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Me propuse tratar de encarar este texto como quien encara un ensayo. Mejor dicho, como me gusta tratar de encarar un ensayo: con cierta ingenuidad y presencia. Con cierta sencillez. Y digo cierta porque lo cierto es que la cosa es compleja, o que tendemos a hacerla compleja. Entonces, necesidad de vaciar, de atenuar (si no se pueden desvanecer) las expectativas.

Pienso que muchas cosas no las decimos o hacemos por miedo a que nuestro nombre (como si valiera algo) quede “manchado”, ligado para siempre, en nuestra fantasía, a unas palabras mediocres, condenatorias, que se encargarán vilmente de recordarle al mundo lo que hemos osado decir. Por miedo a no decir nada nuevo o interesante, por miedo a que se nos note la pretensión. Por miedo a que algunas voces (internas) investidas de poder castrador sobre nuestra impronta personal se pongan a gritarnos. Por miedo.

Acaso sirva intentar ejercer el pensamiento de la misma manera en que se canta cuando se canta bien, o sea, cuando se canta sin miedo a cantar mal. No sólo porque existe una suerte de música en el pensar, una cadencia, una vibración, sino porque la singularidad de la voz nos expone y nos revela, y un pensamiento que no busque esa expresión, esa revelación, con todas sus consecuencias... sería un pensamiento cobarde, refugiado en la distancia racional para no mostrar la hilacha...

En fin, pensar con vocación de concentrarse (o dispersarse alegremente) en LA COSA. Todo arte es un arte del presente. Habitar el presente significa abandonar la opresión que sobre nuestra conciencia ejercen el pasado y el futuro. Sin abandono no hay libertad. Sin libertad no hay arte. Y si el arte “sirve” para algo es para experimentar algo de libertad.

Escribir esto con una actitud de presencia. A medida que escribo me doy cuenta de lo que hago, de lo que pienso, de la facilidad con que la imaginación vuela hacia el futuro, prefigurando lectores de esta línea, así como se fantasea con el estreno de una obra y con sus espectadores y las posibles detracciones del espectáculo. No estar donde se está es un mal de ésta o de todas las épocas, pero indudablemente ciertas disponibilidades tecnológicas refuerzan la ilusión de poder estar en cientos de lugares a la vez.


Encandilados con esa sensación (de ligera omnipotencia), parecemos sucumbir a la tentación de retorcernos, pelearnos contra la simplicidad, exagerar el tironeo con el ahora en pos de un fantaseado “otro momento” en que se estaría mejor. Y sí, no queremos morir.

Pero no valemos tanto. O en todo caso, valemos mucho más cuando nos dejamos atravesar por la multiplicidad de aconteceres que se andan desplegando por ahí. Pareciera ser más fértil concebirse como canales que como fuentes o recipientes. Nada se detiene en nosotros. Nada culmina. Concebirnos apenas canales de los que se sirve el teatro, la vida, el arte, para circular. Somos confluencia de flujos diversos. Eso con frecuencia me alivia y me permite sorprenderme, cual un testigo fascinado de un devenir.

La paz favorece la creación y la creación favorece la paz, aun pasando por el necesario despliegue de cierto infierno. Atravesando la guerra, digo. Hay que (suena a pontificación, lo sé) permitir saludables niveles de caos para acceder a un orden genuino, vital.

Lo fascinante de crear es que todo es aprovechable. El error es no percibir las maravillas que el error aporta, la inesperada música que el ruido contiene.

Lo fascinante de crear es que integra, y que suspende el juicio bueno/malo y lo reemplaza por el de conveniente o inconveniente para ese particular fluir creativo.

Creando me integro. Yo mismo (en mi diversidad) y con el resto y con el Cosmos. Y se silencia el cálculo, la especulación infértil. Y se vuelve, la creación, una cosa similar a la respiración: casi continua. Una forma de vivir.

Pienso en la experiencia cotidiana de lo teatral, en la posibilidad de ejercerlo como quien ejerce la música. La música ocurre cada vez que un músico toca, incluso cuando lo hace solo, incluso a pesar de él, y en ese sentido se hace necesario pensar


más en el fenómeno creativo integral como reflexión sobre la presencia, una sincronía entre uno y sí mismo y el otro y la potencia misteriosa del instante, y no seguir perpetuando la exagerada división de disciplinas (ni de personas ni de estéticas): echar mano de lo que se necesite (actuación, danza, música, plástica...) cada vez.

Hay un sentido político religioso en la práctica teatral. Y tal vez más en el contexto del teatro off, donde nadie ve un peso. Quiero decir, más allá de problemáticas “de mercado”, de problemáticas de salas y de concurrencia del público, si tanta gente hace teatro es por algo que tiene mucho que ver con la necesidad de organizarse, es decir, volverse un organismo más potente, en la combinación con otros, y ese aspecto organizativo, dado que se trata de arte, de algo espiritual, es una suerte de práctica política sumamente noble, que no se propone otra cosa que profundizar la capacidad humana de generar forma para darle cauce a enigmáticos torrentes, impulsos que devienen del milagro de estar vivos. Y digo religioso porque ¿qué otra cosa es aquello que lleva a re-ligar, a volver a unir aquello que el pensamiento especulativo ha dividido? El arte ofrece la posibilidad de afirmar lo existente sin “saber”, sin entrar en la ficción del conocimiento, esa pasión de someter lo real a nuestros parámetros racionales. Con demasiada frecuencia desechamos algo por el simple hecho de que no tenemos un nombre con el que designarlo...

Llegando al aparente final de esta segunda hoja (al menos en el formato en que esto fue concebido), siento la extraña necesidad de “concluir”, de darle cierre a algo. Creo que podré resistirlo. No sé si debo. Oh, que espantoso tironeo. Sin exagerar, por favor. ¿Será así la proximidad de la muerte? ¿La conciencia de límite? Como si nos enfrentáramos a la pasmosa síntesis de un epitafio...

Me gusta pensar en las células, en los organismos... a veces, en una sencilla frase musical está contenido, como en una semilla, todo un desarrollo que sin embargo no puede anticiparse... me gusta la idea de gestar células y asistir sonriente y asombrado a su despliegue... me gusta la palabra despliegue... me gusta el silencio... simulacro de despedida... acaso terminar obras sea una manera de transitar la muerte, de familiarizarse con ella y de reconciliarse con lo vivido.

Aníbal Gulluni  

El Porvenir Teatro sub-30 5to aniversario 2013 festivalelporvenir.com.ar

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