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REFORMA Y CONTRARREFORMA EN ANDALUCIA GABINO FERNรNDEZ CAMPOS

BIBLIOTECA DEL CER Nยบ1


Reforma y Contrarreforma en AndalucĂ­a


GABINO FERNÁNDEZ CAMPOS

Reforma y Contrarreforma en Andalucía


Categoría: Historia Subcategoría: Europa

No está permitida la reproducción total o parcial de esta obra ni su tratamiento o transmisión por cualquier medio o método sin autorización escrita del realizador. 1… edición. © 1986. Biblioteca de la Cultura Andaluza. Tomo 65. 2… edición. © 2006. Editorial MAD. 25 Aniversario. 3… edición. © 2006. Primer Congreso Evangélico Andaluz. 4… edición. © 2009. Biblioteca del CER Realización: Centro de Estudios de la Reforma ISBN: 978-84-665-5569-2 Consigue nuestras publicaciones desde www.protestantes.net Fotocomposición del interior: Editorial MAD Fotocomposición de la cubierta: Webmarkez Powered by Publidisa DL: SE-0000-2009 Foto de portada: Detalle del Patio de los Naranjos en la Catedral de Sevilla


SALUDO AL LECTOR Gabino Fernández Campos llevaba más de diez años cumpliendo la misión que le había llevado a él y a su familia a la capital andaluza cuando recibió este encargo de la Biblioteca Cultural Andaluza. Todos esos años como pastor protestante en los años 70 le habían permitido rodearse de un numeroso grupo de entusiastas y jóvenes nuevos creyentes que, privándose de horas de ocio y sueño, invirtieron muchos esfuerzos ayudándole a poner en orden parte del libro que tienes ahora entre tus manos. Seguramente no es coincidencia que uno de aquellos jóvenes fuese Luís Abril, el actual Presidente de Publidisa que a día de hoy continua apoyando sus proyectos. Yo asistí como un niño a aquella aventura ignorando que no es habitual que los padres pasen largas horas buscando algún dato entre cientos de miles de polvorientas hojas de papel. Ahora, que sí soy consciente de lo especial que era mi padre, tengo el honor de presentar esta ambiciosa colección. Con ella esperamos que, ayudados de las nuevas tecnologías, los Escritores Olvidados de Castilla León o la Reforma y Contrarreforma en Andalucía entre otros, sean accesibles en cualquier formato, en cualquier parte del mundo y en cualquier momento con un solo clic desde www.protestantes.net Gracias a ti, apreciado lector, todo ese esfuerzo ha valido la pena. José Pablo Fernández


NOTA INTRODUCTORIA A principios del último tercio del siglo pasado, unos vecinos de Iznatoraf (Jaén) mandaron una carta a Madrid para pedir a «Don Cipriano de Valera» nuevos libros como el que había transformado sus vidas. La inesperada y extraña carta, explicaba que todo había empezado con la llegada de un vendedor ambulante de Biblias y el cambio que, la simple lectura del Evangelio de San Lucas, obró en el hombre más inmoral y sacrílego del lugar. Hoy no son tan desconocidos los Reformadores Andaluces. Con todo, podemos afirmar que el tema de este nuevo libro de la Biblioteca de Cultura Andaluza es una de las «asignaturas pendientes» que tenemos los andaluces y constituye una página olvidada de nuestra Historia y Literatura. En la actualidad, unos veinticinco mil hijos de esta tierra se declaran cristianos, sin otro Fundador y Maestro que Jesucristo, y «herederos de aquella Reforma del siglo XVI, que apuntó gloriosamente en nuestra patria y por lo cual murieron o sufrieron destierro varones tan esclarecidos como Valdés, Valera, Ponce de la Fuente, Cazalla, Juan Pérez, Losada, Seso, y tantos otros».

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PREÁMBULO HISTÓRICO Raíces de la Reforma en España «Nuestro principal objeto- escribía Ángel Herrero de Mora, en los años 50 del siglo pasado, en el prólogo de su obra "La Iglesia de Jesucristo en España"- es probar por los acontecimientos históricos que la iglesia llamada Católica, Apostólica, Romana, tal cual hoy se profesa por la mayor parte de la raza española, no ha existido siempre en España; sino que por más de la mitad del período transcurrido desde Cristo hasta nosotros, hubo una iglesia más pura que la de Roma, menos separada que ésta del origen y principios que su Fundador le diera.» Las raíces de la Reforma en España (movimiento del Espíritu Santo, con independencia de la «Protesta» alemana y que, pese a lo dicho por propios y extraños, nosotros creemos que ha tenido su continuación hasta nuestros días), deben buscarse en la temprana cristianización del país, la tardía claudicación de la iglesia cristiana española ante la sede de Roma y la persistente preocupación por la traducción de las Escrituras a la lengua del pueblo, la de todos. Nos atrevemos a señalar a San Pablo como el que introdujo el cristianismo en España, concesión que no podemos hacerle a sus colegas Santiago o Pedro. La visita del primero está anunciada en la Biblia y 9


confirmada por la Historia; pero ni lo uno ni lo otro podemos decir de sus compañeros de apostolado. No deja de ser significativo que hasta el siglo XI no se produce la sumisión de la iglesia cristiana de España a la de Roma, contando incluso con la oposición de la «voluntad de los cristianos de Castilla». «¡Más de mil años de independencia en su gobierno!» ¿Por qué no consultas, apreciable lector, las Actas de los Concilios españoles? Las Sagradas Escrituras eran conocidas y respetadas por las primitivas congregaciones cristianas españolas. Y registramos numerosos esfuerzos para su traducción a la lengua del pueblo. Hoy sabemos de versiones al latín, al árabe, al castellano, al valenciano y al catalán, con fechas anteriores al siglo XVI.

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PRIMERA PARTE SIGLOS XVI, XVII Y XVIII

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LA REFORMA EN ANDALUCÍA De España se ha dicho que es un país europeo sin Renacimiento ni Reforma. La afirmación es falsa, o por lo menos exagerada, como suelen serlo las de este tipo en cuestiones tan complejas como las valoraciones históricas. (MANUEL FRAGA IRIBARNE)

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JUAN DE VALDÉS Y LOS ORÍGENES DE LA REFORMA EN ANDALUCÍA «El día de mañana, cuando la fuerza del vital espíritu cristiano sacuda y ahuyente ese letargo, se buscarán en España las CONSIDERACIONES de Valdés, como toda obra suya.» (Luis Usoz y Río, en 1855.) Emma Leslie, en su novela «La casa de doña Constanza», se imagina a Juan de Valdés ante la congregación evangélica sevillana, a quienes hacía «oír su palabra conmovedora y persuasiva». También lo ve unido por la más estrecha amistad con Constantino Ponce de la Fuente. Y presenta sus personajes muy relacionados con él y conocedores de sus obras. En cuanto a Valladolid, dice que «allí se leían los "Diálogos" y las "Consideraciones Divinas" de Juan de Valdés, y las Santas Escrituras» Y pasando de la ficción a la investigación científica, contamos con los siguientes testimonios, por citar dos, uno del campo católico y otro del evangélico. José F. Montesinos escribió: «Los escritos de Valdés fueron lección grata a la comunidad protestante vallisoletana, y se le menciona en el proceso de Cazalla y en el de Vibero. Don Carlos de Seso había traído de Italia las "Consideraciones" y los comentarios sobre las epístolas de San Pablo; que fueron quemados en Valladolid en 1558.» Por su parte, Wolfgang Otto, de 15


Hamburgo (curiosamente la misma ciudad alemana desde donde escribió el anterior autor, granadino, y se descubrió la primera copia manuscrita en castellano de las «Consideraciones»), dijo recientemente: «Las obras de Valdés se encuentran en todas las listas de los libros de la Inquisición sobre las obras prohibidas y halladas en ambas comunidades (protestantes) de Sevilla y Valladolid.».Y añadió: «En Sevilla vemos en las obras conservadas de Constantino, muy claramente, el influjo de Valdés, mejor dicho, la proximidad de Valdés. De manera que puede decirse muy bien que la Teología de la comunidad de Sevilla estaba influenciada y formada por éste.» La influencia de Valdés alcanzó a muchas otras personalidades españolas que no llegaron a romper, formalmente por lo menos, con la Iglesia de Roma. Sabemos, por ejemplo, que la correspondencia mantenida con el Arzobispo Carranza comprometería notablemente a este último en el largo proceso inquisitorial en el que se vio envuelto. Y puede hablarse de cierta influencia valdesiana en la religiosidad de Miguel de Cervantes. Además, su larga permanencia en Nápoles le convirtió en mentor de gran parte de la nobleza e intelectualidad italiana y española, entre la que se encontraba la hermana de Alonso Manrique, Arzobispo de Sevilla e Inquisidor General. Con emoción, que hacemos nuestra, Juan Ors González escribió así hace cuarenta años: «En Juan de Valdés se ven retratadas las aspiraciones y anhelos de España, que quería una restauración cristiana y una vuelta al Cristianismo primitivo, no sólo en el sentido teórico y dogmático, sino mucho más en sentido moral, ético y místico. Juan de Valdés representa la armonía entre la fe y la razón, la cultura y la piedad; él hablará con la misma eficacia, con la misma energía y 16


Portada de uno de los libros de Juan de Valdés, impreso por Juan Pérez en Ginebra, 1556, e introducido por Julián Hernández en Sevilla.

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convicción que Calvino y Lutero acerca de la fe y salvación por gracia, pero tendrá gran precaución en hacer a la vez hincapié en las buenas obras, como fruto de esa salvación y como obra de esta gracia. El utilizará la razón, la filosofía, los conocimientos entonces en boga, pero dará siempre supremacía a la fe, a la inspiración a la guía del Espíritu Santo.» Y seguimos con nuestra cita, que bien merece ser alargada un poco más: «Por otra parte, se presenta inmaculado en su conducta y vida, intachable en su lenguaje y método, enérgico pero humilde; proclamando los principios más fecundos, gloriosos, del Evangelio, pero sin zaherir a la jerarquía eclesiástica de una manera directa, sin usar lenguaje grosero, vulgar, sin provocar o excitar las pasiones del populacho. Todo lo contrario, hará sumo hincapié en que el verdadero cristiano necesita serlo antes que todo y sobre todo, en la humildad, mansedumbre y amor, a semejanza de Cristo.» La presencia de Juan de Valdés y el recuerdo de su vida han permanecido entre los protestantes andaluces. En el s. XVI, como veremos más adelante, sus libros fueron editados o introducidos en Sevilla. En el XIX, un malagueño dedicó su tesis a los temas valdesianos y editó su comentario al libro de los Salmos; publicados respectivamente en Ginebra (1880) y Madrid (1885), y en el actual, el pastor evangélico Patricio Gómez, onubense, al ingresar en la logia sevillana «Isis y Osiris», tomó el nombre simbólico de Juan de Valdés.

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LA COMUNIDAD PROTESTANTE DE SEVILLA «La ciudad de Sevilla es una de las más civiles, populosas, ricas, antiguas, fructíferas y de más suntuosos edificios que hoy día hay en España; ser riquísima se ve claramente, pues que todo el tesoro de las Indias occidentales viene de ella, y pues que de ella ha el rey un millón y medio de ducados cada año. La cual es tan gran renta, que pocos reyes hay que tengan tanto de todo un reino entero. Es antiquísima; pues que (si creemos a las historias), Hispalo IX, rey de España, la edificó, del cual se llamó Hispalis: Hércules la acrecentó antes de la destrucción de Troya: ser fructífera se prueba por el Aljarafe, donde hay tantos y tantos olivares, de los cuales se saca tanta copia y abundancia de aceite, que provee no sólo a gran parte de España, más aún a otras muchas tierras bien distintas de España, vese también por las vegas de Carmona y de Jerez, tan abundantes en trigo; y por los campos, tan llenos de viñas, naranjales, higuerales, granados y de otros infinitos frutos. Y donde no se siembra nada, la tierra produce mucho del espárrago y del palmito, etc. Tiene mucho ganado, y principalmente ovejuno, del cual envía mucha lana a Italia y Flandes.» Esta larga y desconocida cita, no se debe a un viajero olvidado de los que visitaron Andalucía durante el siglo XVI. La hemos tomado de un libro escrito y 19


publicado en Londres, en 1588, por Cipriano de Valera con el título de «Dos tratados del Papa y de la Misa», que todavía figuraba en el «INDEX LIBRORUM PROHITORUM» en 1954. El autor, antiguo estudiante de la Universidad de Sevilla y fraile jerónimo en el próximo Monasterio de San Isidoro del Campo, se encontraba en Inglaterra desde hacía 30 años, a donde había llegado, pasando por Ginebra, para ponerse a salvo del Tribunal de la Inquisición de Sevilla. Que, por cierto, le quemó públicamente en la Plaza de San Francisco, el 26 de abril de 1562, en estatua, claro, «por hereje luterano». Ahora seguimos en nuestra aproximación a la Sevilla de mediados del siglo XVI de la mano de otro anfitrión cualificado, Juan de Mal Lara, sevillano también y prolífico autor tanto en verso como en prosa, que incluyó la «descripción de Sevilla», que sigo y resumo, en su libro sobre el «Recibimiento que hizo la ciudad de Sevilla al Rey D. Felipe N. S.» (Sevilla, 1570). «En toda Sevilla cercada de murallas altas... Hay casas ricamente labradas, casi todas ya con mármoles y altas, de tres, cuatro y cinco suelos. Hay muchos jardines y huertas dentro de sus muros. Tiene veinticinco collaciones. Monasterios de frailes de todas órdenes y de monjas, donde hay grande riqueza bondad de vida. Edificios señalados. Cuidado extremado en el culto divino. Diligencia en el servicio de beneficios. Cuentas de grandísimo número de Misas, solemnidad de fiestas, infinitos jubileos, y en uno se hayó los años pasados número de cuarenta mil hombres y noventa mil mujeres sin los niños, viejos y criados, que quedarían en casa. Continuación de confesiones, devoción perpetua de nuestra Señora, y de los demás santos. Muchas confradías... Encomiendas. No hay Parroquia que no 20


tenga su cofradía del Santísimo Sacramento, que con su palio y cera acuden siempre a acompañarlo cuantas veces sale fuera de la iglesia... Sesenta hospitales donde acogen a pobres.» «Dicho habemos de los lugares públicos y devotos, otros hay para negocios de República y justicia, los Cabildos, los juzgados y audiencias, cárceles.» «Luego los servicios de toda la ciudad, que son carnicería, pescadería, matadero. Edificios que tienen mucho que ver. Las boticas, las tiendas de todos los oficios... más de mil bodegas, y tabernas sin número, molinos de aceite, para comer y para medicinas... cuantas cosas ha menestar la vida humana.» En la calle Francos -precisa nuestro autor-, «todo el ornato que las mujeres inventaron.» No podemos seguir más, así que terminamos con lo que dice de los centros educativos, por la vinculación de los mismos -como veremos más adelante- de los máximos protagonistas de mi relato. Y donde, durante su formación universitaria, Juan de Mal Lara coincidió con ellos. Dice: «Hay colegios, para estudiar Gramática San Miguel. Para artes y Teología religiosos, el de Santo Tomás, y hay colegio de Santa María de Jesús, universidad de Sevilla... la doctrina de los niños y otros estudios particulares.» También habla del «Castillo» de Triana, como trataremos después, aunque calla la razón de su buen conocimiento del interior y los que lo habitaban. Junto a la Sevilla descrita más arriba, había otras «Sevillas». Ahora debo hablarte de una de ellas, y lo puedo hacer retornando el texto de Cipriano de Valera: «A esta ciudad, el Padre de las misericordias, no solamente ha enriquecido haciéndola tal civil, populosa, rica, antigua, fructífera y de suntuosos edificios, más 21


aun la ha enriquecido, y bendecido en toda bendición espiritual, en bienes celestiales, en Cristo, escogiéndola antes de la fundación del mundo (San Pablo dice todo esto de la ciudad de Efeso), que para ella fuese la primera ciudad de nuestra España, que en nuestros tiempos conociese los abusos, supersticiones e idolatrías de la Iglesia Romana, y conociéndolas, las publicase, como las ha publicado y ha divulgado para que se reformasen: y así Jesucristo reinase en su Iglesia y el Anticristo fuese desterrado, destruido y muerto.» El primero que conocemos por nombre de esta otra Sevilla, «secreta», como le gusta decir al escritor y periodista sevillano Antonio Burgos, y que nosotros preferimos llamar la Sevilla de los Reformadores Andaluces, era Rodrigo de Valer; natural de Lebrija y vecino de Sevilla, de una acomodada familia que había pasado -tal como dice Valera y nosotros entresacamos«su juventud, no en virtud ni en ejercicios espirituales, no en leer, ni meditar la Sagrada Escritura, sino en vanos y mundanos ejercicios... Cerca del año 1540 no se sabe cómo, ni por qué medio, Dios lo tocó, trocó y mudó en otro hombre bien diferente del primero. Dándose con todo su corazón y poniendo todas las fuerzas de su cuerpo y de su entendimiento en ejercicios de piedad, leyendo y meditando la Sagrada Escritura. Valióle para esto una poca de noticia de la lengua Latina, que tenía». Sus descubrimientos bíblicos, que compartía públicamente en «las plazas, calles y gradas» de la Catedral, le alejaban cada vez más de la Iglesia Romana y le acercaban a los Inquisidores, quienes dirigieron contra él, primero, sus oídos, luego, sus manos y, por último, sus condenas: Confiscación de bienes, destierro y cárcel perpetua (1541) en el Convento de Nuestra Señora, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), «donde 22


murió, siendo de cincuenta años y más». Su sambenito, de extraordinario tamaño, fue colgado en la catedral de Sevilla. En este momento creo que tendrás varias preguntas a flor de piel. Y puede que algunas puedan ser como éstas: ¿Pensaban otros como él? ¿Qué dimensiones, en la ciudad y extramuros, alcanzó la «protesta» de Rodrigo de Valer? ¿Realizaban otras lecturas que pudieran influirles? ¿Estaban organizados? ¿Cuál era el perfil social de los que le siguieron? ¿Eran netamente protestantes? Discípulos de Rodrigo de Valer Con la eliminación de Valer, sólo se consiguió reducir a la clandestinidad el deseo de renovación bíblica y espiritual que alentaba en otros. Sus discípulos fueron tan radicales como él, buscando y abogando por una Iglesia Cristiana fiel a los patrones del Nuevo Testamento, pero mucho más cautelosos. Por eso es que hasta una década después no se registra un nuevo proceso inquisitorial contra los «luteranos» de Sevilla, ahora en la persona de Juan Gil, o Dr. Egidio, como suele ser nombrado, natural de Olvera en Aragón, que había sido estudiante y profesor en Alcalá de Henares y ahora Canónigo Magistral de Sevilla, desde el año 1534. El proceso duró 3 años, y dictó sentencia el 2l de agosto de 1552. El Dr. Egidio abjuró públicamente. Murió cinco años después. De nuevo le juzgó el Tribunal de la Fe. Y, encontrándolo culpable, desenterró sus restos mortales y los quemó, por luteranos, el 22 de diciembre de 1560. Con la ausencia de la ciudad de «siete personas, entre hombres y mujeres», que terminaron en Ginebra, y la recogida de Biblias impresas en el extranjero llevada a término por el Tribunal de Sevilla durante 1552, con 23


un saldo de 450 Biblias, 20 Nuevos Testamentos, 5 Salmos, 5 Hechos, 5 Profetas, 7 Reyes, libros para el estudio bíblico y textos de Erasmo, Juan de Valdés, etc., retornan al silencio. Tres de los que marcharon, volverán pronto a estas páginas. Julián Hernández, castellano, que con su regreso a Sevilla vivirá un dramático y ejemplar final. Juan Pérez, andaluz, que editará para ellos traducciones bíblicas, libros de edificación cristiana y tratados de controversia con la Iglesia Romana. Y Diego de Santa Cruz, clérigo, que apoyó económicamente la operación. ¿Dónde tenían los centros de propagación? Roto el secreto, a mediados de 1557, «la presa sigue contándonos Valera- fue tan grande que se hinchieron las cárceles, y aun algunas casas de particulares. Ochocientos fueron los que por la religión fueron entonces presos en Sevilla, cosa que asombró a los mismos Inquisidores». El «asombro» se debía tanto a la cantidad como a la calidad de las víctimas, en quienes recuperarían los verdugos el tiempo perdido. Igualmente debió preocuparles su localización en toda la ciudad y distrito del Tribunal de Sevilla, que actuaba en lo que ocupan las actuales provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva. Un autor contemporáneo, el Padre Illescas, en su Historia Pontificial (Burgos 1578), confirma estos extremos: «Todos los presos de la Inquisición en Valladolid, Sevilla y Toledo eran personas bien calificadas, así como eran personas tan calificadas, su número era tal que si se hubiera demorado dos o tres meses en poner freno al mal, estoy persuadido de que toda España hubiera sido inflamada por ellos.»

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¿Qué provocó todo aquello? La causa fueron unos barriles de vino. ¿Sí? ¡Tenían falsos fondos y en ellos venían libros! los había publicado Juan Pérez en Ginebra y los traía Julián Hernández, camuflado de buhonero, para burlar los controles inquisitoriales. ¿Por qué? Aquí hay tres cuestiones a las que respondo con el relato tan cercano que hizo Cipriano de Valera, quien había conocido y tratado familiarmente a Julián y Pérez en Sevilla. ¿Por qué los trató? ¿Por qué intervino la Inquisición? Su respuesta fue la siguiente: «Con gran deseo y celo que tenía de hacer algún servicio a Dios y a su patria, sacó de Ginebra dos grandes toneles llenos de libros españoles, los cuales libros, y todos los demás, que enseñan verdadera doctrina y piedad, los Inquisidores habían prohibido. Porque la ignorancia y tinieblas de Anticristo no ama la sabiduría y claridad del Evangelio de Cristo, de temor que tiene que sus obras no sean convencidas y redargüidas.» Para este autor, la espoleta la quitó «un hipócrita, que se vendía por hermano, y era un Judas». Mientras que en documentación inquisitorial, que se conserva, se afirma que la denuncia partió de un cura que tenía el mismo nombre que el destinatario de una carta y libro que mandaba el Dr. Pérez. También puede decirse que María Gómez, criada del Licenciado Zafra, «en un rapto de locura, se presentó en la Inquisición delatando a su propio amo y a más de trescientas personas como luteranos». No creo que estas versiones sean exclusivas ni excluyentes. Eran demasiadas personas para poder pasar desapercibidas por más tiempo. Lo que habían previsto Julián Hernández y los que salieron con él, como la docena de jerónimos que acababa de abandonar Sevilla y Écija, se estaba cumpliendo.

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LAS LECTURAS PROHIBIDAS Concretamente, aparte de la Biblia, ¿qué libros habían llegado hasta ellos? ¿Se conocen autores y títulos de los mismos? ¿Pueden consultarse hoy? ¿Existen ediciones modernas? Entre las primeras lecturas que fueron influyendo en ellos estaban los escritos de sus principales mentores. Dr. Egidio y Dr. Constantino, que sucedió al primero en el cargo de Canónigo Magistral. Quienes, con Francisco Vargas, todos ellos formados en la Universidad de Alcalá de Henares y los círculos erasmistas, se ocupaban de instruirles. Del primero de ellos, dice Antonio del Corro, el más voraz de todos los lectores implicados (y que ya conocerás mejor más adelante): Puse «empeño en hablar al dicho doctor, sobre sus sermones y comentarios que él había hecho sobre algunos libros de las Sagradas Escrituras». Raimundo González de Montes precisó, en 1567, que «sobre el Génesis, sobre la Epístola de San Pablo a los Colosenses, sobre algunos Salmos y sobre el Cantar de los Cantares dejó en español unos comentarios sumamente doctos y que respiran en todo una piedad cristiana y un corazón lleno de espíritu de Dios, los cuales, como preciosas joyas de la Iglesia, se guardan por varones fieles, para el uso de ella. Por su parte, Constantino Ponce de la Fuente, que luego presentaremos con más detalles, dio a la estampa los siguientes libros: «Suma de Doctrina Christiana» (1543), «Exposición del Primer Salmo» (1546), «Confission de un pecador» (1547) Y «Doctrina Christiana» (1548). Todas estas obras se han conservado, tanto en sus primeras ediciones en Sevilla como las que siguieron y que, por seguridad, aparecieron en Amberes y Evora. Este último autor, en 26


Portada de la 5.陋 edici贸n sevillana, 1551, del primer libro de Constantino Ponce de la Fuente.

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su primera obra, sigue a otro conquense ilustre, Juan de Valdés, ya su «Diálogo de Doctrina Cristiana» (Alcalá de Henares, 1529). El autor y la obra habían sido procesados ya porque en ella se sientan las bases bíblicas de una reforma de la cristiandad, que él creía necesaria y por la que abogaba decididamente en el «Diálogo que mantienen Eusebio, el fraile inquieto, Antonio, el cura terco, y el Arzobispo, paciente», por quien hablaba Juan de Valdés. Esta «protesta», netamente española, anterior e independiente de la de Lutero y sólo coincidente por tener ambos como Maestro a San Pablo, a través de Constantino llegó a Fray Juan de Zumárraga, que la convirtió en el segundo libro impreso en el Nuevo Mundo (México 1545-46) y a San Francisco Javier, quien desde la India, en 1552, lo recomendó para evangelizar en la China. Es interesante notar que la obra de Juan de Va1dés se difundió por Sevilla, como igualmente la de los discípulos italianos Bernardino Ochino y Pedro Mártir. En 1552 fue secuestrado por el Tribunal de Sevilla un ejemplar de la primera de sus obras. Y en el Castillo, entre muchos otros libros estaba éste, su comentario a «La Primera Epístola de San Pablo ad Corinthios en Romance» y obras de sus dos discípulos ya citados, «para si alguna vez fuese necesario dellos para alguna averiguación». Tenemos, también, que en época tan temprana como el año 1521, al más alto nivel religioso y civil, en carta al Emperador Carlos V, se denuncia que Lutero ha mandado sus libros, algunos hasta traducidos al castellano, a España. La comercialización de la literatura reformada, aunque debajo del mostrador, estaba bien organizada. Carranza, Arzobispo de Toledo y Primado de España, informando de sus actividades 28


anteriores en Flandes, dice que desde Amberes se mandaban libros a Medina del Campo, Sevilla y, posiblemente, a Málaga y Granada. A veces, la compra era directa, como se ve en uno de los penitentes del Auto Público de Fe de Sevilla, el 11 de julio de 1563: «Fray Domingo de Guzmán, Predicador religioso de la Orden de Santo Domingo, residente en el Monasterio de San Pablo de Sevilla; por cosas de la secta luterana. Y por haber favorecido y encubierto a personas que tenían la secta luterana y haber traído de Flandes muchas copias de libros herejes y teniéndolos mucho tiempo en su poder y leído en ellos y comunicándolos con otras personas.» Hernando Colón, hijo del Descubridor de América, era quien más literatura reformada tenía en Sevilla. Pero ni él se influyó por ello, ni es fácil que protestantes sevillanos la consultaran; como ha preguntado y respondido el profesor KIaus Wagner, de la Universidad Hispalense. En las reservas antes aludidas de los Inquisidores, existían libros de autores protestantes. Doy los más conocidos y entre paréntesis la cantidad de títulos: Bullinger (10), Zuinglio (1), Calvino (11), Melanchton (8) y Martín Lutero (1). Corro, tras decir que había leído al Dr. Egidio, añade: «Además de esto, puse empeño en procurarme algunos libros de Martín Lutero y de otros doctores protestantes de Alemania que me dieron de buena voluntad los mismos oficiales de la Inquisición, en cambio de algún presente o favor que yo les hacía.» Y por fin aclama, apreciado lector, lo del cargamento de Julio Hernández; para que conozcas los títulos y autores que tras viajar desde Ginebra a Sevilla, escondidos en vino, prendieron el fuego que devoró a ellos y a los hombres y casas a donde llegaron. Como 29


después tendré que volver a referirme a ellos, los relacionaré únicamente aquí: La lista no sé si es completa, pues documentalmente sólo podemos referimos a los dos primeros, aunque por la fecha, lugar de impresión y editor, es más que probable que vinieran en el mismo lote: l. «El Testamento nuevo de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.» Venecia, en casa de Juan Philadelfho. MDLVI. Es la revisión que hizo el Dr. Pérez de la primera traducción del Nuevo Testamento del original griego al castellano (Amberes, 1543), debida al burgalés Francisco de Encinas. 2. «Imagen del Antechristo» (1557). Original de Bernardino Ochino y traducido por el Dr. Pérez. 3. «Los Psalmos de David.» Venecia, casa de Pedro Daniel. Traducción del original hebreo por el Dr. Pérez. 4. «Comentario, o declaración breve y compendiosa sobre la Epístola de S. Pablo Apóstol a los Romanos, muy saludable para todo Christiano. Compuesto por Juan Valdesio, pío y sincero theologo.» Venecia, Juan Philadelpho. MDLVI. 5. «Comentario o declaración familiar, y compendiosa sobre la primera Epístola de San Paulo Apostol a los Corinthios, muy útil para todos los amadores de la piedad Christiana. Compuesto por Juan VV pio y sincero theologo.» Venecia, casa de Juan Philadelfho. MDLVII. 6. «Sumario breve de la doctrina Christiana hecho por vía de pregunta y respuesta, en manera de coloquio, para que así la aprendan los niños con más facilidad, y saquen della mayor fruto...» Compuesto por el Doctor Juan Pérez. Fue impreso en Venecia en casa de Pietro Daniel. MDLVI. 30


7. «Breve sumario de indulgencias y gracias. Convertios a mí, y sereys salvos todos los moradores de la tierra: por q yo soy Dios que salvo, y no ay otro. ESAIAS XLV.» (Geneve, Jean Crespin, 1557?) Anónimo. Posible traducción del Dr. Pérez. 8. «Carta embiada a nuestro augustissimo señor principe don Philippe, Rey de España...» Geneve, Jean Crespin, 1557. Escrita por Juan Pérez. Para el lector atento debo recordar que, para burlar los numerosos y rigurosos controles inquisitoriales, en algunos, el impresor Jean Crespin aparece como Juan Philadelfho unas veces y Pedro Daniel otras. Y el lugar de impresión, Ginebra, se cambió por Venecia. Nombres menos sospechosos. Otras medidas de seguridad que tomó fueron la preinserción de epístolas dedicatorias a personas ajenas a la Reforma, como la Reina Maria de Hungría, regente de los Países Bajos. También recurrió al falso salvoconducto de escribir en la portada aquello de «visto por los Inquisidores de España». La noche antes de ser quemado, «Don Juan Ponce de León, hijo de la condesa de Bailén, por hereje luterano, dogmatizador y continuar en su error», declaró «él fue el primero a quien vinieron los libros luteranos de Alemania» y que los repartió «entre las personas que él sabía que habían de tenelle secreto y que dio veinte ducados al que había traído los dichos libros para ayudar a las costas». Puede parecer legendario o pintoresco el modo de introducir Biblias. Pero ello es sólo uno de los mil ingenios que han usado desde entonces quienes, por encima de las prohibiciones y el riesgo, lo Que más les ha importado es que la Palabra de Dios llegue al pueblo. 31


Un despacho de Agencias, que leí en el diario SUR, de Málaga, del 13 de agosto de 1982, procedente de Varsovia, decía: «Los aduaneros llegaron a contabilizar 4.500 latas que, en vez de contener jamón, como indicaba el rótulo, contenían la Sagrada Biblia... El cargamento iba seguramente destinado a la Unión Soviética, pero también podría ir a Checoslovaquia. Ambos países tienen una estricta normativa para impedir el ingreso de libros religiosos.» Una prueba más de la gran influencia que ejercieron los libros entre ellos, empezando por la Biblia, la encontramos en las sentencias y Relaciones de Autos de Fe del Tribunal de Sevilla; donde son frecuentes los cargos por la lectura, posesión y circulación de estos escritos. La mayor parte de estas obras han llegado hasta nosotros en ediciones de la época y gracias a la operación rescate llevada a feliz termino por Luis Usoz y Río en el siglo pasado, y que, actualmente, se está publicando en edición facsímil. ¿Estaban organizados? Conforme crecían iban organizándose más, siempre con la máxima cautela. En la confesión, antes aludida, de Juan Ponce de León, tal y como informaron los jesuitas que la oyeron, se dice que él y los demás se juntaron «para determinar que sería bien tratar de hacer un apartamento en cierta parte, para allí leer y doctrinarse»... «y que el dicho Don Juan nombró allí para Maestro de ellos a una cierta persona, clérigo.» Por otro lado tenemos que se congregaban en las casas de Isabel de Baena, María Cornejo y Luis de Abrego. Según Juan Antonio Llorente, «el doctor

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Cristóbal de Losada, médico de Sevilla, fue ministro protestante del conventículo». Eran tantas y tantas las precauciones que se tomaban, que hasta tenían sumo cuidado a la hora de los casamientos. El anterior autor recoge el romance del Dr. Losada. «Enamorado de la hija de un vecino de aquella ciudad la pidió por esposa, el padre no pensaba darla por marido sino a quien el doctor Egidio le informase que sabía bien las Santas Escrituras y las entendía y creía en el sentido perfecto de este Canónigo.» El día 24 septiembre de 1559, en la Plaza de San Francisco, de la ciudad de Sevilla, se leyeron, entre otras, las setencias de que iban a ser quemadas vivas, por luteranas, María Cornejo e Isabel de Baena. y añadieron: «Se mandan derribar las casas en que vivían aquestas dos doncellas y poner en ellas un mármol con un letrero que declare el delito que en ellas se cometía.» Y otro tanto se hizo con Luis Abrego. Las tres fueron sembradas de sal, como también se exigía. No tenemos el texto colocado en Sevilla, pero sí el de Valladolid, del mismo año y que pudo ver y copiar, cuando era estudiante (1826-1827) en la Universidad de aquella ciudad, Luis y Usoz y Río; y que por la uniformidad del quehacer inquisitorial, sirve para pensar cómo debieron ser éstos: «Presidiendo la Iglesia Romana Paulo IV y Reinando en España Felipe II. El Santo Oficio de la Inquisición condenó a derrocar y asolar estas casas de Pedro Cazalla y Doña Leonor de Vibero su mujer porque los herejes luteranos se juntaban a hacer conciabulos contra Nuestra Santa Fe Católica e Iglesia Romana Año de MDLIX en XXI de mayo.» Por un Auto de Fe, celebrado en Madrid, 4 de abril 1632, donde se dictó sentencia similar, se ve cómo era consumada esta parte de las condenas: «Fue la 33


soldadesca y algunos familiares a caballo, a la calle de las Infantas, y llevaron consigo algunos Gastadores albañiles y derribaron la casa de los judíos.» PERFIL SOCIAL DE LOS PROTESTANTES La posesión de grandes fincas, procedentes de los repartos de la Reconquista y el enriquecimiento por el comercio con América, convirtió a Sevilla en la capital de gran parte de la antigua nobleza de Andalucía. Y en sus objetivos evangelizadores no descuidaron alcanzar a tan influyente grupo social. Durante el primer proceso del Dr. Egidio, un anónimo y antiguo refugiado español en Ginebra traduce el Catecismo de Calvino al castellano y lo publica en 1550. Fue enviado, con dedicatoria personal del traductor, a gran número de aristócratas españoles, entre ellos el Almirante de Castilla. y por el prólogo que puso Juan Pérez a su edición de los Comentarios a la Epístola a los Romanos y Primera a los Corintios, escritos por Juan de Valdés, publicada siete años más tarde también en Ginebra (1556-1557), sabemos que continuaban en el empeño. Primero les habla del autor: «Caballero, noble y rico», y luego de cómo prefirió a los títulos y riquezas dedicarse al estudio de las letras sagradas, estudio bíblico y ser «partícipe de la heredad eterna». Y termina invitándoles para que le imiten: «Miren, pues, los nobles a este generoso caballero, que por perseverar, y ser siervo de Cristo, no tuvo en nada dar al traste con su propia nobleza, y renunciarla del todo por no renunciar a Cristo.» ¿Cuántos y quiénes respondieron positivamente y se identificaron con ellos? Responder con precisión no es fácil. Es verdad que sus familias y descendientes han llegado hasta nosotros. Pero en su memoria y archivos no suele quedar testimonio alguno. «Los «biógrafos 34


oficiales» se ocupaban más en adular a los que les daban de comer que a quienes, por la condena inquisitorial, podían producir el efecto contrario. Y de los archivos, «misteriosamente», ha desaparecido la documentación que tanto podía ayudamos a determinar los hechos. De nuevo, el vacío, siquiera en parte, puede ser llenado con la documentación inquisitorial, que no quiso silenciar este aspecto en sus penitentes, y con el testimonio de historiadores, antiguos y modernos, que han preferido la objetividad a la cobardía o el fanatismo. Con todo, sólo relacionaremos los que están suficientemente probados: -Don Juan Ponce de León, hijo de la condesa de Bailén, primo hermano del Duque de Arcos, pariente de la duquesa de Béjar y de otros grandes señores. -Doña Catalina Sarmiento, viuda de Don Fernando Ponce de León. Veinticuatro de Sevilla. -María de Bohórquez, hija natural de Don Pedro García de Jerez y Bohórquez, grande de España de primera categoría. -Doña María y Doña Luisa de Manuel, hijas de D. Fernando de Manuel. -Fray Domingo de Guzmán. ¿Actuaría contra ellos el Santo Oficio? El primero de la lista pensaba «que no le osarían quemar por ser quien era». ¿Resultó así? El estamento religioso también estaba representado entre los reformadores andaluces. Con los canónigos Dr. Egidio, Dr. Constantino y Hernán Ruiz de Hojeda, de la Catedral sevillana, había una docena de sacerdotes de las parroquias de la capital y los alrededores. Juan González, primero de los que fueron quemados, era muy popular en el púlpito y en el confesionario. De los numerosos conventos, figuraron entre los procesados veintitrés jerónimos, un dominico, 35


una franciscana y una jerónima. También había varias beatas y un ermitaño. La comunidad contaba con dos médicos. Uno de ellos, Cristóbal Losada, servía como Pastor. Dos eran también los impresores, los plateros y los traperos. Un jurado, un mercader y un amanuense. Y también uno de cada oficio siguiente: bordador, caldedero, cerrajero, albañil, calcetero, tabernero, candelero y gallineros. Tres eran estudiantes. Los extranjeros se dedicaban al comercio o eran marineros en su mayor parte. Carlos de Brujas, flamenco residente en Sevilla, fue el creador y artífice de la vidriera dedicada a la Resurrección en la Catedral Hispalense. Si en todos les casos se hubiera indicado la profesión, tendríamos un cuadro más completo. De todas formas, es suficiente para ver la variedad y cantidad de oficios representados. Aunque la incorporación a la Iglesia Reformada obedecía a una decisión personal, encontramos a familias representadas por varios de sus miembros: Isabel González y seis de sus hijos; Leonor Gómez, con sus dos hijas, y hermana y una sobrina; María Mazuelos y dos de sus hijos; Isabel Martínez de Albo y dos de sus hijos. Cinco matrimonios sufrieron diversas penas. Asimismo algunas viudas y un «mozo soltero». De su edad y apariencia física tenemos muy poca información. En Sanlúcar de Barrameda fue apresado un niño inglés con doce años. María Bohórquez fue quemada a los veintiséis. Gaspar Ortiz fue encarcelado a los cuarenta y uno. Diego de la Cruz tenía cincuenta cuando huyó. El más anciano de todos, siempre según los datos que conocemos, era Hernán Ruiz Cabeza de Vaca, con setenta y cinco años. Los inquisidores solían hacer retratos de los presos, que usaban para distribuirlos en caso de fuga y para confeccionar, si procedía, sus estatuas y sambenitos. A veces los 36


describían en la correspondencia, como con el sevillano Diego de la Cruz: «Mediano de cuerpo y abultado de carnes, y que anda el pescuezo un poco acordado, la cabeza algo baja, y es blanco de rostro, los ojos como encapotados, el rostro algo largo y abultado, la barba algo rala, y no muy negra, y la habla delagada.» En cuanto a la etnia de los protestantes andaluces, sabemos que dos eran judíos (Dr. Constan tino y Maestro García Arias) y ocho moriscos (los siete de la familia González y Juliana Daza). No es correcto seguir afirmando, como propios y extraños lo han venido haciendo, que la Reforma en España no prosperó en el siglo XVI porque le faltó base popular. Es verdad que no tenemos toda la información necesaria para trazar con rigor y exactitud el perfil social y número de los reformadores andaluces. Aun así, la cantidad de procesos conocidos, que bien puede multiplicarse por cuatro (pues no todos lograron ser apresados o identificados), nos da un millar de miembros a mediados del XVI, con presencia en todos los grupos sociales de la época.

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Foto de Ignacio Simal

Gabino Fernández Campos (Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, 1944). Bachiller en Ciencias Bíblicas y Licenciado en Teología en la especialidad de Historia de la Iglesia, escritor, periodista, profesor en varios centros superiores de enseñanza religiosa evangélica, antólogo, pastor ordenado en 1969, articulista en medios de comunicación de España y América, coordinador de exposiciones... Ver más en el interior. ”Durante años y años, el pastor don Gabino investigó y divulgó la historia de nuestros heterodoxos. Cuando tenía mérito, que era durante la dictadura y el Estado confesional. A trancas y barrancas, don Gabino difundió la obra bíblica de Casiodoro de Reina y de Cipriano de Valera, hizo la historia de la Inquisición y defendió la sevillanidad de los frailes jerónimos de San Isidoro del Campo que abrazaron la fe según Lutero y tuvieron que huir de la ciudad, río abajo, mucho antes de los topicazos de los exilios y destierros, de Blanco White y de Cernuda. Al cabo de los años, restauradas las libertades y entre ellas la religiosa, hemos vuelto a encontrarnos venturosamente con el pastor Gabino Fernández Campos a pie de obra de su obra: presentando en el monasterio de San Isidoro del Campo la edición de la “Biblia del Oso” de Casiodoro de Reina. Con una mano sobre esa Biblia y en la bendita libertad, nos planteamos la duda de que quizá los que vengan por línea directa de San Isidoro y San Leandro sean los protestantes y no los católicos, los de la Reforma y no los de la Contrarreforma. A los evangélicos sevillanos, pues, que los registren de esta terrible ciudad tridentina e inquisitorial en la que quizá todavía vivamos.” Antonio Burgos. En su columna sobre la vida sevillana en El Mundo, 14/10/2002. Biblioteca del CER

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Reforma y Contrarreforma en Andalucía. Capítulo 1.  

A principios del último tercio del siglo pasado unos vecinos de Iznatoraf (Jaén) mandaron una carta a Madrid para pedir a "Don Cipriano de V...