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La solución de Roca

La primera parte de esta historia sucedió hace ya demasiados años; su final solo me fue revelado esta mañana, cuando ya había logrado olvidarme de todo el asunto de Roca. Yo tenía veintiocho años y daba un taller literario en el Café X, en Rodríguez Peña y Tucumán. El café ya no existe. Ese día, había sugerido algunas maneras de pensar en alternativas inesperadas para el final de un cuento. Después del taller, cuando ya todos se habían ido, ví que Roca se estaba demorando. Me miraba con sus carpetas bajo el brazo, la campera puesta pero lleno de expectativa, con ganas de hacerme quedar. Me pareció curioso, porque Roca era en general huidizo, y no expresaba muchas emociones: era frío como una piedra. Pero ese día se le notaba en la cara que tenía algo para preguntarme o para contarme, seguramente una trama que se le había ocurrido. Estaba equivocado. Yo no tenía ninguna otra obligación ese día, así que nos pedimos un café, nos sentamos en una mesa para dos en un rincón y Roca se volvió a sacar la campera. Con la ida del resto de los alumnos, el café parecía vacío, reservado solo para nosotros. –Me quedé pensando en lo que dijo. Me reí. –Yo digo demasiadas cosas. Roca no se rió. –Todo eso de los finales–. Me miraba como si todo el asunto estuviera cargado de una enorme importancia. Roca tenía al menos veinte años más que yo; me puse un poco serio, asentí con la cabeza. El mozo trajo los cafés y Roca se cuidó de no empezar hasta que el mozo se hubiera perdido de nuevo.


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–Todo eso de los finales– retomó– es como algo que me pasó a mí. Que me pasa. Esto nunca se lo conté a nadie. Ni siquiera a mi mujer. Pero usted es escritor, le va a gustar pensar en este problema. Y no tiene por qué creerme. Roca, el hombre frío, abrió su corazón en ese momento, cuando me llevaba el café a la boca. –Yo fui un hombre invisible– me confesó. Me quedé duro. Bajé la taza despacio. Me pareció una manera extraña de formularlo. Pregunté con cuidado. –Un. Hombre. ¿Invisible? ¿Como en la novela? –Exacto. Debería haberme ido del café cuando todavía tenía tiempo. No sabía qué responderle. Intenté ir con cuidado. –¿Y cómo lo hicieron invisible? –Fue de golpe. No es que alguien me haya hecho invisible, como usted dice; en todo caso, no sé quién pueda haber sido. Un día como cualquier otro, desperté y era invisible. –Despertarse es un asunto peligroso, ¿no? Fíjese en Gregor Samsa. –Le estoy hablando en serio. Me desperté y era invisible. –Muy bien. ¿Y entonces? –¿Cómo “y entonces”? Era invisible, ¿no le alcanza con eso? –¿Cómo es que nadie pueda verlo? ¿Qué se siente? –Era fantástico. Lo primero que se me ocurrió fue jugar a ser un fantasma. Estuve así casi un mes, en un hotel de Capital, dando vuelta todas las cosas, asustando a todo el mundo. Cama y comida gratis, piscina, sauna... el hotel era de lujo. Una buena vida. Después de un mes, estaban desesperados. Trajeron a un curandero, vino a bendecir cada rincón. Me dí cuenta de que si yo armaba un buen escándalo en el momento preciso, en medio de la instensa sceremonia, y desaparecía cuando el curandero trabajaba con mayor esfuerzo, todo el mundo iba a creer que en efecto había habido un fantasma. Así que me fui de ahí, nunca volví. Todavía la gente trabaja asustada ahí. Me asocié con un mago, que de hecho había sido pasajero del hotel. Viajábamos por todo el mundo con nuestro acto. El dinero llovía. Las asociaciones de magos no podían entender cómo volaban esos objetos por el aire, cómo levitaban de los bolsillos de los espectadores. Al terminar el


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acto, el sencillo acto de ponerle el sobretodo al mago dejaba al público boquiabierto. Hasta llegaron a decir que él no era mago, porque los magos hacen trucos y esto era otra cosa. Duró un buen tiempo, hasta que mi socio hizo su último truco: en una visita a Bangkok, desapareció con todo nuestro dinero. Nunca más lo encontré. No me resultó difícil meterme en un avión, volver a Buenos Aires. Podría haber ido a cualquier otra parte, pero ya iba siendo hora de volver a casa a ver cómo seguía todo esto, qué iba a hacer con esta extraña vida invisible que me había tocado. Ya estaba extrañando la ciudad. Y se me ocurrió que sería buena idea ponerme a escuchar lo que decían sobre mí en el trabajo, mientras creían que yo no estaba. Se la hago corta. Nadie se acordaba mucho de mí. Algunos hasta ni de mi nombre se acordaban. “¿Cómo se llamaba este? El del pelo así, ¿vos te acordás de ese tipo?” decían, por ejemplo. Es difícil explicar por qué me deprimió tanto. En algún momento, entendí que había algo peor que ser invisible: de a poco, estaba desapareciendo. Las cosas de mi lugar de trabajo habían sido removidas, ya nadie se acordaba de mí, mi departamento había sido alquilado a alguien más, mis muebles rematados. Sí. De alguna manera, estaba desapareciendo. Si iba a ser invisible, y no tenía opción de dejar de serlo, debía serlo de otra manera. Durante muchos meses, concentré mis esfuerzos en entender mejor mi invisibilidad. Cómo funcionaba, qué alcances tenía. Y un día, encontré la solución. Al fin, esa mañana, me desperté como Roca. Así, como me ve. Enterito. Eso fue lo que me contó, ni una palabra más, hace casi quince años. No recuerdo si siguió mucho tiempo más o no en el taller, pero sí que mi trato hacia él cambió, se hizo más frío y distante. No me quería mezclar en cosas de locos. Hasta hoy no había vuelto a pensar en él. Pero su nombre en la sección policiales trajo todo de vuelta. Había un artículo entero dedicado a la violenta muerte de Roca. Murió asesinado, por razones inciertas. (En seguida pensé en aquel mago). Pero el artículo hablaba enteramente de otro asunto. Hubo una autopsia para determinar las razones de su muerte, y de entrada algo no funcionaba: el cadáver no sangraba. Apenas abrieron a Roca, creyeron encontrarla: a Roca le habían vaciado todo el interior: los órganos, 116


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los huesos, los músculos, todo. Cómo habían removido esas partes era un misterio: no había tajos, ni siquiera cicatrices antiguas. Pero el lugar de esos órganos parecía completamente vacío. Hasta que un médico metió la mano, y se topó con algo. Sintió un tejido al tacto pero lo único que veía era el vacío dentro de Roca. Todo su interior era así. Funcionaba para todos los sentidos menos para la vista. Tal vez, en este momento, yo sea la única persona en el planeta que entiende la solución de Roca. De alguna manera, eso también es una suerte de invisibilidad.

(2006).

La solución de Roca  

Tomado de Los mecanismos cotidianos (2004), por Francisco Cascallares

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