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En una casa pequeña la puerta siempre está más cerca

Me encanta estar solo. Aunque también me gusta estar acompañado. Arriba y abajo alternativamente, abajo si me dejan elegir. Algunos me llaman huraño, otros soberbio. Yo me considero un incomprendido. Una alteración genética me hace ver el mundo en stop motion, como las películas con maquetas de Ray Harryhausen. Desfasado. No es que nadie esté a mi altura, es que nadie va a mi velocidad. Es por eso que a veces me invitan a fiestas y sin querer acepto. Es lo que tiene que tu interlocutor te parezca caricaturesco, te descojonas y le das la razón como a los locos. Comprometido por culpa de mi ineptitud entro a desgana en la habitación. La música me acompaña a la vez que veo a la gente moviéndose a 50 fotogramas por segundo. Me saludan, les saludo, pero lo único que me importa es ese ponche junto al bar mugriento: aguardiente, azúcar, limón, té, agua y ácido desoxirribonucleico. Súmalos y verás como las matemáticas nunca fueron tan apasionantes. Regateando tipos candidatos a hacer de Pingüino en la tercera película de Batman trato de llegar a la ponchera. Esto no quiere decir que yo necesite beber, es el resto del universo el que necesita una copa de más. Mientras me relamo con el aterciopelado sabor del desoxirribonucleico una chica con los dedos púrpura se acerca a mí. Pelo rizado y un vestido azul, se come la anchoa y aparta la aceituna. Me pregunta si considero correcto usar dos veces la palabra gato en el mismo título aunque se refiera a cosas distintas. Ella sola lo debate y se responde. Yo no dejo de pensar en lo mucho que se parece a Cyndi Lauper. Eso me recordó a cuando fui una estrella pop de los años 80. De hecho por mí se acuñó el término de “estrella pop de los años 80”. Incluso una canción mía salió en la banda sonora de Miami Vice. Gloria efímera con la que pasé de moda junto a los sintetizadores y los peinados cardados. Mientras trato de recordar la portada de mi segundo Lp la chica que se parece a Cyndi Lauper me coge de la mano y me invita a ir a su casa. No me parece demasiado atractiva pero en el coche siempre llevo una vieja botella de ron junto a un rastrillo de seis dientes. Pero esto no es lo que creo y el día se viene abajo. En su casa, en su cama y no estoy desnudo sobre la cama, solo pienso en que ojalá tuviera un buen granizado de diazepam. Es la primera vez que una chica me invita a su casa para escuchar El larguero.


En un casa pequeña la puerta siempre está más cerca