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EL HADA DE LOS TRES DESEOS CAPÍTULO 1 Desde el principio de los tiempos, en la ciudad de John siempre se había creído en los seres mitológicos y mágicos. Se oía hablar de un gran hada de polvos dorados que iba en busca de gente menos favorecida por el dinero y les concedía tres honorables deseos y hacía de sus vidas algo mejor. Era la llamada El hada de los tres deseos. Nunca se había dudado de su existencia ni de la gente que la veía. Pero no todos eran de mismo pensamiento. John, no creía que todo eso fuera verdad, no creía en las hadas ni en los seres mitológicos ni en los tres deseos ni en una vida mejor y sobre todo no creía en la felicidad. Su familia era una de las menos ricas del pueblo, por no decir que eran pobres, y el era el primero de cuatro hermanos, a los que tenía que cuidar hora si y otra también y a los que le tenía que dar de comer puesto que él era el hombre de la casa, su padre había muerto de un trágico accidente hacía dos meses y él se había tenido que poner a trabajar enseguida. No estaba pasando por una racha que se dijera buena y para colmo su casa se caía a pedazos. En el techo se acumulaba la nieve del invierno y había que quitarla o si no el techo se caía; las paredes, de madera por donde se filtraba el frío y no dejaba dormir; la escalera ya no se podía usar, los peldaños se caían uno tras otros y en el suelo se habrían boquetes por donde entraba todo tipo de insectos y hasta a veces ratas que se refugiaban en el subsuelo contra el frío invernal. Era lo que se decía una casa en ruinas. El problema del dinero también afectaba a su forma de ser. No era amable con nadie, ni siquiera con él mismo y después de la muerte de su padre, nadie en casa había sido el de siempre.


CAPÍTULO 2 El frío invernal helaba cada rincón de la ciudad, la bonita ciudad de Las cumbres altas. En las calles sólo se oía el murmullo de la lluvia al caer. Era un día gris y feo y hacía mucho frío. Pronto empezaría a nevar y todos se quedaban en sus casas calentitos en un día tan frío como aquel. Todos excepto John, que tenía que levantarse a las siete para ir a trabajar. ____________ Ese día el reloj tocó cinco minutos antes de lo normal. John se levantó perezoso y se vistió al momento, temiendo de que si esperaba más podría helarse de frío. No se pondría el típico abrigo de lana que le había hecho su abuela por su décimo cumpleaños, en el cual solo había recibido el abrigo y dos o tres galletitas de chocolate, si no unos cuantos de jerseys, un pantalón de pana y un chubasquero y en los pies no llevaría los típicos zapatos de siempre si no unos que le resguardaran del frío y el agua. Esa mañana no estaba para jugarse un resfriado y faltar al trabajo, cosa que sería horrible, sólo por su situación en casa. Bajó por las escaleras extensibles que había hecho su padre antes de morir sustituyendo a las viejas y se encaminó hacia la cocina. Se preparó un poco de pan con aceite, cogió un poco de la leche que había sobrado del día anterior y se dispuso a marcharse a trabajar cuando recordó que tenía dinero ahorrado y que lo cogería para pararse en la tiendita que había al lado del trabajo y le compraría algunas galletas a sus hermanitas y a su madre. Ya bien dispuesto a salir, se encaminó por la estrecha calle hacia el trabajo. Para llegar allí tenía que caminar muchísimo. Cuando llegó sólo había dos o tres personas esperando a entrar a su hora, todavía el dueño no había llegado. Trabajaba como albañil y no era precisamente el día para trabajar a gusto. Pasaron


unos diez minutos aproximadamente antes de entrar a trabajar. Dejó su chubasquero todo empapado en el perchero de la entrada y se dispuso a caminar hasta la parte trasera donde se construía una hermosa casa de tres pisos. Cuando llegó allí estaban todos reunidos. -Eh, John, amigo, acércate – dijo el dueño de la obra- mirad, el tiempo no nos marca una buena tregua y por lo que dicen los meteorólogos no dejará de llover en todo el invierno. De este modo y sintiéndolo mucho las obras se paralizaran hasta nuevo aviso. Lo siento. John estaba aturdido, no podía ser cierto. Horripilantes y frías ideas pasaban por su cabeza a velocidades jamás imaginadas. ¿Qué haría ahora? ¿cómo iba a sacar a su familia adelante? Todo se le venía abajo como una montaña al desprenderse. Y no solo eso. Sería todo un invierno sin dinero, un invierno más frío que nunca. __________ De camino a casa, se acordó de las galletas que les iba a comprar a su familia, pero ahora que no iba a cobrar, decidió que no las compraría y guardaría ese poco dinero que le quedaba para algo que se necesitara más. Al pasar por la puerta de la tienda, el olor a galletas recién hechas inundó su cerebro. En ese momento pensó que era una tontería quedarse hay parado nada más que para oler una galletas que nunca llegarían a su boca y que tarde o temprano alguien con más dinero que él se las llevaría e iría dejando su exquisito olor por las calles de la ciudad. Ahora no tenía sólo el problema de no tener dinero, sino que le tendría que decir a su madre lo sucedido y no iba a ser cosa fácil.


CAPÍTULO 3 De camino a casa, la lluvia caía intensamente sobre el suelo. Cuando llegó a casa su madre ya se había levantado y sus hermanas estaban desayunando del poco pan sobrado del día anterior. -Mamá, tengo que decirte algo. -Dime, hijo, dime. John miró a su madre con el rostro triste y llorando como una magdalena. -Hoy, al llegar al trabajo, el jefe me dijo que me acercase y me dio la terrible noticia de que la obra se paralizará hasta que deje de llover. Lo siento. Su madre al escuchar la noticia se sentó en el sofá con la cara desencajada y pálida como la nieve. -Mamá, no te preocupes, buscaré otro trabajo y os sacaré adelante sea como sea. -No te preocupes, hijo. Yo…yo buscaré algo y… no sé, nos la aviaremos como podamos. Y ahora anda y ve a tu habitación y duerme, te veo cansado –dijo su madre temblando-. John dejó con manos temblorosas el dinero de sus escasos ahorros en la mesita de la vela que iluminaba la sala. Miró a su madre un instante y ella le dedicó una forzada sonrisa. John sabía que aunque su madre no quisiera preocuparle, estaba tan mal que estaba deseando romper a llorar. Pero sabía que su madre era fuerte y que entre ella y él podrían salir adelante. Pasó el día muy lento, sentado en su cama sin poder pegar ojo. Esa noche tampoco pudo dormir y no era el


único. De vez en cuando escuchaba a su madre llorar desde su habitación. Por más que intentara conciliar el sueño, era imposible. Mirando por la ventana de su habitación sólo veía la lluvia caer, la que ya mismo se convertiría en nieve cuando hiciera dos o tres grados menos. De repente, una luz proveniente del cielo se fue acercando a su ventana. John no daba crédito a lo que estaban viendo sus ojos. Intentó visionar mejor hasta que consiguió ver una bella silueta dibujada en polvos dorados. Ésta era una bella hada que sonreía de forma acogedora. John no podía creerlo. ¿Sería ella de verdad? ¿Sería el hada de los tres deseos, en la que nunca había creído?


CAPÍTULO 4 Cuándo ya estaba tan cerca que hasta se le podían distinguir los rasgos más ocultos de su bonita cara, John confirmó sus sospechas. Sí, era ella, era El Hada de los tres deseos, esa famosa hada en la que todo el mundo creía e incluso ahora él también. Se pellizcó el brazo, por si era un sueño, pero no, el pellizco le dolió muchísimo, de modo que no lo era. Intentó hablarle, pero sus palabras no salían de su boca. Fue entonces ella quien habló. -No te asustes, yo vengo del país del Sol. Veo que estas en condiciones económicas un poco difíciles y quería ayudarte. ¿Me lo concedes? John asintió de forma acelerada. -Vale, no te preocupes, te ayudaré muy encantada. Pero antes voy a explicarte como e llegado hasta aquí y quien soy exactamente. John relajó los músculos e invitó al hada a sentarse. Ella con mucho gusto lo hizo. De cerca era una mujer muy guapa, aparentemente de unos treinta años. Vestía un precioso vestido dorado con flores bordadas y unas bonitas bambas. -Mira, en mi mundo, el país del Sol, existen unos seres llamados hados o hadas de los tres deseos. Allí solo existimos diez. Yo soy la única que puede comunicarse con los humanos, siendo de este modo la única que puede ayudarte. Mi pueblo esta a muchísimos años luz de aquí, muchísimos, tanto que ni siquiera vuestras avanzadas tecnologías llegarían a divisarlo jamás. Si confías en mí, yo te ayudaré y te concederé los tres deseos que tú quieras, sin nada que pedir a cambio, solo que


pienses bien lo que vas a pedir y que una vez los tengas cumplidos los aproveches bien. John se quedó maravillado. Ni una vez en su vida había escuchado una historia tan fantástica. -Valla, que historia tan bonita. Yo quería pedir perdón por no haber creído en ti todo este tiempo, ahora se que en lo más profundo de mi corazón está el consuelo de que si existes y nunca me arrepentiré de mi decisión. -No te preocupes. Ahora solo piensa bien los tres deseos que quieres pedir. John se quedó pensativo. El primero sin duda sería una casa buena donde vivir, lo segundo, un trabajo para toda la vida donde lo ganara bien, pero el tercer deseo no lo tenía tan claro. Si su padre pudiera volver, sería magnífico, pero sabía que ese deseo no se cumpliría. De este modo, tomó fuerzas para pensar, y tras darle vueltas y más vueltas a la cabeza, decidió que su tercer deseo sería que su padre cuidara de ellos siempre. Una vez bien pensado, se decidió a hablar. -Ya tengo los tres deseos, hada, ya los tengo. -Bien, ve diciéndomelos. John tomó aire. -El primer deseo es que mi familia y yo tengamos una buena casa donde vivir, no como ésta que se nos cae a pedazos. Lo segundo, desearía tener un buen trabajo para el resto de mi vida donde cobre un buen sueldo. Y lo tercero, y no por ello menos importante, que mi padre cuide de nosotros. Solo eso deseo, si por favor me lo cumplieras, sería la persona más feliz de la Tierra.


El hada lo miró con una sonrisa en la cara y a continuación empezó a hablar. -Buena decisión amigo, sabía que podía confiar en ti. Y te voy a decir por que. Algunas de las personas a las que le concedo deseos, piden ser ricas y cosas que no le van a durar toda la vida. Tu, sin embargo, has decidido el buen camino y has elegido lo mejor para ti y tu familia. En vez de pedir una mansión, has pedido una simple casa donde vivir; en vez de pedir ser rico, has pedido un buen trabajo que te dure siempre; y por último, y este es el deseo que más me a gustado, en vez de pedir un capricho, has pedido que vuestro padre os cuide. Eso es a lo que yo llamo una persona solidaria, una persona buena y cariñosa que quiere como a un loco a su familia. Por eso esos tres deseos se harán realidad esta noche, por lo cual mañana por la mañana tendrás una nueva vida. -Hada, una pregunta, ¿debo mantener esto en secreto? El hada lo miró cariñosa y dijo: -No, amigo, no. Esto se lo puedes contar a todo el mundo, para que otras personas sepan lo feliz que eres ahora y disfrutes de esta experiencia en compañía. Y ahora, llegó el momento de la despedida, y me despido deseándote lo mejor. John se echó a llorar y abrazó al hada. Ella le devolvió el abrazo y supo por el modo de abrazarla que esas eran sus más íntimas gracias. Y, de este modo, y tan ligera como había venido, el hada se fue surcando el cielo de camino al país del Sol. John fue corriendo a contarle a su madre la experiencia, pero pensándoselo mejor no lo haría, sino que esperaría que llegara la mañana siguiente y se daría la sorpresa, y entonces le contaría toda la verdad.


CAPÍTULO 5 A la mañana siguiente cuando despertó su casa ya no era aquel desastre en el que había vivido toda su vida, sino que era una casa bonita, con paredes bien pintadas, techos bien hechos, suelos lisos y sin agujero. Aquello era sin duda una casa hecha y derecha. Su madre abrió la puerta de la habitación y bajó como todos los días a desayunar lo poco que había cuando en vez de bajar por las escaleras extensibles, bajó por una majestuosa escalera con barandas color oro. Su madre, atónita, no daba crédito a lo que veían sus ojos. -¡John, hijo, ven, es un milagro¡ -¿Qué, te gusta mi deseo? ¿Sabes a lo que me refiero, verdad? -Hijo mío, claro que se a lo que te refieres, el hada nos salvó la vida y tu pediste el mejor deseo. Ahora, dime los demás deseos, espero con ansia la respuesta. John estaba tan feliz de ver a su madre así, que comenzó a llorar y habló. -Mamá, os sacaré de esta pobreza, pedí un trabajo bueno para siempre y que papá nos cuidara. En ese momento sonó el timbre de la puerta. Sí, un timbre, en vez de dos o tres porrazos en la puerta. John fue a abrir la puerta y vio a un hombre allí, esperando. -¿John? -Sí, soy yo. -Soy el jefe de una tienda y quería pedirte que trabajaras conmigo. El otro día, cuando te dijeron la noticia del trabajo, yo te vi en mi tienda esperando, sí, en la tienda de las galletas


y te vi tan desesperado que no dudé en servirte mi ayuda, ¿aceptas? John miró a su madre, ella asintió felizmente. -Por supuesto señor, será un honor para mi trabajar en la tienda de mis sueños.


EPÍLOGO John y su familia vivieron para siempre felices y contentos y con el consuelo de que su padre les cuidaría. John trabajaba ahora en la tienda de los pasteles y cobraba lo que se decía un buen sueldo. Su madre, bueno, su madre era una persona diferente. Ahora era una persona feliz y sonriente, y en su cara siempre había una sonrisa dibujada. Sus hermanas se fueron haciendo mayores y se casaron. John no quería irse de casa, decía que estaba muy feliz con su madre. Cada noche soñaba con El hada de los tres deseos y le daba las gracias por la magnífica vida que le había dado. John aprendió una lección, y era que siempre debía creer en lo imposible y así sería feliz.


el hada de los tres deseos