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Un pack de cervezas

Un relato de Alfonso L贸pez

Premio Facultad de Relato 2014. Menci贸n Especial Facultad de Humanidades. Universidad de Ja茅n.


UN PACK DE CERVEZAS Era una mañana soleada de primavera. Dos niños jugaban con una pelota en la plaza. Presumían de las piruetas y habilidades con las que dominaban el esférico. “¿A que no eres capaz de hacer esto?”. Desde la ventana de un primer piso Gloria les observaba. Sus ojos húmedos, de un azul blanquecino, y su barbilla temblorosa evidenciaban la emoción contenida que la imagen de los chicos le provocaba. La televisión estaba encendida. Una presentadora, joven y simpática, conversaba por teléfono con un señor que se ofrecía a donar 200€ para evitar el desahucio de una familia sin recursos. El público aplaudía fervoroso y la conductora del espacio saltaba de alegría. Gloria apoyó la mano derecha en la mesa camilla y la izquierda en el mango de su andador. Tomó un soplo de aliento y asintió con la cabeza, mentalizándose del esfuerzo que le tocaba realizar. De un impulso, se levantó de la butaca, quedando muy encorvada y, muy lentamente, se irguió. Agarró el mando a distancia de la mesa y apagó el televisor. No hay peor enemiga para la enfermedad que la prisa o la impotencia. Ella tenía mucho de ambas. Se dirigía al baño por un largo pasillo de techo alto. Aguantando como podía sus ganas de orinar, avanzaba a la mayor velocidad posible, que no era mucha, mientras los elementos que decoraban el pasillo le configuraban un recorrido vital por sus recuerdos: el retrato de soltera que le encargó su padre; la fotografía del día de su boda, montada junto a Ramiro en la parte de atrás del coche que les llevó a la iglesia; sus tres hijos con sus cinco nietos retratados el día de la comunión de uno de éstos; la máquina de coser Singer que primero fue de su abuela y posteriormente de su madre, y que jamás volvería a usar; el payaso en punto de cruz que le bordó Paquita, la chica que limpiaba en casa cuando todo se ensuciaba varias veces al día o el reloj de cuerda que Ramiro recibió de un cliente de su taller mecánico que no pudo pagarle un arreglo en metálico y que


llevaba años parado. El silencio sepulcral de la casa, sólo interrumpido por el sonido de las ruedas del andador y el arrastre de las zapatillas de paño, resultaba insoportable en un espacio que otrora tuvo tanta vida. No consiguió llegar al baño a tiempo. El pañal de día que llevaba ayudó a que el desastre no tuviera graves consecuencias, pero igualmente se vio obligada a cambiar de muda. Volvió al pasillo, que en cada recorrido se le antojaba más largo, dirección al dormitorio. Con mucho esfuerzo, abrió el cajón de la cómoda y sacó un pijama limpio. De allí se acercó al borde de la cama y se desvistió como pudo. Tras volver a vestirse y, con algo de frío, estaba lista para volver al salón. El mismo recorrido por el corredor, sentido inverso. Veintiocho minutos y cuarenta y siete segundos después, Gloria pudo volver a su butaca. Estaba agotada. Empleó sus últimas fuerzas en sostener el peso de su cuerpo apoyándose en los brazos del asiento para no caer bruscamente. Jadeaba. Al no sentirse capaz de hacer nada más, contempló un horrible cuadro en relieve que su cuñada Rosario le regaló hacía treinta años y jamás se atrevió a descolgar. Observaba cada detalle: una motocicleta roja conducida por un caballero aparentemente británico, con pantalón ceñido color beige, parca a cuadros y sombrero verde botella; un cielo cubierto de nubes grisáceas, una antigua librería de fondo y varios transeúntes entre ambos. Intentaba enfocar la vista para leer los lomos de los libros del escaparate, pero hubiera resultado dificultoso hasta para un adolescente sin dioptrías. Esto le llevó otros siete minutos. Sonó el timbre tres veces. En seguida, alguien introdujo una llave en la cerradura. La puerta se abrió y una voz grave gritó: “¡Gloria! ¡Ya estoy aquí! ¡Buenos días!”. Era Luis, el cuidador municipal que el Ayuntamiento le enviaba un par de horas al día. Luis le hacía la compra, cocinaba, limpiaba un poco y, lo más importante, le daba la única conversación que iba a tener en todo el día. Él se apuraba en hacer las tareas lo más rápido posible para


sentarse al menos media horita con ella. “Han dicho en la tele que me puedo quedar sin lo de la dependencia. Me da una cosica pensar que un día te irás y no volverás a aparecer por aquí”. Él se enternecía. “Gloria, y si usted no bebe, ¿por qué tiene un pack de cervezas siempre en la nevera?”. “Por si vienen a verme mis hijos. Que al menos una cervecica y un poco de queso se puedan tomar”. “Qué buena es usted, Gloria. No debería consentirles tanto, que la tienen muy abandonada”. “Están muy liados con el trabajo y sus cosas, qué te voy a decir yo a ti”, excusaba ella. “Le tengo lista la sopa, cuando usted quiera se la dejo puesta”. “Qué apañado eres. No sé cómo no encuentras pretendientas”. “Nada mujer, no hay quién me quiera a mí”. Luis volvió a la cocina a por la sopa. Una melodía le avisó de un nuevo mensaje de texto en su teléfono, enviado por Paolo: “Te espero tomando una caña en La boca del lobo. Te quiero”. Las tardes se hacían aún más eternas que las mañanas. Un amplio resumen de las tramas del día anterior le ponía al día de su telenovela preferida, la cual veía entre cabezadas. Programas de cotilleos, concursos, una leche caliente con Eko a las seis y media para acompañar al Sintom y la lectura de algunas estampitas. Rezaba a Santa Marta y pedía salud para sus hijos y nietos y, si fuera posible, que le llamaran de vez en cuando. Un par de piezas de fruta para cenar, las noticias de las 9 y la información meteorológica. Así tenía algo que decirles a sus nietos por si llamaban: “He visto en el tiempo que te ha llovido mucho esta semana. Abrígate, hija mía, no vayas a enfermarte”. Reportajes televisivos también vistos entre sueños y camino a la cama. Tras ir al baño, colocarse el pañal nocturno, tomar sus medicinas y llegar al dormitorio, estaba totalmente desvelada. Los nocturnos programas radiofónicos de testimonios le acompañaban hasta que el sueño volvía a apoderarse de ella.


El timbre sonó tres veces. La llave en la cerradura y la voz grave saludando: “¡Gloria! ¡Ya estoy aquí! ¡Buenos días!”. Gloria no contestaba. No estaba en la butaca como solía. La encontró tirada en el suelo del baño. Permanecía consciente pero muy aturdida. Se apresuró a llamar por teléfono. Tumbada en una incómoda cama, a su derecha una señora le gritaba a su hija: “Te miro a la cara y veo al mismísimo demonio”. A su izquierda, una adolescente con la pierna derecha escayolada jugaba con su teléfono móvil, que no dejaba de emitir desagradables pitidos. Escuchaba voces conocidas provenientes del pasillo: “Pues yo esta noche no puedo, así que tú me dirás cómo lo vamos a hacer”. “Lo que no voy a consentir es que se repita lo de la última vez y sea yo la que se quede todas las noches. Que también tengo marido e hijos y me necesitan”. “Yo me quedaría, pero es que mañana entro a las 6 e igualmente se tendría que venir alguien a mitad de la noche”. Gloria suspiraba. Quince minutos después, acordaron no creer conveniente que nadie se quedara acompañándole. “Mari Luz vendrá a primera hora de la mañana y ella hablará con el médico, ¿vale, mamá?”. A primera hora de la mañana, Gloria ya había muerto. Todos lloraron mucho y lamentaron su fallecimiento. La chica de la pierna escayolada escribía a sus amigas: “Muero del asco. La vieja de al lado la ha palmado y todavía no se la han llevado. Como tarden un poco más voy a vomitar”. Luis acudió al tanatorio acompañado de Paolo. Se encontraba muy afectado. No conocía a ninguno de los familiares, así que preguntó hasta dar con su hija menor. “Le acompaño en el sentimiento. Soy Luis, el cuidador de su madre”. Se quedó contemplando el féretro tras un cristal y lloró. Paolo le abrazaba. Un hijo y un yerno de Gloria les miraban con sorna. “Éste será el que peinaba a mi madre”.


Dos días después, los tres hijos de Gloria se reunieron en casa de ésta para discutir sobre la herencia. “Las joyas, como es lógico, me las quedo yo”, espetaba su única descendiente. “Yo tengo mujer y una hija, así que no sé por qué no podemos repartirlas”, dijo indignado su hermano mayor. “Porque su hija soy yo, y tu mujer no se ha preocupado por mamá en la vida”. El mediano les interrumpió: “No os enfadéis tan pronto. Anda, voy a por un poco de agua que muero de sed”. Entró a la cocina y abrió la nevera. Regresó al salón con tres latas de cerveza. “Mirad lo que tenía mamá en el frigorífico. Desde luego, llegan a viejos y se les va la olla. Si ella nunca bebió alcohol”.


Un pack de cervezas  

Relato ganador de la Mención Especial del Premio Facultad de Relato 2014 de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Jaén.

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