Issuu on Google+

Goffredo Parise (Vincenza, 1929-Treviso, 1986) fue un escritor italiano, de los grandes, que ha tenido poca fortuna en el mundo hispanoamericano. De Silabarios (1982) traduje hace un tiempo, para mi propio placer, para que lo leyeran algunos amigos, el primer cuento de este libro ("Amor"). Supongo que este es un espacio propicio para que de repente llegue a cualquier otro lector desprevenido. Una aclaración sobre este libro: en cada uno de sus cuentos, Parise buscó definir (y recuperar) palabras fundamentales (Amistad, Odio, Verano), del mismo modo en que los silabarios (las cartillas) enseñaban a leer a los niños. El libro se inaugura con la siguiente breve (y tremenda) advertencia:

En la vida los hombres hacen planes porque saben que, una vez desaparecido el autor, estos pueden ser continuados por otras personas. En poesía es imposible, no hay herederos. Así me ha sucedido a mí con este libro: hace doce años me juré a mí mismo, llevado de la mano de la poesía, escribir muchos relatos sobre los sentimientos humanos, tan fugaces, comenzando por la A y llegando a la Z. Son poesías en prosa. Sin embargo, en la letra S, a pesar de mis planes, la poesía me abandonó. Y en esta letra he debido detenerme. La poesía va y viene, vive y muere cuando quiere ella, no cuando queremos nosotros, y no tiene descendentes. No me gusta, pero es así. Un poco como la vida, sobre todo como el amor. (Enero de 1982)

Y este es el cuento:

AMOR Un día un hombre conoció a una joven señora en casa de unos amigos, pero no se fijó bien en ella; vio que tenía una larga melena roja, un rostro de huesos firmes con pómulos prominentes de campesina eslava y unas manos pesadas con uñas muy cortas. Le pareció tímida y casi temerosa de hablar y expresarse. El esposo, un hombre robusto con ojos agudos y suspicaces en un rostro encerrado, parecía respirar con el cuello


inflado como el de las ranas cuando cantaban. Tenía sin embargo los tobillos frágiles y seniles, y las dos cosas, el cuello y los tobillos, daban al mismo tiempo la idea de fuerza y de debilidad. El hombre sabía que estas primeras impresiones, casi definitivas, no podían serlo del todo, porque estaba distraído y porque no había pasado nada; de hecho, casi no se da cuenta del momento en que se fueron de la casa y no se acuerda del timbre de voz de ninguno de los dos. Pasó el tiempo y él los volvió a ver en un restaurante. Aún más: vio sólo a la mujer, parada junto a la mesa y a punto de sentarse: en esa posición se volteó y, con un leve movimiento de la gruesa mano que alisaba el pelo color zanahoria, irguió la espalda. Tenía un vestido de casa negro, un cinturón dorado que se ajustaba a los lados, unas zapatillas negras con hebilla, y, sin embargo, por una fulminante coincidencia de razones tan misteriosas como casuales, estaba hermosísima. El hombre que la miraba desde una mesa más bien lejana sintió aumentar felizmente los latidos de su corazón, porque comprendió que sabía todo de ella. También ella sabía todo de él (también esto él lo sabía), porque en ese mismo instante se volteó, lo reconoció y lo saludó con un sonrisa exultante que inmediata e ingenuamente buscó contener dentro de los límites de los buenos modales. Pero el ímpetu de esa sonrisa le había hecho levantar los brazos y las manos de la mesa y la punta de las zapatillas que se apoyaban sobre el piso como si fuera a levantarse. Fue cuestión de un segundo, luego la mujer se dirigió a los comensales con un gesto gentil pero serio, a menudo escondido por el pelo, y las zapatillas volvieron a calmarse. Entonces la miró algo menos encantado y un poco más curioso teniendo en cuenta que era, o habría debido ser, una extraña; pero incluso este modo de observarla, con el que hubiera querido retener detalles banales, no hacían más que confirmar la inmensa y natural belleza de esa presencia femenina, al punto de que el restaurante le pareció desierto o, si acaso, envuelto en el sinsentido de colores y sonidos como los que se veían a veces en las viejas y quizás malas películas. El


hombre de repente se sintió débil y reconoció la emoción que sentía de niño cuando veía subir a su madre los días invernales, con el cuello del vestido que le sobresalía por las pieles de zorro de puntas blancas, la boca roja y brillante y el lunar sobre el maquillaje. Levantó los ojos de la mesa en el mismo momento en el que ella también los levantaba oblicuamente hacia él, sin sonreír más pero con el rostro ruborizado, oprimido por un dolor injusto e imprevisible que no comprendía. Los ojos eran los de un mongol, abiertos como si mirase en la oscuridad. Una noche, junto a unos amigos que nombraron a aquella pareja, el hombre se sorprendió diciéndose a sí mismo, en voz alta para ocultar su emoción: “El destino hará que nos encontremos una vez más”. Sus amigos no entendieron a qué se refería, pero momentos después se oyeron algunos automóviles y un grupo ruidoso y festivo, en el que la alegría no era plena, enturbiada por algo, entró en la casa: se vieron unos segundos, e incluso agacharon la mirada. Después de los primeros momentos de timidez, hablaron. Ella le contó que durante muchos años había estudiado danza clásica, pero que la había abandonado cuando se casó, dedicada a las obligaciones familiares. Ahora, cada cierto tiempo, experimentaba una gran nostalgia. “¿Por qué?” “No, no lo sé”. “Quizás le habría gustado convertirse en bailarina”. “Me habría gustado, pero, sabe, pocos lo logran, y además me casé. No entiendo por qué siento una gran nostalgia. Pues soy feliz, adoro a mi marido y a mis hijos, nuestra familia es perfecta y es, para mí, lo más importante. Es raro. Mi marido dice que es agotamiento nervioso.” El hombre sabía que no era extraño, pero, por respeto y delicadeza, no lo dijo. Se volteó y vio al marido, en quien casi no se había fijado. Estaba hundido en una poltrona y, cuando


respiraba, su cuello adoptaba un aire autoritario y decimonónico. Incluso lo que decía era autoritario, pero los débiles tobillos le restaban autoridad al modo en que se refería a las cosas (y a las cosas mismas) y estas parecían surgir de la boca con soplos leves y regulares que se perdían en la habitación. Él lo entendió y se hundió aún más en la poltrona, evitó hablar y comenzó de ese modo y en ese momento a cultivar dentro de sí la paciencia y la astucia. El hombre observó que la mujer fumaba y bebía mucho. Su voz, lentísima e infantil, que expresaba conceptos elementales, era un poco ronca, y cada tanto tosía. No obstante, su belleza se conservaba limpia e intocada como si no tuviera marido, hijos ni familia y como si no hubiera bebido ni fumado nunca. El hombre pasaba muy raramente por la ciudad donde vivía la pareja, pero la volvió a ver a ella de nuevo, a través de las ventanillas, mientras los autos corrían en direcciones opuestas, y ella lo saludó con la misma sonrisa impetuosa con la que lo había saludado esa noche en el restaurante. Cada uno conducía solo su automóvil (eran dos automóviles de la misma marca y del mismo modelo) y los dos frenaron bruscamente. El hombre esperó que la calle quedara libre, dio la vuelta en el automóvil y se acercó al de ella al otro lado; cuando estuvo cerca, ella arrancó y él la vio unos pocos segundos por el espejo, con el rostro hinchado como el de un muchacho al que le han encajado un golpe muy fuerte; por esto la dejó ir. Un día la mujer lo llamó por teléfono desde muy lejos para invitarlo a cenar, un domingo. Él, primero que todo, no entendió de qué se trataba, después fue presa al tiempo de la sorpresa y de la emoción. Le dijo que habría hecho cientos de kilómetros, muchas veces, sólo por verla, y habló inconexamente por unos momentos. Ella respondió que debía “dejar” el teléfono. Se volvieron a ver en una gran fiesta, el rostro de ella en su redonda cabeza estaba hermosísimo, atemorizado e infeliz, pero había también en aquel rostro, por desgracia, una aguda soberbia que lo hería y, sobre todo, hería las palpitaciones que


se apaciguaron hasta recobrar la normalidad. Cuando tuvieron la oportunidad de hablar (aunque ella se le escabullía y él bailó todo el tiempo con una hermosa mujer que reía echando para atrás la cabeza), le dijo que estaba ofendida y disgustada por todo lo que le había dicho por teléfono. Era feliz, muy feliz, y estaba enamorada de su esposo, y su matrimonio era “magnífico, excepcional”. Le dijo que le había contado a su marido de esa llamada porque no había secretos entre los dos. Cuando dijo esto sonrió orgullosa, pero su rostro estaba petrificado por el dolor y la vergüenza y dos arrugas se le habían formado en las comisuras de la boca casi hasta el mentón. El hombre vio al marido que los observaba de reojo y que ahora se giraba, perdiendo y conservando su autoridad. En cierto momento se sentó sobre una escala fingiendo seguir la música de la orquesta que estaba ahí al lado, y con la garganta y los ojos hacia arriba profirió un grito amargo, quemante, que en la confusión de la velada nadie escuchó. De repente la mujer dijo: “Déjame en paz”, y se alejó del hombre irguiendo la espalda y con pasos dolorosos y ágiles se situó junto a una ventana con el vaso de whisky en la mano. Más tarde alguno dijo que había llorado y hecho una escena, tal vez porque había bebido. A pesar de todo, el hombre fue invitado por ellos a una gran cena y no se quiso negar, por educación y porque deseaba verla de nuevo. Se sentó a la derecha de ella, que mantenía las arrugas a cada lado de la boca; le hablaba como retándolo y no sonrió jamás, y si lo hacía se mostraba desdeñosa y con el rostro tenso, en algunas partes tumefacto. En las dos o tres ocasiones en las que las manos o la espalda de los dos se rozaron, ella se apartó, ofendida. El hombre tuvo cuidado de que no volviera a pasar y alejó la silla; incluso, después de un momento se levantó y dio algunas vueltas por la casa. Pasando por un corredor penumbroso, en horas ya avanzadas, se encontró con una niña en piyama, solitaria, rubicunda como la madre, a la que él le acarició la cabeza; la niña de repente le tomó la mano, la puso sobre su pecho (como si estuviera dormida) mirando hacia el


corredor con largos mechones adormecidos al aire. Después soltó su mano y se fue quién sabe adónde. El hombre volvió al gran comedor donde el marido repartía champaña: ella siempre estaba sentada en la cabeza de la mesa, fuerte y severa; el marido sonreía, bondadoso y servicial. El hombre regresó cada vez menos a esa ciudad. No volvió a ver a la pareja de esposos, pensó en ella y siempre le pareció que había pasado mucho tiempo. Al contrario sólo habían pasado algunos meses, pero el sentimiento que él y la joven señora habían experimentado (y que queda aquí descrito) era tal que ellos, sin quererlo y sin saberlo, habían vivido y disperso en el aire en muy poco tiempo algunos años de su vida.


Goffredo parise amor