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CUANDO LA LEYENDA SE VUELVE HECHO, SE PUBLICA LA LEYENDA Néstor Kirchner ha muerto. Pasado el impacto provocado por su fallecimiento, llega el momento de hacer un primer análisis de la herencia que nos lega su presidencia. Antes que nada, cabe preguntarse si es justo analizar a un personaje histórico sin gozar de la perspectiva necesaria para ello. El tiempo moldea y le da forma a la historia. A veces también suele distorsionarla. Por eso es necesario ser precavido a la hora de escribir sobre un personaje histórico como Kirchner. La visión que se tiene ahora de Néstor Kirchner seguramente no será la misma a la que tendremos dentro de 10 años. 10 años es el tiempo normal de la maduración y de la digestión, 10 años permiten atenuar, redondear los ángulos más marcados de los conflictos simbólicos inspirados por todo personaje que haya ocupado un espacio importante en la historia de su país. Recién dentro de una década estaremos en condiciones objetivas de hacer análisis mas sereno acerca de lo que significó Kirchner para la Argentina. En política, como en todo movimiento que afecta a las masas, la percepción muchas veces pasa a ser considerada como realidad. El primer análisis debe superar la percepción para hablar de hechos concretos. ¿Qué generó un personaje como Kirchner en la política Argentina? Antes que nada, mucha controversia. Hasta quienes no concordaban con sus ideas y su manera de hacer política no niegan que Kirchner ocupa un lugar de peso en la historia argentina reciente, aunque sea por el enorme poder que detentó. El estupor que generó su muerte, no solo entre sus condiscípulos sino también entre sus opositores, no se debe únicamente a su brusquedad. Algo más insidioso se esconde detrás del simple recogimiento frente a la muerte y esta vinculado con una especie de fascinación del ser humano por el poder y hacia el hombre que lo detiene. Kirchner fue antes que nada un aventurero político. Entendió que las grandes aventuras políticas son las de un hombre y no las de un pequeño grupo o de las masas. Las masas producen representantes pero no producen jefes. Para presidente de la Republica, uno elige a un jefe y no a un comité. Y Néstor Kirchner ejerció siempre de jefe. Ejerció el poder con tanta decisión, con tanta voracidad y de un modo tan férreo (por lo menos en apariencia) que generó respeto y adhesión entre sus admiradores y temor y recelo entre sus opositores. Por eso la sensación de vacío y de titubeo que predominan en el oficialismo y en la oposición desde que se dio a conocer la noticia de su muerte. La desaparición de un jefe, de una persona que constituye el centro neurálgico alrededor del cual todo organismo se articula, siempre deja una sensación de desorientación que tiende a idealizar (a veces de manera inmerecida) al líder que se fue. Para hablar de Kirchner, conviene antes que nada hacer la distinción entre el jefe y el estadista. No son siempre lo mismo. Si bien todo estadista es un jefe, no todo jefe es un estadista. El estadista es el líder autentico, es quien detiene un poder verdadero y no ilusorio. Y si bien todo poder se basa sobre la percepción del mismo, eso no siempre significa que sea verdadero. Una vez hecha esa sutil distinción, debemos preguntarnos a qué categoría pertenecía Néstor Kirchner. ¿Fue solamente un jefe? ¿O fue un estadista? Una de las cualidades más valorables de los estadistas -y la más certera para detectar quién es un verdadero estadista y quién solamente simula ser uno- es la capacidad de cambiar la visión popular. Todos los jefes políticos, y mas aun en una democracia, se fijan mucho en las encuestas populares y las usan como un marco de referencia importante para concebir su hoja de ruta política. Pero pocos son aquellos verdaderos líderes que en lugar de seguir como ovejas a las encuestas en cada momento, se proponen transformarlas al generar un cambio en el punto de vista de la opinión pública cuando la causa lo merece. Ese es el estadista. El deber de un estadista reside en aceptar asumir a veces una impopularidad pasajera para hacer triunfar a una gran idea. Un jefe incapaz de correr voluntariamente el riesgo de la impopularidad no puede ser un verdadero líder. Es a la luz de esta definición que uno tiene que analizar las acciones de Kirchner. Desconstrucción, histerización y degradación general de los términos de un debate público que ya


no trataba las cuestiones de fondo: estos han sido los defectos mayores del liderazgo Kirchner. El problema de Kirchner siempre fue su personalidad de jefe descarado. No tenía ningún filtro y cada día nuevo nunca se sabía qué nuevo límite o qué nueva frontera iba a autorizarse sobrepasar. En realidad, la división que Kirchner provocaba entre los argentinos nos confrontaba cotidianamente a una cuestión institucional fundamental para toda democracia y que casi nadie en Argentina suele tomar en serio: el concepto del superpoder presidencial. Las intervenciones brutales de Kirchner en todo tipo de asuntos (pequeños o grandes) solo creaban tensión ahí mismo donde debía tranquilizar y proteger. Concebir el poder a través de la confrontación solo creó una lógica guerrera en la sociedad, con una fidelidad total de sus defensores (lo que explica las escenas de viva emoción en su velatorio) y un rechazo visceral de sus opositores que el propio Kirchner se encargaba de exacerbar al tratarlos como enemigos. Néstor Kirchner no ha sabido concebir un modelo de país que incluya a todos los argentinos. Eso le impide ser considerado como un estadista. Ha sido en realidad un jefe corporativista que monopolizo el poder (con fuertes sospechas de corrupción mientras lo ejercía) para gobernar solamente para algunos argentinos y no para TODOS los argentinos. Un poder solitario que no escucha. Tanto en materia política, económica y social, Néstor Kirchner nunca acepto tener a su alrededor verdaderos interlocutores. Ni siquiera su esposa podía convencerlo de tomar una decisión que él no quería tomar. Excepto Hugo Moyano, nadie en su entorno cercano se animó jamás en contradecirlo en la cara. Los únicos que en algún momento lo intentaron (Alberto Fernández, Roberto Lavagna, Gustavo Beliz) fueron despedidos sin miramientos e inmediatamente catalogados por los militantes K como traidores a la causa « popular » (que de popular no tenía mucho ya que en las elecciones del 2009 solo cosecho el voto de menos de un tercio de los argentinos). Hay que decir que Néstor Kirchner siempre se considero a si mismo como el único competente. Es así como la ausencia de filtros y de peritajes de comprobación -ni hablar de contrapoderes- hacia que Néstor Kirchner, cuando ya no controlaba una situación, no tenía más a nadie que le soplara en la oreja que podía actuar de otra manera. Esto explica sus increíbles errores de juicio en los últimos 2 años, errores que podría haber evitado si hubiese sabido escuchar. Pero quizás el Kirchner de la última hora, el mismo que rechazaba toda moderación y todo sentido común, quizás ese era el verdadero Kirchner... Podríamos pensarlo, mismo si nunca tendremos la respuesta definitiva de este misterio. Porque al morir, Kirchner nos legó el enigma de saber quien se escondía detrás de ese hombre con 1000 caras: capaz a la vez de luchar activamente por los derechos humanos al anular las leyes de amnistía y luego darles la espalda por completo al otorgarle un injustificado asilo político a un terrorista como Apablaza Guerra. Capaz de luchar por la justicia al promover la reforma de la Corte Suprema menemista de la década del 90, para después intentar pervertirla a través de una larga campaña de agresiones a la justicia independiente, reformando el Consejo de la Magistratura para que éste se vuelva un organismo adulterado que termine produciendo algunos jueces impresentables como el caso de Faggionato Marquez. Capaz también de denunciar desde los atriles del poder la corrupción política mientras su propio patrimonio económico aumentaba de manera alucinante y desenfrenada (e injustificada) a través de prácticas deshonestas como la adquisición de tierras fiscales a precios artificialmente reducidos, la desaparición inexplicable de los fondos de Santa Cruz que tenía bajo su mando o las transacciones financieras con delitos de insider trading incluídos. Sin olvidar de mencionar también las prácticas escandalosas de corrupción de su entorno mas cercano (varios ministros de su gobierno como Ricardo Jaime, Felisa Miceli etc). Todas estas contradicciones forman también parte de su legado. Las escenas de tristeza y de emoción popular en su velatorio (en su mayoría genuinas) no pueden sin embargo esconder debajo de la alfombra los graves errores cometidos porque eso también era Kirchner. La fascinación argentina por la necrofilia ha permitido muchas veces en pasado la falsificación de la verdad para


reemplazarla por el mito. La prensa y los medios de comunicación, bajo influencia del reflejo políticamente correcto de no querer criticar a un muerto, eligieron descartar la objetividad y le dedicaron a Kirchner un panegírico digno de los más grandes estadistas, cosa que Néstor Kirchner jamás ha sido. Quizás hay que ver en ese exceso de complacencia hacia un jefe muerto un defecto característico de los medios de comunicación modernos que disfrutan más del mito que de la verdad porque el mito se vende mejor en momentos de gran emoción popular como la muerte de un ex-presidente. En la extraordinaria película de John Ford, « Un tiro en la noche», cuando el periodista descubre que el respetable senador que todos creían ser un héroe no es nada mas que un fraude, se niega a pesar de todo a publicar la verdad porque entiende que el público prefiere creer en su héroe y se rehusaría a aceptar la verdad: « cuando la leyenda se vuelve hecho, nosotros publicamos la leyenda » declara entonces para justificar su decisión. Da para pensarlo en el caso de Néstor Kirchner.


KIRCHNER Articulo Pierre Version final