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Nueva ĂŠpoca, No. 55

Guatemala, abril de 2007

Guatemala: Juventud, violencia y sociedad


Entre la exacerbación de los deseos y la construcción de la esperanza Diana García*

La violencia: hecho cotidiano y deshumanizante

sus múltiples causas y dimensiones, y el impacto de su magnitud y omnipresencia, la violencia se ha convertido en la forma en que las nuevas generaciones se están viendo cada vez más privadas de un sentido humano del presente y de toda posibilidad de concebir un futuro. La misma complejidad de la violencia proviene de los límites de cualquier intento por acotarla. Así, cualquier niña o niño de clase media, de no más de ocho años de edad, al que se le inquiere acerca de ella, responde: la violencia está en todas partes.

L

a televisión, la prensa escrita y otros medios de comunicación nos enfrentan cotidianamente a una realidad que, desde su existencia y constante exposición resulta violenta. No se requiere redundar en cifras ni descripciones para saber que a solo diez años de que amplios sectores de la población llegaran a plantear sus aspiraciones por construir una democracia participativa y de haberse dado tuteladamente el “cese al fuego”, ha llegado a ser normal, a incorporarse en las vidas de los guatemaltecos y guatemaltecas y, hasta propagar y aprobar el abuso y la eliminación brutal de seres humanos. Mujeres y hombres, en su mayoría niñas, niños, jóvenes y adolescentes matan y mueren diariamente a la luz de nuestra indolencia, temor y complicidad.

La “seguridad” como violencia En muchas ocasiones y desbordados por el temor, los guatemaltecos y guatemaltecas se han habituado a pensar en las soluciones a la inseguridad que objetiva o subjetivamente experimentan, fundamentalmente en términos de medidas punitivas, agentes policiales, fuerzas combinadas o un creciente número de radiopatrullas. Las medidas y políticas de represión que hasta ahora son las asumidas básicamente por el Estado para su control, cuentan con el respaldo de amplios grupos de población. Ello, mientras otras propuestas plantean y fortalecen la ineludible necesidad de superar la corrupción y las múltiples dimensiones de la inoperancia del sistema de justicia, y enfrentar la impunidad de los

La violencia no es, sin duda, un fenómeno nuevo ni exclusivo de la sociedad guatemalteca. La violencia que a diario va cincelando la subjetividad, cristaliza de muy distintas formas y más allá de lo evidente: la búsqueda de la dominación patriarcal, racista y adultocéntrica es a la vez, una de las características intrínsecas a la reproducción de las nuevas fases de expansión capitalista a nivel global. Niñas y niños que previamente aspiraban a ser sujetos de protección, en esta nueva etapa se convierten en instrumentos de la violencia, mano de obra esclava, mercancías u objetos de placer. Desde la particularidad del país, la violencia no es sólo una derivación lineal de las atrocidades y los aprendizajes de la guerra. Tampoco es sólo el reflejo de determinados intereses lícitos o ilícitos emergentes, ni del derecho y necesidad de nuevas formas de defensa, que desde la misma juventud y niñez se han gestado. En esta violencia se ponen de manifiesto problemas históricamente postergados y exclusiones acumuladas. En tanto que con * Zootecnista, con estudios de postgrado en género y psicología social y violencia política, estos últimos, en FLACSO-Guatemala y la Universidad de San Carlos respectivamente.

Publicación mensual de FLACSO -Guatemala y elPeriódico Secretario general de FLACSO Francisco Rojas Aravena San José, Costa Rica CONSEJO ACADÉMICO DE FLACSO-GUATEMALA Víctor Gálvez Borrell-director Isabel Rodas / Virgilio Álvarez / Oscar López / Santiago Bastos Virgilio Reyes / Simona V. Yagenova Edición: Víctor Gálvez Borrell; Corrección de estilo: Karla Olascoaga Coordinación y diagramación: Hugo de León P.

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Tel. PBX (502) 24147444 Fax: (502) 24147440 Correo electrónico: flacsoguate@flacso.edu.gt Página web: http://www.flacso.edu.gt Esta publicación es posible gracias al apoyo financiero de ASDI/SAREC 30,000 ejemplares


Son múltiples las realidades que dentro y fuera del país dan cuenta de que no es “la pobreza” en sí misma, la condición que desencadena o que agudiza la violencia, sino más bien, la prevalencia de las desigualdades y de los agudos procesos de empobrecimiento en marcha, los que llegan a favorecerla; y a pesar de su mayor incidencia en el ámbito urbano, tampoco se puede asociar sencillamente a las ciudades, aunque sí está fuertemente vinculada con las distintas dinámicas de urbanización desordenada. Así, continuar en este agudo péndulo entre violencia como seguridad y seguridad como violencia, sin asumir los problemas que sus manifestaciones más burdas llegan muchas veces a invisibilizar, no nos llevará sino a continuar reproduciéndola.

La violencia: abismo entre lo que se vive y lo que se espera delitos cometidos fuera, y cada vez, en una institucionalidad que progresivamente pierde de nuevo la oportunidad histórica que hubiera tenido para legitimarse. Por otra parte, crece la privatización de la “seguridad”, lo que se traduce en la protección de la vida y los bienes sólo de aquellos que los tienen en abundancia y pueden pagarla. A ello se añade, el interés por calcular la violencia sólo por los costos indirectos que genera, por la baja en los rendimientos a causa de las pérdidas de la salud de los trabajadores y trabajadoras; por la falta de crecimiento y la pérdida de ganancias que provoca como factor de desestímulo para la inversión extranjera, el turismo o el comercio. El Estado continúa interpretando la conflictividad social “en clave criminal” y se aleja permanentemente de su función de asumir las múltiples demandas para transformar las injustas estructuras de poder prevalecientes. Por una parte, se postergan las medidas redistributivas del ingreso y se acepta la escasa inversión de recursos destinados a la educación, salud, vivienda o a la generación de empleo de calidad para las nuevas generaciones y, por la otra, se sigue destinando una gran cantidad de recursos a presupuestos de los ministerios de Gobernación y de Defensa. De esta cuenta, la sociedad guatemalteca pareciera estar de espaldas a una concepción más humana e integral de la seguridad, la que, en su búsqueda por frenar la reproducción de la violencia, sea capaz de afrontar y priorizar más allá de los discursos, el cumplimiento de los derechos económicos, sociales y culturales de las personas y de los pueblos. De acuerdo con Roberto Briceño-León,1 en la mayoría de los países latinoamericanos, la violencia hacia y entre la juventud se está manifestando y se analiza como un fenómeno principalmente urbano, afectando cotidiana y más intensamente a las clases populares de las segundas generaciones de migrantes, que nacieron ya en las ciudades bajo fuertes condiciones de privación, pero a quienes el medio les genera expectativas de vida cada vez mayores. En Guatemala, la tendencia urbana se mantiene. Pero por su brutalidad, aún la menor intensidad relativa de la violencia que ocurre en las diferentes áreas rurales, genera fuertes impactos para la vida y las relaciones sociales de los distintos municipios. Y mientras se carezca de estudios que expliquen sistemáticamente estas dinámicas, el enfoque urbanocéntrico y segmentado de los medios de información puede estar invisibilizando los flujos y las relaciones que se dan en cada región.

De acuerdo con el sociólogo Boaventura de Sousa Santos,2 lo que hoy se experimenta es un “colapso” de las aspiraciones, ya que si en las sociedades antiguas, experiencias y expectativas guardaban una relación simétrica, la entrada de la modernidad creó entre ellas una discrepancia. Las expectativas sobrepasaban las vivencias, pero se aguardaba con esperanza. Hoy, y para la mayoría de las personas en el mundo, esa disonancia se invirtió: las experiencias son difíciles y las expectativas son peores, ahora se espera sin esperanza. Ese es el contexto en el que a las nuevas generaciones les ha tocado crecer. Este desencanto de las promesas de la modernidad y de las posteriores etapas desarrollistas se ha visto a la vez, históricamente acompañado de la incorporación, cada vez mayor al sistema 2 De Sousa Santos, Boaventura. 2003. “Globalización y Democracia”. Conferencia central, Foro Social Mundial Temático. Cartagena de Indias, Colombia. 16 al 20 de junio, 2003.

1 Briceño-León, Roberto. 2002. La nueva violencia urbana en América Latina. Sociologías, no. 8. Porto Alegre, jul./dic. 2002.

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capitalista, de mujeres y de poblaciones indígenas. Ello no sólo a través de su fuerza laboral sino como migrantes y consumidores 3, formando parte de las dinámicas de creación de nuevas necesidades, y constituyendo determinados segmentos de mercado (los productos nostálgicos por ejemplo). Paralelamente a lo anterior, la guerra contribuyó a intensificar las migraciones no planificadas campo-ciudad, mientras que llevó también a la pérdida de una cantidad de redes de confianza, apoyo y solidaridad, y para mucha gente, hasta de esa capacidad de creer de nuevo en el futuro. Recientemente, dos elementos del proyecto de esta modernidad liberal han puesto de manifiesto sus límites: educación y trabajo. El mismo Banco Mundial, en su análisis instrumental acerca de cómo la pobreza frena el crecimiento, reconoce que los niveles de ingresos, “los retornos” no llegan a materializarse sino hasta cuando la educación secundaria ha sido plenamente terminada, siendo en muchas ocasiones más bien el umbral, la superación de la educación terciaria. Por otra parte, distintos análisis han mostrado junto a los altos niveles de privatización de la educación secundaria que, si bien se ha dado una mayor cobertura en la educación pública a nivel primario, su calidad ha disminuido significativamente y sus contenidos se encuentran lejos de responder a las necesidades que la realidad actual le plantea, tanto a la niñez como a la juventud. Dentro de este contexto, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), al discutir sobre los desafíos de la juventud rural indígena en Guatemala (al igual que lo hacen otras investigaciones) plantea que al haberse evadido después de 1954, sistemática y violentamente la generación de cambios estructurales en la tenencia y distribución de la tierra y no haberse creado oportunidades de movilidad social, las tendencias ocupacionales que actualmente pueden observarse son:

Para los varones, las opciones reales se encuentran entre mantenerse como trabajadores familiares no remunerados o pequeños productores familiares sin condiciones que le sean favorables; continuar como obreros agrícolas temporales, sufriendo las consecuencias de la explotación; trabajar en empresas privadas de seguridad o enrolarse en el Ejército, rompiendo cultural y socialmente con su familia y comunidad, para luego quedarse en las áreas urbanas vinculados, en el mejor de los casos, con actividades económicas marginales. Las mujeres jóvenes, junto a la producción de artesanías, comparten las primeras dos opciones con los varones pero en condiciones de mayor desventaja (falta de reconocimiento de sus derechos laborales, discriminación salarial, dobles y triples jornadas de trabajo, una mayor incidencia de acoso sexual, etc.). Otra alternativa por la que muchas de ellas optan (sobre todo para liberarse de ciertas convenciones patriarcales y experimentar mayores grados de libertad) es la proletarización, incorporándose como trabajadoras temporales a las zonas de agroexportación o a la industria de la maquila. No obstante, se

3 Ramón González-Ponciano en su análisis sobre la modernidad y el pensamiento civilizatorio en Guatemala registra cómo a mediados del siglo XX dicho proceso mediado por el racismo comenzaba a perfilarse “(…) el enorme mercado que pueden representar treinta millones de indios y otros tantos millones de mestizos trabajadores que hoy apenas consumen parte de lo que ellos mismos producen” (Al citar a Antonio Girón, 1941).

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ven forzadas a realizar trabajos de muy baja calidad, que por su misma intensidad les lleva igualmente a romper con una serie de vínculos afectivos y, que en el marco de las horas extras que requiere esa exacerbación de la producción de artículos para el mercado, las transforma a los pocos años en seres completamente exhaustos y casi sin ninguna posibilidad de autorrealización. Así, la juventud rural en la búsqueda de trabajo y de nuevas oportunidades se va agregando sistemáticamente a los espacios de vida de la marginalidad urbana, y poco tiempo después se ve obligada material y socialmente a asumir los riesgos de una nueva etapa de expulsión: la migración hacia Estados Unidos.

La violencia como expresión de los intereses transnacionales A partir de la década de los ochenta, se produce una coincidencia; por una parte, las transformaciones de los Estados-nacionales (su reducción, privatización, desregulación) y la apertura hacia el modelo de libre mercado promovido desde los centros de poder económico en el ámbito mundial y, por la otra, la intensificación de distintas formas de la violencia hacia y entre la niñez y la juventud. Formalmente, los Estados han dejado de expresar cada vez más los intereses nacionales, para pasar a la defensa abierta de los intereses de las empresas transnacionales. A la par, pero vinculado en su dimensión ilícita con lo anterior, el papel que ha jugado la penetración del crimen organizado en el aumento de la violencia (controlando cada vez más parcelas del territorio) es una tendencia igualmente observada en toda América Latina. En este caso, las élites guatemaltecas fortalecen sus vínculos con las del resto de Centroamérica a fin de lograr “su” mejor inserción en los encadenamientos de la economía mundial, aún a costa de la pérdida de derechos y oportunidades para la clase trabajadora: bajos salarios, flexibilización laboral, desestímulo y falta de protección de la pequeña y mediana producción, debilitamiento del mercado interno y del sistema de seguridad social, entre otros. Es por ello, que las nuevas generaciones se plantean el reto de desarrollarse en medio de condiciones que se vuelven cada vez más precarias, para ellas y sus familias. Al mismo tiempo, la cotidianidad de los jóvenes se ve invadida cada vez más por el estímulo de un sinnúmero de bienes de consumo y de imágenes de estilos de vida y de servicios, a los cuales ni por asomo, logran tener acceso por no contar con los ingresos, que muchas veces no les alcanzan ni para la sobrevivencia. En tanto que también se ven expuestos al tráfico, distribución al menudeo, uso y consumo de armas y drogas respectivamente, a niveles sin precedentes. Un estudio de la Comisión contra las Adicciones y el Tráfico Ilícito de Drogas (SECCATID) realizado en 22 departamentos del país, entre jóvenes de 12 a 20 años de edad, muestra cómo sólo entre 1998 y el 2002 se dio un incremento en el consumo de alcohol y drogas, que osciló entre 40% y 380%. Tales estimaciones, válidas únicamente para la juventud escolarizada, posiblemente sean mayores entre la población


que no cuenta con oportunidades para seguir estudiando. A la par, el Instituto de Enseñanza para el Desarrollo Sostenible (IEPADES), a partir de las estimaciones de los cuerpos policiales en Centroamérica, ha anotado que en Guatemala se encuentra el 32.0% de las armas de fuego legalmente registradas en la región, mientras que llega a 63.7% la proporción de armas que, respecto de los demás países, circulan ilegalmente.4 El incremento en el consumo de drogas, asociado a la mayor disponibilidad de armas aumenta desde muy temprana edad la letalidad de la violencia. Los conflictos interpersonales o grupales, mediados por códigos autoritarios y patriarcales de relación no han cambiado necesariamente en todas sus dimensiones. Pero, mientras en décadas anteriores estaban acompañados por el consumo de marihuana, el uso de la “pega”, palos, piedras, cadenas o navajas, actualmente se “resuelven” con el uso del crack o con la disponibilidad de pistolas y fusiles AK-47. Anteriormente, las dinámicas juveniles se daban como producto de sus propias interacciones, la violencia se perfilaba como medio de defensa ante distintas agresiones externas (otros grupos, las políticas de “seguridad” del Estado, etc.) o algunas expresiones pasaban a ser funcionales a ciertos intereses políticos. Ahora, además, la juventud de distintos estratos sociales busca satisfacer ese incentivo compulsivo hacia el consumo de bienes que el entorno permanentemente promueve, a través de su incorporación en distintas actividades delictivas, como el mercado de drogas o armas.

De la experiencia diaria de la violencia a la criminalización de la juventud y sus familias Las políticas de empleo, precios y salarios, las exigencias de ingresos para lograr sobrevivir y suplir sus necesidades, han llevado a la incorporación masiva de las mujeres al mercado de trabajo. En el caso de las mujeres madres, su mayor aporte económico no ha significado una redistribución de las tareas del hogar con sus parejas u otros miembros varones. Y mientras se sobrecargan de trabajo, se ven también forzadas a imponerle cada vez más, un mayor peso de “ayuda” a sus hijas, hijos u otros integrantes de la familia. Paralelamente a lo anterior y, a través de la reducción del presupuesto para servicios básicos (como salud, guarderías o jardines infantiles) el Estado se desentiende de prestarle a la clase trabajadora, las condiciones mínimas para su reproducción y desarrollo, mientras que el sector empresarial no asume aún los costos reales de la fuerza laboral que le permite generar las ganancias de las que disfruta. Las dinámicas socioeconómicas señaladas se tensan aún más, al vincu-larse con el machismo y con las concepciones patriarcales de familia, en las cuales el varón debiera jugar el papel de proveedor y las mujeres las tareas domésticas de cuidado y afecto. Al ya no ser esto posible, y sin que hasta ahora se logre redefinir dichos papeles, las interacciones familiares van aumentando su conflictividad, y son las nuevas generaciones las que asumen costos emocionales y materiales cada vez más intensos u optan por encontrar otras 4

La estimación no considera datos de Nicaragua.

alternativas y “refugios” (entre otros, dejar de estudiar, irse a la calle, incorporarse a pandillas, consumir alcohol y/o drogas o hasta el suicidio). Así, la casa, la calle, la escuela y el trabajo no forman más que parte de un continuo de relaciones articuladas, con sus propias dinámicas y expresiones de violencia. No obstante, y como la salida más sencilla, éstas escasamente se visualizan al momento de responsabilizar a las familias y criminalizar a la juventud de las clases populares, por los altos índices de violencia prevalecientes. En los barrios, las colonias, los asentamientos y áreas marginales la vida no es homogénea. Hay distintas expresiones juveniles5 y en esa misma medida se experimentan y enfrentan las diferentes formas de violencia, incluyendo en ello las políticas represivas del Estado.6 Cada lugar tiene su historia. Los jóvenes (hombres y mujeres) perciben cómo sus espacios de vida se ven altamente estigmatizados.7 Mientras tanto, se dan cuenta que las etiquetas y la constante exposición de la violencia en los medios de comunicación contribuyen a su reproducción. A las maras por ejemplo, se les ha construido ya un perfil sobredimensionado. De acuerdo con Gabriela Escobar,8 ya desde 1987 los titulares de los periódicos registraban las declaraciones del entonces director de la Policía Nacional acerca de que las “Maras causan pánico en la ciudad” o “Guatemala de rodillas ante las maras”. Lo anterior cumple sin duda, distintas funciones: invisibilizar otros problemas sociales que tienen mayores implicaciones para las estructuras de poder;9 generar miedo como mecanismo para contener el descontento social; o justificar ante las clases media y alta, que se sienten víctimas de la “amenaza” de la juventud de las áreas populares (sin distinción), las medidas de represión, militarización y control social que finalmente crean o incrementan condiciones favorables para negocios ilícitos, impunidad o despojo.10 Finalmente, visibilizar la violencia de “las maras” por ejemplo, incluso más allá de lo que los mismos datos que las estadísticas institucionales objetivamente permiten justificar, contrasta fuertemente con la manera en que los medios y las diferentes instancias, ocultan la violencia ejercida también por aquella juventud de los estratos sociales privilegiados.11 5 Los grupos de esquina, las cuadrillas, las pandillas, las maras transnacionalizadas o no, las bandas, el narco propiamente dicho, por ejemplo. 6 El “Plan Escoba” por ejemplo, puesto en marcha en 2003 y cuyo nombre refleja la concepción que desde el Estado se tiene frente una juventud que antes de violenta fue fuertemente vulnerabilizada. 7 Las mal llamadas “zonas rojas”. 8 Escobar, Gabriela. 2005. Enfrentamientos y violencias juveniles en ciudad de Guatemala (1985-1993). Tesis de licenciatura en Antropología. Escuela de Historia, USAC. 9 En ningún momento, los vínculos entre militares, narcotraficantes y los grupos antinarcóticos que salieran a luz pública a finales del 2005, a raíz de relación entre los ex kaibiles guatemaltecos y sicarios-narcos en México, evidenciada por Estados Unidos, han tenido tanto seguimiento y cobertura. Es más fácil criminalizar a jóvenes empobrecidos y marginados en múltiples dimensiones. 10 En agosto del 2005, el ministro de Gobernación señalaba que “las maras se han convertido en un asunto de seguridad nacional”. 11 Gabriela Escobar muestra cómo jóvenes de las capas medias y medias altas del Liceo Guatemala, Liceo Javier o Don Bosco, entre otros, participaban de formas de violencia si no aprendidas en su cotidianidad, sí de las películas y programas producidos en Estados Unidos. Los testimonios directos muestran que entre los años 80 y comienzos de los 90, jóvenes de estos estratos participaban de “cacerías” en contra de jóvenes de las zonas populares.

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De las masacres en la guerra a las matanzas en la paz** Lucía es una mujer Kaqchikel, de una de las aldeas de Chimaltenango más próximas a la capital. Tiene ocho hijos, en su mayoría adolescentes. Dos son mujeres. Una, la sustituye en gran parte de los quehaceres de la casa, mientras que la pequeña comienza a crecer y ella sale a trabajar. Uno de sus hijos ha hecho su hogar y el que le sigue estuvo en una mara durante un tiempo. Otro ha comenzado a “andar de noche”, y los demás continúan creciendo en medio de las oportunidades de vida que su comunidad les ofrece. Lucía sabe que su lugar no ha dejado de cambiar. Hace unos diez años llegaron las maquilas. Con ellas, bastante gente. Muchos ladinos, “fueranos de tierra caliente”, de la costa o de Jutiapa, de Honduras o de Nicaragua. Gente “extraña”. La cotidianidad de Lucía y de su familia, se enriquece de múltiples maneras, pero la intensidad de la violencia, los ha ido progresivamente ensordeciendo. Sus bocas enmudecen y sus cuerpos van poco a poco aceptando la experiencia del “encierro”. Ella recuerda que 2002 y 2003 “fue lo más duro” y por eso se iniciaron “las rondas”, una forma de organización vecinal para enfrentar la violencia ante el incumplimiento de esta responsabilidad por parte del Estado. En ese tiempo mataron a dos hijos de su vecina y a una pareja que estaba sentada en la calle le pasaron disparando. Unos meses más tarde, desde un carro polarizado, mataron a otro muchacho y dejaron a otros dos graves. En una noche de ésas, el hijo de su primo, de 18 años, recibió una llamada. Le pedían que saliera a la carretera. Al llegar, en un carro con vidrios polarizados lo estaban esperando sólo para matarlo. Al poco tiempo, también machetearon a otro patojo “por confusión” cerca de la escuela. Era el nieto de la tía de Lucía, “a quien tenían que matar”. En ese tiempo, la gente llamó a la policía por “los mareros”, pero después vinieron “los drogados”. Las amenazas y las extorsiones acompañaban el silencio de todo “lo que no se quiere, ni hay que hablar”. Al año siguiente “la ronda agarró al líder del narco torturando a un muchacho”. Lucía recuerda que “cuando él llegó de la cabecera municipal, en la aldea se reforzaron las maras”, pero fue hasta esa noche cuando la gente se enojó. Él se burlaba “porque la policía lo iba a soltar”, se quitó sus cosas y se las dio a su esposa. Unas horas después lo quemaron vivo y murió. Ese año “la feria no tuvo gente”. Se corrió el rumor, y hasta desde la iglesia, el pastor “avisaba” que para la fiesta patronal iban a matar a 30 o a 32 jóvenes. No sucedió, pero para la gente “las matanzas” continuaron. Antes de que finalizara el año asesinaron a un sobrino de Lucía cuando regresaba del instituto. Mataron a tiros al hijo de otra sobrina en la sastrería donde trabajaba, y desde otro carro con vidrios polarizados, balearon a un patojo de 11 años, también de su familia. En esos meses mataron al hijo de unos conocidos cuando salía de la maquila en la que trabajaba, y a los dos únicos hijos de otra vecina los asesinaron con sólo nueve días de diferencia. Su padre y su madre se enferman cada vez más, y de tanto dolor han ido a parar al hospital. Éstos son sólo los casos que Lucía conoce de cerca, aunque escuchó de otros. Ya en 2005, unos hombres entraron a la casa de otros vecinos, mataron a un joven y a una niña de cinco años. Poco tiempo después desaparecía la hija de su cuñada, de sólo 20 años, de la que hasta hoy todavía no se sabe nada. A una prima más cercana también la mataron. Fue torturada, asesinada, y abandonada en el barranco de un pueblo vecino. Una pareja joven que no era de la aldea, también apareció muerta en la carretera. Al poco tiempo machetearon a un vecino, por defender a una muchacha a la que unos hombres estaban violando. Lo último que pasó antes de que acabara el año, fue la muerte del hijo de la prima del ex esposo de Lucía. El muchacho apareció dentro de un costal atado de pies y manos, tirado frente a su propia casa. En la aldea, Lucía ya no se atreve a preguntar. Salen cada vez menos y no siempre van a los funerales, para no involucrarse. Según ella, en algunos de los municipios vecinos se viven experiencias similares y muchos conocidos, familiares y compañeros de sus hijos “ya no están, ya se han ido”. La “red del temor” se sigue tejiendo y a ella la sigue invadiendo el sentimiento de que “ya no tiene gracia la vida, si es que ya sólo con miedo nos pasamos”. Mientras tanto, se da cuenta, sin saber bien qué hacer, que “de esto no se investiga”. En la mañana en que ella y yo decidimos “juntar las palabras”, aparecía un insistente “por qué”, “por qué” y un “quiénes fueron”. Por momentos, Lucía parecía querer desprenderse de lo que sabe. Pero aunque le cuesta, ella ha abierto esta ventana de su propia vida con el único propósito de que todos “empecemos ya a hablar de esto” y comencemos a pensar en lo que vamos a hacer en esta Guatemala, que ha pasado de las masacres en el tiempo de la guerra a las matanzas en el tiempo de la paz. ** Este testimonio construido a partir de distintos momentos de plática y diálogo, es parte de otro trabajo sobre el tema, usando un nombre distinto e igualmente ficticio, con la idea de que así como Lucía, Ester o cualquier otra mujer tan valiente como ella, otras también puedan empezar a hablar de todo esto, a “juntar las palabras”, y colectivamente “pensar en qué vamos a hacer…”. Ver: García, Diana. Ser Joven y pobre en Guatemala. Rev. Envío. Vol. 25 (302). Septiembre 2006. Universidad Centroamericana.

Más allá que violencia urbana: enclaves del capital y seres humanos De acuerdo con Linda Green,12 la nueva penetración del capitalismo se da con la industrialización rural que comienza a finales de los años ochenta y que, en contraste con las etapas previas, emerge muy cerca de la ciudad capital. Los departamentos agrícolas de Sacatepéquez y Chimaltenango pasaron a convertirse en uno de los enclaves de la industria de la maquila y la agroexportación. En ellos miles de jóvenes, sobre todo mujeres indígenas, dejan cada día su energía y su fuerza de trabajo. El testimonio anterior, no habla de su experiencia laboral, habla de sus espacios de vida. Producto de una desigualdad altamente segregada, cada mañana, se abre el periódico y surgen nuevos nombres, a veces rostros o Green, Linda. 2003. Notes on Mayan youth and rural industrialization in Guatemala. Critique of Anthropology. Vol. 23 (1). University of Arizona.

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cuerpos de una juventud cada vez más “silenciada” e “invisible”. Así es como llegamos a saber tanto sobre sus muertes, mientras que el miedo, la indolencia y la falta de coraje para asumir socialmente nuestra responsabilidad, nos lleva a desconocer casi completamente acerca de sus vidas.

Parafraseando al fraile dominico brasileño Frei Betto, ¿por qué ante la constante socialización de la “felicidad adinerada”, ligada a los bienes de consumo, tendríamos que esperar de un joven empobrecido una actitud abnegada frente a su carencia y sufrimiento? ¿Por qué obedecer las leyes si los políticos corruptos y delincuentes de cuello blanco permanecen en libertad? ¿Por qué, si la muerte es cierta y la vida carece de un sentido de futuro?


1987-2007 29 de diciembre XX Aniversario de FLACSO-Guatemala Actividades del Postgrado Centroamericano en Ciencias Sociales

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n San Salvador los días 16, 17 y 18 de abril, se reunieron los estudiantes de la III Maestría en Ciencias Sociales, con expertos internacionales vinculados con sus temáticas de investigación. Este encuentro tuvo como objetivo evaluar los avances de investigación, aportar elementos metodológicos, teóricos y enfoques diversos para fortalecer la capacidad argumentativa de los estudiantes. A su vez, se buscó generar la comunidad de diálogo académico en Centroamérica. Con este Foro se cierra el ciclo formativo en el ámbito de investigación para los estudiantes previo al examen público de defensa de tesis.

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l miércoles 28 de marzo fueron presentadas a sus autores las publicaciones del Postgrado Centroamericano en Ciencias Sociales. La Colección cuadernos de maestría, integrada por cuatro tomos, representa un esfuerzo por dar a conocer la producción teórica de sus egresados y expone al lector interesado una diversidad que es producto tanto de la opción de cada autor como de la compleja realidad social centroamericana. Entre las publicaciones también se presentó el libro Aspectos del desarrollo económico y social de Guatemala a la luz de fuentes históricas alemanas (1868-1865), del autor Julio Castellanos Cambranes, Tomo I de la Colección lecturas de ciencias sociales.

El Guernica de Picasso 70 años después (1937-2007)

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Diálogo 55 Nueva Época /Guatemala: Juventud,violencia y sociedad  

Guatemala: Juventud, violencia y sociedad / Publicación mensual de FLACSO-Guatemala

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