indiferencia de quienes se abstienen de tomar cualquier responsabilidad que exige la solidaridad en la vida social. El respeto a las estructuras adecuadas que establezca el orden jurídico, no excluye ni la posibilidad ni la obligación de luchar en forma constante por su reforma y adaptación, para que satisfagan las exigencias actuales de los mexicanos y los desafíos de la historia en marcha. Los desbordamientos del poder autocrático son ineficaces para silenciar a perpetuidad la naturaleza humana y las consecuencias se rebelan contra la simulación. Acción Nacional no acepta la falsa disyuntiva entre la Persona individual y las estructuras sociales, que para justificar sus actos ilegales, difunde el régimen invocando razones de eficacia. El respeto a las instituciones y a las leyes se debilita cuando los gobernantes se comportan sin tomarlas en cuenta. Además, este ejemplo de los gobernantes acaba por crear en los gobernados actitudes habituales de arbitrariedad, y crea factores reales de poder que pretenden actuar al margen de toda norma de convivencia. Cuando la divergencia entre las normas y la realidad alcanza dimensiones de falsificación tan amplias como en México, la situación resulta especialmente grave. Dentro de este ambiente, se dificulta la realización eficaz de cambios rápidos en forma pacífica, porque el pueblo pierde la confianza en el derecho y las instituciones. No es esa la menor responsabilidad de quienes empeñados en mantener en México una simulación antidemocrática en todos los órdenes, ejercen sobre la República el poder con criterio de fuerzas de ocupación en país extraño y procedimientos de colonialismo interno.

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Ayudaría a la renovación una profunda reforma electoral Las tensiones provocadas por el aumento de la población, la escasez de ocupaciones bien remuneradas y la inequitativa distribución del ingreso y de las oportunidades, exigen no sólo un cambio de estructuras sino de actitudes y conductas personales. Si la lucha por el sufragio efectivo ha perdido su eficacia como instrumento de renovación social, por la conducta fraudulenta de los gobiernos, una reforma funcional, adecuada y sincera de los procedimientos electorales y su aplicación honrada facilitarían cambios en la mentalidad desertora de muchos ante la política, y ayudarían a realizar ajustes y renovaciones en las estructuras. A este respecto, Acción Nacional afirma que el otorgamiento formal de la ciudadanía a los jóvenes de 18 años no será suficiente para apartar a la juventud del desaliento y de la atracción por la violencia, si subsiste el refinamiento, cada día mayor, en la falsificación de los resultados electorales. El cambio de estructuras debe ir acompañado de una conducta congruente de quienes tienen la dirección y la responsabilidad del mismo. La invocación constante de procedimientos y cambios revolucionarios inexistentes en México, puede volverse contra quienes sólo con fines publicitarios hablan de revolución cuando han archivado las metas esenciales de la misma y duermen tranquilos la siesta postrevolucionaria. Más importante que discutir en México teóricamente las alternativas de evolución-revoluciónviolencia, es hacer un esfuerzo –posible y obligatorio– para abrir por los caminos de la ley, del orden y de la democracia, la participación de todos los mexicanos en el planteamiento y en la solución de los problemas de nuestra Patria. Acción Nacional sostiene que todavía son transitables en México los caminos de la democracia si se respetan con objetividad los resultados de las elecciones libres. Solidarismo: pensamiento y acción por el Bien Común La única respuesta razonable a la exigencia y promoción de cambios substanciales, en un pueblo que frente a la amenaza nacional del caos y la violencia no se conforma con una “estabilidad política” convertida en estancamiento, es abrir las puertas a la participación personal en las decisiones colectivas que afectan el destino de los mexicanos. Rechazamos la irresponsabilidad individualista de quienes se eximen de toda obligación para con la sociedad en que viven, tanto como la absorción totalitaria de la Persona por los regímenes colectivistas. Ni el individualismo ni el colectivismo de diversos matices agotan 36


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los caminos de transformación de las estructuras políticas y sociales. Frente a tales posiciones de principios, Acción Nacional sostiene el Solidarismo: participación responsable y solidaria de la Persona en la convivencia, y organización de la autoridad y las instituciones para promover y garantizar el orden, el progreso y la paz a la Persona, a la familia y a los grupos sociales. Si no se trata de triunfar ante la opinión pública en la guerra de las etiquetas y de los adjetivos, ni de calificar en el campeonato de la demagogia, es tiempo de reconocer que la solución positiva para bien de los auténticos destinatarios de una reforma estructural eficaz, no es necesariamente la solución que logre mayores resultados electorales o políticos a corto plazo, ni la que permita mantener apariencias programáticas que no corresponden a la realidad de los hechos. En Acción Nacional rechazamos la tesis del liberalismo capitalista y del colectivismo. Apreciamos los anhelos reales de los trabajadores, que no coinciden con las ambiciones de quienes con intereses políticos o económicos inconfesables, medran a expensas de las grandes multitudes que demandan la reforma estructural de México, hecha con sinceridad, aptitud y honradez. Participación solidaria de todos, no simple relevo de oligarquías Sobre bases de irresponsabilidad y de no participación en la tareas políticas y sociales, no puede construirse ninguna estructura a la medida de los seres humanos, personales y sociales por naturaleza. Con soluciones aparentes y programas que prometen edades de oro, pero que exigen la renuncia a la propia responsabilidad para transferirla a un salvador colectivo y anónimo –la revolución, el partido, el gobierno o “los demás”–, no es posible un cambio aceptable de estructuras. Solo la solidaridad, traducida en actos de cooperación humana, puede realizar los cambios que harán fecunda la participación democrática en todos los aspectos de la vida social: acción política, actividad socioeconómica, organizaciones ocupacionales, instituciones educativas. Los cambios de estructuras que pueden planear quienes se resisten a la renovación democrática de mentalidades y conductas, sólo conducen a un relevo de oligarquías. Por esta razón, seguiremos luchando en los terrenos electorales, para sustituir con hombres de mentalidad abierta hacia el futuro, a un régimen que simula ser protagonista de hechos revolucionarios cuyo alcance ha bloqueado, sostenido por la omisión de quienes sólo saben lamentarse sin decidirse a actuar.

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Estructuras políticas Acción Nacional sostiene que en el cambio de estructuras que México requiere, es esencial la reforma política. Esta reforma implica tanto la supresión de las estructuras de presión que dominan la realidad de nuestra vida pública, como la vigencia práctica de las instituciones republicanas, representativas, democráticas, federales y municipales que establece la Constitución. La democracia política es factor condicionante de la democratización en los demás aspectos de la vida nacional. No es aceptable en forma alguna, que el partido-gobierno, con todos los medios que el poder ofrece, siga tratando de formar a su imagen al pueblo mexicano, para que éste se resigne a vivir en un régimen de monarquía sexenal que autocráticamente decida los destinos de México. Para retener el poder, el partido-gobierno fomenta la falsificación antidemocrática de las instituciones políticas, laborales, culturales e informativas, y las convierte, cada día más, en instrumentos de la oligarquía para fines de control ilícito. Esta conducta ha hecho que en México los gobiernos degeneren en gigantescos grupos de presión, que buscan resultados políticos a través de instituciones y medios extraños y aun contrarios a la organización constitucional. Como consecuencia, el pueblo de México sufre cada vez en mayor medida las presiones del partido-gobierno, auxiliado por las sumisiones y complicidades de quienes han dimitido su función de dirigentes sociales, para convertirse en eslabones incondicionales de cadenas antidemocráticas. En esa forma, el partido oficial, símbolo de simulación política y disfraz verbalista de la autocracia que suplanta a nuestra democracia teórica, ha llegado a sustituir en la realidad las estructuras constitucionales. Acción Nacional invita a todos los mexicanos a luchar, con medios legales y pacíficos, para que sea erradicada de nuestra vida política la institución totalitaria del partido oficial. A pesar de que el régimen y su partido sólo reconozcan en dosis homeopáticas los triunfos de la oposición; a pesar de la irracional hostilidad del régimen contra los legisladores y autoridades municipales de la oposición; a pesar de que el monopolio político está decidido a mantenerse en el poder por medios ilícitos, Acción Nacional convoca a todos los compatriotas para que no sólo por motivos de solidaridad, sino también por la urgencia de satisfacer las necesidades apremiantes de la mayoría de los mexicanos, participen intensamente en la vida pública de México. El repudio y la condenación de los sistemas encarnados en el PRI, que sienten sectores cada día más grandes del pueblo mexicano y las crecientes tensiones y reacciones políticas adversas que provoca el partido-gobierno, son 38


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augurio feliz de la posibilidad real de una reforma básica en las estructuras políticas, económicas y sociales de México. Estructuras socioeconómicas Inseparable de la renovación de nuestras estructuras políticas en sentido democrático, es la reforma a las estructuras socioeconómicas. La necesidad inmediata de esta reforma no puede discutirse. A ella se opondrán los grupos económicamente privilegiados, que mantienen alianza con el poder político, y a quienes nada dicen ni de la distribución escandalosa e injusta de los beneficios del desarrollo económico, ni de las múltiples discriminaciones que impiden la equidad en las oportunidades de capacitación y de progreso. Las desigualdades y las discriminaciones injustas existen, no sólo entre distintos sectores de actividad económica, sino también entre las diversas regiones del país, y son mantenidas por un centralismo que acapara el ingreso público, porque desconfía de la capacidad y honradez de los gobernantes locales y municipales que impone al pueblo. Un sano criterio socioeconómico no debe ser la conveniencia del PRI El control político que el gobierno ejerce sobre los obreros y los campesinos, y la sumisión claudicante que por conveniencias fomentadas por las agradables veredas de las relaciones públicas, aceptan los capitanes de la economía, dan por resultado que se dificulte la aplicación de técnicas objetivas, de interés general, para la solución de los problemas nacionales. Esta mala política anula la actividad de organismos laborales y profesionales, obligados por su propia naturaleza a participar activamente en el desarrollo económico y en el avance de la justicia. Es así como de hecho, el poder de decisión socioeconómica se concentra en el foco de las decisiones políticas. La consecuencia natural es que si el criterio para tomar las decisiones socioeconómicas obedece a la conveniencia del PRI, más que a hechos objetivos, las estructuras se mantienen estancadas o deformadas. El control político de los sindicatos obreros, de las comunidades agrarias, de los burócratas y de los trabajadores no asalariados, su militancia forzada dentro del PRI, las deficiencias de los tribunales de trabajo y las alianzas oportunistas y convenencieras que suele realizar el dinero con el poder, han sido un obstáculo para el desarrollo socioeconómico de México. El manejo de obreros, campesinos y burócratas por el partido-gobierno, como masa de maniobra, 39


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ha impedido una participación fecunda de los más directamente interesados en la reforma socioeconómica. En la práctica no existe sino el diagnóstico impuesto oficialmente de los problemas nacionales y se imponen a los grupos sociales características amorfas y la perspectiva oficial de la política nacional e internacional. Aun en teoría, la posición socioeconómica del gobierno está retrasada, si se compara con los avances de la ciencia y de la técnica y con las posibilidades que éstas pueden aportar al cambio estructural de México. Sólo interesa la indefinición dentro de cuadrantes viscosos Al partido-gobierno poco le importan el conocimiento objetivo de los problemas, la honradez y la técnica para resolverlos. Le importa un acomodamiento periódico de su indefinición dentro de los cuadrantes viscosos de la derecha izquierdista y de la izquierda derechista. Para los beneficiarios del régimen, la izquierda no pasa de ser una actitud sentimental de insatisfacción proletaria con el presente, desde el mirador de la propia satisfacción. Para ellos, su posición propagandística hacia la izquierda o su cautelosa actuación hacia la derecha dependen, además, no sólo del interés personal, sino sobre todo de los giros de 180 grados que dé el sillón del Ejecutivo en turno. Por lo demás, si como sostiene el PRI, la izquierda es insatisfacción con el presente, el satisfecho PRI resulta de derecha medular irreversible. En México, además, el PRI practica como posición oficial la glorificación verbal del proletariado, sin perjuicio de mantener indefinidamente en condición proletaria a la enorme mayoría de la población. La condición proletaria, las más de las veces, sirve al grupo en el poder de artificio para mantener o encumbrar líderes venales, y pocas veces como desafío a la buena voluntad, a la solidaridad y a la técnica de gobernantes y gobernados; pero no ha sido factor decisivo para acabar con las excesivas concentraciones de riqueza, ni para impulsar con eficacia constante el sistema de distribución y redistribución de la prosperidad personal, a través de medidas gubernamentales, empresariales y laborales. Frenados por el inhumano menoscabo de los derechos Quienes se han constituido en representantes natos del proletariado rural y urbano del país, desconocen el derecho de los proletarios a la libre decisión en el seno de los sindicatos y de las comunidades agrarias. La fuerza potencial que al margen de tutelas y controles pueden desarrollar los obreros, los 40


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campesinos y los empleados públicos y privados, como todo grupo social, para cooperar a la reforma y renovación de las estructuras que los afectan, desde hace muchos años, ha quedado frenada por el inhumano y anticonstitucional menoscabo de los derechos políticos y de las libertades humanas de los trabajadores, mediante la persistencia de sistemas que corresponden a etapas primitivas de organización económica y social. México necesita, en la actual etapa de su desarrollo económico, programar medios eficaces para estructurar una sociedad nueva, en la que los trabajadores participen normalmente no sólo en las utilidades sino en la gestión y en la propiedad de las empresas. Sólo la incorporación de los trabajadores, con toda la proyección de su ser humano en los procesos económicos, sin perjuicio de la necesaria unidad de dirección, permitirá la plena eficacia de la técnica y de la planeación económica y la mejor utilización de capitales y recursos. El mecanismo de promoción del desarrollo y de la justicia social –motor insubstituible de cambio e innovación en las estructuras– debe ser liberado de los controles políticos, para que la discusión y la defensa de los intereses de clases en conflicto, ayuden a integrar el clima de solidaridad y comprensión que el Bien Común requiere, entre quienes tienen obligación de crear puestos de trabajo y quienes tienen derecho a ocuparlos. De este mecanismo deben formar parte importante los organismos ocupacionales de trabajadores y de empresarios de las distintas ramas de actividad económica, y participar en la gestión de sus propios problemas y en las tareas de previsión y planeación económicas. La conciencia de desarrollo, vigorizada por la justicia social, liberada de todo paternalismo gubernamental o de iniciativa privada, permitirá al Estado enfrentar con mentalidad nueva, los viejos problemas de México tratados hasta ahora con mentalidad anticuada y rígida y tácticas oportunistas. El disimulo de la crisis del campo da al problema perfiles dramáticos Los problemas del sector agropecuario del país deben enfrentarse con la decisión de conciliar las exigencias de la técnica y los requerimientos permanentes de la distribución justa de la tierra, para evitar tanto el minifundismo antieconómico, como las indeseables concentraciones de propiedad. Además de poca imaginación, revela incapacidad técnica y política, mantener soluciones que si en 1910 pudieron tener validez, resultan inadecuadas en 1969. El disimulo de la crisis del campo mexicano, durante más de medio siglo, ha llegado a un punto en que el bajo nivel de vida del campo, la presión demográfica en el medio rural, el excedente de mano de obra campesina y la falta de productividad, revisten perfiles dramáticos. 41


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Aquí reiteramos que los sistemas que utilizan al campesino como masa de maniobra para conservar el poder, son incompatibles con el desarrollo de un campesinado más técnico, más productivo, con mejores niveles de vida y oportunidades de suficiencia económica y, por tanto, más seguros de sí mismos y menos expuestos a servir de pedestal para el encumbramiento político. Los hechos que acontecen en el campo mexicano demuestran la necesidad de un cambio profundamente innovador de las estructuras rurales, a pesar de lo que señala la propaganda oficial, intencionada y triunfalista. No pretendemos, como nos imputan algunos párvulos de la política, reconstruir las haciendas o los latifundios, ni volver a las tiendas de raya. Demandamos, para resolver el problema del sector agropecuario, la elevación humana del campesino, un régimen justo y seguro de tenencia de la tierra, el impulso de su productividad económica y la integración complementaria –positiva y necesaria– del sector agropecuario con el resto de la economía nacional e internacional, preferentemente en los procesos de industrialización. Las soluciones del problema agrario no se mueven entre la trágica disyuntiva de productividad sin justicia ni dignidad humana para los campesinos, o de justicia y dignidad sin productividad. Esta falsa disyuntiva que flota en el ambiente no se ha originado por la dotación de recursos naturales, ni por culpa alguna de los campesinos. Su origen está en la intromisión y manejo de la vida rural por intereses y ambiciones políticas. No es posible que la reforma agraria dé sus frutos de liberación humana y de progreso económico, cuando se promueve y realiza sólo en la medida exacta en que no suponga cambios en las estructuras de monopolio político. Siempre los regímenes totalitarios, confesos o vergonzantes, han encontrado en el sector agropecuario el mayor obstáculo para sus propósitos de dominio. Las soluciones deben tender a elevar su condición humana Una política agraria con miras a la creación de estructuras sociales que busquen la elevación humana del campesino, no se reduce a la distribución de tierras. Son indispensables la seguridad de la tenencia y del aprovechamiento, para estímulo de las familias campesinas y para beneficio de la economía nacional. Deben fomentarse las formas asociativas libres de la actividad rural, tanto en sus aspectos meramente laborales como en los técnicos y de distribución de productos. Las distintas características de las diversas regiones del país no permiten mantener soluciones generales; deben aplicarse las soluciones adecuadas a 42


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los cultivos y las regiones y a la observancia y mejoramiento de los procedimientos agrarios. A las estructuras jurídicas que promueven el desarrollo rural, a la libre organización del campesino, al fácil acceso a los recursos técnicos y económicos que requiere la explotación del campo, deben agregarse otros incentivos, que arraiguen y estimulen a los campesinos. Mientras el campesino no tenga acceso real a los bienes de la cultura, de la salud, de la seguridad y del descanso; mientras no sienta que es respetado cuando participa en las decisiones políticas y en la orientación económica de la comunidad en que vive, seguirá el éxodo del campo hacia la ciudad, no sólo por los atractivos de la civilización urbana sino por el aislamiento que el campesino sabe que puede romper y que ya no está dispuesto a soportar. Función de la propiedad Acción Nacional considera que los cambios estructurales que los tiempos nuevos requieren, no son posibles sin una noción clara de los principios que deben regir la organización de la propiedad. Por una parte, debe reconocerse el principio fundamental del destino universal de los bienes materiales, que por su naturaleza están destinados a satisfacer, en la mayor medida posible, las exigencias legítimas de todos los hombres. Por otra parte, la naturaleza racional, personal y social de los seres humanos, pide cierta apropiación de bienes materiales, dentro de los límites y modalidades que impone el destino universal de los mismos, de acuerdo con las exigencias del Bien Común concreto de la Nación y de la comunidad internacional. Del destino universal de los bienes materiales no se deriva su control específico por el Estado. Se requieren fórmulas concretas de apropiación personal, que garanticen la suficiencia económica y la autonomía espiritual y política de las personas y de las familias, sin menoscabar las legítimas apropiaciones que el Estado requiere. El destino universal de los bienes exige estructuras que difundan la propiedad privada entre el mayor número posible de personas y familias concretas. Las funciones propias del Estado no autorizan a suprimir la apropiación privada como falso corolario del destino universal de los bienes. La previsión estatal y la seguridad social son indispensables, pero no sustituyen la función social y personal de la propiedad privada, ejercida dentro de la solidaridad humana, las exigencias del Bien Común y las circunstancias concretas de la economía.

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Abandonar planteamientos falsos respecto a la propiedad Las cuestiones de propiedad suelen presentarse con un planteamiento falso, que impide soluciones, porque sólo señala como posibles alternativas falsas: o la propiedad individualista liberal que desconoce el destino universal de los bienes, su función social y ciertas apropiaciones legítimas del Estado, o la propiedad estatal totalitaria, que quita a la Persona las bases materiales necesarias para la responsabilidad productiva y la autonomía espiritual dentro del orden y la justicia. Ni toda noción de propiedad privada es capitalista, ni es socialista o colectivista toda idea de propiedad que insista en la función social. Acción Nacional tiene conciencia de que las transformaciones de la sociedad actual, traerán como consecuencia transformaciones en el uso y aplicaciones de los bienes. No se opone a las mismas, mientras no se prive al hombre, con el pretexto de regular la propiedad, de los elementos materiales que requiere para ejercitar sus libertades espirituales. Estructuras educativas La tarea educativa, transmisión y apropiación personal de conocimientos y valores para la vida individual y social, es factor fundamental del auténtico desarrollo en todas las sociedades humanas. En este campo no sólo deben atenderse las exigencias técnicas y pedagógicas, sino, sobre todo, respetarse los derechos de las personas que intervienen en la educación y promoverse las posibilidades reales de ejercitar tales derechos y de los graves deberes que ella impone. En México es necesario el reconocimiento legal y práctico del derecho a la educación libre que la misma naturaleza confiere a los padres de familia, a los educadores y a los educandos. De acuerdo con esta exigencia natural, México suscribió la declaración Universal de los Derechos del Hombre, que, en su artículo 26 establece: “Los padres tendrán el derecho preferente de escoger el tipo de educación que debe darse a sus hijos”. El artículo tercero constitucional nulifica el sentido que, como garantía individual, debería tener en la protección de los derechos educativos de las personas y en el señalamiento de límites eficaces a la prepotencia del Estado y al desbordamiento innato del poder político. En otros ordenamientos legales se somete a un control excesivo la organización de los padres de familia, y se crean bases legales para llevar a sus consecuencias prácticas el monopolio antinatural del derecho a la educación. No sólo la naturaleza humana y la esencia misma de la educación exigen la reforma del artículo tercero y de los ordenamientos legales que violen la libertad de conciencia en materia educativa, sino que también el desarrollo de las conciencias y la necesidad 44


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urgente de unidad nacional, señalan como único camino el reconocimiento legal expreso de los derechos educativos, anteriores y superiores a cualquier ley positiva. El mantenimiento del monopolio educativo impide la armonía en la vida nacional, anula enormes posibilidades de cooperación y fomenta la insinceridad y el oportunismo, al establecer oficialmente actitudes y convicciones que gozan de la preferencia y de los privilegios del poder. El mismo partido-gobierno es la manifestación clara de la ineficacia de convicciones morales, jurídicas e históricas, aceptadas por conveniencia y por ambición. En la educación no puede haber substituto de la libre adhesión de las personas a la verdad y a los valores. La reestructuración del sistema es un imperativo nacional Las graves carencias de México ante los altos costos y la magnitud de los esfuerzos que exige la reestructuración del sistema educativo nacional, imponen a todas las personas y a todos los grupos, la obligación de aportar su ayuda a la solución del problema, sin discriminaciones ni privilegios fundados en ideologías, posición social, capacidad económica o procedencia escolar o geográfica. Ni la dificultad, ni el costo, ni el tiempo requerido deben retrasar el impulso educativo en favor de los grupos indígenas, marginados todavía en muchos casos por la ignorancia de la lengua común. El aislamiento consiguiente los mantiene en Estado de inhibición y servidumbre, de incomprensión, desconfianza y pasividad. Hay que ayudar a estos grupos no sólo a incorporarse a culturas que en mucho todavía les son extrañas, sino a desarrollarse por su esfuerzo propio, respetando sus valores peculiares. Al margen de todo determinismo insuperable, concebimos la educación no sólo como un factor de promoción del desarrollo económico, sino como un medio que debe estar al alcance de todos los hombres, para adquirir los conocimientos y los valores que dan sentido y consistencia a la vida personal y social. La educación debe impulsarse y estimularse no sólo como una inversión en capital humano para fines de bienestar económico, sino como una actividad creadora que ayudará a anticipar en el tiempo las transformaciones sociales. Si no es satisfactoria una concepción cuantitativa del progreso económico, que no ve más allá del aumento numérico de los bienes y servicios producidos, menos satisface la concepción unilateral de la educación como simple inversión en capital humano, para fines de progreso y bienestar económicos, porque olvida aspectos morales y culturales de los que no puede prescindirse en la convivencia. 45


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Educar no es sólo instruir, sino promover convicción moral La educación no es sólo capacitación para producir, obtener ingresos, consumir y ahorrar. Es promoción de convicciones morales y jurídicas necesarias para que las actividades económicas, políticas y sociales no olviden sus finalidades humanas. Base de cualquier estructuración justa y duradera de la sociedad, es el esfuerzo educativo que equilibre las especializaciones con la cultura general, las humanidades y las ciencias y técnicas, los valores morales y jurídicos y los procedimientos eficaces, la búsqueda de un razonable ingreso económico y el servicio de los demás. La complejidad y la índole íntimamente personal de la tarea educativa deben tener como consecuencia en la vida social, el respeto a la libertad de las conciencias y a los derechos de los educandos y de los educadores. La mera instrucción, como almacenamiento y actualización de conocimientos teóricos y prácticos, poco influye en la orientación moral de la conducta del hombre. La instrucción debe ser puesta al servicio de las necesidades humanas, como aspecto parcial y subordinado de una educación completa. De otro modo, se hace de ella un medio de sumisión personal y destrucción, en manos de poderes políticos, técnicos o sociales que se sirven de la despersonalización. Todo sistema educativo requiere, por eso, que los educadores y los educandos tengan puntos de referencia valiosos sobre la naturaleza y el destino humano, que trasciendan los límites de la sola instrucción y hagan posible, en la libertad, que el pueblo reciba una verdadera educación. La enorme responsabilidad de los medios de difusión En el desarrollo educativo tienen especial responsabilidad las personas y las asociaciones que, por dedicarse a los medios de difusión y de comunicación social, disponen de un enorme poder para influir en la mentalidad, en los conocimientos y en las actitudes de millones de mexicanos. Atentan contra la educación cuando por falta de valor o por sobra de ambición, se subordinan a los intereses parciales de los monopolios políticos, económicos o facciosos. También es irrenunciable el deber que tienen de cooperar en la tarea educativa, las sociedades intermedias –en particular empresas y sindicatos– de acuerdo con su propia finalidad y con las necesidades de adiestramiento que su actividad específica reclama. Las transformaciones del mundo de hoy requieren la planeación de una educación abierta, que permita al hombre tener oportunidad constante de renovar sus conocimientos. En México, los excedentes crecientes de mano de 46


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obra requieren oportunidades de capacitación para una mayor convertibilidad ocupacional de los adultos desplazados de trabajos conocidos, y necesitados de buscar caminos nuevos en la actividad económica. Las restricciones legales o administrativas al impulso educativo, aunque en la práctica no se apliquen totalmente, constituyen obstáculos para la cooperación nacional, y a muchos les ofrecen razones –aparentes o reales– para evadir su participación en la tarea. Obviamente, la dedicación entusiasta y la cooperación para el impulso educativo exige un ambiente de respeto, libre de temor a las amenazas, a las discriminaciones y a las incertidumbres sobre la eficacia legal de los esfuerzos y aun de las represalias. El maestro no es difusor a sueldo ni preparador de la sumisión Es indispensable reconocer a los maestros la eminente dignidad que les conceden su naturaleza humana y el rango espiritual y social de la actividad docente a la que dedican su vida. El auténtico maestro no debe ser rebajado a la calidad de mero difusor a sueldo de ideologías o propagandas, ni encargarse de preparar las conciencias de los niños y de los jóvenes para su futura sumisión política o social, como adultos irresponsables. Atentan gravemente contra la dignidad del magisterio quienes no respetan la libertad de conciencia de los maestros y les imponen tesis obligatorias, les impiden las posibilidades de progreso pedagógico y los quieren reducir a instrumentos intelectuales del monopolio político y de la simulación en México. Al respecto, a la dignidad y a los derechos de los maestros debe añadirse un trato económico que les permita vivir con suficiencia y decoro y dedicarse con serenidad a las tareas de investigación y perfeccionamiento impuestas por la alta vocación que ellos escogieron. Esta nueva mentalidad frente al magisterio debe tener manifestaciones definidas en la libertad, los niveles académicos y la suficiencia económica de las escuelas normales públicas y privadas. Debe decirse toda la verdad y no tratar de sustituir a la familia Es necesario dar a conocer con objetividad la situación real en México en sus aspectos cuantitativos y cualitativos. Todos los mexicanos deben tomar conciencia de las magnitudes reales del analfabetismo en México y del grave problema que representa la necesidad de capacitación y de puestos de trabajo que más de medio millón de jóvenes mexicanos cada año comienzan a buscar por 47


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vez primera ocupación e ingresos suficientes para responder de sus propias vidas. Es también urgente la necesidad de establecer sistemas de adiestramiento para los adultos que al quedar desplazados de un trabajo por causas diversas, se ven obligados a buscar formas nuevas de ocupación y de subsistencia. Sobre todo es necesario vitalizar la conciencia educativa de la familia, en la que deben recibirse los valores y los principios fundamentales para orientar positivamente la vida de las personas. Es absurda la pretensión de sustituir la educación familiar; la familia requiere protección, apoyo y la creación de un ambiente público favorable, para el cumplimiento de sus funciones educativas. Por otra parte, es indispensable promover en las familias la conciencia de la obligación que tienen de promover las convicciones y las responsabilidades que harán de cada individuo un ciudadano solidario, dispuesto a la cooperación política y social. La educación no debe estar sometida a monopolios políticos Las estructuras de los planes de estudio y la clasificación tradicional de las profesiones, necesitan modernizarse para adecuar la educación a las posibilidades reales de muchos alumnos y a las oportunidades y exigencias de trabajo en un país en desarrollo. Los cuadros profesionales antiguos y las actuales estructuras educativas no fomentan las necesarias oportunidades de trabajo. Por eso es urgente establecer otras oportunidades y formas de capacitación para bien de los interesados y de México. El contenido de la educación no debe estar sujeto a las exigencias de los monopolios políticos. A través de la educación debe llegarse a un estilo de sociedad en la que nadie esté sujeto a coacción por tener o rechazar determinadas convicciones, dentro de los límites de un orden público justo. Una educación estructurada sobre la libertad de conciencia es no sólo requerimiento irrenunciable de la Persona Humana, sino presupuesto jurídico necesario para promover la educación, para reconocer a la función docente la dignidad que le corresponde, y para plantear como tarea, no de uniformidad sino de unidad nacional, la actividad educativa en todos sus aspectos, al margen de todo sistema discriminatorio fundado en razones económicas o de convicción. Estructuras de la información Sin establecer prioridades en el tiempo, sino reconociendo la necesidad de que cooperen simultáneamente los diversos sectores y se complementen 48


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los aspectos de la vida nacional, hay que promover un cambio radical de las estructuras informativas en nuestro país. Por su naturaleza personal y social, todo ser humano tiene el derecho y la obligación de participar en la marcha de la sociedad. Esta función vital no se puede cumplir con normalidad y eficacia, si los medios de información no proporcionan elementos razonablemente exactos para el juicio y la decisión responsables. El problema se agrava cuando a las deficiencias se añade la falsificación voluntaria de la realidad y la abundante variedad de mentiras pagadas. En México, buena parte de los medios que integran el sistema de comunicación, se dedica a deformar en vez de informar, y pretende sobreponer al país real un país imaginario, en el que los problemas más difíciles se resuelven con ritmo acelerado en las noticias controladas; atribuye obligatoriamente infalibilidad e inteligencia genial a quienes pagan la noticia, y considera inaceptable señalar las carencias reales de México. La democracia difícilmente puede desarrollarse en el ambiente de mentira sistemática en que viven todos los mexicanos. La sospechosa uniformidad es ausencia de información La subordinación de los medios informativos al monopolio político tiene excepciones honrosas que, por desgracia, no bastan para generalizar las características de objetividad e independencia que debería tener toda comunicación libre. En la práctica, la sospechosa uniformidad de los medios de comunicación en materia política, equivale a la ausencia de información, ya que no merece tal nombre la dosificación de mentiras totales y verdades a medias que se distribuye a los mexicanos. Contra las exigencias de su propia etimología, la publicidad política muchas veces oculta en vez de publicar, y la falta de datos reales se pretende suplir con pretendidos secretos de Estado o confidencias gubernamentales. En el caso reciente del conflicto estudiantil, no tuvo el gobierno el valor suficiente para decir en público lo que no sabía ni tampoco lo que sabía y, a pesar del vacío informativo tan grave, hizo circular las más dramáticas versiones de un golpe de Estado o de una revolución inminente. La información gubernamental exhibió ante el público las acrobacias de una autoridad informativamente al garete, que daba bandazos entre la conspiración comunista, el rostro sangriento de la derecha, la CIA, algunos políticos cesantes del PRI, el motivo olímpico y la seguridad nacional. En los informes oficiales abundaron vaguedades sibilinas sobre las“fuerzas extrañas”; la “amenaza de tanques extranjeros” que un diputado del PRI, con pasión visionaria, oyó rodar en territorio mexicano; una campaña internacional 49


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contra México y otros diagnósticos de imprecisión admirable. A juzgar por la calidad de la información oficial, la gravedad del peligro sólo podía compararse con la absoluta falta de respeto al derecho de información del pueblo mexicano. La servidumbre política de los medios de difusión tiene límites naturales, sobre todo cuando los problemas llegan a su punto de maduración crítica y las evidencias son inmediatas y aplastantes. Para ejercer a conciencia y con buena voluntad los deberes ciudadanos, es necesario que terminen la conspiración del silencio y la conspiración de la palabra oral y escrita en contra de la verdad, y que se respete la natural exigencia humana de informar y ser informado. Un pluralismo verdadero El cambio de estructuras en sentido democrático no se puede realizar sin respeto al pluralismo en la sociedad. La pluralidad de las necesidades y de los fines humanos se traduce en la diversidad de instituciones encaminadas hacia fines propios, a través de medios específicos. Un cambio democrático de estructuras no debe ser tarea exclusiva del gobierno o de los partidos políticos. Deben promover el cambio todas las instituciones, cada una mediante su propia renovación y el cumplimiento de sus funciones irrenunciables. No basta la organización política de la discusión de intereses entre las clases distintas. Es indispensable también el funcionamiento adecuado de los sindicatos para que, sin conformarse con aplicar a corto plazo su poder de regateo en las negociaciones de contratos colectivos, se preocupen activamente por gestionar políticas sindicales, empresariales y gubernamentales, que acaben con la proletarización de los desposeídos. Líderes políticos aptos y honrados, no podrían por sí solos cambiar estructuras en los ordenamientos legales y en la realidad práctica. Se necesita la acción independiente de dirigentes laborales, decididos a aplicar en los diversos niveles de actividad económica, las reformas establecidas por la ley. La difusión de ideas y el encuadramiento activo de las personas en los partidos presupone necesariamente el cumplimiento de los fines propios de las instituciones no políticas, capacitadas para enseñar y educar, fomentar la cultura y crear los cimientos morales de las convicciones y de la actividad política. Rechazamos la actitud de quienes abandonan o pervierten los fines específicos de las instituciones intermedias a que pertenecen, para después, ante medidas y prácticas políticas nocivas, pretender transferir al partido político la obligación de cumplir deberes que confortablemente abandonan y la responsabilidad de mantener convicciones que ridiculizan o no tienen el valor de defender. De hecho, la vida pública de México, en su aspecto político, económico y 50


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social, refleja el activo y el pasivo de las instituciones no políticas. Son difíciles de contrarrestar en el campo político las ideas y los comportamientos de indiferencia y abstencionismo, la mentalidad de falso decoro egoísta y socialmente irresponsable, que el mexicano con frecuencia adquiere desde la familia y la escuela y en otras instituciones y grupos espiritualmente desvinculados de la ética social y de la realidad nacional. la democracia en la sociedad pluralista exige el funcionamiento normal de las instituciones que la integran, de acuerdo con su propia naturaleza y su competencia limitada, en el marco del Bien Común público. La juventud y sus posibilidades En el análisis de las inquietudes sociales, sobre todo juveniles, se generalizan fácilmente juicios circunstanciales que sólo tendrían validez en épocas y lugares diversos, y no siempre respecto a la totalidad de los grupos. Se olvida la complejidad de los hechos y se prefieren juicios unilaterales y simplistas, que engañosamente parecen explicarlo todo. El antagonismo de las generaciones, el contagio a escala mundial, la dificultad de ubicarse en los medios de trabajo, la despersonalización de la sociedad de producción y de consumo, la diversidad de niveles en el desarrollo socioeconómico de los países y otras causas, se aducen como explicación definitiva de las inquietudes juveniles. Hay que examinar en cada caso los hechos complejos, distinguir corrientes y actitudes, circunstancias políticas y económicas y, sobre todo, reconocer la importancia de la crisis de convicciones y valores que, por encima de los medios materiales para vivir, dan a la juventud razones para vivir. No puede pasarse por alto la falta de medios de expresión y de participación de la juventud, en las sociedades intermedias y en la actividad política. La actitud de los jóvenes refleja el medio en que viven Las características políticas, económicas, sociales y culturales del medio en que viven los jóvenes, se reflejarán en la insatisfacción que experimenten frente a la sociedad, e influirán en la manifestación pública, pacífica o violenta, de sus protestas contra un país o un mundo que no les guste. Las insatisfacciones tienen diversos alcances, que en la realidad se traducirán en los medios escogidos para la protesta y el cambio. Por eso, los principios y las actitudes básicas que dibujan la fisonomía íntima de las personas, se expresan en formas distintas en los movimientos juveniles. 51


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Si se interpreta mal la insatisfacción constitutiva y permanente de la criatura racional que camina a su destino eterno, se pretenderá aplicar erróneamente al cambio de las situaciones y de los horizontes terrestres, la energía más absoluta e intransigente de la naturaleza humana. No hay cambio social, político o económico que satisfaga los anhelos humanos de perfección absoluta. Presentar la lucha por los cambios sociales con características absolutas –metafísicas o religiosas– es una falsa posición que explota las crisis intelectuales, morales y religiosas de nuestra época, y una de las técnicas demagógicas más temibles, porque aplica a lo circunstancial y variable, los dinamismos humanos orientados por naturaleza hacia lo infinito e inmutable. La participación de los jóvenes y de los adultos en las reformas de la sociedad es deber de conciencia; pero jamás podrá constituir el sentido más hondo, ni el último fin del hombre que conozca y respete sus propias aspiraciones. Siempre será transitoria la ilusión de encontrar en los cambios sociales la brújula perdida, los puntos cardinales ausentes y la plenitud de los anhelos humanos. Para percibir las verdaderas dimensiones de este problema, debe aceptarse el hecho de que la política jamás podrá colmar la insatisfacción de quienes entran a ella para llenar vacíos intelectuales, morales o religiosos, que deben encontrar su plenitud por otros medios y en otras partes. En este sentido, la protesta y la inquietud juveniles, que simplemente sean la traducción política del vacío y de la crisis intelectual, moral y religiosa, jamás podrán tener, por definición, respuesta o solución política. Cometerían un error trágico el gobierno o el partido político que se consideraran dotados de los recursos espirituales necesarios para dar sentido a las vidas humanas presas del absurdo o del vacío. La única política realista es crear el marco jurídico y social adecuado para que, con respeto a la libertad de las conciencias, se desarrollen las actividades y las instituciones capaces de iluminar tinieblas, llenar vacíos y señalar rumbos de esperanza, en el mundo interior de los seres humanos. La protesta debe encaminarse a participar en la responsabilidad La insatisfacción y la protesta contra las injusticias en la sociedad, no debe negar con hechos lo que afirman con palabras. La dignidad y la solidaridad humanas imponen a todos la obligación de buscar los cambios positivos para bien de los hombres concretos, sin traducir las frustraciones y los resentimientos en tesis de violencia y de odio. La protesta responsable no puede consistir en la manifestación ambigua de querellas imprecisas, sino que debe tener una justificación racional y moral para no convertirse en un nuevo elemento de la sociedad repudiada. 52


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Es un contrasentido utilizar medios antidemocráticos en la lucha por la democracia, como también despersonalizarse en la masa y cobijarse bajo el anonimato, cuando se ataca la despersonalización y la irresponsabilidad de la sociedad moderna. La protesta debe impulsar a participar en la solución de los problemas contra los que se protesta, y quienes protestan deben aceptar la responsabilidad de colaborar para el mejoramiento de la sociedad humana. La protesta juvenil auténtica, critica y repudia las estructuras despersonalizadoras y excluyentes de la sociedad. Por consiguiente, la lógica de la protesta constructiva debe encaminar a la juventud hacia la participación y la responsabilidad para reformar y humanizar las instituciones y los hábitos de mentalidad o de conducta en la sociedad. Para deslindar las actitudes de protesta es necesario examinar la voluntad de participación responsable de quienes señalan y repudian los aspectos inaceptables de determinada estructura social. Si tal voluntad no existe, instauran un círculo vicioso quienes por una parte se sienten excluidos de la sociedad por no participar en las decisiones que marcan el sentido de la misma y, al mismo tiempo, no quieren participar en tales decisiones, para seguir sintiéndose excluidos y mantener la crítica y el repudio irresponsables. Es posible reforzar las estructuras inhumanas y excluyentes de una sociedad injusta a través de luchas aparentemente encaminadas al cambio o a la destrucción de esa sociedad, pero en realidad animadas del mismo espíritu inhumano y excluyente que se pretende combatir. No hay salida para la actitud de quienes oponen un mal a otro tipo de mal, y atacan la discriminación, excluyéndose a sí mismos de los valores y de las normas universales de convivencia. La conciencia de un mundo que no responde a la dignidad en México exhibe una urgente necesidad de cambio de estructuras en todos los aspectos de la vida, como lo ha evidenciado con perfiles dramáticos el movimiento estudiantil que ha sacudido al país desde el mes de julio pasado. Siendo múltiples las causas que lo engendraron, quizá su aspecto más valioso sea el de la concientización de los jóvenes, respecto de un mundo y de una sociedad que no responde a las exigencias de la dignidad humana. La represión brutal del Poder Público a una manifestación justa y legítima que protestaba contra la arbitraria intervención policíaca en un plantel politécnico, fue suficiente para desencadenar la inconformidad, en ocasiones violenta, del sector estudiantil, frente a un régimen insensible y cerrado por el ejercicio prolongado del poder autocrático. La ineptitud y la insensibilidad absolutas del gobierno para entender y resolver el conflicto, dieron a éste una importancia y una dimensión de las que carecía originalmente. Las autoridades no supieron o no quisieron ver que detrás de las peticiones estudiantiles, a veces imprecisamente formuladas, se encontraban las 53


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demandas primarias de todo un pueblo que vive en Estado permanente de indefensión, de injusticia social y sin libertades públicas. La ceguera y la falta de imaginación de los gobernantes, los hicieron utilizar las viejas y gastadas fórmulas de control ilegítimo de los medios de difusión, de manifestaciones forzadas de burócratas y actividades de agentes provocadores, ante cuyo fracaso recurrieron en su desesperación a la represión violenta, irracional y primitiva de toda protesta, y a la amenaza lanzada por conducto de los encomenderos de los movimientos obrero y campesino, de desatar la guerra civil en caso de que continuara el movimiento. Hacer que los jóvenes participen en la renovación de estructuras La inquietud y las consecuencias derivadas del movimiento estudiantil subsisten todavía, aunque en apariencia hayan cesado sus expresiones más agudas. La represión contra estudiantes sigue, aunque ya no se informe al particular, y ninguno de los problemas que sacó a flote el movimiento ha sido resuelto y ni siquiera atendido. Por eso es urgente encauzar la protesta juvenil hacia fines positivos; examinar las causas reales que la originaron en México; hacer participar a los interesados en las tareas de renovación de estructuras escolares, políticas y socioeconómicas, y escuchar sus planteamientos sobre los problemas que afectan su futuro inmediato. La protesta estudiantil tendrá resultados positivos si los jóvenes insatisfechos participan con responsabilidad y honradez en la reforma a las instituciones educativas, en la marcha de las sociedades estudiantiles, en el restablecimiento de la autoridad escolar y de la vocación estudiantil y en la defensa de la autonomía y las libertades de los centros de estudio. Al señalamiento de las deficiencias de las instituciones, planes y orientaciones de la educación, debe corresponder una participación responsable de estudiantes y maestros para mejorarlos o transformarlos, buscando que cumplan sus fines respecto al hombre y a la sociedad. Formar conciencia, pero no hacer de la escuela instrumento de presión En los centros de estudio deben promoverse el conocimiento de los problemas de México, la preocupación por encontrarles soluciones realistas y adecuadas, la formación de la conciencia política, y la información y el libre intercambio de opiniones. Pero afirmamos que las instituciones educativas en sí mismas, sus actividades y procedimientos específicos, no pueden ser convertidas en 54


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instrumentos o cauces de presión, afiliación o promoción políticas en favor de nadie. La creación o el desarrollo de la conciencia política representan por sí mismos factores positivos; pero dejan abierta una interrogante sobre los fines de las actividades que pueda promover la nueva conciencia y sobre los medios para alcanzarlos. Si se analizan seriamente los diversos motivos que se aducen para justificar la protesta, resulta como única finalidad coherente de la nueva conciencia política, la aplicación al cambio de estructuras políticas, económicas y sociales, de un criterio y una conducta realmente democráticos. La repulsa de las exclusiones discriminatorias, de la despersonalización de la vida pública, del burocratismo opresor y omnipresente, de la injusticia social en el interior de las naciones y en las relaciones entre países pobres y países ricos, debe traducirse en un intenso esfuerzo de participación democrática en la vida política. No tiene sentido protestar contra la situación presente, si no se toma la responsabilidad de participar en el establecimiento y desarrollo de una situación futura, que no pueda ser igual ni peor que la que hoy se vive, sino indiscutiblemente mejor, para beneficio de la generación actual y de las venideras. Sólo la democracia verdadera puede ser la buscada respuesta Sin la participación responsable de los jóvenes en el proceso de democratización de la vida mexicana, los cambios que pudieran producirse se reducirían a un simple relevo de los equipos discriminadores y antidemocráticos que manejan las estructuras económicas, políticas y sociales; a variaciones accidentales en el burocratismo y, en síntesis, a modificaciones temporales y secundarias dentro de un marco de autocracia permanente. Sólo la verdadera democracia, intensamente vivida en los ámbitos político, económico y social, puede dar respuesta adecuada a los anhelos de los jóvenes que deseen participación personal responsable, solidaridad social y justicia en las relaciones humanas. En esta participación de los jóvenes, deben respetarse sus libertades y convicciones personales, para que libremente puedan realizarla dentro de todos los grupos sociales, sin verse reducidos a meros instrumentos de los grupos dominantes. Desde la fundación de Acción Nacional, con múltiples y hasta contradictorias razones, los grupos de poder han pretendido deformar ante la opinión pública nacional e internacional, el pensamiento y las actitudes que nuestro partido tiene respecto a la actividad política y social, los problemas que presenta la realidad mexicana y las soluciones que proponemos. Ante el 55


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recrudecimiento de ataques calumniosos y deformaciones intencionales, la XX Convención Extraordinaria de Acción Nacional deja en este documento un testimonio de su pensamiento y de las líneas de acción que considera no sólo adecuadas sino necesarias, para que México se transforme pacíficamente sí, pero al paso de revolución que demandan la vigencia real de los derechos políticos y sociales y las exigencias humanas, no del futuro, sino del presente que el mundo vive, acosado por el impulso y la necesidad de adaptaciones y transformaciones políticas, económicas y sociales, a un ritmo vertiginoso que nadie puede ignorar ni menos evadir.

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Conferencia pronunciada en el Auditorio Manuel Gómez Morin de las oficinas del Partido Acción Nacional. Ciudad de México, miércoles 24 de octubre de 1973

La posición que podríamos llamar solidarismo trata de integrar, en un difícil equilibrio, a la persona individual y a la colectividad social. De hecho, como dato innegable de nuestra existencia, nos encontramos con la realidad de nuestra propia persona individual y, al mismo tiempo, con la realidad de la sociedad o colectividad en la que vivimos. Frente a esta experiencia que nos aporta una doble serie de datos personales y sociales, hay tendencias de filosofía social, de organización y de conducta práctica que exageran el aspecto individual y minimizan o menosprecian el de la colectividad social. En el extremo contrario, también hay corrientes de pensamiento, de organización y de acción que exageran el valor y la importancia de la colectividad social y minimizan o mutilan la personalidad individual. En el momento presente, no faltan las personas que, en diversos niveles, consideran que no hay más salida que esta disyuntiva inescapable; o individualismo o colectivismo de signo socialista, sobre todo marxista leninista. Y, utilizando esta cornamenta, inescapable según ellos, embisten y cuentan a todo el que se deje: “No te queda más que ser individualista o colectivista”. Y esto se dice a nivel de medios de comunicación o de conversación sencilla y también lo encontrarán ustedes en libros de más pretensiones, de contenido jurídico, económico, social o político. Recuerdo ahora, en concreto, algunos libros de texto muy utilizados en las facultades de Derecho de las Universidades mexicanas que entienden así las bases filosóficas de la organización del Estado. Algún curso, muy bueno, por lo demás, de Derecho Administrativo, flaquea en este punto y considera que la Administración Pública necesariamente no tiene más que dos extremos entre los cuales oscila: el estatista colectivista, el individualista liberal. 59


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Las consecuencias que de aquí se siguen son, como ustedes comprenden, además de pintorescas, muy negativas. Sobre esta base, ¿cómo puede explicar un maestro de Derecho Constitucional, supongamos, los primeros 28 artículos de la Constitución que establecen las garantías individuales y que aparecerán ante los partidarios de la disyuntiva falsa, como una concesión o mal inevitable que reconoce el colectivismo frente al individualismo? A su vez, el 123 y otros aspectos de legislación social mexicana, le aparecerán al individualista como males necesarios colectivistas que debe tolerar para mantener en marcha la sociedad. Y, de hecho, hay autores que no dan otra justificación de realidades tan importantes como los derechos sociales y las garantías individuales. Esta posición disparatada se debe a una mala filosofía social que comienza por aceptar, como inescapable, la disyuntiva individualismo-colectivismo, como si no hubiera alguna otra posición posible que correspondiera a los datos de la realidad y pusiera en marcha pensamientos, programas y actividades concordes con la naturaleza humana y sus realidades más íntimas. De aquí se puede ver la importancia de un planteamiento de filosofía social que comience por señalar lo unilateral y parcial de este planteamiento de disyuntiva incompleta. Lo que debe uno contestar cuando le propongan esa opción inaceptable es: “me niego a reconocerla como correcta”. Porque, si se acepta la disyuntiva, entonces sí no queda más que dar bandazos del individualismo al colectivismo. Cuando se descubran aspectos inaceptables de un sistema, se recurrirá al otro, sin caer en la cuenta de que se ha olvidado lo fundamental de la naturaleza humana que es, al mismo tiempo, personal y social, individual e integrada en una colectividad. El reto de la vida humana, analizado con objetividad e imparcialidad, es la base de filosofía social correcta para estructurar principios de doctrina, programas de acción y líneas de conducta organizada en un partido político. Esta ha sido la inspiración de Acción Nacional. Creo que, desde que se fundó el Partido, con toda lucidez se planteó esta orientación doctrinal. En 1969 se usó, en una Convención del Partido, el término solidarismo que después se repitió en la campaña federal del 70 y en una ponencia de la Convención del Partido de febrero de este año y en otros documentos. La innovación es muy relativa, primero, porque el término tiene vinculación bastante amplia en determinados ambientes que se dedican a filosofía social o a doctrina social, dentro y fuera de México; segundo, porque no innova los contenidos de doctrina del Partido, sino su denominación, tratando de presentar un término fácil que ubique la posición de Acción Nacional frente al individualismo de diversos tipos y al colectivismo variable. 60


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Podríamos intentar, por ejemplo, una aclaración del concepto, a partir de los Principios de Doctrina de Acción Nacional de 1939 y analizar, en alguna otra ocasión, la Proyección de esos mismos Principios, hecha y aprobada en 1965. Podemos considerar la inspiración completa de los Principios iniciales que siguen vigentes, y examinar algunos de sus artículos en detalle. El primer Principio dice lo siguiente: “La nación es una realidad viva, con tradición propia varias veces secular, con unidad que supera toda división en parcialidades, clases o grupos con un claro destino. “El interés nacional es preeminente. Todos los intereses parciales derivan de él o en él concurren. No pueden subsistir ni perfeccionarse los valores humanos personales si se agota o decae la colectividad; ni ésta puede vivir si se niegan los valores personales”. Desde un punto de vista de terminología solidarista, ésta es la perfecta formulación de la Doctrina Solidarista. Fijémonos en varios aspectos importantes de este Principio Número Uno. Lo primero: Vivimos en una sociedad nacional, como hecho histórico y sociológico innegable.Y en esa sociedad nacional hay divisiones en parcialidades, clases o grupos. Primera afirmación: aceptamos la realidad de las divisiones y de los conflictos sociales, no nos espanta reconocer que existen; incluso, por el hecho de ser partido político, nos ubicamos en un contexto de antagonismos; para eso existimos, no somos la totalidad del pueblo. Si lo fuéramos y, al mismo tiempo, nos llamáramos partido único, la noción misma de partido político, como parte del pueblo organizada en torno de principios, programas y autoridades, para tratar de llegar al Poder mediante el apoyo mayoritario de los electores, implica la aceptación de la lucha, del conflicto y del antagonismo en la sociedad. No partimos, pues, de una sociología idílica que supone un mundo sin problemas, sin “piques” y sin divisiones. Nos metemos de frente a ellos y luchamos en medio de los conflictos y padecemos las consecuencias del conflicto, a diferencia de muchos críticos teóricos que se pasan la vida propugnando la sociología del conflicto para resolver los problemas de México y de América Latina y buen cuidado tienen de no meterse en un solo conflicto viril y de consecuencias en su vida real!; gente verbalmente conflictiva, a nivel sociológico, conflictiva más de la cuenta, muchas veces, a nivel íntimo, pero servil. Condescendientes y convenencieros cuando el conflicto significa perder trabajo, perder dinero, posición o prestigio. No nos interesa la sociología idílica que niega el conflicto; lo único que pedimos es sinceridad para vivirlo y no convertir el tema del conflicto social en una manera de sacarle la vuelta a todo conflicto. Nos ubicamos, pues, en la sociología conflictiva y proponemos simplemente 61


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una tremenda exigencia de la que tenemos plena conciencia lúcida: por más divisiones que haya en esta sociedad, debemos promover una unidad que supere toda división; es decir, nuestra participación en los conflictos debe reconocer valores superiores al conflicto mismo, con todas las consecuencias que de aquí se deriven. En concreto, consideramos, en primer lugar, que no puede ser el conflicto la norma suprema de las relaciones sociales, políticas o económicas porque, en tanto participa la gente en conflictos, en cuanto, mediante ellos, quiere llegar a una posición en la que sean respetadas sus justas pretensiones y sus derechos. De manera que el conflicto, en el mejor de los casos, debe ser una realidad penúltima de conducta, una fórmula de reconocimiento de los derechos, de las pretensiones jurídicas, de los intereses legítimos de las personas y de los grupos. Si el conflicto fuera la realidad última, no sería posible en la vida real. En tanto es posible el antagonismo y el conflicto, en cuanto a través de él se buscan metas superiores de objetividad reconocida, de unidad congruente, de bien común respetado. De otra manera, caeríamos en el principio equivocado de que vale la pena el conflicto por el conflicto y el antagonismo por sí mismo. En segundo lugar, al hacer esta afirmación fundamental, reconocemos la común personalidad humana de los antagonistas sociales, económicos o políticos y también tenemos plena conciencia de lo que eso significa en la lucha política. Tenemos conciencia de que son principios que deben obligar, si se acepta la común dignidad de los contrincantes, a límites precisos en la lucha política, social y económica. Cuando en estas luchas se parte de la idea de que se vale negarle al contrincante la calidad de persona, en ese momento la lucha pierde su razón de ser y, en el fondo, no se está enfrentando una democracia contra una dictadura, o una idea de justicia social contra una idea de explotación; se están enfrentando dos metas y dos posiciones igualmente inhumanas e injustas que buscan el exterminio del contrincante. Para que esto no suceda –si no jugamos con las palabras, ni manipulamos a la muchachada, ni abusamos de adultos a nivel ideológico–, no nos queda más que reconocer que estamos obligados a descubrir, por difícil que sea, personalidad humana en los contrincantes de las luchas sociales, políticas y económicas. Lo otro, como estamos viendo a cada paso en nuestro mundo y sobre todo, en nuestro país y en nuestro Continente, conduce a incongruencias trágicas y a sufrimientos de muchas personas, en tanto otras se pueden dar el lujo de negar la calidad humana del contrincante, en la medida en que el contrincante está vencido; pero, cuando de una u otra manera se recupera el contrincante o “brinca” antes de tiempo, entonces no se vale lo que se defendía con entusiasmo la víspera. Seamos congruentes, seamos sinceros con un pueblo que no tiene por qué pagar los cambios de conciencia de intelectuales 62


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burgueses ni de otros tipos de gente y de diversas instituciones. Quieren programas lúcidos, históricamente posibles, y no ser quien paga las revanchas o los resentimientos de clases pretendidamente directoras que no hablan con franqueza a los ciudadanos. Veamos pues, lo que significa esta posición solidaria y solidarista del Partido, desde su fundación. Admitimos el conflicto y el antagonismo; más aún, en la medida en que somos Partido, lo promovemos, sí, pero con convicciones fundamentales. La primera de ellas es el respeto de la personalidad del contrincante. Esto quiere decir que, dado el caso, estamos siempre obligados a seguir cauces de derecho, incluso para imponer sanciones o castigos a quienes, en un momento dado, los merezcan y no estén de acuerdo con nosotros; pero serán titulares de penas o de castigos, no por no estar de acuerdo con Acción Nacional, sino por infringir leyes básicas de la Nación que impongan tales o cuales sanciones. El procedimiento de derecho, la negativa a aceptar el tribunal revolucionario, la ley de excepción o la ley santanista de “el caso”, que condena a Fulano, a Mengano y a Perengano y “a cuantos estén en igual caso”, es inaceptable para un partido que tenga estos principios de doctrina. Segunda condición: para aceptar el antagonismo social, promoverlo legítimamente como medio de buscar unidad en las discrepancias, el conflicto debe estar regido por principios superiores de justicia y de bien común. No es, pues, el conflicto por el conflicto lo que vale. Es que, dada la naturaleza humana, origen de discrepancias legítimas, el conflicto brota como resultado espontáneo de la vida en ejercicio y con igual naturalidad debemos reconocer la personalidad de los contrincantes y defender la justicia, la equidad y el bien común en la lucha política, social y económica. Cuando el antagonismo de diverso tipo no reconoce principios superiores a la lucha, en el fondo se trata únicamente de odio organizado y sistemático; en el fondo, lo que se quiere es que una intolerancia, la propia, supla la intolerancia ajena, de los demás. Yo pregunto, ¿qué sale ganando México, cualquier país del mundo, supliendo una intolerancia por otra intolerancia, una antidemocracia por otra antidemocracia? No debemos, pues, caer en un garlito. Se nos quieren poner etiquetas falsas e inmerecidas al alegar que, si somos democráticos y no admitimos, como instrumento típico, la violencia, necesariamente rechazamos los conflictos sociales. No los rechazamos, simplemente queremos participar en ellos con valores que den sentido y orientación al conflicto. Si no se participa en las luchas por razones de justicia, equidad, bien común, si se comienza por negar la personalidad humana del contrincante, simplemente se le ofrece al pueblo una opción entre disparates semejantes y entre males igualmente condenables. 63


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“La Nación tiene una unidad que supera toda división en parcialidades, clases o grupos”; pero existen parcialidades, clases y grupos y conflictos entre ellos”. Y, además,“La Nación tiene un claro destino”. Hay una definición de Nación que procede de un tronco común, con manifestaciones ulteriores en corrientes socialistas y no socialistas; una definición, entre otras, formulada por Bawer. Dice que “la nación es comunidad de destino”. Este socialista alemán creo que atina fundamentalmente con un dato esencial de la Nación que luego se puede ir desmenuzando en una serie de componentes de gran importancia.“Comunidad de destino” sería también para mi gusto, una muy buena definición del Solidarismo. Precisamente porque, de hecho, existe una comunidad de destino, por eso estamos obligados en conciencia a una conducta política lúcida que obre de acuerdo con esa comunidad de destino. El Solidarismo es, pues, antes que nada, una constatación de hechos. Y, como es un hecho la comunidad de destino, el ir todos en el mismo barco, aunque muchos se quieran encerrar en el camarote y se olviden de la navegación y del rumbo, como es un hecho el Solidarismo, por eso, en segundo lugar, es una obligación de conciencia y puede ser un programa ético y jurídico para partidos políticos. La unidad de destino, el claro destino común a la Nación no es un destino automático, sino que es el resultado de micro o macro decisiones que se combinan en la vida nacional; es el resultado de acciones y de omisiones, de lo que se hace y de lo que se deja de hacer; es el resultado de la participación en las sociedades intermedias y en las actividades colectivas, y también es el resultado de la falta de participación en esas sociedades. De manera que el claro destino de una sociedad nacional no hace más que traducir, como resultante de medida estadística, lo que en realidad han hecho y dejado de hacer quienes integran la Nación. Enseguida, todavía el Principio primero, fundamental para la construcción doctrinal del Partido y su coincidencia con lo que se denomina Solidarismo, dice: “El interés nacional es preeminente. Todos los intereses parciales derivan de él o en él concurren”. Fórmula muy pensada por los autores de los Principios de Doctrina, que no eran muy dados a desperdiciar palabras, más bien utilizaban mucho la navaja de rasurar de Ockham, que aconsejaba no multiplicar sin necesidad ni los seres ni las palabras. “Todos los intereses parciales derivan de él (del interés nacional) o en el concurren”. Un colectivista aplaudiría con entusiasmo la primera parte de esta frase: “Todos los intereses parciales derivan del interés nacional”. En el fondo, la dignidad y los derechos de la persona son derivaciones o concesiones del ente colectivo. Pero luego se añade: “o en él concurren”. Quiere decir que hay 64


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otros intereses que no proceden de la Nación en cuanto tal, pero deben concurrir con el interés nacional. Esta posición de sentido común traduce, una vez más, la doble vertiente del Partido y de toda organización que quiera corresponder a la naturaleza humana. Por un lado, reconocemos todos los aspectos individuales y personales y, por otro, todos los aspectos sociales y colectivos de la misma persona humana. Estamos penetrados de los social, de tal manera que, como una vez señalaba, propiamente hablando, no existimos solos, coexistimos, vivimos, y convivimos aunque no lo queramos; ni siquiera pensamos, culturalmente, sino que propiamente co-pensamos, co-padecemos y co-tenemos éxito o cofracasamos en un intento de tortura del lenguaje español para traducir al mismo tiempo las dos ideas: la presencia de la persona y la solidaridad social de la persona con otras personas en el ambiente en que viven. Hay intereses que proceden de la sociedad, indudablemente, como todos aquellos que, en un momento dado, se refieren a la estructura –para poner un ejemplo–, orgánica, política de un país, de acuerdo con su propia Constitución. Todos los derechos y obligaciones que de la Constitución vigente se sigan proceden de esa Nación, políticamente organizada en forma de tal o cual Estado. Pero hay otros intereses que proceden de la persona en sí misma y que deben concurrir, coincidir con los intereses de la Nación. Es ese el fundamento para poder después decir lo que se señala en los siguientes incisos de Doctrina, por ejemplo, para reconocer los derechos económicos del Estado, según lo requiere el Bien Común. Podríamos decir, en una fórmula jurídica, que aquí se reconocen tanto las relaciones de Derecho Privado como las relaciones de Derecho Público. Son relaciones de Derecho Privado, según una clasificación habitual de diversos autores, aquéllas en las que intervienen particulares en cuanto tales, y de Derecho Público son las relaciones en las que interviene el Estado en cuanto Estado y no como particular. Las relaciones entre particulares se rigen por una justicia que podríamos llamar justicia de coordinación. Esta justicia de coordinación se refiere inmediatamente a los bienes particulares de las personas privadas que están tratando entre sí, y tiene como límite el bien común. Hay otra justicia y es la justicia de las relaciones en que interviene el Estado como Estado, como Poder Público. Aquí se trata ante todo no de un bien particular, sino del Bien Común, y esta justicia tiene como límite la dignidad de los particulares. De esta manera se puede integrar un orden jurídico que haga justicia al reto difícil de la naturaleza humana, personal y social, al mismo tiempo: justicia de subordinación que busca el Bien Común y se detiene en el límite que señala la dignidad de los particulares (podríamos decir, en lenguaje constitucional, las 65


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garantías individuales), y justicia de coordinación, que se refiere a los bienes privados de los particulares, y que tiene como límite el bien común. De esta manera se va viendo cómo la solidaridad persona-sociedad sí ofrece principios o directivas generales de solución para problemas concretos, aunque, como toda filosofía, es necesaria, pero no es suficiente. La doctrina filosófica, para las personas y las instituciones, para los partidos políticos y para los Gobiernos, es necesaria, pero no suficiente; debe completarse con programas bien hechos, con equipos de gobierno integrados adecuadamente. Y tienen ustedes aquí muy bien formulada la interdependencia dinámica de sociedad o colectividad y personas individuales. Esta es, en el fondo, la razón de ser de una sociedad abierta, democráticamente estructurada y que tiene conciencia de la importancia de la colectividad. Se considera, en el caso concreto, que México no puede ser mejor que los mexicanos que lo integran y, a su vez, los mexicanos no están exentos de influjos decisivos, de múltiple índole, que provienen de la colectividad en que viven. Esta es la fórmula del solidarismo o de la solidaridad entre persona y sociedad: “Los valores humanos ni subsisten ni se perfeccionan si se agota o decae la colectividad”. En México, durante mucho tiempo, no han faltado personas y grupos que rechazan prácticamente este principio. Consideran que sí pueden subsistir y perfeccionarse los valores humanos personales, aunque se agote o decaiga la colectividad. Más aún: en ciertos ambientes, ustedes saben, se llega a decir que, en la medida en que la gente sea decente, en esa medida no tiene que meterse con la colectividad para que prosperen los valores personales. Las consecuencias saltan a la vista. ¿Qué tipo de hombre se puede proponer como modelo y se va realizando en la práctica, cuando se sostiene que los valores personales subsisten y se perfeccionan aunque se agote o decaiga la colectividad? Un tipo de hombre que niega radicalmente todo el aspecto social de su persona y que considera, como única posición válida, la afirmación ilimitada y egoísta del“yo”, sin vínculos de justicia social, ni de ética, ni de derecho, en realidad. A lo más a lo que se sujetaría quien aceptara esto, con toda congruencia, sería a la coactividad policíaca de las normas jurídicas, eso sí, por elemental instinto de conservación, pero no por convicción ni por aceptación de las normas morales. En México, en general, en todas partes, se está viviendo el drama de la aceptación o del rechazo de este humilde principio. Veamos, en serio, que opinamos: ¿Se puede ser persona, pueden subsistir y progresar los valores personales, si decae la colectividad? ¿Es posible ser persona plena, sin preocuparse para nada de la sociedad en que se vive? Esta pregunta y la respuesta que se dé, tienen que reflejarse en todos los 66


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ámbitos de la vida personal y social. Tiene, por ejemplo consecuencias claras para la participación política en un partido, y también para los programas, supongamos, de tributación o de leyes impositivas que van a marcar la manera como el Estado se allega a recursos para realizar sus funciones y cómo distribuye e invierte tales recursos. Quienes tengan mentalidad individualista – y todavía subsisten personas y subsistirán siempre porque esa es una tendencia de la naturaleza humana, cuando no se equilibra con la tendencia social–, quienes piensen de manera individualista seguirán diciendo, por ejemplo, que la legislación del trabajo es un obstáculo inadmisible contra el libre juego de la economía. Recuerden lo que dijeron varios desplegados de prensa, a propósito de la nueva Ley Federal del Trabajo. La Ley Federal del Trabajo, decía algún Centro Patronal, se inmiscuye indebidamente en mecanismos económicos fundamentales. Algún otro grupo llegó a decir, hace tiempo, que hacía falta mantener un ejército industrial de reservas, es decir, determinada cantidad de desocupados para que no subieran demasiado los precios de la mano de obra, los sueldos y los salarios. Y todavía en la actualidad, en que se va generalizando la angustia egoísta y el olfato hipócrita de los que huelen desastres, irremediables para nuestra Patria, todavía encontrarán personas que, con toda tranquilidad, dicen que, en el momento oportuno, emigrarán con sus capitales fuera de México para que a otros les toque sufrir lo que suceda. Son los casos más vistosos. Pero el problema es que, a nivel de vida diaria, es muy fácil por desgracia actuar sobre el supuesto implícito de que subsisten y progresan los valores personales aunque decaiga la comunidad. Contra esto, en el aspecto político, ha luchado Acción Nacional desde su fundación y consideramos que la única base sólida para una democracia política y una democracia económica es generalizar al máximo la convicción eficaz que enuncia este Principio de Doctrina; caer en la cuenta de que ni la colectividad puede vivir si se niegan los valores personales, ni los valores personales subsisten ni se perfeccionan si se agota o decae la colectividad. Creo que este punto pone de manifiesto que la introducción de la terminología solidarista en algunos documentos del Partido es un intento de comunicación, es un esfuerzo por acuñar un término fácil para identificar la doctrina; pero no innova radicalmente los contenidos del Partido. Desde el Principio Número Uno del 39, tienen ustedes correcta y profundamente formulada la posición de solidaridad persona-sociedad. “La vida de la Nación, el cumplimiento de su destino, la posibilidad de crear y mantener en ella condiciones espirituales y físicas adecuadas para una convivencia civilizada y noble, son incompatibles con el establecimiento o la conservación de un estado social desordenado e injusto, como lo sería 67


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fatalmente el que parte de toda negación de la persona humana o de la proclamación de una necesaria división violenta de la unidad nacional, por la lucha de clases, castas o parcialidades”. Se vuelve a reiterar, con datos nuevos, la idea fundamente de la unidad de la Nación y cómo esa vida nacional exige el establecimiento y la conservación de un Estado social justo. Es importante vincular, desde el primer Principio, la política con las exigencias sociales. Propiamente, para el Partido la política no es ni puede ser un fin en sí mismo, sino es un instrumento al servicio de metas humanas, sociales, económicas, educativas valiosas, que contribuyan al perfeccionamiento de los seres y de las comunidades humanas. Es importante esto para entender la razón de la acción política en el Partido. No es que el Poder por el Poder valga la pena. Vale la pena el Poder y el Partido, como intento organizado para llegar al Poder, en la medida en que el Poder se pone al servicio de programas socio-económicos y educativos valiosos que afronten problemas humanos en nuestra Patria. De aquí se sigue la ineludible necesidad de mantener la conexión vital entre estas dos exigencias de política y de progreso social, a nivel de principio, de propaganda y de capacitación personal para cumplir con las tareas del Partido.Y, en concreto, esta conciencia expresada en los Principios de Doctrina obliga, ante todo, a quienes, como miembros del Partido, representen al pueblo en la Cámara de Diputados o en otros puestos de elección popular. Por precaria que sea la participación de Acción Nacional en los puestos públicos, consecuencia del monopolio político, debe darse, de todas maneras, en esos puestos públicos limitados, el testimonio de que Acción Nacional quiere el Poder para realizar programas socio-económicos valiosos, y no simplemente el Poder para promover intereses personales o de grupos, incompatibles con el Bien Común. En seguida, se dice en el Principio primero que estoy glosando: “Cuando vigorice la unidad nacional, acendre y fortalezca los valores tradicionales que dan forma y sentido a la Nación, y coordine y jerarquice justamente los intereses parciales en el interés nacional, debe tener el apoyo pleno de la colectividad y de sus órganos. Cuanto conspire a romper esa unidad, a deformar su carácter o a desquiciar esos intereses, ha de ser rechazado y combatido por todos”. Aquí se propone la idea, de nuevo, de una solidaridad jerarquizada entre las personas y la Nación, entre bienes particulares y Bien Común y, como se va a indicar en otros Principios, de acuerdo con una ley de proporcionalidad, es decir, reconociendo aspectos igualitarios de todas las personas (idéntica dignidad humana, idénticos derechos humanos), hay que reconocer también que no todas las personas tienen iguales derechos derivados de los humanos 68


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básicos, sino que hay sectores en México que tienen especial exigencia legítima de apoyo por parte de la colectividad para afrontar sus problemas, más graves y más difíciles que los de otros sectores. Con este principio de justicia, ya desde el 39, señalaba el Partido la urgencia de dar prioridad, por ejemplo, al problema campesino, como parte de esa integración de intereses en el interés nacional, como parte de una promoción de unidad para bien de todos, con el apoyo pleno de la colectividad y de sus órganos. Una política no demagógica tiene que respetar y combinar los dos aspectos de la Justicia y del Derecho: el aspecto igualitario y el aspecto diferenciante. El aspecto igualitario respeta la auténtica dignidad y los derechos humanos de las personas y la situación de aquéllas que realmente tengan, respecto de otras, igual derecho. Pero el aspecto diferenciante toma en cuenta la necesidad de dar apoyo prioritario y preferente a los sectores nacionales más agobiados por los problemas y que más padecen la injusticia nacional. Por esto, desde el principio del Partido, se presentó con toda naturalidad una serie de iniciativas de Ley encaminadas a la reforma de la empresa, la atención preferente del problema del campo, la comunidad social y, años después, la necesidad de la revisión y reforma del Seguro Social para mejorar sus criterios y sus prácticas de servicio, sanear sus bases financieras y ampliar sus alcances respecto de personas y de necesidades y problemas atendidos por el Seguro. En el fondo, ustedes comprenden que, si se proponen mecanismos de distribución y de redistribución de la riqueza, se están utilizando criterios de igualdad y criterios de diferencia, aspectos igualitarios y aspectos de apoyo preferente minoritario a sectores sociales especialmente necesitados. Esto es consecuencia lógica de la posición solidaria: para ser titular de apoyo social, basta con ser persona humana y miembro de una sociedad. Cuando, además de esto, se empiezan a exigir otros requerimientos, se incurre con facilidad en posiciones discriminatorias. Creo que en México, sobre todo a nivel constitucional, no ha faltado esta doble inspiración de igualdad y de preferencias a los que más necesitan, con un criterio de sana diferenciación. Lo que nos ha faltado, entre otras cosas, es el instrumento político servicial y la participación de los ciudadanos en las sociedades intermedias socio-económicas, para practicar esas metas valiosas. Con esto ven ustedes una fisonomía propia del Partido, en su Doctrina; una fisonomía que luego se refleja en los programas, en las iniciativas de Ley y en la actividad. Creo que esta posición doctrinal básica, de índole filosófica, de filosofía social, tiene especial importancia siempre en la vida del Partido y sobre todo en los momento actuales, en los que se exagera la capacidad del cultivo del conflicto para resolver los problemas sociales y, sobre todo, se habla 69


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de conflictos encaminados al exterminio del contrincante y no sujetos a criterios de justicia, equidad y Bien Común. La promoción del odio, en cuanto tal, el ahondamiento de las divisiones en los grupos, la crítica simplona, irreflexiva, llena de amargura y de despecho, muchas veces no hacen más que traducir la inactividad y la falta de participación. Por eso algo ha contribuido Acción Nacional, con su insistencia en estos puntos de vista, a romper el círculo vicioso del subdesarrollo político, círculo vicioso que se parece mucho al que los economistas mencionan hablando de los países económicamente subdesarrollados. Se dice, por ejemplo, que multitud de cambios políticos no son posibles en México porque la gente no participa, y no participa porque la gente ve que no tiene sentido la participación al descubrir que no son posibles los cambios en la política. La única manera de romper el círculo vicioso, en sentido positivo, constructivo y no simplemente de catástrofe o de guerra civil, de guerra fratricida en México, una vez más, es la práctica cotidiana de la actividad política encaminada al cambio de conciencias, a la participación y al logro comprobable de metas políticas valiosas que van demostrando que sí se puede lograr algo de México, en la medida en que se cambien las conciencias y participen las personas. No se trata, lo he repetido mucho en Acción Nacional, de recetas mágicas, sino de una ardua tarea que ni siquiera corresponde totalmente a Acción Nacional. Acción Nacional es un esfuerzo entre otros muchos que deberían existir. Una vez más conviene repetir que Acción Nacional no tiene por qué sudar las calenturas que los demás se nieguen a sudar. No es el único instrumento encargado de defender los bastiones, los valores que los más interesados se niegan a defender. No somos más que un partido político, derivados de la propia naturaleza de partido y de la legislación correspondientes y, aparte, con los tremendos límites que a esto añade la realidad antidemocrática del país en que vivimos. De acuerdo con esto, se trata de hacer algo positivo, y normalmente se hace algo más de lo que se cree muchas veces. Pero señalamos, con toda franqueza, que una de las exigencias de la posición solidarista que defendemos es precisamente la necesidad de una buena distribución de trabajo social para que también empresas, y sindicatos, y órganos de difusión y centros de estudio cumplan con las funciones que les corresponde, sin querer que, ahora un partido y mañana una Universidad, sea quienes deban cargar con las omisiones y las deserciones de todos, y hacer de un país, en donde muchos no se deciden a actuar, algo maravilloso, lleno de ventajas y beneficios para todos, sin que haya participado mayoritariamente la población.

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Significado de Acciรณn Nacional


Significado de Acción Nacional

Discurso pronunciado en la VIII Asamblea Nacional del PAN. Ciudad de México, 8 de febrero de 1975

El señalamiento y la conciencia del fin en la conducta humana tienen una importancia decisiva, ya que sin el impulso de la finalidad la acción carece de rumbo y de energía. En la persona individual y en las organizaciones humanas, la conciencia del fin es elemento esencial de la propia identidad. Saber de dónde venimos, hacia dónde vamos y cuál es el camino, es condición indispensable para poder contestar quiénes somos. Si da lo mismo partir de cualquier punto y caminar a donde sea, es también indiferente ser de ésta o de aquella manera, ser congruentes, contradictorios o desorientados. Por esto las personas y las instituciones exigen una constante entrevista consigo mismas, para mantener intacta la fuente de orientación y de eficacia. El partido político El partido político tiene determinadas características por el fin que busca y los medios que utiliza para lograrlo. En circunstancias democráticas, el partido político es agrupación imprescindible de una parte del pueblo para realizar desde el poder, con el apoyo mayoritario de los electores, una concepción determinada del bien común. Intento organizado de llegar al poder, el partido es también programa para ejercitar el poder e inspiración de la conducta en el desempeño de los puestos públicos. En circunstancias democráticas, se puede dar por supuesta la vigencia de los requisitos fundamentales del orden democrático: conciencia política en un número determinante de personas, encuadramiento organizativo de las mismas de acuerdo con sus convicciones políticas, participación habitual en las decisiones relacionadas con la integración y vigilancia de la autoridad, y respeto, por parte del gobierno, a la expresión de 73


Significado de Acción Nacional

la voluntad popular en elecciones libres. En tales circunstancias, tienen los partidos oportunidad de seleccionar los mejores candidatos y elaborar los programas más adecuados sin tener que preocuparse de defender los rudimentos de la democracia. De todas maneras, aun en circunstancias ideales, hay que mantener la conciencia del fin y subordinar a su realización todos los aspectos del pensamiento y de la actividad. Sólo en función del tipo de sociedad que se quiera construir, del modelo de relaciones humanas que se desee establecer, se pueden diseñar los elementos de la doctrina y de los programas y tomar las decisiones convenientes. Si se olvida el fin, da lo mismo cualquier doctrina o cualquier programa, y los funcionarios y candidatos del partido pueden proceder de donde sea y tender hacia donde se les antoje. La conciencia del fin no es solamente exigencia básica de organización y de solución de problemas, sino, ante todo, criterio permanente de moralidad y de respeto al derecho. Unanimidad cordial Lo anterior tiene especial aplicación en el caso de Acción Nacional, porque el partido vive y actúa en circunstancias antidemocráticas, que debilitan y atacan con perseverancia desalentadora la voluntad de obtener el fin propio de nuestra organización. Si con posibilidades reales de acceso al poder en la medida determinada por los electores, hay problemas difíciles en cualquier partido democrático, se multiplican los aspectos negativos en la lucha de Acción Nacional, que no tiene derecho todavía de dar por supuesto el conjunto de los rudimentos de la democracia en México. De allí la urgencia de fundamentar la unanimidad cordial de los miembros del partido en la conciencia del mismo fin. De allí la necesidad de mantener viva la esperanza en contra del asedio incesante del absurdo y la desesperación. Sin la claridad en la conciencia del fin del partido y sin la adhesión sincera a la razón de ser de nuestra organización, añadimos nuestro propio esfuerzo de autodestrucción al que ya hacen nuestros adversarios. Como partido político, Acción Nacional representa una oportunidad de acción democrática para muchos compatriotas mexicanos. Para otros, por el contrario, significa el partido una amenaza en el disfrute insolente e impune del monopolio político, y, por consiguiente, un motivo para reforzar las estructuras de dominio antidemocrático. Sería sorprendente que los detentadores del monopolio político cedieran espontáneamente a la presión popular y abandonaran sin resistencia los puestos de gobierno. Lo que pasa es lo que era de esperarse, de acuerdo con una concepción realista de la naturaleza humana y de la historia social. La situación de México no rompe las expectativas 74


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fundadas en la experiencia de la vida de muchos hombres y de muchos pueblos. Simplemente debe obligarnos a confirmar la razón de ser del partido en la creciente maduración de los problemas nacionales, que nos van acercando con ritmo inexorable a un desenlace, que ojalá sea también solución. Insatisfacción y crítica En una breve descripción de los principales aspectos del partido que convergen en la estima del fin de nuestra organización, podemos comenzar con una actitud básica de conciencia y de actividad: la insatisfacción y la crítica del presente, que se traduce en la propuesta de una concepción nueva de la sociedad en que vivimos. En el origen psicológico y ético de la acción del partido, tiene que encontrarse la insatisfacción motivada por la realidad actual, que impulsa hacia la búsqueda de las causas de las injusticias y de los aspectos negativos. La pregunta acerca de por qué a alguien no le gusta la situación de su propio país o del mundo no es banal; permite, por el contrario, distinguir los motivos egoístas de insatisfacción, que utilizan los temas sociales como disfraz de respetabilidad y de prestigio, y la insatisfacción por las situaciones indebidas que padecen muchos millones de seres humanos. En el primer caso, la insatisfacción subjetiva desligada de las injusticias que padecen los demás, busca simplemente la superación de problemas personales a expensas de la solución verdadera de los problemas. Basta, por ejemplo, con adherirse a los movimientos de moda para rescatar un yo que carece de autoestima y anda a la deriva en la vida personal. Si tales o cuales movimientos o posiciones resuelven o no de hecho los problemas reales de las personas y de los grupos en concreto, es algo que no tiene importancia para la mentalidad subjetivista, que utiliza lo social como pretexto. Por el contrario, la insatisfacción producida por la realidad social en sí conduce a una decisión de servicialidad abnegada por parte de los insatisfechos. En este caso, lo que importa no es quedar bien, sino atinar con la fórmula eficaz de solución de los problemas de la sociedad. No se trata de compartir denominaciones vanidosas ni de aparecer como parte de una pretendida vanguardia, sino de conocer los problemas y tratar de resolverlos, aunque esto implique el sacrificio de la popularidad superficial. Opción nítida Para Acción Nacional, la opción frente a estas actitudes ha sido nítida y determinante: hemos optado por la solución de los problemas objetivos, a 75


Significado de Acción Nacional

sabiendas de que el partido tendría que afrontar constantemente las incomprensiones y las críticas de los que rechazan la necesidad y el rango moral de la política. Si se tratara de manipular y engañar al pueblo, abandonado y desorientado muchas veces por dirigentes irresponsables, la línea política del partido hubiera sido totalmente distinta. Se podrían improvisar atajos de mentiras y cortos circuitos de trampa y violencia, para evitar ciertas críticas en contra de nuestra organización. A pesar de todo, Acción Nacional ha optado por la búsqueda de soluciones objetivas a los problemas de México. Por eso no parecería ofrecer muchas perspectivas a quienes busquen pretextos políticos para acariciar subjetividades problemáticas. La búsqueda de soluciones objetivas ha exigido en Acción Nacional dos elementos fundamentales: doctrina y programas. Doctrina esencial Sin doctrina, carece de base profunda la insatisfacción frente a la situación de México y la crítica que podamos hacer de la misma. ¿En nombre de qué concepción de la naturaleza y del destino humano, personal y social, se critica el presente y se programa el futuro? Si no hay valores ni criterios positivos acerca de los derechos y de los deberes humanos, de la justicia y de la cooperación social, de la autoridad y de la ciudadanía, las críticas son intrascendentes y la insatisfacción no se sostiene sobre bases firmes. A diferencia de diversos tipos de organizaciones políticas personalistas u oportunistas, Acción Nacional ha basado su organización y su actividad en una doctrina, integrada por principios permanentes. De acuerdo con esas afirmaciones fundamentales, una idea determinada de persona humana, sociedad, economía, estado, educación, trabajo, orden y otras realidades, establece la trama orientadora del partido, respecto de los problemas concretos. Estos reclaman estudio detallado y soluciones concretas, que apliquen los principios a las circunstancias cambiantes de las situaciones históricas. Por sí sola, la doctrina no basta. Es necesaria, pero no suficiente para dar contenido y orientación a la actividad política. La doctrina tiende por sí misma a la realización concreta, pero no la alcanza sin estudio profundo de las realidades en el tiempo y el espacio. Por su parte, las propuestas de solución de los problemas deben respetar los criterios y valores fundamentales de la doctrina y ofrecerle oportunidades de realización histórica.

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Situaciones concretas Para todos los partidos es peligrosa la insistencia exclusiva en los aspectos doctrinales, sin conocimiento de las situaciones concretas. Por lo demás, sería igualmente destructiva la propuesta de soluciones sin valores éticos. Este elemento del dinamismo de Acción Nacional sigue siendo un reto en el momento presente. Urge el estudio de los problemas concretos, que permita proponer soluciones detalladas a los mismos. Sólo de esa manera se podría justificar la pretensión de llegar al poder político. Sólo demostrando con programas detallados la capacidad de afrontar las situaciones históricas se justifica la exigencia de compartir democráticamente los puestos de gobierno. Lo que es exigencia del partido como institución debe traducirse en decisión personal enérgica. Quien piense legítimamente en buscar el poder por caminos democráticos, tiene la grave obligación de decir a los demás para qué quiere el poder y qué haría con la facultades que éste le pondría en las manos; cómo entiende los problemas de México y qué solución concreta les podría dar. En la dura realidad política, aventaja a los demás quien es capaz de concretizar análisis de problemas y propuestas de solución, sin evadirse hacia la afirmación de principios generales abstractos, por respetables que éstos sean. Como se ve, esta exigencia debe traducirse en la práctica en una dedicación colectiva y personal al conocimiento concreto de las situaciones nacionales y a la búsqueda de soluciones detalladas. Para mencionar unos cuantos casos de problemas concretos, podría mencionarse la necesidad de proponer formas concretas de ocupación para la población rural excedente; la urgencia de definir posiciones prácticas frente a las oportunidades de distribuir la tierra agrícola a todos los campesinos; la conveniencia de encontrar planes viables de ocupación para todos los jóvenes mexicanos que cada año se presentan al mercado de trabajo. Frente a estos y otros muchos problemas semejantes, la doctrina simplemente refuerza la obligación de encontrar soluciones concretas. Testimonio y práctica Para realizar el fin propio de Acción Nacional como partido político en la situación real de México se requiere también el testimonio y la práctica convincente de los valores éticos en la vida interna y externa de Acción Nacional. Tenemos la grave obligación de hacer creíbles ante los demás nuestras exigencias de justicia y de democracia y nuestras críticas a la injusticia y a la oligarquía. Este es el eje de la vida de Acción Nacional. La exigencia de promover en forma creíble los valores morales en la vida política se funda, en primer lugar, 77


Significado de Acción Nacional

en la naturaleza misma de la organización del Estado. En contra de diversas actitudes inmoralistas o cínicas, la aportación de Acción Nacional en esta materia ha sido la insistencia constante en el carácter moral de la actividad política. Desde el principio, el partido ha sostenido la necesidad de que la política de gobernantes y gobernados sea cuestión inquietante de conciencia moral y jurídica. Sin esta condición, la política se reduce a simple pragmatismo oportunista regulado por el éxito o a un juego de fuerza, ganado por quien dispone de mayores elementos de dominio. La contribución de Acción Nacional al esfuerzo de subordinación de la política a la moral es decisiva y, desde luego, significa un reto doblemente obligatorio para los miembros del partido. No tiene justificación el médico que se niega a curarse a sí mismo. La situación de Acción Nacional en la realidad mexicana refuerza la urgencia del testimonio y de la práctica creíble de los valores éticos en la vida política. La misma falta de acceso respetado al poder político, en contra de la voluntad de los electores mexicanos, hace resaltar la obligación de mantenernos inconmovibles en defensa de los valores morales en que se basa el bien común. Sólo de esta manera puede soportarse y superarse la larga etapa de fraude electoral y de opresión política que pesa sobre el Partido y el pueblo de México. Sin negar la influencia que en la historia y en los cambios sociales corresponde a los factores de índole material, tenemos la profunda convicción de la fuerza de las convicciones morales, arriesgadas en la conciencia de un número creciente de mexicanos. Para nosotros no se trata de negar la complejidad de los factores que producen los cambios históricos. Simplemente queremos reconocer lo que a cada factor corresponde en la situación concreta de nuestra patria. Afortunadamente, las mismas dificultades del monopolio político corroboran la importancia insubstituible de los valores éticos en el esfuerzo de Acción Nacional. Valores interiores Por elemental sentido de congruencia es evidente que la obligación de promover los valores de conciencia moral debe cumplirse ante todo dentro de la organización de Acción Nacional. Las relaciones internas entre las diversas instancias de autoridad en el partido y entre los miembros del mismo rango tienen valor positivo en la situación mexicana cuando son manifestaciones de los valores éticos en que se funda el partido. No tendría sentido practicar dentro los comportamientos negativos que criticamos en los de fuera. Por eso una contribución valiosa de Acción Nacional a la formación democrática de nuestra patria consiste en el cumplimiento de los estatutos de la organización 78


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como encuadramiento de nuestra actividad política. En cualquier esfuerzo de cambio social son determinantes las relaciones entre las personas que se dedican a promover el cambio. No hay manera de suplir los valores humanos de comunicación, confianza y respeto entre los miembros de Acción Nacional. Si tales valores no tienen vigencia interna en nuestro partido, se comprobaría con eso la imposibilidad de realizarlos en la vida de la nación o nuestra hipocresía al proponer al pueblo un modelo de relaciones humanas que nosotros somos los primeros en repudiar. Acción Nacional se mantiene en pie o cae con el respeto a los valores éticos en las relaciones de convivencia. Economía y sociedad Consecuencia ineludible del carácter ético de la acción política, es la subordinación de la actividad política a la solución de los problemas socioeconómicos. La jerarquía correcta de subordinación en los comportamientos exige que la política, por ser actividad moral, tenga por objeto el mejoramiento de las condiciones de vida de los seres humanos. La política por la política, el poder por el poder o la autoridad para la ventaja personal no es más que la manifestación de una profunda perversidad en la vida social. Se puede y se debe buscar el poder para ponerlo al servicio de la lucha contra la injusticia en sus manifestaciones múltiples. Si la política pierde entre nosotros su carácter de instrumento para humanizar un mundo inhumano, no vale la pena participar en la actividad política del partido o del puesto público. Por lo demás, a esta razón que se funda en la esencia misma de la política como servicialidad organizada se añade la situación del momento presente, en la que el debate radical y tajante de las ideas y de las conductas se refiere a la capacidad de superar las injusticias de la sociedad y a la búsqueda de formas teóricas y prácticas que puedan realizar ese fin. Debemos ver con lucidez el riesgo inherente a la modalidad mexicana de gobierno oligárquico. La constante referencia hipócrita al sufragio efectivo y a la no reelección, que en la práctica choca con la realidad del fraude electoral y la constante reelección del grupo oligárquico, puede alejar en las conciencias el sentido de la problemática socioeconómica. Repugnante condensación Es malo en sí el fraude electoral, porque es violación de derechos humanos fundamentales que, por el hecho mismo de la maniobra antidemocrática, quedan desprovistos de medios eficaces para subordinar el poder político a 79


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la solución de los problemas económicos y sociales. El ladrón de votos es una condensación repugnante de robos múltiples, porque con su acto antidemocrático elimina también las posibilidades de planteamiento y solución honrada de todos los demás problemas de México. En la difusión de la doctrina y en la actividad electoral de Acción Nacional hay que señalar siempre el nexo esencial que liga lo político con lo social y lo económico. De otra manera, podría crearse la falsa impresión de que la política se reduce a un simple juego numérico entre contrincantes que apetecen el poder, sin relación alguna con la injusta distribución del ingreso, la injusta distribución del poder de decisión, la desigualdad de las oportunidades educativas, el desequilibrio sectorial en contra de los campesinos y todos los demás problemas sociales y económicos de nuestra patria. En el camino estrecho de la defensa electoral de los derechos populares, puede y debe ayudar la motivación socieconómica del esfuerzo de Acción Nacional, al mostrarnos el efecto multiplicador, para bien o para mal, del poder político frente a los problemas nacionales. No debería bastar el simple rechazo del fraude electoral para identificar a una persona como partidaria de Acción Nacional. Tendría que tomarse en cuenta la posición personal frente a los problemas sociales y económicos de México. Con esto se señala un amplio campo de estudio, definición e intercambio de opiniones entre todas las personas de buena voluntad, dentro y fuera de Acción Nacional. Fuentes propias Si el esfuerzo de los miembros de Acción Nacional mantiene al partido en contacto constante con las fuentes de su pensamiento y de su espíritu, nuestra organización no tiene por qué sucumbir ante el peligro de la relativa abundancia de medios y el desvanecimiento o menosprecio de los fines. Los diversos aspectos negativos de la realidad nacional, que inevitablemente gravitan sobre el partido, deben promover la cohesión interna de los entendimientos y de los corazones, que tenderán a manifestarse en la conducta. Como partido político, Acción Nacional tiene funciones propias, matizadas por las circunstancias mexicanas. La formación de las conciencias, el encuadramiento de las personas en la organización, la actividad política diversa, tienen que tomar en cuenta el hecho de que Acción Nacional es un partido político y es un partido político mexicano, en la ardua etapa de cimentación de la democracia económica y política desde sus aspectos rudimentarios. El fin del partido no puede reducirse a la siempre búsqueda del poder, con menoscabo de los factores que le dan sentido a esa búsqueda y la integran en una concepción doctrinal y programática. No hay razón para contraponer entre sí los diversos aspectos de 80


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Acción Nacional. Si pensamos en México y no en nuestras limitaciones personales, no tiene por qué oponerse la actividad al pensamiento, ni los principios básicos de la doctrina han de ser enemigos de los programas concretos. No hay razón para creer que seremos eficaces en la medida en que compartamos equivocadamente la indiferencia ética de otras posiciones políticas. Respondemos al desafío histórico que nuestra patria presenta a Acción Nacional si somos capaces de mantener nuestra fisonomía propia, sin perder el alma por ganar aparentemente ventajas políticas devaluadas. Debe haber reservas humanas abundantes en Acción Nacional para afrontar los problemas normales internos y los que nos plantea la situación del mundo en que vivimos.

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Conferencia sustentada en la ciudad de Monterrey, NL. 6 de mayo de 1968

Dentro de este ciclo de exposiciones me toca hablar sobre la ideología o doctrina de Acción Nacional. La Plataforma Política 1967-70 y el Panorama Político de México desde el punto de vista de mi partido, serán objeto de la exposición de otros miembros de Acción Nacional. Considero que el tema ideológico o doctrinal tiene importancia decisiva en la actividad de los partidos políticos. Un auténtico Partido Político que no sea mera organización nominal en torno de una persona o de intereses transitorios, debe necesariamente apoyarse en principios de doctrina, en determinada filosofía política, económica y social, en una manera propia y peculiar de contestar las preguntas que el ciudadanos consciente hace acerca de los problemas y las soluciones de su propio país y del mundo. Por eso aunque no todo puede ser doctrina en un partido político, es indispensable la doctrina para orientar y estructurar la acción de los partidos. Para proceder con cierto orden, conviene contestar desde el principio una pregunta fundamental en el aspecto ideológico: ¿Qué dice un partido político acerca de sí mismo? Es decir, ¿cómo entiende a un partido político la doctrina de Acción Nacional? Conviene aclarar esta noción porque el término partido se utiliza en forma equívoca para designar organizaciones e instituciones diversas y aun contradictorias. Debemos desde el principio señalar con toda claridad la doctrina de Acción Nacional acerca de los partidos políticos democráticos. 85


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Un partido político, como lo dice la misma palabra sencilla, es una parte de la población de un país. Un partido democrático verdadero no puede presentarse ante el pueblo con pretensiones de totalidad; “un partido todo” es una contradicción en sus mismos términos. La democracia, si no es un juego oportunista de palabras, debe ser la organización de corrientes diversas de opinión pública, de principios y de programación política en los diversos países. Por eso un partido que se respete como tal no puede presentarse como la totalidad de la población, no puede pretender que la pertenencia a sus filas sea requisito indispensable de auténtica nacionalidad o carácter positivo único de ese país. Partido es parte de la población, grupo de ciudadanos y de simpatizantes que en torno de principios, de programas, de plataformas, buscan el apoyo mayoritario de los electores para llegar al poder, y desde ahí realizar las plataformas y los programas aprobados por la mayoría de los electores. Este es un primer requisito en la doctrina de Acción Nacional acerca del partido político: reconocer la necesidad de que existan otros grupos de actividad política organizada, sostener que un verdadero partido debe tender a participar en el poder de acuerdo con el voto real que encuentre en los electores y no monopolizar el poder político contra discrepancias comprobables de los ciudadanos. Partido es, pues, expresión de diversidad en el pensamiento y en la opinión. Partido debe ser militancia activa en la vida política de acuerdo con las propias convicciones profesadas y defendidas honradamente. En segundo lugar, se define a sí mismo Acción Nacional como partido político porque sostiene que todo partido verdadero debe ser realmente distinto e independiente del gobierno. El partido democrático debe construirse de abajo hacia arriba, debe contar con el apoyo fuerte o modesto de los militantes que lo constituyen, debe vivir con los recursos económicos que sus miembros y simpatizadores le aporten, debe en suma, ser la base de sustentación de un equipo en el gobierno, pero nunca actuar como prolongación de los brazos del gobierno para el control partidista de la sociedad. Un partido idéntico al gobierno no puede ser partido democrático, no podrá participar con características de libertad y de respeto en discusiones democráticas; utilizará ese partido-gobierno los recursos humanos, económicos y administrativos del Estado para garantizar a como dé lugar el triunfo de sus candidatos y de sus programas. Podrá ser invencible un partido-Gobierno; eso nadie lo niega; simplemente no es un partido democrático. En países con una trayectoria política difícil, como es el nuestro, donde faltan todavía maduración y entusiasmo de la conciencia política, debemos reafirmar constantemente esta tesis fundamental de la doctrina democrática: la necesidad de que sea el pueblo con sus diversas tendencias, con sus diversas opiniones, el que estructure 86


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a los partidos políticos y venza por fin la tentación de confiar la acción política al gobierno, como si éste fuera el único titular capaz de desempeñarla. Un partido auténtico tiene que ser realmente distinto del gobierno. Buena parte de los ataques contra Acción Nacional, en los que se pinta a mi partido como un partido acomodaticio o de paleros, se deben a esta característica de nuestra lucha política: a que en realidad todavía no estamos en México luchando partidos contra partidos y todavía podemos señalar con claridad la intromisión antidemocrática del gobierno como juez y parte en el proceso político en México. En tercer lugar, la idea de partido para Acción Nacional implica una clara distinción de los partidos frente a las instituciones no políticas, pero esenciales a la sociedad. Son éstas la familia, las instituciones educativas, desde las escuelas más modestas hasta las universidades y los centros de investigación más altos; los grupos ocupacionales –sindicatos, comunidades agrarias y campesinas, cámaras de industria y comercio, grupos profesionales– y también instituciones religiosas. Estas instituciones, por su propia naturaleza, ni son ni deben ser organismos directamente políticos. Son instituciones con un fin propio, en cuyo cumplimiento nadie puede suplirlas. Si se quiebran, por ejemplo, la familia o la escuela como instituciones formadoras de conciencias, transmisoras de valores y de ideales, es muy difícil reestructurar después la sociedad que está padeciendo las consecuencias de esas fallas. Cada una de estas instituciones tiene un fin propio, indispensable en la sociedad libre. Tomen ustedes el caso de los grupos ocupacionales, elemento indispensable en la reforma socio-económica de cualquier país que quiera progresar en riqueza y progresar en humanidad, sin caer en esquemas totalitarios de gobierno. El sindicato debe y puede tener no sólo una función imprescindible de regateo en el mercado de trabajo frente a los dueños de los medios de producción, sino también una función de cooperación y de planeación de un nuevo tipo de vida para los trabajadores, en la que éstos ya dejen de ser proletarios y se vayan convirtiendo no en proletarios del gobierno en vez de proletarios al servicio de los particulares, sino en verdaderos propietarios de medios de consumo durables y también de medios de producción. Un sindicato consciente de sus funciones estudia, promueve, defiende los intereses de sus miembros, planea para el futuro la desproletarización del trabajador, pero para cumplir esta finalidad necesita ser fiel a su propia naturaleza, ser organismo de promoción de los trabajadores, de los obreros o de los campesinos, y no convertirse o dejarse convertir en instrumento de control político para el reclutamiento de forzados en los mítines o en las elecciones. Un sindicato no es para eso. Precisamente en la lucha por la reestructuración de México, debe señalarse como uno de los factores más negativos la ausencia de organismos 87


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sociales intermedios que agrupen a los protagonistas del proceso económico, les den fuerza en las negociaciones, les permitan pensar –sin falsos intereses políticos ni demagógicos– en sus propios problemas y los hagan participar en la solución de los problemas nacionales. Para Acción Nacional es un error y una injusticia muy grave pervertir la naturaleza auténtica de los grupos de trabajo –sindicatos, comunidades, organismos profesionales– e impedir que cumplan sus finalidades propias para transformarse en grupos de presión ilegítima o de control político. Un partido político, aun a riesgo de parecer ineficaz o impopular, no debe caer en la tentación de politizar indebidamente las instituciones no políticas; no debe, por ejemplo, quitarle a la Universidad sus características propias para convertirla en apéndice de determinado partido; no debe presionar a los miembros de un sindicato para que exijan la sumisión a un partido como requisito de pertenencia al sindicato o de ejercicio del derecho al trabajo. Estas son características elementales, pero muy importantes, de un partido político democrático al definirse frente a la opinión pública; parte del pueblo, distinto del gobierno, respetuoso de las instituciones intermedias, cuyos miembros pueden y deben militar en diversos partidos, pero sin subordinar nunca el organismo ocupacional a los fines de los diversos partidos. Esta definición de Acción Nacional, como partido, se distingue claramente de otras nociones equívocas de partido político. Entendemos que en Acción Nacional pueden militar y militan gentes de diversos niveles sociales y económicos, y no caemos en la simplificación demagógica de presentar a nuestro Partido como elegido mesiánico para la transformación de México o como agrupación de selectos que constituyan el puntal de la historia para la redención del Mundo. No tenemos esta conciencia de exclusivismo mesiánico y consideramos que es un error sostenerla. En determinados partidos de cuño totalitario, lo que se hace es una reducción progresiva de la humanidad, de tal manera que de la humanidad se escoge sólo a la clase social predilecta, y dentro de esa clase social al grupo que se somete a la minoría directora del partido. Entonces se quita la base del pluralismo democrático, y en realidad, aunque se hable de partido no se está reconociendo la legitimidad de la discrepancia en la sociedad libre, sino que se están tratando de imponer coactivamente determinado modo de pensar y un régimen político determinado, en contra de la voluntad de la población. Para Acción Nacional, el funcionamiento normal de los partidos políticos, la necesidad de que existan elecciones objetivas, libres, imparcialmente calificadas, es requisito para la verdadera democracia. Pero no entendemos la democracia como un mero formalismo vacío, como el juego intrascendente en el que gana la mitad más uno y los números mayores se codean inofensivamente 88


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con los número menores. Sí se necesita, desde luego, un sistema concreto de elecciones de candidatos y de programas, pero no es esto la esencia completa de la democracia. Este sistema de decisión y de elección es instrumento para la realización de un contenido valioso en la vida personal y en la vida social. En Acción Nacional, dadas las circunstancias políticas concretas de nuestra Patria, tenemos que preocuparnos constantemente por mejorar nuestro defectuoso sistema electoral, y a veces este empeño de lograr la objetividad en las elecciones, la imparcialidad de los tribunales electorales, la vigencia de los requisitos concretos del procedimiento democrático, puede dar la impresión de que tales temas constituyen nuestra preocupación principal. Si somos realistas en política y hacemos política en México, no podemos descuidar el proceso electoral, no porque, como dicen algunos de nuestros críticos, cultivemos la idolatría de la urna, sino porque al buscar modificaciones para México por vías pacíficas, democráticas, legales, tenemos obligación de mejorar el procedimiento electoral. No es éste un fin en sí mismo para Acción Nacional. Tratamos de que sea posible por fin en México, dar por respuesta la vigencia de los grandes prerrequisitos democráticos para que los partidos y los ciudadanos se concreten en los grandes temas de reforma socio-económica de nuestra patria, para que vaya despertando cada vez más la conciencia política, para que disminuya el número de abstenciones y los ciudadanos voten con libertad por el partido que quieran, para que el padrón funcione como registro objetivo de ciudadanos y no como reserva de votantes falsos, para que los tribunales electorales califiquen triunfos y derrotas imparciales. Para esto, como paso inicial en el aspecto de procedimiento electoral, lucha y seguirá luchando, como desde 1939 lo viene haciendo, Acción Nacional. Entendemos la Democracia no simplemente como el juego electoral de nombramiento de candidatos o de programas, sino como un verdadero estilo de vida, como una manera de realizar valores personales y sociales, como la manera correspondiente a la dignidad humana, de participar en las decisiones colectivas que afectan nuestro destino personal y el destino de las comunidades humanas. La democracia, entendida así, presupone una constante educación de la conciencia, un cultivo incesante del interés por los problemas comunes y públicos de nuestra Patria, una formación ininterrumpida de gente a la que atraiga esta forma de servicio a México. La democracia, establecida constitucionalmente como una de las características de la forma de gobierno de nuestra Patria, espera todavía la cooperación de muchos mexicanos para llegar a ser realidad. La actividad política en una democracia debe, como he dicho, orientarse a la realización de valores positivos de justicia, de elevación cultural, de convivencia humana, entre los miembros de la nación y de las diversas naciones. Esto supone inevitablemente 89


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que los partidos democráticos fundamenten doctrinalmente los valores por los que luchan en la democracia, los fines por lo que quieren establecer y mantener una democracia en determinado país. La doctrina, como fundamento de los valores en la lucha democrática, es elemento indispensable para cualquier partido verdadero. A pesar de que un día nos dicen a los de Acción Nacional que sólo somos ideólogos y al día siguiente nos critican porque sólo tenemos chatarra ideológica y luego dicen que imitamos las ideas de nuestros críticos, Acción Nacional sigue sosteniendo, como piedra angular de su postura doctrinal, una idea completa y correcta de la persona humana. Podemos decir que, según el concepto que un partido político tenga de la naturaleza y de la personalidad humanas, así serán los conceptos que defienda de sociedad, de autoridad, de progreso, de orden o de desorden político. En Acción Nacional nos basamos en la dignidad, en los fines, en los derechos y en las obligaciones de la persona humana, como principio fundamental de la doctrina y de la conducta política. Entendemos que la persona humana es un ser compuesto, formado de materia y de espíritu, con existencia y características transitorias y temporales y, al mismo tiempo, con tendencias y con destino eterno, con una individualidad propia, intransferible y con una orientación y una exigencia social de toda nuestra naturaleza. Esta persona tiene entendimiento, conciencia propia, capacidad de enjuiciamiento personal por encima de las consignas, de las propagandas o de las presiones políticas. Esta persona humana tiene voluntad libre, es capaz de autodeterminación y puede afirmar sus puntos de vista, sus proyectos, sus posiciones afirmativas o negativas frente a cualquier instancia en este mundo. Esta idea de persona es la que debe servir de base a una verdadera organización democrática y Acción Nacional la sostiene de acuerdo con el sentido común de la humanidad, frente a todos los que consideran piedra angular del orden político la pertenencia a la raza superior o elegida, la pertenencia al grupo económicamente prepotente, la pertenencia al grupo que domina en política o que se considera autor hereditario de un cambio social o de una revolución. Tiene que ser este valor fundamental de la persona humana, el que sustente la convivencia y la organización democrática de cualquier país que en serio quiera la democracia. Desde el momento en que ya no es la personalidad humana, sino cualquier otra cosa la que fundamenta los derechos y las obligaciones de una persona, desde ese momento se está negando la democracia y se está cayendo en una u otra forma de discriminación. Queremos fundar la democracia en lo que ciertamente todos tenemos y somos: la personalidad humana con las características propias de nuestra naturaleza. Esta persona inteligente y libre, individual y social, temporal y transitoria en algunos de 90


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sus aspectos y eterna en su sustancia espiritual, es la que debe colaborar en la construcción de un orden social. Frente a la pregunta fundamental de todas las doctrinas políticas, la relación entre persona y sociedad, Acción Nacional evita los extremos equivocados de un sofisma engañosos que se le suele plantear a la gente, respecto a si prefiere a la persona individual o a la sociedad colectiva. Cuando se escoge al individuo excento de relación social, cuando se defiende la supervivencia del más apto en la lucha económica en una especie de darwinismo sin humanidad, entonces se están negando la cohesión y la convivencia social; pero también cuando se escoge la colectividad sin la personalidad de sus miembros, se cae en totalitarismos inaceptables, porque desde el arranque mismo es falsa la disyuntiva que acabo de mencionar. No es cierto, opinamos en Acción Nacional, que debamos escoger entre el individuo y la colectividad. El desafío propio de nuestra existencia histórica consiste precisamente en tratar de coordinar y de conciliar en forma constructiva, la persona individual con una sociedad formada por personas. Podemos definir la doctrina de Acción Nacional como humanismo político basado en la solidaridad responsable entre la sociedad y la persona individual; la persona que cumple con la justicia social, es decir, da a la sociedad lo suyo, lo que debe dar a la sociedad para mantener y promover el orden, la justicia social, el progreso y la cultura, y la sociedad que protege y promueve los bienes auténticos de la persona. Esta solidaridad que integra difícil y trabajosamente la colectividad social con la persona individual nos distingue del individualismo liberal y del socialismo, del comunismo o de cualquier exageración de tipo colectivista. Con solidaridad responsable entre persona y sociedad ha tratado desde hace muchos años Acción Nacional de despertar la conciencia política de los mexicanos, no sólo invitando a los que quieran entrar a Acción Nacional, sino invitando a todos a que cumplan su deber político en el partido que quieran. Precisamente en el proceso de nuestro desarrollo político, social y económico, es la falta de solidaridad responsable entre mexicanos una de las lacras básicas de nuestro país. Por eso, todo mexicano de buena voluntad debe, si respeta su propia naturaleza, promover el bien de la sociedad en que vive mediante el desarrollo auténtico de las personas y la actividad de las personas al servicio del bien común de la sociedad. Mantenemos así el principio de la personalidad humana, la solidaridad responsable entre persona individual y sociedad o colectividad y, como elementos básicos que se siguen de los anteriores, el bien común de la sociedad –el conjunto de condiciones necesarias para el desarrollo de las personas y de las comunidades– y la cooperación social de las personas en servicio de la sociedad. Estos son principios básicos de la filosofía que sostiene Acción Nacional. 91


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No hay, propiamente hablando, comunidad humana dinámica y con sentido patriótico, cuando falta cooperación social de sus miembros, convergencia dinámica de entendimientos y de voluntades para realizar fines y bienes comunales. Las patrias y las sociedades humanas muchas veces tienen gran parte de nominalismo, porque en realidad no se fomenta la convergencia dinámica de sus miembros. Señalo como ejemplo de la fecundidad de estos principios inevitablemente abstractos, puesto que se trata de principios doctrinales de filosofías políticas y no de aplicaciones concretas en plataformas o programas, algunas consecuencias del bien común y de la cooperación social. Si el bien común, elemento esencial en la filosofía política de mi partido, es conjunto de condiciones políticas, económicas, sociales para el desarrollo de la persona y de las comunidades, un elemento esencial del bien común debe ser el respeto a la libertad de las conciencias. Para un ser como somos nosotros, para una persona humana individual y social por naturaleza, que tiene interioridad, sí, pero al mismo tiempo comunicación hacia el exterior y acción concreta en el mundo de los sentidos, la libertad de conciencia no puede significar la libertad de dar el asentimiento a cualquier objeto de conocimiento dentro de nuestra conciencia, sin que nadie se entere y todo acontezca en el misterio de nuestros mundo interior. Nuestra misma naturaleza exige que ese asentamiento que estamos dando en el interior de nuestro ser, lo manifestemos con la palabra oral y escrita, y por eso la libertad de conciencia exige libertad de expresión. También nuestra propia naturaleza exige que, junto con otros seres humanos, comuniquemos y difundamos ideas, valores y proyectos comunes para ayudarnos unos a otros para señalar nuestra posición frente a los que no piensan como nosotros, y esto se realiza mediante la asociación libre. La libertad de conciencia involucra la libertad de asociación. Nuestra propia naturaleza exige que podamos en nuestra vida personal y social tratar de configurar las realidades terrestres de acuerdo con nuestras convicciones. Si pensamos de determinado modo, tenemos derecho de configurar el mundo externo de acuerdo con nuestras ideas, respetando los derechos de los demás y el orden público. Nuestra propia naturaleza exige, por la libertad de nuestra conciencia, que se nos proporcionen mediante los medios de comunicación –radio, prensa, cine, televisión– los elementos de juicio necesario para decidir con conocimiento de causa. Tenemos derecho de información. Como consecuencia de este elemento esencial del bien común, que es el respeto a la libertad de conciencia de las personas en una sociedad, tenemos libertad de conciencia en el interior, desde luego; libertad de expresión, de asociación, de configuración de realidades terrestres, de información. 92


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Señalo exigencias concretas de Acción Nacional sobre la base de la libertad de conciencia. En el campo político, falta respeto a la libertad de conciencia, a la acción política libre de mucha gente, sobre todo de los trabajadores y de los campesinos, cuya debilidad económica se utiliza como oportunidad de coacción para predeterminar su elección política. Esto es en opinión de Acción Nacional, violatorio de la libertad de conciencia de materia política. Falta el pleno reconocimiento teórico y práctico de la libertad de conciencia para superar rencillas y entrar de lleno al ambiente de la sociedad democrática y pluralista moderna, respetando el derecho educativo de los padres de familia, de los educandos, de los maestros. Hay que seguir defendiendo el derecho a la plena libertad de las conciencias en materia de religión o de irreligión, no porque en el Partido consideremos que una opción en esta materia carezca de importancia, sino porque creemos que es tal la importancia de la opción que ésta no puede quedar subordinada a presiones a coacciones de tipo social, político, económico. Exigimos respeto a la libertad de conciencia en el ejercicio del derecho a informar y a ser informados para que la opinión pública, pieza fundamental en la convivencia democrática, pueda realmente opinar sobre informaciones parciales o equivocadas. Es, pues, constitutivo esencial de nuestra naturaleza, la conciencia libre; y es el respeto a la libertad de conciencia elemento esencial del bien común, del que se siguen derechos fundamentales para la convivencia democrática. La cooperación social debe tener, según la doctrina de Acción Nacional, en la sociedad democrática y pluralista, con respeto a la libertad de las conciencias, un campo de aplicación privilegiada: la reforma socioeconómica. Para Acción Nacional, el poder político no es último fin en sí mismo de la actividad política, sino instrumento al servicio de una reforma socioeconómica constante, que eleve niveles y géneros de vida, supere desigualdades injustas entre personas y grupos sociales, y cierre abismos entre diversos sectores económicos –como son la industria y la agricultura– y entre diversas regiones de nuestra patria. En Acción Nacional entendemos que el fin natural de la economía es poner establemente al alcance de todas las personas los bienes materiales que necesitan para llevar una vida humana digna. No se trata, pues, de formalismos liberales o neoliberales, sino de la distribución de la riqueza. No creemos en Acción Nacional que este fin natural de la economía se pueda realizar mediante la libre competencia sin límites en el mercado. La libre competencia, ordenadamente libre dentro del bien común, es mecanismo necesario pero insuficiente para lograr el fin natural de la economía. No puede ser –contra la tesis liberal o neoliberal– la libre competencia sin límite el principio supremo ordenador de la actividad económica. Por encima de la libre competencia están la justicia, la 93


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equidad, el bien común, la humanidad. Lógicamente la defensa comunitaria de estos principios presupone la actividad rectora del estado en economía y su intervención supletoria en la actividad económica. Estos principios deslindan la posición de Acción Nacional frente a tendencias de tipo totalitario, que consideran posible resolver la injusticia cambiando al titular de la excesiva acumulación de las riquezas. En ese cambio, ya no serían los particulares los dueños de riqueza excesiva sino que la riqueza se acumularía única y exclusivamente en manos del Estado, sin que con esto, como ustedes comprenden, cambie la condición proletaria de los trabajadores. Frente a las tendencias exageradas en uno u otro sentido, defiende Acción Nacional estas ideas fundamentales de reforma. La reforma socioeconómica debe llegar, como acabo de indicar, a la justa distribución de la riqueza, es decir, a afrontar con lucidez y con energía el problema de la propiedad. El problema de la propiedad es muy importante para decidir la posición de los partidos. Es muy fácil hacer propaganda demagógica utilizando términos socioeconómicos ambiguos, sin definir con claridad los problemas y los programas que se ofrecen al pueblo. En Acción Nacional procuramos evitar esos simplismos de propaganda demagógica y reconocer con franqueza que, si se ha de mantener la dignidad y la libertad de las personas y de las familias, sobre todo de las personas y de las familias pobres y económicamente débiles, éstas deben tener propiedad privada suficiente.Ya ha sido demasiado frecuente en México la utilización de la debilidad económica como oportunidad de control político. Aquí y en todas partes, una justa distribución de la propiedad es pedestal básico de dignidad y de libertad, sobre todo para los individuos y las familias hasta ahora desprovistos de propiedad. La dignidad humana no es privilegio de la riqueza, la posición social o el poder económico o político, sino prerrogativa esencial de la personalidad humana, que fundamenta y nutre todas las legítimas exigencias de propiedad y bienestar económico, de libertad y de participación responsable en la vida pública. Negar o despreciar la dignidad del ser humano, autor y destinatario de todo progreso, es la forma básica de discriminación. Consideramos que el principio de propiedad privada no es el principio supremo que regula la justa distribución de la riqueza. Por encima de ese principio está el destino universal de los bienes materiales, de tal manera que es radicalmente injusta la organización de una sociedad en la que se imposibilita a sus miembros la propiedad, en la que no es posible que los bienes materiales cumplan con su destino universal. En las tendencias socialistas y comunistas se afirma con gusto el destino universal de los bienes materiales, pero de allí se da el paso a la atribución de los bienes materiales, sobre todo de producción, al Estado. En la tesis del individualismo liberal se afirma con gusto la propiedad 94


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privada, pero algunas veces en teoría y demasiadas en la práctica, se niega el destino universal de los bienes materiales. El desafío para la persona humana consciente, para el profesionista, para el ciudadano, para el político –si no queremos demagogia sino el bien del pueblo real– consiste en conciliar, mediante la técnica y la justicia, la propiedad privada en manos de las personas concretas y el destino universal de los bienes materiales; en promover un sistema de distribución y de difusión de la propiedad, que termine con las acumulaciones excesivas y facilite el acceso a la propiedad de todos los que ahora están desprovistos de ella. Este esquema, como ustedes comprenden, no puede realizarse únicamente con medios políticos, si se ha de conservar la libertad de los trabajadores; tienen que intervenir las instituciones de la sociedad, sobre todo los grupos de trabajo a que antes me he referido; deben intervenir todas las instituciones encargadas de sacudir conciencias, de sembrar inquietudes, de fomentar solidaridad y fraternidad. Con estas ideas debemos también afrontar la repetición incesante de falsas descripciones de Acción Nacional. Por desgracia, no hemos llegado todavía en México a la etapa de maduración y convivencia democrática en que sea posible descubrir sin falsear la posición del adversario. Estamos obligados a ese esfuerzo que, en mi opinión, pocas veces se ha hecho respecto de Acción Nacional. Claro está que quienes, en plan de mala fe, repiten que somos conservadores, reaccionarios, derechistas, etc., pueden lograr acogida en oyentes de buena fe. Se trata como ustedes comprenden, de una serie de etiquetas desgastadas que pueden significar lo que ustedes quieran. Incluso dentro de los países comunistas, se ha llegado ya a señalar con franqueza el carácter variable de la terminología izquierdas-derechas. Si para algunos, como, por ejemplo, para un ilustre profesor comunista de la Universidad de Varsovia, la izquierda es insatisfacción con el presente, resulta que cualquier persona humana consciente de sus insatisfacciones en este mundo, se podría clasificar como de izquierda. Para otros, la izquierda es voluntad de cambio concreto, y, en este sentido, dentro de los propios países comunistas, quien en un tiempo fue prototipo de la izquierda químicamente pura, por ejemplo Stalin, años después llega a ser hasta de derecha. En México, izquierda y derecha tienen la misma ambigüedad que en otras partes, con una agravante: la localización de las ideologías, de los programas o de las personas a la izquierda o a la derecha depende muchas veces en la práctica del juicio y de la decisión de poderosos que están sentados en sillones giratorios y, por consiguiente, cuando esas personas de influencia determinante giran 180º, obligan a sus secuaces a cambiar de extremo a extremo la localización de la izquierda y la derecha. Ciertas iniciativas de ley que en la 95


La Doctrina de Acción Nacional

Cámara de Diputados se rechazan por ser de derecha cuando las propone Acción Nacional, se izquierdizan mágicamente cuando tiempo después las propone el partido contrincante. Estas descripciones mentirosas no hacen justicia a la fundamentación doctrinal de Acción Nacional. Se repite todavía en la actualidad la vinculación calumniosa de mi partido con todas las fuerzas negras de la historia de México, cuando se trata de desprestigiarlo ante la opinión pública. Mientras en nuestra doctrina sostenemos la necesidad de respetar el pluralismo y la libertad de las conciencias, son otros quienes siguen cultivando el oído heredado y la falsa interpretación histórica como arma política actual. Por eso tratan de vincularnos con personajes de siglos pasados, para dificultar nuestra tarea en el presente. Ni representamos a los conservadores del siglo pasado, ni queremos conservar en el tiempo lo que no vale la pena conservar, ni somos tampoco reaccionarios como afirman quienes quieren dar a la oposición política el sentido de oposición al progreso. Ganarían mucho el ambiente político de México, la calidad intelectual de la discrepancia y de los debates, si en vez de ataques injustificados se centraran las referencias en las posiciones reales que defienden los diversos protagonistas de la política. No es pues, como señalé al principio, suficiente una doctrina para integrar una acción política; pero es indispensable para fundamentar los valores que se tratan de realizar en la democracia y para mover las conciencias y las voluntades de los ciudadanos. Se impone también la obligación de hacer una comparación doble: lo que un partido presenta como doctrina, debe compararse, en primer lugar, con la realidad objetiva de las cosas. No basta la mera coherencia lógica de una serie de principios para concluir la verdad de tales afirmaciones. En segundo lugar, hay que comparar la doctrina con la conducta del partido. A este respecto es necesario señalar que un factor indispensable para la coherencia sincera entre la doctrina y la conducta, es la vigencia real de la democracia. La presencia de contrincantes verdaderamente democráticos impulsa a todo mexicano y a todo político de buena voluntad a buscar la congruencia en su conducta y a afirmar con hechos lo que dicen en su propaganda o en su doctrina. Influye la doctrina en la actividad de los partidos democráticos, y la democracia en avance constante debe ayudar a hacer cada vez más sincera la aceptación y la práctica de la doctrina de los diversos partidos. Ojalá esta descripción imperfecta de algunos aspectos de la doctrina de Acción Nacional, sin pretensiones de ser exhaustiva o completa, hay cumplido las funciones de información a que ustedes me invitaron.

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Efraín González Morfín


Efraín González Morfín

Nació el 5 de junio de 1929 en Guadalajara, Jalisco. Murió el 21 de octubre de 2012 en la misma ciudad. Hijo de Efraín González Luna y de Amparo Morfín González; casado en 1960 con Monique Marseille Orendáin con quien tuvo cinco hijos: Pablo, Juan, Verónica, Santiago y María, pequeñita quien murió recién nacida. Estudió la primaria, secundaria y preparatoria en el Instituto de Ciencias (Idec); tomó cursos de humanidades grecolatinas y españolas durante tres años, un año de ciencias y tres años más de filosofía en los Estados Unidos; continuó sus estudios de filosofía en la Universidad de Innsbruck, Austria y en La Sorbona de París; estudió economía por su cuenta y más tarde se inició como traductor profesional; además del español, dominó en mayor o menor grado los siguientes idiomas: alemán, francés, ruso, griego, hebreo, inglés, italiano, latín y portugués. Efraín González Morfín fue director de la Facultad de Derecho de la Universidad Iberoamericana (UIA) y profesor en el Instituto Tecnológico y de Estudios Sociales de Occidente (Iteso), en Guadalajara, Jalisco; ha dictado infinidad de conferencias, impartido cursos y escrito ensayos y artículos; autor de las siguientes obras: El puño y la mano tendida (Ediciones PAN, 1965); Justicia y reforma social (Ediciones PAN, 1967); La economía y el PAN (Ediciones PAN, 1968); Discursos de su campaña presidencial (Jus, 1973); Solidarismo (Ediciones PAN, 1974); El cambio social y el PAN (Ediciones PAN, 1975); Responsabilidad y objetivos de Acción Nacional (Ediciones PAN, 1975); Tesis y actitudes sociales (Jus, 1975); Persona, sociedad y política (Ediciones PAN, 1977); Cuestiones económicas fundamentales (Limusa-Noriega, 1989); El cambio social (Imdosoc, 1990); Discursos (Epessa, 1992); Temas de filosofía del derecho (Harla-Oxford, 1999); La educación: visión y mensaje (Gobierno de Jalisco, 2000); Formar personas (Imdosoc, 2002); Discursos de campaña presidencial 1970 (Adalberto Arturo Madero Quiroga, comp. Monterrey, Grupo Parlamentario del Partido Acción Nacional en el Senado de la República, LVIII y LIX Legislaturas 99


Efraín González Morfín

2000-2006, 13 vols., 2005); Trabajo humano (Imdosoc, 2008); tradujo del ruso el libro: El Partido Comunista Ruso en el Poder: 1917-1960 y del alemán los libros: Socialismo de Oswald Von Nell-Breuning (Jus, 1962); Bolchevismo de Waldemar Gurian (Jus, 1962); tradujo del inglés una serie de libros sobre desarrollo económico por encargo del Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (Cemla). Efraín González Morfín fue director del grupo editor de la revista Solidarismo; miembro del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (Imdosoc). La trayectoria de Efraín González Morfín en el Partido Acción Nacional fue la siguiente: miembro activo del PAN desde 1959; renunció al partido en abril de 1978; presidente nacional del PAN del 9 de marzo al 10 de diciembre de 1975, fecha en que presentó su renuncia al cargo; consejero nacional 1962-1978; miembro del Comité Ejecutivo Nacional 1960-1975; presidente del Comité Directivo Regional del Distrito Federal del 17 de abril al 20 de noviembre de 1969; candidato de Acción Nacional a la Presidencia de la República en 1970, se le reconocieron 1´945,391 votos que representaban el 13.86 por ciento de la votación; candidato a diputado federal 1967; diputado federal 1967-1970; miembro de la Comisión Redactora de la Primera Proyección de los Principios de Doctrina del PAN 1965; colaborador editorial en la revista La Nación. Posterior a su salida del PAN fungió como secretario de Educación Pública del Gobierno del Estado de Jalisco del gobernador panista Alberto Cárdenas Jiménez 1995-1998. Con relación a su vida y obra pueden consultarse las siguientes publicaciones: XXV Aniversario de La Nación: cada uno en su hora, todos la misma pasión (La Nación 1266, 1 de noviembre de 1966); La crisis del Partido Acción Nacional 1975-1976 (Carlos Arriola, en Foro Internacional, vol. XVII, El Colegio de México, 1977); Correa Rachó: tiempo de liberación (Roger Cicero MacKinney, Dante, 1981); El 68, Tlatelolco y el PAN (Gerardo Medina Valdés, Epessa, 1990); Las bases de la modernidad: colección de informes de los presidentes de Acción Nacional 1970-1987 (Epessa, 1991); Mexican political biographies 1935-1993 (Roderic Ai Camp, University of Texas Press, 1995); Breve historia del Partido Acción Nacional en el Distrito Federal (Tomás Carmona Jiménez, PAN-DF, 1996); Actores y testigos (Juan José Rodríguez Prats, Jorge Lara Rivera, Rosa María Giorgana Pedrero, Epessa-Fundación Miguel Estrada Iturbide, 1998); Colegio electoral (Juan José Rodríguez Prats, Jorge Lara Rivera, Rosa María Giorgana Pedrero, Epessa-Fundación Miguel Estrada Iturbide, 1999); Efraín González Morfín: sabiduría y visión de futuro (Alejandro Avilés, La Nación 2097, 17 de agosto de 1999); Documentos y decisiones cruciales en la historia de Acción Nacional (Juan José Rodríguez Prats, Epessa, 2001); Medio siglo: andanzas de un político a favor de la democracia (Luis H. Álvarez, Plaza y Janés, 2006); Quiénes son el PAN (Aminadab Rafael Pérez Franco, Partido Acción Nacional-Fundación Rafael Preciado Hernández-Miguel Ángel Porrúa, 2007); 100


Efraín González Morfín

Discursos selectos (Juan José Rodríguez Prats, Jorge Lara Rivera, Rosa María Giorgana Pedrero, Grupo Parlamentario del PAN en la Cámara de DiputadosLX Legislatura, 2008); Índice biográfico de legisladores federales del PAN 19462008 (Aminadab Rafael Pérez Franco, Tatevari, 2009); La izquierda del PAN o Efraín González Morfín (Alonso Lujambio en: Roger Bartra. Gobierno, derecha moderna y democracia. Herder, 2009); Una amistad sin sombras: correspondencia entre Manuel Gómez Morin y Efraín González Luna (FCE, 2010). (Tomado de Quiénes son el PAN, Aminadab Rafael Pérez Franco, Ed. MAPFRPH, México 2010).

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Cambio democrático de estructuras Versión electrónica preparada para el Partido Acción Nacional por la Fundación Rafael Preciado Hernández a través de su Dirección de Comunicación y Relaciones Institucionales México, 2012

Se terminó de imprimir en abril de 2013, en los talleres de Editores e Impresores FOC S.A. de C.V. Calle Los Reyes No. 26 Col. Jardines de Churubusco, 09410, México D.F. Tel.: 5633 2872 Fax: 5633 5332 Email: luzfoc@prodigy.net.mx

La formación y el diseño de portada estuvieron a cargo de Silvia Monroy / Retorno Tassier El cuidado de la edición estuvo a cargo de Carlos Castillo López.

El tiraje consta de 1,000 ejemplares.


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