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“Cada ciudad o pueblo tiene su cementerio, así como cada cual tiene su Quitapenas. Platos, tragos e historias ro dean a estos puntos de encuentro y tradición. Santiago no se queda afuera”.

La avenida Recoleta se llena deflores al acercarse al Cementerio General. Miles son las personas que diariamente visitan este extenso lugar, fundado en 1821, que cuenta con de tumbas tan importantes como las de Víctor Jara, Violeta Parra, Eduardo Frei Montalvo y mas de algún pariente de cada familia chilena, es por esto que forman parte de esas amplias extensiones de recuerdos y nostalgia. Ahí, afuerita, se encuentra el centenario restaurante “El Quitapenas”. Tan sólo una calle y una mampara separan al cementerio de este centro de tradiciones y recuerdos. Fotografías del Santiago de los años veinte, cuadros de los cuarenta, y fotografías del Colo Colo.

Don Manuel el dueño, espera a los clientes junto a un pebre bien cuchareado y contando historia de los personajes que han llegado, esos que eran tan famosos en su época los famosos años mozos. Pepe está a punto de cumplir diez años quitando penas. Su rostro denota alegría, su voz, timidez. Es el creador de dos obras de culto: Que en paz descanse y El que paró la chala. La primera es una vaina a base de licor de café, con huevo, un poquito de cacao, coñac y azúcar; la segunda se la reserva, aunque recomienda no tomarla dos veces: “Es una bomba”. “Todos los días vienen a dejar fina’ítos, de ahí pasan para acá. En todos los cementerios hay un Quitapenas, por el hecho que muchos salen a pasar la pena y otros a alegrarse. Nosotros los atendemos lo mejor que se puede, les buscamos alguna bromita por ahí, pero que les caiga bien”,

“Cuando nos invade la pena, partimos para acá. Uno viene y olvida un poco todo lo que pasó allí dentro. Cuando uno viene a dejar a sus seres queridos o viene a visitarlos sale con pena. La pena nunca se termina”. (Dice doña rosa una parroquiana) De ese antiguo recinto, fundado hace cien años, tan sólo queda el recuerdo del mito de “La Lolita”, una chica que frecuentaba el local en las noches. Pálida y descubierta, inspiraba compasión en los hombres que sin dudar le pasaban su chaqueta. Al día siguiente, la prenda aparecía colgada en una de las tumbas del Cementerio General.


Hay restaurantes cuya identidad fue construida a través de sus parroquianos. Tales como alguna vez lo fue el café Iris, uno de los refugios de la bohemia santiaguina en los años 30 al 40. Otro reducto bohemio fue el famoso Il Bosco, de Alberto Boggiano Bosco, en el centro mismo de la Alameda. Estabaabierto durante toda la noche y ahí paraban periodistas, escritores, noctámbulos, bailarinas y cómicos de cabarets, trabajadoras de la noche y hasta algunos maleantes. “Don Hernán Millas (un antiguo cliente) recuerda que un amanecer de julio de 1965 llegó hasta Il Bosco un carro funerario. Los deudos bajaron el ataúd y pidieron permiso para entrar en el local. Explicaron que el difunto era don Alberto Mandiola, cliente del bar desde que éste se inauguró, en 1947. Sus familiares y amigos querían pasar a tomar una copa con él, antes de irlo a dejar al cementerio”. El Bosco no pudo sobrevivir a los largos años con toque de queda, en que la bohemia entró en receso. Otro local que acogió a la bohemia fue el Saint Leger. Por su estratégica ubicación, en uno de los costados del teatro Ópera, recibía el flujo de los habitues y las bailarinas de la compañía de revistas Bim Bam Bum.

Era El amigo de todas las naciones. También sigue estando en esa venida, en la esquina con Infante, uno de esos restaurantes antiguos que porfiadamente sobreviven contra viento y marea: el Rhenania, con amplios comedores y pérgola. Entre los restaurantes “resucitados”, además del Torres, está El Parrón, de la avenida Providencia. Fue inaugurado en 1936, cerrado en 1995 y reabierto hará dos o tres años atrás. Quedan también, por último, locales que conservan algo del Chile vinícola, popular y rural, de como El hoyo, de la calle San Vicente, las tejas y La piojera, donde llegan cantores y vendedores de tortillas de rescoldo, boletos de lotería y huevos duros. “Sí, todavía quedan esos locales donde se escuchan las risas, las conversaciones, el sonido del corcho que abandona el gollete de la botella, del cuchareo que revuelve el borgoña, y el golpeteo de los vasos de cuero del cacho y de las piezas de dominó en las cubiertas de la mesas. Los quick lunch y los ejecutivos y sobrios almuerzos de negocios no han logrado extinguirlos”.


Boceto folleto  

Bar Quita Penas