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Fernando Paniagua Martín ● 3

La Red del Mal Fernando Paniagua Martín


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© 2013, Fernando Paniagua Martín www.fernandopaniagua.com/libros/la-red-del-mal info@fernandopaniagua.com


Fernando Paniagua Martín ● 5 En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie. GEORGE ORWELL 1984


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Prólogo

Cerró la puerta del piso con tanto cuidado que tuvo que apretarla con la mano para comprobar que había quedado bien encajada. Dejó la cartera en el suelo y colgó la americana en el pequeño armario que había junto a la entrada. Antes de cerrarlo, se miró en el espejo que cubría la puerta por dentro. Se lamentó al ver lo mucho que había envejecido durante las pocas horas que habían transcurrido desde que salió de casa con dirección al trabajo. No había prestado especial atención a lo que era en apariencia un día cualquiera, un día como tantos otros. Ahora repasaba mentalmente la sucesión de hechos que había terminado por hacerle volver a casa mucho antes de lo habitual. No le afectaba tanto la situación en sí. Saldría adelante. Siempre lo había hecho y ahora no tenía por qué ser diferente. Le preocupaba más como enfrentarse a su familia y darles la noticia. Ana, su mujer, se pondría nerviosa. Siempre lo hacía. Era una buena persona, muy trabajadora y extremadamente cariñosa con él y con Anita, la hija de ambos de quince años de edad. Debía tratar la noticia con mucho mimo para que no se


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preocupase en exceso. No sería la primera vez que dejaba de dormir durante noches y noches porque algún problema le rondaba la cabeza. En esta ocasión el problema era importante. - Me han despedido. El reflejo de su imagen pronunció cada una de las palabras hasta componer el nefasto mensaje. Sonó demasiado definitivo a sus propios oídos. David se dirigió al salón y se sentó en el sofá mientras se aflojaba la corbata. Aún disponía de varias horas hasta que sus dos chicas volviesen a casa. Tenía tiempo suficiente para encontrar una frase más adecuada. Un ruido en el interior de la vivienda le hizo incorporarse con rapidez. No hacía mucho tiempo que habían entrado a robar en el piso y aún se ponía en tensión ante la más mínima señal. Se mantuvo inmóvil, deseando que el sonido proviniese de la casa de algún vecino. No escuchó nada, pero comenzó a internarse con cautela en el pasillo que hacía de distribuidor de las habitaciones. Volvió a escuchar algo. Era una voz, y tuvo la certeza de que provenía de uno de los dormitorios. Dudó por unos instantes entre huir y avisar a la policía o enfrentarse al intruso. Sintió que su vida se estaba desmoronando y se encontró tan desesperado que decidió optar por lo segundo. Se dirigió hacia la cocina y cogió uno de los cuchillos. Se preguntó si sabría utilizarlo y, sobre todo, si tendría valor. Avanzó lentamente, sin hacer ruido, escuchando amplificado cada sonido. La voz provenía de la habitación de Anita. Se acercó para tratar de determinar a qué se enfrentaba. - Por favor –dijo una voz joven y temblorosa desde el otro lado de la puerta-. No me hagas esto. Unos segundos de silencio transcurrieron antes de que la voz volviese a hacer se oír. - No diré nada, pero déjame ya en paz.


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David reconoció la voz de su hija y entró en el dormitorio libre de toda duda, dispuesto a cualquier cosa. Tardó un par de minutos que le resultaron eternos en comprender lo que estaba ocurriendo. Anita cubrió su cuerpo como pudo con la ropa que había encima de la mesa y tiró del enchufe del ordenador. Padre e hija se miraron a los ojos con terror. Él, creyendo estar delante de su peor pesadilla. Ella, presa de un aluvión de miedos y de la soledad que sufre el que no sabe a dónde ir. - Anita –dijo David en tono suplicante-. Anita. ¿Qué estás haciendo? La muchacha estaba inmóvil. La ropa se le había caído de las manos y dejó al descubierto sus pechos adolescentes. David se sintió desorientado. De pie, blandiendo un enorme cuchillo delante de su hija desnuda, parecía estar participando en el rodaje de una mala película de terror. Unas enormes lágrimas rodaron por el rostro de su hija, a la que vio aterrorizada. Intuía lo que estaba ocurriendo pero no acababa de creérselo. Decidió que debía actuar con serenidad. - Vístete –dijo antes de abandonar el cuarto y cerrar la puerta con delicadeza, como si no quisiese que nada más se rompiese en su vida-. Luego ven al salón. Tenemos que hablar.


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Carmelo dejó las instrucciones de emergencia del Airbus A321 en la bolsa del respaldo del asiento de delante y se ajustó el cinturón de seguridad. No podía ni tan siquiera hacer un cálculo aproximado de las veces que había volado ni de cuantas veces había revisado los manuales de seguridad de las distintas aeronaves. De hecho lo hacía por costumbre, como un tic. Conocía a la mujer joven y al niño de las ilustraciones como si fuesen su familia. Admiraba el temple con el que ambos salvaban la vida en las situaciones más complicadas: descompresión, amerizaje o incendio en la cabina. Nada podía con ellos. Ojear aquellos dibujos se había convertido para Carmelo en una especie de divertida ceremonia previa al despegue. Tenía la certeza de que en caso de accidente le sería más útil ponerse a rezar que seguir las recomendaciones del panfleto, aunque no fuese especialmente religioso. Consideraba que sobrevivir a un accidente de aviación era un ejercicio de excepcional buena suerte. Sólo había que revisar el listado de bajas y supervivientes en cualquiera de ellos para saberlo.


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Cerró los ojos y se dejó aplastar sobre el asiento sin oponer resistencia mientras el avión comenzaba la maniobra de despegue. La cabina vibró con suavidad durante unos instantes y el cuerpo de Carmelo sintió el impulso del enorme montón de acero y plástico venciendo la gravedad que le ataba al suelo. Disfrutaba experimentando el despliegue de fuerza del avión al coger pista y acelerar hasta alcanzar, en unos pocos segundos, los doscientos cincuenta kilómetros por hora necesarios para elevar al cielo las casi cien toneladas de chatarra, equipaje y personas hacinadas en clase turista. Un instante después de que el avión levantase el vuelo, la voz del piloto sonó distorsionada a través de la megafonía. Era nasal y carecía por completo de cualquier tipo de entusiasmo, poseía un tono absolutamente inexpresivo. Podría haberlo empleado en proporcionar información sobre el vuelo o en cantar los números de la lotería y habría transmitido la misma emoción. - Buenas tardes. Les habla el Comandante Martínez. Bienvenidos al vuelo IB 6775 de Iberia. Acabamos de despegar desde el aeropuerto de Barcelona El Prat con unos minutos de retraso que recuperaremos durante el trayecto. Tomaremos tierra en el aeropuerto de Madrid Barajas en aproximadamente cincuenta minutos. Las condiciones atmosféricas son estables. En nombre de toda la tripulación les deseamos un feliz vuelo. A continuación el piloto recitó el mismo mensaje en un rápido y muy mal vocalizado inglés. Carmelo se concentró en tratar de entender algo, pero no lo consiguió. Su inglés seguía siendo muy flojo. Era una de las asignaturas que tenía pendiente. Se fijó en la mujer que iba sentada a su izquierda. No había dejado de agarrar con fuerza los reposabrazos durante todo el tiempo que había durado el despegue. Tenía la vista fija en


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algún punto de la cabina y era evidente que no disfrutaba viajando en avión. Carmelo se había dado cuenta de ello en seguida. Eran muchos los años dedicados a la investigación policial como para no percatarse de algo tan evidente. - Por supuesto, si tienen cualquier necesidad el personal de a bordo estará encantado de atenderles –la omnipresente voz metalizada del Comandante Martínez retumbó de repente por todas partes. - Creo que está borracho –susurró Carmelo con rostro serio sin dejar de mirar hacia adelante. La mujer cerró los ojos y espachurró aún más los reposabrazos mientras Carmelo esbozaba una mueca de satisfacción. Había llevado a cabo su mala obra del día y aún ni siquiera había desayunado. No supo si sentirse ridículamente infantil u orgulloso de su hazaña. Un atisbo de arrepentimiento asomó por su cabeza y pensó en la conveniencia de distraer a su víctima que se encontraba en pleno proceso de estrés traumático. Desechó la idea y decidió que era mejor dejar que se tranquilizase por sí misma. La señal luminosa que advertía que los cinturones de seguridad debían estar abrochados se apagó. Por la megafonía del avión se escuchó el correspondiente aviso sonoro que hizo que aquellos pasajeros que ya se encontraban medio dormidos se revolviesen inquietos en sus asientos. Carmelo observó su entorno inmediato. Midió mentalmente el espacio de que disponía para tratar de aprovechar el tiempo que duraba el vuelo. Como siempre que viajaba en clase turista, era demasiado justo para cualquier actividad que no fuese estarse quieto y tranquilo. Eso si el pasajero de la fila anterior a la suya no reclinaba el asiento, entonces la sensación de estrechez sería absoluta y las posibilidades de movilidad se reducirían a cero. Pensó en los monigotes de las instrucciones


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de emergencia y decidió que la posición de accidente sólo sería posible si el asiento de delante se encontraba completamente erguido y uno no medía más de un metro veinte. Respiró hondo y se dispuso a hacer una elaborada contorsión para sacar su maletín de debajo del asiento. Detestaba adoptar aquellas ridículas posturas que requerían acercarse más de lo debido al pasajero de al lado. Se disculpó antes de iniciar la maniobra y su aún aterrada vecina de pasaje respondió con un gruñido de asentimiento. Consiguió acceder al maletín y agradeció la comprensión de la mujer con una sincera sonrisa. Notó calor en las mejillas. Resultaba imposible evitar que la sangre se subiese a la cabeza tras forzar el torso y retorcerse como un escapista. “Malditas compañías aéreas”, protestó entre dientes. Extendió la mesita plegable y depositó el maletín sobre ella con innecesario cuidado. Sacó la documentación que le habían entregado en el congreso y durante unos instantes dudó si dejar el maletín de nuevo debajo del asiento. Decidió ponérselo sobre las piernas evitando así otro molesto e indigno esfuerzo. La documentación estaba recogida en un único volumen de apariencia austera. La portada era una sencilla cartulina blanca sin texto ni marca alguna que permitiese averiguar el contenido. Las hojas estaban unidas con una espiral de alambre negro, una solución económica y muy práctica que permitía pasar las páginas con comodidad, incluso en el estrecho espacio en el que se encontraba. Pese a la sencillez del envoltorio, el tomo era voluminoso y formaba un bloque bastante pesado y contundente. Probablemente tendría más de trescientas páginas. Carmelo bromeó mentalmente, pensando en que podrían servir para apuntalar cualquier mueble por pesado que fuese.


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Sería selectivo y empezaría por lo más importante, pero no dejaría nada por leer. Se le había despertado el afán por saber y ese era un monstruo insaciable al que no había manera de detener. Manejó el documento con mimo, como si se tratase de un ejemplar único y valioso de un archivo histórico en lugar de un puñado de vulgares fotocopias. Pasó la cubierta y leyó para sí y con gran detenimiento el título impreso en la primera página interior: IX Congreso Nacional de Policía Tecnológica Musitó “noveno congreso”, y pensó en lo rápido que se estaba moviendo el mundo a su alrededor. No tenía la sensación de que hubiese pasado mucho tiempo desde que utilizó por primera vez un ordenador y la policía ya llevaba una decena de años persiguiendo delitos tecnológicos. Utilizaba Internet, como casi todo el mundo. Fundamentalmente para acceder al correo electrónico y leer los periódicos. A veces, en las pocas ocasiones en las que se encontraba ocioso, navegaba buscando información más o menos interesante con la ayuda de los buscadores. El resto de las posibilidades de Internet le sonaban tan familiares como la demostración matemática de la curvatura espacio-tiempo. Si sabía de ellas era porque resultaba imposible no escuchar las referencias que hacían en la prensa o en las reuniones de amigos. El noveno congreso había sido el primero para Carmelo y no había dejado de saltar de sorpresa en sorpresa. Detestaba las máquinas en general y los ordenadores en particular pese a que reconocía su utilidad. Sus experiencias personales y profesionales habían sido del todo negativas y relacionaba esos artefactos con hechos desagradables: pérdidas


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de información, comportamientos inexplicables y horas y horas dedicadas a desentrañar el funcionamiento de lo que para él resultaba poco menos que un sudoku sin solución. Había ido al congreso de muy mala gana, obligado. En el trayecto de ida desde Madrid incluso llegó a trazar un plan para asistir nada más que a un par de eventos y dedicar el resto del tiempo a pasear por Barcelona. Pensaba disfrutar una vez más de la ciudad que tan buenos recuerdos le traía. Después leería la documentación y se haría una vaga idea de los temas tratados, suficiente para satisfacer las preguntas de su jefe y pasar el trámite sin sufrir mayores rasguños. Pero una vez allí, durante la sesión plenaria, su curiosidad se desató hasta tal punto que no dejó de asistir ni a uno solo de los actos. Sólo se perdió aquellos que coincidían en horario y siempre valorando seriamente cual le podría más interesante. Carmelo había aprovechado su asistencia al congreso todo lo que había podido y ahora tenía la firme determinación de seguir profundizando en la materia. Avanzó hasta la siguiente página con la delicadeza de un restaurador de libros. Un extenso índice mostraba los temas que se habían tratado. El congreso había durado nada más que cuatro días pero la cantidad y diversidad de la información había sido tal que el proceso de digestión le llevaría varias semanas. La temática era mucha y variada: mesas redondas en las que se habían puesto en común las experiencias policiales en delitos tecnológicos más recientes; conferencias relacionadas con la protección de los derechos de propiedad intelectual en Internet; actos descaradamente promocionales que presentaban las maravillas de sistemas de detección y protección de ataques informáticos, y un largo etcétera. Recorrió el índice con el dedo, rememorando rostros, palabras y sensaciones. Por unos días, había vuelto a


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experimentar algunos estímulos casi olvidados relacionados con su breve paso por la facultad de Historia. Ante sus ojos se había abierto un mundo nuevo e infinito, en el que podría sumergirse una y otra vez con la certeza de que siempre encontraría un tesoro en forma de nuevo conocimiento. El propio índice era ya de por sí una especie de glosario de términos referidos a los nuevos modos de delinquir. Una interesante lista de ingeniosas formas de realizar crímenes. Durante el congreso, hubo una palabra que se había repetido como un mantra: Internet, Internet e Internet. “Internet no tiene control”. “Nadie es quién dice ser en Internet”. “Internet es una herramienta para llevar a cabo cualquier tipo de actividad delictiva sin moverse de casa, un vehículo para robar un banco desde el sofá del salón”. “Internet es el edén de los mentirosos”. “Internet es un invento que sólo se utiliza para hacer el mal”. Internet había sido la palabra más repetida durante el congreso, y siempre con tintes negativos. Un profano en las tecnologías como Carmelo podría haber terminado por relacionar Internet con delito. Pero Carmelo sabía que Internet era mucho más que eso. Uno de los ponentes había explicado que, en realidad, Internet era una red para conectar ordenadores. Creada, como muchos de los grandes avances tecnológicos, con fines militares, había terminado por llegar hasta los hogares de todo el planeta para crear una maraña casi infinita de personas y máquinas relacionadas entre sí. Concebida por parte de unos ingenieros brillantes, nadie jamás llegó a pensar que se convertiría en el medio de comunicación más rápido y global jamás pensado. Una idea sencilla había dado lugar a una realidad compleja. Un invento inocente se había convertido en una herramienta asequible y poderosa. Como siempre, estaba


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en las manos de las personas emplearla en construir o destruir. Y como siempre, algunos decidían optar por lo segundo. Era una de las leyes no escritas del hombre. Carmelo había descubierto en el congreso una nueva perspectiva de lo que significaba la red Internet. Ahora la percibía como un mundo nuevo, paralelo al real, similar a él, con todas sus maravillosas posibilidades, algunas de sus bellezas y casi ninguna de sus restricciones físicas. Pero, tal y como le habían dicho una y otra vez, se trataba de un mundo igual de peligroso. Quizás más. Un lugar en el que las reglas del juego eran diferentes de las que conocía, donde no existían limitaciones espaciales y uno podía estar en varios lugares al mismo tiempo, ya fuesen ciudades, países o incluso continentes. Y en el nuevo mundo que significaba Internet la policía debía tener una presencia activa y eficaz. Congresos como éste del que volvía Carmelo eran necesarios para que las fuerzas del orden tuviesen la mayor información posible. La velocidad con la que se iban produciendo las novedades relacionadas con los ciberdelitos era espectacular. La lista de actividades prohibidas que ya se estaban llevando a cabo a través de Internet era extensa y heterogénea: descargas ilegales y delitos contra la propiedad intelectual en general, daños a la intimidad de las personas, incumplimientos de las leyes de protección de datos, estafas, usurpación de la personalidad, engaño, venta de productos ilegales, apología de todo tipo de violencia, extorsiones, prostitución, pedofilia… Desde gamberradas que quedaban en una simple anécdota, como el intento de un cliente descontento de colapsar el buzón de correo electrónico de una empresa, hasta la publicación de las fotografías de un asesinato y del posterior descuartizamiento de la víctima por parte de un matrimonio de dementes.


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Un listado que había ido creciendo año tras año y que seguramente iba a seguir haciéndolo. Los delincuentes habían encontrado un buen filón que pretendían explotar hasta que no diese más de sí. Por su parte, la policía, como siempre, iba un pequeño paso por detrás. Lo suficientemente lejos como para que existiesen delitos pero tan cerca como para que la mayoría de estos no quedase impune. Carmelo se encontraba entre fascinado y horrorizado ante el aluvión de nueva información que le acababa de llegar a las manos. Por una parte, significaba un desafío ilusionante ya que, una vez más, ponía de manifiesto la labor social de su trabajo. Pero, por otra parte, el desconocimiento y la impotencia que sentía de aquellas nuevas formas de crimen le causaban cierto vértigo. Pensar en la cantidad de personas que accedían a diario a Internet sin tener ni la más remota idea de los peligros a los que se estaban exponiendo le producía escalofríos. Si aún había incautos que caían en los timos del tocomocho o incluso de la estampita, como no iban a ser víctimas del phishing si lo más probable es que ni siquiera supiesen que existía esa palabra. Ni él mismo sabía muy bien qué demonios era eso. Cerró la carpeta y los ojos, que le ardían fruto del cansancio. Echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en el respaldo del asiento. Trató de no pensar en nada para poder relajar la mente durante el resto del trayecto, pero fue incapaz. Las palabras de los ponentes de la conferencia le asaltaban por todos los flancos de la memoria. Muchas de las personas que habían hablado durante el congreso eran miembros de la Brigada de Investigación Tecnológica, conocida como el BIT. El BIT era una unidad que gozaba de gran reputación entre la policía. Pese a que no eran amenazados, encañonados, ni participaban en tiroteos, el resto de compañeros de las demás secciones de la policía les


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consideraban como a iguales. A cambio de no jugarse la vida debían contemplar imágenes que, con toda probabilidad, ningún policía de la calle vería en toda una vida. Nadie les envidiaba por ello. Los del BIT tenían mucha experiencia porque ya eran bastantes años los dedicados a perseguir ciberdelitos. A Carmelo le habían dejado perplejo los casos más relevantes que habían resuelto y la forma en la que lo habían hecho. Aparte de los múltiples delitos de pederastia, uno de los que más le había llamado la atención era el de un hombre que desde allí mismo, desde Barcelona, vendía títulos académicos falsos publicitándolos a través de Internet. El detenido cambiaba de dirección de correo electrónico con frecuencia y modificaba sustancialmente los anuncios para que no le siguiesen la pista. Pero los agentes habían podido rastrear la dirección IP del ordenador desde el que se publicaban los anuncios, localizar al falsificador y comprobar a través de los movimientos de su cuenta corriente que era el responsable del negocio. Una labor de investigación pura y dura, que se inició con la habitual actividad de vigilancia en foros y tablones de anuncios y que acabó con un delincuente en el banquillo de los acusados. Los demás oradores eran en su mayoría profesores de universidad, investigadores de centros públicos o privados, o empleados ilustres de empresas dedicadas a la seguridad informática. Todos ellos con una enorme cantidad de años de experiencia a sus espaldas. Una parte de los discursos de unos y otros era común y hacía énfasis en los riesgos de conectar el ordenador a Internet y en las medidas que había que adoptar para minimizar las posibilidades de ser víctima de algún delito. Se propusieron soluciones técnicas de todo tipo, algunas de las cuales


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resultaban incomprensibles para Carmelo. Pero lo que sí había entendido perfectamente eran las constantes referencias a la prudencia y al sentido común frente a unas amenazas que, por otra parte, aseguraban no había manera de eliminar por completo. El nivel de los asistentes al congreso había sido muy dispar. Algunos miembros veteranos del BIT se habían aburrido de bostezar mientas escuchaban consejos que ellos mismos podrían haber proporcionado. Las expresiones de sus caras y el tiempo que emplearon en enviar mensajes con el teléfono móvil ponían de manifiesto que toda aquella información no les aportaba nada. Los recién incorporados, en cambio, no habían dejado de tomar notas y de hacer preguntas hasta que el orador de turno mostraba síntomas evidentes de fatiga frente al interrogatorio. En ningún caso lo hacían con más afán que sacar toda la información posible, sobre todo en lo relacionado a los sistemas de protección ofrecidos por las empresas privadas y sus casi milagrosas características. Carmelo, en cambio, había sacado más provecho de las charlas didácticas que de las técnicas. Se encontraba en una fase inicial en la escala de conocimientos relacionados con los ciberdelitos y las generalidades eran más comprensibles que los detalles. Le había resultado especialmente interesante la conferencia pronunciada por un profesor de informática que impartía clases en una universidad pública. La indumentaria del orador era tan sencilla que casi resultaba desaliñada. Vestía un pantalón vaquero arrugado y bastante más largo de lo necesario, una camiseta de un color amarillo que dañaba la vista y una chaqueta de lana blanca con rayas azules y rojas en los puños que tenía pinta de tener tantos años como el mismo


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dueño. El conjunto se completaba con unas zapatillas de paseo de color marrón con franjas blancas marca Adidas. Era excesivamente corpulento y el estómago le sobresalía de una manera algo cómica. Carmelo pensó que con un poco de actividad física y algo más de buen gusto aquel desastre de hombre mejoraría bastantes enteros. Al menos en lo referente a su apariencia. Pero aquel individuo de aspecto abandonado, en cambio, había sido capaz de mantener atento a todo el auditorio durante dos horas completas. Desgranó la historia de Internet de tal manera que nadie en la sala mostró el más leve síntoma de aburrimiento. Explicó con precisión de relojero cada solución técnica que los creadores de la Red habían encontrado para cada uno de los problemas que les fueron surgiendo durante su definición. Lo mejor de todo es que había utilizado términos entendibles y que había sido capaz de aumentar el grado de complejidad del discurso de tal manera que hasta un profano como Carmelo había podido seguir toda la ponencia sin perder el hilo de la misma en ningún momento. No recordaba el nombre pero sí el apellido: De las Casas. Le había pedido una tarjeta que encontraría en cuanto deshiciese el equipaje. El discurso le había resultado impecable y revelador por varios motivos. Por una parte, porque había podido escuchar directamente de la boca de un experto los orígenes del invento que ahora traía de cabeza a todos los policías que se encontraban en el congreso y otros tantos que no habían podido asistir. Por otra, porque aquel profesor con aspecto de estudiante cuarentón le había hecho comprender el verdadero alcance de la Red.


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“Internet es una capa superpuesta sobre el mundo físico, una especie de disfraz. Y como buen disfraz, cambia la apariencia de algo real pero no anula su existencia. Tenéis que saber que muchas personas tienen en la Red una vida paralela a la normal y hacen lo mismo que en el mundo real: charlan, compran, venden o hacen reservas en hoteles. De una manera más o menos anónima, además de inmediata y barata, cualquier persona puede ponerse en contacto con otra, independientemente de donde se encuentren ambas. Las nuevas formas de comunicación son válidas para los chicos buenos y para los malos. Y ya sabéis que los malos son muy ingeniosos. Este nuevo mundo ha nacido salvaje y sin reglas. Es como el lejano oeste americano. Nosotros vamos a ir siempre a remolque, pero debemos intentar no estar demasiado atrás, porque las amenazas son muy reales.” La última afirmación del profesor no era una frase más. El discurso estaba demasiado bien preparado como para pensar que el mensaje de cierre había surgido de manera casual. Era evidente que quería estimular a la audiencia y decidles que, aunque el reto era difícil, deberían continuar esforzándose. Cuando De las Casas dio por terminado el turno de preguntas y agradeció la atención de los presentes, el aplauso fue inmediato, espontáneo y general, mucho más ruidoso que cualquiera de los que había habido durante el resto del congreso. Carmelo fue de los más entusiastas. Aparcó sus pensamientos y se dejó llevar por el ruido sordo del avión hasta quedarse dormido. Aséptico era el adjetivo que mejor encajaba para definir el ambiente de la terminal 4 del aeropuerto de Barajas. No es que oliese a lejía y detergente, sino más bien a estreno, a edificio nuevo que aún no ha definido su propia personalidad. Pese a


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que ya habían pasado unos cuantos años desde su inauguración, la limpieza era tan escrupulosa y frecuente que siempre parecía que acababa de ser abierta al público. Los arquitectos Antonio Lamela y Richard Rogers habían diseñado y proyectado una elegante y funcional construcción, capaz de sorprender a los más curtidos viajeros gracias a sus singularidades: impresionantes soportes de acero, similares a los brazos articulados de una cadena de montaje, sostenían la vistosa techumbre formada de láminas de madera; estructuras de cristal convertían los espacios interiores en gigantescos laberintos tridimensionales; espectaculares lucernas proporcionaban luz natural durante el día. Todos estos detalles convertían a la terminal en una edificación de referencia, pero aunque había recibido el reconocido premio Stirling de arquitectura, la ampliación del aeropuerto no había convencido del todo a los usuarios. Las dimensiones eran faraónicas, y a veces eso convertía los tránsitos internos en auténticas excursiones. En ocasiones se necesitaba emplear más tiempo en llegar a la calle que en el propio trayecto aéreo. Incluso podía ser necesario desplazarse dentro de la propia terminal mediante un medio de transporte subterráneo similar al Metro. No eran pocos los viajeros (en especial los que volaban con más frecuencia por razones de trabajo) que consideraban que el tiempo necesario para ir de un lugar a otro en la terminal 4 no representaba sino una molestia. Carmelo, en cambio, gozaba cada vez que tenía que utilizar aquel gigantesco y moderno espacio común. Disfrutaba observando las soluciones arquitectónicas, la luz, los colores y, como le ocurría siempre que pisaba un aeropuerto internacional, de la gran diversidad humana que desfilaban ante sus ojos. Personas que se movían de un lugar a otro del


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planeta, junto con sus sueños, proyectos, culturas y cómo no, fantasmas, temores y problemas. Recorrió con rapidez la distancia que separaba la pista de las cintas de recogida de equipajes. Sin detenerse, continuó hacia la puerta de salida a la zona pública del aeropuerto. Todas sus pertenencias iban en una pequeña maleta de mano. Se había acostumbrado a viajar sin facturar, incluso si la estancia era de varios días. Evitaba así las aburridas esperas junto a la cinta, además de las molestias que surgían cuando el sistema de facturación decidía enviar parte del equipaje a un destino a miles de kilómetros del de sus propietarios. Pasó junto al puesto de control de equipajes de la Guardia Civil, donde un par de aburridos agentes estaban pendientes del pasaje sin que aparentasen estar prestando demasiada atención. Atravesó la puerta y se encontró de frente con un enjambre de rostros anónimos y desconocidos que esperaba en la salida de la zona de tránsito. Buscó entre la multitud a la persona que había quedado en pasar a buscarle. Sabía que no le costaría mucho trabajo dar con él. El hombre que debía llevarle hasta la comisaría era muy atlético, medía más de un metro noventa y tenía la piel de un color negro tan intenso que deslumbraba. Lo difícil era no verle. - Buenas tardes, inspector Carmelo –le saludó con una amabilidad poco previsible a la vista de su feroz aspecto. - Buenas tardes, agente Eyebe –Carmelo miró a derecha e izquierda con simulado recelo y continuó hablando en un susurro-. Llámame sólo por mi nombre. No sabemos quién puede estar escuchando. Ambos hombres rieron y se palmearon las espaldas con energía mientras se dirigían hacia el aparcamiento. Carmelo declinó el ofrecimiento del agente Marcos Eyebe para ayudarle con el equipaje de mano.


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- ¿Qué tal ha ido el viaje, inspector? - Bastante bien –respondió-. Pensé que iba a ser otro aburrido congreso más pero estaba muy equivocado. Ha sido bastante más interesante de lo que suponía. Es increíble la cantidad de delitos que se están cometiendo a través de Internet. Yo había oído hablar de estafas con tarjetas de crédito y cosas así, pero eso no es nada. - ¿De veras? –preguntó el agente sinceramente interesado. - Muchos más de los que imaginas, Marcos. Y muy variados –enfatizó Carmelo que estaba entusiasmado-. El número de amenazas es enorme. Los usuarios de Internet no somos de verdad consciente de lo que ocurre detrás del ordenador cuando estamos conectados. Me entran ganas de no volver a utilizar esos malditos cacharros. El agente Eyebe se limitó a meditar en silencio. Estaba mucho más al día que Carmelo de las posibilidades y los peligros de Internet, pero aún tenía algunos recelos y aquellas palabras despertaban sus temores. Él utilizaba el ordenador a diario para llevar a cabo muchas actividades cotidianas, desde hacer la compra hasta consultar el estado de sus cuentas bancarias. Evaluó la posibilidad de volver a hacer cola en el banco o en el supermercado pero desechó la idea al momento. - Creo que seguiré poniéndome en peligro –bromeó ante la expresión de sorpresa de Carmelo que no sabía a qué se estaba refiriendo. El Citroën C5 estaba pintado en un discreto color gris claro. Lo único que le diferenciaba de un coche particular era la sirena portátil colocada sobre el salpicadero. Para el tipo de traslado que iba a realizar no era necesario utilizar un coche de patrulla, por lo que el agente Eyebe había optado por utilizar un vehículo sin distintivos. No obstante, para cumplir el protocolo de seguridad debía minimizar la duración de los


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desplazamientos y la sirena contribuiría a agilizar la marcha si era necesario. No hizo falta. El tráfico a esas horas del día estaba bastante despejado. El agente Eyebe era un conductor experimentado y solía circular a gran velocidad, algo que requería absoluta concentración, por lo que realizaron el trayecto en completo silencio. Ambos policías tenían asimilado que aquel era un momento de recogimiento, donde las palabras eran poco menos que una evitable molestia. Por habitual, la situación no resultaba incómoda ni violenta. Unos minutos después y tras despedirse del agente Eyebe con un fuerte apretón de manos, el inspector Carmelo se encontraba sentado en el despacho del comisario Raúl Blanco. Era una sala de poco más de quince metros cuadrados. Un sillón de piel marrón y respaldo alto presidía una imponente mesa de madera maciza que llevaba allí desde que la comisaría se puso en funcionamiento, hacía ya muchos años. Frente a la mesa había tres sillas de aspecto robusto para que los agentes y las visitas se sentasen si alguna reunión se alargaba. De la pared de detrás del sillón colgaban dos paneles de corcho sobre los había clavados organigramas, cronogramas, fotografías y recortes de periódico con noticias referentes a los éxitos que Raúl y su equipo habían ido cosechando. En las paredes laterales, dos estanterías daban cabida a un buen número archivadores con documentos administrativos que no parecían tener ningún orden. Los agentes llamaban al despacho “la pecera” porque estaba separado del resto de la comisaría por una imponente cristalera que permitía ver el interior. Cuando tomó posesión de él, el comisario Blanco ordenó que se sustituyese el tabique original por una plancha de vidrio. Aquel habitáculo era parte de la


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comisaría. Ocultarse sería dar a entender que él pertenecía a un mundo distinto, algo que no quería que ocurriese. Carmelo se fijó en Raúl y le llamó la atención su aspecto cansado. Aparentaba más edad de la que tenía. Mechones de pelo blanco teñían el entorno de sus sienes. Recordó que hacía tiempo que no le veía sonreír. Quizás era un buen momento para organizar un fin de semana familiar. Lo hablaría con su hermana por la noche. - ¿Qué tal ha ido el viaje? –preguntó el comisario a quemarropa- ¿Has tenido tiempo para salir por Barcelona? Espero que el congreso te haya resultado interesante. Cuéntame ¿qué tal te ha ido? Ni siquiera levantó la cabeza de los documentos que estaba ojeando para someter a su subordinado al rutinario interrogatorio. Carmelo comenzó a responder, sabiendo que aunque no lo pareciese Raúl le estaba prestando atención. - Muy bien. Ha sido muy provechoso –dijo-. Ya sabes que me encanta Barcelona. Estar allí es relajante. No me conoce nadie y no tengo por qué temer que algún “viejo amigo” aparezca por la espalda y me abra la cabeza para vengar afrentas pasadas. Carmelo había resuelto decenas de casos y muchos de los delincuentes a los que había detenido ya habían cumplido sus condenas y andaban libres por la calle. Y Madrid, al fin y al cabo, no era una ciudad tan grande. Podía resultar relativamente fácil coincidir con la persona menos adecuada en el momento más inoportuno. Lo sabía por experiencia. Ya había tenido un par de buenos sustos. La voz de Raúl le detuvo antes de que pudiese recordar los detalles más desagradables. - ¿Y el congreso? Espero que te hayas empapado bien porque te va a hacer falta.


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La expresión de sorpresa que adoptó el rostro de Carmelo fue suficiente para que Raúl le diese una explicación. - Cada vez nos encontramos con más ordenadores, tablets, teléfonos móviles de última generación y otros artefactos similares cuando hacemos detenciones. Y la verdad es que nunca sabemos muy bien qué hacer con ellos. Alguno de los agentes más jóvenes intentan siempre averiguar si contienen algo útil, pero con más buena voluntad que otra cosa. Como sospecho que es insuficiente, he decidido que vamos a formar una pequeña unidad de delitos informáticos y quiero contar contigo para que seas parte de ella. Carmelo no dijo nada y miró a Raúl esperando que continuase. Cuando le propuso asistir al congreso supuso que, simplemente, le enviaba para completar el cupo de formación anual que, en su caso, incumplía sistemáticamente año tras año. Ahora entendía que la motivación era otra. - Esta no es una propuesta de las de sí o no –sentenció el comisario dando a entender que por su parte no había mucho más que hablar al respecto. Aunque aceptaba sin fisuras la autoridad de su superior, Carmelo no veía necesario crear una unidad así en su comisaría. Ya había secciones completas en el cuerpo que se dedicaban a ese tipo de actividades. Raúl era el comisario y llevaba muchos años ejerciendo bien ese papel, pero no estaba de más que él, como amigo y cuñado, le cuestionase de vez en cuando las decisiones que tomaba. El resto de compañeros difícilmente le podrían exponer sus dudas o sugerencias con la misma franqueza que él. - La Policía Nacional ya tiene una unidad específica dedicada a perseguir ese tipo de delitos. Lo sabes tan bien como yo.


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Mientras hablaba Carmelo, Raúl movió unos papeles y los colocó perpendiculares a los extremos de la mesa. - Déjame hablar – le interrumpió. - ¿Les vamos a quitar el trabajo a los chicos de la BIT? - Carmelo… - De verdad que no entiendo qué pretendes con todo esto. ¿Se te ha ocurrido de repente? - Ya está bien –protestó dando a entender que estaba comenzando a impacientarse-. Los chicos de la BIT siguen y seguirán siendo el grupo encargado de la investigación de delitos tecnológicos, pero están saturados. Lo que pretendo es echar una mano, nada más. Tu asistencia al congreso tiene relación con la unidad. Lo llevo pensando un tiempo y creo que es lo más apropiado. Cuando requisemos los dichosos aparatos, me gustaría disponer de medios suficientes para saber si tenemos algo más que unos cuantos teléfonos caros. Si lo hay, llamamos a la BIT y que ellos se encarguen del resto. No podemos estar ajenos al mundo real. O nos reciclamos, o los malos nos van a pasar por encima. Asintió con la cabeza, convencido ahora de que Raúl había meditado la decisión y que no se movía por un impulso repentino. - Bien –dijo. - ¿Cuento contigo entonces? –preguntó Raúl. - Sí, claro. Como siempre, puedes cargarme de más y más trabajo –dijo resoplando con ironía-. Aunque –se puso seriono creo que yo esté aún capacitado para llevar este tipo de asuntos. Que haya asistido a una conferencia no implica que se me pueda considerar un experto. - Lo sé. Pero no tienes por qué preocuparte. El grupo no lo vas a llevar tú, sino una persona que se acaba de incorporar a la comisaria. Ahora mismo te la presento. Ahí viene.


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La puerta del despacho se abrió. Carmelo se giró y se encontró con una mujer de aproximadamente su misma edad. Era muy atractiva. El uniforme permitía apreciar una figura atlética y esbelta. Tenía el pelo castaño y ondulado, recogido en una coleta. Su mano izquierda sostenía un maletín de piel color caoba de un considerable tamaño. Carmelo sintió como sus mejillas se acaloraban. - Carmelo –dijo Raúl levantándose y poniéndose junto a la mujer para hacer que se sintiese más cómoda- te presento a la inspectora Carmen Montero, tu nueva compañera. Se incorporó incómodo y le ofreció la mano en señal de saludo. Era lo habitual en las presentaciones entre agentes aunque fuesen de diferentes sexos. Carmen ignoró el ofrecimiento y le besó con naturalidad. - Encantada de conocerte –dijo mostrando una gran sonrisa. Carmelo permaneció rígido y mudo, como si estuviese en presencia de una aparición. Miró inquisitivamente a Raúl, a la espera de una explicación que no tardaría en llegar, pese a que el comisario no pareció percatarse de la tensión que se estaba acumulando en el despacho. - La inspectora Carmen –dijo Raúl- es experta en delitos informáticos. - Experta en ciberdelitos, para ser más exactos –aclaró ella-. En algunos casos un delito informático y un ciberdelito son lo mismo, pero no siempre, aunque últimamente la línea que separa unos y otros comienza a ser demasiado difusa. - Experta en ciberdelitos –repitió absorto Carmelo, como si fuese la primera vez que escuchaba la expresión. - Sí, Carmelo –dijo Raúl-. Va a llevar el grupo de investigación del que tú vas a formar parte. De hecho lo vais a llevar los dos. Será un grupo con dos responsables.


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- Ella y yo en el grupo –Carmelo seguía mirando a Carmen mientras hablaba de una manera anormalmente lenta, pronunciando cada sílaba como si le costase un tremendo esfuerzo hacerlo. - Así es –afirmó Raúl que empezaba a sospechar que se estaba perdiendo algo. - ¿Quiénes más están en el grupo? –preguntó Carmelo dirigiéndose a Raúl y saliendo de su ensimismamiento. - Nadie más –respondió-. Es un grupo de dos personas. Como bien dices, nosotros no nos dedicamos a perseguir este tipo de actividades… los ciberdelitos –miró a Carmen esperando su aprobación-. No obstante, he considerado interesante pedir el traslado de una persona experta que nos ayude a detectar posibles casos relacionados con el uso de las tecnologías. Si no hay casos, Carmen nos puede ayudar con el resto del trabajo. Al fin y al cabo, ella es igual de policía que todos nosotros. ¿No es así, Carmen? - Así es –afirmó Carmen-. He hecho trabajo de campo durante algunos años. No penséis que he estado siempre en un despacho jugando a los detectives a través de Internet. Podéis comprobar mi expediente si queréis. - Ya lo he hecho –asintió Raúl- y eso fue lo que me animó a solicitar tu colaboración. Carmelo no sabía qué decir. Estaba desconcertado. De la noche a la mañana estaba formando parte de un grupo de investigación de una actividad sobre la que solo tenía vagas nociones teóricas. No le disgustaba la idea, pero le había pillado con el pie cambiado y aún estaba digiriendo la noticia. Por otra parte, se acababa de encontrar con que su compañera era una atractiva mujer a la que, además, ya conocía. En realidad no le parecía una mala idea crear el grupo y que él participase. Tampoco la incorporación de Carmen, ya que su


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perfil parecía el más adecuado. Así que Carmelo decidió que tenía que portarse como una persona adulta y reaccionar como tal. La única alternativa posible si no quería hacer el ridículo delante de su antigua pareja y de su jefe, era dar un paso al frente y actuar con toda la naturalidad posible. - Bienvenida a la comisaría –dijo con cortesía dirigiéndose a Carmen-. No sé en qué cree Raúl que puedo ayudarte, pero estoy a tu disposición para hacer todo lo que me pidas. - Estoy segura de que tu colaboración será de mucha utilidad –dijo Carmen. - Por supuesto –dijo Raúl satisfecho-. Vais a crear un buen equipo de trabajo, estoy seguro. A primera vista parece que formáis una buena pareja. Carmelo se sintió azorado. Por un instante volvió a sospechar que Raúl estuviese al tanto de su pasada relación con Carmen, pero el comisario jamás habría mezclado nada personal con el trabajo, no era su estilo. De haberlo sabido no se encontrarían los tres allí, eso lo tenía muy claro. - Bien, dejemos ya las presentaciones –dijo Raúl volviendo hacia su silla-. No estamos aquí para hacer vida social. Tengo que encargaros trabajo de verdad. Ha venido a la comisaría el padre de una cría que tiene un problema serio. Carmelo y Carmen se buscaron con la mirada. - Es una menor –continuó hablando- y parece que algún sucio amiguito de los ordenadores la ha estado extorsionando para que se desnudase delante de la webcam. - ¿Cómo? –preguntó Carmelo. - Eso al menos cree el padre –intervino Carmen - ¿Qué quieres decir? –preguntó Raúl. - Cabe la posibilidad de que en realidad sea un caso de sexting –explicó- y que el padre haya descubierto que su hija se


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entretiene mostrándose desnuda. Y puede que la cría se inventase un chisme para evitarse una buena bronca. - Estaría bien merecida –intervino Carmelo. - No seamos rápidos haciendo juicios –indicó Carmen-. Igual las dos teorías son válidas. - No entiendo –protestó Carmelo-. O se despelota queriendo o sin querer. - Carmelo… -dijo el comisario a modo de toque de atención. Raúl no quería que los rudos modales de su subordinado saliesen a pasear tan pronto. Carmelo era un buen policía y una persona excepcional, pero en ocasiones carecía por completo de paciencia y se mostraba irreflexivo y precipitado. Por fortuna, a Carmen no pareció importarle el comentario y continuó con la explicación. - Es habitual que al principio el depredador establezca una relación inocente con la víctima. Lo primero que hace es ganarse su confianza, lo cual no es muy difícil. Casi siempre las víctimas son chicas adolescentes con la autoestima aún por asentar. Ellos son hombres muy hábiles, con mucho instinto. Saben que las muchachas suelen tener problemas con sus padres y se muestran comprensivos y ajenos a los prejuicios habituales. Con eso ellas ya ven un amigo y bajan la guardia. Entonces son seducidas y empieza lo interesante. Hacen creer a las chicas que tienen algo parecido a una relación de pareja y las conversaciones empiezan a subir de tono. - ¿Y no sospechan? –preguntó Raúl. - Muchas de ellas sí, claro. Porque si no acceden a las peticiones, los acosadores se suelen poner nerviosos y presionan demasiado. Entonces, si la chica es espabilada, deja de hablar con el tío y fin de la historia. Pero otras veces siguen el juego y entran en una dinámica que empieza con unos


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“inocentes” juegos eróticos a través de videoconferencia. Los depredadores graban el numerito y lo utilizan como elemento de soborno para obtener cada vez más. Comienza una relación asfixiante en la que la muchacha se ve forzada a hacer algo que no quiere ante la perspectiva de que su imagen sea expuesta en Internet. - Suena terrible –dijo Raúl. - La extorsión puede durar mucho tiempo –continuó Carmen-. Tanto como la víctima sea capaz de soportar antes de buscar una solución. Cuando ya no puede más, y si no ha decidido acabar de alguna manera irreparable –hizo el gesto de pasarse el dorso de la mano derecha por la muñeca de la izquierda-, comparte con algún adulto el problema. Entonces es cuando nos avisan. - Siempre y cuando la propia familia no tape el suceso por una mal entendida vergüenza –apuntó Carmelo. - Así es –dijo Raúl-. Pero por fortuna en esta ocasión han acudido a nosotros y ahora nos toca entrar en la función.


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El padre de la muchacha estaba mucho más sereno de lo que se podría esperar dadas las circunstancias. Se encontraba apoyado en el cerco de la puerta de entrada al piso. Tenía una actitud relajada, como si en lugar de a la policía estuviese esperando a un matrimonio de amigos con los que pasar la tarde tomando café y charlando de vaguedades. En una situación similar cualquier persona tendría muy mal aspecto, fruto de la tensión y la fatiga, pero en su caso no era así. No había rastro de cansancio en los ojos ni en la voz. Llevaba el pelo corto y estaba recién afeitado. Vestía un pantalón chino de color beige y un polo azul marino de marca. Junto a él estaba su hija, que miraba al suelo y se agarraba del brazo de su padre con fuerza. Llevaba un pantalón de chándal y un jersey de lana un par de tallas más grande de lo debido. Tenía las manos metidas dentro de las mangas, como protegiéndolas de un frío inexistente. - Buenos días, agentes –dijo el padre ofreciéndoles el paso-. Por favor.


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Tras pasar un pequeño recibidor accedieron al salón de la vivienda. Carmen y Carmelo se quedaron de pie, esperando con cortesía. - Tienen ustedes un piso muy bonito –dijo la policía tratando de establecer una relación de razonable confianza. - Muchas gracias –respondió el padre-. Por favor, tomen asiento. Carmen consultó el informe que le habían entregado en la comisaria. En él figuraban algunos nombres y detalles recogidos en la primera declaración. Carmelo lo había leído en el coche y ya sabía que podía fiarse de su memoria. - Usted se llama David –afirmó Carmelo. - Así es. David Closas. - Y su esposa se llama Ana. - Sí. - ¿Dónde está? –preguntó Carmelo. - Está trabajando. Suele volver a casa bastante tarde. Hemos decidido no contarle el incidente por el momento. Es muy nerviosa y si podemos evitar que pase un mal rato será mejor para todos. No ayudaría. Si no es necesario preferimos que no sepa nada. David miró a su hija buscando una confirmación que se produjo con un movimiento casi imperceptible de labios. Carmen observó el diálogo no verbal que acababan de mantener padre e hija. Gracias a su formación, sabía que las conductas y comportamientos de las personas eran tan iguales que resultaba relativamente sencillo obtener información de cualquier gesto. No parecía que el padre fuese demasiado estricto ni que la chica estuviese coaccionada en su presencia. Parecía más bien que existía una relación de confianza, lo cual era estupendo, ya que la muchacha no dejaría de contar nada por temor a represalias. Podría hablar con ella con el padre


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delante y eso, tratándose de una menor, resultaba una buena noticia. - Ana –dijo Carmen con un amable y sereno tono de voz-. ¿Cómo estás? La chica no contestó. Miró a su padre buscando refugio o escapatoria. Era obvio que no tenía muchas ganas de hablar del asunto. - Anita –dijo David-. Contesta a las preguntas de estas personas. Han venido a ayudarte… a ayudarnos. Son expertos y saben cómo enfrentarse a estas situaciones. - ¿Te llamas Anita? –preguntó Carmen. - Me llamo Ana –respondió con un hilo de voz-. Mis padres me llaman Anita. - Entonces te llamaremos Ana. ¿Te parece bien? - Sí –respondió. - Bien Ana. Yo me llamo Carmen y he venido a ayudarte. Sé por lo que estás pasando y tienes que saber que contamos con todo el tiempo que necesites. Si ahora no tienes ganas de hablar, no lo hagas. Podemos volver en otro momento, pero es mejor que comencemos a trabajar cuanto antes. Carmelo observaba fascinado como Carmen trataba de aproximarse a la muchacha sin presionarla. Decidió prestar atención porque estaba seguro de que era mucho lo que podía aprender junto a su vieja amiga. Carmen continuó hablando. - El tipo que te ha hecho esto puede estar haciendo lo mismo a otras chicas como tú y es necesario que lo detengamos cuanto antes. ¿Lo entiendes? - Sí –respondió. - ¿Quieres que hablemos ahora o prefieres que vengamos en otro momento?


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- Podemos hablar ahora –Ana miraba fijamente a Carmen-. Pero prefiero que estemos solas –se detuvo unos instantes y fijó la vista en el suelo-. Lo siento papá. - No te preocupes Anita, lo entiendo –dijo David con infinita ternura mientras acariciaba la cabeza de su hija-. No necesito saber todo lo que ha ocurrido. Solo quiero que estés bien y que ese cabrón reciba su merecido. Carmelo había participado en la investigación de muchos casos en los que la víctima era una mujer. Maltratos o agresiones sexuales casi siempre. Estaban sujetas a situaciones de una enorme carga emocional. Todas ellas eran adultas pero entendió que las necesidades de intimidad eran las mismas en una chica joven y que le resultaría mucho más sencillo hablar con otra mujer que con un hombre, por muy policía que éste fuese. Incluso que dicha mujer no fuese su madre era una ventaja, por lo que Carmen sería la interlocutora ideal. - Carmelo ¿te importa? –la pregunta era de cortesía pero Carmelo agradeció la deferencia. - Para nada –respondió con sinceridad. - De acuerdo entonces. Dejemos a tu padre y a mi compañero que se vayan a dar un paseo –dijo dirigiéndose a la chica-. Nosotras podemos ir a tu cuarto a charlar con tranquilidad durante todo el rato que haga falta y te apetezca. ¿Te parece bien, Ana? - Sí, me parece bien –ahora ya tenía la cabeza erguida y mostraba bien abiertos sus grandes ojos de adolescente-. Y puedes llamarme Anita.


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El aseo apestaba a orín y a vómito. El serrín empapado que cubría el suelo provocaba la fantasía de caminar sobre una moqueta. Las juntas de los azulejos estaban amarillentas y el techo lucía los habituales cercos oscuros que las adolescentes habían ido dibujado a lo largo de decenas de fines de semana, acercando la llama del encendedor a la escayola. La puerta había sido destrozada a patadas y golpes, y no tenía cerrojo. Tampoco hacía falta. Marina utilizaba el inodoro sosteniendo su peso con dificultad para que no hubiese contacto entre su piel y el sanitario. Mientras, Cristina se atusaba con despreocupación el pelo frente al espejo. Tenía los ojos algo vidriosos y la piel un poco más colorada de lo habitual. Había bebido bastante alcohol, pero aún conservaba un excelente aspecto físico. - Todos los tíos son unos cabrones –dijo sin dejar de observarse desde distintos ángulos y posiciones. Marina observaba divertida como su amiga hacía tonterías frente al espejo, fingiendo ser una modelo en una sesión fotográfica.


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Cristina era la chica más atractiva y con más éxito con los chicos de su entorno. También era su mejor amiga y por eso no sentía ninguna envidia de ella. Tenía los ojos de un color castaño intenso idéntico al del pelo, que solía llevar recogido con unas horquillas, dejando su fino rostro al descubierto. Era alta, pero no tanto como para que fuese una pega para los chicos. Sus movimientos eran elegantes y armoniosos, como de pantera. Hubiese sido una chica guapa como tantas otras si no fuese porque poseía unos sugerentes y carnosos labios así como unas marcadas curvas que convertían el conjunto de su cuerpo en un objeto de envidia y deseo. - Eres un cañón, Cristina –dijo Marina mientras mantenía con dificultad el equilibrio. - ¿Ah sí? –dijo haciendo un fingido y exagerado gesto de sorpresa. - Ya los sabes. La pena es que no tienes cerebro. Si lo tuvieses, el mundo sería tuyo. Podrías conseguir todo lo que quisieses –hizo una pausa y pareció sopesar sus palabras-. Cuando digo todo, es todo, literalmente. Cristina dejó de observarse en el espejo y clavó la mirada en Marina. Cuando no entendía algo o no le gustaba, adoptaba una expresión entre extrañada y amenazante. - ¿Por qué dices eso? Marina encogió los hombros dando a entender que lo que acaba de decir no tenía demasiada importancia. Hizo un gesto con la mano a su amiga para que se diese la vuelta. Se disponía a colocarse la ropa y prefería un poco de intimidad. Pese a la gran complicidad y confianza que tenían, sentía cierto pudor a mostrarse desnuda delante de ella. Cristina se giró pero no olvidó el comentario de Marina. Si había algo que le molestaba de su amiga eran las insinuaciones que hacía sobre su inteligencia. Aceptaba que Marina era más


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lista que ella, o al menos mejor estudiante. Pero eso no quería decir que fuese estúpida. Pese a todo, tenía una insaciable necesidad de reafirmarse como mujer perfecta. - ¿Por qué dices que no tengo cerebro? –dijo mirándola de nuevo. - Qué más da –dijo Marina-. Anda, date la vuelta. Las dos adolescentes salieron del baño pavoneándose, sabedoras de que muchas de las miradas de los chicos del pub estarían pendientes de ellas. El local se dividía en dos salas contiguas. En la primera de ellas, a la que se accedía directamente desde la calle, estaba la barra, una enorme estructura rectangular de material sintético negro muy agradable al tacto. Al lado de ésta había un pequeño habitáculo para el pinchadiscos, ocupado por un chico algo mayor que la clientela habitual y que sonreía constantemente. Tras los camareros, unas estanterías exhibían todo tipo de bebidas. La luz naranja, que proyectaban unas lámparas fluorescentes ocultas detrás de las botellas, provocaba que éstas reluciesen con singular y colorida belleza. El resto del espacio era diáfano, salpicado con unas pocas mesas altas para que los clientes dejasen las consumiciones. La segunda de las salas era mucho más grande que la primera. Desde ella se accedía a los aseos a través de unas puertas negras. Sobre las paredes apoyaban unas sólidas banquetas cubiertas por colchonetas rojas muy mullidas, donde los jóvenes aprovechaban la oscuridad para dar rienda suelta a su pasión cuando tenían oportunidad. Todo el espacio central hacía de pista de baile, aunque era su uso menos habitual. La oscuridad del local apenas dejaba apreciar la decoración. Las paredes estaban cubiertas con un papel sintético de color beige oscuro. Al tacto era como tela y tenía filigranas invisibles si no se observaban con mucha luz. Los primeros dueños


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habían querido crear un ambiente sofisticado y los sucesivos propietarios habían respetado la esencia del lugar, ya fuera por respeto o por pereza. Copias de algunas de las obras más vistosas de Andy Warhol, Jasper Johns y Robert Rauschenberg, tres de los artistas más representativos del Pop Art estadounidense, cubrían las paredes en una orgía de colores y formas. Las imágenes, fijadas sobre soportes sólidos y resistentes, habían estado expuestas durante años ante la pasividad de los clientes. Sólo eran objeto de atención en las grandes ocasiones, cuando el alcohol había hecho acto de presencia más de lo debido. Entonces aquellos retazos de cultura despertaban interés, aunque fuese como objeto de burlas y chistes groseros. Cristina y Marina iban cogidas de la mano. Aún mantenían esa costumbre que arrastraban desde la infancia. Ambas vivían en el mismo edificio, habían ido juntas a la guardería, al colegio y ahora al instituto. También se habían convertido en mujeres casi a la vez. Sólo se separaban cuando Cristina ligaba con algún chico y se iba con él al parque más cercano. Entonces Marina se marchaba sola a su casa, andando despacio mientras imaginaba a su amiga siendo devorada por un desconocido. Nunca se quedaba, aunque estuviese con más amigas. Prefería encerrarse en su cuarto, ponerse el pijama y quedarse pegada a la ventana, esperando a que Cristina apareciese detrás de alguna esquina. Sólo cuando la veía entrar en el portal se metía tranquila en la cama. Entonces se dormía sintiendo una inquietud de la que no sabía o no quería identificar el motivo. - ¿Por qué dices eso? –Cristina volvió a insistir, gritando la pregunta al oído de su amiga para hacerse oír por encima del volumen de la música. - Ya sabes por qué lo digo –gritó a su vez Marina sonriendo con picardía.


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Pidieron un par de cervezas en la barra y se fueron junto a una de las mesas altas. No tenían ningún plan. Sólo charlarían y esperarían a que ocurriese algo. Era cuestión de dejar que pasase el tiempo. Normalmente poco. Unos chicos que estaban cerca comenzaron a girarse de manera descarada hacia ellas, sonriendo mientras se miraban entre sí y se hacían comentarios al oído. Eran tres. Vestían ropa moderna y se les veía en forma. Cristina dedujo que eran mayores de edad y que lo más probable es que alguno de ellos tuviera coche, lo que despertó su interés. Uno de los jóvenes fue empujado entre risas por sus amigos en dirección hacia las chicas. Era al menos igual de alto que Cristina pero menos que sus otros amigos. Tenía el pelo oscuro y ondulado y llevaba gafas de pasta, lo que le hacía parecer algo más serio y mayor. Vestía un pantalón vaquero ajustado y una camisa blanca con finas rayas verticales que dejaba adivinar un torso trabajado en el gimnasio. Se le notaba nervioso pero decidido. Miró hacia sus amigos y estos le animaron haciendo gestos con las manos para que continuase. Era el más tímido del grupo pero aquella noche le había tocado hacer de avanzadilla. Caminó dubitativo hasta quedarse a un metro de las muchachas que habían adoptado la habitual pose altiva y distante que tanto parecía gustar a los chicos. El chaval comenzó a hablar desde la distancia. Cristina le hizo saber mediante gestos que no podía oírle. Él intentó hacerse escuchar otras dos veces más, sin éxito. Cristina y Marina se miraron entre sí con cara de fingida extrañeza y se pusieron a hablar entre ellas, como si el chico hubiese desaparecido. Sintió que se sonrojaba pero decidió que tenía que seguir adelante, así que llegó hasta la altura de las chicas, ahora con verdadera decisión. - ¡Hola! –gritó.


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- Hola –dijeron las dos al unísono. Las escuchó con sorprendente nitidez. Las voces agudas resultaban más eficaces en aquel ruidoso lugar. - Me llamo Roberto ¿cómo os llamáis? - Yo soy Cristina y ella es Marina. - Hola –dijo Marina levantando la mano como los indios de las películas de vaqueros. El chico devolvió el saludo. La primera toma de contacto le había tranquilizado. Las chicas parecían simpáticas y no le habían recibido con hostilidad. Señaló con la barbilla hacia sus dos amigos. Estos atendían inmóviles y con expectación infinita. - ¿Queréis conocer a esos? –gritó con energía al oído de Cristina. - ¿Respiran? –respondió. - ¿Cómo? - ¿Que si están vivos? Míralos –dijo con sorna- parece que se han convertido en estatuas de sal. El chico se giró y no pudo evitar soltar una carcajada. - Sí, respondió. Están vivos los dos. ¿Los queréis conocer? - ¿Qué tienen de especial para que debamos querer conocerlos? –bromeó ella mirándoles de hito en hito con superioridad, como si les estuviese evaluando-. Yo los veo bastante normalitos. - Os quieren conocer. - ¿Tú no? –preguntó Cristina mirándole fijamente a los ojos. - Yo también. ¿Os los presento o no? El chico estaba empezando a perder la paciencia con el juego y lanzó la pregunta con exigencia. Cristina se dio cuenta al instante y se puso a la defensiva. - No lo sé, tengo que hablarlo con mi amiga.


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- Muy bien –respondió el chico con evidente sequedad. Regresó con sus amigos y comenzó a contarles la conversación. Escucharon con atención y uno de ellos dijo algo que debió ser muy interesante porque el grupo se cerró sobre él. A los pocos segundos se separaron de nuevo y se miraron entre sí. Se encogieron de hombros simultáneamente e hicieron algunos comentarios en alto que Cristina y Marina no pudieron escuchar con claridad, pero que tenían a ellas como protagonistas. Volvieron a mirar a las chicas y comenzaron a reír a grandes carcajadas, evidenciando que no iban a entrar en su juego. La temperatura de las mejillas de Cristina ascendió de repente. Normalmente era ella la que se reía de los demás, sobre todo de los chicos. Avergonzarlos era uno de sus entretenimientos preferidos. El deseo les convertía en presas manipulables, fáciles de atrapar poniéndoles un cebo delante de la nariz. Si la zanahoria estaba debidamente perfumada, eran carne de cañón. Su carne. Sus juguetes. Unos preciosos muñequitos con los que divertirse durante un tiempo. Después, perdía el interés, se reía de ellos y los cambiaba por otros similares. Unos y otros se parecían tanto que Cristina apenas encontraba diferencias. Pero ahora algo no iba como siempre y ella se había convertido en el motivo de diversión de los demás. El cambio de papeles no le gustó. Quizás los chicos estuviesen genéticamente predispuestos a ser humillados a cambio de la esperanza de una atención femenina, obligados por la necesidad a ir una y otra vez a exponerse a las burlas de chicas como ella. Pero no era su caso. Cristina carecía por completo de esa vocación así que se acerco hasta la altura del grupo de chicos que de inmediato dejaron de reír desconcertados.


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- ¡No sé qué os ha hecho tanta gracia! –dijo gritando con bastante mal humor. Marina llegó a la carrera y tiró del brazo de Cristina. Al fin y al cabo tampoco pasaba nada porque se riesen un rato y aquellos chicos no le daban buena espina. Creyó que lo más prudente sería terminar la consumición, dar por concluida la noche y regresar a casa. Mejor eso que meterse en líos. Cristina forcejeó sin mucha decisión pero acabó dejándose llevar de vuelta hacia la mesa en la que habían dejado las cervezas. Marina intentaba en vano tranquilizarla, pero ya estaba presa de uno de sus habituales ataques de furia. El chico que se había presentado volvió a acercarse mientras sus amigos continuaban riéndose, ahora con verdadero entusiasmo. - ¡Esperad! Gritó con una desconocida energía que no había demostrado en el anterior acercamiento. Algunos de los otros clientes que estaban por aquella zona del pub giraron la cabeza con curiosidad. El chico cogió a Cristina del brazo con firmeza pero con cuidado de no hacerle daño. Cristina se giró y le miró con infinito deprecio. Hizo un ademán de soltarse pero el chico apretó un poco más la mano, dando a entender que iba con la intención de hacerse escuchar. - Espera, por favor –dijo adoptando una actitud suplicante-. No os vayáis. Perdónanos, es que hemos bebido un poco pero no nos reíamos de vosotras. Se dirigía a ellas en plural y en singular alternativamente. Era obvio que el interés lo despertaba Cristina y que el chico se había dado cuenta de que ella era la que mandaba. Cristina se percató también y su enfado comenzó a apaciguarse. Nunca rechazaba un halago aunque fuese tan poco explícito. Su vanidad aprovechaba cualquier oportunidad para darse un homenaje. Además, el chico parecía sincero y, aunque le había


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molestado, también le había llamado la atención la reacción que habían tenido él y sus amigos. Los adolescentes con los que estaba acostumbrada a relacionarse hacía ya mucho tiempo que le aburrían. Sus conversaciones eran siempre las mismas y tenían que ver con el fútbol, las películas, los ligues (normalmente imaginarios) y batallitas relacionadas con las largas tardes que pasaban jugando con las videoconsolas. La psicóloga del colegio ya había avisado en una charla en clase que las chicas maduraban antes que los chicos. Lo había oído también de boca de su madre cuando hablaba con las amigas y contaban las historias de los hijos de unas y las hijas de otras. En algún momento pensó que eran chismes sin fundamento, pero comenzó a fijarse bien y se dio cuenta de que todas aquellas mujeres sabían de lo que hablaban. Los chicos de su edad se comportaban como chimpancés en celo, todo el día corriendo, gritando y persiguiendo traseros femeninos. Pensó en primates haciendo gestos obscenos y decidió que por qué no darse la oportunidad de conocer a chicos algo más adultos, aunque fuese a costa de tragarse algo de su orgullo. Incluso cabía la posibilidad de que fuesen universitarios. Los observó de nuevo y concluyó que lo más seguro es que lo fuesen. - Marina, espera un momento –dijo Cristina. - Sí –dijo el chico aprovechando el rayo de luz-. Marina, por favor –se dirigió a ella como si la conociese de toda la vida-. No tengas tanta prisa. Sólo queremos charlar un rato con vosotras. Eso es todo. Junto a la barra, los amigos del chico habían dejado de reír. Algún sentido ancestral les había hecho saber que volvían a tener posibilidades y abandonaron su actitud desafiante.


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Marina volvió a agarrar el brazo de Cristina y a tirar de ella, tratando de llevarla a un aparte. Cristina cedió y se alejaron unos pasos del chico. - Vámonos –dijo Marina con gesto serio-. No me han gustado mucho estos tíos. Son muy mayores para nosotras. - ¿Y qué? –preguntó Cristina. - No sé, pero no estoy a gusto. Vámonos, por favor –dijo angustiada. - No seas aguafiestas –protestó-. Vamos a quedarnos un rato con ellos. Son tres y están todos buenísimos. ¿Por qué te quieres ir ahora, Marina? Vamos tía, seguro que alguno te hace caso. - No me gustan –dijo Marina en voz baja ignorando el innecesario sarcasmo de Cristina-. Hay algo en ellos que no me gusta. - ¿Qué? –dijo poniendo cara de interrogación-. No puedo escuchar lo que dices si hablas al cuello de la camisa. - Que no me gustan -gritó. Ahora la voz de Marina se elevó por encima del volumen de la música. Con un movimiento brusco Cristina liberó su brazo. Era como si de repente el contacto de su amiga le provocase repulsión. Resopló tratando de contener la ira que estaba despertando en su interior. No le gustaba que nadie le dijese lo que tenía que hacer. Justo al contrario, siempre solía imponer ella sus planes, debidamente adornados con una capa de ofrecimiento que nadie, y menos Marina, se permitía el lujo de rechazar. Pero ya eran unas cuantas veces en las que Marina sacaba a pasear una paranoia absurda que, por alguna razón, deseaba compartir con ella. Manifestaba un afán proteccionista que no le había pedido y la ponía de bastante mal humor. No era la primera vez que empezaba a sospechar de cualquiera que se les acercase y en alguna ocasión le había fastidiado algún


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posible rollo. Y eso era algo que en esta ocasión no estaba dispuesta a consentir. - Pareces mi madre, joder –gritó enfadada-. Siempre estás con lo mismo. Si por ti fuese todos los tíos serían psicópatas. - Cristina por favor, vámonos –rogó Marina-. Te prometo que no volveré a quejarme por nada pero vámonos a casa. No sé por qué, pero estos tíos no me gustan. El chaval que se había acercado seguía con la mirada la conversación a escasos pasos. No podía oír lo que decían pero intuía por los gestos lo que estaba ocurriendo. Pensó que quizás podría convencer a la que se mostraba reacia. A veces las chicas se comportaban de forma extraña si no se las hacía mucho caso y él se había centrado sólo en una. Se acercó con intención de hacer a Marina también protagonista del cortejo. Cristina le vio acercarse y le hizo un gesto para que se detuviese, enseñando la palma de la mano como si fuese un policía regulando el tráfico. - ¿Dónde te crees que vas? –gritó enfadada- Vete a la mierda joder, estoy hablando con mi amiga. - Por favor –Marina volvió a tirar de ella y la obligó a que la mirase a los ojos-. Hazlo por mí. No me gustan esos chicos. Vámonos a otro sitio. - ¿Y puedo saber por qué no te gustan? - No lo sé –reconoció agachando la cabeza-. Pero hay algo en ellos que me da miedo. Cristina miraba hacia los chicos tratando de encontrar aquello que tanto asustaba a Marina. Lo único que veía eran unos rostros jóvenes y atractivos y la promesa de una buena noche. - Marina, en serio... –no terminó la frase. No sabía qué decir.


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- Por favor –el tono de Marina había llegado hasta el límite de la sumisión. - Marina… - Por favor, por favor, por favor. Vámonos a casa. O vámonos a otro sitio, me da igual. Pero vámonos –parecía al borde del llanto. - Eres la hostia. Cristina se dio la vuelta y salió disparada hacia la salida del pub sin volver la cabeza. Marina fue tras ella mientras los chicos observaban la escena con gesto de derrota. Marina la alcanzó y la agarró de una mano para que se detuviese. - Lo siento. Cristina no dijo nada. - Perdóname. Lo siento mucho. - Déjame en paz –rugió marcando cada una de las sílabas. Marina enmudeció. La orden de Cristina estaba cargada de odio y desprecio, sentimientos que nunca antes le había transmitido. No se trataba de la primera discusión que tenían, pero si era la primera vez que la veía tan enfadada. Normalmente, Cristina era temperamental y explosiva, pero no tenía malos sentimientos. Soltó la mano de Cristina y ésta volvió a andar en dirección hacia la calle. Observó cómo se alejaba mientras una sensación de insoportable terror se apoderaba de sus pensamientos. Quizás estaba enfadada de verdad y la estaba perdiendo. Puede que, después de tantos años de amistad, se hubiese rebosado el vaso de su paciencia, justo en ese momento. El escalofrío se hizo más intenso, físico. Perder la amistad de Cristina no era algo que Marina no hubiese contemplado nunca. Alguna vez lo había evaluado como una posibilidad. De la misma manera que un padre contempla que su hijo de dos años pueda caer bajo las ruedas


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de un autobús. Los pensamientos más atroces siempre están ahí, debajo de la cama, esperando a que nos asomemos para mostrar los colmillos. Pero en realidad no había ocurrido nada tan grave como para llegar a dejar de ser amigas. Como decía Cristina habitualmente, sólo eran chicos. Y había tantos que era una estupidez sufrir o pelearse con una amiga por uno de ellos. Durante unos instantes, Marina barajó todas las posibilidades, como si la contradicción de ideas no fuese un problema. La música ocupaba cada rincón de su cabeza y no le permitía elaborar un pensamiento lineal. De repente, se encontró en una isla en mitad de un desierto habitado por la soledad. Unas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. - Lo hago por ti –dijo para sí en voz baja-. Siempre lo hago todo por ti –susurró antes de observar como Cristina se detenía justo antes de llegar a la puerta de salida. Como si hubiese escuchado el comentario, Cristina se detuvo y dio media vuelta. Deshizo el camino con aire decidido. Marina se enjugaba las lágrimas y sonreía nerviosa, anticipando una reconciliación. Cristina se detuvo frente a ella, muy cerca y le agarró de los hombros atrayéndola hacia sí, hasta acabar frente a frente. - Me tienes harta –dijo con ira. - Cristina… –balbuceó. - No quiero saber nada más de ti, ni quiero volver a oír tus sermones. - Pero… -estaba desconcertada y no sabía que decir. - Basta ya –echó a Marina hacia atrás con infinito desprecio. Déjame en paz. No sé por qué te tengo que hacer caso. Puedo hacer lo que me dé la gana. Yo me quedo. Márchate a casa como haces siempre. Aquí no pintas nada. Cristina se alejó de Marina de nuevo, ahora en dirección hacia donde estaban los chicos, que no habían perdido detalle


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de la escena. Se les veía satisfechos. Habían resultado vencedores de una batalla que no acaban de comprender, pero de la que intuían eran parte. Marina supo que la noche se había acabado para ella y que para Cristina no había hecho más que comenzar. Antes de salir del local observó de nuevo a los chicos y a Cristina. Todos parecían felices mientras se dirigían al camarero para pedir más alcohol. Como tantas otras veces, era ella la que quedaba fuera de la fiesta. Como tantas otras veces, sintió el desprecio de su gran amiga Cristina. Sabía que era algo que no debería tolerarle, pero también era consciente de que volvería a ella dócil como un perrillo en cuanto hiciese el más mínimo gesto de reconciliación. Una mueca de amargura surcó su rostro mientras se dirigía hacia la calle.


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Cristina inhaló una larga calada que inundó de humo sus pulmones. Cerró los ojos y sintió que se sumergía en una especie de ensoñación para la cual no hacía falta perder la consciencia. No creía en lo paranormal, pero en esos momentos la sensación de comunión con algo que existía más allá de su propio cuerpo y de las reglas físicas convencionales era total. Tenía los sentidos entumecidos y todas las pequeñas preocupaciones que le impedían ser feliz quedaban relegadas a un manojo de insignificantes molestias. La marihuana era su droga favorita. Resultaba muy fácil de conseguir, nadie la miraba mal por consumirla y le producía un efecto narcótico muy placentero. Volvió a aspirar el humo del canuto y se acordó de Marina, su amiga del alma, y de lo que se estaba perdiendo por ser una mojigata asustadiza y paranoica. - ¡Divirtámonos! –gritó haciendo exagerados aspavientos con los brazos-. ¡La noche está empezando y hemos conseguido que la pesada de mi amiga esté camino de la cama! Los chicos se rieron y gritaron poniendo de manifiesto su conformidad.


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Cristina estaba exultante. Sus nuevos amigos eran encantadores. Se estaban comportando de manera respetuosa y civilizada, algo poco habitual en los tíos en situaciones similares. Habían estado tomando copas toda la noche y no la habían dejado pagar ni una sola vez. Tampoco la dejaron poner dinero para conseguir más droga cuando se acabó lo que habían juntado entre todos. El chico que se había presentado era el más animado y simpático del grupo, y hablaba sin parar. Fue él quien propuso ir a fumar marihuana. A Cristina le pareció una idea excelente y de repente se encontró sentada en el asiento de atrás de un coche con tres desconocidos y con un colocón bastante importante. Rió al tratar de recordar sin éxito el nombre de los otros chicos. Apenas hablaban entre sí, y no estaba segura de que se hubiesen presentado. Tampoco sabía el nombre del que se acercó a Marina y a ella en el pub. Habían pasado cien años. Trató de serenarse y pensar. Pese a que lo estaba pasando bien, no se sentía del todo tranquila. Era como si algo se hubiese desordenado en el universo y éste ya no estuviese en equilibrio. Se fijó bien en los dos chicos que estaban en los asientos delanteros. En realidad sí que hablaban, de hecho lo estaban haciendo en ese preciso instante. Cayó en la cuenta de que habían estado hablando durante toda la noche, entre ellos, susurrándose al oído. Entonces desconfió. La música, el cansancio, el efecto de la droga y el enfado con Marina la habían distraído lo suficiente como para no darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Rezó para que no fuese demasiado tarde. - Toma.


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Ofreció el porro al chico que estaba sentado junto a ella. La voz de Cristina sonó grave y afectada, como si estuviese a punto de quedarse afónica. Por más que se esforzaba era incapaz de recordar su nombre. - Paso –respondió-. Ya he fumado demasiado. - Tomad. Se lo ofreció a los que estaban en la parte delantera del coche. Tenían los respaldos reclinados y aparentaban encontrarse tan mareados como ella. Pensó que quizás no eran más que fantasías suyas pero tenía claro que quería deshacerse del porro cuanto antes. - No –respondió el chico que estaba sentado donde el conductor-. Estoy muy colocado. Si doy una calada más voy a echar la pota. - Está bien –dijo Cristina tratando inútilmente de aparentar una tranquilidad que había perdido por completo-. Me lo fumaré yo. Los tres jóvenes intercambiaron miradas furtivas a través de los espejos interiores del coche y asintieron con la cabeza. Cristina no se percató de nada. Miraba ensimismada la colilla que ardía entre sus dedos, tratando de decidir qué hacer antes de quemarse, algo que iba a suceder de un momento a otro. La voz del chico que estaba sentado a su lado sonó desconocida, hueca. - Cristina. Supo que ya estaba ardiendo, y que la quemadura era mucho más seria que la provocada por un cigarrillo. Soltó un aullido de dolor y tiró el porro al suelo del coche. Se había quemado de verdad. Se metió los dedos en la boca buscando alivio. La alfombrilla comenzó a humear pero a nadie del coche pareció importarle.


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- Cristina –repitió el chico-. Te has divertido bastante esta noche ¿verdad? - Sí –se sacó los dedos de la boca-. Sí, claro, me lo estoy pasando de puta madre –le temblaba la voz. - Me alegro, Cristina –dijo con extraña frialdad-. Te lo estás pasando de puta madre, es verdad. Todos lo estamos pasando muy bien. Te hemos invitado a beber y a fumar maría. Hemos hecho lo que has querido, porque nuestro primer objetivo esta noche era que te lo pasases de puta madre, como te gusta decir. Ya hemos cumplido con ese primer objetivo. Pero ahora nos tenemos que divertir nosotros ¿no crees? Cristina estalló en una sonora carcajada. No era capaz de retener más que unas pocas palabras y en su cabeza se formaban frases incompletas y sin sentido. Cada fragmento del monólogo de aquel chaval le resultaba más extraño que el anterior, lo que le resultaba extremadamente divertido. Su risa se fue haciendo cada vez más fuerte, incontrolable. Unas lágrimas brotaron de sus ojos. Se acordó de Marina. Deseó haberla hecho caso. Pidió perdón mentalmente por haberla tratado tan mal. Si no hubiese sido tan soberbia ahora estaría durmiendo en su cama, a salvo. No sabía muy bien qué estaba ocurriendo, pero había algo en su interior que sentía un terror que no era capaz de materializar como un pensamiento consciente. Intuía que se encontraba en un aprieto al que no podía identificar y del que no sabía cómo salir, ya que no era capaz de pensar con claridad. Y a pesar de todo, seguía riendo sin parar. El chico del asiento de atrás continuó hablando con el mismo tono de voz melifluo e inquietante que acababa de adoptar. - Has estado tomando copas y fumando toda la noche a nuestra costa. Recuerda. No te hemos pedido ni un solo euro.


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Hemos estado a tu completa disposición, a tus pies. Es justo que ahora nos compenses. Cristina trató de decirle que no entendía nada de lo que estaba hablando, pero fue incapaz porque no podía parar de reír. - Deja de reír ya –dijo el chico que estaba sentado en el asiento del conductor-. Me estás empezando a tocar los cojones. - Nunca –Cristina respondió adoptando un gesto serio para volver a estallar en una sonora carcajada-. Chicos –dijo gritando- sois la hostia. - ¡Cállate de una puta vez, joder! Cristina no supo quién había gritado, aunque lo cierto era que le daba igual. Una alarma se había activado en su cabeza y sabía que algo no iba bien. El resto de su mente estaba tan entumecida que no era capaz de tomar conciencia del lío en el que estaba metida. El humo provocado por la alfombrilla quemada se hizo evidente, manifestándose por encima del de la marihuana. - ¡Me cago en la puta! –gritó uno de los chicos-. Apagad eso. Vais a joder el coche de mi padre. Cristina seguía riendo, pese a todo, hasta que el chico que estaba junto a ella le pegó un bofetón. Entonces se calló y le miró extrañada, como si no entendiese muy bien lo que acaba de suceder. - Me has hecho daño –dijo Cristina en un susurro. Como respuesta, el mismo chico que la acababa de golpear se incorporó y se abalanzó sobre ella. Cristina comenzó de nuevo a reír, mientras trataba de zafarse. Otro de los jóvenes se encaramó sobre su asiento y la agarró de las muñecas, inmovilizándoselas. - Estate quieta, zorra –bramó.


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Cristina comprendió entonces que no se trataba de una broma y cejó en su resistencia ante la sorpresa de los atacantes. Hizo un esfuerzo y se concentró lo suficiente como para saber que por las malas no tenía nada que hacer. - Dejadme en paz. Me quiero ir a casa –dijo con serenidad. - Ahora no te puedes ir –dijo uno. - Quiero irme a casa ahora mismo. Me estáis haciendo daño. - Si no te tranquilizas te vamos a hacer más daño aún. Cristina comenzó a gritar y a patalear. Se liberó las manos con un violento movimiento. Los dos chicos apenas podían esquivar el aluvión de patadas y manotazos que les comenzó a llegar por todas partes. Habían fumado mucho menos que ella, pero sí lo suficiente como para que los reflejos no funcionasen con normalidad. Con mucha menos droga en el cuerpo, otras chicas no ofrecían tanta resistencia. El chico que estaba sentado en el asiento del copiloto permanecía impasible, observando la escena por el espejo retrovisor. - Sois unos mierdas –dijo con desprecio-. Me cago en la hostia. Dos tíos no son suficientes para poner firme a una zorrilla. Abrió la guantera y sacó una navaja. - Unos mierdas. La abrió con cuidado y durante un par de segundos estuvo observando el reflejo de las luces de la lejana ciudad sobre la afilada hoja. Se encaramó sobre su asiento y puso el acero a la vista de Cristina que dejó de moverse de inmediato. - Mira esto, guapa –dijo amenazante. Cristina observó la navaja con terror. - ¡Te estoy diciendo que mires esto! –gritó mientras ponía el arma a escasos centímetros del rostro de la muchacha.


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Los otros dos chicos soltaron a Cristina y se echaron hacia atrás. Era obvio que entre sus planes no figuraba algo así. Divertirse con una chica no era un acto heroico si ella no quería, pero consideraban que lo que hacían no era más que dar un empujón desde el borde de la piscina. Si una tía se metía en el coche a fumar porros con tres desconocidos sabía a lo que se exponía. Pero nadie había hablado de navajas. - ¿Pero qué cojones haces, tío? –preguntó el chico del asiento de atrás. - Nos vamos a dar un festín a costa de esta preciosidad, quiera o no quiera –hizo una pausa mientras giraba la navaja-. Y mejor que quiera porque de lo contrario lo va a pasar realmente mal. Cristina aprovechó que los chicos la habían soltado para pegar una fuerte patada en los genitales del que estaba sobre ella. Este saltó hacia atrás con gran fuerza y se golpeó con la cabeza en el techo abriéndose una brecha que comenzó a sangrar de inmediato. La muchacha se tiró por encima de él y logró abrir la puerta y lanzarse de cabeza hacia la calle. Cayó al suelo y se arrastró alejándose del coche. No sabía dónde estaba, pero cualquier lugar era mejor que cerca de aquellos salvajes. El chico de la navaja salió amenazante. No debía sentirse muy seguro porque no se alejó del coche. - Te vas a enterar –dijo en un susurro-. Te vas a enterar, zorra. La oscuridad era muy densa y apenas se veía. Cristina se alejó a rastras un poco más y después se incorporó y comenzó a correr. Las luces de unos vehículos en movimiento le señalaron la dirección de la carretera más cercana. Probablemente la habían llevado a un descampado de los que utilizan los jóvenes para buscar intimidad. Otro de los chicos


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salió del coche y se dirigió hacia el de la navaja, que avanzaba nervioso hacia los ruidos que provocaba Cristina en su huída. - ¡Vuelve al coche, joder! Va a salir a la carretera y llamará a la policía. Vámonos echando hostias de aquí.


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Cerró la ventana y se metió en la cama. Eran las siete de la mañana y el cielo ya comenzaba a clarear. Al ser domingo, la voz de la ciudad aún no se dejaba escuchar. Marina dio algunas vueltas buscando la posición adecuada. Todavía estaba inquieta y sabía que le costaría un buen rato dormirse. Había aguantado despierta toda la noche, esperando a que llegase su amiga. No era la primera vez que lo hacía. La reciente discusión tampoco había sido una novedad. Se repetía cada cierto tiempo. Cristina tomaba una decisión precipitada e irreflexiva. Marina trataba de reconducirla y evitar que se metiese en problemas, pero Cristina no dudaba. Si quería algo lo quería ya. Marina era mucho más temerosa y conservadora. Prefería ir paso a paso. Conocer a la gente con la que se juntaban. Tener varios encuentros en sitios públicos y determinar si las personas eran o no de confianza. Marina había asumido que debía cuidar de su amiga y lo hacía aunque a ésta no le gustase.


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Pero por fin Cristina había vuelto a casa. Le había parecido que traía la ropa manchada de tierra o barro, pero estaba de una pieza y eso era suficiente para tranquilizarla. Cerró los ojos y se dejó llevar durante unos minutos por los caminos más azarosos de la imaginación hasta que el cansancio la sumergió en un profundo sueño.


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Tardó unos instantes en tomar conciencia de qué la estaba molestando. Cuando se dio cuenta de que era el teléfono móvil lo que la había despertado se incorporó un poco y cogió el aparato sin mirar la pantalla para saber quién hacía la llamada. Si era capaz de pulsar el botón verde ya se sentiría bastante satisfecha. - ¿Diga? Miró con dificultad la hora en el reloj de pulsera que descansaba sobre la mesilla. Eran poco más de las nueve de la mañana. Apenas había dormido y se encontraba fatal. - Marina, soy Cristina –dijo una voz ronca al otro lado del terminal. - Cristina… –dijo haciéndose la distraída-. Ah, sí. Cristina – exclamó irónica-. Ya recuerdo. Eres mi amiga, la que me mandó a casa anoche para que no molestase… Buenos días. ¿Quién ha muerto para que me llames a esta hora? - Llamo para pedirte perdón –dijo casi sollozando-. Tenías razón. Esos chicos no eran de fiar.


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Marina se incorporó del todo y se sentó en el extremo de la cama. El tono de voz de su amiga resultaba preocupante. - ¿Qué ha pasado? ¿Te hicieron algo? Cristina, dime que ha pasado –dijo suplicando-. Dime que no te han hecho nada. Ya te dije que los tíos esos no me gustaban. - Tranquilízate, por favor –dijo más calmada-. No ha pasado nada. Tan solo quisieron propasarse un poco. - ¿Tan solo? ¿Qué quieres decir con eso? - No fue nada más que un malentendido. Fumamos mucho y los chicos creyeron que yo estaba dispuesta a darles algo más que compañía. Me asusté un poco, lo reconozco, pero salí de allí sin un rasguño. No te llamaba para asustarte, solo para pedirte perdón porque fui una borde contigo. - Lo fuiste, tienes razón. Y espero que este susto te sirva para ser algo más prudente y para que me tengas un poco más en cuenta. - Tienes razón. El silencio se apoderó de la conversación durante unos segundos, poniendo de manifiesto que todo lo que había que decir había sido dicho ya. Al menos en lo que a Marina se refería. Cristina tenía más, mucho más. Un ovillo de vergüenza y de arrepentimiento le estaba asomando por la garganta pero la larga mano de la necedad no lo dejaba salir. Y pasado el primer momento había vuelto a instalarse en lo más profundo de su alma. - Voy a colgar, Cristina. Quiero dormir un rato más. Luego te llamo. Espero que esto te evite llevarte un susto más serio. - Hasta luego Marina –un sonido agudo indicó que Marina acababa de colgar-. Ya me lo llevé amiga. El susto de anoche fue de los que no se olvidan.


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Los dedos de Ironman acariciaban el teclado con la misma suavidad y precisión que los de un pianista. Alternaba la mirada entre las teclas y el monitor, y sentía algo muy parecido a la satisfacción por la velocidad que era capaz de alcanzar dando instrucciones al ordenador. Además, escribir comandos le provocaba una sensación única. De manera autodidacta, se había convertido en una especie de experto en informática. Al menos para él era así. Se sentía uno más de los nuevos sumos sacerdotes surgidos como consecuencia de la universalización de los ordenadores. Comprendía lo que para otras personas no era más que jerga extraña y sin sentido. Era capaz de entrar en territorios vedados a la gran mayoría de la gente. Se sentía diferente, especial. Estaba un peldaño por encima de sus congéneres. Ironman era su nickname, el nombre de guerra. La firma anónima con la que se daba a conocer en los sótanos de Internet. El grafiti con el que rubricaba las pintadas virtuales realizadas en un mundo intangible. Lo había elegido no por el personaje del comic, sino por el significado de las dos palabras


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que lo componían. Le identificaban tanto física como mentalmente. No tenía ninguna duda de que era ambas cosas en grado máximo y se sentía orgulloso de ello. Eligió el apodo al poco tiempo de descubrir la otra Internet. Para Rafael, como para tantas otras personas, la Red no había sido más que una fuente de entretenimiento, hasta que un día se encontró por casualidad con la entrada a la madriguera del conejo. Había escuchado esta expresión en la película Matrix y cuando tuvo conciencia de lo que se escondía debajo de la alfombra supo que no podía ser más apropiada. Al contrario que en la película, la puerta de atrás a Internet no era precisamente un secreto. Tampoco hacía falta que un tipo calvo con aspecto de boxeador te diese una pastilla roja para que pudieses ver lo que los demás ni siquiera sospechaban que existiese. Eran miles las personas que sabían que debajo de la aparente inocencia de las páginas Web había un laberinto con infinitas puertas que daban acceso a todo lo que la mente de un hombre podía concebir. Bastaba con agarrar un extremo del hilo y seguirlo para adentrarse en la prisión del minotauro. Rafael quedó fascinado la primera vez que lo hizo. Fue el mismo día en que se puso el sobrenombre de Ironman. Utilizar un sobrenombre era algo habitual entre los habitantes del submundo de Internet. La mayoría de ellos eran freaks de aspecto enfermizo que pasaban los días y las noches enganchados al ordenador haciendo cosas sin importancia, como participar en juegos en red o compartir información inútil. No era el caso de Rafael. Como Ironman hacía cosas importantes constantemente. Se proponía desafíos cada vez más complejos y no descansaba hasta llevarlos a cabo. Aunque en un principio no sabía nada del funcionamiento de los ordenadores, con su voluntad de hierro había ido aprendiendo poco a poco a través de foros y de una pequeña aunque experta


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red de contactos. No había hecho más que comenzar su aprendizaje y aún le quedaba mucho por descubrir, pero incluso eso era un apasionante estímulo. Llevaba todo el día y gran parte de la noche conectado. Sabía que estaba cerca de encontrar aquello que buscaba, pero decidió que era mejor dormir algo antes de ir a trabajar. Apagó el cigarrillo retorciéndolo con los dedos en el cenicero, que amontonaba una buena cantidad de colillas. Se incorporó de la silla y lo vació por la ventana sin ni siquiera mirar si pasaba alguien por debajo. Le desagradaba el olor de los restos del tabaco y no tenía intención de dejar que estuviesen allí toda la noche mancillando su santuario. Durmió muy poco, como era habitual. El cielo estaba despejado y la luz del sol que entraba por la ventana le despertó. Entreabrió los ojos y miró al despertador. Era la hora de ponerse en marcha. Se levantó de la cama al instante y se dirigió hacia el dormitorio que hacía las veces de despacho y al que se refería mentalmente como el santuario. Comprobó con satisfacción que la calidad del aire de la habitación era óptima y cerró la ventana. Encendió uno de los monitores y revisó el correo electrónico. Sólo habían entrado algunos mensajes de publicidad. Las apenas cuatro horas que había estado durmiendo no habían dado tiempo a mucha más actividad. En realidad, lo habitual era eso, recibir mensajes enviados de manera automática por maquinas y sistemas programados. Tenía algunos amigos, como todo el mundo, pero su relación con ellos era bastante distante. Su comportamiento no invitaba a otra cosa. Movió la silla hasta el centro de la habitación. Observó la estancia como si nunca hubiese estado antes allí. Tenía diez


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metros cuadrados aprovechados hasta el último palmo. A uno de los lados se encontraba una gran mesa de la que Rafael se sentía orgulloso. La había construido él mismo con un tablero de la medida exacta de la pared sobre la que se apoyaba. Debajo había cinco ordenadores. Tres de ellos estaban desconectados y desmontados. Unos pequeños leds verdes y rojos indicaban que los otros dos estaban en funcionamiento. Encima del tablero había tres monitores planos y un buen puñado de dispositivos informáticos. La pared del otro lado estaba ocupada por completo por una estantería repleta de libros de informática y de comics de manga. Debajo de la ventana había un pequeño sofá color canela que Rafael utilizaba para tumbarse a descansar. La habitación no tenía armario. No lo necesitaba. El que había en el dormitorio principal del piso era suficiente. En el techo, un ventilador hacía las funciones de lámpara y servía como alivio contra el calor en los meses de verano. Había proyectado el santuario antes de descubrir su afición a la cara oculta de la Red pero se había adaptado a sus recientes necesidades a la perfección. Era su entrada particular a la madriguera. Y resultaba perfecta. Encendió un cigarrillo y observó los monitores. En uno de ellos, un programa P2P descargaba simultáneamente películas de acción y episodios de series de animación japonesas. En otro, un programa robot se dedicaba a rastrear direcciones IP elegidas al azar, buscando agujeros de seguridad en ordenadores de desconocidos. Rafael acercó la silla hasta el primero de los ordenadores para seguir con su búsqueda. Los fundadores de Internet habían soñado con definir unos protocolos de comunicación que permitiesen conectar entre sí a todos los ordenadores, sin que importase donde se


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encontraban éstos, quién era el fabricante o qué sistema operativo utilizaban. Lo consiguieron y establecieron las bases de la revolución cultural más importante ocurrida desde el invento de la imprenta. Pero no fue hasta finales de los años ochenta y principio de los noventa cuando Tim Berners-Lee y Robert Cailliau crearon la Word Wide Web: un nuevo paradigma en el que los documentos digitales, las denominadas páginas Web, además de textos contenían imágenes e hiperenlaces. Estos últimos permitían la navegación entre páginas y esa había sido la novedad que confirió un carácter multidimensional a la Web. Fue la Web lo que universalizó el acceso de las personas de la calle a Internet. La ancestral necesidad humana de obtener información y de relacionarse con los demás hizo el resto. Difícilmente habrían intuido entonces Berners-Lee y Cailliau los usos que se iban a hacer en el futuro de su, en apariencia, inocente creación. Rafael tecleó “piratear webcam” y pulsó la tecla de retorno. Google mostró los primeros diez resultados de los casi cuarenta mil que decía haber había encontrado. Rafael no se inmutó ya que no tendría que leer todas aquellas páginas. Sólo echaría un vistazo a las primeras, hasta que encontrase lo que estaba buscando. No le llevaría demasiado tiempo aunque sabía que no debía precipitarse. Era necesario tener paciencia y, sobre todo, mucha prudencia. Sabía que la Web estaba construida a base de mentiras: nombres falsos de usuario, identidades inventadas, inocentes programas que escondían comportamientos ilegítimos… Esto último le causaba pavor y tenía mucho cuidado en no instalar nada en su ordenador que le convirtiese en víctima en lugar de verdugo. Había leído en algún lugar que Internet era una fiesta de disfraces en la que


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nadie era quien decía ser. Él mismo era una prueba de que la afirmación era correcta. Una de las páginas devueltas por el buscador hablaba de los posibles usos que se podía dar a una webcam. Rafael buscaba información referente a una técnica conocida como fake. Consistía en hacerse pasar por quien no se era de manera creíble en una videoconferencia. La página decía que la técnica más burda para hacer fake consistía en orientar la cámara Web hacia la pantalla y reproducir un vídeo en ésta. El autor de la página indicaba que la calidad solía resentirse y que no serviría si el ordenador llevaba la cámara integrada, algo habitual en los portátiles. Otra de las propuestas para engañar al interlocutor consistía en incrustar en la conversación un vídeo grabado utilizando un programa informático. La persona del otro lado vería lo que uno quisiese, creyendo que era la imagen real de aquel con el que estaba manteniendo la videoconferencia. En este caso la calidad no hacía dudar a la víctima. Fantaseó de inmediato con la utilidad de esta herramienta y apuntó el nombre del programa en la agenda que utilizaba para tomar notas. Era un programa comercial, pero seguro que se lo podría descargar pirata de algún sitio Web. O pedírselo a alguno de sus “amigos” de Internet. Un pitido le hizo levantar la vista de nuevo hacia el monitor. MrBit le había enviado un mensaje a través de Skype. - Ironman, ¿Estás? –preguntó MrBit. - Sí –respondió Rafael. - ¿Qué haces? - Estoy en el santuario, buscando. - ¿Y cómo llevas la búsqueda? - Bien. Acabo de encontrar un programa muy bueno para hacer fake. Se llama Fake Webcam. ¿Lo conoces?


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- Sí –respondió MrBit- además lo tengo. Te lo puedo pasar. Y ya sabes que si quieres hacer alguna prueba puedes contar conmigo. - Lo sé –dijo, satisfecho de disponer de un colaborador tan dispuesto-. Ahora tengo que irme a trabajar, pero ya te lo pediré. Gracias, tío. A Rafael no le gustaba mucho hablar. Las conversaciones con sus “amigos” de Skype eran siempre breves y se extinguían sin una despedida explícita. Consistían en un intercambio de saludos y dos o tres preguntas. Había conseguido una relación útil de contactos. Freaks a los que había accedido a través de foros de hackers y de videojuegos. Gente, pensaba, enganchada al ordenador y con pocas habilidades sociales. Jamás habrían sido sus amigos en la vida real, pero ahora estaba siendo pragmático. Cerró la ventana de Skype y abrió el navegador. Tecleó un nombre en el buscador de imágenes. Veinte pequeñas fotografías aparecieron al instante. Casi todas correspondían a personas desconocidas para él. Excepto una de ellas. Se trataba de una fotografía de un perfil de Facebook al que se podía acceder aunque no se tuviese una cuenta en dicha red social. - Mi musa. Amplió la imagen y sintió un estímulo de placer ante la visión. A Rafael le gustaba todo de ella: el pelo castaño, recogido en una coleta; la piel fina y clara; los anchos ojos marrones; los carnosos labios de adolescente. Cada detalle le estremecía. Soñaba con acariciar su cuello delicado. - Mi musa.


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Tembló de excitación al imaginarse mordiendo el piercing que la chica de la fotografía llevaba prendido del labio inferior. Soñaba con agarrarlo con los dientes y tirar de él. Despacio al principio, para ir incrementando poco a poco la intensidad. Cada vez más fuerte, hasta arrancarlo y hacer manar tibia y cálida sangre de aquella boca que tanto deseada. “¿Te gustaría hacer eso?” Algo se desubicó en su cabeza y se levantó de repente, apartando la mirada de la pantalla. Respiraba sofocado. Estaba muy excitado y sentía los latidos del corazón por todo su cuerpo. Caminó nervioso hasta la ventana y observó la calle durante unos instantes, tratando de tranquilizarse. Volvió a sentarse de nuevo y siguió contemplando la imagen de la muchacha. No debía tener ninguna duda ni podía permitirse ninguna debilidad. Su intención era acercarse a Cristina tanto como fuese necesario, hasta que ella sintiese el deseo de dar el último paso. Iría a él, estaba convencido. Sería una fiesta de la que tenían que disfrutar los dos. “Sé que te gustaría.” Abandonó la habitación y cerró con llave. Cuando convirtió aquel espacio convencional en su santuario tuvo la gran idea de poner una cerradura en la puerta. Así evitaba miradas curiosas. Recibía pocas visitas pero estas a veces eran impertinentes y querían fisgonear más de la cuenta. Al principio las visitas hicieron preguntas, extrañadas por la existencia de una puerta interior cerrada a cal y canto. Rafael ya lo había previsto y se había inventado una convincente respuesta: sus caseros tenían


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cosas que guardar y utilizaban el cuarto como trastero. De hecho, decía que habían puesto la cerradura a petición de él mismo, para evitar problemas. Las visitas tardaron poco en dejar de preguntar. Un tiempo después también dejaron de ir a verle. Antes de salir al rellano contempló su imagen en el espejo. Aparentaba bastante más de los veinticuatro años que había cumplido hacía tan sólo unas pocas semanas. Tenía el pelo negro, muy corto, coronado por una pequeña cresta conseguida a base de gomina y mucha paciencia. Dos argollas de mediano tamaño colgaban de los lóbulos de las orejas. La cicatriz que partía en dos su ceja izquierda le proporcionaba un aspecto un tanto carcelario que resultaba muy atractivo a las chicas de los ambientes que solía frecuentar antes de que la Red ocupase todo su tiempo libre. Normalmente vestía camisetas lisas de color oscuro, sin ningún adorno, muy ajustadas. Las otras prendas habituales eran vaqueros azules y zapatillas de deporte de marca. El casi metro ochenta de estatura y un cuerpo trabajado por los ejercicios que realizaba a diario con disciplina castrense le proporcionaban una estampa imponente. Rafael se sentía feliz. La recién iniciada semana prometía ser interesante y eso le ponía de excelente buen humor. Había tomado una decisión al respecto de qué hacer con su musa. También había elaborado un plan y parecía sólido. Una corriente de optimismo le embargaba. No veía el momento de regresar al santuario a continuar con la búsqueda. Sabía que estaba muy cerca de disponer de todo lo necesario. Aún no sabía muy bien cómo hacer algunas de las cosas que se había propuesto, pero lo averiguaría pronto. Disponía de medios y de una ayuda experta que, para su satisfacción, era poco dada a las preguntas.


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El plan para acercarse a su musa se había estado gestando en el interior de su cabeza de manera inconsciente durante mucho tiempo. Al principio sólo había sido un rumor lejano, como el ruido producido por una pequeña cascada de agua que está oculta detrás de una maleza tupida. Para escucharlo debería haber estado atento y Rafael, en un principio, no lo había hecho. El rumor se había mantenido amordazado, agazapado como un animal salvaje en la espesura. Mucho tiempo, quizás gran parte de su vida, pronunciando otros nombres y observando otras caras, pero acechante siempre en silencio. Para Rafael no había sido más que otro instrumento de la orquesta de ideas mudas, ecos inconexos y sin importancia que le llenaban la mente de continuo. Tan irrelevante como habitual. Tan aséptico que no había ningún motivo por el que girar la cabeza y prestarle atención. Pero el rumor poco a poco fue haciéndose más evidente. Cada vez que se cruzaba con su musa en la calle, en la escalera o en la panadería, el sonido de la cascada se amplificaba, hasta que al fin un día, se presentó ante él adoptando una forma concreta, tangible. Rafael no podía identificar el momento inicial, el instante cero en el que su musa pasó a ser el centro físico de sus pensamientos, algo que tuvo que ocurrir mucho antes de tomar conciencia de ello. Lo que sí supo es que había estado allí durante mucho tiempo, como un concepto incipiente e instintivo, y que poco a poco se había ido convirtiendo en un agujero negro con un poder de atracción total. Cuando quiso prestar atención ya estaba a merced de su fuerza gravitacional y no había forma de salir de él. Sintió que se trataba de una señal: el momento en el que fue consciente de la obsesión que le estaba consumiendo coincidió con el descubrimiento de la otra Internet. Intuyó desde el


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primer momento que la feliz casualidad le podría llevar hasta ella. Le debía llevar hasta ella. Fue entonces cuando comenzó a fraguar el plan. Y también fue entonces cuando apareció la voz. De manera nada sutil, además. Inoportuna, molesta, insoportable. Y física. Al menos para él, porque supo enseguida que no era audible para los demás. Pero Rafael la escuchaba de verdad. Un pensamiento relacionado con su musa estaba tomando forma cuando la voz apareció por primera vez. Buscó por toda la casa, temiendo que un intruso se hubiese colado en ella. Sin éxito, trato de encontrar algún posible aparato que emitiese aquel sonido. Sabía que su búsqueda no tenía sentido, ya que la voz no salía de ningún punto concreto, pero no quería contemplar la posibilidad de que estuviese sufriendo algún tipo de trastorno. La voz resultó ser la suya propia: el timbre, el vocabulario, la entonación, las expresiones. Todo coincidía excepto el discurso, cobarde y mezquino. Cuando se rindió a la evidencia quedó en estado de shock. Reconocer que escuchaba una voz ajena hablando desde dentro de él supuso un mazazo. Era poco menos que descubrir que algo en el interior de su cabeza estaba comenzando a fallar. Por fortuna le había ocurrido en casa, durante el fin de semana, y tuvo el tiempo suficiente como para ordenar las ideas y decidir que se trataba de una información que tenía que encerrar en su saturado cofre de los secretos inconfesables. También descartó la posibilidad de que se estuviese volviendo loco. Eligió hipótesis menos dolorosas. Después de aquel primer contacto la voz volvió una vez tras otra. Siempre que aparecía, Rafael estaba pensando en su musa. Pero no lo hacía ante cualquier idea. Sólo cuando su imaginación se desbocaba. Entonces el cansancio, la falta de sueño y el estrés utilizaban su voz y su mente para hacerle


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preguntas absurdas y molestos reproches sin sentido. Rafael había aprendido a convivir con aquella anomalía, pero cuando aparecía le generaba una intranquilidad que solía desembocar en arrebatos de ira. También había aprendido a no prestarle atención si no era necesario. Y ahora no lo era. Bajó los escalones de dos en dos, a la carrera, como hacía todas las mañanas. Las zapatillas deportivas amortiguaban algo el sonido aunque Rafael jamás había tenido en consideración que pudiese molestar a nadie. No se había criado en aquel edificio pero lo sentía como suyo. Había adquirido los mismos derechos que el resto de las personas que vivían allí, incluyendo el de hacer todo el ruido que quisiese. Otros vecinos subían el volumen de la televisión cuando les daba la gana, discutían gritando a sus esposas o tenían niños pequeños a los que no se preocupaban de hacerles callar cuando se ponían a llorar. Rafael no reprochaba nunca nada a ninguno de ellos, pero tampoco iba a aceptar que los demás hiciesen lo contrario. Al pasar junto a la puerta del 1ºA ralentizó el paso, tratando de ser silencioso. Se detuvo y puso toda su atención en los ruidos que llegaban desde el interior de la vivienda. Una voz aguda, de mujer joven, gritaba reclamando algo. Trató de entender qué decía sin éxito, pero era su voz. Y sólo su voz era lo que deseaba escuchar. Continuó su camino con paso vivo, mientras comenzaba a silbar la melodía de You are always on my mind. Mientras lo hacía, en su boca se dibujó algo parecido a una sonrisa.


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Carmelo atendía absorto las explicaciones de Carmen, como un niño viendo su programa favorito de televisión. Su compañera hablaba con la precisión y la sencillez de una maestra veterana. Además de experta en Internet y en ciberdelitos se estaba mostrando como una comunicadora excepcional. Parecía que, si se lo propusiese, podría ser capaz de hacer entender los fundamentos del derecho romano a un estudiante de primaria. También comprobó con sorpresa como era capaz de leer sus gestos para detectar si estaba comprendiendo las explicaciones. Cuando esto no ocurría, cambiaba su discurso por completo, enfocándolo desde otro punto de vista que solía resultar clarificador. Carmelo se sintió admirado ante la madurez que había adquirido desde la última vez que se vieron. Aun no habían hablado de ello, pero ambos sabían que tarde o temprano tendrían que hacerlo. Carmen no pretendía que se convirtiese en un experto, ni que conociese todos los detalles técnicos que tenían que ver con los delitos tecnológicos. Al menos no a corto plazo. No obstante, había decidido aprovechar cualquier momento para


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explicarle todo aquello que consideraba que debía saber. Uno de los objetivos que Raúl perseguía al solicitar el traslado de Carmen era que esta trasmitiese el conocimiento que tenía a sus agentes y ella lo sabía. Carmelo debía ser el hilo conductor. Para empezar debía aprender a detectar cuándo se enfrentaba a una amenaza o a un posible delito y, por supuesto, a no ser presa de los mismos. Quería evitar a toda costa que ocurriese algo parecido al ataque que sufrieron varios altos funcionarios estadounidenses en el verano de 2011. Desde que conoció el caso, no se le quitaba de la cabeza y era un objetivo personal hacer saber a sus compañeros los riesgos a los que se exponían. Según supo por la prensa, un numeroso grupo de empleados públicos del país americano recibieron un ataque masivo con origen en China y en el que se utilizaban técnicas de phishing con el objetivo de conseguir sus contraseñas de correo electrónico. - Y lo consiguieron –dijo Carmen con seriedad. - ¿Qué es eso del phishing? Oí hablar de ello en el congreso pero no me quedó claro. - El phishing consiste en enviar un correo electrónico solicitando información confidencial del destinatario. Normalmente datos bancarios o, como en este caso, las contraseñas de las cuentas de correo. - ¿Pidiéndolo sin más? –preguntó Carmelo extrañado. - No exactamente –rió Carmen ante la ocurrencia-. Lo que se hace es simular que el origen del correo es legítimo. El destinatario, si no está prevenido, muerde el anzuelo, accede a una página Web con el mismo aspecto que la de su banco o portal de correo electrónico y teclea los datos confidenciales con absoluta confianza. - Pero lo datos no van a donde deben ir sino que se lo quedan los tipos que están haciendo el ataque ¿verdad?


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- Eso es, Carmelo. Puede que incluso luego enlacen con el sitio Web real y que la persona pueda leer sus mensajes o ver el estado de sus cuentas. Así no desconfía y los delincuentes disponen de más tiempo para hacer lo que les apetezca. - ¿Y cómo se puede evitar? - Con sentido común –respondió sin que aparentase estar bromeando-. Nunca un banco ni ninguna otra empresa te pedirá la contraseña a través de un correo electrónico. Jamás. Y si te la piden, desconfía. Lo mismo para las cuentas de correo. En cualquier caso lo que hay que hacer es prestar atención a la dirección a la que está accediendo en el navegador. Si se ve algo sospechoso es mejor no hacer nada, por si acaso. Carmelo procesaba la información con rapidez. Tenía sentido y no parecía que hubiese que ser un águila para darse cuenta de que algo no iba bien cuando te intentaban robar información. Pero si unos funcionarios de alto nivel del gobierno más poderoso del mundo habían sido víctimas de un engaño así es que la idea funcionaba. Carmen volvió a prestar su atención al ordenador. Quería continuar enseñando a Carmelo a qué se enfrentaban antes de comenzar con el caso de la muchacha. - Mira esto –le dijo Carmen señalando un artículo escrito en inglés en la pantalla de su ordenador portátil-. El caso de Justin Berry. Un buen ejemplo de qué tipo de cosas ocurren en la Web. Carmen comenzó a leer el texto en voz alta. Sabía el efecto que produciría en Carmelo. Había utilizado aquel peculiar suceso en alguna reunión de grupo y sabía que, aunque dura, o precisamente por eso, calaba. Era una buena manera de concienciar.


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El 19 de diciembre de 2005 un artículo publicado en el prestigioso New York Times sacudió las conciencias norteamericanas. Kurt Eichenwald, un periodista de este diario, sacaba a la luz la información obtenida tras varios meses de trabajo. Había contactado a través de Internet con Justin Berry, un adolescente que obtenía dinero ofreciendo contenidos pornográficos a pedófilos de todo el mundo en los que él era el principal protagonista. Eichenwald consiguió ganarse la confianza de Justin y este le puso al tanto de cómo se había iniciado en un negocio así. Cuando tenía 13 años, Justin compró una webcam. Era un chaval algo retraído y tenía pocos amigos. Pensaba que a través de Internet podría conocer a chicos y chicas de su edad. Se apuntó a una lista de contactos y obtuvo rápida respuesta, aunque no la que él esperaba. Amables adultos querían establecer amistad con él. Les parecía un chico guapo y pronto comenzaron a agasajarle con amables y dulces palabras. Justin provenía de una familia difícil: su padre, que había sido arrestado en una ocasión por agredirle, no vivía con ellos y su madre compartía su vida con otro hombre, su padrastro. Los pedófilos fueron sabiendo detalles de la vida del chico y aprovecharon sus necesidades emocionales para ganarse su confianza. Justin tenía los amigos que buscaba, aunque no fuesen de su edad. Aquellas personas le comprendían y le decían las palabras cariñosas que tanto necesitaba. El primer paso le resultó algo natural. Un hombre le propuso a Justin una cantidad de dinero por quitarse la camiseta delante de la webcam. Justin no vio ninguna maldad en ello, lo hacía todos los veranos en la piscina y no sacaba nada a cambio. El hombre le explicó la manera de abrir una cuenta en PayPal, uno de los sitios Web más utilizados para efectuar transacciones económicas a través de Internet. Justin comenzó a recibir dinero por realizar actividades inocentes, pero los pedófilos siempre querían más y, poco a poco, lo fueron consiguiendo. Justin terminó teniendo una lista de mil quinientos seguidores que pagaban grandes cantidades de dinero por dejarles verle desnudo, masturbándose o teniendo relaciones sexuales con otros adolescentes. Un lucrativo negocio


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que abandonó con dieciocho años cuando el periodista del New York Times decidió que había llegado el momento de sacar el caso a la luz. - ¿Y los padres no sospecharon nada? –preguntó Carmelo asombrado.

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David es un hombre feliz. Lleva la vida que siempre quiso. Tiene una familia a la que adora y un buen trabajo. Hasta que es despedido y vuel...

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