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EL PUEBLO DE LA MONTAÑA

EL PUEBLO DE LA MONTAÑA Angel Bautista ©2010


EL PUEBLO DE LA MONTAÑA

La montaña no siempre fue así; verde, llena y portadora de la vida que disfrutaban los habitantes del pueblo. La montaña nació estéril y seca, pura roca que asustaba a escorpiones y serpientes. Fue justo antes del inicio de las historias, que la montaña cambió. La lanza, romana o no, que hirió el costado del un presunto mesías, llegó, durante el día y sin sueño, para clavar su punta de bronce ya consagrado en el costado de la montaña, y de la herida, brotó el manantial que rompería lo ingrato de la roca y a su paso haría crecer todo lo imaginable. Las frutas de los árboles que nunca nadie vio, crecieron a ras de tierra para que hasta el lagarto pudiera disfrutar de ellas sin apenas esforzarse. Y al salto de agua, nadie quiso ponerle un nombre que ya tenía y que le dio la lanza; El Salto del Costado Divino.

Así fue como una roca yerma dejó de serlo y fue la montaña que consta en las historias que se cuentan. Una lanza la hirió y lejos de matarla, le arrebató la muerte que siempre tuvo porque había nacido con ella, y le otorgó una vida que hasta entonces, nunca pudo disfrutar.


EL PUEBLO DE LA MONTAÑA A don Jonás lo trajo el río. Apareció en el pueblo aparentando la edad que tenía, con traje de angorina y sombrero de plumas, y fundó la Caja Rural Popular.

Cuatro días después de fundarla, celebró su cumpleaños y desde entonces, cada cuatro días se repetía la celebración por lo que don Jonás, no tardó en superar la edad de la mismísima montaña. La Caja Rural Popular siempre estaba abierta y vacía. Día y noche. Abierta porque no hacía falta cerrar un lugar que no guardaba nada, y vacía porque nunca nadie supo para qué servía aquel lugar y nunca nadie entró. A excepción de don Jonás. Y don Jonás estaba orgulloso de su propiedad, a pesar de no servirle para nada; y todo el mundo lo consideraba un terrateniente que llegó, no por el camino de la orilla del río, sino andando sobre él.

La curandera viví en el centro del río, donde vivieron su madre y su abuela, también curanderas, y nunca pudieron curar a nadie porque el agua del río lo curaba todo. Vivía con el Gran Pez al que nunca alimentó; como no lo alimentaron ni su madre ni su abuela.

El Gran Pez fue el primer pez que surcó el río y era el dueño de su propio universo, según contaban las historias. Al río, dulce como lo más dulce, alguien lanzó un anzuelo y se rompió. El pescador quedó durmiendo, confiado, y el Gran Pez aprovechó para acercarse al serpenteo de la lombriz y tras observar su dolor, se la comió. El Gran Pez siguió comiendo el sedal al que estuvo clavada la lombriz… y ya no pudo parar de comer. Se comió al dormido pescador y al verse tendido sobre la tierra, se dio cuenta de su sed y acabó con el agua del mundo y con el mundo mismo y con la luna y las estrellas y con todo lo que formaba parte del universo, que ya fue suyo.


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Y el Gran Pez pasó a ser el universo, porque el universo era él. Se durmió y soñó con un Gran Pez que todo lo comía, hasta que lo despertó la más lejana de las antecesoras de la curandera, curandera también, y desde entonces vivía en el centro del río sin necesidad de alimentarse, porque él era todo el alimento. La curandera se pasaba el día paseando por las calles de tierra del pueblo, saludando a todo el mundo y por las noches, hacía conjuros para alejar un mal que no existía Desde siempre, las historias contaron que los Hijos Solos, eran fruto del río y la montaña. Nacían el las orillas, de tres en tres y permanecían siempre como niños sin ningún tipo de vejez que les distrajera del tiempo. Vestían sin vestimenta y se les distinguía por la señal con la que nacían tatuados en el pecho: un Albatros en vuelo, con las alas desplegadas y el Salto Divino saliendo de sus ojos.

La expedición de la capital, llegó durante la celebración de uno de los cumpleaños de don Jonás. En camiones verdes del ejercito en los que transportaban material especial para su cometido. Un helicóptero los subió hasta la cima de la montaña y desde allí, descolgados por sus cuerdas especiales, llegaron hasta la herida de El Costado del Salto Divino. Era una herida grande, del tamaño de seis casa con huerto y la expedición sonreía porque ya tenía hecha la mitad de su tarea.


EL PUEBLO DE LA MONTAÑA No estaban allí soñando con la fama que les daría el descubrir si fue una lanza o un rayo, ni estaban estudiando la posibilidad de poder embotellar el agua para su comercialización. En realidad, no sabían porqué están allí. En la entrada de la herida colocaron barcas neumáticas y remando, comenzaron a remontar el río hacia el interior de la montaña. A medida que la expedición avanzaba, la oscuridad no aparecía y se diría que el interior, tenía la luz de un sol propio para alumbrar a los intrusos que quisieran ver lo invisible. La expedición nunca salió de la herida, según cuentan las historias, y desde entonces, en el pueblo, hay unos camiones verdes del ejército, cargados de materiales especiales, que nadie hace funcionar porque nadie sabe como funcionan. A la herida le caen unas pestañas de cuerda, que desde la cima esperan q quien quiera descolgarse para ver un sol interior que alumbra lo que no se puede ver. Los guerrilleros son siete y están desarmados. Las historias dicen que germinaron de un polen extraño que vino de lejos; sobre las alas de las mariposas grises. Pero no son guerrilleros grises. Son guerrilleros con halo azul, como siempre lo fueron y su llegada se confunde con la espesura de la vegetación. Cuando aparecieron por primera vez, nadie hizo caso de siete seres sonrientes que pregonaban la revolución; pasaron de largo dejando atrás un pueblo feliz y desde entonces, cada tres meses de luna, llegaban por el mismo camino, el único que conocían, y descansaban una temporada escuchando las historias que todo el mundo sabía, pero que nadie recordaba haber vivido. Son guerrilleros del polen de flor y de mariposa gris, que buscan algún pueblo con una revolución a la que apoyar. Pero la revolución nunca llegará, porque todas las guerras comienzan demasiado pronto y acaban demasiado tarde, y porque los siete guerrilleros eran de llegar fuera de tiempo. Y es por eso que cuando descansan en el pueblo, según dicen las historias que ellos mismos escuchan, cambian su halo azul de camuflaje por coronas de flores casi de colores, aprenden a cantar con el canto del salto de agua y se alimentan con las frutas que no se ven. Jamás se acercaron y jamás se acercarán a los camiones verdes del ejército; jamás cogerán de ellos nada, porque no hay nada que a ellos les pertenezca. Son unos guerrilleros con halo azul, desarmados, que siempre llegan fuera de tiempo y nunca coinciden con la revolución, que aprenden a cantar mientras oyen historias que hablan de ellos mismos y comen frutas, y a los que trajo un polen sobre las alas de las mariposas grises.

El hiriente rojo de las arumayas contrasta con el decreciente azul y el verde escalonado de las aves que aquí anidan en invierno. Porque el invierno pasa rodeando el pueblo y sigue su camino sin atreverse a entrar por miedo a perecer ahogado y perdido entre las entrañas del Salto del Costado Divino.


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Y las aves del invierno ya nunca salen de aquí, porque aquí pierden la noción de las estaciones.

El molino no se sabe quién lo construyó cuando la tierra aún era yerma; y lo construyeron treinta y siete pasos tierra adentro, contando desde lo que después sería la orilla del río. Por so su utilidad siempre fue nuca. Molino y río, nunca llegaron a conocerse, pero eso no fue problema para que cada dieciséis años, los vecinos del pueblo se reuniesen con el fin de blanquear unas paredes que nunca sirvieron para nada. Era un molino inútil pero señorial y cuidado, gracias a que la gente del pueblo no olvidaba, generación tras generación, el blanqueo de un molino que nunca nadie supo quién construyó. Desviado de un futuro cauce que aparecería para llenar de vida el pueblo. Solo tres paredes, siempre blancas, un suelo de tierra verde del que salía un eje central, erguido y orgulloso hasta el cielo y como disculpándose ante un dios por su inutilidad. Y durmiendo sobre la punta del eje, dos aspas de palma trenzada que no podían ser usadas por un viento que no había, ni por el agua de un río que desconocían. Pero quienes lo construyeron, nunca supieron qué era un molino y mucho menos para qué podía servir; simplemente lo erigieron sobre la roca dura que formaba la montaña y lo mantuvieron blanco y suntuoso por entre el tiempo y cuando la lanza hirió la montaña, el pueblo decidió que aquella construcción se llamaría molino, porque todos los pueblos felices tienen un molino en el que poder triturar las penas. Aunque estas no existiesen.

El tiempo y las historias decidieron que el Albatros, era el signo de la desgracia. Se le asoció con la muerte y se le dejó vivir en el pueblo. Y era el Albatros el encargado de llevarse las almas de los muertos vivos a su nido, en espera de que los muertos decidieran volver a la vida. Y aunque las desgracias no llegaban, el pueblo descansaba tranquilo porque sabía de dónde vendrían y quién haría la elección.


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El diciente era el tercer personaje en orden de curiosidad en lo que a las historias se refiere. Era el encargado de decir, de viva voz, todo aquello que, o bien la gente quería oír, o bien la gente quería decir. Si don Jonás se veía en la necesidad de comunicar algún evento a la curandera, el diciente era el encargado de escuchar el mensaje, cruzar sobre su canoa de arumaya la parte del río que distaba desde la orilla hasta el nenúfar en el que vivía la curandera y recitar la misiva hablada. En la capital, de donde llegó la expedición, al diciente le habrían llamado cartero pero aquí, donde nunca nadie se preocupó en escribir, él, llevaba las cartas en la memoria al igual que llevaba en la memoria la vida de las gentes del pueblo. Tanta era la vida que sabía y vivía, que siempre el diciente era el mismo porque cuando acababa de vivir una vida, cogía otra del archivo de su mente y seguía viviendo como si tal cosa. Y el diciente iba y venía día y noche oyendo y diciendo, a la par que se quedaba con parte de la vida de aquél que le decía y aquel que le escuchaba; la vida de la que tan lleno estaba el pueblo gracias al río y a la montaña. La sopa grande era de arroz y la traía el cauce, por temporadas, desde la montaña hasta la desembocadura del río. Más que grande; inmensa. Lo suficientemente inmensa como para que todas las familias del pueblo pudiesen comer de ella hasta la saciedad. Generaciones y generaciones. Cada temporada de sopa se diferenciaba de la anterior por el color del arroz, y era la única comida que se comía en todas las casas. Por lo general, las temporadas coincidían con la llegada de los guerrilleros y estos también disfrutaban de la sopa, agradecían hasta el empalago la buena disposición de las gentes y desaparecían en busca de alguna revolución. Los antiguos cuentan en sus historias, diferentes en cuanto a la interpretación, que la sopa la puso allí la luna y el sol, galante a la vez que distante, la invitó a cenar. Las estrellas habían de ser los camareros, pero el sol no se presentó a la cita. Desde entonces, la luna se pasa el tiempo evitando al sol y este no hace más que alumbrar tras ella tratando de dar alcance a su despechada invitada en un intento de remediar la ofensa. Y la sopa grande, que debería haber sido la cena, quedó allí olvidada; cada vez que la luna se interponía entre el pueblo y el sol, comenzaba la temporada en la que el río transportaba un fluido agradable de arroz, cada vez de un color diferente, pero sopa grande al fin y al cabo. Los Hijos Solos eran los principales consumidores y don Jonás, fervoroso adorador tanto de los Hijos Solos como de la sopa grande, era el encargado, por decisión propia, de repartir por las casas las grandes tinas llenas de sopa; la sopa dulce del sabor de la arumaya, que salía de la herida de la montaña y era transportada por el río desde donde nadie sabía, hasta donde todos desconocían.


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Los aborígenes eran otro mundo dentro del mundo del pueblo. Estaban allí desde mucho antes que las piedras, porque fueron ellos los que trajeron las piedras para construir la montaña. Por eso eran respetados y consultados ante cualquiera de las pocas decisiones que el pueblo necesitase tomar.

En sus historias, se contaban cargados de rocas, grandes o pequeñas, cuando llegaron al territorio. Les pareció perfecto un lugar en el que no había nada, y allí depositaron sus cargas hasta construir la gran montaña, rompedora en el paisaje y de piedra tan seca y estéril, que de cierto asustaba a escorpiones y serpientes. Más tarde llegó la lanza para herir, según unos, o el rayo perdido según otros, y quizás entre ambos se encargaron de colorear la roca con los miles de tonos verdes que no existían más allá del pueblo. Don Jonás contaba, por su cuenta, que venían pintores de la capital y a escondidas, intentaban robar los tonos de color. Ninguno lo consiguió, pero tampoco nunca nadie vio a los pintores de la capital. Los Hijos Solos nunca crecían y esa era la razón de que siempre fueran niños. Llenaban el pueblo de sonrisas y diabluras y se alimentaban de la alegría y la felicidad de la gente. Siempre eran bien recibidos en los nenúfares gigantes que, en el centro del río, servían de morada a la curandera y su amigo el Gran Pez. Porque la curandera y su amigo, vivían en el centro del río, sobre nenúfares gigantes que no necesitaban ser remplazados. Los Hijos Solos siempre eran niños, hasta que dejaban de serlo desapareciendo el las orillas del río; de tres en tres, igual que nacían. El mal llegó como siempre llega: sin avisar y a traición. Por la espalda. Con recelo y desconfianza. Pero nadie le prestó atención; no tubo más remedio que pasar de largo, rodeando el pueblo para seguir el camino del invierno.


El pueblo de la montaña