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24 de Marzo de 1991 Nace la simiente santiaguista Todas las personas recuerdan con especial cariño ciertos momentos relevantes en su vida: el día de su boda, el nacimiento de sus hijos, sus primeras experiencias profesionales… En el contexto de la Semana Santa de Cartagena y, específicamente, dentro del seno de las agrupaciones, que conforman cada una de las cofradías pasionarias, ocurre algo similar. Ningún hermano de la Agrupación de Santiago Apóstol pone en duda que el día 24 de Marzo del año 1991 supuso un antes y un después en la trayectoria de la misma, como, antaño, ya lo fueron otras fechas. Por todos es sabido la dificultad que supone adentrarse en el corazón humano, llegar y conocer el contenido de los recovecos que lo aguardan, sin embargo, cuando se trata de un corazón impregnado de la esencia santiaguista nos encontramos con dos sentimientos complementarios que se esconden tras una capa de pintura roja y transparente: el fulgor pasional y estridente del color sanguíneo se funde con la sencillez y transparencia del líquido incoloro, que representa la claridad y humildad en la defensa de nuestra filosofía procesionil. Sin esa multitud de ideales característicos y singulares no hubiera podido nacer el tercio infantil de Santiago Apóstol y, menos aún, celebrar su vigésimo cumpleaños; una efemérides ésta que en el presente año 2010 conmemoramos con alegría y orgullo. En este sentido, hablar de fundaciones de agrupaciones, tercios o grupos de portapasos es hablar de devoción popular, tradición y espíritu cristiano, pero también es aludir a un marco sociocultural y político que delimita e influye directamente en dicho asunto. Respecto a ello, resaltamos grosso modo la situación de una ciudad henchida de proyectos, que ansiaba despertar a la modernidad propia de las grandes urbes, con los cambios respectivos que ello conlleva (nuevas infraestructuras, impulso del sector servicios y gestión del patrimonio histórico). En cuanto a la sociedad de los 90 podemos destacar el abandono progresivo de las modas persistentes en la década anterior y la apertura a nuevas tendencias vanguardistas de pensamientos e ideas, algo que, en un principio, no supuso la pérdida de valores iniciada a principios del nuevo milenio y que, por desgracia, se mantiene hasta nuestros días. Por su parte, la Semana Santa de Cartagena, en contra de las apreciaciones anteriores, no se vio afectada, es más, recibió un apoyo reconfortante de los ciudadanos, procesionistas o no, fruto de ese espíritu cristiano y devoción popular anteriormente mencionados. De esta manera, las distintas cofradías y agrupaciones se vieron reforzadas con las inscripciones de nuevos hermanos y con la incorporación (cada vez más frecuente) de la mujer en este entorno pasional. También, destacamos el cambio de rumbo en el concepto de trono, donde se valora, con más asiduidad de lo común, la posibilidad de sustituir el tradicional sistema “a ruedas” de los “altares movibles” por nuevos grupos de portapasos, cuya participación suponga un incremento de luminosidad, fervor y esplendor, en el desfile, por las calles de la ciudad. A tenor de esta última idea observamos la influencia ejercida por las agrupaciones más señeras de las cofradías, que en la década de los 90 van a tocar techo en cuanto a calidad de desfile y espectacularidad se refiere, suponiendo, por un lado, un verdadero lujo visual y estético puesto al servicio del espectador y del buen amante de las procesiones y, por otro, una referencia técnica digna de ser imitada por otras agrupaciones.


En este entramado de novedades, crecimiento y renovación del patrimonio artístico de la Semana Santa cartagenera nace una ilusión proveniente de la médula espinal de la Agrupación de Santiago Apóstol: la creación de un tercio infantil que ofrezca continuidad futura a una unívoca forma de entender las procesiones de Cartagena. Este anhelado proyecto se fragua seis años después de una sufrida y trabajada independencia económico-identificativa (1984) dentro de la Cofradía California, suponiendo, aquello, el esfuerzo abismal de una junta directiva ambiciosa, que, a la sazón, abanderaba su presidente, Antonio Ruiz Moliner. Como se puede presuponer, durante los años 1990 y 1991, frenéticos quebraderos de cabeza inundaron el trabajo incansable de los santiaguistas, que pasaban horas gestionando y ultimando los detalles del vestuario, música, composición del tercio, etc. Finalmente se eligió un vestuario de nueva confección acorde a los colores que el tercio titular sacó allá por el año 1943 y que se ha mantenido hasta nuestros días con las variaciones derivadas de la refundación de la agrupación en el año 1972: túnica y mocho de lino blanco, manto hebreo de lino rojo, cíngulo y rodete trenzados en igual color y sandalias de cuero marrón. Los primeros ensayos del tercio infantil se remontan a Enero de 1991, casi inmersos en Cuaresma, y aquí es donde pido licencia a los lectores para narrar los acontecimientos en primera persona. A la edad de once añitos mi pasión por las procesiones ya era todo un hecho. Mi casa se vestía de morado en Semana Santa y esa herencia quedó marcada en mí durante los primeros años de vida. Ahora miro la estantería superior de mi habitación y visualizo las tres cintas de vídeo que los Reyes Magos me trajeron en 1990. En su interior, las procesiones relativas al año 1989. Horas y horas pasé frente al televisor empapándome de comentarios, desfiles e historia de las agrupaciones; especial emoción sentí cuando pulsé el play y apareció, milagrosamente, el Martes Santo y con él la espectacular salida de la agrupación de Santiago desde el Gobierno Militar. Desde ese momento mi alma procesionista se tornó de blanco y rojo y algo en mi interior anunció una postrera adolescencia marcada por el sentimiento santiaguista. Pasó el tiempo hasta que en el mes de Febrero de 1991 recibo, por parte de un compañero de colegio, integrante de la Agrupación, la feliz noticia de que Santiago Apóstol sacaría en procesión un tercio infantil en la tarde del Domingo de Ramos. Una vez enterado me dispuse a realizar mi particular campaña de persuasión y convencimiento familiar, a lo que recibí una respuesta positiva. Casi sin pensarlo me encontré, un sábado de Cuaresma, en los patios del instituto Isaac Peral, demostrando lo que había aprendido en los pasillos de mi casa junto a mi padre. Al parecer cumplí con lo establecido, ya que momentos después pasé a engrosar las rectilíneas filas del tercio, algo que en la actualidad sigue marcando mi camino en esta especial manifestación artístico-religiosa. Aún recuerdo los abrigos y los guantes de lana que paliaban el tímido frío de las 16:30h en una convencional tarde de húmedo invierno cartagenero. Sobre las líneas de las pistas de fútbol y baloncesto dibujamos, con nuestro desfile, ángulos rectos, oblicuos, arranques y paradas sorpresa, como si de un juego se tratara, mientras rebotaban, contra los viejos muros del recinto escolar, las voces docentes de los sabios procesionistas Pepe Pando, Manuel Salmerón y Raimundo Ruiz, que corregían una y otra vez nuestra forma de andar, estatismo y distancias, enseñándonos un sin fin de técnicas de desfile que, en la actualidad, tenemos el privilegio de impartir a los más jóvenes. ¿Quién no recuerda los paseos de nuestro hermano Pepe Inglés, cargado de talonarios de lotería, “repartiendo suerte” y repasando los listados del tercio?


Por otro lado, llegan a mi mente otros interesantes momentos como los días de reparto de vestuario en el piso de la cofradía, situado en la calle del Aire, con esas escaleras empinadas que desembocaban en una habitación oscura de techos altos roídos por el tiempo. A la izquierda, veíamos varias cajas de cartón con cíngulos, rodetes, mochos y sandalias; a la derecha percheros con túnicas y mantos, que los chavales nos probábamos para determinar cuál era el nuestro. ¡Ya teníamos el vestuario! Pasaron los días y llegó el ansiado Domingo de Ramos. El amanecer vislumbraba algunos problemillas meteorológicos que con el transcurso de las horas se fueron disipando. A las 9:30h asistimos a la tradicional misa y al término de ésta la gran chocolatada en el Club Santiago. A las 16:00h nos concentramos en la calle Jara. Todo estaba preparado. Muchas fotos, para el recuerdo, se hicieron en aquella tarde de primavera. Con los nervios a flor de piel nos acercamos a la puerta lateral de Santa María de Gracia y acto seguido entramos al santuario guiados por la voz que marca el orden de procesión. Una vez dentro, sonaron los tambores y nuestras almas se estremecieron con el batir de las ramas de olivo que, atravesando el dintel de la puerta, golpeaban en la emblemática rampa. Unos pasos más bastaron para darnos cuenta de que no estábamos solos, puesto que la S.U.M. La Constancia de Catral empezaba a interpretar la inmortal Solemnidad del maestro José Pérez Ballester, mientras los aplausos del público expectante se entremezclaban con los acordes, conformando la más bella armonía con la que cualquier procesionista sueña mientras desfila por las calles de Cartagena. La procesión transcurrió bien y las críticas fueron muy buenas, pero el tercio infantil de Santiago Apóstol hizo más que un desfile ejemplar en aquel 24 de Marzo de 1991. Con su aparición en la tarde del Domingo de Ramos escribió una nueva letra en la historia de la Cofradía California y dentro de esta grandiosa Agrupación, puesto que supuso el nacimiento de la simiente santiaguista o, lo que es lo mismo, el germen que da continuidad a nuestra particular forma de amar y entender nuestras procesiones. Veinte años han pasado desde entonces y hemos vivido muchos cambios en favor de la renovación e incremento del patrimonio de la Agrupación y del tercio infantil, en particular: nuevo sudario en 1994, incorporación de banderines a principios de la actual década y el trono de La elección de los Zebedeos (2008). Pese a todo ello, una oleada de recuerdos infantiles vienen a mí cuando, año tras año, llega la tarde del Domingo de Ramos con su espectacular colorido, sus palmas mecidas por el viento, el sonido de las escalas musicales, las concentraciones de tercios… Para describir tales sentimientos sólo puedo encontrar las célebres palabras del conocido científico francés del siglo XVII Blaise Pascal con las que intentaba explicar el verdadero sentido de la Fe: “El corazón tiene razones que la razón no comprende”. Para concluir, podría añadir un matiz personal a la reflexión anterior, aplicándolo a nuestra res: el verdadero santiaguista nace, pero también se hace porque pone al servicio de su corazón procesionista la singular coherencia de sus ideas y su esfuerzo sin parangón. Valga dicha reflexión para que nuestros jóvenes disfruten y mantengan, en el futuro, ese ambiente de respeto, humildad y responsabilidad que impregna a nuestra Agrupación.



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