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Florencia Smiths

El margen del cuerpo


A la memoria de Manuel


“No conozco más vida que esta de sentarme a escribir y no sé por qué me siento, y no sé por qué escribo, no sé por qué me siento y escribo, como una fatalidad escribo, como una perra, como una amante arruinada por una pasión fútil, he perdido la esperanza por eso escribo, para mantenerme viva”. Malú Urriola Hija de perra “La soledad, la soledad también significa: O la muerte o el libro”. Marguerite Duras Escribir


“Ha muerto..., ha muerto..., dicen tan claro que no entiendo”. Delmira Agustini Sobre una tumba cándida


D

e pronto se encontró con las palabras. Estaban allí, en ese lugar que no suele darles, en esa construcción velada por no poder enmarcarse, por no saber leer los cortes, las distribuciones, el desparpajo de un cuerpo cosido con las ilaciones que nunca usó, calladas atroces, de estructuras desencajadas, rudas, tan sólo al mirarlas revivieron de golpe, nacieron, crecieron como bajo una lupa y se estrellaron contra el margen, anilladas por una observación suya, sola, lapidaria.


N

o conoce la invención en la escritura, mas sabe de sobra todo lo del placer. Busca en sí las grafías que entran por sus ojos, que abundan en la circulación de una sangre elemental, tatuajes que la memoria le ha calcado mientras su cuerpo va ocupando el circuito que desde el arrojo conoció, entonces se sorprende, habitándolo, una carne que recubre tan poca materia, tan delgado engranaje. Se atreve a buscar pero sabe que ese gesto no generará la rebelión, que ese acto no conducirá a ningún acierto, incluso en tiempos en que la imagen se construía de a poco, no supo hallar. Ahora cuando se enfrenta al espejo abandona toda


reflexión, deja la espera de las palabras a un lado para que sobrevenga el peligro, porque quiere verlas anónimas en su frente, rasgadas en su sien, no es otra que la de las noches solitarias, hurgando en un papel que no entiende por qué le sacan palabras a punta de tanto decir. Lo supo desde antes, eso de conjugar-se una caligrafía orgánica para que hiciera el dibujo de ese placer de sobra. Lo supo y ya estaba atenta al acabar de la tinta, al margen trazado en el soporte, ya estaba pendiente de las faltas, de las omisiones, de las comas, del punto final. Y supo andar. Estaba el mundo mal escrito, distribuido en mal papel, anclado a nombres fugados, seducido por mentiras de palabras que no consentía en utilizar. Un día salió por su lápiz la sangre de su


padre: la veneró. Y esa misma sangre que es la suya -y la próxima a desgarrar- se verifica en la inscripción al mismo tiempo que en la carne. Porque es en la hoja donde finalmente cae, abismándose en su entrega, en el tropiezo con ese universo de signos, en esa plana sólida que la acecha insomne. Allí sólo llega, así como arriban las palabras, también urden, navegan, se van, relucen en su velocidad. Se sienta a escribir y le parece un acto biológico, funcional, calamitoso a veces. Ha vivido leyendo cuerpos curvos, engarzados, amotinados como el abecedario de su idioma, y los ha visto así, encorvados, enclaustrados, desgarbados, desde antes del corte. Piensa que puede ver mejor a través de los trazos hechos a mano que entre


encuadres digitados, porque a una línea la recorre y puede traspasarla como a un fino cristal. Se aferra a la grafía como a un hilo vital que se va estirando mientras se la descifra, filo que va cercenando mientras germina. Escribiendo acude a las superficies, a la escara, a la sutura, puede nombrar cuanto existe, hacerlo existir, como si tuviese desde mucho antes la experiencia de la sintaxis, en contraposición a ese defecto de la adaptación. Pero cuando se sale, desdoblada, cuando se olvida y no es sino un solo ojo que atrapa hasta apuntar y escoger, la complica elegir, la aterra. Ya no le gusta oír el tiempo cayendo desde las extremidades de una casa infantil, ya no soporta la vicisitud de ser la que no se cuenta y por quien nadie dará un atisbo de


carácter. Pero aún hay una sospecha preferida: los pájaros, el mar marchitando a las rocas, la lluvia golpear el guión de la calle, la música que elige para escuchar, y sobre todo, el ruido cortado que infunde el lápiz cada vez que se hace el margen.


P

orque si tan sólo le enseñasen a hablar de nuevo. A mirar. A tocar. A decir. Si tan sólo le enseñasen a amar de nuevo para no culparse, para no competir con su naturaleza múltiple. Si le enseñasen a abrazar, a decir siempre lo que encausa, lo que evita, lo que busca. A empinar los brazos cuando haga el amor y la noche le reviente toda encima para hacerla dueña, para que le enseñen a pertenecer sin posesión. Si le enseñasen a tomar el peso de sus manías, de sus desalojos, de sus gráficas tachadas por los que no saben, por los que no la ocupan. Si le mostrasen de nuevo la infancia desde fuera y no a los nueve, el escándalo que personificó cuando


supo del deceso, cuando miró y nadie estaba allí para decirle que eso era la muerte y que detrás estaba la más absoluta soledad y el desengaño. Probó ahuyentar al miedo. Probó preferir a la muerte. Probó desperdigarse por un cuerpo mayor combinando lo hondo del foso más oscuro y la pureza más brutal de pequeñas vírgenes. Sin embargo nadie le enseñó a vivir así. Tuvo que educarse para combatir esa dual desidia, esa doble batalla de elegirse opuesta y correr el riesgo de suspender –-acaso siempre- la otra mitad. Entonces se dijo, si tan sólo le enseñasen a reflejar esas construcciones simbólicas de la manera en que a los niños les enseñan a distinguir entre lo propio y lo ajeno, entre el día y la noche, entre el deseo y la afección, y en su caso, esos


edificios de descripciones que se iban derrumbando frente a sus ojos, fuesen una alternativa contra la pereza, antídoto contra ese régimen introspectivo, desagravio para que la audacia que hay en sus ojos jamás sea confundida con soberbia. Para cantar de verdad la noche, el cuerpo vivo, la somnolencia de la soledad tras la cara. Si le enseñasen a gritar ella podría valerse de las dudas y saciar esa nefasta ingenuidad que la aterra. Pero todo llega hasta cuando escribe, entonces siente que encuentra y que estampa y que la negación sólo reside en el momento en que su poema se le escapa para que de nuevo ella tenga que cavar, abrir, nadar, adentrarse. Por eso pide que tan sólo le enseñen a reconocer, a intuir con sosiego una evidencia, un pulso. Sólo tiene que


entrar. Tiene que romper. Tiene que parir. No le ense単en a parir.


S

i tan sólo los dialectos pudiesen amarrarse como dulces cadenas a un ámbito común. La definición de cada estado se presiente. Ella quisiera abalanzarse al juego más serio de su edad, así es como empieza a copiar letras robadas, a calcar mapas pequeñitos en los cuadernos de turno. Repite como número ensimismado la fonética del desencanto. Sólidamente va armando las frases que había en ella pero que no se deletreaban, porque eran frases desclasificadas, porque la obsesión, en ése momento, comenzó a convertirse en un gran silencio, en una gran decisión de aprenderse los nombres sólo de memoria. Con algo de mísera suerte nadie preguntaría nada, al fin


sin tener que hablar, sin tener que explicar de mĂĄs (si tan sĂłlo le enseĂąasen), pero la asedian con sus expectativas. Ella no sabe que la sentencia del tiempo le cierra los ojos como piedras. La condena el tener que atrapar los estragos, los efectos, el roce de una hoja, los conceptos envueltos por sonidos.


S

i pudiese desenredar esta inconsistencia. Si alentar el grito de su respiro no dependiese de su pluma. Si encontrar las palabras fuese un acto menos quebrantable, mรกs sondable. Si tan solo abrirse para encontrarse fuese o pudiese ser alguna oportunidad de salida.


A

un no se ha abierto el corazón que no es una herida (abrir significa romper y derramar toda la hemorragia que una vez perdió). Después de cumplir el exceso de duelo ha ocupado su espacio. Quiere encerrarse y volver a raparse la cabeza aunque ya no como ese antiguo emblema, parte de un símbolo infantil. Ahora es un auténtico enraizarse en sí misma. Dejar atrás lo ajeno, esa otredad que también la fomenta, para desasirse de las señas que le imponen, de los gestos que no son suyos pero que le obligan a cometer. Ahora que está sola y que no sabe abrirse advierte que es ella y nadie más que ella la que reina, la


que desaloja a las otras y se instala en un lugar de su cuerpo que nunca había sentido como un terreno totalitariamente suyo. (Sabe que dije suyo porque ahora es más ella y suyo que nunca). Pues era necesario despedirse, separarse y optar sólo por el envoltorio de la palabra, sostenerse desde esa lucha aunque siempre caiga, aunque de vértigo no carezca. Optar por esos soportes que no se oyen, que no se escriben, acaso los que nunca dice. Entonces el esfuerzo consiste en escoger las cosas por sus nombres y olvidar esa tensión apresándola. Por eso, se toma todo el tiempo para el silencio. Inaugura los días como trampas, a pesar de saber exactamente donde no debe pisar. Teme un poco.


P

refiere la inseguridad al inconformismo. El aliento de una mirada que la desea. El sabor del agua mezclada con tierra (de esa noche, de esa calle). Una gota roja que viene desde donde se ha cosido la carne. Ella querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quien suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso


desde una aparente resignaci贸n (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).


E

lla cree que traslada consigo todos sus objetos de privilegio para cargar con los andamios de su hazaña. Ha abierto la boca para decir cómo y quién la contiene pero sabe que no son denominaciones únicamente suyas. El momento que tardó su fijación en la que fue, le pareció eterno, pero sólo duró un breve intervalo en que cabe hacerse la pregunta de rigor ¿cuántas cucharadas de azúcar? Hoy ha buscado la seriedad del orden, el aislamiento de una página que la margina, pero nada ha parecido estar en desajuste con ese capricho, el de retroceder y volver a enfocar los hechos, para aunarlos en la medida de las palabras que aprende -aunque sabe que sólo hay


fragmentos y que en ese esquema hay un control que esconde manías y piezas que faltan-. Se torna pasiva observando retazos de todas las noches que alguna vez le han parecido hermosas y que, debido a la ubicación de ciertos objetos que la rodean, la devuelven a esa lectura de muecas, volviéndola más sola.


L

e han derramado la vida a los nueve, dice. Se la han develado y ahora lo sabe. Ha llorado al tocar a un animalito en pรกnico, porque sabe tanto del miedo, porque por primera vez ha visto lo que realmente hace el miedo al cuerpo.


E

l margen es la división que sin mutilarla la separa de las que someten, de las que dicen, de las que gobiernan. Siente que cuando pulsa también suda, mueve, corta, arranca, repite; lo hace en un cuerpo mayor que la vuelve parte, pero que sobre todo la aísla al no poder contarse entre las que juegan sin destino, entre las que crecen por su edad. Quiere narrar el haber aprendido a interpretar determinadas letras aunadas en una misma fibra, pero primero tendría que vengarse de un lenguaje que no tiene nada de áspero, que le prohíbe cualquier síntoma ajeno. La que sale por su cara le ha dicho que todas ahí dentro están alborotadas por el


cambio. Ella, la que contiene, la de la boca de carne, dice silencio. Dice no hablar de esto.


E

stá puesta como llaga que corta la línea, y ni siquiera hunde, pero a poco calcina. Torcida, huraña, puesta allí por años, un cuadro de consonantes dispares, disímiles en su ritmo, incómoda de permanecer, como diente entre cuchillos –las encías sangrando-, puesta sólo con sus rasgos, sin ámbitos delineados, solamente abatida y convertida toda en nervio, toda en cuello, tendón, parálisis, complexión del trazo ajeno porque no es su mano, porque parece que fueran sus dedos, pero sabe que le están dictando desde dentro.


D

espués de tanta palabra, de tanta hazaña, tender el cuerpo en una cama de cenizas. Se viene en la garganta un derrame que no alcanzan a contener los ojos. Esquiva el movimiento que la sobrepasa, es la caligrafía de la sola muerte, es la posibilidad de convocar al tiempo en una raya. Para estar en mejor forma, su mano, se aprende las líneas de memoria.


E

lla no quiere volverse

un sinónimo más

en este cuaderno de poemas*

(*mapa, función, cuartilla, plana, atlas, panfleto, encrucijada al margen)


H

a despertado de madrugada. La luz hacía sombra en los rostros de las fotografías. Cuando amaneció todos los semblantes fijos en su gesto retomaron su forma ancestral. Incluso el de ella. Se dio vueltas en la cama desesperada de calor. No encontraba la posición que hace descansar al cuerpo de su crisis. Se sentó con el miedo de que jamás amaneciera. Supo el cielo negro, hasta que advirtió al fin el gris.

El

blanco

llegó

de

golpe


S

ujetada a esta vida por las mu単ecas la corta el silencio S e d e r r a m a l e n t a


L

a muerte le pide palabras, ella se abre el contorno y le muestra el margen, como si pudiese representar la misma escena del crimen en su espacio de carne, en su médula fracturada, en lo desfasado de su corte por un lápiz navaja que la asedia. Más acá de la línea tiesa no sabe vivirse, no sabe contarse el rol, no conoce la pena que debiera sentir cuando le recalcan su inmunidad. Más allá de ese trazo, de esa estría que abre la imposibilidad de pertenecer, el lenguaje sucumbe, los gestos se aparean torpes, la curva de su mirada no alcanza a llegar a los objetos porque no atrapa más que los ensombrecidos bordes.


L

a imagen de la que habla, de la que ha dicho demasiado y por lo tanto, de la que ha invadido, ha vuelto a encajar en su cuerpo, la ha vuelto a encarcelar. Aunque se atrevió, aún hay un gesto que le delata el silencio, aunque mueva la boca y diga eso, y simule responder y aportar los datos necesarios e ineficaces, sabe que la plática es una mutilación, que las referencias son todas prestadas, que no se puede narrar de verdad ninguna noche, que las palabras se le secan saliendo por los labios, apegándoseles ahí, en las comisuras, como costras; porque hay imágenes que la someten y engañan y no puede ahondarlas, aún si tuviesen el brillo de ciertas horas que prefiere o la dulzura


informe de un epíteto escogido. Pero ella dice, ha dicho, que el acto aprendido la subraya, que no sabía, como toda dueña, que estaba escrita entera, que a tientas buscaba en su cuerpo, como en el espejo, el alfabeto de sus muertes, de sus inusitados compases, de sus complejas intenciones, de una infancia senil. Sabe que, asimismo, ansía el despojamiento de una vena fría, un desamparo a los nueve, la cruda apariencia de una duda, las noches asustadas en la materia insomne de sus pasajes. Es eso de no creer más nada, de no amoldarse y desobedecer las estructuras con que la visten, es la docilidad de un beso instintivo, la elección de un temperamento escindido, de un carácter anómalo, inválido, fragmentado.


C

ómo será, se pregunta, una vida de importancias, un aprender a escribir siempre por vez primera, analfabeta, ignorante, holgazana de su propia conciencia; vaciada, contenida, prohibida para asir. Cómo será no tocar el cuerpo nunca de la otra que la habita, que la abunda, no poder hablar con las ciertas voces que le salen y la cortan, porque si no aprendiera a escribir todos los días, no podría sentarse y hablarse de memoria el relato de esta insistencia, de este movimiento de muñeca cosida, atestada, aniquilada, el baile de una mano que aterriza en la loza de un piso que la toca, que le resbala (por) el deseo. Así es como sabe que todo está marcado, incluso la


muerte ya no es pura, esta muerte no será su muerte sino la de otra que se ha ido más de mil novecientas ochenta y cinco veces antes que ella y sin embargo es ella y sabe que ha muerto mucho antes de sogas y tintas al cuello. Pero sigue allí, ensaya la grafía del duelo, de la tortura lenta que significa decir que ha estado de duelo, que no ha comido, que no duerme, que no se convence, una viva que no se convence.


H

ubo un padre, lo supo aún más cuando ya no. Hubo un secreto sobre cierto procedimiento en donde se arrebataba a un cuerpo enfundado en roles, arrojado a la orilla, en el guión de una calle, una noche de invierno cuando nadie anda las distancias rurales. Hubo una casa, una hora fatídica, un despertar que ya nunca más fue abrir los ojos, una cacería de todas sus ellas otras para que no se le escaparan ni por el nombre ni por la vista y allí fue cuando sucedió la inmovilidad, el no saber hablar, el no saber articular, por no poder graficar, diseñar, discernir, olvidar, la única evasiva fue anotar, en todas las direcciones, vehemente, en las paredes y sus planas, sin cotejo de


diccionarios ni normas, registrar hasta el cansancio, para no abandonar ilusa alguna de las piezas, eso que se se帽ala uno pero ya es otro hace tanto, geograf铆a de una naci贸n sin 贸rganos, bosquejo de un sistema sin reglas, borrador que no puede archivarse sin perderse, sin enfermarse, texto que se miente.


S

alirse de pronto Abandonarse en la calle Dejarse tirada -margen sangrando incluido- Y agotar esos ojos de pájaro oscuro Equilibrarse en el pensamiento Describir sus manos de anciana asustada y con frío Debilitando las piernas que suben y bajan cerros al lado de barcos y restos -me haces barco- Doblar la espalda de mapa ajado Estirar los brazos porosos que caen en invierno Asomarse por las ranuras de su nombre Perfilar una suerte de unificación y asombro en la duda Porque no bastan los rasgos enfrentados como reflejo en el vidrio Ansía de vuelta y en bruto su semblante Para no parecerse a nadie Y no ser mucho más que


alguien Dejarse tirada sin sangre Gritando de soslayo que todo es una broma.


S

obre la piel de su palabra se quema el tiempo de su cuerpo El intervalo del cigarrillo entre sus dedos -la pena que tengo no cabe en ti- Oye a sus manos clavar en su corazón y se imagina una pena antigua Quizás esta pena se parezca a ésa La de antaño Aunque tal vez haya una gran diferencia entre sus distancias: Un-díacomo-hoy Un día con esta pena Con esta música Con estas voces Con todas éstas (ellas) Bajo su cuerpo tenso Tenso como una garganta en una pena En una cuerda anudada de memoria En una noche más Cuando el domingo rebasa la ventana La calle oscura La cuadra El margen del poema El cuerpo del poema El cuerpo más poema


M

ientras se piensa Arde Se abre la puerta y ninguno la conduce Ella cae a la cama Desnuda y sola Alguien que no es nadie Rompe su cuerpo Y le recuerda su mal Pero siempre está esa zona que permanece intacta Un área ampliada del daño más efímero En la fotografía que es su contorno Que es su superficie y a la vez su recorrido La voz que está seca le dice que es la soledad de ese acto sin tiempo Sigue sin creer ni olvidar Sólo arde Se concentra en la voracidad de reservar con desidia una parte que no siente Esa área que nadie conoce Y que sin embargo se hurga Cuando decide que nadie viene Es la desazón de no poder


materializar Lo que realmente arde Al otro lado de la franja negra


A

lguno alcanza adentro

Ella permanece en ella

A veces con ninguno

Casi

nunca


E

ntonces cayó, cayó esa imagen, venerada hasta la convulsión, exhibida, estrenada hasta lo absurdo, así como las entrañas suelen posarse en una vitrina mohosa que agolpa la sangre. Es imposible que se escriba tal como se vio, aún es improbable que se la deje de ver, porque está y permanece allí: la estafa, la carencia, ranura de párpados y boca descompaginada, grietas en la sonrisa que ya no ríe, el surco que deja una silenciada cuando se le escarba o factura la muerte.


D

ebe buscar un título a todo esto. Ningún hábito ha de prescindir de su momento. En secreta opacidad las formas han estado allí, los mensajes atomizados en diversas membranas fraguaron ocultos sus sellos, pero ya es hora de desentrañar ese dilema: descifrar el calco, desmenuzar el símbolo, dilucidar de una sola vez la escritura de la muerte.


P

ero hoy Corregir esta carne de pájaro en equilibrio Esta piel de manzana recogida en el patio de otras riquezas No pronunciar el error que abunda en ese carácter inválido No alabar el brillo de los caídos ojos Sino preguntarse una y otra vez Por qué descansa en ellos Esa infinita sensación de desamparo Que a veces se esconde


P

romete Jura ser la cruz carcomida por el óxido de los cuerpos La que se instale en tu sueño eterno Asida allí tan terrible al cuello de tu nombre Jura ser la hierba que trastoque tu tumba Como masa húmeda y horrenda Que revive a partir de tierra infértil Alambres de coronas mutiladas e hilos de cabellos viejos teñidos por el frío Ofrece ser el cuervo establecido en la punta de tu lápida Como estatua recortada de ese último momento Una llave perdida del frío mausoleo La carcomida por la roña de los años La misma que ya no encaja en el cerrojo La que añora su engranaje Jura ser la única que en tu nombre arrastre la lengua por los torcidos callejones La que aúlle cuando te


avisten las silenciadas La que te maldiga con amor La que se ahogue en tu cama una noche cuando vuelva la pasión La que se desnude y se toque en los muebles Cuando regrese la llama La que vaya representando tu entierro con la mortaja manchada en las orillas Va a ser la que recorte tu rostro de cada fotografía Y con ciertos retazos armará un camino rígido como tus huesos Allá donde innombrable te enmarca la tierra Y te besan las raíces más grotescas Sabe que vas a esperarla allá en la muerte Angélico y delgado mientras sus manos escarban la tierra Y encuentran tu rostro dormido y falso Es que ya no puede prescindir de tu carne helada Necesita darte a beber su cuerpo cada vez que cruza el umbral del miedo y te ve allí Obra de lo desconocido


Inmateria de lo oscuro Come y bebe de su líquido Si es que aún puedes sentir el sabor amargo de ese fluir Y luego deja que te arrope con esa frazada de flores y raíces que acarician tu esqueleto antes de que se pudra Porque necesita tocarte y sentirse tocada por esas manos difuntas Por esas uñas que ahora negras rasgan la arbitrariedad de la belleza Pide reconocer el frío mortal que a su vientre le circunda En esa soledad del margen que un día tu arrebato le inscribió como escritura


E

nsaya un poema

Con el dedo del silencio

Nadie te verรก


Colofón:

EL MARGEN DEL CUERPO De Florencia Smiths Se imprimió en el mes de octubre de 2008 en Santiago de Chile por Editorial Fuga, quién ofició sólo como imprenta y ejecutora del diseño del texto, ideado por la autora. http://florenciasmiths.blogspot.com http://elmargendelcuerpo.blogspot.com

El margen del cuerpo  

Primer texto, publicado en 2008 y luego reeditado en 2011, por Editorial Economías de Guerra, San Antonio.

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