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Seguimos el viaje en autobús por una carretera de montaña agarrada a las faldas del monte Parnaso. En Arahova, un pueblo de montaña, el autobús

para en la puerta de un comercio donde venden de todo: productos típicos de la zona, recuerdos, camisetas, artesanía… Me compro una camiseta con el

casco espartano y continuamos el largo viaje que nos ha de llevar a Meteora.

Nos desviamos de nuestro itinerario un corto trayecto para visitar las

Termópilas. Un monumento con la

estatua de Leonidas recuerda la célebre batalla y en él escrita esa frase que aún recuerdo de mi libro de historia:

―Extranjero, ve y di a Esparta que aquí sus hijos murieron por defender sus leyes‖.


Seguimos bordeando el Parnaso por la cara opuesta a la que veíamos en Delfos, y al dejar las montañas nos adentramos en la fértil y verde llanura de Tesalia.

Al final de esas planicies tapizadas de cultivos de cereales y algodón se ven aparecer unos sorprendentes riscos que quiebran el paisaje. Sobre esas

peñas altas, talladas por la erosión del tiempo y del río Piniós, se erigen unos edificios que hace siglos desafían las leyes de la gravedad y cuya silueta se distingue desde lejos. Son los monasterios de Meteora.

El autobús deja a la mitad de compañeros de viaje en un hotel de Kalambaka y a nosotros nos lleva al hotel Amalia. Debe ser de la misma cadena que el de

Delfos, pues coincide el nombre y su arquitectura rústica con un patio precioso.


Martes, 11 de agosto de 2015 Kalambaka—Meteoras—Atenas

A primera hora del día, cuando las nieblas todavía no se han disipado, se ven los imponentes peñascos y sus tocados eclesiales surgir de entre las nubes, entonces se comprende por qué este lugar recibe el nombre de Meteora: ―Rocas suspendidas en el aire‖.

Hace un día radiante y no hay niebla, pero eso nos permite admirar el paisaje fantasmagórico de esas rocas enrojecidas y talladas a golpe de hachazos por el tiempo, las aguas, la erosión y los temblores de tierra.


A ello se suma la acciĂłn del hombre, levantando sobre las cimas de esos peĂąascos inaccesibles monasterios que parecen rozar el mismo cielo. Una naturaleza caĂłtica convertida en espacio sagrado.


El autobĂşs se detiene al pie de las peĂąas, el tramo que resta hasta el convento de Varlaam, dedicado a Todos los Santos, debe realizarse inevitablemente a pie por senderos y escalinatas. Las facilidades de acceso eran inexistentes hace un siglo, cuando la Ăşnica forma de subir o bajar era mediante una escalera de cuerda o dentro de una red sujeta a un torno o una polea.


Su aspecto externo, semejante a una fortaleza y a un tiempo de una delicadeza divina, es espectacular.


Pero su interior

encierra la

maravilla de sus frescos. La atracción que ejercen estos

frescos es intensa

y uno estaría horas y horas en esos mínimos espacios cerrados fijando la vista en cada detalle. Figuras de santos y ascetas, desde los iconos y los frescos parece como si te

hablasen entre la temblorosa luz de los cirios. Sin proponérmelo comienzo a

murmurar una oración por ti, Juani, aunque sé que tú no necesitas que imploren en tu nombre. ¡Más santa que muchos santos!


Se conjugan una luz y una paz interior indescriptibles.

Visitamos el antiguo refectorio

transformado en sacristía. Entre las reliquias que conserva destacan

códices manuscritos, vestimentas

sacerdotales, los Santos Sudarios de Viernes Santo, crucifijos, iconos, etc.

En el deambular por el monasterio me llama la atención un enorme barril para contener vino y el torno con el

que se sube y baja la red que todavía se utiliza para el transporte de

provisiones y otros objetos necesarios para el mantenimiento del monasterio.


Terminada la visita desandamos lo antes andado.


Continuamos hacia el monasterio femenino

de Agios Stéfanos, o lo que es lo mismo, San

Esteban. Similar a una fortaleza en un pico separado de la

montaña por un barranco atravesado hoy por un puente de

piedra. Fue construido en el siglo XV.

La iglesia de Agios Charamlabos, reconstruida en 1798, conserva las reliquias del Santo.

Se ve que el monasterio vive en la actualidad un periodo de

prosperidad, las pinturas parecen

recién hechas, fruto de una reciente restauración.


También aquí el refectorio ha sido transformado en sacristía donde se pueden contemplar espléndidas cruces talladas en madera,

Evangelios guarnecidos en oro, cálices, incensarios, iconos,

vestimentas sacerdotales, Santos

Sudarios, códices manuscritos con miniaturas...


Salgo de la iglesia contigo en la mente y ni la hermosa vista del valle del río Piniós y la pequeña ciudad de Kalambaka allá abajo, logran

sosegarme. No paro de preguntarme el por qué...


Emprendemos el largo regreso a Atenas y llegamos a eso de las seis de la tarde, dejamos el hotel y nos vamos hacia el centro, a los rĂ­os Plaka y Anfiotika.


En Anfiotika., en un restaurante

situado bajo una

esquina de la imponente mole de la

Akrópolis, el ―Cave of Acropolis‖, en la calle

Thrasillou, cenamos opíparamente a base de productos griegos.


Mercoles, 12 de agosto de 2015 Puerto El Pireo—Puerto Mykonos—Hotel Mikonos Beach

¡Buen madrugón! A las cinco y media ya estábamos la recepción del hotel con nuestro equipaje. Allí estaba ya esperándonos el taxista que nos llevará a El Pireo, el puerto de Atenas. Afortunadamente habla español y durante el recorrido charlamos sobre la crisis. Dice que va para largo pero que

afortunadamente no parece afectar al turismo. Por ci, observo Atenas durante el trayecto y es verdaderamente fea.

Llegamos al puerto siendo todavía noche cerrada. El taxista nos indica el

ferri que hemos de tomar para Mikonos, de la compañía ―Blue Star Ferries‖. Como hemos llegado con bastante antelación somos de los primeros en

embarcar. Al enseñar los billetes nos indican por señas que hemos de ir

hacia arriba, así que tomamos un ascensor y ya arriba nos damos cuenta de que nuestros billetes no tienen asiento reservado y debemos viajar en

cubierta como podamos. Afortunadamente llegamos de los primeros y cogemos sillas y una mesa con nuestras maletas alrededor. Nos las

prometíamos muy felices pero la cubierta se va llenando poco a poco y nustros sitio se va estrechando hasta el punto de que levantarse para ir a la cafetería o al aseo resulta un verdadero problema, con el agravante de que

entre tanta multitud no podemos perder de vista nuestro equipaje. Pensamos que el auténtico problema vendrá al desembarcar, cuando los ascensores estén colapsados y haya que bajar las escaleras con las maletas.

Aún así el viaje resulta agradable. El mar está en calma y es de un azul tan perfecto que hace palidecer al cielo.


Hacemos escala en el puerto de Siros, una blanca ciudad en la que sobresalen las cĂşpulas azules de sus muchas iglesias.


A pesar de que hemos tomado tiempo para desembarcar, sucede lo que nos temíamos. No hay forma de coger un

ascensor y las escaleras están abarrotadas, teniendo que hacer verdaderos

malabarismos con las maletas. Nieves no puede con la suya y se queda arriba. Yo, después de bajar la mía he de volver contracorriente para ayudarla.

Con tanta multitud nos es difícil localizar el medio de transporte que nos ha de llevar al hotel, pero todo eso se olvida cuando llegamos a él. El hotel, Mikonos Beach es un rosario de casitas blancas donde destacan los recuadros azules de puertas y ventanas.


Para colmo de sorpresa nuestra casita está en la misma playa. No podemos resistirnos a darnos un baño en

cuanto estamos aposentados. Luego nos vamos al pueblo, a Mikonos, y la

primera impresión es decepcionante,

aquí parecen estar todos los quads del planeta. Ruido y un ir y venir de motos y coches nos dan la bienvenida.

Por cierto, sus célebres molinos deberían tener un entorno más cuidado, en lugar de ser un enorme y polvoriento aparcamiento.


Menos mal que al pasar a la zona cerrada al trรกfico todo cambia al adentrarnos en sus blancas callejuelas llenas de tiendas, bares y restaurantes, con algunos rincones encantadores.


Tras callejear y cenar nos vamos andando al hotel

por una carretera bonita por las vistas pero con

mucho trĂĄfico, sobre todo de quads.

El largo dĂ­a ya nos estĂĄ pasando factura.


Jueves, 13 de agosto de 2015 Puerto Mykonos—Puerto Santorini -Hotel Greco

Desayunamos pronto en la pequeña terraza de la casita que hace las veces

de recepción y comedor. A continuación volvemos al pueblo y esta vez podemos disfrutarlo con tranquilidad, la miríada de jóvenes que ayer colmaban las calles deben estar durmiendo la mona.

Regresamos a nuestra casita y mientras Reyes y Nieves se bañan yo me siento

ante la puerta y mi pensamiento vuela hacia ti. Eres tú la que debería estar aquí sentada contemplando el mar

azul y los blancos molinos a lo lejos, y yo en tu recuerdo.


Pero la hora de nuestra marcha se va acercando, las llamo y preparamos nuestro equipaje. Volvemos a recepción y encargamos unos sándwich.

Mientras los preparan, Reyes y Nieves se dan otro baño, esta vez en la

encantadora piscina que hay al lado de la recepción. Colmada de agua hasta el borde su azul se confunde con el mar.

Una furgoneta nos lleva al puerto y tras una larga espera embarcamos en el ferri de la ´·Hellenic Seaways‖ para llevarnos a Santorini. Esta vez vamos

cómodamente sentados pero echo de menos esa sensación de navegar que se experimenta al ir en cubierta. Por las ventanas atisbo islas de resonancias

mitológicas: Delos, la del gran santuario, donde nacieron Artemis y Apolo, los

dioses de la Luna y el Sol. Allí está Naxos, donde cuenta la leyenda que el dios Dionisos regaló a su amada Ariadna un collar de estrellas que lanzó al cielo cuando esta murió. Y esa es Paros, un gran bloque de mármol en medio del

mar. Con esa piedra dura y blanca se esculpieron maravillas como la Venus de Milo y la Victoria de Samatracia que contemplé a tu lado en el Louvre

parisino. Con el horizonte prácticamente cubierto de islas y navegando en medio de un círculo mágico, se comprende fácilmente el nombre que los antiguos les dieron: Kiclades, ―el Círculo‖.


Al adentrarnos en la caldera de Santorini todos los pasajeros nos lanzamos a las ventanas de babor. Cuando el barco pasa entre la isla principal de

Santorini y la pequeña Thirassia, penetra en un mundo de fantasía. La isla, antaño redonda y montañosa, sufrió una erupción hace más de 3.500 años y

su centro se volatilizó dejando un profundo cráter que fue invadido por el mar. Dicen que así nació el mito de la Atlántida.

La vista es espectacular, la caldera bien merece ese nombre . Una enorme pared de oscura roca de lava a la que se aferran a su borde superior

pueblecitos formados por casas en forma de cubo de un blanco cegador que

contrasta con la piedra oscura y el azul intenso del mar y el cielo. El primero en verse es Oia y ese al que asciende un largo y sinuoso camino con escalones es Thera. Pero no es a sus pies donde desembarcamos sino algo más al sur, en un minúsculo puerto con el enorme paredón cerrándolo por todos lados.


Un pequeño autobús nos recoge y por una zigzagueante carretera trepamos hasta el borde superior del acantilado. El autobús nos deja en ―El Greco‖, un

precioso hotel formado por grupos de bungalós que rodean piscinas y plazas ajardinadas.

Nos aseamos rápidamente y nos vamos andando a Thera pues

queremos contemplar la puesta

de sol desde ese gran mirador que es el borde de la caldera.


Por lo visto no somos los únicos en pensar así y toda la calle Ipapantis, con vistas al mar, está ocupada por gente que ha venido con el mismo propósito que nosotros.


Nos hacemos un hueco y mientras el sol se va acercando a su ocaso, yo me escabullo a la cercana catedral

ortodoxa y enciendo una vela para ti. ¡Cómo te echo de menos!

Después de esa larga (para Nieves) puesta de sol, recorremos el barrio más bonito de Thera, Kato Thira, la ciudad baja, con terrazas abiertas hacia el volcán, con casas de pura cal trepando por el borde del acantilado,

conectadas por un encantador laberinto de calles empedradas y escaleras blancas hacia el cielo.


Llega la noche. Sueño con tus ojos. ¡Cómo me gustaría tenerte a mi lado!

Alargo mi brazo hacia el cielo, ¡está tan cerca! en un vano intento de alcanzar una estrella.

Recorremos la céntrica Odós Ipapantis repleta de bares, restaurantes, joyerías y tiendas de recuerdos.

Cenamos en un restaurante turco y volvemos cansados al hotel, andando por la carretera que bordea la cima del acantilado.


Viernes, 14 de agosto de 2015 Puerto Santorini– Puerto El Pireo. Atenas.

Nos levantamos pronto pues Reyes y Nieves no quieren irse sin bañarse en la bonita piscina que tenemos delante de nuestro balcón.

Tras desayunar volvemos a Thera y callejeamos por la ciudad con más tranquilidad que ayer. También subimos al barrio norte, donde se encuentra la catedral católica.


Más compras en Odós Ipapantis y pensando en el viaje de la tarde nos llegamos a la oficina de la Blue Star Ferries para pagar un suplemento en

nuestros billetes y poder ir en el interior del barco cómodamente sentados. El viaje será largo, se nos hará de noche y en la cubierta hará fresco.

Vuelta al hotel donde nos recoge una furgoneta y nos baja al puerto donde desembarcamos ayer.


El minipuerto está abarrotado y parece que la isla se va a quedar desierta, pero ahí viene el ferri y suelta otro mogollón de pasajeros.

La vuelta a El Pireo carece del atractivo de la venida. Vamos más cómodos

pero el cielo y el mar han dejado de ser azules y ya no puedo ver el rosario de islas con nombres míticos.

Ah, las maletas se pueden dejar en la bodega del barco, en lugar de cargar

con ellas por ascensores y escaleras. ¡Siempre hay algo nuevo que aprender! Desembarcamos pasadas las doce de la noche y ya nos estaba esperando el mismo taxista que nos trajo. Ya parecemos familia.

Volvemos al hotel Titania, una ducha y a la cama. Mañana nos espera un día ajetreado, pensamos patearnos Atenas.


Grecia 2