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Trabajo Autoral

Carolina Zerpa

Recuerdos de Tosto


Aproximación a un viaje lúdico Obra fotográfica de Carolina Zerpa Texto: Carlos Chirivella Un viaje puede ser interno o externo, siempre implicando la acción de traslado. Pero los viajes suelen implicar más que el movimiento en sí; pueden ser un refugio, una indagación, una huída o simplemente un juego. Sin embargo, más allá de lo que motiva el viaje, sería útil centrarnos en la trayectoria para alcanzar lo que estas fotografías dicen. Poseer dos nacionalidades no significa tener dos personalidades, son sólo dos documentos de identidad. Esto en lo que respecta al hecho físico, pero en la existencia de quien las posea, hallamos un fenómeno particular, y es que de alguna manera podría desprenderse de la sensación de inmigrante en alguno de los dos países de los cuales proceda física o genéticamente. Se es natural de dos espacios delimitados por fronteras. ¿merece esto ser analizado? Probablemente sí: porque cuando se habita un espacio, suele haber viajes a través de los recuerdos que nos evocan la sensación de haber estado en otro lugar del cual “no somos”. Pero y si se rememora un lugar del cual somos naturales, desde un lugar que también nos pertenece, entonces tenemos un movimiento pendular en nuestra mente. Antes de continuar, es importante revisar el término pendular. El péndulo lo asociamos directamente a la idea de reloj o de oscilación, y el reloj implica tiempo, así como la oscilación implica vacilación aun cuando éstas sean asociaciones arbitrarias de nuestra mente, debemos aclarar que el viaje al cual nos referimos no implica tiempo o vacilación. Implica, más bien, la naturaleza lúdica del traslado, y la mejor asociación que podemos hacer para referirnos al viaje pendular como hecho lúdico, es el columpio, aparato de juego que está implícito en la infancia. El columpio es un gran péndulo, sólo que no nos indica el transcurrir del tiempo y su segmentación sino que nos divierte. Es por eso que podemos entender el viaje pendular como un columpiarse en el espacio. En sus fotografías, Carolina Zerpa nos propone su viaje como un cuerpo narrativo, con la particularidad de que no es una historia contada por ella, es una historia narrada por los seres que van apareciendo en ese punto en el cual el columpio se hace de fuerza o se desprende de ella, porque en el medio sólo está el océano. La fotógrafa se traslada en su columpio trasatlántico para hacernos ver lo que los habitantes de cada costa tienen que decirnos.


Aproximación a un viaje lúdico Obra fotográfica de Carolina Zerpa Texto: Carlos Chirivella Y esto es otro punto de bastante importancia, porque uno de los grandes sueños del hombre es dominar la naturaleza sin darse cuenta de que en realidad es inherente a ella y que por más que modifique el espacio, la naturaleza continúa funcionando por muy grande que haya sido la modificación. Pero esto no quiere decir que el hombre haya perdido ante la naturaleza. pues, aun cuando es una consideración humana muy egoísta, afirmamos que los espacios sin vida humana son espacios inevitablemente muertos, todo en función de decir que el espacio “es” justo en el momento en el cual es apreciado por nuestros sentidos. ¿será acaso cierto que un espacio se convierte en lugar con la presencia humana? Es bastante probable, y tomando esta realidad como cierta, el hombre se apropia del espacio que habita, y así para el que no pertenece a ese lugar, para el extranjero y el inmigrante, la mejor manera de conocer ese lugar es a través de quien lo habita, es la necesidad de comprender y hacerse una idea del lugar no por medio del verbo sino de la imagen. Es decir, alguien habrá de contarnos la historia visual de ese lugar. En este caso concreto, tenemos la narración de dos lugares a los cuales la fotógrafa pertenece; sólo que no es su narración, sino la narración del otro habitante, el que sin darse cuenta fue capturado por la cámara y que sin preguntas o cuestionamientos nos muestra consigo mismo, el lugar al cual pertenece. Carolina Zerpa no hace más que codificarnos el mensaje y nos lo trae en fotografías de venezolanos y españoles. Personas que aunque unidos por la historia, hemos hecho construido propia historia independientemente haciéndonos distintos. Esto nos lleva al punto inicial, porque Zerpa no vacila al fotografiar, sólo juega a interpretar la historia de ambos lugares a través de sus habitantes, porque sin haber intención antropológica o sociológica alguna, nos hace ver lo humano que somos, lo unidos que estamos; es decir, somos perfectamente iguales sin confundirnos en el hecho de ser venezolanos o españoles y que salvando todas las diferencias, tenemos una historia que contar y que recurrimos a nuestra imagen para decirlo.


Aproximación a un viaje lúdico Obra fotográfica de Carolina Zerpa Texto: Carlos Chirivella Por otro lado, no culpo a los entendidos en la materia, en considerar irracional centrar un análisis fotográfico en la idea del espacio cuando abordamos fotografías que, en su mayoría, son de planos tan cerrados que rayan en el retrato personalísimo. No obstante, creo que ya ha sido justificado el hecho de que en estos casos, las fotografías forman parte de un diario de viaje y que si bien por sí solas dan mayor relevancia al sujeto, el viaje en columpio propone más bien al sujeto como parte inexorable de un entorno al cual pertenece, el caso contrario sería el de la mirada del inmigrante o del temporadista; apartando el hecho de que estas fotografías son todo, menos planificadas; y es que estamos frente a imágenes metonímicas: el sujeto (habitante) aparece en lugar del espacio (lugar). Entonces ¿podríamos afirmar que cada rostro es un espacio (territorio)? O mejor aun: ¿funciona el espacio como forma de las personas que lo habitan? Me parece que es un poco de ambas, es decir: el espacio sí toma la forma de quien lo habita porque ya hemos dicho que el ser humano no domina la naturaleza pero sí modifica superficialmente su funcionamiento, pero esa sensación de pertenencia tan importante para el ser humano como habitante se la da únicamente su convivencia con el espacio. Luego entonces tenemos dos formas de ver un mismo espacio, y en este caso es el del habitante como reflejo del espacio. Salvando este tema, pasamos a otro que no por ser el último deja de ser importante: el columpio tarde o temprano se detendrá ¿termina el viaje o se inicia otro? Parece más la segunda que la primera, porque esta detención del columpiarse no acaba con alguno de los dos espacios habitados, sino por la revisión de la fotógrafa de su propia imagen. Un hecho que, en principio, no deja de ser particular porque quien se apropió de las historias humanas de esos lugares pertenece a ambos. Es allí donde termina el viaje, no en medio del océano donde nos lo dicta la lógica más básica, sino en sus propios ojos que antes han estado tras el visor tomando notas de un traslado y que ahora aparecen frente al objetivo de la cámara narrando su propia situación: la de viajera que no pierde la estabilidad y que es perfectamente capaz de contar su propia historia, o mejor, sus propias historias. Carolina Zerpa. Reside actualmente en España. Integrante activo de los fundadores del Colectivo Fotógrafos D76.



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