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Nono Granero

Ana y el รกrbol instantรกneo

DENTRO DE LA CAJA

Ilustraciones: Nanen


Colección DENTRO DE LA CAJA A partir de 8 años Primera edición: Septiembre de 2016 © del texto: Nono Granero © de las ilustraciones: Nanen © de esta edición: La Guarida Ediciones C/Marcelo Fernández Nieto, 1 37004 Salamanca info@laguaridaediciones.com www.laguaridaediciones.com Idea y diseño de colección: Fernando Rubio Maquetación: Egido Pablos Impreso en España por Gráficas Lope ISBN: 978-84-945204-0-2 DL: S. 323-2016

Reservados todos los derechos


Nono Granero

Ana y el รกrbol instantรกneo Ilustraciones de

Nanen


1 El momento esperado

Unos se frotaban los ojos. Otros abrían la boca. Algunos levantaban las cejas. La mayoría contenía la respiración. Y en los rostros de todas las personas que rodeaban la aparición de aquel árbol instantáneo se mezclaban por igual el asombro y la euforia. Pronto todas esas sensaciones se transformaron en aplausos. Porque nadie podía sospechar que ese momento feliz era, en realidad, el comienzo de una pesadilla que iba a destrozar sus vidas en pocos días. Así que, por ahora, todo era alboroto y admiración. Y entre las personas que allí estaban, apretujada en primera fila para no perder detalle de lo ocurrido, Ana se sentía la más feliz de todas. Hacía ya casi cinco años que esperaba este acontecimiento. Y al ver por fin cumplida la promesa de sus padres, acarició inconscientemente la semilla de su colgante, recordando el momento en que se la hicieron.

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2 La sorpresa

Ana tendría por entonces seis años. Y hasta aquel día había sido feliz. Vivía en el campo, en las afueras de una aldea pintoresca en la que también habitaban sus abuelos. Su padre cultivaba hortalizas en una huerta tan ordenada como pequeña. Y su madre repartía la leche de sus vacas por los caseríos de alrededor, conduciendo un viejo dos caballos de color azul oscuro. Ana amaba el continuo sonido de los pájaros, el mugido perezoso de las vacas y, especialmente, el rumor de las hojas arrullándola por la noche junto a la ventana de su dormitorio. Le gustaba también pisar la tierra blanda de la huerta. Tanto como ayudar a su padre con el riego o ver cómo su madre separaba el suero de la leche al hacer queso. A menudo recorría en bicicleta, divertida por los continuos saltos de los baches, la senda que unía su casa con la de sus abuelos. Y, aunque no tenía más amigas que un puñado de gallinas encopetadas y unos gatos atigrados que se multiplicaban mágicamente alrededor de la casa, Ana no se sentía sola en absoluto. Esa noche, sin embargo, todo iba a cambiar. Ana, sentada en el asiento trasero del coche, viajaba intranquila, envuelta en el silencio incómodo de sus padres. Por la ventanilla, el paisaje de la carretera secundaria se transformaba a medida que se acercaban a la ciudad.

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Pronto, los primeros bloques de pisos asomaron sus antenas tras una loma, como insectos que se pusieran de pie. Tras sortear un par de rotondas, el coche enfiló una larga avenida flanqueada por una decena de edificios idénticos, a un lado, y por un descampado con una valla alta hecha de hierro y piedra, al otro. Allí se detuvieron. Cuando bajaron, la madre de Ana se colocó detrás de ella y le tapó los ojos, suavemente, con las manos. —Camina despacio —le dijo—. Tenemos una sorpresa para ti. Ana, entre intrigada y escamada, aguzó el oído mientras avanzaba. Tras dar algunos pasos inseguros, escuchó unas llaves que entrechocaban y una puerta que se abría limpiamente. Subieron un escalón. Luego, el camino, extraordinariamente liso, pareció inclinarse ligeramente hacia arriba. Sonó una campanita y pisaron un suelo que tembló al notar el peso de sus cuerpos. Una puerta siseó, deslizándose. Y Ana notó en su estómago que se elevaban.

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Un instante después, el sonido volvió a repetirse. Y, tras una decena de pasos más, Ana notó cómo su madre retiraba las manos de su cara. Pero continuó con los ojos cerrados mientras volvían a tintinear las llaves y llegaba el sonido de lejanos motores. Su nariz se arrugó al percibir el olor agrio de los espacios cerrados. —¡Ana! —la avisó su madre—. Ya puedes abrir los ojos… Ana lo hizo, lentamente. Y parpadeó mientras giraba la cabeza para ubicarse. Se encontraba en un pasillo estrecho con los rincones repletos de sombras. Y al final de ese pasillo estaban sus padres, colocados a ambos lados de una puerta oscura sobre la que brillaba una C como una luna menguante. Un olor agudo, a disolvente o a pintura, salió a recibirla. —¡Bienvenida a tu nueva casa! —dijeron sus padres a un tiempo.

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3 Razones…

Con los brazos cruzados, con la cabeza baja, Ana se negaba a moverse, plantada en mitad de aquel salón vacío. Sus padres, agachados junto a ella, buscaban su mirada mientras le acariciaban el pelo y los hombros. —Ya sabemos que esto, al principio, te parecerá raro. Pero no hay más remedio, Ana. Las cosas en el campo no nos van muy bien. Hay una reconversión en el sector lácteo que… —Lo que queremos decir —interrumpió su madre— es que hemos tenido que cambiar de trabajo. Y para poder hacerlo, no nos queda otra opción que mudarnos aquí. Ya verás que la ciudad tiene muchas ventajas. —Para empezar —continuó su padre—, aquí vas a tener un colegio mucho mejor, y más grande… —¡Menuda ventaja! —… donde podrás ir a clase con niñas y niños de tu misma edad… —¡Ya! —… y seguro que harás un buen montón de amigas… —¡Ya tengo amigas! ¿Aquí podré tener gallinas? ¿Podrán vivir mis gatos?

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—¡¿Pero cómo vas a tener gallinas…?! —respondió su padre, levantándose de golpe. —Mira, Ana —terció su madre, levantándose también y mirándola con gravedad—. Sabemos que habrá cosas que echarás de menos. Pero, a cambio, hay algo que te va a gustar especialmente. Deja que te lo enseñemos. Y, arrastrando los pies, Ana se dejó llevar hasta una habitación en la que solo había, en un rincón, una caja de fruta vacía. —Esto te va a encantar —dijo su padre.

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DENTRO DE LA CAJA

ISBN: 978-84-945204-0-2

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Unos se frotaban los ojos. Otros abrían la boca. Algunos levantaban las cejas. La mayoría contenía la respiración. Contemplando aquel nacimiento sorprendente nadie podía sospechar que ese momento feliz era, en realidad, el comienzo de una pesadilla que iba a destrozar sus vidas en pocos días.

A partir de 8 años

Ana y el árbol instantáneo  

Unos se frotaban los ojos. Otros abrían la boca. Algunos levantaban las cejas. La mayoría contenía la respiración. Contemplando aquel nacimi...

Ana y el árbol instantáneo  

Unos se frotaban los ojos. Otros abrían la boca. Algunos levantaban las cejas. La mayoría contenía la respiración. Contemplando aquel nacimi...

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