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FREDERIC AMAT


Río de tinta

Como pintor que soy, quisiera, en el inicio, convocar a las imágenes que son la expresión que siento más propia y a su vez, el lenguaje que me permite trazar el transcurrir del viaje, no en su panorámica, sino en otro territorio en donde se hace posible y visible su esencia. Viaje adentro. ¿Por qué esta acción impulsiva de dibujar, manchar, encolar y colorear en mis cuadernos de ruta?. Sería acertado encontrar la respuesta en el “Karma”. Como anotó en su día el profesor Joan Mascaró, el termino “Karma” tiene relación con la raíz sánscrita “Kri”, que también encontramos en las palabras “crear” y “creación”. “Karma” es acción y la acción es vida. En este punto, hemos de recordar la máxima del poeta Joan Brossa que decía: “El arte es transformación y la transformación es vida”. Viajé por primera vez y por varios meses, a la India en el invierno del 2000. Regresé, por pura querencia india, tres años más tarde a conocer el Sur. A lo largo de mi estancia en Varanasi, cada día, a la misma hora, caminaba al atardecer en busca de sus peculiares postes eléctricos con esperpénticas marañas de cables que, como arbóreas caligrafías, se dibujaban contra un cielo de puro blanco. Hay quien ha visto, con acierto, en esta colección de mis fotografías de Varanasi, una bella metáfora a la cabellera ensortijada de Shiva, en donde tiene su origen la divinidad del río Ganges. La diosa Ganga. Tiempo después, realicé un film, con el título de “Backwaters”, de apenas tres minutos de duración, en dónde volvía a expresar mi voluntad de “dibujar” con la cámara. “Backwaters” es un “traveling” filmado, en mi segundo viaje a la India el 2003, desde una barcaza arrocera que por unos días fue mi vivienda en travesía a lo largo de esta compleja red de laguna, ríos y canales de agua dulce que bordean el interior de la costa de Kerala en el oeste de la India. “Backwaters” es un palimpsesto fílmico en el que se transmuta un escenario a través de la azarosa sinuosidad de unas cuerdas que van ocultando y revelando la negra silueta de la vegetación a lo largo de la orilla con la última luz del crepúsculo que se refleja en la pantalla del agua, como río de tinta. Sea uno u otro medio de expresión, sea el pincel o el objetivo de la cámara, detrás hay un mismo ojo que especta. Contemplar es una forma de participar. Mis “Papeles de la India”, las fotos de “Varanasi” y el film “Backwaters” quieren ser el rastro de este viaje. Si existe una experiencia alegórica a mi propio quehacer como pintor, esta es la del viaje. El viaje sin aguja de bitácora. Un divagar tan sólo con el equipaje de la experiencia, la intuición y las flechas del deseo... Todo errar nos ofrece el encuentro con lo imprevisto. El viaje nos “dibuja” nuestro contorno más íntimo e invita, a su vez, a la renovación de nosotros mismos en otras posibles configuraciones, desde el diálogo con otro escenario y sus manifestaciones. Pertenezco a una generación que celebró su juventud bajo un término acuñado por aquellos años y hoy casi olvidado: “la contracultura”. Quién recuerda hoy, por ejemplo, “El libro del tabú” de Alan Watts que, como tantos otros -en su mayoría publicados por la editorial Kairós- alimentó nuestras lecturas de entonces abriéndonos las puertas a Oriente, ante el desengaño del sueño de racionalidad occidental y su extinción del “espíritu”, que era substituido por la mesura de la razón que persigue lo que “debe ser”.


Entre aquellas lecturas, una memorable: el libro de Alain Daniélou “Shiva y Dionisos”, como invitación al regreso a los orígenes de una religión primera y fundamental de la Naturaleza y del Eros. En aquellos años, la India fue el destino de muchos fugitivos de la norma, también fue el de su disolución en una precipitada meditación trascendental, pachulí y yoga de salón. No fui en aquel vuelo. Viajé, entonces, por otros territorios y culturas postergando el enigma de la India para más adelante. Y llego a ser, en su día. Al escribir estas notas, repaso mis cuadernos de viaje a la India, entre sus páginas releo una frase escrita en aquel periplo: “Pintar es una manera de digerir lo que uno come con los ojos”. De mis dos estancias en la India fui reuniendo un centenar de obras –tendría que decir fosforescencias pintadas en su mayoría en habitaciones de hoteles o en cualquier otro lugar, con el deseo de atrapar apariciones y provocar imágenes, fruto de la contemplación, con la pretensión de tomar el pulso a este sorprendente escenario de la India, su epidermis y sus vísceras. Manchas, trazos, collages… huellas que celebran, a través de la sensibilidad, el viaje transformándolo en emociones estéticas y visuales. Posteriormente, estas obras se presentaron en Barcelona y Nueva York con el título de “Papeles de la India”, como frutos de mi atracción por el subcontinente y sin duda, cantera para las ilustraciones que realicé años más tarde del libro “Las mil y una noches”. En alguna ocasión, como la presente, me he preguntado en que se sustenta esta atracción por la India. No es fácil dar una respuesta, más allá de los manidos tópicos indios. Pero en honor a la verdad, diría que es por una pura experiencia estética, una fluidez y expansión de la conciencia que se da en la anulación temporal de lo cotidiano y propio, a través de la complejidad que ofrece, aún hoy, explorar la inabarcable y espectacular India. En este punto, es inevitable hacer referencia a un termino sánscrito o mas exactamente, una teoría denominada “Rasa”, en la que un sentimiento básico se transforma en un sentimiento estético. Rasa es la intensificación de un estado emocional básico que se verifica al combinarse los determinantes, consecuentes y estado transitorio con el estado emocional básico mismo. “Rasa” es una visualización de las emociones, gusto por la escenificación y a su vez es la “esencia” de la representación. El deseo de expansión en otra realidad, es una necesidad fundamental de mi naturaleza. Desde el confín de la cultura occidental, mi aproximación a la India no deja de ser tangencial ante sus infinitas ramificaciones. Antes de viajar a la India ya admiraba su poética y la expresión de su arte y de una manera especial el arte del tantrismo más por la concupiscencia de la mirada que por el significado de sus imágenes, en múltiples deidades y enigmática sensualidad. Con el tiempo estas imágenes me han ido revelando su nombre y su relato, su vehículo y símbolo. No se puede abrazar la India ignorando su dimensión cósmica y espiritual, su poética y su epopeya. La India condiciona a emplazarnos en una posición desde donde percibir sus múltiples expresiones y sutiles energías invitando, a su vez, a armonizar con ellas dando alas a nuestras emociones. Hoy en día, que podemos volar sin escalas y navegar en la inmediatez de la red, nos parece próximo todo lugar. Es posible que ya no existan lugares lejanos, pero si existen lugares remotos. Más allá de la distancia, lugares remotos en el tiempo. En un tiempo cíclico que se resiste a entrar en el tiempo de la historia. Así es en la ciudad santa de Varanasi. Imposible quedarse inmune ante el asalto de los muchos acontecimientos que ofrece la India. Sobre todo la posibilidad de una otra mirada


a nuestra visión occidental y antropocéntrica. Su reflexión y experiencia de la realidad es otra. No es hacia aquí o hacia allá, es interior y accede a esta unidad interior desde la conciencia de formar parte de una expansión universal, desde su visión cosmocéntrica. El día en que llegué a Varanasi, era víspera de la festividad de “Holi” en la que se celebra la plenitud de la primavera. De camino a la orilla del Ganges, uno se adentra en su gran avenida bulliciosa o deambula por sus callejuelas sombrías y como siempre y una vez más en la India: la apoteosis del color, la avalancha de los olores, la danza de los ojos… finalmente llegar al río del que dicen que no da al mar, sino al cielo. El río que recuerdo observando, como un brumoso escenario, desde el fascinante anfiteatro que son las escalinatas de sus “ghats”, donde todo puede ocurrir ¿o ya ocurrió? Anocheció en plenilunio aquella víspera de “Holi”. Eran muchos y de todas las edades, los que danzaban en torno a grandes hogueras de trastos viejos de las que sobresalía una esperpéntica figura de un demonio femenino al que cantaban por su nombre de “Holika” El fuego de la renovación de ciclo del año junto al río de la reencarnación. A la mañana siguiente, no quise eludir la batalla por toda la ciudad, en donde los hombres, unos a otros, se lanzan chorros de líquidos entintados de rojo, verde, amarillo, azul, rosa… nadie ni nada se libra, incluso los perros escuálidos eran víctimas de esta eclosión de color. Por unas horas esta costumbre ancestral, ofrecía la excentricidad y la transgresión entre el bombardeo y el abrazo, rociados de colores. Ni que decir tiene, que yo fui en aquella mañana, inevitable diana, a ser entintado como un mapa moteado de colores. Al atardecer, llega la tregua. Los hombres todos de blanco, y con un punto rojo en la frente, las mujeres lucen sus saris, a cual de mas bello color. Así fue, en breve crónica, mi llegada a Benarés o como la denominan en hindi, Varanasi. Nombre que surge como una contracción de los ríos que la delimitan por el norte el Varuna y por el sur el Assi. Ante la sinuosa curva del Ganges que transcurre entre sus dos orillas, al oeste se extiende la ciudad de Varanasi entregada al río en un infinito graderío y templos anegados en sus aguas. En frente y al este, la orilla desierta y maldita. Río adentro: la tercera orilla del Ganges, a la que todo hindú desea viajar para purificar, en un zambullido, sus culpas y si el peregrinaje es en el crepúsculo de la vida, expirar y ser incinerado en la ciudad santa del hinduismo, junto al río, otorga una mejor reencarnación en el continuo ciclo del Karma. La tercera orilla del Ganges, recibirá sus cenizas. Agua sagrada que desciende amplia, negra, espesa, parsimoniosa en la que serpentean guirnaldas de flores y flota algún que otro animal tan inflado como acartonado e incluso, restos de miembros de cadáveres que en su misérrimo final apenas han podido pagar unos pocos troncos en las grandes balanzas, ante las inmensas pilas de madera de los crematorios. La muerte en Benarés tiene el precio de la llama. El Ganges es toda la razón de ser de la ciudad de Varanasi así como su reflejo en el agua, es su eterno presente. Tomar asiento en uno de los peldaños de sus “ghats”, a observar las abluciones y la oración de hombres y mujeres vestidas con saris, que refuerzan su color al sumergirse en el agua. Sombrillas de azarosos colores comidos por el sol protegen a sacerdotes y masajistas… trajín de barcazas sobre la piel del agua. Y aquí y allá, boñigas de vaca, escupitajos rojos de “paan”, esas hojas de betel mezcladas con tabaco que rumian constantemente y estimulan la salivación de estos indios de dientes como ensangrentados. La niña que vende guirnaldas y duerme en una caja de cartón con flores. El plato ciego del mendigo de ojos blancos. Peregrinos llegados a la ciudad


imperecedera, barberos, lavanderas que flagelan sobre lápidas de piedra y estrujan sus ropas que tienden sobre las escalinatas al sol… tullidos, vagabundos y hippies zombies… todo un enjambre de seres, que poco a poco, llegada la noche se aparece convertida en una constelación de veladoras como ofrendas a Ganga río abajo. Entonces nos asalta un sentimiento, el mismo recuerdo que anotó en sus páginas sobre Benarés el escritor rumano Mircea Eliade: “la ciudad se silencia por un instante pensando en el sol que saldrá mañana, después se duerme. El misterio de la noche oriental, que renace como todo misterio, cada noche.” Regreso al amanecer. De nuevo empieza el trasiego junto a la orilla del Ganges que por unos segundos, es de un rojo infernal por el gozo del sol en el horizonte. Y sigue, todo el día, el graznido de los cuervos merodeando la parca y el olor penetrante de la carne chamuscada que se eleva de las piras funerarias por sus serpenteantes columnas de humo negro. Fue el poeta Octavio Paz quien, con acierto, manifestó la existencia de dos ideas críticas que de algún modo sintetizan la diferencia entre la India y Occidente: frente a la desdicha de ser hombre, en la India se propone la liberación, mientras los occidentales se decantan por la redención. Más allá de nuestro inconformismo occidental ante la muerte, me aproximo al círculo de hombres y mujeres entorno al cadáver en su ceremonia. La muerte en Varanasi tiene su antesala en uno de los edificios mas fantasmagóricos y ennegrecidos nunca vistos que, con el nombre de “Manikarnika”, es el principal crematorio de la ciudad en donde viejos hindúes esperan su fallecimiento para ser incinerados y sus cenizas vertidas al río, en su disolución en el agua sagrada como vía inmediata de acceder a la otra orilla, en la que se varan los espíritus una vez superado el ciclo de reencarnación. Sin ningún pavor, la natural convivencia con la muerte llega a ser, en Varanasi, comunión. Rememorar ahora, el último comentario con el que cierra, Pier Paolo Pasolini, su escrito de impresiones de viaje a la India, en una noche en Varanasi junto a una pira funeraria a la que se había aproximado con sus compañeros de viaje, Alberto Moravia y Elsa Morante. Y dice: “Así reconfortados por la tibieza, observamos más de cerca a esos pobres muertos que arden sin molestar a nadie. Nunca, en ningún sitio, a ninguna hora, en ningún acto hemos experimentado un sentimiento tan profundo de comunión, de tranquilidad y casi de júbilo a lo largo de toda nuestra estadía en la India.” Varanasi es la ciudad de la muerte. Su divinidad es la de la destrucción y la muerte: Shiva. Sin su presencia no habría crecimiento ni regeneración. Su advocación como señor de la danza (Shiva Nataraja), es la de un ser andrógino que aúna todas las polaridades y es representado con cuatro brazos, a menudo está rodeado por un halo de fuego danzando sobre el cuerpo del demonio de la ignorancia y de los deseos. El danzante cósmico cuya danza hizo temblar el cosmos, dando lugar al ritmo primigenio que pone en movimiento las partículas del universo e inicia la vida. Aquel día, aunque seducido por la visión de la llama, me alejé del hedor a muerte que emanaba de los crematorios de Varanasi y pensé entonces que la belleza no es lo contrario de la fealdad. Pensé, también, en que la India, una y otra vez, nos secuestra la mirada por sus inusitados contrastes y lacerado paisaje, descubriéndonos más allá de la seductora luz de la llama, lo más íntimo de nuestro ser: la ceniza. La belleza siempre hiere.

Frederic Amat


RIVER OF INK

As a painter I wish to start by invoking images as the expression that I feel more closer to and at the same time invoke the language that allows me to retrace the journey, not as a scenic outlook, but as another territory where the essence becomes visible. A journey inward. Why this impulsive action of painting, staining, gluing and colouring of pictures in my notebook while travelling? It would be right to find the answer in “Karma”, just as Prof. Joan Mascaró wrote in his days- the term “karma” is related to the Sanskrit root, “Kri”, which we also find in the words “create” and “creation”. “Karma” is action and action is life. At this point, we should remember the axiom the poet Joan Brossa: “Art is transformation and transformation is life”. I travelled for months in my first visit to India in the winter of year 2000. Three years later I returned, to visit South India purely out of inclination towards India, During my stay in Varanasi I took walks in the evenings, each day at the same time, looking for the electric posts with the grotesque and tangled cables which branched out like arboreal calligraphy, painted against the white sky. There have been people, who have rightly taken my collection of photographs of Varanasi, as a beautiful metaphor of the long curly hair of Shiva- the origin of the divine river Ganges. The Goddess Ganges. A long time later, I made a film with the name “Backwaters”, of hardly three minutes where I reiterated my wish to “paint” with a camera. “Backwaters” is a travel film, shot in my second journey to India in the year 2003 from a rice barge, which for a few days was my travelling house along the complex lakes, rivers and canals of fresh water that border the internal coasts of Kerala, in the west coast of India. “Backwaters” is a filmic palimpsest that becomes like a theatre stage thanks to the random sinuosity of some ropes that conceal the black silhouettes of the vegetation along the banks, with the last rays of dusk reflecting on the screen of water, like a river of ink. Whatever the medium of expression, be it a brush or a lens, there is always behind it the same eye full of expectation. Gazing is a way of participating. My “Papeles de la India”, the photos from “Varanasi” and the film “Backwaters” wish to be the footprint of this journey. If there is an allegorical experience to my work as a painter, it would be the experience of the journey. A trip without destination. A wandering trip with the only luggage of experience, intuition and the arrows of desire… Wandering offers us an encounter with the unexpected. The journey “paints” our most intimate outlines and invites us at the same time to the transformation of the self in other possible configurations, from the dialogue with other setting and their manifestations. I belong to a generation that celebrated youth under a term that was coined in those years and is now almost forgotten: “counter-culture”. For instance, who remembers today the book “On the Taboo against knowing who you are” by Alan Watts, which like many others – most of them published by Kairós – nourished our reading of those times, thus opening the doors to the East to us, disenchanted with the Western dream of rationality and the extinction of the “spirit” which was substituted by the moderation of reason in search of the “should be”.


Among those lectures, a memorable one: Alain Daniélou’s book “Shiva and Dionysus”, like an invitation to return to the origins of a religion that is first and fundamentally a religion of nature and love. In those days, India was the destination for many fugitives of the norm; and for many of them it was like dissolution into quick transcendental meditation, patchouli and yoga. I did not take that flight. I travelled, then, through other territories and cultures delaying the enigmatic India for later. And one day it did happen. While writing these lines, I review my notes during my travel in India and between the pages I read again a sentence written in that long periplus: “Painting is a way of digesting what one eats with his eyes”. On my two journeys to India I started collecting hundreds of works or I should rather say phosphorescences, painted in many hotel rooms or any other place, with the desire to trap the appearances and provoke images. They are the result of contemplation with the intention of feeling the pulse of the surprising scenario of India, her epidermis and her entrails. Stains, strokes, collages… fingerprints that celebrate- through touch, the journey transforming it all into aesthetic and visual emotions. Later, these works were presented in Barcelona and New York with the title “Papeles de la India” as a result of my attraction to the subcontinent. Many years later they became the base for my illustrations of “The Thousand Arabian Nights”. Many times, just like today, I have asked myself the reason for my attraction to India. It is not easy to answer, beyond the usual clichés about India. But to be true, I would say that it is purely for the aesthetic experience that occurs in the temporary cancellation of our own ordinary life through the complexity that emerges, even today, by exploring the unfathomable and spectacular India. At this point, it is necessary to mention a technical term in Sanskrit or to be exact a theory called the “Rasa” theory, in which the basic sentiment transforms into an aesthetic sentiment. Rasa is the intensification of a basic emotional state which occurs by combining the causes, consequences and the transitory emotional state. “Rasa” is a visualization of the emotions, a liking for dramatization and at the same time the “essence” of the representation. The desire to expand into another reality is a fundamental necessity of my nature. From the horizon of Western culture my closeness to India in her infinite diversity is still quite peripheral. Before my journey to India I already was an admirer of her poetics, her artistic expression and especially the art of tantrism, more for the lust of the eyes than for the meaning of their images of multiple deities and mysterious sensuality. With time, these images have revealed their names and their stories, their vehicles and their symbols. You cannot embrace India ignoring its cosmic and spiritual dimensions, its poetic art and its epic poetry. India puts us in a position from where we can perceive her infinite expressions and subtle energies inviting us at the same time, to harmonize with them, providing wings to our emotions. Today that we can fly non-stop and navigate the web, all places seem close. It is possible that there are no longer distant places, but only remote ones; places that go beyond distances but are remote in time, so remote in time, that they resist being part of historical times. That is exactly how the holy city of Varanasi is. It is impossible to be insensitive to the irruption of many events offered by the daily life of India- Especially to the possibility of having another vision beyond the anthropocentric Western one. The reflection and experience of reality here is different. It is not towards here or there, it is an inner experience and that approaches this intimate union from its


Cosmo-centric vision, from the consciousness of being part of a universal expansion. The day I arrived at Varanasi it was the eve of the festival “Holi” which celebrates the blossom of the spring season. On the way to the banks of the river Ganges one penetrates into its huge, noisy avenues or just wanders in the shadowy alleys. Like always and once again in India: the glorification of colours, an avalanche of odours, and the dance of the eyes. To finally reach the river which as they say does not flow into the sea, but into heaven. The river as I remember in my observations, was a misty scenario from the fascinating amphitheatrical slopes of the “ghats” where anything can happen or has already happened? It was a full moon night on the eve of Holi. There were many people of all ages, those who were dancing around bonfires made of old unused items and from which arose a grotesque figure of a female demon that they called “Holika”. The fire of renovation of the yearly cycle along the river of reincarnation. The next morning I did not want to avoid the battle all over the city when all the men threw liquids of different colours on each other- red, green, yellow, blue, pink… no one, absolutely no one escapes, even the skinny dogs were victims to the explosion of colours. For a few hours, this ancestral tradition, offered eccentricity and transgression with water throwing and hugs, sprinkled with colours. Needless to say, that morning, I was the unavoidable target to be coloured like a map dotted with colours. Towards the evening, arrives the truce. All men are dressed in white with a red spot on their foreheads; the ladies flaunt their sarees which adds more beautiful colour. That was briefly my chronicle of my arrival in Benares, which in Hindi is named as Varanasi- a name derived from the names of the two rivers that delimit the city, Varuna in the North and the Assi in the South. On both sides of the winding Ganges there are two banks; to the west is the city of Varanasi totally surrendered to the river with her innumerable steps and the temples flooded with water. In front, towards the Eastern shore, the river is deserted and damned. River inside: the third bank of the Ganges, to which every Hindu wishes to travel to purify all their sins in one dip. If the pilgrimage is taken up towards the end of one’s life, breathing his last and being cremated in the holy Hindu city alongside the river bestows a better reincarnation in the continuous Karmic cycle. The third bank of the Ganges will receive his ashes. The broad, black, thick and tranquil sacred river where the floral wreaths float along with animals inflated and stiff and sometimes even the parts of the body of those corpses which belong to those who at the end of a miserable life have not been able to afford a few logs in the big scales in front of the huge pile of wood in the crematorium. Death in Benares has the price of fire. The Ganges is the reason of the existence of the city of Varanasi. Her reflection in the waters is in her eternal presence. Sitting on one of the steps of the “Ghats” to observe the ablutions and the prayers of the men and women dressed in saris that strengthen their colours when they submerge themselves in the water. Random coloured umbrellas with sunlight falling on them protect the priests and the massage experts… the movements of barges on the surface of the water. And here and there cow dung, red spit of “paan”, those betel leaves mixed with tobacco which stimulate the salivation of those blood-red teethed Indians who chew it constantly. A girl that sells wreaths and sleeps on a carton box full of flowers. The plate of a blind beggar with white eyes. Pilgrims who arrive in this


evergreen city, barbers, washer men who move around the tombstones and squeeze clothes which they later hang to dry on the steps…, crippled people, drifters and hippyzombies, a whole swarm of beings who gradually as night sets in become a constellation of candles as offerings to the downstream of the Ganges. Then a sentiment invades us, the same remembrance that the Romanian writer Mircea Eliade noted in his pages: “the city becomes silent for a moment thinking of the sun rise the following day, and then falls asleep. The mystery of the eastern night, which takes rebirth each night.” I return at dawn. Once again the movement starts on the banks of the Ganges, which for a few seconds takes an infernal red due to the rising sun in the horizon. And it is followed all day by the cawing of the crows moving around death and the penetrating odour of the burning flesh that floats from the serpentine columns of black smoke of the crematoriums. It was the poet Octavio Paz who rightly said that, regarding the misfortune of being a man there are two critical ideas that somehow encapsulate the difference between India and the West: India puts forward the concept of release, while Westerners opt for redemption. Going beyond the Western non conformity with regard to death, I approached the men and women around the dead body in their ceremony. Death in Varanasi has its prelude in the most ghostly and blackened buildings ever seen, that goes with the name of “Manikarnika”, and constitutes the principal crematorium of the city. Here old Hindus wait to die and be cremated. Their ashes thrown into the river get dissolved in the sacred water that leads to the other shore, where spirits reach once liberated from the cycle of reincarnations. In Varanasi the natural coexistence with death becomes a communion without fear. To recall now the last remark with which Pier Paolo Pasolini finishes his writing on his impressions of his journey to India, on a night in Varanasi alongside a funeral pyre, to which he approached with his fellow travellers Alberto Moravia and Elsa Morante. He says: “thus comforted by the warmth, we observe more closely the poor dead, burning without disturbing anyone. Never, anywhere and at any time, in any event we have experienced such a profound feeling of communion, peace and utmost joy in our entire stay in India”. Varanasi is the city of death. Its divinity is the God of destruction and death: Shiva. Without Him there would be no growth and no regeneration. His advocation as the Lord of dance (Shiva Nataraja) is one of an androgynous in whom all the polarities converge. He is represented with four arms, often surrounded by a halo of fire and dancing over the body of the demon of ignorance and desire. The Cosmic dancer, whose dance shook the cosmos, giving rise to the primal rhythm that sets in motion the particles of the universe and starts life. That day, although seduced by the vision of the flame I moved away from the stench of death arising from the crematoriums of Varanasi. I then thought that beauty is not just the opposite of ugliness. I also thought that India, again and again, deviates our eyes with her unusual contrasts and the scarred landscape, helping us to discover beyond the seducing light of the flame, the depths of our being: the ash. Beauty always hurts.

Frederic Amat


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