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M. García Viñó

LA INDUSTRIA DE LA NOVELA EN ESPAÑA sobre premios, críticos, académicos, editores y otras desgracias


INDICE

Nota previa I Malvenidos al Renamuriento Medio siglo largo de narrativa excepcional Los premios literarios La monarquía cocotera y los premios literarios El Premio Planeta, paradigma del capitalismo cultural La crítica literaria en España, hoy Carta a los señores de la guerra Novela y convergencia con Europa II Críticas acompasadas El corsario de la aurora, Pérez Reverte Chaparrones en la luna, Muñoz Molina El jardín de las desdichas, Antonio Gala Caballos de cartón, Almudena Grandes Corazón tan blanco, Javier Marías Cebriánmoribundia III Impotencia creadora Novela de género


Novelistas sin coartada Al margen de los críticos La novela española del último medio siglo El eslabón perdido Novela y poesía, costumbrismo y experiencia Publicidades y otros engaños La novela y la transición política Color local y concepción del mundo


NOTA PREVIA En 2005, publiqué ––Ed. Vosa, Madrid—La gran estafa, subtitulado Alfaguara, Planeta y la novela basura, libro en el que mostraba, y creo que demostraba, que los situados por el marketing y lanzados por la publicidad como los mejores novelistas del momento en España eran precisamente los peores. A este libro siguió, en 2006 -Txalaparta, Navarra—, otro titulado El País: la cultura como negocio, en el que desarrollaba una descripción fenomenológica, una historia, una sociología y una crítica de la que se ha dado en llamar, desde hace unos años, industria cultural, que ha convertido el libro, del valor de uso que era, en valor de cambio y las obras de arte y, en general, todas las manifestaciones del espíritu en productos de comercio. En el presente libro, en parte, insisto en lo que decía en el primero, pero también me ocupo de aquellos factores que han hecho posible la estafa aludida en el título de aquél: la crítica, los premios, la Academia, etc. Para Sloterdijk, uno de los mayores males que aquejan a la cultura lo constituye el conformismo de la crítica, que acepta como criterio último de valor lo que aprecia la mayoría, por lo que su reconocimiento y sus elogios no podrán ir nunca dirigidos a lo singular. Y son las que, con témino tomado de la física cosmológica, podríamos llamar singularidades, como dije en mi libro La novela española desde 1939: historia de una impostura (Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1994) las únicas obras y los únicos autores que merece la pena atender. La crítica literaria española actual adolece de ese conformismo de que habla Sloterdijk, basado principalmente en su sumisión al sistema en general y a la industria del libro en particular. Para ella, es bueno lo que se vende mucho, sin pararse a pensar que lo que se vende, no es por sus méritos literarios, sino por los criterios comerciales, traducidos en operaciones de marketing y publicidad, adobados en el oportunismo de los políticos;:a la cabeza, los del Ministerio de Cultura, de los mercaderes. El de singularidad es un concepto, como he dicho, de la física astronómica que La Fiera Literaria, y algunos de sus colaboradores en sus libros, han empleado a la hora de llevar a cabo sus valoraciones críticas. “En la novela, como en la pintura, he escrito yo mismo en el último libro mencionado, sólo se salva aquel tipo de obra que, con término pedido prestado a la física, en su papel de cosmología, podríamos llamar una singularidad”. La carencia de singularidades –al menos entre las olas que más se mueven—no se aparece aquí como un defecto perjudicial; al contrario, porque, como también he escrito alguna vez, “en España, la mediocridad constituye una garantía de supervivencia”. No podrían haber encontrado mejores aliados los editores, que la mediocridad de los escritores, unida a la mediocridad de los críticos y de ellos mismos. Me queda por justificar algunas eventuales repeticiones, inevitables, dada la forma en que se ha compuesto este libro, y agradecer al equipo en pleno de La Fiera Literaria que haya diseñado el ambiente intelectual que era necesario para escribirlo. M. G. V.

NOTA.- A algún lector le puede interesar saber dónde he publicado otras críticas a novelas/basura, que en España pasan por obras maestra y como tales son impuestas a los lectores desprevenidos. Aquí las relaciono: En La gran estafa: Las edades de Almudena Grandes, sobre Las edades de Lulú Lectura comentada de una pasión, sobre La pasión turca, de Antonio Gala Mal tiempo en Lisboa, sobre Un invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina Mañana en la batalla piensa en Marías, sobre Mañaana en la batalla piensa en mí, de


Javier Marías Mientras leemos, sobre Mientras vivimos, de Maruja Torres Dos arranques de Rosa Montero: El padre de la caníbal, sobre La hija del caníbal El hígado del tartaja, sobre El corazón del tártaro Muchas palabras de Elvira Lindo, sobre Una palabra tuya. Una novela de Javier Marías, sobre Todas las almas Almudena es un nombre de Chotis, sobre Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes Un hedor tan lejano, sobre Un calor tan cercano, de Maruja Torres En La Fiera Literaria digital La primera línea de una gran novela, sobre Negra espalada del tiempo, de Javier Marías La facilidad para decir chorradas, sobre el discurso de ingreso de Javier Marías en la Academia, La dificultad de contar La novela de un académico, sobre La rusa, de Juan Luis Cebrián El cerebro en blanco, sobre Corazón tan blanco, de Javier Marías Un cuento de Antonio Gala


I


MALVENIDOS AL RENAMURIENTO La novela española se ha desintelectualizado. ¿Quién la intelectualizará? Los escritores del sistema, los que escriben, o procuran escribir, bestesellers, desde luego, no. Los profesores universitarios y los críticos literarios, menos. Me invitaron a dar una charla sobre “la novela y las novelas” en uno de esos llamados “talleres de literatura”. Antes de iniciar la que ellos llamaban, en las papeletas de convocatoria, “lección magistral”, quise saber algo sobre la preparación de aquellos jóvenes de uno y otro sexo aspirantes a escritores. Y entonces fue la abominación de la desolación, que diría el profeta. Salvo dos chicas, ¡ni uno solo había leído el Quijote! ¡Todos! ignoraban qué era la novela picaresca. De la gran novela del XIX hablaban de oídas, menos una de las dos chicas, que había leído Rojo y negro, traducida, “y había iniciado La Regenta, “que había terminado de conocer por la serie de televisión”. Tampoco sabían nada de los colosos del XX, salvo –la misma chica- una obra de Hemingway, “de cuyo título no me acuerdo”. Sólo – todos- hablaban con soltura de lo reciente, que por lo visto no tiene para ellos antecedentes: los grandes bestsellers mundiales del tipo El código da Vinci, y los productos de la cuadra de Prisa-Alfaguara y compañía, como Anagrama, Tusquets y Espasa. Y Planeta, claro. De Grecia y Roma, nada. De Oriente, nada. De los clásicos, nada. Absolutamente nada también de la poesía de cualquier época. Pero todos tenían en la cabeza una novela sobre la otra mano de Fátima, el Santo Grial, el hijo de Nostradamus, Los piratas del Mar Negro, En busca del Arco Iris… No sabían quienes eran Dante ni Petrarca, pero sí Almudena Grandes y Javier Marías, “que salen mogollón en El País”. “Y Pérez Reverte, “que lo han nombrado académico y por algo será”. “Yo me estoy preparando para escribir sobre el Gran Capitán, anunció uno, como una especie de Alatriste”. La abominación de la desolación. La gran catástrofe, que diría Alexis Zorba. Nadie sabía allí lo que era la literariedad. Ni distinguía una novela de un relato. Ni se había asomado a la Historia Universal, ni a la Filosofía ni a la Física Teórica. ¿Tengo que añadir que tampoco a la Gramática ni a la Lógica? Composición, forma de presentación de la realidad, elipsis, elusiones, alusiones, literariedad, perspectivismo, contraste, tiempo y tempo, monólogo interior, extrañamiento… eran conceptos que nada les decían. Claro que tampoco dicen nada a Muñoz Molina, Pérez Reverte, Almudena Grandes, Marsé, Ruíz Zafón… Ha habido momentos en la historia –y en la prehistoria-- en que la humanidad ha traspasado lo que Gehelen llamó –y Hans Sedlmayr aplicó a la historia del arte- “un nivel absoluto de cultura”. Este filósofo de la historia, profesor en las universidades de Viena, Munich y Salzburgo, nos ponía varios ejemplos muy claros, de los cuales sólo recuerdo uno: el del paso del paleolítico de los cazadores al neolítico de los agricultores. Por si acaso no entendí bien el concepto, o no lo abarqué en toda su amplitud, simplemente me atrevo a preguntar si no se traspasó un nivel de cultura –aunque no fuera absoluto-, con el fin del Antiguo Régimen y el advenimiento de la Modernidad. En el siglo XX, y coincidiendo con el cambio de paradigma que habían propiciado la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, aboliendo la visión del universo de Isaac Newton y otorgando una nueva configuración a los absolutos clásicos -espacio, tiempo, movimiento-, las artes, y muy especialmente la novela y la pintura, experimentaron cambios sustanciales que, en el caso de la primera, le posibilitaron el acceso a la categoría de obra de arte literario, que no había tenido hasta entonces, como con rotundidad había señalado Paul Valéry. “La novela no forma parte del arte literario por su prosaísmo antiartístico”, decía el


autor de El cementerio marino. Antes, los neoclásicos se habían negado a alinearla junto a los géneros literarios más nobles, como la epopeya y la tragedia. Nuestros periodistas, críticos literarios y profesores de literatura se mueven en un caos muy parecido al de los “estudiantes” del Taller. Ellos sí conocen y sí han leído lo que los “meritorios” ignoran. Pero no saben dónde colocarlo sin autoexcluirse de la monarquía de las letras. Ni saben hacia dónde mirar para mantener sus respectivos estatus sin enfadarse con nadie o, mejor dicho, sin que nadie se enfade con ellos. Y como lo que manda desde hace tiempo en el campo que anteriormente ocupaba la cultura es la industria del libro, a ella se someten. Saben que si quieren continuar “vigentes”, económica y mediáticamente hablando, tienen que aceptar las normas del Sistema. Se habla de industria cultural, pero lo que manda, lo que define, es solamente la industria. ¿Se ha traspasado algún umbral significativo con el derrumbe del arte y la literatura serios y la sustitución del espíritu y la mente por el reconocimiento mediático y la ganancia? En cualquier caso, el resultado es la desaparición de los intelectuales y los artistas, eclipsados por los diletantes y los mercaderes. ¿Dónde están los escritores comprometidos como aquéllos de los años medios del siglo XX? Ahora no los hay. Ni los más interesados quieren que los haya. Es decir, ni los que podrían serlo quieren serlo. A Muñoz Molina, uno de los escritores más incompetentes, pero más valorados, de la actualidad, le he leído decir, citando a un escritor sudamericano que no recuerdo, que “quien quiera lanzar un mensaje ponga un telegrama". Añadiendo que los tiempos han cambiado respecto a la pasada centuria y que ahora no hay temas con los que comprometerse. Seguramente lleva razón. Porque las guerras agresivas del Imperio, el holocausto palestino por Israel, el ecologismo, el feminismo, la droga, la situación infrahumana de los africanos, no son evidentemente temas para preocuparse ni comprometerse. Cuando haya otra guerra en Vietnam y se convierta en moda criticarla, ya será cosa de pensárselo. Les pasa igual con la forma de estado: serán monárquicos hasta que les convenga ser republicanos. Hace unos días, respecto a aquél en que redacto este artículo, se publicó en el diario El Mundo (18 de agosto de 2009) una entrevista al fabricante de bestsellers Carlos Ruiz Zafón, anunciada en la primera página del suplemento con el reclamo: Ruiz Zafón arremete en Edimburgo contra “los policías de la alta cultura”, y titulada en la página 4: Ruiz Zafón contra la “alta cultura”. Es de preguntarse por qué un escritor, por pésimo que sea -y el que nos ocupa es espantoso--, clama contra la alta cultura. Leída la entrevista, pienso que porque le enrabieta haber sido clasificado donde lo ha sido. Es evidente que a él le habría gustado vender millones de libros y además ser considerado un gran escritor. Como ya ha comprendido que eso no va a ocurrir, la emprende contra la cultura, contra las novelas serias, contra todo lo que él no es ni practica, enarbolando “razones” tan analfabetas como ésta: -“… no existe algo a lo que se pueda denominar ‘buena literatura’, sino que únicamente existe el hecho de escribir bien y de escribir mal”. No cabe mayor simplismo. Sólo en una cabeza absolutamente hueca se puede incubar semejante monstruosidad. ¡Lo que es la falta de ignorancia!, que diría Cantinflas. Pues si, como dicen, La sombra del viento, el engendro firmado por el autor del dicho disparate, se ha convertido en el libro español más vendido después del Quijote, no nos queda otra opción que hacer rogativas. En un nuevo alarde de no saber de qué estaba hablando, contraponía la “literatura” que él practica a ¡la erudición! Añadiendo que “haber establecido una diferencia entre la erudición o alto nivel intelectual y la cultura de nivel popular es el mayor fraude cultural del siglo XX”. Ya dijera lo que dice, ya dijera lo que parece que dice, ya dijera lo que no quería decir, ya dijera


lo contrario, expelió una chorrada memorable, sólo explicable desde una carencia total de fundamentos culturales. Luego parece que se habla a sí mismo, aunque sin entenderse: “yo, por mi parte, no estoy en absoluto interesado en tener a mi lado una especie de pensamiento policial, totalmente esnob, que me vaya diciendo, a cada momento, lo que es bueno o lo que es malo”. Según el entrevistador, Ben Hoyle, Zafón lo que hacía, o quería hacer, en esa entrevista, era defenderse del ataque indirecto de Jonathan Mills, director del Festival de Edimburgo, quien había dicho que estaba seriamente preocupado sobre lo que podía ocurrir “si, como sociedad, lo único que sabemos hacer es entretenernos, en lugar de satisfacer cumplidamente nuestras necesidades espirituales, intelectuales y emocionales.” Su pobreza de ideas, el ridículo concepto que tiene el vendedor de libros de la literatura en general y de la novela es particular, se refleja en estas palabras: “Para mí, el arte estriba exclusivamente en su ejecución y no en sus pretensiones”. ¿Habrá leído Zafón algo sobre estética literaria? ¿Sobre teoría de la literatura? Sin duda, no. En largo párrafo final demuestra que, para él, en literatura, todo se reduce a escribir bien o a escribir mal. Otra contestación que recibió el ufano superventas le llegó de la novelista británica Rose Tremain, quien afirmó que, en la argumentación de Ruiz Zafón se ignoraba la significativa diferencia existente entre “los libros escritos con el único propósito de entretener y la ficción seria que se encuentra más allá del mero hecho de relatar una historia, aquella que, además, intenta hacer pensar al lector sobre la condición humana”. Lo he escrito más de una vez: el escritor español, como el crítico literario, como el periodista, como el profesor de literatura, también como el lector, parece como si tuviera alergia a pensar. “Yo no estoy aquí para pensar ni para hacer pensar”, parece decir el “novelista”, sino para contar una historia. Que Ruiz Zafón abomine del intelectualismo no sería especialmente grave si no fuera porque los críticos del sistema lo arropan y sitúan entre los escritores de verdad, portadores de una misión, como quería Nietzsche. Pese a todo, no sería especialmente grave. Que lo haga Juan Marsé, un novelista sobrevalorado por una crítica que sobrevaloró también a Juan García Hortelano y a Miguel Delibes, a Salinas y a Ferres, mientras dejaba fuera de su atención a superescritores de talla europea como Antonio Risco, Juan Ignacio Ferreras, Carlos Rojas, José Luis Acquaroni, Andrés Bosch, José Tomás Cabot, José Vidal Cadellans, Manuel San Martín, Antonio Martínez Menchén, Fernando Gutiérrez, Antonio Prieto, José María Castillo Navarro, José Mª Vaz de Soto, Antonio Zoido, José Luis Castillo Puche y, durante mucho tiempo, a Gonzalo Torrente Ballester y Álvaro Cunqueiro, junto a los que hay que poner a los sí atendidos, aunque no lo suficiente, Juan Goytisolo y Alfonso Grosso, lo es bastante más. Sobrevalorado, decía, y apadrinado por la crítica oficiosa, que durante años ha exigido –hasta conseguirlo-- para él el Premio Cervantes, un premio político, sí, pero de impacto en el público, con el que el Ministerio de Cultura refrenda cada año su vulgaridad y su convencionalismo. En su discurso de aceptación de dicho premio, dijo Juan Marsé, haciendo dejación de cualquier compromiso ético o estético del novelista con la novela: “Para la famosa pregunta: ¿qué entendemos hoy por novela?, dispongo de mil famosas respuestas, que nunca […] me han servido de gran cosa.”. Apuesto el brazo que no perdí en Lepanto a que no sólo no tiene mil, sino que no tiene ninguna. Bastaría con que tuviese una. Después del paso por la literatura de la gran novela del siglo XX –el siglo más sabio de la historia-- ningún verdadero escritor puede dejar de tener su propia concepción del mundo ni su propia teoría de la novela. El que no las tenga no será un escritor, sino, como ellos mismos se declaran –lo han hecho,


respondiendo a entrevistas leídas por mi, Pérez Reverte, Muñoz Molina, Almudena Grandes — profesionales de la escritura. A su propósito, habría que recordar lo que decía Nietzsche: “Tomar por una profesión el estado de escritor hay que tomarlo, cuando menos, por una forma de estulticia”. El laureado Marsé confiesa no tener ni una concepción del mundo ni una teoría de la novela, y añade: “no me considero un intelectual, solamente un narrador”. Penoso. En el texto con que contribuyó Colin Wilson al Manifest de los angry young men, dijo: “El escritor representa la más elevada conciencia de la época y trata de extender esa conciencia a otras personas”. Julio Cortázar se apuntó a esta postura cuando escribió: “La novela antigua nos enseña que el hombre es: la novela de hoy -1950- se preguntará su por qué y su para qué”. “Los grandes novelistas, resumió Albert Camus, son novelistas filósofos”. Exactamente lo que no quiere ser Juan Marsé, con el aplauso de la crítica que lo ha aupado, para desdicha de la literatura española de principios del milenio. Viví con intensidad aquella ebullición del género novelístico que se prolongó hasta el 68, cuyo espíritu contribuyó a impulsar en buena medida. Podría aportar cientos de testimonios, que he conservado, de lo que entendían era el papel de la novela los novelistas y los críticos; testimonios que quitarían el sueño a Marsé y sus acompañantes o sucesores: los que más suenan hoy, interesados todos en contar una historia, en entretener y en vender. Voy a aducir solamente unas palabras de Maurice Nadeau en su libro Le roman français depuis la guerre (Gallimard, París, 1963): “Por una evolución natural, la novela ha pasado de la descripción enciclopédica (del mundo o de las pasiones) a la apropiación moral, poética, filosófica o metafísica de este mundo por un individuo privilegiado: el autor […] del que “más que su creación, es su visión personal lo que nos importa, la expresión original y verosímil que, a través de su obra, nos da del universo y de las relaciones que mantiene con él”. Arrastrados por la corriente de fango de la industria cultural, ya en los años finales del siglo XX, los novelistas vinieron a ser simplemente esos “contadores de cosas” que la crítica bautizó porque sí, ignorando la realidad anterior de, por ejemplo, la llamada “novela metafísica”, como “nueva narrativa” –nueva ¿por qué?--, para colmo sin originalidad, en que se han convertido con el beneplácito de una crítica y una cátedra cuyos ocupantes se preocupan más de salir en los medios y ganar dinero que de la literatura. A esa “nueva narrativa” la adornaron con las virtudes –que nunca tuvo- del cosmopolitismo, frente al realismo anterior, y el democratismo (¡!) producto de las nuevas circunstancias, aparte de llegar más a los lectores. A uno de los críticos más falseadores de la verdad, por incompetencia o por “política”–junto con Rafael Conte, Darío Villanueva, Santos Sanz Villanueva, Ignacio Echevarría, Miguel Ángel Rojo, Ayala Dip, Jordi Gracia, etc.- Miguel García Posada, le produjo un ataque de nervios la afirmación de Mario Vargas Llosa, en una entrevista, de que la crítica española que se inaugura con la transición “no posee el rango intelectual que tuvo la de los cincuenta y los sesenta”. Y no sólo eso, sino también que la de ahora “está al servicio de las grandes editoriales y practica sistemáticamente el amiguismo y el enemiguismo”. Aquella visión del universo de que hablaba Nadeau a mediados del siglo pasado ya sabe el lector en qué se ha convertido en los libros de Muñoz Molina, Antonio Gala, Almudena Grandes, Maruja Torres, Pérez Reverte, Javier Marías, Juan Manuel de Prada…: en la visión del barrio o de la familia del autor. Compárese el contenido de las citas de autores del siglo XX que he aducido con lo que decía también Marsé sobre su “oficio”, en el discurso que todos los medios de comunicación calificaron de brillante: “Con respecto al trabajo mantengo algunos principios, pocos, que bien podrían resumirse en dos: procura tener una buena historia que contar, y procura contarla bien, es decir, esmerándote en el lenguaje; porque será el buen


uso de la lengua (lo que decía Zafón, recordémoslo), no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo”. Me rasgo las vestimentas. Y esto lo dijo en presencia de los representantes de la supuesta España culta –del Rey abajo, todos-- y no se quemaron asientos ni se hicieron disparos ni nadie pidió la cabeza de nadie. Es escandaloso que un escritor tenga una idea tan paupérrima del quehacer del novelista: Los dos, Ruíz Zafón y Juan Marsé, que, como el primero, se declaraba “amante incondicional de la fabulación” en el discurso comentado, reducen la bondad de la novela, un género altamente complejo, al interés de la historia y a la bondad del lenguaje, que por cierto tampoco es lo que ellos ejercitan. Y es el caso que ninguna de las dos, ni la fábula ni el lenguaje, son elementos esenciales, desde el punto de vista de la estética literaria, de la novela. Son los elementos de composición, que antes he enumerado, los que le otorgan su densidad ontológica y estética. Dostoievski, Zola, Flaubert, Leopoldo Alas y muchos otros, en el siglo XIX, ya tenían una idea más seria del “mester de novelista”. Me he preguntado muchas veces, sin acertar a darme una respuesta, por qué la inmensa mayoría de los críticos literarios y los profesores de literatura españoles –y, con ellos, los lectores--, junto a su alergia al pensar a que ya me he referido, profesan tan grande apego a los escritores costumbristas castizos, como Cela, Umbral, Muñoz Molina, Almudena Grandes, etc. y a los yo llamaría costumbristas provincianos, para que se me entienda: los Miguel Delibes, García Hortelano, Marsé, y también etcétera. Tanto apego al costumbrismo de uno u otro signo como rechazo al intelectualismo, a las ideas. Diríase que renuncian, en favor de un extraño “patriotismo”, al europeismo, al universalismo a que debe aspirar todo artista. No es de extrañar que, en un panorama como el dibujado, fuese acogido con alborozo un personaje tan vacío intelectualmente y tan descomprometido ética y estéticamente como Arturo Pérez Reverte, quien no se cansa de pregonar sus principales méritos, que consisten en tener muchos lectores y ganar mucho dinero: refrendo, para él, de su categoría literaria. En la onda de Zafón y Marsé, pregona Reverte, en volandas de los críticos, que la novela estaba secuestrada por los Joyce, Faulkner, Hesse, Mann, Virginia Wolf, Camus, Steinbeck, Huxley y demás maestros del siglo XX –los que de verdad renovaron el género en lo ético, lo intelectual y lo estético--, hasta que ha venido él a rescatarla. Una revolución, una auténtica revolución del género, que él ha podido llevar a cabo simplemente imitando torpemente a Dumas, Walter Scott, etc. como ha comprendido muy bien el profesor José Belmonte, que ya ha organizado, jaleado por Marsé, Alfonso Ussía, Jordi Gracia y Darío Villanueva, entre muchos, como los que voy a nombrar, dos congresos a su paisano en la Universidad de Murcia; congresos en los que se ha llegado a la conclusión de que Reverte ha renovado y revolucionado la novela. José Belmonte, junto con José Carlos Mainer y Gregorio Salvador, también catedráticos, y Francisco Rico, profesor de Literatura Medieval en la Universidad Autónoma de Barcelona, son los principales valedores de éste que, con Javier Marías, también del sumo gusto de los mentados, constituye uno de los dos grandes fraudes que han cometido los medios y las editoriales, como han demostrado los críticos del Centro de Documentación de la Novela Española, pues ambos son (sendos son, diría Marías) tan incompetentes como risibles. Ver los Cuadernos de Crítica publicados por el dicho Centro. Impulsado por sus ansias de universalidad doméstica, Reverte, recordando sus disfrutes de lector juvenil poco exigente, decidió dedicarse a cultivar un tipo de novela como la que hacían los entreguistas del siglo XIX, decisión que contó con las bendiciones de una crítica y una cátedra cansadas, como Zafón y Marsé, de la literatura seria, esa que obliga a pensar, esa que es algo más que entretenimiento. Fue otro profesor universitario, Darío Villanueva, quien con más énfasis saludó, siguiendo los pasos de Belmonte, la llegada redentora del epígono de


Fernández y González, Walter Scott, Alejandro Dumas, etc. Y ello después de despotricar contra el más importante movimiento de renovación estética de la novela, el nouveau roman francés o escuela de la mirada, que ha habido en la historia. Él, José Belmonte y, a su rueda, los demás críticos y profesores antes nombrados, han pregonado que quien no es más que un fabricante de aburridos pastiches es el mejor novelista español actual. ¿Sabrán ellos lo que quiere decir novelista? En el panorama literario español inaugurado con la llamada Transición y la irrupción de la industria cultural, de inspiración yanqui, se han cometido muchos engaños. (El lector que quiera tener cumplida información sobre ellos puede acudir a mis libros El País: la cultura como negocio (Txalaparta, Tafalla, 2006) y La gran estafa: Alfguara, Planeta y la novela basura, Vosa, Madrid, 2005). Los dos más grandes fraudes, repito, haciendo creer a los lectores, mediante la publicidad indirecta –nombrándolos académicos, por ejemplo; fotografiádolos junto a Saramago; manteniéndolos continuamente en las páginas literarias-- y el marketing, que Javier Marías y Arturo Pérez Reverte son grandes novelistas, cuando no son ni siquiera novelistas. Ambos escriben relatos, nunca novelas. Quedó demostrado en los citados Cuadernos de Crítica del CDNE, que, por ende, mostraron también que eran personajes ridículos, que hacían reír sin quererlo, con sus vaciedades, sus chistes involuntarios y sus torpezas idiomáticas. Causa asombro que ni un solo crítico literario se haya preguntado por qué Javier Marías ha escrito absolutamente todas sus “novelas” en primera persona. ¡Cuidado! Yo no digo que no se deban escribir narraciones en primera persona, como me ha achacado por ahí alguna imbécil. Las conozco geniales. Yo he escrito tres de ellas. Pero en primera persona se escriben relatos, no novelas, a menos que se tenga el talento del Pérez Galdós de Lo prohibido. En el caso de Javier Marías, está claro que de lo que se trata es de su total incapacidad para levantar ese segundo mundo –vida posible fingida, decía Andrés Bosch- en que consiste una novela. Si a esto añadimos que no sabe hacer diálogos, que no crea personajes, que no dibuja ambientes, nos encontramos con la clase de gran novelista que es. En el caso de Pérez Reverte, no les bastó con “nombrarlo” gran novelista. Para esta partida de agentes de publicidad, el Conde de Montecristo, como le llaman en algunas webs juveniles, es un clásico (sic). Fue José Belmonte el primero que lo afirmó, después de equipararlo con Cervantes (El País, 24 de enero de 2003), sin duda porque un clásico es para él quien sitúa la acción de sus relatos en el siglo XVII y trata de imitar el lenguaje de entonces… Con poco éxito, por cierto, porque en el CDNE le han pescado docenas de anacronismos. En cualquier caso ¿cómo va a ser clásico un epígono fabricante de pastiches? Años después, Francisco Rico, que fue quien contestó, con un discurso delictivo, al de ingreso de Marías en la Academia (V. Cuadernos), ha centuplicado el disparate en un artículo, Alatriste: el clásico, los clásicos (Babelia/El País, 23 – 05 – 09), que a ráfagas parece, como el discurso, una tomadura de pelo al beneficiado. Como no tiene por qué serlo, pues es buen amigo de ambos, puede decirse que se trata del artículo más irresponsable y menos razonado de los tiempos modernos. Rico, cervantista, académico, catedrático, hombre de mundo, comunica siempre la impresión de que se cree que sabe más de lo que sabe. Y de que se autoadmira como ocurrente. A veces, hasta se deja caer con unos sonetos espantosos y pseuingeniosos, como diciendo: “ahí va eso, de propina”. Ignoro si se trata de un juego intelectual o si de verdad cree lo que dice. El caso es que se nota que disfruta haciendo juegos de manos, intentando sacar jugo de donde no hay nada, como es la tontería que Javier Marías explayó en su discurso, como es el clasicismo de Reverte. Tanto en el discurso de contestación al que he aludido, como en el artículo sobre el “clasicismo” revertiano, se empeña, sin resultado, en justificar lo injustificable. Un


comentario al discurso lo puede encontrar el lector interesado en el Cuaderno de crítica nº 18. Del tan sofisticado como inútil artículo paso a ocuparme ahora. “Pérez Reverte es un clásico”, pero él, don Francisco, además de afirmarlo, va a decir por qué, pues “lo es por más de una razón”. Digo yo: si hace esta afirmación un especialista en el Quijote, ¿qué va a decir el pobre y analfabeto lector español? Así es como empieza a hacer daño la venalidad y falta de honradez intelectual de esta gente. La primera razón es que ha creado un personaje que, como ya afirmó José Belmonte, es a su autor lo que don Quijote es a Cervantes (sic). ¿Desde cuándo es Alatriste un personaje? En todas las novelas de Reverte hay nombres que aluden a personas, pero no a personajes. Alatriste no está caracterizado en ninguna de las “novelas” de Pérez; no es más que un portavoz del autor que pasea y comenta mucho más que combate, y que sirve a éste para expeler su patriotismo testicular e infantiloide. Y que se pasa todo el tiempo mirando de soslayo, adelantando el mentón, frunciendo el entrecejo, arrugando la frente, atusándose el mostacho y haciendo todas las demás muecas que se suelen encontrar en las clásicas novelas de quiosco. Carece de vida propia. Es, como he dicho, un portavoz del autor omnipresente. Dice el inagotable Rico que también es clásico “por la formidable medida en que el relato de sus aventuras (¿qué aventuras, mon dieu?) se hace eco de los clásicos españoles por excelencia. La literatura del Siglo de Oro, en efecto, sigue diciendo, está presente por todas partes y en todas las formas: aludida, aducida, presentada en acción, incorporada a la fábula, como trasfondo tácito…”. Pueees… Ya decía yo que Rico no sabe tanto como cree. Del género novelístico se nota que sabe poco. Eso que aduce no es una virtud. Eso es un gravísimo defecto. Eso es antinovelístico. Que un autor de supuestas novelas lleve consigo, como dice Rico con entusiasmo, “todo el Rivadeneyra” es lo contrario a lo que debe hacer un escritor de novelas, que lo que tiene que hacer es asimilar y convertir funcionalmente lo que tiene en la cabeza, decantarlo, para fingir la vida, no para hacer alarde de sus conocimientos. Para mí, es evidente que Pérez se atiborra de documentación sobre la época y sobre las galeras, los vestidos, la comida, la geografía y la historia de los lugares, etc. y no quiere desperdiciar ni una coma. Y recarga de tecnicismos marineros, de citas en verso, de alusiones a sucesos históricos, de descripciones geográficas etc., su relato, hasta lograr, sin darse cuenta, una sucesión de estampas de cartón piedra, un documental. No hay ninguna vida (ninguna idea) en los libros de este hombre, que se debe de creer un cruzado cuando escribe. Es ridículamente infantil la forma en que amontona palabras alusivas a los vientos, las partes de la galera, el mar, los vestidos, las comidas… Palabras que no conocerán ni los estudiantes actuales de la Escuela Naval, y que el lector normal igualmente desconoce, por lo que no se entera de nada. ¿Qué dirán Rico y la compaña ante novelas como Los idus de marzo, Memorias de Adriano, Dios ha nacido en el exilio, La muerte de Virgilio, María de Magdala, Yo Claudio, Jesucristo y el juego del amor, Juliano, Todos los hombres son mortales, Perseguid a Boecio, Una mujer para el Apocalipsis, Heliópolis, Un amor infinito, Auto de fe, Antes muerto que mudado…Además de clásico, Rico encuentra a Reverte apasionante. Yo acabo de leer, no sin fatiga, Corsarios de Levante. Aparte una batalla naval que, de puro atiborrada de documentación, resulta pesadísima y nada viva, lo demás son paseos por Nápoles, visitas a amigos, paradas en varias tascas, conversaciones sobre nada, descripciones del barco. No hay argumento. No hay trama. No hay aventura. Me parece grandemente revelador que un profesor universitario ignore lo que es –debe serel lenguaje novelístico y qué dota de clasicidad una obra. Debió de tratarse de un encargo de


la editorial, bien pagado, para ayudar a vender ejemplares a Alatriste, porque, si no, no se explica que un profesor universitario ponga en juego su prestigio derramando tantas sandeces e infamias sobre un producto que no merece que se diga de él lo que afirma. Tras leerlo, cabe preguntarse: ¿sabe el profesor Rico lo que es una novela? A mí no me cabe la menor duda de que sabe muchas cosas –cómo se llamaba el hermano gemelo de Cervantes, qué año se publicó la enésima edición del Quijote, qué comía los viernes el abuelo de Pérez, etc.-, pero ¿sabe lo que es una novela? ¿Sabe distinguirla de un relato? ¿Sabe lo que es un personaje y, por lo tanto, que Alatriste no lo es? ¿Sabe lo que es un mundo novelístico? Porque es el caso que en los relatos, que no novelas, de Pérez no hay un mundo novelístico ni, en su sucedáneo, por tanto, “viven” personajes de ficción. Pérez no es novelista, señor Rico. De hecho, con su intento de redactar unos textos con realismo verista, documentalista, de información mostrenca, ni siquiera es escritor, en el sentido de lo que se entiende que es un escritor, desde el punto de vista de la estética literaria. Pérez basa sus relatos no en la creación de un mundo inventado, sino en la trascripción casi literal de cuanto ha leído en libros sobre una época y un oficio. Y no crea una peripecia – mucho menos, un argumento y, menos aún, una trama- sino que prácticamente transcribe escenas paradigmáticas de, como casi he dicho ya, las personas, el lugar, la época y el ambiente elegido. Es seguro que los forofos de Pérez, con José Belmonte, Darío Villanueva, García Posada, Pozuelo Yvansos, Gregorio Salvador, Jordi Gracia y Francisco Rico a la cabeza, pese a ser profesores universitarios de literatura, creen que un personaje novelístico es simplemente un nombre a cuyo detentador se le achacan determinadas acciones, sin que las viva, y, como consecuencia de ello, se representen ante el lector y éste las “vea”, no simplemente las “oiga”. Por otra parte, todos los supuestos “personajes” son Pérez. Nada los diferencia, porque piensan igual que Pérez, hablan igual que Pérez, actúan como Pérez actuaría, exhiben la misma chulería, idéntica pedantería e igual patriotismo testicular. El autoproclamado cervantista pronunció el 12 de junio de 1998, en una entrevista con un redactor de El País, una de las frases más desgraciadas que jamás ha pronunciado un ser humano: “Lo mejor de la novela de hoy [en España] es que combina calidad literaria con éxito de ventas”. Dejando de lado la imposibilidad de que se combinen dos magnitudes tan heterogéneas, que contemplan el objeto desde puntos de vista irreconciliables, y teniendo en cuenta sólo lo que es evidente que quiso decir el sujeto halagador de editores y pseudoescritores, la verdad es que en aquel entonces, como ahora, para cualquier amante de la literatura, es exactamente lo contrario. Y ya entonces lo admitía todo el mundo, menos él, aunque hablando en términos generales, sin personalizar, sin duda por causa de los intereses económicos. Para lo que estoy diciendo aquí, todavía me resulta más útil otra desdichada afirmación del mismo, porque demuestra que, como sospechaba, Rico no sabe qué es lo que define una novela. En El País –otra vez, sí; Rico pertenece a la cofradía del matinal global y dependiente- del 5 de julio de 2003, dijo y se quedó tan ignorante: “El estilo de la novela ha de ser transparente como un vaso de agua”. Un vaso de cristal, es de suponer; porque, si se trata de uno de loza o de cerámica, se va al traste la transparencia. Pero, aunque Rico no sea muy claro escribiendo, también en este caso suponemos lo que quiso decir. Y lo que quiso decir demuestra que ignora lo que es, lo que debe ser, la prosa de una novela. Cualquier prosa tiene que ser inteligible, pero, en el caso de la novela, la prosa – no el estilo, como Rico dice con imprecisión propia de un académico- lo que tiene que ser, por encima de todo, es funcional. La misión del lenguaje novelístico es levantar una realidad delante del lector con el mayor bulto, consistencia y expresividad. Todo lo demás son florituras líricas o épicas, o documentales. Dicho de otra manera: el lenguaje del novelista tiene que presentizar, delante del lector, ese segundo mundo en que consiste la novela.


Al llamar clásico a su amigo, me parece que dice lo que no quería decir. O quizá ocurra que, tire por donde tire, le acontece que le sale lo que es la verdad. Esto es, que el lenguajes que utiliza Pérez, en el mejor de los casos, no es más que un remedo del de los clásicos. Con el análisis de estos tres, o quizá cuatro, ejemplos, pienso que he hecho ver claramente cómo se encuentra la novela española en su relación con los compromisos éticos y estéticos que debe mantener el novelista. A los mencionados, podríamos añadir los nombres de Almudena Grandes, Rosa Montero, Maruja Torres, Elvira Lindo, Rosa Regás, Espido Freire, Lucía Etcheverría, Muñoz Molina, Antonio Gala, Juan Manuel de Prada, Juan José Millás y otros reconocidos y amparados por el sistema. Que sean pésimos escritores y sean tan falsamente valorados, casi es lo de menos. Lo peor es que han quebrado la trayectoria ascendente que seguía un género que ellos, con ayuda de los mencionados críticos y profesores, han devuelto a las cavernas.


MEDIO SIGLO LARGO DE NARRATIVA EXCEPCIONAL Los verdaderos activistas no pueden ser ya más que los novelistas independientes. Raymond Abellio En los prodigiosos últimos años cincuenta, precursores de una década en la que se habrían de precipitar -en el sentido químico del término- los valores de un espacio histórico excepcional, a pesar de las dos crueles guerras que lo estremecieron, uno de los grandes y más significativos escritores de esa época, Raymond Abellio, enriquecido por las profundas reflexiones que las situaciones límite procuran, escribió en su profética novela Los ojos de Ezequiel están abiertos - uno de los monumentos literarios que entonces aparecían casi a diario y a los que a nadie se le occurría calificar de obra maestra, como ahora se hace a cada momento con las cagadas de Marías y el De Prada, la Grandes y la Montero , el Umbral y el Gala, el Cebrián y el Muñoz Molina... ¡Serán hijos de su madre!-, escribió que, “cuando el cambio de los tiempos esté próximo, sólo habrá tres clases de personas con los ojos abiertos: los santos, en sus celdas; los jefes comunistas dignos de ese nombre, asímismo en sus celdas, y los novelistas, que estarán en cualquier parte. Los primeros pertenecerán a Dios; los segundos, al diablo; los novelistas serán de propiedad disputada”. Léase esto en su literalidad, léase simbólicamente, da lo mismo. El caso es que, en este cambio de los tiempos, en este principio de siglo y de milenio, los santos se inmolan en lucha desigual contra el monstruo del egoísmo de los ricos de corazón duro -en el Africa negra, en Latinoamérica, en Asia, en los Balcanes, como misioneros y misioneras o como miembros de organizaciones laicas no gubernamentales. Los jefes políticos, de derechas o de izquierdas, con sus compinches los poderosos dueños de la información manipulada y de los medios de producción de riqueza, se erigen, alimentados vampiramente de la sangre de los pobres, en dueños del planeta. En cuanto a los escritores, se dividen en dos clases: los sometidos al sistema y los independientes, libres y sacrificados que, como diría Nietzsche, no son hombres, son destinos. A ellos les toca recuperar -y así lo intentan- el sentido del testimonio, del compromiso, del mensaje, unos conceptos que sólo a los corruptos, venales y vacíos, se les puede ocurrir decir que están periclitados, cuando es el momento de la centuria en que la humanidad desorientada más los necesita. ¡Periclitados! Se han perdido de la vista de muchos, han sido exiliados del mundo de la cultura, que no es lo mismo. O, lo que es peor, se han sustituido por la componenda, el negocio y el espectáculo. Quienes cumplimos los veinticinco años en la década de los cincuenta, esto es, quienes bebimos en los manantiales del existencialismo –un humanismo-, creíamos firmemente en todo aquello del mensaje, el compromiso, la literatura y el arte como medios para influir en una sociedad que nos parecía injusta y vacía y, por lo tanto, de transformación del mundo. Como consecuencia de todas estas creencias, pensábamos que un escritor, un artista, estaba para algo más que para ganar dinero, y que, como había dicho Sartre, "si la literatura no lo es todo, no merece ni una hora de esfuerzo. Eso es lo que entiendo por compromiso. Se consume si se la reduce a la inocencia, a canciones. Si cada frase escrita no resuena a todos los niveles del hombre y de la sociedad, no significa nada. La literatura de una época es la época digerida por la literatura”. Fue la "generación del medio siglo" la que le preparó el terreno a la ùltima generación comprometida de la centuria, la de los centauros del 68, quienes demostraron, como ha dichoVictoria Sendón, que se podía hacer una revolución sin que fuese forzosamente marxis-


ta. Todo cuanto vino después a ocupar el primer plano de la atención social y ha sido representativo del momento es lúdico, como corresponde a una sociedad esencialmente hedonista y consumista, cuyos representantes -que, en este terreno, ya no son los artistas, los escritores, sino los galeristas y los editores- no tienen otros objetivos que los comerciales. García Márquez es lúdico. Tras la lectura de Cien años de soledad , el gran best seller de los tiempos inmediatamente posteriores al 68, no queda otra sensación, en el mejor de los casos, que la de haber pasado un rato divertido, gracias a una imaginación fabulosa y a un bello estilo. Nada que haga reflexionar sobre el hombre, la sociedad, la naturaleza o la historia Y, como es natural, lo mismo ocurre con los imitadores del colombiano. Y lúdicas son la pintura y la escultura que se ha hecho al dictado de la máxima postmodernista del "todo vale", a partir de la década de los setenta. Y la consigna es fabricar, de cara al eventual comprador, una imagen del creador que haga el producto vendible. Más que como artistas -palabra que para nosotros implicaba, y no me importa pasarme de solemne, la posesión del "fuego sagrado"- se comportan esos "creadores" como agentes de relaciones públicas. Escriben o pintan por las mañanas y por las tardes mandan fotos y cartas, a la manera de los divos del star system , actuando al dictado de su agente o su marchand . No hay más que darse una vuelta por un certamen característico de este tiempo como ARCO -Feria de Arte Contemporáneo de Madrid-, para ver a los pintores convertidos en tenderos o en hombres-anuncio. Decía Hemingway que la mejor escuela del novelista era una juventud desdichada. Nosotros, que abrimos los ojos de la razón en medio de una interminable posguerra, nacional e internacional, no puede dudarse de que tuvimos esa escuela. Repito -y no me cansaré de hacerlo- que el legado del siglo XX a la cultura se constituyó en su primera mitad y hasta mediados de la década de los sesenta. Después, vino la quiebra, en la que todavía estamos, y de la que sólo se salvan personalidades aisladas, que ciertamente se enraízan en una tradición, pero que cada vez se ve menos claro que formen parte de un todo o, siquiera, un algo coherente, con signatura epocal; que comunican, a través de su obra, la sensación de llevar en sí mismas el germen de la vida y de la extinción, la certidumbre de que lo que aparentemente les siga será otra cosa , en modo alguno consecuencia de lo por ellas realizado. Son como voces de náufragos que han tenido suerte. Los/as vedettes actuales, imágenes-cangilones del circuito , carecen de sentido y de dimensión. No es que no apunten a ninguna trascendencia, es que ni siquiera se trascienden a sí mismos, ni siquiera plasman en sus obras "solas superficies sin misterio", en la acepción de Robbe-Grillet, que, a fin de cuentas, y no a su pesar, suscitaban un misterio estético, por consiguiente, una trascendencia estética. ¿Quién se lo negaría a Dans le labyrinte , Les Gommes , La route des Flandres , Le maintien de l'ordre , L'emploi du temps o La Modification ? Estas son obras de arte; las de aquéllos, simples "historias", casi siempre hasta mal contadas. Se señala como una de las características de la posmodernidad la presencia agobiante de los medios de comunicación. Pienso que todos los watergates sumados, al menos en nuestro país, no compensan el daño que esa abrumadora presencia está produciendo en el ámbito cultural; no por otra razón que el hecho de que la información de la cultura, que es cosa considerada "menor", sobre todo si no se emplea como apoyo logístico de las ventas, está en manos, cuando no de incompetentes, siempre de servidores del sistema. Y unos y otros son quienes, creyendo catapultar a héroes, no lanzan sino a bufones. (Nuestra sociedad, y en su nombre los portavoces de su opinión, fabrica bufones porque los necesita, para sentir que ha subido siquiera un peldaño en la escala zoológica.) Que los bufones ocupen el lugar de los héroes es una de las grandes tragedias de la cultura contemporánea; como lo es que el público haya llegado a creer que los mejores escritores son los que más veces ven en el televisor. ¡No! Esos son los bufones. Los serios están en sus celdas, reflexionando sobre los desconchados.


Pensando alguna vez sobre la que se llamó –ahora no se habla de ella, aunque sigue estando ahí- "polémica de las dos culturas", he llegado al convencimiento de que su médula es extrapolable al divorcio existente, en el seno mismo del campo de que aquí tratamos, entre humanistas verdaderos y bufones. De hecho, en todo ámbito cultural, incluidos los de la cultura científica y aun de la tecnológica, hay humanistas y no humanistas. Y en ámbitos pertenecientes sociológicamente a "las artes" y "las letras", lo mismo. Quien emprenda su tarea -teoría cosmológica o novela, puente o cuadro- pendiente sólo del beneficio, en dinero o fama, que le va a reportar, sin implicar en ella un sentido ético superior, no pasará el rasero de lo vegetativo o animal, aunque sea en elevada manifestación. En el campo de las bellas artes, lo estético se sobrepone a lo ético, y lo ético de lo estético es hacer, mediante cada obra, nuevas revelaciones, levantar una esquinita del velo de Isis y dejar asomar una partícula del misterio. No todo, porque dejaría de serlo. En el aspecto de la forma, la lucha de los novelistas españoles que en los años 60/70 constituyeron el grupo de la “novela metafísica”, fue sobre todo contra el realismo mostrenco, como puede verse en nuestros escritos teóricos, poco o nada atendidos -para su desdicha histórica- por la crítica más influyente del momento -Conte y epígonos-, incluida, incomprensiblemente, la universitaria. Para que no se me olvide: Sobejano, Soldevila, Amorós, Sanz Villanueva, Darío Villanueva, Hipólito Esteban Soler y otros chorlitos posteriores, como Ignacio Echevarría, García Posada, Ramón de España, Belmonte, Basanta, Gracia, Goñi, Pozuelo Yvancos, Guelbenzu, etc. SUPERFICIE Y UNDERGROUND Es muy grave lo que ha venido sucediendo en el ámbito de la novela española en los últimos cincuenta años, por causa del triunfalismo profesional de los sustentadores de una dictadura que no ha decaído en su vigor, sino todo lo contrario, con el advenimiento de la pseudodemocracia. Acontece que la literatura verdadera se ha visto obligada a buscar refugio en editoriales modestas, que hacen tiradas lógicamente exiguas, y en revistas del underground , mientras que las editoriales que poseen un más eficaz aparato de difusión y, a su servicio, los medios de comunicación más poderosos, y por razones no siempre comprensibles ni mínimamente justificables, están empeñados en "lanzar" únicamente a los escritores que se han avenido a hacer un tipo de literatura basada en el oportunismo de unos temas coyunturales o más o menos escandalosos, lo que ha llevado inclusive a algunos de ellos, en principio serios, a cultivar un género de narración que unos han llamado "de consumo" y otros "de circunstancias"; todo ello en perjuicio de la auténtica novela y de unos escritores responsables que no se han avenido a descender a los sótanos de esa subliteratura. Desconcierto de los lectores y desencanto de los verdaderos escritores son dos de las consecuencias de esta situación. Es muy grave que el consumismo haya alcanzado el ámbito de la difusión de las ideas, por causa de unos editores, como José Manuel de Lara y Jesús Polanco, y unos medios de comunicación que le hacen coro; al primero, por sus “gracias”, tan noticiables según el criterio de los chimpancés; al segundo, porque es el dueño o el vigilante de casi todos ellos. No recuerdo si en las Máximas o en las Conversaciones con Eckermann , dijo Goethe: "El mayor mal de este siglo es la lectura de periódicos". Me pregunto qué diría aquel espléndido ejemplar de la raza humana ante la situación presente. La de la defensa de la verdad, señaló Colin Wilson, es una de las corrientes mejor discernibles que corren por la gran literatura del siglo XX, esto es, digo yo, la que se hace en la franja ecuatorial de la centuria. El verdadero novelista actual, que es heredero de quienes la forjaron, se sabe un desplazado, un outsider , precisamente porque busca la verdad en un mundo ( tout


court ) y en un "mundo de las letras" cuyos dirigentes no procuran, por medio del doblepensar (término feliz de Orwell), sino la ofuscación que conduzca, como meta suprema, a la suprema imbecilidad de los lectores. En la correspondencia que mantuvo conmigo hasta su muerte, pero sobre todo durante el quinquenio 1962-1967, que precedió a nuestro "descubrimiento" del teléfono, Andrés Bosch glosó más de una vez su definición predilecta de la novela -"vida posible fingida"-, añadiendo aquello que luego constituyó el meollo de la teoría que sustentó nuestro intento, en plena vigencia del realismo social y del realismo costumbrista, de ampliar los horizontes de la novela española, haciéndola más novedosa en su forma -no sólo en lo referente al lenguaje, sino también, y sobre todo, en el modo de presentación de la realidad-, más imaginativa y más intelectual: "lo superficial, lo inmediato, lo anecdótico, en una palabra, el mundo que está a mano, interesan, al igual que los elementos novelísticos -personajes, ambiente, argumento, diálogos, etc.-, sólo en cuanto pueden dar pie para expresar universales". Lo cual nos deja a las puertas de la novela metafísica , a la que ya me he referido. Ahora únicamente quiero decir que, con esta idea, en la que asimismo estábamos Carlos Rojas y yo y sin duda algunos otros -aunque no se manifestaran de modo beligerante como nosotros tres-, como José Vidal Cadellans, Manuel San Martín, José Tomás Cabot, Antonio Risco y Alfonso Albalá, no queríamos inducir que el novelista hubiese de convertirse en un filósofo. Más bien todo lo contrario. Desde nuestra posición de inadaptados, veíamos el mundo y la vida, como los outsiders de Wilson, con mirada pesimista. Y no podía ser de otra suerte, si queríamos ser leales con nuestra generación. Sobre la base de tal pesimismo, rechazábamos cualquier tipo de pensamiento que pretendiera ascender, por peldaños de tomas de posiciones caducas, hasta esas cosas elevadas que, precisamente por serlo, merecen ser abordadas con la máxima honestidad. La primera pregunta de la filosofía, escribió precisamente Wilson, no debería ser la pregunta acerca del Universo, sino la de acerca de qué debemos hacer con nuestras vidas”. Es decir, que la función del novelista, que no es alguien que piensa para después escribir, sino alguien que piensa mientras está escribiendo (con su propia sangre, como quería Nietzsche), no es construir un sistema coherente, sino plantear problemas, desentrañar la maraña del mundo e intentar la salvación del arte, que es el único instrumento con que cuenta para ayudar al hombre transformando el mundo. Ahora, a tantos años de distancia de aquella aventura que emprendimos un ilusionado grupo de jóvenes escritores que queríamos que España fuese literariamente Europa, en este momento y lugar de la historia del arte y de la literatura -de las artes-, momento del tránsito a otros siglo y milenio, cuando, como he dicho en mis libros El soborno de Caronte y La novela española desde 1939: Historia de una impostura (Libertarias/Prodhufi) , la cadencia se ha vuelto monotonía; la manifestación, espectáculo; el estilo, imitación o desconcierto; la personalidad, histrionismo; el compromiso, juego; el mensaje, propaganda; el valor, precio y la inspiración vacío, el destino del novelista outsider es el de convertirse en lo que, con término pedido prestado a la física, en su papel actual de cosmología, como asimismo decía en el mismo libro, podemos llamar una singularidad . Y ésta no es ciertamente la mejor manera de atraer a masas de lectores, pues son muy pocos los capaces de oír ese crujido diamantino que únicamente se produce en la entraña más profunda y en el siempre único -aunque sea repetido- primer instante . Pero, el que tenga la fortuna de oír algo, sepa que puede tratarse de ese mensaje que se lanza cuando se ha dejado de creer en todo y no se puede creer ya más que en uno mismo. (Véanse también mis libros La novela española del siglo XX (Endimión), La gran estafa: Alfaguara, Planeta y la Novela basura (Vosa) y El País: la cultura como negocio Txalaparta). En el mismo contexto de la cita que he aducido con anterioridad, decía Abellio: "Mi convicción es hoy muy firme. Los verdaderos activistas no pueden ser ya más que novelistas


independientes”. Estas palabras, como las otras, como las expresadas por Vladimir Weidlé en Le abeilles d'Aristée , y por Camus en El mito de Sísifo- “ la verdadera novela tiene que ser novela metafísica” -, por Sarte y Simone de Beauvoir, por Gaëtan Picon, Albéres, Moeller, Grenzmann y tantos otros -algunos de los cuales nombraré en seguida-, da una idea más que aproximada de la conciencia que se tenía, en el medio siglo, de las posibilidades de la novela. Personalmente, y al igual, me parece, que mis compañeros, fui consciente del papel que le tocaba representar a los novelistas en aquel momento crucial que preludiaba la salida de una interminable posguerra (española y europea) y que habría de tener su punto culminante en el Mayo del 68. Y por eso, en muchas de las más de cien ocasiones en que hube de manifestarme -en conferencias o entrevistas- por causa de mi polémico libro Novela Española Actual , solía hacer la siguiente afirmación: "la novela es el arte del futuro; lo que no quiere decir que yo esté seguro de que, en el futuro, la novela será el arte del presente". Ciertamente, lo era, y conciencia de ello tenía Raymond Abellio, como también Albert Camus, Sartre y Simone de Beauvoir, Charles Moeller, René Marill Albéres, Wilhelm Grenzmann, Maurice Blanchot, Sherman H. Eoff, Maurice Nadeau, Colin Wilson y otros angry young men , los integrantes de la beat generation , Aldous Huxley, por supuesto, Mariano Baquero Goyanes y Antonio Valencia entre nosotros, y algunos más. Y, ciertamente, ahora, tiempo futuro de aquel presente en que yo hablaba, la novela no es desde luego el arte del presente. En aquellos años, gloriosos para la novela, todos éramos conscientes de que se trataba de uno de los instrumentos más aptos para transformar el mundo. Maurice Nadeau lo expresaba así: "Por una evolución natural, la novela ha pasado de la descripción enciclopédica (del mundo o de las pasiones) a la apropiación moral, poética, filosófica o metafísica de este mundo por un individuo privilegiado: el autor", del que, "más que su creación , es su visión personal lo que nos importa, la expresión original y verosímil que, a través de su obra, nos da del universo y de las relaciones que mantiene con él". En este principio de siglo, la novela que se ofrece al lector desorientado y desinformado -o desorientado por mal informado adrede- gira en torno a un subjetivismo intrascendente y hasta frívolo, en el que si hay algo que remotamente se pudiera llamar contenido en un sentido estético, se ofrece desde la descripción, no desde la entraña de los problemas, como hicieron hasta los novelistas sociales -tan débiles literariamente como ensalzados por los nefastos críticos ya mencionados- del medio siglo. NOVELA Y NOVELAS Entiéndase cuanto vengo diciendo, no en un sentido absoluto, sino en relación a la novela española y su discurrir guadianesco a través de la historia de la literatura. Porque, si exceptuamos a un Baroja, un Valle Inclán, un Unamuno, un Pérez de Ayala y hasta, optimistamente, algunos escritores de tono menor que les acompañan dignamente -y aparte un genio aislado como Ramón Gómez de la Serna-, ¿qué tenemos aquí que se pueda comparar con tantos grandes de la novela europea y americana del siglo XX, ésa que yo afirmo que dio sus mejores frutos antes del ecuador del siglo, en el propio ecuador y en unos pocos grados de "latitud sur"? Basta una relación de autores y de títulos para que quien tenga sensibilidad para la estética narrativa saque de la comparación sus propias conclusiones. Relaciono tomando a voleo de mis recuerdos, sin preocuparme de cronologías ni ordenaciones alfabéticas: Roger Martin du Gard: Los Thibault ; Louis Ferdinand Céline: Viaje al límite de la noche ; Marcel Proust: A la busca del tiempo perdido ; Virginia Woolf: Las olas , La señora Dolloway ...; Sinclair Lewis: Calle Mayor , Babbit ; John Steinbeck: Las uvas de la ira , Al este del edén , La perla , Tortilla Flat ...; Julien Green: Leviatán , Moira , Cada hombre en su noche , El malhechor , Varuna , El peregrino en la tierra ...; Evelyn Vaugh: Un puñado de polvo , Los seres queridos ; Constantin Virgil Gheorgiu: La hora veinticinco ; William Saroyan: La comedia humana ; Hermann Hesse: El juego de los abalorios , Narciso y Goldmundo, De-


mián , El lobo estepario , etc., etc., etc.; William Faulkner: Santuario , El ruido y la furia , Mientras agonizo , Las palmeras salvajes , ¡Absalón, Absalón! , etc., etc., etc.; Raymond Abellio: Los ojos de Ezequiel están abiertos , La fosa de Babel ; Georges Orwell: 1984 , La granja de los animales ; Graham Greene: Brighton, parque de atracciones , El revés de la trama , El fin de la aventura , El poder y la gloria ; François Mauriac: Nudo de vívoras , Therese Desqueyroux , Genitrix , La farisea ...; Vasco Pratolini: Crónica de los pobres amantes ; Ernest Hemingway: Adiós a las armas , Por quién doblan las campanas , El viejo y el mar , El sol también se levanta , Tener o no tener ...; Aldous Huxley: Contrapunto , Un mundo feliz , El tiempo debe detenerse , Ciego en Gaza , etc., etc.; Luigi Pirandello: El difunto Matías Pascal ; Thomas Mann: La montaña mágica , Los Buddenbrook , Doctor Faustus , etc., etc., etc.; Jean Paul Sartre: La náusea ; Simone de Beauvoir: Todos los hombres son mortales ; Albert Camus: El extranjero , La peste , La caída , El exilio y el reino ; Olaf Stapledon: Hacedor de estrellas , La primera y la última humanidad ; Max Frisch: Yo no soy Stiller ; Ernst Jünger: Las abejas de cristal , Heliópolis , Los acantilados de mármol ; Marguerite Rochefort: El reposo del guerrero ; Marguerite Yourcenar: Memorias de Adriano , etc.; André Malraux: La condición humana , Los conquistadores , La vía real ; Georges Bernanos: Bajo el sol de Satán , Diario de un cura rural , La alegría ... Henri de Montherlant: Las muchachas , El demonio del bien ...; F. Scott Fitzgerald: El gran Gastby , Hermosos y malditos , El precio era alto , etc.; John Dos Passos: Trilogía USA , Manhattan transfer ...; Italo Svevo: La conciencia de Zeno ; Franz Kafka: El proceso , El castillo , La metamorfosis ...; André Gide: Los monederos falsos ; Nikos Kazantzaki: Cristo de nuevo crucificado , Alexis Zorba , La última tentación , Libertad o muerte ; James Joyce: Ulises ; Henri James: Las alas de la paloma ; Washington Square , Otra vuelta de tuerca , Retrato de una dama ...; Henri Barbusse: El infierno ; Knut Hamsum: Pan , Hambre , Trilogía del vagabundo ; Charles Morgan: Sparkenbrouke ; Robert Musil: El hombre sin atributos ; Lawrence Durrell: El cuarteto de Alejandría ; Jack Kerouak: En el camino , El viajero solitario ; Boris Pasternak: El doctor Zivago ; Günter Grass: El tambor de hojalata ; Michel Butor: El empleo del tiempo , La modificación ; Samuel Beckett: Malone muere , El innombrable , etc.; Claude Simon: La ruta de Flandes ; Henri Miller: Trópico de Cáncer , Trópico de Capricornio , etc.; Hermann Broch: La muerte de Virgilio ; Vladimir Nabokov: Lolita ; D. H. Lawrence: El amante de lady Chatterley , El arco iris ... Vintila Horia: Dios ha nacido en el exilio y Una mujer para el apocalipsis ... Para qué seguir con Oscar Vladislav de Lubicz Milosz, Eugene Zamiatin, Charles Ferdinad Ramuz, Gertrude von le Fort, Carlo Coccioli, Cesare Pavese, Ray Bradbury, Leon Bloy, Robert Brasillach, Alain Robbe Grillet, Claude Ollier, Robert Pinget, Marguerite Duras, Nathalie Sarraute, Antoine de Saint-Exupery, Truman Capote, Colin Wilson, G. K. Chesterton,... Yo pregunto : quien haya leído La montaña mágica o Doctor Faustus , Contrapunto , El juego de los abalorios o Demián , A la busca del tiempo perdido , Santuario o Las palmeras salvajes , El extranjero o La peste , Las uvas de la ira , Ulises , La metamorfosis o El proceso , El viejo y el mar , Moira , ¿cómo puede decir que Cela o Delibes son grandes escritores? ¿Qué habría que llamarle entonces a Thomas Mann, Hermann Hesse, William Faulkner, Albert Camus, Henry James, Franz Kafka, Marcel Proust o Julien Green? Si en un eventual artilugio medidor de los valores estético-literarios marcara 100 el Ulises , La montaña mágica , Contrapunto , El proceso , Hacedor de estrellas o El juego de los abalorios ; 50 las novelas de François Mauriac o las buenas, no las alimenticias, de Graham Greene; 25 las obras del grupo del nouveau roman , del de los beatnicks o del de los angry young men ; 10 El cielo y la tierra , de Roman Gary, o El filo de la navaja , de W. Somerset Maugham, ¿quedaría sitio siquiera debajo del chisme, de la mesa, del suelo, para el realismo costumbrista de los castizos mentados, por mucho que lo expresen en esa orfebreía idiomática tan del gusto hispano a lo


que parece y que casi nada tiene que ver con las novela-obra-de-arte-literario, como estoy cansado de decir y nadie me atiende? (Ver mi Teoría de la novela , Anthropos). Y ¿qué decir de Gala y Umbral, tan en el siglo XIX, estéticamente, todavía, de Vicent y Vázquez Montalbán, de Guelbenzu, Marías y Muñoz Molina, que ignoran lo que es novelar, y de las nenas y los nenes posteriores con las abuelas y madres arribadas con retraso, más malos aún, incluido el académico guerrero, tan vendidos tramposamente? Estos y los que inmediatamente les preceden se pasan su burguesa vida, después de viajar en torno a su poco interesante ombligo y malamente intentar contar al mundo lo que han visto, piropeándose mutuamente, con permiso o al dictado del padrino, el director y la redactora jefe cultural, y el Posada, el Echevarría, el De España y de Ningunaparte, el Sanz Villanueva, el Basanta, el Conte y otros de cuyo nombre quisiera acordarme haciéndoles coro, llamándose unos a genios y megavendidos -en determinada acepción de este término, yo estaría de acuerdo-, autores de obras maestras y otras chorradas. ¡Serán desgraciados! Bien, sigamos... Y, sin embargo, la novela estaba por aquel tiempo en crisis -¿cuándo no?-, o, por lo menos, así se decía. Y tal vez por ello hubo de producirse la cura de salud que supuso el nouveau roman , que cumplió su papel a la perfección, como en poesía lo habían cumplido, un cuarto de siglo antes, el surrealismo, el dadá y otros movimientos afines: el sacrificado papel de todos los esteticismos, que son los que hacen crecer los géneros, pero a costa de quedar obsoletos en una década. Es memorable, al respecto de este diagnóstico, el ensayo de Wladimir Weidlé Les abeilles d'Aristée , subtitulado Essai sur le destin actuel des lettres et des arts . Consciente de la situación precaria y amenazada de la creación artística en el mundo moderno, Weidlé quería negarse a explicar la situación por causas exteriores al arte -plástico o literario- mismo: sociales, económicas o políticas. Sin embargo, estaba convencido de que tampoco se podía elucidar la situación sin intentar penetrar, más allá de las apariencias, en lo que es más interior al arte que toda conciencia de arte. No creía en absoluto "que estudiar una enfermedad cuyas raíces se hunden muy lejos en la historia debiera repercutir en la condena de quienes la sufren y apartarse de sus obras en nombre de un retorno arbitrario -y siempre ilusorio, por otra parte- a formas periclitadas". Por el contrario, afirmaba estar seguro de que "las más grandes obras modernas son aquéllas en que la crisis se manifiesta más claramente, sin que su grandeza les impida, sin embargo, encontrarse a la entrada de un impasse o al borde de un precipicio. Nada podría cambiar tal estado de cosas, si no es la transformación espiritual de nuestro arte, del mundo en que vivimos". Que esto lo dijese quien pensaba respecto a la novela -género que aquí nos interesa-, que, tras haber gozado en la pasada centuria de una fortuna extraordinaria, "desde hace algún tiempo, sufre una crisis a través de la cual parece encaminarse decididamente hacia su ocaso", no deja de tener su grandeza. Y no se olvide lo que he señalado hace unas líneas sobre el nouveau roman y su cura de salud, que, a mi juicio, dejó sentir, durante más de diez años, sus efectos beneficiosos. Por eso, vistas las cosas con la perspectiva de más de cincuenta años, puede decirse que Weidlé se equivocó, aunque cualquiera diría lo contrario a la vista de lo que, en términos generales, generalizados y dominantes, hoy se entiende en España por novela. Quiero pensar que este vendaval de basura es transitorio, aunque tenga aspecto de durar todavía unos decenios, por las razones que en seguida expondré. Pero diré todavía que el autor de Las abejas de Aristeo no tuvo en cuenta -quizá no pudo tenerlo- el cambio de paradigma estético propiciado por la nueva cosmovisión. Algo de lo que aquí, todavía, nadie se entera, y hasta a veces parece que no se quiere enterar. Lo español -se afirma, en actitud de defender el honor nacional- es el costumbrismo, el realismo, la caspa, la mugre, la pringue, la berza; esto es, Cela, Umbral, Gala, Miguel Delibes, el más representativo según todo el mundo menos yo, para quien el progreso es demoníaco y mata aves en nombre de su amor por la naturaleza; las marujas que Babelia empuja, el Moix, el Foix, el Muñoz Molina, el Marías, el Benítez Reyes, el


Guelbenzu y tantos y tantos otros pánfilos -en todas las acepciones de la palabra-, ricos y famosos, y felices, como sus hermanos los poetas de la experiencia, porque el sistema los hace inquilinos permanentes de las listas de best sellers , y algunos directores de cine de su misma casta llevan sus historietas a la pantalla. Si una novela no huele a queso, a frito, a pies de cateto, a ajos, no solamente no es buena, sino que su autor no es patriota. Y vuelvo a por donde iba. ¿HAY LUGAR PARA LA ESPERANZA ? En mi libro mencionado, que prefiero llamar Historia de una impostura , aunque éste sea sólo su subtítulo, “relato” cómo el sistema, levantando sobre sus propios escombros, terminó engullendo, gracias a sofisticadas técnicas de mercado y publicidad hacía nada desconocidas, la revolución. Es algo que se ha dicho muchas veces y se ha repetido más. No es del todo cierto. Es verdad que la revolución se contuvo antes de que alcanzara sus últimas consecuencias, pero, desde entonces, nada es igual. (Véase, si se quiere profundizar en este tema, el ensayo de Victoria Sendón titulado precisamente así, Ya nada es igual , en Heterodoxia , Tomo IV, nº 21, Madrid, enero-febrero-marzo, 1995, y otros trabajos concomitantes publicados por la misma revista desde su primer número. Yo no me puedo detener en esto). Aunque me propuse hablar del pasado inmediato (glorioso) de la novela europea, de la que la española se apartó, fue apartada (porque en la preguerra iba por buen camino), no sólo por los autores que se olvidaron de que, ante todo, se trataba de literatura, sino por seres nefastos como los editores José Manuel de Lara (Planeta) y Carlos Barral, cada uno de ellos por una razón o sinrazón, el crítico José María Castellet y los que quedaron mencionados con anterioridad; aunque me propuse eso, no quiero dejar de expresar mi esperanza para el futuro, puesto que la corriente de la novela verdadera, constante aunque evolutiva, no ha cesado en ningún momento. Soy, sin embargo, pesimista. Con las técnicas de comunicación actuales, veo muy difícil el cambio, aunque no creo que ello deba inducir al conformismo ni a cesar en la lucha. Al servicio de la auténtica novela del siglo XX, la que nos haría cumplir los criterios de convergencia con Europa, estuvo, vuelvo a repetir, el grupo de la novela metafísica: Andrés Bosch, Carlos Rojas, Manuel San Martín, José Vidal Cadellans, José Tomás Cabot, Antonio Prieto, Antonio Risco, Alfonso Albalá, cuyos componentes, aunque excluidos del festín y sin que los medios se ocupasen prácticamente de ellos, han seguido creando. Antes que ellos, no faltaron escritores que cumplieron -y alguno cumple todavía- con sus deberes para con la imaginación, la inteligencia, la cultura, la técnica del narrar verdaderamente del siglo, como José Luis Castillo Puche, Torrente Ballester, Álvaro Cunqueiro, Vicente Risco, Antonio Zoido, Núñez Alonso, Fernando Gutiérrez, Elena Quiroga, Ignacio Aldecoa, Fernández Santos; otros de la misma generación que los metafísicos, como Juan Goytisolo, José Luis Acquaroni y Juan Ignacio Ferreras, ejemplos ambos, entre nosotros, del intelectual europeo, Martínez Menchén, Andrés Sorel, Miguel Espinosa, Alfonso Grosso, Marta Portal, José María Requena, Manuel Mantero, Víctor Alperi, José Asenjo Sedano, Aquilino Duque, Jorge Ferrer Vidal, Carlos Muñiz y, entre los de la promoción posterior, Vaz de Soto, Villar Raso, Martínez Cerezo, Antonio Enrique, Gregorio Morales, Miguel Ángel Diéguez, García Galiano, Sabas Martín, Pedro J. De La Peña , Morales Lomas, Antonio Hernández, Rodríguez Jiménez, García Velasco, etc


Pienso en las obras de los escritores de los tres grupos mencionados en último lugar, que tendrían motivos para desanimarse, como semilla. Y estoy convencido de que el sistema lleva en sí mismo el germen de su propia destrucción. Pero el dilema que se me plantea es el siguiente: en una sociedad como la actual, en la que todo depende del poder, que se obtiene con dinero y fama; del dinero que el poder y la fama procuran, y de la fama, que con dinero y poder se puede conseguir, ¿qué les cabe hacer a los que no disponen más que de su fidelidad a los valores de libertad, justicia e igualdad, sus manos, su preparación cultural y sus ideas, siempre sobre la base, claro, de la posesión de una poética personal o, siquiera, epocal, y una concepción del mundo? No se me ocurre otra actitud y acción que las trato de sostener y practicar yo mismo: hacer lo que puedan, luchar en todos los terrenos, no desfallecer ante la desigualdad que hay entre sus armas y las de los que pertenecen al sistema, no conformarse y señalar, denunciar, criticar, zaherir, burlarse de ellos, porque son ridículos además de incompetentes y desfasados, hasta que a uno, por lo menos, se le caiga la cara de vergüenza. El huevo dejado por este se convertiría en la espita por la que el agua limpia intentará precipitarse, terminando por derribar la muralla de inmundicia e infamia que rodea la fortaleza de los corruptos excluyentes. No dejar de esperar, aunque aparentemente sea contra toda esperanza. Volar por los mundos ideales con vocación de semilla de vilano. Unirse, para hacer fuerza, con otros espíritus libres. Comportarse, en fin, como para merecer ser un equivalente literario de aquel justo de la Biblia , cuya sola existencia habría podido salvar toda una ciudad.


LOS PREMIOS LITERARIOS Sin la menor duda, una de las principales causas de la impostura que domina el ambiente literario español, es los que se podrían llamar “premios literarios a la española”, es decir, los otorgados, no por Universidades, Fundaciones, Academias, Ateneos, Asociaciones de Críticos y otras entidades culturales, como en el resto del mundo, sino por editoriales privadas, los cuales han llegado a ser tantos, que el mundo literario, desde la posguerra, ha estado tipificado por ellos. Y es de notar el hecho de que, aunque, por su índole comercial, no son estos concursos los que con mayores garantías pueden respaldar sus productos, merced a la ayuda de los medios han llegado a ser los más beneficiados por el público comprador de libros y aun los más apetecidos por los propios escritores, sin duda porque, a causa de la ignorancia y sensacionalismo de los periodistas, tienen más repercusión mediática. El desmadre ha venido a consolidarse con el advenimiento de la falsa democracia, en la que los mercaderes y los mandarines han encontrado un terreno propicio, pero empezó en los cincuenta, en cuanto la posguerra pudo sacudirse el polvo y los listos de derechas, tanto como los de izquierdas, comprendieron que les convenía aprovechar el clima bonancible que proporcionaba el estado policiaco de la dictadura. J. M. N. Jeffries, corresponsal durante veinticinco años del Daily Mail en Madrid, decía: “Hoy ya no se escriben novelas en España, se escriben premios”. Y un buen e imparcial conocedor de nuestro mundillo literario, Paul Werrie, citaba esta ocurrencia de Jeffries y examinaba el fenómeno en un artículo titulado precisamente Los premios literarios españoles, publicado en la revista Ecrits de Paris, en su número de julio-agosto de 1961. Allí escribía: "La manía de los premios domina la literatura y el periodismo español, hasta el punto de que hay premios para todo y a todas horas. Es lo mismo que en la lotería. Hay Lotería Nacional, loterías en combinación con la Lotería Nacional y las loterías sub-loterías de estas loterías; hasta en los mercados y en las estaciones, podemos encontrar a la mujer que instala una pequeña tómbola para ella sola -un combinado de cacerolas y gallinas-, en la que el número premiado será el que coincida con el sorteo de los Ciegos. De tal manera, que el español y la española están siempre, hagan lo que hagan, jugando con la suerte... Por lo mismo, el escritor español -quiero decir: todo el que tiene una pluma en España; poco más o menos, todo el mundo- no emborrona el papel más que pensando en la gran tajada que se va a llevar". Por nuestra parte, podemos añadir que, muchos que hoy son demócratas de toda la vida, se sintieron felices en aquellos tiempos al obtener premios que se denominaban “Francisco Franco”, “José Antonio”, “Isabel y Fernando”, “Oigo Patria tu Aflicción”, “Todo por la Patria” o “El que manda es Dick Turpín”. Resultaría curioso hacer la lista de galardones existentes durante la dictadura y nuestro Centro tal vez la haga. (Los premios “Onésimo Redondo” y “Ramiro Ledesma”, por ejemplo, recayeron por dos veces en trabajos muy “adherentes” de García Posada y Rafael Conte, aunque a éste todavía le deben la mitad del importe de uno de ellos.) No es ni mucho menos exagerada la caricatura de Werrie. Hubo un momento, en el paso de la década de los sesenta a la de los setenta, en que los premios literarios españoles sobrepasaban el millar. Faltos de una reglamentación o con reglamentación desatendida -al fin y al cabo, al triunfalismo del régimen de entonces no le venía mal contar con algo de lo que poder decir que tenía más que ningún otro país-, cualquiera, si se le antojaba, podía instituir uno. Un quiosquero sevillano, buen hijo, convocó uno, para relatos breves, con el nombre de su madre, Adela Comesaña, de santa memoria sin duda. La cuantía en dinero no era muy grande, en éste como en otros premios, pero astutos ganadores podían a veces sacarle una gran tajada de


gloria. Fue el caso del premio para relatos de ciencia-ficción convocado por el diario La Verdad, de Murcia. El autor galardonado, Juan José Plans, pasó a ser desde el día siguiente "Premio Nacional de Ciencia Ficción", con ayuda de muchos periodistas que probablemente sabían lo que quería decir "premio", pero no lo que significaba "nacional". Como tal apareció un montón de veces en televisión y en toda la prensa; se convirtió en una autoridad en la materia y en un tris estuvo de que lo invitaran a ir a la luna. En la raíz del fenómeno “premio” está el Goncourt, que, en su espíritu, no se parece en nada a los premios "a la española". Se trata de un premio literario químicamente puro, ideado y organizado por la Fundación instituída por dos hermanos escritores, artistas desinteresados de cualquier proyección que pudiera tener la literatura fuera de su función específica. Durante muchos años, ha sido el Goncourt el exponente de una consagración intencionadamente imparcial del autor de la novela más relevante del año en Francia. Es importante señalar también que, como todos los grandes premios literarios del Occidente civilizado, al que sólo unos pocos españoles pertenecemos como “correspondientes en el exterior”, se otorga a una obra ya publicada, y que sus jurados no tienen ninguna relación, ni siquiera del tipo que pudiera implicar su nombramiento como tales, con la editorial favorecida. Aquí, un editor nombra un jurado de personas que, de una u otra forma, son asalariadas suyas, y que premian una novela que ese editor tiene ya "en máquinas" -en todo caso, que él va con toda seguridad a publicar-, para que pueda salir pronto y aprovechar la publicidad gratuita que le hacen los medios de comunicación. Dejemos esto bien claro: característica principal de los premios literarios “a la española” es concederse a un libro inédito que va a publicar una editorial; una editorial que lo patrocina y elige al jurado cuyos miembros, a cambio de una retribución económica, se compromete a obedecer al patrocinador, el cual tiene sus gustos -normalmente no muy buenos-, que en ningún caso son de especialista, sino de vendedor. Con razón, escribió Arturo del Villar en Papel Literario, de Málaga (14-III-99), que “Planeta es la madre de todas las corrupciones”. El propietario de esta editorial, señor Marqués del Pedroso de Lara, ha dicho sin tapujos en muchas ocasiones que su premio no se hubiese otorgado jamás a La metamorfosis, de Kafka, ni al Ulises. Esto lo saben los críticos que, por definición, son unos amantes de la novela; lo saben los Conte, los García Posada, los Sanz Villanueva, los Ramón de España, los Ignacio Echevarría, los Goñi, los Basanta, de cuyo amor por la literatura yo no dudo, pero que, cada vez que llega el caso, se pasan a su peor enemigo: la industria cultural; como se pasan los directores de los suplementos literarios y de las revistas culturales, como Rosa Mora, Blanca Berasátegui, Martín Casariego, Juan Palomo, Juan Manuel de Prada, Juan Ángel Juristo, Vicente Molina Foix, José María Guelbenzu, etc. ¿Por qué, si no, atienden esos libros como si fuesen los de mayor mérito y mayor interés, en detrimento de otros, minoritarios por mejores? ¿Por qué colaboran en la corrupción y en la estafa? ¿Por qué se corrompen y engañan? ¿Por qué algunos de ellos, como Manuel Vicent, Vázquez Montalbán, de Prada, Umbral, Gala, Muñoz Molina, etc. cesan de vez en cuando como jueces de la moral, para beneficiarse con un dinero que es negro algunas veces, color de caca las más. Si ni los críticos ni los escritores lo hacen ¿quién va a velar por la pureza y grandeza de la literatura? No quisiera dejar sin mencionar el hecho de que in illo tempore, en la inmediata posguerra, cuando el ambiente cultural español era más bien aburrido, algunos premios de tan poco seria configuración contribuyeron a animar el lavadero y hasta ayudaron a algún escritor a darse a conocer. Eran pocos y sus convocantes se esmeraban en hacer un descubrimiento. Podían adolecer del defecto de desatender lo serio y novedoso en beneficio de lo comercial, pero parece ser, según cuentan quienes fueron nuestros maestros -maestros de fieras: domadoresen el Centro de Documentación de la Novela Española, que los miembros de los jurados


solían ser profesionales que procuraban hacer las cosas lo mejor posible. Hasta que vino la susodicha Planeta y metió la pezuña llena de fango hasta el corvejón. Lástima que editoriales que se las daban de serias, como Alfaguara y Espasa Calpe, hayan sentido nostalgia del basurero y la hayan imitado. Y de la peor manera, además. En cualquier caso, antes y después, la mayoría del público lector resultaba engañado. Conozco a mucho ingenuo que, comprando el Planeta y su finalista, descansa convencido de que ya puede estar seguro de leer lo mejor del año. Cuando suele ser justamente lo contrario. Ignacio Agustí, uno de los fundadores del primer premio literario "a la española" y jurado de él durante algunos años -testigo, pues, de mayor excepción-, explicaba una vez en un artículo que "no es raro que [el premio] termine yendo a rastras del acontecimiento financiero que provoca. Estamos llegando a la entronización de un género de literatura que sea capaz de ser vendida en unas horas. Esto requiere un tipo determinado de libro. No todos los libros, no todas las narraciones, aun suponiendo en ellas una auténtica calidad, son capaces de cumplir con satisfacción este requisito. En todo caso, en igualdad de condiciones, un libro será más capaz que otro de subyugar a cien mil lectores por razones que nada tendrán que ver con sus calidades íntimas. Este hecho provoca que los modos y las formas literarias vayan derivando insensiblemente a unos cánones marcados de antemano, según fórmulas que sean capaces de rendir a una excelente solapa publicitaria, ciertos atractivos meramente superficiales y de fácil retención. Según estos patrones, cada vez las obras propenden más a estar hechas en una especie de laboratorio, en el cual, sin que nos demos cuenta, prevalecen muchas más voces que la voz secreta y creadora del autor; también los temas son cuidadosamente prefabricados. Existen verdaderas epidemias cuya duración se prolonga hasta que un nuevo filón es capaz de congregar, de todas partes, a los desparramados y un poco desesperados y solitarios buscadores de oro". (Cit. Por M. Asensio Moreno en Los premios literarios, Madrid, Publicaciones Españolas, 1970). De parecida forma se pronunciaba Saturnino Álvarez Turienzo, en un trabajo sobre la novela española del momento, para concluir: "Todo esto influye en la propia creación. Efectivamente, los autores, condicionados por el apremio de los plazos, por las fórmulas en cotización, por la publicidad, por los editores y por el público, no pueden dar su obra, aun en el caso de que tuvieran una obra que dar. El cultivo del género se hace desde fuera de él mismo, por hombres desinteresados. Los resultados son obras vulgares, por la sujeción a estas presiones exteriores, que están todas por debajo de ella. Frecuentemente, la vulgaridad se aprecia también en los contagios visibles y sin asimilar venidos de niveles literarios superiores. No podría encontrarse nada más opuesto a lo que recomendaba Schiller: "Vive con tu siglo, pero no seas hechura suya". Estas novelas por factura llega un momento en que nos dejan sin saber a dónde mirar". (Lo que hay detrás de la novela, La Estafeta Literaria, nº 257, Madrid, 19 de enero de 1963). La principal servidumbre que arrastran estos premios literarios es que forman parte de un tinglado que, antes que literario, es comercial; que son, en su raíz, no una manera de promocionar el arte novelístico, sino una forma de hacer publicidad, en su mayor parte, y a pesar de la enorme cuantía de algunos de ellos, gratuita. El propio editor Lara, creador del premio Planeta, en unas declaraciones al diario "Pueblo", en octubre de 1965, reconocía: "La publicidad cuesta mucho y los lectores dan poco. Para eso se han inventado los premios literarios". Él, como pícaro, estaba en su papel. Que a sus tinglado acudieran autoridades del Ministerio de Cultura, de la Real Academia, de la Generalidad, etc. resulta más que grotesco, suceso digno de la que Carlos Rojas ha llamado La Españeta.


No voy a negar que las editoriales, como cualquier otra industria, tienen perfecto derecho a organizar su publicidad como más les convenga. Los llamados premios literarios son, al parecer, una forma acreditada por los resultados. Ahora bien, es competencia de las editoriales establecer escalas de valoraciones literarias, influir en la historia de la literatura? Porque es el caso -y en ello está la raíz de la gran impostura- que ya se puede ver, en algún que otro libro referente al género narrativo, cómo se cimenta la importancia de un autor en el hecho de que hubiese ganado tal o cual premio. Establecido que los premios literarios de editoriales no son más que vehículos publicitarios, no viene a ser eso lo mismo que si se cimentara la importancia de un autor en que, un domingo, un helicóptero lanzara octavillas con alabanzas a una novela sobre cada gran ciudad? (En redacción este trabajo, compruebo de el impresentable Suplemento I al tomo IX de la Historia Crítica de la Literatura Española, de Francisco Rico -Ed. Crítica, 2000-, hecho a base de recortes de periódicos y revistas, incurre innumerables veces en semejante delito). En ningún otro país de nuestro entorno cultural existe este tipo de concursos, nacidos, como he apuntado, en la inmediata posguerra para tratar de alegrar un poco el ambiente. En otras partes, los premios los conceden, como ya decíamos, entidades culturales, no lucrativas por tanto, a obras ya publicadas y por medio de jurados compuestos por personas que actúan como peritos en la materia, no como accionistas ni como asesores dependientes, aunque sólo sea temporalmente, de una casa editorial. Los novelistas y las novelas premiadas entre nosotros son objeto de una atención preferente por los periodistas y por los críticos. Y el público adquiere el libro por motivos que tienen mucho que ver con el montaje publicitario de que hemos hablado y nada con su valor. Y esto es, ni más ni menos, una falsificación. A propósito de una novela favorecida con el premio Planeta, sobre la cual cayó la repulsa unánime de la crítica seria -La cruz invertida, del argentino Marcos Aguinis ("casualmente", un hispanoamericano, en pleno "boom" de la narrativa hispanoamericana; en resumidas cuentas, un tiro que al señor marqués le salió por la culata; su analfabetismo le llevó a creer que se trataba de pescar a un argentino, como Cortázar, no a un escritor, como Perón)-, escribió Pedro Trigo en el número 42 de la revista "Reseña", de Madrid, como remate de su adversa crítica: "la novela debía haber pasado desapercibida, no merecía ningún comentario crítico, desgraciadamente no es la única novela mala que se escribe hoy en lengua española. Incluso hay que reconocer al autor una enorme voluntad ética, pura y entera, aunque poco esclarecida. Pero existe el premio, el aval literario de un sonoro jurado de una sonora editorial, el montaje publicitario de muchas presentaciones en diversas ciudades ante críticos, prensa, televisión, existe la novela profusamente distribuída que inunda los primeros planos de cualquier librería, y existe sobre todo muchísima gente que la compra porque es premio y, a pesar de las ocupaciones, hay que estar informado, hay que leer por lo menos lo más importante, y el libro tienen todos los elementos para que la gente lo lea, le impresione y hasta se quede con la idea de haber leído algo bueno: una falsificación perfecta." He sido testigo del desconcierto de algunos estudiosos extranjeros cuando, queriendo tomar el pulso a la novela española, mediante la lectura de aquéllas que, por premiadas y conocidas, pensaban que serían los máximos exponentes del género en el país y en la época, se encontraban con que, inclusive dentro de la producción de los respectivos autores, representaban la parcela más endeble. En el segundo tomo de su Hora Actual de la Novela Española (Madrid, Taurus, 1962), Juan Luis Alborg, tras referirse al caso de una dama extranjera, interesada por la novela española contemporánea, que, tras leerse todos los premios Nadal, se había llevado una gran decepción,


hace la siguiente consideración: “Suele ponderarse frecuentemente que el 'Nadal' ha dado a conocer algunos de los nombres que más se han destacado luego; pero sería muy interesante también hacer el censo de los que 'no ha dado a conocer'. Concretamente, el año que fue galardonado un librejo de Luisa Forrellad, se presentaron La gota de mercurio, de Núñez Alonso, Con la muerte al hombro, de Castillo Puche, y En esta tierra, de Ana María Matute; y a las tres se las dejaron de infantería. El dato creo que es lo bastante significativo para ahorrar todo comentario.” Para Alborg, el “Nadal”, “lejos de ser un exponente de nuestra pujanza novelesca actual, es una menguada galería de primeros esbozos, y ni siquiera cuando ha tenido la suerte de dar en la diana de un novelista auténtico, supone nada en definitiva”. Le sirve a Alborg lo transcrito de introducción al capítulo que dedica a Dolores Medio, en el que escribe: "En 1952, obtuvo el 'Nadal' la asturiana Dolores Medio con su novela Nosotros, los Rivero. Renombre inmediato, un buen puñado de ediciones, según se dice -no dudo que sean ciertas-, y el consabido flujo de elogiosos juicios en los que la novela galardonada se definía como un libro importante, casi como una gran revelación. Creo recordar vagamente -cualquiera sabe dónde andan ahora aquellos periódicos y revistas- que algunos críticos de más independiente pensar pusieron en duda la calidad del libro premiado. Pero ahí ha quedado, a pesar de todo, gracias al premio, como una de las novelas que exigen ser tenidas en cuenta por haber nacido bajo la protección de la bandera de una 'gran potencia', que la ha lanzado al mercado y garantiza la excelencia de la marca. / Leída ahora, sin embargo, al cabo de ocho años tan sólo, Nosotros, los Rivero se nos ofrece, incuestionablemente, como un libro muy mediocre que no está llamado a tener ninguna significación en el panorama de nuestra novela durante estos años de indudable renacimiento." Quiero añadir por mi parte, a este comentario de Alborg, que el año que Dolores Medio ganó el Nadal se habían presentado nada menos que Los bravos, de Jesús Fernández Santos, y La puerta de paja, de Vicente Risco. De hecho, no hay comparación posible entre el par de escritores que haya podido descubrir el Nadal -y el Planeta, antes de que se dedicara a premiar consagrados y populares- y el panteón de olvidados que constituye la lista de sus galardonados. Dos veces concurrió, con dos de sus mejores novelas, Ignacio Aldecoa, sin lograr pasar, ninguna de ellas, de ser seleccionado entre los últimos veinticinco. Y lo mismo le ocurrió a Igor Stephantekerne. Las opiniones sobre los premios que hemos aducido de Ignacio Agustí, Álvarez Turienzo y Juan Luis Alborg, inclusive las nuestras, se referían más bien a los elementos distorsionantes de la realidad -tema de moda, producto vendible, política editorial, etc.-, a las servidumbres que arrastraban los premios en una época en que, por lo menos, todavía "lanzaban" a un autor desconocido o, siquiera, poco conocido. Después las cosas han ido a peor. Ahora los editores encargan novelas para ser premiadas o pactan con autores "de éxito" (éxito, en la mayoría de los casos o en todos, ajeno al mérito literario) la edición precedida del lanzamiento publicitario que supone el premio. Lo que algunos puristas incorregibles no terminamos de entender es, primero, cómo hay todavía ingenuos que se presentan esperanzados, cuando sólo están ahí para hacer bulto; segundo, por qué los medios de comunicación siguen tratando estas farsas como si certificaran un control de calidad. Otro que podría parecer el tercer enigma, no lo es. Me refiero a que incluso cuando auténticos escritores se avienen a estas componendas lo hacen con sus peores libros. La razón es que se ven obligados a someterse a las reglas del juego en la elección del tema y en la forma de abordarlo. O sea, que, aunque ya no se trate, en el conjunto de las obras premiadas, de aquella "menguada galería de primeros esbozos" de


que hablaba Alborg, el resultado de una lectura seguiría siendo decepcionante. No hay que decir que los escritores más o menos de verdad que se prestan a estos enjuagues se prostituyen en toda regla. Lo oz Molina, irritante es que muchos de ellos, como Antonio Gala, Mu Montalbán,Vázquez Manuel Vicent, Juan Manuel de Prada, Maruja Torres, Rosa Montero, etc. son de los que se dedican diariamente a moralizar en sus artículos o columnas. Es evidente que, para ellos, el territorio de la ética queda fuera del fango donde chapotean. O que para ellos, acostarse por dinero con el editor, no es puteo. La permisividad de la sociedad española, en este campo encabezada por la crítica literaria, la Real Academia, el Ministerio de Cultura y la clase política en general, que, por chupar cámara, se fotografiaría con el mismísimo Milosevic en el acto íntimo de cagar, ha alcanzado ya extremos repugnantes. Esto no es ya La Españeta que dice Carlos Rojas, esto es el estercolero que dice La Fiera Literaria. Que en curso de unos pocos días se descubra que la novela encargada por Editorial Planeta a una popular presentadora de televisión, buscando a un público excepcionalmente inculto -normalmente inculto lo es todo el público español-, y se otorgue el premio de esa editorial a una conocida columnista de un diario que todos sabemos que es independiente y de la mañana, con la bendición de un montón de autoridades nacionales y autonómicas, del Ministerio de Cultura, de las llamadas artes y de las llamadas letras, con el bochornoso espectáculo añadido de dos profesores universitarios -Antonio Prieto y Carlos Pujol- un académico de la española -Pere Gimferrer- y un intelectual comprometido y no sabemos si castrista o anabaptista como Manuel Vázquez Montalbán, es para sonrojar hasta a los cangrejos. Ante semejante estado de cosas, los miembros del Círculo de Fuencarral de Crítica Literaria, currantes todos en el Centro de Documentación de la Novela Española, editor del famoso libelo La Fiera Literaria, pensamos que ha llegado el momento de preguntarse, especialmente por parte de los directores y responsables de la sección de cultura de los medios de comunicación, revistas de información general, suplementos literarios de los periódicos y revistas culturales, si es asunto propio proporcionar a editoriales que no son sino empresas comerciales, sin el menor interés por la cultura, miles de millones de publicidad gratuita; si se está o no por los chanchullos, por que el libro se convierta en un valor de cambio y no de uso; si importa o no que la cultura se convierta en una industria en la que, por ende, reine la corrupción.


LA MONAQUÍA COCOTERA Y LOS PREMIOS LITERARIOS Al igual que se habla, con referencia a las falsas democracias que rigen en ciertos países políticamente subdesarrollados, de repúblicas bananeras, pienso que se debería hablar de monarquías cocoteras para referirse a una, como la que rige ahora en España, que, amén de ser la herencia de un dictador, ampara una falsa democracia, que no es sino una oligarquía de partidos y confunde, entre otras confusiones, la cultura con un sainete. ¿Qué país de la Europa culta soportaría una mascarada como la del Premio Planeta? ¿Qué país serio toleraría que se disfrazara de hecho cultural una merienda de negros ( black’s picnic) organizada por una empresa comercial para ganar dinero, precisamente a costa de la incultura de un pueblo manejado por los medios de comunicación? España ha pasado de ser un país de catetos y nuevos ricos con la dictadura, a ser un país de horteras y nuevos gansters con la monarquía juancarlesca, que contribuye gustosa a todas las charlotadas a que la inviten, si en ellas puede chupar cámara y ganar un poco de popularidad. Como decía Valle Inclán en Luces de bohemia, España es una deformación grotesca de la cultura europea. Lo escribió don Ramón hace un siglo y sigue siendo verdad. En ningún país de nuestro entorno geográfico es concebible algo como el Premio Planeta, el Nadal, el Primavera, el Fernando Lara y tantos otros, en los que un fabricante de libros, disfrazado de editor premia un libro que él va a editar. De señalar es que, desde que el país se sumergió en la mugre política de la Transición, el Premio Planeta, sin duda el mejor indicador de lo que somos culturalmente, se presentó sin careta como lo que verdaderamente es. Quien era director de la editorial a la muerte de Franco, Rafael Borrás Bertriu, confesó con motivo del uno de los carnavales, que fabricaron (síc) un Planeta para la primera convoctoria de la “democracia”. Entre varios “expertos”, pergeñaron el argumento de una novela, En el día de hoy, que comenzara con un parte dando cuenta del final de la guerra, pero firmado, no por el Generalisimo, sino por don Manuel Azaña, presidente de la República. Y le encargaron su desarrollo a Jesús Torbado, probo escritor donde los haya., incapaz de prestarse a un chanchullo. A partir de entonces, Planeta decidió jugar siempre sobre seguro, eludió correr el riesgo de descubrir a un novelista y fue repartiendo sus millones entre escritores conocidos, la mayoría columnistas de los periódicos de la derecha ideológica y de la derecha de intereses, que diariamente se dedican a moralizar, pontificar sobre la decencia y denunciar las corrupciones, los latrocinios legales y las corruptelas de los demás: Juan José Millás, quizá más cínico dijo que pasaba por allí por casualidad y que se llevó una grata sorpresa que en modo alguno esperaba-, Antonio Muñoz Molina, Antonio Gala, Francisco Umbral, Maruja Torres, Espido Freire, Rosa Montero, Juan Manuel de Prada, Alvaro Pombo, Lucía Etxebarría, Terenci Moix, Juan Eslava Galán, Fernando Sánchez Dragó, Juan Marsé, Mario Vargas Llosa, Fernando Delgado, Rosa Regás, el profesor de ética Fernando Savater y algunos más que ahora no recuerdo. En último término, lo que más escandaliza es que se tomen estos premios como un indicador de valoración literaria –el jurado lo constituyen expertos, es decir, escritores, profesores de literatura y críticos (se oculta que a sueldo del editor, naturalmente)— y se permita a una fábrica de libros intervenir en esa valoración, para colmo favoreciendo un libro que ella misma va a editar. Sorprende igualmente, aparte, por supuesto, de la venalidad de tantos novelistas, la pasividad del Ministerio de Cultura y la actitud de la crítica, que se someten al juego de los intereses industriales, insistiendo en tratar como un hecho cultural –le llaman Premio Literario- lo que


no es más, como todo el mundo sabe y nadie denuncia, que una operación de marketing, destinada a obtener muchísimos millones de publicidad gratuita, avalada, para mayor confusión del público, por miembros de la Casa Real., el presidente de la Generalitat de Cataluña, el Ministro o Ministra de Cultura, y “numerosas personalidades del mundo de la política, la cultura y los negocios”, como rezan las gacetillas. Hace unos años, un centenar de personas interesadas por la novela –escritores, profesores de literatura, críticos literarios-, convocadas por La Fiera Literaria y el Centro de Documentación de la Novela Española –Juan Goytisolo, Andrés Sorel, Raúl Guerra Garrido, Juan Ignacio Ferreras, Javier Esteban, José G. Ladrón de Guevara, José María Martínez Cachero, Ricardo Senabre, José Polo, Víctor Moreno, Lidia Falcón, Carlos París, Victoria Sendón, Arturo Seeber, Manuel Mantero, Carlos Rojas, Jorge Grau, José María Vaz de Soto, Ana María Navales, etc., etc. y yo mismo, hasta cien- solicitaron una normativa que regulase los premios –más de cinco mil, lo que parece broma, en todo el país-, especialmente la designación del jurado, en los grandes premios –grandes por su cuantía-, totalmente dependientes de la firma comercial interesada. Dos veces se repitió la demanda. No hubo respuesta del ministerio de Esperanza Aguirre ni del de Pilar del Castillo o el escritor César Antonio Molina. En cuanto al de Carmen Calvo, oficial, tampoco. Extraoficialmente, mandó a su Director General del Libro, Rogelio Blanco, a preguntar a Juan Ignacio Ferreras y a quien firma este artículo, que qué queríamos, como si no estuviese claro en el escrito presentado. Ninguna de las tres ministras mencionadas pertenecían al mundo de la literatura. Su comportamiento fue político, según se dice. Ver a un escritor de verdad como César Antonio Molina, haciendo el payaso en beneficio de un capitalista que, puesto a globalizar, ha empezado por globalizarse a sí mismo, deprime. Como deprime vivir bajo una monarquía cocotera.


EL PREMIO PLANETA, PARADIGMA DEL CAPITALISMO CULTURAL ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la farsa, el chanchullo, la componenda, la compraventa, la antiliteratura, la corruptela, la ostentación cateta, tratada como si fuese un asunto cultural serio? ¿Hasta cuándo ver la corrupción únicamente en la política y los negocios, y no verla en eso que se llama industria cultural, que es ciertamente industria, pero no cultural, sostenida por una mafia editorial que ha rebajado el libro de valor de uso, como siempre fue, a valor de cambio, con la complicidad, por ende, de quienes deberían defender la literatura y que en seguida voy a nombrar. Todo el mundo sabe lo que es el Premio Planeta. Es la manera que tiene un editor, un comerciante, un industrial de la cultura, un fabricante de libros, sin el menor apego por la literatura, para ganar dinero, con la colaboración de periodistas, críticos literarios, profesores de literatura, académicos, escritores, políticos gestores de la política cultural y hasta miembros de la casa real, que, se dice, no participa de balde en la puesta en escena de la charlotada. El inventor del Premio Planeta, José Manuel de Lara, analfabeto pero muy listo, distinguido con el título de Marqués del Pedroso de Lara por Su Majestad, “en reconocimiento a sus aportaciones a la cultura” lo dijo paladinamente en una entrevista con un redactor del diario Pueblo, allá por los 70, según he leído en La Fiera Literaria: <<En España se lee poco y la publicidad está muy cara. Para eso se inventaron los premios literarios>> Y así es: los premios literarios se inventaron para obtener millones de publicidad gratuita ¿Y por qué se puede obtener publicidad gratuita con los sainetes de los premios literarios? Porque los medios de comunicación españoles, los críticos literarios, los escritores, los profesores de literatura, los ministros de Cultura, los políticos, la Generalitat de Cataluña, los miembros de la Casa real como ya he apuntado, dan tratamiento de acontecimientos culturales a las que no son sino operaciones de marketing. Este tipo de premios, otorgado por una editorial a un libro inédito que ella misma va a publicar no se conoce en ninguna otra parte del mundo occidental… Ni oriental, por supuesto. La limpieza, honradez, seriedad y objetividad están excluidas por principio de su selección y su concesión. En su desarrollo y de cara a la masa lectora, que ignora toda esta picaresca, la convocatoria y concesión del Premio Planeta adquiere todos los visos de una inmoralidad, de un delito, por supuesto, de un delito de lesa cultura. Se anuncia un concurso de novelas, dando a entender tácitamente que se trata de premiar el mejor libro de ese género, de entre los que se presenten. El premio consistirá en una fabulosa cantidad de euros que este modesto ordenador “no sabe” escribir. Del relumbrón que produce se beneficiarán también otros libros del “ganador” y, además del libro premiado, otras publicaciones de la editorial, empezando por la novela que haya quedado finalista. Mientras las bases del “concurso” circulan por los tontideros, las redacciones de los periódicos, los departamentos de literatura, las librerías, el astuto fabricante de libros encarga sin el menor disimulo, a la vista de todos, a un escritorcete más o menos conocido, a un reportero, a un popular presentador de televisión, a una guaperas o a un guaperas de la jet o a un payaso, un libro a la medida de sus intereses:, es decir, aliterario, vulgar, pedestre –“que lo entiendan hasta las porteras”, es uno de los axiomas de la filosofía planetaria--, sobre un tema de actualidad, mejor si escabroso, “con mucho tomate”, como decía el marqués. El día señalado, el comerciante organiza una cena de ésas que no conocen en Uganda, Tanzania ni Zimbawe, a la que asiste el Todo Chorrez –actrices, actores, banqueros, periodistas de todos los medios, profesores universitarios, políticos, entre los que se cuentan


el Presidente de la Generalitat y la Ministra de Cultura, miembros de la Casa Real y, en una ocasión, los propios Reyes, porque era el cincuenta cumpleaños del invento. Desde varios meses antes, ya sabe todo el mundo quien va a “ganar”, no obstante lo cual, un grupo de escritores aparentemente serios y profesores de los llamados importantes y considerados serios y honrados fingen estar enfrascados, en un comedor aparte, en reñidas votaciones, cuyo desarrollo comunican a los comensales entre plato y plato. Proclamado el nada sorprendente fallo, felicitaciones, parabienes, entrevistas, etc., etc. para el “ganador”: millones de publicidad gratuita, ya lo dije. En las radios, las televisiones y los diarios, reportajes, entrevistas, artículos, comentarios en los que se trata el suceso como un acontecimiento cultural y, al ganador, como alguien que, estando allí presente por casualidad, ha llevado a cabo una gran hazaña literaria. Es justamente en este punto donde uno recuerda aquella frase lapidaria de don Ramón del Valle Inclán, que dice: <<ESPAÑA ES UNA DEFORMACIÓN GROTESCA DE LA CULTURA EUROPEA>>. Como diría un Hamlet de la Zarzuela, no es extraño que en los países serios nos tachen de beodos. Un interesante dato, que no conviene olvidar, es el que atañe a los ganadores. Son escogidos principalmente entre escritores y periodistas con ínfulas de novelistas, todos los cuales, casi absolutamente todos los cuales son personas acérrimas defensoras de la honradez y la limpieza en las relaciones humanas, que diariamente denuncian en sus columnas la corrupción, la mentira, el chalaneo, el robo etc., pero que no tienen reparo en prestarse al chanchullo del Premio Planeta o de cualquier otro premio, defraudando a los casi quinientos concursantes que han optado al premio de buena fe. Engañando a los miles de lectores que comprarán el libro no porque sea de quien es, sino porque ha sido premiado en un concurso que ellos, que no están al tanto del trucaje, creen que es de verdad. Mintiendo en las entrevistas y en las declaraciones a la prensa. Participando en la payasada engañosa del fallo, las “votaciones”, etc. Beneficiando a un industrial de la cultura a quien sólo le preocupa la ganancia, no los valores literarios. Y embolsándose, mediante tantas falsedades, una millonaria cantidad de euros que, de otra forma, no hubiese conseguido. Relaciono aquí los nombres de algunos de los moralistas que, en un descuido, no han considerado inmoral ni fraudulento prestarse a una componenda que tiene las delictivas consecuencias que he enumerado: Emilio Romero, Torcuato Luca de Tena, Jesús Torbado, a quien además le facilitaron el tema y el argumento, porque se trataba de aprovechar la circunstancia de la muerte de Franco. Lo ha declarado paladinamente quien entonces era director de la editorial, Rafael Borrás Bertriu), Juan Marsé, Fernando Schwartz, Francisco Umbral, Terenci Moix, Fernando Fernán Gómez, Ricardo de la Cierva, Gonzalo Torrente Ballester, Camilo José Cela, Mario Vargas Llosa, Fernando Sánchez Dragó, Fernando Savater (profesor de ética), Soledad Puértolas, Antonio Gala, Antonio Muñoz Molina, Juan Manuel de Prada, Carmen Rigalt, Fernando Delgado, José María Mendiluce, Carmen Posadas, Espido Freire, Maruja Torres, Rosa Regás, Lucía Etxebarría, Ángela Vallvey, Juan José Millas, Ángeles Caso, entre otros tantos. Naturalmente, el industrial no sólo no trata de paliar cualquier escándalo que surgiese por causa de ciertas “coincidencias” o declaraciones imprudentes (a Muñoz Molina y a Maruja Torres de les escapó en su momento decir en la prensa que le habían encargado el libro con la promesa del premio). Sabe que todo lo que se hable o rumoree, aunque sea negativo, le favorece, porque los medios, al tiempo que denuncian las irregularidades, como si se tratase de una cosa graciosa, siguen considerando y tratando como algo importante, en relación con la cultura, “ganar” el premio. ¿Y el jurado? Escritores con ínfulas de serios, profesores universitarios, fingiendo que deliberan, representando el papel de discutidores, simulando el sudor de la frente, saliendo


una docena de veces al estrado para informar de cómo van las votaciones, obedeciendo al fabricante de libros con quien han acordado una paga… ¡Qué vergüenza! Insisto en que este tipo de “premios” sólo se dan en la Españeta, como llama Carlos Rojas a la España sainetesca de la monarquía cocotera. Sin el menor disimulo, la obra ganadora y la finalista, suelen estar ya impresas y encuadernadas para el día del “fallo”, y los críticos se apresuran a comentarla, por supuesto favorablemente. La Fiera Literaria ha presentado en el registro del Ministerio de Cultura, durante la “regencia” de Esperanza Aguirre, Pilar del Castillo y Carmen Calvo, una solicitud avalada por un centenar de firmas, pidiendo que, si no se pueden abolir los “premios literarios”, de los que hay en España –Y ES RIDÍCULO—cerca de seis mil, al menos se regulen. Ni siquiera han acusado recibo a la revista, única defensora en España de la transparencia, la seriedad, la literatura auténtica y la honradez. ¡Que un editor premie un libro que él va a publicar! se escandalizaba ante mí un profesor de la universidad de Florencia. Si el Rey o algún otro miembro de la Casa Real acude al lanzamiento de un producto comercial, como es el libro en manos de este tipo de editores, ¿por qué no bendice con su presencia el lanzamiento de una nueva clase de embutido o de cerveza, entre mil ejemplos? Es vergonzoso, es cateto, es repulsivo, es anticultural, sólo propio de una república bananera o de una monarquía cocotera.


LA CRÍTICA LITERARIA EN ESPAÑA, HOY Antes que nada, una declaración de principios: una literatura que necesita de la crítica para desarrollarse plenamente en la sociedad es una literatura en crisis. Lo mismo se puede decir de la pintura y de otras manifestaciones culturales. Hace alrededor de treinta años, la presencia y prepotencia de la crítica llegó a ser tan grande, que casi logró eclipsar a la creación. Lo que se decía (y se llegaban a hacer interpretaciones verdaderamente temerarias o fantásticas) de un libro era muchas veces más importante que el libro mismo. Umberto Eco contaba en una de sus obras que ideó hacer un ensayo sobre una obra inexistente de un autor asímismo fantasmal, pero que se detuvo ante las previsibles consecuencias. Es cosa de preguntarse -y yo me lo pregunto- si el hecho de que hoy no sea así -porque hoy no es así; la crítica ha vuelto a representar un papel ancilar que, muchísimas veces, desemboca en otro más innoble-, a pesar de la profusión de críticos, es bueno o malo. Por una parte, bueno, porque no es misión de la crítica suplantar a la creación, pero, por otra, malo, porque es señal de que la crítica no tiene ninguna entidad intelectual, ningún rango literario. La diferencia entre la crítica de los años cincuenta y sesenta, cuyos autores eran, por encima de simples informadores, ensayistas, teóricos de la estética, historiadores y pensadores, y la actual es tan grande como la que puede haber entre el editorialista de un periódico y quien lo vocea en una esquina. Aceptado que existe la crítica -excesiva, populosa, contradictoria, ajustada a los vaivenes de las modas, atenta a las consignas, el mercado y la jet cultural-, ¿cuál es -o, para ser más precisos, cuál debería ser- su papel? Sin la menor duda, el de mediadora entre el autor y el lector. Por definición, el crítico es un lector especializado, que, por su preparación y, muy fundamentalmente, sus dotes innatas de visión y percepción, su especial sensibilidad estética, su buen gusto y su conocimiento de la teoría literaria y de las técnicas de los diversos géneros está facultado para indicarle al lector lo que podría haber visto y quizá no ha visto o lo que no hay aunque él crea que lo hay. De todo lo cual surge la que es, a mi juicio, la misión fundamental, arriesgada y heroica del crítico que, para cumplirla, tiene que ser radicalmente honesto, independiente y libre: dar a conocer los valores desconocidos y señalar los falsos valores. Recientemente, Mario Vargas Llosa ha argumentado duramente contra la crítica literaria. No he podido hacerme con el texto en que lo ha hecho. Así que, como tantos han conocido las herejías y, en general, la ideas de Celso a través de las refutaciones de Clemente de Alejandría, yo he conocido lo dicho por Vargas, merced a la réplica defensiva de Miguel García Posada en su artículo Zaherir al crítico (Babelia, El País, Madrid, 5 de septiembre de 1998), donde entrecomilla extensos párrafos del autor hispanoperuano. Los dos puntos principales de la “crítica a la crítica” de éste son los siguientes: 1.- Con “honrosas pero escasas excepciones [...la crítica literaria] ha dejado de ser el hervidero de ideas y el vector central de la vida cultural que fue hasta los años cincuenta y sesenta cuando empezó a ensimismarse y frivolizarse”. 2.- [La crítica está marcada por “la vacuidad”: la académica porque es] “seudocientífica, pretenciosa y a menudo ilegible”; [la periodística, porque] “cuando no es una mera extensión publicitaria de las casas editoriales, suele servir a los críticos para quedar bien con los amigos o tomarse mezquinos desquites con sus enemigos”.


En su respuesta, García Posada defiende sin rubor el amiguismo, como institución “tan vieja como el mundo” y se escuda alegando “que no es planta que crezca sola en las tierras de la crítica” (pienso que no quiso decir que esta “planta” crezca acompañada por otras en esas tierras, sino que crece en otras tierras también; si no, no se entiende el argumento). Para el poco hábil defensor de lo indefendible, si la crítica ha hecho “crisis como institución central de la vida cultural” (tampoco creo que haya que exigirle, ni esperar de ella tanto) se debe “al distinto puesto que la ‘intelligentsia’ tiene hoy en Occidente”.Para él, por lo que se ve, la importancia y el valor del crítico depende del lugar donde la sociedad le sitúe. Más bien parece que debe ser al contrario: de la categoría intelectual del crítico, de su autoridad moral, dependerá el papel que los demás le concedan o le permitan representar. El puesto de guía o, menos aún, de intérprete veraz, de mediador fiable, en el sentido que hemos señalado con anterioridad, hay que ganárselo. Finalmente, a García Posada, que Vargas Llosa considere la crítica como “una mera extensión publicitaria de las casas editoriales” le parece “un insulto que debe ser precisado con nombres y apellidos -si no, no vale-.” Conviene anotar aquí que García Posada acusa frecuentemente -a los intrusos; a los que, según él, difaman; a los críticos de La Fiera- sin dar nunca un solo nombre. Se ve que la regla es para los demás. Ciertamente, Mario Vargas Llosa no da nombres. En un, a lo que parece, breve texto, en que ponía el dedo en varias llagas demasiado evidentes, no tenía por qué hacerlo. Pero yo sí voy a dar alguno, a guisa de ejemplo, en medio de la descripción de una secuencia de hechos que servirán para que el lector se sitúe y llegue con nosotros a donde le queremos llevar. 1.- En 1998, la Editorial Alfaguara publicó un libro de Javier Marías titulado Negra espalda del tiempo. 2.- Los críticos independientes, muy pocos, como, por ejemplo, Ricardo Senabre (Abc Cultural, 15 de mayo de 1998 ) y Manuel Asensio Moreno (Cuaderno nº 15 del Centro de Documentación de la Novela Española) hicieron críticas demoledoras no solamente a la forma, sino también al fondo del dicho libro, empleando adjetivos como “irrisorio e irritante” (Senabre) o “ridículo y chorra” (Asensio Moreno). 3.- Hasta críticos generalmente afectos al autor, como Santos Sanz Villanueva (La Esfera, El Mundo, 23 de mayo de 1998) e Ignacio Echevarría (Babelia, El País, 16 de mayo de 1998), aunque hicieron enormes esfuerzos para medio salvar el libro, hubieron de introducir en sus críticas largos párrafos muy severos, con conceptos como “prolijo, moroso e insoportable” (Echevarría) o “confuso, rudo y no siempre acertado ni en el léxico ni en la sintaxis” (Sanz Villanueva). 4.- Pasado un mes y medio desde la publicación de estas manifestaciones, en una sección que nada tenía que ver con el menester crítico, en comentario titulado La gramática y los géneros (Babelia, El País, 11 de julio de 1998), Miguel García Posada (nombres y apellidos) aprovechó para aludir a Marías y su Negra espalda del tiempo y decir que se trataba de “Un libro estremecedor , divertido a ratos, pero de indudable raíz trágica... El autor sabe saltar a los formidables abismos del tiempo, el destino y la muerte”.


5.- A partir de tres días después, Alfaguara inició la inserción diaria de un recuadro publicitario, que duró varios meses, cuyo texto no era otro que el que acabamos de transcribir, subrayado, de Miguel García Posada. 6.- A mayor abundamiento, el texto es absolutamente falaz. Ni aunque el libro estuviese bien escrito -que ni mucho menos lo está-, ni aunque fuese interesante lo que en él se cuenta -que no lo es; es más bien irrisorio, ridículo, insoportable, como dijeron los críticos-, ni con todos los pronunciamientos favorables, hay nada en él que permita pensar ni remotamente que tenga nada de estremecedor, ni que por él aparezca algo parecido a los abismos del tiempo, el destino ni la muerte. Al Centro de Documentación de la Novela Española, llegó copia de la carta que una lectora, que compró el libro por causa del texto en cuestión, había dirigido a García Posada. En ella, tras aludir a la pretendida refutación de éste de las ideas de Vargas Llosa, decía, entre otras cosas, lo siguiente: “Voy a dejar de lado la desorganización del mismo [del libro], así como sus numerosos defectos de léxico, de gramática y de contenido. Estará de acuerdo conmigo en que se divide en dos partes bien diferenciadas: una -casi la mitad- que trata sobre, digamos, la “historia” de Todas las almas, y otra -más de la segunda mitad- en que transcribe, muchas veces literalmente, el contenido de dos o tres obras que el autor ha leido sobre o de dos escritores ingleses, Wilfrid Ewart y Oloff de Wet, al parecer poco conocidos. Aunque una y otra narración -una y otra parte- estuviesen bien escritas y con amenidad, que no es el caso, repito, ¿usted cree honradamente, señor Posada, que contienen algo que se pueda calificar de “estremecedor”? ¿Qué página, qué pasaje es “de indudable raíz trágica”? ¿Dónde salta el autor a “los formidables abismos del tiempo, el destino y la muerte”? Y el caso es que que usted ha escrito eso, que no es verdad, y la Editorial lo ha utilizado, como dice Vargas, “como extensión publicitaria” suya. En buena parte coincidente con la de Vargas Llosa, aunque todavía más dura y despectiva, fue la opinión de Andrés Trapiello, curiosamente uno de los novelistas que los citados Posada y Sanz Villanueva, así como Rafael Conte, “promocionan”. (Digamos entre paréntesis, antes de continuar, que estos tres críticos, que lo son de los tres medios de comunicación más influyentes, constituyen otros tantos “modelos” -también por su situación en el jurado del Premio de la Crítica-, cuyas “anécdotas” pueden ser elevadas con validez a categorías). La expuso [su opinión sobre la crítica Trapiello] en el número de ABC Cultural de 2 de enero de 1998. Comenzaba por definir al crítico profesional. Así: “Una de esas personas asalariadas que se ganan con esfuerzo su sustento escribiendo cada semana de éste o de aquél, según sopla el viento, y que al cabo de cuarenta años de “labor profesional” y cuatro mil reseñas periodísticas no logran reunir ni quince de ellas dignas de componer una triste plaquette con fines al menos arqueológicos”. “A menudo, seguía diciendo, leemos en los críticos profesionales tal o cual elogio hiperbólico y sin embargo nos asalta una duda (con frecuencia razonable) de venalidad u oportunismo, al tiempo que apreciamos una versatilidad en los juicios que resulta chocante”. Defendía en su artículo Trapiello la idea de que “los mejores críticos, los únicos críticos que valen, son los vocacionales, esto es, los que proceden del mundo de la creación -apasionados, subjetivos, arbitrarios, monomaníacos, invariables, inteligentes, con propia e interesada visión del mundo-, como Juan Ramón Jiménez, Azorín, Cernuda, Salinas, Cansinos, Bergamín, etc., etc.” Opinión con la que estoy absolutamente de acuerdo -¿cómo no voy a estarlo, si pertenezco a esa estirpe?- y que me lleva a hacer un inciso sobre algo -o alguien- que no es en


modo alguno ajeno al tema de este artículo. En el Centro de Documentación de la Novela Española, tenemos como uno de los libros de cabecera (cabecera de las mesas, se entiende) La novela española desde 1939: Historia de una impostura (Libertarias-Prodhufi, Madrid, 1994), de Manuel García Viñó, novelista y ensayista, quien, en 1967, publicó un polémico libro, Novela Española Actual (Guadarrama, Madrid), imprescindible para conocer la situación de la creción y la crítica del momento. Pues bien, a la vista de la serie de adjetivos que empleaba Trapiello para definir a los críticos mejores y únicos válidos, me viene a las mientes que un profesor del Departamento de Filología Española de la Universidad Complutense, inteligente e independiente crítico, Angel García Galiano, excelente novelista también, que ha demostrado serlo con su reciente El mapa de las aguas, en su comentario a la Historia de una impostura de García Viñó (Letras de Deusto, nº 64, Vol. 24, Bilbao, juliosetiembre, 1994), calificaba al autor, en dos andanadas de adjetivos, de “outsider, heterodoxo por antonomasia de nuestra literatura, arbitrario, vehemente, lúcido, extremo” y “entusiasta, furibundo, rotundo, nunca aburrido, que dice verdades del barquero, que mira demasiado su propio ombligo, por entusiasta de sí mismo y de la literatura de su siglo”. Quizá convenga añadir, dentro del espíritu de este trabajo, que García Viñó es uno de los escritores más implacablemente silenciados por los críticos del sistema y especialmente por los tres mencionados con anterioridad. En la línea de Trapiello y Vargas Llosa, añadiría yo que dar coba cada semana a un escritor desde criterios coyunturales no puede servir más que para el beneficio del negocio editorial; no para nada relacionado ni remotamente con la verdadera literatura. Pero es que los críticos profesionales basan su realización personal, su éxito social, en que los escritores estén contentos con los que escriben sobre ellos y les estén agradecidos por la publicidad gratuita que les hacen; en que los editores, por lo mismo, les llamen a presentaciones, jurados y otros almuerzos y, si llega el caso, les pongan en nómina... Todo lo cual es posible merced -o quizá se deba- a la inflación de la presencia de los medios de comunicación en todos los ámbitos, y a la aplicación de la máxima posmodernista de “todo vale”. La situación y, más aún, la disposición de la crítica literaria actual en España es muy parecida, si no igual, a la de los últimos sesenta y primeros setenta, cuando el auge excluyente del realismo social. Descalificaba en bloque la noveslística del momento, por su falta de altura de miras intelectuales, su carencia de imaginación y su ignorancia de las nuevas técnicas narrativas, producto de la cosmovisión que habían propiciado la nueva física y las nuevas psicología y biología, pero, cuando se trataba de obras y de autores concretos, se cantaban las alabanzas de unas y de otros. Como ocurre ahora, a los no alineados les costaba trabajo entender cómo, de la suma de tantas individualidades excelentes, resultaba un conjunto tan deplorable. Y esto nos lleva de la mano a otra “anécdota”, que remacha la prueba de cuanto vengo diciendo. Durante los primeros meses de este año, García Posada dedicó varias de sus columnas semanales en Babelia a denunciar la falta de altura intelectual de la novela española actual, la ausencia de auténticos creadores y la excesiva comercialización que se ha apoderado del mundo editorial, el cual ha dejado de ser un difusor de cultura, con la consiguiente servidumbre de los escritores, pendientes de encontrar temas que vendan. En este orden de cosas, el director de Editorial Tusquets, Tony López, ha llegado a decir (Babelia, El País, 6 de junio de 1998): “no podemos publicar a quienes venden menos de cinco mil ejemplares”. Ni aunque fuesen, supongo, un nuevo Joyce, un nuevo Kafka o una nueva Virginia Woolf. Pero, siguiendo con la anécdota: en cuanto publicó una (muy endeble, por los demás) novela Felipe Benítez Reyes, reconocido amigo de Posada, éste cantó sus alabanzas diciendo: “He aquí una


de las novelas del año. Por su ambición y por sus resultados. Por su subyugante personalidad, exhibida durante cerca de quinientas páginas de caja amplia. Por su derroche verbal, por la caudalosa inventiva que la atraviesa, por la hondura de su visión. Un producto absolutamente singular en el panorama de la reciente narrativa española”. Como se ve, un conjunto de afirmaciones apodícticas que nada prueban, pero que engañan al lector común, especialmente a aquellos inocentes que tengan a García Posada por autoridad. Crítica anticientífica y declamatoria donde las haya, que prueba la sumisión del que la escribe a la satisfacción y complacencia del autor y el editor. En el Centro de Documentación de la Novela Española, hay numerosos recortes que demuestran que, para García Posada, entre las varias “novelas del año”, siempre están las de sus íntimos. Si el novelista es nuevo, de fuera del sistema o, como ha dicho Vargas Llosa, enemigo, la reacción es la opuesta. A propósito de la, al menos discreta, novela de un principiante -Corazón negro, de Daniel Múgica- se despachó tonante Santos Sanz Villanueva (La Esfera, El Mundo, 4 de abril de 1998), quien, entre otras cosas, proclamaba: “un intento de suplir la insustancialidad de las anécdotas y de las vivencias con un estilo enfático y pretencioso. Un estilo, además, con no escasos errores gramaticales e hijo de un desdén por la expresión exacta. Múgica utiliza la propia novela para relativizar el uso de los pronombres y signos de puntuación, pero debiera guardar más respeto a las normas si no quiere confundir la libertad expresiva con la incompetencia lingüística”. Lo mejor que se puede decir de este juicio es que hubiese cuadrado a la perfección aplicado a cualquier novela de Javier Marías, de quien Villanueva es devoto. Lo que nos lleva a preguntarnos por cómo será de rechazable el libro de Javier Marías, Negra espalda del tiempo, de que hemos hablado con anterioridad, cuando hasta Sanz se atrevió a escribir, siguiendo muy de cerca lo expuesto en diversos trabajos de La Fiera Literaria, lo siguiente: “No está a la misma altura [a la misma altura del contenido que, digo yo, era nula] el estilo, de cierta rudeza cuando construye frases largas, de sentido confuso a veces y no siempre acertado ni en el léxico ni en la sintaxis, pues no faltan impropiedades semánticas y gramaticales”. No se atrevió a tanto como con Múgica, aunque, en realidad, hubiese podido y debido hacerlo; no le acusaba de nada parecido a confundir “la libertad expresiva con la incompetencia lingüística”, que hubiese sido lo justo y lo honesto y, para colmo, enguataba su crítica con esta increíble justificación: “Pero para él [Marías] la lengua es poco más que un vehículo neutro y funcional utilizado para llevarnos a un mundo entre real y fabuloso en el que aloja cuestiones morales e intelectuales sustantivas”. Sobre que, acerca de estas alturas morales e intelectuales que vislumbra Sanz desde su púlpito, se puede decir lo mismo que del carácter estremecedor, trágico, etcétera que palpaba Posada en el libro, está la estupefacción que produce leer a un crítico que, para un escritor de novelas, “la lengua es poco más que un vehículo neutro y funcional”. ¿Para quién, entonces, será herramienta fundamental y de primer rango? No debe faltar aquí una “anécdota” del “tercer hombre”, del otro crítico que, junto con García Posada y Santos Sanz Villanueva, es el más influyente -en razón, como los otros, del medio en que publica- de nuestro país: Rafael Conte. En su crítica a la novela El pecado de los dioses, de su compañero mediático e ideológico Jaime Campmany, entre las “batallitas” que contaba (Conte, en las primeras tres cuartas partes de sus críticas, siempre cuenta cosas; sólo alude al libro en cuestión en un breve párrafo final y jamás entra a fondo en la obra ni analiza sus -posibles- valores estético-literarios), entre las “batallitas”, digo, deslizaba esta afirmación, tal vez para amortiguar excesivas alabanzas anteriores: “Este libro, cuidadosamente escrito, un pelín arcaizante y más tradicional en su composición de lo que hoy se estila -las escenas juveniles no alcanzan el lenguaje debido de nuestros días ni sus comportamientos sexuales son demasiados verosímiles a veces, véanse los últimos


‘nadales’”... Es ejemplar este párrafo de lo que no debe ser una crítica ni una redacción en castellano. ¿Qué quiere decir “escenas juveniles”? ¿Es que las escenas son juveniles o avejentadas, porque intervengan en ellas jóvenes o viejos? ¿Y “el lenguaje debido”? ¿Qué quiere decir esa expresión en crítica literaria? ¿Qué tiene que ver con los valores literarios el comportamiento sexual? Y ¿de quién es el comportamiento, según redacta Conte? ¿De las escenas? ¿Es necesario escribir, según lo que hoy se lleva? Pero, sobre todo, desde el punto de vista de un análisis riguroso de una obra, ¿qué significa la referencia a “los últimos nadales”? ¿Por qué y para qué se aconseja al lector que vea los últimos “nadales”? ¿Constituye eso una obligada medición? ¿Forma parte de una escala de valores? La manera folcklórico-mundana que han ideado los editores españoles para obtener publicidad gratuita, aprovechándose de la inocente incultura del público y de la venalidad e incompetencia de la mayoría de los críticos, ¿tiene algo que ver con un análisis medianamente serio de las obras? Un primer juicio derivado de los ejemplos aducidos señala desconcierto. Personalmente, aunque sin descartar éste, prefiero hablar de arbitrariedad, pues no se puede decir en justicia que, al menos dos de estos tres críticos, carezcan de la suficiente preparación. Pero ninguno de ellos ha tenido el valor necesario para pechar con el precio de la independencia. No son “espíritus libres”, en el sentido nietzscheano de la expresión. Vargas Llosa y Trapiello los han acusado de amiguistas y venales. La venalidad existe, ciertamente, sea económica sea moral. Como también el amiguismo y la falta de rigor y de ética profesional. Un seguimiento, durante seis meses, de las páginas literarias de El País, ABC y El Mundo, así como a media docena de catedráticos de Literatura y otros tantos académicos de la Lengua, llevado a cabo por el Centro de Documentación de la Novela Española, dio el siguiente resultado, con cuya exposición termino esta visión de la crítica literaria española de hoy. Lo primero que hemos observado en los miembros de los tres grupos es una acusada tendencia al conformismo y al inmovilismo y, como consecuencia de ello, un terror visceral a lo nuevo, lo diferenmte, lo que es producto de una poderosa imaginación, lo original. Decía Bertrand Russell que “la gente teme al pensamiento original más que a nada en el mundo; más que a la ruina, más que a la propia muerte”. Críticos, académicos y profesores, en este sentido, son “gente”. Otras de las primeras cosas que descubrimos es que los tres gremios, unas veces juntos y otras por separado, han establecido unos cuantos cánones y pactado un convenio sobre su uso, reducción o ampliación. Canon de escritores vivos, canon de escritores muertos, canon de obras, canon de lo que se puede o no se puede (debe) aceptar, sobre a quiénes se puede o no se puede (debe) tener en cuenta. La inercia prima en el quehacer de estas personas. Es plena su disposición a decir sí ante todo cuanto está en las listas del convenio, a otorgarle el visto bueno. Y a rechazar a priori o a ignorar todo cuanto implique sorpresa. Fundamentalmente, cierran los ojos ante todo aquello que amenace con obligarles a emitir un juicio personal sin el auxilio de una bibliografía, aunque sea mínima, o unas consignas, generalmente provenientes, sobre todo en el ámbito de los críticos, del mundo editorial. Por razones canónicas, se sienten obligados en la actualidad a tomarse en serio a escritores como Javier Marías, Amudena Grandes, Maruja Torres, Rosa Montero, Josefina Aldecoa, Muñoz Molina, Juan Luis Cebrián, Juan Marsé, el detective Carvalho, Fernando Savater, Molina Foix, García Montero, José María Guelbenzu, Benítez Reyes, etc., porque se lo han tomado en serio antes otros, a su vez apoyados en el “juicio” de otros más, sin que nadie en la cadena caiga en la cuenta de que, en el origen del bulo, está la publicidad, los intereses comerciales,


los del poder, una política bastarda y, sin duda, el ansia humana de hacer desaparecer al “otro”; más, cuanto más “otro” sea. Sobre este tema, escribió lúcidamente Juan Ramón Jiménez: “Lo querían matar / los iguales / porque era distinto”. Que esa actitud excluya, silencie, aherroje en las catacumbas a muchos valores auténticos, no les preocupa. La injusticia no les preocupa. Todo vale, con tal de no verse obligado a pensar, a poner en cuestión los criterios dominantes ni los intereses particulares y de la “organización”. Normalmnte, ninguno es capaz -ni lo busca- de ponerse en disposición de discrepar. Su tranqulidad depende de navegar a favor del viento, en la dirección de la corriente que más empuja, disimulando el vacío, la nada, la chatez, la mediocridad, la falta de una concepción del mundo y de la literatura mediante la exhibición del conocimiento de fechas, de datos, de los nombres que suenan, nunca de ideas. Ante la aparición de un nuevo Kafka, un nuevo Joyce, un nuevo Faulkner, no sabrían qué decir. Cuando hacía crítica literaria en ABC, Andrés Amorós se encontró una vez con que tenía que juzgar la primera novela de una escritora. Al principio de su comentario, escribió -cito de memoria-: “Como se trata de una primera novela, y su autora, por tanto, carece de bibliografía, al crítico le cuesta mucho trabajo decir algo sobre ella”. Finalmente, digamos que, en esta búsqueda de comunes denominadores, hemos encontrado que, por parte de los críticos, profesores y académicos, se defiende y promociona la novela costumbista y la de peripecias. Realmente, se hace difícil entender que, a estas alturas del siglo, cuando la novela ha navegado ya por anchas mares de desarrollo contenutista, técnico y formal, reclamada, como hemos dicho, por la nueva concepción del mundo propiciada fundamentalmente por la teoría de la relatividad y la mecánica quántica, y cuando está la televisión para satisfacer las ansias de fábula de la gente más sencilla e inculta, resulta difícil, digo, comprender que esto sea así. Pero lo es, y la propaganda con que se intentan vender estos productos produce sonrojo. Véase, por ejemplo, cómo Editorial Planeta presentaba la novela ¡Soy la madre! (el título ya se las trae), de Carmen Conde, recién ingresada a la sazón en la Academia y que con ella obtuvo “casualmente”, poco después, el premio que otorga dicha editorial: “El despótico cacique de un pueblo viola a la joven Laurencia y, unos años después, empujado por los celos, hace matar al modesto campesino que se había casado con la muchacha. Estos dos dramas deciden la personalidad de Laurencia, obsesionada por el odio que siente hacia don Diego y con un amor exclusivo por su hijo, Francisco, que le mueve a consagrar su vida a él. Muere don Diego y lega toda su fortuna a Laurencia, quien ahora tiene que elegir entre rehacer su vida junto a otro hombre, que le propone ser su marido o seguir viendo sólo para ser madre”. ¿A quién puede ir dirigida una propaganda semejante? ¿Hay, de verdad, personas en España que sepan leer y a la vez se sientan atraídas por semejante reclamo? Pero lo más triste, lo descorazonador, no es este descenso al nivel de los más obsoletos folletines, de los más lacrimógenos seriales radiofónicos, desde posiciones que se presentan como cultas, pues el premio que concedieron a esta obra lo concedió un jurado compuesto por críticos y profesores de literatura; lo verdaderamente triste es que la novela, escrita por una autora que había tenido el honor de ser la primera mujer académica en nuestro país, responde en un todo a ese resumen que se ofreció como señuelo publicitario. Algo parecido podríamos decir de la, más reciente, presentación de Editorial Tusquets, en la contracubierta del libro, de la novela Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes:


secretos de una familia burguesa, celos entre hermanas gemelas, niñas que quieren ser niños, maldiciones, miedos, etc., etc. Un peliculón. Si se atienden las páginas de cultura del diario El País, en las que prácticamente sólo se dan noticias, como en su suplemento Babelia, de las editoriales Alfaguara, Anagrama, Tusquets, Espasa Calpe, Alianza y Planeta, parece que la primera obligación que tiene hoy un novelista, para entrar en el carrusel del éxito, es contar cómo fue la década de los setenta o la de los ochenta, preferentemente en Madrid o en Barcelona. Si la descripción, más o menos pormenorizada, de décadas y urbes, urbes y décadas, se adereza con una buena dosis de sexo bruto, droga y delincuencia, por supuesto sin trascender, se cumple satisfactoriamente con la demanda. La apoyatura autobiográfica de todo este material, digamos, novelístico, es abrumadora. La falta de aportación personal, de creatividad, de imaginación, por parte del autor, ostensible. ¿Cómo unos críticos que no sólo admiten esto, sino que, cómplices de los mercaderes, lo bendicen y promocionan, con exclusión de otros escritores que también existen y que se ven obligados a publicar en editoriales semiclandestinas, van a cumplir esa misión de orientadores, historiadores y teorizadores que cumplieron gloriosamente los críticos del medio siglo?


CARTA A LOS SEÑORES DE LA GUERRA (GARCÍA DE LA CONCHA, RICO, MAINER, SALVADOR, JORDI GRACIA, VILLANUEVA, ETC. (AQUÍ EL NOMBRE DE OTROS PROFESORES DE LITERATURA, CRÍTICOS LITERARIOS, DIRECTORES DE SUPLEMENTOS CULTURALES, ACADÉMICOS, MINISTRAS Y MINISTROS DE CULTURA...)

Ligeramente aplacada en sus justas, vindicativas y elíseas iras tras los fuegos estivales, La Fiera ha decidido darles a ustedes, ahora que los vientos empiezan a soplar negros para la industria cultural y antes de que se hundan del todo con ella y con las maldiciones que, desde sus tumbas, les estarán mandando, entre muchos otros, Cervantes, Quevedo, Lope, Calderón Herrera (¡el primer crítico en nuestra lengua!), Gracián, Fray Luis de Granada y San Juan de la Cruz, otra oportunidad. Ustedes saben desde hace mucho tiempo que llevamos razón y que es por eso, y no por otra causa, por lo que no duermen tranquilos; ustedes saben que uno de los dos grandes patrimonios que tiene nuestro país, la literatura -el otro es la pintura- está en gravísimo peligro por contagio de una sucia enfermedad de nuestra época: el ansia de ganar dinero, muchísimo dinero, más del que se necesita y se podrá gastar, a costa de lo que sea: en el caso que más nos afecta a ustedes y a nosotros, mediante la maniobra de convertir el libro en un valor de cambio, no de uso y, para ello, mentir, manipular, falsear, corromper... Saben que no hay razones para brincar y palmotear como el profesor Rico hizo, chillando: “¡qué bien! ¡Lo mejor de la novela española de hoy es que en ella se unen calidad literaria y éxito de ventas!”, cuando la verdad es exactamente lo contrario. Que, aunque nosotros seamos, como atinadamente ha señalado don José Carlos Mainer, unos resentidos -al fin y al cabo, dijo Sánchez Dragó en la memorable ocasión del bautizo televisivo de La Fiera, el resentimiento es un sentimiento muy humano- y unos envidiosos, lo importante es que lo que decimos es la pura verdad, resumida en fórmulas o’garthianas como “los más lanzados son los más ineptos”, “hacen vender más a los que menos tienen que ofrecer”, “actúan desde la infernal consigna delenda est literatura”, cimentadas sobre la seguridad de que, como ha escrito Derrida, “la sociedad actual vive inmersa en la mentira absoluta”. Que es una innegable verdad lo que dijo Gregorio Salvador, hace unos años, en la Universidad Menéndez Pelayo, de que el noventa y nueve coma nueve por ciento de las novelas que se publican hoy en España son malas sin paliativos, aunque, si esto no se ilustra con la afirmación de que tal acusación se hace con referencia a las que van firmadas por Muñoz Molina, Javier Marías, Almudena Grandes, Rosa Montero, Juan José Millás, Antonio Gala, Maruja Torres, Lucía Etxebarría, Rosa Regás, Juan Manuel de Prada, Pérez Reverte, Eduardo Mendoza y sucursales de barrio de todos ellos, tipo Trapiello, Pombo, Mateo Díez, Cercas, Espido Freire, Landero, Soledad Puértolas, Clara Sánchez, etc., que son a quienes más hacen vender, no sirve para nada. Que es un crimen de lesa cultura que Juan Luis Cebrián, Fernán Gómez, Pérez Reverte, Javier Marías y Muñoz Molina estén en la Academia, para la que nunca se ha pensado en Rafael Morales y a la que se le ha cerrado el paso a personas como Antonio Quilis y José Luis Castillo Puche. En fin: que, en razón o sinrazón de que todo esto y cuanto llevamos dicho es, insistimos, la verdad, ustedes nos odian, y, desdichadamente para ustedes, ahora y a pesar de nuestra actitud caritativa, nos van a odiar más. Y ¿saben por qué? Porque no son tan inteligentes como se creen y siempre creyeron sus idolatradas madres, pues lo inteligente sería que reconocieran que se han equivocado de bando o que han tenido la debilidad de venderse a cambio de muy pocas lentejas. Por cierto que nosotros, que no somos ni pizca de tontos, sabemos de sobra que no todos ustedes, señores académicos, profesores, críticos, directores de suplementos culturales, son recuperables. A don Francisco Rico, los servicios médicoliterarios del Centro de Documentación de la Novela Española, lo han desahuciado hace tiempo. Nos gustaría dar mejores noticias próximamente del señor García de la Concha, de momento en la UVI. Dijo Jonathan Swift que, “cuando aparece un verdadero genio, puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. La Fiera Literaria es genial y, como todo lo genial, nació cuando tenía que nacer, profética y denunciadora, incorruptible y desfacedora de


entuertos: sin doble fin, sin doble moral ni blanca doble, pues no juega al dominó ni a ningún otro juego en que el azar ocupe más sitio que la necesidad. No se comporten ustedes como necios. No vayan ustedes contra la historia. Ni contra sus propios intereses de amantes de las letras, algo que, como el código castrense el valor a los soldados, les suponemos que son. Sería una pena que, al final, tanto derroche de talento, imaginación y salero, por parte de las personas que aquí trabajamos y que ustedes no pueden ni sospechar quiénes son, sólo sirva para, como dijo el profesor Juan Ignacio Ferreras en carta a nuestra directora que dio la vuelta al mundo, sólo sirva para que, en el siglo XXII, se sepa que no todos los españoles de principios del siglo XXI carecían de sentido crítico ni se habían vendido. Si ustedes hacen un acto de humildad al tiempo que de amor a nuestra lengua, a nuestro pasado -y un tanto del presente- literario, algo puede cambiar todavía. Saben tan bien como nosotros, y con más datos, que los tinglados de los Polanco, los Lara y sus imitadores de Espasa, Anagrama, Tusquets, etc. no defienden los mismos intereses que ustedes juraron defender cuando velaron sus armas ante el altar de don Quijote. Aún están a tiempo de hacer algo por limpiar, fijar y dar esplendor a una de las lenguas más bellas del mundo y de la historia, y a la literatura que de ella ha brotado. Aún lo están de dominar a la jauría de los pregoneros chabacanos y de los fabricantes de los productos pregonados. Pese a haber invocado el lema de la Academia -esa desfasada institución cuyas momias y cuyos lechuguinos ya deberían haber sido reemplazados por ordenadores y cuadrillas de filólogos y lingüistas innominados, cada vez más club social que institución cultural, cada vez más tinglado editorial, cada vez más vacía de especialistas y llena de aquéllos que la industria quiere que estén allí, como sostén de un gancho más para promocionarlos: ¿qué carajo hace Mateo Díez donde no está Quilis? Se comportan ustedes como políticos-, nos dirigimos a todos, como desde el principio: profesores, críticos literarios, directores de suplementos y revistas culturales... ¡Culturales! ¿Son culturales esas Holas del mundillo literario que han proliferado al calor de la industria? Ellas son también especies a extinguir, como los críticos a sueldo y los escritores transgénicos. Hagan examen de conciencia. ¿No se autoengañan por miedo a enfrentarse con el poder económico y perder sus favores o el importe de sus anuncios publicitarios? ¿No condenan la novela que hoy día se escribe, se publica y se promociona cuando se expresan en términos generales, mientras, ante los casos concretos, defienden lo indefendible? ¿No son conscientes de que, tras el crecimiento en valores estéticos e intelectuales de la novela en el siglo pasado, cuando el género alcanzó las más altas cotas de la historia, los fabricantes de libros actuales promocionan el vacío de ideas, la peripecia vulgar y las formas del entreguismo pregaldosiano? ¿No condenan ustedes la crítica literaria, pero a ningún crítico concreto? ¿No se sienten obligados a dar el visto bueno a todo lo que tienen éxito de ventas, siendo así que lo tiene precisamente por su falta de exigencia, de rigor y de honradez intelectual? ¿No comprenden que han declarado intocables a personas que nunca debieron estar donde, con la complicidad de ustedes, se han o las han colocado? Esos muñoces, grandes, monteros, torres, marías, pradas, millás y demás miembros de la caterva que los sigue no es que sean malos, es que son dañinos y contagiosos... Tantas claudicaciones ¿a cambio de qué? ¿De verdad prefieren acudir a cócteles y saraos para recibir la sonrisa entre autoritaria y agradecida del Gog de turno, a quedarse a solas con la verdad y la tranquilidad de sus conciencias? ¿No ven que eso les lleva a fundir y confundir a braceros, funcionarios o vendedores de castañas de la pluma, como Hortelano o Marsé, con los auténticos escritores, por otra parte cada vez más escondidos en catacumbas o aherrojados en mazmorras inaccesibles? ¿Por qué hablan en el mismo tono de Saramago -un auténtico escritor que, como Valgas Llosa, haría mejor papel si se dejara mimar menos por los domadores-, o incluso de Sampedro y Ayala, que el que emplean para referirse a los tristes payasos ya nombrados?


¿Por qué acogen como a redescubridores, una vez más confunfiendo resultados de marketing y “éxitos de venta”, con calidad literaria, a esos productos de importación, manipulados ya en origen, de las Zoe Valdés, las Isabel Allende y tantos más que les está colando Alfaguara. ¿Por qué se sienten obligados, en fin, a aceptar sin reparos todo lo que la industria editorial produce? ¿Se han olvidado ustedes de la generación perdida, de la beat generation, del nouveau roman, los angry young men, de esos colosos como Kazantzaki, como Hesse, Mann, Joyce, Woolf, Morgan, Abellio, Mauriac, Greene, Green, Kafka, Svevo, Musil, Pavese, Camus, Faulkner, Steinbeck, Scott Fitzgerald, etc., etc.? Si no, ¿cómo hablan entonces de obras maestra refiriéndose a productos de los mediocres del sistema político-cultural de la Españeta, que se cree que va bien sólo cuando va bien en economía? No protesten en su día; no hagan, ahora, generalizaciones. La falsedad, “la fraude” ha subido “a tribunal augusto”, que diría Argensola, con el visto bueno de ustedes. Si ustedes han leído, como era su obligación, nuestro ensayo Los escritores más vendidos y el retraso mental, han tenido que comprender que sus elementos sólo han podido ser recogidos de la basura: de esa basura que al lector españetolo, tan poco preparado, se le ofrece como un tesoro, para que lo esté todavía menos. No cometan la frivolidad de ignorarnos o, lo que es peor, hacer como que nos ignoran, basándose en el socorrido expediente de que actuamos por resentimiento, porque lo que importa no son nuestras motivaciones, sino si lo que decimos es o no cierto. Tampoco, la de minimizar nuestra implacable crítica, basada en un método completamente nuevo y cuasi infalible, porque en ella se haga uso abundante del humor y de la ironía. Sobre que la ironía y el humor son cualidades propias de inteligencias superiores, sepan ver que es la mejor manera posible para, tras demostrar la ignorancia de la lengua que supuestamente emplean y de su gramática que padece tanto pseudoescritor, hacer ver que, de tan ridículos e inmaduros, son risibles, entes de risión, en lenguaje o’garthiano. Para sacar provecho de la industria cultural, pues está claro que lo sacan, están pagando un altísimo precio, a costa de un patrimonio que no les pertenece. Nos pertenece a todos y a nuestros descendientes. La novela, en forma y contenido, ha sufrido un retroceso de más de cincuenta años: los mismos años, más o menos, de retraso que nuestro país ha llevado siempre por la historia. No volveremos a advertirles. Reflexionad y orad. Y actuad en consecuencia. Antes de que suene el día de la Fiera, grande y terrible, y les entregue a todos al anatema.


NOVELA Y CONVERGENCIA CON EUROPA Tuve que pronunciar la conferencia inaugural de unas Jornadas sobre Medio Siglo de Narrativa Andaluza, organizadas por la Asociación Andaluza de Críticos Literarios y el Ayuntamiento de Málaga. En el coloquio subsiguiente, el problema planteado por una estudiante de Filología llevó al profesor y novelista Antonio Prieto a contar una anécdota del tiempo en que era lector de español en Florencia. Una alumna vino a Madrid a pertrecharse de obras de Fernández Santos, para su tesis. No encontró ni una en tantas librerías cuyos fondos apenas suelen sobrepasar las mesas de novedades. Intervine para decir que lo mismo no hubiese ocurrido en París. Para un estudio sobre lo que ella llamaba "el círculo narrativo de J.P. Sartre", una chica a quien di clases en el Taller del Centro de Documentación de la Novela Española pudo traerse todo cuanto necesitaba de las del Boulevard Saint Michel. Se recordará que Aznar, cuando era presidente del gobierno, puso en circulación el slogan "España va bien" y casi todo el mundo lo aceptó. Pienso, por el contrario, que, en lo importante, en todo cuanto afecta a la cultura, iba y va muy mal. En el campo de la novela, por ejemplo, en el que vengo luchando desde hace más de treinta años por poner la nuestra a la hora del mundo, no cumple los "criterios de convergencia", como se dice en economía, anclada en la estética de un costumbrismo decimonónico. Ni parece en disposición de ir a cumplirlos. Para quienes aquí tendrían posibilidades de decisión u orientación, "ir bien" equivale únicamente a prosperidad económica. No hay más que ver las obras que se jalean y cómo tratan los medios de comunicación la Feria del Libro. Se siente vergüenza al ver con arreglo a qué escala se valora el mérito de los escritores. Se considera "triunfador", no a quien haya publicado la mejor novela, sino al que haya vendido más ejemplares. Y si se habla de "crisis de la novela", no se la está aludiendo como género literario en un momento de debilidad creativa, sino como objeto de cambio que no fluye convenientemente en el mercado. La problemática planteada en los 40 por René Guénon en Le regne de la quantité el les signes des temps, basándose en un desequilibrio en menoscabo de la calidad, no es nada en comparación con lo que ocurre ahora. Si se contempla el persistente costumbrismo antimodernista ya aludido, detectado como constante histórica por Juan Ignacio Ferreras en su España contra la modernidad, pocas esperanzas se pueden tener de que el panorama cambie. Quien se empeñe en que seamos literariamente Europa es mirado con recelo, cuando no ignorado, incluso por la crítica universitaria, que otorga todos sus plácemes a los que, como Delibes, Cela o Umbral, centran su interés en la España zaragatera y triste y no precisamente para criticarla. Frente a esto, lo único que se admite son los cultísimos contenidos aportados por la aguerridas mozas de nuestra novela -las Grandes, Etxeverría, Clara Sánchez, Montero, Lindo, Torres-, referentes a cuánto y qué bien se folla. Yo, que siento y pienso de una forma enteramente diferente a la castiza, tengo sobre el particular una experiencia impagable. En 1967, publiqué un libro titulado Novela Española Actual, que fue tomado como un manifiesto y quizá lo era. En pleno imperio del costumbrismo, tremendista o no, y del llamado realismo social, yo pedía, sañalando los ejemplos de unas obras que pretendían ser "otra cosa", más imaginación, mayor calado intelectual, una concepción del mundo y una teoría literaria subyacente y las consiguientes novedades técnicas y formales. Mi manifiesto, que suscitó una polémica tan grande que, recopilada en sus documentos, me dio más tarde para un libro de más de doscientes páginas Papeles sobre la “Nueva Novela” española (Eunsa, Pamplona, 19 ), propició el movimiento literario que se llamó de la novela metafísica o del realismo total. Fui, por ello, borrado de la nómina de novelistas españoles. Manuel Mantero me escribió desde la Western Michigan University: "Has sabido ver la contingencia de la novela social y eso no te lo perdonarán". Y no me lo perdonaron. Durante un tiempo, con la ayuda de un par de críticos de prensa a la sazón influyentes, como Antonio Valencia y Manuel Cerezales; un profesor universitario,


especialista en la gran novela europea y americana del momento, como Mariano Baquero Goyanes; tres novelistas con vocación universalista de la generación anterior, como Castillo Puche, Torrente Ballester y Álvaro Cunqueiro y, sobre todo, de un escritor europeo residente en España, Vintila Horia, logré liderar un grupo -lo digo así porque así fue y testimonios de sobra hay- de narradores integrado en primer lugar por Carlos Rojas y Andrés Bosch; luego, por asimilación llevada a cabo por mí o por los comentaristas, Antonio Prieto, José Tomás Cabot y Alfonso Albalá y, mediante sus obras, pues ellos fallecieron por aquel tiempo, Manuel San Martín y José Vidal Cadellans. Cuando le conocí años más tarde, Antonio Risco me demostró que, por el mismo tiempo, él trabajaba ya en la misma dirección. Como lo estaba haciendo también, desde sus comienzos, Juan Ignacio Ferreras y Juan Goytisolo. Este grupo, según empiezan a reconocer y a pregonar estudiosos actuales de entre treinta y cinco y cincuenta años, especialmente a partir de la publicación en 1997 de un número de la revista Anthropos dedicado a mi obra en relación con la novela metafísica, representó para la novela española lo que el nouveau roman para la francesa, los angry young men para la inglesa, los antirrealistas para la alemana y la beat generation para la americana. Y es el caso que la revolución formal y contenutista que unos pocos pretendimos hace treinta y cinco años es ahora tan necesaria como en la época a que me vengo refiriendo. Aparte de que la novela española -lo que parecía imposible- ha caído todavía más bajo desde un punto de vista estético, las posibilidades de disensión y de reacción son ahora prácticamente nulas. La que se autodenomina con desvergüenza "industria cultural" maneja de forma tan apabullante el marketing, que al lector español no se le deja opción para elegir otro tipo de literatura, pues se le ha llevado hasta a ignorar su existencia. A los españoles que visitan librerías se les "obliga" a consumir -ni siquiera a leer, según las estadísticas- un tipo de novela enraizada estéticamente en el XIX y que aún entonces hubiese sido mala. Cuatro escritores, espiritualmente vinculados a ese libelo genial que es La Fiera Literaria, en carta abierta dirigida a quienes consideramos integrantes y propulsores de una auténtica mafia editorial, hemos preguntado: aun estimando que el fin principal de un editor sea ganar dinero, ¿por qué, pudiendo hacerlo con productos dignos, lo hacen con basura? Y el caso es que hay críticos y, lo más incomprensible, escritores, que justifican esta situación. En un coloquio televisivo, contra mis protestas en contrario, Juan Ángel Juristo y Eduardo Chamorro sostuvieron que, en una sociedad de libre mercado, las editoriales, que son empresas comerciales, tienen perfecto derecho a ganar dinero como les dé la gana. Y a silenciar -a esto se sumó Luis de la Peña- a quienes no pertenezcan a su cuadra. Sin pararse a pensar que en el caso entra en juego una mercancía muy especial, el libro, que es un vehículo de ideas y debe serlo también de valores éticos y estéticos. Como sostuvo en el mismo programa Juan Francisco Lerena, el marketing aplicado a los bienes espirituales no solamente es nefasto, sino muy peligroso para la salud de una sociedad. En el coloquio a que me he referido al principio, Antonio Prieto, hablando de las ventas de los libros, preguntó: "pero ¿cómo voy yo a competir con Ana Rosa Quintana?" Comprendimos todos lo que quería decir y algunos nos quedamos aterrados. Digo yo ahora: ¿hay alguien, en el mundo cultural de este país, que caiga en la cuenta de lo terriblemente grave que es la realidad aludida en su pregunta por Prieto? Porque la cosa se traduce así: Antonio Prieto, experto teórico del género narrativo y competente novelista no puede competir, en el terreno de su especialidad, con una advenediza, que, como tanta gente en España, con las bendiciones de editores, críticos y directores de medios de comunicación creen que novelar es simplemente ponerse a contar cosas, y no una actividad creativa, tendente a plasmar una obra de arte literario que, además de una serie de elementos conducentes a la creación de valores estéticos, exige que el autor se sustente en una poética personal y una cosmovisión.


Escritores y críticos como Guelbenzu, García Posada, Ignacio Echevarría, Rosa Mora, Molina Foix y otros colaboradores del suplemento cultural del diario El País, festejan siempre que tienen ocasión que ser novelista está de moda, porque da dinero y prestigio social. Es evidente que creen, como cualquier advenedizo, que novelar consiste en ponerse a contar cosas, ratificando su creencia con esa estupidez para uso de impotentes que pregona que novela es todo libro debajo de cuyo título se pueda poner la palabra novela. Ni muchísimo menos. La novela es una manifestación del arte -bella- de la literatura y requiere, como he dicho, desde la posesión de una poética personal o, siquiera, epocal, hasta una concepción del mundo subyacente al conjunto de obras de un escritor. Exige saber crear un tiempo y levantar un espacio. Y una adecuada forma de presentación de la realidad novelesca, entendiendo por adecuada la única e irrepetible forma de hacerlo en ese caso, delante del lector, con los necesarios bulto, consistencia y expresividad. Y el necesario juego de alusiones y elusiones. Y la aplicación de esa lente translúcida que sugiere objetos y personajes, situaciones, diálogos y paisajes, produciendo el extrañamiento sin el cual no hay valores estéticos, valores que no se sustentan en la belleza y armonía del lenguaje –que tiene que ser más funcional que lírico-, que son valores que pertenecen al orden de lo poético. Y una serie de elementos más que no están al alcance de esos presentadores de televisión, locutores de radio, economistas, artistas del folcklore, expresidentes de comunidades autónomas, directores de cine, personajes populares en general, que se dedican a contar su servicio militar, su expericia de madre o abuela, sus mudanzas de piso, su jubilación, las vicisitudes de su asistenta -todo ello sin trascender, por supuesto- o cómo le fue a su familia en la Barcelona de los 70 o en el Madrid de los 80. En este orden de ideas, el "lector" español, que ya creía haberse enterado de lo más importante sucedido en el planeta, mediante la adquisición masiva del libro de Antonio Gala Ahora hablaré de mí: cómo el celebrado escritor adquirió un piso, cómo no fue capaz de obtener el carnet de conducir, por qué medios viajó de acá para allá, cómo se lleva con sus perros, etc., etc., se ha llevado la gratísima sopresa de que aún puede asumir, para su enriquecimiento espiritual, conocimientos aún más importantes, como los que le suministra el libro La Eva Futura, de Lucía Etxevarría, al que mezquinamente los críticos han calificado de ensayo, cuando es expresión de la más elevada filosofía existencial. A saber, que Lucía perdió la virginidad a los trece añitos; que solita ha descubierto que ser joven, guapa, tetona y cínica ayuda a vender libros, y que, como Mónica Lewinsky su famoso vestido azul, ella conserva la falda escocesa en la que se derramó el primer muchacho al que masturbó... Enunciados de alto contenido que la llevaron a ocupar los primeros lugares en las listas de bestsellers. Aun sin necesidad de echar mano de pruebas tan contundentes de que vivimos literariamente en plena abominación de la desolación, como clamaba el profeta Daniel, hay que denunciar la culpa que tiene la critica literaria, con Rafael Conte, Miguel García Posada, José María Pozuelo Yvancos, Jordi Gracia, Darío Villanueva, Jordi Gracia y Santos Sanz Villanueva a la cabeza, de que se haya llegado a semejante estado de cosas. A cambio del reconocimiento social por parte de editores y escritores, los críticos no se atreven a establecer la necesaria jerarquización. Los nombrados y sus epígonos, que hacen legión, descalifican la novela española actual en bloque, pero llegan al ditirambo cuando juzgan obras concretas. Ingenuamente, uno se pregunta que cómo es posible que de la suma de tantas obras maestras resulte un total tan deleznable. De la falta de la necesaria jerarquización tenemos un ejemplo paradigmático. Arturo Pérez Reverte es un aceptable periodista y un pasable articulista... Pero, como novelista, aparte de que se apoya en una estética obsoleta, sus novelas no pasan de ser obras de entretenimiento, es decir, muy poca cosa en el siglo de Heliópolis, Los ojos de Ezequiel están abiertos, Las abejas de cristal, Santuario, La Modificación. La hora veinticinco, Dios ha nacido en el exilio, El poder y la gloria, Mil novecientos ochenta y cuatro, Las uvas de la ira, Thérese Desqueiroux, Leviathan, El extranjero, etc. En Europa, en el siglo XX, las novelas de


Pérez Reverte, que nuestros críticos celebran como acontecimientos literarios, hubieran sido novelas de quiosco. Con la complicidad de los críticos más influyentes, que, estoy convencido, intercalan en sus críticas, por encargo expreso o tácito de los editores, frases desglosables, utilizables en la publicidad, se pregonan las excelencias de escritores tan del montón como Muñoz Molina, uno entre doscientos más que hay en España, con nada especial para haber sido el académico más joven; Juan Manuel de Pradas, Javier Marías, Molina Foix, Juan José Millás, Benítez Reyes... Autores de obras "maestras, únicas, importantísimas", según los críticos y, en ocasiones, según ellos mismos en indecoroso bombeo mútuo. Y uno vuelve a preguntarse ingenuamente: si de las paridas de estos escribientes dicen tales cosas, ¿qué adjetivos emplearía esta gente para calificar La montaña mágica, El juego de los abalorios, Ciego en Gaza, El proceso, El ruido y la Furia, La ruta de Flandes, El viejo y el mar, Los acantilados de mármol, Sparkenbrouke, Crónica de los pobres amantes o Hacedor de estrellas? Tan de señalar como la ausencia de una escala de valoraciones respetable es la falta de denuncia y justa condena para auténticos crímenes de lesa cultura, como las demenciales "profecías" de Juan Manuel de Pradas sobre la novela del siglo XXI; como los anuncios a grandes titulares, por parte de El País, de que Javier Marías, con una recopilación de malos artículos sobre fútbol, "ha descubierto la épica y la estética del hombre común", esto es, digo yo, lo que no lograron los pobres Epicuro, Séneca, Pedro Abelardo o Gandhi; que Almudena Grandes gane un premio de literatura erótica, convocado por una colección hasta entonces prestigiosa, con una novela que ni siquiera es pornográfica, sino de casposo costumbrismo sexual; que los premios Alfaguara vayan a parar a empleados de Alfaguara; que un analfabeto congénito como Umbral, sin duda auxiliado por negros, disparate una semana sobre Freud, la siguiente sobre Einstein y otras más sobre Picasso, Joyce, Juan Ramón Jiménez o quien se le antoje, diciendo barbaridades que no diría un alumno medio de bachillerato... Un día -este ejemplo merece un aparte-, el diario El País, bajo el título Los filósofos, publicaba una fila de fotos que eran de Sartre, Heidegger, Jaspers, Habermas, ¡y Savater! Si ese día no retumbó una carcajada desde los Pirineos hasta el estrecho de Gibraltar es que los culturetas de este país tienen más tragaderas que el campeón de tragaderas del 75, que era una fiera tragando. ¿Qué se pretende con esto? ¿Por qué, existiendo productos dignos -porque existen-, se pretende hacer negocio, y se hace, editando basura? ¿Por qué quienes podrían publicar obras serias, qu aalgunas habrá, se empeñan en inundar las librerías con piezas sonrojantes de Maruja Torres, Almudena Grandes, Rosa Montero, Javier Marías, Guelbenzu, Antonio Gala, Muñoz Molina Foix, De Pradas, Benítez Reyes, que los críticos del Círculo de Fuencarral han demostrado que no solamente están muy mal escritas, sino que son risibles? Algo hay que hacer, sobre todo por parte de quienes tienen posibilidades -por tanto, obligación- de hacerlo. La esperanza no está perdida. Porque, como dice un proverbio rumano, las gallinas vuelan a veces más alto que las águilas. Pero las gallinas nunca alcanzarán las nubes.


II


LA CRÍTICA ACOMPASADA Procede resumir aquí lo que dije en La gran estafa acerca el método de crítica empleado en este libro, pensando en los lectores que no conozcan aquél.. Es el método que utilizan los críticos del Círculo de Fuencarral, vinculado a La Fiera Literaria. Exige una lectura muy minuciosa de las obras, por lo que se sitúa en las antípodas del impresionismo empleado por la crítica de prensa. Rigurosamente científico, no había sido empleado hasta ahora, aunque se fundamente en una manera de trabajar que sería la primera que se le ocurriría a quien estuviese dispuesto a hacer algo más que un resumen de las notas tomadas durante la lectura. Lo llamamos crítica acompasada porque se va haciendo al compás de la lectura y va cuajando en anotaciones que, por lo general, permanecen inalteradas, aunque un juicio posterior pueda llevar a cambiar la interpretación de alguna. De esta suerte, van siendo puestas al descubierto las faltas gramaticales, los errores de léxico, los atentados contra la lógica, la estética y el estilo y, hablando sin disimulo y casi podría decir que sobre todo, las auténticas tonterías, que abundan en los libros aquí analizados. Al comentarlas, como al comentar los atentados contra el más elemental raciocinio, en este tipo de crítica se suele emplear la ironía y el humor, que como pocas herramientas hacen ver la baja calidad de determinadas novelas que están circulando como obras excepcionales. De vez en cuando, se hacen resúmenes parciales sobre alguna característica estilística o, mejor, pseudoestilísica del autor, o, más veces, se aclaran conceptos o se hacen formulaciones de estética general o de teoría de la literatura. Y, por razones derivadas del dominio que ejerce hoy sobre la literatura, especialmente la novela, la industria cultural, no suelen faltar apuntes de lo que podríamos llamar sociología de la vida literaria, que ayuden a comprender el “éxito de público y de crítica” obtenido por un “producto” que nosotros demostramos que es deleznable. De las dos grandes tareas que ha de cumplir la crítica literaria, a saber, señalar los valores que hacen literariamente importantes determinadas obras y han sido ignorados por la mayoría, y denunciar los contravalores, sobre todo, por no decir exclusivamente, en el caso de las de autores que están siendo valorados por encima de sus méritos, que en muchos casos suelen ser nulos, nosotros hemos elegido, por exigencias del actual estado de la sociedad manipulada por un sistema que maneja exhaustivamente, con el fin de conseguir cuotas de poder y beneficios económicos, la corrupción y la mentira, exclusivamente la segunda. Junto a la lectura y señalamiento de las faltas gramaticales y demostraciones involuntarias de inmadurez de pensamiento, una serie de instrumentos completan y cualifican en muchas ocasiones la lectura minuciosa, línea por línea, casi podríamos decir que palabra por palabra, de las obras. Al contrario de lo que hice en la otra ocasión, paso simplemente a enumerarlas: ejemplificación exhaustiva lectura imaginativa control del empleo abusivo de frases hechas y conceptos manidos recurso constante al humor y a la ironía, insolitez polisémica comparación agraviativa A la vista de los resultados obtenidos por este tipo de crítica, se puede ver que nuestra actitud es semejante a la del inocente niño del apólogo oriental El traje del emperador. Mientras los prejuicios, la cobardía, el adocenamiento, la frivolidad, la inercia, la venalidad, la incompetencia de la mayoría les hace cantar las excelencias del traje inexistente, nosotros señalamos, desde una mirada sincera, honrada, pura, independiente y libre: “el emperador va en paños menores”, o, yendo al caso de la literatura: “esta vaca sagrada, tal escritor intocable, esa novela ensalzada, luego de jaleada por el marketing, ni es sagrada ni merece ningún respeto; al revés, reclama ser condenada, porque está desnuda de valores”. Algo que demostramos con numerosas pruebas.


Al respecto de la pruebas, quiero añadir algo importante: quienes pretenden desacreditarnos nos han acusado a veces de retorcer los argumentos, sacando las citas de contexto. ¡Es imposible! Nuestras críticas están hechas para que el lector que lo desee nos lea teniendo el libro de que se trate al lado. Nosotros señalamos el lugar en que se encuentra la palabra, la frase, el párrafo en cuestión y quien quiera puede comprobar la exactitud de lo que decimos.


EL CORSARIO DE LA AURORA Crítica acompasada de Corsarios de Levante, de Arturo Pérez Reverte Se trata, claramente, de un caso clínico. Una persona que lo pasó muy bien en su adolescencia, leyendo libros de aventuras de piratas y exploradores, ha decidido convertirse, mediante una imitación meticulosa, mas no conseguida, en uno de aquellos autores quiosqueros. A mí, esto, no me parece grave. Lo que sí me lo parece es que una crítica literaria incompetente, sumisa ante el poder económico, que sólo rema a favor de la corriente comercial, lo eleve a la categoría de gran escritor, cuando ni siquiera es un escritor malo; o que unos académicos indignos, que dejaron fuera de su institución al gran fonólogo que era Antonio Quilis (¡en beneficio del contable de Prisa, Juan Luís Cebrián!), y a José Luís Castillo Puche, uno de los más importantes novelistas españoles del siglo XX, lo acojan en su seno… ¿Para qué? El propio acusado lo dijo cuando fue elegido: “Yo llevo a la Academia a mis lectores” (p. ej.: EFE, La Opinión, Murcia, 24-1-2003): una chorrada memorable, porque, ¿qué iban a hacer allí los lectores de Pérez? Que “hicieran juego” con Cebrián, Muñoz Molina, Ansón, Fernán Gómez, Álvaro Pombo, Mateo Díez y, no digamos ya, Marías y él mismo, no es razón suficiente. Aparte de que no habría sitio para todos. El Código da Pérez Estamos en el siglo XXI. En el XX, la novela alcanzó una de las dos grandes cimas de su historia –la otra fue en el XIX-, tanto estética como intelectualmente, y los pastiches de Pérez Reverte no tienen lugar en el discurrir histórico del más comprensivo de los géneros. Que profesores universitarios y críticos literarios como José Belmonte, Pozuelo Yvancos, Mainer, Sanz Villanueva, Darío Villanueva, Francisco Rico, Gregorio Salvador, De la Concha, Rafael Conte, Ángel Basanta, García Posada, Ignacio Echevarría, Gracia, Ayala Dip, García Jambrina, etc. apoyen la falsificación es escandaloso y, por supuesto, sólo posible en esta monarquía cocotera que es España. Peldaños como los que representaron Ulises, A la busca el tiempo perdido, El ruido y la furia ,Hambre, El hombre sin atributos, Hacia el faro, Otra vuelta de tuerca, Los acantilados de mármol ,Las abejas de cristal, La celosía, La conciencia de Zeno, La primera y la última humanidad, El tambor de hojalata, Contrapunto, El empleo del tiempo, La ruta de Flandes, No soy Stiller, El viejo y el mar, Hacedor de estrellas, 1984, El cero y el infinito,Una mujer para el Apocalipsis, La muerte supitaña, El círculo vicioso, La ternura del hombre invisible, El borrador, Un nudo en la eclíptica, La revuelta, etc. no pueden –deben- ser transitados en sentido contrario. El arte tiene que cambiar siempre. En arte está todo permitido, menos hacer lo que ya se ha hecho. Que Reverte no avanza, que Reverte repite fórmulas ya gastadas lo evidencia lo que escribe, que son indisimuladas imitaciones de los entreguistas del XIX. Y los críticos, académicos y profesores mentados, y otros más, deberían saber que no se puede levantar una literatura personal sobre el pastiche. En la recién pasada centuria, se llevaron a término novelas con base en la historia, de gran altura intelectual y de absoluta actualidad estética y “filosófica”: Los idus de marzo, de Thornton Wilder; La muerte de Virgilio, de Hermann Broch; Dios ha nacido en el exilio y El caballero de la resignación, de Vintila Horia; Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; Todos los hombres son mortales, de Simone de Beauvoir, marcan cotas elevadísimas a las que no llega ni de lejos “El código da Pérez”. Entre otras razones, porque éstas son novelas metafísicas, que intentan explicar el presente, e inclusive calibrar los valores absolutos, valiéndose de la historia, mientras que lo que hace Pérez no es más que recrear, con más o menos acierto –generalmente con menos-, una época del pasado y situar en ella una peripecia también más o menos aburrida. En cualquier caso, y como ya he dicho, nada habría


que objetar a que lo hiciera, si quienes deberían orientar al público no lo sitúen por encima de la literatura verdadera -¡lo han metido en la Academia y le han organizado congresos en universidades!-, colocando estas novelas de entretenimiento –por ende, pasadas- en otro lugar que el que les corresponde, que es el quiosco y las librerías de ferrocarriles. Para colmo, Reverte no le llega ni a los borceguíes a los maestros de la novela de aventuras como Robert Louis Stevenson, Daniel de Foe, Paul Feval, Fenimore Cooper, José Malloquí o Emilio Salgari. A pesar de la novedad que le atribuyen los lacayos de los editores, Reverte, con quien de verdad se da la mano, cuando lo alcanza, es con Fernández y González, sin conseguir su maestría fabuladora ni su riqueza de imaginación. Capítulo I Que Reverte no avanza, que repite fórmulas gastadas, lo evidencia esta manera de escribir: <<La caza por la popa es caza larga, y voto a Cristo que ésa lo había sido en exceso: una tarde, una noche de luna y una mañana entera corriendo tras la presa por una mar incómoda, que a trechos estremecía con sus golpes el frágil costillar de la galera, estaban lejos de templarnos el humor. Con las dos velas arriba tensas como alfanjes, los remos trincados y los galeotes, la gente de mar y la de guerra…>> Etc. ¡Voto a bríos!, que, más que un numerario de la Augusta Academia, parece un tercio, es decir, un cuarto de Flandes. El lector avispado, aunque adusto, se preguntará: “¿dónde me he metido? ¿Acaso en la prosa de Hervás y Panduro? No, en una más vetusta”. Dícese que Pérez se documenta exhaustivamente. Peor. El novelista debe partir de una visión general, no de un cúmulo de detalles amontonados. El resultado es que, siendo para colmo quien lleva la contabilidad de la Docta Academia, suministra al lector tal número de tecnicismos, que lo lleva a estar más atento al diccionario que a la historia que se le intenta contar. Al principio del libro, en apenas dos páginas, acumula la siguiente relación: costillar, pique de agua, culo, galeota, cañón de crujía, sotavento, entena, aleta, barloventeaba, lebeche, ciaboga, grímpola, había rolado, maestral, cuarta al griego, (¿), aferra la dos, pasaboga, zafarrancho, reniegos, peseatales, porvidas, mosquetes, pedreros, mosqueando lomos, espolón, arcabuz, chuzo, soldado plático, bastión del esquife, huevos cuadrados, etc. Uno, que no ha pasado de popa y proa, sin saber cuál es la de la derecha y cuál la de la izquierda, se siente realmente anonadado y fuera de la narración. En el siguiente apartado, el documental versa sobre lo que Alapérez ha aprendido de la historia patria de la época, con una desdeñosa chanza sobre el insigne Rafael de Cózar, profesor de Literatura española en la Universidad de Sevilla y biógrafo insuperable de Carlos Edmundo de Ory, a quien tacha de cómico. Id.- El autor no sólo imita a los clásicos –no lo logra-, sino que pretende ser uno de ellos y Francisco Rico, catedrático de Literatura Medieval en la Autónoma de Barcelona, así se lo reconoce incomprensiblemente.. Así cuando escribe: “el capitán se había trabado de verbos y aceros con el conde de Guadalmedina” (un compuesto de su invención, por cierto, infumable en árabe). Sin duda son estos detalles los que orgasman a Belmonte y De la Concha. Id.- Dudo de que en 1627 se hablara, al tratar de cuentas, del “debe y el haber”. Encontraremos muchos anacronismos en este penoso tratado sobre la nada. Pag. 17.- Como tampoco la expresión “para enfermos mentales”. ¡Pérez! O como clásico o como lo que eres. Resulta penoso el esfuerzo pérezrevertiano por sentirse, “actuar” y escribir como un coetáneo de don Francisco de Quevedo. Se trata, como presumíamos, de un caso clínico. Pág. 17.- cronista de sí mismo, se dirige a los lectores, ésos que llenarán los pasillos de la Docta Casa, llamándoles “vuesas mercedes”. Personalmente, se lo agradezco. Me hace ilusión.


Pág. 18.- En esa época, nadie pasaba “dos intensos años” en ninguna parte. Ni hablaba de “asedio de Breda incluido”. Tampoco utilizaba, entre muchos, el verbo “descartar”. Ni decía “se imponía por tanto”… hacer cualquier cosa, como lo haría un congresista. Pérez Reverte, como Javier Marías, Muñoz Molina, Maruja Torres, Almudena Grandes y otros boludos y tontitas del sistema reparten las comas por el texto con una regadera. Y no siempre tienen la suerte de que caigan en su lugar descanso. Las comas ausentes todavía brillan más en la prosa del cartagenero. Pág. 18.- La expresión “…aparte las delicias que a los españoles ofrecía la ciudad del Vesubio” es tan anacrónica como las ideas literarias de Pérez. En 1627 aún no se habían inventado las delicias ni el Vesubio. Pág. 19.- “estaba sin blanca”. Según el viudo de doña María Moliner, esta expresión no fue utilizada hasta 1855. Por el Duque de Rivas en su poema al Faro de Malta. Pérez Reverte gusta de exhibir su erudición histórica y geográfica. Se llega a poner pesado. Id.- Como uno no sabe lo que son “galeras despalmadas” se queda sin saber en qué clase de vehículo se montó el protagonista. Id.- Esta es memorable. Reverte inventa el Prosegur acuático. Pág. 20.- Empiezo a sospechar que Pérez es más patriota que Pio Moa. Dice en esta página que “para crear el infierno así en el mar como en la tierra, en aquel tiempo no era menester más que un español y el filo de una espada”. Memorable chorrada donde las hubiese y se detectaren. Pág. 21.- Ignoro si es correcto o no eso de “haber ido encima de romanía”, porque no sé de qué va. Id.- Los gritos de “¡Pasaboga, embiste, embiste!” parecen de los hinchas del Palmeiras, pero no puedo asegurarlo. Id.- Excesivos tecnicismos, otra vez. ¿Qué podría uno pensar que pasaba, si le hablan de “rebencazos del cómitre y pitadas del chifle”? Todos los compañeros de viaje de Pérez son expertos. Así da gusto. Siguen los términos raros. No logro imaginar a Pérez con rodela, coselete, chuzo y una afilada partesana. No sé lo que son. Las ilustraciones que “adornan” la edición que manejo son para echarles de comer en el plato de al lado. Pag. 23.- Y ahora se larga tajando, que no sé si es lo mismo que hoy decimos irse de naja. Id.- “Por si las moscas” no es expresión contemporánea de la Batalla de Lepanto. Entonces se decía “por si las pulgas”. ¿Se exasperaba entonces un soldado? Creo que no. Id.- Tampoco existía entonces la cacería del pato. (O pastiche o pistacho, don Arturo). Los personajes tan admirados por Reverte son tan cafres como racistas. Pág. 24.- Alatriste decide: “Hagamos galima”. Y uno no sabe si es que va a hacer una sopa de puerros o si va a dormir la siesta. Id.- La reencarnación de Pérez se queda, como botín, “con una aljuba”. ¿Gran botín? ¿Pequeño? ¿Qué es una aljuba? No se encuentra ni en el diccionario de De La Concha. Este sube y baja de pringados hablando en esperanto, ¿cómo puede entusiasmar a profesores universitarios contemporáneos de Faulkner, Virginia Woolf, Huxley, Hesse, Camus, Pavese, Dos Passos, Pérez de Ayala, Unamuno, Valle Inclán, etc., etc., etc. Pág. 25.- “Hay que ahorcar al arráez”, viene a decir el capitán. ¿Quién será? Creo poder afirmar ya, a estas alturas, que, pese a cuanto sostienen los fans de Pérez, éste no crea personajes en el sentido estético del término. Ninguno de estos “nombres” representa nada, ni sostiene una actitud ante la vida, ni personifica nada, ni es distinto a los demás,


Llamar al acto de ahorcar a uno proporcionarle “una indigestión de esparto” es gracieta revertiana cuasi literalmente copiada de la “indigestión de plomo” de los western, pero no expresión propia de la época en que discurre la “acción” de la novelita. Pág. 26.- Ahora “hornacheros”. Dejaré de señalar todos los palabros, por consideración a mis lectores, que no son tantos como los de Pérez, pero sí de mejor gusto. Págs. 28 y 29.- Ninguna de las grandes novelas históricas que antes hemos mencionado – las de Broch, Yourcenar, Horia, Wilder, etc. intenta hacer de su lenguaje un sucedáneo, ni en la forma ni en el léxico. Pérez Reuerte se empeña no sólo en acumular términos de la época, sino en escribir como si fuese sobrino de Quevedo. El resultado es el aburrimiento del lector hodierno. Pág. 29.- “Urdemalas torció el gesto”. Enésima frase hecha, estilo novela de quiosco. El aburrimiento se acumula a fuerza de querer ser preciso el autor del memorandum. Pág. 30.- Para que Reverte pueda usarlos todos, lo marineros expelen juramentos de dos en dos: no sólo, como informa el cronista, un “juro por mí”, sino también un “pese a tal”. Id.- “Bajarle los zaragüelles a dos muchachos para ver si salían hombres ahorcables o carne de remo, no era su ocupación favorita”. Todo lo subrayado es anacrónico, a pesar de los desvelos de Pérez. Líneas más abajo, “reticencias” y otras cuantas más. Pág.31.- “hacía rancho aparte”, “pagando la loza rota”… éste, en lo de abusar de las frases hechas y los conceptos manidos no le va a la zaga a Antonio Gala, que es el vigente campeón. Pág.32.- Alatriste se pasa la vida atusándose el mostacho. Será esto lo que entusiasma al profesor Belmonte. Sobre todo, si después encoge los hombros y adelanta el mentón. Pág. 33.- “Cada cual es un mundo”. No, Reverte, no. Hay otros mundos pero están en éste. Id.- Piensa Alatriste: “No había nada que objetar al tono ni al contenido”. No, por favor. Es que sólo te falta añadir: “a nivel de barco” Pag. 34.- Nueva vez muestra Reverte su complacencia por el carácter bravucón del español medio y su circunstancia. Pág. 35, ant. y sig.- Soporífero repaso a la Historia de España, pretexto de una conversación inverosímil entre Alatriste y el capitán. Pág. 35.- Tampoco es de la época el concepto de “guerra civil”. Pág. 37.- “O estuve cargándolos el año diez”. Así no se expresa un Alatriste que se precie. Tampoco dice “A fin de cuentas”. Ni “en lo formal, nadie faltaba allí el (sic) respeto”. Pág. 38.- “… entre pecho y espalda, sin tiempo a decir Jesús”. A pares. Capítulo II Pág. 39.- Cuesta trabajo pensar que el profesor Darío Villanueva, con todo y ser un calumniador del nouveau roman, el movimiento que, en toda la historia de la literatura, más ha hecho por la renovación estética de la novela, se pueda divertir, como asegura, entusiasmado con esta reiterativa cantinela de la embarcación corsaria y su sombra. Pág. 40.- Las abundantes citas en versos de la época que hace el autor dan fe de la exhaustiva documentación a que se atiene, pero no contribuyen a hacer fluida la narración. Id.- “ni credo ni putas que los parió” es expresión del malhablado hodierno, no del de Berbería y países colindantes. Id.- “echados al mar sin más ceremonia”. Ibid., ibid. Pág. 41.- “fresco como una lechuga”. Ibid. La lechuga es adquisición posterior, y no precisamente de la sociedad berberisca, más amiga de la escarola. Id.- “sin más ceremonia” debe de ser expresión cara a Pérez, pues la repite nueve líneas después. Pág. 42.- Ahora sopla “un gregal” y los soldados comen “salume”, sentados “en el banco de la cogulla siniestra o apoyados en un filarete”, con coleto o sin coleto. En una recreación


de este tipo, que literariamente no se justifica, lo que procede es hacer creer al lector que le hablan de “aquella época”, no atormentarlo con montones de términos que no entiende. Pág. 43.- “alarbes hostiles” y, etc., etc. Id.- Luego de escribir lo anterior, el autor hace la siguiente precisión: “Alarbes o alábares”, lo preciso a fin de ilustrar al desocupado lector… “ Aparte de que, en aquella época, no había lectores desocupados, todos tenían empleo, este tipo de precisiones hacen que esto parezca, más que el relato de un soldado, el de un licenciado en Geografía e Historia. Personalmente, no creo justificado, en el momento presente, este tipo de relato (que no novela). Pero, ya que existe, y que a un gran sector de los españoles –entre los que en manera alguna me cuento- les gusta, como les gusta tirar cabras vivas desde los campanarios, désele su lugar en los quioscos. Pero que profesores de Literatura y críticos como José Belmonte, Pozuelo Yvancos, Francisco Rico, Ángel Basanta, Ayala Dip, Ignacio Echevarría, Rafael Conte, García Posada, Víctor García de la Concha, Gregorio Salvador, Jordi Gracia, Santos Sanz Villanueva, Darío Villanueva- consideren su práctica una renovación de la novela, organicen congresos en torno al obsoleto autor y hagan a éste académico de la RAE, es como para renegar de este país y largarse a otro más civilizado. Pág. 43-44.- El relato sigue teniendo más de erudición que de evocación de aventuras. Dicho en menos palabras: es aburrido. Pág. 44.- “cuando convenía, que era casi siempre”… Expresión que no se empleaba en el siglo XIX y que aparece documentada por primera vez en los discursos de Franco de 1941. Pág. 45.- “Enrocarnos”. (¿) Id.- “…abría a ratos el escandelar”. Pág. 46.- “lo de Nápoles, las galeras y demás”. Este lenguaje de jefe de negociado aún no se había inventado. Tanto empeño en la imitación del lenguaje de los corsarios y el académico falla cada tres palabras. Id.- Reverte sigue llamando a los lectores vuesas mercedes. Ahora se llama a sí mismo “el dómine Pérez”. Pág. 47.- Nadie hablaba en aquel entonces de “frases hechas”. Aún no habían nacido Gala ni Almudena Grandes. Quienes defienden esta “literatura” porque –dicen- produce entretenimiento son de otra casta que yo, que me estoy aburriendo como un conejo. Pág. 48.- “me creía al cabo de la calle”. Frase hecha en verdad, anacrónica en el tiempo de la acción. Id.- El narrador, que se pavonea y se autoalaba mucho más de lo que permite la sobriedad propia del mílite, cobra en caramuzales y carlines. Id.- “El gusto por lo nuevo” forma parte del lenguaje del periodista Reverte, no del corsario Pérez. Id.- Otra prueba. Una cosa es ser un mozo con todas las virtudes que Pérez se atribuye y otras es ser, además, español, como diría el coronel Tejero. Id.- Este crítico no aprueba tantas citas de poemas en una que se pretende novela de aventuras. El paquetón adquiere así la apariencia de un texto escrito para el lucimiento de la sapiencia de su constructor. Pág. 50.- Y más, y más, pero mucho más… Pérez sigue contándonos lo que ha aprendido en los libros de historia. Yo pensaba que era un narrador del montón, pero ni eso es, con permiso del profesor Belmonte y sus fans. Id.- “Por falta de recursos”. Este relato es un potaje de lenguaje arcaico y lenguaje administrativo, y más aburrido que un partido de waterpolo. Pág. 51.- “Lugar muy animado de día”. A un novelista –Pérez no lo es- no le basta decir que un lugar es muy animado. Lo tiene que describir de manera que el lector vea que es animado.


Pág. 52.- El barco se larga “a la sorda” y “aprovechando el terral”. Una “novela de aventuras” que requiere la continua consulta del diccionario es más bien un acordeón. Pág. 52.- “Orán era otra cosa”. Ahora lenguaje de casino de pueblo, para otro documental y otra lección de geografía. Pág. 53.- “… allí donde nuestra galera mojó ferro… “. Algo hizo la galera, sin duda, pero el lector de aguadulce se queda sin saber qué. El aprovechamiento por parte de Pérez de su exhaustiva y aliteraria documentación empieza a tocar los faldones al lector. Id.- “…aunque Orán no era Nápoles ni de lejos…”. La expresión “ni de lejos” constituye un anacronismo en este relato, redacción escolar o lo que sea. Lo que es novela, no lo es “ni de lejos”. Por supuesto, al lector no le dice el escribano cómo eran a la sazón Orán ni Nápoles. Más descripciones –el mercado, las calles-, que nada tienen que ver con lo que se pretende contar y no se cuenta. Repito: llevamos cincuenta y cuatro páginas de documental, en las que el autor no deja de utilizar uno solo de los apuntes que ha hecho leyendo libros para documentarse. Pág. 53.- Y, en medio del vacío novelístico, esta perla: “Por si fuera poco, la ciudad gozaba de algún lupanar razonable…”. ¿Qué es un lupanar razonable, ente académico? ¿Es que hay lupanares no conformes a razón? Probablemente quiso escribir, haciéndolo a lo Almudena Grandes, razonablemente limpio, razonablemente bien provisto, razonablemente barato… El caso es que lo que quiso ser, además de cursi, una documentada precisión, se le convierte en un chascarrillo. Id.- Otra coincidencia de Pérez con el coronel Tejero: llamar a las mujeres hembras. ¡Qué horror! Id.- Es sublime el alicortado, triste o alegre: su alter ego mediante, piensa en visitar un burdel (es de suponer que razonable) como primer trámite de almojarifazgo. ¿Preservativo siglo XVI? Pág. 54.- La consideración de que la vida “nos depara sorpresas cada vuelta y revuelta” es una de las más densas de este profundo libro. Págs. 54-55.- Tantos lances y aventuras a que después se referirán los críticos sumisos están aquí relatados, pero no novelados. Quizá los sumisos no distingan entre relato y novela. La verdad es que, a medio centenar de páginas del principio, esto es más aburrido que una “novela” de Pérez. Pág. 56.- Documental sobre Orán. Págs. 57-58.- Informe sobre “moros de guerra”. Entretanto, más palabras que obligan a echar mano del diccionario y más aventuras relatadas, que no noveladas. Lo esperaba todo de Pérez Reverte, menos que fuese tan pesado. Resulta empalagosa la petulancia del personaje narrador, sin duda trasunto de la del autor. Es tan pedante, que se pasa la vida haciendo citas cultas, la mayoría en verso, lo que pega en un relato como quiere ser éste como un misil en un cónclave. Pág. 61.- Cada vez peor. Ahora, en vez de documental, se trata de un informe. ¿A que tú no sabes, lector paciente, que Barbarroja se llamaba Jaradín. Es una de las cosas que aprenderás leyendo este documentado libreto. Pág. 62.- Informe sobre diversos asedios. Por lo que había leído a los fósforos de Pérez creía que los libros de este serían, por lo menos, entretenidos. Este es una plasta vacuna en el que no encuentro ni una sola de esas peripecias que hacen tiritar de placer a Belmonte, Basanta, Pozuelo Yvancos y otros próceres de la crítica. Págs. 63, ant. y ss.- Leerse unos cuantos libros de historia y resumirlos es, por lo visto, la forma fácil que ha tenido Pérez de ganarse el cielo. Pág. 64.- “Por lo demás, culminada hacía más de un siglo la reconquista cristiana con la que durante casi ochocientos años los españoles nos construimos a nosotros mismos…”. Esto,


diga lo que diga Pérez, es más que patriotismo testicular y racista a lo Pío Moa: es una muestra de ignorancia y, como diría el profesor Martínez Montávez, una infamia. Como lo es el cartelito –“Aquí empieza España”- que quienes piensan como él han puesto en Covadonga. No se conforme con autoleerse, señor Pérez. No soy un especialista en el tema, pero le invito a leer por ejemplo La España herética, de Victoria Sendón, y a consultar la bibliografía que ella le ofrece. Se enterará de algo obvio: los musulmanes que habitaban la península cuando usted cree que eran derrotados por los “reconquistadores” eran tan españoles como usted. Pág. 65.- Sigue la vertiginosa acción de los alatristes: “Salimos a dar una vuelta”. Anacronismo donde los hubiere y se detectaren. In illo tempore, nadie salía a dar una vuelta. Entre otras razones, porque aún no se habían inventado las vueltas. Id.- Informe sobre edificaciones, principalmente, alcazabas y conventos. Pág. 67.- Para dar paso a otro cumplido informe del documentado Pérez, Copons le hace la siguiente pregunta: “¿Qué te parece Orán?”, una pregunta que nadie en sus cabales ha hecho nunca en un diálogo literario. Aparte su anacronismo –su primera utilización está datada en 1921, en el casino de Jabugo- , es una pregunta más inútil que la pilila del papa. ¡Por Dios, por Dios! Un académico preguntado sobre “qué le parece Orán”. Creo que me va a dar algo. Ni cuando los mundiales de fútbol se plantean parejas interrogaciones. Pág. 68.- Menos mal que ahora me entero de que unos aduares tienen que pagar la garrama. Id.- Por como pinta Pérez la situación, el lector barrunta que se le quiere decir que de aquellos tres pelmazos que pasean su aburrimiento depende el futuro del imperio español y del celeste imperio. Id. Estoy evitando al lector el disgusto de enterarle de que estos sujetos, a cada momento, niegan con la cabeza, se encogen de hombros, se rascan el mentón, fruncen el entrecejo, arrugan la nariz, adelantan la barbilla, echan ojeadas sin pestañear y, en fin, hacen todos esos movimientos propios de los españoles invencibles. Págs. 68-69.- Informe sobre asaltos y botines. Pág. 69.- Nueva guía turística de Orán. Apasionante. Pág. 70.- Informe sobre la paga de vuacedes. Vuacedes es vuesas mercedes para los muy familiarizados como Pérez. Págs. 70 y ss.- El paseo está resultando fructífero en cuanto a informaciones varias se refiere. El gran escritor aprovecha bien sus apuntes. Que el lector se aburra con tanta información que, cuatro siglos más tarde, no le sirve para nada, es lo de menos. Pág. 71.- Y niega el demandado ser un patriota testicular. Consideren esta frase: “…la pólvora de las espadas y los muros de los cojones de España”. Id.- Dos de los paseantes se pasan toda una página echándose ojeadas y devolviéndolas, ora sin pestañear, ora pestañeando. Capítulo III Pág. 73.- Según dice y repite Pérez en pocas líneas, Alatriste, atendiendo a “su instinto de soldado” y a “su hábito de soldado”, nos obsequia con una meada que debe de tener su importancia en la economía del relato, a juzgar por el espacio que el autor le dedica. Pág. 74.- Continua la exposición histórica, ahora de Flandes vía Pérez. Los personajes –que no son tales desde el punto de vista de la estética narrativa, puesto que no están caracterizados- hablan, no en lo que sería una auténtica conversación, sino informando al lector por turno de lo que el autor ha aprendido en la biblioteca de su barrio, o del barrio de al lado. No hay coloquio, sino una serie de parlamentos superpuestos de una manera realmente colegial. Lo menos novelístico que imaginarse pueda. Id.- Alatriste se tumba “tras ajustar bien el cinto con las armas y abrocharse las presillas del coleto”. Me emocionan estas precisiones en las que tan rico es el relato revertiano. Que no


se queda aquí, por cierto. El “novelista” sabe, y nos lo dice, que, pasadas una horas, aquel arreo le dará calor. Y así va llenando páginas y páginas. Id.- Reverte sabe, que para eso se ha documentado bien, que en cuanto empezara el jaleo, aquella indumentaria le resultará muy útil. Id. Recuento exhaustivo de las lesiones de Alatriste. Pág. 75.- Más de una página con los cálculos de Alatriste sobre lo que puede ocurrir. De verdad que uno no acierta a descubrir qué es lo que divierte y entretiene a Alfonso Usía, Jordi Gracia, Belmonte y otros fósforos de Pérez. Siguen abundando los palabros. Como el lector desconoce su significación, no se entera de lo que el autor le dice. Error novelístico grave, porque la misión de la prosa narrativa es levantar una realidad nueva, un segundo mundo, delante del lector. Por lo que esa prosa tiene que ser, por encima de todo, funcional, no el producto de un alarde de lecturas. Ay, mi añorado Salgari, mi recordado Stevenson… Pág. 76.- Nutrido currículum vitae del sargento Biscarrués, que mucho interesará en la oficina del brigada, pero muy poco al lector. Pág. 77.- El narrador hace las presentaciones de varios personajes –entre ellos, nuestro ya bien conocido Biscaurrés- al estilo de las que el autor practicará en los cócteles de Alfaguara. No creo que en el siglo XVII se utilizaran las mismas fórmulas. Como yo, piensa el profesor Francisco Rico, especialista en Pérez. Id.-Uno de los presentados, evocando viejas andanzas –en este libro, todas son evocaciones y rellenos-, termina diciendo: “Ha llovido mucho desde entonces”. Anacronismo flagrante. Esa frase, que se atribuye a un meteorólogo de la primera promoción de la Escuela de Meteorología, no se conocía en el siglo XIX. Id.- Por allí aparece un mogataz. Ignoramos con qué misión, pues no sabemos lo que es un mogataz. Su currículum, sin embargo, sí lo facilita Pérez Es difícil adivinar –voy por la página 78- a dónde se dirige, novelísticamente hablando, esta ristra de informaciones sin el menor interés. Pág. 78.- Informe, ahora, sobre los judíos en Orán. Pág. 79.- El relator continua apretando los dientes, pasándose la lengua por los labios, encogiéndose de hombros, pág. 83, frunciendo el ceño… Pág. 80.- Y ya tenemos a Alapérez haciendo coro con sus personajes: “-¡Santiago!... ¡Cierra!... ¡Cierra!... ¡España y Santiago!” Chillidos que a uno le daría vergüenza evocar, de no ser el sobrino predilecto de Blas Piñar. Ochenta páginas ya y aquí no aparece el más leve conato de argumento ni de trama, como es preceptivo en la novela de aventuras. Personalmente, estaba convencido de que, aunque formalmente desfasadas (lo que equivale a decir novelísticamente inútiles), las “novelas” de Pérez Reverte eran ricas en peripecias más o menos entretenidas, de las que complacen a esos tontorrios aliterarios que, como Pozuelo Yvancos, Belmonte, García Posada, Darío Villanueva, Jordi Gracia, Sanz Villanueva, Gregorio Salvador, Francisco Rico, Rafael Conte, Ángel Basanta, Mainer, etc, abominan de la que llaman despectivamente “la novela seria”, es decir, la novela con ideas, la novela que hace pensar, la novela ilustración de la historia, la novela con valores estético-literarios. Pero ¡es que no hay ninguna, absolutamente ninguna peripecia! Sólo falsas conversaciones mediante las cuales se informa al lector decepcionado aunque prudente, de una serie de cosas que el autor ha leído ¡ni siquiera inventado! La falta de imaginación del patriótico “novelista” es absoluta. Págs. 83, ants. y ss. Quien en su españolidad exalta hasta nuestros peores defectos, es natural que se muestre a rachas un tanto racista. A todo esto, la impresión que ha logrado comunicar Reverte es la de que, antes del asalto, el saqueo de las tiendas y la matanza de moros, Alatriste y su pandilla andaban por ahí, de


taberna en taberna, esperando la hora de llevarlo a cabo. Llega la hora y, catapún, como el que va al cine. Pág. 85:- Menos mal que, de vez en cuando, Pérez obsequia a su amplio lectorado con crisóstomas y elaboradas metáforas: “La mora tenía un golpe en la cara […] y sollozaba como animal atormentado”. De cadena perpetua. Pág. Al igual que carece de imaginación, factor esencial de la composición novelística, Reverte no posee sentido del humor. Lo demuestra página a página, aunque alguna vez introduzca chistes como éste, que sin duda él no considerará tal: <<-¿Hablas español? Lo hablo –dijo el otro, en buen castellano.>> Hay que ser espabilado para, de un simple “lo hablo”, deducir cómo habla un sujeto la lengua de Hervás y Panduro. Pág. 88.- Interrogan a los prisioneros. Este libro tiene más anacronismos que Los Picapiedra, y muchísima menos gracia. Me pregunto qué es lo que encuentra interesante el coro de críticos que cantan a la luna. Contraviniendo las leyes del subgénero, en esta “novela de aventuras” no pasa nada. Demostrado que Javier Marías es una estafa; que Muñoz Molina, otra, como Almudena Grandes, Rosa Montero, Maruja Torres y todos los demás abortos del polanquismo editorial, causa estupor verificar que hasta Pérez Reverte lo es, incluso como novelista menor. Id.- El discípulo de Alatriste que relata estas pamplinas se jacta, bravucón él, de haber matado a cerca de cuarenta seres humanos. Id.- El sargento mayor, más bravucón que la encarnación de Reverte que relata estos paseos sin el menor interés, se muestra, como es su obligación “rojo como la grana y con las venas del cuello y la frente a punto de reventar”. En su momento, había arrugado la frente y fruncido el entrecejo. Los mayores del lugar celebran nostálgicos la aparición de estas frases tantas veces leídas en su adolescencia en las novelas quiosqueras. Pág. 90.- Reverte nos cuenta, según ha leído, cómo marcha la tropa de Alatriste, con su botín y sus más bien jodidos prisioneros. Id.- Relata que se dieron rebatos y escaramuzas. Pero el lector no lo “ve”, porque, como casi todo en esta pseudonovela, no están “novelados”, sino simplemente referidos. Págs. 91-92.- Igualmente referido, pero no novelado, está el episodio del bebé que se muere. Para una que se dice novela de aventuras, todos éstos son pecados mortales. Id.- La madre se ahorca, lo dice Pérez y no tenemos por qué dudar de su palabra de caballero español y cristiano. Absolutamente nada de lo que sigue está novelado. Pág. 94.- Si este hombre le llama “inmensidad azul” al Mediterráneo, ¿qué le llamará al océano Atlántico? Págs. 94-95.- Enésima descripción de Orán, según las guías turísticas que Reverte ha consultado. Pág. 95.- Las tres prostitutas que se encuentran en el lupanar son “ambladoras y bachilleras del ambrocho”. ¿Qué serían en realidad? Me quedo lo que se dice pérez-plexo. Reverte es tan poco novelista como Marías, Muñoz Molina, Almudena Grandes, Rosa Montero, Antonio Gala y demás componentes de las recuas planetaria y alfaguarrana. Con la ayuda de ustedes, señores (no)críticos, la novela española chapotea en la inmundicia literaria. Y otra vez “the revertiners” charlando de cosas sin el menor interés, aunque respaldados por la convicción del autor de que son más machotes y más españoles que nadie. Patriotismo testicular, sí, efectivamente. Pág. 97.- Naturalmente, cuando llega el momento, uno de ellos “mira de soslayo y tuerce el gesto”, mientras otro frunce el ceño, cae en la cuenta y niega con la cabeza. No cabe duda de que nos encontramos en plena renovación de la novela, como bien dicen Belmonte y Juan Marsé.


Un tribunal compuesto por Michel Butor, Alain Robbe-Grillet, Claude Simon, Marguerite Duras y Samuel Becket condenaría a galeras a Pérez, tras un juicio sumarísimo. Pág. 98.- Ahora se miran todos en silencio, como en las novelas malas de Biblioteca Oro. Ya quisiera Pérez que esto se pareciese a las buenas de esa colección. Id.- El capitán sacude la cabeza. ¡Échate un pulso, Belmonte! Págs. 98-99.- Casi dos páginas echando cuentas con el dinero. ¡Como si eso le importara a nadie! Pág. 99.- Las niñas horteras del puente de los siglos dicen “fue bonito mientras duró”. Y un personaje de Pérez: “fue hermoso sentirse rico mientras duró”. Anacrónico y cursi Capítulo IV Pág. 101 y ss.- Más descripciones de Orán. Repito que yo pensaba que los libros de Pérez Reverte eran otra cosa: relatos más o menos entretenidos para aliviar los ocios de lectores como Darío Villanueva, Santos Sanz Villanueva, Rafael Conte, Pozuelo Yvancos, Jordi Gracia etc., que desdeñan la novela que plantea e intenta resolver problemas estéticos o se presenta como ilustración de la historia, la sociología, la antropología, la filosofía, etc. Me pregunto en qué se basará Jacinto Antón (“Babelia”, 2 de diciembre de 2007) para decir que esto es más que una novela de aventuras (no es siquiera un novela de aventuras) y que Alatrsite es un personaje complejo, cuando no es más que un bravucón ocasional que nos informa de todo cuanto Reverte o sus documentalistas han leído. Todo apuntalado, además, sobre lo mucho que Pérez ha dicho, al parecer, sobre sí mismo. O Pozuelo Yvancos para afirmar que la triste prosa del libro que analizamos representa una aventura del lenguaje, de un lenguaje que expresa una visión de España a lo Quevedo. O Ángel Basanta, para llamar a lo de Pérez “proyecto novelístico”, “proyecto literario de la mayor envergadura”, de “inusitada maestría”, y ¡hasta se refiere “a la estructura de esta novela” sin estructura! Seguro que Reverte habrá sido el primero en sorprenderse, pues resulta evidente que nunca ha reflexionado sobre el género novelístico. Queden estos tres ejemplos como muestras de lo que hacen hoy los críticos, quienes parten a su misión predispuestos a exclamar “¡qué bien!” ante todo cuanto les ponga delante la industria cultural de la que viven. En Blanco y Negro Cultural del 14-6-2003, encontramos que Luís Alberto de Cuenca opina que Pérez Reverte es el mejor novelista que hay en la actualidad es España –sabido es que don Luis Alberto sabe tanto de poesía como poco de novela--, en tanto J.J. Armas Marcelo concluye que quien no opine igual es que tiene envidia. Pág. 103.- En medio del quinto o sexto paseo por Orán, uno de ellos dice: “Visitemos a Fermín Malacalza. Se alegrará de verte”. Y el lector ya sabe que se va a encontrar con otra reunión de charlatanes, que le informarán aburridamente de otro montón de cosas. Javier Marías sigue constituyendo, a mi entender, la mayor estafa literaria del sistema de la industria cultural, pero Pérez, que al menos redacta con corrección escolar, lucha por alinearse, ex aequo con Muñoz Molina y Almudena Grandes, en el segundo puesto. Pág. 104.- Tenía el presentimiento: nos informan sobre Malacalza. Pág. 105.- Informe sobre las costumbres de los mogataces. Id.- Dice el narrador que uno no sobrevivió al tiro que lo mató. ¡Voto a tal, vuesa merced! Si lo mató, ¿cómo iba a sobrevivir? Pág. 107.- Hablan de la mujer de Malacalza en el tono machista que tiene todo el libro. Págs. 109 y ss.- La aburrida conversación se prolonga durante varias páginas. ¡Menudas aventuras! Y uno de los críticos mentados compara esto con Beau geste, para decir que es superior. Págs. 109-110.- Malacalza también sabe adelantar el mentón y esbozar una sonrisa. Y, por supuesto, entornar los ojos.


Pág. 110.- Dudo que, in illo tempore, los soldados tuviesen hoja de servicios, como pretende Pérez. Pág. 111.- Y también ríe entre dientes. Pág. 113.- Mientras otro mira sin pestañear. Id.- En cambio, es un anacronismo que el capitán diga “pues te la estás jugando”, ya que esta expresión no surgió hasta 1976 después de que en Madrid pusieran el primer bingo. Igual sucede con “miré de soslayo”, que utiliza el relator. La de veces que dice “al cabo” el narrador, ha hecho que me pierda en el conteo. En ocasiones, dos veces seguidas, en el mismo párrafo, como ocurre en la pág. 114. Pág. 115.- Aquí todo el mundo mira de soslayo, como es preceptivo en las novelas quiosqueras. Y permanece pensativo o reflexiona antes de hablar. Después de encoger los hombros, por supuesto, o acariciarse la barba. Es una forma muy ingenua de narrar, esa de hacer pausa entre los interminables parlamentos por medio de movimiento de los ojos, las manos, los hombros, etc. Hasta las ilustraciones de este libro delatan que es un indisimulable pastiche de un epígono poco hábil, el producto de una nostalgia infantiloide. No tienen siquiera la gracia epocal de aquellos dibujos que adornaban los cuentos de Saturnino Calleja o Ezequiel Solana. Pág. 118.- Primer párrafo con que me encuentro cuando me dispongo a pasar otra temporada en el infierno: “Dos días más tarde, cuando la Mulata dejó atrás la costa de Berbería y arrumbó a tramontana cuarta al maestre, en la derrota de Cartagena, Diego Alatriste tuvo tiempo de sobra para observar al moro Gurriato, porque este remaba en el quinto banco de la banda derecha, junto al bogavante”. Aparte de que no entiendo lo que quiere decir lo subrayado, observo que Pérez se muestra más atento a reproducir lo que él cree el lenguaje de la época y a utilizar los tecnicismos que ha aprendido, que a configurar una realidad delante de lector, que es la obligación del novelista. Id.- En un largo párrafo, Pérez alecciona al lector acerca de lo que en las galeras es una “buena boya”, palabra (palabra no, Pérez, expresión) derivada del italiano buonavoglia, etc. No explica, por el contrario, lo que es un mogataz ni un cómitre. Id.- Eso sí, maese Pérez establece originales comparanzas: “más falsa que el beso de Judas”. Y ello después de un buen lote de frases hechas: “acogerlo con las bendiciones oportunas”, que es además anacrónica, “fue mano de santo”, etc., que, para colmo, no se usaban en la época. Pád. 119.- Alborozado, me entero de cuál es el sueldo del cómitre, aunque no de lo que es un cómitre. Id.- Busque por su cuenta el lector curioso –el que no lo sea, eso se ahorrará- el parrafazo que se dedica, en esta novela de aventuras, al peinado del mogataz (¿?), sus tatuajes, sábanas… Personalmente, me alegro de saber que el buen hombre no renuncia a la gumía. Págs. 119-120.- Completamente en serio: más parece esto una descripción de costumbres y hábitos –vestimentas, comidas, bebidas, sueldos, ropa de cama, etc., etc.- que relato de aventuras. Da la impresión de que Pérez no hace más que contar lo que ha aprendido al documentarse, como he dicho y volveré a decir. Pág. 120.- Copons se escandaliza: “ni se inmuta cuando hacen la zalá”. ¿Es grave esto, Pérez? Id.- Más claro le resulta al lector hodierno saber lo que ocurre cuando los remos están frenillados. Pág. 120-121.- Continúan las trepidantes aventuras. Unos cagan por la borda, otros en la letrinas de proa, otros zurcen sus zaragüelles, otros hacen la colada, otros se despiojan, otros, en fin, rezan a Alá. Eso sí, manteniéndose cerca del estanterol. Pág. 121.- Más y más enumeraciones que, por serlo, no resultan descriptivas.


Id.- A continuación: los muslimes se enfadaban cuando el viento rolaba y se daba orden de calar palamenta. Reverte ignora, pese a sus loables deseos de ser novelista, que la función de la prosa novelística no es hacer exhibiciones terminológicas, sino levantar una realidad delante del lector. ¿Qué puede “ver” un lector al que le hablan de estanteroles, calar palamenta y vientos rolantes de Babilonia? El corrector ortográfico de mi ordenador, lector sencillo donde los haya, subraya en rojo todos estos palabros. Id. Hay un fulano con una cruz en la cara. Serviría sin duda para cualquier cosa, menos para jugar a cara o cruz. Id.- Reverte informa de lo que hicieron los godos cuando llegaron los sarracenos. Id .- La interjección “ridiela”, probablemente, es de la época, pero la exclamación “no me jodas”, no. Su primera aparición data de la época de los Moratines y fue en un misal dominicano. Pág. 122.- Alatriste lleva seis páginas observando al moro Gurriato, mogataz él, que está sentado “en la postiza de su banda”. Su observación le da para una conversación más aburrida que una sesión de la Academia.. Quizá todo esto le ocurriese porque no había revesado el estómago. Id.- Nada nos debe extrañar, tratándose de un moro bagarino. Id.- Como en las novelandrias de Marcial Lafuente Estefanía, quiosqueras donde las haya y se detectaren, Copons, entre parlamento y parlamento, emite un gruñido. Relación de las comidas galerustres y/o galerudas, los olores del barco y sus tripulantes, los camastros, la ropa, etc. El lector empieza a preguntarse que cuándo va a pasar algo. Copons, después de gruñir, se lo aclara en aparte: “Yo, hace un rato, eché el hámago. Id.- La expresión “a cuerpo gentil” es contemporánea de “no me jodas”. Resulta anacrónica en este contexto. Pág. 123.- Se inaugura con una relación de enfermedades y malestares varios y otras de clases de galeotes. Id.- Continúa la plasta conversacional que tiene por tema al Gurriato. El que antes gruñía ahora se toca la nariz. Para haber revolucionado la novela, como quieren el profesor Belmonte, el escritor Juan Marsé y la madre del interesado, no deja de echar mano de recursos manidos. Si los “personajes” gruñen de vez en cuando, el crítico se siente con derecho a bostezar alguna vez. Pág. 124.- Ahora Copons ya no gruñe, tuerce el gesto. ¡Si antes lo digo! Vuelve gruñir y arruga el entrecejo. ¿Sostiene usted, profesor Belmonte, que esto es “literatura” de Academia y no de quiosco? Toda la página y casi la mitad de la siguiente está ocupada por la inacabable conversación sobre el Gurriato y la madre que lo parió. Pág. 125.- Otra vez encontramos a Pérez cerca del estanterol, observando cómo el piloto utiliza la ballestilla, que él sabrá lo que es. Disertación sobre heridas y curaciones. Pág. 126.- Cita, como otras tantas veces, unos versos. Ésta, de Quevedo. Algo sobremanera antinovelesco. Id.- Alatriste y Copons nunca se ponen a charlar en la cubierta ni en la cafetería, sino – esta vez, por ejemplo- bajo la vela del trinquete al final de la crujía, que debe de ser un sitio identificable por los lobos de mar como Pérez, pero no por mí. Id.- A Pérez le parece que se puede pensar más de lo debido. Yo, que creo que nunca se piensa lo suficiente, empiezo a explicarme algunas cosas. Id.- Ahora, los versos citados son de Juan Bautista de Vivar. Se ve que Pérez ha rebuscado, en las obras de la época, todas las composiciones de exaltación de la vida y el espíritu militar. Tal vez lleve dentro, como ha dicho Francisco Rico, un sargento frustrado.


Capítulo V Págs. 130-131.- Continúa nuestro minucioso autor con su bullicioso documental, merced al cual nos enteramos de nuevas y sabrosas peripecias, sin que falte una jugosa cita del Viaje del Parnaso, de Cervantes, que Pérez debe de saberse de memoria: avituallamiento, geografía del mediterráneo, puerto de Sicilia, galeras que suelen surcar por aquellos andurriales, aunque a veces nos confundan precisas alusiones a montar el cabo, levar ferro, cuarta al jaloque, dar popa, árboles trinquete, vigías en las gatas escandallo y proejando y bogando… Para al final encontrarnos con que se nos vuelve a hablar del moro Gurriato, que parece insinuarse como el protagonista de este inmenso carajal. Págs. 131-132.- Nos enteramos, y lo celebramos, de que Gurriato se ha hecho presto a la vida de gurapas y de que come en la sabeta y bebe en el chipichape. Y, si se tercia, corea las salomas. (Tantas adivinanzas, profesor Belmonte, ¿no suena a cachondeo de uno sin gracia?) El caso es que Pérez, como narrador, es todo lo contrario de lo que sus fans pregonan. En sus “obras” hay menos aventura que en una partida de damas. Pág. 132.- En fin, un verdadero portento el tal Gurriato, sobre todo en comparación con los desaprensivos que venían a cagar en los bacalares de la postiza. Pág. 133- Por fin nos enteramos de algo: Gurriato es un mogataz… Sí, pero ¿Qué es un mogataz, rediantres? Pág. 134.- En la primera línea, el narrador parece haberme adivinado el pensamiento: “A lo que no lograba sobreponerme era al aburrimiento”. (Experimento la grata sensación de no estar solo en el mundo). Nota al margen: de oídas de buenas bocas, sabía que Reverteris no escribía bien y que tampoco era novelista, según mis cánones, que son los del Círculo de Fuencarral de Crítica Literaria. Pero tanta insistencia laudatoria de los señores Ussía, Ansón, Rico, Salvador, De la Concha, Marías, Muñoz Molina, Rico, Belmonte, y tantos otros amantes de la novela hueca, me habían puesto en la idea de que era muy entretenido contando aventuras de piratas y/o espadachines. La verdad es que es más soso y plasta que un debate entre dos pesos pesados de la política. Pág. 134.- El que narra es lector, como Alatriste y como sin duda el propio Pérez y, después de habernos aburrido con pormenores sobre su aburrimiento, nos habla de lo que ha leído últimamente: un volumen con las Novelas ejemplares de don Miguel de Cervantes y el Retrato de la lozana andaluza, la sequedad de cuyos conceptos osa censurar. Pág. 135.- Insoportable, señor Pérez. Ciento treinta y cinco páginas y aquí no pasa nada. Vengan nombres de cabos, vengan nombre de golfos, vengan nombres de estrechos, islas, vientos, puertos, caminos y canales …, entre palabras y expresiones que es imposible que entienda quien no haya hecho el servicio militar en la marina –bogando a cuarteles, saetía, para hacer aguada a toda ropa. Págs. 135-136.- En el tránsito de una a otra, el barco toma “la vuelta de mediodía cuarta a lebeche […], dispuesto a dar un gentil Santiago a aquellos hideputas”. No es buena prosa la de Pérez Reverte. Mucho menos, prosa novelesca. Es una prosa alambicada, de laboratorio, que, por lo tanto, no evoca la realidad a la que se refiere. La prosa narrativa debe tender a la descripción, podríamos decir, fenomenológica, y a la representación, sin volverse sobre sí misma desatendiendo la realidad que debe conformar en la cámara oscura que, durante el tiempo de la lectura, es la mente del lector. Pág. 136.- Informe sobre las costumbres de los piratas ingleses y holandeses. Y más citas de versos de don Luis de Góngora, Cristóbal de Virués y Lope de Vega…el Fénix de los Ingenios, añade, erudito. Pág. 137.- Aquí nos larga todo cuanto ha aprendido sobre los piratas, que es bastante más de lo que, leyendo la página anterior, supusimos.


Págs. 137-138.- Si el lector es curioso y aplicado, aquí puede enterarse de lo que es un pirata y qué un corsario. Pérez no solamente los define, sino que los distingue y los describe, señalando sus rasgos morales, sociales y administrativos. Pág. 138.- Pérez nos hace ver que no es lo mismo cortar cabezas, saquear, ahorcar o empalar al prójimo por las malas, que si lo hace con bula de su majestad católica. Id.- Información documentada de los corsarios españoles –ora soldados, ora particularesy sobre ilustres personajes como el duque de Osuna y el conde-duque de Olivares. Pág. 139.- Nueva lección de geografía, pero tan esotérica, que no nos enteramos de dónde está, por ejemplo, la isla de Lampedusa, ya que se nos señala que está “quince o dieciséis leguas hacia poniente cuarta a jaloque de Malta”. Eso ¿es parriba o pabajo, Pérez? Y menos mal que nos aclaras que seguisteis el camino “mochos y a boga reposada […] para caerle a la saetía cosaria sin que se nos fuera de las manos”. Continúa la lección de geografía, ahora por parte del piloto. Pág. 140.- La lección se remata con una cita en verso de Lope de Vega. Este Pérez es un erudito. Novelista no lo es. Pág. 141.- Desentendido de las aventuras que sus partidarios dicen encontrar en sus plastas, Pérez se empeña una vez más en hacernos ver cuán puesto está en terminología marineril. Se impone un comentario: quien escribe una y otra vez, en una novela, cosas como ésa de “hacia poniente cuarta al jaloque” para jactarse de conocer los tecnicismos, a costa de no enterar al lector “de lo que realmente pasa” no es persona inteligente, es más bien dueño de una mente infantil, esto es, inmadura. Quien haga una lectura psicológica de esta u otra falsa novela de Pérez Reverte se dará cuenta pronto de que la ha escrito con el mismo espíritu con que hubiese jugado a la guerra con soldaditos de plomo. Aquellos que quieren justificar su injustificable ingreso en la Real Academia suelen aducir como mérito su prosa. Aparte de que la tal prosa no es sino un pastiche arcaizante, no es de la prosa, señores académicos, de donde brotan los valores estéticos de una narración novelística, sino de su composición, de la justa distribución y empleo de los elementos novelísticos –descripciones, diálogos, ambiente, alusiones y elusiones, tiempo y tempo, monólogo interior, etc.-, en una palabra, de la forma justa y precisa de presentación de la realidad ante el lector. Pág. 141.- Los que manejan el escandallo, que yo no sé lo que es, ponen a la gente en tierra “a calzón enjuto”… ¿Enjutos? ¿Por contraposición a calzonazos? ¿A taparrabos? ¿A qué? Id.- Tan alejado se muestra el autor de la narración, que, en lugar de decir “lo que pasa”, se pone a decir “lo que va a pasar”. Pág. 142.- Esto ya es demasiado, señor corsario, que parece usted un cosario de noticias sin el menor interés. Venga proyectos, venga descripciones de armas y vestimentas, venga palabros sólo inteligibles por los que saben nadar…Pero nada de esas “aventuras” que han hecho famoso a Pérez entre sus incondicionales los Ussía, Belmonte, Conte, Pozuelo, García Posada, Echevarría, Goñi y otros celtíberos de segunda generación. Siempre he estado dispuesto a admitir la novela de entretenimiento, aunque fuera de la Academia y del Parnaso, pero ésta es aburrida como una reunión en la cumbre de opinadores radiofónicos matinales. Pág. 143.- Toda esta página, entre saetías, corullas, bogando a la sorda, ciabogas, dar barreno, feluca, ración de gambas, punta de levante, despalmando, artillar bayatolas, paveses y pedreros, filaretes, meter caña a una banda, a la sorda, barajar la isla, está ocupada por el relato de lo que se proponen hacer. No entiendo la actitud de los antes nombrados, desde el punto de vista de la crítica literaria. ¿Estarán a sueldo del sistema o de la industria cultural? Si han leído a Salgari, a Stevenson, a Julio Verne, tendrían que admitir que todo el marketing con que se ha favorecido a Reverte es una marranada.


Pág. 144.- ¿Se propone Pérez darnos, por fin, una sorpresa? A la vista de Alatriste aparece un conejo. No. De lo que nos informa es –escarcela mediante- del reuma del capitán. Pág. 145.- Más de lo mismo tirando a peor. Descripción del barco. Yo sólo me entero de lo referente a la saetía, la entena, las alpargatas y el calafate. Págs. 146 y ss.- Descripción, minuciosa y aburrida, del puerto y naves que lo ocupan. Pág. 147.- Hablar de que el capitán –que tuerce el mostacho, al contrario que el alférez, que encoge los hombros- se había encontrado con una mala papeleta es otro anacronismo. Adivine el lector: Si el alférez Muela mete “la mano en la escarcela” ¿Dónde la ha metido? Pág. 148, 149, 150.- Minuciosa y aburrida descripción de un pequeño fregado –cómo aprietan el gatillo, qué clase de gorro llevan, donde se guarecen- con un grupo de ingleses… Ningún argumento tiene este libro y apenas trama. No es una novela, es una especie de documental de espesor vacuno y lanar. ¿Esto es aventura para usted, señor Ussía? ¿Es esto entretenido, don Darío Villanueva? Parecen los pliegos de un examen en la Escuela Naval. Pág. 150.- Todavía alcanzamos a enterarnos, en esta página, de cómo se rema. Pág. 152.- Continúa la recreación de unos lances, contados según los libros consultados por Pérez, que no forma forzosamente parte de una novela. Id.- Y ahora –se le acabará de ocurrir al narrador- nos enteramos de que el barco llevaba, como pasajeros, a cuatro caballeros de Malta. Págs. 153 y ss.- Descripción de un buen abordaje, aclarada por la mención de nuestros familiares cogullas, arrumbadas, zaínas, gallofas, saetías, bocanas, merengues, felucas, humillos, enfiladas, gúmenas, moyanas, pedreros, zurreadas, chascadas, obenques, enclavijadas, ciabogas, esgüazo, cecinas, galimas, letuarios, etc., etc. Id.- No creo que “camarada” sea palabra de estotros y aquestotros tiempos. Don Francisco Rico piensa como yo. Lo cual reconozco que no es precisamente una garantía. Pág. 154.- Hace acto de presencia el patriotismo testicular de Pérez: la infantería española es temible en un abordaje, aunque sus miembros no sepan leer. Especialmente si se anuncia por el grito de: “¡Santiago, España, cierra, cierra!”… El autor sabe muy bien que esto ocurría, lo ha leído en libros solventes y nos lo cuenta. Pero que no se engañe a sí mismo con ayuda de sus leales. Esto es un resumen de sus lecturas, pero no es, insisto, una novela, como revela también el hecho de que no contenga personajes. Hay nombres de sujetos pertenecientes a una historia fingida, la que se nos cuenta, mas no insertos en modo alguno en un segundo mundo, como debe ser en una narración novelesca. Al igual que su autor, los portadores de esos nombres no piensan. Tampoco sabemos por qué actúan como actúan. Sus actos no forman parte de un todo secuencial. Como mucho, recrean el fregado que han tenido o calculan como será el siguiente. Pág. 157.- La comparación pereztre de un marino inglés con uno español enardecerá sin duda a la extrema derecha leyente. Pág. 158.- Minucioso relato, sin el menor interés, sin el más mínimo sentido de la aventura y, menos aún, de lo novelesco, de otro abordaje llevado a cabo por los que liberan. Con la correspondiente ración de palabros, claro. Otra cosa de la que nos da cumplida cuenta, cada dos por tres, Reverte, aunque no lo hayamos señalado hasta ahora, es la meteorología. Se ve que también se ha impuesto en marejeadas, marejadillas, mar gruesa, vientos de levante, vientos de poniente, lluvias abrileñas y ventolinas mediterráneas. Pág. 159.- Lección sobre las patentes de corso y otros documentos. Apasionante. Pero se olvida de decir al lector expectante qué es un ojo plático. Termina el capítulo con la amenaza de que, en el siguiente, tendremos moro Gurriato para rato.


Compare el leyendo esta plasta celtíbera con cualquier novela de Salgari o de Stevenson y deducirá que esto no es una novela de aventuras. Que ni siquiera es una novela. Capítulo VI Pág. 161.- Sigue el documental: Pérez nos cuenta con detalle que los corsarios de Malta hacen cosas propias de corsarios, como era de esperar. Según decíamos, no sigue un argumento, sino que habla ora del alquiler que cobra Carlos V a los caballeros de San Juan de Jerusalén por la isla, ora del pirata de pata de palo, Barbarroja, que Pérez nos recuerda una vez más que se llamaba Jaradín. Págs.161-162.- Ahora cuenta, inflado de patriótico orgullo, que “somos la nación católica más poderosa del mundo”. ¡Por favor, señores Belmonte, Villanueva, Posada, Conte, Rico, etc. ¿esto lo consideran ustedes una novela? Págs. 162-163.- Cuando el narrador se encuentra ante determinado escenario, ello le hace recordar lo que pasó allí, aunque sea hace más de setenta años. Y va y lo cuenta. Sin olvidarse de las consiguientes lecciones de historia, geografía, meteorología, economía, navegación, etc. Pág. 163.- Minuciosa descripción de La Valetta le jour y La Valetta la nuit. Pág.. 164-165.- Minucioso relato de un antiguo ataque de los turcos a La Valeta. Evidentemente, Pérez es de los que están en la falsa idea de que novelar consiste simplemente en ponerse a contar cosas. Para que un relato sea novela se requieren otros ingredientes que él no tiene nunca en cuenta y que seguramente desconoce. Págs. 165-166.- Y ahora, como otras veces, los comentarios del narrador a lo narrado por otro. Quien a su vez ha narrado lo que Pérez ha leído. Pág. 167.- Pasean, también como otras veces, y el somnoliento lector tiene que soportar nuevas descripciones y evocaciones, si bien en ésta echa de menos el parte meteorológico, sustituido en esta ocasión por el menú de una taberna, a donde van a “remojar la gorja” y a “masticar algo cristiano”. Lo mismo se zamparon un reclinatorio. Pág. 168.- Ahora nos entera Pérez de lo que ha aprendido acerca del lenguaje y costumbres de los nativos. Sobre todo de las mujeres. Pág. 169.- Informe sobre las relaciones de los españoles con los venecianos. Añade una breve lección sobre el peinado de unos y de otros. Interesantísimo. No he de decir que, como de costumbre, nadie dice nada sin pasarse los dedos por el bigote, encogerse de hombros, arrugar la nariz o adelantar el mentón. Págs. 170-171.- Reyerta callejera entre españoles y venecianos por un quítame allá esas reliquias de San Pablo. Aunque los españoles son tres y seis los venecianos, los primeros salen vencedores, como no podía ser menos, siendo un tan grande patriota como Pérez el cronista. Pág. 171.- Reaparece el moro Gurriato para echar una mano a los tres mosqueteros. Pág. 172.- Nos entera Pérez de lo que es costumbre marineril en caso de reyerta. Y allí fue Troya, sentencia nuestro héroe. Todo el relato de la pelea entre –ya- cien venecianos y cien españoles es un ejemplo insuperable de lo que no es prosa novelesca. Pág. 174.- Larga cita de un cronista, para acentuar el carácter antinovelesco de la narración. Pág.- 175:- Con una simulada bronca del capitán a los héroes, tan mal novelada o nada novelada como lo anterior, llegamos a la mitad de esta “novela de aventuras”, con menos acción que el Código Civil. Y así liquidamos la primera mitad del insulso relato. Me pregunto si merece la pena seguir soportando la retahíla de nombres propios y términos inusuales con que pretende lucirse el inciensado pedante.


Los misterios del santo corsario Comienza aquí la segunda parte de lo que sea, de Pérez, y no sabemos si llegaremos al final. Alguna vez quisiéramos hacerlo en esta vida. Pág. 176.- “Disparado el tiro de leva […] zarpamos ferro”… ¿Qué habrán hecho? me pregunto inquieto. Y como lo que Reverte me aclara es que la chusma regalada divisaba el cabo del Pájaro, pues me quedo a la luna de Estocolmo, ya que tampoco se me dice de qué trató la parla que tuvo Pérez con el moro Gurriato. Id.- Qué expresiones más gráficas… ¡Este Pérez! Pues no va y dice que la gente del barco “dormía a pierna suelta”. Id.- El barco se convierte, Pérez avizor, en una replica del Covent Garden: una cincuentena de instrumentos de viento, sobre los usuales bancos, remaches y ballesteras, de los que brotan ronquidos, gruñidos, pedorretas, regüeldos, “y otros ruidos nocturnos que ahorro a vuestras mercedes”. Lo que nos ahorras, capitán, es nombrarlos, no su nocturnal y desagradable existencia. Id.- Afortunadamente, Pérez, desvelado -¡hay que tener sentido de la aventura!-, camina hasta la altura del banco de espalder –ya saben, el conocido banco de espalder-, hasta que encuentra al moro apoyado en la bayatola, que no nos dice si es cómoda. Id.- “Dijo en respuesta a mi pregunta…”. Esto es de novela de quiosco, Pérez. Pág. 177.- “Todo le parecía nuevo y extraño”. Id. Id.- Las sensaciones que experimenta el marino insomne, las comparan ustedes con las del Simbad de Álvaro Cunqueiro, y tendrán una idea de la diferencia que hay entre la literatura y la cuenta de la compra hecha sobre papel de estraza. Id.- Nuestro Pérez parece discípulo de Tomassi de Lampedusa: dice muchas cosas para no decir nada. Id.- Un marinero hace guardia junto al escandelar. Menos mal que no eligió otro sitio más raro. Jamás lo hubiésemos encontrado sus devotos. Id.- Tanto documentarse, para al final no enterarse de que lo de Muza y Tarik fue otra historia muy diferente. Pág. 178.- Plúmbeas conversaciones sobre curiosidades aprendidas en libros, sustituyen, en esta falsa novela de aventuras, a los hechos. Pag. 179.- Pérez se apoya en un filarete. No sé si es un lugar seguro, la verdad. Porque no sé lo que es. Id.- El moro Gurriato empieza a plantearse las grandes cuestiones metafísicas: “¿De dónde vengo?” Cualquier cosa, menos dar golpe. Guarriato se autodefine como Beni Barrani, que, andando Pérez por medio, tiene que ser interesante. Hay algo que el Beni “no vio con sus ojos”. ¿Con qué pensaba verlo entonces? El marinero de guardia resulta iluminado por la caja de marear, que no sé si es muy brillante. Pág. 180.- Alatriste sabe que va a morir, “y eso lo hace distinto a los demás hombres”. Esta “novela de aventuras”, que prende el lado infantil de los críticos y profesores españoles, no es sino una ristra de comentarios sin gracia sobre las cuestiones más tontas. Pág 180.- Por fin sucede algo: sopla el viento y la mar se pone picada: es todo cuanto se le ocurre a Pérez, para despertar el interés de sus lectores. Por si acaso, sin embargo, les aclara la situación indicando que “se entabló un griego fuerte”, “despertando a la chusma a puros anguilazos”, porque “se cala la palamenta”, mientras “los rociones saltan sobre la corulla”. Suerte para los que pudieron instalarse en los pañoles, mientras otros se arrebujaban tumbados en las balleneras, agarrándose a las arfadas, entre vómitos y peseatales, hasta que rola griego


al jaloque. ¡Magnífico! Yo, es como si lo estuviera viendo, como suele ocurrir cuando de trata de buena prosa narrativa. Nota al margen.- El infantilismo de Pérez raya en la estulticia cuando, como ocurre en este libro media docena de veces, abarrota casi una página de términos marineros que el lector normal desconoce. Como los desconoce, se queda sin saber lo que le han querido decir sobre el qué, cómo, cuándo, dónde, etc., que es lo primero que ha de saber decirle el autor. Y éste es el momento en que decido no dejar pasar ni una línea más sin suscribir la teoría de una suscriptora de La Fiera Literaria, psicóloga, que ya acertó al diagnosticar que el de Javier María y sus insalvables torpezas es un caso de dislexia no detectada por los médicos de la Academia. Para ella, el del muy testicular conde de Péreztriste, hipermacho de los que no quedan, es un caso claro de infantilismo. “Pérez se cree sus propias historietas y con ellas se lo pasa en grande. Es como un niño déspota y caprichoso de sesenta años casi, que vive fuera de su tiempo. Lo increíble es que lo haga para el mayor gozo de críticos y profesores como José Belmonte, Pozuelo Yvancos, Miguel García Posada, Ángel Basanta, Darío Villanueva, Nuria Azancot, Juan Cruz, García Jambrina, Francisco Rico, etc., quienes, para colmo, lo consideran un renovador de la novela y lo comparan con Cervantes. Aun cuando estuviera esto correctamente escrito -no siempre lo está- carece por completo de literariedad. No es más que una redacción colegial, mediante la que Pérez transmite al lector un resumen de lo que ha leído sobre el tema de la piratería y ciertos pasajes de la historia de España. ¡Nada más, por Belcebú! ¿Qué aprecian esos señores? Me pregunto. Pág. 182.- Ahora describe una tormenta, con algunas pinceladas de geografía: una verdadera estafa que los señores críticos no huelen. Y venga cómitre, palamenta, guiñadas, barloventear, culo al griego… Ni el lector más devoto pienso que se dedique a pasar ávido las páginas a ver qué pasa. Porque puede estar seguro que no se va a encontrar con nada diferente a lo ya leído. Pág. 183.- “…habiendo rolado de nuevo el viento al griego…” y otras pruebas de haberse documentado para suplir carencias infantiles… Al tiempo que trata de contentar a sus leales – que han de tener muy anchas tragaderas-, Maese Pérez, literalmente, juega a los piratas, como quizá no pudo hacerlo en su pedante adolescencia. Tal vez una ingenuidad en él. Pero, en los críticos mentados, auténtica tontería e incompetencia. Capítulo VII Me dispongo a iniciar el capítulo VII del trepidante relato, cuyo título, “Ver Nápoles y morir”, me hace sospechar con fundamento que va a tratar de otra efusión liricoide del conde, completamente alejada de la aventura que se supone nos está contando. Esto me pone nervioso; más aún, me hace rolar palamenta, calafate de estribor, cuarta al griego, que es el estado de nervios más molesto que se conoce. Se me viene olvidando decir que Pérez, para su mayor vilipendio, es monárquico, como Marías, como Muñoz Molina, como Almudena Grandes y Elvira Lindo; monárquicos de los de ahora. Pág. 185. Ya lo decía yo. El capítulo se inicia con una lírica descripción del Vesubio al amancer –un amanecer “bermejo”, por supuesto. Id. La indumentaria de Alatriste merece igualmente media página…. Id., como igualmente los sentimientos del capitán ante el paisaje y las especulaciones de Pérez sobre Francisco de Quevedo y lo que hubiese hecho de estar en su pellejo. Pág. 186.-Según nos informa cuidadosamente Pérez en esta página, Alatriste se dedica, en este punto de sus locas aventuras, “a reflexionar”. ¡Magnífico! Porque hay por ahí cada aventurero que se mete en un fregado sin pensárselo dos veces… Para que no nos engañemos, nos aclara –verán qué bueno- “que Alatriste no era poeta y sus únicos versos propios eran cicatrices y una docena de recuerdos”. Para concluir, al alimón


con Cervantes: “Así que se caló el sombrero, y tras mirar a uno y otro lado… -sigue don Miguel…- requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. Es un clásico este Pérez. Id.- Otra lección de geografía e historia, como han requerido siempre las aventuras. Págs. 186-187.- Capítulo, minuciosamente detallado, de las memorias del valeroso capitán. Pag. 187:- Para no dejarse nada, Pérez especula aventureramente sobre lo que un su amigo, Álvaro de la Marca, pensaría allá en Madrid si lo supiese a él por aquí. Id.- Alude a varias aventuras que, por supuesto, no narra. Pág. 188.- Descripción de personas y sus estáticas andanzas. Si, para Pérez, éstas son aventuras, ¿qué será para él un éxtasis contemplativo? Cita de Lope de Vega, incrustada en un párrafo que quiere ser cervantino. Id. Paseo de Alatriste por la playa, no sabemos si buscando aventuras o coquinas. Pág. 189.- Alatriste se muestra encantado de estar en Nápoles. Id.- Caemos en la cuenta, al leer el último párrafo de esta página, que, hasta ahora, Alatriste ha cruzado más miradas que mandobles. Pág. 190.- “indivíduos de pésima catadura…”. No hay que preguntase por cuáles han sido las lecturas de Pérez. Dómine Pérez, si quieres saber lo que es lenguaje novelesco, analiza las primeras páginas de La Regenta, El poder y la gloria o La revuelta. Id.- Esta nota se podría titular “la metamorfosis de Correas”, que se había vuelto “apicarado, burlanga y putañero, amigo de rondar garitos y manflas, etc.” Ésta, que no es novela de aventuras, de lo que trata es de la vida privada de los aventureros en cierne. Pág. 191.- Y más recuento de fulanos. Son las aventuras que estremecen a los Belmonte, Pozuelo Yvanco, Darío Villanueva, etc., hasta el gorro ya de novelas profundas, intelectuales, imaginativas, renovadoras en lo formal de aquéllos insoportables Huxley, Mann, Camus, Pavese, Butor, etc. del siglo XX. Id.- El acompañante de Pérez, tan aventurero como él, se empeña en jugar unas quínolas en boliche. Por cierto que este extraño sujeto era “doctor de la valenciana” Amplia descripción del tal. Media página. Id.- ¡Y pretende darle garatusa! ¡Nada menos! ¡A Pérez! Pág. 192.- Y es que, claro, al verlos chapetones, los toma por niños. Por cierto que, para mí, Reverte es un chapetón incurable. Otra página en que se demuestra que el aventurero no tiene ninguna aventura que contar. Para colmo, los que pueden hacer algo no hacen nada. Tal vez sea el momento de recordar aquello de “la novia de Reverte / tiene un pañuelo / con cuatro picadores / Reverte en medio”. Id. Alejado de todo afán aventurero, Pérez lo que anhela es una iglesia donde guarecerse en caso de estocadas. Págs 192-193.- Eso sí, no deja de sorprendernos con algún hallazgo: “La aurora de rosáceos dedos despuntaba…”. “Tras una noche de harto vino, harta música y harto darle a la descuadernada”. ¡Si al menos tuviese alguna gracia lo que cuenta¡ Aunque hay que tener salero para estar toda la noche bebiendo, cantando y dándole a la descuadernada. ¡Me muero de risa! Pág. 193.- Descripción pormenorizada de Jaime Correas, quien señala al tahúr “con un movimiento de cabeza.” Y quien, según Pérez, era partidario de calcorrear. Id.- Nos sorprende Pérez: “A Correas y a mí se nos apareció la Virgen”. El caso es que a mí, anoche, se me apareció Pérez. No sé lo que es peor. Pág. 194.- Pérez, en un arrebato aventurero, evoca ahora sus recuerdos de Nápoles –es mucho lo que guarda dentro este Pérez- y nos invita a que lo imaginemos “joven, gallardo y


español bajo las banderas… ”. No dice si en compañía de Jiménez Lozantos y Pío Moa, o Pido Moda, en castellano antiguo. El resto de la página lo resumo en un “¡Viva España!”, mientras evoco al joven Pérez. Pág. 195.- Nos invita a volver al Nápoles de su juventud. Se está poniendo pesado. Id.- Los viernes y sábados de su mocedad se los pasaba “campando de garulla”, que debe de ser algo estupendo. El aventurero Pérez sólo necesita página y media para contarnos sus vacaciones estivales de antaño. Pág. 196.- A Alatriste le entregan una carta que ha llegado. Desde este aviso hasta que el epistolado la toma en sus manos, transcurre toda una página que Pérez colma de remembranzas. A casi doscientas páginas del principio de esta “novela de aventuras” sigue si ocurrir nada. Págs. 197-199.- Estas páginas están enteramente ocupadas por una epístola dirigida al señor don Iñigo Balboa Aguirre por doña Angélica de Alquézar. Parece mentira. Con todo lo que ha tratado de impregnarse Pérez del tono de la escritura de aquella época, y la tal epístola está compuesta de una sarta de anacronismos, expresiones actuales, es decir, contemporáneas de Pérez, que no se pueden soportar. Alguien de la época sólo la hubiese entendido a medias. Lo que sí queda patente es el esfuerzo de Pérez por ponerse a tono, pero hasta para esto le faltan dotes narrativas. Lo que cuesta trabajo creer es que los críticos y profesores varias veces nombrados hayan tomado lo que hace Pérez Reverte por literatura, por novela excelente, ¡y de aventuras!, cuando no es más que imitación y, para colmo, sin profundidad. Como opina nuestra compañera M.-J. A. P., en una carta publicada en el número 213, mayo de 2009, de La Fiera Literaria, estas pseudonovelas no son sino desahogos de alguien que no ha salido mentalmente de la adolescencia y anhela el retorno a aquella época en que, teniendo a su amigo tonto por escudero, jugaba a caballeros después de haber visto una película de Errol Flynn. ¡Ah, Pérez, Pérez, cuán largo me lo fiáis! ¿A qué no sabes, oh lector compañero de aventuras, qué me gustaría hacer ahora? Me gustará volver a visitar a Malacalza en compañía de Pérez. ¡Eso sí que sería una aventura! Pág. 197.- Es tan patriota nuestro Pérez, que intenta dejar bien a la posta española. Y a la monarquía –“universal monarquía”, dice con orgullo- y a la “religión verdadera”. Id.- Informe sobre Nueva España. ¿No lo decía? Nuestra católica patria es baluarte de la fe y crisol de virtudes, según Pérez. Pag. 199.- “Como podéis ver, creo que aún os amo…” ¿Cómo va a ver él lo que ella solamente cree? Ni un lector tan atento como yo, logra percatarse de qué vienea significar esta larguísima carta entre los paseos por Nápoles. Pág. 199-200.- Más descripciones: que si el sol, que si la ropa tendida, que si las ventanas… Pág. 200.- Evocación de cosas que han pasado, pero que no pasan delante del lector como debe ser en una novela. Id.. “Volvió el rostro hacia mí, lentamente, y se quedó mirando la carta”… Apuntes de este jaez pueblan la obra revertesca, como la novelas de quiosco, cuyos autores las emplean para engrosar el texto y cobrar más. Sus textos, por eso, están llenos de entrecejos que se arrugan, mentones que se adelantan, labios fruncidos, etc. Es lo que hay que hacer, como dice Pérez, no lo que hicieron esos Kafka, Proust, Hesse, Pratolini, Kazantzaki, Faulkner… que ya tenían hasta el gorro a nuestros críticos y profesores, que son los más sabios del mundo. Menos mal que Pérez vino a redimirlos de tan pesada carga.


Id.- “El capitán permaneció callado otro largo rato. Apoyé el hombro en la pared. Mirábamos pasar a la gente”… Y enumera la clase de gente que pasaba en cinco largas líneas, antes de contarnos cómo es aquel barrio… Aventura tras aventura, como se ve. Págs. 200-201.- Y venga más descripciones del inmueble… Por estas páginas, estuvieron a punto de nombrar a Pérez ministro de la Vivienda. Págs. 201-202.- Pugilato de miradas y gestos entre Pérez y su interlocutor. Los de éste son terribles, y les hubieran dado miedo a cualquiera, menos a Pérez, según Pérez. Pág. 202.- Continúan charlando tranquilamente y haciendo variados gestos, como es lo propio en novelas de vertiginosas aventuras. Id. El que habla con Pérez se cala el chapeo y requiere la espada, como en el soneto cervantino. A veces, Pérez se cree Cervantes. Otras, Quevedo. Otras, Cristóbal de Virués. Otras, Hervás y Panduro… Pero alguien de lo tiene que decir: Memento homo, qui pulvis eris et in Pérez reverteris. Id.- “Seguía mirándome como antes… Como si acabara de verme por primera vez.” Pero por Dios, Pereztre, esta expresión la ha empleado un millón de veces Corín Tellado. Pág. 203.- Descripción de un barrio y del Vesubio. Imagino a Ussía, a Belmonte, a Darío Villanueva, a Juan Marsé y los demás ansiando saber qué describe en la página siguiente. Pág. 209.- En su inacabable deambular, se encuentra con una prostituta. Como hay poca luz, teme habérselas con “un callonco piltrofero”.Pero resulta ser “una bachillera del abrocho”. Pág. 210.- “Una caricia […] que no me desagradó por cierto”. La expresión “por cierto” hace tiempo que está desterrada del lenguaje narrativo. Id.- “Poniéndome la mosca tras la oreja”. Una más de las infinitas frases hechas. Id.-Nos informa sobre las construcciones de la ciudad. Pág. 211.- Como rasgo propio de este incansable narrador, otra aventurera cita en verso. Id.- “… cuando la haifa retiró la mantilla y dejó ver una cara razonable”. Al lector le gustaría saber cómo es una cara no razonable. En cualquier caso, un anacronismo. Pág. 212.- En el cuarto entra un engibacaire, dice Pérez. Yo no sé lo que es eso, pero el maestro me lo aclara al decirme que es “gente de la hoja”, “un jaque” y que tenía “la viva estampa del rufo”. Pág. 213.- “…estaba a un jeme de borrajarle el mundo a la pencuria…” Pues sí, lo que yo decía. Capítulo VIII Este capítulo se titula La Hostería del Chorrillo. Me temo que nos vamos a enterar de la disposición de las habitaciones y hasta del nombre del arquitecto y de sus más ilustres visitantes, pero no vamos a asistir al desarrollo de ninguna aventura digna de ese nombre, pese a lo cual ésta seguirá siendo una novela de aventuras para los fans de Pérez, como Belmonte, Ussía, Darío Villanueva, Pozuelo Yvancos, etc. A mi manera de ver, todos los miembros de la crítica vernácula, patriótica y sumisa se han juramentado para hablar siempre bien de Pérez y de Alatriste, su profeta. Pág. 215.- Lo que nadie podía esperarse: Alonso de Contreras bebe agua de la fuente, se seca el morro con la manga, aspira con satisfacción el aire, mira el Vesubio, camina…¡Es emocionantísimo! Para fortuna del lector, Alatriste también bebe. Id.- Pérez no deja de recordarnos tácitamente que se trata de una aventura vertiginosa: “ambos militares prosiguieron su paseo”. “Ambos” no es palabra para emplear en una novela. Págs. 215-216.- Apenas sus capitanes pisan un reguero de sangre, el clarividente Pérez sabe que allí habían despedazado, aquella misma mañana, a ocho corsarios moriscos, ni uno más ni uno menos.


Pág. 216.- “Me fastidia” y “tengo al virrey encima de la chepa” no son expresiones de aquellas calendas. Id.- Pérez traslada a sus lectores cuanto ha aprendido sobre Lope de Vega y su hijo Lopito. Sus capitanes hablan de madame Lope como podrían hablar dos ejecutivos modernos en el ascensor. Pág. 217.- :::”los golfillos de la calle […] se encargaron de ellos”. Tampoco es expresión de aquellos tiempos. Id.- En forma de conversación, Alatriste nos larga cuanto ha aprendido al documentarse. Si accediéramos a conceder a Pérez, magnánimamnte, el título de novelista, sería para añadir: el más torpe del mundo. Págs. 218-219: Sendas páginas, que diría Javier Marías, están ocupadas por una insulsa conversación, durante la cual los interlocutores, como en las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, suspiran antes de hablar, hacen una mueca antes de contestar, dibujan una ancha sonrisa, se llevan una mano al ala del sombrero, saludan, asienten satisfechos, se retuercen el mostacho (por cierto, me gustaría saber cómo se retuerce uno el mostacho con melancolía). En este libro, siempre están los falsos personajes –no lo son, novelísticamente hablando- antes o después de la batalla. La batalla o la aventura siempre es referida, nunca novelada. Pág. 219.- Insisto: los “personajes” siempre están fuera de la aventura en esta “novela de aventuras”. Págs. 219-220.- “La mención del infeliz duque los puso serios a los dos, y ya no abrieron la boca hasta llegar a la calle de las Carnicerías, frente a los jardines del palacio virreinal, etc.” El lector perspicaz piensa para su tabardo: pues si dejan de hablar, ¿con qué va a llenar las páginas Pérez? Pág. 220.- Currículum vitae del Duque de Osuna. Pág. 221.- Cita de varias estrofas de Quevedo, leídas por Pérez, según dicen, en las “Mil mejores poesías de la lengua castellana”. Id.- “Por cierto -dijo de pronto Contreras-. Hablando de vuestro joven compañero…” ¿Por qué “de pronto”? Rompió a hablar y se acabó. Y vaya que si habla. Explicaciones y más explicaciones. Esta es una novela de explicaciones, descripciones y relatos... ¿Dónde verán los fans de Pérez la aventura? Id.- “su joven compañero” y “ese fulano” no son expresiones de aquellosotros tiempos. Pág. 222.- La expresión “encajan como un guante” no se usaba por aquellos idus y calendas. La usó por primera vez Antonio Gala en carta a Terenci Moix, del primero de marzo del año jubilar de 1999. A continuación, lo hizo Almudenne La Ggand, una vez se hubo enterado de lo que era un guante. Id.- “Alatriste se pasó dos dedos por el mostacho, sombrío…” “En silencio, Alatriste, fruncido el ceño bajo el ala del sombrero que le echaba sombra [como era su obligación; por eso lo llaman sombrero, en los ojos glaucos y fríos… Todo esto, además de cursi y quiosquero, es tan inútil como un balón para un cojo de entrambas dos sendas piernas, que diría Javier Marías. Finalmente, Contreras se dispone a “zarpar ferro a la noche con el terral”. Como otros lectores, me siento desgraciado: no sé lo que es zarpar ferro ni terral Pág. 223.- Encontramos al relator del tarugo pereztre, que es evidente que carece del gen del entretenimiento, en su cuarto de la posada. Y tiene una ocurrencia. ¿Cuál? ¡Tiembla, lector! ¡Irse a dar otro paseo! Conteniendo la emoción, anhelamos que Pérez nos lo narre detalladamente. Id.- Media página describiendo cómo iba vestido el no sabemos si ex paseante o futuro paseante. Id.- Describe el garito “elegante” (¿) al que piensa ir y otros por los que puede optar, como si hablara de las cafeterías de la calle Goya.


Pág. 224.- Trepidante aventura en forma de conversación sobre los ahorros. La mayoría de los lectores no sabe lo que es el argén, tan familiar para Pérez. Pág. 225.- Alguien pretende darles garatusa. ¡Nada menos! Argén y gatusa. Nos sentimos en nuestra salsa Págs. 226-227.- Continua la insulsa conversación. Dos páginas. Y más frases hechas que en un documento notarial. Y evocaciones varias Id.- Pérez no es sencillo: “Me miraba con el mismo calor que lo que crujía bajo nuestras botas en los inviernos de Flandes. El Alatriste es un manual de gestos: “Torcía el mostacho en una mueca irónica, despectiva, que me revolvió los bofes”. Se ve que el malvado Pérez Alatriste está por hacerle la puñeta al narrador. Pág. 227.- Continua Alatriste con su repertorio: “Inclinó a un lado la cabeza y miró al suelo…” Id.- Pero hay quien le gana. Uno que “murió a tiempo de que yo nunca lo viera borracho, cogiendo zorras por las orejas y lobos por la cola”. Págs. 227-22.- Y hacen pausas. Y se detienen en el umbral. Y matan con los ojos. Y hacen muecas. Y miran muy fijos. Y cierran las puertas a su espalda… Como los títeres quiosqueros de Lafuente Estefanía. Es el momento oportuno para que Alatriste reciba una carta de don Francisco de Quevedo -¡cuatro páginas!-, que empieza así: “Queridísimo capitán”. Esto no lo hubiera escrito Quevedo ni en ceniza convertido. Ni lo demás tampoco. La misiva es una chorrez neoclásica. Pérez, disfrazado de Quevedo, da cuenta a Alatriste de corrupciones y tráficos de influencias. Sin olvidar el tema catalán ni los problemas con la Iglesia. Ni las macutadas provenientes de palacio. Por lo demás, ¿a cuenta de qué viene esta epístola, tan anacrónica en su expresión? Aunque él se lo crea, que se lo cree, Pérez no es Quevedo ni su doble. Pág. 230.- Pérez cree que miles gloriosus significa “soldado glorioso”. No, Pérez, significa “soldado fanfarrón”. Pág. 232.- Pérez se dispone a describirnos el Chorrillo y comienza con la explicación de por qué se llama así: etimología, folklore, habladurías y demás. Lo que ya empieza a considerarse “el estilo Pérez”: rellenar páginas y páginas de cosas que uno no entiende por qué le interesan tanto a José Belmonte, Ussía, Pozuelo Yvancos, Conte, Darío Villanueva, Gregorio Salvador, García de la Concha y otros de los que, como ellos, usan zaragüelles. Id.- Lección de Historia de España.. Pág. 233.- Y más información sobre Nápoles y sus habitantes. Y sobre la vestimenta de Alatriste. Y otra cita en verso. Este libro es un potaje, Belmonte. No es una novela y, mucho menos, de aventuras. Observar a Pérez, creyéndose un lobo de mar y tratando de imitar a nuestros clásicos irrepetibles resulta patético. Pág. 234.- Lecciones de geografía y costumbrismo. Ya lo he dicho: Pérez aprovecha al máximo sus lecturas. Y es de todo punto incapaz de inventar nada por sí mismo. Pág. 235.- Antes de decir nada a dos soldados que le increpan, “Alatriste se pasó despacio, casi pensativo, dos dedos por el mostacho”. Si nos fijamos bien, el mostacho de Alatriste viene a ser el protagonista de este fideo napolitano. Id.- Descripción prolija de los dos soldadotes malencarados. Por supuesto, “sendos” “lucían mostachos en caras muy bien rasuradas, y calaban chapeos con plumas”. ¿Devendrá el encuentro un torneo de mostachos? Id.- Lección de esgrima. Lección de lenguaje caballeresco. Pérez es un experto en “sendas entrambas dos disciplinas”, que diría Javier Marías, el otro gran renovador de la novela no novelística. Aprendemos que no hay nada como ocultar algo tras al faldón del herreruelo.


Pág. 237.- “Acaba de tener un problema ahí arriba” no es lenguaje propio de aquellotra época, documentado Pérez. Id.- Alatriste “no aparta los ojos del soldado” y “se encoge de hombros”. Me temo que, de un momento a otro, hará un gesto vago y se llevará la mano al mentón, frunciendo el ceño y arrugando la nariz. Lo que Alatriste piensa que son los otros ocupa media página. Nunca sabremos si acierta. Pág. 238.- “Alatriste volvió a acariciarse el mostacho.” ¿No lo decía yo? Id.- “Basta de palabras –lo interrumpió el otro, encarándose con Alatriste”. El lector prudente y pragmático piensa: “Antes se lo debería haber dicho”. Pág. 239.- Alatriste lo mira muy fijo, tomándole la medida con los ojos (no en balde es un aventurero). Id.- Una sonrisa distraída torció la boca de Alatriste. Id.- Asintieron los otros, tras mirarse entre ellos. Y venga miradas. Y venga sonrisas… Pág. 240.- “… y confiaba en no errar al respecto”. Esto es lenguaje oficinesco de tu época, Pérez. Id.- “…un par de esmarchazos de mala catadura, de los de baldeo, rodancho y cuello deshilachado…”. El diccionario de Pérez tiene que ser más extenso que el de la RAE. Pág. 241.- Consideraciones sobre una partida de naipes.”Frunció los labios con recelo.” ¿Habrá un fulano de éstos que deje la cara quieta? Id.- “Tenían a mano herrerazas cortas”. ¿Qué tendrían? El otro tenía un agujón. Acudiré a De la Concha. Pág. 242.- Palabrotas de Alatriste, que no oso reproducir. Y nueva operación con el mostacho. Id.- “Oído al ‘parche”. ¡Pero Pérez! Esta expresión es posterior al cine mudo. Lo mismo que “está claro como el agua”, expresión posterior a la invención del alcantarillado. Págs. 243-244.- Los aspavientos de chulería y jactancia alatristana tienen que ser autobiográficos. Pág. 244.- Lo “miraba como si lo viese por primera vez”. Esta es la frase más repetida en la literatura barata. Pág. 245.- En esta página y la anterior no hay más que miradas con distinta significación. Capítulo IX Pág. 247.- Descripción de un barco. El capitulo se titula Leventes del rey católico. Es de suponer que en él continuará la divulgación de las lecturas de Pérez. La devoción que siente Pérez por la infantería de Castilla no es inferior a la que sentía John Ford por el Séptimo de Caballería. Pérez no es escritor, pero sí un gran patriota. Págs. 247-248.- Con su sed insaciable de aventuras, enumera todas las mercancías con que trafican los turcos y los griegos. Pero nos deja sin saber qué son la galima y el caramuzal. Ignoro si es cuestión de cequíes o de que las galeras estuviesen recién despalmadas y bien provistas de bastimentos. O tal vez fuera que estaban hechos de “carnaje fresco y aguada”. Pág. 249.- Cita en verso de Vélez de Guevara. Pág. 250.- Por si alguien lo dudaba, Pérez demuestra su familiaridad con el Quijote. Y es que, como ha demostrado José Belmonte, Pérez es a Alatriste lo que Cervantes es a don Quijote (sic).


Id.- Pérez prometió al lector referirle “lo que confesó el renegado español capturado en el caramuzal” y víctima de “ir sentado en el banco de cogulla”, y lo larga sin saltarse una palabra. Son éstas las ocasiones en que se luce con su lenguaje clásico y su buena memoria. Pág. 251.- Nos presenta a otro renegado: un marsellés que se había retajado. Así se explica. No es lo mismo retajarse que no retajarse. Id.- “Lo del bajel turco eran palabras mayores”. No, Pérez, no. En aquel tiempo, aún no había crecido las palabras. Id.- Encierran al condenado “en el pañol del bizcocho”. Id.- “…salió al rato acariciándose la barba -¿cómo no?- y con una sonrisa de oreja a oreja”. Para eso, Pérez, le hubiesen hecho falta unas orejas, que no se inventaron hasta el siglo XIX. Demasiados anacronismos, mi capitán. Págs. 251-252.- Lector curioso: aquí tienes media página para enterarte de cómo y por qué una galera llega a ser capitana. Igualmente te enteras de qué cargos hay en ella. Pág. 252.- ¿Cómo va a venir la noche de levante, Pérez? Págs. 252-253.- Pérez observa, apenas amanece, todo lo que hace el piloto y nos lo cuenta. Y también nos cuenta lo que haría en otras circunstancias. Pág. 253.- Aunque ya nos ha dicho que era el amanecer, por si acaso, insiste en que era muy temprano. Id.- “Y la chusma –Pérez es clasista, además de machista- seguía dormida en sus bancos y remiches”. No sé por qué, pienso que los de los bancos iban más cómodos que los de los remiches. Id.- “Un viento razonable”. Alatriste se despierta y ¿qué es lo primero que hace? “Se inclina sobre la regala”… No sé si para rezar sus oraciones o para hacer de su persona, pues ignoro lo que es una regala. Tanto se explica Pérez, que no se explica. Págs. 253-254.- Descripción de las operaciones de aseo del héroe. Da gusto enterarse de cómo se seca. Pág. 254.- Hecho todo lo cual, se recuesta en la batayola.. Id.- Siempre ansioso de narrar aventuras, Pérez precisa la cantidad de vino que se zampa el Alatriste, dónde guarda el pellejo y con quién lo comparte. No sé cómo pueden soportar tantas emociones Ussía, Dario Villanueva, Belmonte, Pozuelo y los demás fans de Pérez. Un auténtico malabarista: con una mano sostiene el bizcocho, mientras con la otra se quita las legañas. Y, por supuesto, el capitán echa un vistazo, mientras el escudero retira la mirada. Pág. 255.- Ahora Alatriste MIRA desde lejos, y el escudero, “de soslayo”. Por lo menos yo, esperaba esta precisión: “El moro Gurriato hurgaba entre los dedos de sus pies, minucioso”. (¿He de decir que no traigo aquí todo lo que lo merece?) Pág. 256.- No deja pasar muchas líneas sin hacer “un ademán vago”. Pág. 257.- Ahora –primera línea- “mueve la cabeza”. Id.- “En su ruda tosquedad”. ¿Es que puede haber una tosquedad que no sea ruda? Más de dos páginas ya hablando del Gurriato y de Copons. ¡Apasionante! Id.- Se pasa la mano por el cráneo. Ah! Y golpea el filarete. Pág. 258.- Y coge un manojo de estoperol. Id.- Alatriste moja su mostacho en el vino. ¡Las de cosas que sabe hacer con su mostacho este sujeto! Pág. 259.- Hay que suponer que el tudesco es habilidoso, cuando “manejaba moyanas, sacres, culebrinas y esmeriles”. Y sabe lo que es una mohona. Id. Los mostachos mandan. Si Alatriste se mojaba el suyo, el alférez Labajos se lo seca. Diferentes versiones del mostachismo contemporáneo.


Pág. 259 y ss.- Al parecer, toda la oficialidad ha sido convocada para chismorrear. ¡Y también para hablar del tiempo! Y para que Pérez luzca sus conocimientos de las costumbres de entonces. La palabra guasa no existía in illo tempore, Pérez. Ni la gente empleaba el cachondeo como ahora. Pág. 261.- A Dios gracias, saben que van a contar con el viento meltemi. Pág. 262.- Viajarán en una mahona, eso sí. Id.- Y olerán a galima. En fin, suposiciones sobre la “aventura” que después no nos contarán. “Algunos de los presentes enarcaron las cejas”. (En esta historia, el que no gesticula es que está muerto). Pág. 263.- Entre el conocido viento meltemi y la mareta revuelta, hicieron “que las cinco galeras nos perdiéramos de vista unas a otras”. No se iban a perder de vista unas a unas, Pérez. Pág. 264.- Ahora, el aventurero nos explica cómo pasa la noche la gente de mar, lección de geografía incluida. Y de navegación, aunque en ésta no se nos dice lo que es “tomar lengua” ni “hacer la descubierta”. Pág. 264-265.- Ni tampoco lo que significa “arrumbar esa noche en la misma vuelta de jaloque levante (reconozco que soy un pesado, pero Pérez lo es más, además de infantil e inmaduro. Debe de ser cierto que duerme en una cuna con forma de lanchón y vestido de mosquetero, como ha contado Belmonte, tal si fuera un mérito literario. Pág. 265.- Lecciones de geografía y de historia. Está claro, señor Ussía, señor Belmonte, don Darío, que Pérez se limita a contar lo que ha leído… ¡Y eso no es literatura! Y, mucho menos, novela. El muy aventurero Alatriste se pasa todo el santo día “sentado en una ballestera, leyendo el libro de los Sueños que le había enviado a Nápoles don Francisco de Quevedo. Págs. 265-266.- Larga cita de los Sueños. ¡Al fin ideas en este libro! Pág. 266.- “Proejar por el viento” y “Zarpar ferro”. ¿Qué suponías, oh lector amante de las aventuras, que harían los aguerridos corsarios de Pérez durante todo el día? Pues esto: despiojarse unos a otros, protegerse del calor y comer garbanzos hervidos, pues era viernes. Pág. 267.- “Brisa de lebeche”. “Zafar rancho”. Destacar, “marinado por nuestra gente, un caique de griegos”. Id.- Cita en verso de su colega Cervantes, que tanto aprendió de Pérez. Pág. 268.- Deducimos que, si se perdió la Invencible, fue porque nadie pensó lo que Pérez explica aquí que pensó él. Id.- Alatriste y compañía se disfrazan de turcos. Es de anotar la falta de sentido del humor de Pérez, como de todo el que se toma tan en serio a sí mismo. Pág. 269.- El capitán solicita a sus hombres “boga larga”. Si no le obedecían, la obtendría “a golpe de corbacho” o mediante “el mosqueo de anguilazos”. Id.- Afortunadamente, no soplaba el viento maestral. La boga de la nave de Pérez termina por hacerles catar [a los turcos, que pusieron proa al griego] el almagre. “A ojos vista”, “era cosa hecha”… se explica Pérez. Quien no sepa qué es un trinquete de cruz ni un mesana latino o una gavia, que se lo pregunte a Pérez en el descanso. Pag. 271.- Se ve que Pérez se identifica con todos los que gritan términos marineros. Lo que dijo nuestra suscriptora: infantilismo senil. Tengo que recordar que nada de lo que se cuenta aquí tiene nada que ver con un argumento o una trama. Se trata de una serie de estampas, dibujadas por Pérez a partir de lo que ha leído.


Diversas relaciones que extrae Pérez de su diccionario en veinte tomos, para darme la razón: Jergones, mantas, mochilas, etc Cofres, cestones, talegas, etc. Petos, morriones, rodelas, espadas, etc. Arcabuces, mosquetes, chuzos, picas, etc. etc., etc. Por no hablar de las diferentes clases de bocadillos… Todo cuanto ha aprendido Pérez, ese aventurero de laboratorio. Y ello entre gritos del capitán Urdemalas: ¡Cuarta a babor!… ¡Amolla ese cabo!… ¡Tensa la driza! Pág. 272. Y un mérito más, para que nos sintamos orgullosos: “Nadie blasfema como un español en temporal o en combate”. Id.- Los de Pérez pierden la entena del trinquete. Y eso que el capitán Urdemalas tiene el ojo plático y le busca la popa a la mahona, alta como la de las urcas. Pág. 273:- “Jesucristo dijo sed hermanos, pero nunca dijo primos”. Afirmación con la que pretende hacer una gracia pero que, sin embargo, demuestra su incultura. Si Jesús (no Jesucristo) no dijo anepsios, sino adelfoi, sus vicarios han insistido en decir lo contrario. Se trata de una de las polémicas más fuertes entre los exegetas carcas y los exegetas progresistas, de la que sale malparada la virginidad de María. Que Pérez sea virgen no le autoriza a pensar que todo el mundo lo debe ser. Id.- El alférez Labajos aúlla. Esto explica el pánico de los turcos. Manual reducido del perfecto abordaje. Alatriste hace uso de la rodela, el capacete, la entena, ballesteras, arcabuces, capacetes… Copons y él se anudan a la chorla un pañuelo aragonés, como, siglos después, harían Peter Lawford, Robert Duvall y otros en las películas sobre la Segunda Guerra Mundial. (Por cierto que, en el texto más o menos narrativo de Pérez, los capitanes, que son muchos, se dirigen a sus soldados llamándoles “hijos”. Tal vocativo no se empleaba en el siglo XVI. Es cosa de las películas americanas sobre la Segunda Guerra Mundial, otra de las devociones testiculares de Pérez). Todo ocurre cerca de la mahona. Así se explica. Pág. 275.- Pasamos página y todavía nos encontramos crujías y moyanas. Y, por supuesto, la tablazón: No cabe duda de que Pérez es de esa clase de realista costumbrista que le llama al pan pan, al vino vino y a la moyana moyana. Id.- Todos gritan “¡Santiago!... ¡Cierra!... ¡Cierra… ¡Santiago, cierra España!” Suena ridículo, pero me consta que a Pérez le emociona. En este caso, además de llorar, piensa en su padre, otro héroe. Pág. 276.- “Se defendieron con mucha decencia” no es expresión propia de aquellas calendas. Id. Y lo hacen por las bordas, portas y gradillas, que todo el mundo reconoce. Id.- Pérez les entra a fondo con la rodela mientras se cubre con el rodancho. Para estar en pleno fregado, Pérez se fija en demasiados detalles. Pág. 277.- “Al juntarnos las tres galeras, la causa quedó vista para sentencia”. ¡Pero Pérez! ¿Qué forma de hablar es aquestotra? Otra bravata: “Los galenos griegos han demostrado que lo españoles tienen dos centímetros más de huevos que los turcos”. ¡Y no nos dice lo que hacen con el excedente! “Habían estado gritando lindezas”. ¡Las lindezas no se empiezan a gritar hasta el siglo XIX, capullo! Vocabulario turco, para uso del lector interesado. “Vive Dios que hicimos un buen día, raspando a lo morlaco”. Pues así sería, yo no lo dudo. Como no dudo de que “durante un rato hubo licencia de saco franco para hacer galima”. Por cierto, que “la mahona era de más de setecientas salmas”.


Pág. 278.- “Al preguntar cómo había ido la cosa por mi lado”. Hasta Rommel, nadie había preguntado cómo había ido la cosa por su lado. Un poco más abajo, “éste resumió la cosa”. ¡Demasiadas cosas! Sigue aclarándose maese Pérez: “Al meter el espolón en la banda enemiga, se llevó por delante la palamenta y un bolaño mató al sargento, buen espumador de ollas”. ¡Pobre! Es sabido lo que duele una muerte por bolaño”. “Todo Cristo saltó a la galera”. Todo Cristo es expresión hodierna, Pérez, no de entonces. “El gato del arraez”. De los conocidos gatos del arraez. “Con la alegría que es de imaginar” no es expresión novelesca. El lector de novela no tiene que imaginar, tiene que “ver”. “Que era de ver cómo lloraba el infeliz…” Es lenguaje de relato, no de novela. “En la mahona liberamos a quince [que iban encerrados] en la zahorra”. ¡Clarísimo! Pág 280.- Pérez vuelve a llamar hembra a una mujer. Pág. 281- “Los vizcaínos pretendían mochar parejo”. ¿A quién se le ocurre? Id.- Pérez recibe la orden “de parar el saco franco”. Lo que todos esperábamos. “Hombres hechos y derechos”. Expresión de la era Pérez, no de entonces. “Las inclemencias del tiempo…”, “Los estragos de la guerra”… ¡Pero Pérez! Cita en verso de Torres Naharro. “…ante el obispo y el marqués de turno”. El colmo. Pág. 282.- Otra cita en verso, después de largas consideraciones sobre los botines y los saqueos. Pág. 283.- “Miran desde la talanquera”. Cuando sepa lo que es la talanquera sabré si hicieron bien en mirar desde allí. Capítulo X Pág. 285.- “Dije en el capítulo anterior que donde las dan las toman”. ¿Eso dijiste, Pérez? ¡Qué tío! Pero, aparte celebrar la ocurrencia, he de decirte que esa alusión al capitulo es antinovelesca. Andrés Bosch definía la novela como “vida posible fingida”. Y la vida no tiene capítulos. Ni tu relato tiene vida. No es más que la redacción escolar de un nostálgico infantiloide, al que le hubiera gustado vivir en el siglo XVI, calzar zaragüelles y ser El Cojo de Lepanto. (Entre paréntesis diré que, desde el punto de vista de mi “teoría de la novela”, la definición de Bosch vale para la novela de sentimientos, la novela psicológica y la novela intelectual; no para la novela de puros valores estéticos, ésa cuya andadura interrumpió la industria cultural, de la que Pérez es un producto y de cuya defunción han levantado acta los Marías, Muñoz Molina, Gala y Mainer, Darío Villanueva, Sanz Villanueva, Belmonte, Pozuelo Yvancos, García Posada y otros fusilables). La inmensa diferencia que hay entre Salgari o Stevenson y Pérezsonn es la que hay entre la novela de aventuras y el relato costumbrista de quien no es capaz de hacer ni siquiera literatura de quiosco, pero en España es académico. Págs. 285-286.- Pimentel, Zugastieta, Conesa y los demás son nombres, Pérez, no personajes. Tú no has dibujado un solo personaje. Y sin personajes no hay aventura, digan lo que digan Belmonte, Pozuelo Yvancos, Conte, Rico, Basanta, Mainer y los demás “críticos” afanados en confundir a los lectores. Ni siquiera Alatriste es un personaje, por lo que resulta un abuso, además de por otras mil razones, compararlo con don Quijote, como ha hecho Belmonte. Pág 286.- Tras una nueva lección de geografía, hay un barco que “toma lengua”. Pág. 287.- Pérez relata no sólo lo que es, sino también lo que podría ser. Antinovelístico. Pág. 288.- ¿Se decía “por enésima vez” entonces? Es expresión propia de los académicos del siglo XXI.


Varias páginas para contar que allí no se mueve nadie. Pura aventura, de las que gustan a los fósforos de Pérez. Y, a continuación, en un arrebato, Pérez de Austria obsequia al lector con un apasionante parte meteorológico. Id.- Enumeración de las piezas de que disponen, si les da por hacer algo, que hasta ahora han estado muy quietos. El lector sabe lo que son veinticuatro piezas de artillería. Pues sepa que también tienen esmeriles, cucuruchos y sacres en las bandas. Id.- “Los oficiales y cabos de La Mulata se miraban unos a otros”. ¿Nueva danza de miraditas, Pérez? Id.- Llega uno que quiere conocer los planes y pregunta: “¿Cuál es la idea?”. Otro anacronismo. Quien diga que esto es una novela y, todavía más, de aventuras, que pruebe a contársela a un su tío. Comprobará que no tiene nada que contar. Pág. 290.- ¿Hacer una finta? Te equivocas de siglo, Pérez. Id.- “El capitán negó con la cabeza”. ¡Vaya por Dios! ¡Que cabezas y faces más expresivas! Casi no les hace falta aprender idiomas. Id.- “¡Puto el último!” ¡Vaya por Dios! Es un grito de principios del XX. “Urdemalas lo fulminó con la mirada”. ¡Qué bien! Como en las novelas de Pérez y Pérez y El Caballero Audaz (Primera mitad del XX, cuando todo quisque fulminaba con la mirada.) No satisfecho con fulminar con la mirada, “Urdemalas hizo una mueca desabrida”, cuyo significado se encarga de comunicarnos Pérez, para que no quedara sólo en desabrida. Pág. 291.- Uno de los marineros, que se apellida Quemado, asegura no tener prisa en zarpar ferro. Id.- “Un soldado español, mal que le pesara, no se hacía matar de cualquier modo, sino con arreglo a lo que de su reputación esperaban amigos y enemigos”. ¡Si lo sabrá el patriota testicular Pérez Reverte! Pág. 292.- Reparten un chipichape de arraquín por banco, porque piensan que ese será aquel día el mejor rebenque. Id.- Mueca burlona de Quemado. Ahora es Urdemalas el que mira fijo y hosco. Y ordena que pongan de pavesadura cuanto encuentren. -“¿Lo he dicho claro?” –“Clarísimo.” Ni pregunta ni respuesta son propias de aquellas fechas. “…con aires de pocas fiestas”. Lo mismo. (Entre nosotros, maese Pérez, tanto alarde de conocer el vocabulario marineril toca la gaita al leyendo. Y es ridículo). Otrosí digo: ¿cómo es posible que unos catedráticos de Literatura, unos académicos, unos críticos de medios de comunicación importantes, le den el visto bueno, ya entrado el siglo XXI, a esta ingenua especie de narración, llena de expresiones como estotras y aquestotras: dijo el cabo… apostilló el sargento… terció el alférez… añadió el teniente… torció el gesto el capitán… arrugó la nariz el almirante, añadió el comandante… replicó su hermana… etc., etc., etc. Ah y: guárdenlo todo en el escandelar. Pág. 293.- “Hubo sonrisas tensas”. Se miran unos a otros de reojo y se santiguan. Pág. 294.- Como otras muchas veces, en esta crónica de la nada, las aventuras de Pérez, a la que él intenta insuflar emoción, son suposiciones. Habla de lo que le podrá pasar. Se regodea en el pensamiento de que le mutilen un brazo o una pierna. ¡Con las ganas que él tiene de ser otro manco de Lepanto. Sin abandonar el escritorio.


Pág 295.- Este pensamiento “le hacía flaquear las piernas”. Algo que no hubiese podido ocurrir si te la hubiesen cortado, capullo Las especulaciones de Pérez sobre un posible combate naval y sus alardes de estratega de secano siguen tocando el tambor al lectorado. La novela, Pérez, hay que escribirla en presente de indicativo. Aunque se empleen los verbos en pretérito. Tú esto lo ignoras, claro, que es lo literario. Una carencia fundamental, por mucho que nos aturdas con el empavesamiento de las bandas, la velas enrolladas, los jergones, las ruanas, mochilas, jarcias y demás, sin olvidar vuestras “miradas absortas”. “Todos hacíamos de tripas corazón”, algo que no se decía in illo tempore. Pág. 296.- Se aprestan a la batalla y el ambiente es de lo menos aventurero del mundo: pensamientos espirituales, consejos morales, reflexiones sobre las postrimerías, amigables composiciones… Pág. 297.- “…alpargatas a la española…”, que no es lo mismo que “españolas en alpargatas”. Pág. 298.- Largas divagaciones sobre el porte del moro Gurriato, quien, considerando que puede morir en la refriega, se dedica a dar consejos. En todo este trance, como, en realidad, en todo el libro, hay más afán de enumerar, en un alarde verdaderamente ridículo, que de describir o expresar. ¿Por qué alguien no le dice a Pérez de una vez que no es novelista, que novelar es otra cosa? Quizá quienes tendrían que hacerlo ignoran la transformación que empezó a experimentar la novela, desde relato de aventuras o psicológico a obra de arte literario en los años medios del siglo XX. Transformación truncada por la industria cultural, de la que Pérez es un elemento muy activo. Pág. 298.- El narrador se apoya en el filarete de la arrumbada (es lo que yo le habría aconsejado). Id.- Ahora piensa en todo lo que habría podido ser en esta vida, antes de ser un pincho moruno en manos turcas. Págs. 298-299.- Menos aventura, cualquier cosa. Ahora, un nuevo parte meteorológico. Pág. 300-302.- Relación exhaustiva de los embarcados con sus cargos y ocupaciones, familia a que pertenecían y atuendo. Entretenidas aventuras, según el concepto que de la aventura tienen Belmonte y sus congresistas. Pág. 302.- Las embarcaciones se separan unas de otras por la distancia de un espolón con fanal. Sin duda, la correcta. Id. Pérez se sitúa junto al encargado de manejar un pedrero. Id.- El cómitre da un pitido y restalla corbacho en espaldas de galeotes. Pérez se pone el capacete. Media página enumerando todo lo que se echa encima. Págs. 302-303.- Echa una meada por si acaso. Los que están cerca le imitan, pues también era “gente acuchillada”. Sabido es que no hay como ser acuchillado para andar menguado de la próstata. Pág. 303.- Cinco clases de gorros usan los turcos, si atendemos la relación de Pérez. Id.- “Cómitre, sotacómitre y alguacil “corrían de proa a popa, a lo largo de la crujía, desollando chusma a corbachazos”. Pág. 304.- El lector se hace cargo perfectamente de dónde estaba la galera, si Pérez le aclara, como le aclara, que se encontraba “a la distancia de un tiro de moyana”. Pág. 305.- Lástima que rompen parte de su palamenta. Lo apasionante de esta historia es que el lector va pasando las páginas ansioso, a ver si al barco de Pérez le rompen o no la palamenta. Id.- El capitán Muntaner y sus caballeros “pelean vendiéndose caros”. Echaba yo de menos está expresión, tan propia de un relato de héroes.


Pág. 306.- Continua el relato de la pelea, sin el menor componente de emoción, interés o literatura. ¡Pero qué aburrido eres, querido Pérez! ¡De qué poca imaginación te ha adornado natura!”. “Una manga de jenízaros”, “medias picas, desde las gatas”, “alcancías de fuego”, “tamboreta barrida”, “otro sorbo de arraquín”, “torturados por el corbacho”, “pegadas al fanal”, “culo a popa”… ¡La leche que mamaste, Pérez! ¡No me entero de nada! El relato verista de una pelea hispano-turca acontecida de verdad sería más interesante que esto. Señor Belmonte, Sr. Rico, y demás entusiastas de Arturo Pérez Reverte, al que llamáis novelista, innovador y a quien veneráis en un altar de la Docta Casa, ¿me negaríais lo siguiente?: vamos por la página 307 de un relato –que no novela- de 348- y ni una sola gota de invención. Pérez es todo lo que queráis, menos un creador. Pág. 308.- ¿Tardarán mucho los turcos en alanzarles? Pues sólo “media ampolleta”. ¿Podría bogar la tropa? –“Ni hartos de alboroque”. Pág. 309-310.- Patriótico elogio, por parte de Pérez, de la infantería española. “Para un soldado español, su oficio era su honra”. Pág. 310.- En medio del fregado, Alatriste recuerda unos versos alusivos a lo dicho. Pérez es un entusiasta admirador de sí mismo y de la marina de Castilla. En vez de académico, lo deberían haber nombrado almirante honorario. Id.- “Sin embargo, calló y no dijo nada”. ¿Cómo iba a hacerlo, si calló? Pág. 311.- ¡Pero hombre! Ven el horizonte negro, por eso “habrían dado cualquier cosa por algunas palabras alternativas.” ¿A nivel de optimismo, Pérez? Pérez no logra hacer ver al lector la refriega, en medio de la cual, uno a uno, cada cual va largando su sentencia. Alatriste, que para eso es el mandamás, larga la suya “con economía de verbos”. Forma de hablar hodierna, no clásica ni marinera. Id.- Pérez se solaza de haber decapitado a un turco, contraviniendo los derechos humanos. Pág. 320.- Pérez lleva dentro un poeta, y no nos habíamos dado cuenta sus incondicionales. Reparad en cómo describe el final de esta pelea (la versificación es mía): Enfundé vizcaína, recuperé mi espada, embracé la rodela, volví a la lucha, fuime y no hubo nada. (Voto a mis manes y penates, que jamás se ha descrito, o intentado describir, más detallista, verista, sin interés y, en consecuencia, aburridamente, una batalla. Esto no es aventura. Esto no es literatura. Reverte, buen mozo él, está dotado para hacer muchas cosas. No para hacer novela.) Id.- También acierta a ver las últimas boqueadas del sargento, cuya faz queda atravesada por un dardo otomano como una banderilla de aceituna con anchoa. Id.- “Lo que sucedió a continuación no hay pluma que lo escriba”. ¡Qué bien! Infame trampa. Porque lo que viene a continuación de lo que el “escritor” nos oculta es “ganar la proa de La Mulata”. O sea, que lo que podría resultar más interesante, el autor lo oculta porque no sabe escribirlo. Para disimular su dejación, Pérez dice “Dios y yo lo sabemos”. Y los ateos ¿a quién se lo preguntamos? Pág. 321.- “La galera turca hizo ciascurre”. Esto aclara muy bien lo que sucedió después. Ya se sabe lo que es hacer ciascurre.


Pág. 322.- “… el estado de nuestras naves era lamentable.”.- No, Pérez, no. Describe cómo han quedado las naves, y que el lector deduzca cuál era su estado. No impongas tu parecer, que eso no es de novelista Id.- Temerarios ellos, los turcos se retiran hasta quedar a tiro de moyana. Id.- Un piscolabis con tasajo de tintorera nunca viene mal, lo reconozco. Pág. 323.- Pues no estaban tan mal provistos: les quedaban dos gallinas vivas en las jaulas de la gambuza. Y, si no, a tirar de las ostagas al izar entena. Y a cantar una saloma. Pág. 324.- La ideología machista de nuestro héroe se pone, una vez más, de manifiesto. Para él, todas las mujeres son putanas. Sobre todo, las turcas, porque también es racista. Pág. 325.- Creo que llamar a los franceses gabachos, no es de allende, sino de aquende. Ya nos lo aclarará Ricote. Pág. 326.- En pleno delirio de patriotismo testicular, Pérez se nombra a sí mismo novio de la muerte: “Como españoles, nuestra familiaridad con la muerte nos permitía aguardarla de pie -¿en la reja floría, quizá?- y nos obligaba a ello; pues a diferencia de otras naciones –será de otros nacionales- nos juzgábamos entre nosotros según la manera de comportarnos ante el peligro”. ¡Hermoso en verdad! Id.- Cita a Jorge Manrique. Es lo que se debe hacer en plena refriega. Pág. 327.- Pérez supera a Jorge Manrique en cuanto a filosofar sobre la muerte se refiere y, a los que no pensamos como él, nos considera “regalados, cómodos y menguados”. Id.¿Tu crees, académico Pérez, que, en aquellos tiempos, la gente se relajaba? ¿Tú crees que hablaba de “falsa alarma”? ¡Qué poco práctico eres! Hablas como ahora, pero comes como entonces. Pág. 329.- “Ahogados de mala manera…”. Pero ¿es que hay alguna buena manera de ahogarse, Pérez? Id.- “Hasta el extremo de que…” Querido Pérez, ¿por qué no dejas el lenguaje oficinesco para cuando seas mayor? Id.- “Guardaban sus ahorros en sus remiches…” ¡Buena medida! Id.- Un gitano malagueño llega a donde está Pérez no mal provisto, pues porta una almilla y una cherinola. Pérez intenta formar un trozo de brega, con atención al bastión del esquife y a las escalas […] por donde el enemigo podría ganarle los corredores hacia las arrumbadas. Y aún tiene tiempo y humor para escuchar címbalos, añafiles y chirimías. El amontonamiento de términos marineros resulta tan abusivo como infantil. Es triste que un Pérez, de los Pérez de secano de Castilla y cierra España, caiga en estas prácticas tan ridículas, demostrativas de lo poco que le sirvió su paso por Salamanca, Alcalá y el Alcázar de Toledo. Pág. 331.. “Pérdidas espantosas”. ¿Qué es eso, Pérez? ¿Qué es para ti una pérdida espantosa? Insisto: no tienes lenguaje de novelista, mal que les pese a tus tribunos catedralicios. Crujías, jarcias, pañoles, cámaras de boga, arrumbadas…. Lugares de sobra conocidos por el lector pereztre. Id.- A aquel amasijo de hierros retorcidos y maderas astilladas no creo que se le pueda llamar escombro, oh inmortal. Pág. 332.- “… bajo un sol abrasador…”. ¡Pérez! El sol siempre es abrasador, déjate de valores entendidos y conceptos acreditados, que eso no es de novelista. Id.- “… los pocos mosquetes que funcionaban…”. ¡Pero, hombre! Lo primero que funcionó en este mundo fue el autogiro La Cierva, ¡en el siglo XX! Ay, Pérez, Pérez, aparta de mi este cáliz. ¡Yo que quise ampararte, como la gallina ampara a sus polluelos, y tú te me escurres cual otomana y obstinada anguila!


¡Vas de mal en peor, criatura! ¡Alatriste, “con gesto maquinal” -¡antes de inventarse las máquinas!-, saca Los sueños de Quevedo de la faltriquera, y se pone a leer en medio del fregado. Creo que Pérez nos está preparando para que, pese a la desigualdad de fuerzas, los invencibles españoles venzan. A mí, no es que me importe. Pág. 333.- Escurrir la bola (o el bulto) no es expresión propia de la era Pérez, por más que la acepten Ricote y Belmontégoras. Todos siguen allí levantando la vista, mirando a uno y otro lado, etc. Y encogiendo los hombros, no hay que decirlo. Id.- “…no quedaba nadie que pudiera tenerse en pie, capitán incluido. Oficinesca expresión impropia de aquellos tiempos sin oficinas. Machín de Gorostiola opina “a bocajarro” que hay que rendirse. ¿Por qué a bocajarro? ¿Cómo? (Ya he apostado en varias ocasiones la mitad de mi patrimonio a que ni Pérez, ni Marías, ni Muñoz Molina han escrito en su vida ni siquiera un mal poema. Ni dicho una gracia. Ni tenido una ocurrencia. Ni viajado en globo. Su falta de literariedad y de sentido del humor los delata). Pág. 334.- Hablan todos en clave de ejecutivos… “No es tan simple la cuestión”, etc. Y, naturalmente, volviéndose Alatriste a mirar al noble, para, a continuación, encogerse de hombros y mirar al cómitre y al caporal. Miraditas y encogimientos de hombros. ¿Cuántos lleva ya? Menos mal que no usa tirantes. Id.- “Sus expresiones eran duras; incómodas incluso”. Aparte de que el lector no ha leído una sola expresión dura e incómoda, así no se calificaban en aquel tiempo las expresiones. “No era asunto suyo”, “Se conocían y respetaban”, “Cada uno en su esfera”, “tampoco era asunto suyo”… revelan una mentalidad oficinesca que, aplicada a Lepanto II, disuena sobremanera. Pág. 335.- Alatriste “tenía una sed de mil diablos”. Y ¿qué es una sed de mil diablos, Pérez? Seguro que cada lector tiene una idea distinta de la sed de mil diablos. Inadmisible en lenguaje novelístico. Ahora especulan sobre lo que harían los turcos si ellos se rindieran. (Pérez no es un clásico, señor Rico, como usted ha afirmado en desdichado artículo, que comentaremos. Pérez no merece ser objeto de congresos como si fuera un escritor, señor Belmonte; ni ser equiparado a Cervantes, como usted ha hecho el día de su más aciaga borrachera. Pérez no merece estar en la Academia, señor de la Concha, señor Salvador, señor Ansón. Pérez no ha renovado nada, señor Marsé, como usted tampoco lo ha hecho; Pérez ni siquiera es entretenido, señores Ussía y Villanueva. Pérez es una de las dos grandes estafas literarias –la otra es Javier Marías- cometidas por unos académicos acomodaticios, una crítica incompetente, un periodismo ignorante, el lectorado cateto de una monarquía cocotera.) Id.- “Cada cual tenía sus límites”, como hubiese dicho el entrenador del Getafe y dice Pérez. Id.- “¿Lleva usted un libro encima?” No sé por qué lo pregunta. Cuando se pelea cuerpo a cuerpo, es lo que suele llevarse. Alatriste enseña el suyo y todos se escandalizan. En lugar de la Guía para una buena muerte, de San Prudencio el Apologeta, aquel desdichado porta un libro de Quevedo. Choteo a costa de don Francisco y de su madre que no te perdono, Pérez. Pág. 336.- Otra ojeada significativa entre Alatriste y Machín de Gorostiola, que así se ahorran palabras. Id.- “Era una mirada ecuánime, de veteranos”. ¿Nos escribirá Pérez alguna vez un “Tratado de las miradas”?


Quienes se tomen en serio, en este punto, los planes de rendición es que no conocen a Pérez, al capitán Pérez, al invencible Pérez… Pág. 338.- Continua el aburrido relato de un abordaje de manual, según los manuales consultados por Pérez. Pág. 339.- Lo malo es que cruje la palamenta. Y que los turcos abren brechas con sus espolones y ganan a los de Pérez la arrumbada zurda y el árbol trinquete, llegando hasta el pie del árbol maestro y el bastión del esquife. (Las desgracias nunca vienen solas, pensaría nuestro héroe). Como siempre que se le presenta una dificultad expresiva, el narrador “no sabe cómo pueden aguantar firmes”. Recurso de mal novelista o no-novelista. Pero la joya de esta página es aquesta: “Alatriste decidió aprovechar la coyuntura”. ¿Será posible, Pérez? ¿Aprovechamiento de coyunturas hace cuatro siglos? Pág. 340.- Los de Pérez se deciden a tajar recio. Lo que suponíamos. Id.- En cualquier fregado, Pérez siempre está entre los primeros. Id.- “No hay nada que más consuele en el desastre que un grupo que conserva la disciplina”. Debió de aprender esto en el Frente de Juventudes. Id.- Pérez se aventura por el espolón y la serviola. ¡Sabia medida! Id.- Aunque los turcos se abroquelan en la carroza, los “cuatro gatos” de Pérez, al grito de “¡Santiago, aborda, aborda”, los empujan al agua. Id.- “Con lo que les ganamos el trinquete sin esfuerzo, y aún el árbol maestro si nos atreviéramos”. No. … Y aún les hubiésemos ganado el árbol maestro, si nos hubiésemos atrevido. Pág. 341.- Pasma comprobar cómo Pérez de Castilla recuerda hasta los más mínimos detalles de su lucha cuerpo a cuerpo con cuanto turco se ponía al alcance de su invicta espada. Id.- Ahora nos enteramos de que había mechas en la cogulla de la galera turca. Pág. 342.- Los galeotes suplican no ser fritos en aceite, mas los de Pérez hacen oídos sordos a sus súplicas. Resulta extenuante tanto detallismo. Por lo visto, Reverte escribe solo para Belmonte, Ussía, Rico, Pozuelo, don Darío y otros amigos de la infancia. A Pérez le producen congoja los gritos de los asados vivos. La nave perezna encaja un asalto turco “horroroso”, según la antinovelística manera de adjetivar del novelista y académico. Pág. 343.- La sangre corre por los bacalares, que es por donde yo esperaba que corriera. Epílogo Pág. 345.- Donde se aprovechan coyunturas, es lógico que haya cosas que no compensen, aunque estas palabras empiecen a emplearse siglos más tarde. Mas, si las emplea maese Pérez que es realacadémico, elegido por De la Concha, Gregorio Salvador y otros cabezudos, por algo será. Sin embargo, esto es lo de menos. Lo de más, puesto que estamos tratando de una obra concreta, es LA ÚLTIMA Y GRAN ESTAFA DE MAESE PÉREZ, NEGACIÓN DE LO QUE ES UNA COMPOSICIÓN NOVELESCA, ESCANDALOSA. Se ha pasado medio libro intentando relatar una batalla naval, con tan inútil como aburrido detallismo, y cuando tiene que resolverla, perdiendo sin perder los suyos, se inventa un epílogo, con milagro de la Virgen incluido, con patriotismo testicular incluido, y aquí no ha pasado nada, los turcos han desaparecido durante la noche, dejando tranquilos a los heroicos españoles, que, aunque derrotados, no pierden, continúan invictos, sanos y salvos, dispuestos a llevar a cabo nuevas hazañas. Es para ponerte orejas de burro; Pérez, aunque otra cosa te pondrán sin duda tus


Belmonte, Rico, Posada, Pozuelo, Ayala, Basanta, es decir, la flornata y la basura de la más burda e incompetente crítica literaria del mundo. Von Pérez se permite incluso aventurar el razonamiento que ha llevado a los otomanos a dejar tranquilos a los de Santiago y cierra España y largarse: “decidieron que no compensaba la captura de una mísera y arruinada galera el alto costo en vidas que iba a suponer tomarla”. ¡Magnífico! Con una suposición se resuelven trescientas cincuenta páginas de aburrido relato de nada. El lector que tenga la costumbre de ir preguntándose “a ver cómo termina”, se encuentra con que no termina. Belmonte y Rico ¿no se dan cuenta de estas cosas? Pág. 346.- Cumplida necrológica, que es de las cosas que al Reverte le encanta hacer. Id.- Se refiere el invicto Pérez a los difuntos de su bando llamándoles “camaradas”, palabra que no fue inventada hasta el siglo XX por Stalin. El que nos cuenta todo esto salió del trance “con razonable salud”, expresión no utilizada hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando la salud de algunos empezó a ser razonable. Tampoco es correcto hablar de “averías” respecto a los desperfectos de una galera. Ni aún contando con “la jarcia de la jareta”. Pérez, que no se ha demorado en contarnos el final de la “aventura”, se demora en contarnos las chapuzas que tienen que hacer para que el barco no se hunda. Si esto es una novela de aventuras, Pérez es Alí Babá. Se disponen a zarpar ferro, como yo suponía. Antes, son dignamente enterrados los que habían dado de vida por su patria, por Dios y por su rey, como dice el patriota, buen creyente y buen vasallo Pérez. Son bastantes las entrevistas a Pérez que he tenido oportunidad de leer, en las que el buen hombre, engañado por una crítica incompetente y venal, unos docentes que siempre reman a favor de la corriente que más empuja y unos periodistas ignorantes, inflado por la vanidad, se jacta, con insoportable pedantería, de: -Haber revolucionado el género novelístico. -Haber rescatado la novela de no sé qué secuestro. -Haber conseguido para ella lectores que no tenía. Querido Pérez: -No se puede renovar nada volviendo a fórmulas caducadas hace más de dos siglos. Para colmo, usted no hace novelas, usted hace relatos, como deberían saber los Belmonte, Rico, Salvador, Ansón, Mainer, Marsé, De la Concha, etc. La forma de presentación de la realidad novelística, la composición, es completamente distinta en la novela que en el relato. En éste se refiere lo que en aquélla se hace presente delante del lector (remito a M. García Viñó: Teoría de la novela, Barcelona, Anthropos, 2005). Pérez piensa que la novela se había estrellado por culpa de quienes, de hecho, la habían revolucionado y renovado de verdad, configurando un nuevo campo del arte literario que hasta entonces no había existido –la novela carecía de valores estético-literarios, como pensó siempre Paul Valéry y pienso yo. La dotaron de valores estéticos los Joyce, Hamsum, Faulkner, Virginia Woolf, Huxley, Kafka, Musil, Svevo, Jünger, Hesse, Henry James, Stapledon, Claude Simon, Butor, Robbe Grillet, etc. Hay que ser un desgraciado, un desgraciado jaleado por una partida de capullos incompetentes, que a saber lo que persiguen, para atreverse, basándose en un éxito comercial, a discutir la labor de estos monstruos de la literatura. En cuanto a los lectores, Pérez, que si son españoles y tuyos son forzosamente analfabetos, no es misión del escritor hacerlos. ¿Tú crees que, a más lectores y más dinero, mejor escritor? Pues estás en esto tan equivocado como en todo. La misión del escritor de novelas no es hacer lectores. Es escribir obras narrativas que incluyan valores estéticos,


ĂŠticos, imaginativos, tĂŠcnicos, intelectuales. Y que sean de su tiempo. En arte, estĂĄ permitido todo, menos hacer lo que ya se ha hecho.


CHAPARRONES EN LA LUNA Crítica acompasada de El viento de la luna, de Antonio Muñoz Molina Después de varias páginas liricáceas sobre el vuelo de las naves espaciales, nos encontramos con el auténtico Muñoz, que, en la primera línea de su relato, escribe escuchar por oír. Pág. 17.- Oportuna disertación del académico sobre sus calzoncillos y sus peludas piernas. Pág. 18-19.- Muñoz se autodescribe torpe e ignorante, pero a la vez se muestra tan minucioso conocedor de las naves y los vuelos espaciales, que se diría que ha copiado ad pedem litterae un folleto de la NASA. Pág. 20.- El “novelista” hace publicidad de los relojes Omega. Id.- Desde el principio, Muñoz ha estado llevando una política de comas más bien arbitraria. Hasta que, como cabía esperar, en un momento dado, uno se queda sin saber si es el papel de gasa el que envuelve el reloj con cuidado y misterio, o si es la tía predilecta de Muñoz la que separa el papel de esa manera. Qué será envolver con misterio, me preguntan los empaquetadores de Ikea, sin que yo pueda satisfacer su curiosidad. Pág. 21.- Muñoz descubre que, una noche más, no le ha fallado su espermatorrea. Id.Muñoz acude al confesionario a depositar su pesar por los involuntarios derrames. Id.- De nuevo confunde escuchar con oír. A todo esto, ya nos hemos enterado de que la acción del rollo transcurre en Mágina, territorio mítico al cual, como bien dijo Rafael Reig, en memorable sentencia condenatoria del pluriderramante (El Cultural, 5-10-06), no tendría que haber recurrido el autor del bodrio (Cfr. Jesús Aller: Teoría del bodrio, Rebelión, 13-10-2006), pues “la doctrina es unánime en que sólo la necesidad de la fábula justifica dichos territorios; recurrir a Mágina para contar algo que hubiese podido pasar en Úbeda, no procede Pág. 22.- El académico califica de fornidos unos pasos en la escalera. Id.- “Repetir otra vez” es, sencillamente, “repetir”, dilecto Muñoz. Entusiasta de los tropos, como ya sabemos sus seguidores, Muñoz dedica más de cuatro líneas a decir que se oculta de su abuelo como el animal del cazador, etc. Durante varias páginas, Muñoz ha ido instruyéndonos acerca de la procedencia de esa pelusa rústica de la que aún no se ha desprendido. Pág. 23.- Estar tumbado en la cama en calzoncillos es, para el verecundo Muñoz, algo que debe ocultarse. Lo mismo que el desorden de las sábanas tras una noche de sueño y eyaculaciones involuntarias. Id.- Muñoz confiesa al atónito lector que no se lava demasiado. Id.- Cuidadoso, nos informa también de que sus corrimientos son hacia el amarillo. Y de nuevo tropea: siente, al producirlos, “un sueño de turbia y pegajosa dulzura”. Demasiado lirismo a mi ver para un tío que no se lava. Como lo que sigue: “una excitación tan intensa como el remordimiento anticipado que no llega a malograr del todo la delicia del primer espasmo”. Id.- Afortunadamente, todo queda en familia: “a mi tía Lola le debo la primera emoción precoz de la belleza femenina”. Lo que he subrayado no creo que sea coherente, académico. ¿Emoción de? Si se considera lo hasta aquí comentado, los numerosos tópicos que contiene, se diría que Muñoz está tratando de dibujar el retrato prototípico del cateto español contemporáneo. Pág. 24.- “lluvia puntual”. ¡Por tu madre, Muñoz! Págs. 24 y ss.- Páginas de ese costumbrismo –neocostumbrismo- casposo y estomagante, que hoy prevalece en la novela española y que en algunos casos, como éste, se intenta disimular con alusiones más o menos convencionales a la conquista del espacio. Ya lo dice el refrán: “aunque Muñoz se vista de astronauta, mona se queda”. Pág. 24.- Muñoz confiesa que ya en la niñez se quedó en el limbo. Id.- Muñoz describe una casa que no tiene ni un grifo, pero en la que él dispone de su mesa de estudio y de su ordenador avant la lettre.


Pág. 27.- Muñoz, como Marías, como Gala, como absolutamente todos los bestsellerados, tiene necesidad de poner el pronombre “yo” delante de todos los verbos en primera persona. Pág. 28.- “miraban con admiración”. Continúan, soporíferas, las descripciones neocostumbristas. Durante cinco páginas, se nos narra la instalación de una ducha. Es emocionante el momento en que Muñoz le acerca a su tío la escalera de mano. Si a alguien se le ocurre comparar este vertido de huecas palabras con cualquier página de uno de los grandes del siglo XX comprobará cuán bajos hemos caído. Pág. 28, ant. y post. Los cuatro evangelistas juntos no dedicaron a la descripción de Jesús de Nazaret el número de páginas que Muñoz dedica a la de su tío Pedro en camiseta. En medio de la plasta, cosas como ésta: “sudaba en la ofuscación del sol de julio”. Pág. 30.- En un arrebato de lirismo, Muñoz nos informa de que su tío, su padre y sus abuelos utilizan el mismo tipo de calzoncillos que él: unas especies de calzonazos, con perniles tan anchurosos, que por ellos se escapan ovalados y vellocinos. Id.- A Muñoz, dispuesto a poner pingueando las blancas y amplísimas calzas, le informan de que la costumbre es ducharse en porreta, no vestido, como él pretende. Pág. 31.- Prolongando la descripción de una familia de catetos, Muñoz hace clamar a su abuela su temor de un accidente doméstico. Id.- Por supuesto, se habla también de los cortes de digestión. No falta ningún tópico. Uno se pregunta si hay derecho a que a la Recherche proustiana y a esto se les llame igualmente novela. Id.- Al agua de la ducha -¿qué ducha? ¿qué ducha va a ser? La ducha por antonomasia, la que describe el gran Muñoz en su novela Chaparrones en la luna- la califica el gran escritor de lluvia “desconcertante y gozosa” y, dos líneas después, de “benévola”. Más adelante, de “suave y fría”. Seguro que a Rafael Conte, Pozuelo Yvancos, José Belmonte, Ángel Basanta, Miguel Ángel Juristo, Sanz Villanueva, Darío Villanueva y demás astros del firmamento crítico hispano les ha recordado otras memorables instalaciones de duchas en Las uvas de la ira, El extranjero, La náusea, Contrapunto, Santuario, Manhattan Transfer, Heliópolis, etc. A mí, personalmente, lo que me recuerda es la altura intelectual de esos debates televisivos en que se discute sobre si la Pantoja se la pegó al Paquirri o si Polanco sale con Carmen Posadas. La España más vibrante, grande y libre. 3.Por lo que se va viendo, una vez más la propaganda editorial ha mentido al presentar ésta “novela” de costumbrismo ramplón, zaragatero y triste como una obra digna del tiempo en que se ha escrito. El apartado, capítulo o como se llame tercero comienza suministrándonos Muñoz una información sin la cual difícilmente hubiésemos podido entender su weltanschauung: antes de bajar “hacia el mundo de ellos”, según dice solemnemente, quizá para prepararnos para afrontar las mayores aventuras intelectuales, se pone “el pantalón largo, la camisa y las sandalias.” Establezco un premio en este momento, para quien encuentre alguna de estas tres prendas de vestir, mencionada en una novela de Scott Ftizgerald, Joyce, Bernanos, Pavese o cualquier otro de los grandes del siglo XX. Es una infamia lo que están haciendo los editores y los críticos. Los autores hacen lo que pueden, que es poquísimo. Págs. 34 y 35.- El contenido espiritual de ambas (sendas, diría Javier Marías), se podría calificar de costumbrismo charcutero. El Muñoz del tocino y los conejos se da la mano, en este pasaje memorable, con el Muñoz cosmonauta, que ve en los huevos –de las gallinas se entiende- una “forma tan precisa como una elipse planetaria” (supongo que quería decir como la de una elipse planetaria… Y tampoco. Sería “de una órbita elíptica planetaria). Pág. 35.- Por muy tonta que sea una abuela, jamás supondría, como la de Muñoz, que su peludo nietecito “estaría mirando por el balcón para ver en el cielo a esos extranjeros que


dicen que van a subir a la luna”, añadiendo, para batir el record: “Ahora que es de día y la luna no se ve, ¿cómo encuentran el camino?” Si Muñoz no conoce la manera de pensar ni de hablar de la gente de su terruño natal, ¿cómo va a saber escribir una novela? Id.- La explicación de mamá Muñoz es otro claro ejemplo de lo mismo: “Cómo lo van a encontrar, pues con esos aparatos que llevan. Son gente muy lista, que ha hecho muchos estudios”. ¿Quién ha hablado o pensado así en este mundo, ni bajo las torturas inquisitoriales? ¿Qué crítico español se ha dado cuentan de la suprema gilipollinariez de estas frases marcianogiennenses? Págs. 36 y ss.- La “novela que se ocupa de la aventura científica del Apolo XI” vuelve a perderse en las descripciones más bastas de las costumbres de la España de los calzoncillos de manga ancha, el franquismo, los seriales radiofónicos (se demora en dar noticias de Simplemente María), el consultorio de Elena Francis (varios ejemplos con comentarios abuelares que hacen llorar), las cartas de los oyentes, etc, etc., con comentarios de las dos viejas que cosen bajo la parra y del propio Muñoz que a mí, lo juro, me han hecho enrojecer. Se ve que Muñoz se pasaba las horas con la oreja pegada al aparato de radio, para adquirir los vastos conocimientos que su mamita le atribuye. Afortunado él, Muñoz vive bajo un artesonado de estalactitas de morcillas, chorizos y tiras de tocino. Baroja hubiese dicho: “bajo aquellos signos de la bestialidad nacional, peroraba sobre la luna”. Pag. 38.- Muñoz se sabe de memoria todo cuanto dijo Jesús Hermida por la radio. Id.Muñoz hace una serie de pronósticos acerca de las hazañas de los robots en el año 2000 y justo es decir que no da una en el clavo. Pág. 39.- Su tío Carlos se asegura el acierto haciendo esta afirmación digna de Miguel Delibes: “Algún día las máquinas dominarán el mundo”. La forma en que explica que al pueblo van a llegar máquinas expendedoras de tabaco y pipas de girasol quiere ser ingenua, pero es tontorrona. E inútilmente extensa. Id.- Media página hablando de la burra del abuelo no es lo que uno esperaba encontrar en una novela en cuya cubierta aparece un astronauta. Id.- Muñoz se muestra más interesado en la burra de su abuelo que en el Apolo XI. En seis líneas, doce alusiones a la burra, cuyo atuendo describe prolijamente. Pág. 40.- Continúan las andanzas de la burra y el abuelo. Id.- Comparación muñoztarra: “tan feliz como un monarca benévolo”. Pág. 41.- Siguen los tópicos. Se nos informa de que Muñoz estudia para perito mercantil. No daba para más. Págs. 42-43.- Muñoz no cesa de plantear problemas a sus lectores, para suscitar su interés. Ahora tiene que intervenir en la venta de unos quesos. Pág. 43.- Muñoz describe, con su prolijidad habitual, la llegada al pueblo del primer televisor. Pág. 44.- Muñoz es invitado a ver la televisión. ¡Cuánto tópico, Dios! ¡Cuántas cosas archisabidas! ¡Qué poco interés tiene todo esto! No es de admirar que, a estas alturas, el editor ofrezca premios para los lectores que lleguen al final del libro. Pág. 45, ant. y ss. Lo que Muñoz cuenta sin gracia en estas páginas lo saben todos los españoles, portugueses y andorranos de más de veinte años. ¿Para quién lo cuenta? ¿A quién le importa? ¿A quién le importa que Baltasar y su mujer, los dueños de la tele, no hubiesen tenido hijos? Esto no es ni una mala novela: es un adoquín. Pág. 45-46.- Enumera sin más todos los programas que ve. Pág. 46.- Enumera también los argumentos de todas las películas que vio. Id.- Habría que tener una gracia de la que carece totalmente Muñoz para sacarle algún partido a este emplasto. Pág. 47.- Los personajes de Muñoz no saben lo que es un micrófono. Algunos, creen que el busto parlante del televisor oye lo que ellos dicen. (Qué vergüenza señores Basanta, Juristo, Conte, Sanz Villanueva, Darío Villanueva, Goñi, Echevarría, Pozuelo Yvancos, Belmonte, Mainer, etc. –qué vergüenza, que ustedes den el visto bueno a esto y hasta digan que ratifica las dotes del autor, infradotado por definición).


Pág. 48.- Sigue hurgando el gran escritor en la España profunda. “Baltasar bostezaba […] se ponía de costado y se tiraba un pedo brutal”. El adjetivo es otro pedo. ¿Brutal una ventosidad, por muy ruidosa que fuese? Aunque el Muñorri es más experto que yo en cuescos y otros suspiros. Págs. 48-49.- Otra larga media página para decir cómo se apaga un televisor. El lector se frota las manos a la espera de que lo enciendan de nuevo. 4.Págs. 51-52.- El Baltasar, el que convertía a Muñoz y familia en televidentes de gorra, está a punto de diñarla. Tal vez sea para alegrarse, si con eso se acaban las sesiones. Pág. 52.- El antaño pedorro, hogaño escala puestos y huele a heces, aroma que se confunde con “la claridad cegadora de julio”. Id.- Una información de tres cuartos de página sobre las costumbre del vecindario de Muñoz de dejar las puertas abiertas o cerradas, según la hora y la temperatura ambiente. Es de lo que uno esperaba enterarse antes del alunizaje. Id.- La puerta del moribundo, se nos informa, es más pesada que la de los Muñoces. Bueno es saberlo. Por si uno decide escapar del libro. Id.- “También los golpes del reloj que hay en la pared [de la casa de Baltasar] suenan más profundos que en nuestra casa.” Querido Muñoz, esto es para acomplejarse. Págs. 53-54.Más descripciones tópicas sobre pueblerineces que no interesan a nadie. ¡Que los lectores españoles crean, con la ayuda de la crítica comprada y el marketing, que así tiene que ser una novela es un delito. Pág.- Y más tópicos: la sobrina huérfana acogida “para tener una criada y hasta una esclava sin pagar un salario”. ¡Menos mal que los salvan los agudos comentarios de Muñoz! Pág. 55.- Para asombro del mundo, transcribe la lección de su Geografía escolar sobre la luna. Id.- Descripción magistral del ambiente en una novela de Muñoz, como otrora en las de Cela, Umbral, Maruja Torres y otros mediáticos que no usan Caspolén: “En la sala donde está Baltasar […] hay un olor a retrete y a cuadra, a orines rancios: también a pies, a aceite y a queso”. Literariamente, está en los años 40, en la España pobretona de la posguerra. Id.- Muñoz pretende que creamos que en la cápsula espacial huele igual. Pág. 56.- Más olores, para adornar la lujosa escena: “me acerco al olor a palominos, la respiración, el sudor viejo, el aliento podrido”. ¡Nos vas a echar del libro, Muñoz!. Id.- Para completar el ambiente, allí, en la habitación mortuoria, hay dos fulanos con blusón de quesero pesando chacina. Págs. 56-57.- ¡Lo que importará en los fúnebres momentos del óbito baltasareño el color del pelo, el atuendo, el pañuelo, el perfume y la resistencia al calor del médico! El médico es un progre, que ya intuía los editoriales de El País. Págs. 57-59.- Las palabras de Baltasar repiten tópicos contenidos en todas las novelas malas del mundo. Eso sí, las corona con un original “el muerto al hoyo y el vivo al bollo.” El morituri sigue expeliendo olores desagradables. Esto se está poniendo imposible, porque, además de oler mal, Baltasar muge y dice tacos. Págs. 59-60. Si un escritor consciente de sus sagrados deberes intenta dibujar, como Muñoz en estas páginas, la figura de un avaro, y se acuerda de Moliére y de Balzac, se autodecapita y, después, se compra una gorra a cuadros. Muñoz tiene un emocionado recuerdo para los doctores Barnard y Villaverde. Pág. 62.- La sobrina del diñando revela al médico la vocación oculta de Muñoz: “quiere ser astronauta”. (Como mínimo, se tendría que afeitar las piernas y aprender a hablar). Id.- El médico se ve que frecuenta los folletos de la Nasa tanto como Muñoz. Pág. 6263.- La catetez que se atribuye Muñoz a sí mismo y atribuye a los demás personajes resulta ofensiva para la muy noble e histórica ciudad de Úbeda. Pág. 63.- Sentencia de Muñoz, típica del progre que es: “las sotanas y el conocimiento racional son incompatibles”. ¡Díselo a


Gracián, gilipollas! ¡O a Vitoria y los fundadores de la Escuela de Derecho Internacional! ¡O a Teilhard de Chardin! ¡O a mí!, que me eduqué en El Palmar de Troya! Id.- La crítica que hace el médico progre, portavoz de Muñoz, en plan casino de pueblo, hace pensar en Pérez de Ayala, en Blasco Ibáñez, en Mauriac, en Joyce, y entran ganas de pedirle que se calle. Muñoz, para criticar el cristianismo, hay que hacerlo como Deschner, Swinburne o Alan Watts, no digamos, como Nietzsche, o se dedica uno a la filatelia. Pág. 64 Todo esto y lo que antecede y lo que sigue es tosco por previsible, por tópico, manido, vulgar, ridículo… Págs 64-65.- Continua este peludo de piernas y de cerebro abasteciéndose de recortes de prensa, para transcribirlos tal cual, sin hacerlo carne de relato. 5.Pág. 66.- Muñoz sigue sin saber por qué se corre ni qué es lo corrido, pero sí sabe que forma parte de “un pecado contra la pureza”. Todavía peor, novelísticamente hablando, la descripción de sus vellos rizosos, sus sobacos, sus olores, sus hedores, sus barrillos, su entrecejo peludo, en fin, su vuelta, como él mismo dice, “al estado simiesco”. ¡Un horror! Págs. 66-67.- Dos páginas para describir, de la manera más elemental y pedestre, las transformaciones de la pubertad. Te diré una cosa, Muñoz. Un escritor es un tipo que dice lo que todos piensan, pero de otra manera. Y que lo puede hacer porque ve más, huele más, palpa más, siente más que las demás personas. Decir lo que todo el mundo sabe sobre el acné, el inicio del crecimiento de la barba, el cambio de voz etcétera no merece la pena o es una tontería. Págs. 67-68.- Ahora lo mismo con una clase de gimnasia. Págs. 68-69.- Muñoz se ridiculiza a sí mismo para hacer reír al lector. Lo hace gemir y rechinar los dientes.. Me salto varias páginas de descripciones de costumbrismo casposo en un mercado, las tiendas, las callejas del poblachón, etc. Pág. 71.- ¿Se puede calificar una venganza de suntuosa, académico? Id.- La defensa del ateísmo por parte de Muñoz es de lo mejor del libro. Lo más profundo y convincente que dice es. “Dios no existe”. No olvidemos que Muñoz es un intelectual. Pág. 72.- El Muñoz darwinista, pues también entiende de eso, le dice a su hermana: “los seres humanos descienden de los monos”. ¡Lo que se aprende leyendo a Muñoz!”. 6.Es tal despropósito esta presunta novela, que el narrador lo mismo se pone a sí mismo de patán e ignorante, que empieza a hablar de la Vía Láctea, que él ignora que es el “otro lado” de nuestra galaxia, de Darwin, Lutero, Galileo o Newton. Para decir simplezas de ésas que vienen al dorso de las hojitas de los almanaques de los salesianos. Pág. 74.- Disparata sobre teología como antes ha disparatado sobre todo lo demás. Págs. 74-75.- Quien escribe es ateo por la gracia de Dios, pero estudió con los salesianos y tiene que decir que no son como, en una supuesta crítica digna de una discusión de rebotica, los caricaturiza Muñoz. En los años de la guerra practicaban ya un método de enseñanza muy avanzado. Ya lo dije: la crítica o es seria o es autodefinitoria de un besugo. ¡Es imperdonable que este desdichado dedique media docena de páginas a transcribir otras tantas de un libro de divulgación! Una declaración de principios –y se verá que discrepo de los críticos literarios españoles: 1.- toda crítica debe ser crítica comparada. 2.- los valores literarios son absolutos, no hay valores relativos. Dicho esto, suplico: compárense esta patalallanada de un analfabeto, con las digresiones científicas de Thomas Mann, Aldous Huxley, Hermann Hesse, Olaf


Stapledon … Esta “novela” refleja -¡otra más- la España del cocido y los calcetines con zancajos, la España del chuzo, el botijo, la pelliza y la boina; la España que no es Europa ¿Hasta cuándo el realismo “tradicional español”? ¿Hasta cuándo el costumbrismo? ¿Cuándo se les va a exigir a los escritores españoles que sean cultos, que sean universales, que se apoyen en una teoría de la novela, una teoría del conocimiento y una concepción del mundo? Toda la “información” que facilita Muñoz, dicho queda que tomada de folletos de divulgación, es para colmo posterior a la de la época en que alunizó el Apolo XI. Son del año en que él tuvo la mala ocurrencia de escribir este libro. Pág. 79.- Muñoz ya tiene televisor. Nos congratulamos. ¿No comparan los críticos españoles los intereses filosóficos, sociológicos, antropológicos, etc. de nuestros bestsellerados con los de los europeos? A lo mejor descubrían algo si lo hiciesen. Pág. 81.- No es de extrañar que los que creen que los presentadores de televisión oyen crean que los pavos hablan. Así es, según Muñoz. Págs. 82-83.- Más información -sobre Venus, sobre Júpiter, etc.- acerca de lo que cualquier persona medianamente informada sabe. Pág. 84.- Muñoz hace cábalas sobre los viajes espaciales del futuro, repitiendo, sin citar al autor, el argumento de un conocido relato de Brian W. Adliss, La generación de la gran esperanza. En un relato así deberían descubrir los castizoplastas españoles lo que es la verdadera literatura. Adliss, al tiempo de contar, de manera amena, el viaje de una gran nave en la que se suceden las generaciones y en la que se conserva un inmemorial paisaje al óleo de la Tierra, plantea como si nada una teoría del surgimiento de las religiones. (Si no ha copiado a Adliss, ha podido plagiar a otros. El de las “Naves Generacionales” es un tema recurrente en la ciencia ficción. Véanse, por ejemplo, Universo, de Robert Heinlein; Nave de sombras, de Fritz Leiber; Promised Land, de Brian Stableford; Rogue Ship, de A. E. Van Vogt, etc.) Pág.85.- ¡Cómo se iba a olvidar Muñoz del ciego vendedor de cupones! Con razón se ha dicho que una de las características de la generación de Muñoz es el cosmopolitismo. Págs. 86 y ss. Más transcripciones de recortes de periódicos. Muñoz no saca ninguna consecuencia, ni filosófica, ni sociológica ni literaria del hecho de que el año que evoca se iniciase la era de los viajes espaciales. Pág. 88.- Como si me hubiese oído, Muñoz describe la sociedad en la que se forjó su welstanchauung: ciegos, cojos, mancos, picados de viruelas, tontos de baba, borrachos, tiñosos, analfabetos… ¡Allons enfants de la patrie! Con Muñoz al frente. (Un día, en el Café Gijón, en presencia de Manuel Díez Crespo, me dijo Ignacio Aldecoa: “A ver cuando el protagonista de una novela española es hijo de un catedrático”. En los años sesenta, a los miembros del grupo de la novela metafísica o del realismo total nos consideraron insolidarios, porque no merendábamos, como Cela y Umbral, un chusco con un cacho de tocino y unos tragos de vino, directamente del porrón. Pág. 89 y ss.- El lector que quiera vibrar con la apasionante descripción de una clase de Muñoz con un profesor cegato, por causa de dos cataratas como dos ensaimadas, busque estas páginas irrepetibles. Pág. 89.- El académico Muñoz escribe estólidamente por estoicamente. Págs. 89-90.- Muñoz se anticipa, ex eventu, a los problemas del acoso escolar. Para iluminarnos, naturalmente. Pág. 90.- Muñoz teme ser acosado y le tiemblan las peludas piernas. Id.- ¡Sublime! El Réprobo (sic), “ocupa la última banca de la clase, el rincón oscuro del fondo, donde el efecto de la autoridad del profesor es ya muy débil, como la radiación del sol en la órbita de Plutón”. Lo subrayado, que, me consta, creyó Muñoz un hallazgo, constituye, de hecho, una chorrada memorable. Id.- El Réprobo “tiene perfecta constancia” (no, académico: “es perfectamente consciente”) “de que va a condenarse, de que su carne va a arder durante toda la eternidad en


las llamas del infierno”. Otra chorrada. Esta ¿novela? viejuela, que exhibe en la cubierta un astronauta, en vez de hablar de los cráteres de la luna dedica una página a los granos de la cara del Réprobo. Pág. 91.- Entre digresiones costumbristas inacabables, Muñoz, que durante varias páginas nos ha dicho que el Réprobo es un auténtico burro, que ocupa la banca de los “casos perdidos”, que él mismo tiene “la perfecta constancia” (la convicción, académico) “de que va a suspender todas las asignaturas”, en la página siguiente nos informa de que es partidario de “toda forma de depravación moral y de subversión política”, recibe y lee Mundo Obrero y Playboy y ha leído el Manifiesto comunista, El libro rojo de Mao, Mein Kampf (en alemán), El origen de las especies y las obras selectas del Marqués de Sade, Oscar Wilde y Juan Luis Cebrián. (Lo que el Muñoz cree que son lecturas revolucionarias, según otro prospecto). Fíjate, lector crecientemente mosca, Muñoz escribe: “y una revista de mujeres desnudas que se llama Playboy”. Recurso de mal novelista: con ese “se llama” quiere indicar un distanciamiento, quiere decir que él, el casto Muñoz, no está familiarizado con ella, pero produce el efecto contrario. El lector percibe que Muñoz la utiliza para hacer sus solitarios. También escribe que el Réprobo recibe “con puntualidad” (¿y él que sabe?) “los números más recientes de Mundo Obrero”. Si estaba suscrito, ¿cuáles iba a recibir, Muñoz? ¿Los de la guerra del catorce? Id.- Para acentuar el color local, como buen costumbrista, lejos de universalismos desaconsejables, Muñoz introduce unos versos de Rilke: “Juan, sígueme, / vámonos de putas, / Juan, sígueme, / vámonos de putas, / Juan, sígueme, vámonos de putas / que hoy pago yo…” Id.- Para más detalles: el revolucionario se hace una paja mirando la Venus de Milo. Pág. 92.- El zoquete canta canciones de los Rolling Stones, de Blood, Sweat &Tears y Manolo Escobar. Y sueña con que le hagan pajas. Id.- El profesor, don Basilio, es otro gentleman oriundo de la Españeta: “tiene un pesado aire clerical […] con la corbata torcida, con caspa en los hombros y churretones de huevos fritos o de café con leche en las solapas o en la camisa […] A veces también lleva la bragueta abierta y una mancha de orines a lo largo del pantalón…” Con lo ya dicho y esto, se quitan las ganas de ir al pueblo de Muñoz. Pag. 93.- Es graciosísimo cómo los gamberros de la clase consiguen que el maestro cegato se dé con el pico de un pupitre en el pelotal. Págs. 93-94.- Muñoz filosofa sobre la realidad con unas consideraciones tan elementales que producen espasmos primaverales al lector. Pág. 94.- Muñoz copia otro opúsculo –página y media- sobre los sentidos de los animales. Pág. 95.- Nos enteramos de cómo duermen los allegados de Muñoz. 7.Pág. 97.- ¡En tu pueblo no había ninguna librería, Muñoz! Y menos que vendiera novelas de ciencia ficción en los años 40. Cuando a Muñoz le conviene, en su pueblo no hay de nada. Otras veces, hay de todo. Pág. 98.- Muñoz se confiesa voyeur y “codicioso clandestino”. Y admite ser un onanista diario e independiente de la mañana. Como al principio de la viejela, “me despierto con el frío y la humedad de una eyaculación”. ¡Qué horror! ¡Esta novela no es apta para menores! Pág. 99.- Enumera Muñoz las causas de sus orgasmos nocturnos y más bien parece que estuviese enumerando los misterios del rosario. Págs. 100 y ss. Salvo algunas alusiones más bien simplonas al viaje del Apolo XI, sin sacar la menor conclusión respecto al mundo ni a la historia en que se produce, el resto del libro es la pobre autobiografía de alguien –el propio Muñoz- que no ha vivido nada


interesante. Más aún: que no es interesante en sí mismo, por lo que no lo sería ni habiendo nacido en Atlantic City. Pág. 101.- En esta página, presenta a sus familiares muy distintos a como los ha presentado hasta ahora. ¡Dios de los cielos y de las nieves perpetuas! Si en este mismo mundo se han escrito Contrapunto, El juego de los abalorios, Doctor Faustus, El revés de la trama, Heliópolis, Ritual en la oscuridad, ¿cómo se puede festejar este bodrio irredento en el que, página tras página, el desdichado autor nos habla de pizarrines, cuadernos con pastas de hule, regalos modestos de los Reyes Magos, derrames nocturnos y otras chorradas que no le interesarán ni a su reverenda madre? ¿De qué escala para medir los valores literarios disponen los señores Jordi Gracia, Pozuelo Yvancos, Rodríguez Rivero y sus epígonos de provincias? Pág. 103.- Hablando en presente, esto es, refiriéndose al año en que escribe esta viejela, 2006, Muñoz confiesa: “Yo no he visto nunca a una mujer desnuda”. ¿Habrá que creer a quienes dicen que doña Elvira duerme vestida de buzo? La “calentura sexual” de Muñoz sigue presente en el relato. Pág. 104.- Sigue autodefiniéndose como voyeur. Id.- Por lo que cuenta, Muñoz se empalma por nada. Pág. 104-105.- Penosas. Véalas el lector que quiera tener motivos para compadecerse de este pueblerino que está a punto de obtener un título nobiliario –barón de Muñoz- de la monarquía cocotera. Págs. 105-106.- Apenas llega al corral de su casa, oliendo todavía a chorruno, Muñoz corre hacia “la caseta del retrete”. Va a masturbarse, porque le ha visto el pecho a una gitana que amamantaba a su churumbel. Pero antes se siente obligado, como buen costumbrista, a contarnos –más de una página- cómo se construyó la caseta del retrete y qué rústicos elementos la constituyen. Págs. 106-107.- Si hemos de creer su propio testimonio, Muñoz se corre con cierta facilidad. Después de demorarse en la narración de una de sus pegajosas masturbaciones, ésta y las siguientes páginas se las pasa Muñoz, para deleite de sus panegiristas, sentado en el retrete, contando de qué trata El mono desnudo, de Desmond Morris, describiendo el olor de su semen, sin olvidar una mención irreverente a la espléndida creación de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jeckill y mister Hyde. Si a esta sonrojante viejela la considera muy buena Pozuelo Yvancos y magistral don Jordi Gracia, ¿qué considerarán estas personas que son Santuario, La granja de los animales, La hora veinticinco o Dios ha nacido en el exilio? Pág. 108.- Toda ella, para decirle al lector –que lo esperaba ansioso- cómo se mallimpia del producto pegajoso de su placer solitario y qué supone que están haciendo en ese momento, uno a uno, todos sus familiares. Pág. 109.- Nueva muestra –costumbrismo en estado de buena esperanza para los críticos- de cantares y decires frutos del ingenio pueblerino. Págs. 109-110.- Un guiño de lo más inoportuno a Stephen Hawking. Enumeración exhaustiva de las faenas agrícolas. Pág. 111.- Muñoz se mea en sus propias manos por consejo paterno. Págs. 112-113.- ¡Dos páginas! describiendo las manos de su progenitor y lo que hacen. Págs. 114-115. Como buen padre, el de de Muñoz no quiere que su hijo prospere ni se eduque, sino que se desengañe de los libros y se convierta en una persona normal. Lo diré más veces: esto es lo que los críticos quieren que los lectores tomen por una auténtica novela. 8.Págs. 116 y ss.- Ahora toca enumerar las faenas de la madre y de la hermana en la cocina. Apasionante y de lo más instructivo.


Págs. 117-118.- Muñoz cuenta al lector todo lo que pasa de higo a breva. Aconseja al leyendo no beber agua con el melón. Pág. 118.- Severa diatriba de Muñoz contra los hombres del tiempo. Pág. 119.- Escena familiar, prolijamente narrada, con interesante información incluida: “es la sobrina la que le limpia la mierda”. Mierda a la que vienen a sumarse los mocos de la hermana de Muñoz. Pág. 120.- El moribundo, que ya apesta a cadáver, le mete mano a la enfermera cuando se le acerca. Págs. 120 y ss.- Conversación familiar sobre diversas nadas, en la que se leen alpargatas como aquesta: “muy mal habrá tenido que verse para llamar a un médico que estuvo con los rojos, siendo él tan falangista”. Si hubiese una forma más simplona de decir las cosas, seguro que Muñoz la hubiese empleado. Sus ironías sobre el franquismo, penosas. Y es que juzga la guerra civil con su pobre mentalidad de hoy. Aplica a quienes relatan por televisión el alunizaje su ironía de retrasado mental diplomado. ¿Qué interés puede tener Muñoz en mostrarse –por medio de su hermana- peludo en piernas, torso y sobacos? Es la enésima vez que lo menciona. Págs.124-125.- La tan costumbrista como exhaustiva relación de cómo comen los Muñoz levanta el estómago al leyendo delicado. La crítica española en pleno la agradece. Págs. 126 y ss.- Muñoz se quiere mostrar intelectual entre tanto cateto, con el resultado opuesto. Después del conejo mordido, destripado, chupado y festejado, le toca el turno a la sandía. Despotricar contra los libros es la conclusión conveniente. No falta en ella la exaltación del botijo frente a las dañinas neveras Pág. 129.- La pesca por Muñoz de una sandía que se refresca en el pozo constituye, por contraste, una escena trepidante. Ya que nadie ha podido impedir la publicación de esta sarta de vaciedades, al menos podían habernos ahorrado todas estas páginas. Pág. 131:- Muñoz experimenta la tentación de explicar a su parentela, sandía en mano, la Ley de la gravitación universal. Se la explica al sufrido leyendo, transcribiendo páginas de un manual, adornadas con coplejas del acervo folcklórico popular: “Al sol le llaman Lorenzo y a la luna Catalina…, etc. Una gozada para nuestros críticos. Pág. 133.- El abuelo prefiere comerse la sandía a imaginarla como la tierra en el espacio. Lo mismo que le pasa a la hermana, respecto a la luna, con el melocotón. Págs. 133-134.- Muñoz padre desgrana todos los tópicos que, en años posteriores al de la acción de la “novela”, han desgranado los terrícolas ignorantes. 9.Pág. 137. – “Como esas criaturas invasoras y blandas de las películas de ciencia ficción…” Muñoz ya ha hecho una comparación semejante – “como en las películas de ciencia ficción”- ene veces. ¡Pero si, en aquella época, la única película de ciencia ficción que se había exhibido era Anacleto se divorcia! Pág. 138.- Yo, por lo menos, lo estaba echando de menos. Vuelven a primer plano la peludas piernas de Muñoz, sus amplísimos calzoncillos de astronauta, sus erecciones matinales, sus eyaculaciones nocturnas. Id.- Didáctica enumeración de las tareas domésticas de la madre. Id.- Para compensar, relación de las tareas del padre. Discusiones de los padres a silenciazo limpio. Muñoz es un rebelde. Lo que cabía esperar con un padre al que “no le gustan los curas”. Ni siquiera el cura progre que da clases de geografía a Muñoz. Pág. 140.- Se nota que el cura es progre en que va al mercado y en que se interesa por el cultivo de las berenjenas y la jornada de trabajo de los aceituneros. Pág. 141.- Presunta crítica de la Acción Católica, más de andar por casa que una fregona. Los críticos españoles que han alabado esto ¿han leído a Huxley, a Camus, a Gunter Grass, a Sartre?


Pág. 143.- En medio de unas mostrencas disquisiciones sobre la fe de todos y las masturbaciones suyas, Muñoz introduce de golpe el problema del mal pero no con el talento de Camus, sino a su manera de aceitunero frustrado. Leibnitz se removería en su tumba. Pág. 144.- Muñoz, que se autodescribe como un patán ignorante que no entiende nada de lo que lee en los libros, desparrama por estas páginas todos los tópicos actualmente en el mercado respecto a la existencia de Dios, el pecado, el Infierno, la interpretación de la Biblia, etc. que ha ido acumulando durante los años que van entre la época en que se desarrolla su superficial relato y aquélla en que lo ha escrito, en conversaciones con sus pares y su santa esposa. Pág. 145.- Cada vez que lee unas líneas de El mono desnudo, con “sus excitantes descripciones zoológicas de los cuerpos masculino y femenino”, Muñoz tiene que ir corriendo al retrete a tocar la zambomba con su perindolo. Pág.147 y ss.- Menos mal que, a través de varias páginas, nos enteramos de cómo es el itinerario desde la casa de Muñoz hasta el colegio, si no, nos perdemos. He señalado muchas veces que una de las características que hermanan a los bestsellerados del sistema es la de hablar por hablar, para llenar páginas. En su crítica a este libro, el profesor Ricardo Senabre señalaba que todas las descripciones relativas al colegio son tópicas. Ante ellas, “se tiene la impresión de lo déja vu”, escribía en El Cultural del 14-9-06. La verdad es que no hay pasaje en esta “novela” en que el tópico no tenga su asiento ni la vulgaridad su habitación.. Pág. 150.- Hasta el padre Director supone Muñoz que percibe –cuatro líneas para describir las fosas nasales directoriales- el olor “de las secreciones recientes y mal lavadas”. No sólo costumbrismo, costumbrismo casposo y guarrindongo, peor que el de Cela. Pero ¿se conforma Muñoz con esta alusión a la mugre? ¡Nol! Alude también a “el sebo capilar y las ingles y axilas poco ventiladas, los olores agrios de una masculinidad en erupción”, etc. Pág. 152.- Muñoz, menos mal, introduce un detalle poético: “Gregorio, el alumno que se sienta delante de mí, le tiene tanto miedo al director que nada más oírse sus pasos viniendo por el corredor hacia el aula ya se le descompone el cuerpo y empieza a tirarse unos pedos silenciosos y fétidos…”. Realismo tradicional español, llaman a esto los críticos. Id.- “Caras con granos” […] “olores de higiene imperfecta”… ¿Otra vez?, ¿No te cansas, Muñoz? Págs. 152-153.- “los intestinos trastornados del pobre Gregorio, que deja escapar gases tan sin poder contenerse como el día en que se meó en la tarima…” La falta absoluta de sentido del humor en los libros de Muñoz es la propia de los solemnes, los cenizos, los mediocres y los loco-tontos pacíficos. Muñoz dice pertenecer a la raza mora, vieja amiga del sol, y preferir el turbante al shampoo. Páginas y páginas llenas con la visita, sin ningún interés, del Director a la clase. ¡Y que el marketing de Alfaguara y la sumisión de la crítica sitúen esta mojama de aburrimiento entre los libros más vendidos! Pág. 156.- ¿Que Muñoz no fantasea? El salesiano, que tiene en su mesa una foto del Che Guevara, le promete prestarle El hombre rebelde, de Camus. ¡Ni que se tratara de don Jesús Aguirre q.e.p.d.! Pág. 157.- Ante una cita del cura –“muchos son los llamados y poco los elegidos”Muñoz, brindándosela a Savater, hace una pregunta -¿y por qué unos sí y otros no? ¿Dios tiene preferencias?- que, aparte de ser tópica, no le pega nada al personaje en que se encarna tal y como lo ha descrito hasta ahora. El caso es que, cuando más profundo quiere parecer, más hueco resulta. Lo que sigue a la primera vaciedad teológica produce lástima y sonrojo por delegación. Léase este diálogo muñóznico y compárese con los de La montaña mágica o los de La peste. Id.- “La impaciencia de irme”, no, académico. La impaciencia por irme. Pág. 158.- Quien se acerca a la ventana es el tonsurado, pero es Muñoz, desde la mesa, quien ve lo que pasa fuera. Pág. 159.- Los comentarios del académico sobre Camus y


Nietzsche resultan penosos a una persona medianamente culta. Menos mal que, eso sí, sabe introducir un elemento dramático: teme adquirir la sífilis “de hacerme pajas sin descanso”. Ahora, dedica media página al evolucionismo. (A Muñoz le pasa con sus pajas, como a Almudena Grandes con sus culos y sus pollas: creen que figuran en la declación de los derechos del hombre. Id.- Lo que hace el cura creyente para contradecir a Muñoz es decir lo contrario a lo que dice Muñoz, quien interpreta el Génesis como no lo interpreta ningún exegeta serio desde Reimarus: piadosamente. Pág. 160.- No hay derecho, Muñoz, a que nos vengas transcribiendo, de una enciclopedia grado medio, cuatro ideas sobre el darwinismo. Y otras cuatro sobre la interpretación de la Biblia, que causan llanto y crujir de dientes. Pág. 161.- Ahora es al gran antropólogo Pierre Teillhard de Chardin al que le toca ser demolido. ¡Muñoz! Fiel a tu doctrina de que las novelas no deben decir nada importante, ¿por qué te metes en varas de once camisas que no te cubren el trasero? Id.- Fiel a su sencillez salesiana, Muñoz no dice nada que no sepa ya todo el mundo. ¡Ahora los dinosaurios! 10.Pág. 162.- Última del chapitre. Demasiado. Si alguien que haya leído esto, lo compara con Un mundo feliz, El tiempo debe detenerse o Contrapunto y no pide la excedencia, es que es más patriota que el coronel Tejero. Pág. 163.- Transcripción de otra octavilla, o de un editorial de “Arriba”. Pág.. 164.- Expresamente, Muñoz confiesa –nosotros lo sabíamos- que un artículo de Singladura, el periódico de la Cadena del Movimiento, le interesa más que la literatura. Demuestra desconocer –no vendría en la octavilla— la teoría de los canales de Schiaparelli. Pág. 166.- Resulta delictivo. Muñoz reitera la lista de sus tópicas lecturas y transcribe, de las “páginas de ciencia” de un TBO, algunas vaguedades sobre paleontología. Es contradictorio: si sus lecturas predilectas eran Verne y Wells, ¿cómo ha venido a desembocar en la berza? Llena dos páginas contando un cuento. Pág. 169.- De vez en cuando, Muñoz, a quien no se le ocurre nada que decir ¡sobre el primer viaje a la luna!, echa a correr hacia el retrete, para por enésima vez meneársela. Pág. 170.- ¡Muñoz! Ni Mónica Vitti ni Julie Christie, y mucho menos Faye Dunaway, son de tus tiempos de pajillero. Siguen páginas de descripción de la vida pueblerina, de la que sólo hubiese sacado partido literario un verdadero escritor, no un cronista de mente aldeana. ¿Sabes, lector, que los García Posada, Sanz Villanueva, Mainer, Basanta, Pozuelo Yvancos, etc. consideran principalísima característica del grupo literario de Muñoz, Grandes, etc. el cosmopolitismo? En estas páginas, lo ejemplifica Muñoz describiendo con soporífero detalle sus no muy concienzudas abluciones y su imperfecto acicalado. En la página 173, crítica, más bien pedestre, de la sociedad, al estilo de los columnistas de El País, que aún no había salido. Muñoz se autorretrata como un progre y se expresa a base de tópicos: pobres aborregados, burgueses egoístas, empresarios avaros, salesianos hipócritas, muñoces de izquierdas de toda la vida… Otro paseo de Muñoz, que nada pinta, como tantas cosas, en la economía del relato, detallado hasta el cansancio… ¿Para qué? Esta gente ¿no lee a los grandes? ¿No se autocritica? Menos mal que nos enteramos de que en la calle Real estaba la barbería de Pepe Morillo, si hemos de creer a Muñoz en extremo tan delicado. Antes de finalizar el capítulo, nos tenemos que tragar la novela de Verne que nos cuenta Muñoz y la película a cuya proyección asiste. Después, como no podía ser menos, Muñoz echa a correr hacia la caseta del retrete, para masturbarse una vez más. 11.Ni hace literatura, ni hace sociología, ni lleva a cabo una crítica de la España del franquismo ni saca ninguna conclusión del hecho de que el hombre ponga por primera vez sus


plantas en otro cuerpo celeste. Sólo cuenta tópicas vulgaridades de unos pueblerinos en su pueblo. Pues bien, el día que redacto estos párrafos, ya está la viejela (lo contrario de novela) muñozrrana en la lista de libros más vendidos. Merced al marketing, la publicidad, la desvergüenza de la mayoría de los críticos y de todos los esbirros del grupo Prisa. Págs. 180-181.- Muñoz evoca al campesino que fue (y nunca debió dejar de ser, señalo) y nos larga una pesada retórica sobre la recogida de diversos frutos. Sigue en la página 182, en la cual, sin decirlo expresamente, Muñoz deja ver que en su adolescencia hizo muchas veces de espantapájaros. Insisto, porque es importante: Muñoz –como Javier Marías, como Almudena Grandes, Maruja Torres, Rosa Montero, Elvira Lindo y demás integrantes del dream team polancustrecarece de sentido del humor y de imaginación, factores con los cuales se puede salvar cualquier tema, por pedestre y chingado que sea, y éste, en las manos muñozcas, lo es mucho. Ni siquiera al viaje a la luna es capaz de sacarle unas gotas de poesía. Y es que también carece –no tendría que decirlo- de sentido de lo poético. Para él, una bellota es una bellota y unos calzoncillos con mangas son lo que son: una entrañable prenda que a medias sujetó sus efusiones onanistas, que hace bien en comentar dos docenas de veces, ya que el lector fiel está más interesado en su bolo que en el Apolo. Pág. 183.- Muñoz sobre la burra, peludas piernas al aire, sería un bonito espectáculo. Id.- Muñoz explica a su padre la diferencia entre una estrella y un planeta. El lector que, de rebote, se entera, recuerda aquello del deleitar aprovechando y da las gracias a Muñoz. Id.Me desdigo: Muñoz sí tiene sentido del humor. “Si vive alguien [en el sol] seguro que quiere venirse aquí, a disfrutar de este fresquito”. ¡Ay que gracioooooso! (Si alguien sorprende un detalle de ingenio en una novela de Muñoz o de cualquiera de los otros nombrados hace unas líneas, que me escriba). Id.- ¿No lo decía yo? El padre de Muñoz quiere saber si los venusianos hacen caca? Págs. 184-185.- Muñoz continúa transcribiendo de su geografía, grado elemental. Y de algunos recortes de periódicos de provincia. Págs. 186-187.- Mientras desayuna tocino, Muñoz nos informa –por un momento temí que no se decidiera a hacerlo- de que aquella tierra pertenece a los muñoces desde hace varias generaciones. ¡Páginas trepidantes aquestas! ¡Y poéticas! Los adjetivos que aplica Muñoz a cada verdura son para devolvérselos. Págs. 188-189.- Como todo el libro, costumbrismo atocinado y con olor a pies. Es penoso. Sobre todo si lo escribe un señor académico, muy considerado por la crítica y que vende tan corrompidos productos a cientos de tontos que se creen lectores. Escribir estas cosas, y escribirlas de esta forma, es un pecado de lesa literatura que cometen desde el editor y la ministra de Cultura hasta el último librero. ¿He dicho costumbrismo? Ya quisiera esta patulea de impotentes literarios –al dream team de Polanco me refiero- parecerse a aquellos narradores de finales del XIX y principios del XX, que por lo menos demostraban utilizar la cabeza. Pág. 190.- Penoso el diálogo sobre “El Glorioso Alzamiento”. Muñoz carece del sentido de la ironía. Si ustedes recuerdan los comentarios de Aldoux Huxley o Ernest Hemingway a la Gran Guerra –o de Castillo Puche o Luis Romero a nuestra Guerra Civil-, señores críticos, ¿cómo siguen pensando que “esto” es un escritor? Pág. 192.- He señalado muchas veces, como característica de los bestsellerados, su desmedido afán de llenar líneas. Lo mismo que ha contado de su padre y él, lo cuenta ahora de su padre y el abuelo. Si me decidiera a decir hasta dónde estoy de las frutas y del terruño, tal vez me saliera una expresión malsonante. Pág. 194.- ¡Por fin plantea el gran enigma! ¿Por qué fue un día al cine de verano con su padre, cuando siempre iba con su madre? ¿Nos lo desvelará Muñoz? Pág. 195.- Esto ya raya en el chocheo: Muñoz cuenta a sus lectores españoles costumbres y leyendas españolas como si las estuviese inventando. Lo que es no tener nada que decir. Y hasta describe –media página- cómo era el suelo del cine. Sin olvidarse de las gaseosas.


Pág. 196.- Muñoz, tu padre no pudo ver durante la guerra Los hermanos Marx en el Oeste, porque se estrenó bien entrada la década de los cuarenta. Ni, por lo mucho que llevas dicho de él, entender su humor. Pág. 197.- Una página contando la película, que todos nos sabemos de memoria. 12.Pág. 199.- La llamada a la puerta de la tía Lola produce llamaradas en la cara oculta de la luna. Por enésima vez confunde escuchar con oír. Pág. 200.- Sólo dos de los tres astronautas se posaron en la luna, nos informa Muñoz. Todo lo demás (dos páginas) es igualmente megaconocido. Para colmo, el lenguaje que emplea Muñoz para impartirnos la lección es tan didáctico elemental como poco literario. Pág. 201.- Atribuye al Padre Director el enunciado de las doctrinas pitagóricas. Id.¿Quieren saber cómo se fabrica la tiza? Lean esta página. Id.- Ecologista nato, Muñoz se preocupa por la cantidad de espermatozoides que derrocha cada vez “que me hago una paja”. A propósito de sus masturbaciones, Muñoz saca a relucir el Génesis. Pág. 202.- Más lecciones: la estrella más cercana a la Tierra es -¿a que no lo adivinan? Muñoz lo sabe:- Alfa Centauro, que está a una distancia de… ¡Dios de los cielos y los abismos circundantes! Otra página y media de elementalidades astronómicas. ¿Muñoz toma por tontos a sus lectores? Muñoz es completamente, sexualmente, diplomáticamente tonto. Como su editor, como Juan Cruz, como García de la Concha, como Elvira Lindo y tantos más. Y España, como decía Valle Inclán, una deformación grotesca de la cultura europea. Y la novela española actual, la que publican las grandes fábricas de libros, la que orgasma a los críticos y a los académicos, la que favorece el ministerio de Cultura, la que conocen los periodistas, la que se cuela de matute a los lectores manipulados por el marketing y la mimesis bobalicona, una traición a la lengua española, a la gran literatura con ella construida. Lo he dicho ya: se están cargando uno de los dos (el otro es la pintura) grandes patrimonios de este país que no inventa nada, que no ha aportado nada al pensamiento, a la ciencia universal. Pág. 203.- Como otros que ha medio dibujado antes, el personaje de la tía Lola es más tópico que un caramelo de menta. Pág. 204.- Media página enumerando todos los chismes que hay en el escaparate de la tienda del marido de la tía Lola. Id.- Muñoz se siente tentado, cual rústico San Jerónimo, por las ilustraciones de las revistas que le lleva la mentada tía. A Muñoz se le empingorota con facilidad el –exiguo, según su santa- vellocino. Id.- Otra media página larga enumerando los productos de que hacen publicidad las revistas lolianas. Pág. 205.- No te pierdas, lector ansioso de saberes, la merienda en el corral. Yo carezco de elementos expresivos para relatarla en todo su esplendor. Durante ella todos lamen, menos Muñoz, que devora. Págs. 206-207.- Muñoz acude poco al diálogo, pero, cuando lo emplea, justo es decir que consigue el más tópico y vulgar posible. Pág. 207.- Casi íntegramente ocupada por la transcripción de otro artículo insustancial sobre la aventura del Apolo XI. Págs. 208-209.- Otro largo diálogo insustancial, cateto, sobre el moribundo Baltasar, con chispas poéticas como culo, limpiar la mierda, calzoncillos, cebolla… Pág. 208.- Muñoz ignora que, en Andalucía, al andar supersuelto de vientre, se le denomina “irse de varetas”. En cualquier caso, Muñoz se va de varetas en esta página. Pág. 209.- Al personaje en que se encarna, lo quiere presentar Muñoz, a ráfagas, como inteligente y leído. En otras ocasiones, como ingenuo y pueblerino. ¿Cuál de las dos cosas es para ti, lector, quien dice esta majadería?: “Que se llame Carlos es un indicio de que mi tío estaba destinado a llegar lejos en la vida”. Llegar lejos en la vida, para el cosmopolita Muñoz, es tener una tienda. Pág. 210.- Cuando no se tiene chispa, como es el caso de Muñoz, las digresiones, como ésta sobre los nombres, aburren a un dentista. Pág. 211.- O como ésta sobre el carrerón


comercial del tío Carlos. Pág. 212.- O ésta sobre la moto. Pág. 213.- O ésta sobre la tienda del tío. Id.- Un tipo que se lava y viste decentemente resulta sospechoso a Muñoz y su familia. Págs. 214-215.- Esta página en que narras cómo tus tíos vigilan a tu tía y su novio es ridícula, Muñoz. Y, para colmo, la llenas de frases hechas: “en el límite de la paciencia”, “montó en cólera”, “le miraba sin pestañear”, “la seguía como un perro”, “volver loco con la música”, etc. Se hace difícil imaginar a Muñoz bailando con gracia. Pág. 216.- Enterita describiendo el atuendo de la tía. Dice Muñoz que él todo lo veía con sus ojos. ¡Hombre! Difícil hubiera sido que lo viese con los ojos de Guzmán el Bueno. Pág. 217.- Muñoz se evoca con pantalones cortos y tirantes, zapatos de charol y flequillo. Si añadimos nosotros sus peludas piernas, todo un símbolo de la tradición. En ésta y las anteriores, Muñoz se refiere una docena de veces a su “antiguo rencor”. La idea que tiene Muñoz de lo mundano es la propia del pueblerino que, afortunadamente para la novela española, no ha dejado de ser. Págs. 218 y ss. La familia designa a Muñoz carabina de la tía y el novio, para que no hagan guarrinadas. Parece ser que, del cumplimiento de este cometido, le vino a Muñoz su vocación de guardia civil. Págs. 218-220.- No aptas para cardíacos hay que considerar estas páginas en que Muñoz nos cuenta su paseos y nos relata las actividades que se desarrollan en el tontódromo de su pueblo. Trepidante: cañas de cerveza, helados, globos, pirulíes… Pág. 221.- ¡Qué novelón! Toda la página, sobre la avioneta del Cinzano. Págs. 221-222.- El diálogo sobre los poderes de Franco y el presidente Kennedy sólo lo escribe un retrasado mental para retrasados mentales. Pág. 222.- Habiéndose sumergido en la exquisitez del helado y el pirulí, a Muñoz le dan arcadas los garbanzos, las acelgas, el repollo, el tocino y otros productos emblemáticos de la madre patria. 13.Pág. 224.- ¿Se le puede llamar susurro a la respiración, académico? Id.- Muñoz nos informa de lo que es el sonido, según la enciclopedia, grado elemental, ya mencionada. Se nota que Muñoz tiene una pobre idea de la cultura de sus lectores. Ni así los tendría, de no ser por las dañinas páginas de El País y las arbitrariedades de don García el de la Concha. Pág. 226.- Explica Muñoz (mal) cómo se detectó la radiación de fondo que constituye el actual latido de la primera explosión que dio origen al universo, y la atribuye a los astrónomos. No, Muñoz, fueron dos ingenieros de una compañía de telefonía americana: Penzias y Wilson. (De nuevo -227- escuchar por oír.) Pág. 228 y ss.- Para que Muñoz pueda llenar unas cuantas páginas, se suicida un ciego del que, hasta ahora, nada supimos. Pág.231.La sabiduría del abuelo de Muñoz no es la proverbial de la noble senectud. Es, como la de Muñoz, tópica. Pág. 232.- En la mitad inferior, interrogaciones tan mal puestas como las suelen poner todos los bestsellerados y el director de la Academia. Págs. 232-233.- La importancia del tema lo requiere: dos páginas con que si sonó el teléfono, que si no sonó. Concluye con una información que le agradecemos: “los ahorcados no se mean, los ahorcados se corren y mueren empalmados”. Pág. 234.- Muñoz canta desde la escalera “Ay mama mía”: otro atentado contra la salud pública que reprocharle. Dos páginas más de diálogo hueco y costumbrista. Pág. 236.- ¡Los geranios no huelen, Muñoz, que en botánica también la cagas! Págs. 236-237.- ¡Otra dos páginas! para contarnos cómo baja la escalera y especulando sobre cual de sus parientes despertará primero. Pág. 237.- Observen la estupidez abracadabrante: Muñoz teoriza sobre el corazón de su padre, su madre y su hermana, el de sus abuelos, los corazones de las gallinas, el corazón enorme del mulo, el de la burra, los


corazones pequeños que laten en el interior de los huevos, y el suyo, que es “una polifonía de latidos, como golpes cautelosos de tambores en esas selvas que atravesaban los exploradores británicos en busca de las fuentes del Nilo”. Por eso, cuentan que el cardiólogo de Muñoz lo primero que hizo, antes de diagnosticar, fue irse al Sudán. Pág. 238.- Muñoz transcribe media columna de ABC sobre el “paseo” de Armstrong. 14.Pág. 239.- Infinitamente más de lo mismo: secadal selenita y catetal giennense. Muñoz compara su despertar con el de los astronautas. Así llena página y media. ¡Pobre Colin Wilson! Los críticos españoles deberían leer, para comparar, A la deriva en el Soho y Ritual en la oscuridad, dos novelas de las corrientitas del siglo XX, como La raíces del cielo, de Roman Gary, o El filo de la navaja, de Somerset Maugham. Pág. 240.- Entre hazañas aeronáuticas y relaciones de hortalizas, Muñoz tiene tiempo de empalmarse pensando en Faye Dunaway. Págs. 240-241.- Dos páginas y media sobre cuando hace frío. Pág. 243.- Muñoz tiene un recuerdo para las familias de los astronautas. Muy noble por su parte. Por eso nos alegramos de que en casa de su tía Lola haya calefacción (son cosas que hay que saber) y de que a su padre le hayan vendido una estufa. Pero permíteme, Muñoz: la Tierra no está perdida como una ínfima mota en la espiral de una galaxia, sino en el brazo exterior de una galaxia espiral. Pág. 244 y ss. ¡Por los cielos! Otras cuantas páginas contando lo que hace cada miembro de la familia muñozna. Págs. 246 y ss. Ora et labora, dice atinadamente Muñoz, para justificar varias páginas sobre el colegio y la recogida de la aceituna. Me imagino a Pozuelo Yvancos pasando páginas ávidamente, a ver si las aceitunas van a caer, o no, en la espuerta. De no caer, ello indicaría a Pozuelo una rebelión contra el padre y un complejo de Edipo. Las coplillas del folklore (no andaluz) que introduce Muñoz en el texto no logran aligerar el neandertal aburrimiento de tanto vareo. Pág. 250.- Ocupar media página hablando de las manos de Muñoz el editor lo consideró suficiente. Menos mal. Id.- A Muñoz le gustaría volverse invisible. A mí me gustaría que se volviese invisible su libro. Y, sin bromas (251-252), una de las cosas peores de este libro: Muñoz se atribuye una conciencia política y social en la adolescencia, como la ha podido tener sesenta años después, si es que la ha tenido. Pág. 252.- Otra vez el abuelo y la burra. La madre y su mantón. Muñoz y su abrigo viejo… Y más aceitunas. Y más carromatos. Y más mulas y mulos. Y más sabiduría rural… , Para justificar que aparezca un astronauta en la cubierta. Da la impresión de que Muñoz se cree en posesión de una nueva ciencia: la del aburrimiento pueblerino, y nos la quiere dar a conocer a nosotros, los que andábamos desolados por no saber lo que es una buena gaseosa bajo un alcornoque, en forma de aburrimiento novelesco. Pág. 254.- Más olivos, más varas, más regresos por el camino y más la madre que lo parió… Y, por supuesto, más justas diatribas contra “los herederos inútiles y los terratenientes dominados por la pasión del juego”. Y es que Muñoz, monárquico lacayuno en las bodas principescas, es muy de izquierdas, como su mujer, que se pone en las tarjetas de visita, debajo del nombre, COLUMNISTA ANTIGLOBALIZACIÓN. 15.Pág. 259.- Muñoz ignora que hay otras cosmogonías, además de la bíblica, que, por ende, es la más joven. Y con esta tara especula, de nuevo, con lo que ven, en ese momento, los astronautas.


Págs. 260-261.- Muñoz se ve a sí mismo como astronauta. Págs. 261-262.- Muñoz nos cuenta que una vez estuvo a punto de ahogarse. Pág. 263.- Muñoz sigue en la luna. Hasta el final del capítulo. 16.Págs. 268 y ss.- Si Muñoz, describiendo, es un horror, cuando quiere enterar de algo al lector mediante el diálogo es un esgorcio, algo mucho peor que el horror. Por otro lado, Muñoz sigue hablando de política en los años 40, como hablan los columnistas de El País a principios del siglo XXI. Y no sólo Muñoz, sino toda la familia. Ahora resulta que el clan Muñoz sabe de todo. Págs, 276 y ss.- Hay familiar de Muñoz que larga parlamentos de hasta seis páginas. Están todos informadísimos… Es maravilloso que la madre, que hasta ahora no sabía hacer otra cosa que pelar papas y quejarse, hable ahora de “actividad económica”, “gobierno legítimo de la República”, “monedas de curso legal”, “dinero rojo”, “él tiene sus contactos” (¿quizá Jaen-Coneichen?), “emisión de papel moneda”, citando a Samuelson y a Shumpeter. Pág. 283.- Enterarnos de cómo duermen el padre y la madre de Muñoz nos compensa de muchas tribulaciones anteriores. Pág. 284.- Muñoz and family están en la ruina. 17.Pág. 286:- Muñoz, nuestro satélite tiene menos gravedad que nuestro planeta, pero no carece por completo de gravedad, como tú dices. Id.- Continua transmitiendo la información que distribuyó la NASA a las escuelas infantiles. Págs. 287-288.- ¿Para qué nos cuenta Muñoz una salida nocturna durante la que lo único que hace es oír las ronquidos de la mujer del moribundo? Págs. 289 y ss. La salida de la nave de los astronautas y sus primeros pasos por la luna. Yo no perdí detalle aquella noche. Creo que Muñoz no vio ninguno. Lo imagina, él, que no tiene imaginación. Págs. 294-295.- La salida del segundo astronauta, Aldrin, que “flota como un muñeco en el vacío”, lleva a Muñoz a esta reflexión: “¿Qué será de mí cuando el verano termine y tenga que volver al colegio, cuando el padre Peter se me acerque y me pregunte si no me apetece confesarme, cuando esté sentado en una banca y el Padre Director golpee la mesa con el resorte del bolígrafo invertido”? Por ende, con un mal uso de las interrogaciones? 18.Pág. 298.- ¿Por los callejones por los que has venido de noche o por los que has venido [cuando] la noche perduraba, como lo hubiese indicado una coma que no pones? Pág. 299.- No nos ha acostumbrado todavía Muñoz a revivir la belleza de un amanecer, cuando ya empieza a hablarnos -¡otra vez!- de pantalones de pana, alpargatas, cuadras, mulos, hortalizas, frutos y demás componentes de su mundo. Y más y más descripciones costumbristas. Pág. 300.- Muñoz llena una página contándonos las novelas de aventuras que todos conocemos y una de las cuales -¡cómo no!- habla de una mujer desnuda imaginando la cuál tiene una de esas erecciones que el lector tan bien conoce y que le hace ver “brotar de golpe un chorro cálido de algo que despedía un olor tan intenso, tan escandaloso, como el relámpago de gusto en el que me pareció que me desvanecía”. La misma importancia que en la sublime novelística de Grandes tienen los culos y el follar, la tienen en la de Muñoz las masturbaciones. ¿Cuántas van? Págs. 300-301.- Como español tridentino fetén, mete a Dios en el fregado. Pág. 301.- El adolescente Muñoz, que tanto impacto favorable ha causado en las sensibilidades de Pozuelo Yvancos, García Posada, Rodríguez Rivero y Jordi Gracia. a partir de la aludida y memorable noche, dice vade retro “a los libros castos de Verne y Wells” y se


dedica a ir al cine de verano, para ver “a las esclavas que mostraban los muslos por una hendidura de la túnica” […] “y me excitaba tanto que temía que iba a eyacular y que la gente de los asientos cercanos iba a percibir el olor denso del semen”. No oBstante, nuestro héroe podía contenerse y “me corría por la noche en mi cuarto del último piso…” Otros felices días, imaginaba ser Sinuhé el Egipcio y se empalmaba acariciando in vitro “el vientre y los pechos desnudos de una esclava”. Total, que “igual que los grillos producen su canto rozándose los élitros, yo aprendí a administrarme un placer siempre renovado y siempre disponible rozando con mi mano la parte de mi cuerpo que desde que era muy niño se había hinchado sin explicación (¿cómo te iba a dar explicaciones la bellotita, Muñoz? ¡Si no habla!) ni consecuencias cada vez que veía de cerca el escote de una mujer, sus piernas desnudas”. Y continúa para la posteridad: “Como un grillo inexperto en la jaula de mi cuarto o en la del retrete (¡qué mundo el de estos cosmopolitas!) me consagraba al aprendizaje del roce de mis élitros”. Por lo que se aprecia en estas líricas evocaciones, Muñoz, ya adulto, echa de menos el manubrio. Id.- “En los sueños puntuales de cada noche…” ¡Por favor, Muñoz, deja las cosas puntuales para los editoriales del matutino! Pero ¿qué es una cosa puntual para nuestro grillo? Pues un cuerpo femenino imaginado, “durante unos segundos tan cálido y tangible como el semen que brotaba sin la intervención de mi mano ni de mi voluntad”. Que Muñoz sufrió de espermatorrea es, sin duda, una de las cosas que Pozuelo Yvancos apreció en este libro. Pág. 302.- Sigue el inagotable Muñoz: “En el cine, o durante la lectura de un paisaje erótico de un libro…”, “Como en esos cuadros de harenes orientales que venían en algunos libros de arte de la biblioteca, mujeres desnudas, carnosas y ofrecidas me rodeaban en el espacio mísero del retrete”... ¡Ah, el papel capital que representa el retrete de tablas –prefiguración del sillón académico- en la evocación muñozrra! Por lo que para mi es evidente que, al trazar ese paralelismo, que “desarrolla, en una secuencia medida con espléndido ritmo”, tan bien visto por Pozuelo Yvancos (las entrecomilladas son palabras de su crítica en ABC), entre su vida adolescente y la aventura del Apolo XI; es evidente, digo, que se le olvidó incluir, de manera plutarquiana, el que se da entre su cochambroso retrete y la cabina de la nave espacial. Págs. 302-303.- Muñoz llena dos medias páginas contando lo que leyó ¡y lo que no leyó! Pág. 304.- Enésimo despertar del padre de Muñoz, que lleva, junto con los otros igual de vulgares, al señor Pozuelo Yvancos a hablar de “volver al padre” ¡Y a comparar a Muñoz con Kafka! ¡Por Dios tonante y sus coros angélicos! Don José María, por favor, que no cobra usted tanto como para eso. Como lo iniciaron, unas cuantas páginas liricáceas, más fáciles de trazar que las de auténtica prosa novelística, cierran el libro.


EL JARDÍN DE LAS DESDICHAS Sobre Más allá del jardín, de Antonio Gala En el anunciado jardín [de una casa de Sevilla], están sentados al sol Palmira Gadea y su cuñado, Ciro Guevara. Los nombres son tan poco sevillanos, que no sólo no contribuyen a “crear ambiente”, es decir, a que el lector se crea que están en Sevilla, sino que prueban el rebuscamiento inútil del autor. Mantienen, según se nos dice, “una conversación”, pero el caso es que con lo que se encuentra el lector es con una salida de doña Palmira por los cerros Apalaches y nada más: -Hace una mañana tan preciosa... Nadie creería que esté pasando nada malo en el mundo. Yo, desde luego, no lo creo. La frase subrayada es impropia de quien ha escrito teatro. Frase que, evidentemente, ha brotado del más espeso y menos comunicativo silencio. El mismo autor parece señalarlo: “dijo por fin Palmira” (subrayado mío). Es decir, que o se trataba, como mucho, de un intercambio de incoherencias o no había tal conversación. En un escritor de novelas, tienen que marchar parejos lo que dice y cómo lo dice y lo que quiere que “vea” o entienda el lector. Pág. 10.- Primera frase hecha de las muchísimas que, estoy seguro, nos vamos a encontrar: “el tiempo no había pasado en balde”. Pág. 11.- “No lo había dicho con desafío ni con rotundidad, sino como un simple hecho que se constata”. No, don Antonio, lo que usted quería decir hay que decirlo así: “No lo había dicho [...], sino como constatando un simple hecho”. Los hechos no se dicen. Pág. 12.- Se ve que Gala, para no equivocarse, se ha inspirado, a la hora de denominar a sus personajes, en nombres de cantaores de flamenco, de toreros y de vecinos de la calle Castilla. El marido de ella, sevillano también, se llama Willy (como Willy el Niño). Id.- Según redacta el autor, la corbata de Ciro sube y baja la nuez. La nuez corbatil, de la que seguramente no han oído hablar muchos lectores. Id.- “Parece”, donde debía haber escrito “parecía”. Pág. 13.- Palmira ha dicho que se alegra de que Ciro haya llegado antes que el marido, porque así tienen oportunidad de charlar; pero el caso es que no hablan más que del perro y de lo que tarda Willy (en venir a interrumpirles, supongo). Id.- En esta página, comienzan las lecciones a las que tan aficionado es el autor: una sobre ríos californianos y otra sobre las guerras púnicas. Pág. 14.- “Nadar y guardar la ropa”. Pág. 15.- “El amor es ciego”. Id.- “le está viniendo grande”. Pág. 17.- “Preguntó de sopetón”. Págs. 17, ant. y post.- La conversación y el comportamiento de los personajes son de novela rosa, aunque estoy seguro de que Gala la intentaba hacer de otro color. Id.- Las actitudes y comentarios de Palmira no son de esta época. Pág. 18.- La cosa empieza ya a provocar sonrojo por delegación en el lector. Y el caso es que se ve claro que el autor está creyendo ser atrevidísimo, como gusta a sus lectoras. ¡Cuánta galvanoplastia en las palabras de ella y en las ingenuas audacias de él! Si comparamos esta conversación con cualquiera de las que mantienen los personajes de El gran Gatsbi, tendremos una idea de la vaciedad de las novelas que aceptan los editores y críticos españoles frente al contenido expresivo de una inteligencia adulta. Pág. 18 y ant.- Cada vez que él dice una tontería -y no son pocas-, ella siente, según Gala, un sofoco -van ya ocho o diez sofocos- y se pone a abanicarse con el periódico. Pág. 19.- “la miraba de hito en hito”. Id.- ¡Y ahora resulta que Palmira es progresista! Si se lo creyera, seguro que el lector se alegraría... Pág. 20.- “se estaba preguntando si Palmira tenía trastienda”. Id.- “Era una especie de lagarta”. Id.- “lo está diciendo con segundas” Págs, 20 y ant.- Como resulta que él ha sido novio de ella hace treinta años, los pensamientos de Palmira chorrean arrope y mermelada de coco. La cincuentona se expresa como una teenager patosa. Id.- “Hay que cambiar el tercio”. Pág. 21.- La llama por teléfono un amigo que, en vez de llamarse Manolo Caracol o El Pescaílla, se llama Hugo Lupino. Id.- “Se estaba pasando de la raya”. (Si Antonio Gala no hiciese estas advertencias en roman paladino, sus lectoras no sabrían si tienen que aprobar o no el comportamiento de los personajes varones). Id.- “se quita un peso de encima”. Pág.- El


hijo sevillano de la sevillana se llama Alex. Pág. 23.- El nene y la nena son universitarios, pero se comportan, de la blanda mano galustre, como si tuviesen seis o siete años. Pág. 24.- El besuqueo que se organiza en esta página supera con creces el de El desfile del amor. Pág. 24.“A la gente le trae al fresco”. Pág. 27.- “Se opuso con uñas y dientes”. Id.- “Se le había ido el santo al cielo”. Id.- “No es oro todo lo que reluce”. Verdad profunda enunciada por el pueblo y aceptada por Antonio Gala. Sus novelas relucen mucho. Al concluir el capítulo, el crítico anota: esto parece el arranque de una novela del padre Coloma. Pág. 29.- “...se quedaban in albis”. Después de que le ha dicho al lector que la risa de Hugo “era magnífica, aunque no la prodigaba”, resulta que a cada momento se ríe por nada. Págs.31, ant. y post.- El comportamiento y conversación de Palmira continúan siendo, con este otro personaje, de leche merengada, por lo que el lector saca la conclusión de que no son productos de las circunstancias, sino de la forma de ser que, para ella, ha querido el autor. O no lo ha querido, pero le ha salido así, de rebote de su propia mentalidad. Mentalidad no solamente de otra época histórica, sino también de otra época literaria. Por ejemplo: Palmira encuentra “adorable” el estudio de él, a donde ha llevado, para alegrarlo, “algún detallito de color”. Id.- El lector no sabe -y así lo anota- qué quiere decir ser “rica en teoría”, dicho de alguien que tiene muchísimo dinero, un montón de fincas rústicas y urbanas y a una tía en un convento. El autor lo opone -eso de ser rica en teoría- a buena administradora y agarrada. ¿Podríamos decir que Gala es escritor en teoría? Si se puede decir, lo digo. En la práctica, no lo es. Id.- “que le eximía tener que salir”. No. “que le eximía de tener que salir”. Id.- Ya está bien con que Willy no tenga otra aspiración, al final de sus jornadas, que ver la televisión para que, encima, la tenga que ver “en la gabinete tapizado de rosa”. Además de teleadicto es un cursi. Id.- “les traían al fresco”. Id.- “aceptar a regañadientes”. Pág. 32.- “los trataba como si los conociese de hace tiempo”. Hacía, más bien. Pág. 33.- “se saltan a la bartola”. Además de hecha, equivocada esta frase. Yo no soy experto en frases hechas, pero creo que la expresión “a la bartola” es para tumbarse. Para saltarse algo es “a la torera”, dicho sea con todos los respetos para con el actual recordman. Págs. 33 y 34.- Al hablar de Hugo, Gala describe al artista tópico, que no aparece ya más que en el cine y en las malas novelas. Y, además, se expresa como si todos los pintores fuesen iguales. Pág. 34.- “por la soberana razón”. Id.“para mayor inri”. Id.- “va a durar lo que la risa al negro”. Id.- “decir por activa y por pasiva”. Pág. 35.- “a nadie le amarga un dulce”. Id.- “hay que andarse con pies de plomo”. Como pasa en tantas malas novelas, Hugo es de una forma, según Palmira; de otra, muy parecida, según el autor, y de otra completamente diferente según el lector lo “ve” actuar. Pág. 35.- “puso el grito en el cielo”. Pág. 36- “dar la batalla”. Pág. 37, ant. y post.- Toda la crítica que lleva a cabo Gala de la sociedad sevillana es bastante superficial y se acerca muy poco a la realidad, que unas veces es peor y otras, mejor. Pág. 38.- “os importa un rábano”. Id.- “el ombligo del mundo”. Pág. 39.- “replicó con retintín”. Id.- “En un periquete”. Pág. 41.- “¿Y qué vamos a ver en ese bar: niñatos bebiendo cervezas y cubatas?” Esto se escribe así: ¿Y qué vamos a ver en ese bar? ¿Niñatos bebiendo cervezas y cubatas? Pág. 42.- “le importa un pito todo”. Pág. 43.- “Quizá no debiera de haber venido”. Sobra la partícula subrayada. Id.- La alusión a “poner la Cruz de Mayo” denota que Gala está describiendo la Sevilla de hace cuarenta o cincuenta años, la que él conoció de estudiante. De hecho, en todo se advierte el desfase. Pág. 44.- Es una tontería decir -aunque sea por boca de Hugo Lupino- que toda la ciudad sabe a qué hora se va a la cama “la duquesa”, como si allí repartieran somníferos los guardias municipales. Id.- Para decir que no había ninguna ropa colgada en el perchero dice “no existía ninguna ropa...”. Pág. 47.- Hugo, pintor cultísimo, pedante y argentino, confunde los atlantes con las cariátides. Por otra parte, no se debe sacrificar la consecuencia a un chistecito sobre columnas travestidas. Pág. 48.- Es evidente que Gala -y, consiguientemente, sus personajes- ignora el matiz irónico, y hasta peyorativo, que tiene el término “progre”. Por otro


lado, confunde lo decadente con lo progresista. Id.- “No pintaba nada allí”. Pág. 49.- Dice Gala que Hugo habla con el camarero mientras bebe. Ventrílocuo o portento, digo yo. El arranque del capítulo tercero da un tono de narración -un tono doméstico- que no encontraríamos -ni en bueno- en la gran novela del siglo XX. Gala tiene una idea de la novela propia de persona inculta y, como mucho, quiosquera. Pág. 50.- “Miró al jardín en paz”. Estoy seguro de que lo que Gala quiso decir es que el jardín estaba en paz; pero dice más bien que era Palmira la que estaba en paz. Por otra parte, no es “al jardín”, sino “el jardín”. Id.“Tener la cabeza en otro sitio”. Id.- Detallado informe sobre los ronquidos de Willy. Pág. 53.“Más maternal que nadie”. Id.- “Coger la verdad por los cuernos”. Id.- “encuentro de manos a boca” Id.- Reincidencia: “darse de manos a boca”. Pág. 55.- Se nos cuenta que Palmira había hecho obras de caridad en barrios como Las Tres Mil Viviendas, Árbol Gordo y El Tardón. ¡Pero hombre! La gente de clase media acomodada de El Tardón, barriada del barrio de Triana, no necesita para nada a Palmira... ¡Si allí nacieron la Pantoja, Los Morancos, Chiquetete y Juan Guerra, entre otros alcurnes personajes! Pág. 56.- “Entró en una habitación imposible”. ¿Imposible de qué? ¿Qué quiere decir “una habitación imposible”, así, sin más? Un escritor de verdad no emplea esa expresión hortera. Id.- “Amarillo como la cera”. Id.- “No volvió a ver ni en pintura”. Nota: la afición de Gala a las frases hechas produce estertores. Aldoux Huxley decía (Ciego en Gaza) que se hace muy difícil admitir que una persona que emplea frases hechas sea inteligente. Pág. 58.- Antonio Gala se pasa las páginas diciendo que Palmira sólo ha tenido en su vida amistades anodinas, pero, cada vez que quiere decir algo “importante” sin decirlo por sí mismo -es sabio, pero modesto-, hace emerger de sus recuerdos -de Palmira- algún personaje amigo suyo que lo dijo: un famoso pintor, un poeta italiano, un astrónomo, una pitonisa, un obispo... Id.- cada vez que describe el jardín -demasiadas ya- nos larga una lección de botánica. La primera página del capítulo cuarto parece de un redactor del ¡Hola!. Pág. 61.- “...una atención que no sentía”. ¿Sentir una atención? Págs. 61-62.- Un párrafo para informar al lector de que a Palmira le duele una muela y de los cálculos de ella para pedir hora al odontólogo. ¿A cuál de los dos o tres que la han atendido últimamente? El lector se estremece. Más aún cuando se entera de que ella, heroica, no piensa hablar a nadie de su dolor molar. La fiestecita en el jardín, que ocupa todo el largo capítulo 4, toca la pera al personal leyendo. Por cursi y por clasista. Y porque no se “ve” como fiesta. El autor no logra crear un ambiente. Se trata de un repaso de la protagonista a todas las mujeres presentes, traducido en una serie de comentarios más ingenuamente irónicos que malauvados. Graciosos... en modo alguno. Una simbiosis autor-personaje, propia de los malos novelistas, comunica la impresión de que Gala está analizando su propia menopausia. Pág. 62.- El redactor del ¡Hola! continúa colaborando con Gala. Id.- El intercambio de regalos entre Palmira y Willy toca el pasodoble al lector impecune y en paro. Id.- “Al fin y a la postre”. Pág. 63.- Palmira, con sus manías de orden y de limpieza, recuerda a la protagonista de Los chorros del oro, aunque sin la gracia espontánea del personaje quinteriano. Pág. 64.- “Daba gloria verlos”. Id.- Para Gala, “lo mejor de la ciudad” equivale a los más ricos. Pág. 65.- En esta página de la ostertórea fiesta del jardín, se juntan Palmira, su hermana Gaby (también sevillana, claro), Willy, Hugo Lupino, Alex y Arnold Schwarzenegger, cuyas indumentarias describe prolijamente el autor al más perfecto estilo de Diez Minutos, aunque ellos se comporten más bien como los personajes de Falcon Crest. Pág. 66.- Lupe Esquípulas viene a sumarse a la nomenclatura hispalense. Id.“Terminar a la greña”. Pág. 67.- “Bebía como una esponja”. Pág. 68, ant. y post.- La admiración de Gala por la que considera y llama “clase alta” le hace merenguear hasta derretirse. Pág. 68.- “Sin saber por qué ni por qué no”. Id,. Gala comienza a suministrar al lector síntomas de la gloriosa menopausia de Palmira, el gran problema de la época. El leyendo advierte que sigue el índice de un tratado menopausial. Pág. 69.- Otra vez afirma


Gala que aquella partida de gilipuertados constituye “lo mejor de la ciudad”. Id.- El desprecio que muestra por los advenedizos en esta página es típica de los “mejores”, sean sevillanos, jerezanos o manchegos, ya hayan llegado a advenir entre los auténticos “por vías urinarias”, como dice Gala del personaje Teresa, ya por vía inferoespaldar. Id.- “Willy juró y perjuró”. Pág. 70.- “...tomando un whisky, uno frente al otro, con la mayor naturalidad”. ¡Extraños seres! ¡En lugar de tomarlo espalda con espalda, como hace todo el mundo! Pág. 71.- “Clara Zayas (está visto que aquí nadie está dispuesto a llamarse Pérez), la solterona sevillana por excelencia...” Claro, como Gala sólo frecuenta los ambientes “mejores”, no conoce a las hermanas Periquito, trianeras y alfareras, como santas Justa y Rufina, que ésas si que son solteronas de rancio abolengo. Máxime cuando Zayas se había terminado casando, “con cuarentitantos tacos... y por amor”. Id.- El repaso distanciadamente irónico que Palmira lleva a cabo del personal femenino de la fiesta no cuadra con la psicología que de ella nos ha querido hasta ahora comunicar el autor. Para el lector especialista galiano es evidente que no es Palmira Gadea, sino Palmiro Gala, quien no puede resistir exhalar sus gracias a través del personaje, con su malalechecita cotilla incorporada. Se trata de un ingenio de andar por la cocina y el vaterclós. Id.- Lo más extraño es que “el señor de Burgos” con el que se ha casado Clara, dice el autor que “era soltero como ella”. Desde luego, las hay que, por casarse, se casan hasta con un soltero. Pág. 72.- ¿Qué dirías tú, lector avezado, si te hablasen de una señora sesentona que se llama Isa, viste un traje fucsia y se pierde por detrás de las espíreas? Pues que estás leyendo un libro en esperanto, ¿verdad? Gala es así de sencillo. Cuando los nombres no son como de joyibud, los apellidos son “como medievales”: Tavira, Zayas, Espínola, Saavedra, García, Mencía, Esquivias, Machuca... Pág. 72.- ¡Por fin un Curro Fernández! ¡Aleluya! ¡Sursum corda! El crítico deja el teclado, se levanta y zapatea en su honor unas bulerías. Los lectores corean: ¡Curro! ¡Curro! ¡Curro! Pág. 73.- La fiestecita se está convirtiendo ya en una pasarela. Gala describe con minucia absolutamente todos los atuendos de los personajes que Palmira encuentra a su paso. Personalmente, estoy ya hasta el batisterio de rayas de corbata, lunares, frunces, broches de lapislázuli, cinturones, estampados... ¡Cuánta cursilería trapense! Antes que escritor frustrado, es evidente que Gala quiso ser modisto, joyero y florista, sin renunciar por supuesto, a un marquesado. Pág. 75.“se darían con un canto en los dientes”. Pág. 76.- “no le gustaba un pelo”. Pág. 77.- La cantidad de descripciones de interiores (tantas como de trajes y corbatas) que hace Gala en esta novela son para publicarlas en Hogar&Jardín. El despacho del ginecólogo de Palmira, “íntimo y sosegado” [...] “estaba empapelado en verde claro, con un dibujo vertical de color tostado”. Id.. Pero sigue la descripción, no vayan a creer... El sillón, el sofá, la mesa... Aunque lo más importante es decir que el ginecólogo, como andaluz de muchas generaciones, se llama Alvaro Larra, como si fuera el ginecólogo de Anita Ozores. Id.- La igualmente rebuscada forma que tiene el médico de referirse al hábito de fumar es también para enmarcarla. Id.“No debería de haber venido, dice Gala por boca de Palmira. Como aspirante a académico no tendría que haber puesto ese de que he subrayado. Págs. 77-78.- Palmira no sabe lo que tiene, pero resulta que ha elegido al especialista idóneo para lo que tiene. ¿Intuitiva mujer, o que Gala actúa, antinovelescamente, como su deus ex machina? Pág. 78.- Palmira, que, como hemos dicho, ignora lo que tiene, hace una completísima relación de los síntomas del climaterio. Así da gusto, pensaría Larra, cómodo él. Id.- Larra concede que Palmira “no ha sido nunca una mujer sobona”. De haberlo sido, pensó quizá, la hubiese sobado yo. (Dictamino: el adjetivo sobona no lo hubiese empleado jamás un novelista serio. Hay que ser un costumbrista recalcitrante para utilizarlo). Id.- Aunque se nota que está cabreada, “tuvo una pequeña sonrisa”. Confieso desconocer lo que es una pequeña sonrisa y una sonrisa grande, aunque creo entender lo que quiso decir el maestro. Id.- El lector, mejor informado sobre el particular que el ginecólogo Larra, no comprende que Palmira diga que los sueños le amargan el día, cuando acaba de asistir a tres o cuatro días gloriosos de la esposa de Willy.


Id.- Digno engendro de Gala, el médico tiene que detenerla en sus demostraciones de sabiduría. Id.- Para Antonio Gala, la melancolía es una cursilería. Al contrario que para Edgar Poe, quien -Filosofía de la composición- encontraba que era el más legítimo de todos los tonos poéticos. Id.- Palmira sigue recitando el manual de la perfecta menopáusica. Pág. 79.Le faltan la insensibilidad y los hormigueos en las manos y los pies, pero no hay que preocuparse. Gala, vía Larra, se los aporta. Págs. 79, ant y sig..- ¡Cuatro páginas de síntomas de la menopausia! Por lo que se ve, Gala aprovecha al máximo sus visitas al ginecólogo (para documentarse, claro) o los libros de consulta. Id.- Palmira pasa al segundo tomo y enumera los remedios. ¿Para qué irá al médico esta sapientísima mujer? Por lo que se va viendo, el Larra no va a tener nada que hacer. Id.- Resulta que también se encuentra insoportable, aunque nosotros la hemos visto, en el paginal hasta ahora transitado, simpática y acogedora como una feria. Tal vez a Gala se le ha olvidado cuanto lleva escrito de esta historia jamás contada. Id.- “Tirar la toalla”. Id.- “Tomarme la espuela”. Id.- “Me desconozco”, dice Palmira, consecuente, luego de treinta páginas hablando de sí misma. Si se llega a conocer, al Larra le coge allí la resurrección de la carne y la vida perdurable. Id.- Palmira dice ser últimamente propensa a los ataques de ira. ¡Y uno que la ha “visto”, durante las setenta y nueve páginas que lleva sufridas, mansa como un osito de peluche! Estos desajustes no los sufre un auténtico novelista. Id.- “La gente perdona, sí, pero no olvida”. Pág. 80.- Larra, por fin, se decide a diagnosticar (el autor, a sorprender al lector): Palmira tiene la menopausia. Id.Palmira teme que la dolencia sea vitalicia. Las ricas e instruidas como tú, la tranquiliza el sobrinonieto de Fígaro, apenas notan la menopausia. ¡Hasta la naturaleza es clasista! Pág. 81.Palmira no debe preocuparse de esa simple dilatación de los capilares superficiales, que ella, aunque instruida, llama impropiamente sofocos. Id.- Agotados sus conocimientos “menopáusicos”, el autor empieza a filosofar sobre la muerte. Larra escucha respetuosamente, pero, en cuanto tiene ocasión, cita a Keats. Pág. 82.- Pasan a divagar sobre el otoño. Piensa el lector: otras pacientes, en la sala de espera, habrán empezado a criar moho. Id.- “Te lo digo como lo siento”. Id.- “No te pases de la raya”. Id.- El muy clasista de Alvaro Larra opina que la alcurne Palmira no debe trabajar. Tiene bastante con su casa y su jardín. Anoto: tanto Gala, como Javier Marías y Almudena Grandes, entre los grandes autores estudiados en este libro, tienen unas manías aristocratizantes que sólo los muy perversos encontrarán ridícula y desfasada. Págs. 82 y ss.- Se reanuda la conferencia climatérica, esta vez con coloquio. Cuatro páginas. Pág. 83.- Palmira confiesa que se bañaba para gustar a los hombres. ¡Será guarrindonga! Id.- Con precisión (para eso es instruida y pecune), Palmira afirma que ser atractiva a su edad es un trabajo full time. “Obligación agotadora”, se queja, y, total, para el pescuezo de Willy. Id.- Larra -un sabio, como su ancestro- le aclara que tampoco se trata de dejarse bigote. Pág. 84.- Gala abraza decididamente la causa feminista. Larra no cede, pero se le nota inseguro. Id.- Sin pensar que hay otras señoras esperando, pasan a hablar, como es habitual en las consultas ginecológicas, del envejecimiento. El lector siente que está a punto de licenciarse en edades y sofocos. Id.- Lo que más teme Palmira es que, en adelante, nadie le ceda ya el paso. El lector piensa que don Alvaro podría recetarle un stop de bolsillo. Id.Alvaro le prohibe a Palmira decir tonterías. “Demasiado tarde”, se lamenta el lector. Id.“Estás saliendo por los cerros de Úbeda”. En el pugilato que se ha entablado entre Gala y Grandes sobre a ver quien emplea más frases hechas, creo que Gala lleva una notable ventaja. Id.- Cúspide de la teoría galiana del climaterio: las mujeres, antes de llegar a este estado, no son más que unas travestidas. Id.- No menos chorra es la afirmación de que lo mejor que le puede pasar a uno es envejecer. Id.- “sin pegar sello”... Variante galustre del “sin pegar chapa” de escritores menos finolis. Pág. 85.- Con ayuda del médico, que larga un chorro de filosóficas anáforas, el lector llega a la conclusión de que Palmira Gala es la única mujer menopáusica del terrestre globo. Id.- Al final, el muy cabrito, nos la hace llorar. Id.- “el río de la vida”. Merecía la pena llegar al final de capítulo para ver brotar esta metáfora. Pág. 86.- El


cenizo de Larra pronostica que aún le quedan molestias por padecer. ¿Nos las describirá Antonio Gala -pálpase el lector el guantelete- con la misma prolijidad que las anteriores? Id.Ha terminado la consulta. “¿Te apetece un estrógeno?”, pregunta él. Cada uno da lo que tiene, tampoco hay que extrañarse. Pág. 87.- “orejas de soplillo”. Id.- La escena de Palmira mirando fotos de antiguos pretendientes y releyendo cartas de amor tiene el mérito de ser de principios de siglo y conservarse como nueva. Id.- La de más allá del jardín no recuerda a ninguno de los fotografíados. Aunque todas las cartas, dice Gala, hablan de lo mismo, eso no es verosímil. Pág. 88.- Entra en escena Fede Rubio. Aquí a nadie se le nombra con sencillez. Y es que Gala no es sencillo, me parece. Id.- El caso es que el Fede se las trae, en cuanto a rareza. Como muy bien dice Gala, al más puro Maria’s style, “ahí estaba Fede Rubio, que entonces era casi un niño y luego fue pediatra”. Se ve que Antonio Gala, o Toni Gal, ignora las disposiciones del Ministerio de Educación, según las cuales, para ser pediatra hay que pasar previamente por ser niño. Págs. 88-89.- “La tristeza es la huella que en nuestras manos deja la felicidad”. Palmira, como todos los personajes de Gala, se expresa en apotegmas, sentencias, serranillas, cantares y decires. Pág. 89.- Como a las heroínas de veinte mil coplas, como a las protagonistas de dos mil no-sé-cuántas novelas, como a uno de los tópicos más acreditados, resulta que, a Palmira, su familia la obligó a dejar a un novio torero -ay pena, penita, pena, peeena, pena de mi corasooón. Lo peor es que nos consta que Gala está convencido de que el tema se le ocurrió por primera vez a él. Pág. 91.- “para entrar de hoz y coz”. Id.- “la tercera edad”. Pág. 92.- Picardía típica de las clases alcurnes, que Gala conoce tan bien y cuyo trato se ve que frecuenta: considerar gruesas, perversas, atrevidas, palabras como “puñeta” y “jodida”. ¡Nos reímos cuando las dijeron...! ¡No te puedes figurar! Id.- Tomemos nota: el ama esperaba “sentada en un alto sillón de orejas lleno de macramés, ante su mesa camilla con faldas de fieltro y un tapete de ganchillo”. Me cuesta trabajo deducir cuál ha sido el novelista más moderno que ha leído Antonio Gala, pues mi memoria histórica se detiene hacia 1860. Id.- “le ayudaba a mantener el tipo”. Id.- En todas las novelas de Gala que he leído, emplea por lo menos una vez la palabra coprolalia. Debió de aprenderla en jueves. Pág. 93.- Dice Palmira al ama: “me siento vieja como un penco”. Y es como si le dijera: “coprolaliemos”. Id.- A Palmira la asalta “un sofoco”. ¡Qué pronto se le han olvidado los capilares de superficie! Id.- El ama es tan sabia y sentenciosa que uno sospecha que es el propio Gala el que se oculta bajo el pañolón. Id.- Palmira, en pleno barrido coprolálico, llama al ama “faramallera” y “graja escarabajo” ¡A una anciana! ¡Eso está feísimo! Pág. 94.- El ama se convierte en un auténtico merengue hablando de su nena Palmirita, que hizo la mili no se sabe cuándo. Por unas cuantas alusiones a Escarlata (pág. ant.) se ve que el autor se ha acordado de Lo que el viento se llevó. Allá él con su conciencia. Id.- El discurso del ama sobre la menopausia hubiese dejado de una pieza al Consejo de Seguridad. Id.- “Una cabronada”, sigue coprolaliando la animosa anciana. (Cuando Gala adopta un tono, es para sí mismo y para todos los personajes, como le pasa a todos los malos novelistas.) Id.- Vagina por un lado, corazón y cabeza por otro, es la alternativa que plantea Palmirita, dispuesta a todo. Id.- Insiste la vieja malhablada: “en tu puta vida”. El lector morigerado y bien pensante no gana para sustos. Id.- “No ha dado golpe”. Id.- Se ve que, para Gala, llevar la casa es labor que justifica una vida. Podría considerarse justo en ocasiones. Lo malo es lo que se lee entre líneas acerca del papel de la mujer en la sociedad. Digamos que en ésta, como en todas las novelas galaxas, los problemas están vistos desde la óptica más convencional y conservadora. Id.- “Ya no me visitaba el nuncio”, por “dejé de mentruar”. Yo no había oído ni leído nunca la expresión, por lo que llegué a pensar que, en algún momento, Palmira, además de reina, había sido confesora. Me dicen que se trata -¡cómo no!- de una frase hecha. Pág. 95.- El ama tiene una vocación de esclava, insuflada por el deus ex machina, que toca el pediluvio al personal lector


de 1996 y ss. Id.- Más coprolalia, ahora en boca de Palmira: “la sociedad actual es una hija de la gran puta”. Id.- Ahora, en pleno delirio coprolálico, un rotundo “coño”. ¡Es el colmo! Pág. 96.- Gala amplía la sociedad hasta ser toda la naturaleza y ésta, envalentonada, manda a Palmira “a tomar por el culo”. Id.- “donde Sansón perdió el flequillo”. ¿Eso es muy lejos? No, si se ha permanecido cerca de Sansón. Id.- Cada vez es más fuerte mi impresión de que el bueno de Gala se está refiriendo a problemas femeninos de cuando él perdió el flequillo. Id.“Quien siembra vientos recoge tempestades” Id.- ¡Es la leche con canela! (Y perdón por mi conato de coprolalia, me he contagiado). Para el autor, el ideal de una vida adulta es “tener en el bar tu propia botellita de lo que te gusta, jugar tus partiditas de mus (intervengo: en Sevilla se llama rentoy) e irte al bingo cuando te dé la gana”. Id.- “A la vejez viruelas”. Id.- ¿Es cierto que he leído lo que creo que he leído, oh Santa Palmira de Aljubarrota? Según la sabiduría galana, expresada por boca del ama (¿cuándo sería la última vez que un novelista metió un ama en una novela?), la feliz llegada de la menopausia le permite a una mujer divorciarse. Pág. 97.- La mayor preocupación de Palmira -quizá, también, de Antonio Gala- es si le van a seguir abriendo las puertas y paso en las bullas. Id.- “a capa y espada”. Id.- “abrir de par en par”. Id.- “Su mirada se perdió en la oscuridad del jardín”. No es, ni muchísimo menos, la primera vez que le pasa esto. Tantas miradas se han perdido en la oscuridad del jardín, que el jardín debe de estar ya hecho un miradero de primer orden. Id.- “Se oyó el golpe que se dieron sus cabezas al tropezar. Y unánime la risa de las dos”. Unánime, mejor entre comas. Aunque la escena quizá no merezca el esfuerzo de ponerlas. Pág. 98.- Palmira dormita “en el primer patio” y, desde allí, oye “un ruido indistinto”, que llega “desde el traspatio donde vivía la servidumbre”. ¡Qué conceptos! ¡Servidumbre! Id.- A pesar de este ruido plebeyo, “la exquisitez de la hora no se quebrantó”. Pág. 101.- Palmira hace conjeturas sobre la posibilidad de que la posean “por vías rectales”. Pág. 105.- “Éramos pocos y parió la abuela”. Pág. 106.- En la línea cuarta escribe “hace” donde debió escribir “hacía”. Id.- Palmira, “más casta que santa Inés” según su confesor, lanzada en sus conjeturas, “especula con hacer el amor” a través de “todos los orificios del cuerpo” (lo que Conte llamaría “amor total”). El polvo nasal sería una novedad incluso para ella. Id.- Descocada al extremo, se piensa también “haciendo los gestos solitarios de la masturbación”. Se nos está despendolando, piensa el lector. Id.- Otra vez “hace” donde debió figurar “hacía”. Id.- En la voz -o el pensamiento- de una aristócrata como Palmira, no pega la palabra “marcha” con la acepción en que la emplean unos jóvenes que podrían ser bisnietos de Antonio Gala. Id.- “a ojos ciegas”. Pág. 107.- Después de haber tenido pensamientos tan disolutos, se escandaliza de que su propio marido la bese en la boca... Pero no tiene más remedio que someterse, porque el Willy que tiene delante, mejor dicho, encima, es “un Willy arrollador”. No esperábamos menos de él, aunque, caído los pantalones, allí, en el patio, entre macetones de cactus que casi le rozan el culo, resulte un poco ridículo. Pág. 109.- “llegar como una cuba”. Id.- “es ley de vida”. Pág. 111.- “se había levantado los sesos”. Id.- “le venía a las mientes”. Id.- “tropieza de manos a boca” Id.- La adjetivación de Antonio Gala -ya lo señalé a propósito de La pasión turca- es tan “hecha” como tantas frases que (demasiado) a menudo emplea. Aquí, “realidad aciaga”. Debería saber don Antonio que todas las realidades son aciagas, como todos los pasillos son lóbregos; todos los discursos, importantes; todos los mentones, prominentes; todas las doncellas, gráciles; todas las lluvias, pertinaces; todos los piélagos, profundos, etc. y que decir todo eso es no decir nada, por lo que un escritor está en la obligación de crear sus propios adjetivos y, si va a un entierro, no describirlo como una sentida manifestación de duelo, sino como algo que sólo sabe él. Pág. 112.- “el oscuro techo de la noche”. Pág. 113.- “a duras penas”. Id.- Al lector con cierta sensibilidad social, le palpa el marmolillo la tranquilidad con que Palmira/Gala dispone del ama como de una esclava: “me gustaría cenar con ella” -hoy, porque se le antoja, porque se siente sola y no tiene la


posibilidad de una compañía mejor-; “si ya ha cenado, que venga a hacerme compañía”. Id.Peor aún suena lo que añade, por su cuenta, don Antonio: “...con la seguridad y el empaque que da el convencimiento de ser obedecida...” Id.- ¡Cómo se esponja el autor -se siente, se palpa- cuando escribe que Palmira “subió las anchas y lujosas escaleras del siglo XVII”! Pág. 115.- “hacerse de nuevas”. Id.- “las llevaba en la masa de la sangre”. Id.- “la niña no perdía ripio”. Pág. 116.- “a trancas y barrancas”. Id.- “como Dios le dio a entender”. Pág. 117.- “salió de naja”. Pág. 118.- “delante de sus narices”. Pág. 119.- “no estaba para bromas”. Id.- “la pitada fue apoteósica”. Id.- “más cursi que un olivo alicatado”. Id.- “nada de nada”. Pág. 120.- “le caía como un tiro”. Id.- “procuraba mantener el tipo”. Id.- “haciendo de tripas corazón”. Pág. 121.- “les importaba un pito”. Pág. 122.- Estomagan los comentarios de Palmira Gala sobre “los criados”, “la servidumbre”... Pág. 123.- “venía hecha una facha”. Id.“había metido la pata”. Como se va viendo, en torno a las páginas que estamos considerando, se produjo en la inspiración galustre una eclosión de frases hechas. Como decía Zubiri, quien tiene que acudir al refranero y a las frases hechas es porque carece de expresión propia. Verdaderamente, se hace difícil admitir que este tipo de personas sea inteligente, como veíamos que decía Huxley. Pág. 123.- Antonio Gala no sólo se apropia pensamientos de grandes autores (Pascal, por ejemplo, en La pasión turca: “el corazón tiene razones que la razón desconoce”), también, en esta novela, de chascarradas de personajes populares, como Jesús Gil y Gil, presidente del Atlético de Madrid, quien fue el auténtico inventor, y no Palmira Gala, de la voz ostentóreo. Pág. 124.- “era más bien corriente”. Id.- “metido en un berengenal”. Pág. 125.- “comparada con Connie era una zapatilla rusa”. Id.- “atender a la conversación”. No, sino “atender la conversación”. Id.- Produce un efecto cómico que, en medio de una conversación más o menos psicológica, los ojos de Palmira, abstraída, se claven en el mantel y el autor explique: “[el mantel] era de hilo crudo con unos filtirés muy difíciles y unos bodoques simulando los pistilos de flores bordadas en realce”. ¿Se imagina el lector a Gregorio Samsa, que se despierta una mañana en su cama convertido en escarabajo y se pone a hablar del bordado del almohadón? El caso es que, por lo que ya hemos visto, el autor se ha propuesto incluir en la novela un tratado de bordado, cosido y repasado y un manual de corte y confección. Pág. 126.- “salieron de prisa y corriendo”. Pág. 127.- Arbitrariamente, el autor hace aparecer a Palmira como una medio inculta, que dice óbito en vez de óbice, impóluto en lugar de impoluto, ostentóreo como mezcla de ostentoso y estentóreo y otros garabandales por el estilo, u, otras veces, como una intelectual que pronuncia, como aquí, una conferencia de antropología, seguida de otra sobre historia comparada de las religiones. Pág. 128.- Tras un alegato andalucista, que no falta en ninguna novela de este manchego enamorado de Andalucía, Palmira deriva, pronunciando todos los términos con precisión extrema, hacia la sociología y la política. Lo que llama Cascales una mujer-libro (book-woman). De verdad: un personaje completamente distinto al que hemos conocido hasta ahora. Id.- Cuando Palmira alcanza la cumbre en la expresión de su sabiduría, Willy la interrumpe diciendo: “Estás citando a Gala”. Es ridículo. Ridículo y pedante, que en todas sus novelas tenga que salir el propio Gala como autor admiradísimo. Para colmo, más de la mitad de lo que se apropia lo ha tomado de autores que él cree que los demás no conocemos, como ya he señalado en otras críticas. Id.- “para que te despaches a gusto”. Pág. 129.- “me quitan el sueño”. Id.- Confunde, como siempre, escuchar con oir. Pág. 133.- “Salta a la vista”. Pág. 134.- “Se planteaba cómo había la conversación desembocado”. “...desembocado la conversación” hubiese sido lo correcto. Id.- Escribe “hace” donde debió escribir “hacía”. Id.- “sin ir más lejos”. Págs. 134 y ss.- Lewis Gala pronuncia una conferencia con coloquio sobre la conducta sexual hodierna y antañona. Id.- De nuevo confunde escuchar con oir, para el mayor disgusto de don Fernando Lázaro Carreter. Pág. 135.- “para andar por casa”. Pág. 136.- “campa por sus respetos”. Pág. 138.- “no es un jardín de rosas”. Id.- “frente alta, riñones bajos”. Pág. 139.- Escribe “cabe”


donde debió escribir “cabía”. Id.- “independiente y con posibles”. Id.- “no saben nada de nada”. Pág. 140.- “un hombre hecho y derecho”. Pág.- 143.- Escribe “traerle” donde debió escribir “llevarle”. Id.- Escribe tres veces casi seguidas “el ama”. La segunda y o la tercera debió emplear un pronombre. Id.- En esta novela, lo mismo que en vez de Pepes y Manolos hay Ciros y Alexes, en vez de colorados y verdes botella, hay fucsias y magentas. Quizá nos encontremos con que, antes del final, en vez de pitos y flautas, hay clavicordios y timbales. Id.- “esta hora es muy de marías”. El lector adivina una frase hecha, por mor de la acreditada afición del escribiendo. Pero también se queda con la duda de si se refiere a las marujas, al gran autor de Todas las almas o a la Virgen del Rocío. Pág. 144.- ¿Cómo puede pretender Antonio Gala que a una mujer, por muy Palmira, acaudalada, aristócrata, ganadera y menopáusica que sea, la conozca todo el mundo en una ciudad de mas de setecientos mil habitantes? El caso es que ella también está en esa poco franciscana creencia. Como un señor que se le acerca en la caja de un gran almacén demuestra no distinguirla de otras damas de su misma edad y pelaje, deduce: “No será de Sevilla”. Pág. 145.- “las sobrepasará con creces”. Pág. 146.- “darse por vencida”. Id.- “El corazón le redoblaba en el pecho”. Pág. 146 y ant.- La escena en que Gumersindo Lozano (el mismísimo Gumersindo Lozano, sí, no han leído mal), gerente de Provías, propone a Palmira que protagonice un spot publicitario, aunque estuviese basada en un suceso real, en la novela resulta inverosímil (recuerdo de mi época de estudiante aventajado las ilustrativas consideraciones que hacía el profesor Juan Luis Alborg, en el primer tomo de su Hora actual de la novela española, sobre la verdad y la verosimilitud en la novela). Pag. 147.- Antonio Gala intenta denigrar, desde su desconocimiento (o desde su conocimiento superficial), la alfarería de Triana. ¿Por qué no llevaste a tu personaje a Cerámicas Montalbán, capullo? ¿O a los talleres de los artesanos Troncoso, Barcelata, Alex Morillo o Ciro Miranda? ¡Mira que decir que en Triana se imita a Talavera y/o Puente del Arzobispo! La cerámica de estos respetables pueblos toledanos la importan los trianeros para satisfacer la demanda de algunos turistas catetos que no saben por dónde andan. Id.- Gala ignora que la representación de Santas Justa y Rufina con la Giralda entre las dos es copia de un cuadro de Murillo, y habla de ella como si fuese un cromo o la cubierta de una caja de carne de membrillo. Id.- Parecería que en Sevilla no hay más que una duquesa ¡collons! ¡Si es lo que sobra allí! ¡Duquerío fino! Id.- “Se hubiese caído redonda”. Id.- “Era sencillita”. Reconozco que esta manera de hablar me apesadumbra. Pág. 148.- “hacerse de rogar”. Pág. 150.- “metíamos la pata juntas”. Id.- Una tía de Palmira, digno miembro de su alcurne familia, no se llama Pepa ni Paca ni María, sino Montecarmelo. Pág. 151.- “A mí no me la dan con queso”. (“Se hace difícil admitir que una persona que emplea frases hechas sea inteligente”, nos decía una vez un Huxley lloroso. Resulta extremadamente estragante, digo yo). Id.- No me extraña la pretensión de los fieles galistas, galustres, galaxianos o galeras de que el ama de Palmira, como psicóloga, filósofa, socióloga, antropóloga y miembro del círculo de Praga, merece desbancar en el ranking al Séneca de Pemán. Id.- “No te pongas moños”. (¡Otra frase hecha! Estoy al borde de la fisión nuclear.). Id.- A pesar de su cariño, Palmira llama “cabrona” a la venerable anciana de nívea pelambre. Es uno de tantos detalles artificiosos que se aprecian en la carecterización por Gala de este patoso personaje. Al parecer, estas expresiones procaces, que ellas no se atreven a emplear, hacen las delicias antillanas de las lectoras de don Antuán, que con él se entusiasman y regodesman. Según una encuesta de la SER, el público galerne está constituido por señoras burguesas de entre cuarenta y sesenta años, incultas, menopáusicas, cursis, feas, católicas y sentimentales. Nota: ¿por qué me acordaré ahora de Valle Inclán? Y ¿saben ustedes, lectores venerados, que a este genio del teatro europeo del siglo XX lo ridiculiza (lo intenta rediculizar, claro) el marqués de Gala en sus conversaciones con José Infante que constituyeron el libro Antonio Gala, un hombre aparte. Aparte de la literatura, supongo. Pág. 152.- “llorando a mares”. Id.- “se me pone carne de gallina”. Id.- Ahora Palmira llama al ama “jodida bruja”. ¡Por Dios, por Dios! ¿Hasta


dónde será capaz de llegar! Por cierto que una sevillana hubiese dicho “joía”. Id.- Gracias a que la consulta psicológica la pasa el ama, Palmira se ahorra unos buenos duros. Pags. 152153.- Gala -y no sólo en estas privilegiadas páginas- tiene una visión muy pesimista, muy cinematográfica, de las relaciones de los padres con los hijos. Generaliza, como es costumbre de este tipo de pensadores, y afirma que los padres no saben nada “de las opiniones o actividades de sus hijos”. Yo lo sé todo. Y mis hijos de las mías. Págs. 153-154.- Palmira sigue insultando más o menos cariñosamente al ama, que se explica como la Sybila de Delfos: salamanquesa, camaleona, petarda, provecta, braquicéfala, euromedonta... El amor expresado mediante la coprolalia, seguramente. Pág. 155.- “echarle un jarro de agua fría”. Id.- “el corazón saliéndosele por la garganta”. Pág. 156.- Inverosímil que Gumersindo Lozano se empeñe durante páginas en no decir de qué trataría el anuncio y ahora lo diga sin dengues, a la primera pregunta y sin que lo determine nada especial. Id.- “Palmira se quedó de piedra”. Pag. 157.- En la trama de esta novela, todo son fiestas, copas, cócteles y similares, donde Palmira pueda cotillear. Nadie da golpe. El andalucista Antoñito Gala deja muy mal a los andaluces. Id.- El autor no se olvida del detalle principal: Palmira lleva “un sastre de brocado de oro azul y verde”. No precisa si porta la montera y el capote de paseo. Id.- Lleva también un bolso dorado y, dentro de él, unos gemelos de coral para regalárselos a Hugo. Todo cuanto Gala nos cuenta que hace Palmira constituye una prueba de su condición alcurne. Pág. 158-159.- Palmira, muy cerca de Hugo, comprueba su musculada anatomía. Entra en éxtasis, pero ello no le impide mirar en su torno y hacer inventario de todo lo que le había regalado ya: una colcha, una estufa, una corbata, una fregona y su correspondiente cubo, un talón bancario... Doquiera que mire, ve un regalo. Para resumir, una frase hecha: “Empezó a darle vueltas la cabeza”. Era, ciertamente, lo que procedía. Pág. 160.- Palmira lleva el coche pequeño, porque “el grande, precisa Gala, no hubiese cabido por semejantes calles”. ¿Qué calles? ¿Qué le pasa a las calles”, se pregunta el lector exasperado. No hay que dar nada por supuesto, don Antonio. No hay que dar por sentado que el lector sabe lo que sabe el autor. Nada ha dicho usted al respecto de la dificultad de esas calles, preocupado por dejar claro que no es por falta de un coche mayor por lo que la gran Palmira viaja en un utilitario. Id.- Hugo conduce el biscuter “hasta el barrio de Andrea Saavedra”. Ese barrio no figura en los planos de Sevilla. Id.- Todo el trastueque miraguano y tarugado que se desarrolla entre Palmira y Hugo, quien, finalmente, le roza a ella con los labios la punta de la nariz es de un cursi rosa limón que hace brotar las ronchas en las mejillas lectoras. Nota: lo peor es que, según se advierte claramente, Gala cree estar dibujando a una heroina, a una mujer ejemplar, a un prototipo de su raza, quizá la raza calé, cuando la verdad es que Palmira nos está resultando una hortera más tonta que una sopa de fideos. Id.- “A Palmira le cayó como un tiro”. Págs. 160-161.- La pintura de Hugo, piensa Palmira, es completamente abstracta. Como si hubiera una pintura abstracta sólo a medias, o tres cuartos abstracta y cuarto y midad de ternera. Pág. 161.- Comienza, como en las numerosas fiestas anteriores, el desfile de modelos ante Palmira. Id.- “No le des tres cuartos al pregonero”. Pág. 162.- “Ellos no tienen que pagar el pato”. Id.“no le pongas en un aprieto”. Id.- Por no poner una coma donde debiera, Gala dice que tanto el marido como el amante son compatibles con la buena educación. Nota: tanto Gala como sus personajes son entendidísimos en marcas de bebidas y, siempre que pueden, hacen una demostración. Quien, como yo, lo más sofisticado que ha probado ha sido el tinto Don Opas en brik de cartón se siente acomplejado y gime. Pág. 163.- Ahora le toca el turno a la decoración y al mobiliario. Pág. 165.- “Yo no soy nada tiquismiquis”. Id.- “un si es no es temblón”. Pág. 168 y ants.- Conduce Hugo, porque Palmira ha bebido más de media docena de whiskies y está un poco pedo. Sin embargo, no se olvida de practicar, en favor del joven pintor, el tráfico de influencias: un banquero, una galerista, un jefe de telefónica... Termina la primera parte (de tres), que constituye una glorificación del costumbrismo. Resulta evidente


que Gala antepone el éxito de venta entre menopausiadas a la literatura, ausente de esta paginas. SEGUNDA PARTE Pág. 171.- El primer párrafo de la segunda parte, diecinueve líneas, encierra la mejor prosa que ha escrito Gala en su vida -ya quisieran las Grandes y los Marías lograr algo así de vez en cuando, aunque fuera en sueños; la prosa de éstos nunca ha sido artística ni tampoco, por supuesto, novelesca, esto es, forjadora de “realidad aparte”, de “realidad otra”. Respecto al fénix que nos ocupa ya lo dije en mi libro sobre La novela española del siglo XX – Endymión, Madrid, 2004-: Antonio Gala tiene la preparación, la cultura y el talento suficiente como para considerar una traición suya a la literatura el hecho de que se haya dedicado a escribir poesía con una estética decimonónica merengada y novelas menopáusicas sobre la menopausia, en las que vierte una visión costumbrista del mundo en moldes técnicos obsoletos. De todos modos, y líneas como las aludidas lo confirman, estoy de acuerdo con la opinión de mi amigo el escritor argentino Arturo Seeber: Gala es un escritor, aunque un mal novelista. Muñoz Molina, Javier Marías, Almudena Grandes, Maruja Torres, Rosa Montero, Juan José Millás etc. ni siquiera son escritores. Id.- Mención de una abuela [de Palmira] que “no había salido de Setúbal”. El especialista galano sabe que esto es un homenaje a los ancestros portugueses del autor; pero el lector normal se pregunta, con todo derecho, que a qué viene esa alusión. Es importante que sepa si en la sangre de la protagonista se ha firmado o no un pacto ibérico. Págs. 172-173.- Don Antonio continúa en estado de inspiración. Desde el principio del capítulo hasta la interrogación que cierra el primer párrafo de la segunda página mencionada, se puede leer una auténtica prosa evocadora -es más fácil- y armoniosa. Contiene imágenes felices no rebuscadas. Pág. 173.- En la segunda línea del segundo párrafo, fuera tendría que ir obligatoriamente entre comas. Pág. 176.- “para más inri”. Id.- Palmira llama al ama asquerosa. ¿Se inicia otra sesión de coprolalia? No lo quieran Dios ni san Antonio Abad, su siervo venerable, patrón de los bienhablados. Pág. 177.- Palmira llama al ama zarrapatrosa. Coprolalia, sí, pero de baja intensidad. Id.- “sin saber por qué ni por qué no”. Pág. 178.- Se aclara, en parte, la alusión a Setúbal. El lector lo agradece, pero no perdona al autor el rato que le ha hecho vivir en las tinieblas del desconocimiento. Pág. 179.- Antonio Gala ennoblece hasta el condesado a sus antepasados menestrales de Portugal. Ya he hablado de sus manías aristocratizantes. Pág. 180.- “por lo bajini”. Id.- “cargando baterías”. Pág. 181.- Palmira al ama: “cerda faramallera”. ¡Cuidado, don Antonio, que se le desmanda otra vez! Id.- “Vivían como a salto de mata”. Id.- “sin parar mientes”. Id.- Resulta que el ama también entiende de whiskies y cocacolas... Como los demás personajes, es de una forma o de otra según conviene al autor. O dura con las espigas. O blanda con las espuelas. Pág. 182.- Consecuente con lo anterior, opina sobre el tour de Francia. Id.- Primera línea del segundo párrafo: después de ama, debe haber coma, no punto y coma. Id.- “se había cerrado en banda”. Pág. 185.- “se me van de las manos”. Pág. 187.“Tener la fiesta en paz”. Pág. 188.- “Las atisbaban detrás de una espesa celosía”. No, don Antonio; “...desde detrás de...”. Pág. 189.- Antonio Gala se encarna ahora en Palmira y el ama a la vez, y larga una conferencia a dos voces sobre el cielo, el infierno y la creación. Si en otras páginas el ama aparece como una paleta y Palmira como una indocumentada debe de ser porque, por alguna razón, no se ha producido el prodigio de la metempsicosis. Id.- “te ha hecho polvo”. Pág. 190.- “se la llevaban los diablos”. Pág. 190-191.- Describe Gala el escudo nobiliario de su personaje, el escudo que a él le hubiese gustado tener colgando en una de las paredes de su sala de esgrima y ping-pong: gules, puentes, acetres, hisopos, en fin, cosas de ésas de las que uno, que tira a paria, no ha oído hablar, pero con las que están familiarizados los camarlengos. Pág. 191.- Nos enteramos de que Palmira tiene cuatro tías, más de derechas que una olla a presión: María, Antonia, Francisca y Manuela... ¿Te lo has creído, oh lector


consumado pero ingenuo? Ha sido una inocente broma. Sus nombres eran: María Egipcíaca, María de la Degollación de los Santos Inocentes (Degol, para los íntimos), Áurea Borromea y Montecarmelo (aunque ésta, tal vez acomplejada, no tardó en cambiarlo por María Micaela de la Santa Faz). Pág. 192.- “El desengaño fue mayúsculo”. Pág. 193.- “según se mire”. Id.Primera y segunda línea después del blanco, falta coma detrás de telefoneó y de llegada. Pág. 194.- En esta página, las anteriores y las que han de seguir, el costumbrismo de esta novela alcanza su punto más elevado. No tengo que decir que esto, dicho por mí, no es un elogio. Una novela, como cualquier obra de arte, uno de los primeros requisitos que ha de cumplir para serlo propiamente es ser de su tiempo (o del futuro, claro), reflejar, tanto en su contenido como en su soporte estético, no necesariamente en su tema, la época histórica en que se produce. Lo que más molesta en este caso al crítico con sensibilidad sincronizada con los signos de los tiempos es la complacencia con que ve que el autor convive con estos personajes en escenas que parecen sacadas de un plato decorado. Pág. 195.- “a la ocasión la pintan calva”. Sobra la preposición en esta enésima frase hecha. Id.- “A buenas horas, mangas verdes”. Id.- En perfecta alternancia, Palmira I y Palmira II van largando sentencias y donaries, lo cual constituye una manera tan torpe como artificiosa de exponer lo que requeriría un monólogo interior. Como lo pretende Gala, no piensa ni un subcampeón de petanca. Pág. 196.- “más antigua que la cotonía”. Id.- “poner toda la carne en el asador”. Id.“quemando el último cartucho”. Id.- “entregarse a fondo perdido”. Id.- “a tumba abierta”. Id.“enrojeció a ojos vistas” Pág. 197.- “le sentaba como un tiro”. Id.- “terminó como el rosario de la aurora”. Seguro que Gala no sabe cómo concluyó aquel rosario auroral de tan perdurable fama. Id.- Según don Antonio, las peleas, las chulerías y los flamenqueos son privativos de Sevilla. Id.- “llegado la sangre al río”. Pág. 198.- “para salvar el bache”. Id.- “conducir el agua a su molino”. Estas páginas debió de escribirlas Gala en primavera y con una buena regadera al lado, a juzgar por la óptima cosecha de frases tópicas que logró. Pág. 199.- “después de tomar un café bebido”. Pues ¿qué quería usted, don Antonio? ¿Que lo masticara? Continua la recolección: Pág. 200.- “me oyó como quien oye llover”.Pág. 201.- “van a la cabeza”.¡Es increíble! No creo que nadie haya escrito tantas frase hechas desde la extinción del ancien régime... Dijo Huxley (Ciego en Gaza) -creo que lo lo he recordado alguna vez-, que “se hace difícil admitir que una persona que emplea frases hechas sea inteligente”. Pág. 203.- En la línea undécima por el fin, falta una coma imprescindible después de además. Pág.204.- Llegan a un restaurante, se sientan a la mesa y, ¡catapún!, Palmira se pone a disertar sobre mitología griega. Id.- Las ideas que expone Hugo sobre la Virgen María habrían sonrojado hasta a la propia esclava del Señor, tan humilde ella. “¡Oh mater intemerata, inviolata e inmaculata”, clama el lector en funciones. Id.- Para Lupino el mariólogo, la Virgen es “una mujer light”. ¡La madre que lo parió! Id.- “No reparaban en barras”... Otra frase confeccionada, que, para colmo, no es así: no dice “reparaban”, sino “se paraban”. Id.- Los otros dos personajes de flamenco nombre, Willy y Alex, se aburren como dos galápagos detrás de un espejo. El lector se siente, por una vez, compenetrado con dos personajes de este libro. Él también se está aburriendo, dicho sea en el mejor sentido de la palabra. Pág. 204-205.- Disertación sobre la zoofilia. Pág. 205.- “por hache o por be”. Pág. 206.- Van cuatro páginas ya de una mitología expuesta por Palmira, para colmo, con expresiones de títere ancestral. Id.- “si te he visto no me acuerdo”. Id.- “en el más estricto sentido de la palabra”. Id.- “No me hago ilusiones”. Id.“a la buena de Dios.” Pág. 208.- “hablaba por los codos”. Pág. 210.- Antonio Gala, admirador del pueBlo y fraternalmente compenetrado con el pueBlo, hace aquí, como en otras muchas páginas, la laudatio del señorío, que es innato, según él, en los aristócratas. Pág. 212.- “Dar la lata”. Id.- “Salió disparado”. Pág. 213.- A quien escupe al cielo en la cara le cae”. Pág. 214.“Se le ha puesto la carne de gallina”. Pág. 217.- Cada vez que dice una cursilería, el personaje comenta: “aunque decirlo sea una cursilería”. Expediente mediante el cual lo que ha dicho no deja de ser una cursilería. Pág. 219.- “Los precios por las nubes”. Id.- “Subirse a la parra”.


Pág. 220.- “Avanzar con los pasos contados”. Id.- “Hacer el artículo”. Pág. 221.- “no soltaba prenda”. Id.- “sin comerlo ni beberlo”. Id.- “Quien da pan a perro ajeno pierde pan y pierde perro”. Id.- “Se había cerrado en banda. Pág. 224.- “Me pongo muy chinche”. Id.- “Me revientan”. Pág. 225.- “Tiran por la calle de en medio”. Pág. 226.- “Más claro, agua”. Pág. 227.- “poniéndose a sí misma de vuelta y media”. Id.- “con un humor de perros”. Id.- “Esta noche estoy de mal café”. Empiezan las desgracias de Palmira. Y digo “empìezan”, porque mi instinto básico me dice que no va a ser la única. Su hija Helena se ha quedado embarazada, sin que medie sacrosanto matrimonio. A la niña no se le ha ocurrido acudir a un sacerdote, como hubiese deseado su madre, pero sí al siempre recordado Alvaro Larra, que se lo ha confirmado sin necesidad de acudir a la prueba de la rana. Pág. 229.- “Yo soy aquí el último mono”. Id.- “Se le venían abajo los esquemas”. Id.- “ni qué niño muerto”. Id.- “Coge el portante”. Id.- Don Antonio, que no es siquiera académico in péctore, escribe otra vez, para su desdicha, escuchar por oír. Pág. 230.- “No dejar ni a sol ni a sombra”. Id.- “No tiene donde caerse muerto”. Id.- “No daba crédito a lo que oía”. Pág. 232.- “El mundo se le venía encima”. Id.- “Me lo pagará caro”. Id.- “loco de contento”. Id.- “Se casa de penalti”. Id.- “Si mis padres levantaran la cabeza”. Id.- “encantada de la vida”. Id.- “para comer chinchetas en la puerta de un sastre”. Pág. 233.- “¡Qué felices ni qué ocho cuartos!” Id.- “¡Cuando el lobo asoma las orejas!” Id.- “eso son paparruchas”. Id.- “¡Menudo debe ser el niño!” (No, don Antonio, es así: “¡Menudo debe DE ser el niño!”) Id.- “El caso tiene tela marinera”. Id.- “He pasado por carros y carretas”. Pág. 234.- “ponerlo de vuelta y media”. Id.- “No es plato de gusto”. Id.- “Si te lo digo así, de sopetón...” ¡Increíble, increíble, increíble!, rásgome las vestimentas de verano. Si Javier Marías es el rey del anacoluto; Muñoz Molina, el del rebuscamiento cateto; Almudena Grandes, ex aequo con Maruja Torres, la reina de la vulgaridad, y Rosa Montero, la de las tonterías, éste es el emperador de las frases hechas. Pág. 234, ants. y ss..- Diálogo de Palmira con su hija Helena; monólogo de Palmira; diálogo de Palmira con su hijo Alex... Parece de Arniches. O de El Caballero Audaz. Benavente sería agresiva vanguardia al lado de esto. Resulta imposible asumir que a alguien le interesen estas páginas sobre embarazos prematrimoniales, bodas precipitadas, murmuraciones de la sociedad, etc., a finales del segundo milenio. Pero aún resulta más inasimilable que haya quien las escriba. Esto no es volver a Alarcón, Pereda, Valera, que marchaban con su tiempo y tenían talento de novelistas. Esto es hacerle un favor al padre Coloma y un homenaje a las novelas por entregas. Págs. 234-235.- Escribe el folletinista: “Entre tú y yo siempre hubo una intimidad mayor que con cualquier miembro de esta extraña familia”. Anacoluto imperdonable en quien aspira al noviciado academicio. Sin duda quería decir: “Contigo siempre he tenido mayor intimidad que con ningún otro miembro de esta extraña familia”. Pero, además, ¿por qué “extraña”? ¿Porque al autor se le antoje decirlo ahora? Las doscientas treinta y cinco páginas leídas la dibujan como bastante vulgar, tirando a hortera. Id.- “Se había situado muy cerca de la cama, a la derecha de Palmira, que ocupaba también el lado derecho de la cama. No es prosa para ponerla de ejemplo a los niños de las escuelas. Id.- “estaba cantado”. Págs. 235, ant. y ss.- Palmira se sigue revelando como una de las taquewomen más atrevidas de Andalucía la Baja. ¡Unas veces tan finolis y otras tan basta! Por muy galano que se muestre, el lector se desconcierta. Pág. 235.- “echando chispas por los ojos”. Id.- “pagar los platos rotos”. Pág. 235-236.- Ocupar un párrafo de más de ocho líneas con lo que Palmira dice por teléfono al recepcionista del hotel madrileño donde se hospeda Willy es un insulto a la inteligencia del colectivo lector. Para colmo, son cosas que no le pueden interesar ni al recepcionista más desocupado. Pág. 236.- “con la barahunda que tenemos aquí”. Id.- “¡La mía también, joder!” grita Palmira una vez más. ¡Qué atrevida es!, piensan las lectoras galeras. Págs. 236, ant. y s.- El maniqueismo con que el autor describe los enfrentamientos de Palmira con, uno tras otro, los demás personajes es tan ingenuo como una bola de billar. Pág. 236.- “a lo hecho, pecho”. Id.- “Llevo toda la noche en el berenjenal”. Id.- “me haya sentado


como una patada”. Págs. 230-237.- “Hablaba con retintín”. Pág. 237.- Al revés que hace unas líneas: “habríamos debido de estar juntos”. Id.- “Escurrir el bulto”. Un auténtico sarpullido de frases hechas, esta segunda parte. ¡Cuánta pobreza de expresión! Id.- Palmira, “llorando sentada, según precisa el exquisito Gala, en el inodoro”, recibe la visita de la omnipresente (y omnisapiente) ama. Entre profecías y conjuros, esta buena mujer compite, en las postrimerías del siglo, con Nostradamus. ¡Y la otra, sentada en el trono, respondiendo a la llamada de la naturaleza! Pág. 238.- “El viaje fue un horror”. Decidida a pasarlo mal, lo pasa mal hasta en el AVE. Id.- “Ni por lo más remoto”. Pág. 239.- “lo agotaban un disparate”. Id.- “Lo pasaba de miedo”. Pág. 240.- “Tendrían que ser uña y carne”. Pág. 240-241.- Como presumíamos, “las desgracias nunca vienen solas”. Palmira descubre que Willy la engaña con su mejor amiga. Como se ve, los tópicos también surgen en cadena en esta novela: niña embarrigada, marido disoluto, padre salido de madre... Nota: entre frases hechas, tópicos, lugares comunes, valores entendidos, convencionalismos, etc., Más allá del jardín da la impresión de haber surgido de un ordenador programado por un maestro de escuela, retrasado mental, de antes de la guerra. Que el autor de esta ensalada, y Javier Marías y Almudena Grandes y Francisco Umbral y Maruja Torres y Juan José Millás, Lucía Etcheverría, Muñoz Molina, Espido Freire, Juan Manuel de Prada, Clara Sánchez, Rosa Regás y tantos y tantas colaboradoras y colaboradores de El País metidas/dos a novelistas, al calor de lo fácil que es serlo bajo la dictadura polanquiana, sean tenidos por escritores es para rezarle un requiem a la literatura española. Esa literatura que, en tiempos mejores, descubrió el nuevo mundo de la novela moderna. Capítulo 3. Pág. 242.- Cómo tocaría el ingenioso Gala tan original argumento era una de las preguntas que yo me hacía. ¡Cómo iba a ser! Palmira es ahora “una mujer débil, honrada y engañada”, cuyo marido “la abandonaba, lánzándose a otros brazos más jóvenes”. ¿Dónde ha leído uno algo parecido? ¿En Contrapunto? ¿En La montaña mágica? Debió de ser en La náusea, en La última tentación o en Narciso y Goldmundo. Aunque lo de “lanzándose a otros brazos” no lo superaron los autores de éstas. Pág. 243.- Antonio Gala entra en el libro Guinness de los records. En línea y media, “a la chita callando”, “sonrisa de mosquita muerta”, “le ponía los cuernos”. Y, en la misma página, cinco más: “se venía abajo”, “ver un poco más allá de sus narices”, “a tirios y troyanos”, “tratado con la punta del pie” y “no tiene por donde cogerla”. Nota: está visto que, sin la ayuda del refranero, el banco de frases hechas, las acepciones comunes, los valores entendidos y los convencionalismos, Antonio Gala no sabría cómo decir lo poco que dice. Pág. 244.- Para el gran escritor, el de Willy es “un inícuo proceder”. ¡Sí, señor! ¡Lleva usted razón! Aunque más la hubiese llevado en la época del cine mudo. Id.- Del terrible abatimiento (imaginen: encontrarse con una hija embarazada extramatrimonialmente y un marido pindongo en menos de veinticuatro horas) la sacó [a Palmira, claro] “una especie de instinto de conservación”. ¿Quién decía que don Antonio no iba a tener recursos para ofrecer a sus personajes, empezando por el más trillado de todos: el instinto de conservaçoe, como diría la abuela de Setubal. Id.- Guiada por ese instinto, Palmira toma una decisión y la formula, claro, mediante una frase hecha: “¡Que cada palo aguante su vela!”. ¿Nada más? ¡No!: “¡quien tal haga que tal pague!”. Id.- Palmira pasa revista a su vida y concluye que no le queda nada, sólo Juba, el perro. “Sólo el cariño de Juba, si es que, cuando llegara a casa, no se lo habían arrebatado también. “Todo se andará”, piensa el lector especialista galano, diplomado en culebrones Id.- Cuando llega a Sevilla, ya sabía lo que tenía que hacer. Mas no de cualquier manera, ¿eh?, sino “con pelos y señales”, porque... “nunca es tarde para comenzar”. Pág. 245.- “ni siquiera se le pasó por la cabeza”. Id.- Las precisiones galustres tocan los trombones al lector plebeyo, marginado y paria: antes de convocar una reunión en la cumbre, para llegar a un acuerdo marco, Palmira “entró un momento en SU cuarto de baño”. ¿Qué creían ustedes? ¿Que iba a entrar en un evacuatorio municipal? ¿O a chorrear sus aguas menores, aunque azules, sobre el tronco de un árbol? Id.- Y ¿cómo la


desean ustedes, oh lectores solidarios, en el momento de entrar en el salón de actos? Pues como dice Gala, exactamente: “en plena forma”. Y... ¿cuáles pueden ser las primeras palabras palmiranas, tras declarar abierta la sesión? Pues éstas, claro (246): “Iré al grano.” ¿A dónde iba a ir si no? Si se parte del diccionario galano-español, español-galano todo marcha así: sobre ruedas. Id.- “se te caiga la cara de vergüenza”. Pág. 243.- “Lo haré por encima del sursum corda”. Id.- Quien tiene SU propio retrete y SU propio baño, es lógico que tenga también “SU cuarto de estar”. Y eso es exactamente lo que le ocurre a Palmira. Id.- Y quien posee tal tesoro de frases hechas y lugares comunes es natural que abunde en comparaciones insólitas. Lo que acaba de ocurrir en la vida de Palmira -hija pecadoramente grávida, marido en franco descoque con su mejor amiga- es, dice Gala, “como un terremoto”. Id.- Palmira se autointerroga: “¿desde qué día dejó Willy de interesarse por mí?” Pero, lo que más nos importa: “¿desde qué día la niña que era Helena se dejó sobar y penetrar por ese imbécil sin contar con ninguno de nosotros?” Lleva razón: en semejante trance, la niña tendría que haber contado con un familiar que se la sostuviera al cazadotes. Todavía un tercer interrogante: “¿Desde qué día Alex no fue más el niño besucón que era?” Seguro que nos lo dirá muy pronto. No hay dos sin tres, como sabe muy bien el maestro. Id.- “Todo se me ha ido de las manos”. Pág. 248.- “El ama no había dicho esta boca es mía”. Id.- “¿Por qué no lloras?”, pregunta el ama, cuando al fin se decide a decir que aquella boca es suya. Le responde Palmira: “Porque no me sale del níspero”. Una de las gracias de esta novela, por si el lector no lo había notado, es hacer que una dama alcurne, de la aristocracia sevillana, se exprese como una vendedora de hortalizas transgénicas. Id.- En la mano izquierda, “Palmira ostentaba un cigarrillo”. Para merecer ser ostentado, debía de ser de ésos japoneses con videocámara incorporada. Id.- Nuevo alud: “Con amigos así, no preciso enemigos”. Pág. 249.- “Una disputa de tres al cuarto”. “Me la ha dado con queso”. “Los paños calientes”. “Quiero irme al otro barrio”. “Tan de sopetón”. “Una pescadilla que se muerde la cola”. “Hacer un paripé”. “Más frío que en Siberia”. “Tirar de la manta”. “Ya empezaba a tocarme las narices”. “Cortar por lo sano”. “Jugamos todos o rompemos la baraja”. “No sabes de la misa la media”. “No tiene ni zorra idea”. Pág. 252.- Los cuatro hijos varones del administrador de la familia de Palmira eran abogados y, por lo tanto, cuádruple y legítimo orgullo de su padre. Creo que a don Antonio se le escapó una gran posibilidad: hubiera estado muy bien que uno de ellos fuese el confeccionador del braguetazo, en lugar del ignoto empleado de un banco. Se hubiese acercado más a sus modelos de principios de siglo. Cada uno tiene una especialidad y Palmira, con lógica que la acredita como mujer de su época, acude a Gabriel, Gabriel Ortiz, el matrimonialista, a quien, desde su altura, encuentra “un poco mermelada”. Como buenos personajes galanos, el mermelada y la regenta no tratan del asunto que la ha llevado a ella allí. Improvisan una disertación, mano a mano, sobre la vida marital y sobre cómo-están-lostiempos-hay-que-ver-señor-Ortiz-y-usted-que-lo-diga-doña-Palmira-mi-padre-la-apreciamucho. Pág. 253.- “si no, voy dada”. Págs. 253 y ant.- Gala, tan aristócrata y tan del pueblo, se burla del representante de la clase media, haciendo de él una caricatura. Además de ser tan untuoso como para merecer el apodo de Mermelada, emplea una gran cantidad de adverbios en mente y se cubre su ostentórea calva con cuatro pelos, entre otros defectos que enumera despectivamente Gala, para dejar bien sentado que aquel tipo que trabaja y es hijo de un simple administrador no es una aristócrata rica y ociosa como el personaje en quien él se encarna. Para colmo, el pobre, en rapto emocional, se ofrece como confesor, como psiquiatra y como padre a la encornada por el ganadero. Págs. 255, ants. y ss..- Como a Gala lo que le interesa es sermonear sobre las rupturas matrimoniales y decir todo cuanto sabe o, mejor, cree saber sobre ellas, pues Palmira y Gabriel continúan sin hablar del trámite de separación que allí la ha llevado a ella, y opinando sobre: a) las parejas; b) las causas de las rupturas; c) los efectos de las mismas; d) cómo está el mundo; e) más valía que lo que ha pasado no hubiese pasado. Págs. 254-255.- La actitud del letrado es servil. El autor -clasista donde los hubiere y


se detectaren- lo sigue maltratando para que resplandezca por contraste el señorío de Palmira. Más le valiera haber seguido perteneciendo a ese pueBlo que Gala tanto quiere y que tanto le quiere. Pág. 255.- “Las mujeres no somos de plástico”. Variante moderna del clásico “no somos de piedra”. Id.- “continuó en sus trece”. Id.- Cuando el abogado sigue haciendo, ad nauseam, el elogio de la aventura extramatrimonial, como adecuada terapia contra el aburrimiento conyugal, el lector empieza a notar que le están tocando las partes pudendas. Id.Palmira aconseja al legista que no se case. De hecho, entre líneas se sabe que es el propio Gala quien aconseja a sus lectoras que no abandonen el celibato. No sabemos si también la castidad. Depende de que esté hablando, o no, ex-cathedra. Id.- Por boca, también, de Palmira, Gala dice no creer “en ese camelo de ser dos en una sola carne”. Asaz aventurado se muestra en la sazón. Que me pregunte a mí y a mi compañera intelectoeconómicodeportivosentimental. ¡Cuántas veces me habré rascado con la mano de ella! Id.- Hablan tanto los dos - no de lo que importa- que están a punto de pelearse. Pág. 256.- “mi familia saliese adelante”. Id.- “Seguir tirando del carro”. Pág. 256 y ants..- Palmira (y Gala, solidariamente) considera un fracaso la entrevista (ella acudió allí buscando comprensión, no asesoramiento jurídico). Pág. 256.- “qué pintaba ella allí”. Id.- “el mariquita ese”. Sostengo que ese ese debe acentuarse. Id.- Otra carretada: “mal que le pesara”. Id.- “un bache en las conversaciones”. Id.- “no supo a ciencia cierta”. Págs. 256-257.- “me resignaré al trágala”. Pág. 257.- “lo que más cuesta arriba se le hacía”. Id.- “una última charleta con el ama”. Pág. 258.- línea 3: coma imprescindible después de “ama”. Id.- “huele que apesta”. Id.“siempre hay un roto para un descosido”. Pág. 259.- “no creo que llegue la sangre al río”. Id.“esto va a ser aquí te pillo aquí te mato”. Págs. 261-262.- Por boca de Hugo, el quinto evangelista narra una parábola. Pág. 262.- “volvería” por “volveré”. Pág. 263.- “cacho de idiota”. Pág. 264.- “Hay algo que no marcha”. Id.- “echa una birria”. Id.- “¡Qué estropicio!” Pág. 265.- “me he dejado llevar”. Id.- “con esa zurrupia”. Id.- “Sola para los restos”. Pág. 266.- “En definitiva”. Id.- “a toro pasado”. Id.- “Era un callejón sin salida”. Id. “Le birló a Clara”. Id.- “Es un sabelotodo” (falta el acento). Id.- “un mal sueño”. Pág. 267.- “no puedo darme por vencida”. Id. “Me encuentro fuera de lugar”. Id.- “la mujer de Lot era una meticona”. Pág. 268.- “Hacer la vista gorda”. Capítulo 5.- Pág. 269.- El primogénito de los Gadea es el único que continúa casado con su primera mujer. ¡Qué tiempos éstos, don Antonio! Id.- “a la postre”. Id.- “se le ocurría meter el cuezo”. Id.- “al cabo de la calle”. Id.- “arrugar el ceño”. Pág. 270.- “hacerse a la idea”. Id.“había medido sus fuerzas”. (Después de “además”, debe haber coma.) Id.- “hubiera pegado el petardazo”. Ir.- Por enésima vez, el autor se refiere a la muy noble, muy leal, mariana, populosa e invicta ciudad de Sevilla, como si fuese un pueblo de diez mil habitantes donde todos se enteran de lo que les pasa a sus habitantes. Id.- Los hermanos palmiranos “habían oído hablar de un pintor joven que, desde hacía meses, recibía la ayuda de su hermana” y al que “ellos mismos le compraron algún cuadro”. Bueno, pues si le compraron cuadros, algo más que “oír hablar de él” harían. Id.- Los palmiranos fraternales consideran a nuestra entrañable Palmira “arisca y ensimismada” y “poco dada a los entrometimientos”. Se ve que no han leído las doscientas setenta páginas que yo sí me he tragado. Id.- Falta coma entre “que” y “a causa”. Id.- “lo necesitaba más que respirar”. Págs. 270-271.- Está cenando Palmira, precisamente en casa de su hermano Pepe, digo Artemio, cuando la llama su hijo Alex. El “mozo de comedor” (yo ignoraba que existiese tal cargo) se desconcierta y comunica la llamada como pidiendo disculpas por el mal funcionamiento del sistema solar. Id.- El ama se ha puesto mala. Alex ha avisado ya al único médico cuyo nombre ha recordado: nuestro viejo conocido Álvaro Larra, quien, aunque es ginecólogo, sabe diagnosticar “un infarto de libro”. Id.- Palmira se siente responsable. Sin duda se ha vuelto coleccionista de sinsabores. Págs. 271-272.- Escribe Gala tantas veces “ama”, que se diría que ignora la existencia del


pronombre. Pág. 272.- “esta vez te has pasado”. Id.- Penúltima línea: “hizo con los labios una sonrisa”. Un escritor tiene la obligación de emplear otro verbo. Págs. 273-274.- “le bailaba el agua”. Pág. 274.- “¿A quién: a Dios o a Helena?” No. ¿A quién? ¿A Dios o a Helena? Id.- “A Dios rogando y con el mazo dando”. Id.- “hablaba con recámara”. Pág. 276.- Falta coma entre antes y todo. Id.- “a tomar por el culo”, exclama Palmira en el locutorio conventual. Menos mal que tía Montecarmelo no la oye. De lo contrario, no sé si la novela hubiese podido continuar. Tienen razón las lectoras de Gala en considerar atrevidísima a esta mujer. Pág 277.“si le tomaba el pelo”. Pág. 278.- “estamos a dos velas”. Id.- “se detuvo frente un bellísimo calvario”. ¡No! “...frente a un bellísimo calvario”. Nota: en una narración tan abarcadora y tan abundosa en detalles insignificantes, no se justifica que el autor hurte a sus lectores todo lo relativo a Willy, su reacción ante los acontecimientos, relaciones con sus hijos, dónde se ha ido a vivir, ¿sigue frecuentando a la lagarta? etc. Es de pésimo novelista. Gala quiere sermonear sobre algo, elije un personaje portavoz, el cual no le importa que se manfieste cada vez con una doctrina y una psicología diferente, y se pone a largar su pobre concepción del mundo, la vida y la sociedad. Sus libros son sermones anovelados, no novelas. Págs. 280281.- Gala sigue maltratando al único representante de la burguesía trabajadora que hay en su libro. Pág. 281.-“repartir consecuentemente el importe”. ¿Consecuentemente? Id.- “acariciar sus cuatro pelos”. Para los aristócratas, los halagos; para la servidumbre, las palmaditas en los lomos; para el honesto profesional, la burla. Id.- Es ridícula e incomprensible, caricaturesca, la forma que tiene el abogado de intentar convencer a Palmira de que no venda lo que ella quiere vender para poder seguir viviendo sin, como diría el propio Gala, “sin dar golpe”. ¡Parece su director material! Id.- “el chocolate del loro”. Id.- “hizo de tripas corazón”. Id.- “de mil amores”. Pág. 282.- De la mano de su “creador”, el letrado se produce de torpeza en torpeza. Resulta patético. Como resulta patético que Gala ocupe hasta diez líneas en prepararse un chistecito tontorro. Id.- “sus ojos echaban rayos”. Id.- Palmira maltrata, hasta insulta, al honesto hombre de leyes, quien, a los escupitajos, responde con un “perdone a este servidor” que no emplea ya ni el de la gorra en un aparcamiento al aire libre. Antonio Gala le concede muchos privilegios a la nobleza, aunque sea analfabeta. Nota: Hemos leído ya lo suficiente como para poder señalar, como uno de los grandes fallos de esta novela, el hecho de que el autor, aunque se afana en hacer simpática a su protagonista, no lo logra. Al menos, ante la gente que piensa y valora. La que Gala presenta como heroína es clasista, sexista, egoísta, soberbia, orgullosa, despreciativa, ignorante y tonta. Id.- “dándole con la puerta en las narices”. Capítulo octavo, página 283 del libro, y seguimos sin saber nada del separado Willy. ¿Dónde vive? ¿Ha encontrado piso? ¿Respira mejor liberado de Palmira? ¿Pena? Y, si pena, ¿lloriquea? ¿Moquea? ¿Ambas cosas? Ya lo dijo Lope: El lector paga y por lo tanto es justo / que le informen de todo para darle gusto. ág. 283.- Palmira filosofa -en neogaliano, por supuesto-: “El ser humano se adapta a todo. ¿Quién, si no, podría habitar en Islandia? O en Burgos, sin ir más lejos”. El breve tratado nos sugiere tres comentarios: a) “O en Burgos, sin ir más lejos” tendría que ir entre interrogaciones. b) “sin ir más lejos” es una frase hecha más que inventariar como parte del tesoro de vulgaridad que es esta novela. c) El especialista galano sabe que, en la hagiografía de José Infante sobre Antonio Gala, éste afirma que el de Burgos es un clima para cerdos, lo que no creo que le haya perdonado Martín Antolínez, el burgalés de pro. Id.- “El ama había mejorado de su achuchón”. Según el sujeto pasivo de éste, no se trató de “un jamacuco”, sino de “un sopitipando”, que “la obligaban (sic) a hacer mucho descanso”. “Hacer descanso, hacer mucho descanso”, diría Tarzán. Id.- “charlaban [...] de lo divino y lo humano”. Id.- “No faltaba otra cosa”. Pág. 284.- “al alcance de la mano”. Id.El lector escueto pero vulnerable encuentra exagerada la afirmación de que Palmira llamó a su médico y amigo, el popular Alvaro Larra, “sin premeditación ninguna”. Pág. 285.- Palmira no


quiete tomar “una decisión mortuoria”. Id.- “Palmira reanuda su actividad de anfitriona de Sevilla”. Conozco Sevilla dicen que bien: no me cuadra que allí pueda nadie ostentar ese título. Tal vez sea Sevilla el lugar, después de la aldea italiana de Santa Ruzafa in Manicura -sesenta habitantes, todos príncipes-, donde haya más títulos. Ello explica la penuria de su población activa. Id.- Palmira cita unos versos de Antonio Gala. ¿Cómo se le ocurriría? Pág. 286.- “limpio como los chorros del oro”. Id.- Tras el mostrador de una charcutería cercana a las ruinas de Itálica, Palmira descubre a un morenazo que se podría definir ora como “el príncipe gitano”, ora como “el gitano de la verde luna”. Pág. 287.- “abrió los ojos como platos”. Id.- El matrimonio francés se escandaliza al ver a la aristócrata bromeando con el charcutero. A veces nuestro autor parece tonto. De verdad, lo digo sin intención... Págs. 285287.- La anfitriona de Sevilla les “mostró someramente las ruinas de Itálica”. En cambio, dedicó casi dos horas a enseñarles el matadero. Como diría Rafael el Gallo, “hay gente pa tó”. Pág 287.- Prendada del príncipe gitano, Palmira se pregunta si olerá a sangre y cagadas de vacuno, bovino y porcino. Pág. 288.- “salir de prisa y corriendo”. Id.- La sencillez de Gala aconseja que el gitano de oro se llame Tario. Nota: Hay nombres que ponen los autores a sus personajes, tan acertados, que equivalen a una etopeya. Releyendo hace poco La Regenta, admiraba yo el acierto de los que ponía Clarín. Mi admiradísimo Valle Inclán roza la magia en este campo. Por no hablar de Cervantes, a quien nadie ha superado. Cada uno de los que inventa Antonio Gala constituye un monumento al desacierto, el rebuscamiento, la cursilería. Otrosí anoto: en estas últimas páginas, Gala añade el folcklorismo a su habitual costumbrismo. Pág. 289.- Línea 6ª: imprescindible coma después de “postigo”. También falta el mismo signo en la línea siguiente, después de “momento”. Id.- Está Palmira en el patio gótico del convento donde se va a celebrar el guateque de la boda de su hija, cuando aparece Tario, el gitano, repartiendo embutidos. Id.- El avispado morenazo se corta al confesar que tiene novia. Id.- El bronceado charcutero dice que quiere a su novia “lo normal” y esto desconcierta a la mundana Palmira. Aquí están todos aviados, entre cortes y desconciertos. Id. Desde la casa de Tario, trianero donde los haya y se detectaren, es desde donde mejor se ve, dice Gala, “el encierro del Cachorro”. Don Antonio: en Sevilla se dice “la entrada”. El encierro es para los toros. Págs. 289-290.- La conversación Palmira-Tario es para desgajalla, enmarcalla y después leella, cuando se padezca estreñimiento. Otra memez y hubiese cerrado el libro. Pág. 290.- “se las sabe todas”. Id.- “los martes ni te cases ni te embarques”. Id.Palmira observa que, al hermoso charcutero, los estrechos vaqueros le marcan los muslos y el paquete postal. Ella considera aquello como una invitación al vals. Pág. 291.- Para Palmira, tan clasista como el autor de sus días, la parentela del esposo morganático de Helena “es un horror”. Se estremece al pensar que ha ido del brazo del plebeyo padre y piensa con pavor en la nueva generación de los Gadea. Nota: escribir estas cosas cuando está a punto de hacer su entrada en la Historia el tercer milenio merece la descalificación por parte de los inspectores de hacienda, los estanqueros y los controladores aéreos, por no hablar de los médicos de familia. Id.- Ya he hablado antes de que Palmira, a pesar de los esfuerzos de Antonio Gala, no se hace simpática al lector que, además de leer, piensa. Nuevo detalle de la dama alcurne, para ganarse la repulsa de los bien nacidos: desprecia, por pobre, al marido de su hija, al que llama “el pelanas”. Tampoco el ama despierta la simpatía que quisiera Gala. Con su pedantería y su sabudiría made in el almanaque del Zaragozano, parece la consorte del Séneca de Pemán en horas bajas. Id.- “no quitaba ojo”. Pág. 292.- “Estaría de Dios”. Id.- “Veía un abismo delante de ella”. Pág. 291.- Palmira dice estar decidida a no ir al matadero, pero va al matadero. Decididamente, Antonio Gala desconoce la función del pronombre. Id.- Criatura, al fin, de Antonio Gala, Tario el matarife resulta ser un filósofo. Pág. 293.- Una de tantas escenas -de ésta y otras novelas- en la que lo vulgar autobiográfico sobrepasa la narración -Gala padece incontinencia autocomplaciente-, sin darle opción al lector común a que se plantee si el autor está haciendo trizas el dibujo, que ha hecho antes, de su personaje, en este caso protagonista.


Esto es no ser novelista. Pero sí ser un provinciano envanecido. Id.- “Nunca la habían besado así”. Tanta originalidad palpa los peraltados. Id.- El pene de Tario “es grueso y de color dorado” -no esperaba yo menos-. Menos mal que Palmira “lo vio entre brumas”. En otro caso, vaya usted a saber lo que hubiese sido capaz de hacer con aquel portento. Id.- La que reprocha a un honesto empleado de banco su ordinariez, se abre de piernas bajo un charcutero. Igualmente honesto, eso sí. Además, todo el libro criticando la vulgaridad y lo hace en un descampado, dentro de un utilitario, y, al final, se fuma un cigarrillo, como Michael Douglas. Pág. 294.- Al igual que “nunca la habían besado así”, “nunca la habían poseído así”. Se conoce que el Tario había acaparado las exclusivas. Id.- El Tario la llama cachonda y le pide un billetito para un tinto con casera. A Palmira “se le cae el mundo encima”, si bien después de que se le haya caído el limpiaparabrisas y el techo del utilitario. Decepcionada, le deja un par de billetes “sobre el bulto de su sexo”. Había esperado que “el muchacho se enamorase [de ella] perdidamente” y resulta que es “un chulo”. Id.- Palmira supone que Tario “tendrá a toda Triana embebida a sus pies”. ¿Embebida? Por otra parte, Triana tiene casi tantos habitantes como Córdoba. Y doscientas veces más que Brazatortas. Id.- La anfitriona de Sevilla llega a la conclusión de que “Tario es un chulo” y ella, “una vieja cachonda”. Se siente abocada a aceptar la doctrina de su santa abuela de Setúbal: “a cierta edad, que nos quieran, aunque sea pagando”, doctrina muy de principios del XX, sobre todo en la disoluta Portugal. Id.- “Vamos a dejar las cosas claras”. Id.- Palmira concluye su autorretrato definiéndose como “una tía coñazo”. Es lo que viene pensando el lector desde la tercera página. Id.- Filosofa Palmira hegelianamente: “El ser humano es un puro dislate”. La profundidad de esta proposición abruma al lector desprevenido y kantiano. Id.- “de todo punto imposible”. Id.“me trajo a mal traer”, Pág. 296.- “Agua pasada no mueve molino”. “Id.- “El tuvo su momento”. Id.- “¿Cuándo se te iba a pasar por la cabeza?”. Id.- Tario es “como una rosa [...] que hubiese nacido en un estercolero”. Por comparanzas de este tenor, más de un poeta ha sido pasado por las armas. Pág. 298.- Palmira piensa que “el éxito [de la exposición de Hugo] en Sevilla [...] le ha abierto las puertas de Madrid”. Quien escribe esto no sabe de qué habla. Una exposición en Sevilla –o en cualquier otra provincia- no abre la puerta ni del teatro Juan de la Cueva. Pág. 299.- “Poniéndose el mundo por montera”. Id.- Palmira vuelve a echarse un pulso con los presocráticos y sentencia: “La gente humilde madura más de prisa”. Será a fuerza de no abrigarse bien las nalgas. Pág. 301.- “Le vino a las mientes”. Pág. 302.- “Ni por asomo”. Pág. 304.- “fría como el mármol”. Id.- Tercera desgracia: se muere el ama. Pág. 306.“Desde su vuelta del cementerio, [Palmira] se había sumido en una extraña apatía”. ¿Extraña? ¿Por qué extraña? Caigo en la cuenta de lo mucho que abusa Antonio Gala del adjetivo “extraña/o”. Las cosas extrañas hay que presentarlas como extrañas y que el lector deduzca que lo son. No basta con que el autor lo diga. Id.- Al servicio le preocupa que, muerta el ama, no haya ahora quien les reprenda. ¡Eso si que es extraño! ¡Y masoquista! ¡Y chorra! Pág. 307.- Y otra extrañeza que el autor no califica de tal: en el jardín sevillano de Palmira, en lugar de haber naranjos y limoneros, hay tipuanas y jaracandás. Id.- “Recordaba [...] a Alex, pálido y trémulo, a Willy enlutado”. No. Después de trémulo, punto y coma, y, después de Willy, coma. Pág. 309.- Escribe “nimiedad” donde debió escribir “minucia”. Págs. 309-310.Casi una página para prepararse el chistecito [malo] de que a su nieta no la llamen Encarni. Pág. 311.- “lo dejó todo manga por hombro”. Págs. 311 ants. y ss.- La reacción de Palmira ante la la muerte del ama es exagerada, inverosímil. Pág. 312.- “Todo en la vida era una concatenación generalmente incomprensible”. Una concatenación ¿de qué? Pág. 313.“aunque tenga que llevarte de una oreja”. Págs. 314-315.- Tario chantajea a la tía coñazo. Concluye la segunda parte. TERCERA PARTE


Pág. 319.- A las siete líneas, ¡plaf!, primera frase hecha: “Se le pasaban las horas muertas”. Sin duda, no ha habido autor en la historia que haya empleado más frases hechas que Antonio Gala, creo que ya lo he dicho. Eso denuncia falta de recursos expresivos. Pág. 320.- “una salud envidiable”. Id.- “Tirar y empujar a la vez el mismo carro”. Id.- “Las entretelas del corazón”. Pág. 321.- “Al alcance de la mano”. Id.- “mano sobre mano”. Id.- “a palo seco”. Pág. 322.- “qué putada me has hecho”. Pág. 323.- “Estoy hasta la coronilla”. Pág. 324.- “Siempre me han chiflado”. Id.- Las reflexiones de Palmira pueden corresponder a muchas mujeres de su edad, pero no a ella. Por lo que el autor nos ha contado, su protagonista no puede decir con verdad que “se gastó sirviendo a su marido y a sus hijos...” Y esto, aparte de que semejante problemática pueda interesar a un lector de novelas de esta época. Id.“Déjame de murgas”. Pág. 326.- “No te vayas por las ramas”. Pág. 327.-”sacar fuerzas de flaqueza”. Id.- “a la vejez, viruelas”. Id.- “el atracón final”. Pág. 328.- “cerrar para siempre el negocio”. Pág. 329.- “debería de ocuparse”. Sobra de. Pág. 331.- “ni siente ni padece”. Pág. 332.- “Sí; sí la muerte...”. Falta coma entre sí y la. Id.- “Estoy hasta la coronilla”. Pág. 333.“Estar mona”. Págs. 333-334.- “¿Es que no se te concedieron las plegarias?” En todo caso, lo que no se le había concedido sería lo que imploró en las plegarias. Pág. 337.- “sin ton ni son”. Pág. 339.- “se echaba encima”. Id.- Insistiendo en su insoportable clasismo, Palmira se refiere despectivamente a la modesta madre de su yerno como a “ese retaco vestido de telas floreadas [coma, que falta] que habla alto y ríe a carcajadas”. Se hace repelente esta pedante aristócrata. Aunque quizá no tenga ella la culpa. Como decía Galdós, “no hay peor destino para un personaje de novela que ser nombrado portavoz de Antonio Gala”. Id.- La aristócrata ponefaltas lleva su horterismo hasta forrar el moisés de su presunta nieta con los colores del Vaticano. No se dice si, en la almohadita, había bordado “totus tuus”. La consuegra se le adelanta con otro moisés con los colores tradicionales, blanco y rosa, que Palmira condena in pectore, mientras lo acepta con una fácil ironía, que el lector inteligente y justiciero le premia con un corte de mangas urbi et orbi. Id.- Desde su alcurnez ajardinada, Palmira desprecia el modesto, aunque libre de hipotecas, piso de su hija. Id.- 4ª línea, 2º párrafo: falta coma después de “ocasiones”. Id.- La reacción de Helena ante la pretensión de su madre de querer estar presente en el parto es completamente inverosímil. La llama, por ello, entrometida e incordiante. Pág. 341.- Palmira “no se considera una partera, pero tampoco, dice Gala, una pantera. ¿Ves, lector apresurado e impaciente? Detalles de ingenio como éste te compensan de sobra de otras amarguras. Id.- “tenía vara alta”. Id.- Palmira no quiere saber en qué trabajan sus consuegros, “por temor a enterarse [de] que regentaban un puesto de verdura en el mercado de la Encarnación”. Los desprecios de la ganadera tocan los palomares al lector republicano, fraternal e igualitario. Pág. 342.- Oh, lector solidario y buenagente, disponte a sufrir con la cuarta o quinta gran desgracia de Palmira: la nieta nace mongólica. Id.- El impagable optimista Alvaro Larra (que sin duda Palmira ha impuesto sobre la comadrona de la verdulera), a tener un hijo con el síndrome de Down lo llama “una contrariedad”. ¿Qué sería para este tipo una buena cabronada del destino adverso? Pág. 344.- “no podía pagar el pato”.- Id.- “había que cerrar filas”.- Id.- “hacer un frente único”. Id.- “parecía un azogado”. Pág. 345.- No hay quinto malo, que diría nuestro autor predilecto: Alex sufre un accidente grave. Si otrora -niña Down- Palmira siente un vacío en la cabeza y un hormigueo en el estómago, agora el vacío es en el estómago y el hormigueo en la cabeza. Pág. 346.- “Se deshizo en llanto”. Id.- Un accidente es poco, para esta serie in crescendo. Alex muere. Gala, destallista en cosas sin importancia, hurta al lector el relato de esta muerte, escenas dramáticas del funeral y el entierro, reencuentro forzado de los esposos, etc., etc. Pág. 347.- “No debimos de habernos conocido. Sobra de. Como también sobra en “Tú debías de haber adivinado”. Y en “Una madre debería de saberlo”. (Id., id.) Pág. 349.- “antes de volverle la espalda”. Pág. 355.- “me ha tocado la china”. Pág. 360.- Falta una coma imprescindible después de destino. Pág. 361.- Palmira descubre y suma retroactivamente, a los cinco ya sufridos, otro grave


contratiempo: Alex era homosexual y se entendía con el pintor argentino con el que ella coqueteaba. Pág. 363.- “Su compañero es un cromo”. Id.- “De punta en blanco”. Pág. 365.“muerto de hambre”. Pág. 366.- “la miré de hito en hito”. Pág. 369.- “Los reproches se hundían como puñaladas en el corazón de Palmira”. Sin duda, el lector avispado sabe por qué señalo esta metáfora en la cumbre. Id.- “nada más lejos de su cabeza”. Págs. 369, ants. y ss.Para que el lector pueda enterarse de todo y Gala lo tenga fácil, resulta que Alex ha dejado unos cientos de folios con toda la historia de su desgraciado amor por Hugo, que aparece por cierto como un personaje completamente distinto al que hemos conocido en la primera y segunda parte. Si tal parece un recurso de principiante, es porque Gala tiene el espíritu joven. Al igual que Palmira y otros personajes galanos, Alex tenía dos partes, para que pudieran pelearse entre sí, discutir, contradecirse, charlar, felicitarse mutuamente, etc. Son, seguramente, las dos partes con las que está enriquecido el propio Gala. Por eso todos piensan igual. Pág. 369.- “Estoy metido en un laberinto”. Id.- “La espiral que me arrastra”. Pag. 370.Ser homosexual es cosa corriente. Por eso, Alex, como buen personaje galípolis, era, también, alérgico a las mujeres, que le producían picores en la cabeza. Id.- “de sorpresa en sorpresa”. Pág. 371.- Palmira piensa, como el lector, que aquellos renglones no tienen sentido. Menos mal que el autor, por medio del difunto Alex, en seguida los aclara hablando de “la caracterización de las adhesinas”, “los aislados nacosomiales”, “las cepas manipuladas”, “la localización genética, cromosómica o plasmímica”, “la adherencia e inefectividad microbiana”, “la caracterización de las cepas” y “el factor de hemaglutinación”. Como Palmira, el lector solidario se queda sin respiración. Id.- “No le cabía la menor duda”. Págs. 371-372.- Digno parto de Antonio Gala, el personaje Alex intercala, en sus lamentaciones sentimentales, un ensayo sobre la Ilustración. Pág. 372.- “Acto seguido”. Pág. 376.- “las sombras expulsaban a la luz”. Sobra a. Id.- “se dejaban la piel”. Id.- “Palmira, desde niña, era partidaria de afrontar con valor las situaciones”. Ahora le conviene al autor que sea así y dice que es así y que siempre ha sido así. Pero el lector, que no tiene calva de tonto, recuerda las muchas dudas de Palmira ante las situaciones embarazosas. Id.- Según Palmira, antes, y según su hija, ahora, Willy, marido de la primera y padre de la segunda, es la mar de simpático. El lector, incluso el más atento, no ha notado que lo sea. De hecho, al lector le parece un bostezo vestido de capitán de yate. Pág. 378.- Madre e hija están en el jardín. ¿Qué piensan ustedes? ¿Que rodeadas de geranios? ¡Qué leches! ¡De mioporos! Como corresponde a un jardín diseñado por Gala. Pág. 380.- “dos minutos que se le hicieron interminables”. Id.“No seré yo quien cargue con el mochuelo”. Id.- “Lo dijo con retintín”. Id.- “Te equivocas de medio a medio”. Pág. 381.- “Agarras siempre el cazo por donde quema”. Pág. 382.Penúltima línea del primer párrafo. Falta una coma imprescindible después de conducía. Id.“Cuando todo se le escurriese de las manos”. Págs. 382-383.- Página y media con las reflexiones palmiranas sobre que si vende el jardín que si no lo vende, pone entre la espada y el rosal las tragaderas del lector. En medio de ellas, exclama: “¡Qué afición a las grandes palabras!” Lo dice por Gala, sin duda. Pág. 383.- Que Gala adore los perros le hace acreedor a los plácemes del presidente de la Sociedad Protectora de Animales; pero no le da venia para atormentar al lector con una plasta de cursilerías caninohumanas. Id.- “No darse por vencida”. Id.- “forrados de millones”.Id.- “La aterciopelada noche del jardín”. La verdad es que no sabe uno qué es peor: si que Gala pida un préstamo al banco de frases hechas o que las haga él. En torno a los rizos de la transcrita, exclamaciones de este tenor: “¡Jardín mío!” “¡Perrito bueno!” Enardecida hasta el manubrio, Palmira le jura al jardín que no le traicionará. El jardín debió de quedarse muy tranquilo. Pág. 384.- Pensando en sus muertos recientes, Palmira empieza a asumir el papel de corredentora: “Estoy convencida de que lo mejor que tengo que hacer, de todo lo que me falta por hacer, me será dictado”. Sin duda, por Antonio Gala, deus ex machina que nunca falta a las citas, piensa el lector. Id.- Yo, por lo menos, nunca lo hubiese creído -¡qué disgusto!- : Antonio Gala defiende el instinto frente a la razón. Le tenía por más


ilustrado. Pág. 385.- En medio de elucubraciones pseudofilosóficas tan lamentables, una desgracia más para la colección de Palmira: se muere el perro. Id.- Tengo que repetirme: que Gala adore a los perros, no le autoriza para castigarnos con una oración fúnebre tan cursilínea. Págs. 385-386.- Estas páginas me demuestran que Antonio Gala no practica este parchís literario para contentar a ese lectorado inculto y menopáusico que tanto lo quiere y a quien tanto quiere. No. Escribe lo que escribe porque siente así, porque piensa así de antiguo. Pág. 386.- A falta de plañideras, un criado viene a llorar junto a Palmira, que, cuando no puede llorar, lo hace por delegación. Y es que seguramente no se lo han permitido las reflexiones que la llevan a concluir que “la vida se va en un soplo”. Id.- Palmira da el primer paso hacia la revolución: ¡tutea al criado! Pág. 387.- Se organiza una procesión para enterrar al chucho. Palmira porta la cruz de guía. Dos mujeres, sendas velas. Dos hombres, al difunto. Cuatro criados, naturalmente, que tienen que hacer el indio nocturno porque a la señora se le antoja. Nota: durante toda la novela, toca el peritoneo la forma en que el aristocratizante autor se refiere a los criados. Muy humano él, les está pasando continuamente la mano por los lomos, cuando no les pellizca los mejillones, mas sin dejar de dar por sentado que criados nacieron y así tienen que seguir, sabiendo que lo mejor que les puede pasar es ir a parar a la mansión de una persona tan humana como Antonio Gala. Capítulo cinco. Págs. 388-389.- Palmira recibe una orden en sueños, como San José. “Tenía que ponerse a disposición del mundo” (sic. Si no lo leo no lo creo). Sabiendo lo que ha sido Palmira como anfitriona de Sevilla, el lector piensa conmiserativamente en el Secretario General de la ONU. Pág. 389.- Resulta bastante precipitada y caprichosa la transformación de la protagonista de Palmira Gala en Palmira de Calcuta. Pág. 390.- Como, según ya vimos, entre las amistades de los aristócratas “hay gente pa tó”, entre ellas no falta un médico sin fronteras. Se lo había presentado nuestro entrañable Alvaro Larra, con una frase que no pronuncia ni el primero de la clase: “Pertenece a una organización internacional que se dedica a hacer el bien”. ¿Quién conoce al hideput capaz de expresarse así? A mí me mandan a conjugar el verbo compuesto “yo me dedico a hacer el bien”, “tú te dedicas a hacer el bien”, “él/ella se dedica a hacer el bien” y me trastamarabillo antes de llegar al participio perifrástico del segundo tiempo. (Nota Si uno no se entretuviera de vez en cuando diciendo tonterías, no podría soportar los novelones de más de quinientas páginas que escriben todos estos exitosos majaderos). Pág. 390.- “que se le caigan los anillos”. Pág. 391.- “la ingente labor que siempre quedaba por hacer”. Pero ¿es que hay alguna labor que no sea ingente? ¡Ah, los conceptos convencionales! Todas las labores son ingentes, don Antonio, como todos los mentones prominentes, todas las frentes amplias, todos los discursos importantes y todas las novelas malas. Creo que ya se lo he dicho. Pág. 392.- “Trabajaba codo con codo”. Pág. 393.- “no erraba el tiro”. Id.- “No tardarían las aguas en volver a su cauce”. Id.- “imposible luchar contra corriente”. Id.- “estaban muy cogidos”. Id.- “sin que tomaran tierra”. Id.- “a pesar de los pesares”. Pág. 395.- “apenas te echaban el ojo encima”. Id.- “decidió cortar por lo sano”. Pág. 398.- “te echamos de menos a rabiar”. Pág. 399.- “mi vida ha dado un vuelco”. Pág. 402.- “no fue flor de un día”. Id.- En menos de diez páginas, la triste y desesperada Palmira se ha convertido en la alegría de la huerta. Id.- “le echaron todos los cables posibles”. Págs. 402403.- La idea que demuestra tener Gala de la ayuda al prójimo es absolutamente de ultraderecha, clasista y racista. Pág. 403.- Quienes llevan toda la vida trabajando en el suburbio se ponen al borde de la desesperación sólo imaginando que Palmira, que les ayuda unas horas por las mañanas, se les vaya. ¿Cómo se las van a arreglar sin ella? Gala se empeña en que ahora admiremos como Palmira de Calcuta a quien antes quiso que admirásemos como anfitriona de Sevilla. Ni entonces lo consiguió ni ahora lo consigue. Id.- “por si las moscas”. Pág. 404.- “Acudir a la brecha” Id.- Palmira de Calcuta tiene el condescendiente detalle de invitar “a los servidores” (la palabrita y el concepto se las traen) a que brinden con las


amistades alcurnes a las que ha ofrecido una cena. Y es que se ha vuelto buenísima ¿saben? Según la idea que tiene Gala de la bondad de los aristogatos. Pág. 405.- Palmira, llamada a ponerse a disposición del mundo, anuncia que va a ponerse, por el momento, a disposición de Uganda. Comenta Gala: “Los sollozos de los criados resumieron, en la aromática placidez de la noche, la emoción de todos los presentes”. Como tiene que ser, por lo que se ve, según el señorito Antonio: además de servidores, serviles. (Quede constancia de que no he podido escribir esto hasta reponerme del efecto de la frasecita galana sobre la aromática placidez). E insisto: ni con lo que él cree que es un rasgo heroico, logra Antoñito que Palmira deje de ser una pedante, que no cae bien al lector. Antes de que Palmira de Calcuta se nos convierta en Albert Schweitzer, conviene hacer una breve recapitulación. Claramente -preocupaciones de Palmira expresadas en un solo de flauta o en duo de sus dos yoes, el bueno y el tonto; conversaciones con el ama; memorable visita a Álvaro Larra, por no hablar de la solapa del libro ni de la propaganda editorial- se anuncia al lector expectante y cariacontecido que ésta va a ser la novela de la llegada de la menopausia y de sus consecuencias. Como resultado de los cambios físiológicos y psicológicos experimentados en ese trance, Palmira empieza a tener miedo del futuro y a desaprobar su pasado, a sentirse insatisfecha y descontenta, según Gala ha leído en un manual. Luego de un tiempo de desconcierto, en el que se entrega a algunos escarceos más o menos amorosos o francamente sexuales, empieza a mirar con ojos críticos a su sociedad, de la que pretende descolgarse yéndose a colaborar con una ONG, primero, a un suburbio y, finalmente, a Uganda. Pero es que, coincidiendo con todo esto, que se puede considerar consecuencia normal del climaterio, Palmira se va encontrando, como hemos visto, con que su marido la engaña con su mejor amiga; el hijo se le mata en un accidente; la hija se queda embarazada de un plebeyo y, tras una boda precipitada, alumbra a una niña mongólica; su ama y confidente se le muere, y por los mismos días, también se le muere el perro. Tal como el autor los presenta, el lector precipitado o distraído podría llegar a la conclusión de que uno y otro lote de desgracias son efectos de la misma causa. Pero no así. La verdad es que Palmira, al alcanzar la cincuentena, se encuentra con que tiene no sólo la menopausia; tiene también el cenizo. El argumento de una novela en general y sus diversas secuencias en particular no sólo deben ser posibles, deben ser también verosímiles. El comportamiento de la protagonista de Más allá del jardín no lo resulta. Gala, excesivamente presente en el relato, no disimula que nos quiere retratar a una dama -de paso, a una familia- prototípica de una determinada sociedad; pero, a la vez, nos la presenta -al igual que a sus hijos- como capaz en todo momento de acusados anticonvencionalismos y transgresiones, y sustentadora de ideas progresistas. Palmira aparece ante el lector en un contínuo ser y no ser. Encarnando, podría decirse, casi una continua contradictio in terminis. Cuando se muestra como un miembro convencional de su clase social, el autor introduce algunas -demasiadas- cuñas de excepcionalidad, sin duda como reserva para no parecer ilógico cuando la haga dejar totalmente de serlo. Por el contrario, en sus momentos de rebeldía, piensa o actúa en muchas ocasiones -y me temo que contra el deseo del autor- de manera consecuente o inconsecuente -según el punto de vista- con como es realmente. No tengo que decir que me refiero a la realidad de la novela. Pág. 406.- “Quizá sea como matar mosquitos a cañonazos”. No ha completado una página cuando Gala obsequia a su fiel e inmarchitable lectorado con este rasgo de ingenio del tiempo de la invención de la catapulta. Pág. 407.- “En seguida captó que ser blanca le confería un grado de respeto”. De respetabilidad, quería usted decir, don Antonio. Id.- Desde el aeropuerto de Nairobi llama Palmira a la embajada española y, ¿cómo no?, en seguida la reconocen bajo su disfraz de santa. Y lo que son las cosas o, dicho en lenguaje galustre: el


mundo es un pañuelo. Resulta que el secretario de la embajada que va a recogerla era amigo de un sobrino de Willy. Id.- “Comprendió que se había ahogado en un vaso de agua”. La seráfica bondad de los cuatro oenegés que adiestran a Palmira pone merengue en la pastelada. Id.- “lo despidió con la más amable de sus sonrisas”. Pág. 413.- “Ha sido una metedura de pata”. Pág. 414.- “poner pies en pared”. Id.- “dar de mano”. Id.- “escurrir el bulto”. En sus correrías de misión en misión, acompañada, en un todoterreno, por una religiosa nativa, Palmira encuentra a un bosquimano que, apoyado en el tronco de un rabanero, lee una novela de Antonio Gala. Id.- “soy completamente seglar”. ¿Conocerá Gala a alguien que sea sólo tres cuartos seglar y un cuarto cura? Pág. 417.- “Su risa le resbalaba desde los labios como un zumo de fruta”. Ésta es otra de las ocasiones en que, a la atrevida metáfora, hubiese preferido una frase hecha, aunque fuese sin burbujas. Id.- “No sabía a qué carta quedarme”. Pág. 418.“debió haberse mordido la lengua”. Pág. 419.- “No debería de decirlo”. Sobra de. Pág. 424.“entra el agua a chorros”. Id.- “fue papel mojado”. Pág. 425.- “el panorama es sombrío”. Id.“una amenaza que se respira en el aire”. Id.- “esperar contra toda esperanza”. Id.- “dejarlo limpio como una patena”. Pág. 426.- “he caído del burro”. Pág. 427.- “metidos de hoz y coz”. Id.- “A nivel médico”. (¡!) Págs. 428-429, ants. y ss.- Cada vez que al autor quiere enterar al lector, vía Palmira, de algo, enjareta un monólogo, a veces de más de una página, totalmente antinovelístico. Pero otras veces, y es lo peor, para eludir un discurso informativo que daría para tres o cuatro, lo que enjareta es una falsa conversación, en la que todos los interlocutores se expresan en el mismo sentido de la “demostración” que se propone el, en realidad, único ponente: Antonio Gala. Y así, a un largo discurso monocorde, lo dota de un aspecto tipográfico de conversación, a base de “dijo Bernardo”, “añadió Enrique”, “terció Iñaqui”, “completó Rosa”, “aclaró Edurne”, “estuvo de acuerdo su marido”, etc. Pág. 429.- “estas ayudas son un parche”. Pág. 430.- “El feudalismo está todavía detrás de la puerta”. Pág. 432.“Toda la indiferencia de este mundo”. Id.- “un silencio elocuente”. Pág. 434.- “deja bastante que desear”. Pág. 434.- Primera línea del segundo párrafo: falta coma después de mayo. Pág. 435.- “por regla general”. Id.- “bajo este alud de dificultades”. Id.- “medianamente bien librado”. Pág. 437.- “donde ella debía de moverse a solas”. Sobra de. Pág. 439.- “se encontró de manos a boca”. Pág. 442.- “divide y vencerás”. Id.- “se entregaba con armas y bagajes”. Cada vez que Palmira hace o dice algo, el autor añade: “como una niña”, recurso que al lector responsable y adusto le toca los peraltes. Y eso que la niña no ha llegado todavía a la edad del pavo. La hemos de ver derretirse en sirope con su primer amor. Pág. 443.- ¿Qué les decía? Bernardo le muerde el dedito a la nena. Quizá el público galano exige estas demostraciones de antropofagia de baja intensidad. Pág. 444.- Como deseaba el lector galudo, Palmira y Bernardo se miran por fin “con desusada intensidad”. Lo había vaticinado yo: estos se salen antes o después de los usos y costumbres en cuanto a intensidad de miradas se refiere. Id.“haciéndonos mutuamente espaldas”. Pág. 445.- “arte ni parte”. Págs. 446-447.- “como primera providencia”. Pág. 447.- “partir de cero”. Id.- “un coro de plañideras”. Id. “en cuerpo y alma”. Pág. 447.- Gala lo va disponiendo todo para que el idilio antimenopáusico que Palmira quiso y no pudo tener en Sevilla lo tenga en el África subsahariana. Por mucho que quiera centrar el relato en su heroica decisión de ponerse a disposición del mundo, el caso es que se le va por los derroteros de la novela rosa. Pág. 448.- “con la mayor naturalidad”. Id.Palmira y Bernardo viven juntos, pero eso no escandaliza a las monjas, aunque ignoran que lo hacen castamente. Id.- “muy a conciencia”; Id. “no era una bagatela”. Id.- Los héroes se dedican a “mejorar y ampliar su casita”, [rodeada] de “jugosas y fértiles colinas”. Id.- “Ahora no sólo compartimos el baño, sino hasta el agua de la pila -comentó Bernando riendo el primer día”. Los días sucesivos lo dijo serio. (Y es que “riendo”, para evitar malentendidos, tendría que haber ido entre comas). Pág. 450.- “Sin caer en la cuenta”. Págs. 450, ants. y ss.Al lector curioso y africaner le dan más noticias de restaurantes que de dispensarios y hospitales. En uno de aquéllos, observa Bernardo: “Somos como un matrimonio de hace ya


muchos años [coma que falta] que disfruta de un viaje turístico” y la jovenzuela se sonroja. El lector irresoluto y expectante empieza a dudar de si Palmira está en el primer año del climaterio o en el pimer mes de la menstruación. Pág. 451.- “desde que llegó a Gihara” debe ir entre comas. Id.- A Bernardo le da por citar a Shakespeare y empieza a ponerse pesado. Pág. 452.- Ya dije en cierta ocasión que Gala es machista. De regreso a casa, Palmira piensa que nunca se ha sentido tan femenina y, al llegar, le cose a él dos botones de una camisa. Ante las protestas de él, que tenía intención de llevarla a la hermana guardiana, pronuncia Penélope esta frase, que las feministas consideramos un pecado mortal: “¿para qué estoy yo aquí?” Pág. 453.- ¡Será posible! Gala se olvida de que Palmira ha venido a ponerse a disposición del mundo, no a preparar su ajuar. Id.- El río brilla “bajo la luz como un reguero de plata”. Tan bello como original. Págs. 456, ants. y ss.- En el relato, va adquiriendo más importancia el idilio de Palmira y la construcción de su hogar que las labores humanitarias a las que se sintió llamada en memorable sueño. Ella misma se ve de aquesta guisa: “Soy como una novia que ve crecer la casa que será el nido de su amor”. Pág. 456.- “saltaba dentro de su pecho”. Id.¡Don Antonio! ¿Un andaluz laísta? “Un desasosiego la impedía razonar” Pág. 45.- “Se llamó al orden”. Id.- “Brotó con una fuerza incontenible”. Id.- “Pidió a Dios [...] que no huyese lejos de su pecho el ave canora de la felicidad”. Creo que ya lo he dicho: en ocasiones como aquesta, prefiero las frases hechas del horterismo común a las del made in Antonio Gala. Id.“miró una vez más al reloj. Si me permite indicárselo: el reloj. Pág. 458.- Cuando no puede echar mano de una frase hecha, Gala recurre al lenguaje burocrático: “esa labor la habían cumplido las dominicas con notable eficacia”, o: “A continuación empezaba el trabajo de enfermería propiamente dicho”. Pág. 459.- “Como su incesante costumbre de escupir”. Lo incesante no es la costumbre sino el hecho de escupir: “como su costumbre de escupir incesantemente”. Id.- Más lenguaje burocrático: “se redactaban los partes que fuesen pertinentes”. El largo informe sobre las actividades oenegescas está de más en una novela. Si alguien desea advertir la clara diferencia existente entre la literatura, bella arte, y un cuento chino (o ugandés), lea ahora El revés de la trama, de Graham Greene. Pág. 460.- Escribe físicos donde debió escribir fisiológicos. Id.- “con la obligación de avisar a Palmira en caso de desgracia especial”. Expresión propia de quien no sabe expresar lo que quiere. Pág. 461.“tomarse la justicia por su mano”. Pág. 462.- “ardan en deseos”. Id.- “las cosas pasen a mayores”. Id.- “retornar a sus patrias respectivas”. Id.- “de una vez para siempre”. Id.- “sonrió para su propio sayo”. Pág. 463.- Estrenan, por fin, su nueva casa, momento en que Bernardo se comporta como un auténtico personaje galano: para traspasar el umbral, toma a Palmira en brazos. No me cabe duda de que detalles así son los que encantan a las lectoras galustres. Pág. 464.- “muy de vuelta”. Págs. 464, ants. y ss.- El merengue y el sirope de manzana que chorrean Palmira y Bernardo, si no son ridículos serán otra cosa. Pág. 465.- “El emplazamiento de la casa era deslumbrador”. De esta forma no adjetiva ni la suegra poeta de Manolo el del Bombo. Id.- Así da gusto irse a Africa, a ponerse a disposición de quien sea, piensa el lector agudo y acechante. Esta novela es como aquellas películas americanas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, que “demostraban” que la mayor felicidad para un hombre consistía en quedarse ciego en el frente y regresar para recibir los mejores cuidados enfermeriles de Piper Laurie o Betty Grable, y después casarse con ella, hecho ya un radar viviente. Pág. 466.- “Si mi memoria no me es infiel”. Id.- Palmira anhela tener un hijo africano. Id.- Antonio Gala es un mal novelista. Y estéticamente muy pasado. Pero Antonio Gala es también un hombre inteligente y culto. ¿Cómo es posible que llegue a describir escenas como ésa en que Bernardo entra en el cuarto de Palmira y le pregunta si puede dormir con ella, pues le da miedo dormir solo. Palmira le hace sitio. “Luego cerró los ojos y oyó música”. Pág. 467.- “Él prosiguió, con su flema habitual”. Id.- “como si en ello les fuese la vida”. Pág. 469, ants. y ss.- Palmira dice y piensa cada cosa de su amor por Bernardo, que hace pensar al lector apocalíptico e integrado que se ha olvidado del moreno charcutero de


Triana. Pág. 469.- “salga a la luz”. Pág. 471.- “Por nada de este mundo”. Id.- “de esta agua no beberé” (es de este agua). Pág. 472.- Antonio Gala sorprende a veces a sus lectores con pensamientos tan profundos como éste: “el corazón tiene sus razones que la razón ignora”, que es de Pascal. Ahora les deslumbra con esta expresión: [”el amor] que mueve el sol y las demás estrellas”, como si fuese suya. ¡Es el último verso de la Divina Comedia! ¿No hay nada legislado contra estos atracos? Pág. 473.- Esto, de mayor calibre, es, sin embargo, enteramente suyo: [Bernardo entra en Palmira] “como quien entra por las puertas de su casa”. Ae conoce que Billy y el harcutero hicieron bien su labor. Pág. 474.- “mirando al reloj”. No. Mirando el reloj. Pág. 475.- “espero que ustedes fuesen respetados”. No. Serán o serían. Id.“sentirse devorada por los celos”. Pág. 476.- “comenzó a hacer estragos”. Pág 479.- “con el alma en un puño”. Pág. 480.- “sin dar señales de vida”. Id.- “a grito abierto”. Pág. 481.“Todos los refugiados en el ayuntamiento habían recibido la muerte”. Esta expresión no es literaria. Pág. 482.- “Fallecieron todos”. En este contexto resultaba más literario escribir “murieron”. Pág. “No cabía albergar la menor esperanza”. Id.- “Alentados por su ejemplo”. Id.- “Se brindaron”. Pág. 483, 5ª línea.- Falta una coma imprescindible después de tarea. Pág. 483 y s. En medio de las matanzas, Palmira y Bernardo no descuidan sus carantoñas y mimitos. Id.- “No se da a razones”. Pág. 486.- “reanudó su rosario de desgracias”. Pág. 487.“Sentados frente a la catástrofe”. Sería frente a los resultados de la catátrofe. Id.- “la suerte estaba echada”. Nota: todo el relato de la lucha tribal, matanzas, etc. está escrito en prosa de redacción colegial. Es como si esta parte fuese un trámite que el autor se ve obligado a cumplir para ir a parar a donde se ha propuesto: una nueva, y última, tragedia de Palmira. Y lo hace de la manera más pedestre posible. Pág. 488.- “...aseguró Bernardo para asegurar”. Id.- Más peligro y más cucamonas de los pichones cincuentañeros. Pág. 490.- “Llovía a cántaros”. Pág. 491.- Pararrayos de contratiempos y otras desgracias, Palmira va a parir y la criatura viene de nalgas. Incluso en semejante circunstancia, los cincuentañeros intercambian sonrisitas. No han pensado aún que, en vez de a disposición del mundo, Palmira se tendrá que poner exclusivamente a la de Antoñito. Id.- Escribe: “era inminente facilitar la rotación del niño”, cuando lo que quiere decir es algo así como que era imprescindible o urgente facilitar en seguida la rotación del niño. Pág. 492.- “La miró de pasada”. Id.- “no había abierto la boca”. Id.- “Con ojos desorbitados”. Id.- Última desgracia de Palmira: asesinan a Bernardo. Última inverosimilitud del libro: la reacción de Palmira


CABALLOS DE CARTÓN Crítica acompasada de Castillos de cartón, de Almudena Grandes Gustave Flaubert dedicó mucho tiempo a seguir, en hospitales parisinos, el proceso, en varios niños, de la enfermedad que aquejaría al hijo de madame Arnoux en La educación sentimental. Estoy convencida de que Almudena Grandes, como mucho, fue una tarde a tomar café al bar de la facultad de Bellas Artes de Madrid, y otra al estudio de un amigo pintor. O ni siquiera esto. Estimó suficiente lo que sabía de oídas o creía intuir, confiando lo demás a su talento de novelista. Lógicamente, ella es la primera en ignorar que ese talento no existe. Quien, como yo, ha vivido entre pintores y frecuentado por razones profesionales una facultad de Bellas Artes, descubre en seguida la falsedad de los tópicos, la inverosimilitud de todo cuanto se dice de su ambiente, a partir de una “inspiración” de raíz libresca o cinematográfica. Y lo mismo cabe decir de la ingenuidad, el simplismo y el convencionalismo con que se describe el comportamiento de los “pintores” o aspirantes a serlo. Aunque luego justificaré detalladamente todas estas afirmaciones, quiero aludir ya, como ejemplo llamativo, a ese “futuro genio”, primero de la clase y asombro de sus condiscípulos, que dibuja una Virgen de Rafael, una bailarina de Degás, un arlequín de Picasso, una tahitiana de Gauguin, etc., según se lo van pidiendo los integrantes de un grupo de compañeros admirados. La verdad es que a un tipo así –lo menos artista que pueda concebirse- los pintores, aun en fase de aprendizaje del oficio, lo que hacen con él es mandarlo a un circo. Por otra parte, sólo con ver a qué pintores citan la autora y sus personajes –esos de principios del siglo XX que conocen hasta los más ignorantes, porque sus cuadros adornan las cajas de chocolatinas y sus nombres aparecen en los crucigramas- se advierte el desfase respecto al tiempo –década de los 80- en que la acción se desarrolla. Los tres supuestos vanguardistas, progresistas, avanzados y heraldos del futuro que se nos dice que son, ignoran lo que ha ocurrido en el mundo de las artes plásticas después de 1950; y, lógicamente, todo cuanto interesaba en los 80 a los alumnos de Bellas Artes. En relación con lo mismo, hay que decir que Almudena Grandes dedica muy poco espacio a describir la psicología, las ideas, el carácter de sus personajes, así como el ambiente en que se desenvuelven (si a todos los anteriores libros de esta autora le sobran, y no soy la única en decirlo, la mitad de las páginas, a esta le faltan -en el caso, naturalmente, de que merecieran haber sido escritas- el doble de las que tiene), preocupada casi exclusivamente por el igualmente poco fundamentado comportamiento moral y sexual del trío, que asimismo roza muchas veces lo grotesco. Es evidente que esta novela –la llamo así para que se me entienda- ni ha sido primero planificada ni, después, elaborada. El descuido se nota hasta en el lenguaje, tan pobre e inexpresivo, que alcanza niveles de vulgaridad por causa del recurso continuo de la autora a frases hechas, coloquialismos manidos y expresiones convencionales, por principio antinovelísticas y mediante la mayoría de las cuales, para colmo, pretende suplir no sólo la literariedad, sino también lo que tendría que haber sido creación de la realidad ficticia: “Me pasaba la vida” (15); “me había puesto seria sin saber por qué” (pág. 18); “hizo una pausa” (id.); “su voz temblaba” 19); “fingiendo una naturalidad que no sentía” (20), aparte de que la naturalidad no se siente; “no lo tenía fácil” (¡horror!) (21); “me dejaba en blanco” (22); “me pregunté qué quería decir exactamente” (25); “terciopelo


marrón, horroroso” (id.); “un gorro a juego” (id.); “me miró por encima de las gafas” (27); “meter la pata” (28); “de la manera más tonta” (¡increíble, que esto aparezca en una novela ensalzada por profesores universitarios!) (id); “no había marcha atrás” (id); “satisfecho del resultado” (29); “me miró muy sorprendida” (30); “yo iba en cabeza” (32); “un dibujante prodigioso” (33); “Nunca he visto nada igual” (¡qué barbaridad, señor Pozuelo Yvancos, señor García Posada!) (35); “el ceño fruncido” (id); “definitivamente resignada” (36); “hablaba por los codos” ¡Virgen santa de Berasategui! (37); “una mañana de pesadilla” (38); “había pillado un buen sitio” (id.); “no presté mucha atención” (id.); “me gusta mucho, en serio”; “me saca de quicio”; (todo esto formará parte de “la prosa impecable” y “la maestría del lenguaje”, que entusiásticamente señalara Joaquín Arnáiz” (Caballo Verde/La Razón, 20-II-2004) (40); “aquel comentario me desarmó” (41); “me puse colorada” (recuerdo que se trata de una novela, no de la cola del autobús… Hay que andar escasa de recursos expresivos para escribir estas cosas…) (id.); “era más de lo que podía esperar” (id.); “giré la cabeza” (id); “es increíble cómo aguanta el frío” (42); “entrar en calor”; “me debía un favor muy gordo” (id); “rebajarme un quince” (id); “va a llegar lejos” (43); “tenía una carta en la manga” (id); “era mi compradora ideal” (44); “le tenía pánico” (id); “una distancia oceánica” (id); “me pareció lógico y normal” (id); “me hubiera encantado hablar con él” (id.); “cuando los críticos se recuperaron del pasmo” (45); “se enzarzaron en una polémica feroz” (id.)… Todo esto, sólo en la primera –y más corta- de las cuatro partes que tiene que decía Huxley (Ciego en Gaza) de que se hace difícil admitir que quien utiliza frases hechas sea inteligente. Analicemos el texto con más detalle. Primera parte: El arte Pág. 15, primera del texto.- En su décima línea, introduce la autora un neologismo tan feo como innecesario: recepcionaba. Id.- Hablando del presente, dice: “Yo quería ser pintora y descubrí a destiempo que no tenía talento suficiente”. Tendría que haber escrito “había querido” o “quise”. Cuatro líneas después precisa: “cuando renuncié, ni siquiera tenía veintidós años”. Aparte de que poca gente, si hay alguna, es consciente de su propia falta de talento para algo –y Almudena es un ejemplo claro-, no resulta verosímil hacer un drama de ello, si el descubrimiento se hace tan joven. Id.- “Esas cosas sólo se descubren a destiempo, y no dejan espacio para descubrir ninguna otra cosa. Aparte la cuasi cómica relación de dos dimensiones, están esas “cosas” que no dejan tiempo para otra “cosa”. En fin, quizá un experto como Pozuelo Yvancos debiera aconsejar a Almudena que sustantivos como “cosa” y verbos como “hacer”, de significado múltiple y, por lo mismo, nulo, están prohibidos en la prosa narrativa. Pág. 16.- Le dicen que la llama por teléfono Jaime González y ella piensa: “No puede ser Jaime González. Será alguien que se llame igual”. Pues si se llama igual, es Jaime González, de manera que es ilógico y hasta injusto pensar que no, intentando desproveer a quien la llama de uno de sus más antiguos derechos civiles. Id.- “una tabla de Torres García tan exquisita, tan perfecta, tan redonda”… A una tabla de Torres García se la puede calificar de todo, menos de exquisita y perfecta ni, mucho menos, redonda: son todas rectangulares… Y, si se ha empleado “redonda” en otra acepción, resulta redundante con “perfecta”. Forma esto parte de dos páginas de relleno, en la que habla también de precios de cuadros, de nuevos ricos gallegos, de su mala memoria para los apellidos, tras un intento más bien torpe, y que con esto da completamente al traste, de hacer un misterio de la llamada.


Pág. 17.- Toma el teléfono y saluda. Se produce un silencio que dura un par de segundos. “Luego, una voz muy distinta a la mía…”. Menos mal, porque, si llega a ser igual, hubiese creído que era el eco. Id.- La voz, dice, es “ronca, ligeramente ahogada y sin embargo familiar”. ¿Por qué “sin embargo”? ¿Es que lo familiar es incompatible con lo ronco y lo ligeramente ahogado? Id.- “como si no pudiera confiar en la experiencia de mis oídos”. Experiencia no es el término adecuado para lo que quiere decir. Id. “Y luego chillé, chillé de sorpresa y también de alegría, esa alegría incrédula, irreflexiva, que provocan las apariciones que llegan del otro lado, de la otra mitad del tiempo”. Dudo de que haya alegrías reflexivas. En cuanto a lo demás, no sé, nunca he tenido apariciones procedentes del otro lado ni de la otra mitad del tiempo, que ni siquiera sé lo que es. Y sospecho que Almudena tampoco. A continuación, el pretendido misterio se diluye todavía más en un diálogo tan banal –“¿Cómo estás?” “Bien ¿y tú?” “¡Cuánto tiempo!”, “No está mal”, etc.-, que se lo podría haber ahorrado. Pág. 18.- El lenguaje de Grandes, en consonancia con lo que narra, roza lo pedestre. Aunque es mucho peor todavía cuando se acuerda de que es literata y pretende demostrarlo con cursiladas como ésta: “demasiados [años] para tensar con explicaciones una intimidad antigua”. El presentimiento de “algo” sigue ahogándose en el vacío de las palabras… “sigo con este trabajo de mierda…, “no está mal…”, “me eché a reír”… “busqué cualquier otra cosa que decir pero no la encontré…” (Eso hace tiempo que le pasa). Id.- “Marcos ha muerto. Se ha suicidado. Se ha pegado un tiro con la pistola de su padre”. ¿Para qué esta precisión? ¿Habrían cambiado las cosas si se lo hubiese pegado con la pistola de un primo hermano? Pero lo más curioso: en dos novelas de Javier Marías, otros tantos personajes se ultiman igualmente con la pistola de su padre. Al parecer, en el mundo de estos exitosos novelistas, nadie tiene permiso de armas. Al final de la página 18, “hizo una pausa” y, al principio de la 19, “su voz temblaba”… Expresiones de infraliteratura de quiosco… Su falta de dotes para la novela la vuelve a demostrar la autora no sabiendo resolver el problema que le plantea el hecho de que, bien entrada la mañana, sea el comunicante de nombre en exclusiva quien la informe de una noticia que conoce todo el mundo. Hace que él le pregunte: “-¿Has leído el periódico esta mañana?” Ella responde: “-Entero no”, sin la preceptiva coma después de entero. ¡Qué falta de recursos! ¿Es que hay alguien que lea el periódico entero? Al principio del segundo capítulo de esta primera parte, en el que retrocede a veinte años antes, doña Almudena tiene frases despectivas para el adusto y castellano Sánchez y el honrado y celtibérico García, que habrán ofendido a muchos lectores. Como buena snob, dice que habría preferido llamarse Schulz, para mi gusto nombre de laboratorio. (Entre paréntesis: señores García Posada, Pozuelo Yvancos, Arnáiz, Basanta, Goñi, Echevarría, obedientes seguidores de lo que el marketing prescribe, como no les supongo desprovistos de discernimiento, les hago una sugerencia: lean Los caballitos de Tarquinia, Moderato cantabile, El reposo del guerrero, Bonjour, tristesse… y comparen. Quizá saquen algunas conclusiones. Para mí, como para todos los críticos del Círculo de Fuencarral, resulta evidente que ustedes toman las novelas de los autores


impuestos por el sistema de la industria cultural como intocables; predispuestos, por tanto, a cantar sus excelencias. Y no advierten o cierran los ojos ante los fallos más elementales). Págs. 20-21.- Es muy difícil, creo que imposible, encontrar en la literatura universal dos páginas más huecas, más desangeladas, que estas que emplea la narradora en autodescribirse y hablar de su vulgar nombre, hacer generalizaciones insostenibles sobre los alumnos de Bellas Artes y demostrar que sabe quién era Filippo Lippi tras consultar el Espasa. Pág. 21.- Las consideraciones de Jose sobre su vocación y sus dudas, son absurdas en el momento de ingresar en la Facultad. Mucho más, el hecho de que se atribuya dotes premonitorias. (Como todos los “novelistas” del sistema, Almudena Grandes ignora que en novela no vale decir que, por ejemplo, un personaje es perverso. Hay que hacerlo actuar ante el lector de manera que éste deduzca que es perverso. En esta novela, vamos a encontrarnos con dos personajes de los que se nos dice que eran inteligentísimos, seres aparte, unos genios, y que resulta que, aparte de que se toman la vida con una frivolidad propia de necios, cuando hablan, no dicen más que tonterías). Págs. 21-22.- Pretende hacer un misterio de lo que son las dotes congénitas y el deseo de perfeccionarse de los millones de seres humanos que han terminado, terminan y terminarán por ingresar en una Facultad de Bellas Artes. Pág. 21.- Y, en medio de los tormentos, y demostrando ignorar que a las facultades se va a aprender, no licenciado por el derecho natural, dice nada menos que “no lo tenía fácil”, un frase que un verdadero escritor se cortaría el brazo antes de escribirla. Págs. 22 y ss.- Por mucho que se empeñe la autora en poner en boca de la narradora y sus amigos consideraciones profundas sobre la vocación y su evolución, sobre el dibujo, la pintura, etc. no dice más que vaciedades, que habrán hecho reír a los pintores que hayan leído esto. Hoy día, nadie habla ya de modelos y manzanas en el sentido en que lo hace Grandes, con nula profundidad además, ignorando lo que a partir de la abstracción, el tachismo, incluso, antes, el surrealismo, significan lo que Juan Eduardo Cirlot llamó “modelos interiores”. Ángel Basanta, que cree en “el talento novelístico de Grandes”, encuentra “atinadas [las] observaciones acerca de cómo mirar (y apreciar) la pintura”, así como “acertado [el] empleo de los tecnicismos necesarios” (El Cultural, 12-2-04). La verdad s exactamente lo contrario. Pág. 22.- A la protagonista, una división con decimales la “dejaba en blanco”. ¡Vaya por Dios! Pág. 23.- Sonrojantes, verdaderamente, las especulaciones sobre las abstracciones aritméticas y las manzanas. “Nadie ha visto jamás una coma con decimales flotando en el aire”. Las han visto en la pizarra o en el papel, que es donde hay que verlas. Más aún: yo las he visto flotando en medio de una habitación, en un holograma. Id (Los subrayados son míos).- “…Pero las manzanas están ahí, las acariciamos, las olemos, las tocamos, nos las comemos todos los días, y por eso es imposible no saber dibujarlas. Porque dibujar una cosa es conocerla, y todas las cosas que se conocen se pueden, se deben dibujar”. O sea, que yo, aunque sea una manazas, no sólo puedo dibujar a mi portero, porque lo conozco, sino que estoy obligada a ello. Por otra parte, quien dibuje un gnomo, un dragón o al mismísimo san Jorge, es porque los conoce, ¿no? Pág. 24.- La cosa empeora cuando aparece el padre de la artista, arquitecto él. “El me dijo algo distinto, pinta lo que veas, y al principio no lo entendí”. Etcétera, etc. Otra página sonrojante, junto con la que sigue, llena de frases de ésas que dicen los que no saben qué decir en circunstancias parecidas: “dibuja las cosas como las ves”, “pinta lo


que sientes”, “lo que ves es lo que hay”, “las cosas son como las vemos”… (A los mismos críticos –y a los de Babelia, claro: Echevarría, Goñi- a los que he recomendado comparar con ésta otras novelas breves, escritas por mujeres, les recomendaría ahora, puesto que han tratado Castillos de cartón como una obra maestra, que comparen estas pobres especulaciones sobre la realidad y el arte pictórico con las que hicieron Zola o Somerset Maugham, o Proust y Thomas Mann sobre la música, o Raymond Abellio sobre la novela. Expresa o tácitamente, toda crítica seria tiene que ser crítica comparada. Salto unas cuantas páginas, señalando tan sólo, al paso, dos ejemplos de la manera de adjetivar que tiene la gran escritora: Pag. 25.- “Llevaba un vestido horroroso”. Pág. 27.- “Una figurita de cerámica espantosa”. Esto es como no decir nada. Es propio de un lenguaje de hablar en la cocina. Un novelista está obligado a crear la realidad de ese segundo mundo que es la novela, y esto no se consigue apelando a los valores entendidos. Estoy convencida de que a mí me parecerán espantosos, vestidos que Almudena Grandes encuentre, según su manera de adjetivar, maravillosos. Pero tendré que emplear otras palabras para comunicar cómo son a unos supuestos lectores. Pág. 28.- Aunque para un crítico tan autorizado como Joaquín Arnáiz (cfr. loc. cit.) “la prosa de Almudena Grandes es impecable”, por lo que “el lector disfrutará plenamente con la maestría del lenguaje” –ello a pesar de contener expresiones tan vulgares como “todo había cambiado […], no había marcha atrás”, y otras que hemos visto o veremos-, a veces su sintaxis también cojea, haciéndole decir algo distinto a lo que quiso. Por ejemplo: Id.- “A partir de entonces y hasta que acabé el bachillerato, actué como un agente doble (estúpida comparación; e impropia, señalo), pintando cosas diferentes para mí y para los demás”. Quería decir “unas cosas para mí y otras, diferentes, para los demás”, pero dice que pintaba cosas diferentes tanto para ella como para los demás. Grandes –sus personajes- sólo concibe el arte como mimesis. Un anacronismo, pues no olvidemos que la novela se desarrolla en la década de los ochenta. (Me salto todo lo del padre, el colegio, la tía Sole, el examen, etc. No exagero: esta novela, tan alabada por la crítica militante, no ofrece una línea sana a una mirada exigente. Desde expresiones tan manidas como: “…una profunda sensación de haber metido la pata de la manera más tonta.” (pág. 28) (si una escritora “se explica así”, ¿cómo lo hará un analfabeto nervioso ante el juez), “Fue como una revelación, un fogonazo” ( 29), etc. Pág. 33.- Sin la menor justificación, y siendo la primera de la clase (Grandes, para no perder la ocasión de utilizar una frase hecha, dice que “iba en cabeza”), vuelve a decir, con objeto de crear un clima, sin conseguirlo, que, “sin embargo, ahora sé que ya había empezado a dudar de mí misma”, algo que, o se razona, es decir, o se novela, o no sirve para nada. Pág. 33 y ss.- Todo lo dicho vale para la introducción en el libro de otro personaje, Jaime, “dibujante prodigioso, extraordinario, el mejor que he conocido jamás…” Señores críticos, ¿qué es para ustedes lo vulgar? Como antes, la autora demuestra tener los mismos conocimientos de la pintura que quien no tiene ningún conocimiento de la pintura. Aquí, págs. 34-36, aquello de pintar vírgenes de Rafael y bailarinas de Degas, que ya comenté al principio. Algo para lo que basta ser habilidoso, no artista, pero que a Jose Sánchez García le “parece magia”. Pág. 36.- Cuando, entre tanta maleza literaria, quiere hacer un alarde de intelectualidad, se luce: “…definitivamente resignada a la estupefacción”. Aunque en seguida desciende al nivel de lo folcklórico. Dice que Jaime era alto y delgado, y está a


punto de decir, “como su madre”; pero remonta el vuelo y dice: “como un arcángel desarmado”. Pág. 37.- Tiene otra cualidad, que Grandes describe con audaz metáfora: “hablaba por los codos”. Id.- En resumen: “era muy pefecto”. Como si se pudiera ser poco perfecto o a medias perfecto. Pág. 38.- ¿Qué será una habitación “misteriosamente desangelada”? Págs. 38-39.- Como enumeré al principio las de esta primera parte, no señalo ahora las frases hechas o tópicas, pero aquí merece la pena mencionar una serie compuesta por “una de esas mañanas de pesadilla”, “había pillado un buen sitio”, “le vi acercarse con el rabillo del ojo”, “no presté mucha atención”, “hasta que invadió sin remedio mi campo visual”… Y, a continuación, una larga descripción de un cuadro pintado por el genio, que, de haberse producido en la fiestas de la vulgaridad pedante, hubiese logrado para Almudena el primer premio en los juegos florales… Se trata de la “habitación desangelada” que, entre otras cosas, tiene una cama con el cabecero “en buen estado” (¡), en la que todo debería resultar, “neutral, común, previsible”… Algo así como “el refugio de la criada de una familia acomodada pero respetuosa con la servidumbre”. ¡La madre que la parió! ¿Es que es incompatible ser acomodada y respetuosa, Almudena? Tú eres ambas cosa, supongo. Por otra parte, tú, que te disculpas de manera vergonzante por hablar en Malena es un nombre de tango, de los Reyes Magos, para no parecer creyente (¡!!), ¿por qué no te recatas ahora de emplear el arcaísmo “criada”, que te hace parecer, no la progresista que quieres, sino esa anticuada burguesa que realmente eres? Pág. 39.- El cuadro no se acaba en la habitación. “A través de la ventana se veía un cielo rosa, imposible y deslumbrante…” Pero lo importante es la explicación “técnica”: “…trabajado con una técnica más propia del cromatismo abstracto que de la tradición figurativa”… ¡Como si “cromatismo” y “tradición” fuese términos que se pudiesen contraponer! Quien entienda un poco de pintura y se quiera divertir un rato, lea esta página completa. Crítica comparada, dije. Quien recuerde el tono de las conversaciones sobre música en Doctor Faustus, compárelas con ésta sobre pintura (pág. 40): -Es muy bueno. Muy bueno. -No. Es Hopper, es Freud, está muy visto. No vale nada. -No, no estoy de acuerdo. Puede recordar a Hopper, puede recordar a Freud, pero yo no me he dado cuenta de eso antes, al mirarlo. Y me parece muy bueno, me gusta mucho, en serio. -No lo creo. -Sí. -No. -Mira, te voy a decir una cosa… (Y la dice). -No digas tonterías… (Pero las dice). Etcétera, etc., hasta el final del capítulo. En el tercer y último capítulo de la tercera parte, la acción vuelve al presente. Pág. 42.- Almudena sale de cualquier situación narrativa, como diría ella misma, a la pata la llana: “…la galerista me debía un favor tan gordo que no le quedó más remedio que hacerme un quince…” Pág. 43.- La forma en que pretende dibujar la excepcional personalidad del pintor, a base de convencionalismos –es raro, nunca está satisfecho con lo que hace, no abre la puerta “aunque la portera hubiese asegurado que estaba en su estudio” !!!- es ridícula.


Id.- Las rarezas del genio le dan ganas de mandarlo “a la mierda”. Pero no lo hace porque –otro tópico- está “convencida de que va a llegar, de que está entre los que serán grandes”. Id.- Él no quiere venderle sus cuadros, pero menuda es ella: para conseguirlo, “tengo una carta en la manga”. Pág. 44.- “Ella era mi compradora ideal”. Así hablan las horteras. Id.- La galerista no facilita el teléfono del genio, “porque le tenía pánico”. La prosa que Arnáiz ve impecable, yo la veo más que vulgar: pedestre. Decía en su crítica Pozuelo Yvancos (Blanco y Negro Cultural, 7-2-2004) que Almudena Grandes “es una narradora que lleva dentro eso de contar historias, le salen con facilidad engañosa, porque está muy trabajada”. Quisiera yo ver en qué quedan las consecuencias de una erupción del Vesubio, en comparación con una historia de esta mujer contada descuidadamente, según la escala pozueloyvanquiana. Id.- “Me hubiera encantado hablar con él”. (Y a mí me encantaría decir que el problema de la crítica española es simplemente un problema de incompetencia. Lo es, en parte, pero, sobre todo, de algo peor. Sólo si se está obligado se puede hablar de las “probadísimas para la expansión, la ramificación y la amplificación de los sentires y las tramas” de Almudena Grandes, como lo hace Jordi Gracia en La libertad y la felicidad perdidas, Babelia, 7-II-2004)) Id.- “Le habría dicho que yo también me acordaba mucho de él, que seguía admirándole […] y él me habría contestado que no dijera tonterías”. Téngase en cuenta que no se trata de personajes vulgares, tópicos, desvaídos, como yo creo, sino, como cree Pozuelo Yvancos, de “personajes que se han narrado desde dentro”, lo cual constituye “otra prueba de inteligencia literaria”. Pág. 45.- “… después de todo, había sido mejor que no coincidiéramos…” Si alguien, crítico o simple lector, no advierte la zafiedad de una prosa que contiene expresiones como ésta, es que no ha frecuentado la literatura de verdad. Sí, en cambio, la de Maruja Torres, Clara Sánchez, Rosa Regás, Rosa Montero, Espido Freire, Lucía Etxeberría, Rosa Posada y demás, como las llama Manuel Asensio, “tontitas del sistema”. Id.- Nueva demostración de que, cuando Almudena quiere, se pone literata: “… mejor […] que yo hubiera guardado para mí la aguja de emoción y de melancolía…” Id.- Quien conozca siquiera superficialmente el ambiente artístico de Madrid, verá en seguida la inverosimilitud de la conmoción que, según la narradora, produce la reaparición en Arco del genial Molina Schultz, la “polémica feroz” en que “se enzarzaron” -¿cómo no lo iba a decir con el verbo más convencional?- los críticos, después de que “se recuperaron del pasmo”. Id.- Y quien, además de conocer el ambiente, sepa algo de arte pictórico, comprenderá, al leer lo que dice sobre la obra, que Almudena no sabe nada. Id.- Literatura otra vez: [La obra era] “tan negra como la mirada de un asesino condenado a la silla eléctrica”. Me pregunto si Almudena ha visto alguna vez la mirada de un asesino condenado a la silla eléctrica. Yo sí; en Sacramento. Y es amarillenta, con lunares rojos. También me pregunto, es decir, le preguntaría a ella, si imagina cómo es la mirada de uno al que han condenado siendo inocente. O de un condenado a la cámara de gas. O a una inyección letal. O a leer una de sus novelas. Después de tanta poesía al evocar al suicida, su último pensamiento, antes de dormirse, es sobre cuánto habrá incrementado su muerte el precio de los cuadros que tiene de él. Segunda parte: El sexo


Barrunto que nos acercamos a la cumbre de la novela, porque si hay dos temas caros a nuestra escritora predilecta, uno es el sexo; el otro, la comida. Temas cuya glosa novelada suele ella fundamentar en recetas de sus platos preferidos, tan simples como rústicos –no en balde se crió en el agro- y en sus experiencias de moza guapetona y tía buena, como gusta de autodefinirse. La introducción al tema predilecto de Grandes, al principio de la segunda parte, es de un costumbrismo subido, con las hazañas de don Aristóbulo y las cañas de cerveza contra el frío, diálogos inútiles y expresiones como “al menor movimiento”, “nunca tenía un duro”, “el muy fascista”, “vivir a su costa”, “estaba dirigiendo las operaciones”, “yo no podía imaginar hasta qué extremo”, “capacidad de liderazgo”, etc. (Págs. 49-51) Pág. 51.- “El muy fascista” es el padre de Jaime, don Aristóbulo, juez, y tan malvado, “que había procesado a su hija mayor por actividades subversivas”. ¿Desde cuándo puede un padre intervenir en un procedimiento contra o a favor de su hija? Pág. 52.- “Lo del aparcamiento fue peor”. Id.- Escena trepidante (tan inútil como el sombrero de un decapitado dentro de la economía del relato) del aparcamiento del coche, con diálogo a tono incluido. Pág. 53.- “En el Burger King no servían ninguna clase de alcohol (subrayado mío), sólo cerveza”. Pues ya no se puede decir ninguna clase de alcohol. Id.- Se levanta Marcos y Almudena se refiere al “trapecio impecable de su espalda”. Conocedores de otras obras suyas, sabemos que hablar del trapecio espaldar significa el introito a la descripción, en términos culinarios, de la semiesfera nalgar. Las páginas que siguen son superficiales, vulgares, con ingenuos apuntes que pretenden “demostrar” que aquellos tres personajes intercambiables y previsibles son alumnos de Bellas Artes. Este de la página 55, por ejemplo: “Pero entonces, ya no me acuerdo por qué, empezamos a hablar de De Kooning”. O este otro: “Es muy guapo. Me gustaría pintarle”. Un novelista con imaginación –lo que no es Almudena Grandesconstruiría la misma realidad literaria que pretende, aunque hablasen de Curro Romero. Pero con semejantes simplezas no construye nada. Pág. 56.- “…un chocolate de puta madre”, “para no fiarse un pelo de él”, “un eterno estudiante de derecho”, “se dedicaba a trapichear”… Prosa impecable, ya lo decía Arnáiz. Id.- “Creo que hay hasta hielo en la nevera”. También yo lo creo. Conozco la tendencia del hielo a meterse en las neveras. Págs. 56-57.- “…mientras me enseñaba la casa, un piso destartalado en un edificio con buena pinta, donde, naturalmente, él había conseguido quedarse con la habitación más grande”. ¿Por qué “naturalmente”? Pág. 57.- “…era un maniático del orden”. Pág. 57 y ss.- Largas enumeraciones de objetos, intentando crear un ambiente sin conseguirlo. Por introducir algunas notas de rareza, dice auténticas simplezas. Pág. 58.- “…estiró la cama de mala manera…”. Lo he dicho ya: prosa antinovelística. Como yo no sé lo que es para Almudena la manera mala de estirar una cama, me quedo sin saber qué ha hecho Jaime. Es sólo un ejemplo entre miles. (Ya he dicho en más de una ocasión que un defecto común a los bestsellerados es dar por sentado que el lector sabe lo que sabe él. No son novelistas. ) Id.- “No tardó mucho en volver [de la cocina], y le bastó con dirigirnos una mirada desde la puerta para comprender la situación”. El lector se queda sin saber a qué se refiere. Pág. 59.- Como, además de artistas, son jóvenes de los 80, se fuman un canuto. ¿Sencillamente? No, mediante las consabidas frases convencionales y costumbristas: se trata de “un canuto monumental”, hecho “más que bien, de puta madre”.


Pág. 60.- “El segundo le salió mejor que el primero”. Me alegro sinceramente. Págs. 60 y ss.- “volví a encontrar sus ojos dentro de los míos…”, “un encanto extra��o”… Estas frases pertenecen a la pobre descripción de las sensaciones que experimenta la narradora. Como las de Huxley, sí, en Las puertas de la percepción. De todas formas, para demostrar la excepcionalidad del más que burdo ayuntamiento a tres que se va a producir, sin que haya hecho ver al lector un proceso que lo haga psicológicamente verosímil, acude a frases rayanas en lo sublime como: “lo que estaba pasando no era normal del todo” (otra: ¿y nosotros qué sabemos lo que para ti sería normal?); “me miró con las cejas arqueadas”; “no estaba muy segura de querer que se marchara, pero tampoco hice nada por impedirlo”; “se abalanzó sobre mí”; “…mientras nos besábamos, nos acariciábamos, y nos desnudábamos de la manera torpe […] que resultaba del colocón que ambos compartíamos…” (aunque lo de “colocón” es precioso y preciso, digno de una prosa impecable, lo cierto es que no “lo compartían”; cada uno tenía el suyo); “qué bien, pensé, qué bien”; “qué bien, pero qué bien”; “me gustaba tanto acariciarle […], sentir su cuerpo contra el mío; “hasta que resultó que no, que allí había algo que no iba nada bien”; “era bello como un arcángel”; o esta otra con la que compite con el Aquinate en la formulación del misterio de la Trinidad: “una sola persona con tres cuerpos, tres cabezas, tres pares de brazos y de piernas” . Estos pseudoescritores no resisten ni la más caritativa ironía. Son ridículos. Pag, 62.- Está hablando, en el contexto al que aludo en el punto siguiente, de su experiencia y hace esta precisión digna de un contable: “y toda la que poseía se podía evaluar en términos de cantidad”. ¡Pa matarla! Seguro que Almudena, cuando su confesor le preguntaba que cuántas cochinerías había cometido la última semana, respondería: “del orden de cuatro por noche” y “única y exclusivamente con Juan”, que es como hablan los curtos. Pág 62.- “Yo no tenía tanta experiencia con el sexo como con los canutos”. Esto sí lo demuestra, porque, aparte “un novio a los diecisiete años, efímero, y otro a los dieciocho, éste sólo fugaz”, -y a los dos los había dejado ella, ¡faltaría más!- no había hecho otra cosa, aquellos años, que “acumular amantes de una noche, de dos tardes, de un fin de semana…” ¿A qué le llamará la moza tener experiencia? Pág. 63.- ¡Por fin la emoción, el suspense!. ¡Al arcángel no se le empingorota el vellocino! Ni siquiera ante aquella mujer de bandera, es decir, de banderín de enganche, que imagino muy parecida a Almudena. Ella alude a la terrible situación, apoyándose en su currículum: “Todos mis amantes triviales habían acatado la ley de mi desnudez -es ridículo ¿eh?- con el mecanismo riguroso -curiosa metáfora para el badajo- de sus cuerpos potentes y fáciles de olvidar”. Id.- Después de enumerar las hazañas del arcángel, termina: “Marcos podía con todo menos conmigo”. Y lo pinta con la mirada mansa, producto de la “apacible resignación de sus ojos, su sonrisa tibia y prefabricada” (sic)… Y ahora, una cima dentro de la cima de la narración: donde cualquier verdadero novelista se luciría describiendo el estado de ánimo de él o, por lo menos, los signos mediante los que lo exteriorizaba, a esta gran escritora, según Jordi Gracia, Pozuelo Yvancos, Ángel Basanta, Masoliver Ródenas, García Posada y Joaquín Arnáiz, no se le ocurre más que decir: “bastante mal debía de estar pasándolo él”. Lo que sigue está en el mismo tono de vulgaridad. Véase. Págs. 64-65.- El lánguido de mirada y artefacto pide perdón a “La Cuerpo”, que no puede creer “lo que está pasando”. Pero léase toda la escena a lo Cumbres borrascosas, que interrumpe, entrando sin llamar, el otro arcángel. Haciéndose cargo de la situación, “se mete en la cama por el lado libre (o sea que, como la ONU, respeta al ocupante), al grito de: “No os preocupéis –desnudándose e incrementando el volumen del espacio que


ocupaba su cuerpo”-, que esto lo arreglo yo en un periquete”. (¡sic!). “Antes de conseguir situar las dos piernas encima de la sábana, ya tenía la mano izquierda entre mis muslos. Antes de que se me ocurriera preguntarle que estaba haciendo (¡sic!), su lengua estaba ya en mi boca. Antes de que pudiera creérmelo, ya había empezado a moverse contra mí, encima de mí y a mi favor. El factor sorpresa (¡sic, sic, Dios sempiterno del Sinaí en sus misterios pascuales!)… El factor sorpresa era fundamental, me confesaría luego, y tenía razón, en una cama Jaime González siempre tenía razón. Porque antes de disponer de tiempo para asustarme (entre nosotros: a esta no la asusta ni Drácula en plena erección), ya había descubierto que lo que estaba pasando me gustaba y no podía discutir la opinión de mi cuerpo”. Yvancos, Gracia, Basanta, Masoliver, Arnáiz, ¿qué es para ustedes una mala novela?, ¿qué es para ustedes ridículo?, ¿a quién darían ustedes el premio Nobel de la imbecilidad literaria? ¿Y usted, señor García Montero? ¿Qué dice? ¿Qué objeta? Porque es seguro que usted da el visto bueno a estos primores… Si no los dicta en parte. El segundo capítulo de esta segunda parte que, no sabemos por qué, se titula El sexo, comienza con un buen chiste: “Después, intenté sentirme culpable”. .. Aunque, a continuación, empieza a hablar del tiempo. Hacía frío y ella tenía “la nariz enrojecida por el viento” y se reía sola por la calle, porque resulta que… Aquí (pág. 66) el parte meteorológico: “-Nos habíamos fumado otro canuto entre el primer polvo de Jaime y el segundo”. No nos sorprende. A una encarnación de Almudena, siempre le echan, por lo menos, dos. No se puede dejar insatisfecha a una españoña del agro… Pág. 66.- Lo bueno, y por eso esto es una novela y no un parte de guerra, es que no sólo la empolvada y su proveedor están contentos. También Marcos, el arcángel caído, lo está. “Y no era sólo el hachís, no podía serlo, había algo más, algo distinto, diferente a todo lo que yo había probado antes. Hasta que llegué a casa. Y me encontré a mis padres viendo la televisión”. Por apasionante que resulte llegar a casa y encontrar a los padres –esos padres de los que una jamás hubiese esperado tal cosa– viendo la televisión, el lector de novelas, curiosón donde los hubiere y de detectaren, habría preferido que le dijese qué era ese “algo más, tan distinto y hasta el presente nunca experimentado”. Escribir algo como lo subrayado es antinovelístico. No dice nada, no representa nada, no hace presente una realidad delante del lector. Ella le larga a los televidentes, sin tener en cuenta su desliz, lo que nos dice –y ¡cómo no! con terminología acreditada-: “la bola que traía preparada”. Pág. 67.- Harta sin duda de tener padres de derechas en novelas anteriores, dice para variar: “mis padres eran de izquierdas”. Aquí tengo que remitir al lector a esas “novelas anteriores” en que la gran novelista, para caracterizar a una progresista –la abuela de Malena, por ejemplo- echa mano de un manual del perfecto izquierdoso y enumera: “era partidaria de la reforma agraria, de la amortización de los bienes de la iglesia, de la nacionalización de la banca, de la enseñanza pública”, etc. Ahora, por lo que se ve, el manual es otro; por lo tanto, otras las cualidades exigidas, que ellos poseen: “…entre sus amigos había parejas de homosexuales, heterosexuales que nunca se habían casado y ya se habían separado varias veces, bígamos, hinchas del Leganés y hasta una madre soltera… Pero con lo mío no podrían. Lo mío había sido demasiado”. Antes, ya nos había prevenido: “me pregunté qué cara habría puesto cualquiera de ellos si me hubiera visto desnuda, borracha, drogada y sobre todo desnuda, entre dos hombres desnudos, en una cama pequeña y tan contenta”. Ciertamente, no se le habría podido reprochar una reacción de disgusto: podía ser muy de izquierdas y no tener nada contra


los pijamas. Por otra parte, nos deja en la duda de si, de tratarse de una cama grande, no hubiese estado contenta. Y sigue sin comunicar nada al lector (pág. 67) con expresiones tales como: “Lo mío había sido demasiado…”, “Ha sido una monstruosidad…”, “Era muy extraño…” , “…qué horror, qué pasada…” Id.- “Marcos y Jaime no se habían tocado, ni siquiera se habían rozado, nunca lo harían (y ella ¿cómo lo sabe?), pero los dos se habían volcado sobre mí a la vez después de que nuestro anfitrión resolviera con brillantez nuestros problemas…” Resulta que el anfitrión es Jaime. Yo creí que lo era el portafolios vaginal de ella. Pág. 68.- Insiste en el encomio de la conducta de Jaime: “había estado brillante”. Y, como otras veces, aprovecha la escena para autopiropearse. Cuenta que uno le dice: “tienes unas tetas muy bonitas”, y el otro le corrige: “no sólo las tetas, todo lo tiene bonito”. Es penoso. Yo, que hice uno de los cursillos de doctorado en Montpellier sobre Christiane Rochefort, y después escribí una novela, Soror, en torno a un caso de incesto, no había visto nunca impresa la palabra “tetas”; es decir, sólo en las lecherías de pueblo. Las dos y pico páginas siguientes, ocupadas por una conversación sobre lo que están haciendo y un paupérrimo conato de explicación por parte de la autora, que las lea quien no tenga nada contra las horas extra. Encontrará expresiones como “¿Qué pasa, tío?”, “…me convenía probar con tías distintas”, “Estamos de puta madre”, “Piensa un poco, tío”, “…se te empezará a poner tiesa”, “parecía que yo no pintaba nada”… ¡Qué pobreza, hermano lobo! A lo mejor, la proliferación de “tíos” y “tías” es a lo que se refieren quienes dicen –críticos, editores, periodistas- que esta novela recrea el Madrid de los 80, pues otra cosa que los recuerde no se ha encontrado hasta ahora. Pág. 70.- “Por eso me gusta tener amigos guapos, para aprovechar sus sobras. -Eres un gilipollas, Jaime”. Nadie se extrañe de la altura que adquiere la conversación. La autora ya advirtió que se trata de dos tipos inteligentísimos, cultísimos: dos genios de la pintura. Pero nos vamos a enterar en seguida de otra virtud más excelsa: -“…lo que me ha tocado en el reparto es una polla acojonante”. No tarda Almudena en certificarlo: “Luego se aferró a mis pechos, con las dos manos, se pegó completamente a mi cuerpo, y mientras me lamía el lado izquierdo del cuello, la nuca, el hombro, empecé a sentir su polla acojonante, porque era acojonante de verdad, con tanta precisión como si pudiera verla”. Y estamos en las mismas: como esta mujer no está posesión de un lenguaje novelístico y ni siquiera pone una nota a pie de página diciendo qué es para ella lo acojonante, pues nos quedamos sin un dato importante: el de la forma y contenido de la polla jaimiana, en torno a la que suponemos va a girar toda esta parte del libro. (Entre paréntesis: si yo fuese García Montero y, además, un notable poeta de la experiencia, empezaría a mosquearme: la última aportación de Biyigate a la cultura es la cornamenta virtual. Es demasiado expresiva la autora al describir lo que, es evidente, no ha experimentado nunca). Esto se comenta por sí solo, aunque no, por lo visto, para Pozuelo Yvancos, García Posada, Basanta y compañía. Me considero especialista en el tema. Nunca, nunca se ha visto tratado el sexo de este modo, o como se trata en Las edades de Lulú, en la literatura erótica. Ni siquiera en la pornográfica. ¡Ni en las novelas verdes! En mi opinión de experto, el costumbrismo sexual casposo de Almudena Grandes deriva de las fantasías sexuales de una persona reprimida o con algún defecto físico o psíquico que le impide un desarrollo normal de sus pulsiones, más bien lo primero. (El sexo es algo infinitamente más bello, doña Almudena. Ya se lo dije en una carta hace tres o cuatro


años. Al parecer, usted no lo puede entender e insiste en los aspectos animalescos, sucios y caricaturescos): Pág. 71.- Nada de lo dicho en la primera parte sirve de base a la evolución hacia la animalidad de unos personajes mediocres. Nada se nos dice, en ésta, de la psicología del impotente. La autora despacha su problema, como antes, con un simple “debía de estar pasándolo muy mal”… Id.- Queriendo epatar, como Gala, a sus lectores burgueses, continúa ahondando en la vulgaridad más tonta: “A Marcos le gustaba mirarnos y masturbarse mientras lo hacía, y no le importó que yo le mirara, que estudiara su polla (ésta es capaz de preparase unas oposiciones mientras la cabalgan), que no era gran cosa”. Sin duda las ha visto mayores, aunque recuérdese que se ha declarado poco experimentada. Id.- “…no podía ser, era imposible, pero [Marcos] acercó su cabeza a la mía y me besó en la boca, y yo besé, besé una boca distinta de la boca del hombre que me poseía y a él no le importó…” (Increíble. Es esto una prueba del talento novelístico que Basanta atribuye a la autora) Id.- Y el otro, el de la polla acojonante, empieza “a bufar, a resoplar” -¿Cómo? ¿Cómo va a ser?- “como un toro furioso”, y grita, sin los preceptivos signos de admiración: “la hostia, la hostia”… (Nota al margen: ¿Cómo puede alguien, que se dice escritora, hablar de “el factor sorpresa” y de “una polla acojonante”? Es lo contrario al lenguaje literario y a la expresión novelística, que nunca acude a los valores entendidos ni a las frases convencionales, pues ha de tender a representar una realidad, con bulto y consistencia, delante del lector.) Pág. 72.- “Jaime empezó a contar burradas, la clase de historias disparatadas que le gustaban”, etc. Seguramente, lo que para mí son burradas –sus novelas, por ejemplo-, para Almudena no lo son. Por otra parte, ¿cuáles eran las historias que le gustaban a Jaime? O sea, que nos quedamos sin saber que contó Jaime. ¿Cómo van a ser pintores, personas con sensibilidas artística quienes se comportan y hablan con tanta vulgaridad? Id.- Sigue el lenguaje literario de alto voltaje: “Jaime salió pitando de la facultad”. Id.- “Le vi venir derecho hacia mí en un cambio de clase”. Sin duda, algo parecido a un paso a nivel. Id.- “Se me escapó una risita tonta”. (V. esta página y la 73). Pág. 73.- Tras unas cuantas cosas tontas más, crecen en intensidad los tintes dramáticos del relato: “Piensa en Marcos, Jose ... No lo hagas por mí… Pero él te necesita… Nunca se le ha puesto dura…” ¿No parece Shakespeare? Págs. 73-75.- Tan ridícula como era la primera parte respecto al arte, lo es ésta con respecto al sexo. Y es que se trata, insisto, de una sucesión de vulgaridades y convencionalismos. Tanto la autora como sus panegiristas disfrazados de críticos ignoran que un novelista de verdad es alguien que ve más, siente más, palpa más que el común de los mortales y que cuenta lo que ve de manera diferente a como lo haría quien no lo sea. Las jactancias de la protagonista sobre que gusta a los dos, satisface a los dos, etc. resultan patéticas en una escritora talluda que se encarna en sus personajes porque no sabe crearlos diferentes. (Más de un tercio de la novela, y seguimos sin ver el Madrid de los 80, ni una facultad de Bellas Artes, ni un estudio de pintor ni nada de lo que nos ha anunciado la publicidad y han visto los sagaces críticos). Pág. 75.- Se complica el misterio trinitario -los dos “seguían siendo dos personas y habían empezado a ser una sola persona al mismo tiempo, un amante memorable, el


más impotente y el más feroz”, etc.- por lo que es de agradecer que nos informe de que “estaba hecha un lío”. Muy pronto, del Aquinate pasa a Descartes, e introduce la duda metódica: “no sabía si arrepentirme o tirarme sin paracaídas […], no era capaz de aclararme”. Algo de lo que responsabiliza a ellos (pág. 76): “me habéis metido una bola”. (Recuérdese que Jaime le metió otra cosa). Pág. 76.- Ella quiere saber si aquello mismo lo han hecho con otras que ella conozca. “-[…] ¿Con quién íbamos a hacerlo? Si son todas unas petardas…” (Esta segunda frase tendría que haber sido incluida en la interrogación.) […] “¿Cecilia? Sí, está bien, está tan buena como tú, pero no tiene ni un cuarto de polvo…[…] Tú eres la única que está a nuestra altura…” ¿En qué se nota que son personas con sensibilidad de artistas, leídas y pintadas? Pág. 77.- Ella, como no sabe decirle al lector lo que le estaba pasando, pues recurre a las dotes novelísticas de Almudena, tan bien conocidas por Jordi Gracia, e informa de “que le estaba pasando una cosa muy rara”. Igualmente segura se muestra respecto a que aquello “no merece acabar como un escandalito”. En vista de lo cual -y para dar ambiente estudiantil, sin duda- se van a un Burger. Pero atención a lo que sigue: Pág. 78.- “…no debíamos esperar que Marcos lograra empalmarse, los tres sabíamos que no importaba, porque Jaime lo arreglaría todo en un periquete”. ¿También el empalme? ¿Y el enchufe? Id.- “Cuando llegamos a casa de Jaime nos tiramos directamente encima de la cama, sin copas, sin canutos, sin palabras. Me desnudaron antes de que pudiera darme cuenta, y entonces comprobé que las caricias a cuatro manos mejoran mucho la calidad de las miradas de cuatro ojos […] Cuando los dos terminaron, uno conmigo, el otro por su cuenta, yo estaba muy excitada, más de lo que recordaba haber estado jamás,,,” (Nota al margen: señores críticos: esta “novela”, además de carecer por completo de literariedad y adolecer de un exceso de vulgaridad, es intelectualmente roma.). Pág. 79.- “Me preguntó cómo me llamaba, qué hacía solo en la playa, tan tarde, dónde vivía, en fin, lo típico”. Pues ya lo saben ustedes: lo típico. Almudena y su personaje aprovechan la cercanía del mar para elevar el tono poético: “…al rato vino y me la chupó”, “…intentó darme por culo”, “…volvió a ponerme boca arriba y siguió chupándomela hasta que me corrí…” Forma parte esto de las confidencias de Jaime. Ha dicho la autora, finiquitada la ceremonia, que “Jaime –el que lo arregla todo en un periquete, ya saben- también tomó la iniciativa de las confidencias” [y] “sin venir a cuento, mientras liaba el primer canuto de la tarde”, se puso a hablar de lo que han leído. Pensándolo bien, ¿de qué podían tratar las confidencias de un tan bien dotado, por muy culto y artista que fuese? Pág. 80.- En sus explicaciones, creo que está más con Jung que con Adler: “…ni me dio por sentirme fatal, por disfrutar de estar fatal, por agobiarme y pensar, oh, oh, oh, qué horrible…” Media página diciendo vaciedades sobre la homosexualidad masculina, para después entrar en la problemática del lesbianismo, que resuelve así: “Yo tengo una hermana lesbiana y es feliz”. Y es que, como dice Pozuelo Yvancos, la novela “está muy trabajada” y, en ella, Almudena Grandes, a “su proverbial talento para contar historias”, “añade aquí la sutileza -polla acojonante, me la chupó, quiso darme por culo, tienes muy buenas tetas, etc., recordemos-, la capacidad para ir pautando una evolución psicológica de unos personajes completamente creíbles”. (España tenía veinte años, “Blanco y Negro Cultural”, 7-2-2004).


En cualquier época de la historia, Castillos de cartón hubiese sido una novela pésima, producto de una técnica y un pensamiento enclenques; pero, esto aparte, ¿cree Jordi Gracia que decir que, como las demás de la autora, es del siglo XIX es un elogio? Una obra de arte (esta no lo es, pero él dice que sí), por principio, tiene que ser de su época, no por el tema, sino por su forma y su subyacente concepción del mundo. Pág. 82.- La pintora (deberíamos considerarla otra cosa, porque, hasta ahora, no ha pintado nada, no se le ha visto un solo detalle de artista, y sí muchos de materialista en los planos del hedonismo más pedestre, tanto en la comida, como en el dopage y el sexo), la pintora, digo, comprende que Jaime tenga que “cambiar de conversación” […] “para quitarse de encima el fardo de una culpa que no debería asumir, el pecado de tener una polla acojonante”. ¿No es para matarla? Ahora dedica más espacio a hablar del espionaje, que ha dedicado en medio libro a la pintura o el Madrid de los 80. Pág. 83.- “Salió pitando en el 56…”. Frase hecha aparte, no aclara si se trata de un año o de un autobús. Id.- “Se enamoró de él perdidamente…” Leguaje antinovelístico. Es como no decir nada. Id.- Continúa con el lenguaje de alto voltaje estético: “…cuando ella se cansó de que le pusiera los cuernos un día sí y otro también, se separaron”. Id.- “…los dos tiraron de mí a la vez, en un movimiento perfectamente sincronizado, hasta que los tres nos tumbamos en la cama al mismo tiempo. Estábamos bastante colocados y Jaime empezó a pegarse a mí, a acariciarme, a besarme, aquél era el disparo de salida…” Dejando aparte que detrás de “besarme” debería ir punto o, como mínimo, punto y coma, queremos llamar la atención sobre el impecable lenguaje de Grandes, que no ha pasado inadvertido para nuestros mejores críticos: “el factor sorpresa” allende, “el disparo de salida” aquende. Si el lenguaje de Almu fuese sólo un poco más pobre, no lo encontraríamos en un libro, sino en un albergue para mendigos del Ayuntamiento. Y ahora, nuevas fantasías sexuales de una madura, que se conoce que ha intercambiado información con Maruja Torres. Pág. 84.- Casi medio libro para darse cuenta de algo de lo que yo me di antes de la página 10: “que va a meter la pata”. Pág. 85.- En medio de la discreta orgía, la terrible confesión de ella: “Yo no me corro”. Lógicamente, los arcángeles se quedan plastificados en el movimiento en que los ha sorprendido la tremenda revelación. La reacción de Jaime, que creía estar sacando petróleo con sus perforaciones, es la siguiente: “-¡Joder! Se tapa la cara con las manos. -¡Joder, joder, joder! -¡Pues sí que estamos bien! -¿Pero qué he hecho yo para que me pase esto, joder?” A la vista de estos ricos parlamentos, no es de extrañar que Pozuelo Yvancos anime a la gran escritora, en su loa, a que se dedique también a la dramaturgia. Pero la tensa situación le da para más a la novelista. Marco se queda perplejo y objeta (¡atención, lectores!): “-Pero… Tú… Si tú chillas y todo. -Porque lo he visto en las películas.” Una persona normal hubiera cerrado el libro en este punto. Pero yo no soy normal: yo pertenezco a un grupo de ingenuos que lucha contra molinos que luego


resultan ser camiones de basura; que lucha por hacer ver la gran estafa que representa llevar al éxito las novelas de Almudena Grandes, Muñoz Molina, Rosa Montero, Javier Marías, Maruja Torres, Rosa Regás, Millás, etcétera; que lucha contra la industria cultural, que ha hecho de los productos culturales una mercancía; que lucha por la literatura grande, como la que se hacía en el siglo XX, antes de que arramplara con ella el mercantilismo… Decido continuar: quiero ser una mártir. Quedan dos páginas de esta segunda parte y, en ellas, Almudena Grandes me brinda varias frases rotundas para ponerle colofón: “-Pues de puta madre, pero de puta madre, o sea…” [Los tres se echan a reír. Jaime, en medio de la habitación], “con una de esas erecciones brutales de las suyas”. (Sobra “de las”). [Jaime, arreglando las cosas en un periquete,:] “-Lo que vamos a hacer es echar un polvo”. “Dos semanas después, empecé a tomar la píldora”. “Cuando se acabó el curso, aquélla era ya la primera y la única historia seria, intensa, verdadera, que yo había tenido en mi vida”. Cada una tiene su escala de valores. Tercera parte: El amor La obsesión de Almudena Grandes por la comida y el sexo es realmente única: ese mérito hay que reconocérselo. A propósito de su hedonismo de baja definición –ni el mar, ni el aire de la alta montaña, ni el perfume de las flores, ni el néctar ni la ambrosía entran en la lista de sus apetencias-, a propósito de su hedonismo pedestre, iba a decir, se podría hablar, no ya de concupiscencia de la carne, sino de carne concupiscente y con buen apetito. Digo esto a propósito de que la tercera parte, en cuya primera página ya encontramos una frase hecha y otra carente de significado – respectivamente, “nunca entendieron lo que se les venía encima” y “cuando eran medio hippies”. ¿Qué significa ser medio hippy o hippy entero?-, promete tratar sobre el amor y temo que Almudena Grandes lo ignore todo sobre el tema. Pág. 93.- “Follábamos mucho, todos los días, siempre después de comer (con las sales de fruta, presumo), a veces también por la noche, antes de separarnos. Follábamos los tres juntos, a nuestra propia manera…” ¡Qué personajes más huecos! ¡Qué autora más vacía! Por otro lado, he de decir que esos verbos tan explícitos, esos sustantivos tan burdos para designar los órganos sexuales, que hasta me molesta escribir aquí, a pesar de las comillas que los hacen suyos, no los he visto nunca en una página de Frank Harris, Miller, Durrell, Reage, Sade, Allan Watts, Eliade, Bataille, Arsan, Miomandre, Bodineau, Remy de Gourmont, Blasco Ibáñez, Pirandello, D’Annnunzio, Pierre de Mandiargues… ¿Quién se imagina a uno de estos auténticos artistas escribiendo algo así como “me folló con su polla acojonante”? Los críticos deberían saber que, como he dicho, toda crítica ha de ser crítica comparada. Por comparación, Almudena Grandes es de tercera división, o menos, y, además, ignora qué quiere decir erotismo. Pese a lo cual, aquí le dieron un premio de novela erótica, por una que era de costumbrismo sexual y grandemente casposo. Págs. 93-95.- Véase en estas páginas por qué y de qué se ríe el terceto de seres excepcionales. Y cómo, con la complacencia de la autora, el personaje femenino se degrada hasta la situación de mujer-objeto-sexual en manos de los dos machos que, espiritual e intelectualmente, no valen mucho más que ella. No valen nada. Págs. 95-96.- Entre expresiones convencionales que acentúan el obsoleto costumbrismo del relato –“A mí me pareció una idea estupenda”, “Desde que me


había liado con ellos”, “Tomar copas de gorra” -, encuentra un hueco para filosofar: “El sexo es el sexo y el arte es el arte”. ¿Quién lo hubiera dicho? Pá. 97.- Todo lo que se le ocurre a la autora, para resumir la inexistente evolución psicológica y sentimental del terceto, son frases tópicas como: “Yo era muy feliz entonces, creo que los tres éramos muy felices”. Y una enumeración de factores – sexo, arte, deseo, complicidad, dependencia, necesidad, humor y otros más que ella… eso, enumera, pero no novela. Por tanto, no crean la realidad ficticia que es una obra novelística. Pág. 98.- “Después, cuando no me quedó más remedio que convertirme en una mujer como la demás…” Pues ¿qué era antes? ¿De verdad cree la autora que ha dibujado a una mujer excepcional? El lector, desde luego, no ha visto que lo sea. Ni siquiera parece que emplee mucho la razón. Pág. 99.- Insiste en su excepcional concepción del mundo y de la vida: “Yo era muy feliz entonces, los tres éramos muy felices, y la vida una cama grande…” En ese ámbito, se pasan “la vida hablando de nosotros mismos, analizando los problemas de Marcos y los míos, comentando nuestros progresos”[…] cuando Jaime (esta vez, digo yo, en algo más que un periquete, “a base de pensar y pensar después de hacerme encuestas minuciosas, exhaustivas, larguísimas, sobre mis gustos y mis hábitos, lo que me gustaba y lo que no, dio por fin con el procedimiento adecuado. Nunca olvidaré su cara la primera vez que me corrí…” Señores Pozuelo, Arnáiz, García Posada, Sanz Villanueva, Basanta, Gracia, Echevarría, Berasátegui, Palomo… Si esto no es infraliteratura, dígan, por favor, qué lo es para ustedes. Y a la autora: no dice usted cómo supieron que aquello era un auténtico corrimiento y no un fingimiento, a imitación de las películas. Tendría que haberlo dicho. O, mejor, no. Ni esto ni nada. Pág. 100.- Comentarios al trascendental acontecimiento: “-¿Qué, está rico? -Sí, muy rico”. (Como si se tratase de un chupa-chups. Como si quienes hablasen fuesen un soldado con permiso y la asistenta de Almudena Grandes.) Van para arriba, como se ve. Estos terminan desbancando al maestro Eckhart. Id.- Hasta donde llegan la arbitrariedad y la inconsecuencia que, en la misma página en que escribe “Nos pasábamos la vida hablando de nosotros mismos, pero (subrayo yo) nunca comentábamos la extravagancia de nuestra relación”, dice que Cecilia, una compañera, ha sorprendido una conversación de Marcos y Jaime sobre la extravagante relación. Y, a continuación, unas consideraciones sobre si estos dos son o no “maricones”, que sonrojarían a un camaleón chino. Pág. 101.- “Acaba de meter la pata”. Id.- Todos los del curso, menos ellos, “son unos pijos”. Id.- “…hace el tonto”. ¡Si no se hubiese aprestado a hacer literatura para entusiasmar a los expertos antes nombrados! Id. (última línea).- “Luego les conté la verdad”. Les contó por qué había hecho lo que había hecho, pero antes no había habido ninguna mentira. Pág. 102.- A la celebrada ecuación “El sexo es el sexo y el arte es el arte”, viene a sumarse una segunda: “Mi hermana es mi hermana y yo soy yo”, lo que, lógicamente, nadie le discute. Ella misma da “por buena la explicación”, gritando: “¡Hala!” Id.- Se emborrachan…”cantando, bailando, besándonos, y metiéndonos mano en la barra [del bar], en la pista, en la calle, y en el taxi que nos llevó a casa de Jaime…”. Esto, en mi opinión, más que una orgía, es una orgida. Que tiene un digno colofón:


Pág. 103.- “Luego nos quedamos fritos”. Pág. 104.- “…Marcos pone la pasta, yo pongo el coche, ¿y tú? -Yo pongo la polla, no te jode…” (Supongo que ella no había olvidado que sí). Págs. 105-106.- Y, a continuación, la novela verde se convierte en vodevil: uno de los dos tiene que ir el sábado a cenar con los papás de ella y pasar por su novio, porque “ni siquiera una historia como la nuestra estaba a salvo de las tradiciones más indeseables. Habría preferido mantener incólume mi imagen de chica especial, capaz de vivir y de crecer alimentándose sólo de sexo y arte, pero no me quedaba más remedio, conviene que conozcan a mi novio…” . Otra inconsecuencia: ¿es o no es rebelde y especial? Pág. 106.- Suma y sigue: “No me ven el pelo…”, “Le da corte ir…”, “parecía un embolado”, “es puro teatro”. Id.- Pero no hay que preocuparse, “mis padre son muy progres”. Y, a continuación, lo que dibuja es a un par de catetos muy cotillas. En la preparación del que, sin éxito, quiere presentar como cómico encuentro, al que el otro arcángel acude como el amigo íntimo (los padres, por lo visto, además de progres, son tontos), se demora más que en la descripción del Madrid de los 80, que todavía no ha tenido lugar… Ni falta que hace, pero eso es lo que prometen el editor y los críticos. Al final, digo, van los dos. ¿Se imaginan lo gracioso del trance vodevilesco? Trance en la que el genio se luce, dibujando para la presunta suegra (inducida por la muchacha única: “Pídele a Jaime que dibuje… ¡Es increíble!”) una madona a lo Rafael, mientras Marco, el impotente, con una excusa banal (ir a hacer pipí), se la lleva a ella a una habitación, con intención de pasarla por las armas. Y allí, la revelación: Pág. 110.- “¡Estás empalmado! ¡Estás empalmado!,” chilla ella ante el neotarugo marquiano, como si se le hubiese aparecido la Virgen de Fátima. El novicio terciario del sexo la despacha –precisa Almudena- en dos minutos. Y le propone una traición. Id.- “Y a Jaime (sigue elevándose el tono de los parlamentos) que le den por culo”. Salto a la página 115, donde la autora dice con tono trágico que se separan, como si fuera por designio de los hados adversos, cuando nada les obliga a ello. Lo importante, sin embargo, es la despedida, en la que, en contradicción con todo lo que la autora dice del perfecto trío, se advierten mutuamente, como siempre, de la manera menos elaborada y literaria posible: “-No nos pongas los cuernos. -No me lo pongáis vosotros a mí.” Pág. 115.- Más tópicos: “Aquel verano se me hizo insoportable, largo como una cadena perpetua de días que no se terminaban nunca”. El comportamiento de los tres, para ser el de unos seres excepcionales, es demasiado anodino, previsible, vulgar.. El más decidido de los dos le suministra un parte periódicamente: Pág. 116.- (Subrayo yo). “Estamos todo el rato hablando de ti, te echamos mucho de menos, y procuramos no mirar siquiera a las tías con las que nos cruzamos por la calle, pero es difícil, porque te advierto que la polla de Marcos ha terminado de resucitar…”. Resulta incongruente con la pregonada rebeldía del interesado, con la mentalidad de una persona inteligente y culta, de un artista. Esa la manera de hablar de un niñato.


Una de las veces que llama, él le pide que vaya a reunirse con ellos y ella lo hace en seguida, con lo cual el “insoportable verano” se reduce a nada. Y de pronto, sin que nada de lo hasta ahora narrado lo justifique: “Si ha habido alguna vez una mujer enamorada, esa era yo”. Alguien le tendría que recomendar a Grandes que leyera Cumbres borrascosas, Margarita Gautier, Fedra, Romeo y Julieta, Sparkenbrouke, Il Piacere... Demasiado simplismo. Id.- Y allá va, con su “Ford Fiesta, que se ahogaba en todas las cuestas, y un corazón tan grande que no me cabía en el pecho”. Subrayo yo para señalar que nos encontramos ante un estilo y una penetración psicológica, como dicen los críticos, incomparables. El segundo capítulo de esta tercera parte comienza con otra afirmación igualmente gratuita: “Era demasiado amor”. Añade que para los dos igual de intenso, lo cual, si no se explica, resulta tan increíble como vacío de sentido. Pág. 117.- Las costumbres, sin embargo, no parecen haber cambiado entre ellos: “…nos acostábamos a las tantas…, tomábamos el sol…, fumábamos canutos…, follábamos más que nunca”. Pág. 118.- “-Nada, chaval –Jaime le dio una de sus tradicionales palmadas en la espalda.”. Tradicionales dice, sí. ¿Quizá, antes de la cachetada, se ponía una boina roja? Id.- “Estás hecho un campeón”. Marcos merece el elogio, porque al fin “había conseguido que su polla le obedeciera”. ¿Quién advierte diferencia entre esta tercera parte y la segunda? ¿Dónde está el anunciado amor? Pág. 120.- “Jaime me había visto aquella misma noche, montada encima de Marco, cabalgándole muy despacio”. Id.- “… había sido un polvo largo y sereno”. ¡Por fin emerge el clasicismo que Almudena lleva dentro! Como el uno actúa y el otro mira, podía continuar, homenajeando a Gutierre de Cetina: Polvo largo, sereno, si de un dulce mirar sois alabado… Pág. 121.- “…dormía de lado, a mi lado”. Págs. 121-122.- “¡Era demasiado amor!” Y hay que creérselo bajo palabra de honor, porque la acción no lo comunica. El diálogo crece en intensidad, con parlamentos como los siguientes: Págs. 122-123: “-Hace mucho calor. -Sí, hace un calor espantoso. -¿Yo? -¡Anda que no! -¡El que roncas eres tú, tío! -Pero no es verdad. Pág. 124.- “El tostador de la hermana de Jaime era lento, y Marcos tan hermoso como un arcángel desarmado”. No especifica si es que está sin la espada flamígera o no empalmado. Pág. 125.- “¡Qué bocazas eres, tío!” Id.- “Estaba un poco inquieto con lo de su polla”. Sólo por una frase como ésta, se debería excluir a una persona del mundo de las letras. Y de la inteligencia. Id.- “... Total, que yo te fui prácticamente fiel, pero aquí, el tigre de Bellas Artes, no veas...”. Id.- “No es verdad. Tú follaste lo mismo que yo.


-Pero con menos ganas”. Págs. 125-127.- Tras un hueco diálogo sobre quién es más fiel y quién piensa más de prisa, la novelista salta de golpe al tema del amor: Pág. 127.- “…estaba enamorada de Jaime y lo sabía, y sabía también que no podía ser, que sin Marcos nunca sería”. ¿Por qué? Está obligada a decirlo. Sería lo más importante. La rudeza, la simpleza con que Grandes elude todos los problemas de trama, argumento, concepto y expresión debería llevar a Jordi Gracia, Pozuelo, Echevarría, Goñi, Basanta, Conte, Posada, etc. a cuestionarse sus afirmaciones. Y no con respecto a esta novela únicamente: todas las de Almudena Grandes adolecen de las mismas carencias. Id.- “Intrincada red”, “como tres moscas en una telaraña”, “cordilleras de dificultad”, “Madrid ya no era el mismo”… Pág. 128.- “…tampoco pintaba”. ¿Y cuándo ha pintado ninguno de los tres? Id.- “Marcos se quedó descolgado.” Pág. 129.- “…se pateaba los museos”. Id.- “…no hacía ninguna de esas tonterías que hacen los pintores que están en crisis”. ¿Es que todos las hacen? ¿Es que todos hacen las mismas? Id.- “…empezó a tener manías raras…”. ¿Por ejemplo? Tiene que decirlo. ¿Qué es una manía rara? ¿Rara para quién? Pág. 129-130.- Para que el lector comprenda “la metamorfosis” del neoempalmado, que ella cifra en el asombro, lo explica muy bien: es el mismo “asombro de un vaso que siempre ha estado boca abajo cuando se encuentra de repente boca arriba en una mesa”. Yo, que procedo de una familia de vasos asombrados, lo entendí en seguida. Pág. 130.- Lo que tendría que explicarse, lo que tendría que novelarse –la evolución psicológica de los personajes- lo despacha con una frase hueca de sentido: “las cosas estaban cambiando”. Pág. 131.- Conflicto porque uno se quiere acostar con ella y el otro dice que tiene que ser con los dos. ¡Esto sería lo más importante del relato, según lo que se insinúa en la sobrecubierta del libro! La evolución desde la simple atracción sexual – que tampoco se ha “visto”- hacia el amor, hacia una nueva visión de la vida y del mundo; debería haber sido el meollo de la historia y no tantos polvos, tanto tío, tantas hostias, te jode, empalmes, corrimientos, por culo, etc. etc. Id.- “Vámonos a la cama”. En frases así se expresa toda la filosofía de la vida de los tres personajes. ¡Qué vacío! Ni en el caso de que la narración –no es una novela- se acercara algo al pretendido reflejo del Madrid de una época –más pretenciosamente dicho: a un momento histórico-, al presentarse a través de una situación que podría ser extravagante, pero se queda, por causa de la falta de justificación psicológica y cultural, en simplemente caprichosa; ni en ese caso, digo, tendría ningún valor testimonial. Que Pozuelo, puesto a buscar motivos de elogio, hable de “sexualidad antisistema” es tan ridículo como el libro. Pág. 132.- El que se tenía que ir se larga cabreado, y en la casa entra “un frío súbito, desconocido hasta entonces”. Estas solemnidades, lejos de compensar la vulgaridad del tono general del libro, lo acentúa. Id.- La muchacha excepcional, que en seguida empezará a hablar, una vez más, por los tres, da con la explicación de no se sabe muy bien qué: “Estábamos perdiendo la inocencia”. Id.- “No sabíamos orientarnos [pero, eso sí], nos queríamos más que antes, más que nunca, pero no nos servía de nada”. Todo así de gratuito.


Id.- “…la vida, mi vida, era muy rara”. Y ¿en qué se nota? En novela, no baste decir con que era rara. Hay que hacer vivir al personaje de manera que el lector advierta la rarezas de su vida. Págs. 132-133.- “…me pasan cosas que no podían ser, que eran imposibles…”. ¿A qué cosas se refiere? Lo dicho. Pág. 133.- Cuando el cabreado vuelve, se encuentra con que el otro se ha encerrado en el estudio, cabreado también. Y, de acuerdo con la tensión del ambiente y la rareza de la situación, filosofa: “¡Que se joda!” Id.- “Marcos era el menos culpable de los tres”. Culpable ¿de qué? Sigue: “pero nosotros tampoco teníamos la culpa”. ¿Entonces? ¿Cómo puede ser el otro menos culpable que los nada culpables? Id.- “…follando a su lado como si no estuviera”. Apuesto a que no hay libro en el mundo en el que aparezca más veces el verbo “follar” y el sustantivo “polla”, palabras que, supongo, figuran en el escudo de armas de la familia Grandes. Pág. 133-134.- “…nunca seríamos capaces de dejarle tirado”. Otra vez hablando por el otro. Id.- A veces, después de una simpleza, se rehace y larga una “solemnidad” aún más ridícula: “…porque Marcos era el más débil de los tres (no se ha visto que así sea), y ninguna venganza es más temible que la ruina de los débiles”. Supongo que quería decir “que la que brota de la ruina de los débiles”. Y ni aún así se entiende bien lo que quiere decir. Pág. 134.- Todo sigue sin explicarse. Cuando debería aclarar algo de su evolución interior –no digamos ya de la de los otros-, la narradora dice simplemente (subrayo yo) que “ardía, lloraba y reía sin saber la razón”. Id.- Tampoco el dotado da mayores explicaciones de lo que piensa o siente: “¿Y si Marcos vuelve? -No va a volver... -¿Cómo lo sabes? -Lo sé”. Id.- Y, de pronto, [a mediodía] “volvimos a estar los tres juntos en la misma cama, fumando, y bebiendo, y riéndonos como al principio”. Id.- “...estuvo haciéndose el digno...”. Si así cuenta una novelista que domina el arte de contar (Yvancos dixit), ¿cómo lo hará la vecina del tercero? Pág. 135.- Cuando ya se está acabando esta tercera parte titulada “El amor, dice que “la vida volvía a ser buena, volvía a ser fácil, una cama grande, un balcón soleado, el olor del aguarrás y de tres cuerpos sudorosos, el humo del hachís, el ruido de los besos, de la risa”. (La mención del aguarrás constituye la única “alusión” a la pintura en toda la tercera parte). Id.- Más explicaciones que nada explican. Reparte los enamoramientos entre los tres... Por las buenas. Porque el lector no “ve” nada. Dice que ocurren caídas desde “la cuerda floja donde ensayábamos piruetas”, pero no cual es la causa, o son las causas. Pág. 136.- “La Navidad fue espantosa (recuérdese que el verano fue “espantoso”, ¡cuánta penuria expresiva!), pero luego resulta que no. Porque Jaime se va (aunque llama todos los días, por temor a “que Marco quisiera sacar ventaja de su ausencia”, como cualquier provinciano celoso), pero ella no lo pasa mal con el que se queda. Aunque, en un primer momento, “su polla le amenazó con ponerse tonta (¡Sublime!), deseaba tanto follarla a solas, “que controló el motín de su polla con una autoridad inédita” (¡!), comportándose “como un amante ejemplar”. Léase lo que sigue. Se sitúa, no ya por debajo de esa “mínima calidad” en la que, dice Almudena Grandes, según El Cultural del 23 de octubre de 2003, no alcanza la


novela española actual (incluida la suya, supongo), y de la dignidad, sino hasta por debajo, como ha escrito Miguel Baquero (La situación actual de la novela española – encuesta-, La Fiera Literaria, nº 151, abril de 2004, por debajo “del nivel de cordura y raciocinio que se le supone a una persona adulta”. Pág. 138.- “...terminaría atando cabos”. Cada dos frases, una sacada del congelador. Id.- Dice que “Marcos estaba cambiando”, pero el lector no lo “ve” decir o hacer algo que demuestre que así sea. Como mucho, la siguiente vaciedad: “Marcos volvió a pintar y ya no paró”. Y es que “ha encontrado un filón de puta madre”. Pág. 139.- Léase. Porque, entre otros tópicos vanos, el otro se pica “y empieza a vaciarse sobre el lienzo”. Pág. 140 y ss.- La pobreza de recursos expresivos –“dibujante extraordinario”, “algo único”, “como si estuviera a punto de volverse loco”, “llegaba a chillar”, “es la hostia”, “lo sabes, hijo de puta”- conduce a la autora, tras varias páginas, a no decir nada de lo que intenta: la genialidad de Marco y su gran amor por él y por el otro. Nada. Pág. 141.- Ella ya sabe –y decirlo constituye una estafa al lector, novelísticamente hablando- que la vida de Jaime será una tortura, “arrastrándose detrás de Marco”. Id.- Patética la tópica resolución, explicada en términos gacetilleros: “A finales de junio, Marcos expuso [...] en una galería pequeña, pero prestigiosa”. Págs. 141-142.- Otro tópico: “...aquello era más de lo que cualquiera d nosotros se había atrevido a soñar”. Después de la inauguración, Marcos no vuelve a casa. Pág. 142.- “Jaime y yo dormimos juntos, abrazados, agotados, después de follar como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente”. Día siguiente en que Marcos, como el ángel de la resurrección, aparece sentado al borde de la cama y dice que tiene una oferta que hacerles. Suspense. Cuarta parte: La muerte En el decálogo del novelista, figura, entre otros, este mandamiento: no pronunciar el nombre de los grandes temas –muerte, amor, arte, literatura…- en vano. Almudena Grandes lo ha hecho y por eso su nombre quedará excluido para siempre de la historia. Cada vez que se presente o la presenten como escritora, cometerá – cometerán- un pecado tan grave para la cultura, como lo es el bíblico contra el espíritu. Pero sigamos con el análisis de Castillos de cartón, aunque ya es imposible que dé más de sí, es decir, de no. Pág. 146.- “…no sería lógico, ni razonable, ni decoroso, que saliera de casa antes de las nueve”. Sin duda esto pretende ser un detalle de ingenio. Yo no lo capto. Id.- Y la primera frase convencional de esta parte: “sabía que iba a venirme abajo”. Id.- [Jaime me dibujaba desnuda] “con esa perfección pasmosa de sus dedos de labrador”. “Pasmosa” resulta aliterario en el contexto. Por lo demás, estoy segura de que se quiere referir a la perfección del dibujo, pero resulta que a las que llama perfectas es a las manos. Págs. 146-147.- Más ingenio: “los suicidas se matan, pero nunca mueren del todo. Sobreviven en la conciencia de quienes les sobreviven.” Aparte la tan horrenda como innecesaria repetición, la vaciedad de la afirmación, pretendidamente profunda.


Les pasa exactamente igual que a los que mueren en accidente de tráfico, de un infarto, por causa de un resbalón o de paperas. Pág. 148.- ¿Otra gracia? “Una solemne epidemia de coronas infestando el ataúd?”. Dos vocablos –epidemia e infestando- pésimamente empleados. Pág.- Hace la etopeya de un personaje femenino a base “piernas largas”, “ojos claros”, “muy guapa”, “un cuerpo estupendo”….”una mujer espectacular”. A saber quién es guapa y espectacular para Almudena. Pág. 149.- El encuentro de la narradora con la exmujer del finado, búsquelo quien esté interesado por este tipo de encuentros. Aunque si merece una mención por mi parte la noticia de algo bastante inverosímil y muy tonto: La espectacular reconoce a la idolatrada Jose porque “le vi dibujarte de memoria un montón de veces”. Pág. 150.- La alusión, con tinte dramático, de ella a “los años que habían pasado desde que los perdí” no se sostiene sobre ningún antecedente lo suficientemente sólido –pues el triángulo pretende ser el eje del relato- cuyo conocimiento la novelista haya suministrado al lector. Id.- Y entonces aparece una señora “a quien estaba segura de haber visto en alguna parte, aunque no fuera capaz de identificarla en aquel momento”. ¡Qué fallo, Almudena! ¡Si es la Ministra de Cultura! Hasta detalles así resulta cómicos, dado el carácter doméstico del mundo en que se mueven las Almudenas, las Rosas, los Antonios, Javieres, Nevenkos, Marujas, etc. No serio tomarse a esta gente en serio, señores críticos… Pág. 153.- “Yo no había despegado los labios todavía”. De andar por la cocina, sí. Págs. 153-154.- “Vete a la mierda, Marcos –Jaime tenía los ojos muy abiertos y las voz helada”. De novela de quiosco. Desde luego, a Grandes se le advierten lecturas – si algunas- poco exquisitas. Pág. 154.- “Hemos terminado la carrera…”. Al lector, esto le pilla de sorpresa. Y es que la autora no ha sabido hacer sentir el transcurrir del tiempo, porque tampoco ha sabido emplear adecuadamente ni las alusiones ni las elusiones. Pág. 155.- La forma en que pretende empezar a dibujar el camino del Marcos hacia el éxito evidencia una falta total de información. Pág. 156.- Por enésima vez recurre a frases como “es algo difícil de explicar” cuando no sabe hacerlo. Y a continuación una versión, madrileña y de los ochenta, del mito de la caverna. Pág. 157.- La autora lo quiere presentar como una tragedia en la vida del no sabemos si todavía empalmado, pero le sale algo soberanamente ridículo. El tediun vital descrito con palabras de oficinista no muy espabilada hablando por el móvil con una amiga: “a mí me da todo mucha pereza”. ¡Señores críticos, a ver esas orejas! Id.- Sigue plañidero: “Despertarme por la mañana, levantarme de la cama, vestirme, desayunar, todo eso me cansa mucho […] yo no tengo ganas de nada”. Simplismo y pobreza aparte, van ciento cincuenta y siete páginas y el lector no se ha apercibido de nada de eso. Y como resulta que sólo cuando ha vivido a tres bandas con ellos ha podido sacudirse un poco el hastío, pues les propone un permanente menage á trois. Con explicaciones in crescendo: “Yo no tengo ganas de nada, o mejor dicho, no las tenía hasta que os conocí”…[…] Dice que le costaba mucho todo, que no tenía ganas de reír los chistes, pero que lo hacía para parecer normal…” Igual que tú al principio, Jose, cuando chillabas aunque no te corrieras”. Sólo Maruja Torres puede aspirar a ser tan zafia como Almudena Grandes.


Pág.158.- “Lo de mi impotencia era sólo un detalle […], esa sensación de que todo me veía demasiado grande”. A la autora sí que le viene demasiado grande hacer literatura. Y no se aprecia en un detalle solo, sino en cientos de ellos. Léase esta página y las siguientes. El menos exigente comprobará que no son para ponerlas como ejemplo en un taller de Literatura. Pág. 159.- “Parecía agotado, enfermo de cansancio, hablaba muy despacio, vaciándose en cada palabra…” Pág. 160.- “…no era culpa de nadie. Era demasiado amor, y ya no sabíamos qué hacer con él, excepto apurar aquel veneno hasta los posos…” Arbitrario y caprichoso como todo. Y un tanto ridícula tanta solemnidad en medio de tanta frivolidad. Id.- “…el único futuro deseable, que era también el único futuro imposible”. ¿Por qué? Nunca explica nada. Pág. 161.- “Era demasiado amor, demasiado grande, y complicado, y confuso, y arriesgado, y fecundo, y doloroso”. Porque ella lo dice ¿no? El lector no ha visto -no se lo han hecho ver- que fuera un amor “así”. Id.- “…y me partió el corazón”. ¿Cómo no? Id.- “su voz era tan afilada…”, “silencioso desprecio…”, “había apretado sus labios…”. Todo al nivel del felpudo. Pág. 162.- “Seguramente me vendré abajo…”, “Puedo llegar a ser un pintor importante. Es difícil de explicar…” . Para la autora, por lo que va viendo, imposible. Pág. 163- “Ibas muy bien, pero te paraste…”, etc., etc. El nivel es, ya, el del sótano. Id.- “Cuando todo se derrumba…”. El drama que intenta pregonar en estas páginas, sin conseguirlo, es totalmente incongruente con lo que ha venido medio contando hasta ahora.


CORAZON TAN BLANCO Premio de la Crítica 1993 Todos los grandes escritores manejan un cierto número de constantes, sean estilísticas, sean temáticas o de contenido. Javier Marías no podía ser menos. Entre sus temas recurrentes se encuentra el que aparece al principio de su novela Corazón tan blanco, Premio de la Crítica de 1993: su preocupación por la procedencia de las pistolas con que se autoultiman sus personajes suicidas. En El hombre sentimental, dejaba perfectamente sentado que Manur utilizaba, para el luctuoso lance, "una pistola de su propiedad". Aquí, "una de las niñas, cuando ya no era niña" -podía haber escrito "una adolescente" y ahorrarse ocho palabrasutiliza la pistola "de su propio padre". ¿Se imagina el lector lo distinto que hubiese sido todo, a partir de ese punto, si en vez de pegarse el tiro con la pistola de su propio padre se lo pega con la del padre de una amiga?

CORAZON TAN BLANCO Premio de la Crítica 1993 Todos los grandes escritores manejan un cierto número de constantes, sean estilísticas, sean temáticas o de contenido. Javier Marías no podía ser menos. Entre sus temas recurrentes se encuentra el que aparece al principio de su novela Corazón tan blanco, Premio de la Crítica de 1993: su preocupación por la procedencia de las pistolas con que se autoultiman sus personajes suicidas. En El hombre sentimental, dejaba perfectamente sentado que Manur utilizaba, para el luctuoso lance, "una pistola de su propiedad". Aquí, "una de las niñas, cuando ya no era niña" -podía haber escrito "una adolescente" y ahorrarse ocho palabrasutiliza la pistola "de su propio padre". ¿Se imagina el lector lo distinto que hubiese sido todo, a partir de ese punto, si en vez de pegarse el tiro con la pistola de su propio padre se lo pega con la del padre de una amiga?

CORAZON TAN BLANCO Premio de la Crítica 1993 Todos los grandes escritores manejan un cierto número de constantes, sean estilísticas, sean temáticas o de contenido. Javier Marías no podía ser menos. Entre sus temas recurrentes se encuentra el que aparece al principio de su novela Corazón tan blanco, Premio de la Crítica de 1993: su preocupación por la procedencia de las pistolas con que se autoultiman sus personajes suicidas. En El hombre sentimental, dejaba perfectamente sentado que Manur utilizaba, para el luctuoso lance, "una pistola de su propiedad". Aquí, "una de las niñas, cuando ya no era niña" -podía haber escrito "una adolescente" y ahorrarse ocho palabrasutiliza la pistola "de su propio padre". ¿Se imagina el lector lo distinto que hubiese sido todo,


a partir de ese punto, si en vez de pegarse el tiro con la pistola de su propio padre se lo pega con la del padre de una amiga? Uno, después de haber fácilmente destrozado tres novelas de Marías anteriores a 1990 -Travesía del horizonte, Todas las almas y El hombre sentimental-, tenía la esperanza de encontrar, en sus producciones recientes, más corrección en su prosa y menos chorrez en la expresión de un pensamiento que en las otras le había parecido débil. Máxime, cuando, por la contracubierta, se entera de que, sobre Corazón tan blanco, se habían hecho los siguientes juicios: "La obra de un supremo estilista" (The Times), "Una de esas escasas obras que harán época" (Le Monde), "Una grandiosa novela" (Frankfurter Allgemeine Zeitung). No dispongo de ninguna muestra procedente de la prensa española, pero seguro estoy de que todas serían tan orgasmiásticas como las del resto de la Unión Europea, pues, reunidos los más importantes críticos patrios en solemne asamblea, otorgaron a esta obra su Premio anual. ¡Marías supremo estilista! Luego de haber leído tres novelas suyas y algunos artículos, semejante elogio se me antojaba imposible en la pluma de un terrestre articulado. Atónito, me preguntaba: ¿habrá logrado el parlamento de Estrasburgo, en su versión mediática y editorial, la cuadratura del círculo? Seguro que ni el celebrado escritor ni sus concelebrantes me creerán si digo que, tras rezar una salve y entonar un motete -precisamente aquel que dice "venid y vamos todos / con flores a Marías"- me subí a una silla y grité: "¡Ojalá, San Simón Ante Portam Latinam, ojalá!" El arranque del libro, ya se ha visto, no es muy esperanzador. Mas sigamos la lectura, comentándola según el método de la crítica filosofal. Pág. 12.- "...le hizo pensar [...] sin pensarlo." En esta página, ya empieza el supremo estilista a espurrear los signos de puntuación desde una ventana, con la mala suerte de que casi ninguno cae en su sitio. En la misma y la siguiente (la 13), se aprecia con claridad -¿cómo no lo aprecian los profesionales de la crítica? ¿O es que cobran por hacer la vista gorda?- el enorme trabajo que le cuesta a Marías decir las cosas con fluidez, lo que casi nunca logra; no digamos ya con garbo, sin anacolutos, sin repeticiones, sin torpezas expresivas que llevan al lector cuando, por ejemplo, habla de una toalla -"su propia toalla"- a no saber si ésta es de la niña viva o de la niña no tan niña muerta. Pág. 13.- "Su hijo, el hermano..." Parece una broma. Cuando ya llevo leidas tres páginas, anoto: Siempre los términos más pobres, las expresiones más vulgares, para todo cuanto quiere nombrar, describir o relatar. Como, en la primera página del libro, se encuentra con un suicidio, cuaquier lector llegaría a pensar que de tal suceso derivaría un clima tenso, el relato de algo que despertase su interés... Pues no. El insigne escritor véterocontinental se pone a hablar de toallas, grifos (precisa que se refiere principalmente al del agua fría), faldones de chaquetas, reglas sociales, etc. A continuación (pag. 14), y por una de esas caidas ochotorenas que se gasta, pone a silbar a todos los chicos del mundo. Pág. 14.- Entre paréntesis innecesarios: "(era de la misma edad que aquel hijo menor)" ¡Qué falta de recursos expresivos, Dios santo! Por otra parte, ¿qué tiene que ver la edad con lo que dice el texto en el que el rebeco paréntesis se incluye? Id.- Enigma apasionante, digno de "una grandiosa novela": en tan trágicas circunstancias, ¿quién le va a dar instrucciones al chico de la tienda? ¿La doncella? ¿La cocinera, que es, en expresión mariasna, "miembro adherido de la familia"? Quizá la última, por lo dicho, tenga más derecho a hacerlo. Aparte de que la otra, que posee "su propio y simultáneo estrépito", es tan bruta que, al soltar una fuente vacía sobre el mármol, hace más ruido que la pistola del propio padre de la niña no tan niña al dispararse.


Págs. 14-15.- Las especulaciones de esta brutísima mujer sobre lo que ha podido ocurrir con las viandas son para meditallas y anotallas en el haber del gran novelista que comentamos. Pág.15.- "...el murmullo del grupo agrupado en la puerta del cuarto de baño..." ¡Muy bien, Marías! ¡Los grupos, que se agrupen! Id.- "... las manos a la espalda y la espalda contra el aparador..." ¡Manos sutiles serían! Id.- Como se ha casado hace poco con su hermana, para Marías es "el reciente cuñado". Y, a todo esto, página y media de un capítulo de cinco, sobre las vicisitudes de la doncella y una tarta. Y menos mal que la doncella, algunas veces, anda lista y, cuando tiene que ir a abrir la puerta, no toma un pasillo equivocado, sino que tira "hacia la derecha, como era su obligación". Id.- Entran dos, el hijo mayor de su propio padre y el reciente cuñado. La doncella percibe un fuerte olor a agua de colonia y deduce avispadamente que ha de proceder de uno o bien del otro. Pero aún no ha resuelto el intrincado problema olfativo, cuando se plantea el no menos arduo de si han llegado juntos porque se han encontrado en la calle, o bien porque han coincidido en el portal o bien porque etc., etc. Lo malo es (Marías es un maestro de la intriga y el suspense) que "sin duda venían a tomar café pero nadie había hecho aún café". Ante lo cual, la doncella -que, presumimos, va a ser la heroina de la novela, pues se muestra omnipresente en el primer capítulo- "casi rió por contagio". ¿Contagio de quién, Marias? ¡Si allí están todos más serios que un senador a la hora de la siesta! Pág. 16.- La observadora doncella ve cómo los recién llegados "se apresuran por el pasillo hacia el cuarto de baño de la multitud". El cuarto de baño de la multitud... ¿Qué es esto? ¿Qué cuarto de baño puede ser denominado así? ¿El de una plaza de toros? ¿El de un estadio? ¿A qué llamas "el cuarto de baño de la multitud", Marías? Id.- La doncella los sigue, "apretando el paso por asimilación". Ah, Marías, Marías, ¿cómo se aprieta el paso por asimilación? Como tantas veces, se adivina lo que quisiste decir y no dijiste, oh pecador, oh criminal de lesa literatura, de lesas ideas claras... Id.- La doncella -importantísimo personaje, como seguimos viendo- nota, "aún más fuerte, el olor a colonia buena de uno de los caballeros o de los dos, como si se hubiese derramado un frasco o lo hubiese acentuado un repentino sudor". ¿A quién sustituye lo, Marías? Tú creías y querías que a olor, pero, según tu redacción de supremo estilista, más bien parece que sustituye a frasco. Id.- Sin duda alguna, a las pocas líneas de que una niña no tan niña se suicide, lo que más le interesa saber al lector -y por eso Marías lo resalta- es si el chico de la tienda se ha llevado o no los cascos de botellas vacíos. Id.- El grupo de inteligentes personajes de esta novela llamada a hacer época, debidamente agrupado a la puerta del cuarto de baño de la multitud, coincide en afirmar -no sin que antes la doncella haya resuelto sus terribles dudas sobre si hacer caso o llamarle o reñir al chico de la tienda- que el "reciente viudo", conocido también como el "reciente cuñado" y futuro padre de Marías, Ranz de apellido, "había tenido muy mala suerte", pues no es la primera vez que enviuda, aunque sí la primera que lo hace mediante la pistola de su (suponemos que reciente) suegro. Comienza el capítulo segundo. "Eso [el suicidio y las demás peripecias -incluidas las andanzas del chico de la tiendade que ha hablado en el capítulo anterior] fue hace mucho tiempo, cuando yo aún no había nacido ni tenía la menor posibilidad de nacer..." ¿Cómo es eso? Alguna posibilidad tendrías cuando, finalmente, naciste, para dicha y fortuna de García Posada, García Montero, García Martín, Rafael Conte, Santos Sanz Villanueva, Darío Villanueva, Trapiello, Guelbenzu,


Savater, Rosa Mora, Maruja Torres, Almudeana Grandes, Muñoz Molina, Suñén y tantos/tas otros/tras. El primer párrafo del capítulo segundo, en el que Marías informa a sus lectores de que ha sabido "de quien debió ser mi tia Teresa y a la vez no podría haberlo sido nunca y fue sólo Teresa Aguilera" (excelente muestra del estilo mariasno;)... Ha sabido de la que pudo haber sido y no fue "a través de personas más distantes o accidentales"(¿-?) Esto y lo que sigue constituye tal gazpacho agareno, que renuncio a comentar la enorme cantidad de silogismos sofísticos que contiene. Leánlo con detenimiento los apologetas de Marías y comprueben hasta qué punto se engañaron al declarar genio a esta batidora de la lengua que es Marías. Mediten también los acusados sobre el contenido del paréntesis de las líneas primera y segunda de la siguiente página (la 18). Pág. 18.- Marías, como si ya fuera académico, decreta que el verbo contraer está en desuso. Será por eso por lo que lo emplea una docena de veces antes de concluir este breve capítulo. Id.- "Quizá porque fue un matrimonio tardío, mi edad era de treinta y cuatro años cuando lo contraje". ¡Muy bien, Marías! Porque, si no hubiese sido tardío, habrías tenido menos años, los de un niño no tan niño, por ejemplo. Aunque ¿no será que se puede llamar tardío a tu matrimonio precisamente porque lo contrajiste ya talludete? Ya que, si te hubieses casado adolescente... ¡¡Basta!! ¡Que sigan don Rafael Conte, don Miguel García Posada, don Fernando Savater y los demás que sostienen tu silla gestatoria! Id.- "...un matrimonio (en singular)[...], pese a lo frágiles que resultan en nuestro tiempo..." La segunda mitad de la página 18 y la totalidad de la 19 son productos de una mente confusa y deshuesada, nutrida de verecunda ética opusdeística. Se hace difícil, enormemente difícil, pensar que estos párrafos pertenecen a una grandiosa novela, obra de un supremo estilista y llamada a hacer época. Yo sólo advierto una balbuciente y ridícula manera de pensar y una expresión jeringatoria. Renuncio a comentar detalladamente semejante esbozo de prontuario para uso de parejas recién braguetadas. Que lo justifique García Posada, el corifeo, y los demás del coro que le acompaña con mansedumbre. Si es verdad que fue un crítico alemán, y no un publicitario español, quien calificó esta novela de grandiosa, me pregunto qué adjetivo emplearía para referirse a El juego de los abalorios, de Hesse. Id.- "...sensación perniciosa y errónea..." Id.- "...es la causa de que tantos matrimonios prometedores fracasen nada más empezar a existir como tales". Como tales matrimonios ¿no? Pues ¿como qué va a ser, Marías? ¡Qué querencia por el lenguaje funcionarial! Pág. 19.- "Refranes negativistas". Id.- "Ese cambio de estado, como la enfermedad, es incalculable". Del contexto se deduce que quería decir imprevisible. Id.- Habla, entre un rosario de "yoes", de dejar a Luisa en su portal "con el coche o en un taxi". Hasta en estas menudencias logra Marías evacualla fuera. ¿Es que los taxis no son coches? Si, en vez de el, hubieses puesto mi o su, yo no estaría ahora tirándote de tu suprema oreja. Pág. 20.- Nuevo gazpacho campurriano, ahora con aderezo de presentes y futuros. ¡Las de gachupinadas bienpensantes que es capaz de parir un solo tío sobre las cuitas marcianas de unos recién casados! Id.- "Ya en el viaje de bodas era como si se hubiera perdido (¿perdido qué, Marías? ¡Te refieres a algo que no has dicho!) y no hubiera futuro abstracto, que es el que importa [coma] porque el presente no puede teñirlo ni asimilarlo".


¿Debo pensar que los críticos de The Times, Le Monde y Frankfurter Allgemeine Zeitung lograron sobreponerse a estas meditaciones dignas de El Adalid Seráfico y continuar la lectura? ¿O son las parcialmente reproducidas en la contracubierta críticas pagadas? ¿O han sido extraidas de contextos irónicos? ¡Temible Marías! ¡Lo que disfrutarás cuando tus botafumeiros españoles digan que tu pensamiento sobre el matrimonio es deletéreo, revolucionario, jacobino y mediterráneo! Siendo así que la realidad es que cuanto dices es digno de un sereno en noche de asueto, sino que al sereno se le entendería mejor. Id.- "...en realidad, al contraerse, los dos contrayentes..." De modo que casarse es sinónimo de contraerse, ¿no, Marías? ¿O, al afirmar que se contrajeron, quieres decir que encogieron? Id.- "...del que cada uno se enamoró o quizá vio las ventajas..." Id.- Afirma Marías, y sus botafumeiros se lo creen, que, cuando dos se casan, desaparecen sus respectivas casas. Quien lea la mitad inferior de la página 20 y las tres primeras líneas de la 21 y no sentencie que son obra de un indigente mental decapitado, es que él también merece subir los trece escalones del cadalso. Todos cuantos comentarios hace Marías sobre el matrimonio son dignos de un célibe tan virgen como poco observador. Pág. 21.- Durante el viaje de bodas, en La Habana, mientras dan un paseo, a Marías se le pone enferma "la mujer recién contraida" (sic varias veces). Desde el balcón de la habitación del hotel, en cuya cama la reciente esposa y también reciente enferma yace, ve Marías, en una esquina, a una mulata que parece estar aguardando a alguien. Según él, está aguardando "a una cita" (porque Marías llama cita, no al encuentro previsto y señalado, sino a las personas citadas (ver págs. 30 y 31). Marías observa a la mujer a lo largo de doce páginas, las suficientes como para haber compuesto un buen trozo de literatura con el relato de lo observado.. No lo logra, aunque lo intenta, por la cantidad de solecismos que pule y esmerila. Las palabras, las oraciones, se revuelven contra él y, por muchos esfuerzos que hace, no logra domeñallas. Id.- "Los presentimientos [...] iban adquiriendo diferentes formas, y una de ellas fue esta (sic) (la menos muda, o no fue tácita)..." Quien entienda lo que va entre paréntesis, que me escriba, por favor. Pág. 23.- "Cayó la noche, sin casi aviso..." Lo mismo que confunde la cita con los citados, aquí parece confundir la noche con el sereno. Id.- "El sonido dormido de aquel con quien duerme". Id.- "Alguno le dijo algo" Y es una pena que nuestro hombre en La Habana, por la cantidad de atentados que comete contra la gramática y por su falta de dotes de observación y de sentido del humor, no logre componer un buen trozo de literatura, porque la mulata tenía todas las características necesarias para hacerlo interesante; tiene "treinta años de lejos" (22); portaba "un bolso conspícuo" (23); una "braga insumisa" (id), según debió de adivinar Marías, pues llevaba faldas; hace "gestos con el brazo" (24); tiene "labios adivinados" (id); usa tacones que le son "desacostumbrados" (id); sus andares son "desazonados", lo que tal vez ocasiona que avance con "paso trastabillado" (id) y que "el garbo se le sustraiga a veces" (id); tiene una "voz vibrante, impostada y desagradable" (25) y, al contrario que Marías, que no los usa, "abusa de los pronombres" (id); "aletas de la nariz vehementes" (26) y "cara de velocidad" (id); pero, sobre todo (22), "no se arrimaba a la pared, como suelen hacer los que aguardan para no entorpecer a los que no aguardan y pasan". Esa mujer de tan raros hábitos como extrañas cualidades e indumentaria confunde al asomado Marías con el hombre que la ha plantado, algo de lo que se entera el lector porque el


propio Marías lo adivina desde el otro lado de la plaza y se lo cuenta. Podría haber buscado otro recurso, digo yo, porque así resulta inverosímil. (Una de las características más notables de Marías es ésa: su falta de recursos expresivos para decir, sin retorcimientos netanyajos, aquello de lo que quiere enterar a sus lectores. Pág. 25.- "...frases acompañadas del gesto inicial del brazo [...], el gesto del asimiento". Pág. 26.- "Color no muy distinto del de Luisa en la cama". Debemos pensar, pues, que, levantada, madame Marías tendría otro color. Id.- Por el contexto, se ve que quiso decir "para que me viera sin dificultad", pero dice "para que me viera sin vacilaciones". Pág. 27.- Marías se encuentra, ya lo dijimos, "en un viaje de bodas con mi mujer tan reciente". Id.- "...el enfermo que despierta asustado y sin haber recibido previo aviso del despertar en el sueño". Pág. 28.- "Me sentí culpable hacia ella" (varias veces). Id.- "...la tira del talón que sobresalía bajo aquella tira. Pág. 29.- Nueva extraña cualidad de la mulata: posee una mano que se puede decepcionar y avergonzar. Pág. 30.- "...su cita corría aún el riesgo de no tener lugar". Lo que corría el riesgo de no tener lugar es el encuentro, Marías. Lo que es citarse, ya se había citado. Pág. 31.- Del vecino de cuarto de Marías y de su esposa recién contraida, que es el verdadero "cita", sólo es visible un peludo brazo. Marías, en cambio, sí lo es, pues "su figura" está "asomada y acodada sobre la barandilla inmóvil". Pero Marías, ¿tú has visto alguna vez una barandilla mueble o semoviente? ¿O es que el inmóvil eras tú y de nuevo has errado en la construcción de la frase? Id.- "...la reacción que me había dedicado a mí". Id.- "Al verlo a él ya con certeza". ¡No, no, no, Marías, por Dios. "Verlo con claridad" o "reconocerlo con certeza", creo yo, que no soy el mejor novelista del siglo XX. Id.- Y todavía más cualidades de la mujer con cara de velocidad: "dedos raudos" y la capacidad de reconciliarse con el mundo entero, mientras da unos cuantos pasos. El capítulo segundo concluye con Marías acercándose al lecho de su esposa recién contraida, reciente enferma, "solícito pero con retraso". Sin darse cuenta, como tantas veces, de que frases así, dignas de un revisor pedante, resultan grandemente chuscamaras. Y refiriéndose a ese retraso, con expresión igualmente chuscamara y consonante retumbón -"lo lamenté de veras, no porque tuviera..."-, comienza el capítulo tercero el estilista supremo. Se trata, en su jerga, de un "marital retraso". Pág. 33.- [Luisa] "cuanto más corpórea y contínua, más relegada y remota." Id.- "contemplación lacónica" de la mulata. Id.- "Con la luz Luisa se despejó un poco y quiso beber, y al beber un poco se sintió mejor, y al sentirse un poco mejor estuvo dispuesta a hablar un poco, etc. Tantos pocos hacen un mucho, que proporciona a la señora de Marías el don de la clarividencia, y "se hace a la idea de que ya es de noche y de que, lo quisiera o no, el día ya había terminado". ¡Dios infinito! ¿Cómo se puede utilizar el estilo supremo para espectorar tal cúmulo de memeces? Pág. 34.- "...a la mañana siguiente [...], su cuerpo volvería a ser corpóreo." Id.- "tuve la sensación de no hacerlo al hacerlo". Marías, no es que sea un mal escritor, es que está incapacitado para expresarse con normalidad. Una extraña dislexia se lo impide. Y no lo digo por los numerosos errores de bulto que voy señalando y he señalado en otras novelas suyas. Cualquier página de cualquiera de sus libros sirve de muestra y de prueba. Pienso, por eso, que verdaderamente merece el


consuelo de un premio de la crítica. Al fin y al cabo, ejercer la caridad cristiana es el primer deber de los críticos de un país ibéricotomista como el nuestro. Id.- "arrugas venidas del futuro". Id.- "con nadie, con una mujer". ¡Machista! Pág.- 35.- [Llegan] "los tacones hasta la puerta". (Sin duda, ellos solitos, conducidos por control remoto). Id.- El narrador, tan cotilla como todos los personajes mariasnos, se pone nervioso porque no puede oir lo que hablan en la habitación de al lado. Tal vez por eso, dice perogrulladas tan mantecosas como ésta: "lo que no oyera ahora, ya no lo iba a oir". O esta otra, aún más rellenita: "El día que no estuvimos juntos ya no habremos estado juntos". Consuela pensar que los lectores futuros de esta novela llamada a hacer época se beneficiarán de tanta sabiduría, sabiduría que se explaya, en la siguiente página y media, con unas nebulosas y anacolutadas consideraciones sobre la duración, que hubiesen puesto en coma al pobre Bergson. Pág. 36.- "Por la misma constancia y registro y archivo de que ocurrió". Pág. 37.- "Nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede". Pág. 38.- "llorar a escondidas y amortiguadamente sobre la tapa del retrete". Es de suponer que era el trasero de la mulata el que estaría sobre la dicha tapa, mientras ella lloraba. Según escribe Marías, parece que son las lágrimas las que van a caer sobre la madera o el plástico rosquiforme. Id.- Marías no quiere perderse ni una palabra; pero, para espiar cómodamente y con garantías, necesita -son sus palabras- que Luisa deje de ser corpórea y contínua, se relegue y se haga remota. Pág.- 39.- La falta de una coma hace pensar, en un primer momento, que Marías califica de irresponsable un estado de ánimo, cuando, en realidad, el irresponsable es... ¿Quién? Nadie. Porque lo que quería escribir era "involuntariamente" o "sin darse cuenta". La frase sería: "...puedo desconectar [...] involuntariamente o bien mediante un gran esfuerzo..." Id.- Las lenguas que le son extrañas, para Marías "no son deducibles" (quería decir inteligibles). Id.- Cuando no entiende la lengua de sus espiados, dice Marías: "me siento tranquilo y desentendido y descanso". ¿Qué será sentirse descanso? Ah, Marías, Marías. Una coma detrás de "desentendido" nos hubiera ahorrado a tus leales muchos sufrimientos. Id.- A su manía de ir traduciendo simultáneamente lo que oye a través de las paredes lo llama Marías "una costumbre" (¡muy bien!), pero también "un sucedáneo". Y, a todo esto, se me estaba olvidando decir que es totalmente inverosímil que Marías se entere de la historia de la mulata y el velludo a través de la pared. A través de una pared, como mucho, se oyen murmullos y ruidos -excepcionalmente, una palabra-, no largos parlamentos como los que él, a su modo, transcribe. Pág. 40.- La digresión sobre el trabajo de los traductores e intérpretes dura ya casi dos páginas. No tiene gracia, no tiene interés, no está bien escrita, no tiene nada que ver con la novela... ¿Para qué entonces, Marías? Por fin la deja, pero reemprende otra, antes abandonada, sobre las condiciones precisas para escuchar bien. Digresión salpicada de sabias obervaciones como ésta: "Nada impide oir tanto ("tanto oir", era lo correcto, así como poner coma a continuación) como estar oyendo a la vez dos cosas, dos voces", que tiene brillante continuación en estotra: "Nada impide tanto entender como la simultaneidad de dos o más personas que hablan sin guardar su turno", según la cual las simultáneas son las personas, no sus conversaciones. Estoy terminando la página 40, que concluye con "una exasperación consuetudinaria". Cierro los ojos, suspiro y pienso en un jurado formado por críticos de corazón tan blanco


como sus mentes: vuelvo a suspirar y me pregunto si las vicisitudes de un cotilla, deslabazadamente contadas, fue lo que empezó a interesar al mamón que dijo que esta novela iba a hacer época. Pág. 41.- Las frases de la espiada y las primeras que pronuncia el espiado "formaron un grupo". ¡Cuánta torpeza, coño! ¡Cuánta pobreza! ¡Cuánta mentira, cuánto fraude, cuánta mierda, señores editores, señores críticos, señores escritores, señores periodistas! Marías, al fin y al cabo, en todo esto, es un muñeco. Si algo se le puede reprochar es solamente que se haya autoinflado. Id.- "...la petición de Miriam, que quizá no era consuetudinaria..." Consuetudinariamente o no, la mulata le pide a su "cita", no sabemos si mulato, que mate a su mujer, que lleva un año muriéndose y sin terminar de hacerlo. El "cita" se niega. ¡Si puede morirse en cualquier momento! "¿No te das cuenta que ese teléfono puede sonar ahora mismo para dar la noticia?" Un avance del telediario, supongo. Absolutamente inverosímil, repito. Si todos los espiados son tan inteligibles a través de los muros como esta pareja, la profesión de espía no se contaría, como se cuenta, entre las trabajosas y arreboladas. Id.- "Su voz [...] era aguda, casi un poco chillona dentro de los susurros". Pág. 43.- La mulata anda por la habitación y Marías, racista él, se asombra de no oir "golpes de cascos". El espía piensa que tal vez la pareja de la habitación contigua había "interrumpido o dejado a medias" (que es lo mismo), sus efusiones carnales, "para hablar con la exasperación que les era propia y consuetudinaria". No es incorrecto; es, simplemente, chorra. Id.- "...si ya les ha alcanzado el momento de no poder pasarse sin ti y sin mi o sin el uno el otro". No se crea que porque se vaya en busca del contexto se va a entender el acertijo. Tras unos momentos de silencio, se reanuda la conversación fácilmente espiable, simplona, reiterativa, antofagasta, increible... Id.- El experimentado Marías nos hace saber que "nadie se queda desnudo en medio de una habitación más que unos segundos, o si va de camino a otro sitio y se para, al cuarto de baño o a una nevera". (Sic). Pág. 44.- Aquí, un ejemplo de lo que puede oir un buen espía, a través de la pared de una habitación de hotel. Habla el hombre, no tan consuetudinariamente como la mujer, pero bastante: "Yo soy tu esperanza, Miriam. Llevo siéndolo un año y nadie puede pasarse sin su esperanza. ¿Tú crees que vas a encontrar otra tan fácilmente? Desde luego no en la colonia, nadie se va a meter dentro de donde yo ya he estado". La mulata de los cascos, labios adivinados y cara de velocidad se cabrea ante tanta cursileria teologal y machista y le grita al del brazo velludo, aunque sin admiraciones, para que se sepa que el grito ha pasado por la factoría mariasna: "Eres un hijo de puta, Guillermo". "Quizá, comenta el premio de la crítica, acompañando su frase de algún gesto ignoto de su brazo expresivo". Id.- En la mitad inferior de esta página -como en tantas otras-, hay varias comas que debieran ser puntos. Y ya es triste que haya que decir esto de una novela premiada, como diría Max Estrella, por los cabrones de la crítica. Id.- "Debía pensar [...] lo que había pensado [...] lo mismo que yo pensaba". Pág. 45.- Otro consonante para embellecer la prosa de esta grandiosa novela: "...si la hubiera, pero estuviera..." Y no para en esto la prueba de la pasión de Marías por la música de las palabras. En siete líneas, desliza: hubiera, estuviera, ignorara, fuera, aguardara, deseara, rezara, anticipara, acelerara... Unas buenas gárgaras para aclarar las ideas a García Posada, presidente del jurado del premio de la crítica, y a Conte, Sanz Villanueva, Trapiello, Guelbenzu, Molina Foix, García Montero y demás participantes en la merienda de negros (black`s picnic).


Id.- "...no lo sabía por la imposibilidad de saber..." Pág. 46.- "sensación de inauguración". Es la que deben de sentir las paredes de las salas de exposiciones determinados días. Id.- Sentado a los pies de la cama, habla de "la distante luz de la mesilla de noche". ¡Menuda cama sería! Pág. 47.- "...se sentía amenazada por su alcanzamiento..." Pág. 48.- Marías arrumba el "pienso, luego existo" cartesiano y establece: "miraba, luego oia", que es más incongruente. Id.- Marías vuelve a instruirnos, como anteriormente, a la banderola: "cuando hay mutuo abuso los sexos son a veces lo único reconciliable". Pág. 49.- "Ahora era noche también horaria..." Id.- "La luna era pulposa y la misma". Sólo en un país ibéricotomista, donde la crítica influyente está en manos de los más ineptos y vendidos, puede tomarse en serio y ensalzar a alguien que escribe lo que subrayo en la siguiente frase: "Quizá desde lejos se puede desear y acelerar la muerte de quien nos es tan próximo, pensé acodado" ¡Pensó acodado! ¿Qué quiere decir eso? O, mejor, ¿por qué lo dice? Y, ya que lo dice, ¿por qué no aclara dónde se acoda? Sabemos que está sentado a los pies de la cama... ¿Hay algún crítico que se dé cuenta, como yo me doy, de que hay que escribir de manera absolutamente aliteraria, carecer por completo de sensibilidad estética, para escribir eso? Diez líneas después de haber ofendido la inteligencia de sus lectores co esta operación de contraestilonaje, Marías dice que se hallaba "acodado en el balcón abierto" (es de suponer que, más bien, en la barandilla). Id.- ¿Querrá decir lo que yo -y cualquiera en pleno uso de sus derechos civiles y militares- entiendo? Marías afirma que ni se altera ni se preocupa ni se sobresalta por causa de las caricias que, al otro lado del muro -él siempre llama muro a la pared-, le hace la mulata el hispano de peludo brazo, poquita voz y mala leche, que acaba de prometer, el muy canalla, que matará a su esposa. Pág. 50.- "...en aquella situación o historia..." Ya he hecho notar, a propósito de otra de sus vonelas, que Marías, omnipresente en todos sus relatos -como está prohibido en la buena novela del siglo XX-, lo que no sabe lo supone y, una vez supuesto, lo trata como realidad literaria establecida. En ésta, lo hace contínuamente. Además de un pésimo escritor, es un pésimo narrador, y llamarle supremo estilista es como llamarle Himalaya a un montón de tierra en la puerta de una tintorería. Id.- "...había pasado más tiempo del que yo pensaba, pensé..." Id.- "reconciliación sexual". Marías no acentúa ningún pronombre demostrativo. Id.- El omnipresente y omnitodo dice sentir "un ligero escalofrío como los que había padecido Luisa al comienzo de su indisposición". ¿Y cómo sabes que es lo mismo, acodado Marías? La mulata continúa perorando y, como colofón, anuncia: "Si no la matas tú me mato yo". Recuerdo que estamos en el siglo de Joyce, de Thomas Mann, de Proust, de Hesse, de Virgina Woolf, de Albert Camus, de Aldous Huxley, Faulkner, Michel Butor, Scott Fitgerald, etc., etc., etc. No es extraño que, ante la decisión de la mulata y de todo cuanto denota y connota, alguien pudiera empezar a pensar que quizá esta novela de Marías, superando lo insuperable, estuvise llamada a hacer época. Cuando ocurra, como va a ocurrir ahora, que pase una página sin hacer ningún comentario, tal vez el lector morigerado y vivaracho crea que Marías sólo comete los pocos miles de errores que señalo citando página. ¡No! Toda su prosa es un puro error. Nuestro hombrecito no pasaría un examen de redacción del nivel de ingreso en el bachillerato. Es


increible, con incredibilidad manifiesta, que comités de lectura de editoriales supuestamente serias hayan recomendado la publicación de estas vonelas; que críticos tenidos por especializados las ensalcen; que la Real Academia Española, esa institución tan limpiadora y abrillantadora como mister Proper o más, le haya concedido a una el Premio Fastenrath... En cuanto a que se traduzcan y vendan en otros países, no puedo creer que sea por un prodigio de los traductores, pues no se trata sólo de la maldad del lenguaje, sino también de la perversidad del contenido... Es un misterio supinamente glorioso entre los dolorosos. Porque, si pudiésemos decir: escribe tan mal que realmente no escribe (si se le da al verbo escribir un sentido estético), construye como un elefante en un guardamuebles, pero cuenta a su modo cosas tan divertidas e interesantes... ¡Pero no! Cada una de sus "obras" es una plasta heráldica encebollada, tan indigesta como un melón temprano con arroz a la cubana, más insoportable que una poetisa de vocación tardía. Págs. 51-52.- "...cuando le sigue el silencio de la vida adulta, o quizá es masculina". ¿Qué significa la frase subrayada? Quizá Marías quiso decir, y no supo cómo, que eso sólo le pasa a los hombres. ¿Cómo se ha enterado Marías de que, antes de nacer él, en la casa de quienes iban a ser sus abuelos, una muchacha dejó que se derritiera una tarta helada precisamente por cantar una determinada canción? Y, si admitimos que en su familia se forja una tradición detallista a base de semejantes chorradas, ¿qué có le importa eso al lector de la novela del siglo? Pág. 53.- "...contemplando transcurrir el transcurrido tiempo". Las cuatro páginas y media de digresión sobre los cantos habaneros le despiertan a uno el deseo ferviente de pegarse un tiro con una pistola prestada o convertirse al protestantismo. Pág. 53.- "Historias tétricas o africanas". O sea, que si son africanas no pueden ser tétricas, y si son tétricas no pueden ser africanas, y si son africanas y tétricas, no pueden ser historias y... Es como la supercazuela de Hugo Tognazi, polivalente, como si fuera antaño. Id.- "Una vaca benefactora y amiga". La de la Central Lechera Asturiana, supongo. Pág. 54.- "...una viuda dependiente de su única hija o más bien del acierto de sus necesarias nupcias". Empiezo a ponerme malo, Marías. Id.- "extraordinario extranjero". Pág. 55.- "...sólo se olvida de veras cuando uno sigue no recordando después de que se lo ha obligado a recordar a uno". Con un descuidado Marías quemando las sábanas de la reciente cama de la reciente esposa concluye el capítulo tercero de la grandiosa novela. Capítulo cuarto. Pienso que, vistos los tres primeros, nada habrá en éste cuarto que me espante. Sólo hay que pasar cuatro líneas para encontrarse con esta joya del estilo: "Ambos [su mujer y él] nos dedicamos a ser traductores". Señores críticos, que otorgásteis a esta novela vuestro premio anual correspondiente a 1993, a cualquiera que tenga una mínima sensibilidad para el arte literario, le bastaría esta expresión para descalificar a quien la ha escrito. Un simple artesano dice correctamente: "Yo soy carpintero" o "Yo me dedico a la carpintería". Ni bajo los efectos del pentotal diría: "Yo me dedico a ser carpintero". Quien escribe "Yo me dedico a ser traductor" no es que sea un mal escritor, ni siquiera un pésimo escritor; es, sim plemente, que no es escritor. Y es sólo un caso entre mil en que la expresión mariasna no sólo se asemeja al más torpe balbuceo infantil, sino que roza lo prenatal. Este primer párrafo del capítulo concluye con un anacoluto que lo es doblemente: formal y mental, es decir, gramatical y lógico. Cuando los fallos de Marías no brillan como perlas en un párrafo, sino que afectan a cada oración, a cada palabra, como es el caso de la segunda mitad de esta página -en que


repite dos veces casi seguidas "o incluso Bruselas"- desfallezco y, por motivos de salud, renuncio al comentario pormenorizado. Pág. 57.- Marías, que se dedica, injustificadamente, a ser escritor, para señalar que los discursos son aburridos habla de su "índole letárgica". Letárgico será, en todo caso, el estado de quien los escucha. Pág. 58.- "... el arzobispo Makarios, por mencionar a alguien infrecuente". Id.- "...razonamiento acerca de la conveniencia o humillación de instruir sexualmente a los niños". Típicamente mariasno. ¡Es el colmo! Id.- "sobre las posibilidades de edificar una réplica más del Kremlin en Bruselas". ¿Es que ya existía una, Marías? Id.- "...sobre las estructuras futbolísticas de los Emiratos árabes". Pág. 59.- Marías dice haber traducido a "expertos y científicos y lumbreras y sabios". ¡Es que no da una! ¡Ni en relaciones tan simples! ¿Es que una misma persona no puede ser sabio y experto científico/ca y, por ello, una lumbrera, orgullo de su madre y de su patria? Pág. 60.- "...el discurso que iba a pronunciar un indivíduo gobernante". Id.- "traductor para traducir" Id.- "...más que por la dificultad en sí de cazar y transmitir al vuelo lo que se dice (dificultad bastante), por la presión..." ¿Bastante qué, Marías? ¿O es que querías decir grande? Pág. 61.- "interpretar a un intérprete". Id.- "Pronunciando en inglés natural. Natural ¿en contraposición a qué? ¿A sobrenatural? ¿A preternatural? ¿A artificial? ¡Confiesa, Marías! Id.- Quiere decir Marías "un verdadero larrikín, por utilizar el término que él habría empleado", etc. Pero como no pone la correspondiente coma depués de larrikín, parece que se trata de uno que no ha sido utilizado todavía. Id.- "Este indivíduo representante". Otra expresión sublime del indivíduo estilista. Eso sí, como gran hacedor de matáforas supremas, Marías, siempre que se refiere (muchísimas veces en pocas páginas) a los organismos en que se emplea la, según él, malsana y ridícula práctica de la traducción simultánea, escribe "foros internacionales". Sin duda, se alinean también, entre las gracias que yo no capto, repeticiones del estilo de "intérprete australiano del congresista australiano"!. Id.- "Lo que el traductor traduce". ¿Pues hombre, Marías! Si se dedica a ser traductor ¿qué va a hacer? Id.- "Intérprete que está interpretando". Pues quizá tenga razón Marías en cabrerase de que los traductores traduzcan y los intérptetes interpreten. El empieza por dar ejemplo, siendo un novelista que no novela. Id.- "Ese es el reproche que los traductores (es decir, de textos) hacen a los intérpretes". ¿Por qué escribes "es decir", Marías? ¿Es que has dicho antes algo que lo justifique? Tu inmoderada y pecaminosa afición a los paréntesis, tal vez producto de un trauma de niño no tan niño, te ha impedido decir sencillamente "los traductores de textos hacen". Y, si querías conservar tu vicio parentesíaco o parentesco, tendrías que haber puesto dentro "quiero decir", no "es decir". ¿Lo pescas? Eso de dedicarse a ser novelista no es más fácil que lo de dedicarse a ser traductor en los foros internacionales. Pág. 64.- "...estamos diciendo lo que se está diciendo". Pág. 67.- "...por la disposición de nuestras criminales sillas". No es forma de adjetivar digna de un supremo estilista, Marías, que eres más vulgar adjetivando que el coadjutor de un párroco interino. Pág. 68.- "Me hizo un gesto con la mano".


Pág. 69.- "Personajes rectores", "Nuestro superior"... ¡Por Dios, Marías, no olvides que eres un pontífice del estilo! ¡Piensa en esa crítica que tanto te quiere y a la que tanto quieres! Pág. 70.- "...descruzar de inmediato las sobresaltadas piernas". Está claro: como la mujer se sobresalta, todo en ella se convierte en sobresaltada/o: nariz sobresaltada, trasero sobresaltado, piernas sobresaltadas... Lo malo es que lo que. en un escritor del común, resultaría admisible como eso que se llama trueque significativo embuchado, en un supremo estilista resulta recoveco y novilunio. Pág. 71.- Marías, atiende: no es lo mismo decir "la sensación de que lo quieran por eso" que "la sensación de que por eso lo quieran". Y lo que son las cosas: lo has puesto exactamente como no debías, según se advierte por el contexto. Pág. 74.- El paréntesis que hay hacia la mitad de la página, "(no quería que se le ocurrieran ideas a nuestro alto cargo)" es un ejemplo notable del estreñimiento expresivo de Marías. Págs. 74-75.- En vez de "la pregunta era demasiado atrevida" dice "la pregunta era demasiado atrevimiento". Pág. 75.- Aquí habla de unas piernas que tienen tiempo para la reflexión. Págs. 75-76.- El discurso -página y media- de la inglesa, todo él impregnado de filosofía mariasna de la historia, es para echarle de comer en un plato muy hondo. Aparte, claro. Págs. 58-78.- Veinte páginas en esperanto, de especulaciones, entre carpetovetónicas y esquimales, sobre el oficio de los que se dedican a ser traductores. Especulaciones que nada tienen que ver con el ya lejano -un sexto del libro- suicidio de la niña cuando ya no era niña; es decir, de la adolescente o la jovencita. Resulta evidente para el lector avezado que tan larga e inoportuna digresión quiere -podría- justificarse por el lenguaje de estilista supremo, la pajolera gracia y la crítica demoledoramente irónica de los foros internacionales. Pero como resulta que Marías no es, como hemos demostrado, un estilista supremo, tiene la misma gracia que una patada en los ovalados y su ironía es tan ingenua e ineficaz como la del más patoso de la dinastía, pues el resultado es más bien el consabido. Cualquier lío de los traductores y políticos de los que se quiere burlar es la Biblia de Amiens al lado de los que, con su siembra a voleo de los signos de puntuación, organiza él. Concluido el capítulo cuarto, Corazón tan blanco continua configurándose, pues, como una polenta (de polen=novela y lenta=horrible). Por completo olvidado de suicidios y espionajes habaneros, Marías sigue dando a sus lectores el peñazo -mejor dicho, el everestazo- con las traducciones a las que se dedica, en un capítulo de tres páginas (frente a los otros, de veinte y más; será por dar pie a sus críticos para hablar de "hábil construcción"), que deriva hacia un comentario shakesperiano. Sigue la trama apasionante, pues. Nos descubre que una cita que ha hecho la inglesa en su inacabable e inverosímil perorata ante el hispano, que tiene tiempo de fumarse dos puros, es de Macbeth, como si sus cultos lectores no lo supiésemos. Pág. 79.- "...al poco de que Macbeth haya vuelto de asesinar al rey", dice Marías, como si dijera "de comprar tabaco". Id.- "Forma parte [la frase citada] de los argumentos dispersos o más bien frases sueltas..." Más bien lo segundo, Marías, que si te quitaran todas las frases inútiles que escribes, tus vonelas quedarían reducidas a la mitad menos uno; es decir, que no habría quorum. Id.- "...no puedo evitar darme cuenta (o quizá recordar)..." ¡Qué mas da, Marías! Id.- Al leer una frase pretendidamente poética de Marías -"la lengua como gotas de lluvia que va cayendo desde el alero tras la tormenta"- caigo en la cuenta (o quizá es que me


doy cuenta porque me doy cuenta al darme cuenta) de que uno de los defectos radicales de este autor, que lo priva de ser un estilista supremo, es -digo completamente en serio- su absoluta carencia de sentido poético. Pág. 80.- "a mano sólo la propia mano". En todo lo que llevo de capítulo, hay numerosas ocasiones en que Marías pone coma, o no pone nada, donde debería haber punto y coma. Id.- "La lengua en la oreja es también el beso..." El lector que llegue a descifrar estas palabras, se preguntará en seguida en qué acepción utiliza el maestro la palabra lengua. Se decidirá por una y, por dejarse llevar por sus obsesiones sexuales, se equivocará. ¿Y por qué? Por ignorar que, como muy bien dice Marías, "los oidos carecen de párpados". Id.- "esté al tanto de que se ha asesinado desde el momento siguiente a que se ha asesinado". Id.- "el cadáver reciente". En este libro, todo es reciente o recién contraido. Id.- "para apaciguar [la reina] al aterrado Macbeth con las manos manchadas de sangre". O sea que, según la redacción mariasna, el medio de que se vale lady Macbeth para apaciguar a su marido son sus manos manchadas de sangre. Siendo así que, como sabemos los especialistas en Shakespeare, quien tiene las manos sucias es Macbeth. Como Antonio Gala, el otro gran estilista de la novela española contemporánea, Marías rellena páginas con todo lo que puede -especialmente, artículos y páginas de sus esperadas memorias-, ante su imposibilidad congénita de escribirlas de auténtica novela. El capítulo sexto empieza con esta luminosa observación: "Fue Luisa quien primero me puso la mano en el hombro". ¡A ver, Marías! No había nadie más... Y continúa: "...pero creo que fui yo quien empezó a obligarla (a obligarla a quererme), aunque esa tarea no es nunca unívoca". ¿Por qué el paréntesis? Es inútil, ciertamente. En cuanto a la palabra "tarea", que además no es "unívoca", acredita a Marías como el ente aliterario supremo. Pág. 83.- Habla de que se quedaba a dormir algunas noches en casa de Luisa, pero resulta que no lo ha hecho nunca, pues nos aclara -entre paréntesis, por supuesto- que ("esto lo proponía, pero acababa yéndome después de los besos y los abrazos dormidos"). Una pena, porque, si se hubiese quedado hubiese catado besos y abrazos despiertos. Carantoñas aparte, dormidas o despiertas, se trata de una nueva y clamorosa demostración de la torpeza de Marías para expresarse en lengua española. Toda la página es una sucesión de inseguridades mariasnas: creo, creo, creo, quizá, quizá, seguramente, tal vez, como dicen que suele... El caso es que nuestro estilista supremo no sabe si se casó o le cazaron, víctima, como él dice en su hermoso lenguaje, de una "aminoración general que acompaña a lo que aparece como consecución o término". Marías y su esposa recién contraida continúan dedicándose a ser traductores. El, más que nunca, "para sufragar los gastos de nuestra nueva casa inaugurada tan artificialmente". ¿Qué querrá decir? Id.- "...coincidir lo más posible [...] al mismo tiempo". ¡Pero hombre, Marías! Si no era al mismo tiempo ¿cómo ibais a concidir? Id.- "Durante casi un año, por el contrario..." comienza una frase; y la siguiente: "Durante casi un año, en cambio..." Pero la horrible repetición no es todo. En la primera habla de cuando eran novios; en la segunda, de cuando ya están casados. ¡Qué lío se forma para contar algo tan simple! No puede. Sencillamente, no puede. Marías está negado no ya para la expresión literaria, sino para la expresión normal. Y en esta novela, premio de la crítica de 1993, lo demuestra con estrépito. ¿Qué podríamos decir de quienes formaban el jurado? ¿Habrá algún adjetivo que les sea aplicable, en el acervo adjetivístico mariasno? Id.- "Familiarizándose con mi familia".


Id.- Como cuando vuelve a Madrid después de dedicarse a ser traductor, encuentra nuevas cortinas o nuevos muebles, Marías se siente extraño en su reciente casa y, dice, "debía rehacer los itinerios domésticos que la vez anterior ya me había aprendido". No creo que haya quien niegue que todo esto, aun correctamente escrito, seguiría constituyendo una sarta de caleidoscópicas memeces. La cual sarta se corona con uno de tantos sublimes paréntesis mariasnos: "(ahora había una otomana donde no había otomana)". Id.- Está tan claro que, en la línea undécima empezando por abajo, después de "mundo" y delante de "longitud" debería haber dos puntos, no una coma, que quien no lo advierta, empezanso por el autor, es un indocumentado. Id.- "... perceptible [el crecimiento del pelo de Luisa, etc.] tras cuatro semanas de ausencia y más aún tras ocho". Sin duda, estaba en trance al hacer esta afirmación, operaciones matemáticas incluidas. Me pregunto si, a pesar de mi interés por desentrañar el misterio Marías, seré capaz de soportar este capítulo. Tras una plasta moruna sobre las traducciones y quienes se dedican a ser traductores, heme aquí sumergido e un potaje versolari sobre cambios de muebles, cortinas, peinados, andares, hombreras, chaquetas... Todo, menos -oh gran misterio- calzado. Señor García Posada, señores Conte, Sanz Villanueva, Suñén, Saladrigas, Molina Foix, Savater, etc., ¡tened caridad cristiana! Decidme qué habéis visto en este querubín de los mares, hijo vuestro muy amado, en quien ponéis vuestras complacencias, desde que era novelcantano... Qué habéis visto en su escritura para enaltecella, alaballa, celebralla, sostenella y no enmendalla y, finalmente, adoptar a su autor y premiallo, enaltecello y lanzallo desnudo de estilo, desnudito de gramática, horro de interés, vacío de contenido, por esos mundos de Dios, representando a España en todas las olimpiadas... Decid algo, por favor, ¡defendeos!, ¡justificaos!, decid por qué veis una suculenta tarta donde yo no veo más que una galleta Marías... ¿Es que no veis que adolezco, peno y muero? Pág. 84-85.- Por segunda vez en este libro, Marías intenta competir con la Casti Connubii y predica sobre el matrimonio con argumentos de verano. Y no tiene ni idea. Parece ruso. Pág. 85.- Dice Marías que a su mujer, Luisa, la estaba cambiando en su debido orden. Voy por la página 85; es decir, que ya me he tragado un tercio del libro. Y no he leido hasta ahora más que sobre traducciones y sobre muebles. ¡Santísimo Cristo de la Paciencia en el Misterio de sus Tres Necesidades! ¿Qué me espera todavía? Id.- "Las estanterías, que yo había querido pintadas de blanco (aunque se me olvidó advertirlo), aparecieron de color caoba a la vuelta de uno de mis viajes (pero no de caoba, cierto)..." ¿Para qué el primer paréntesis? ¿Qué quiere decir la frase que va dentro del segundo? De lo que no tengo dudas es del sispans que mantendrá en vilo a los lectores de Marías preguntándose como van a aparecer pintadas las perchas y la tapa del retrete. Id.- "En orden cronológico de autor". Pág. 88.- Después de dos páginas y media dando detalles -muchos, insignificantes, sin ningún peso en la economía del relato- acerca de su padre, y antes de llenar otras dos sobre lo mismo, dice Marías -entre paréntesis, como es su obligación: "(Pero los hijos lo ignoramos todo sobre los padres)". ¡Pues si llega a saber algo! Pág. 89.- "quién sabe qué bisabuela o antepasada". Bien expresado por Marías, porque las bisabuelas modernas no son antepasadas. Pág. 90.- "A partir de mañana no habrá las pequeñas incógnitas que...". Pág. 91.- "establecer una cita". Id. Línea 5ª.- Donde escribe "que quizá no me interesa" tendría que haber escrito "que quizá no me interese".


Pág. 90-94.- Casi cuatro páginas de vaciedades sobre el final de la soltería. Lo contrario, para el lector, de una alegre despedida del soltero: un matirio. Y, por supuesto, frases de una incorrección y una pauperrimez que clama al Celeste Imperio, como las ya señaladas o esta otra de la página 91: "desnudarla desde su vestido de calle". Pág 92.- "Los pasos que uno da una noche al azar y sin consecuencias acaban llevando a una situación irremediable al cabo del tiempo o del futuro abstracto". Si conducen a "eso", ¿por qué dices que no tienen consecuencias, Marías? Y ¿qué demonios quiere decir "al cabo del futuro abstracto"? Mi impresión es que tienes la mente más confusa que un cencerro con resaca. Id.- "Un susurro que pudo no ser susurrado". Pág. 94.- ¡El colmo! ¡Marías se supera a sí mismo! En vez de escribir "las únicas alianzas serán del uno contra el otro", el sin rival Premio de la Crítica de aquella feliz anualidad escribe: "las únicas alianzas serán contra el uno el otro". Id.- No era sin duda de resentimientos de lo que quería hablar cuando escribió: "los resentimientos inevitables de la vida en común". Pág. 96.- "¿Te referías a eso, ahora qué?" Esta pregunta resultaría más bien ininteligible, si uno no dedujera el significado del contexto. Id.- "aunque fuera ese tema lo único que rondara su llamativa cabeza de polvos de talco" ¿¿¿...??? Durante la fiesta de la boda, el padre de Marías quiere quedarse a solas con su hijo, y lo consigue luego de haber puesto en juego determinadas tácticas y estrategias, porque, al parecer, tiene cosas importantes que comunicarle. Tal vez un consejo supremo. Pero el viejo no dice más que patochadas submarinas que, eso sí, encuentarn el debido eco en las churruminadas del propio Marías. De vez en cuando, éste comenta: "dijo con ironía", o "añadió misteriosamente". Pero el caso es que uno no advierte por ninguna parte la ironía ni el misterio. Sólo churruminez y patochismo. Pág. 97.- "Ves", en la línea 5ª, tendría que haber ido entre interrogaciones. Id.- "Yo podía ayudarle, o bien no". Id.- "Sonreía amistosamente con el cigarrillo delgado en la mano, estaba ya consumido". ¿Quién, Marías? ¿El cigarrillo o tu padre? Parece que te refieres a éste. Por otra parte, ¿por qué no nos dices dónde tenía el cigarrillo gordo? Id.- En las últimas once líneas de esta página y en la siguiente, el supremo estilista se luce. Pág. 98.- "...sus ojos como gruesas gotas de licor o vinagre, estábamos más bien en sombra". Aunque sin querer, Marías se autoproclama aquí ojos de su padre. A las cuatro páginas que ha dedicado ya a hablar de su padre -arrugas, sonrisa, mirada, manos, corbata, labios, etc.-, añade ahora otras cuatro, que, como las primeras, nada tienen que ver con la supuesta novela; mejor dicho: nada tienen que ver con nada. Id.- Por lo que escribe su hijo hacia la mitad de esta página, la madre de Marías seguía sintiendo pena una vez muerta. Habría que comentar línea por línea esta página (la 98), que es una auténtica sopa, espolvoreada de comas de Ceylán granate, para darse cuenta de lo que Marías es capaz de no saber decir en tan pequeña extensión de texto. Como, por ejemplo, cuando habla de "fotografías siempre quietas en un solo día"; se logra adivinar, como en tantos otros casos, lo que quiso decir y no supo. (Ya he señalado en otro lugar que los trabajos de crítica filosofal, como es éste, requieren ser leidos, para su completa intelección, con el libro de que se trate al lado. Pág. 99.- "hacía melancolizar la mirada". Para melancolizar, como para neologizar en general o simplemente escribirizar correctamente, hay que poseer unas dotes que a Marías no quiso darle el cielo.


Id.- Pensando sin duda en conectar con sus lectores de allende las hispanas fronteras, Marías, de pronto, se pone costumbrista y empieza a divagar sobre organilleros y afiladores, mamás con sus nenes, viejas fotos, viejos tiempos... Un chotis. Lo que le faltaba a esta novela para hacer época. Pág. 100.- Mediante un anacoluto, Marías vuelve al presente. Anacoluto doble: gramatical y, si puede decirse, conceptual. Marías se las pinta solo para pasar de una no-idea a otra no-idea. Es un maestro del desguace, como no han dejado de advertísnolo García Posada, Rafael Conte, Savater, los Villanueva (Santos y Darío), los Molina (Muñoz y Foix), Trapiello, Guelbenzu, Suñén, Saladrigas... Id.- En la mitad inferior de esta página, tres o cuatro lo donde debía haber puesto le. Pág. 101.- "un gesto con la mano". Id.- Marías nos cuenta que, durante la fiesta de su boda, su padre habla "con una señora que no sé quien era, sin duda venía de la mitad de Luisa". Al parecer, no todas los presentes procedían de Luisa entera. Algunos procedían de la mitad de ella. ¡Ah, Señor, Señor, lo que hacen sufrir los estilistas supremos! Por lo que dice a continuación, nos enteramos de que a lo que quería referirse era a la mitad, más o menos, de invitados que eran amigos, consanguíneos, agnados o cognados de la novia, no a la mitad de la novia. Pero el mal rato ya no hay quien nos lo quite. Id.- Marías se devana la sesera y decide que quizá no sea una invitada de Luisa, sino, "tal vez, una invitada de mi propio padre". Como, en la línea anterior, ha hablado -Marías tiene un alto sentido de la propiedad privada- de "los invitados de mi propia boda", pues no hay manera de confundirse ni de padre ni de boda. ¡Gracias, Marías! Id.- Todo un capítulo esperando la confidencia misteriosa, la revelación decisiva, el consejo salvador, la sabia sentencia que el propio padre de Marías quiere comunicar a su propio hijo. Páginas y páginas en que el propio Marías anuncia, entre fintas y dengues, el oráculo que ha de cambiar su propia vida... Y resulta que con lo que se deja caer el padre es una gachupinada memorable. Menos mal que el agudo observador que es Marías nos hace notar que, en las propias bodas, el novio no sabe quienes son todos los invitados. Yo, por lo menos, no había oido nunca decir esto. Id.- El padre, después de media hora de titubeos, mudándosele la color del rostro, sudando, sintiéndose al borde del infarto, dice entre jadeos: "Cuando tengas secretos o si ya los tienes (sic), no se los cuentes". -Y ya con la sonrisa devuelta al rostro, añade: "Suerte". Te envidiamos, Marías. Ya quisiéramos todos tener un padre así. Digno de serlo tuyo, por supuesto, pues ignora que los secretos empiezan propiamente a serlo cuando te los callas. Id.- Descargado ya de la tensión que produce tanta sabiduría almacenada en el cerebro, el padre se pone a hablar con una mujer a la que Marías no conoce. "O tal vez era una invitada de mi propio padre, ahora que lo pienso: él siempre ha tenido amistades raras". Yo pregunto, primero, a Marías: ¿raras por qué? ¿Has dicho algo que te autorice a calificar de rara a esa buena mujer? A García Posada, presidente, y demás miembros de la Sociedad de Amigos de Marías: ¿consideráis la página 101 de Corazón tan blanco salida de la pluma de un estilista supremo o como formando parte de una novela merecedora del Premio de la Crítica? En otras palabras, ¿no sentís vergüenza ajena y propia? El capítulo séptimo de esta obra maestra comienza con una frase gloriosamente pentapléjica, es decir, con cinco posibles significados, dado que Marías se confunde tanto a sí mismo, que logra de refilón que nadie pueda estar seguro de lo que dice o de cual es la que debe elegir entre las varias opciones elegibles. (Cuéntase que un antepasado de Marías volvió loco al mismísimo elector de Sajonia, Federico.) La frase en cuestión es: "Ayer oi sonar un organillo extrañamente en la calle". Posibles significados:


1.- Marías está en la calle y oye la música de un organillo, lo que es extraño, porque el organillo está lejos o Marías es más bien sordo. 2.- El que está en la calle no es Marías, sino el organillo. Pero es extraño que se oiga, porque está cascado, o lejos o ambas cosas. 3.- Es extraño que un organillo se oiga, sea en la calle o en cualquier otro lugar, porque los organillos no suenan. 4.- Es extraño que Marías oiga sonar un organillo, porque no se lo permiten sus principios morales. 5.- El organillo sonaba de una manera tan extraña que más bien parecía un tambor. Son las principales, pero la frase admite todas las variantes tuteladas por el ars magna combinatoria. Por otro lado, las comas que utiliza Marías en el telegrama que nos envía a continuación deberían ser stop o stop y coma. No sé si he dicho alguna vez que, como cualquier estudiante de E. G. B. puede comprobar, Marías no sabe utilizar los signos de puntuación. Lo mismo en la frase siguiente y en la siguiente a la siguiente y etcétera. Marías, con su amenidad habitual, especula sobre las diversas opciones que tiene una gitanilla para guardar el dinero que va cayendo en un platillo que, desde el distante mirador en que él se encuentra, ve que es de plástico y más pequeño que un posavasos. Son chorradas diminutas, pero sonlo. Aunque ve a la gitanilla petitoria, Marías no ve, sin embargo, al organillero. ¿Será posible?, se pregunta el lector ansiosamente. Y todavía crece más su zozobra cuando Marías, que ya ha escuchado varias piezas, entre ellas, un chotis y un pasodoble, le cuenta que se dispone a salir a la terraza para ver si lo divisa "desde las plantas" (¿encaramado a una maceta, tal vez?); y sale, "aun a sabiendas de que no será así", pues aunque la terraza está más cerca de la calle, allí tiene menos visión que desde la ventana, etc., etc. Que si desde la izquierda que si desde la derecha... Hasta que Marías, en un rapto de intrepidez, decide ponerse la chaqueta y bajar a la calle, etc. Son escenas irrepetibles, emocionantes, de una novela llamada a hacer época. Pág. 105.- Marías siente remordimientos dostoievskianos por haber dicho al organillero "dos veces" -según precisa- que se alejara. Y expresa su congoja espiritual en dos páginas tan temblorosas, que más bien diríanse flanes que páginas. Pág. 106.- Continúa el terrible drama. Marías se debate en la duda. ¿Debió dar dinero al organillero para que se fuera? (Se entiende que con la música a otra parte). ¿No debió dárselo? Y si lo hizo ¿por qué no con palabras amables? Etc,, etc. Imagino a los lectores mariasnos de aquende y allende las fronteras, estremeciéndose mientras leen. ¡Quel sispans! Aquendados y allendados empiezan de nuevo a respirar cuando... Pág. 107.- ...Marías les anuncia que va a contar la apasionante historia de una papelería. ¡Qué bulliciosa imaginación la suya! La forma en que compra una goma de borrar y, al día siguiente, un tintero es realmente escalofriante, aunque sé que hay lectores que prefieren la compra de la regla. Y, en medio se ello, fingidos dolores de barriga. Marías confiesa: "[Yo] inventaba mis necesidades". Por lo demás, esa especie de salero gigante con que Marías esparce los signos de puntuación funciona tan mal en esta página, que uno se queda sin saber si la niña de la papelería es guapa siempre o sólo por las mañanas; si fue mayor antes de ser joven; si sonreía a Marías o al Arcipreste de Hita; si las suyas son llamadas "sonrisas interpretables" porque Marías, lo mismo que su esposa recién contraida, se dedica a ser intérprete en altos y severos organismos internacionales. Id.- "Mi edad de entonces fue siendo otra". Una de esas frases -una más de las muchas que aparecen en las obras de Marías- que valen por sí solas para descalificar como escritor a quien la escribe.


Id.- "...y también la chica, que creció y siguió siendo preciosa durante varios años, también ahora por las mañanas, a partir de los dieciséis o así estaba allí todo el día..." Realmente monocelular este gazpacho sintáctico. Según donde uno parpadee, puede pensar: 1.- Que la chica fue bella durante unos años y después dejó de serlo. 2.- Que, pese a lo dicho, luego siguió siendo mona, aunque sólo por las mañanas. 3.- Que este extraño fenómeno sucedió más bien a partir de los dieciséis años. 4.- Que lo que sucedió a partir de los dieciséis años es que a la chica le ampliaron la jornada de trabajo. 5.- Que la intermitentemente bella muchacha "despachaba continuamente", sin parar, mientras Marías, también sin parar, iba a la universidad. 6.- Que...et caetera, et caetera. Insisto; vale la pena leer y releer la página 107 de esta novela memorable. Pág. 108.- Empieza con un tan grande batido mozambiqueño (hay que decir entre paréntesis que Marías lleva tres páginas sin utilizar el punto, los dos puntos ni el punto y coma; sólo la coma, la coma y nada y la nada), salta el autor tan irresponsablemente de futuros abstractos a papelerías concretas y de variables presentes a pasados inamovibles, que decido tomarme una jornada de reflexión. Id.- Línea 9.- Pone una copulativa cuando debería haber puesto una disyuntiva. En lo que sigue, electrocuta varios tiempos verbales. Id.- "Y eso no dependía de mis quince años, sino que lo digo ahora". Aunque se entiende lo que el gramaticalmente y estilísticamente indigente Marías quiso decir, la falta de concordancia es indigna del alcalde honorario de Babelia. Id.- Aunque escriba muy mal, peor que nadie ha escrito nunca, Marías no deja de iluminarse de vez en cuando. Eso le permite hacer a sus lectores advertencias realmente esclarecedoras, sin las cuales podría perderse por vericuentos peligrosos. Aquí, por ejemplo, le informa de que la dependienta de la papelería no atendía el mostrador por las noches, ni los domingos, ni los sábados por la tarde ni a la hora de las comidas. Una indivídua rara, sin duda; por eso Marías hace muy bien en advertir acerca de sus extraños hábitos. Pág. 109.- A continuación, Marías hace, naturalmente en correcto mariasanto, un relato tan lúgubre y plenipotenciario del oficio de papelera, que las lectoras que se estuviesen planteando ingresar en tal gremio ahogarán inmediatamente su vocación. El propio estilista supremo debió de quedar afectado por tan negra perspectiva y, para alegrarse el ánimo, se va a almorzar con su padre "entre risas". Daría gusto verles encaminarse al restaurante tan alegres. Id.- "Aquella vez que estuve allí y la vi, poco antes de mi proyectada boda, antes de subir a recoger a mi padre para ir los dos a almorzar entre risas". ¿Hay un solo crítico, entre los que votan y ensalzan a Marías, que advierta lo desangelado que es este párrafo? "Antes de mi proyectada boda..." ¡Antes de mi boda, puñeta! "Antes de mi proyectada...", "Antes de subir..." Aunque no quiere, lo que dice Marías es que padre e hijo habían quedado para ir a comer entre risas... Con ganas o sin ellas. ¡Qué encantadores! Pág. 110.- Con la frase "El dinero hace que la papelería se venda sin vacilación" ignoro qué quiso decir este sumo pontífice de las letras. Por fin, para nuestro requiem, Marías concluye sus disquisiciones transalpinas sobre sacapuntas, bolígrafos y gomas de borrar, sobre lapiceros, cuartillas y reglas. Y uno se pregunta: ¿qué hay detrás de esta tan larga digresión papelera? ¿Sutileza en la observación? ¡No! ¿Humor? ¡No! ¿Profundidad? ¡No! ¿Belleza de estilo? ¡No! ¿Decantada chorrez del arciprestazgo? ¡Sí! Pág. 112.- Extracto de filosofía mariasna: "Las muertes hacen ricos a los que no lo eran ni podrían serlo jamás". ¡Pues claro que sí, aristocrático Marías! Si no, que se lo pregunten a los niños de Etiopía. Sus padres se mueren de inanición y ¡zas! ellos, ricos.


Id.- "Días de Franco y también luego". Esta vez se te entiende, Marías, pero tu manera de escribir es pedestre. Terminada la digresión papelera y según es su (mala) costumbre, Marías inicia otra sobre peritajes de obras de arte, aburridísima, superficial y tontorrona, si no fuera porque Marías la salpica de agudezas y comentarios graciosísimos, como decir que, en España, los peritajes los hacen los bedeles del Prado, los guías, los vendedores de postales y las asistentas (que no hay en el Prado, por lo demás. Las mujeres que limpian magníficamente el Prado no son asistentas. Pero digo yo que, en un país donde las novelas las hacen los pájatos carpinteros, eso es posible. O bien digo que ofender en bloque a nuestros respetables especialistas catedráticos, museólogos, etcétera, con tan poquísima gracia, es como para mandarle a hacer puñetas, a él y a sus ignorantes y/o vendidos panegiristas. Para darnos la razón, Marías inicia una tercera digresión, ésta sobre la vida de los bedeles. Es decir, que no para de abrirnos mundos subyugantes. Pág. 117.- "El [el padre de Marías] nunca ha querido deshacerse de nada, de ninguna de sus supuestas copias ni de sus seguros auténticos". Subrayo yo para señalar una vez más que Marías casi nunca encuentra la expresión precisa para decir airosamente lo que quiere, que en este caso es "ni de los [cuadros] con seguridad auténticos". Pág. 123.- "el sentido de la seguridad custodia". ¿Qué será eso de la seguridad custodia? Pág. 124.- "barrer los estragos". Capítulo octavo. Marías se dispone a filosofar sobre la relación padre-hijo. Todo, menos vérselas en el brete de escribir páginas de auténtica novela. Pág. 125.- "Los padres (en metáfora mariasna: "las tutelares figuras") se acostumbran (...) a callar sobre sí mismos ante sus vástagos (otra metáfora de alcurnia), a silenciar quiénes fueron o acaso lo olvidan". Enésino anacoluto en esta prodigiosa novela. Id.- "Casi todo el mundo se avergüenza de su juventud". Las novelas de Marías están llenas de generalizaciones de este tenor, indicativas de que es muy poco observador y muy mal psicólogo, al contrario que los buenos novelistas. Págs. 125-126.- Desde esa poco afortunada frase hasta el punto y aparte, un verdadero muestrario de expresiones confusas del tipo de aquéllas a las que suele conducir la confusión mental. Pág. 126.- "Ranz y mi madre nunca ocultaron el matrimonio de Ranz..." Un pronombre, en vez del segundo Ranz, hubiese sido lo correcto. Id.- "...pensar en la inevitabilidad de sus padres [...] y creer en su propia inevitabilidad y justicia..." Pág. 129.- "...se había matado al poco de regresar de su viaje de bodas con mi propio padre", informa el propio Marías. Id.- "La amistad o negocio de nuestros padres nos unía...". Pág. 132.- "...luce una coleta de piratería o taurina". Pág. 134.- "...me volvió a poner la mano en el brazo -su mano era como un peso- y así me retuvo". Id.- El tercer párrafo de esta página podría servir, en los colegios, de ejemplo de lo que no es una buena prosa narrativa. Id.- La página entera se las trae. También contiene ejemplos de lo que no es un buen lenguaje coloquial. A veces hay que adivinar lo que quiere decir: "Algo tendrá [la mujer de Marías], para que te hayas casado al cabo de tantos años, no eres ningún niño. Te tendrá que enloquecer..." Id.- Según Marías, la gente sólo se casa cuando no tiene más remedio, por pánico o porque anda desesperada o para no perder a alquien a quien no quiere perder". Parece


evidente que Marías conoce la vida a través de prospectos farmacéuticos. Y, además, como ya he hecho notar en el comentario a otra de sus vonelas, es machista. He realizado una encuestra entre personas que han abrazado el estado marital y ni una sola se ha considerado aludida en esa relación de motivos tan mariasna como camarlenga. Id.- Continuan los primores: "Custardoy era vulgar y un poco infantil, como si su interminable espera de la edad viril durante la niñez le hubiera dejado algo de esa niñez asociada para siempre a su edad viril". Pág. 135.- En esta página contitúan los ejemplos de sublime prosa mariasna: "Custardoy se había echado la mano al bolsillo, uno de esos hombres que llevan los billetes sueltos en el bolsillo del pantalón, también yo, a decir verdad". Id.- "... fijó en mí sus ojos desprovistos de ornamentación". Id.- Es tan inverosímil la forma en que Custardoy informa a Marías de las hazañas galantes de su padre [de Marías], que despierta el deseo de llamarle, una vez más, al orden. Pág. 136.- "...pensar que en otro momento debía pensar en ella". Id.-"...encendió por fin un cigarrillo y dejó el mechero sobre la mesa, renunció a la llama y aspiró la brasa". Id.- En todas estas páginas especialmente mal escritas, las comas que deberían ser punto y coma o punto son tan incontables como las estrellas del cielo y las arenas de la playa. Pág. 137.- Aunque se entiende lo que quiere decir en la primera línea del segundo párrafo, la expresión "con prisa" no es la más correcta. Id.- Otra vez: "sonrió con prisa". No, Marías, no. Id.- "Lo apartó de sí [el humo] con la mano irritada". Con la irritada ¿eh? No con la que no se había cabreado. Pág. 138.- "No sabía que no sabías..." Id.- La conversación de Marías con Custardoy está tan innecesaria y enormemente alargada, que el lector empieza acordarse de la Guerra de las Treinta Años. Id.- Donde lo correcto era escribir "hubiese hecho", Marías escribe "hiciera" Id.- "Custardoy encendió un cigarrillo nuevo". Esto es, que no tenía remiendos ni era de segunda mano. Pág. 139.- "Su ojo había caido ya sobre Custardoy". Esta mujer, pues de una mujer se trataba, o era tuerta o era una de las sobrinas madrileñas de Polifemo. Id.- Generosamente, Marías vuelve a recordarnos que su tía, cuando aún no era su tía, se suicidó con "la pistola de su propio padre". Id.- Y, entre expresión brillante y expresión brillante, una reflexión profunda: "No es fácil saber por qué se mata la gente". Pág. 141.- "con el gesto lejano del brazo". Pág. 144.- Ahora "el gesto" es de la mano. El capítulo octavo concluye con una frase incomprensible: "La boca está siempre llena y es la abundancia". El capítulo nono comienza así: "Esa noche, viendo el mundo desde mi almohada con Luisa a mi lado, como es costumbre entre los recién casados..." Esta última observación, la subrayada, es de una chorrez ecuménica. Si pretende ser una gracia, más le valdría al gracioso atarse un piedra de molino al cuello y deshacerse de todas sus corbatas. Pág. 145.- "Le conté lo que me había contado". Id.- Digresión alpina sobre las parejas. Las novelas de Marías están compuestas de una serie de digresiones alpinas y transoceánica sobre las naderías más flotantes. Ya lo he dicho en otra ocasión: sólo la agudeza de observación, el humor inteligente, la ironía fina justificaría una escritura así. Marías, además de no tener gracia, escribe confusamente. Pág. 146.- "...con la espalda vuelta hacia el uno el otro..."


Id.- "...no queda apenas resquicio de los hechos..." Quiere decir vestigio, recuerdo o algo así. Id.- Continúa: "...de los hechos y los pensamientos de un indivíduo que no sea transmitido, o bien traducido matrimonialmente". Id.- Todo cuanto dice Marías en la página 146, la anterior y la siguiente, continuación de una reiterativa e insoportable conversación sobre su padre, es confuso, hueco, tonto, falso (cuando se entiende), producto de un avanzado estado de retraso mental. Es increible que haya quien se trague esto y diga además que es bueno. Pág. 145.- Nueva prueba del machismo de Marías: para él las mujeres tienen una mente chismosa e inconstante; afirmación a la que añade otras generalizaciones tan triviales como todas las suyas. Id.- ¿Por qué no le preguntaste?, me preguntó. Pág. 149.- "Los padres y los hijos sois muy torpes entre vosotros". ¿Todos, Marías? ¿De verdad? ¿También tú y yo? ¡Pues no! ¡Yo, por lo menos, no! Pero, aclaremos una cosa: ¿tú piensas lo que vas a escribir antes de escribirlo? ¿O se trata de simples balbuceos improvisados? Y ¿qué es eso de "torpes entre vosotros"? Id.- En cuatro o seis parlamentos se puede decir -he hecho la prueba- lo que Marías dice en varias páginas de conversación reiterativa y triptolemaica, en un dormitorio que, de este modo, parece la sala de espera de un dentista. Pág. 151.- Ya señalamos como completamente inverosímil el hecho de que Marías oyera, a través de un tabique, toda la conversación que sostenían la mulata y el velludo. Ahora resulta que también la había oido la mujer, desde la cama y embotada por la fiebre. Id.- En esta novela resulta especialmente llamativa la torpeza con que Marías hace uso del signo de puntuación llamado coma. A veces, hay que volver sobre lo leido (aquí "los hombres, las mujeres") para saber que no se trata de una enumeración, sino de que ha cambiado de tema. A continuación, nuevas generalizaciones abesugadas sobre el sexo femenino. Id.- "...ni Luisa ni yo, la fiebre". Pág. 152.- La absurda y reiterativa conversación es ahora sobre el espionaje habanero. Y ocurre, como en prácticamente todos los diálogos mariasnos, que los dos dialogantes son el mismo, Marías. Se trata de falsos diálogos, que no reflejan distintas personalidades; son rollos sincopados, aburrimiento en dosis. En estas últimas páginas que estoy padeciendo escribe Marías "contable" (susceptible de ser contado), "decible", "andable", "esperable". Quizá no sea incorrecto, pero, desde luego, no es muy literario. Pág. 157.- "no mucho nunca". Pág. 158.- "noté sus besos en nariz..." Y con esto llego a la mitad del libro, cuyo comentario va siendo largo. Decido hacer una pausa vacacional que me servirá, entre otras cosas, para digerir mi perplejidad. A esta novela, que tiene los mismos defectos de fondo y forma, y en la misma proporción, que otras anteriores, le han dado, sobre el Premio de la Crítica que ya le dieron en España, un premio en Irlanda -según El País, pues nadie más ha hablado de ello-, luego de haber tenido un gran éxito en Alemania. E pur si muove. Si los de Corazón tan blanco son personajes bien caracterizados; si lo que se produce entre ellos son conversaciones inteligentes; si la suya es una trama interesante, si ésta. en fin, es una gran novela, ¿qué es entonces, señores críticos, La montaña mágica? Casi al principio de la primera parte de este trabajo, comentábamos tres entusiásticos juicios sobre Corazón tan blanco, emitidos, según el editor, por críticos de "The Times", "Le Monde" y "Frankfurter Allgemeine Zeitung", de los cuales no facilitaba el nombre. Ahora


podemos hacerlo con otros, transcritos por el diario "El País", en páginas en las cuales se hablaba del éxito tenido en Alemania por la traducción de esta novela, que, además del Premio de la Crítica en España, ha obtenido el Premio Internacional Rómulo Gallegos, en Venezuela, y el Premio Impac en Irlanda. Este último, por cierto, se lo entregaron al autor el mismo día en que el Real Madrid se proclamó Campeón de Liga, lo cual, según la exaltada mariasnista Angeles García ("El País", 15 de junio de 1997), significaba igualmente un éxito personal del autor de tan laureada obra. Tratándose de él, ciertamente, los redactores y colaboradores de "El País" siempre se muestran entusiastas. Y siempre, también, intentan contagiar su entusiasmo a los lectores de una manera que se podría considerar coactiva. En seguida hablo de ello. Parece ser que de la concesión del Premio Impac a su ídolo no se hizo eco absolutamente nadie más que ellos en España. ¿Quizá porque no lo otorga ninguna entidad cultural, sino una empresa de ingeniería de gestión y productividad? ¿Quizá porque piensen que el montaje Marías es un asunto de Prisa, que a ellos les trae sin cuidado? El caso es que ese silenciamiento le costó amargas lágrimas a Antonio Muñoz Molina, uno de los valedores de Marías, y de ello dejó acerba constancia en su artículo Noticias de Dublín, publicado asímismo en "El País", el 18 de junio de 1997. Pena daban, en verdad, sus mediáticos lamentos. Las críticas que queremos comentar las transcribió el diario independiente de la mañana casi un año justo antes (23 de junio de 1996), con motivo del éxito tenido por Corazón tan blanco, esa misma novela que nosotros estamos demostrando que es tan mala, en Alemania, como hemos dicho. La coacción con que "El País" intenta comunicar el desmedido entusiasmo de sus mejores plumas a los eventuales leyendos se traduce, sobre todo, en la enorme cantidad de cifras con que procura apabullarles y por la forma en que presentan a los críticos de cuyos juicios se hacen eco. Y así, no escriben nunca "un crítico" o "Fulano, el crítico de tal publicación", sino "el legendario Fulano, crítico de la revista 'Tal', que es la que leen los intelectuales, los abades mitrados y los militares de alta graduación del Sacro Imperio", o "Mengano, el gran gurú de la crítica alemana, que sólo se digna comentar un libro cada veinte años", o "el feroz y mítico Zutano, temido crítico del diario 'Cual', el de mayor circulación de Europa"... Si se trata de una tertulia televisiva, un José Comas en éxtasis nos informa de que se trata de la más impor tante y escuchada de la Federación, la predilecta de todo el que allí es alguien, desde Hellmuth Kohl a Lothar Mathaus, pasando por el chantre de la catedral de Colonia. Y refiere que, al tratar de Marías, los contertulios se arrebatan la palabra unos a otros para elogiarle, rivalizando en el calibre y encendimiento de los elogios. Pero veamos qué decían aquéllos y éstos, comenzando por el legendario gurú. Este, de nombre Marcel-Reich Ranicki, afirmó que "no hay nada comparable en la literatura contemporánea" y, según el levitante Comas, lo hizo poco después de haber destrozado, entre sus legendarias y gurules garras, la última novela de Günter Grass. Yo, que ya llevo leida la mitad de Corazón tan blanco, podría decir, como Ranicki, que no hay nada comparable en la literatura contemporánea, pero por su horrendez, por su maldad rayana en la perversión anabolena. Y añado lo siguiente: si hay un fulano en Europa que ensalza hasta esos extremos una novela de Marías, después de haberse cargado otra de Günter Grass, es que, además de gurú, es un imbécil; y no sería la primera vez que se diese este fenómeno en Occidente: la coincidencia, en un mismo sujeto, de la gurulez y la imbecilidad. No se trata, en ninguno de los ejemplos aportados por Comas el Magnífico, de ciencia de la literatura; no se trata de crítica rigurosa; no se trata, ni muchísimo menos, de crítica filosofal. Se trata de encendidos elogios a la goebelsiana; eso sí, repicados por críticos que, según el buenazo de Comas, son -y yo me lo creo- importantes. Por ejemplo:


Hellmuth Karasek, crítico de Der Spiegel: "[Marías] es un asombrosamente hábil constructor de novelas, un ingeniero de los apuntalamientos y de las violentas tensiones de la vida interior de sus figuras". Tertuliano primero (Loeffer): [Una novela] arrebatadora, moderna, cosmopolita, de una visión muy actual". Tertuliano segundo (nuestro viejo conocido Karasek): "Uno de los libros más grandiosos que he leido en los últimos tiempos". Tertuliano tercero (el feroz Ranicki, de cuyas ferocidades ya hemos tenido noticia): "Una de las novelas más importantes que he leido en los últimos años [...] No puedo nombrar a un solo escritor contemporáneo que se aproxime de cerca a su calidad". Tertuliano cuarto: o no habló o no elogió a Marías o Comas había ido al servicio mientras hablaba, pues nada nos ha legado. Sí, en cambio, informa de que Ranicki concluyó comparando a Marías con Dostoievski (¡qué más hubiese querido el pobre Fiodor!) y sentenciando: "no vacilo en afirmar que se trata de un libro genial [...] una obra maestra". Hay algo que suena a falso o artificial en todo esto, y ésta es posible tercera razón para que quienes no están enloquecidos por o interesados en Marías se abstengan de pregonar sus presuntas hazañas. Milenarista y apocalíptico como se siente uno en estos idus y calendas, se pregunta si tantísima confusión, tanta abominación de la desolación de la quimera no será una señal escatológica. Porque puede admitirse una diferencia de grados en la valoración positiva o en la negativa, pero que alguien afirme que es blanco, pavirreal y digno de alabanza lo que otro ve negro, porcino y vituperable es lógica, psicológica y estéticamente más absurdo que un círculo cuadrado. ¡Marías hábil constructor de novelas! Marías no contruye con habilidad ni una perrera de juguete con tarugos de colores numerados... Y así todo. Así el mítico, legendario y feroz Isidoro Merino refuta una por una las alegres teutónicas alabanzas de Windsor. No se trata de decir que la novela en cuestión es algo peor o bastante peor de lo que los transcritos juicios pregonan; es espantosa: muy mal escrita, ridícula en bastantes pasajes, carente de cualquier estructura o antiestructura, sin la menor gracia cuando quiere tenerla, sin el menor interés, vacía de ideas y de imaginación. Con motivo del comentario a otra novela de Marías, ya me preguntaba atónito, glosando a Erich Fromm, lo que vuelvo a preguntarme ahora: si yo, con mi disidencia y mi heterodoxia, con mi exaltado sentido de la independencia y de la libertad, soy el único crítico normal, siendo los demás quienes se han salido de la norma. Porque no se trata, como he dicho líneas atrás, de una mayor o menor diferencia de grados entre la valoración de ellos y la mía; se trata de que ellos dedican los mayores elogios que se pueden hacer a quien yo le niego hasta la categoría de escritor. ¿Razón de la actitud de mis oponentes o, mejor dicho, de aquéllos a quienes yo me opongo? Como no quiero negarles del todo la competencia, pienso que pueda tratarse de algún tipo de vinculación con el negocio editorial, de obediencia debida al patrono mediático, de la cobarde postura de preferir remar a favor de la corriente o de cualquier otra razón o sinrazón por el estilo. Para mí, el de Javier Marías es un caso finisterráqueo. Nunca se ha alabado más a alguien que lo merezca menos. Por el Norte, el más alto reconocimiento; por el Sur, la mayor carencia de estilo literario, la mayor vaciedad y ridiculez en las tramas y argumentos y el más grande desconocimiento de la lengua que se ha producido nunca. Quienes no saben o no pueden darse cuenta de esto atribuyen a las causas más extrañas mi pretensión de demostrar que es así. Entre la publicación de la primera entrega de mi análisis de Corazón tan blanco y el inicio de la redacción de esta segunda, he tenido conocimiento de la alusión a mi primer trabajo sobre una novela de Marías (Todas las almas), que hace el profesor Martínez Cachero en su libro La novela española entre 1936 y el fin de siglo. Dice este objetivo y ecuánime,


aunque no siempre acertado, historiador que yo arremeto despiadadamente contra Todas las almas, cuya buena aceptación antes ha señalado, y que niego al autor el pan y la sal. No he sido el único que ha pensado que esta referencia indica una cierta aceptación de mis tesis, pues, de otra forma, no tenía por qué haber añadido una nota, a todas luces de última hora, señalando mi opinión. Aunque, por otra parte, esa aceptación, por pequeña que sea, no cuadra con su contabilización de "una prosa finísima e insinuante", unos "temas importantes" y "sentido del humor" en el haber de Marías. Quiero referirme sobre todo a lo de mi ataque despiadado. No, no es falta de piedad ni nada por el estilo. Se trata de una forma de entender la crítica. La que practican también, entre otros, Manuel Asensio Moreno y Mary Luz Bodineau. La denominamos crítica filosofal, en otra ocasión diremos por qué. Y ahora vayamos con la segunda mitad de Corazón tan blanco. Pág. 159.- "En otoño, a mediados de septiembre..." ¡Todavía no es otoño, Marías, que te equivocas en todo! Id.- Ha nombrado sólo Nueva York y dice: "Uno no se divierte en otras ciudades, ni siquiera en Nueva York..." Id.- [No se divierte] "porque uno está allí trabajando de mala manera durante cinco días a la semana y los dos restantes resultan tan falsos (como un inciso)" ??? Id.- "sólo puede dedicarse a" [...] "pasear un poco, mirar de lejos a los toxicómanos y a los delincuentes futuros..." ¿Se imaginan ustedes a todos los traductores de la ONU mirando desde lejos a los toxicómanos y tratando de adivinar quiénes serán delincuentes en el futuro, para mirarlos también? ¿Son capaces de captar los marianistas la capullez de este tipo de comentarios, abundantes en las obras de Marías? Pág. 160.- Continúa la relación de ocupaciones sabáticodominicales de Marías y sus colegas, que van, desde "leer el New York Times gigantesco durante todo el día" (en cuyo caso, y dada su falta de imaginación, renunciarán a contemplar drogadictos y delicuentes futuros) hasta beber zumos energéticos o de tuttifrutti..." Id.- Tras una apasionante relación de dedicaciones de los traductores durante el fin de semana, que, como diría el propio Marías, no interesarán ni a los interesados, otra página de descripción del tipo de apartamento que, al parecer, todos suelen alquilar: con sus muebles, sus olores, sus dimensiones, hasta que decide hablarnos de Berta, una colega. Id.- [En Madrid], "nos acostamos dos veces aisladas, o quizá fueron tres o puede que cuatro." Pág. 161.- [Conocimiento de ciertas promiscuidades que] "nos hace tratarnos con delicadeza en nuestro caso y a la vez con gran confianza". ??? Id.- ¿Piensan ustedes enterarse de algo interesante sobre Berta? Pues siento desilusionarles: lo que cuenta Marías es que le hacen zapatos especiales, que lleva los tacones altos con garbo, que tuvo un accidente, que le quedó una cicatriz... Pág. 162.- "Estuvo casada cuando era más joven..." ¿Se da cuenta el lector (los críticos no se dieron) de lo chorra que es esta frase? Id.- Sigue: "en parte fue por eso por lo que se marchó a América y buscó allí empleo". Lógica pura: cuando alguien se ha casado cuando era más joven que ahora -hay ciertamente extrañas personas que en el pasado eran más jóvenes que en el presente- lo lógico es que se largue a América y busque empleo. Se divorcia (no sabemos si antes o despúes de su expedición laboral), se vuelve a casar y de nuevo se divorcia. "Desde entonces, informa Marías, nada le ha durado mucho". ¿Nada? ¿Debemos entender que ni los zapatos, ni los jerseys, ni los paraguas...? ¿Lo que se dice nada? Analizada de esta suerte, según el método de la implacable crítica filosofal, cada página, cada párrafo, cada línea de Marías es un ejemplo de expresión confusa, alógica y


aliteraria. Y hay que padecer la ceguera -o, mejor, cegatez- que padece la crítica española para no verla. Id.- "...transformaciones que hacen irreconocibles a algunos rostros de nuestro pasado..." En el contexto, se entiende lo que quiere decir, pero el pensamiento no está bien expresado. ¿Qué son "rostros de nuestro pasado"? "Pero por injustificado que a mi parecer sea ('esté', Marías!) su sentimiento, lo cierto es que lo tiene..." ¡Qué atrevimiento el de Berta!, no puede menos que exclamar uno. ¡Tener un sentimiento contra el parecer de Marías! Id.- "...mi temporada de temporero..." Id.- Una nada exigua cantidad de norteamericanos, españoles y hasta argentinos entra y sale del apartamento de Berta, según nuestro héroe, siempre cotilla, observa. Pero ninguno de ellos, se queja, ha "mostrado el menor interés en conocerme". Por lo tanto, deduce: "no debían de tener el menor interés en ella..." "Interés a largo plazo", aclara. Está todo silogísticamente claro: ¿quién va a tener verdadero interés en conocer a una española que a ido al Nuevo Continente a buscar empleo, si no lo ha tenido antes en conocer a Marías? Pág. 163.- Debía de ser una insaciable coleccionista la mujer de quien nos habla Marías, pues no bastándole el trepidante flujo de visitantes a su piso, se pone a probar "con las citas convenidas a través de agencia" y "a escribir a las secciones de contactos personales de periódicos y revistas". Id.- "Ella (empleo el plural por eso)" !!! El caso es que se refiere al plural de video, utilizado líneas antes. Lo que no evita el sobresalto del lector. Id.- "...otros españoles solitarios posibles..." Págs. 163-164.- El caso es que lo que iba para etopeya se convierte en aburridísima digresión, una de tantas de las que se compone éste como otros relatos -que no novelas- de Marías, incapacitado como nadie para crear un espacio ni un tiempo literarios. El crítico filosofal, paciente entre todos los críticos, renuncia a dar caza a todos los gazapos que en éste como en todos los textos mariasnos aparecen. Exceden toda medida prudente. Id.- "...los recibí previo modesto pago..." A veces, ni con las frases hechas atina. Es evidente que quería referirse al pago de una modesta suma. Pág. 164.- Nueva página. Segunda línea. Y ya: "...darse a conocer a desconocidos". Seguro que nuestros admirados Conte, García Posada, Sanz Villanueva, Ramón de España, Savater, etc. no se han topado nunca con una prosa más limpia de aciertos que ésta. Y, sin embargo, la siguen recomendando. Id.- "Yo la aconsejaba, aunque me sentía incapaz de aconsejarla..." Pág. 165.- "[Los hombres que protagonizaban los vídeos] aparecían desnudos, erectos [,] pero hablando como si nada..." Aquí dice que los hombres aparecían erguidos, derechos... Pero lo que quería decir Marías es que aparecían con el falo en erección. Id.- Y fíjense: Marías, escritor que tanto ignora sobre las reglas de la escritura, sabe, en cambio, cosas como ésta: "sobre una cama no se anda". Pág. 166.- "aunque no creo...aunque en España". Pág. 168.- "le llegó la respuesta a su respuesta". Id.- "...como si mi amiga lo hubiese invitado a ello, o tal vez no..." Por enésima vez: ¿en qué quedamos, Marías? Id.- "Al estar aún instalándose [...], no había tenido tiempo de comprar una cámara o enterarse de en qué tipo de establecimiento podrían hacérselo". ¿Hacerle qué, Marías? ¿La operación de compraventa? ¡Nooo...! Marías quería referirse al video del que ha hablado en el párrafo anterior. Por otra parte, el inverecundo sujeto que ha escrito a Berta dice Marías que tiene que enterarse de en qué tipo de establecimiento hacen vídeos. Pues ¿dónde va a ser? Donde siempre se han hecho los vídeos: ¡en los herbolarios!


Y, a todo esto, pienso que ya es hora de decir que el relato empieza a resultar tan falto de gracia y tan inverosímil como el cuento del pastor que mató a la pastora para ver cuánto tiempo tardaba en morirse sin beber agua ni tomar aspirinas. Y, a todo esto, también, Marías sigue comportándose como cotilla supremo. Pág. 169.- "...cariñosa conmigo como lo son las mujeres cuando tienen una ilusión, aunque ella conmigo siempre lo es". Marías es el presunto escritor que más frases inútiles escribe. Págs. 170 y ss.- Los personajes de Marías, con poca o nula entidad, no "hablan", pero, cuando Marías quiere descansar y les cede la palabra a ellos, son capaces de largar una parrafada de tres páginas. Concluido el parrafazo de Berta, anoto: Marías no es capaz de enterar al lector de lo que quiere enterarle si no es mediante un rollo pretoriano. Sentencio: no es novelista. Algo que ignora García Posada. Pág.- 172.- "...allí donde recibía su correspondencia más personal, o quizá impersonal". Una vez nás : ¿en qué quedamos? ¡El lector tiene derecho a saber si personal o impersonal, Marías! Págs. 172-173.- Marías es muy aficionado a hacer cábalas cuyos resultados, de obtenerlos, no interesarían a nadie. Para colmo, aquí se arma un lío, por referirse a cosas sin la menor importancia. Berta ya está en el piso cuando él llega, y piensa luminosamente: "seguramente yo habría llegado antes si ella no hubiese pasado por correos ni se hubiese entretenido..." O sea, que si ella no va a correos ni se entretiene, hubiese llegado todavía más tarde. ¡Es increible! Pág. 173.- "Estaba inmóvil, luego no cojeaba". ¡Luminoso! Id.- Se refiere a un funcionario español: "me había pedido si podía acompañarles a su mujer y a él (ella más joven) a una cena". Que algunos adivinemos lo que quiere decir no hace que esté bien expresado entre paréntesis. Para colmo, repite un paréntesis idéntico respecto a la otra mujer que acudirá a la cena. Y, en este segundo caso, ya resulta ridículo. Como es ridícula la excusa que el propio Marías ofrece para el hecho de ser invitado: "entretener a las señoras mientras los hombres hablan de negocios..." ¡Sería la primera vez que dos mujeres de mundo se entretuviesen sin la ayuda de Marías! Pág. 174.- "...porque era viernes había accedido a aquella velada". Accedido a asistir, Marías. Por otra parte, ¿cuál es la relación entre el día de la semana mentado y tu condescendencia? Anoto: Marías no emplea la alusión ni, mucho menos, la elusión. Al contrario, se enfrasca en un detallismo completamente antinovelesco y ofrece continuamente explicaciones acerca de detalles sin la menor relevancia en la economía del relato. Id.- Nuevo paréntesis mariasno: "(yo había traducido numerosas veces, las dificultades del funcionario)". Si algún descifrador lo descifrare, buen descifrador será. Id.- Detalle importantísimo también: Marías se sienta con la gabardina puesta y, una vez pasado por la trascendental experiencia, nos advierte generoso: "no debe hacerse eso nunca, luego va uno durante semanas con aspecto de indocumentado" !!! Yo siempre había pensado que el aspecto de indocumentado lo daban más bien los calzoncillos sucios. Id.- Líneas más adelante -el detalle, por su importancia, lo merece-, vuelve decir que está mirando la televisión sentado sobre la gabardina. Id.- En el vídeo, un torso masculino sin cabeza. Lleva puesto un albornoz [...], "quizá uno de esos que prestan a sus clientes los hoteles caros. O quizá no..." Si no nos lo aclaras tú, Marías, navegaremos en la incertidumbre lo que nos queda de vida. Pág. 175.- "...secos, no mojados..." Una línea sí y otra no, una explicación chorra. Id.- "El albornoz era tal vez sólo una forma de no llevar ropa". El albornoz, no, Marías: el hecho de llevarlo puesto. Id.- "...no podía creer qué podía pasar..."


Págs. 174-177.- Además de pesado y mal escrito, todo el relato acerca del vídeo es una chorrada memorable, injustificable por su inverosimilitud y su falta de gracia. En medio, una digresión de más de media página sobre el actor Sean Connery, su velludo torso, su mentón y sus albornoces y toallas. Pág. 176.- "Su voz era vibrada". (Quería decir vibrante). Id.- A mitad de la parrafada submarina sobre el vídeo, Marías vuelve a hacer mención de la gabardina y su proceso de progresivo arrugamiento. Id.- "No puedo darme a conocer a nadie desconocido". Pág. 177.- "...podríamos hacer una cita". Id.- El descabezado del vídeo es tan reiterativo y plúmbeo, que el lector empieza a preguntarse si se tratará del propio Marías. Pág. 178.- Poco antes de finalizar el capítulo, más noticias de la entrañable gabardina. Pág. 179.- "...canción bailable que baila..." Id.- "...Berta no dijo nada o no quiso sacar el tema..." Para el caso, Marías... ¡Cuántas frases inútiles! Id.- "era a ella a quien quería ver más antes de acceder a verla". Pág. 180.- Obérvese esta construcción, por favor, que puede pasar inadvertida al lector común y poco exigente, pero que no debe escapar a la observación del crítico: "El lunes, sin embargo, cuando ambos habíamos regresado del trabajo por la mañana, al llegar a casa por la tarde..." Id.- "...pasé a mi cuarto, pasé por el cuarto de baño..." Pág. 181.- "...no sólo durante el insulto". Pág. 182.- "¿Qué pretendes, que me pase el día entero en la oficina de correos?" Ya te hemos dicho, Marías, que en casos como éste, al tratarse de dos preguntas, se debe escribir así: ¿Qué pretendes? ¿Que me pase el día entero en la oficina de correos? Id.- Para una respuesta que podría haber dado Berta en un par de líneas, Marías le hace emplear dieciséis. Pág. 182-183.- No sé por qué creo llegado el momento de señalar, una vez más, que Marías puntúa y despuntúa arbitrariamente. Se ve que es superior a sus fuerzas hacerlo bien. El personaje en el que se encarna, su alter ego, dice por él, en la pág. 183: "Yo no soy escritor". Pág. 184.- "Una vez que tú lo hayas visto decidiré. No sé aún por qué, pero decidiré entonces". ¡Por los clavos de Cristo, Marías! Si lo supiera, es que ya había decidido. Id.- "...Me fui con el New York Times gigantesco hasta Kenmore Station". No es manera literaria de decir que el mentado periódico es muy grande. Por otra parte, dicho así (y no el gigantesco NYT) parece como si hubiese otro NYT no gigantesco. Id.- "una columna que me servía de disimulo". Unicamente las cataratas literarias que padecen los Posada, Ramón de España, Conte, Sanz Villanueva, Suñén, Saladrigas, Savater, Muñoz Molina, Guelbenzu, García Montero, etc. pueden impedir ver estos gazapos protocolarios. Id.- "...sonaron unos pasos más estridentes e individualizados que los demás, como si las suelas llevaran unas placas metálicas o bien una mujer altos tacones". Aunque se entienda lo que quiere decir, ¿no es patente la torpeza de la expresión? Pág. 185.- Porque el estilo de su confección es español, Marías habla de unos "pantalones patrióticos". Ni como gracia resulta. Al revés, induce al gemido. Id.- "...metía el brazo hasta el fondo en el casillero tan hondo". Estoy seguro de que Marías no ha escrito un verso en su vida. Id.- Lo peor de estos gazpachos isabelinos son las conclusiones que saca Marías de las actitudes y el comportamiento de los personajes. Insufrible.


Id.- "Luego echó a andar de nuevo con celeridad de nuevo". Id.- Se cruzan sus miradas, pero se reconocen por los pantalones. Id.- "Me miró mirándome". Pág. 186.- "Pero no se inyectaría plástico, su propia mirada punzante se lo prohibiría". Id.- "...al fijarme en la mano, le vi la alianza en el dedo anular de esa mano..." Espantosa repetición que se adorna, tres líneas después, con un "no había papelera a mano". Pág. 187.- "...no había en cambio nuchos norteamericanos (sólo los gansters, George Raft)". La mayoría de los lectores actuales no saben quien era George Raft, un actor que, alguna vez, hizo de ganster, el Botines. Por otra parte, nombrando sólo a Raft, no se justifica el plural. Id.- "Yo lo seguía a poca distancia, seguramente demasiado poca para lo que es prudente en estos casos, pero yo nunca había seguido a nadie". Pues si carecía totalmente de experiencia seguidora, ¿cómo sabe lo que es prudente o no "en estos casos". De todas formas, el experto mariasnista descubre todavía algo más: lo que Marías barrena -ya que no escribees una justificación para su torpeza como espía celestinesco. Id.- "...aunque no estaba dando exactamente un paseo andaba demasiado rápido..." Ah, Marías, Marías, acuérdate de las comas cuando estés en el limbo. La página 187 es una muestra excelente, en lo formal y en lo conceptual, de la escritura mariasna. Id.- "Se detuvo ante una superperfumería o perfumería inmensa". A-li-te-ra-tu-ra, señores Conte, Posada, Sanz Villanueva, Savater, De España, Montero, etc., etc., esto es aliteratura. Id.- "...mareado por el olor multitudinario que la mezcla de todas las marcas juntas despedía". Sin reprimir un tirón de orejas por decir que son las marcas, y no los perfumes, los que huelen, decimos que este olor multidudinario nos hace evocar nostálgicos aquel "cuarto de baño de la multitud" de la página 16, a cuya puerta "un grupo se agrupaba". Navegamos, no cabe duda, entre efluvios estéticos mariasnos. Pág. 188.- Breve conferencia de Marías sobre aguas de colonia y otros perfumes. Id.- La sección para hombres de una perfumería es, para nuestro héroe, "la sección viril". Id.- "...en el envés de sus sendas manos..." ¡De sus manos, puñeta! ¡O es que quieres que pierda la paciencia y me chive a Lázaro Carreter? Id.- "...nunca me sobraría, pensé (pensaba a menudo en Luisa)". Pág. 189.- Quiere decir "Cuando llegué a la esquina, pude verle de nuevo...", pero dice: "Cuando llegué a la esquina y se hizo podible que de nuevo entrara en mi campo visual". Juan de Mairena le hubiese dado un palmetazo en el trasero. Id.- "...un hombre casado y con una mujer enferma, o acaso sana". Por si ya no fuera de por sí imposible entrever a las marionetas -que no personajes- de las vonelas de Marías, éste nos lleva a las puertas de la angustia vital con esos contínuos "sí, pero no" que denuncian su inseguridad ante el mundo, el demonio y la carne. Id.- "Berta lo escuchó todo con vehemencia". ¿Qué quieres decir? ¿A orejazo limpio? Id.- "sus cejas caídas y alzadas..." Seguramente, también chato y narigudo, aunque no lo diga. Pág. 190.- "auriculares mundiales". Los de la ONU secundum Marías. Id.- Marías vuelve a blandir su objeción de conciencia ante el servicio novelesco obligatorio y nos endosa página y media de un discurso ante la Asamblea General, tan chorra como suyo, aunque transcrito con su peculiar gracejo.


Pág. 191.- "...había puesto en boca de ella una proposición inexistente". Inexistente no, Marías, puesto que estaba en boca de ella. Tal vez querías referirte a una proposición que ella no había hecho. Id.- "(Había inventado con este anglicismo por dar verosimilitud a la frase)" ¿Qué significa ese con, Marías? Id.- Nueva vez "inexistente" para una cosa que existe. Id.- "...que no se le ocurriera nunca". Por el contexto, se advierte que debía haber escrito "que no se le hubiese ocurrido nunca". Págs. 191-192.- "...sus pantalones connacionales". Forma mariasna de decir made in Spain. Pág. 192.- "representante tan representativo". Pág. 193.- "la contrariedad que se estaba creando". Pág. 194.- Como en tantas otras páginas, sobran comas, faltan comas y otros signos. De manera llamativa, signos de interrogación. Anoto: Marías adecúa sus pobres comentarios, que él tendrá por filosóficos, a lo que al protagonista -siempre él- le conviene justificar en cada momento. Pág. 195.- "nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede". Id.- Varias frases en la primera mitad de esta página, que, por falta de las preceptivas comas, suenan anfibológicas. Id.- "Está bien, pero hagámoslo rápido, ahora mismo". El personaje que, sin signos de admiración, grita esto se ve que no conoce bien a Marías. La rapidez, incluso el paso ordinario, es algo que está reñido con el contenido de este capítulo, del anterior -premiosos ambos como la merienda de una vaca-, de todos los capítulos de todos los libros del prometedor novelista que nos ocupa. Id.- Id.- "Estábamos desayunando, aún era por la mañana". Como hay gente rara que suele desayunar por la noche, hace bien Marías en aclararlo. Id.- Aquel cuerpo no tenía nada que ver con el que yo recordaba o ya no recordaba. Pág. 196.- "(variarla yo, pensarla ella) yo miraba..." Id.- Cuando, dos líneas más adelante, Marías escribe "con mi mirada opaca", no es que califique su mirada de opaca, sino que, como podemos adivinar los expertos mariasnistas, quiere decir que procura dotar de opacidad su mirada púdica para no ver a Berta en porreta. Id.- "Berta se había sentado a los pies de la cama, como había hecho Bill con su albornoz azul claro..." O sea, que Bill había sentado su albornoz a los pies de la cama. Pág. 197.- Marías se ha encariñado con la expresión: venga a hablar de miradas opacas. Id.- "...de haber mirado mirando..." Pág. 198.- No es lógico que un gentleman, un educado oxionense como Marías, quien, pudorosamente se ha negado, durante una página, a hacer el vídeo, diga después: "Nos falta el coño". La expresión no cuadra con la psicología del personaje, ni con su actitud hasta el momento ni con el contenido y desarrollo de la escena. En fin, dos largos capítulos -más de cuarenta páginas de una novela de trescientas-, hablando de los ligues por correspondencia de un personaje episódico. Pág. 199.- "...se pareció en un aspecto (pero creo que sólo en uno, o fueron dos, o tres)..." Id.- "O puede que se tratara de un tercer malestar, uno distinto de los dos..." Id.- "una nueva sensación desagradable que sin embargo, como la segunda, es posible que fuera inventada o imaginada o hallada..." El contenido de la página 199, primera del capítulo duodécimo, se hubiese podido reducir, según respuesta de la Ordenadora Clónica Ligeia, del Centro de Documentación de la


Novela Española, a dos líneas y media, con lo que el lector se habría ahorrado el sufrimiento proporcionado por las numerosas faltas de concordancia formal y conceptual que Marías regurgita en ella. Págs. 199-200.- "ella miraba transcurrir el transcurrido tiempo". Ahora anoto que de poco hubiese servido hacer caso al dictamen de la Ordenadora, porque, al grito de "¡Continuemos regurgitando!", Marías persiste en su castigo a los paladares literarios sensibles. Empieza por dedicar más de media página a contar el cuento de la buena pipa. Pág. 200.- "Pero esta pregunta de entonces y ahora es peor..." Id.- "Eso digo yo, había dicho yo". Pág. 201.- "Sólo sé que una noche de lluvia, estando en casa con Luisa [...], me levanté de la cama y abandoné la almohada y fui a la nevera". Como Carlos Gardel sino que con Kelvinator. Porque lo que sigue es una sospecha de encornamieto. Otrosí digo: la expresión "estando en casa con Luisa" no comunica al lector la idea de que estaban acostados. Segundo otrosí digo: abandona únicamente la almohada, esto es, se lleva consigo sábanas, mantas y colchón. Id.- ¡Insegurísimo Marías! "Hacía frío o me lo dio la nevera". Son frases chuscarradas, no cabe duda. Id.- "pasé por el cuarto de baño y me puse una bata (estuve tentado de utilizar el albornoz como bata, pero no lo hice)" El lector agradece ser informado sobre el trascendental cambio de opinión. Id.- "...miré unos textos de pie, con la coca cola en la mano y ya con sueño." Los textos de pie y la coca cola ya con sueño; incómoda situación verdaderamente. Id.- "Caía la lluvia como cae tantas veces". ¡Lástima! Un poco de variedad no hubiese venido mal. Págs. 201-202.- El tránsito de una a otra de estas páginas es uno de esos lugares donde le falla por completo la puntería al oxionense a la hora de poner puntos y comas. Pág. 202.- "...se protegía de la lluvia o no tanto". Empiezo a pensar que estas inseguridades mariasnas se deban a algún extraño virus. Pág. 203.- Fíjense en lo que uno de nuestros mejores novelistas, al decir del maestro García Posada, desperdicia sus talentos; "También se protegía con un sombrero, lo cual es raro de ver en Madrid aunque un poco menos en días de lluvia, se lo ponen algunos señores mayores." Construcción cuneiforme aparte, Marías quiere decir, bajo su responsabilidad, que los sombreros son raros de ver en Madrid, pero lo que dice es que es raro de ver que alguien se proteja con uno. Id.- "...miraba exactamente -o eso creí-" Pág. 206.- "Sin saber que ella sabía". Id.- "Antes de salir, mientras me afeitaba y me preparaba, Berta se acicalaba (quizá por asimilación)" ??? Además, aba, aba, aba. Pág.- 207.- "interrumpí el nudo de mi corbata". Interrumpiste la acción de anudarte la corbata, Marías, no el nudo. Id.- "ajustó la braga insumisa". Pág. 208.- Marías retoma la historia de Berta y sus vídeos y le dedica ocho páginas más. Anoto: no hay ni siquiera voluntad de construcción novelesca en estos libros mariasnos. Id.- "mi cita que había sido la suya era más temprana que la suya. Id.- "dos amigos que se habían abrazado despiertos". Es difícil abrazarse dormido, Marías, compréndelo. Pág. 210.- "Dime -dije". Id.- Id.- "sin mi presencia apoyada en el quicio..." No es la presencia la que se apoya, Marías, sino la persona.


Pág. 212.- "su espalda respiraba agitada..." ¿Se trataría tal vez de la espalda branquial de un mutante? Id.- [La espalda respiraba] "con prisa o apuro o susto o era nocturna". ??? Pág. 213.- "Vi el sitio de la comida rápida que me había mencionado Berta, en realidad me había ido dirigiendo hacia allí sin pensarlo, por su mención". Hay que decir las cosas, Marías, pero no de cualquier modo. Recuerda que la literatura es una de las cinco bellas artes y que, desde lo alto del diccionario, veinte siglos te contemplan. Id.- "Se mira transcurrir el transcurrido tiempo". Pág. 214.- "las bocas ya no se observan". ??? Id.- "(la boca está llena y es la abundancia)". Esta expresión ya la he encontrado en otras novelas de Marías y sigo sin descifrar su significado Id.- "a veces también las voces". Págs. 214-215.- Una parrafada tan mal escrita, tan pésimamente puntuada, como para provocar la muerte por asfixia de un submarinista lector. Pág. 215.- "...y dejó un rastro de sangre sobre las sábanas o era acaso la sangre de la desposada virgen, la carne cambia o la piel que se abre o algo se rasga". Prosa lograda en verdad, como en el párrafo siguiente. Id.- "Ranz había conocido tres noches de bodas, tres verdaderas, en ellas algo se rasga a veces, antiguamente". Además de la draculez de toda la composición, falta de concordancia. Si era "antiguamente", debería haber escrito "se rasgaba". Cada línea que leo tengo menos fe en la redención de Marías. ¡Irredimible Marías! ¡Cuántas veces quise ampararte como la gallina ampara a sus polluelos! Pág. 216.- "...o Bill habría decidido quedarse a pasar la noche..." Había, Marías, no habría. Id.- "Me aterró el pensamiento y no quise pensarlo". Pág. 217.- Como hubiese dicho aquel exquisito escritor que fue Manuel Díez Crespo: Este tío pone las comas como para mandarlo a hacer puñetas. Id.- La frase "y entonces la lengua al oido" no acierta uno a saber qué significa. Id.- Tampoco "la vida o los venideros años". Id.- "la gente que conocemos muere [,] aunque parezca imposible". A mí no me lo parece, Marías, ¿por qué generalizas? Pág. 218.- "Ella sabía que había". Otro fragmento de lograda prosa, para recreo de Cabrera Infantes. Id.- "cuyo número no se veía en la noche nublada de un farol aislado". Pág. 221.- Capítulo décimotercero. Continúa el tango: "Quién no ha tenido sospechas, quién no ha dudado de su mejor amigo". Id.- El discurso sobre la traición, la sospecha y las corrosivas dudas que sigue durante dos páginas y media ya no está en clave de tango, sino de milonga. Constituye un primor de pensamiento expresado mediante la técnica de los anacolutos encadenados. Id.- ¿Qué querrá decir, en el contexto en que se encuentra, la expresión "el codiciado mundo". Id.-Dos lo que debían ser le. Esta página 221 y sin duda la siguiente son de las más puramente mariasnas que contiene esta mariasno libro. El paralelismo de la pésima expresión con el espantoso contenido es perfecto. Que haya críticos especializados o tenidos por tales, como García Posada, Conte, Sanz Villanueva, Suñén, Saladriga, Ramón de España, etc.; escritores como Cabrera Infante, Trapiello, Guelbenzu, Molina Foix, Muñoz Molina, etc.; profesores de filosofía, que no filósofos, como Savater; de Literatura, como Darío Villanueva o Martínez


Cachero, que toman esto por literatura es tan preocupante como el anuncio de una nueva novela de Marías. Pág. 222.- Línea sexta. Donde dice y debe decir ni. Id.- "Quién no ha sopechado, y con las sospechas se pueden tomar dos medidas..." Id.- ¡Increible! ¡Auténticamente musteriense! ¡Vertebrado! Luego de dos páginas haciendo afirmaciones, opinando con seguridad, cargando con la brigada ligera, dice Marías: "O eso creo". El lector se siente estafado. Id.- El diccionario no facilita un término para designar a quien hace digresiones. Si existieran digresivo (a semejanza de ejecutivo) o digresionista (como recepcionista), podríamos decir que Marías es el mayor digresivo o digresionista del sistema solar. Ya lo hemos señalado en otro trabajo: todos sus libros reflejan un afán desmedido de llenar páginas para que, al menos en volumen, parezcan novelas... Ante su invencible impotencia para novelar de verdad. Pág. 223.- Una decena de líneas con las que parece que retoma el hilo del relato y... una nueva digresión, ésta sobre Cuba y los cubanos. Digresión que, a su vez, contiene varias subdigresiones, una de ellas sobre cómo cuentan los padres las cosas de los hijos. Pág. 224.- "...y alguna fue algún regalo". Anoto, por enésima vez: ¡Qué falta de recursos! Id.- "...había ido entonces a Cuba [...], pero sus estancias en aquel continente..." ¡Es una isla, Marías, una pequeña isla! Anoto: Con digresiones o sin ellas, si no se refugiase en la primera persona, Marías no sería capaz de llenar ni una página. No es posible que exista ni haya existido nadie más incapacitado para novelar. Pág. 225.- Nueva digresión sobre tono de voces. A continuación, otra sobre falsificadores. Id.- "por encargo de una acaudalada familia tacaña". Como si los tacaños fuesen los habitantes de Taca. Pág. 226.- "dijo mi padre que le habían dicho". Id.- "pensé que [...] y esto no lo pensé al azar sino pensando [...] aunque tampoco dejaba de pensar en ello". Id.- "los más improbables, o acaso son los más probables". Pág. 227.- Un parlamento de Luisa tan increible como un anuncio de gabardinas para pulpos. Y que contiene unas opiniones sobre la mujer que habrán hecho estremecerse a las cátedras de feminismo holístico. Id.- "me habían parecido malas ideas o inconveniencias o reprobables". ¡Inconvenientes, Marías! Id.- Toda la página y más hablando de que se padre cuenta historias increíbles. Pero, cuando pone ejemplos, resulta que son perfectamente creíbles, hasta vulgares. Seguramente quiso escribir otra cosa. O no sabe lo que significa increible. Pág. 228.- "pensara lo que yo pensara". ¿Ni esto, Marías? Debiste escribir: "pensara yo lo que pensara". Págs. 228-229.- A través de sus parlamentos, Luisa se va perfilando como tonta, aunque no es eso lo que pretende Marías. En cuanto al (presunto) lenguaje coloquial de Marías en general, trátase tal vez de un dialecto de una lengua moribunda. Pág. 230.- "Cuántas cosas se van no diciendo". Anoto: Creo llegado el momento de advertir una vez más que el hecho de dejar de señalar algunas líneas no quiere decir que estén bien escritas. Casi ningún párrafo de las vonelas de Marías está escrito correctamente, y los que no se pueden considerar en rigor incorrectos no lo están en prosa literaria. El que menos, es una ensalada de vicuña.


Pág. 231.- La circunstancia de parar, desconectar o sacar la cinta de un vídeo hace hablar a Marías de "la supresión del vídeo", probablemente por decreto-ley. Id.- "no le había dado tiempo con mi llegada inmediata". Pág. 232.- La afición de Marías a fisgonear en los cubos de basura ya la conocemos de otras lecturas: Todas las almas, Después de la batalla piensa en mí... Indica, según la psicología, inseguridad ante el sexo opuesto. En esta ocasión descubre, al cabo de tres horas de ausencia, varios preservativos (Bill tenía que ser una fiera), que quedan cubiertos por unas bolsas que él tira. Se lamenta de que "ya no resultarían visibles en la próxima visita al cubo". Id.- "Era muy tarde aunque fuera sábado". ??? Págs.- 233-234.- El cotillismo que empieza por indagar el contenido del cubo de la basura y llega hasta su interés en enterarse de qué han hecho en la cama su amiga y el otro tipo, y de si éste aportó o no preservativos a la fiesta o utilizaron los que había prestado él, es enfermizo tanto en el caso del personaje como en el de quien lo concibió. Pág. 234.- Un personaje da las gracias y Marías comenta: "Y las 'Gracias' sin duda fueron ruborizadas". Pág. 235.- "Y la espera desespera", dice Marías, coplero él. Id.- "el filo afilado". Id.- Digresión sobre almohadas. Otra, más larga, sobre la espera, con incrustaciones de nuevas almohadas. Pág. 236.- "...el pelo o arruga sobre la frente..." Anoto: Cuando Marías coge carrerilla son impredecibles los abismos conceptuales a los que puede arrastrar al desprevenido lector. Pág. 237.- ¡Ah, fidelísimo Marías! Después de tantas páginas, vuelves a acordarte de la arrugada gabardina. Pág. 239.- "Cambios matrimoniales" son, para Marías, los cambios experimentados por causa del matrimonio. Id.- Escribe "improcedentemente contagiado" cuando quiere escribir "inoportunamente contagiado". Pág. 240.- "a quien se le había prohibido la entrada por el contagio". ¡Cuánta pobreza expresiva!... repito. Págs. 239-246.- Digresión sobre el trabajo de los intérpretes. Pág. 242.- "Semanas [...] abatidas". Cuando la abatida es la persona que pasa la semana. Id.- Marías demuestra creer, otra vez, que "sendos" significa "dos". Id.- "Mi vida soltera" por "Mi vida de soltero". Pág. 243.- Hay frases que Marías repite un montón de veces en cada novela. Una de ellas es ésta: "mis transcurridos años". No se ha percatado sin duda de lo falsamente poética, pretenciosa y ridícula que resulta. Pág. 244.- "esposa bailona y adulterada". Seguramente por adúltera. Id.- Es una insignificancia, pero constituye una de tantas ofensas que Marías inflige a la inteligencia del lector y a la lógica: una persona que va de Madrid a Lausana, está obligada a pasar un aburrido día en Ginebra para hacer transbordo. ¡Claro que si es para aprovechar la ocasión y cenar con Marías! Id.- "...sus labios pulposos y húmedos (húmedos en sí mismos, pero bebió mucho vino)..." Pág. 245.- "fingió que su ensimismamiento había sido fingido". Id.- "Luisa rio con una sola carjada". En caso especiales, hay personas que rien hasta con cinco carcajadas. Id.- "...tu marido reciente aquí presente".


Págs. 247-248.- "Tu abuela [...] no había visto a su hija muerta, sólo enterrada". ¿La vio enterrada, Marías? ¿Es eso lo que querías decir? Pág. 251.- "Se metió una trufa en la boca, que nos habían traido con el café". ¿Una boca os habían traido con el café, Marías? Id.- Informa Marías de que "un viudo triste y a la vez bromista, eso es irresistible". ¿De dónde le vendrán estos conocimientos tan especializados? Reconozco que, a veces, logra asombrarme. Pág. 254.- "El profesor cambiaba de tema, no sin esfuerzo, pensé que estaba aburrido de nuestra compañía". ¿No sin esfuerzo cambiaba de tema o no sin esfuerzo pensaste, Marías? Pág. 255.- "la boca mojada que está siempre llena y es la abundancia". Otra frase tan críptica como frecuente en las vonelas de Marías. Id.- "Olía mal aquel puro, pero yo no los fumo". Yo sé lo que quisiste decir, Marías, pero ¡ay! no dijiste. Pág.- 257.- "...aquella noche de la que no tiene sentido que siga hablando. O tal vez sí..." Estos titubeos tan contínuos en la vonelas de Marías está claro que constituyen un vicio... O tal vez no. Pág. 259.- "Noté que notaba..." Pág. 260.- "Teníamos literalmente una sola almohada". Id.- "Llamé el nombre de Luisa desde la entrada..." O llamé a Luisa o pronuncié (grité) el nombre de Luisa. Pág. 261.- Las generalizaciones de Marías, numerosas, tocan el perímetro toráxico al recoleto lector. La que hace en la mitad inferior de esta página, según la cual absolutamente todos los madrileños hacen lo mismo absolutamente todas las tardes a la misma hora es tan absurda como poco ocurrente. Pág. 262.- Obsérvese la dificultad que encuentra para expresar una sencilla idea: "Cuando desperté ya no había luz que viniera de fuera, quiero decir que era luz nocturna, luz de neón y faroles y no de tarde". No había luz, pero sí había luz; no había luz que viniera de fuera, pero resulta que la que hay viene de las farolas que están fuera; no era de tarde aunque era por la tarde; quiero decir...¿y por qué no lo dices? Por otra parte, si hubiese escrito "viniese de fuera", habría eludido el consonante que hace viniera con fuera. Pero para eso tendría que tener Marías sensibilidad para el arte literario. Id.- Menos mal que, a veces, Marías compensa torpezas como la indicada con una idea luminosa: "Iba a mirar el reloj [,] pero no podría verlo si no encendía una lámpara". Y pensar que habrá desgraciados, menos dotados que Marías, que se empeñen en ver el reloj en la oscuridad, sin encender una lámpara... Y es que no cualquiera se recobra con la rapidez con que nuestro héroe lo hace: "Aún estaba confuso [,] pero en seguida dejé de estarlo". Id.- Yo no termino de entender el siguiente párrafo por mucho que se deba a Marías II El Claro: "...mis ojos se hicieron a la oscuridad, la puerta de la alcoba estaba cerrada, debía de haberla dejado yo así, la costumbre nocturna, aunque hiciera ocho semanas que la había suspendido, en aquel cuarto". Seguro que Marías sabe algo que nos oculta travieso a sus devotos. Pág. 263.- [El albornoz y las toallas de Marías] "seguían sin estar en el cuarto de baño". ¿Será posible? Rebelión de las prendas de aseo, sin duda. (La cantidad de frases inútiles que rodea estas informaciones alcanzan cotas verdaderamente muy altas.) Id.- Otra información: generalmente, Marías, cuando regresa de un viaje, mete los objetos del neceser "en sus antiguos y diversos sitios". Id.- "de esa voz no distinguía ni el ánimo". Id.- El cacumen de Marías sigue despidiendo chispas: "tuve conciencia de que lo que no oyera ahora ya no lo iba a oir".


Pág. 266.- "lo que pasó se me aparece como figuras borrosas". Pág. 267.- "Se les da importancia. O no..." Pág. 268.- "Hundí la cabeza contra [¡en!] la almohada". Pág. 271.- "después de acostarnos con el uno el otro". Pág. 272.- "los que conoce y no conoce". Por el contexto se ve que quería decir: "los que conoce y los que no conoce". Pág. 274.- ¡De qué manera más vulgar se expresan los personajes en el momento culminante del libro! Ranz, que ha matado por amor, dice a su esposa en plena batalla de pasiones: "Te quiero tanto que mataría por ti". Y ella comenta: "Ya será menos". ¡Para matarte, Marías! Hacerle esto a tus fans una vez que te estábamos siguiendo con cierta curiosidad desde hace un par de páginas. (Una persona que dice "ya será menos" en el tálamo y ante el arrebato es tonta, ¡no tiene derecho a tomarse tan en serio a sí misma como para suicidarse!) Id.- "La maldita seriedad, añadió seriamente". Id.- "Miré el reloj sin entender la hora". Pág. 276.- "Yo fui un bala perdida hasta que conocí a Teresa". ¡Madre mía! Pág. 277.- "de color parecido al color de sus ojos". Pág. 280.- "y ya está hecho el hecho". Pág. 283.- "hacía dos meses que no nos tocábamos o yo a ella". Una vez más se entiende lo que dice, sí; pero eso no es literatura. Id.- "...sólo para su madre, mamita mamita, que no supo hacer guardia o velar por ella, mentira mi suegra". ??? Pág. 284.- "pero entonces lo pensé para entonces". Id.- Habla del cumplimiento de un pensamiento que le ha llegado con fuerza. Sin duda quería hablar de una idea. Anoto: Marías no sabría escribir una historia en tercera persona. La primera le facilita la expresión del psicologismo tan premioso, barato y arbitrario que empapa su vonelas. Id.- "Ranz debía de estar mirando a Luisa [...] o quizá tenía la mirada baja". ¡O quizá había cerrado los ojos o quizá se los rascaba! Pág. 285.- "tras el transcurrido tiempo". Id.- "Iba a hacerlo cuando lo pensé y no lo hice. Lo pensé rápidamente, lo pensé sin imaginármelo y por eso lo hice". Marías es incapaz de traducir a lenguaje literario su propio pensamiento. Es un caso de libro. El resto de la página y varias líneas de la siguiente es una plasta sintáctica con antecedentes penales. Pág. 286.- "y en medio de la noche, al despertar sobresaltados por una pesadilla o ser incapaces de conciliar el sueño, al padecer una fiebre o creernos solos y abandonados a oscuras". Id.- "Se dejará besar lo que en el rostro es besable (nariz, ojos y boca; mentón, frente y mejillas; y orejas). O sea, todo, Marías. ¡Qué ganas de llenar líneas! Anoto: Marías ignora que, tratándose de literatura, es preferible el circunloquio o la perífrasis a la escritura propia de un telegrafista. Pág. 288.- "con una sombra de su voz de siempre, de la más acostumbrada". Pág. 290.- "casi ocho [semanas] que no la veía allí, en nuestra casa y alcoba y almohada".Pág. 293.- Calificar unos presentimientos de desastrosos es propio del lenguaje más vulgar de un escritor vulgar. Id.- "Y aunque no soy capaz de pensar [...] vuelvo a pensar". Id.- "...se encuentre aún en el codiciado mundo". Id.- "parece [...] no haber existido mucho". Pág. 294.- Se advierte -quedan seis páginas y media- que Marías ha decidido dar carpetazo, de forma expeditiva, a sus digresiones. Si considerásemos por separado las diversas


"partes" de que se compone esta "novela", comprobaríamos que el resultado de la suma de todas ellas es cualquier cosa menos una novela. Pág. 295.- "al menos así yo lo hago". Pág. 296.- "...o escribirle cartas, rara vez lo hemos hecho". Id.- "A Custardoy no he vuelto a verlo por el momento". Pág. 297.- "cuando me miran o miran". Pág. 300.- "con las lentillas quitadas si las llevaba". ¿Para qué añadir lo que hemos subrayado? Es un vicio contínuo en la prosa de Marías, producto de su incapacidad para eludir. Pág. 301.- "a mano sólo la propia mano". Id.- "cuando le sigue el silencio de la vida adulta, o quizá es masculina".


CEBRIÁNMORIBUNDIA El domingo 17 de noviembre del año pasado, festividad de San Crispín, El País Semanal tuvo la feliz ocurrencia de publicar, con acompañamiento de tamborada mediática, el primer capítulo de la novela Francomoribundia, del conocido académico y hombre de negocios Juan Luis Cebrián, que, se decía en una nota introductoria, aparecería justo un año después en las librerías. El Centro de Documentación de la Novela Española, siempre atento a las hazañas de los grandes hombres, quiere también adelantar en un año, con el análisis de ese capítulo, la crítica acompasada que hará a la totalidad de un libro destinado a situarse en un santiasisea en los primeros puestos de los más vendidos. Reconozco, yo, que he sido dignificado con el encargo de llevar a cabo la tarea, que, conociendo una anterior novela del Consejero Delegado de El País, La Rusa, parto con una fuerte reserva: temo que a la obra anunciada, que finge un monólogo de Franco en su lecho de muerte, se le pueda aplicar una variante de la ley que estableció Kingsley Amis cuando dijo que lo malo de las novelas de extraterrestres superinteligentes es que nunca pueden serlo más que el autor. ¿Era Franco tan inteligente como han dicho sus leales? Seguro estoy de que Cebrián no lo es. “¡Qué duro es morir!” es la primera y tontorrona frase de la “novela”. ¡Como si eso lo pudiera saber uno que todavía está vivo y lo va a seguir estando durante trescientas o cuatrocientas páginas que no se las saltaría un pertiguero! Antes de seguir adelante, quiero decir, para quienes se hayan incorporado tarde al conocimiento de La Fiera, que practico la crítica llamada acompasada por el Círculo de Fuencarral, la cual exige, para quien dude de nuestro rigor al citar, tener al lado el texto críticado. Pues bien, uno de los instrumentos de que dispone este método es la comparación agraviativa. Su empleo en este caso puede consistir en leer cualquier página de, por ejemplo, La muerte de Virgilio, Dios ha nacido en el exilio o las Memorias de Adriano y compararlas con las cebrianescas. Quien lo haga, me creerá si digo que, si con Franco España era la reserva espiritual de Occidente, con Cebrián, el relato de su agonía es el culo de la Literatura. “Pedestre”, es lo menos que se puede decir de todo cuanto sigue al enguachirnado introito. Para mí, ya está claro: el Consejero Delegado va a cometer, a lo largo de toda la obra, el error en el que caen los principiantes, es decir, los no-escritores ni, mucho menos, novelistas: atosigar al lector con todo cuando han aprendido al documentarse. Incapaz de escribir un auténtico monólogo interior, “dedica” el pensamiento del moribundo a la inverosímil tarea de describir su entorno y analizar con detalle todo cuanto pasa en su cuerpo, desde el mínimo roce de una sábana a las más complicadas operaciones cagandas, desde la coronilla al dedo gordo del pie, pasando por las mismísimas pelotas. El dictador siente que se desangra, se caga y se mea y habla de “desagües”, lo cual resulta un chiste malo y, por ende, involuntario. “...cuando me bajaban a esa especie de quirófano de campaña montado de urgencia en el cuerpo de guardia...” Los subrayados son míos y los he hecho para decir ahora que un escritor auténtico se dejaría crucificar antes de emplear esas frases propias de un jefe de negociado. Todo cuanto sigue, además de blandengue, es funcionarial. Y constituye un ejemplo de lo que antes decíamos: el autor se ha enterado de todo eso de la urgencia, el cuerpo de guardia y lo demás, pero ¿qué moribundo, y menos si es moribundo titulado, se va a preocupar de a dónde lo llevan ni de cómo es el lugar? Me detengo en un detalle sublime: un pasaje en el que resplandece el Cebrián brillante, el académico, el creador de La rusa, de felice recordación; sin tomarle en cuenta el descuido, que cualquiera puede tener, de meter sin venir a cuento lo de “atado y bien atado”, que algún envidioso puede señalar como ridículo: el ancianísimo moribundo, que no sólo está desaguando, sino que tiene más dolores que un rosario y un viacrucis juntos, no sólo se preocupa de su “mentoncillo recién afeitado”, sino de dar largas explicaciones sobre su voz


aflautada, que le ha traido de cabeza toda su vida y no ha podido corregir a pesar de -según explica en una treintena de documentadas líneas- “los ejercicios de foniatría, las irritantes vocalizaciones labiales, dentales, guturales, linguopalatales, las complicadas gimnasias a las que se empecinaron en someter meses atrás mi garganta”, las gárgaras con marraquino y queso de cabra, luego de soplar en una gaita. Todo un tratado, como se ve. Que no ha terminado. Sin dar tiempo al lector para un obligado bostezo, continúa con la tabarra de la voz: “No se daban cuenta de que no es ahora cuando me hubiera gustado tener una voz potente, como de barítono o tenor (no distingo muy bien los tonos), ya no la necesito. Antes sí, siempre he sufrido por causa de ese timbre aflautado, de pollito capón, según me decían en la escuela los rapaces, de señorita, como osaban insinuar los cadetes. Durante años pensé que mi abulia amorosa tenía que ver con la fragilidad de mis cuerdas vocales e incluso mantuve algunas discusiones con Puigvert sobre este punto”. No, Cebrián: tendrías que haber escrito “sobre el punto de marras” o “sobre el extremo que nos ocupa” Imaginen la escena, oh lectores bienhumorados y competentes. Si en vez de “pensarlo”, el predifunto dice todo eso en alta voz, los realistas dogmáticos presentes habrían creído que estaba dando una conferencia, en tanto los espiritistas llegarían a la conclusión de que Cebrián se había posesionado del cuerpo del general o, por lo menos, de su uniforme. “Sobre este punto” es una expresión que no utilizaría jamás un escritor. Aunque, en el contexto en que aquí se sitúa ¡qué más da! Si alguien encuentra un fragmento de prosa más vulgar que el transcrito, por favor, que nos presente al autor. Queremos hacerle una entrevista. Ni eso es literatura, señor Cebrián, ni ése es un moribundo. ¿Sabe por qué? Porque usted no es un escritor, aunque, cuando llegue el momento, Conte, Sanz Villanueva y sobre todo, García Posada, Ignacio Echevarría y José Andrés Rojo le dirán que sí lo es. Lean la primera columna de la página 126 y, si saben algo de literatura, comprobarán que no puede haber una redacción más pobre. No satisfecho con haber fornicado a la hembra del marrano con la oratio magna sobre las cuerdas vocales y el mentoncillo, ahora la emprende con el uréter y la próstata, añadiendo que, como él ha sabido siempre, las que no le han funcionado nunca bien al laureado han sido las glándulas endocrinas... ¡Qué medio muerto más sabihondo! exclama atónito el lector. Y tanto que lo es, me permito terciar; como que ahora se pone a hablar, a propósito del doctor Puigvert, de catalanismo y comunismo, pretendiendo la tontería -que no me parece justo atribuirle a Franco, sino a Cebrián- de que es contradictorio ser militante comunista y anhelar el poder. Que se lo hubiesen preguntado a Stalin. De Cebrián también, y a propósito del mismo urólogo, es el siguiente párrafo, tan cargado de fina ironía como de agudeza: “... [Puigvert] era republicano sólo de boquilla para afuera, muchos son así, tan catalanista, tan de izquierdas, y le encanta el poder, quizá porque lo ve desde la perspectiva miserable de su especialidad, reducido a charquitos de orina incontenible, sustanciado en hedores domésticos y añejos, y disfruta humillando a los más fuertes y temibles generales de la tierra”. Aquí no se trata ya sólo de prosa vulgar: se advierte también la impotencia expresiva y la endeblez del pensamiento. El primer párrafo, según la disposición tipográfica de El País Semanal, termina con unas líneas con las que supongo que el académico de la lengua quiere hacer ver que quien se perfila como cadáver no ha perdido su agudeza visual ni su capacidad de observación. Sabe -y nos lo cuenta prolijamente- que lo mantienen vivo a base de enchufarle más clavijas que a una furgoneta, y que parece una croqueta rebozada con “cánulas, drenajes, electrodos, catéteres, demóstenes, cables, monitores, enchufes” y, seguramente, compresas finas y seguras. Y termina: “Debo parecer el monstruo de Frankenstein -siempre me entretuvo esa película-, aunque mucho más pequeño y mucho más adolorido”. Señor académico: como no es seguro, tendría que haber escrito “debo DE parecer...” Segundo, la comparación con el conocido y bien cosido monstruo es la que se le hubiese ocurrido a un retrasado mental en uno de sus días


malos. Lea una sola página de Hermann Broch o de Thorton Wilder, compare y tire a la basura el resto de su manuscrito; échese ceniza en la tonsura y váyase al carajo. Novelar no es lo suyo. Antes de emprendella con el segundo parágrafo, me hago esta consideración: seguro que el Cebrián ha creído tener una buena ocurrencia con esto del monólogo francófono, y seguro que ya ha pensado en los ditirambos que va a dictar a García Posada, Muñoz Molina, Haro Tecglen, Ignacio Echevarría, Rosa Mora, Maruja Torres, José Andrés Rojo, Rosa Montero, Vicent, Savater, Pradera, Juan Cruz, Vázquez Montalbán, Guelbenzu... No sé por qué, me huelo que va a ser este último el encargado de decir que no ha leído en su vida una introspección más introspectiva; aunque la glorificación llegará desde la columna de Haro Tecglen, especialista en la figura del gran capitán que Dios concedió a los españoles para su dicha. Éste hasta es capaz de decir que en realidad se trata de una alegoría, digna de Chaquespeare, del pensamiento único y de lo que Cela ha llamado con acierto la aldea global. Y a lo que iba: No, no ha sido una buena ocurrencia. Cebrián carece de fuelle para hacer un monólogo interior extenso (tampoco corto) y se va a ver obligado -se está viendo obligado- a rellenar párrafos y párrafos de rupestres pinceladas costumbristas, digresiones inoportunas y memeces. Sólo empezarlo, se quiere poner heideggeriano, pero más bien se muestra como un guripa iletrado escribiéndole a su novia por cabo primera interpuesto. Arranca con una serie de frases hechas y/o manidas -”la muerte nos libera del dolor”, “estamos aquí para morir”, “guiñapo sanguinolento”; “dejar las cosas en regla”- y, tras un “¡hay que ver en lo que he sido convertido!”, que no se lo salta un galgo, empieza a decir unas cosas que, si no son ironías, son sandeces y, si son ironías, no consigue que aparezcan como tales. En el párrafo anterior: “los hombres como yo tienen vocación de eternidad”; en éste: [la tortura que] “se empeñan en aplicarme quienes se supone que me quieren”. Y la guinda: “evitándome un fin glorioso”. Es evidente que Cebrián no conoce sus limitaciones, que son magnas. Tras los ya contemplados “guiñapos sanguinolentos”, otros adornos: “apretujado montón de pellejos”, “coágulo viscoso”, “alarido de dolor”, “sufrimientos inefables”... ¡Tú sí que eres inefable, capullo! Piensa Franco Bahamonde y Cebrián: “De ninguna manera merezco este purgatorio”. Se supone que estás escribiendo una novela, esto es, haciendo literatura. Pues verás: “lo de “de ninguna manera” lo emplea un verdadero escritor, como mucho, en un diálogo. Jamás en el texto y, menos, en un monólogo interior. ¿No comprendes que, con tu lenguaje pedestre nos alejas de la parca en la misma medida en que nos acercas a un jugador de mus? Sigue: “me cuesta trabajo...” Y, a continuación, una serie de tópicos tomados de los discursos de don Claudio (nunca me he atrevido a llamarle Claudillo) sobre sus “servicios a la patria”. Qué fácil es escribir una novela, ¿verdad, Cebrián? Se empapa uno cuatro libros sobre el tema, y a contarlos resumidos. Con la misma superficialidad, se refiere ahora a “los enemigos de la patria, los masones y los comunistas, o esos recalcitrantes exiliados, incapaces [...] de admitir lo que ha mejorado nuestra patria”. Lo que dije: Cebrián es todavía menos inteligente que su personaje. Es más, es vulgar. Franco jamás se hubiese expresado así. Y si lo hizo alguna vez sería porque Cebrián le había escrito el discurso. Y tampoco hubiese expelido este merengue: “Nunca me atrajeron los placeres mundanos, he vivido sin ningún desenfreno...”. Las tres últimas palabras revelan una total incapacidad expresiva. Y siguen los tópicos: “la religión y la milicia”, “su ambición desmedida y desvergonzada”, [Villaverde] “atolondrado y rijoso”, “se gasta en juergas lo que con malas artes se lleva”... Se


siente vergüenza por delegación transcribiendo estas frases. ¿La siente alguien más que yo? ¿Cuántos españoles, críticos y profesores de literatura incluídos, advertirán la jumental torpeza de esta prosa? Y que nadie me diga que lo que pasa es que el presunto escritor está intentando imitar el lenguaje francúleo, porque le doy con una novela de Faulkner en la coronilla. Más vulgaridades: “o sea”, “me cabe cierto orgullo”, “en este trance no tengo otra opción”, “la sobriedad de las paredes”... ¿Le es permitido a un escritor meter páginas de relleno, en las que la tensión de la escritura descienda? Mi setencia es que no. Pues, en ese orden de ideas, imaginen los rellenos de lo que ya de por sí es puro relleno: la descojonación de los nibelungos tocada en una armónica de todo a cien... Perora el moribundo sobre la elección del palacio de El Pardo como domicilio y dice, entre otras vaciedades, que echa de menos su escritorio, para terminar luminosamente, a través de la mentalidad cebrianiana: “el hombre es un animal de costumbres”. “En definitiva”, inaugura un nuevo párrafo este funcionario frustrado, para continuar con “repetidas veces” y terminar con un adorno: “esta tribulación final”. Empieza a hablar ahora de la Pilarica, como suelen hacer los moribundos que han hecho el servicio militar en Zaragoza, y parece estar a punto de arrancarse con una jota, cuando lo distrae su “lacerado cuerpo” y su “piel gastada”... La adjetivación de Cebrián parece un muestrario para uso de un maestro de escuela con aspiraciones a cantar a la patrona del lugar en tetástrofos monorrimos. Hacia la mitad de la tercera columna: “...emocionarme, será...” Esa coma tendría que haber sido punto y coma o punto y seguido. Pero de estas pijadas no voy a ocuparme: no haría otra cosa durante el próximo decenio. Es de dominio público lo mal que conoce la lengua española y su gramática el académico Cebrián. “Dificultad ímproba”, sigue Cebrián adjetivando como un jefe de negociado del ministerio de Fomento. Ni un moribundo con alta fiebre y medio tonto desde su juventud emplea esa expresión. Menos aún, un escritor. Adriano habla en sus “memorias” como Marguerite Yourcenar. Jamás se le hubiese ocurrido a Marguerite escribir en latín. Por medio de Cebrián, Franco solicita que lo desenchufen, y habla de “embrollo de conexiones que me tienen atado al aire insalubre de la clínica”. La torpeza de este escritor hace sospechar que quizá no lo sea. Pobreza extrema en la frase, que quiere ser irónica, pero que no es más que nemoncia, en que el enchufado se refiere a sus víctimas, con las que se ensañó -dice- menos que los médicos con él; y, como habla de “sus circunstancias”, pues cita a Ortega y Gasset. Cebrián, como Javier Marías, como los demás alfaguarranos, es incapaz de conjugar la primera persona del singular del presente de indicativo sin anteponerle el pronombre: yo dije, yo miré, yo hice... Penoso. “Antes bien...” continúa redactando, que no escribiendo, y mucho menos con arte. Como cuando habla de “los errores del siglo” y de “incurrir en semejante exageración”. “A pecho descubierto”, “bautismo de fuego”, etc., etc., etc. Si Cebrián llega a posesionarse, cual diabólico espíritu literario, de la mente de Nietzsche, se deshace la Unión Europea. “La aguerrida e impetuosa milicia”. ¡Estas cosas no hay que decirlas, hombre! ¡Todas las milicias son aguerridas e impetuosas!, como todos los mentones son prominentes; todos los pasilllos, lóbregos; todos los entierros, sentidas manifestaciones de duelo; todos los discursos, importantes, y todas las sequías pertinaces... ¿Cómo va a decir un hombre de otro hombre que “lo amaba”? Y menos si ambos son aguerridos mílites. Dirá “lo quería”, “lo quise”, “lo estimé”, “lo aprecié”... ¡Franco enamorado de Millán Astray!


Dice Franco, encarnado en Cebrián, que Millán Astray le pidió que fuese el brazo que le faltaba y el ojo tuerto. Y ¿qué hubieran hecho con el resto? se pregunta el lector desasosegado. “Debido a mis dotes de mando”... Definitivamente y en serio: Cebrián no sabe meterse en la psicología del personaje. Como ya apunté, Cebrián ha creído que, leyéndose una docena de libros, podía escribir el suyo. Aunque no lo confiese, cuenta con el poder mediático y político de Prisa y con el coro de aduladores cuya centésima parte hemos citado, la influencia de la publicidad y el analfabetismo de los españoles. “A él le gustaba el otro yerno, familia adinerada...” Aunque se entienda lo que quiere decir, no es correcto presentar como equivalentes “yerno” y “familia”. Tendría que haber escrito algo así como: “...el otro yerno, que era de familia adinerada...”. Cebrián cree que, porque llame Ramoncito a Serrano Suñer, ya constituye al lector en allegado del personaje. La alusión a las relaciones del primer ministro de exteriores del franquismo con Mussolini son tan superficiales, tan frívolas, que hacen reparar al crítico en el hecho de que al intelectual prisano le merece cien veces menos atención ese episodio capital, que los cables y las cagaleras que albondigan al sufriente. ¡Qué tristeza! Lo escribo pensando en el éxito, ya cantado, de este libro. Culturalmente, España es una desdicha, como dice Juan Ignacio Ferreras.. Al iniciar el tercer parágrafo, hace un chiste involuntario: “Es curioso que me acuerde ahora de estas cosas”. Y las que te quedan, muchacho, durante las próximas cuatrocientas páginas.Y naturalmente las recuerda, según el manido lenguaje del académico, “con absoluta nitidez”. A pocas horas de su óbito, Franco, según Cebrián, no pierde las ganas de aprender cosas nuevas: decide preguntarle al médico por qué se acuerda bien de lo de hace medio siglo y mal de lo de hace una semana. Si Cebrián deja de utilizar un solo tópico, lo consideraré un triunfo de la mediocridad y retiraré los cargos. Franco se distrae y empieza a divagar -otra vez- sobre el doctor Puigvert, “tan buena persona como buen científico” y sobre “el fiel Vicente”. Pero Cebrián lo llama al orden y vuelve a pensar en la muerte. Dice, con la potente, original y metafórica prosa cebriánea, no necesitar “de esa pléyade de galenos pretenciosos y arremangados”. El desastre que constituye esta frase desde el punto de vista de la literatura es imposible que lo capte este pobre hombre rico; de otra suerte, no la hubiese escrito. Igual se puede decir de lo siguiente, que es peor todavía. Juro, sin bromas, que me produce sonrojo: “El equipo médico habitual, lo llaman”. No añade que es en Televisión Española y en Radio Nacional donde lo hacen; medios que, al parecer, el diñando no ha dejado de frecuentar. Cebrián así lo entiende y, generosamente, nos lo comunica. Y es que es un lince este Cebrián. Entra de lleno en la psicología francuda y hace decir al yacente: “si no hubiera perdido el conocimiento [...] hubiera gritado con mi vocecita de jilguero”. “...será por eso que...”. ¡Espantoso! A no ser que se trate de un homenaje a Jordi Pujol. Hay que reconocer cierta habilidad al Consejero Delegado de la Lengua: cuando no destroza ésta, hace descender el pensamiento a las cloacas: “La muerte es la razón de todas las cosas”. Ni a Franco medio lelo se le hubiese ocurrido algo tan idiota. Y si Franco hubiera de referirse a que tuvo que cargarse a más de cuatro, ¿cómo lo hubiese dicho teniendo de intérprete a Cebrián? Pues hablando de “las vidas que me ví obligado a segar”, naturalmente. Donde esté un buen tópico, que se quiten otras florituras Mira Cebrián: un escritor, un verdadero escritor, es alguien que ve más, que siente más, que huele más, que palpa más que el común de los mortales... Y que dice las cosas de manera diferente. Además, ¿sabes?, novelar no consiste simplemente en ponerse a contar cosas.


Columna izquierda de la página 4 (contando como primera la del título y la presentación): “...acuerdo, reservaría...”. Las comas que deberían ser punto y coma o punto y seguido son en este texto tan innumerables como las estrellas del cielo, las arenas de las playas y los tontos de la tierra. Ya dije que no pienso señalarlas todas. “...desdichados quincalleros...”, “...a lomos de una vespa...”, “...yo no estuve de acuerdo...”, ”...esta clase de procesos...”, “...caprichos volubles...”, “...discutibles opiniones...”, “...por si fuera poco...”, “...cedí a las presiones...”... Esto no es una novela, Consejero, esto es un dossier. Pero, pésima escritura aparte, empiezo a sospechar que lo que pretende Cebrián con este libro es dejar bien al dictador, presentándolo como un tipo simpático y bonachón, que hizo canalladas muy a su pesar, cuando la verdad es que prácticamente todos sus biógrafos están de acuerdo en que era vengativo, rencoroso e incapaz de perdonar. Cebrián lleva unas cien líneas queriendo convencer al lector de lo contrario. O es que es tan torpe que le está saliendo el tiro por las nalgas. La alusión al Tempranillo es de abuela de pueblo, no de generalísimo de todos los ejércitos. A continuación, un tácito homenaje a Fraga, y una expresión digna de una redacción bachilleranda: “desde que Fraga fue ministro la prensa se ha desbocado”. Quien no advierta la pobreza, tanto de la prosa como del pensamiento, carece de antenas para la literatura. Es exactamente así como un tonto piensa que piensa un tonto. “Opiniones discutibles...” ¡Cebrián de los cojones! ¡Estás acabando con mi paciencia! ¡Ya te he dicho que todas las opiniones son discutibles; todos los amores, apasionados; todos los años, difíciles; todos los militares, apuestos; todas las sonrisas, amplias; todas las muchedumbres, abigarradas... ¡no hay que decirlo! ¡Cómprate el Casares, desgraciado! Bueno, bueno... ¿Qué creen ustedes que podía escuchar Franco en aquellas condiciones y con Cebrián en el lugar del pope? ¡Pues “la voz de su conciencia”, claro! Nueva remesa de frases hechas, lugares comunes y valores entendidos: “momentos trascendentales”, “manos manchadas de sangre”, “prueba de amor”, “entrega formidable”, “sangre vertida”, “redención de España”, etcétera, etc. Cebrián, Cebrián, hijo de Heredias, primo y nieto de Camborios, ¿tú sabes lo que significa originalidad? Pues sí que lo sabe: luego de unas oportunas disquisiciones del muriente sobre la disciplina, desembocamos nada menos que en “la bravura de las tropas”. “Gobiernos corruPtos e inePtos”... ¡qué barbaridad! Me ha pillado descuidado y la UP y la EP se me han clavado en pleno tímpano de Eustaquio, con el consabido y desagradable efecto. Ahora, final de la primera columna de la página 4 y principio de la segunda, Franco, por medio de Cebrián, seguramente asesorado por Tussell, se pone a hacer historia de España y filosofía de la historia, según solían hacer los moribundos a finales del XX. Como reclama el contexto, utilizando sinécdoques, metáforas y metonimias: “cuestiones de este jaez”, “ni un leve pestañeo”, “arrancar las malas hierbas”, “acallar el corazón”, “la guerra exige renuncias”, “ganar sus almas”, “luminosas mañanas”, “vuelta al redil”, “el mejor de los argumentos”, “talante magnánimo”, “explicación lógica” etc... Piensa Franco en la penas de muerte que ha firmado y lo hace, Cebrián mediante, con tan escasa hondura, con tal cantidad de tópicos, que nada hay en la larga disquisición que no se esté harto de oir en conversaciones tabernarias. Vulgar. Aunque quizá sea peor cuando pretende hacer florituras idiomáticas y habla de “un talante magnánimo [que] resulta el mayor argumento para la construcción de la concordia”. Mas como digo una có, digo la ó: ¡qué agudeza!, ¡qué esprit!, ¡qué finuga! “La guerra exige sus renuncias y entre ellas está la de saber acallar el corazón a la hora de arrancar las malas hierbas: destruyendo los cuerpos de nuestros enemigos ganamos sus almas”. ¡Qué irrónico! Pero ¡qué irrónico! “¿En qué batalla -se pregunta, ya no sé si Cebrián o Franco- no se causan estragos?” Sea el muertigrafiado, sea el muertígrafo, es persona dada a las precisiones: exige que “se encuentre


una explicación lógica” y que “se pongan las cosas en su contexto”. Lo he consultado: me ha dicho un cura que si a algún moribundo se le ocurre hablar de “contexto”, el papa ha ordenado que se le niegue la extremaunción. “Tan imparcial me mostré que aprobé, incluso, la ejecución de mi querido primo Ricardo”. ¡Mi querido primo! ¡Eso sólo se escribe al principio de las cartas, capullo! El párrafo acaba, también en clave epistolar: “¡Ay, Ricardito, por qué tuviste que ser fiel a la República!” ¡Cómo hay que contenerse, en el ejercicio responsable de la crítica honesta y rigurosa! Si yo escribiera ahora que Cebrián es gilipollas, me llamaría al orden doña Elvira Lindo, Viruca Lundurri para los íntimos, una de las musas de la mafia anticultural polanquestre. Y ¡cómo no! Se queja de que “todavía sigan con la cantinela de García Lorca”. En lo que sigue hasta el final de la columna, que es también el de la página, se refiere de manera tan pedestre al asesinato del poeta granadino y a los desmanes de sus tropas -“a los del turbante hay que entenderlos”- que el crítico siente vergüenza por delegación y pasa por alto, sin comentarlas, una veintena de líneas. Lo que importa en las novelas, como en las películas, históricas no es que en ellas se recree con fidelidad una época -algo, por lo general, difícilmente comprobable si la época es lejana-, sino que sean creíbles; esto es, verosímiles. El relato de Cebrián no lo es en absoluto. Primero, porque, dado el punto de vista que elige, la perorata del exaguerrido suena como el estornudo coral de una manada de elefantes. Segundo, porque no establece perspectivismo ni contraste, esos elementos obligados de la visión novelística, que tan bien definió el profesor Baquero Goyanes. Por otra parte -algo que Cebrián ignora-, en una novela como esta pretendía ser, se trata de una recreación a partir de una tesis, de una interpretación subjetiva de los hechos, no de ir malamente enlazando sucesos tomados de libros o periódicos. Tu carencia de dotes literarias, Cebrián, es absoluta: siento diferir en esto de los maestros Conte, Posada, Haro Tecglen, Echevarría, Savater y Guelbenzu. No es verosímil que Franco se refiriera a sus soldados marroquíes como “los del turbante”. Ni que reconozca que “arrasaban cuanto encontraban a su paso”, con frase hecha, además, como es lo propio de su intérprete. Quien, por otro lado, tendría que haber explicado, en nota a pie de página, qué entiende él por turbante. “Mi corneta Charlot me obsequió un día con la oreja de un prisionero, ‘le he rebanado el cuello’, me dijo complacido, y tentado estuve de recriminarle, pero cuando comprendí que aquel trofeo mostraba la primera proeza del muchacho, preferí no desanimarlo”. Este detalle de humor negro [malo] resulta totalmente inverosímil en el pensamiento de Franco; y más, de un Franco a punto de diñarla. “... cada error cometido en esa dirección...”, ...”tentado estuve...”, “... he cumplido buenas penitencias, amén de la que ahora...” : “en esa dirección...”, “amén de...”... ¡Por Dios, Cebrián! Así sólo se expresan los administrativos y los feligreses... ¡Estás haciendo bueno a Gala! “... podría yo citar..” Pues cita, hombre. A ver si por fín leemos algo coherente. La muerte “del almirante” la achaca Cebrián y Bahamonde a “la fragilidad mostrada con los vascos”. Un besugo a la caldereta, sin las menores ínfulas literarias, tendría mejores ocurrencias. Las cosas, en una obra que se pretende literaria, no se deben decir como en el mercado, en el metro, o en el diario independiente de la mañana. ¿En qué se diferencia un escritor de un cateto de infantería? La cosa es grave: los grandes grupos mediáticos y editoriales, como Prisa, con sus premios, sus bestsellers, sus campañas de marketing, están deformando a una generación de lectores españoles, inculcándoles la idea de que la mediocridad es una virtud. “...se habría ahorrado no pocas lágrimas...” Subrayado mío.


Y sigue: “debilidad o flaqueza”, “momentos decisivos” (todos los son, Cebrián, ya te lo he dicho), “acciones y omisiones”, convictos y confesos y la madre que te parió. “... no sé si es verdad o mentira, se me nublan las ideas...” Hace ya rato que se te están nublando. Pero a ti, Cebrián, no al invicto yacente. Como escribe tan mal el Cebrián éste, a veces induce al lector a confusiones que encarnan un cierto peligro. For example: “...me tiembla casi tanto como la mano, pero mientras la izquierda...” El lector enjundioso pero noble piensa al leer esto que el redactando va a decir que, mientras la izquierda le tiembla sólo un dos coma dos, la derecha lo hace como un flan. Pero, apenas esta idea se ha abierto paso en su despejada mente, advierte con el rabillo del ojo que Cebrián ha seguido: “mientras la izquierda se quejaba...” ¿Una mano quejumbrosa? ¿Pretendes insinuar, oh insensato, que también las manos tienen vela en este entierro? (Sé lo que estás pensando, Cebrián: que así cualquiera, con cualquier libro... ¡No! No te confundas. No te engañes. Como dice el maestro O’Garthia, sólo se puede uno reir de lo que es risible, y tu novela es risible. Y tú también eres risible.) Desde “... nos jugamos el pellejo...” -otra frase hecha- hasta el final del párrafo, la prosa cebrianuda tiene exactamente el nivel -como casi todo el libro- de una redacción para el examen de ingreso. “... tras mi tránsito...”. Ese “tras-trán” es para darte con él en la cabeza, Cebrián, desgraciado... “noto [...] como una morriña universal y caótica...”. Podría haber hablado de “panmorriña”. En serio: el desajuste o contraste conceptual -de hecho, sólo lo es respecto al tono del resto del libro- lo consideraría Cebrián en su momento una buena ocurrencia, y así lo creerá, acatando órdenes, García Posada: el caso es que no es más que una chorrada. Como esta otra: en boca o pensamiento de un moribundo, pone la expresión “absolutamente novedosa”, como si estuviese hablando de la alineación del Alcoyano... “... entre mis carnes entecas...”. Entérate, Cebrián, aunque no creo que estés ya en edad de aprender: hay palabras que están prohibidas en el lenguaje literario. “Enteca” es una de ellas. Sólo estaría justificada para rimar con “manteca”. “...que justifique tamaño desconsuelo...” ¿”Vulgar” dije antes? Este tío es un felpudo. En día de lluvia. Empieza el cuarto parágrafo y, ya en las primeras líneas, nos encontramos con “una espeluznante precisión”. La adjetivación del académico es de novela de quiosco. ¿Lo hará por humildad? En el más puro estilo administrativo, piensa Franco: “... no falta quien asegura (sic, por “asegure”, que sería lo elegante. He aquí un ejemplo perfecto de pensamiento pedestre traducido a palabras. Don Fernando Lázaro Carreter y acólitos, que hicieron académico a esta venus hotentote deberían ir pensando en atarse un diccionario al cuello y arrojarse al Manzanares. Escandaliza que un indigente de la lengua como éste ocupe uno de los sillones reservados a los que saben poco, no a los que no saben nada. (Nos contó don Víctor García de la Concha, antes de convertirse al protestantismo, que, en su momento, puesto que iba a entrar en la docta casa un periodista de ABC, Luis María Ansón, la prudencia exigió -peligraba la paz en la UE- que entrase otro de El País. Con la buena vista que les caracteriza, los inmortales moribundos pensaron en Haro Tecglen -¿quizá para el sillón “dos puntos”?-, pero Chus del Gran Poder, que lo puede todo, menos que sus muchachos y muchachas tengan talento de escritores, exigió que fuese Cebrián. Esto es rigurosamente histórico en todos sus extremos, menos en el de que Concha ingresara en un convento.) La forma en que Franco, vía Cebrián, expresa su deseo de que lo apaguen, como si fuera un farol, dejo al lector que la descubra y disfrute por sí mismo. Yo prefiero centrarme en el


siguiente párrafo indesperdicie: “Cuantas veces presiento las dulces manos de las enfermeras acariciar mi frente, mesarme con dulzura los láguidos cabellos, el tacto de sus dedos sobre mi piel me produce una extraña y tierna sensación. Sueño que he vuelto al regazo de mi madre, imagino sus besos nocturnos en la ausencia del marido, su fortaleza ambigua, como de seda, incapaz de quebrarse ante la adversidad, y me miran sus ojos, misteriosos y grandes, como si quisieran adueñarse de mí, prestar a mis pupilas el brillo de las suyas, reclamarme a su cielo de brumas, confundiéndose el llanto con el orballo fino de nuestra tierra. Ya sabes, Paquito, me decía, paso de buey, piel de lobo. Heredé de ella su retranca y su obstinación.” Enmienda a la totalidad. Cuando se escribe una novela -“es que esto no lo es”, dirá el lector avisado-, cuando se escribe una novela, digo, en primera persona y el que se supone que se expresa es un personaje histórico, hay que cuidar no solamente la verosimilitud, sino también el arquetipo. ¿Alguien imagina a Franco diciendo o pensando ternezas y hablando de sus lánguidos cabellos? “...besos nocturnos en la ausencia del marido...” ¿Qué quiere decir esto? Lo que el de los lánguidos cabellos pone en boca de su madre tiene que ir entrecomillado, porque es estilo directo. Lo saben los bachilleres. “Presiento las dulces manos de las enfermeras acariciando mi frente...”. Si todavía las presiente, si aún no las ha sentido, ¿cómo sabe que son dulces? Le dictioner de lacademí, analfabeto, define mesar como el acto de “arrancar los cabellos o las barbas con las manos”. ¿Era eso lo que querías decir que le hacían las enfermeras al indefenso morituri? ¿Arrancarle a un tiempo enchufes, clavijas y lánguidos cabellos? “... las dulces manos de las enfermeras [...] mesarme con dulzura...” Si eran dulces, hijo de tu madre, ¿cómo lo iban a hacer? ¿Con picante? Cebrián, una pregunta: ¿no te da vergüenza estar en la Academia usurpando el puesto de un novelista de raza como José Luis Castillo Puche, de un experto fonólogo como el profesor Quilis, que es quien mejor conoce la lengua española en este mundo? Porque la Academia es de la lengua, no del dinero, ni del poder, ni de la gilipollez ni de las caspa... Te vengo diciendo desde el principio, consejero, que todas las sensaciones son extrañas y todos los ojos, misteriosos... Así como que todas las pupilas reciben brillos en préstamo. ¡Es su sino pupilar! ¡No hay que decirlo! En cambio, si se habla de “fortaleza ambigua”, hay que poner una nota aclarando qué puñetas significa eso. Pero, sobre todo, ¿cómo se te ocurre introducir lo de los “lánguidos cabellos” en el discurso francúleo? ¿No murió calvorotas o, por lo menos, calvente o calvino? Tú, por rellenar líneas, eres capaz de hablar de sus tirabuzones. “...heredé de ella su retranca...”. Un moribundo que se expresa de esta guisa no tiene derecho a palmarla. Cebrián mediante, dice Franco, refiriéndose a su madre: “Me enseñó a rezar, me enseñó a perseverar, me enseñó a callar”. Al parecer, esto último no logró aprenderlo. “Ahora estos de aquí creen que porque no hablo no escucho, pero distingo prístinamente su voces...”. Aun bien empleado, lo de “prístinamente” sería una cursilada. Pero es que “prístino” significa “antiguo, primero, primitivo, original”. ¿Qué quiere decir, entonces, “escuchar prístinamente”? Y una apuesta: veinte duros a que no sabes dónde habría que poner las tres comas que faltan, y eran imprecindibles, en esa frase. El Cebrián quiere hablar ahora de El Ferrol, y no encuenta otra excusa que decir que uno que se acerca al catre huele a mar. ¡Como si la gente fuera por ahí oliendo a mar como si nada! “De todas las enfermeras que me atienden, ¿siete, ocho?...” Yo pondría las interrogaciones de aquestotra forma: ¿siete? ¿ocho? Lo dice la gramática de la Academia.


Dice que la enfermera se queda a su lado, “proporcionándome un consuelo que no llega...” ¿En qué quedamos? Si le ha proporcionado el consuelo, ¿cómo dices que no llega? O, dicho de otra manera, si no ha llegado, ¿cómo dices que se lo ha proporcionado? “Experimenté una honda satisfacción”. Frase vulgar y tópica donde las hubiere y se detectaren. Consultado el terminator digital de Fieracable, acerca de cuántos horteras han experimentado una honda satisfacción y lo han puesto por escrito, no ha sido posible obtener una respuesta. Tantos deben de haber sido, entre horteras medio tontos y horteras tontos del todo, que en la pantalla ha salido esta leyenda: ene elevado a la enésima potencia, raíz cuadrada de dos coma dos, barra, punto, “incalculable”. es. E igual ocurre con el “final inminente”. ¡Todos los finales son inminentes para el capullo que acecha la inminencia! Maneja este hombre tantos tópicos, frases hechas, lugares comunes, valores entendidos y conceptos acreditados, que su prosa deviene un revuelto tan original como una tortilla de huevos. De pava. No es que no merezca ser académico; es que no tiene derecho a sostener un bolígrafo bicolor. Antes debe pasar por la escuela primaria. “Cebrián en la Academia: España en la mentira”, concluía Gabriel Albiac su “Oda a Cebrián”, creo que se titulaba., cuando el conocido negociante alcanzó el inmortalato. En las cuatro líneas siguientes, este collar de perlas: “terror inusitado”, “su rabia desatada”, “denuestos y amenazas”, “pérdida de control”, “escenas dignas de”, “enfría las pasiones”, “trabajo de décadas”, “superioridad física”, “podredumbre extranjera”, “la vergüenza y el oprobio”, etcétera, etc. Hasta, olvidado de que no se está autorretratando, hacer que Franco se considere a sí mismo raquítico y se autodescriba como una especie de mojama. Por segunda vez -empieza el quinto parágrafo- se refiere Franco a su padre -antes le ha llamado “el marido de su madre”, suponemos que es el mismo- con reticencias que el lector no entiende; y se pierde en una larga digresión sobre las esquelas mortuorias del ABC. “...una simple pulmonía era letal de necesidad”. Si hubiese escrito “era mortal de necesidad”, hubiese sido simplemente una frase hecha, una más; diciendo “letal de necesidad” es, además, una horterada. “¿Pero por qué afrentarnos...?” Estas interrogaciones, académico, hay que situarlas así: “Pero¿por qué afrentarnos...?” A la vista de la gente que está entrando últimamente en la Docta Casa, creo que, dentro de la Academia, deberían poner una academia. Los nietos del dictador son pequeños. Franco piensa en ellos y, con Cebrián de medium, dice: “me ilusiona saber que alguno de ellos elegirá la milicia”. Le ilusionará pensar que pueda ser así; le ilusionaría en su momento que así ocurriese; pero ¿cómo lo va a “saber”? Te voy a decir algo, Cebrián, para tu conocimiento: hay palabras que significan una cosa y palabras que significan otra. “Me hubiera gustado tener más hijos, pero está claro que Dios no lo permitió, seguramente para que pudiera dedicarme con mayor ahinco y tesón a la obra que me había encomendado”. Subrayados míos. En crítica acompasada, la misión del criticando ha de reducirse, en algunos casos como éste, a señalar. ¿Qué prueba se le puede ofrecer a quien leyere, de que estas tres líneas únicamente pueden ser fruto de un retraso mental terminal? Aunque de ayuda puede servir la comparación con las “reflexiones” de Ovidio, Adriano, Julio César, Virgilio, en las novelas al principio relacionadas. La distancia resultante se comprobará que es la misma que separa España de Europa. Señor Polanco: usted y sus huestes van a conseguir, estoy seguro, que este macuto vacío se venda por cientos de miles de ejemplares y que una crítica envilecida -de El País y de fuera de El País- diga, como dijeron de la anterior parida del autor, siendo mentira, que es obra “de un novelista que reaparece sin haber perdido nada de su personal poderío” (Rafael Conte); que se sitúa “más allá del cuento de hadas que nos contaron de la transición” (Vázquez Montalbán); que “poetiza felizmente un trozo esencial de nuestra reciente memoria colectiva”


(García Posada); que en ella “vida e historia reciente se entrecruzan, hilada a la manera de un curandero de sombras” (Manuel Rivas); que “es una novela muy guay la que ha publicado Juanlu” (Elvira Lindo) ; que constituye “un estímulo literario para pensar en nuestra propia memoria” (Muñoz Molina); que “Juan Luis Cebrián aprovecha la ficción para narrar magistralmente unos años en la (será “de la”) historia de este país” (Juan Luis Cebrián). Lo mismo y más se puede decir de lo siguiente: “No es verdad que Nenuca no fuera de mi sangre, me dolieron mucho los rumores sobre si era adoptada, o que si, en realidad, mi hermano Ramón me había puesto los cuernos con Carmen”. No hace falta ser franquista para indignarse hasta la vomitona ante este párrafo: basta con ser gramático, psicólogo o simplemente aficionado al pensamiento maduro. Es demasiado


III


IMPOTENCIA CREADORA ¿Será enfermedad detectable sólo en el estío? Así parece. Los epidemiólogos literarios sólo se atraven a señalar la sequedad de las cabezas más renombradas -aunque, paradójicamente, sin ponerles nombre-, durante los cursos de verano. Será para no alarmar. El caso es que los afectados, los pobres, lo saben y, en lugar de defenderse (no pueden hacerlo, es una evidencia), desvían la atención hacia la doctrina, por ellos inventada en defensa propia, de que hoy no hace falta: la imaginación hace tiempo que se pudre en el cuarto trastero, porque “han cambiado las cosas”; más aún, está prohibida. Tengo ante mí el recorte de un artículo publicado por Almudena Grandes en El País Semanal -Arroz con tomate- en el que, como siempre, destacan dos temas: la comida -esta mujer debe de pensar con el estómago- y Almudena Grandes, es decir, la información acerca de lo que Almudena Grandes admira a Almudena Grandes. Luego entra a su modo en el que tanto preocupa a los afectados: “la experimentación formal se ha extinguido por muerte natural” [...] “Yo diría que la experimentación en narrativa se ha trasladado desde la ruptura de la forma hasta el mestizaje de los géneros”. Y así cree ella que obvia el problema, gravísimo problema, que tiene con su, además de pobre, obsoleta estética, costumbrista y décimonónica, y vuelve la vista hacia el morcillo, el codillo, la morcilla y la babilla. Se ampara esta cocinera de las letras en un principio que constituye una contradicción en los términos planteada a la inversa. Es el caso que no puede haber arte sin imaginación -léase a cualquier filósofo del arte desde Platón a Bosanquet, o a mí mismo-: sin imaginación puede haber copia de la realidad, pero nada que genere valores estéticos. Por otra parte, ¿por qué detener, por una simple coartada personal, la marcha de la historia? Si hay tres leyes de la termodinámica literaria, una de ellas es que no se debe hacer lo que ya se ha hecho. Y esto sólo puede referirse a la forma y, consiguientemente, pasar por la experimentación. Debería saber Almudena que los temas no marcan la actualidad de una obra; ésta, como su densidad ontológica, se la da la forma. Como corolario de su planteamiento defensivo, no podía nuestra dama sino aludir a lo que hoy se lleva (otro enfoque de la coartada) : la huida de la forma y el mestizaje de los géneros. No, no, no y no... Eso que llama esta gente “mestizaje de los géneros” no es más que una tácita declaración de impotencia. El patrón exige un libro cada dos o tres años y es más fácil hacerlo con materiales de acarreo y sin atenerse a planificación alguna. Pues no, otra vez: el resultado de eso no es una novela. Sin necesidad de aludir al splendor formae agustiniano -o aludiendo ¿por qué no?-, si el ser del arte radica en la forma y sólo en la forma, ¿cómo se la puede desdeñar, ignorar, hasta negar? Que lean, analicen y entiendan estas y estos ignorantes e impotentes: no hay gran novela -desde el Quijote hasta El tambor de hojalata, La modificación y Auto de fe, pasando por Pablo y Virginia, Cumbres borrascosas, La educación sentimental, Germinal, Las palmeras salvajes, Ulises y El castillo o Diez negritos, que no constituya una composición perfecta y armónica. La armonía compositiva es una constante de las artes, incluso de las románticas, expresionistas y barrocas, como lo es de las realizaciones de la ciencia, cuyas más sublimes teorías son bellas, armónicas y estructuradas. Sólo si es armónica y bella admiten los físicos que pueda ser verdadera una nueva teoría. Lo que marca las épocas son las variables. La esencia está al margen de cualquier historicismo. Y esta relación que establezco no es caprichosa, pues a todo arte subyace una ciencia, como toda aplicación de una ciencia requiere un arte. Volviendo al tema de las hibrideces: claro está que no niego la validez y oportunidad de inserciones como las novelas cortas que contiene el Quijote, o como el Tractac del lobo estepario, pero ni aquéllas ni éste son consecuencia de un amontonamiento informe. Una novela, para ser una novela, tiene que ser una novela, no una historia ficticia, un relato o un reportaje. Y quien es novelista, la puede hacer con facilidad: es cuando es eficaz


estéticamente, pero también ética, histórica y sociológicamente. A fin de cuentas: si existe la novela y se quiere hacer una novela ¿por qué no hacerla? Truman Capote, en quien abusivamente se ampara Grandes, se interesó por un suceso interesante. Investigó, lo relató e inventó lo que después se llamó nuevo periodismo. De eso, a que se imponga como una obligación escribir libros sobre la base de un suceso real para venderlos como novelas va un abismo y es una estafa. Si vivieran Edgar Allan Poe, Verne, Edmund Rostand o Lovecraft, Italo Calvino, Bradbury, Kafka o Bécquer, Valle Inclán, Risco o Cunqueiro, por poner ejemplos extremos, ¿les exigiríamos que se contuviesen y no atendiesen más que a lo que ocurre en la calle o en sus casas? Sólo no “pone” imaginación quien carece de ella. Postdata.- UN CONSEJO PARA QUIENES QUIEREN IMPONER PERSONAJES REALES Y SUCESOS “VERDADEROS” EN LA NOVELA: <<Ningún sentimiento de los que nos causan la alegría o la desgracia de un personaje real llega a nosotros, si no es por intermedio de una imagen de esa alegría o desgracia; el ingenio del primer novelista estribó en comprender que, como en el conjunto de nuestras emociones, la imagen es el único elemento esencial, una simplificación que consistiera en suprimir pura y simplemente los personajes reales, significaría una decisiva perfección [...] La idea feliz del novelista es sustituir esas partes impenetrables para el alma [que sólo hablan a los sentidos] por una cantidad equivalente de partes inmateriales, es decir, asimilables por nuestro espíritu..>> Marcel Proust.- Por el camino de Swann.


NOVELA DE GÉNERO Manuel Rodríguez Rivero constataba con júbilo, en uno de sus artículos, el auge de la novela de género en nuestro país: policiaca, "negra", de vaqueros, de piratas, de romanos, erótica... "Desde hace algún tiempo, dice, [se nota] un especial interés por la narración de género". Yo me pregunto: pero ¿es que, durante el último cuarto del siglo XX y lo que llevamos del XXI, no colman los estantes de las librerías las novelas de género, con subgéneros como los citados más los del costumbrismo en su versión ligth, el pornográfico, el fantacientífico, el rosa, etc.? No tengo nada contra la novela de género, a la que siempre he confesado que debo gran parte de mi interés, de mi vocación y de mi formación. He aprendido de todos los grandes escritores que he leído, pero, si tengo que reconocer mis principales "maestros", siempre nombro a Bécquer, Edgar Poe y al único gran novelista "de género" que hemos tenido en España: José Mallorquí. No tengo nada, digo, pero una de mis luchas, en los terrenos de la teoría, la historia y la crítica de la novela, ha sido para separar la novela de género de la gran novela, que a veces puede encarnarse en una especie de novela de género trascendida. Confundir al novelista de género con el escritor, en el sentido nietzscheano de la palabra, es muy dañino para la literatura y, a la larga, para la sociedad. Ésta, sus miembros, la especie humana desde que tiene uso de razón, tiene un ansia legítima de que le cuenten fábulas así como de entretenimiento, de diversión. Pero que una sociedad ocupe todo su tiempo de ocio -que ahora es cada vez mayor- en escuchar o leer banalidades y divertirse, en comer pan y asistir al circo -televisión, fútbol, toros, etc.- es pura y lamentable decadencia. A veces me pregunto cuándo piensa o sueña la gente. Las estadísticas señalan que los españoles somos, en la Unión Europea, los segundos por la cola en cuanto lectores de libros. Y eso que habrán repartido entre todos lo que leemos unos cuantos. De hecho, creo que también se señala que un altísimo porcentaje, como el noventa por ciento, no ha leído un libro en toda su vida. Nada se hace desde instancias oficiales por remediar este estado de cosas, que es muy grave y peligroso, digo. En cuanto al sector privado, induce a algo que hasta puede ser peor que no leer: leer engañado, leer tomando por gran novela lo que es novela comercial, de entretenimiento. No es "desde hace algún tiempo", como escribía Rivero, desde cuando "se nota [...] un especial interés por la novela de género en la edición española" -algo que a él, y más desde donde escribe, debería preocuparle y no alegrarle-, sino desde el momento mismo de la Transición, hace ya más de un cuarto de siglo. La compacta y omnipresente, pero en el fondo inexistente, crítica literaria -que, como ha dicho y reiterado Vargas Llosa, no posee el rango intelectual que tuvo la de los años 50 y 60 y está al servicio de los editores- señala la irrupción en nuestra literatura de la que abusivamente llama nueva narrativa, en la publicación de La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, que, como ha dicho un lúcido conocedor de la novela, Antonio Enrique, en su excelente libro Canon heterodoxo (DVD Ediciones, Barcelona), constituye "un hito...más que dudoso", ya que se trata de "una novela menor", que lo que inicia es "un tipo de novela de intriga y policíaca que va a obtener consenso de público y comercial", arrastrando, añado, una infinidad de imitadores. Verdaderamente -y causa pavor-, en los últimos veinte años, se ha podido ver cómo muchos "historiadores" del periodo -Guelbenzu, Trapiello, García Posada, Conte, etc.- señalaban, como características de la "nueva era" novelística, no alguna virtud que tenga que ver con la literatura, sino las grandes ventas que se alcanzan y el prestigio social que ha adquirido el novelista.


No hay más que echar una ojeada, no sólo a las novelas actuales, sino también a las manifestaciones de sus autores, para verificar su empeño por encontrar un tema -elemento, el tema, que nunca ha sido esencial; es más, que, por definición, no debe serlo- que despierte interés en una masa de lectores poco exigente.


NOVELISTAS SIN COARTADA Uno de los novelistas más confortablemente instalados en el sistema de la industria cultural y, por lo tanto, menos heróicos, en el sentido abelliano, que ha existido nunca –para él, la literatura es un medio, no un fin–, Juan Manuel de Pradas, en un artículo publicado en ABC, hacía la siguiente manifestación, expresiva de una actitud ante el género novelístico que, por otra parte, no es privativa suya: la comparten muchos de sus colegas y compañeros de promoción: «Las nuevas tendencias artísticas imponen que los géneros de ficción se contaminen de verdad; y así los melodramas y comedias adoptan estrategias propias del documental, a la vez que las novelas entablan su juego de seducción entreverándose de ensayo y biografía». Semejantes manifestaciones que, en el fondo, no son sino una declaración de impotencia, son discutibles, más aún, refutables en todas sus afirmaciones parciales. "Las nuevas tendencias..." ¿A qué tendencias se refiere? "... imponen..." ¿Cómo que imponen! ¿Quién o qué puede imponer nada tratándose de una labor que es por definición libérrima, y que realizan personas también por definición absolutamente libres, creadoras e independientes? Añadía que, para que las creaciones artísticas productos de esa imposición sean válidas, es preciso que se contaminen "de verdad". Pero, ¿es que el Quijote no es verdad? ¿Es que no lo son los viajes de Gulliver, las picardías de Lázaro de Tormes o cuanto ocurre en el París de Balzac o en el condado de Yoknapatawpha faulkneriano? ¿Es que, para quienes hacen tales declaraciones, sólo es verdad cuanto les machaca sus rupestres sentidos y que, para colmo, la física cuántica ha demostrado que anda muy lejos de serlo? Cuando Robert Pinget pone a un hombre a buscar un papel durante trescientas páginas, creando valores estéticos de magnitud especial, como Kafka tras convertir en escarabajo a Gregorio Samsa, ¿está mintiendo? ¡Cuánta confusión mental, cuánta ignorancia acerca de lo que es la literatura en general y la novela en particular! Y está también el olvido o desprecio de la labor creadora, del parto artístico con dolor: la conmoción que ocasiona la irrupción en el cosmos de un nuevo ente, marginal a todo lo hasta entonces existente. Habría que interrogar a Poe, a Becquer, a Rimbaud, a Nietzsche, a tantos que pasaron temporadas en el infierno, nunca en hoteles de lujo. Cuando el frívolo articulista se refiere a "tendencias artísticas", ¿qué querrá significar? Tendencia, en un contexto así, no puede ser más que un comodín historiográfico, en modo alguno utilizable para encajar una "jugada" en el presente ni, mucho menos, para señalar la configuración de otra futura. En un momento de sequedad cultural, de crecimiento cero en el orden de la novedad y de la exigible permanente renovación –siempre desde la base, por supuesto, de un asentamiento seguro en la tradición– de las artes, declaraciones de principios como las que comento causan pena y desolación. ¿A dónde va la literatura del siglo XXI, que ni siquiera es capaz de cimentar una prolongación epigonal de la grandiosa que produjo, en todos los géneros, el XX? Cuando los supuestos novelistas hacen dejación de la imaginación o, peor, que es lo que yo pienso que ocurre, carecen de ella y tienen que echar mano de materiales existentes y diariamente presentes en los periódicos, los informativos y los documentales, están negando la esencia misma de la novela, incluso la etimología de la palabra que la designa. Desde el Quijote a Cien años de soledad, pasando por Los hermanos Karamazov, A la busca del


tiempo perdido, La montaña mágica, las creaciones balzacianas y de Faulkner antes mencionadas, Las uvas de la ira, La primera y la última humanidad, Universo de locos ,La comedia humana, Ciudad o Sirio, Otra vuelta de tuerca, Los acantilados de mármol o Las abejas de Cristal, La náusea, Todos los hombres son mortales, El juego de los abalorios, La peste, etc., etc., la novela moderna ha consistido –porque no puede consistir en otra cosa–, dejando aparte ahora algunos temas, muy profundos de estética filosófica aplicada al género narrativo, en la creación de una realidad "otra", de un segundo mundo, parecido a éste, pero distinto, porque puede ser a la vez ideal y real. Evidentemente, crear algo así no está al alcance de cualquiera –por supuesto, no de quien se erige en copista o en documentalista o en cronista de las costumbres–, sino de quien tenga, además de imaginación y fuerza creadora, capacidad para crear un tiempo y levantar un espacio. Lo que sin duda no poseen quienes se ven obligados a creer, por instinto de defensa, que novelar no es más que ponerse a contar cosas. Para colmo ocurridas, no inventadas. Tengo una concepción del novelista, partiendo de mi idea de que si hay algún artista al que le cuadra el concepto de demiurgo es al creador de (auténticas) novelas, mucho más profunda que la, tan superficial y profesional, que se tiene hoy. En lo intelectual y en lo artístico. Desde ella, me arranqué hace tiempo un pensamiento metafórico, que no tengo empacho en afirmar que es la más alta valoración que se ha hecho nunca de la obra de arte. Ni quise hacer entonces ni quiero hacer ahora profesión de platonismo. Simplemente, se trata de que parto de mi convencimiento de que las grandes concepciones armónicas del espíritu humano, como la teoría platónica de las ideas o el sistema astrológico, aunque se demostrase su falsedad, seguirían siendo válidas para expresar, simbólicamente, grandes verdades o simplemente una gran belleza. Es sabido que los físicos teóricos empiezan valorando las teorías por su belleza y armonía. Lo que expresé, sobre el armazón, lógicamente sólido, de la teoría de Platón, fue lo siguiente: "Las obras de arte tienen sus propias leyes, su propia justicia, su verdad particular; su armonía, su lógica interna, su estructura que les pertenece y no puede pertenecer a ninguna otra obra más. Estructura no visible, sino invisible; y aparente a fin de cuentas tan sólo, hasta en sus rasgos más característicos. Como la eclíptica, que no es la órbita del sol y, sin embargo, como tal se dibuja sobre las estrellas. Invisible, incatalogable, engañosa inclusive para su propio artífice. Y es que las obras de arte, como las obras de amor, se diferencian de los demás objetos en que, al tiempo de estar siendo materialmente creadas, está teniendo lugar el nacimiento de su arquetipo en el mundo de las ideas. Arquetipo sólo existente en potencia en la realidad trasmundana. Reflejo de un reflejo es la obra de arte, como la obra de amor. Y artista, o amante, en cada caso, quien acierta, al hacer su obra, con la única e irrepetible ordenación.


AL MARGEN DE LOS CRÍTICOS En un artículo así titulado, publicado hace tiempo en ABC Literario , Andrés Trapiello, en clara alusión a Conte, Sanz Villanueva y García Posada, definía así al crítico profesional: “Una de esas personas asalariadas que se ganan con esfuerzo su sustento escribiendo cada semana de éste o de aquél, según sople el viento, y que al cabo de cuarenta años de “labor profesional” y cuatro mil reseñas periodísticas no logran reunir ni quince de ellas dignas de componer una triste plaquette con fines al menos arqueológicos (para las tantas comas y cursivas que faltan, sic). Duro párrafo en verdad. Ni yo, demonio de la guarda de los aludidos, me hubiese resuelto, por causa de mi acendrado cristianismo budista, a decir las cosas tan claramente. Duro -pero no único- párrafo, digo, puñalada trapiella, que no impedirá que esos críticos, con vocación botafumeira, le laman las bolenas al ofensor en cuanto se deje caer con una novela en la que cuente cómo era Madrid en la década de los ochenta (su desbocada fantasía ya le ha llevado a manifestarse sobre cómo era en la de los setenta). “A menudo, dice también el Rayo Que No Cesa, leemos en los críticos profesionales tal o cual elogio hiperbólico y sin embargo nos asalta una duda (con frecuencia razonable) de venalidad u oportunismo, al tiempo que apreciamos una versatilidad en los juicios que resulta chocante” ( sic , para la falta de comas y para la expresión “duda de venalidad). La tesis que defiende Trapiello en su artículo es que los mejores críticos, los únicos críticos que valen, son los vocacionales, esto es, los que proceden del mundo de la creación -”apasionados, subjetivos, arbitrarios, monomaníacos, invariables, inteligentes, con propia e interesada visión del mundo”, como Juan Ramón Jiménez, Azorín, Cernuda, Cansinos, Salinas, Bergamín, etc. Estoy de acuerdo con esta opinión trapiellana. Pertenezco a esa estirpe, ¿ cómo no voy a estarlo? Y ¿ cómo no homenajear en este punto a Clarín? ¿Cómo no recordar que el fundador de la crítica en Españ a fue un poeta, Fernando de Herrera, con sus Anotaciones a Garcilaso ? Cobear cada semana a un escritor desde criterios coyunturales no sirve más que para el beneficio del negocio editorial; para nada relacionado, más o menos remotamente, con la verdadera literatura. Pero es que los críticos profesionales basan su realización personal, su éxito social e intelectual, en que los escritores estén contentos con lo que escriben sobre ellos (“con lo que ellos escriben sobre ellos, sobre del uno el otro”, que hubiese escrito Javier Marías) y les estén agradecidos por la publicidad; en que los editores, por lo mismo, les llamen a presentaciones, jurados y otros almuerzos o les pongan en nómina junto con los honestos ascensoristas y conserjes, que nada han hecho para merecer semejante compañía. ¡ Ah! ¡ Triste Babel Literaria la nuestra, empeorada por la inflación mediática ( horreur! ) y la máxima postmodernista del “todo vale”! Mas lo peor del caso de los Conte, García Posada, Sanz Villanueva, Pozuelo Yvancos, Darío Villanueva y otros botafumeiros no es que no sean creadores, es que un día quisieron serlo y fracasaron. Muchas veces he pensado en cuántos males se hubiese ahorrado nuestra pobre monarquía de las letras, si a García Posada le hubiese salido siquiera aquel cuento que empezó sobre una plantación de cebollas en San Juan de Aznalfarache o aquel soneto a su primera comunión para el que no halló ni asonantes. Y si al menos tuviera prudencia y, con semejantes antecedentes, no se atreviese ahora a pontificar, dar consejos y hacer proclamas en


loor de los viajes en taxi... Pero la osadía pedante es adorno habitual de los críticos de profesión, que a un tiempo nadan y conservan el macuto, navegan siempre a favor de la corriente, varían de opinión según convenga y no corren el riesgo de asustar a nadie porque carecen de imaginación.


LA NOVELA ESPAÑOLA DEL ÚLTIMO MEDIO SIGLO Hace unos años, intervine en el espacio titulado Negro sobre Blanco, que dirigía Fernando Sánchez Dragó en TV2. Mi cometido en el programa era defender, frente a un crítico de El País, Luis de la Peña, y otro de La Razón, Juan Ángel Juristo, a los libelistas que hacen La Fiera Literaria, quienes, como tales, no deseaban dar la cara; además de porque pensaban, como Juan Ignacio Ferreras, que, bajo un régimen autoritario (y en España, literariamente, viviamos, y vivimos, bajo un régimen autoritario), la libertad tiene que ser clandestina. El hecho de haber acudido en esa representación no sólo de altísimo buen grado, sino asumiendo los modos y criterios de La Fiera, me permite hoy apearme de cualquier tipo de disimulo y situarme donde verdaderamente estoy, que, por bendita casualidad, es donde he estado siempre. En una palabra: que me decido a adoptar la ferocidad como método –yo, siempre tan morigerado– y como actitud también ante el fenómeno literario y sus circunstancias, que en España son de una falsedad y una corrupción que asustarían al mismísimo diablo inventor del hedor y de la podredumbre. Como ha escrito en más de una ocasión el citado Juan Ignacio Ferreras, autor de libros tan estimulantes como España contra la modernidad y La gran parodia, nuestro país, culturalmente hablando, es una verdadera desgracia. Miren ustedes si no –esto lo digo yocualquier libro de Antropología, Biología, Sociología, Física Teórica, Filosofía de la Historia, Estética, de lo que sea, repasen su bibliografía y no encontrarán un solo nombre español. Yo, que estoy totalmente de acuerdo con ese sano juicio de Ferreras, quiero ocuparme hoy de uno de los desgraciados terrenos en el que esa horrible situación se manifiesta con mayor realce: el de la novela y la crítica literaria sobre la novela. Imagino que ya han sido estudiadas por los sociólogos de la literatura las relaciones del género literario mencionado, en cuanto a su temática, forma, contenido y hasta extensión, con el público al cual va destinado, especialmente importante, sin duda, en la manifestación de las obras particulares, dada la presencia cada día más agobiante del editor en la configuración de las mismas. Yo no he leído nada al respecto, pero sí he pensado mucho en ello y tengo mi propia teoría. Pues bien, en este orden de ideas, y yendo sólo al tema que me he propuesto tocar en este artículo, creo que se puede señalar como culpable principal del desastre que viene siendo la novela española desde hace cincuenta años –pero ahora, ya, como para declararla zona literaria catastrófica–, a la crítica; mejor dicho, a la crítica y al periodismo cultural, por llamarlo así para entendernos, aunque no lo sea en un sentido estricto. Que a dos o tres generaciones de españoles se las haya hecho convivir con la idea de que un laxante casposo como Cela, un cateto como Miguel Delibes, un analfabeto castizo como Umbral y un cursi como Antonio Gala, todo ellos, además, "en posesión" de una estética que en el siglo XIX ya estaba obsoleta, y a los que esos mismos culpables, con Miguel García Posada, Ramón de España, Ignacio Echevarría, José Carlos Mainer, Pozuelo Yvancos, Rafael Conte, Dario Villanueva y Santos Sanz Villanueva al frente, han venido a sumar, ya en nuestro momento histórico, al peor escritor del mundo y de la historia que es Javier Marías –a quien últimamente hacen la competencia Pérez Reverte y Ruíz Zafón-, a las pésimas novelistas y ciudadanas "progres" que son Almudena Grandes, Maruja Torres, Elvira Lindo y Rosa Montero, y al menos que discreto narrador Antonio Muñoz Molina –asimismo todos ellos estéticamente superados– y una carretada más de novelistas de más que mediano y hasta apabullante éxito en los medios de comunicación y en las librerías, ha causado unos estragos


en los lectores, primero, y en el ser y existir del género narrativo, después, de tan enormes proporciones como difícil arreglo. Y no es que en España hayan faltado escritores capacitados y dispuestos a cumplir los que hoy llamaríamos criterios de convergencia con Europa, porque sí los ha habido. Escritores cultos, con imaginación, con una técnica al día y poseedores de una estética epocal y hasta personal, y una cosmovisión de acuerdo con el nuevo paradigma que propició la nueva física -la relativista y quántica- y, tras ella, la filosofía, en los primeros años del siglo. Pero, incomprensiblemente, contra las primeras manifestaciones de los mismos, en los años sesenta, se opuso la crítica universitaria casi en pleno –Sobejano, Soldevila, Sanz Villanueva, Esteban Soler, Darío Villanueva, Germán Gullón y Domingo Indurain–- y la más influyente de la de prensa: Rafael Conte, Iglesias Laguna, Blanco Vila y sus numerosos epígonos. Las excepciones, aunque tímidas, fueron los profesores Baquero Goyanes, Benítez Claros y, contundente pero breve, Juan José Coy y, de los que escribían en periódicos, Antonio Valencia y Manuel Cerezales, los primeros y más beligerantes, pero también Fernando Gutiérrez, Juan Ramón Masoliver, Horno Liria, Domingo Pérez Minik, Angel Marsá y Segado del Olmo, que yo recuerde. Quienes con más razones deberían haber estado por la modernización y culturización del género se alinearon con la berza, apoyando un tipo de novela no sólo ya anacrónicamente costumbrista, sino en la que se manifestaban bien los olores a pies y a ajos, los sonidos de los cuescos y los regüeldos, el lenguaje soez e inculto y en la que los problemas importantes de la condición humana, de la política social, de la filosofía, que hervían en las novelísticas de Francia, Italia, Inglaterra, Alemania, etc. brillaban por su ausencia. Llegando estos enemigos de lo culto a cometer verdaderas injusticias y hasta infamias como, por poner un par de ejemplos, las de Germán Gullón y Santos Sanz Villanueva en sus libros –imitaciones de Novelist on the Novel, de Miriam Allot–, ambos titulados lo mismo, para mayor desgracia de sus autores: Teoría de la novela –lo que no eran–, en los que recogían todas las vulgaridades escritas o dichas por los garbanceros del realismo social, pero en los que ni siquiera citaban el único libro de auténtica teoría del género narrativo por entonces aparecido: el que, con el título de El realismo y la novela actual, habíamos publicado Andrés Bosch y yo en las Publicaciones de la Universidad de Sevilla, ni mi Introducción a una teoría de la novela que apareció en la revista Arbor. Por no hablar del capítulo de las exclusiones de nombres y falseamientos de la historia, como los de Soldevila, Sobejano, Santos Sanz e Hipólito Esteban Soler en sus libros histórico-críticos, o, en el aspecto de omitir nombres, José María Guelbenzu, quien, en un larguísimo ensayo histórico sobre la novela de posguerra, publicado en Cuadernos para el diálogo, pedía perdón por los olvidos involuntarios –¡como si hubiese algún olvido voluntario!–- , "pues los otros los he llevado a cabo exhaustivamente", lo que revela una mentalidad y actitud implacable de censor y hasta de inquisidor. Bien conocido es el papel incómodo y represor que representó la censura del franquismo, aniquilante en el campo de las publicaciones periódicas, el teatro y el cine. Pero, en la poesía y la novela, muy incómodo, pero en absoluto determinante de lo que fue la creación poética y narrativa de los cuarenta años de dictadura. Como dijo en varias ocasiones José Hierro, ni un solo libro de poemas se dejó de publicar por causa de la censura; y narrativo, digo yo, los hubo que sí, pero no alcanzaron la media docena. Eran demasiado incultos los censores. En aquél entonces se hablaba mucho, por los autores de las mismas, de obras geniales prohibidas. ¿Dónde estuvieron después, cabe preguntarse, cuando ya pudieron publicarse? ¿Por qué no vieron la luz con la llegada de la "democracia"? Palabras, expresiones, eso sí que cortaban, pero esos eran elementos que un escritor con recursos sustituía fácilmente, dejando intacto el meollo de su obra. En lo que se refería a las partes pudendas y sus hazañas, no se permitía


pasar del famoso póker culo, caca, pedo, pis y, en este terreno, hay honradamente que reconocer que hemos ganado mucho. Hoy día, podemos encontrar, en cada página de Almudena Grandes, por ejemplo, cinco veces el sustantivo femenino polla y otras tantas el sugerente verbo follar, lo cual hay que reconocer que representa una notable adquisición cultural. Todo lo cual quiere decir, hablando ya completamente en serio, que, en lo que se refiere a "el fondo del asunto", no hemos avanzado nada. ¿Por qué, literariamente hablando, va a resultar más noble, o menos innoble, ventosear que follar? En el fondo, lo triste, lo aniquilador para la literatura en general -hay poemas, "procedentes" de la llamada poesía de la experiencia, la propiciada por críticos como Miguel García Posada, José Luis García Martín, etc. y por poetas como Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes, entre otros, en los que se cantan "los crujidos del somier, / en el cuarto de al lado, / de dos que follan"- y la novela en particular, es que la mentalidad generalizada -la de la mayoría de los críticos, profesores, académicos, editores, autoridades culturales y, por supuesto, escritores, no ha cambiado. Se adoba en el mismo caldo de caspa, semen y heces fecales. Mientras se sigue condenando al ostracismo la imaginación, la inteligencia y la preparación cultural. Y es que en España, como decía Valle Inclán, es un delito el talento". Y, digo yo, en España, la mediocridad es una garantía de supervivencia.


EL ESLABÓN PERDIDO En los años en torno a la mitad del siglo, dominaba el territorio de la novela española la estética (por llamarla de algún modo) del realismo social. Literariamente, fracasó desde el principio, pero, en 1962, hasta quien había sido su teórico, su panegirista y su apolegeta, el crítico barcelonés José María Castellet, publicó un ensayo dando el movimiento por liquidado y proclamando su fracaso. No rezó la palinodia. Dejó a todos en la cuneta. Abandonó sus trebejos proletarios y corrió tanto hacia la burguesía –de la que, realmente, nunca había salido–, que alcanzó a ser el primer conseiller de cultura de la Generalitat con Tarradellas. La novela social sólo despuntó valores literarios en sus excepciones –Martín Santos, Caballero Bonald, Alfonso Grosso...–-, esto es, en quienes antepusieron la forma, la literatura, a lo que entonces se llamaba el mensaje. Estos estaban en el cotarro extraliterario que la sustentaba, pero su talento de escritores les hizo superar las limitaciones. Pese a todo, es cierto que, como escribió Castellet, como tal movimiento cesó en la fecha señalada. Y, lo que es la historia, cuando no la historiografiamos los hombres: ese mismo año -1962- se publica una serie de novelas, de autores que no se conocían entre sí y, por lo tanto, mal hubiesen podido ponerse de acuerdo, que encierran una serie de características comunes, hasta en el talante de los protagonistas de sus obras. Sus autores eran Andrés Bosch, Carlos Rojas, Antonio Prieto, Manuel García Viñó, Manuel San Martín, José Vidal Cadellans, José Tomás Cabot, Antonio Risco y José María Castillo Navarro. Esto fue señalado por M. García Viñó en su libro Novela Española Actual (Madrid, Guadarrama, 1967) y acogido con aquiescencia por menos de una docena de críticos, mientras el resto –es decir, la mayoría–-, incluidos muchos que llevaban años clamando contra el exceso de realismo de la novela española, se volvieron en contra, lo que dio lugar a una polémica cuyos documentos –recortes de prensa en su mayor parte– seleccionados, extractados y comentados, le dieron más adelante, al citado García Viñó para un libro, Papeles sobre la "nueva novela" española (Eunsa, Pamplona,1975), de doscientas cincuenta páginas. Quien no esté al tanto podría preguntarse: ¿qué defenderían estos nuevos autores para que una crítica generalmente tan bien peinada como la española se desmelenase? Defendían que un novelista auténtico es el que está en posesión de una concepción del mundo, que se trasluce en sus obras, y una teoría literaria. Pedían más imaginación para la creación novelística, y criticaban el chato realismo que aquí se practicaba. Y, puesto que entendían que la novela era una de las manifestaciones de esa bella arte llamada literatura en las preceptivas, sostenían que su forma tenía que ser tal que propiciara la creación de valores estético-literarios. ¿Es inteligible que, con estos planteamientos, quienes con más virulencia se opusiesen a al movimiento fuesen profesores universitarios como Sobejano, Soldevila, Sanz Villanueva, Darío Villanueva, Corrales Egea y Esteban Soler? Los años sesenta están ahora de moda. Se recuperan canciones, acontecimientos, modas de aquella década, en verdad, prodigiosa; se recuperan a escritores foráneos, como los de la generación beat. Es para preguntarse por qué en España no se presta la menor atención a la novela de aquel periodo, en que también una nueva poesía desbancó a la poesía social y, en pintura, hizo crisis la no-figuración.


A ese movimiento, indudablemente renovador, de que hablo se le llamó nueva novela o novela metafísica y, por causa de Andrés Bosch, realismo total. De lo (poco) que he dicho de él, quisiera que se retuviese lo referente a la afirmación de que la novela es un arte y, por lo tanto, su elaboración requiere, por una parte, imaginación; por otra, nuevas técnicas, nuevas formas de expresión que propicien la creación de valores estéticos. Esto de que la novela es un arte y requiere imaginación creadora puede resultar hoy una afirmación perogrullesca; pero, en los sesenta, antes de que estallara el "boom" de la narrativa hispanoamericana, aquí había novelistas y críticos que lo negaban. Un tiempo después, ante el caudal de imaginación y arte que se produjo con las novelas de Sábato, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Juan Rulfo, etcétera, tuvieron que inclinar finalmente la cerviz muchos de aquéllos que, sin embargo, no habían echado cuenta a los metafísicos cuando reivindicaron, como se puede comprobar en las hemerotecas, a Alvaro Cunqueiro, Torrente Ballester, Vicente Risco, Castillo Puche, Fernando Gutiérrez, Ana María Matute y algunos otros, hasta entonces completamente desatendidos. Pienso que, como me ha dicho en alguna ocasión Antonio Enrique, la novela metafísica constituye el eslabón que muchos jóvenes creadores, como él, echaban de menos, entre la narrativa más creadora de la primera mitad del siglo y la de ellos. Y, siendo así, es cosa de preguntarse por qué se repite actualmente, a la hora de referirse a nuestro reciente pasado literario, el fenómeno de su silenciamiento por parte de la crítica oficiosa. Se trató de un movimiento que quienes se comprometieron a su favor, como Antonio Valencia, Cerezales, Masoliver, Baquero Goyanes, J.J. Coy, Emilio del Río, Segado del Olmo, Paul Werrie, Emilio Cavatterra y un breve etcétera, dijeron que había llevado la novela española a alturas europeas. Pero, por encima de todo, fue un movimiento que existió e hizo correr muchísima letra impresa. A un crítico muy influyente en la actualidad, Miguel García Posada, tuve ocasión de preguntarle recientemente el por qué de la conspiración de silencio. Me repondió que, por cuanto a él se refería, no hablar de aquel grupo de escritores era una cuestión de elecciones estéticas. Personalmente, no entiendo cómo puede rechazarse -y silenciarse- la novela metafísica en bloque. Aparte de que en ella se incluyen las obras de Carlos Rojas, Andrés Bosch, Tomás Cabot, que son las mejores de aquel momento... Aparte esto, una novela metafísica es, en principio, una novela como otra cualquiera, sino que está incluída en la producción de un autor que, en lugar de hacer cada libro como hijo de diferente padre, muestra –mediante los elementos novelísticos, sin disquisiciones extraliterarias– que a su Obra subyace una concepción del mundo y una concepción estética. Pero todavía entiendo menos que, en tratándose, no de crítica literaria, sino de historia -como es el caso de algunos cursos sobre novela española contemporánea-, se deje fuera lo que, guste o no, constituye un extenso y ruidoso capítulo de ella.


NOVELA Y POESÍA, COSTUMBRISMO Y EXPERIENCIA Resulta muy difícil entender, para cualquier persona medianamente asentada en la historia, la defensa y promoción que se está haciendo, por parte de críticos, editores y medios de comunicación pertenecientes a un mismo grupo de intereses, de un neocostumbrismo novelístico y de ese vergonzante revival de la poesía social que constituye en el fondo la llamada "poesía de la experiencia" o "de la vida". Cuando ha concluido el más grandioso siglo de la historia humana (ni en la Grecia de Pericles se produjo una concentración de cerebros de magnitud especial en todos los campos del saber y de la creación, como la que conoció el período 1905 - 1968), el siglo en que tanto las ciencias como las artes, el pensamiento como la técnica alcanzaron una hondura de comprensión y una riqueza de imaginación, una sutileza y una universalidad que será muy difícilmente superable durante milenios, unos señores, sedicentes representantes de la cultura de vanguardia, se preocupan –nadie sabe por qué, puesto que su razonamiento es el del burdo y antiintelectual "porque sí"–, se preocupan, digo, y quieren obligar a los demás a preocuparse, del color local y los sucesos vulgares, y de aplicar el toque mágico de la poesía a la narración o descripción de lo cotidiano, y mejor para ellos cuanto más pedestre. Dos factores, sobre todo, pueden captarse a primera vista detrás de la increíble pretensión. Primero: que quienes la mantienen se mueven en torno al suplemento cultural Babelia, del diario El País. Segundo: que estos pseudointelectuales otorgan una importancia especial al beneficio económico que produzcan las diversas artes, por encima, muy por encima, de sus logros culturales. Por ejemplo, el responsable de la sección de artes plásticas de la citada publicación, Francisco Calvo Serraller, concluía su comentario a la Feria ARCO (Feria de Arte Contemporáneo de Madrid) de 1996 con estas palabras: "Vender o no vender, esto es lo que importa". Y el largo reportaje que dedicaba El País Semanal a la última Feria del Libro de Madrid, aludía repetidas veces al éxito de la novela española en el mencionado certamen, en atención a sus ventas, no, en modo alguno, como se reconocía varias veces expresa y paladinamente, a su calidad. Por supuesto, se ejemplificaba la gloriosa hazaña con una veintena de escritores, cuyos nombres ocupan sistemática y exclusivamente las páginas culturales del mencionado diario, y que publican sus libros en cuatro o cinco editoriales que suelen volcar generosamente su publicidad pagada en el mismo. A este fenómeno, parece ser que se le denomina "el circuito". Podría haber llegado a llamarse también de otra manera y justificar que Jacques Derrida constatase, precisamente rodeado de socios de este tinglado, que "el mundo actual está dominado por la mentira absoluta". En el citado reportaje de El País Semanal , Benjamín Pardo, discípulo aventajado del García por antonomasia, García Posada, defendía que la novela tenía que contar "historias cercanas, parecidas a las suyas [de los lectores]", es decir, como ya he señalado en otro artículo, lo contrario de lo que ha pretendido siempre la gran novela. Aparte de que habría que preguntarles: ¿por qué alquilar un adosado y tomarse un bocadillo de calamares es una historia cercana al hombre y los remordimientos de Raskolnikov, el adulterio de Emma Bovary o el conflicto de identidad de Gregorio Samsa no lo son? ¿Por qué dictar un interdicto contra quien tenga la genial ocurrencia de una historia semejante a Sobre héroes y tumbas , Merlin y familia , La puerta de paja o Cien años de soledad ? Con anterioridad a este malhadado reportaje, ya el maestro García Posada, probablemente el crítico más nefasto que mariposea actualmente por los cielos mediáticos, había lanzado la consigna, en un número de Babelia, bajo el título de La literatura "joven": "Este siglo


camina, y de modo acelerado, decía el predicador, al encuentro de una literatura que plantee los problemas de la gente de la calle y que haga de la literatura un mundo que tenga que ver con nuestro mundo, con el mundo del lector". Obsérvese, primero, la elegante redacción del maestro: tres veces "mundo" y "una literatura que haga...de la literatura". Pero errores gramaticales y faltas de ortografía aparte: ¿es que los locos, lo sabios, los soñadores ¿no son de nuestro mundo? ¿Es que la más grande aventura que puede vivir un terrícola es que le ponga una multa un guardia de la porra o se le quemen los pimientos? Pero, sobre todo, salvo en el coro angélico del cual él es el corifeo, ¿en quién observa el pregonero esa prosaica y antiestética tendencia en este principio de milenio, en que la novela ha asumido los nuevos paradigmas propiciados por los descubrimientos de la física, la biología, la antropología y la filosofía de ellos derivada, diseñando una nueva cosmovisión que tiene en el misterio precisamente su epicentro? Dando ingenuamente por sentado que la esclerosis que padece su imaginación es una plaga planetaria, sentencia, en otro especialmente brillante párrafo de su encíclica, que "el experimentalismo literario ha tocado fondo" y que "el lenguaje [...] tiene sus límites formales". Que alguien que se pretende amante de y entendido en literatura haga estas dos afirmaciones es como para encerrarle a perpetuidad en la cárcel de papel. Y es también para preguntarle: ¿de dónde le llueve y le encharca este reaccionario pesimismo antropológico, digno del más empecinado de los fundamentalismos? "La gente, el común, quiere reconocerse, añade, en los personajes de las novelas". Pero ¿quién le ha soplado semejante tontería? La gente lo que quiere, mediante el intelecto, los sueños, la fantasía, la excepcionalidad, el planteamiento de situaciones límite o la reducción al absurdo, es, con la ayuda de ese inagotable e inmortal demiurgo que es el novelista, escapar por unas horas de este prosaico mundo poblado de Garcías, ver las cosas con milagrosa lupa y adentrarse en zonas que sin esa ayuda no podría ni vislumbrar. Alcanzando así lo que los griegos llamaban catarsis. Si se trata de la poesía, el apóstol de las gentes, dejándose arrastrar por su entusiasmo por lo vulgar e imaginativamente romo, intenta "quebrar de modo definitivo el culturalismo" ( Babelia , 3–mayo–97), y pretende que éste que él considera un "espléndido endecasílabo" de García Montero, " Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi", "sea tomado como emblema de una poética de la cotidianeidad". Tal gachupinada memorable, que tomaríase por broma en otra pluma, suscita, al menos, cuatro comentarios. En primer lugar, resulta evidente que, al hacer tan estúpida propuesta, runruneaba por su obtusa mente aquello de La marquis sortit á cinq heures , de Claude Mauriac, sino que errando por completo en la intención. En segundo lugar, hay que decir que el experimentado Montero se pronuncia como un lamentable clasista. Pudiendo tomar un transporte público, para acudir al encuentro de su impaciente amada, prefiere llamar un taxi. Sólo le hubiese faltado escribir, para mayor solaz de don Miguel García, "Tú me llamas, amor, yo aviso a mi chauffeur ". Tercero: ¿por qué coger un taxi es experiencia y vida y no lo es lo que quiera que fuese que impulsó a San Juan de la Cruz a escribir el Cántico espiritual, abundoso por cierto en endecasílabos levemente superiores al que García nos intenta imponer como emblemático? Finalmente, una pregunta directa al mencionado: si usted califica de espléndido ese endecasílabo, ¿cómo calificaría esos que rezan: "serán ceniza, mas tendrán sentido / polvo serán, mas polvo enamorado" // "Enhiesto surtidor de sombra y sueño / que acongojas el cielo con tu lanza..." // "Siempre mañana y nunca mañanamos"... Y otros varios miles más, no tengo que decirlo. Repito: ¿qué calificativo para ellos?


Cuando a García Posada le da por entusiasmarse por otro García de su banda, difícilmente encontraríamos a quien le superase. Su comentario en torno al libro que contiene la historia del precipitado viaje en taxi –tal vez con parada al paso para comprar una caja de bombones, un ramo de flores o un estuche de profilácticos– concluye con estas palabras: "No faltan quienes vocean últimamente la pronta ruina de esta clase de poesía [...] Quizá estén pensando en otros poetas. Porque Luís García Montero se halla en su mejor momento, a mil leguas de cualquier paisaje literariamente ruinoso". Por mi parte, creo que podemos darle la razón, tranquilizarle. "Esta clase de poesía" puede durar tanto como el mundo; tanto como dure la tontería humana.


PUBLICIDADES Y OTRO ENGAÑOS Todos los grandes escritores manejan un cierto número de constantes, sean estilísticas, sean temáticas o de contenido. Javier Marías no podía ser menos. Entre sus temas recurrentes se encuentra el que aparece al principio de su novela Corazón tan blanco: su preocupación por la procedencia de las pistolas con que se autoultiman sus personajes suicidas. En El hombre sentimental, dejaba perfectamente sentado que Manur utilizaba, para el luctuoso lance, "una pistola de su propiedad". Aquí, "una de las niñas, cuando ya no era niña", utiliza la pistola "de su propio padre". ¿Se imagina el lector lo distinto que hubiese sido todo, a partir de ese punto, si en vez de pegarse el tiro con la pistola de su propio padre se lo pega con la del padre de una amiga? Con semejante ocurrencia, que a cualquier persona sensible podría inducirla a abandonar la lectura, arranca una novela que, en España, obtuvo el Premio de la Crítica; en Venezuela, el Premio Rómulo Gallegos y, en Irlanda, el Premio Impac. (Este premio, por cierto, se lo entregaron al autor el mismo día en que el Real Madrid se proclamó Campeón de Liga, lo cual, según la exaltada mariasnista Angeles García -El País, 15 de junio de 1997- constituye igualmente un éxito personal de Marías). Pero el caso es que, pese a esta aparente aceptación internacional, la obra, sometida a profundo análisis, según el método de la crítica acompasada, merece el mismo juicio negativo, la misma descalificación que merecieron en su día Todas las almas, El hombre sentimental y Travesía del horizonte y que merecerían otras tres mas adelante: Marías no sabe escribir ni siquiera "a nivel de" redacción escolar; comete continuos atentados contra la sintaxis, que le hacen decir a veces lo contrario de lo que quiere; es pródigo en repeticiones y anacolutos; ignora el empleo adecuado de los signos de puntuación; adjetiva incorrectamente; desconoce el significado de muchas palabras y todo ello en una prosa, además, desangelada y al servicio de una suma de digresiones -que en eso consisten sus novelas- sin el menor interés, que no se justifican ni por su agudeza de observación, ni por su humor ni por su ironía crítica ni por nada. Por otra parte, en todo cuanto escribe, novela o artículo, se le advierte una total falta de sintonía con los tres principales manantiales que alimentan la literatura de Occidente: la cultura bíblica, la filosofía griega y el derecho romano, estéticamente pasados por el Renacimiento. Uno, después de haber fácilmente destrozado tres novelas suyas anteriores a 1990 -las ya mencionadas Todas las almas, El hombre sentimental y Travesía del horizonte-, tenía la esperanza de encontrar, en sus producciones posteriores, más corrección en su prosa y menos chorrez en la expresión de un pensamiento que en las otras le había parecido débil. Máxime, cuando, por la contracubierta, se entera de que, sobre Corazón tan blanco, se habían hecho los siguientes juicios: "La obra de un supremo estilista" (The Times), "Una de esas escasas obras que harán época" (Le Monde), "Una grandiosa novela" (Frankfurter Allgemeine Zeitung). No dispongo de ninguna muestra procedente de la prensa española, pero seguro estoy de que todas serían tan orgasmiásticas como las del resto de la Unión Europea, pues, reunidos los más importantes críticos patrios en solemne asamblea, otorgaron a esta obra, como ya he dicho, su Premio anual. ¡Marías supremo estilista! Antes de leer Corazón tan blanco, pero luego de haber leído las otras que he mencionado, semejante elogio se me antojaba imposible en la pluma de un terrestre articulado. Atónito, me preguntaba: ¿habrá logrado el parlamento


de Estrasburgo, en su versión mediática y editorial, la cuadratura del círculo? Seguro que ni el celebrado escritor ni sus concelebrantes me creerán si digo que, tras rezar una salve y entonar un motete -precisamente aquel que dice "venid y vamos todos / con flores a Marías"- me subí a una silla y grité: "¡Ojalá, San Simón Ante Portam Latinam, ojalá!" Concluida la lectura, mi juicio, como se habrá adivinado, no difirió en nada del que ya tenía formado. Pese a sentirme abrumado por tantos premios y la opinión de críticos resplandecientes como García Posada, Rafael Conte, Darío Villanueva, Santos Sanz Villanueva, Rosa Mora, Luis Suñén, Masoliver Ródenas, García Montero, García Martín y Fernando Savater, entre otros, eché mano a mi congénita honradez y sinceridad y, jugándome como mínimo ser condenado al más feroz ostracismo mediático, murmuré con arrojo: E pur si muove, y pregunté a los analectos: Si los de Corazón tan blanco son personajes bien caracterizados; si lo que se produce entre ellos son conversaciones inteligentes; si sus peripecias constituyen una trama interesante, si ésta, en fin, es una gran novela, ¿qué es entonces La montaña mágica? ¿Qué calificación daríais vosotros, patres conscripti, a Contrapunto, El juego de los abalorios, Santuario, En busca del tiempo perdido, Memorias de Adriano, La metamorfosis, Las olas o La peste? Al principio de este artículo, comentaba tres entusiásticos juicios sobre Corazón tan blanco, emitidos, según el editor, por críticos de The Times, Le Monde y Frankfurter Allgemeine Zeitung, de los que no facilitaba el nombre. Ahora voy a hacerlo con otros transcritos por el diario El País, con el motivo y en la ocasión que más adelante diré. Tratándose de este escritor, los redactores y colaboradores de El País siempre se muestran entusiastas. Y siempre, también, intentan contagiar su entusiasmo a los lectores de una manera que se podría considerar coactiva. En seguida lo comento. Parece ser que de la concesión del Premio Impac a su ídolo no se ha hecho eco absolutamente nadie más que ellos en España. ¿Quizá porque no lo otorga ninguna entidad cultural, sino una empresa de ingeniería de gestión y productividad? ¿Quizá porque no tiene la importancia que ellos le han dado? ¿Quizá porque piensen que el montaje Marías es un asunto exclusivo de El País, que a ellos les trae al soplo del levante y al cante de las minas? El caso es que ese silenciamiento le costó amargas lágrimas a Antonio Muñoz Molina, uno de los valedores de Marías, y de ello dejó sentida constancia en su artículo Noticias de Dublín, publicado asímismo en El País, el 18 de junio de 1997. Pena daban, en verdad, sus mediáticos lamentos. Las críticas que quiero comentar las transcribió el diario independiente de la mañana casi un año justo antes (23 de junio de 1996), con motivo del éxito tenido en Alemania por la traducción de la "tripremie" Corazón tan blanco, esa misma novela que nosotros hemos demostrado que es tan mala.


NOVELA Y TRANSICIÓN POLÍTICA Alguien tendrá que explicar alguna vez por qué Muñoz Molina es académico. Claro que no sin haber explicado previamente qué significa culturalmente, en el siglo XXI, ser académico. Los conceptos de academia, académico, canon, canongía, así como el de premio, al que en seguida me voy a referir, son conceptos que La Fiera Literaria no admite en su vocabulario. No forman parte de los que rigen su vida culta ni, mucho menos, su vida oculta, de recogimiento y oración. Si en España hubiese crítica literaria y un Ministerio de Cultura, tendríamos que preguntar por qué una mala novela, mal escrita, peor compuesta –es decir, descompuesta- y hasta ridícula, como El invierno en Lisboa, obtuvo el año 1988, el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura. Pero es que, por ende, Muñoz Molina, moralista entre los más conspicuos que predican desde los púlpitos de “El País”, diario global independiente de la mañana, aceptó los buenos euros que se repartieron en una de esas operaciones publicitarias que en la Españeta denominan “premios literarios”. ¿Por qué se prestó al chanchullo el moralista? Más aún, ¿por qué abandonó una prometedora carrera en el Benemérita, para sembrar el terror entre lectores inocentes? Con tantísimos interrogantes sin responder, la vida del menor de los Molina se convierte en un enigma. De hecho, sabemos que la biografía que de él está escribiendo el lúcido molinista García Posada se titulará: “Muñoz Molina: un enigma histórico”. Pero... Pero... El enigma histórico Muñoz Molina, como si no hubiese sembrado ya bastante confusión en el solar patrio, ha decidido añadir un nuevo capítulo de tinieblas a la historia y ha pronunciado una conferencia en la Real Academia de la Historia, que, aunque trataba, según El País del 9 de febrero, “del despertar de la novela en la transición”, se titulaba, siempre según el rotativo matinal, “Veinticinco años de reinado de Juan Carlos I”. Lo que sabemos de ella lo sabemos por el sagaz Juan J. Gómez, al servicio del independiente mañanero, que entrecomillaba –y su rigor está fuera de dudas- numerosas sentencias, serranillas, cantares y decires del laureado inmortal. Es el material que voy a analizar, no sin antes decir que el título me parece una gachupinada ibérico-tomista y lo del resurgir o despertar o lo que dijera de la novela en la transición, una solemne gilipuertez, sin ánimo de ofender y sin que sirva de precedente. En este país se pueden decir las mayores majaderías, y repetirlas ad nauseam , sin que la brigada ad hoc del Ministerio de Defensa intervenga para siquiera llamar al orden a los tontinfractores, La Fiera Litraria, durante su último plan quinquenal, ha señalado muchas. Una de ellas, precisamente ésa del resugir de la novela en la transición, que siempre, para mayor escarnio de la cultura, se relaciona con las ventas. Los valores literarios no tienen importancia, al parecer, para los teóricos del resurgimento. Pero vayamos con los textos muñozmolinianos entrecomillados por Gómez. El franquismo –lo sabe hasta un estudiante de matemáticas- fue un régimen ilegítimo, como producto de un golpe de estado, desde el principio hasta el fin. Su represión contra los vencidos fue brutal. Se empeñó contra la libre expresión del pensamiento -¡qué callen a los que piensen diferente!, gritaba Elvira Lindo, señora de Muñoz- y favoreció a los mediocres sumisos. Todo esto es verdad, y más cosas también son verdad. Pero que, revestido de la túnica del insoportable progre, alguien diga que el mes de “noviembre de 1975, el mes que murió el dictador” era un “tiempo turbio y sombrío lleno de incertidumbre y de miedo” es, además de mentira, una gilipollez. Los servicios de limpieza secretos de La Fiera Literaria


han hecho averiguaciones y han descubierto que, en las dichas calendas, Muñoz, de pantalón corto, a pesar de que ya era talludete y tenía abundantes vellos en las piernas, no sólo no pasaba miedo ni incertidumbre, sino que jugaba a las canicas en la plaza de su pueblo, contento y feliz. Averiguóse también que, cuando perdía un boloncio, lanzaba un extraño gruñido que los estudiosos –Posada, Santos Sanz, Conte, Juristo, Luis de la Peña, Darío Villanueva- señalan como sus primeras manifestaciones literarias. Pero para lo que yo de verdad he tomado la pluma y la espada es para ocuparme de la solemne chorrada –solemne y memorable- del “sedicente” –lo dicen sólo los interesados y sus acólitosresurgir de la novela en España por causa de la transición de la dictadura a la democracia. “Quizás la novela es un arte al que favorecen mucho los tiempos de transición”. Si Muñoz fuera lo avispado que dicen en Miguel Yuste 40 y Felipe IV 4, el verse constreñido a empezar por un “quizá” le debería haber sonado a orden celestial de enmudecimiento inmediato. ¡No sigas! ¿Y si no, Muñoz? Y la verdad es que no. “La Fiera Literaria, que conoce la historia de la novela como su propia gloriosa historia, no ha verificado en ninguna ocasión la relación “época de tránsito-favorecimiento de la novela”. De momentos de tránsito, sí. Se sabe de un desesperado, de tránsito en Barajas, que tiró a la papelera un ladrillo de Shalman Rushdie y compró en la free shop un tarugo de Muñoz Molina. La única verdadera incidencia de la transición política en la novela empezó, de hecho, antes de la muerte de Franco y no fue positiva. Comenzó con la famosa “apertura”, que los tontos del lugar, muchísimos, tradujeron sólo por apertura de piernas y que dura todavía. Libertad, para los españoles, es –sin “quizá”- equivalente a levantar la veda a la chabacanería, el humor de sal gorda, la cultura basura, la falta se valores sólidos, la industrialización del arte, el dominio de las mafias, la trivialización de lo serio, etc. Entre la novela que se produce en España en el decenio 1962-1972, es decir, pleno franquismo, y la que se ha producido desde la transición, hay tanta diferencia a favor de la primera que quien no lo sepa ver es que es tonto, por lo menos de un lado. De donde se deduce que señalar, “respetando la costumbre”, según el enunciado científico de Muñoz, que una novela tan endeble formal y conceptualmente como La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, constituye el punto de partida del pretendido resurgimiento significa algo muy grave: significa el falseamiento de la historia, una dejación total de la probidad crítica, una ignorancia o –peorsilenciamiento de lo que no favorece los propios intereses y un producirse a favor de la mercantilización de la literatura. El resurgir de la novela en España –que los muñoz tan poco han aprovechado- comenzó en 1962, y La Fiera Literaria está harta de demostrarlo.


COLOR LOCAL Y CONCEPCIÓN DEL MUNDO Se hace muy difícil entender por qué, a estas alturas de la historia, las más importantes editoriales (comercialmente hablando) se empeñan en lanzar un neocostumbrismo novelístico, que tiene todos los defectos del costumbrismo histórico y ninguna de sus cualidades. Y más difícil de entender resulta todavía que este movimiento retrógrado sea jaleado por la gran mayoría de los críticos, quienes, como mucho, descalifican la novela española actual en bloque, pero salvando siempre a las individualidades. Lo mismo ocurrió en la década de los sesenta, cuando dominaba nuestro paisaje narrativo la novela social. Hubo una ocasión -y resulta hasta cómico- en que, en un mismo suplemento literario de El País, coincidieron estos tres titulares: “Antonio Muñoz Molina publica una novela sobre su servicio militar”, “Moncho Alpuente escribe sobre la España de Gil y Gil”, “ Diario de un jubilado , la nueva novela de Miguel Delibes”. Dos días después, en el diario, se destacaba que “Fernando Royuela narra en su primera novela las desventuras de un guardia jurado del Prado” y, pasada una semana, que Manuel Vicent acababa de publicar Tranvía de la Malvarrosa. Imagino que escritores como Ray Bradbury o García Márquez se echarían a temblar. Campeones de la imaginación, temerían el acoso de semejante competencia. Y nombro aquellos ejemplos, porque un comentario sobre los tres primeros, en un papel fotocopiado treinta y tantas veces y repartido a otros tantos amigos, constituyó el germen de ese libelo genial que es “La Fiera Literaria”, dicho sea desapasionadamente. Junto a las nombradas y otras de parecido calado “intelectual e imaginativo”, están también las incontables novelas que versan, sin ninguna otra aspiración que retratarlo lo más fielmente posible, sobre el ambiente juvenil. En este orden de ideas, alguien ha hablado de “costumbrismo adolescente”. A juzgar por lo que se destaca en las “Noticias Culturales” de los periódicos, parece que la primera obligación que tiene un novelista actual, si se escapa de fotografiar su propio ombligo, es decirnos cómo fue la década de los setenta o la de los ochenta y, muy especialmente, cómo fueron Madrid o Barcelona en esas calendas. Si la descripción, más o menos pormenorizada, de décadas y urbes, urbes y décadas, se adereza con unas dosis de sexo (preferiblemente homo ), droga y delincuencia, por supuesto sin trascender, sin elevar nunca las anécdotas a categoría literaria, parece ser que se cumple con la demanda. La apoyatura autobiográfica de todo este material, digamos, novelístico es abrumadora. La falta de aportación personal, de imaginación creadora, ostensible. Semejante panorama se agrava recordando, como ya he hecho, que prácticamente las mismas cosas hubo que decir -y unos pocos las dijimos- hace treinta y cinco años, cuando lo que se pretendía imponer era la novela social, al fin y al cabo una forma de costumbrismo. Pero la novela social, por lo menos, tenía un trasfondo político, literariamente mal manifestado, pero sin duda bienintencionado y nada superficial. Lo de ahora, en cambio, no parece tener nada dentro, sólo ese afán desmesurado de ganar dinero, que ha llevado a convertir el libro en un objeto de consumo, una mercancía. Ya me planteaba en un artículo publicado hace unos años en la revista Crónica 3 sobre la situación de las artes plásticas, un problema semejante y decía que si se pueden lanzar productos dignos y hacer negocio con ellos, ¿por qué se empeñan en hacerlo con basura? O estamos ante un caso de malas intenciones diabólicas (no creo en ello), una conspiración contra el avance de la civilización occidental, o ante el predominio de una


incompetencia y una frivolidad como nunca ha existido, producto de la inversión en la escala de los valores que caracteriza a la sociedad de la posmodernidad. He señalado en mi libro La novela española desde 1939: Historia de una impostura cómo en nuestro siglo, desde sus principios hasta 1968, la novela acusó en sus formas y en sus contenidos, enriquecedoramente, el hecho de producirse en la época culturalmente más grandiosa de la historia. Ni el siglo de Pericles se le puede comparar. Quienes cumplimos veinticinco años en la década de los cincuenta, convivíamos culturalmente con una pléyade insuperable de sabios -físicos (los más grandes de todos los tiempos), biólogos, psicólogos, filósofos, etc.-, artistas -pintores, escultores, arquitectos, músicos- y poetas, dramaturgos y novelistas, de quienes teníamos continua noticia en los medios como formando parte de nuestra cotidianeidad: de Einstein a Picasso, de Jung a Hemingway, de Ungaretti a Fleming, de Schöenberg a John Ford... Tómese una historia de la literatura y compruébese qué novelistas escribían y publicaban, sólo en Francia, en la primera mitad del siglo. Y luego hágase la siguiente reflexión: si Montherlant, Malraux, Mauriac, Camus, Bernanos, Julien Green, etc. eran novelistas, ¿qué tendríamos que considerar a éstos (y éstas) que ahora nos asaltan, coronados de laureles, apenas pisamos un gran almacén, abrimos un dominical o encendemos el televisor? La idea que se tenía entonces de lo que era un novelista puede aprenderse leyendo, por poner un solo ejemplo, Los ojos de Ezequiel están abiertos , de Raymond Abellio. La que se tenía de la novela, en Les abeilles d'Aristée , de Vladimir Weidlé. Las (y los) vedettes aludidos ¿admitirían un comentario de sus obras del estilo de los que a aquéllos dedicaron Möeller, Gonzague Truc, Gaëtan Picon, Albérès, Grenzmann, Günter Blocker, etc.? La profundización en la condición humana, en una posguerra como la que siguió a la Segunda Guerra Mundial; la conciencia de que, por primera vez, el hombre tenía en sus manos armas como para arrasar el planeta y autoaniquilarse dotaron de inusitada seriedad reflexiva y de latido existencial los contenidos narrativos, al tiempo que la nueva física, desplazando la cosmovisión newtoniana, absolutizante, daba paso a otra que, con su nueva visión relativista del tiempo, el espacio y el movimiento, con su devolver al hombre un puesto central en el cosmos, ofrecía formas inéditas a las artes, muy especialmente a la literatura.. Cuanto estoy señalando son conquistas de la cultura, de la humanidad, e ignorarlo o, peor aún, sustituirlo por un regreso interesado a lo que caducó por un imperativo de progreso, un atentado contra la civilización. Considero todavía válido cuanto, en este orden de ideas, dije en mi libro Novela Española Actual (1967) y en otros muchos trabajos. Y cuanto dijeron Andrés Bosch y Carlos Rojas en ensayos, artículos y entrevistas. Y lo que realizaron en sus novelas los nombrados y otros como José Tomás Cabot, Antonio Prieto, Víctor Alperi, Antonio Risco, José Vidal Cadellans, Juan Ignacio Ferreras, Manuel San Martín, Alfonso Albalá... Y, no hay que decirlo, los logros de los novelistas franceses antes citados y de Thomas Mann, Hermann Hesse, James Joyce, William Faulkner, John Steinbeck, George Orwell, Raymond Abellio, Graham Greene, Henri James, Olaf Stapledon, Charles Morgan, etc., etc. Y me pregunto: si la novela alcanzó estas cúspides, ¿por qué empeñarse ahora, al menos en nuestro país, en descalabrarla y echarla al fondo del abismo, un abismo, además, en el que nunca había estado? ¿Por qué desertar de las conquistas realizadas? Porque el caso es que si miramos todavía más atrás, salvando un valle de transición, nos encontramos con los Flaubert, Balzac, Stendahl, Thackeray, Dickens, Dostoievsky, Tolstoi, Clarín, Galdós, Baroja, Valle Inclán, Pérez de Ayala, Miró y también etcétera. En la escala de los valores estéticos no cabe ningún relativismo. Si la mayoría de la


minoría, que, según la ley de Weber-Fechtner, es la que tiene más probabilidades de llevar razón, ha decidido que Don Quijote, Los hermanos Karamazovi, Guerra y Paz, Rojo y negro, La educación sentimental, La Regenta, Fortunata y Jacinta alcanzan puntuaciones de las más elevadas, por lo que se las declara grandes novelas, ¿cómo se puede, seriamente, emplear la misma expresión con referencia a La pasión turca, Malena es un nombre de tango o cualquier relato de Rosa Montero, Muñoz Molina o Javier Marías? El costumbrismo, según lo definió muy bien Juan EduardoCirlot, es un género literario que, entre lo descriptivo, se dedica especialmente a la narración de las costumbres; esto es, a los estilos de vida en lo que éstos tienen de gregario, de persistente y de local. “El costumbrismo no suele operar tampoco en los estratos profundos de los folcklores, sino que se nutre de los aspectos más conocidos que, por consiguiente, le facilitan una temática fluida cuya falta de hondura le capacita para constituir texturas novelescas aptas para la diversión.” Poca cosa, en verdad, especialmente en una época de crisis como ésta del “puente de los siglos”. Aunque, claro, también hay que comprender que si el momento es de crisis, una de las razones es porque la pérdida de valores permanentes, la superficialidad, la frivolidad, el ansia de gozar el presente (un presente aislado, que no hinca sus raíces en ninguna tradición cultural ni se preocupa por el porvenir), la sobreestimación del dinero y la fama, han calado en las mentes y los espíritus de quienes siempre fueron los intérpretes y animadores del espíritu de la sociedad. Nietzsche lanzó un afilado dardo contra quienes hacían una profesión de lo que él consideraba un estado: el de escritor. Por otra parte, no se trata -al menos, yo no lo trato- de que desaparezca el costumbrismo; cosa imposible, además, mientras haya costumbristas. Tampoco, de condenar la existencia de ese tipo de literatura menor que entre nosotros cultiva, por ejemplo, Pérez Reverte. Yo no lo he leído, pero me dicen que eso lo hace bien. Lo que parece delictivo, porque induce a confusión y es injusto, es que los críticos y los responsables de las páginas literarias de los periódicos más influyentes sitúen a unos y otros, neocostumbristas y neopopulistas, en el mismo anaquel que los que hacen arte literario o, por lo menos, lo intentan. Si se toman obras filosóficas, teológicas, sociológicas, ensayísticas en general, de los años cincuenta y sesenta, que reflexionaban sobre la condición humana, sobre lo que Nicolás Berdiaev llamó “la destinación del hombre”, sobre el futuro de nuestra civilización, sobre el porvenir de la cultura, las encontramos plagadas de citas extraídas de novelas. Y es que los planteamientos y los intereses venían a ser, en lo más profundo, los mismos. Porque, en el fondo, los novelistas -los que abrazan la novela como un estado, no como una profesiónvienen a ser especies de filósofos que, en vez de pensar antes de escribir, piensan al tiempo que escriben. El resultado era, como escribió Andrés Bosch, expresar universales a través de elementos novelísticos puros: diálogos, descripciones, monólogos, personajes, ambientes, argumento, trama, etc. En ningún momento se trató de defender -ni de una vuelta a- la llamada “novela filosófica”, ni de negar un principio consustancial a la novela: ser entretenida. La novela que llamamos metafísica era -es- tan novelesca como una de aventuras, sino que pertenece a la obra conjunta de un autor, a la cual subyace una concepción del mundo y una teoría literaria. En las mencionadas décadas, tanto los novelistas como los críticos que no estaban ciegos ni se había autocegado, sabían esto y, cada uno en su parcela, era consciente de tener una misión que cumplir. A unos y a otros era más fácil verles en una manifestación, una conferencia o escribiendo artículos que implicaban un compromiso moral, que en un cóctel, un gran


almacén o haciendo monadas en televisión. Y es que, como escribió Maurice Nadeau, “por una evolución natural, la novela había pasado de la descripción enciclopédica (del mundo o de las pasiones) a la apropiación moral, poética, filosófica o metafísica de este mundo por un individuo privilegiado: el autor”, de quien, “más que su creación , es su visión personal lo que nos importa, la expresión original y verosímil que, a través de su obra, nos da del universo y las relaciones que mantiene con él”. Volver, insisto, como se está haciendo, al relato de peripecias o al de costumbres y, además, mediante un vehículo expresivo y técnico obsoleto, cuando, asimismo por la época mencionada, la novela afiló también su forma, adaptada a la nueva cosmovisión, al igual que las demás artes, es atentar contra su dignidad, que es la dignidad del novelista.


La industria de la novela en España