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... Cad谩ver vsCobarde Cr贸nica de una final de una copa de un rey

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Cadáver vs Cobarde

Y

eso que el campeón salió a morder. Y eso que mordió. Lo que le dio o debió darle para comprobar que el adversario estaba cadáver. Demasiado cadáver como para no paladeársele la muerte. Lo que a su vez dio para comprobar que el campeón estaba cobarde. Pues nada más catar aquel trozo, tras saborear la putrefacción de lo caduco, como si se asustara corrió despavorido hacia su madriguera, eso sí, con el trozo mordido entre las piernas, y eso sí, sacando de vez en cuando su cabeza para ver si podía arrancar otro trozo más con el mínimo esfuerzo posible, pues aparentemente con el máximo trataba de defender sin apenas tiempo para disfrutar, mucho menos para enarbolar, el trozo ganado de la presencia fantasmal de aquel pusilánime cadáver, quien a pesar de lo cual casi consigue arrastrar hacia la muerte la gloria de una victoria que se quedó resguardada feliz de sí misma al cobijo de la sombra de la lápida de aquella tumba. Al cadáver aquella pérdida parecía darle igual. Era cadáver con más y sin más. Hasta él mismo parecía olérse la muerte. Y no obstante la victoria no caía demasiado lejos de su tumba. También hay que ser justos con el nuevo campeón y no subestimar la imponencia de los fantasmas, esos que desvelan frustraciones, miedos y anhelos abrumadores, inabarcables. Otra


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Aunque no debiera ser óbice por mucho fantasma que se viera tratándose del imperio del que se trata, por las historias de tronío que aguantan y empujan su espalda y clavan su barbilla en la nuca o en la coronilla o en la frente de los demás, no debe ser motivo de una clemencia que impida constatar la escasa gallardía de la lucha que desempeñó, y así la vulgaridad de su victoria, y lo que fue más dramático, la leyenda que se frustró, y lo que fue más trágico, la felicidad que causó, dicha de alegría agnóstica, incluso impía. ¡¡¡Herejía!!! o estafa ancestral. Pero los imperios son tal y como son sus capitanes generales, tal y como es su guardia pretoriana, esa que aviva y apacigua a sus masas consortes según convenga, según se dejen, y así resulta que las finales solo están para ganarlas, como dicen los expertos resabios a sus expectantes fieles, especialistas al parecer de esas mismas líderes, quienes cobran como analistas y ejercen como estadistas, como contables, como notarios de la propiedad, como alguaciles feudales, como taquígrafos, como registradores de records guinness, como selladores de entrada y salida, como el tipo que llega a la escena de un crimen pinta la silueta del muerto y se va, como el tipo que dice "aquí hay ceniza, alguien ha fumado" y se va, como el que llega corriendo a la cama de un enfermo le mide el pulso anuncia su muerte y se va, como el tipo Y otra


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que en intensa lluvia saca la manos por la ventana dice “está lluviendo” la esconde y se va, como el delegado de clase que pasa lista y se sienta se calla y se pone a escuchar, como funcionarios de la constatación de lo evidente, de lo superficial, de lo banal, y por tanto siempre más de la muerte que de la vida, más de lo que se palpa que de lo que palpita, funcionarios funerarios son, levantando acta de la defunción o del nacimiento, orgulloso de su actividad de registro contable, del uno más o del uno menos, del prueba superada o a los leones, del tú dentro tú fuera, incapaz de constatar la emoción del mero acto creativo. Si no hay niño no hay satisfacción. Pero las finales están para la Historia, Historia de hache tan mayúscula como muda por respetuoso asombro. Final olvidada o despreciada, niño perdido, muerto o robado o mal encaminado por alguna clase de mafia clandestina que pretende hacer negocio de una incapacidad creativa. La historia está para soñar futuro a través de la locura de su ingenio, de su exageración de bondades, de su exaltación de virtudes, no a través del coraje del miedo, de la administración del talento, del reclutamiento del carácter. La historia está para repetirla a través del delirio por lo inaudito, por ello el pasado es signo de condenación o bendición. Pura inspiración.

Y otra más


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Cierto es que todo hubiera cambiado si el mejor hombre del nuevo entronizado hubiera participado del juego, la cosa habría tomado tintes honorables pues ese, a pesar de la vulgaridad que le rodea en su imperio de alguaciles, de señoritos siervos del rey del feudo, incapaces de ir más allá de la recaudación del resultado, ese, ese no hubiera tenido miedo a pesar de los pesares medievos que azotan a su imperio, ese, cuando huele la debilidad certifica la muerte a golpes de contundencia, de rayos y truenos, ese, retuerce el miedo. El muerto hubiera quedado despedazado, irreconocible, tanto como merecía, tanto como el honor que le retrataba, tanto como el deshonor en el que incurrió al otorgarse a sí mismo un honor por encima de todas las cosas. Y espejito, espejito mágico, como son esas cosas, aún en la derrota, aún en la muerte, aún parecía el más guapo. Y como serán esas cosas a las que se quiere atropellar para convencer, cuando el convencimiento siempre vino del enamoramiento. Para lo que habrá que tener alguna clase de talento. Será por lo difícil que son esas cosas de enamorar, ya que ni la cobardía, ni la indolencia, ni el absurdo atropello del porque sí, lo logran conseguir. Como la vida misma. Por encima de todas las cosas uno quiso ser el más guapo, por encima de todas esas cosas Y una más


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por las que surgió el campeón, por encima de todas esas cosas por las que finalmente apareció como nubarrón la sombra de un cadáver muerto de sí mismo y un bufón sin gracia como sol sin fuerza en explosión rácana e irónica pues lucía con todo lujos de detalles y desangelaba todo tipo de rincones. Pero su gente salió a la calle y disfrutó de esa luz de invierno como si fuera más que nunca, como si llevaran largo tiempo secuestrados. Y lo que fue peor. Por encima de todas esas cosas se celebró con fulgor intelectual algo tan descabellado en estos tiempos como un matrimonio concertado. Por alguna parte quedó abandonada la pareja perfecta de aquella victoria despreciada en sus plegarias de amor soñado. El triunfo rotundo. La derrota sin paliativos. Sin prisionero alguno. Y larga vida al rey nuevo. Hubiera sido noblemente digno. Lo típico. Que el héroe de siempre hubiera llevado a su gente de siempre a la leyenda de siempre. Pero los sueños de siempre se han convertido en delirios de borrachos, en alucinaciones de personajes literarios, en ansias de hombres y mujeres que viven más allá del exceso, de seres de imaginación joven y fresca sensibles a las libertades de la naturaleza. Pero se vive en época crítica, a pesar de que el maná no hizo tanto que llovió con abundancia y belleza Y otra más


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descubriendo este cementerio como fértil, exuberante tierra, un amazonas en los pies que crece incontrolado por las chepas. Hubiera sido bonito dejar de reconocer a un campeón a base de golpes y comenzar a reconocer a otro a base de golpes. Todos directos a la admiración que se ve obligada a torcer el gesto. Así deberían cambiar los ciclos. A rey muerto rey puesto. Pero el nuevo rey celebra orgulloso su condición tras salir encogido de la lápida del adversario, de la tumba que ni siquiera él cavó, devenida podio, trono y altar tras la victoria, tras los aplausos y vítores de su público y de su corte de consortes contables como justo vencedor. No necesitaba más. Las leyendas de dominación pasan a ser ya actos heroicos de supervivencia. Y hasta la próxima guerra, para lo que habrá que esconderse solo un poco mejor. El viejo rey cayó al final de maduro tras un espectáculo lamentable, vergonzoso, penoso sobre todo para los que han visto imponer su dictado noble pero rotundo, su impronta totalitaria pero ilustrada por el mundo. Arrastró así alrededor de la fortaleza devenida madriguera del nuevo campeón una corona de plastilina portándola como aureola divina con insolente indolencia, con abulia vomitiva, con risueño exasperante, como famélico león quien aún se cree rey de una selva que ya le ha perY otra más


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dido el respeto y le ríe la torpeza. Aunque no toda la selva. Aún había a quien le temblaban las piernas a su paso leproso, ante el vagar moribundo de quien ni la piedad se podía hacer cargo pues se pavoneaba con un orgullo primitivo, con un empecinamiento de presuntuoso ilustrado, con un altivo desprecio a sus propios aficionados y a los desafortundados carentes de su genio a través del desdén autoindulgente a las propias capacidades de sus habilidades, la ruindad de la autosuficiencia representada como esfuerzo preciso, exquisito, y quien ante las dudas no dejaba pasar una para rememorar raudo sus viejas glorias de finales para la Historia, golpe bajo al retrotraer a la memoria un fallecido muy querido a quien se vertió multitud de promesas y con quien se vivió espléndidas vivencias, contundente recuerdo que aún sacude los nervios, inflama los músculos del corazón y congela los huesos de la misma manera que infla los fantasmas de los rácanos, como escuálidos vientos abismales enarbolan hacia el espanto la imaginación del pequeño que todo lo teme porque todo lo quiere tener bajo unas pocas sábanas. Pero el corazón del rey famélico no desprendía músculo. Y el pequeño se sintió ancho en torno a su almohada. Y todo quedó en meras fructíferas carreras de supervivencia de la cama a la cocina de la cocina a la cama. Eso fue lo peor. El aplauso y los víY otra más


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tores al pícaro ladrón. También lo habían sido antes los aplausos y los vítores a quien no quería morir ni tampoco vivir, sino nada más que pacer en paz dejando el mundo tal cual está. Ni amor propio para sobrevivir podía dar. Solo ánimo para sostenerse y quedarse así, como pararrayos de época preindustrial, como espántapajaros tras una plaga estival, expuesto con obsolescencia anímica a las voluntades de las clemencias del tiempo, demasiado confiado en las pautas que marcó la leyenda de su pasado. Pero ahora se barrunta tormenta. De esas que hacen correr no solo a cobardes. Él al menos hace acto de presencia, presuntuosa indolente presencia. Pero el problema aparece cuando la emoción se deja seducir por las miserias, por la picaresca de las escaramuzas, todo un arte valorable en pequeñas milicias a las que su clandestinidad no le permite otras generosidades, pero vergonzosa estrategia en espléndidos imperios que no dejan un instante de reflejar con su orgullo la valiente historia de su estirpe. Entre caballeros de siempre imperó el cara a cara. Es de truhanes atacar por la espalda. ¿De qué estirpe se orgullecerán ahora? De la que teme a un cadáver. La misma que repudiaba su pasado más ilustrado. La que prefiere campear hoy sea como sea que mañana será como será pero será más plácido Y más


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por la hinchazón en el orgullo victorioso, henchido como una almohada de plumas, reconfortado en su recompensa de vivo o muerto, y todo conseguido lentamente, poco a poco, débilmente, con el lastimoso paso del condenado a muerte hacia el sueño de su úlltima cena, que puede no ser otra cosa que un campeón cobarde hacia su último triunfo. Sea como sea así es como se celebró, como en última cena. Hay quien dice que la historia es de quien se queda a recordarla. Y ahí están toda la consorte de alguaciles del nuevo rey cantando sin parar alabanzas heroicas a sus hazañas. El problema sobreviene cuando quienes se pasan por historia, quienes se recuerdan en estima, no resultan ser tan ejemplares, más bien elementos de poco peso y sustancia que más que nada recuerdan carencias de tiempos bélicos, de épocas de penurias, donde solo sepodía tirar de trabajo de campo arando como quíen cava trincheras, y así siempre se acaba teniendo hambre, un hambre canibal, anhelante de éxito inmediato y por ello a toda costa, sea como sea, pero que quede registrado, sellado y almacenado para su disfrute tangible, para su exposición en sala de trofeo, en salón museo de decapitaciones, premio al buen refugio y al mejor tino. Mientras lo determine un número de registro, una fecha de fiesta en el calendario que olvide durante un tiempo la Y una más


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precariedad ambiental, no habrá problemas. Ese es el problema. Que la mediocridad no da problemas. Así la emoción acaba cadáver haciéndose esclava de la necesidad. Y el cobarde triunfa pues solo necesita emocionarse sea como sea, ya ante una obra de arte, ya en un parque de atracciones, pero mucho mejor cuanto antes y con el menor esfuerzo posible, pues la debilidad es palpable, pues el tiempo es indispensable, pues las arcas si no se llenan se vacian.Y así se forzó, se forjó esta victoria, violando a la sensibilidad a golpes de necesidad con carácter de supervivencia. Tarde o temprano se repetían, de tarde o temprano era cuestión, todo no más del tiempo de la necesidad dependia. Todo un espectáculo impúdico de los bocados rabiosos en defensa de su comida de un animal hambriento a quien apenas hacen cosquillas, como si solo lo quisieran irritar. Defendiendo con el talento de quien quedó sin más que con su sueño de ganar. Ni con una virtud de querer siquiera. Pues con el querer hubiera ido a por él. Y a pesar de no tener oposición. Porque el cadáver tenía una pinta horrorosa con su mejor hombre desganado, maleducadamente vago, irrespetuosamente indolente, como mercenario a quién no hubiesen pagado, con su retaguardia maltrecha por una penitencia autoimpuesta o por una ignorancia administrativa víctima de un amor enajenado hacia su La penúltima


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propia rama genealógica, elevada a los peligrosos altares de una raza selectiva, empezaron así a creerse portadores del gen del éxito, parte de una especie de cantera de Dioses del Olimpo, con un medio de campo arrogante que se creyó dueño del ritmo y de la velocidad del tiempo, y así de las nubes, del sol, del cielo, del viento, de la luna y de las estrellas y del hoy y del mañana, cayendo en un viciado ambiente onanista, en una orgía narcótica, saturada de pasividad y complacencia, sufriendo así la maldición de Narciso, ahogándose en su propio reflejo, recuerdo de sus victorias históricas. Y ahí se quedaron. Todo ahora está a la espera de si los cobardes, tantos los que rigen como los que aplauden, se atreven a salir y a reclamar y a demostrar de que pasta está hecha su historia, irremediable tapa de su tumba, y por consiguiente futuro de esta tierra binaria. Al fin y al cabo nunca hubo cadáver que reinará demasiado por mucho cobarde que andara suelto. Aunque por ahí ya se intuye la coronilla de otro que sin moverse mucho quiere probar bocado del manjar del tiempo. Al fin y al cabo los cementerios los esconden a todos. Y la historia solo recuerda a unos cuantos y enamora a unos pocos. Y el futuro, por naturaleza, no deja de generarse a través de actos creativos, por ello se conquista no se defiende. Y el progreso es lo que se gana o se pierde. Y el por fin


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Cad谩ver

Cr贸nica de una final

Ediciones

De regalo

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s

Cobarde

de una copa de un rey

Autor Barranquero Maya

dosmilcuarentaysiete@yahoo.es

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Cadáver vs cobarde. Crónica de una final de una copa de un rey