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Nueva época, No. 49

Guatemala, junio de 2006

VIOLENCIAS INVISIBLES (Reflexiones sobre la cultura de la violencia en Guatemala)

*Psicólogo y escritor. Con estudios de psicología social en París. Fue psicoterapeuta en Alemania para víctimas de guerra.

Raúl de la Horra*


Invisibilidad de la violencia “Un exceso de realidad se parece a una falta de realidad” De Souza Santos

L

as

violencias en Guatemala son tantas y tan excesivas, que ni todas las páginas del mundo alcanzarían para narrarlas. Tampoco, para esclarecerlas y precisar sus consecuencias catastróficas a largo plazo. Y es que de tan presentes que son se nos van haciendo invisibles. Están a la vuelta de la esquina, en los pasillos de las oficinas ministeriales, en las fincas y en las aldeas. Están en las instituciones públicas y privadas, en las prisiones, en el periódico que leemos cada mañana. Están en las barriadas, en los autobuses, en los embotellamientos de tráfico. Están en casa, en nuestra familia, escondidas debajo de la alfombra. Y están en nuestra memoria, en nuestros gestos, en nuestros hábitos. Por eso es que ya ni las vemos. Es como si transitáramos por un mundo donde el color único fuera el de la violencia y, por falta de contraste, ese color sería prácticamente invisible a nuestra percepción.

Múltiples violencias, algunas más grotescas que otras, pero un sólo rostro: el de un país asustado, dolorido y anémico, prematuramente envejecido, decrépito en sus actos y torpe en sus anhelos. Un país que se desangra lentamente, como perro aterido que lame sus heridas. Un país que quisiéramos aprender a amar, pero que nos huye y teme. Quizá porque nosotros mismos, sus ciudadanos y Pablito, Jonathan Moller, 1995. hacedores, le hemos tornado la espalda: el miedo, la inseguridad y la desconfianza se han apoderado de nuestras almas. ¡Oh desesperanza, oh escalofrío!

No es que me haya propuesto hacer poesía. Lo que pasa es que las ciencias sociales se muestran a veces tan incapaces de expresar lo inexpresable –puesto que su función es la de entregarnos esqueletos conceptuales hechos de abstracciones grises que pretenden describir y analizar la realidad–, que se hace necesario introducir algunos elementos que le den colorido, olor y relieve al lenguaje que utilizamos para abordar temas tan escabrosos. Porque, ¿cómo discurrir sobre el absurdo que nos envuelve y constituye, sobre la desesperación y el cansancio, sobre el desamparo y la impotencia, si no es utilizando figuras de la literatura? ¿Cómo invocar las fuerzas de la razón y la sensatez, si no es increpando al cielo e interrogando a la inteligencia? ¡Dios de los desamparados, qué es lo que nos está pasando?

Violencias hasta el har tazgo hartazgo “Una cultura también se define por las formas de matar o de morir que una sociedad segrega” J.P.Sartre “Cada pueblo ama su propia forma de violencia” Clifford Geertz Toda violencia es excesiva. Pero las hay que son más excesivas que otras. Las nuestras son campeonas, puesto que somos especialistas en la materia. Acá no podemos quejarnos, las tenemos de todos los estilos, dimensiones, aplicaciones y repercusiones. Están las tradicionales, las estrepitosas, las novedosas, las imaginativas y las anónimas. Están las masivas, tipo genocidio (hoy en desuso); las selectivas, contra grupos específicos; y las hechas a la medida, como los trajes sastre. Las hay expeditivas, con A-K y proyectiles antitanque; las hay artesanales, con machete o verduguillo, y las hay especiales, con técnicas de tortura y ahorcamiento. También las hay caprichosas, con decapitación y descuartizamiento, y otras, propagandísticas, con inscripciones y mensajes crípticos. Las hay que no nos afectan, como si sucedieran en China; pero las hay que nos acongojan, porque las sufre algún conocido; y las que nos hacen pedazos, porque involucran a seres que amamos. Las hay con asalto o sin asalto, con robo o sin él, en la calle o en el autobús, a pie o en auto, en casa o en la gasolinera. Las hay con amenaza y sin amenaza, con secuestro o sin secuestro, con advertencia o sin ella. Las hay para todas las edades y constelaciones: para niños y adolescentes, para jóvenes y adultos, para ancianos; para bebés con mamá, para mamás solas, para mujeres embarazadas; para familias enteras, para parejas. Las hay con violación sexual, con linchamiento, con rabia y con risa de hienas; también a sangre fría, con meticulosidad de relojero. Las hay con policía y sin policía, con guardaespaldas o sin él, armados o desarmados. Y las hay públicas y

Publicación mensual de FLACSO -Guatemala y elPeriódico Secretario general de FLACSO Francisco Rojas Aravena San José, Costa Rica CONSEJO ACADÉMICO DE FLACSO-GUATEMALA Víctor Gálvez Borrell-director Claudia Dary / Virgilio Álvarez / Oscar López / Luis F. Mack Virgilio Reyes / Simona V. Yagenova Edición: Víctor Gálvez Borrell; coordinación y diagramación: Hugo de León P.

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Tel. PBX (502) 2362-1431 Fax: (502) 2332-6729 Correo electrónico: flacsoguate@flacso.edu.gt Página web: http://www.flacso.edu.gt Esta publicación es posible gracias al apoyo financiero de ASDI/SAREC 30,000 ejemplares


escandalosas, o solapadas, silenciosas y tenaces. Las hay para víctimas adineradas (las menos), para víctimas de clase media y para aquellos que no tienen ni dónde caer muertos (las más). Están las perpetradas por mareros y delincuentes, por policías, por elementos del crimen organizado o por sicarios. Y están las que se le ocurren a algún empleado, conocido o miembro de la familia. Se dan por motivos políticos o económicos, por el narcotráfico y rencillas entre pandillas, o las hay inspiradas por rencores y venganzas personales. Las hay diurnas, nocturnas y también crepusculares. En fin, las hay todos los días, sin excepción, y uno se pregunta cada mañana, cuando sale de casa, si alcanzará a ver la noche al terminar el día.

Un caso emblemático. Tengo un amigo que posee un negocio cerca del Cerro del Carmen. Como no lo veía desde hace tiempo, me inquirí sobre él y alguien me explicó que los mareros del barrio le piden diez mil quetzales para no matarlo a él o a su familia, y que por esa razón no salía. La persona que me dio la información tiene una carnicería en el mismo sector y resulta que también a él lo han amenazado pidiéndole treinta mil quetzales de “impuesto”. “¿Y qué harás?”, le pregunté. “Contraté a un guardaespaldas –declaró–; pero estamos en pláticas para hacer una colecta y mandar a matar a esos cabrones”. “¿Y no vas a denunciarlos a la policía?” Con gesto escéptico y una sonrisa, respondió: “¿Y para qué, si después los paran soltando y allí sí que sería hombre muerto”. ¿Qué haría usted en semejante situación? En mi caso, me lo he planteado varias veces y aunque una parte de mí me susurra que sería deseable utilizar los mecanismos legales para combatir la delincuencia y la criminalidad, otra parte, más visceral y pragmática, me recuerda que en este país ese camino no suele conducir a ninguna parte, así que no nos queda más que comportarnos como si estuviéramos en la selva: o matas, o te matan. Esa es la triste realidad. Dramática. Y más que dramática, aberrante. Y más que aberrante, terriblemente tenaz. El Estado, por su parte, que debería garantizar la protección de todos los ciudadanos, se muestra inepto y ausente, y no hay ni Dios que nos proteja. Los ejemplos podrían multiplicarse al infinito. Cuando yo era pequeño, se hablaba con horror del famoso crimen del Torreón, acontecido a mediados del siglo pasado en la capital, cuando un empleado asesinó sin misericordia a una familia entera. Hoy, semejante acto parece un juego de niños comparado con lo que pasa en todos los rincones del país. Crímenes como ése, y mucho peores, se suceden cotidianamente y ya ni logran indignarnos, pues estamos saturados. Y esta saturación, esta omnipresencia de la muerte en sus expresiones más brutales e insoportables, es lo que nos permite hablar de una invisibilización de la violencia. La tenemos tan cerca, tan frente a nuestras narices, que a veces no somos conscientes de ella y, en todo caso, nos sentimos impotentes para enfrentarla. Por eso nuestra vida transcurre como si tales acontecimientos estuvieran sucediendo

lejos, y hasta nos consolamos pensando que en otros países también sucede lo mismo. Por contraste, recuerdo que en un Cantón de Suiza, hace años, un titular del periódico anunciaba en primera página el atropello de un perro en el centro de la ciudad. Resulta que ésta era una noticia de impacto en un país donde aparentemente nunca pasa nada y donde la vida humana parece más segura que una cuenta de banco. En nuestro medio, en cambio, la muerte imprevisible y artera se ha convertido en una peste que camina a zancadas por las calles y nosotros la vemos pasar, estupefactos y abrumados.

Violencias vinculadas con el Estado La transición de las dictaduras militares a la democracia, así como la firma de los acuerdos de paz, posibilitaron mejoras importantes en lo que se refiere al restablecimiento de ciertos derechos de la sociedad civil vinculados con las libertades políticas, y la libertad de opinión y de organización. Sin embargo, diez años después de su firma, todavía continúan siendo amenazados y asesinados líderes políticos, dirigentes campesinos y otros ciudadanos comprometidos con los procesos de paz en el país. También se amenaza y agrede, de diferentes maneras (y sin que jamás se logre capturar a los autores), a las organizaciones no gubernamentales y a sus dirigentes, que se esfuerzan para que esos acuerdos no se queden en letra muerta. Si uno hace el recuento, si sumamos todas estas violencias de cariz político a las violencias delincuenciales que mencioné precedentemente, tenemos al final, la impresión de continuar viviendo en estado guerra, sólo que una guerra no declarada, que de una u otra forma debilita o impide (lo cual, a la vez, es una consecuencia de ello) que Guatemala se consolide como un Estado R.I.P. Humanidad. Mario Madriz de Derecho. Aunque los orígenes de todas estas violencias son múltiples, poco se ha podido o querido hacer para eliminarlas. Muchos funcionarios estatales y dirigentes de grandes instituciones privadas (delincuencia de cuello blanco) siguen contribuyendo a perpetuar la ilegalidad y los abusos (corrupción, peculado, etc.); existen contubernios oscuros entre diputados y miembros de cuerpos de seguridad del Estado con el crimen organizado (limpieza social, ejecuciones extrajudiciales, narcotráfico); las oligarquías tradicionales siguen considerando y dirigiendo el país como si éste fuera una finca de su propiedad, destinada exclusivamente a satisfacer sus intereses personales; los nuevos poderes emergentes (narcotráfico, crimen organizado) amplían cada vez más su margen de maniobra en las diferentes esferas de la vida pública; y la sempiterna violencia ejercida a través de los bajos salarios, la explotación, las actitudes discriminatorias y de racismo, siguen amasando el pan que nos comemos cada día. Y para concluir, las armas y la impunidad, en todas estas esferas, campean como Pedro por su casa.

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son privados. Hay, además, las violencias de todo tipo que se dan en las prisiones y centros de detención, e incluso otras barbaridades, más disimuladas, en hospitales e instituciones de servicio público, donde tratan a los usuarios como si fueran basura.

Las otras violencias Lo anterior se refiere a las violencias “tradicionales” más o menos conocidas. Pero luego están las otras, más opacas, las violencias que podríamos llamar “domésticas” o “privadas” y que escondemos debajo de la alfombra, y también las violencias “ideológicas”, que no figuran en los informes y estadísticas oficiales. Me refiero, por ejemplo, a las agresiones tanto físicas como psicológicas, que se dan en el hogar (la crueldad psicológica es a veces más perniciosa que la física, debido a su perversidad y duración): maltratos de diversa índole entre las parejas (y no sólo del hombre hacia la mujer, pues también sucede a la inversa), violencia hacia los hijos, abusos sexuales, e incesto, entre otras. Tenemos igualmente la violencia sexista ejercida por los hombres hacia las mujeres, el acoso psicológico, afectivo y moral, el abuso sexual, los celos, el chantaje y la intimidación hacia las empleadas en los lugares de trabajo, etcétera. Se da el fenómeno del “mobbing” o acoso psicológico y otras acciones hostiles en las oficinas contra colegas, además de los abusos de autoridad y de jerarquía, y existe asimismo el fenómeno del “bullyng”, que es la intimidación que suelen cultivar algunos alumnos contra sus compañeros en la escuela. La violencia en las escuelas se practica, además, no solamente a través del autoritarismo de algunos profesores, sino que se expresa en los métodos y contenidos de enseñanza. Incluso se ejerce violencia institucional contra los niños y sus familias por el hecho de que teóricamente todo ciudadano tiene derecho a la educación, pero en la realidad muy pocos pueden ejercerlo, ya que la mayoría de los establecimientos educativos urbanos

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Y por último (aunque quizás sean las violencias más importantes, puesto que funcionan como “matrices” de las otras) tenemos las subterráneas y no menos nocivas que nos vienen empaquetadas en las ideas, los Hugo de León valores y las prácticas que esta sociedad transmite y reproduce a través de la familia, la escuela y la religión. Pienso en el culto a la autoridad y en el fomento del autoritarismo y la sumisión en todos los ámbitos sociales; en el fervor que se le profesa al individualismo y al espíritu de rivalidad por encima del espíritu de cooperación y de solidaridad; en la exacer-bación de las prácticas de consumo; en la exaltación de valores como la moda y la posesión de objetos; en el cultivo obsesionado de las apariencias, en la veneración del éxito y estatus como sinónimos de realización personal; y pienso igualmente en la hipocresía, en la mojigatería, en los sentimientos de dependencia y de culpa que suelen inculcar las iglesias a las personas ingenuas y sumisas, para quienes las actitudes de franqueza, de crítica y de sentido común son cosas del demonio. Por supuesto que todo lo anterior –en especial en lo que se refiere a la reproducción de valores que impiden el desarrollo de los sentimientos de solidaridad y respeto– viene sobredeterminado por la ideología del sistema neoliberal en el que estamos inmersos, cuya vocación principal es la de fomentar el consumismo a ultranza y la imposición arbitraria de normas de intercambio injustas e irreales para los países del tercer mundo. Como un simple ejemplo de las violencias que también se ejercen en el ámbito del comercio internacional y que nos afectan, recordaré que hace treinta años, en Guatemala, un automóvil nuevo costaba aproximadamente menos de dos mil dólares, mientras que hoy, un automóvil similar cuesta no menos de diez mil, al tiempo que nuestros productos agrícolas de exportación, que constituyen todavía la principal riqueza del país, nos vemos obligados a venderlos a los países industrializados prácticamente al mismo precio que antes. Ello ilustra claramente que la sociedad de consumo

y la entronización a escala mundial de los capitales privados transnacionales como único motor de la economía y de la dinámica social, nos llevan, justamente, a contradecir los mismos principios morales que dicho sistema dice defender. Difícil, en estas condiciones, construir una sociedad y una categoría de ciudadanos exentos de violencia, cuando el mundo que nos rodea se caracteriza por la injusticia y la desigualdad respecto de los términos de intercambio y oportunidades entre los países ricos y los países pobres.

Las explicaciones “Las democracias que coexisten con una incidencia alarmante de la violencia estatal no merecen ser llamadas democracias” Juan E. Méndez

Razones históricoestructurales Muchas, brillantes y esclarecedoras son las interpretaciones que los sociólogos, historiadores y otros científicos sociales han dado sobre la violencia en Guatemala. Para empezar, han explicado que la violencia es, ante todo, un fenómeno netamente humano y social, a diferencia de la agresividad animal, que es un instinto cuyo funcionamiento obedece a razones de sobrevivencia, sin ninguna significación simbólica y cultural, como sucede en los humanos. También han dicho que la violencia es aprendida socialmente, como todo lo que el hombre hace o es, y por eso puede ser orientada y transformada. Las luchas de poder (económico, social y político, sobre todo) están en el centro de casi todos los actos de violencia que conocemos. En el caso guatemalteco, la violencia física ha sido tradicionalmente el instrumento privilegiado con el que hemos pretendido resolver nuestros conflictos de poder de cualquier tipo, y la historia muestra cómo, desde la llegada de los conquistadores españoles (e incluso antes), la dinámica de intereses y de conflictos antagónicos entre los agentes de los distintos poderes ha ido moldeando y perfilando la estructura de las relaciones económicas, sociales y políticas en nuestra sociedad. Las relaciones interpersonales, en semejante contexto, no pueden sino verse profundamente afectadas por las relaciones de violencia estructurales, y por eso el cuerpo social está en su totalidad, si se nos permite la expresión, enclenque y plagado de moretones.


Razones psicoculturales Sin embargo, estas dimensiones de tipo estructural e histórico que acabamos de evocar someramente, parecen no ser suficientes para dilucidar la complejidad del fenómeno de la violencia. En efecto, las famosas estructuras de que hablamos están compuestas o son soportadas por personas, constituyendo así lo que llamamos la dimensión subjetiva, ya que esas personas son, al mismo tiempo, los sujetos y objetos de la violencia. Y son estas personas, y no las estructuras, las que protagonizan los procesos violentos, y son estos procesos, constituidos por el entramado de disposiciones subjetivas de los individuos en relación con el poder y con la autoridad (entrelazamiento entre los sujetos y las estructuras), los que activan lo que podríamos denominar las disposiciones psicoculturales de una sociedad, disposiciones que llegan a alcanzar un relativo grado de autonomía respecto de las variables “originarias”, de naturaleza estructural e histórica. El tristemente recordado padre jesuita Ignacio Martín-Baro sintetizó muy bien lo que queremos decir al afirmar que la violencia es un fenómeno donde lo social se vuelve individual y donde lo personal se traduce en construcción social. La violencia es causa y efecto de una situación socio-personal (Acción e ideología. Capítulo VIII. Colección textos universitarios. UCA Editores, San Salvador,1983). Lo cierto es que no todos los pueblos tienen los mismos comportamientos o reaccionan de igual manera ante los problemas que los aquejan. Y no todos los pueblos, incluso con historias parecidas y viviendo situaciones similares, expresan las mismas actitudes y comportamientos en las crisis que les toca vivir. El etnólogo Marc Howard Ross (La cultura del conflicto, Paidós, 1995) muestra en su estudio las grandes diferencias interculturales que pueden darse en la práctica de la violencia, en particular entre los grupos yanomamo del sur de Venezuela y el pueblo pigmeo mbuti, de la selva húmeda del Zaire, y concluye afirmando que una teoría intercultural del conflicto debe de tener en cuenta tanto las disposiciones psicoculturales de los miembros de una sociedad como el patrón específico (o estructura) de su organización social. Cito: “Los resultados empíricos indican con toda claridad que la socialización inicial de una comunidad está íntimamente ligada a los patrones de conflicto y violencia. Los efectos psicoculturales no pueden reducirse a condiciones estructurales fundamentadas en términos de simples intereses. (…) Los intereses cuentan, pero las fuerzas psicoculturales son cruciales para establecer la forma de definir estos

intereses y de señalar a los actores que tengan que defenderlos”.(p. 30) Y luego afirma: “Las situaciones objetivas por sí solas no causan el conflicto, las interpretaciones de tales situaciones juegan también un papel trascendental”.(p. 31) Lo anterior nos conduce a reconocer la necesidad de que las ciencias sociales maticen y profundicen el estudio de la violencia, realizando una lectura múltiple que interrogue a la realidad desde el terreno de la cultura y desde los aspectos subjetivos de la violencia, y no solamente desde el punto de vista de sus causas sociales y estructurales, que es el punto de vista que ha prevalecido hasta la fecha. Justamente, es lo que intenta en sus diferentes publicaciones un brillante pensador guatemalteco, pionero en la materia: Marco Antonio Garavito, director de la Liga de Higiene Mental de Guatemala (Percepciones de la violencia en Guatemala, INCEP, 1999. Violencia política e inhibición social, Segunda edición, Magna Terra Editores, 2005. Frustración: ¿Fuente de violencia social?, en Las violencias en Guatemala, FLACSO/unesco, 2005). Garavito ha hecho agudas observaciones sobre las consecuencias de la violencia en la idiosincrasia de los guatemaltecos. Y es que la violencia –y la muerte como expresión extrema de esa violencia– rebasa con mucho el fenómeno de las estadísticas y el recuento de cadáveres (es decir, la muerte en su dimensión física). La manera como la violencia y la muerte se producen en una sociedad se encuentra también vinculada con las concepciones acerca de la vida y el mundo de los seres humanos que la componen. La violencia, como dice Garavito, es más que balas, golpes y gritos, y el principal daño que ocasiona está sobre todo en el ámbito de la subjetividad. En el fondo, el objetivo no confesado de cualquier violencia es el de impactar y anular la subjetividad (emociones, voluntad, capacidad de decisión) del otro para

negar sus derechos fundamentales e impedir su desarrollo en beneficio de nuestros propios intereses y necesidades. Y lo cierto es que la violencia no sólo existe en y a través de los demás, sino también por nuestra propia acción u omisión personal ante los hechos de violencia, de allí que no tenga sentido considerarse ajeno o al margen de ella, ya que siempre la sufrimos y de alguna manera contribuimos a su reproducción. Contribuimos a reproducirla con nuestras actitudes intolerantes, con nuestra incapacidad para resolver los conflictos de manera racional y razonable, con las interpretaciones y proyecciones sin fundamento que hacemos acerca del comportamiento de los demás, y las reproducimos igualmente en la exaltación que hacemos de las jerarquías y de la autoridad, en nuestra ceremoniosidad y rigidez formal, en nuestra sumisión, en la reverencia que profesamos a las normas que privilegian el valor de las apariencias por encima de los valores del ser y del hacer. Y bueno, de aquí a propinarle un garrotazo al vecino o apretar el gatillo debido a alguna discrepancia, no hay más que una pequeña diferencia cuantitativa, que bien podría medirse en la cantidad de grados de alcohol ingeridos y el contexto en que nos encontramos.

¿Un gen cultural de la violencia? “La mente humana es la mente humana, y también es la cultura.Y si no se salva ésta, tampoco se salva aquélla” Maud Manoni Desdichadamente, el tiempo de estas reflexiones se nos acorta como la vida misma, y no habrá espacio para abordar otros aspectos importantes: el de las consecuencias psicosociales que tiene la violencia en la idiosincrasia de los guatemaltecos (recomiendo para el efecto los estudios de Marco Antonio Garavito) y las propuestas programáticas que la psicosociología y la psicología cultural podrían hacer desde su particular perspectiva para contribuir a junio 2006, No. 49/ 5


la ruptura del círculo vicioso de la violencia en Guatemala. Aunque sabemos de sobra que este tipo de recomendaciones son por lo general ignoradas olímpicamente, pues no hemos alcanzado –y quién sabe si lo lograremos jamás– la madurez cívica y cognitiva necesaria para escuchar y tomarlas en serio. De modo que me limitaré a transmitir algunas observaciones que tal vez nos ayuden a enriquecer la comprensión que tenemos no sólo del fenómeno de la violencia, sino del comportamiento de los guatemaltecos en general. Se trata de la identificación que haré de un gen cultural o, dicho más precisamente, de un “meme”. El concepto de meme fue creado por el biólogo inglés Richard Dawkins en 1976 (El gen egoísta, Salvat 1994) para designar las unidades mínimas de información y de replicación cultural que se dan en una sociedad (un meme es una unidad de información residente en el cerebro, un patrón que puede influir en otros cerebros y que es capaz de propagarse). Y así como nuestra naturaleza biológica se constituye a partir de la información genética articulada en genes, Dawkins piensa que nuestra cultura se constituye por la información acumulada en nuestra memoria y captada generalmente por imitación (mímesis), por enseñanza o por asimilación, y articulada en los que él denomina memes (una idea, un concepto, una técnica, una habilidad, una costumbre, una manera de fabricar un utensilio, etc.). La idea de Dawkins es, pues, que los rasgos culturales también se replican a través del cerebro utilizando diferentes soportes no necesariamente biológicos, como los libros, las cintas magnéticas, los discos de ordenador, las partituras musicales, etcétera. Y de esta idea ha surgido, en los últimos veinticinco años, una nueva disciplina denominada “memética”, que se interesa por los modelos evolutivos de transferencia de información basados en el concepto de meme, y que resulta ser una primera aproximación no meramente cualitativa al proceso de la transmisión y la evolución cultural. Fascinante, ¿verdad?

Foto original de Jonathan Moller.

Pues yo propongo que este gen cultural o meme, que tiene la propiedad de condensar y aclarar en buena medida la genealogía de la violencia en nuestro país, está constituido por la contradictoria y particular relación que tenemos los guatemaltecos con la noción de “ley”. Es decir, con las normas y valores que nos vinculan o desvinculan unos con otros o, lo que es lo mismo, con la interiorización o la disociación de lo que podríamos llamar “la imagen del padre” (esto recuerda la idea religiosa de que nuestras desgracias se deben al hecho de que nos hemos alejado de la Divinidad; sin embargo, mi planteamiento discurre en un ámbito estrictamente laico y racional, y nada tiene que ver con religiones). También es cierto que existen otros memes transmisores de violencia, cuyo origen genealógico podría identificarse en las estructuras, ideologías y hábitos sociales heredados de la época de la colonia, así como en los condicionamientos actuales que nos imponen las grandes transnacionales financieras y sus ideologías concomitantes; pero quizá sea nuestro vínculo con la ley lo que constituye una unidad mínima importante de transmisión y de replicación de la violencia.

Sabemos que los conceptos de “ley” y “orden” en las sociedades patriarcales vienen dados por el padre. En nuestra sociedad, con frecuencia la presencia paterna suele ser endeble o ambigua, cuando no inexistente. Y es esta ausencia real o simbólica (que ameritaría una reflexión más detallada para vislumbrar todas sus consecuencias), la que yo asumo como fuente de carencias fundamentales de identidad en el niño. Marc Howard Ross, en la obra arriba mencionada, nos ofrece una exposición interesante que aporta argumentos a mi hipótesis al tratar lo que él denomina la unión de las disposiciones psicoculturales (o memes) con la conducta del conflicto, afirmando que “estas disposiciones son configuraciones internas que tienen significación para la acción externa” (p. 91). Más tarde plantea tres hipótesis específicas sobre la variación intercultural en la conducta del conflicto, las cuales tienen de una u otra forma que ver con las determinaciones que se van tejiendo en la relación entre padres e hijos durante la primera infancia. La primera hipótesis es que una educación demasiado rigurosa o dura producirá “adultos agresivos y predispuestos a no evitar el conflicto abierto”(p. 94). La segunda hipótesis afirma que una socialización cargada de calor y de afecto “da seguridad y (…) paradójicamente facilita el proceso de separación e individualización”. Y agrega a continuación: “Una manifestación de afecto más abierta hacia los niños, un mayor énfasis en valores tales como la confianza, la honestidad y la generosidad, y unos lazos más íntimos entre padre e hijo, por ejemplo, son prácticas que estimulan a los individuos a desarrollar las habilidades sociales necesarias para resolver los conflictos sin recurrir a la violencia” (p. 96-97) Y la tercera hipótesis concierne los conflictos de identificación del varón con su género: “En las culturas de dominio varonil, donde los padres suelen estar distanciados de sus hijos, se desarrolla una gran frustración cuando los jóvenes, que han crecido muy unidos a sus madres, tienen que prescindir de la unión materna para estar a la altura de lo que las expectativas societarias estiman que debe ser la conducta del varón adulto. Una segunda causa de frustración es la ambivalencia materna. Las mujeres que viven en sociedades patrilocales y poliginias no mantienen fuertes vínculos con sus propias familias ni fuertes lazos afectivos con sus maridos (…). Las mujeres pertenecientes a estas sociedades suelen estar muy unidas a sus hijos, aunque también éstos sufren frustración por esta circunstancia. El resultado es que los varones en estas culturas desarrollan unos sentimientos ambivalentes hacia las hembras y un temor íntimo, (…) y se dan conductas compensatorias como la belicosidad, las manifestaciones agresivas y la lucha" (p. 98-99). En fin, el tema empezaba a ponerse interesante, pero el espacio se nos acabó. Tan sólo espero no haberlos aburrido y ojalá hayan encontrado aquí alguna idea estimulante para su propia reflexión. Saludos meméticos.

Foto original de Jean-Marie Simon

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Programa de estudios sobre pobreza da inicio en la Sede del Centro Universitario del Norte (CUNOR) El 17 de junio del año en curso, el Área de estudios de pobreza de FLACSOGuatemala, inauguró el Programa de formación de investigadores en pobreza en Cobán, Alta Verapaz. Dicha actividad tuvo lugar en el Centro Universitario del Norte (CUNOR) de la Universidad de San Carlos de Guatemala y fue presidida por el Mtro. Carlos Ordóñez, director de ese centro, el Mtro. Oscar López, Coordinador del Área de estudios de pobreza de esta Facultad. La lección inaugural, impartida por el Mtro. López, abordó la pobreza y los conceptos que sobre ésta se manejan en el ámbito académico y en organismos internacionales, especializados en el combate a este flagelo. Esta actividad docente tuvo el apoyo de la Agencia Sueca de Cooperación para el Desarrollo (ASDI), por medio de la Embajada de Suecia en Guatemala.

Propuesta de Reforma a la Ley de Educación El 7 de junio del año en curso se presentó en esta ciudad la Propuesta de Reforma a la Ley de Educación, Decreto legislativo 12-91, producto del ejercicio de reflexión y debate que con distintos especialistas realiza desde enero de 2005, el Área de estudios de educación de FLACSO Guatemala, con el apoyo financiero de la Agencia Sueca de Cooperación para el Desarrollo ( ASDI ), por medio de la Embajada de Suecia en Guatemala. A dicha presentación acudieron diputados y diputadas de la Comisión de Educación del Congreso de la República, la ministra de Educación, ingeniera María del Carmen Aceña, asesores específicos, representantes de UNESCO , AID, ASDI, de la Delegación de la Comisión Europea para Guatemala, miembros de la Comisión Consultiva para la Reforma Educativa y de la Coordinación Nacional del Consejo de Educación.

Fotos 1 y 2, vistas parciales de los asistentes a la presentación de la Propuesta de reformas a la Ley de Educación, Decreto Legislativo 12-91.

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Jornadas de presentación del libro de ciencias sociales 2006

E

n el Centro Cultural de España se llevaron a cabo los jueves 1, 8 y 15 de junio, las Jornadas de presentación del libro de ciencias sociales 2006, organizadas por FLACSO-Guatemala por intermedio de su Editorial de Ciencias Sociales y el apoyo de la Embajada de España y su Centro Cultural en Guatemala. El primer jueves de junio tuvo lugar la presentación del libro A favor y en contra. Periodismo impreso, movimiento magisterial y educación, producto de la investigación realizada por el Área de estudios de educación, coordinada por el Dr. Virgilio Álvarez Aragón. En esta actividad

El jueves 15 de junio, con la presentación del libro La colonia Primero de Julio y la "clase media emergente" concluyeron las Jornadas del libro de ciencias sociales 2006. En la jornada de cierre participaron como comentaristas, además de la autora, Dra. Manuela Camus Bergarache, los académicos, historiador, Luis Pedro Asturias y el antropólogo Carlos René García Escobar. Cabe destacar que las publicaciones presentadas durante estas Jornadas 2006 fueron posibles gracias al apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Noruega por medio de su Embajada en Guatemala.

Jornada No. 3, presentación del libro La colonia Primero de Julio. Jornada No. 1, jueves 1 de junio, presentación del libro A favor y en contra.

participaron como comentaristas el Dr. Gustavo Berganza, el Lic. Marcel Arévalo y el propio coordinador de la investigación, Dr. Álvarez Aragón. Continuando con estas Jornadas, la noche del 8 de junio se presentó la publicación Espejos rotos. La intrincada relación de las mujeres y el periodismo impreso en Guatemala, resultado de la investigación que llevó a cabo el Programa de estudios de género e identidades de FLACSO-Guatemala durante 2004, bajo la responsabilidad de la Licda. Silvia Trujillo y el apoyo de Patricia Borrayo y Wendy Santa Cruz. Las licenciadas Carolina Escobar Sarti y Evelyn Blanck comentaron este estudio. Presentación del libro La colonia Primero de Julio.

Vista parcial del público asistente a las presentaciones.

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Jueves 8 de junio, comentarios sobre el libro Espejos rotos.

Diálogo 49 Nueva Época / VIOLENCIAS INVISIBLES  

VIOLENCIAS INVISIBLES (Reflexiones sobre la cultura de la violencia en Guatemala) / Publicación mensual de FLACSO-Guatemala

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