Issuu on Google+

Conejo.

Teníamos un conejo sin nombre. Le decíamos el conejo. Era marrón con manchas muy oscuras. Aquellas manchas siempre me hacían pensar en nudos de madera. Imaginaba que por dentro el conejo era una talla. Quiero decir, por debajo del pelaje y de la piel, cada vez que lo rasuraba y lo despellejaba en mi mente, surgía una estatua de madera de un conejo que perdía toda su movilidad en cuanto los músculos entraban en contacto con el aire. Se ponían como de mármol o de madera brillosa. En realidad el conejo era blando al tacto y se dejaba llevar en la mano y al levantarlo el pelaje y la piel parecían una bolsa que contenían al conejo propiamente dicho. Podía recorrerle los huesitos con las manos si quería, y serían fáciles de quebrar, como los de un pollo. La jaula se llenaba de pelotitas de bosta y siempre olía como una granja y habría debido limpiarla y cambiarle los diarios casi todos los días. Una noche un gato cruzó a nuestro jardín. El gato no le pertenecía a nadie y siempre tenía hambre. Ya lo había visto muchas veces. Mi padre me había explicado que se trataba de un gato salvaje, y yo había pensado mucho acerca de ese gato y de la vida salvaje en general, que no era de nadie salvo de sí misma. Durante la noche, completamente desvelado, escuché por un buen tiempo los golpes metálicos sobre la jaula de alambre. Cada ráfaga de golpes me frenaba la respiración. Me dediqué a estudiar un recorte de luz lunar en la pared blanca, algo brillante y ajeno a la noche, por un tiempo muy largo, hasta que todo se calló de nuevo. El silencio no regresó nunca; lo que sobrevino afuera pertenecía a otro orden. Una noche enmudecida. No me animé a salir ni creí que pudiera volver a dormirme.


68 Los mecanismos cotidianos

Durante el desayuno, mis padres querían saber por qué la jaula había quedado afuera, en el medio del jardín. Tampoco ellos habían pegado un ojo en toda la noche, por los ruidos. Finalmente me ordenaron traer la jaula adentro. En cuanto pisé el pasto me encontré frente a una escena incomprensible. La jaula estaba dada vuelta y la lámina de chapa del fondo, que siempre va suelta, estaba apoyada sobre el lomo del conejo. El gato casi había llegado a la ligustrina antes de convertirse en un cadáver. Los barrotes de alambre estaban manchados de una sustancia amarronada o parda. Había pelos por todas partes. Fui primero hasta el gato y lo moví con un palo. Estaba duro, pegado al suelo frío y mojado, como si se aferrara al mundo con sus garras. Sentí algo vivo en los intestinos y me alejé. La chapa de la jaula invertida, en cambio, subía y bajaba. Cuando levanté la chapa con la vara (no quise meter la mano ahí adentro) el conejo levantó la cabeza de golpe, mirándome con ojos inyectados y desorbitados, y mordió. Al conejo le faltaba una oreja y parte del hocico y de una pata trasera y sin embargo nunca se nos ocurrió otro nombre para él.

(2004).

68


Conejo