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limpias con la manga de tu camisa. se ha manchado de algo líquido. ¿saliva? hmmm... observas la imagen. eres tú. ocho años. alzabas los brazos mientras tu madre se disponía a lanzarte una pelota de plástico. el patio de tu casa era tan grande como tu sonrisa. una hilera de recuerdos se apodera del momento. aligeras el paso para no recordar y te distraes viéndole el culo a la cuarentona que llevas delante. El Metro está ahí, lo tienes en frente. el Metro te divierte. siempre que entras te sientes arropado y disfrutas de cientos de miradas frías y gestos anodinos. vas de una estación a otra. juegas con el ascensor de cada vestíbulo. sabes cómo entretenerte. por la tarde, presintiendo el arribo de una tenue dosis de tedio y luego de haber comprado libros que no leerás, discos que no escucharás y ropa que sólo te pondrás una vez, vuelves a casa. en la esquina, regalas el libro (foto incluida) a un borracho que te pide una moneda. Entras en casa. tiras las bolsas. te repugna el hecho de comprar sin ningún motivo. el sofá te espera. duermes, duermes como un osezno cansado de corretear detrás de su madre, haciendo monadas. duermes sin reparar en el tiempo. luego, abres los ojos. las 2 a.m. a tientas, buscas tu cama a la vez que te desnudas. la encuentras. la funda está helada. ¿y tú? tú estás solo, como un grillo en un recóndito rincón de un sótano en una casa enorme, inmunda, abandonada. 17 agosto 2011

VOL.5  

Revista Fotocopia se complace en volver a ser una y otra vez, se ha hecho habitante del hábito, imita, lleva una existencia cuasipendular.

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