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CÓDICE EUGENIA CABRAL


Eugenia Cabral nació en Córdoba, Argentina, 1954. Es asesora literaria del teatro La Cochera, de Córdoba, desde 1995, junto al director Paco Giménez. Colaboró en el suplemento cultural del matutino La Voz del Interior (1993-2000). Ha realizado y publicado diversas investigaciones sobre la historia de la literatura de Córdoba. Ha publicado poesía (El Buscador de Soles, 1986, Ed. Municipal de Cba.; Iras y Fuegos, Bs. As., Último Reino, 1996; Cielos y barbaries. Alción Ed., Cba, 2004; Tabaco. Ed. Babel, Cba, 2009; En este nombre y en este cuerpo. Ed. Babel, Córdoba, 2012; La voz más distante. Pan Comido. Ed., Cba, 2017); relatos (La Almohada que no duerme. Del Boulevard, Cba, 1999); ensayo (Vigilia de un sueño. Apuntes sobre Juan Larrea en Córdoba, Argentina (1956-1980). Eduvim, 2017) y teatro (“El Prado del Ganso Verde”, en Malvinas II. La guerra en el teatro, el teatro de la guerra, Ediciones del CCC, 2019).

Eugenia Cabral Códice Frey Chinelli ediciones Colección del ya, 3. Marzo, 2020.


Cรณdice


Manuscritos para el soldado


1 CÓDICE: no te extravíes nunca más. No permitas el hurto del extraño ni el olvido del ciudadano. Todo lo hemos ofrecido rogando por paz, pan y trabajo para las naciones y solo hemos hallado esta antigua canción de amor ‒entre cacharros de una feria‒. Y ese soldado que no vuelve. ¿Estará con otra mujer? ¿Con otro país? ¿Con otro dios? Oh, cantemos antes de olvidar.

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2 La cuerda con que paseo a mi perrito es cordón umbilical y soga de ahorcado tendida entre el umbroso reflejo del Primer Hombre en las aguas de un río y la mano que sostiene la cuerda. Rastro de perfume en la almohada. Las muelles palabras “perfume” y “almohada”. Oh las palabras. Oh los rastros de perfume. Potes con esencias, alineados sobre el tocador. Seducción de las habitaciones alquiladas por ex convictas que cuelgan sus lascivas ropas en tres perchas y ríen en los balcones. Oh lascivia. Encima de un sillón conocen el embeleso de las manos. Ella es descarnada. Sabe para qué hace eso. 8


Oh la carne. Bajo la luna, los seres humanos toman apariencia maciza, su carne pareciera tener escasa organización interna. El culto lunar es peligroso. Oh Luna. Patas plateadas de oso aeroespacial jugando sobre superficie lunar a las aventuras de Julio Verne con disfraz regalado en Merry Christmas. Patio de juegos del American College. Oh América. Revienta ya, revienta, América. O, mejor, hundirse arrastrando los ídolos al fondo del mar. De lo contrario, proseguir en florestas y cuevas milenarias, silabeando, y que responda el eco en los valles. Los autores que admiras no llegarán a leerte 9


y eso es lo que más deseas. Ecos en los valles. California. Orinoco. Río Negro. Canción irreconocible por el estrago del tiempo, anotada en un códice ajado y recompuesto. Bruto. Brusco. Burdo.

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3 CuĂŠntame las noches en que me esperabas. Haz la cuenta. Haz el cuento. Cuenta las perlas del collar con que te desposaras. Te ha desvelado la sombra de una rosa en la pared. Es la espera lo que en verdad te desvela. El hĂŠroe necesita de la rosa. La amada necesita de la sombra. RelĂĄtame una a una las noches en que me esperaras. Traigo tanta sed de tu boca como de tu palabra.

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4 ¿Te ha dolido de amor alguna vez el pecho? Parece novela del siglo dieciocho la historia que podría relatar. Qué decir de la apariencia de un amor. Su constelación primaria es inmutable. Y se incendia metódicamente. Como resina. Como papel. Como petróleo. Como palabras expuestas a la intemperie.

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5 Desayunábamos huevos de sol y panes de oro. Volábamos en círculos sobre el tema de la revolución. El alma hecha una compleja colmena de abstracciones. El cuerpo exhausto. Reyes de nuestro umbrío país de erotismo y palabras. De tus manos recibía la excomunión del paraíso. Entre mis párpados hallaste la salida a tu memoria.

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6 Tu retrato me observa desde la posición que ya había descripto en el poema. Hace un año que me escruta desde ahí (donde yo misma lo he colgado) y no me atrevo a quitarlo por temor a olvidarte, a que nuestra unilateral relación de amor concluya si dejo de contemplar tu imagen. A la vez, temo que al envejecer allí, colgada en la pared, el paso del tiempo sobre la fotografía sea quien determine el final con más fuerza de decisión de la que yo podría reunir jamás... aunque, si volviera a ser misteriosa, sería feliz.

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7 Golpea las palmas de las manos contra la pared. Ahora empuja, empuja hasta voltear la pared. Debes hacerlo cual héroe mitológico. Piensa en lo que amas y en lo que odias. Y empuja. Como un campeón a punto de perder el título. Un poco más. Piensa en toneladas de seres humanos sobre tu espalda. Del otro lado está cautiva tu amada, tu Paraíso. Empuja. Un poco más. Ya está. Ha caído, otra vuelta, una pared. ¿Ves que tal muro infranqueable no existía? Ahora ambos quedamos de un mismo lado, en el reverso del muro imaginario. 15


8 Dibujame el rostro con los dedos, a través del vidrio que cae vertical, como llovizna. Que tu deseo se permita el delicado anhelo que provoca una bandera al izarse hasta la punta del mástil. Dedicame un beso a través de esa metáfora de la pérdida que representa el vidrio interpuesto entre dos personas. Desde la silla donde espero a los amigos que se fueron, te miraré embotada por la vigilia de haber inventado un amante y una historia en ofrenda a Scheherezade. Acariciame el rostro acuarelado tras la veladura del cristal, con la palidez conveniente a la anticipación del recuerdo, con ese necesario desleimiento de la imagen para ser conservado sobre la repisa en potes esmerilados ‒junto a postales de viaje, vasijas y caracolas‒. 16


9 Rueda la moneda. El color de la plata desgastada es bello y es muerto. Las mesas del café son circulares. La conversación circula por ellas. Cada parroquiano deja una moneda junto al plato y guarda el saquito sobrante de azúcar en el bolsillo. Las monedas ruedan al suelo. El mozo las levanta y las coloca de canto entre los nudillos. El mendigo toma la moneda de las manos de la solitaria que escribe y allá, en la esquina, lo espera la mendiga tonta y malhumorada que trasiega la vida junto con él, moneda a moneda.

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10 Desnuda y azorada frente a la tristeza como frente a un espejo. El agua va cayendo por mis pechos. Cierro los párpados, entreabro la boca, dejo que el agua se vierta desde la coronilla hasta el mentón. Te beso con la cara mojada. Te digo que amor es la plena conciencia. Ten. Sostenlo. Ten. Llénalo. Es tuyo. No lo dobles. Shh, no lo agradezcas.

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Elogio de la melancolĂ­a


1 Una tapia de ladrillo rojo (tierra y consumado fuego) absorbe en su vencida luz al otro resplandor que cae, el del ocaso. La pared contigua es gris y se deshilacha. La vieja color de masa sin hornear se arrumba disciplinada a la puerta, mientras conversa con un gato amarillo que le teje unas medias con punto de ocho alrededor de las piernas. El gato hila con sus pelos las medias para las piernas ya calvas de la vieja y ella lo retribuirĂĄ despuĂŠs, con golosinas de leche e hĂ­gado fresco.

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2 Extiende el Moldava su melodía y sonrío sintiendo abrirse las beatitudes que le prometí a mi alma, mucho tiempo atrás. Supongo que el Moldava ha de ser un río hecho de lágrimas ‒aquellas que vertiera al recibir la ostia dentro de mi boca y mi boca era tan casta que la eucaristía murió de sed entre mis labios‒. Moldava, nombre de campesino. Sé que estuve a sus orillas, en la Alta Edad Media, rogando por el héroe que no volvía y por el niño, que respiraba mal. Por el río de Smetana cruzaré al otro lado de esta luz y de este hueso. Y será maravilloso oír ensancharse las aguas últimas en la música del vivir. 21


Gemas Mica dorada. Cuarzo. Amatista. Piedra con piedra incrustada. Desposorios de la piedra con la piedra. La casta de los minerales se perpetúa como el asombro. Su especie puede procrearse cuando la mejilla de un mármol con venas azules siente la ruda tibieza del basalto recalentado, implorando, y cuando el zafiro escucha la queja de la rodocrosita. Veta con veta acariciándose hasta morir de la muerte con que han nacido, muerte de museo y joyería, de doncellez y frivolidad.

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Cumbres Su cabellera roja es la llama de Irlanda, el corazón en guerra de los ruiseñores. La negrura de su barba es lánguido anuncio de la cercanía al abismo. Su alarido gatuno es la única voz de la vida en el Norte, el arañazo púrpura en el celuloide. La exasperada inquietud lo lleva a conectar ejes magnéticos entre vértices opuestos. Pero su tierra del Sur está echada, prefiere la molicie. En la oscuridad de la noche que la Razón desampara se encolerizan sus ojos, sus pelos y su poema francés. Se asfixia en horca y se ahoga en sangre, su credo africano es: respirar. 23


Al Este de Europa, huye –entre raras banderías y comarcas simbólicas‒. Huye del don que no le dieron y del fin que le trazaron. Caminan ‒sobre las arenas del desierto‒ sin más libertad que la del espejismo. Héroes de la Tierra: no volveréis a vivir.

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Enunciados


1 La sonrisa de la mujer que es homenajeada con ofrendas valiosas por un hombre mayor, de bolsillos regulares, higiénico y ordenado en sus donaciones, es un gesto comprendido en un más vasto ensayo de representación. Y a propósito de mujeres cuya herencia cultural fuere promiscua e impertinente, no es dable afirmar que necesariamente por ello devengan autoras de acciones dolosas exentas de punición. Más bien se trata de que, en escena, es donde se halla la verídica historia y que el angélico disfrute de las serpientes encantadoras está resguardado por un doble fondo antiséptico, en cuyo interior es la serpiente la verdadera encantada.

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2 Asimismo es pertinente considerar la conveniencia de la exclusión del vocablo “yo” del uso léxico personal. Pese a la habitualidad de su empleo e incluso atendiendo a la coercitiva hesitación desde el subjetivismo romántico hasta el individualismo en vinagre neo modernista, estimo enfermizo deliberar acerca de la propiedad de la aplicación pronominal de primera persona, porque ¡todo es tan impropio! En otro aspecto, la implementación de la mirada deviene un acto ejecutado en primera persona. La palabra, en cambio, goza de la factibilidad del desplazamiento pronominal con el consecuente beneficio de narrar la experiencia aprovechando un marco referencial más amplio respecto del testimonio ocular. 28


3 Al mismo tiempo reconozco haber visto las manos de ese orfebre, el que está sentado allí, cincelando joyas tan dramáticas cual las noticias periodísticas que ahora sostiene entre sus manos mientras aguarda que los de la cocina le calienten el almuerzo. Pero, en su taller, las gemas y los metales eran sólidos y accedían a las inquisiciones de la luz.

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4 Otro sí digo que una mujer pobre se ve constreñida a servirse el vino por sí sola, pues le ha sido vetado el derecho de frotar la mágica lámpara que alumbra el esplendor de las vanidades, así como el leve sudor de la molicie.

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5 A lo anteriormente manifestado debo agregar que las sensaciones cenestésicas de los millonarios son, en principio, cualitativamente diferentes de aquellas del ciudadano asalariado. La precedente afirmación conduciría a sospechar la evidencia de que es la codicia lo que induce a los ricachones a comer chocolates, en virtud de su densidad y aroma, y a no fumar, hábito productor de cierto humo capaz de empañar el brillo de los objetos.

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6 Como último postulado, es preciso aceptar el hecho obvio de que la humedad y el frío de este invierno de 1997 han abatido ‒en grado ostensible‒ a los habitantes de la ciudad y que los poetas, en particular, son todos unos esotéricos. Por lo tanto, y siempre en terreno de conjeturas, es dable preguntarse ¿qué castigo podría alcanzar por igual a los derrotados y a los inefables?

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Códice - Eugenia Cabral  

Códice, de Eugenia Cabral // Colección del ya, 3. // Frey Chinelli ediciones, marzo de 2020.

Códice - Eugenia Cabral  

Códice, de Eugenia Cabral // Colección del ya, 3. // Frey Chinelli ediciones, marzo de 2020.

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