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36 | FRENTE del 26 de septiembre al 2 de octubre de 2013

charlyfornication por Carlos Velázquez QUIÉN ASÓ LA MANTECA Qué les dan de tragar en Coahuila, me preguntó en alguna ocasión Sergio González Rodríguez. Su duda nacía porque en los últimos tiempos te asomas a cualquier alcantarilla y surge un narrador. No son un grupo, no son un movimiento, no son una generación, pero a cierto racimo de nacidos en los setenta se les conoce como la Golden Age. La presencia de los nacidos en los ochenta era nula, hasta la aparición de Nazul Aramayo, a quien ahora se ha sumado la figura de Luis Bernal (@el_beat). Lo conocí a través de Twitter. Pero no sospechaba que fuera escritor. Su biografía presumía de resumirse en dos simples actividades: amante de la carne asada y dependiente de una tienda de cómics. Nos vimos la jeta por primera vez en Monterrey, después de un concierto de Andrés Calamaro. Era una bestia: seis años menor que yo, 12 centímetros más alto y me superaba en volumen por 35 kilos maso. Bebía como un degenerado, como corresponde a su taxonomía. Hasta ahí, todo bien. Entonces me invitó a presentar su libro.

Lo primero que me despertó La casa púrpura (Atemporia, 2013) fue rechazo. La obra estaba mal editada. Le sobraban los espacios en blanco y le faltaban sangrías. Pero no era culpa del autor, sino de los editores. Pero una vez que me repuse de tales pifias, me identifiqué plenamente con la obra. Porque el autor, como yo, es un argentinófilo. Así lo demuestra el epígrafe que abre sus cuentos. Una cita de Pity, cantante de una de mis bandas favoritas, Viejas locas, quien después fundaría el grupo preferido de Luis Bernal, Intoxicados. Lo que más me sorprendió de La casa púrpura fue la influencia que ostenta del Pibe Cabeza, Gustavo Escanlar, un uruguayo que muriera de una sobredosis de coca en 2010 y uno de mis escritores favoritos. Ignoro si Luis Bernal leyó Estokolmo (Mondadori, 1998) única obra de Escanlar que circuló en México, pero en caso de que no, la similitud entre ambos se puede rastrear a través del rock argentino. Los dos se alimentan de lo mismo: la hinchada, la calle y una preocupación estética por léxico barrial.

Además, las coincidencias entre los dos rebasan lo literario, ambos han vivido al límite. Escanlar ya murió, pero Luis Bernal es un fan del killing me softly. Una semana antes de la presentación de su libro estuvo hospitalizado por sufrir una crisis de hipertensión. El doctor le ordenó ponerse a dieta, que bajara de peso y que dejara de beber. Pero no le hizo caso. No concibe la vida en el norte sin la carne. Y apenas tiene 29 años. Cuando debuté con Cuco Sánchez Blues, el presentador, Carlos Oliva, me tiró con mierda, me acusó de no aportar nada a la literatura y vaticinó que no tenía futuro como escritor. Y ya ven hasta dónde he llegado que me están leyendo. Imaginen que un animal así se hubiera encargado de los comentarios a Luis Bernal. Por fortuna estuve yo ahí para citar a Jesús de León Montalvo: “No hay nada más triste que una promesa [literaria] que no se cumple”. No sé si Luis Bernal sea una promesa, lo que sí sé es que como escritor ya sabroseó. Si alguien desea La casa púrpura en PDF pídalo en @Charfornication.

malasaña por Rodrigo Márquez Tizano Arcángel

la siguiente semana colabora > Pepe Casanova

Noticias del imperio: encontré chamba en un bar mexicano. En realidad el dueño es gringo y los meseros boricuas, pero como la decoración depende en gran medida del papel picado y el menú está compuesto por sucedáneos de tortilla ocultos bajo capas de crema, queso plastificado y una suerte de salsa insípida, me atrevo a otorgarle la denominación de origen. También porque servimos tequila del malo. Mi trabajo consiste en poner tragos y disuadir a los borrachos de pedir otra copa cuando se acerca la hora de cerrar. Es una labor sencilla: tengo experiencia en hablarle a los espíritus bondadosos. Hace algunos años trabajé en un bar llamado el Arcángel. Pasaba una pequeña temporada en el extranjero y me había quedado sin un mango. El Arcángel era uno de esos sitios en los que no entraría alguien con los documentos en regla. Se lo escuché a alguien hace tiempo: el mejor lugar para trabajar es donde la comida sea tan mala que

nunca tengas la tentación de robar. Ahí lo tienen: una grieta mohosa en la Plaza Mayor, justo al lado de un súper chino de a todo por un euro y un expendio de kebabs. El dueño era un gallego viejo y malhumorado que no hacía otra cosa que fumar y quejarse, y como recién el ayuntamiento había prohibido el tabaco en interiores, la queja, en todo su esplendor, se había convertido en el único pasatiempo que ninguna ley podía mermarle. Entonces se quejaba del tiempo, del gobierno, de los andaluces, del tiempo otra vez; en la cocina, en la barra, entre las mesas con sombrillas tan juntas entre sí que apenas nos quedaba espacio para maniobrar con esos platillos nefastos y tasados a precio de manjar. La queja, por supuesto, era un bien exclusivo del patrón, y cualquiera que dejara escapar un leve gruñido era señalado como un ser malagradecido y vil. Tan mala la comida y aún así nos la robábamos. El cocinero, un ecuatoriano más bien callado, se

hacía de la vista gorda a cambio de cierta cantidad de orujo al día. Aquel arreglo para despistar al gallego lo había patentado el Gardel, un okupa de corazón que, burbuja inmobiliaria de por medio, terminó cediendo ante el sistema que había jurado derrocar. Le decían así porque a todo respondía con lo mismo: si le dejabas tabaco, sos Gardel; si le cubrías la espalda mientras se refinaba un tirito en el baño, sos Gardel; y así todo el día. Era un tipo simpático, el Gardel. Vivía de la generosidad de las comensales maduras y de cigarros sin filtro. Un día el gallego descubrió el arreglo que teníamos con el cocinero y nos mandó a los tres a la calle. No le fue tan mal al dueño: le otorgamos un motivo poderoso para poner a los sudacas en su top de quejas. Al día siguiente pasé por la Plaza y ya tenía otros tres monigotes supliéndonos. A su vez, el Gardel había conseguido trabajo en los kebabs. Le hablaba muy de cerca a una turista alemana. Del cocinero no supe más.

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Frente 117  

La Semana de Frente periódico semanal cultural gratuito de la Ciudad de México del 26 de septiembre al 2 de octubre

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