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LA MATANZA LA

ESPERANZA

“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la tiranía.” Mariano Moreno La desaparición repentina del principal actor político de nuestro país invita a la reflexión. En pocos días, toneladas de tinta intentan pintar un rompecabezas, entrever quién tomará la posta, quién rodeará a la presidente, habrá una retirada ordenada o caótica, un futuro con Scioli o un intento de retener un poder con demasiadas cabezas enfrentadas en categorías amigo-enemigo. Pero la gran discusión de nuestros tiempos persiste imperturbable por encima de las sesudas disquisiciones de los analistas. Esto es, si nos mantendremos dentro de la esfera del populismo y de una ideología que tiene una visión política centrada en el conflicto permanente, el antagonismo, la puja distributiva, la necesidad de un líder carismático que pueda “articular” la infinidad de demandas sociales, con la amenaza siempre latente de caer en una despiadada lucha de clases ante su ausencia. O bien, si lograremos consolidar instituciones que regulen los distintos derechos de las familias e individuos que componen nuestra sociedad, apostando a la cooperación con libertad y entusiasmo para desarrollar nuestro país, buscando cada uno su propia felicidad individual y al mismo tiempo, y sin conflicto, ayudar a nuestro prójimo voluntariamente. La primera alternativa, tal como la describe el politólogo Ernesto Laclau, surge en las sociedades donde existen una cantidad de demandas insatisfechas de los vecinos del campo y de la ciudad, algunas por temas de salud, otras por salarios, otras referentes a la vivienda, a la seguridad, y tal vez algunas sobre educación. Lo que tienen en común es que no son satisfechas por el Estado, esto permite crear una identidad de los de abajo frente a instituciones que ignoran sus demandas. De esta forma surgen las que Laclau llama “demandas equivalenciales”, es decir, demandas que tienen un componente particular que deja de atenderse y que se suman a un conjunto difuso de demandas que sólo tienen en común que no son atendidas por el Estado. Estas demandas no son procesadas por el sistema institucional y aparecen aglutinadas por un líder que dice enfrentar al sistema, y lo hace con un discurso meticulosamente preparado para ser ambiguo, vago, obscuro. El líder con el objeto de unificar las demandas elige un enemigo interno que estigmatiza y a quien adjudica todos los males, “la p… oligarquía”, “cipayos”, “contras”, “enemigos del pueblo”, “vende patrias”, “blancos”, etc... Ese sector es excluído de la sociedad y el resto pasa a ser un todo al que denominan “pueblo”. En esta visión entonces, de un lado queda el líder que defiende al “pueblo”, y del otro, los oligarcas que están unidos con las potencias extranjeras para explotar al “pueblo”. El líder verdaderamente populista logra entonces desarrollar una relación libidinosa con el pueblo, es decir, que el pueblo proyecta parte de su líbido sobre el líder. Éste entonces logra obtener super-poderes para “articular” el conflicto, negociando con los sindicatos, las grandes empresas, la iglesia, etc., alternando la zanahoria y el garrote, y siempre con la amenaza de un caos mayor o hasta de una guerra civil. Las grandes empresas aceptan este estado de cosas e intentan aprovecharlas en su favor obteniendo protecciones o subsidios especiales. Las masas populares son tranquilizadas con el discurso agresivo por el que se sienten protegidos por un lado y con el sistema de punteros que otorga beneficios sociales (incluyendo salud, vivienda, planes de ayuda, etc.) a cambio de favores políticos. De todos modos, el populismo argentino de hoy día no sería un populismo puro -como el de Chávez o Perón- dado que el líder no actúa cara a cara con grandes masas sino que lo hace a través de los medios (mediatiza) y, por lo tanto, las masas no actúan tan irracional y degradadamente como actúan la multitudes (en el análisis freudiano) sino en algún punto intermedio que podemos denominar “el público”, de allí la importancia de controlar los medios. Además, utiliza al Estado administrado por un el tradicional sistema de punteros cada uno con su clientela a quienes va satisfaciendo sus necesidades puntuales sin llegar nunca a que logren salir de la pobreza por sus propios medios. Laclau llama a esta forma de gobernar: sistema “semi-populista”. Este pensador tiene una visión estructuralista posmoderna con raíces en Lacan, Freud, Gramsci, Hegel y Marx. Para él, el populismo no es malo en si sino que es una forma de construcción de lo político inserta en un proceso histórico, es un análisis racional de cómo articular una sociedad que está necesariamente en conflicto, y puede ser tanto de izquierda como de derecha sin que esto altere su estructura esencial. Enfrentada a esta forma de hacer política se encuentra el enfoque institucionalista que también puede ser de derecha, liberal o de centro izquierda, como pueden ser los casos de Suiza, Australia, Canadá, o Suecia y el resto de los países


escandinavos. En este sistema las demandas de las personas son diferenciadas, cada una es tratada por separado -salud, educación, seguridad, empleo, más o menos impuestos, etc.- en el lugar que corresponde, y van resolviéndose de una manera democrática y republicana. El presupuesto pasa a ser la herramienta principal de gobierno y la toma de decisiones presupuestarias es mucho más descentralizada, y por ende, permite mayor participación ciudadana, para definir las diferentes prioridades de cada ciudad. Según Laclau esto significaría la desaparición de la política para dar lugar a la administración que resuelve cada demanda individual. Pero en realidad lo que sucede es que la política simplemente se encarrila dentro de las instituciones democráticas y la gente va eligiendo a sus representantes, debatiendo y obteniendo consenso para lograr ciertas acciones del Estado. Desde el punto de vista de Laclau y quienes comparten su visión, tal vez el problema del enfoque institucional es que está sustentado en el sistema republicano y democrático, y este requiere una sociedad compuesta por ciudadanos comprometidos con la política, involucrados en el proceso de toma de decisiones, no sólo para votar en las elecciones, sino en todos los diferentes niveles. La democracia argentina que acaba de cumplir 27 años tuvo como resultado un aumento de la pobreza de un 5% al 35%, este es el resultado de aplicar el sistema semi-populista tan bien descripto por Laclau. Si queremos cambiar el rumbo se requiere desesperadamente mayor participación ciudadana y mayor calidad en dicha participación. Afortunadamente, las nuevas tecnologías hacen cada vez más viable trasladar el poder al ciudadano para que sea él mismo quien tome las decisiones. La principal herramienta anti-populista es el presupuesto participativo, que requiere que los ciudadanos participen en la toma de decisiones y exijan transparencia y control. Existe una forma concreta de trabajar para superar el antagonismo, el conflicto y la lógica amigo-enemigo. Para descubrirlo es sólo necesario acercarse a la Matanza y colaborar para resolver las demandas puntuales de esa localidad donde se encuentra el corazón del populismo argentino. Allí, las ONGs, las organizaciones sociales locales y las empresas pueden colaborar con el Estado para resolver problemas concretos como la regularización de la propiedad, servicios esenciales para todos, electricidad, agua corriente, cloacas, calles asfaltadas, educación de excelencia, incluyendo el programa “una laptop por niño”, hospitales, etc. Si logramos transformar a la Matanza podremos cambiar la Argentina.

Institucionalismo  

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